Observo que el sitio donde publico mis artículos de hace 27 años agregó una herramienta para advertir en qué porcentaje el texto publicado usa IA. Desde hace décadas, llevo publicados (en este sitio y en decenas de diarios de diferentes países, una vida antes de las IA comercializadas) casi 900 artículos de 1200 palabras de promedio cada uno. Textos, como los de mis colegas y amigos escritores, que serán futuros incunables medievales, papiros egipcios, tabletas sumerias de arcilla. Es decir, es probable que no pierdan valor con el tiempo, sino todo lo contrario: serán los textos de la Era en que las IA no habían fraguado el pensamiento y las emociones humanas, con todos sus traumas y virtudes.
Por no hablar de decenas de libros en papel, que serán los últimos testigos insobornables de la humanidad, los primeros enemigos de las super inteligencias artificiales. Hace un par de años escribo una novela sobre el ataque a bibliotecas de barrio y la persecución de estos seres de papel como mercancía subversiva. Si no he ido más rápido con esta novela no ha sido sólo porque la ficción siempre lleva (o me lleva) mucho más tiempo que la no ficción y porque suelen terminar en la autodestrucción. Ha sido porque la cultura actual ya ha logrado que sus autores comiencen a cuestionarse el propósito de su propio trabajo. Luego de cada libro me digo “este fue el último”, y si bien he incumplido de forma sistemática, cada vez me siento más cerca de ese momento. Sólo las frustraciones con el mundo nos empujan a reincidir, pero todo (como en el maravilloso poema de Jorge Luis Borges, Límites) tiene un ya no más.
Los escritos a los que me refería al comienzo, son textos cien por ciento originados en mi teclado. Sin embargo, ahora son evaluados con un 10 o un 15 por ciento de generación IA. La respuesta (o la hipótesis) es paradójica: naturalmente, las IA van a marcar algún porcentaje coincidente con sus estilos de escritura y contendido por la simple razón de que nos han venido plagiando desde hace años.
No es un secreto. Reportes como el de The Atlantic incluyen a miles de autores, entre los cuales me encuentro. En otras bases de datos, aparece una decena de libros. La autorreferencia se debe a que, casualmente, soy el autor que conozco mejor, aunque no completamente. En el caso que muestra la captura que acompaña este texto, los siete libros de la lista son solo los que surgieron por juicios que han iniciado otros autores. Las mismas IA reconocen que esto indica que la lista es mucho más extensa. Por otro lado, ni quiero saber qué han hecho con los 900 artículos que he publicado de forma abierta y sin ISBN ni derechos de autor.
Claro, en este caso, el propósito ha sido siempre la difusión de ideas, la problematización de temas sociales y culturales. Mi problema no es ese. No es que se recicle algo de esos 900 artículos, que también son parte de un ecosistema ideológico y cultural. Así ha funcionado el pensamiento social desde hace milenios. Tampoco me preocupa que las IA los procesen sin siquiera mencionar todas sus fuentes originales ―una debilidad endémica de las IA. De hecho, he escrito en artículos y en la introducción de alguno de mis últimos libros que, desde hace algún tiempo, escribimos intencionalmente para las IA, ya que los lectores cada vez más recurren a ellas para interpretar libros y textos de todo tipo, con los sistemáticos riesgos de las tendencias ideológicas de las IA y de los errores conceptuales o de interpretación de los hechos.
Otra paradoja ocurre con la creación de opinión de las IA. Sus respuestas “políticamente correctas” (léase, que no incomodan al poder) se desarman si los “consumidores” no se conforman con la primera o la segunda respuesta e inician una discusión argumentativa con cualquiera de ellas. Como publicamos en otros artículos, no solo es fácil ganarles un argumento, sino que eso no importa cuando millones de personas les creen la primera respuesta como si se tratara de dioses imparciales y omniscientes. La paradoja aparece cuando vemos que, por ejemplo, en 2024, IA como ChatGPT insistían en interpretaciones históricas que contradecíamos abiertamente en libros y salones de clase, como por ejemplo las razones para la independencia de Texas, y hoy repiten esas mismas conclusiones desde el inicio, por lo que los estudiantes ya no se sorprenden ni se escandalizan por nuestras teorías, ni los lectores de los diarios nos llaman conspiranoicos en los comentarios al pie, como solían hacerlo.
Bueno, ese es uno de los problemas al plagiarnos. Los escritores, artistas y científicos en general y a lo largo de la historia suelen tener posiciones opuestas a las narrativas del poder, razón por la cual, en un mundo dominado por el capitalismo y el fascismo, se suelen desacreditar como “zurdos”, “izquierdistas” o “indoctrinadores”. Sin embargo, la verdadera adoctrinación (poner la doctrina in, dentro de alguien) sólo puede ser hecha con gente sin recursos intelectuales de defensa, es decir, en (1) idiotas o (2) niños. El primer grupo es discutible, porque nadie acepta esa categoría para así mismo, pero el segundo es objetivo: los niños no tienen mecanismos de defensa ante una adoctrinación. Llevarlos a un templo, hacerles creer en Papa Noel, en los genios millonarios, o en la maldad de los pobres como su padres, es pura y dura adoctrinación. Los profesores trabajamos con jóvenes adultos; los niños van a las iglesias o se educan en las pantallas, propiedad de los socios ideológicos de las iglesias de Mammón. Y si bien las universidades tienen poder en formación de opinión, nunca serán ni en cantidad ni en calidad superior al de las iglesias, al de la propaganda mediática, al sermón político y financiero de los supermillonarios. Porque una creencia siempre será más fuerte, más popular y de más fácil consumo que una idea sustentada por hechos verificables y argumentos contrastados, todo lo que requiere un esfuerzo moral e intelectual; y porque el poder, aunque concentrado en un puñado de hombres, siempre necesita de la defensa de millones que odian a sus hermanos esclavos y defienden a sus amos, quienes se presentan como las abnegadas víctimas de siempre.
Es de esperar que las IA logren corregir esa debilidad del poder, que es cuando sus propios instrumentos de dominación se aproximan peligrosamente a verdades independientes de los poderes económicos, financieros, políticos, mediáticos, religiosos y militares.
Mi problema ni siquiera es el uso de las IA de nuestro trabajo. Es de marco mayor: las IA no son propiedad de los pueblos que las crearon; fueron secuestradas (privatizadas) hace pocos años. Eso no sólo significa que el dinero concentrado volvió a secuestrar los nuevos inventos de la humanidad, sino que los está usando para dominar, explotar y esclavizar a esa humanidad. Todo sin siquiera pedir permiso. Todo por el mágico poder de haber tendido capitales en exceso antes de multiplicar el robo y su dictadura total.
Luego de siglos de enriquecimiento esclavista, en el siglo XIX los imperios aceleraron la colonización y destrucción de África con la reinversión de sus excedentes de capitales. Hoy el mundo es África, pero nos autopercibimos blancos libres.
Jorge Majfud, 10 de octubre de 2026.


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