Crisis XII

Crisis XII

 

 

Jueves 4 de junio. Dow Jones: 8.750

La Canada, California. 6: 10 PM

Nunca soñé que iba a terminar viviendo a un paso de Beverly Hill, aunque siempre se lo decía a Ricardo, porque es sabido que cuando uno repite mucho un deseo se termina por hacer realidad. Ricardo se burlaba de mis pretensiones y empezaba a jugar con eso de bebé-beber-ver-bebé-gil, como un bereber tonto.

Me subestimaba. Se creía que por ser mi padre un modesto verdulero yo no tenía derecho a tener ambiciones en la vida y a progresar. Mi padre era verdulero pero no cualquier verdulero. En Santa Cruz teníamos una cadena de puestos que daba trabajo a más de diez cholos. Hasta que un día todo empezó a ir mal por culpa de los revoltosos de siempre que les llenaron la cabeza con ideas racistas y los cruceños de ojos celestes pasamos a ser extranjeros en nuestro propio país. Y a decir verdad yo tampoco me iba a quedar toda la vida rodeada de tomates y caras de piedra mascando hojas de coca.

Aquí me fue muy bien al principio, salvo el último año. Pero tengo esperanza que todo vuelva a la normalidad. Por lo menos aquí uno puede esperar que las cosas vuelvan a la normalidad y no estar hartos de la normalidad y hartos de esperar las utopías que nunca llegan.

En pocas semanas se levantó el tendal de carpas de Sacramentillo y nos vinimos con Ricardo con la promesa y la ilusión de que era por pocos días hasta que Obama sacara a los deudores de los foreclosures y nos devolvieran la casa de Santa Bárbara que tanto nos había costado. Ricardo decía que no nos había costado mucho porque no habíamos pagado ni el tres por ciento, pero a mí me importaba un rábano porque los señores que nos la habían vendido con caramelos y todo nos vendieron un plan que podíamos pagar con el sueldo de Ricardo. Pero como subieron las cuotas como locos y no pudimos pagar unos mesitos, nos mandaron con perro y todo afuera. Y todo lo dejamos en la calle. No íbamos a traer el jacuzzi. Ni la tele nuevecita que habíamos comprado cabría en esta carpa. Salvamos los dos autos, aunque pronto se les vence la seguranza, y le regalamos el perro a la puta americana que vivía al lado. Esa se salvó porque hizo lo que tenía que hacer a tiempo, y no anduvo como yo, cuidando la imagen y la moral de la casa, para que Ricardo tenga con qué presumir cada vez que invitaba a comer al jefe o a alguno de sus clientes. Alguien que vende seguros de vida debe mostrar y demostrar que vive bien, en eso sí estábamos de acuerdo. Pero, a la larga, a la Marilyn le fue mejor que a mí. Al menos sigue allá, me dijeron, en su palacio, con sus fiestas y sus clientes que, dice ella, sólo van a comprarle diseños de guantes y carteras. Será porque los americanos siempre saben hacerlo mejor, aún cuando lo hacen mal.

Una tardecita, antes de que volviese Ricardo del trabajo me encargué de romper con un martillo lo más que pude, porque nadie iba a disfrutar de todos los arreglos que le habíamos hecho a esa mansión de sueño que nos robaron de las manos. Cuando llegó Ricardo no dijo nada. Se quedó mirando las paredes y los muebles destrozados y dijo, “ok”, que a veces es como no decir nada. También él hacía días que estaba raro, no sé si ahogando las penas en el whisky o en los brazos de la Marilyn. Ya no discutía, no sonreía ni lloraba, hacía como si yo no existiera. Eso no lo hace el whisky, pensaba yo, sino una Marilyn con esos labios rojos y el escote alegre. Debo reconocer que la condenada tenía mejor cuerpo que yo. Para salir de dudas yo mismo lo mandaba al Ricardo a la casa de la Marilyn a reclamarle que sus arbustos estaban invadiendo nuestro backyard. Le tomaba el tiempo y me daba cuenta que se demoraba más de lo necesario. No era difícil imaginarse durante esos minutos innecesarios a ese cuerpito blanco como la leche y resbaloso como deseo de mujer, acariciado por la mirada de Ricardo y esa sonrisita siempre alegre, espesa, roja y brillante de ella volviendo loco a los hombres, quitándoles el sueño. Cuando Ricardo volvía yo hacía todo lo posible para demostrarle que me había dado cuenta, que no era una tonta y que por eso no le iba a decir nada, para que se preparase, porque quien a hierro mata a hierro muere.

Después me enteré lo del foreclosure y me volví loca por un día. Pero sólo por un día.

Lo bueno de Sacramentillo son las tardecitas cuando vienen algunos vecinos desocupados a conversar un rato. Juntamos las penas y los recuerdos de los buenos tiempos en Sata Bárbara. Robert, por ejemplo, trabajaba de gerente de Google, y del día para la noche se quedó buscando, dice. Tuvo menos suerte que Ricardo. A Joshua lo dejó la hembra, porque dijo que antes muerta que venir a un acarpado, no más sea por diez días mientras los padres le mandaban dinero de Massachusetts. Y parece que la hembra recibió el dinero y se fue a vivir sola a un hotel y quién sabe de qué estará viviendo, pero lo cierto es que no se va a aparecer por acá y menos para verle la cara a Joshua. El pobre, todas las tardes se viene por aquí. Cuando no está Robert merodeando.

Yo aprendí a disfrutar de la cerveza que nunca falta en Sacramentillo. Siempre me  pareció una bebida vulgar, de nacos, como decía Rosalía en Santa Bárbara. Así me vengo de este mundo injusto. Me vengo de los malos ricos bebiendo cerveza, me vengo de Ricardo por no haber querido cambiar a tiempo a un trabajo mejor que nos permitiera mudarnos lejos de la Marilyn. Decía que prefería la seguridad y yo le decía que su trabajito seguro nos iba a llevar a esto. Dios lo castigó por sus deslices con la Marilyn, por todas sus mentiras. Y me castigó a mí por no reaccionar a tiempo y seguir todavía al lado de un insensato. Y también me vengo de él porque ya ni siquiera necesito ser una gran señora ni tengo porque cuidar las apariencias. Y me vengo de Heather, la mujer del Joshua, por creerse mejor que el resto de las mujeres de Sacramentillo sólo porque tiene una maestría en educación y todavía no perdió su trabajo en la high schoool. Pero un trabajo no es todo en la vida, como todo el mundo cree ahora que el mundo se ha dado vueltas patas arriba y las mujeres mantienen a sus maridos que les ponen los cuernos mientras ellas se desloman y se creen la heroínas de un mundo en crisis. Antes que se me vaya toda la juventud, antes que venga el frío del invierno y arrugue mis párpados, voy a disfrutar de lo poco que me queda.

 

 

Jorge Majfud

 

 

 

 

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