El negocio de pensar lo que no se puede medir

Hay una vieja superstición de nuestro tiempo según la cual todo lo valioso puede ser medido (“el tiempo es oro”, etc.), y lo que no puede medirse, simplemente, no es una verdad verificable. Es una superstición poderosa porque se disfraza de ciencia. Pero, como toda superstición, se resquebraja cuando alguien se atreve a hacer la pregunta incómoda. Y la pregunta incómoda, a veces, surge donde menos se la espera: en el corazón mismo de la catedral de los números, el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Lo cuenta Elizabeth Durant en un artículo publicado esta semana en MIT News. Durant explica la experiencia de Concourse, una de las comunidades de aprendizaje para estudiantes de primer año del MIT, donde los alumnos reciben una base en humanidades al mismo tiempo que cursan las materias obligatorias de matemáticas y ciencias, dictadas por el propio cuerpo docente del programa. Allí, futuros ingenieros y físicos leen a Platón, a Homero, a Aristóteles, a Wordsworth y Coleridge. No como adorno, ni como penitencia, sino como punto de partida para discutir lo único que realmente importa: qué significa ser humano.

La paradoja no es menor. En plena fiebre de la inteligencia artificial, cuando los mercados celebran cada nuevo algoritmo como si fuese la segunda venida, una profesora de humanidades descubre que la máquina le ha hecho un favor. Linda Rabieh, quien enseña en el programa desde 2010, lo dice con sarcasmo: la IA, según ella, «es buena para el negocio. Nuestro negocio, el del pensamiento humanista». Rabieh explica que la inteligencia artificial ha vuelto vívida para los estudiantes la pregunta sobre lo humano, que ahora la enfrentan con una urgencia nueva: ¿es la inteligencia solo cálculo, solo acumulación de información, o es algo distinto? Es decir, la máquina, al imitarnos, nos obliga a preguntarnos qué es eso que imita.

Concourse no es nada nuevo. Se inició en 1970 para que los profesores de humanidades, ingeniería y ciencias colaboraran en un mismo currículo, en años en que todavía se creía que una universidad era algo más que una fábrica de profesionales. Su subdirectora, Sasha Rickard, exalumna del programa, lo describe como una pequeña universidad de artes liberales dentro del MIT, y asegura que muchos estudiantes le confiesan que eligieron esa institución en lugar de otras precisamente por Concourse.

Pero lo más revelador del relato de Durant no está en la historia institucional sino en las experiencias. Cada año ingresan cincuenta estudiantes. Johnnie Jones VI, estudiante de último año de matemática, asistente docente y becario de debate, se asombra de la diversidad que se reúne allí: deportistas, amantes de las humanidades y también quienes nunca se habían acercado a ellas. Comparten un aula, un salón, una cocina. Comen juntos. Los viernes, durante el seminario semanal, almuerzan mientras discuten lecturas o debaten; en otoño, sobre la condición humana; en primavera, sobre asuntos políticos y morales concretos como la terapia génica, la inmigración o el control de armas. Nada de esto es casual. La confianza se construye en la mesa, y sin confianza no hay conversación honesta, solo intercambio de consignas.

Rickard ha observado algo que cualquier docente reconocerá. Los recién llegados suelen dividirse en dos grupos: los que creen tener ya todas las respuestas políticas o filosóficas, y los que no tienen opinión porque suponen que no existe respuesta definitiva. Con el tiempo, explica, unos aprenden que necesitan escuchar a otros, y los otros descubren que sí pueden pensar por sí mismos y que tienen algo que decir. Es, en pocas palabras, el tránsito del dogma y del cinismo hacia el juicio.

Y el juicio es, precisamente, lo que no se puede programar. Rabieh observa que los estudiantes del MIT sobresalen en el razonamiento cuantitativo, pero que no hay modo de demostrar qué política pública es correcta, y que por eso muchos rehúyen esas cuestiones: no ven cómo pensarlas. Concourse, sostiene, les enseña a abordar los dilemas morales y políticos con rigor, aunque sin números.

Jones lo resume desde su propia experiencia: lo más valioso que le dio el programa no fue un conjunto de conocimientos, sino la capacidad de trabajar las ideas por sí mismo, de sentarse al final de un día agotador con un gran libro y conversar con alguien que vivió hace trescientos años sobre lo que le importa. Pocas definiciones de la educación son tan exactas.

Tras catorce años, la historiadora Anne McCants dejó la dirección del programa, que ahora asume la politóloga Lily Tsai. McCants dice que extrañará tanto a los estudiantes como el diálogo con colegas de otras disciplinas, algo raro en una academia donde cada uno vive encerrado en su especialidad. Tsai, por su parte, considera que en un momento en que el mundo busca anclar el uso de tecnologías poderosas en un juicio reflexivo y basado en principios, el programa resulta más vital que nunca.

Tiene razón. Una civilización que sabe construir máquinas cada vez más inteligentes, pero que ha olvidado preguntarse para qué, no es una civilización avanzada. Es, apenas, una civilización eficiente. Que esa pregunta siga viva en el MIT no es un lujo de nostálgicos. Es, quizás, una forma de resistencia.

Jorge Majfud, octubre 2026.

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