​T​rump: la reacción violenta de un siglo moribundo

Más de diez años atrás mis estudiantes de la Universidad de Georgia solían escandalizarse en masa cuando escuchaban la sola mención sobre el matrimonio igualitario o la legalización de la marihuana. Yo solía recordarles que, de igual forma, sus abuelos se escandalizaban con la sola idea de la píldora anticonceptiva o el matrimonio interracial. De ahí pasaban a la discusión política entre demócratas y republicanos.

“Típico partido de fútbol”, les decía y, casi invariablemente, agregaba: “cualquiera de esos políticos podrá retrasar la historia, pero nunca ninguno podrán detenerla”.

Lo que vemos ahora con el triunfo de Trump, sobre todo si consideramos su victoria histórica en el viejo “cinturón industrial” (Pensilvania, Ohio, Michigan), tradicionales bastiones demócratas y con un pasado de sindicatos fuertes, ahora desmovilizados y demonizados, es una virulenta reacción del siglo XX que agoniza y se niega a aceptar que el mundo ha cambiado.

¿De qué forma? Obviamente, de muchos. En este caso concreto, el cambio se refiere a un sector agrícola e industrial que no puede competir ni con la mano de obra barata de otros países más pobres (que actualmente producen los productos baratos que esos mismos habitantes del siglo veinte compran con entusiasmo y gracias a un proceso de globalización que ellos mismos impulsaron como forma de reemplazar el viejo colonialismo), ni pueden competir con los sectores de su país donde actualmente se genera gran parte del valor agregado de sus propias producciones, es decir, las universidades.

Tanto la agricultura (todavía subsidiada por los gobiernos que predicaban hasta ayer las maravillas del “libre mercado”, que nunca fue libre y ahora resulta que es responsable del robo de sus puestos de trabajos) como las industrias, cada vez dependen más de máquinas, robots y todo tipo de automatizaciones. Ahora, los desplazados por esta nueva realidad, campesinos y obreros, ni siquiera tienen la suerte de que las ganancias del progreso se redistribuyan, por ejemplo, en forma de impuestos (porque eso va contra la ideología dominante de los negocios y las ganancias por las cuales se mide todo, incluso la existencia humana, ideología que se radicalizará con Trump). Esos pobres votantes del millonario egolátrico ni pueden aspirar a una mejor preparación, ya que las universidades se han vuelto ya no solo elitistas desde un punto de vista intelectual, lo cual es bueno, sino elitistas desde un punto de vista social, lo cual es terriblemente malo. Y esto no mejorará sino que empeorará con Trump, ya que la propuesta de Bernie Sanders de facilitar el acceso a la educación superior ha sido rechazada por esa misma gente que lo necesita desesperadamente –sobre todo sus hijos.

Es decir, que las consecuencias del triunfo de Trump castigarán directamente a aquellos que poseen el perfil profesional de los votantes de Tramp y no tanto aquellos otros que votaron por los Demócratas. No es la primera vez que un pueblo decide cometer suicidio colectivo tomando decisiones rápidas y apasionadas, como es propio de la cultura de las redes sociales, donde nada es definitivo, ni siquiera la eliminación de un individuo molesto.

 Aquí tenemos otro aspecto del mismo problema: ¿Por qué las encuestas fracasaron de forma estrepitosa? Luego de ver lo que ocurrió este año con el Brexit en Gran Bretaña, el referéndum en Colombia y el triunfo Trump en Estados Unidos, uno debe preguntarse si las encuestas realmente estaban equivocadas, como dicen los que decían lo que decían las encuestas. Tal vez no, y aquí tenemos otro fenómeno. En el pasado, los encuestadores poseían menos recursos técnicos y acertaban más. De hecho, rara vez se equivocaban. Al menos eran más confiables que el pronóstico del tiempo. ¿Entonces?

Una posibilidad es que la psicología social, la cultura, haya cambiado más de lo se pueda imaginar, al menos en dos líneas.

Uno: Si consideramos lo expuesto más arriba sobre la frustración de quienes antes poseían el poder social o creían poseerlo (rancheros y campesinos religiosos, obreros anestesiados por pastores de yugulares hinchadas, conservadores que combinaban perfectamente a Dios con la cerveza y el sexo de moteles) el sentimiento dominante debe ser, naturalmente, de una profunda frustración y rabia. El mismo lema de campaña de Trump revela más de lo que dice: “Hacer Estados Unidos grande otra vez” expresa una inequívoca nostalgia por un pasado que objetivamente nunca fue mejor que el presente –al menos no para el conjunto de la sociedad. Esa rabia se expresa en algo visible y de una forma primitiva: la culpa la tienen los otros, es decir, los inmigrantes, los que se ven diferentes, los que piensan, sienten y creen en otras cosas (todas equivocadas, obviamente). Entonces, si esta gente ve que su equipo de fútbol va a perder (aquí la incidencia de las encuestas), lo más probable es que se vuelque a votar por lo opuesto y lo haga en grandes números.

Dos: La cultura de las redes sociales ha desarrollado un individuo que se apasiona, insulta, se escandaliza, pero no sabe o no quiere discutir, y mucho menos dialogar. Cada vez que no le gusta la opinión de alguien, simplemente lo elimina. Fácil. Antes había que hacerse cargo de los amigos y soportarlos cuando se emborrachaban o decían algo inapropiado. Así, los nuevos individuos, desde sus propias soledades (fenómeno para nada desconocido por la cultura protestante y calvinista), van creando burbujas ideológicas, autocomplacientes, donde todos opinan y sienten como ellos mismos. Se sienten protegidos, aunque el odio y la rabia son los mismos de hace cien o mil años atrás. Luego, se sorprenden de que existan los malditos otros.

Nada de eso se puede hacer con una elección cuya estructura y sistema pertenece al siglo XIX, con votantes del siglo XX en una realidad del siglo XXI. La perplejidad es sólo una expresión de las contradicciones de la historia que suele andar a los tumbos, pero nunca deja de caminar. Para los más débiles, para los más jodidos por la suerte, esos tumbos suelen significar el hambre, la violencia moral o, simplemente, el final.

 

Jorge Majfud

 

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