Crisis X

 

Crisis X


Sábado 11 de abril. Dow Jones: 8.083

La Jolla, California. 9:30 PM

Al principio Ricardo era cariñoso. Me trataba como a una reina. Me llevaba a las mejores tiendas y me dejaba elegir lo que más me gustaba. Me sacaba fotos y se las mandaba a su familia: Lucy en la playa, Lucy con sus amigas en Pasadena, Lucy en la graduación de su amigo Ernesto. Lucy, Lucy, Lucy. Tenía devoción por mí y me hacía sentir realmente aquella chica de la pasarela que fui cuando más jovencita en Los Angeles.

Hasta que poco a poco empezó a cambiar. No sé si fueron sus nuevos amigos, las coquetas colegas que tenía en su trabajo o su mismo trabajo, sobre todo cuando empezaron los rumores de recorte y él sabía que si alguno volaba del plantel de técnicos el primero iba a ser él y no la fresca de la Fisher que lo tenía al jefe enganchado como a un pescado por la boca; y porque además era el más nuevo de la empresa.

Por esa época todos andaban muy nerviosos porque se decía que las automotoras iban a quebrar y si quebraba la Ford o la GM o la Chrysler enseguida, decía Ricardo, quebraban las otras dos y la empresa donde trabajaba iba a facturar menos en venta de software. Entonces yo le decía que nada de eso era motivo para que dejara de ser cariñoso conmigo. Después que ganó Obama, y no fue por Obama sino porque después de las elecciones se supo que todo iba a empeorar, fue como si de repente la casa se hubiese quedado sin reina. El desamor de Ricardo se justificaba por la Gran Depresión que iba a venir. Pero para mí no había otra gran depresión que la de Ricardo y la de su cariño. Y la mía propia, que ya me estaba degastando con aquella situación.

Entonces empezamos a discutir cada vez con más frecuencia. Yo no estaba dispuesta a renunciar al amor que me había sabido dar Ricardo al principio y le exigía que me tratara como antes. Pero me cansé de esperar. Una vez que le dije la verdad, que él no estaba preparado para los grandes desafíos como un verdadero hombre, apretó el vaso del Starbucks hasta que el café saltó y le quemó toda la mano y ensució las revistas que estaban en la mesa. Yo grité del susto y los que estaban al lado se dieron vuelta para mirar y se dieron cuenta del loco que tenía yo al lado. Seguro se dieron cuenta de la situación, porque hablábamos español y es bien conocida la cultura machista de los latinos. Así que cada vez que miraban de reojo era como una advertencia de que en cualquier momento sacarían sus celulares y lo denunciarían a Ricardo por macho violento. Y para evitar un escándalo de ese tipo yo le decía que se tranquilizara, que cada día estaba más irritable y que necesitaba ayuda profesional. Pero Ricardo se negaba a la ayuda profesional porque equivocadamente decía que sus problemas tenía que resolverlos en un trabajo que cada día apreciaba menos, o prefería mascar sus rabias en silencio y quién sabe qué otras frustraciones que traía a casa. Me cansé de esperar y fui yo a terapia por mi cuenta y logré levantar de nuevo mi autoestima.

Pero un día que se olvidó de pagar las tarjetas de crédito y tuvimos que pagar multas e intereses extras, no aguanté más y le dije lo que era en realidad, un flojo y peor amante, a ver si se despertaba de su sueño. Lo hice por su bien, para que reaccionara. Porque, dicho sea de paso, la verdad es que nunca me había satisfecho del todo como mujer. Mi autoestima estaba por el piso. Cuando hacíamos el amor yo no podía alcanzar lo que una mujer plena es capaz de alcanzar con su hombre, según me decía Rosana, y eso me estaba destruyendo. Al principio yo fingía placeres que no sentía, pero luego me di cuenta que eso no era justo, que estaba siendo tratada como una mujerzuela que sólo satisface al macho de la casa. Un día que estábamos discutiendo por un nuevo recorte en los gastos familiares, no aguanté más y se lo dije de una vez, que nunca había servido como hombre en la cama, a ver si al menos cumplía con sus obligaciones de esposo en el trabajo.

Así pasé semanas enteras, meses, y Rosana y Claudia me decían que lo mío no era vida, que me estaba destruyendo como mujer. Yo tampoco sabía por qué había dejado a Emmanuel Fuentes, que me quería más que Ricardo y que hoy por hoy es el hombre más respetado de Miami en el mundo de los seguros de vida. Y yo le dije que no, le dije que no a Emmanuel Fuentes, porque me había enamorado de los ojos azules de Ricardo. Qué tonta, Dios mío, como si una fuese a vivir toda la vida del color de los ojos de un hombre. Mi psicóloga dice que está estudiado que, por un proceso psicoquímico, el enamoramiento dura once meses y medio. Y después es cuestión de negociar para que dos individuos plenos y con altas autoestimas puedan seguir juntos. Business, eso es, se burlaba Ricardo, porque en eso de la ironía siempre fue un maestro. Hasta en eso era capaz de destruir de formas tan sutiles mi autoestima que con tanto esfuerzo yo lograba construir.

Una vez Rosana, que en esto siempre ha sido más avanzada que yo, se dio cuenta de algo que yo no había notado antes: que yo me había casado con Ricardo para tener los ojos azules que siempre había deseado tener yo misma. Era algo así como la ausencia del falo en la mujer. Una genia, Rosana. Emmanuel Fuentes no, Emmanuel era más bien moreno, como yo, pero desde el primer día que nos conocimos me había dicho que tenía un puesto para mí en su empresa y yo ni hice caso de Rosana que lo del ingeniero era calentura de un día. No era calentura, era enamoramiento, porque me duró casi doce meses. Pero si le hubiese hecho caso a Rosana hoy yo no andaría sola y peleando con abogados la casa de Boca Raton que Ricardo todavía alega que le pertenece porque la compró antes de casarnos.

Pero dejó de pertenecerle todo, incluso el honor de ser hombre, cuando el muy estúpido me dio aquella bofetada. Cuando parecía que todo se iba a arreglar, mejor dicho que él creía que lo iba a arreglar todo con un ramito de flores y un crucero por el Caribe, luego resultó que nos íbamos en el yate de un amigo del jefe de Ricardo, con otro matrimonio que yo apenas conocía. Y no lo dije por mal, pero se me vino a la mente los buenos días que salíamos con Emmanuel en su propio yate, que era como decir en nuestro propio yate; porque sí, no me había pedido formalmente que me casara con él pero ya teníamos una relación muy plena. Sí, esa era la verdad, aunque le doliera, aunque le hiriese su orgullo de macho, porque como dice Rosana el machismo de los hombres los enferma cuando saben que una ha disfrutado con otro más que con ellos.

Así que tenía que decir basta, por mi propia salud mental y mi autoestima. Yo no iba a andar mendigando un lugarcito en un yate cuando tuve el mío propio y cuando supe lo qué era la plenitud de ser mujer en alta mar.

Entonces la discusión derivó en Emmanuel y él empezó a ponerse furioso y me gritó que yo no era ni reina ni princesa, que este es un país republicano donde las mujeres trabajan. A lo cual le pregunté si conocía a alguna mujer que se hubiese ganado un yate trabajando, porque yo sabía que ese tipo de observaciones eran más propias de un ex zurdo como él. Emmanuel me hubiese dicho que sí, claro, que muchas mujeres podían tener un yate si se lo proponían. Aunque no fuese del todo verdad, por lo menos estoy segura que él me hubiese dicho que sí para levantarme la autoestima. Lo que dice mucho de un hombre. Trabajando, claro, y seguro que yo lo hubiese podido hacer si no hubiese sido disminuida sistemáticamente por Ricardo. Pero Ricardo no era Emmanuel y en su cabeza de zurdo y de machista no había posibilidades de que una mujer pudiese ganarse un yate con el solo esfuerzo de su trabajo honesto. Así que respondió aparentando los labios y los dientes. Es decir, se tragó sus propios argumentos. Estaba dolido, porque también en eso había perdido, y perder con una mujer debe ser lo peor para un machista como Ricardo.

Pero si él había perdido, yo no había ganado. Ese día con el regalito del yate prestado, Ricardo logró destruir todo el poco de autoestima que me quedaba y que tantos meses de terapia habían logrado reconstruir. No me puse a llorar como otras veces, porque con el tiempo de vivir con Ricardo aprendí que llorar era inútil. Le dije la verdad, que como hombre sólo servía para instalar programas y por eso yo tenía que recurrir a sus empleados. El plural era una exageración, pero yo estaba muy dolida y él no me creyó. Además, el punto era que yo no echaba de menos el dinero de Emmanuel, que eso era una real calumnia, sino que Emmanuel sí sabía cómo satisfacer a una mujer, porque tenía con qué. Y que otros, con menos dinero que él, también habían tenido con qué, así que no se trataba de que yo fuera una reina interesada en el dinero como él muy sutilmente me quería hacer creer. Y otra vez casi vuelvo con el issue de José. Pero reaccioné a tiempo y no le dije quién ni cómo ni dónde. Me hubiese costado la casa de Boca Ratón. Ricardo siempre andaba con una grabadora digital que era como un lápiz y nadie sabía. Muchas veces le dije que eso era ilegal, pero un opresor siempre tiene sus tretas y lo habría usado en mi contra. Algo que aprendí en este país es que no importa las intenciones sino las palabras. Todo lo que uno diga puede ser usado en tu contra. Por eso antes de entrar al país te preguntan si quieres matar al presidente. Lo que importa es la declaración, no si quieres o no. Lo mismo lo de José y lo de Emmanuel. No importa si lo hice con José o si era verdad todo lo que dije de Emmanuel. Lo que importa es lo dicho. Y escuchar que era menos hombre que Emmanuel y que muchos otros con menos dinero que él fue el final.

Fue cuando me dio aquella bofetada que me hizo temblar las piernas, más por la humillación como mujer que por la fuerza simbólica de su mano, que ni una bofetada bien dada era capaz de dar. Entonces me caí sobre la mesa de luz y tiré la lámpara al piso. Ricardo se asustó y se tiró encima diciéndome que lo perdonara, que no había querido hacerlo, pero ya era tarde. A él no le interesaba que yo me haya caído sobre la mesa de luz sino que no lo denunciara. Pero yo agarré el celular y llamé a la policía. Llamé y luego dije que me perdonara, que no lo había querido hacer. Así que Ricardo, pajarito de mi corazón, conejito de los buenos tiempos idos, no tuvo tiempo de nada más que esperar encerrado en la cochera a que viniese la policía a detenerlo por violencia doméstica, mientras fingía suicidarse con el humo del coche, como en las películas.

Y si el juez no le da muchos meses de cárcel, cosa que dudo porque en este país las leyes se cumplen, al menos su próxima víctima estará alertada de los antecedentes penales de este señor violento. Y porque la ley no alcanza a definir toda la violencia moral ni hay juez que la castigue, yo me encargaré de de que las otras mujeres sepan y aprendan de mi experiencia. Me gustaría que mi caso se supiera, por eso pienso escribir un libro, para que todas las mujeres, y algún hombre, por qué no, que están en mi misma situación sepan cómo defenderse y no toleren nunca ningún tipo de violencia.

Con todo, no será un libro tanto de denuncia como de ayuda. Un libro que también enseñe a perdonar. Aunque mucha gente no alcance a comprenderlo, no le guardo rencor a ese hombre. Yo sé perdonar y como cristiana estoy obligada a perdonar. Como dice Rosana, Ricardo es sólo una víctima de la cultura machista de nuestras sociedades aunque eso no lo haga inocente ni le quite responsabilidades ante la ley. Lo que importa ahora es mirar para adelante y trabajar para sentirme mejor, para realizarme plenamente como individuo y como mujer.

Realmente ahora me siento liberada. He vuelto a nacer. He vuelto a ser mujer, a pintarme con ganas para recuperar el tiempo perdido, a escuchar los piropos de los hombres en las fiestas y en las tiendas, piropos delicados, de esos que te levantan la autoestima después de la catástrofe de un terremoto como me tocó vivir a mí.

 

 

Jorge Majfud

 

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