El primer misionero cristiano que registra la historia de China fue un monje sirio de nombre Alopen. Había llegado a la capital de la dinastía Tang en el año 635. El emperador lo recibió, le permitió traducir sus textos y construir un monasterio. Dos siglos después, en 845, el emperador Wuzong lanzó una persecución contra las religiones extranjeras y aquella iglesia de Oriente se desvaneció casi sin dejar rastro.
El italiano Matteo Ricci llegó a Pekín en 1601 vestido de letrado confuciano, hablando chino clásico y ofreciendo mapas y relojes. Su estrategia fue tan astuta que en 1692 el emperador firmó un edicto de tolerancia religiosa. Cuando el papa Clemente XI le prohibió a los conversos chinos honrar a sus antepasados y a Confucio, el emperador chino leyó el decreto y concluyó que los extranjeros no entendían el país que pretendían salvar. Su hijo, el emperador Yongzheng, expulsó a los misioneros a Macao.
En 1807 llegó el primer misionero protestante a China. Como predicar era ilegal, Robert Morrison se empleó como traductor de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la misma empresa que cultivaba opio en Bengala y se lo vendía a millones de chinos. De día traducía contratos comerciales; de noche, la Biblia. El mismo imperio que exportaba la droga también exportaba la salvación del alma. El mismo barco que llevaba la enfermedad, llevaba el remedio.
Uno de los primeros conversos de aquella misión fue un humilde impresor de Cantón llamado Liang Fa, bautizado en 1816. Liang Fa escribió en 1832 un folleto de divulgación en el cual mezclaba fragmentos bíblicos, sermones y profecías apocalípticas sobre el castigo a los idólatras. Tres años después, un joven de 22 años llamado Hong Xiuquan recibió aquel folleto en una calle de Cantón, adonde había ido a rendir los exámenes imperiales. Lo guardó sin leerlo. En la China de entonces, aprobar esos exámenes era la única escalera para que un hijo de campesinos llegara a funcionario. Hong los rindió en 1827, en 1836, en 1837 y en 1843. Reprobó las cuatro veces.
Hasta que cayó enfermo y deliró durante días. Soñó que lo llevaban al cielo, que un anciano de barba dorada le entregaba una espada y que un hombre más joven lo ayudaba a matar demonios. Seis años después, leyó el folleto de Liang Fa y entendió: el anciano era Dios Padre; el joven, Jesucristo; y él, Hong Xiuquan, era el hermano menor de Jesús, enviado a limpiar China de demonios. Los demonios eran los ídolos de Confucio y de Buda, que eran también los ídolos del sistema que lo había rechazado cuatro veces. En las montañas, fundó la Sociedad de Adoradores de Dios. Sus seguidores eran mineros pobres y campesinos sin tierra.
Mientras Hong tenía visiones divinas, el emperador Daoguang tenía un problema más terrenal: millones de adictos gracias al comercio ilegal de los británicos. En 1839 China confiscó y destruyó mil toneladas de opio en Cantón. Londres respondió con la Primera Guerra del Opio, en defensa de lo que sus diplomáticos llamaban libre comercio.
Una debilitada China fue derrotada por los poderosos cañones. En 1842, Pekín fue obligado a firmar un tratado que cedía Hong Kong a Inglaterra y la obligaba a abrir cinco puertos. Un año después, el gobierno chino fue obligado a tolerar de nuevo a los predicadores cristianos.
Ignoro si Marx hizo una referencia a esta historia cuando en 1844 escribió, “la religión es el opio del pueblo”. Como sea, la Segunda Guerra del Opio se inició en 1856 y confirmó que, junto con la legalización de los misioneros, también el opio fue legalizado por la fuerza. Desde entonces pudieron viajar y predicar por todo el país, bajo protección consular. Para muchos chinos, el cristianismo no fue una fe sino una cláusula de un tratado de rendición.
Para entonces, Hong ya había proclamado el Reino Celestial de la Gran Paz y, en 1853, sus ejércitos tomaron Nankín, a 300 kilómetros de Shanghái, masacraron a la población manchú y la rebautizaron Capital Celestial. Una vez en el poder, el nuevo reino prohibió el opio, el alcohol, el tabaco y la prostitución. El Rey Celestial, mientras tanto, vivía en su palacio rodeado de decenas de concubinas. La pureza, como suele ocurrir, era para los demás.
En 1856 el profeta descubrió que la revelación no era un monopolio. Su lugarteniente Yang Xiuqing, hablaba con la voz de Dios Padre, por lo que Hong ordenó ejecutarlo. Después Hong se encerró en su palacio a escribir comentarios sobre la Biblia y no volvió a salir.
Occidente apoyó a los nuevos rebeldes cristianos, pero cuando no garantizaron los tratados ni el comercio, Londres y París eligieron al emperador que estaban humillando. En octubre de 1860 las tropas británicas y francesas saquearon e incendiaron el Antiguo Palacio de Verano de Pekín. Ese mismo año, y durante los cuatro siguientes, oficiales estadounidenses y británicos, como Frederick Ward y Charles Gordon, comandaron el Ejército Siempre Victorioso al servicio de esa misma dinastía contra los rebeldes cristianos. La guerra civil dejó cerca de 30 millones de muertos, más que todas las bajas militares de la Primera Guerra Mundial.
La dinastía Qing ganó la guerra, pero no sobrevivió a la victoria. El rencor contra los misioneros, protegidos por cónsules y cañoneras, tampoco desapareció. Estalló en 1899 con el levantamiento de los Bóxers, que mataron a miles de cristianos chinos y a más de doscientos misioneros extranjeros. En represalia, ocho potencias ocuparon Pekín en 1900 y le impusieron a China una indemnización de 450 millones de taeles de plata, una por cada habitante del país.
Cuando Mao proclamó la República Popular en 1949, había en China decenas de miles de misioneros extranjeros. Para 1952, casi todos se habían ido o habían sido expulsados, algunos acusados de espionaje. Las iglesias que quedaron fueron obligadas a cortar todo lazo con el extranjero. Los protestantes quedaron bajo el Movimiento Patriótico de las Tres Autonomías, formalizado en 1954; los católicos, bajo una Asociación Patriótica creada en 1957 que no reconocía la autoridad del papa.
La prohibición total llegó en 1966 con la Revolución Cultural. Las iglesias reabrieron en 1979, con Deng Xiaoping, bajo estricto control estatal. Siglo y medio después de Hong Xiuquan, el Estado chino sigue viendo en una religión con lealtades externas la semilla de una rebelión. No lo inventaron los comunistas. Lo aprendieron de la historia.
En América Latina, el problema fue que la fe dominante había dejado de ser una incondicional del poder. Después del Concilio Vaticano II, una parte de la Iglesia católica empezó a hablar de “la opción por los pobres”. Nació la Teología de la Liberación. En 1969, el Informe Rockefeller, encargado por el presidente Nixon tras una gira por la región, advirtió que la Iglesia católica latinoamericana se estaba volviendo una fuerza de cambio, incluso revolucionario. En 1980, el Documento de Santa Fe, redactado por asesores del candidato Ronald Reagan, fue más directo: recomendó que Washington pasara al contraataque contra la Teología de la Liberación.
La CIA ya tenía experiencia en el terreno religioso. En 1975, durante las investigaciones del Comité Church del Senado, el director William Colby reconoció que la agencia había usado a misioneros y religiosos como espías. En 1976 su sucesor, George H. W. Bush, anunció que la CIA ya podía dejar de pagarle a los misioneros para que prediquen en los países pobres. La periodista Penny Lernoux documentó en Cry of the People (1980) el llamado Plan Banzer (una estrategia de la dictadura boliviana para desacreditar y vigilar a los curas progresistas) que la CIA apoyó. Lo mismo en Perú. Ecuador, México, Panamá y Brasil acusaron al Instituto Lingüístico de Verano, una organización misionera estadounidense que traducía la Biblia a lenguas indígenas, de servir a intereses de inteligencia.
En 1982, un nuevo golpe de Estado en Guatemala llevó al poder al general Efraín Ríos Montt, pastor laico de la Iglesia del Verbo, una congregación fundada por la misión californiana Gospel Outreach. Ríos Montt daba sermones por televisión todos los domingos mientras su ejército masacraba aldeas mayas. En diciembre de ese año, Ronald Reagan lo visitó en Honduras y declaró que el general era víctima de acusaciones injustas. En 2013, Ríos Montt fue condenado a 80 años de prisión por genocidio contra los ixiles. Diez días después, la Corte de Constitucionalidad anuló la sentencia.
En 1970 los protestantes en América latina eran el cuatro por ciento de la población. En 2014, según el Pew Research Center, llegaban al 19 por ciento. En Guatemala, Honduras y Brasil hoy forman bloques electorales capaces de decidir presidencias. No todo ese crecimiento fue planeado en Langley, pero las ideas de justicia social perdieron su púlpito no por casualidad.
En el Evangelio de Mateo, el mismo Jesús del que Hong se proclamaba hermano menor, advierte contra quienes hablarían en su nombre: “Cuidado con los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos depredadores” (Mateo 7:15).
Jorge Majfud, octubre 5, 2026.

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