
Todos son combatientes
Once minutos después de despegar, a una altura de cinco kilómetros y medio, en el avión Douglas DC-8 explotó la primera bomba debajo del asiento de una niña de nueve años.
―We have an explosion aboard… We are descending immediately! ―informó el capitán―. We have fire on board! We are requesting immediate landing! We have a total emergency!
El piloto logró controlar la nave que comenzaba a perder presión, al tiempo que se llenaba de humo. Con un solo motor, la hizo girar a la derecha y se dirigió de vuelta a la pista.
El aeropuerto activó las alarmas. La torre de control ordenó despejar la pista y todos los vuelos fueron desviados para que se alejen del aeropuerto mientras las ambulancias se ponían en camino.
El capitán Wilfredo Pérez gritó, esta vez en español:
―¡Cierren la puerta!
La cabina comenzaba a llenarse de humo. Los pasajeros, en pánico, no lo supieron, pero el capitán Pérez estuvo a minutos de resolver el problema. Nunca lo sabrán. Una segunda bomba, la bomba que Lozano había colocado en uno de los baños, explotó arrancándole la cola al avión, mientras una repentina e intensa lluvia comenzaba a borrar el horizonte de Barbados.
La nave apuntó hacia el cielo y ascendió de forma vertical. La torre de control le gritó al piloto que eso era una mala idea, sin saber que el piloto ya había perdido el control de la máquina. Algunos pasajeros cayeron al mar cuando la nave alcanzó la máxima altitud. Se detuvo por un momento imposible de precisar, como si se hubiese suspendido en el aire, y luego cayó al mar como una flecha perdida.
El vuelo de Cubana 455 fue el primer vuelo de la historia de la aviación civil derribado por un atentado terrorista y el que más vidas costó en el hemisferio, hasta el 11 de septiembre de 2001.
Como siempre, el resto se murió de a poco
Cuando la enfermera Sheila Harris-Thompson llegó a la oficina indicada, no ocultó su enojo por haber perdido el vuelo a Jamaica. La atendió una mujer, pero no tuvo tiempo de tomar sus papeles que reclamaban su firma. Sonó el teléfono y, poco después, la mujer le dijo:
―Bueno, señora Harris, es una suerte que no haya tomado ese avión, porque se acaba de caer en el mar.
Sheila nunca supo el nombre de la mujer.
En Cuba, el padre de una de las atletas, apenas supo de la noticia se fue a la montaña y allí permaneció toda la noche. Otro permaneció en el aeropuerto de La Habana por una semana, convencido de que en cualquiera de los vuelos iba a aparecer su hijo. La prometida de uno de los campeones subió a su cuarto y no volvió a bajar por diez años. Entre las víctimas estaba Lázaro Serrano, novio de Moraima Secada, integrante del reconocido Quartet Aida (luego Buena Vista Social Club) y tía de Jon Secada. Otro campesino rechazó la compensación económica ganada por un abogado a la empresa aseguradora de Canadá. En Guyana, atormentado por la pérdida de su hijo y el sentimiento de culpa, el padre de Raymond se recluyó en su biblioteca y no salió de allí por una semana.
En Miami, la tierra de la libertad, el propietario del semanario Réplica, el cubano Max Lesnik, fue uno de los pocos que se atrevió a denunciar el acto terrorista contra el vuelo Cubana 455.
―Luis Posada Carriles y Orlando Bosch lo planearon todo ―dijo Lesnik, años después―. Denuncié este acto terrorista mientras la extrema derecha de Miami lo aplaudía.[i]
El semanario Réplica sufrió siete atentados con bomba hasta que fue obligado a cerrar definitivamente en 2005. Nadie fue nunca detenido por estos actos a pesar de que, según la investigadora Ann Louise Bardach, un agente del FBI reportó que, sin que él lo supiera, había rescatado a Lesnik muchas veces de ser asesinado.[ii]
Todo en nombre de la libertad de prensa que no existe en Cuba.
El mismo patio, las mismas sillas
Cerca de las 3:00 de la tarde, alguien golpeó la puerta de los Persaud. Era la prima que trabajaba en el Departamento de Asuntos Exteriores.
―¿Qué pasa?
―Necesito hablar con ustedes ―dijo la prima, encargada de llevar la tragedia a la casa donde todavía resonaban los ecos de la música y las carcajadas de esa misma madrugada.
―¡Ya habla, mujer!
―El avión de Raymond se cayó…
―¿Qué quieres decir que se cayó? ―preguntó la madre― ¿Raymond está bien? ¿Qué quieres decir con eso?
―Que no hubo sobrevivientes.
Los vecinos pudieron escuchar los gritos de una mujer. Si a alguien le cortaran las manos no gritaría con tanto dolor. En otras cinco casas no muy lejanas se repetía la historia de los Persaud. Los jóvenes Jacqueline Williams, Seshnarine Ramkumar, Ann Nelson, Eric Harold Norton y Rawle Thomas corrieron la misma suerte de Raymond.
Cayó con todos los perros adentro
En pocos minutos comenzaron a llegar a la casa de los Persaud los mismos invitados que habían llenado la fiesta unas horas antes. Los mismos invitados entraron en el mismo patio y se sentaron en las mismas sillas. El padre de Raymond no logró procesar los hechos, el murmullo de lamentos de la multitud y se encerró en su estudio. No volvió a salir de allí por una semana.
Charles Persaud pasará sus últimos 25 años escribiendo de forma obsesiva y sin tregua cartas al Congreso de Estados Unidos, demandando justicia para su hijo. Morirá de un ataque al corazón mientras escribía un libro de investigación sobre el caso de su hijo.
Poco después de las explosiones, Freddy Lugo llamó a Orlando Bosch para reportar sobre el éxito de la operación:
―Se cayó la buseta por el precipicio con todos los perros adentro ―dijo.
Era un mensaje críptico que sólo Bosch y Posada Carriles podían entender.
Minutos después tomaron un taxi. Los hombres tenían acento venezolano, recordó el taxista que pudo ver sus rostros en el espejo retrovisor. Hablaban de algo importante y se reían con ganas.[iii]
La policía de Trinidad arrestó a Herman Ricardo y Freddy Lugo. Ricardo, empleado de la agencia de seguridad de Posada en Venezuela, admitió que él y Lugo habían colocado las dos bombas en el avión. También reconoció que Luis Posada y Orlando Bosch habían planeado el atentado.
―Fue un acto heroico ―declaró Bosch, junto con Herman Ricardo, ante un tribunal de Caracas.
―Los combatientes cubanos hicieron un acto revolucionario con respecto al avión ―declaró Ricardo Lozano frente a las cámaras de televisión―. Eso tiene que respetarse tanto como se respetaron las actividades venezolanas cuando querían derrocar al dictador Pérez Jiménez.
―Fue una acción heroica de la Revolución Cubana ―insistió Orlando Bosch sacudiendo su índice derecho con ansiedad, rodeado de periodistas en un pasillo que conducía al tribunal―. Porque, como usted sabe, la guerra es una competencia de crueldades. Seguirá la lucha y seguirán los atentados en todas las formas y maneras a nuestro alcance.[iv]
Más tarde, Bosch se negará cada vez que sea interrogado sobre el incidente, “porque eso es ilegal en Estados Unidos” y lo justificará siempre, por tratarse de “una acción contra combatientes, porque todos son combatientes”. En cambio, implicará a sus camaradas.
―Guillermo e Ignacio Novo lo hicieron― dirá en la entrevista con Blake Fleetwood en la cárcel de Caracas― Todo fue planeado por la Dina de Chile.
Sólo ocho cuerpos fueron rescatados del mar.
Ese mismo día, en La Habana, María González esperaba en el patio de su escuela las palabras triunfales de la directora. Había escrito su discurso lleno de elogios y felicitaciones para sus hijas pródigas, pero cuando se presentó en el patio lleno de estudiantes, su rostro anticipó que algo no estaba bien.
―Hubo un terrible accidente ―dijo―. El avión que traía a nuestro equipo se ha estrellado. No hay sobrevivientes.
En la ceremonia fúnebre, cada estudiante muerto fue representado por uno de sus compañeros. Por un día, María González fue su amiga Nancy Uranga, la rubiecita que la había sustituido antes de subir al avión. Nancy era bastante mayor que María. Tenía 22 años y estaba embarazada.
El 15 de octubre, luego de siete días de duelo nacional, un millón de personas llenaron la Plaza de la Revolución. En su discurso, Fidel Castro recordó que desde 1959, 51 vuelos de Cubana habían sido saboteados y secuestrados. Este sería, por décadas, el peor atentado terrorista contra un vuelo en el hemisferio:
―No podemos decir que el dolor se comparte ―dijo―. El dolor se multiplica.
No había otros sospechosos. Nunca los hubo
―El terrorista es él ―respondió Posada Carriles, mirando las imágenes que llegaban desde La Habana.
Orlando García, jefe de seguridad del presidente Andrés Pérez, y Ricardo Morales Navarrete (ambos exiliados cubanos), habían asistido al cóctel de bienvenida de Bosch a Caracas. Según recogió un documento de la CIA, tanto García como Morles mencionaron que, en la multitudinaria reunión, Orlando Bosch se había atribuido el atentado de Washington contra Letelier, algo de lo cual no se cansaría de negar en público. Luego de un tiempo, La CIA comenzó a sentirse incómoda por la cantidad de atentados fuera de control de sus agentes cubanos.
El periodista Fleetwood llamó desde Caracas al fiscal Eugene Propper, a cargo de la investigación del FBI. Propper no era muy optimista en sus chances de resolver el atentado. Rara vez un atentado con bomba se resolvía. Luego de unas horas, Propper llamó al periodista de nuevo:
―La CIA ya le había informado de todo a la policía secreta de Venezuela… Creo que están detrás de ti. Estás en peligro.
―Entonces, ¿qué hago? ―preguntó Fleetwood, con seis horas de grabaciones con Bosch y Posada Carriles en la mano―. ¿Debo ir a la embajada de Estados Unidos…?
―No, al contrario ―dijo el agente del FBI―. Me temo que tendrás que resolverte solo y ver una forma de salir de ahí. [v]
Cárcel y nueva fuga
Inmediatamente después del atentado contra el vuelo 455, Frank Castro voló de Venezuela a Miami. En un comunicado interno, la CIA lo identificó como uno de los involucrados en el atentado. Detenido en Miami por el FBI, reconoció haberse reunido con Orlando Bosch, la última vez el 26 de setiembre, pero negó cualquier conocimiento del atentado.
A la policía venezolana no le costó mucho localizar a Orlando Bosch y a Posada Carriles. Hasta no hacía mucho, lo difícil era arrestarlos, pero desde su entrega del camarada Orlando Bosch en febrero, Posada Carriles no había recuperado su puesto en la CIA. Lo había intentado una vez más el mes pasado, informando a la misma agencia de un inminente atentado contra un vuelo de Cubana por parte de un grupo de exiliados cubanos, pero tampoco lo había logrado. A diferencia del supuesto plan para matar a Kissinger en Costa Rica, esta vez la CIA no actuó con la celeridad necesaria, sino con calculada torpeza, como suele hacer.
Sin la invaluable protección de la CIA, Bosch y Posada Carriles, por meses, debieron recurrir a la red de servicios secretos de otros países, como Chile o Venezuela, pero esta complicidad tenía grietas. El jueves 14, la policía de Venezuela arrestó a Posada Carriles y Orlando Bosch.
El viernes, los detectives interrogaron a Posada Carriles sobre el más reciente atentado contra el avión de Cubana. Posada Carriles contestó sin titubear:
―Yo no tuve nada que ver con eso, chico ―dijo―. Nunca haría algo así.
―¿Usted condena el atentado?
―Yo nunca haría algo así, pero no condeno nada. A veces hay que responder a la violencia con violencia.
―¿Aunque mueran inocentes?
―Esas cosas pasan. A veces pagan gente inocente por estar en el lugar equivocado.
Orlando Bosch repitió casi las mismas palabras.
―Yo no sería capaz de semejante acto contra gente inocente. Soy inocente, pero no condeno nada que conduzca a la caída del régimen de Cuba. Los terroristas son ellos.
―Entonces, usted no se considera un terrorista…
―De ninguna manera, chico.
―¿Cómo se define?
―Soy un combatiente, un soldado en una guerra sin cuartel. Mi enemigo es el régimen asesino de Cuba.
―Los combatientes se enfrentan a otros combatientes…
―En una guerra total, no hay civiles. Yo no soy militar, soy doctor, y soy un civil combatiente.
―¿Considera a los pasajeros del vuelo 455 combatientes?
―Estaban en el lugar equivocado… Sí, como le digo, en una guerra global todos son combatientes. Los terroristas son Fidel Castro y sus secuaces. Ellos llegaron al poder por métodos violentos y serán derrocados por métodos violentos…
―Estamos de acuerdo en que Fidel Castro es un dictador despreciable, pero él llegó al poder regresando del exilio y tomando armas contra la dictadura de Batista, y Batista era el hombre fuerte de Estados Unidos…
―¡Yo también tomé armas contra Batista! Y ahora tomo armas contra el régimen marxista de Fidel. He combatido contra Dios y contra el diablo…
―¿Y por qué no vuelve del exilio y organiza una contrarrevolución en su país? Sería un verdadero combatiente. Poner bombas contra civiles no combatientes, muchos de ellos adolescentes, no parece muy heroico.
―¿Usted me está interrogando o haciendo el intento de lavarme el cerebro?
―Lo primero. Pero un lavado nunca viene mal.
―El problema es que su inteligencia no es suficiente para manipular la mía. Lo que usted pretende es que termine por confesar que nosotros planeamos ese atentado y otros…
―¿No va a confesar, entonces?
―No.
Bosch miró a su inquisidor a los ojos, y dijo:
―Nunca.
Cuando el presidente Andrés Pérez se enteró de la temeraria entrevista de Fleetwood en la cárcel de Caracas, ordenó su detención, pero la Disip no alcanzó a impedir que tomase el próximo vuelo a Estados Unidos. Lo estaba esperando el fiscal Propper, quien le pidió una copia de sus grabaciones para usarlas en su interrogatorio de Guillermo Novo. Al mismo tiempo, el presidente Pérez acusó a Fleetwood de ser un agente de la CIA.[vi]
Freddie Lugo y Hernán Ricardo Lozano fueron detenidos en Trinidad y Tobago, luego que Ricardo llamase desde Barbados a su novia Mariloly con el encargo de comunicarse con Posada Carriles y Orlando Bosch. También fueron detenidos José Velásquez, José García y Llano Montes, encargado de plantar artículos de la CIA en El Mundo de Caracas.
Las investigaciones determinaron que no habían sido ellos los autores intelectuales del atentado. En la agenda de Lugo apareció el nombre del adjunto a la embajada de Estados Unidos en Caracas, Joseph Leo, pero Leo negó conocer a Lugo y dijo que probablemente el número se lo había dado Posada Carriles. Un informe clasificado de la CIA con fecha del 18 de octubre, repite que, a finales del pasado mes de junio, un grupo de exiliados cubanos dirigidos por Orlando Bosch había planeado la explosión de un avión de Cubana que saldría de Panamá con destino a La Habana, información que el mismo Posada Carriles había filtrado a la CIA contra su amigo Orlando Bosch en su intento de ser readmitido en sus filas y en su nómina salarial. El FBI confirmó del intento. El detonante había fallado, por lo que volvieron a intentarlo el 9 de julio con otro vuelo desde Jamaica. Esa vez, la bomba explotó en tierra, debido a una demora por razones técnicas del avión de Cubana.
El comisario de Trinidad y Tobago, con la memoria fresca del atentado con bomba en la embajada de Guyana por parte del Coru, procedió con rigor profesional y los incomunicó, interrogándolos por separado. Luego de dos semanas sin emplear ningún método de acoso, con el solo recurso de las preguntas, logró que Hernán y Ricardo comenzaran a hablar. Ambos reconocieron que trabajaban para Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, quienes negarían cualquier vínculo con el atentado. La policía venezolana requisó la casa de Posada Carriles en Caracas y encontró varios elementos que los implicaban desde el primer momento, como el horario de Cubana de Aviación para ese día.[vii]
Un documento del FBI fechado el 7 de octubre, registra que el pasaporte de Lugo prueba que había entrado a Barbados el 9 de julio, dos días antes de la explosión de las bombas en las oficinas de West Indies Airways, otra en el auto del gerente general de la compañía y otra en un barco anclado en el puerto de Bridgetown.[viii] Un informe secreto de la CIA dirigido a Henry Kissinger, registró que Ricardo había viajado de Caracas a Puerto España, Trinidad, el 29 de agosto con destino a Puerto Rico. En su trámite de visado había informado de una corresponsalía para la revista Visión, regresando de Puerto España a Caracas el primero de setiembre. El mismo documento informó que ese mismo día, a las 10:15 de la mañana, había explotado una bomba en el consulado de Guyana. Coru se atribuyó el atentado.
El FBI también incluyó al consejero de Seguridad e Inteligencia del presidente Andrés Pérez, el cubano Orlando García, como participante del atentado. También a Frank Castro, quien había volado de Caracas a Miami días antes del atentado. En el interrogatorio, Castro admitió haberse reunido con Bosch varias veces, pero negó haber participado en ningún plan terrorista.
Tres días después, el sábado 9 de octubre y en base a la información aportada por las agencias estadounidenses, el mismo Henry Kissinger escribió un memorándum secreto sobre “la sospecha de que Bosch participó en la planificación del accidente de Cubana de Aviación”. El memorándum fue filtrado por WikiLeaks en 2013 y luego bloqueado en Internet.[ix]
Un agente de la CIA asignado al caso, reconocerá en un artículo del New York Times del 13 de julio de 1998 que, desde el principio de la investigación, “Bosch y Posada eran los principales sospechosos; no había ningún otro”.[x] Ni lo hubo nunca.
Por décadas, ante el requisito de los gobiernos de Cuba y Venezuela para que se extradite a Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, el gobierno de Estados Unidos denegará la petición. Por el contrario, intermediará para que se les otorgue perdones presidenciales debido a otros atentados terroristas como el de Panamá, liberación anticipada o conmutación de penas hasta lograr que ambos, junto con sus colaboradores, disfruten de un retiro apacible en Miami.
En Miami, la iglesia católica organizó vigilias y oraciones por la liberación de Orlando Bosch. El gobierno venezolano le ofreció dos veces a la embajada de Estados Unidos la extradición de Orlando Bosch, pero Washington rechazó la oferta. Bosch admitió ante los investigadores venezolanos que él había participado en el atentado contra el avión cubano, pero el gobierno trasladó su juicio a un tribunal militar y Bosch fue declarado inocente, excepto de falsificar documentos de identidad.
Bosch estuvo recluido en una celda sin ventanas en el antiguo edificio del cuartel de San Carlos. El monstruo, como era conocido por los otros reclusos, presumía de ocupar la misma celda que alguna vez ocupó el dictador Marcos Pérez Jiménez.[xi] Allí se dedicó a pintar paisajes de Cuba, una afición artística que compartía con Posada Carriles. Las pinturas eran vendidas en Miami con cierto éxito, convirtiéndose en una fuente extra de ingresos.
El 30 de octubre, un miembro del Coru viajó a Madrid, donde detonó dos bombas para enviar un mensaje claro: el encarcelamiento de Orlando Bosch no significaba que el Coru se iba a quedar con los brazos cruzados. No, señor. El 6 de noviembre de 1976 explotó una bomba en las oficinas de Cubana de aviación y al día siguiente explotó otra en una librería con literatura de izquierda.
El tribunal militar absolvió a Posada Carriles, dictaminando que la mayoría de las pruebas en su contra estaban viciadas de nulidad porque habían sido reunidas fuera de Venezuela. Un año después del atentado contra Cubana, una corte civil de Venezuela dictaminó que la corte militar no tenía jurisdicción en el asunto.
Durante el proceso, en 1977, con la ayuda de la Disip, Posada Carriles sobornó a los guardias de la prisión de San Carlos y escapó junto con Freddie Lugo. Luego atravesaron media Caracas hasta la embajada de Chile.
Unos años después, Posada Carriles se fugó de la cárcel de San Juan de los Morros de Caracas, gracias a múltiples ayudas desde Miami. Alcanzó a aterrizar en Santiago de Chile, buscando la protección por su aporte en el asesinato de Letelier (participación que se acreditó tantas veces como las negó), pero el régimen de Pinochet estaba demasiado complicado con el FBI, por lo que decidió devolverlo a Venezuela. En Santiago, el dictador y el nuevo gobierno de Jimmy Carter mantenían una guerra fría de signo inverso que terminaría con la derrota del presidente estadounidense. El congreso más progresista de la historia de Estados Unidos y un presidente con ciertos atisbos de idealismo moral, habían puesto contra las cuerdas al gobierno chileno, acusado de participar en el atentado terrorista contra Letelier y a su asistente Ronni Moffitt.
Lugo y Posada Carriles fueron devueltos a las autoridades venezolanas, para sorpresa e indignación de los exiliados de Miami. Se trataba de un acto de traición imperdonable, sobre todo porque no había sido cometido por ellos mismos. Posada Carriles no le guardó rencor al dictador chileno.
―Pinochet fue el mejor, el más grande dictador que tuvo América latina ―le confesó Posada Carriles a la periodista cubana Ann Louise Bardach.[xii]
Debió esperar unos años más en prisión hasta que, finalmente pudo escapar de la vestido de sacerdote y con la ayuda de Jorge Mas Canosa, millonario empresario cubano y agente de la CIA, participante de la invasión fallida de Playa Girón, presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana de Miami y fundador de TV Martí, ambas financiadas en parte por la NED y el gobierno de Estados Unidos. Posada Carriles era un viejo conocido de Mas Canosa. Los archivos de la CIA registran que en julio de 1965 Mas Canosa le había pagado 5.000 dólares para hacer explotar un barco en Veracruz, México, y cualquier otro país latinoamericano. Aunque un cubano de apellido Carballo se ofreció para hacer el trabajo por solo 3.000 dólares, no era el dinero lo que importaba sino el éxito de la operación, y Mas Canosa confió el atentado a otro camarada de la CIA, Luis Posada Carriles. El 28 de julio de 1965, compró 125 libras de Pentolite por solo 375 dólares. El 25 de junio, mientras tramitaba una visa para México con papeles falsos de Puerto Rico, Posada Carriles le había informado a Mas Canosa en Texas que ya tenía 100 libras de C4. Como era costumbre, la mayoría de estos planes de voladura de barcos, aviones, embajadas, hoteles y asesinato de presidentes, fracasó. Pero la notable ineficiencia de los freedom fighters, a pesar de los ilimitados recursos, no desalentó a los combatientes.
Unos años después, Posada Carriles se fugó de la cárcel de San Juan de los Morros de Caracas, gracias a múltiples ayudas desde Miami. Alcanzó a aterrizar en Santiago de Chile, buscando la protección por su aporte en el asesinato de Letelier (participación que se acreditará tantas veces como negará cualquier participación), pero el régimen de Pinochet estaba demasiado complicado con el FBI y Jimmy Carter, por lo que decidió devolverlo a Venezuela.
Una vez más, Jorge Mas Canosa lo rescató, facilitándole un avión privado para viajar a Costa Rica. El periplo se extendió a las dictaduras amigas de El Salvador y Honduras. Canosa y la CIA corrieron a cargo de los gastos, que más bien eran inversiones. En El Salvador, el Ministerio del Interior le otorgó documentación falsa a nombre de Franco Rodríguez Mena. Otro activo de la CIA que lo ayudó fue el cubano Otto Reich, encargado de supervisar a los empleados de la CIA y del Pentágono y de la propaganda contra el gobierno de Nicaragua, la que era plantada en los medios de prensa como si fuera información objetiva, testimonios de las víctimas de aquel gobierno o escritos de los mismos combatientes de los Contras. Disponiendo de decenas de millones de dólares canalizados por la Agencia, el objetivo era, sobre todo, convencer a la población estadounidense del peligro del gobierno sandinista, ya que las encuestas indicaban que la gran mayoría de los estadounidenses se oponía a intervenir una vez más en Nicaragua.
―El Salvador está más cerca de Texas que Texas de Massachusetts ―dijo Ronald Reagan en una cadena de televisión, buscando la aprobación de los ciudadanos a las dictaduras amigas y el dinero del Congreso para los Contras, poco antes de que se destapase el escándalo de la venta ilegal de armas a Irán para complementar el dinero del narcotráfico en la lucha contra el socialismo en América Latina.
Gran parte de esta propaganda vendida como periodismo estaba a cargo de la Office of Public Diplomacy for Latin America and the Caribbean, fundada por el cubano Otto Reich, hasta que debió cerrarla en 1989 por malversación de fondos del Pentágono y por denuncias de noticias falsas. Reich, luego de ser embajador en Venezuela y lobista profesional, reaparecerá en la campaña de desestabilización en Venezuela y en el consiguiente golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002.
―Si no fuera por mis amigos, como Jorge Mas Canosa, yo todavía estaría preso ―le confesó Luis Posada Carriles a la periodista Ann Louis Bardach.[xiii]
Según el marine estadounidense Eugene Hasenfus, en América Central, Posada Carriles se dedicó a planear otras formas de terror, desde explosiones de aviones comerciales hasta bombas en hoteles y lugares turísticos del Caribe o de cualquier país que pudiese tener alguna relación con Cuba o con Nicaragua. Sólo el empresario Mas Canosa recibió 200.000 dólares como adelanto de sus sabotajes.
―Los cubanos fuimos traicionados por los venezolanos también ―dijo Bosch en una entrevista, un año después―. Cuando los periodistas me preguntaron si yo tenía una identificación de la Disip, contundentemente dije que no… Pero un día voy a empezar a hablar.
Bosch hablará en muchas oportunidades. Él se movía libremente por Venezuela con una identificación de la Disip. El último atentado contra el vuelo de Cubana 455 sorprendió a muchos colaboradores del gobierno de Andrés Pérez, pero Bosch afirmó que tenía una reunión pendiente con él, agendada para el 10 de octubre. El incidente del avión cubano trastocó todo y la reunión se canceló.
―El presidente Andrés Pérez es un traidor a la democracia ―le dijo Bosch a Fleetwood, desde la cárcel de Carcas―, un traidor a los cubanos y también un traidor a la causa estadounidense. Algunos amigos me han dicho que los venezolanos me trajeron sólo para traicionarme. No lo sé. Puede ser… Voy a declararle la guerra al gobierno venezolano en nombre de la causa cubana. Y si quieren enviarme a juicio, tendrán que llamar a los jefes de la Disip, porque voy a hablar… ¿Has visto cómo las oficinas de la aerolínea venezolana ayer volaron por el aire en Puerto Rico? Mis cubanitos lo hicieron, aunque ninguno se va a atribuir el atentado.
Bosch tampoco lo hizo.
En 1982, en la inmunidad de Miami, poco antes de ser ajusticiado en un lujoso bar, El Mono Morales Navarrete confesará frente a las cámaras de televisión:
―Yo lo hice ―dijo, acomodándose en su asiento como forma de acentuar sus palabras. Yo junto con otros. Bosch no.[xiv]
Bosch, decía Posada Carriles y todos quienes lo conocían, tenía una fijación por atribuirse todos los grandes atentados. Cuando negaba algo, era porque la ley estaba detrás de él, pero, como Posada Carriles, lo hacía con la suficiente ambigüedad como para no matar el mito, como un guiño de guerra a sus camaradas y, sobre todo, a sus donantes, que él llamaba “los amigos de la causa cubana”.
[i] Salim Lamrani, “Conversations with Max Lesnik “, Études caribéennes, 7 de julio de 2021.
[ii] Bardach, Ann Louise. Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana. United Kingdom, Knopf Doubleday Publishing Group, 2007, p. 111.
[iii] Alan McPherson. Ghosts of Sheridan Circle. How a Washington Assassination Brought Pinochet‘s Terror State to Justice. University of North Carolina Press, 2018, p. 110. (Omang, “Terrorist Plot,” A17.)
[iv] ‘By All Means at Our Disposal’ Orlando Bosch.” YouTube, 28 de abril de 2011, http://www.youtube.com/watch?v=E-om6WubPhk.
[v] Alan McPherson. Ghosts of Sheridan Circle. How a Washington Assassination Brought Pinochet‘s Terror State to Justice. University of North Carolina Press, 2018, p. 110.
[vi] Branch, Taylor & Eugen Propper. Labyrinth. Penguin, 1983, p. 217.
[vii] Bardach, Ann Louise. Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana. United Kingdom, Knopf Doubleday Publishing Group, 2007, p. 189.
[viii] National Security Archive. George Washington University. FBI. “Suspected Bombing of Cubana Airline DC-8 Near Barbados”. Doc. clasificado el 7 de octubre de 1976.
[ix] WikiLeaks. “Us Position On Investigation Of Cubana Airlines Crash”. 9 de octubre de 1976.
[x] Bardach, Ann Louise y Larry Rohter “A Bomber’s Tale: Decades of Intrigue; Life in the Shadows, Trying to Bring Down Castro”. The New York Times. 13 de julio de 1998, Sección A, p. 1
[xi] Servicio de Información de Defensa (SID). Archivos del Terror de Uruguay. Archivo SID (Berrutti). Rollo 1100. p. 270.
[xii] Bardach, Ann Louise. Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana. United Kingdom, Knopf Doubleday Publishing Group, 2007, p. 190.
[xiii] Idem, 190.
[xiv] Rafael, Antonio. “Ricardo ‘El Mono’ Morales Navarrete” (1981) YouTube, 15 de octubre de 2016, http://www.youtube.com/watch?v=NiSBUn8csTw.
Capítulos del libro 1976. El exilio del terror

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