Mafias legales. Mafias ilegales.

Nueva York siempre ha tenido dos formas de representar un crimen: una para quienes lo cometen y otra para quienes son acusados de ser del tipo de personas que lo harían.

Entre 1880 y 1920, llegaron a Estados Unidos alrededor de cuatro millones de italianos, la mayoría pobres y procedentes del sur. En los manifiestos de los barcos figuraban como jornaleros. En los periódicos eran otra cosa: morenos, católicos, violentos, anarquistas cuchilleros. En 1891, en Nueva Orleans, una turba sacó a la fuerza a once italianos de una cárcel y los linchó; varios de ellos acababan de ser absueltos. Ciudadanos respetables aplaudieron el crimen.

Más conocido es el caso de  Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, ocurrido en 1927, Massachusetts. El Estado ejecutó a dos anarquistas italianos,  basándose en pruebas que todo el mundo consideraba falsas. En aquellos años, los irlandeses no eran blancos: eran pelirrojos y, para peor, católicos. Menos los italianos: aparte de católicos eran de piel morena. Un para de generaciones después se volvieron blancos, y el asunto se echó al olvido.

El olvido es esa otra cosa que heredan los inmigrantes. Por los propios parámetros culturales de algunos inmigrantes de Sicilia y Nápoles (originados en formas de autoprotección durante el siglo XIX) y por tratarse de una comunidad demonizada en Estados Unidos, muchos encontraron una salida en el sindicato familiar de la cosa nostra. Las Cinco Familias de Nueva York existían de verdad, y mataban, extorsionaban y corrompían. Pero los periódicos no distinguían al albañil del pistolero ni a la costurera del contrabandista. No leían personas. Leían rostros.

En 1972, Hollywood le dedicó una ópera al pistolero. El Padrino (monumental película de tres horas de duración, con un final que es una obra maestra) tomó a unos cientos de asesinos de entre millones de panaderos, estibadores y excavadores del metro y los convirtió en príncipes, con huertos de naranjos, con un código de honor y un poster reconocido: una mano que sujeta los hilos de una marioneta. En una de sus escenas más célebres, la del bautismo, el sacerdote recita en latín mientras, al otro lado de la ciudad, continúan los asesinatos. El nuevo padrino, Al Capone, el hijo de Don Corleone representado por Marlon Brando; el hijo que estaba en contra del negocio de la familia, termina vengando a su hermano y asesinando a todos los enemigos de la familia. La película no exageró sobre la violencia de aquellos años.

Hoy, en Arthur Avenue, en el Bronx, la antigua Pequeña Italia, los turistas siguen viniendo por los cannoli y las fotos. Muchas de las personas que ahora viven y trabajan en Belmont son albaneses, mexicanos y dominicanos. Los nuevos morenos, los nuevos sospechosos. La mafia ya no es ilegal. Es el brazo ejecutor del gobierno que, como en la película El Padrino, van a la iglesia y asisten a lujosas fiestas mientras sus mercenarios tienen licencia para asesinar a cualquiera que tachen como sospechoso, sea o no responsable de algún crimen menor, como estar indocumentado y trabajando en una obra de construcción.

El 8 de octubre de 2026, a unos minutos de Broadway, en Marble Hill, un oficial de inmigración le disparó en el cuello a un hombre dominicano mientras estaba en su auto con un niño de cinco años. Según el comisionado de policía de la ciudad, el hombre, Oscar Belgal, de 28 años, estaba estacionándose cuando un oficial federal de civil se le acercó con el arma desenfundada, seguido por un segundo oficial que tampoco llevaba uniforme. El auto comenzó a avanzar y un agente disparó siete veces, alcanzándolo debajo de la oreja izquierda. El niño salió ileso. El alcalde dijo que, a última hora de esa noche, las autoridades federales sacaron al hombre del hospital y se lo llevaron. Nada nuevo en los últimos años. Nada excepcionalmente diferente a los tiroteos y asesinatos impunes de cualquiera que los mercenarios decidan eliminar.

El Departamento de Seguridad Nacional no informó sobre las razones que desencadenaron en este tiroteo contra un hombre desarmado y un niño de cinco años. Describió al hombre como un “criminal extranjero que era ilegal” con una condena por hurto y antecedentes de otras detenciones. No se reportó sobre el historial criminal del niño. Según el comisionado de policía, había sido detenido por un cargo de robo en 2023, posteriormente se declaró culpable de hurto mayor y fue condenado a libertad condicional. El expediente llegó antes que el video. Siempre es así. En 1891 llegó antes que el hombre.

Nada de esto aclara lo que pasó en esos segundos. Para eso están las investigaciones y los tribunales. Pero el viejo método vuelve a hacerse evidente: lo que un hombre fuera antes de las balas se presenta como la razón de las balas. Un juez le concedió libertad condicional a Oscar Belgal. Ningún tribunal lo condenó a siete disparos. La violación de los derechos del niño, el rauma que arrastrará por el resto de su vida, no tienen la menor relevancia. Los pobres son sienten pena ni dolor. O, como decía la aristocrática pobre de La casa de Bernarda Alba, “los pobres olvidan sus penas delante de un plato de garbanzos”.  

El de Marble Hill no es un caso aislado. El 7 de enero de 2026, en Minneapolis, un agente de ICE disparó dentro del auto de Renee Good, de 37 años, mientras ella conducía, y la mató. Las autoridades federales dijeron que el agente actuó en defensa propia, pero un análisis en video del New York Times concluyó que esta narrativa no coincidía con los hechos documentados. El 24 de enero, el enfermero Alex Pretti fue asesinado por agentes de Aduanas y Protección Fronteriza, mientras filmaba a los agentes después de que uno empujara a una mujer al suelo. Antes, el 31 de diciembre de 2025, ICE mató a Keith Porter Jr., de 43 años, durante las fiestas de fin de año. Hubo otros heridos en Portland, donde un agente de la Patrulla Fronteriza disparó contra dos personas; en el Valle Central de California, Mendoza Hernández, de 36 años, quedó gravemente herido en una parada de tráfico. En Austin, Garces Pérez, un repartidor venezolano de 28 años, fue baleado por otro agente de ICE. Según la AP, los agentes han disparado en más de una docena de paradas de vehículos desde el año pasado y asesinando al menos a cuatro personas.

La frase más famosa de El Padrino dice que no es algo personal, que solo son negocios. Siempre es algo personal. Siempre son negocios. Es personal para quien sangra. Es personal para el niño que observa. Y es personal, un siglo después, para los descendientes de los hombres a quienes los periódicos alguna vez llamaron peligrosos por sus rostros, si es que aún lo recuerdan. Es un negocio multimillonario para los mercenarios, para las cárceles privadas. Es un negocio para los políticos que venden miedo demonizando a quienes no pueden defenderse: quienes son pueden votar; quienes no tienen lobbies en Washington.  

Jorge Majfud, octubre 2026


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