Trabaja como esclavo, gasta como monje, invierte como banquero, reza como hipócrita
En 1525, Martín Lutero le respondió al humanista católico Erasmo de Róterdam, con La esclavitud de la voluntad. El hombre, argumentó, no puede elegir el bien por sí mismo; la salvación es un don inmerecido que se obtiene solo por la fe, sola fide. El moralista Juan Calvino llevó esa lógica a una fría conclusión: la doble predestinación. Antes de la creación del mundo, Dios ya habría decidido quiénes serían salvados y quiénes condenados. Nada de lo que una persona hiciera podría cambiar ese destino. Roma, por el contrario, sostuvo en el Concilio de Trento que los seres humanos conservan su libre albedrío y que, movidos por la gracia de Dios, cooperan en su propia salvación a través de la fe y de sus obras. La confesión, la penitencia y la caridad aún tenían un valor en el cielo.
Esa fue la revolución silenciosa: la fe se separó de la moral. Para el protestante, las buenas obras ya no compraban la salvación; a lo sumo, eran su fruto, el signo visible de una decisión ya tomada en la eternidad. La moral dejó de ser una transacción con Dios, como en el antiguo Egipto, y se convirtió en una cuestión de disciplina y conducta en este mundo. La duda existencial a la que nadie podía responder permanecía: “¿Soy yo uno de los elegidos?” No “si mis seres queridos arderán en el infierno por no estar en la fe correcta”. En un paraíso lleno de egos, la felicidad es eterna, aunque sus amados sufran el peor de los castigos.
Sin un sacerdote que los absolviera y sin obras con las que asegurar su destino, los creyentes vivían con una ansiedad que, como toda ansiedad insoportable, buscaba un lugar adónde ir. Encontró ese lugar en el trabajo. En 1905, Max Weber argumentó en La ética protestante y el espíritu del capitalismo que el calvinista convertía su oficio en una vocación, es decir, en un deber asignado por Dios. Trabajaba incansablemente, gastaba poco, evitaba el lujo y reinvertía sus ganancias. Weber llamó a esto “ascetismo mundano”: el monje salió del monasterio y entró en la oficina de contabilidad. La prosperidad por sí sola no salvaba a nadie, pero podía interpretarse como una señal de que uno ya había sido salvado antes de nacer. Calvino, además, aceptaba un interés moderado en los préstamos, algo que la doctrina de la Iglesia medieval había condenado como usura. La salvación no estaba en venta, pero el éxito se convirtió en su certificado de calidad.
En 1904, Max Weber argumentó que, en la práctica, el éxito disciplinado llegó a funcionar como un signo visible de elección divina y que combinar el trabajo sin pausa con la prohibición del lujo llevó a los creyentes a reinvertir. Ese “ascetismo mundano” tenía una afinidad con el espíritu del capitalismo moderno, aunque no fuera su única causa.
Esta tesis sigue siendo objeto de debate. La realidad es, como siempre, un poco más compleja y contradictoria. Había banqueros en la Florencia y la Génova católicas mucho antes que en Ginebra, y el capitalismo también le debe mucho a los imperios, al saqueo y al comercio de esclavos. Aun así, la idea es poderosa: una teología que negaba a las personas la libertad de salvarse a sí mismas produjo a las personas más perseverantes de la historia. Cuando la fe se convirtió en un asunto privado y la moralidad en una cuestión de productividad, la riqueza ya no tuvo que justificarse. Bastaba con seguir creciendo de forma imparable e indefinida. Con el tiempo, Dios salió del libro de cuentas, pero el libro se convirtió en un texto sagrado. El capitalismo heredó el ascetismo y la ansiedad sin el cielo que los amenazaba cada día. Por su parte, las iglesias pasaron a ser corporaciones privadas y sus feligreses clientes que invierten en bonos del Tesoro a madurar luego de la muerte. Allí donde Jesús llama hipócritas a los religiosos por rezar de pie y en público para que todos los vean, los clientes de la nueva fe rezan de pie para que todos los vean: las acciones morales no importan; importa la fe y la publicidad (la promoción pública) del valor social de ser “uno d ellos elegidos”.
La idea de la preselección divina se remonta a Pablo (Romanos 8-9) y fue confirmada por el africano Agustín en el siglo V. Se la vuelve a encontrar en la Edad Media con Aquino, entre otros. Sin embargo, fue Calvino quien le dio a la doble predestinación su forma dogmática: Dios había decidido quién sería salvado y quién condenado antes de la creación de la humanidad, y nada de lo que haga una persona podría cambiarlo. El mismo Calvino reconoció que ese decreto era “aterrador” y advirtió a los creyentes que no hurgaran en el misterio. Nadie conoce las verdaderas razones de Dios ―excepto cuando hablamos por él. Mejor, dijo, limítense a seguir a Cristo.
Aparte de qué significa “seguir a Cristo” quedaba la pregunta aterradora para los nuevos propietarios de la verdad: “¿soy yo uno de los elegidos?” Para el siglo XVII, sus seguidores la respondieron de manera práctica. Teodoro de Beza y el puritano inglés William Perkins llegaron a la conclusión de que la elección se manifiesta en una vida santificada: actividad, sobriedad y fidelidad en el llamado terrenal (vocación) de cada uno. Pastores como Richard Baxter fueron más allá y convirtieron el trabajo rentable en un deber. Hasta que ocurrió un nuevo divorcio, propio del capitalismo: el trabajo y la producción de riqueza. Los predicadores puritanos nunca enseñaron formalmente que la riqueza fuera prueba definitiva de la elección, pero se convirtió en uno de sus principales indicios. El Dios que bendice, es el mismo Dios que salva.
Calvino les dejó a sus seguidores una terrible certeza: Dios ya había elegido, desde la eternidad, quiénes se salvarían y quiénes serían condenados, y nada podía hacerle cambiar de opinión. Les advirtió que no buscaran señales. Las buscaron de todos modos. Los puritanos las encontraron en el trabajo diligente, y Weber encontró en ellas el espíritu del capitalismo: trabaja como un esclavo, gasta como un monje, reinvierte como un banquero. La riqueza no compraba el cielo, pero comenzó a parecer un recibo.
¿Por qué al Dios del amor infinito se le ocurrió crear hombres y mujeres y luego condenarlos al fuego eterno sin darles una mínima chance de hacerlos responsables de sus pecados? No preguntes.
Cuatro siglos después, el “evangelio de la prosperidad” se quedó con el recibo y se deshizo del monje. Kenneth Copeland, Creflo Dollar y Jesse Duplantis pidieron a sus fieles aviones privados por valor de decenas de millones de dólares. Edir Macedo, un multimillonario según la lista de Forbes, se construyó un Templo de Salomón en São Paulo. Valdemiro Santiago vendió “frijoles benditos” contra el COVID. El puritano trabajaba para que Dios lo viera. El pastor de hoy predica para que los pobres paguen el jet. Es el truco más antiguo de toda religión convertida en negocio: la indulgencia contra la que luchó Lutero, ahora vendida por sus herederos.
Jorge Majfud, octubre 9, 2026.

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