(El audio es una interpretación que no es repsonsabilidad del autor de este texto)
El 8 de enero de 2009 publicábamos en Página12 y más tarde en La Vanguardia de España unas breves reflexiones sobre un bombardeo que había masacrado a un centenar de niños. Las preguntas finales (solo repetían nuestra perplejidad de otras masacres un par de años antes (Las palabras pueden, UNICEF, 2007):
“¿Sobre qué derechos se podría perpetuar semejantes crímenes? ¿Qué Dios podría justificar tanto dolor y tanta injusticia? Porque, ¿no es una injusticia cien niños aplastados y despedazados por la Libertad, la Civilización, la Ley, el Derecho y las mejores Razones? ¿Bajo qué nobles argumentos se podría perpetrar semejante bestialidad animal para convertirla en pura bestialidad humana?”
En una conversación informal, en tono desesperanzado, le comenté a Eduardo Galeano la afirmación del gran José Saramago sobre la inutilidad de las palabras y Eduardo me respondió: “Aunque las palabras valgan así de poquito, igual valen la pena”.
Dos décadas después, leí en documentos y en las memorias de uno de los agentes más poderosos de la CIA, Howard Hunt: “Nuestra principal arma tiran palabras, no balas”. Hunt, uno de los cerebros del golpe de Estado que destruyó la democracia en Guatemala y disparó medio siglo de dictaduras y conflictos que dejaron 200.000 asesinados, parecía demostrarme que las palabras pueden en distintos grados. Las que más pueden son las que derivan del poder, pero quienes no lo tenemos debemos recurrir a los recursos intelectuales de convicción.
Más recientemente, Gaza ha demostrado que el poder, incluso aquel poder incontestable por su fuerza financiera, tecnológica y militar tiene una especial preferencia por las víctimas débiles, como niños y mujeres. No es casualidad que la ideología de moda en Noroccidente (la “Ilustración oscura”) no se canse de demonizar a mujeres, inmigrantes de piel oscura y niños. En general, a los pobres.
¿Por qué? Porque el poder está temblando. El mismo temblor del abusador que ha sido elegido presidente de una potencia mundial. El poder global y casi absoluto de las sectas financieras que no paran de incrementar su riqueza (en Estados Unidos, cinco hombres blancos tienen más dinero que la mitad del país) y sabe que está en curso de colapso. La política del caos es una estrategia de distracción de los de abajo, pero sus cálculos deben saber que nos dirigimos, inexorablemente, a un punto de quiebre, a una crisis general que los volteará de sus pedestales. Podrán construir todos los bunkers que quieran, pero sobrevivirán en sus tumbas de lujo sin sus esclavos.
Como en el siglo XIX, los imperios blancos, luego de desarrollar la teoría consoladora de la superioridad racial que justificaba la brutalidad imperial, comenzaron a preocuparse de “el gran reemplazo de la raza caucásica”. La obligación de administrar, reprimir, explotar, corromper y masacrar las colonias les había dejado un dato preocupante: los negros son más que nosotros y un día se darán cuenta.
Cuando Abraham Lincoln ganó las elecciones de 1860, no lo hizo proponiendo abolir la esclavitud―más bien lo contrario, porque no le convenía. Pero los Estados del Sur esclavista se dieron cuenta de que el hecho de que llegase a la presidencia alguien que no simpatizaba con la esclavitud, indicaba que el crucero de los esclavistas llevaba curso de colapso. Antes de que Lincoln dijese algo, los Estados del Sur se levantaron en pie de guerra. Hasta entonces, habían sido tolerantes con los abolicionistas y habían respetado su libertad de expresión. Sobre todo, poque los negros no sabían leer. Todo ese signo de civilización y democracia se convirtió en abierta censura y brutal represión cuando la narrativa social (ahora apoyada por un cambio en las formas de producción industrial) cambió de bando.
Es, exactamente, el momento que estamos viviendo ahora. La democracia y la libertad de expresión son lujos del poder y el poder ya no puede darse ese lujo. Cuando se inició el genocidio en Gaza, en las universidades de Estados Unidos los estudiantes comenzaron a protestar por el uso bélico que se daba al dinero de sus deudas y por la brutalidad imperial, como había ocurrido contra la guerra de Vietnam en los 60 y contra el apartheid sudafricano en los 80.
Para principios de 2024 la mayoría de los jóvenes hasta 35 años manifestaba apoyar la causa palestina. Para principios de 2026, por primera vez en la historia, la mayoría de la población de Estados Unidos apoya más a Palestina que a Israel. Incluso, este apoyo ha cruzado los límites ideológicos de la izquierda antiimperialista a derecha religiosa y conservadora.
El 4 de enero de 2026 observábamos (otros eran de la misma opinión): “El objetivo, más que comprarle petróleo a Maduro es asegurarse su monopolio para que se pueda volver a atacar a Irán. Una crisis petrolera en el estrecho de Ormuz y en todo Oriente Medio dejaría intacto a Estados Unidos, golpearía a China y le daría pase libre a Israel para destruir el gobierno iraní (el único escollo sobreviviente de Irael) y continuar su expansión”.
Luego del bombardeo israelí-estadounidense a Irán, el gobierno de Venezuela condenó estos ataques al mismo tiempo que condenó la respuesta militar de Teherán. Algo que resulta significativo y aumenta mis dudas sobre la verdadera posición del gobierno de Delcy Rodríguez en todo este proceso.
Ahora que Irán ha sido bombardeado una vez más (en nombre de la paz y de la estabilidad del mundo) podemos agregar que, para ese poder hegemónico e histérico, a corto plazo no existe un objetivo definitivo sino objetivos móviles de la locura sin límites de la dominación imperial. Si hubiese un solo ser humano viviendo en Marte, sería la frontera de esa afiebre que necesita controlarlo todo y asegurarse que el resto de la Humanidad nunca sea improductivamente feliz y que nunca viva en paz.
La realidad, desde Ucrania hasta Argentina, desde Palestina hasta Minnesota, parece de una coherencia tan perfecta que resulta imposible pensar que todo se trata de caóticas casualidades. Tanta consistencia sólo puede ser producto de un comando centralizado, de una elite o de una secta. Claro que, si algo saben hacer muy bien las superpotencias, es errarle al cálculo.
Ahora, si la Secta tiene oídos, que escuche: más allá de todas las leyes y los títulos de propiedad que puedan hacer aprobar a sus marionetas de las colonias, desde los glaciares de Argentina hasta el petróleo en Venezuela, desde las minas del Congo hasta las tarifas de Trump en Cucha Cucha, desde Corina Machado hasta Reza Pahlavi, los poderosos no están contando con los clásicos ejemplos de la historia.
Quiero decir, tarde o temprano los pueblos (esas mayorías de nadies, de mujeres, de niños, de pobres) se rebelarán y resetearán todo el contrato social. Cuando llegue este momento, cualquier contrato millonario de propiedad será papel mojado y los de arriba tendrán que correr a salvar sus cabezas. El único problema es el tiempo. Al fin y al cabo, la esclavitud de grilletes se mantuvo por cuatro siglos.
En la reciente y arbitraria agresión bélica contra Irán, el 28 de febrero de 2026, las primeras víctimas fueron decenas de niñas de una escuela primaria en Minab, al sur del país, a 1.300 km de la capital. Esta brutalidad histórica conta los niños pobres es consistente con la mayor red de extorsión de los poderosos del mundo debido a su afición a la pedomanía. Porque los ricos y poderosos llegan al poder no por casualidad, sino por una psicopatía necesaria. Una vez en el poder, están dispuestos a matar y masacrar para mantenerse.
Los de abajo también, aunque no por ambición sino, por defensa propia.
Jorge Majfud, 28 de febero de 2026
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