A principio del siglo XVII, la costa Este de Norteamérica se pobló de todo tipo de aventureros. Los más organizados eran las dos facciones principales del cristianismo europeo, los católicos y los protestantes. Aunque esta fue una división coincidente con los dos grandes imperios rivales, el francés y el británico, también hubo franceses protestantes, como los Hugonotes calvinistas, quienes a fines del siglo XVI se habían mudado de Florida hacia los climas más fríos del norte. En cualquier caso, sin importar la nacionalidad, los protestantes estaban interesados en salvar colonos europeos, mientras que los jesuitas tenían como objetivo la conversión al cristianismo de los salvajes.[i] Uno de los obstáculos que encontraron fue el nomadismo, ya que el movimiento de una región de caza hacia otra interrumpía la instrucción cristiana. Por esta razón, los jesuitas intentaron convertir a los pueblos nómadas, pueblos menores en número, en sedentarios, en agricultores, como eran otros más difíciles de conquistar o convertir, como los iroqueses y, en menor medida, sus rivales tradicionales, los hurones, ahora aliados franceses.[ii] Uno de los problemas consistía en transculturizar pueblos antiguos y sofisticados hasta cambiar los roles laborales, como la práctica de la caza por parte de los hombres y de la agricultura por parte de las mujeres.
El arsenal cultural para la conquista no se redujo sólo a las formas de producción y en esta diversidad de recursos de corrupción los colonos no coincidían en todo. Los jesuitas, por ejemplo, se oponían a uno de los mayores problemas de las nuevas generaciones nativas, como lo era el consumo de aguardiente (eau-de-vie; luego ron europeo) a cambio de pieles y pescado. No pocos europeos comenzaron a ver a los jesuitas como un obstáculo. Fue el caso de la Misión de St. Joseph (Montreal), la que para 1645 había construido alguna reputación favorable con los nativos que apreciaban un hospital administrado por las monjas, pero que no pudo sobrevivir por muchos años en esa localidad debido al mal uso de la agricultura sobre un suelo demasiado delgado y por los ataques iroqueses.[iii] [1]
Otro obstáculo que encontraron los jesuitas, aún en comunidades más desarrolladas y establecidas, fue el secularismo racional de los nativos. Los jesuitas debieron enfrentarse a lo que podríamos definir como “el realismo de los nativos americanos”, es decir, su cosmología naturalista y su escaso fanatismo religioso―sobre todo, ese que en la Europa renacentista separó naturaleza de espíritu.
En el volumen V de las Relaciones Jesuitas (Relation de ce qvi s’est passe en la Novelle France)del año 1633, describiendo a los Algonquains, el Padre Paul Le Jeune coincide con una característica que este pueblo comparte con los iroqueses, sus enemigos: “quien conozca bien su idioma será todopoderoso entre ellos, por muy poca elocuencia que tuviera. No hay lugar en el mundo donde la retórica sea más poderosa que en Canadá”. Los jefes (erróneamente identificados como “capitanes”) son elegidos“únicamente por su elocuencia, y es obedecido en proporción a su uso de ella”. Aquí es importante observar que la traducción de esta observación como “elocuencia” puede ser imprecisa, debido a la cultura europea que identificaba la oratoria (desde los sofistas griegos hasta Cicerón en Roma) como el arte de hablar y persuadir. Considerando un corpus mayor de datos sobre los nativos americanos, creo que no es arriesgado considerar que esta “elocuencia” se refería más a la “argumentación”, entendida luego por esos siglos en la Europa Ilustrada―consecuencia de este encuentro de dos mundos diferentes.
Enseguida, Le Jeune menciona un elemento que será central en la fundación del secularismo moderno y su conflicto con la autoridad religiosa de la Edad Media europea: “Si la voz de los hombres tiene tanto poder, ¿será impotente la voz del Espíritu de Dios? Los salvajes escuchan la razón con facilidad; no es que siempre la sigan, pero por lo general no argumentan nada contra una razón que les convenza”. Tratando se explotar este descubrimiento en beneficio de sus propios objetivos, el jesuita concluye: “Aceptaron esta razón. Cuando se les haga ver la conformidad de la ley de Dios con la razón, no creo que encuentren mucha oposición en sus mentes. Su voluntad, extremadamente volátil y cambiante… Sus deidades no les imponen un ritual específico ni a ellos les importa”.[iv]
Las tres observaciones (“los salvajes escuchan la razón con facilidad”, su “voluntad es extremadamente volátil y cambiante” y “por lo general no argumentan nada contra una razón que les convenza”) son consistentes con la actitud intelectual ilustrada, abierta a una evidencia contraria a las propias creencias―totalmente opuesta a la fe ciega y contra cualquier evidencia objetiva o racional en la que se fundaba Europa. ¿Qué hay más ilustrado que la centralidad de este concepto que, por entonces, le costaba entender a los europeos religiosos de la vieja Europa?
Muy diferente, la importancia de la retórica (argumentación) nativa era mayor que la atribuida por los europeos religiosos y se asentaba en razonamientos que debían persuadir por la claridad de su lógica. El fanatismo europeo (considerado civilizado) se asentaba en la revelación y en la creencia basada en el miedo al castigo de la incredulidad, no por el convencimiento de la argumentación o de la razón.
Sin embargo, la retórica europea, cerrada a cualquier evidencia o a la aceptación de otras formas de ser y de ver el mundo, enmascaraba su fanatismo con un discurso opuesto, tanto como los esclavistas recurrirán al discurso de la libertad y “todos los hombres son creados iguales”. Cuando llegaron los jesuitas a América del Norte, observaron que el Nuevo Mundo estaba ocupado por tres naciones: España, Inglaterra y Francia. El resto de sus habitantes no eran un país; apenas bárbaros pecadores. Poco a poco, anotan los amables y civilizados escribas europeos, los salvajes “han ido dejando su lugar a la razón y a la virtud, conforme con nuestra fe, conforme a la antigua profecía: ‘La tierra que estaba desolada e infranqueable será feliz, y el desierto se alegrará y florecerá”.[v] En otro momento, las crónicas comparan a los misioneros con Moisés y a los nativos americanos con los canaanitas de Palestina: “esta tierra devora a sus habitantes; había monstruos gigantes, hijos de Enac, al lado de los cuales nosotros éramos como langostas”. Luego, como dijo Joshua, “la tierra que hemos rodeado [¿enclosure?] es muy buena. Si el Señor nos ayuda, la tomaremos; no tenemos miedo a la gente de este pueblo, porque el Señor está con nosotros”.[vi] Está de más decir que este fanatismo criminal ha sido y continúa siendo la norma entre las potencias militares occidentales del siglo XXI.
Los nativos, escribió el padre Joseph de Jouvancy, “no tienen un sistema religioso ni les importa”.[vii] Sistema religioso tenían. Básicamente, era la naturaleza, el mundo conocido. De lo que carecían era de un fanatismo ciego ante cualquier evidencia, basado en mitos que amenazaban con la tortura eterna a cualquiera que osara dudar un poco sobre los detalles del plan. Esta idea se repite en otras relaciones como, por ejemplo, la descripción que hace el jesuita Joseph Jouvency en sus crónicas publicadas en 1710, casi ochenta años después. Cuando los jesuitas intentaban conectar el pecado del paganismo con el fuego del infierno, los nativos respondían que no era posible que existiera una combustión eterna debajo de la tierra, porque allí no había bosques para encenderlos, y si lo hubiese no podían encenderse y, menos, ser infinitos.
Este razonamiento, por demás lógico para los datos disponibles por los nativos, se encontró con una novedad. Jouvency concluye de una forma por demás significativa y reveladora: “Hæec ratio ineptiffimat antam vim apud barbaras mentes habebat, ut is perfuaderi veritas evangélica non poffet” (en latín “Este argumento absurdo tenía tal poder entre las mentes bárbaras que no podía ser imbuido de la verdad del Evangelio”).[viii] Tres siglos después, en la introducción al volumen 33 de las Relaciones traducidas al inglés, el historiador estadounidense Reuben Gold Thwaites se hizo eco de la visión europea de los nativos, sobre todo de los iroqueses, según la cual los salvajes tenían las supersticiones tan arraigadas que los hacía incapaces de la espiritualidad cristiana.[ix]
Los más tolerantes jesuitas, decididos a “evangelizar a los salvajes” a través de la comprensión de sus lenguas y culturas, procedieron a convencerlos, no usando la fe (sobre todo la fe bíblica) que desafía cualquier lógica y racionalidad, sino recurriendo a la razón práctica de los nativos. El padre Jouvency menciona que, para resolver este obstáculo racional de la fe, un jesuita congregó a un grupo de nativos y les dijo: “Ya que no confían en la palabra de Dios, les voy a presentar las evidencias para que lo confirmen con sus propios ojos”. Los nativos se reunieron en un valle para presenciar la demostración (ya que no el milagro) del jesuita. Según la creencia, doce jefes fueron elegidos para que presidieran el experimento.[2] El jesuita llevó un terrón que había preparado con azufre y se los dio a los nativos para que verificaran que no era madera sino tierra. Luego encendió el terrón, el cual comenzó a arder emitiendo un fuerte olor. “La multitud quedó sorprendida” al ver que la tierra ardía y terminó por admitir que, dada las evidencias, es posible que la tierra bajo sus pies pudieres arder de forma indeterminada sin necesidad de ninguna madera.[x]
Uno de los pueblos más resistentes a la colonización, tanto francesa como inglesa fueron los iroqueses, probablemente por su mayor desarrollo e, incluso, dominio regional en relación a otras etnias vecinas. Por otra parte, según el historiador Reuben Gold Thwaites, los iroqueses eran conscientes de que las enfermedades que habían desolado a los nativos provenían de los blancos a través de las tribus conversas y sus promesas de un infierno subterráneo, lleno de fuego y torturas físicas que en ocasiones solían ver en las capillas los aterrorizaba. De 1635 hasta 1660 permanecieron mayoritariamente hostiles a los jesuitas y a sus antiguos rivales del norte y luego conversos, los hurones. Los intentos jesuitas por penetrar la liga iroquesa desde los mokaws casi siempre terminaron de forma catastrófica, cono los aventureros secuestrados y luego cambiado por rescates a otros europeos, como los holandeses.
Jorge Majfud, noviemrbe 2025
[1] Las Relaciones Jesuitas parecen haber sido la base de la película The Mission (1984), aunque ésta está ambientad en las Misiones de las Cataratas del Iguazú, en Paraguay. Según las relaciones jesuitas de Nueva Francia, el Mayor Rogers incendió las villas de los nativos cristianizados de las misiones del norte, matando a 200 de sus habitantes. Así termina la película con Robert de Niro.
[2] Solo el número sugiere que la historia fue decorada por los sacerdotes, lo cual no cambia la relación entre las distintas formas de ver el mundo o, por lo menos, aun asumiendo que nunca ocurrió, posee un valor central en la teoría que desarrollamos en este libro sobre el impacto en la filosofía de la Ilustración, con su centro en el París del siglo XVIII.
[i] Jesuits. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 5.
[ii] Jesuits. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 18.
[iii] Jesuits. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 19.
[iv] Father Paul Le Jeune. The Jesuit Relations and Allied Documents: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791 ; the Original French, Latin, and Italian Texts, with English Translations and Notes. France, Sebastien Cramoisy, rue St. Jacques, 1634, p. 194-196.
[v] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 204.
[vi] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 216.
[vii] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 286.
[viii] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 288.
[ix] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 31.
[x] Joseph de Jouvancy. The Jesuit Relations and Allied Documents, Vol. 33: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791. United States, FB&C Limited, 2015, p. 290.
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