Ser uno mismo: voyeurs, exitosos y excitados

El bombardeo de los símbolos / IV

Ser uno mismo: voyeurs, exitosos y excitados

Hace diez años el programa Gran Hermano comenzaba a acaparar los horarios centrales de la televisión en Argentina y Uruguay. El éxito de la propuesta —como casi siempre, copiada del centro Norte del mundo—, no sólo radicaba en el sueño de ser exitoso por inacción, sino en la creciente cultura del voyeur castrado que poco a poco se ha radicalizado. Desde el confortable turista del primer mundo que se interesa por conocer in situ la miseria ajena hasta programas de televisión de todo tipo donde alguien se muere de hambre en serio, o un aventurero se propone morirse de hambre en broma durante treinta días en una aldea de Tanzania, hasta el muchacho que va buscando las emociones de la guerra mientras registra con su cámara y cuenta en su blog la magnífica experiencia de la muerte ajena.

Desde los antiguos egipcios hasta nuestros días, la moda fue siempre la estrategia de las clases altas para distinguirse de la chusma. Como la chusma siempre ha sido chusma no tanto por su pobreza sino por su ansiedad por parecerse a las clases dominantes, trataba de copiar el estilo de los nobles y ricos hasta que éstos no tenían más remedio que volver a cambiar de estilo. Décadas atrás, se cultivó una especie de voyeurismo de clase: la clase obrera miraba y copiaba los pequeños vicios —ya que no los grandes— de las clases exitosas, de la farándula y la antigua realeza europea. Para reponerse y olvidarse de su agotadora jornada, los productores consumen todo aquello que los consumidores producen.

Pero la frivolidad se ha democratizado y ahora también resulta interesante introducir una cámara en una favela de Río o en los suburbios de Medellín. Para quienes no soportan emociones tan fuertes está el voyeurismo sobre un grupo de jóvenes ociosos de la clase media, como Gran Hermano, o sobre la vida de un hombre pobre que se hizo rico vendiendo discos o tomates, lo que ejemplifica las bondades democráticas del sistema dominante. El sistema capitalista —seguramente no el peor de los sistema que han sido en la historia— no requiere de grandes teóricos; le basta con la simplicidad de un caso exitoso entre un millón de “todavía sin llegar” que cuente su asombrosa historia coronada por la demagógica moraleja de “querer es poder”. Las explicaciones complejas no tienen lugar porque van destinadas a los voyeurs del éxito; a los excitados, no a los exitosos. Nada mejor que el fracaso para ansiar el éxito y confirmar la sabiduría de Niurka Marcos y el Show de Cristina aleccionando a sus espectadores desde Miami: “hay que ser positivos. Yo soy positiva. Es por eso que algunos tenemos todo lo que tenemos y otros no tienen nada”. Factores extra-anímicos —como por ejemplo el hecho de que los inmigrantes cubanos que llegan a América de forma ilegal reciben estatus legal mientras el resto no puede aspirar a otra cosa que mantener su condición de eternos fugitivos— son meros detalles propios de mentes pesimistas.

Como las imágenes no bastan, es necesario que el protagonista de vertiginosas aventuras, como lo es la inacción perpetua de Gran Hermano, exprese cada uno de sus sentimientos y explique quién es. Los otros son siempre una buena excusa para hablar de uno mismo. En los confesionarios cada uno lucha por ser reconocido como auténtico, aunque en ningún otro lugar se finge más que en la confesión mediática. “Pienso que voy a ganar porque siempre he sido yo misma”. “Gané porque en todo momento fui auténtico, luché a muerte por ser yo mismo y mostrarme tal cual soy”.

Recientemente, en el concurso Nuestra Belleza Latina realizado por la cadena Univisión en Miami, las candidatas confirmaron la regla. Hasta el hastío. “Pienso que mi mayor virtud ha sido ser yo misma, nunca cambiar y defender siempre lo más auténtico que llevo dentro”. “Yo voy a ganar la competencia porque siempre he sido yo misma. Ese ha sido mi objetivo siempre y la gente lo reconoce y aprecia”. “Yo me muestro como soy, siempre he mostrado mi yo más auténtico”. “Mi hija ha sido reconocida por ser siempre ella misma. Sólo le pido eso, que siga siendo así de auténtica”, etc.

Al mismo tiempo que cada bella concursante lucha por la originalidad que las destaque del resto, por la lógica del concurso y de la cultura mediática, deben evitar esta rara virtud humana. Basta con verlas caminando o de pié, sonriendo y haciendo equilibrio con la eterna pierna derecha por delante de la izquierda, variación del canon egipcio impuesto por los faraones muertos.

Por “mujer latina” siempre se asume un tipo definido no por la mirada de América Latina sino por la mirada de Estados Unidos, por todo aquello que diferencia a nosotros de ellos. En América latina no hay latinos, ni hispanos más allá de una definición etimológica, casi siempre producto de equívocos históricos. Latino en Perú o Argentina es un falso cognado de latino en Estados Unidos. La diferencia semántica es la misma que existe entre molestar en español y (to) molest, en inglés, que significa “abusar o violar”.

Si las americanas son rubias o son casiamericanas, la Belleza Latina debe excluir a las Marilyn Monroe, aunque en Montevideo o Buenos Aires estas sean un tipo tan común como en Utah o Nebraska. No obstante, esta diferencia no debe ser tan grande como para alejarla del canon de la típica barbie de piel bronceada. Ni las rubias del Cono Sur ni las indias de Mesoamérica y de los Andes. Tanto los rostros indígenas como los afroamericanos se juzgarán más hermosos cuanto menos sean “ellos mismos”, lo que se deduce de la obsesiva necesidad de estirar motas, aclarar rulos y afinar labios y narices.

Salvo raras excepciones, todas las concursantes se parecen como las Marilyn de Andy Warhol o la serie de barbie dolls, lo que lleva a los jurados a otra originalidad:

Animador: No quisiera estar en el lugar del jurado…

Jurado: Así es, eliminar a una fue una decisión muy, muy difícil.

Es lógico. Aparte de que todas cumplen con el canon al que responden nuestros deseos estéticos y sexuales —producto hormonal en complicidad con nuestros prejuicios y fijaciones infantiles—, una se parece a la otra al tiempo que repiten la misma ansiedad de ser “una misma, auténtica”.

Si todos somos producto de copias, herencias y reciclajes, un concurso de belleza es la exacerbación de un canon social específico, en este caso el de la “belleza latina” que excluye el deseo por la belleza de la mujer caucásica, travistiendo una en otra. Nadie puede ganar fuera de estos límites estéticos, no obstante otra vez: “mi mayor mérito es haber sido siempre yo misma, auténtica, sin importar lo que digan o hagan las demás”.

Sin embargo, en un realiy show donde el trabajo es destacarse sin inventar nada nuevo, el mérito se reduce a la difícil tarea de ser uno mismo, sin perder la originalidad y sin dejar de ser una copia o una parodia de los demás. Seguramente la alevosa fantasía de ser “uno mismo” y de morirse por lo que dicen los demás no nació con esta cultura del yo alienado, pero es allí donde se consolidó como paradigma ético.

¿No aceptarán nunca que ese “yo auténtico”, ese “ser yo mismo” no es otra cosa que la sumatoria de copias, de retazos de otros, producto inequívoco de una cultura que fabrica fracturas ideológicas, psicológicas, éticas, estéticas y económicas? ¿O acaso esa forma de caminar con los pies cambiados, con el derecho a la izquierda y el izquierdo a la derecha son invenciones originales de cada uno? ¿Esa forma de reír, de peinarse, de pararse, de hablar, esa forma de blanquearse con frecuencia, de parecerse a Marilyn Monroe o a Ricky Martin, esa forma de cada uno es original de cada uno o meras repeticiones, desesperados travestismos del carácter?

Por otra parte, aún asumiendo que existe una esencia del ego, pura e incontaminada, surgida en el momento del parto o formada en la infancia, ¿por qué esa exaltación ética de “ser uno mismo sin cambiar jamás”? ¿Será que no hay nada para mejorar? ¿No será que hacen falta algunas mejoras a semejante palacio?

Podemos aceptar que una dosis de frivolidad es necesaria en la vida de cualquiera. Pero cuando se convierte en el único pan de cada día, es lícito sospechar.

Jorge Majfud

Junio 2008, Lincoln University of Pennsylvania .

El bombardeo de los símbolos (II)

Parte II: Política de Dios

“Es tan fecunda la sagrada Escritura, que sin demasía, ni proligidad, sobre vna cláusula se puede hazer vn libro, no dos capítulos”.

Francisco de Quevedo. Política de Dios, Govierno de Christo (1626).

Nunca ha sido fácil reconocer que Jesús fue condenado a muerte por razones políticas. Jesús se encarnó con muchas dimensiones humanas, pero según la tradición religiosa nada tuvo que ver con una de las condiciones más humanas que podía vestir el hijo de Dios. Sin embargo, ni Jesús ni la iglesia oficial de Constantino carecieron de esta dimensión, aunque fuesen dos políticas opuestas la mayor parte del tiempo. La Roma de Pilatos no tenía ningún interés religioso en la ejecución y se cuidó de confundir un delito político con un delito moral, al ajusticiar al revoltoso junto con otros reos comunes o al equipararlo con otro subversivo menos peligroso de la época, de nombre Barrabás. Es cierto que, según los pocos Evangelios que se salvaron del emperador Constantino, la clase religiosa judía de la época avaló y promovió esta decisión, pero esto tampoco carecía de motivaciones políticas: aún oprimidos como nación, los administradores de la Ley no querían perder los mezquinos privilegios de clase que garantizaba el Imperio romano, estrategia que repitieron con rigor todos los imperios de la historia.

Las clases nobles siempre fueron internacionales: entre ellas hicieron la guerra y el amor, sin importar la cultura, la religión ni el idioma. Pero siempre se cuidaron de no mezclarse con sus propios pueblos, que les proveían de alimentos y carne de cañón para la guerra, inevitablemente sazonada con el conmovedor sentimiento de la propaganda patriótica cuando no del sacrificio religioso. Excepto en los cuentos de hadas donde encontramos algunas excepciones, como valerosos campesinos que llegan a ganarse a la princesa en una contienda entre machos. Pero en ningún caso se trata de contestatarios sino precisamente en restauradores de los privilegios del rey o de la aristocracia.

Ahora, si consideramos que el cristianismo moderno se funda en el año 325, con la eliminación arbitraria de decenas de evangelios tachados de apócrifos, no es raro pensar que todos aquellos textos que mencionaban la rebelión de Jesús y otros grupos subversivos contra Roma hayan sido pudorosamente silenciados. De la misma forma, de la responsabilidad del imperio romano por el magnicidio se pasó a la culpa del pueblo judío hasta el éxito político, económico y militar de Israel en el siglo XX, donde el mismo asumido se convirtió en un tabú políticamente incorrecto. (El antisemitismo, que era una virtud ética en la Europa del Renacimiento, siempre estuvo en contra de los principios del humanismo profesado por católicos y ateos —como el principio de igualdad y el derecho a la diferencia— pero no pasó decisivamente a la clandestinidad sino hasta el fin de la Segunda Guerra.) Al fin y al cabo la Iglesia que decidió de forma mística la validez de sólo cuatro Evangelios fue la misma que había recibido la legitimación y oficialización del poder doce años antes, por parte del emperador. Constantino no sólo puso su nombre a la capital del mundo, antes Bizancio, sino que puso también su firma en la nueva religión oficial del imperio, de la cual entendía poco o nada pero fue capaz de decidir la teología final de la Iglesia según sus intereses políticos de unificación. El Imperio ya no perseguía ni tiraba cristianos a los leones y había que olvidar y culpar a algún otro. Sobre todo olvidar el factor político del Hijo de Dios que, paradójicamente, no fue ajeno a nada humano.

La tradición teológica y el discurso eclesiástico nunca vieron el factor político detrás de sus acciones, detrás de su propia historia. Pero esta dimensión se puede ver desde muchos puntos de vista en la revolución provocada por el Mesías, incluso desde la misma teología. La superación del nacionalismo anterior del Padre no deja de ser un ejemplo. Pero la ceguera política fue por muchos tiempos una contagiosa de visión de clase. Cuando el pensamiento europeo, especialmente desde el marxismo, advirtió esta dimensión ideológica del discurso hegemónico y de la dinámica de la historia, el sermón tradicional atribuyó la capacidad de ser político e ideológico a todo lo que fuese pensado y producido fuera de los espesos muros de las iglesias. Se pretendió que la política incompatible con la religión o, al menos, se podía expurgarla de un claustro, de un convento o de una ermita mientras el clero se ocupaba de ella.

El sermón religioso tradicional continúa siendo incapaz de ver esta realidad más allá del individuo, razón por la cual cualquier referencia a la historia, a la sociedad como algo más que un conjunto de almas aisladas hace sonar todas las alarmas dialécticas. Para éstos, una sociedad es el cúmulo de individuos, una especie de Sociedad Anónima, por momentos autista. La salvación es un problema individual, al extremo que un hombre o una mujer puede alcanzar el Paraíso y ser feliz aunque su amada de toda la vida haya sido derivada al infierno por atea o por discrepar con el canon religioso.

Por otra parte, entiendo que hoy en día es la Iglesia Católica una de las iglesias que más ha cambiado desde el Vaticano II de 1962. No gracias al Vaticano sino a pesar de él. A pesar de la reacción conservadora de Juan Pablo II y del persistente rechazo teológico del entonces cardenal Joseph Ratzinger en los años ’80, la iglesia o las iglesias católicas cada día se identifican más con los valores de los teólogos de la liberación. La historia se repite: los cambios surgen de los derrotados, desde la clandestinidad, desde los márgenes del poder político. Aunque con un lenguaje siempre conservador, sus valores, sobre todo en América Latina, continúan alejándose progresivamente de aquella práctica tradicional que consistía en legitimar y apoyar las clases oligárquicas cuando no explícitamente bendecían las dictaduras militares, nacidas de los propios intereses agrícolaganaderos de las clases dominantes. El olor a antigüedad que se respira en las pequeñas iglesias católicas poco a poco pasa de representar la opresión a las minorías para convertirse en refugio político-espiritual de esas minorías. La razón estriba en que la intolerancia político-religiosa se ha asentado en las sectas protestantes que rodean los centros del poder mundial, hoy en declive pero aún con la fuerza suficiente para dictar por la fuerza de sus músculos la “moral correcta” y la política de los héroes tipo Rambo. El narcótico salvador de los televangelistas ha tomado definitivamente el rol político que alguna vez tuvieron los sermones católicos de la Edad Media y hasta bien avanzado el siglo XX, cuando se confundía el mártir celestial con el soldado que caía defendiendo al imperio al tiempo que se acusaba de político o de marxista a quien se atrevía a cuestionar esta relación incestuosa.

Jorge Majfud

Lincoln University of Pennsylvania ,

Mayo 2008.

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