país de los pájaros pintados

El país de los pájaros pintados

Aníbal Sampayo: el ejército invisible y la vergüenza de un poeta. (*)

Recuerdo una vez, hace veinte años más o menos allá en una granja de Uruguay, mi abuelo recibió una postal de un amigo llamado Aníbal Sampayo. Yo era aún un niño y cantaba sus versos sin saber quién era ni cómo se llamaba su autor. Décadas después, en países lejanos, escuché a amigos cantando “El Uruguay no es un río…” En otro momento, también lejos del país, mi esposa me recordó que cuando era niña tocaba en la guitarra las canciones de Aníbal Sampayo aunque no sabía quién era Sampayo. Familias de diversas ideologías durante los tiempos oscuros construyeron sobre sus versos, como sobre los versos de otros poetas de verdad, el verdadero “espíritu de un pueblo”, tan burdamente parafraseado y adulterado en los famosos “comunicados” que los gobiernos militares descargaban sobre la población como una camionada de estiércol refinado.

Un país no es un pedazo de tierra, ni un ejército cerrando las fronteras. Un país, al menos un país maduro, es fundamentalmente su pueblo. Pero sin memoria hay masa; no hay pueblo. Poetas como Aníbal Sampayo, con sólo cuatro versos hicieron por su país cuatro veces más que el inútil ejército de burócratas acomodados por repartos políticos según diferentes colores; ese que se apoderó de nuestro país hace más de medio siglo en perjuicio del resto y, a la larga, de ellos mismos. Ese ejército invisible que permanece porque tiene la habilidad de cambiar de color y a veces de nombres, de apellidos y de individuos. Ese ejército que destruyó el país más desarrollado de América latina, con el ingreso per cápita varias veces más alto que cualquier otro, sólo comparable con Estados Unidos; el país progresista de las reformas radicales, de la legislación más avanzada de Occidente, de los intelectuales más famosos del continente, de la educación popular y más efectiva del hemisferio, de los irremediables campeones del mundo en el deporte más popular… Podríamos seguir con una lista más larga, si no fuera porque se puede confundir con un patriotismo de himnos y escarapela; si no fuera porque todo eso parece ahora ciencia ficción.

El país, la patria —mejor, la matria—, no es un himno ni es la escarapela, ni son los comunicados de prensa. La patria, la matria, es ese espíritu que irradia cuando un pueblo se construye a sí mismo. El espíritu de un pueblo son las voces de sus panaderos y de sus médicos, de sus maestros y de sus obreros. De sus poetas como Aníbal Sampayo, cuyos versos no sólo están en la memoria colectiva de su país y de América Latina; también son, también han construido esa íntima realidad que conservan hasta los corazones más duros en el exilio político, cultural y económico de nuestros tiempos.

Quizás la paradoja más amarga sea que el poeta octogenario haya recibido recientemente un homenaje con motivo de su cumpleaños, de regalo la promesa de una modesta pensión que alivie sus últimos días de pobreza y deba seguir esperando (según me informan desde Uruguay allegados al poeta, como Schubert Flores) por un proceso burocrático que considera a las personas poco menos que inmortales. Quizás la paradoja es que este inmortal poeta uruguayo, después de sufrir la persecución política y la marginación económica, deba ver confirmado en sus últimos días que las banderas por la cual fue perseguido no lo abrigan lo suficiente —o nada; que su lucha quijotesca, como la de tantos otros, perdió lo mejor al recuperar Quijote la cordura, la realidad, al perder los sueños: porque es mejor vivir en la derrota con una esperanza y no ver en el triunfo político la derrota de la continuidad.

Claro que ningún gobierno es capaz de cambiar la cultura de un pueblo. Tal vez ni siquiera tiene derecho a hacerlo, más que el mismo pueblo. Pero hay cosas mínimas que un gobierno puede aportar a ese cambio cultural: una sería aniquilar el aparato burocrático; otra, volcar sus recursos hacia quienes lo necesitan y no hacia quienes se aprovechan de él. Más si quien lo necesita, como el poeta popular Aníbal Sampayo, le ha dado a su país lo que le ha quitado el antiguo ejército burocrático: una memoria, la emoción de ser uruguayo, latinoamericano —la condición de un ser humano.

Canoita pescadora

aguantame el temporal

si mis  brazos no se cansan

remando te he de sacar

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

 

(*) Finalmente le fue concedida en octubre una pensión al poeta Aníbal Sampayo por parte del gobierno de Tabaré Vázquez. (Nota del autor)

 

 

 

En el país del no me acuerdo

Mientras escuchábamos aquellas canciones de María Elena Walsh que marcaron nuestras infancias, recordé con intensidad a mi maestra de jardinera con su tocadiscos viejo, haciéndonos escuchar “El mundo del revés” y “El país del no me acuerdo”. Eran los años de la dictadura. Seguramente aquella joven mujer escuchaba en ese momento otra canción que no escuchábamos aquellos niños de cinco o seis años. Tal vez, entonces, aquella maestra escuchaba esa otra canción que ahora no puedo dejar de escuchar, a la vez dulce y a la vez amarga, cuando se ha perdido la inocencia:

En el país de Nomeacuerdo

doy tres pasitos y me pierdo.

Es esa misma tierna, inocente, terrible, acusadora canción infantil que Marcelo Piñeyro y Luis Puenzo usaron en la película La historia oficial (1984), ya por entonces con el contraste dramático de los niños desaparecidos.

Quizás lo más dramático de estas canciones es que nunca pierden vigencia. Los últimos acontecimientos de mi país, Uruguay, con un pasado que resurge con sus violentos rencores y sus conflictos morales que, como siempre, como en años de la dictadura, se quieren atribuir a razones políticas. Conflictos que resurgen no por culpa de la memoria y de la justicia sino por culpa del olvido, de la justicia a medias o de la justicia a nada; con la cobardía de los viejos dictadores y violadores de no dar la cara y decir: “Yo fui, yo lo hice”, valiéndose de sus parientes menores para su defensa, mientras un país entero continúa:

Un pasito para aquí,

no recuerdo si lo di.

Un pasito para allá,

¡Hay que miedo que me da!

Recuerdo que los ministros de seguridad de los democráticos años ’90 —algunos de ellos antiguos izquierdistas acomodados en el poder— siempre decían por la televisión, con la mandíbula alta, estilo Pinochet, que “revolver el pasado era peligroso”. ¿Peligroso para quién? No lo era, claro, cuando en plena dictadura la propaganda insistía con el pasado. Tal vez porque no era un pasado real sino un pasado diseñado y construido a medida del consumidor, en defensa de la Paz y del Orden. Tengo en mi mente aquellas estrofas de la propaganda militar, impulsando el voto por el Sí, derrotado en 1980 por un No sin publicidad.

Sí por mi país

Sí por Uruguay

Sí por el Progreso

Y Sí por la Paz

Los viejos partidarios de la pasada dictadura militar y sus descendientes ideológicos permanecen aferrados en la cobardía del olvido que pretendieron imponer desde hace treinta años. Olvido construido especialmente con decretos y comunicados de prensa, que siempre interrumpían nuestros programas favoritos de niños con aquella invariable música de fanfarria que una generación (con memoria) llevamos marcada a fuego en nuestras conciencias. O aquellos discursos de otro presidente constitucional que, para salvar la constitución, la libertad, la tradición y la “esencia nacional”, violó efectivamente la constitución, la libertad, los derechos humanos y una parte importante de nuestra mejor tradición, respondiendo a quienes denunciaban torturas por parte de la Institución:

“La tradición honrosa de las Fuerzas Armadas uruguayas excluye procedimientos como los que usted menciona, por lo tanto, si alguno se ha registrado, corresponde a las acciones individuales que han sido debidamente investigadas y sancionadas. Simplemente nos hemos negado a dar la información al respecto a quienes, so pretexto de defender los derechos humanos, han hecho de la denuncia de torturas un medio de escándalo y de apoyo a la insurgencia silenciosa” (María Bordaberry, El País, 7 de julio de 1973).

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

En un extenso libro de veinticuatro páginas, en 1997 el ex-presidente uruguayo Juan María Bordaberry expuso todo su pensamiento vivo sobre la democracia. Para Bordaberry, este sistema que lo llevó al poder en 1972 es el culpable de todos los vicios inmorales de nuestras sociedades. Por lo pronto, lo único concreto que podemos contar es que el mayor defecto del sistema que este señor critica está en que es capaz de otorgar el poder para su propia destrucción, como ocurrió en 1973. Según este político y extenso pensador, debemos “reconocer la soberanía divina como origen del poder”. La misma soberanía que invocaba Franco y la más antigua Inquisición para quemar a quienes ya habían sido condenados por algún dios oscuro.

Algunos militares de aquella época y sus cómplices —cómplices a su vez de una conflagración internacional que ayudó al hundimiento del país por méritos propios— aparte de haber hecho el ridículo histórico con aquellos comunicados de prensa que hoy se citan a las risas en las universidades y en los cafés del mundo entero, destruyeron la base moral de una nación mientras alardeaban de lo contrario.

“Los hombres de bien no hablan de dictaduras, no piensan en dictaduras ni reclaman derechos humanos”. (Aparicio Méndez, Conferencia de Prensa del 21 de mayo de 1977, Paysandú.)

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

Porque ya, ya me olvidé

donde puse el otro pie.

Se exilió a los mejores o, al menos, a los espíritus más críticos. Se quiso construir la farsa intelectual con el mito de que la Universidad o la Iglesia no debían intervenir en política. Increíblemente, hoy en día no se ha superado esta mentalidad ingenua. Al prohibir el pensamiento, al prohibir la reflexión política en determinados ámbitos sociales, se legitimaza la práctica política: todo statu quo, toda negación de la dimensión política de una sociedad es una práctica política de tipo radical. Todo lo cual no significa que la política deba ser el centro de la Universidad y de la Iglesia: una se identifica, tradicionalmente, con espacios más amplios del pensamiento (científico, filosófico, artístico, sexual, religioso, etc.); la otra con un espacio más restringido aunque con mayores pretensiones de trascendencia (el espacio metafísico).

También el olvido es una práctica política. No sólo es una práctica radical sino además una práctica violenta: una persona se puede recuperar fácilmente de un golpe en la cara; mucho más difícil de recuperar es una persona, una sociedad, destruida por la violencia moral. ¿Puede sorprendernos, entonces, que nuestras sociedades latinoamericanas hayan vivido tanto tiempo y cada vez más sumergidas en la violencia del crimen y la delincuencia? ¿Alguien puede imaginar una sociedad armónica, sin asaltantes y violentos ladrones, cuando toda ella está construida sobre la mentira, la injusticia histórica y económica, la violencia moral y con frecuencia física que venimos arrastrando desde hace quinientos años? Sobre esa base histórica el único orden posible de instaurar es el Orden de los Museos y de los Cementerios.

Hace un tiempo, un encuentro de escritores en Monterrey nos reunió con el legendario Noe Jitrik. Rescaté unos antiguos escritos suyos donde, en 1980, todavía en el exilio, reflexionaba: “al menos para la derecha, toda inflexión hacia la política de lo que tradicionalmente parece propio de la cultura, todo aquello que perturbe desde la cultura lo que es admitido como peculiar de la práctica política, altera de tal modo la tranquilidad que todo golpe militar, entendido como acentuación de las leyes del statu quo, emprende acciones para neutralizarlo, con esas acciones pretende exhibir su razón de ser, justificarse.” (Las armas y las razones, 1984).

Creo que la posmodernidad agravó el autismo político, al restringir esta noción a la práctica ideológica, a la lucha entre partidos que aspiraban al gobierno o a la oposición pública. De esta forma, la política (en su sentido aristotélico o no restringido) quedó en manos de los políticos, la mayoría de ellos simples remedos de hombres mediocres con posibilidades excesivas de poderes excesivos. Para que esta trágica parodia humana se confirmara, fue necesario proscribir la política —formal— del resto de los actores sociales, condenándola en la educación, en las iglesias y hasta en los intelectuales peyorativamente calificados de “comprometidos”. Etiqueta que servía como profiláctico ante cualquier cuestionamiento de la realidad creada como un “orden natural”.

En base a estas observaciones, sugiero que se termine con esa parodia de laicismo y apolítica en la educación: todo debe ser materia de discusión y cuestionamiento. Pero por esa misma razón no puede haber una “historia oficial”, una “posición oficial” de la Universidad o de la enseñanza pública, ni debería sobrevivir ese mito que procuraron destruir los teólogos de la liberación: la idea de que una Iglesia puede ser “políticamente neutral”. Así como el significado de la muerte de Jesús tiene, para el cristianismo, esencialmente un significado religioso, así también fue una muerte con claros significados políticos. ¿Por qué la política habría de ser un tabú para el Hijo de Dios que era, al mismo tiempo, un hombre de carne y hueso? Si Dios baja a la Tierra para empaparse de todo lo humano, cómo podría excluir ese factor de amor, locura y sufrimiento que se formula en la reflexión y en la práctica política? También los Evangelios están llenos de política, de política subversiva, resistente al Imperio romano y al poder religioso del momento. Los romanos no tenían razones religiosas para sentenciar a muerte a Jesús. También los Fariseos tenían razones políticas para mantener los privilegios sociales que derivaban de su conformidad con el Imperio, como en América Latina las tuvieron las burguesías criollas para sacrificar sus democracias y sus hermanos disconformes. En su significado político, simbólico y humano, Tupac Amaru tiene más de aquel Jesús rodeado de oprimidos que aquellos sacerdotes fariseos que bendecían las armas, los tanques y las dictaduras en el Río de la Plata. Pero vaya uno a decirlo fuerte y al otro día lo crucifican los mismos pregoneros del amor cristiano.

Me opongo a la politización de la existencia humana como forma de simplificar ese universo infinito que es cada individuo. Pero de igual forma me opongo a la despolitización de los actos humanos, de la producción cultural, por dos razones: 1) porque es un acto político en sí mismo, pero un acto político que procede de la ideología del poder dominante; y 2) porque es una forma de amputación de esa misma realidad de individuo que no es posible entender ni definir sin la presencia de la historia, de las culturas, de su propia sociedad, de sus necesidades económicas: si la sociedad se compone de individuos, cada individuo está compuesto de su propia sociedad y de las sociedades que ya han desaparecido del mapa pero sobreviven en la cultura, en el inconsciente y en el pensamiento colectivo. Es más: hablar de “pensamiento colectivo” no es una curiosidad de mi parte sino una redundancia: no hay pensamiento estrictamente individual como no existe un compuesto químico de un solo elemento.

Es inútil: la voz de los oprimidos se puede silenciar de muchas formas, de formas violentas y de formas dulces. Pero el silencio y el olvido tiene grietas —grietas profundas que sangran en la memoria.

Mañana se lo llevan preso a un coronel

por pinchar a la mermelada

con un alfiler.

Yo no sé por qué

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, 19 de octubre de 2006.

 

 

 

Los torturadores también lloran

Pero no entienden o no quieren entender

El olvido es una institución central en la creación de todo tipo de mitos. Sobre el olvido se levantan estatuas y monumentos que el tiempo petrifica y hace intocables. Bajo la sombra de estas estatuas agoniza la reivindicación de las víctimas. Un ejemplo viejo en nuestro país es el genocidio indígena, que para muchos es políticamente inconveniente reconocer. Por razones obvias de la mitología nacional. Tampoco se ha escuchado el arrepentimiento público de aquellos altos sacerdotes que bendecían las armas del dictador Videla antes de aplastar a su pueblo; o de aquellos otros sacerdotes que legitimaron de forma diversa y abundante las dictaduras de este lado y del otro del Río de la Plata. Ni de aquellos médicos que colaboraron en sistemáticas sesiones de tortura.

No esperamos un arrepentimiento de los criminales para humillarlos. Ellos se humillaron solos. Pero no reclamen olvido ni perdón si ni siquiera han tenido la valentía de arrepentirse de los crímenes más bajos que conoce la humanidad.

En 1979 Mario Benedetti publicó en México la breve obra de teatro Pedro y el capitán. Si bien no puedo decir que sea lo mejor de Mario, desde un punto de vista estrictamente literario —suponiendo que en literatura puede existir algo “estrictamente literario”—, nos sirve como testimonio político y cultural de una época: el torturador de guantes blancos le saca la capucha a su víctima y le confiesa: “Hay algunos colegas que no quieren que el detenido los vea. Y alguna razón tienen. El castigo genera rencores, y uno nunca sabe qué puede traernos el futuro. ¿Quién te dice que algún día esta situación se invierta y seas vos quien me interrogue?” Existen otras predicciones en la obra de Benedetti, pero me las reservo por pudor ante el reciente suicidio de uno de los militares citados por la justicia. No obstante, el torturador de Pedro reconocía que semejante posibilidad era improbable: los terroristas de estado habían tomado sus medidas.

Sin embargo, en dos cosas se equivocaron quienes pensaron así: primero, no es posible la impunidad perfecta; segundo, quienes hoy interrogan a estos monstruos de nuestra civilización lo hacen en un estado de derecho; estos monstruos gozan de todas las garantías de un juicio con defensa, sin apremios físico y sin amenazas a sus familiares —el punto más flaco de aquellos que soportaron la tortura hasta la muerte.

La única tortura de hombres —por llamarlos de alguna forma— como el teniente coronel José Nino Gavazzo, como el coronel Jorge “Pajarito” Silveira, como el coronel Gilberto Vázquez, como el coronel Ernesto Ramas, como el coronel Luis Maurente, y como los ex policías Ricardo “Conejo” Medina y José Sande Lima, es la exposición pública de su falta de dignidad, ya que descartamos algún tipo de remordimiento. Otra obra de teatro expresó esta condición. En La Muerte y la Doncella (1992) Ariel Dorfman reflexiona en voz de uno de sus personajes. Paulina, la mujer violada que reconoce en un médico a su torturador, planea un juicio clandestino y en un momento lo amenaza: “Pero no lo voy a matar porque sea culpable, Doctor. Lo voy a matar porque no se ha arrepentido un carajo. Sólo puedo perdonar a alguien que se arrepiente de verdad, que se levanta ante sus semejantes y dice esto yo lo hice, lo hice y nunca más lo voy a hacer.” El supuesto torturador finalmente es liberado para convivir entre sus víctimas. No pongo un ejemplo real; pongo un ejemplo verosímil que incluye a miles de ejemplos reales.

Esta obscena convivencia de víctimas y victimarios ha contaminado el alma de nuestras sociedades. Ni la muerte ni el encierro de los pocos asesinos ancianos que quedan resuelven nada por sí mismo. Pero el valor de la justicia es siempre absoluto. En nuestro caso, al menos, bastarían cualquiera de dos razones: primero, la impunidad es una afrenta moral para las víctimas y el peor ejemplo para el resto de la sociedad; segundo, sin verdad, la sospecha y el prejuicio se arroga el derecho de (pre)juzgar por igual a todos los que parecen iguales, por alguna arbitraria o circunstancial condición, como puede serlo el simple hecho de pertenecer o haber pertenecido al ejército. Quienes están libres de culpa deberían ser los primeros en sumarse al reclamo universalmente legítimo del resto de la sociedad. O resignarse a la vergüenza propia y ajena.

Seis militares y dos policías uruguayos han sido enviados a prisión por la desaparición de una sola persona en un país vecino. Sin duda es una muestra desproporcionada. Pero algo es algo y si las leyes del pasado deben pesar a las nuevas generaciones, deberán ser los historiadores que se pongan al hombro el trabajo que nunca pudieron realizar los jueces en cualquier democracia mínima. Como bien ha sugerido el gobierno actual de Tabaré Vázquez, no habrá una “historia oficial”. Este acierto de una democracia madura, es una posibilidad que no es considerada por la imaginación de aquellos que se indignan cada vez que un profesor da su versión de los hechos históricos más recientes. ¿Qué prefieren, el silencio cómplice? ¿O tal vez la versión única, “oficial”, de viejos terroristas de estado? ¿ O la ingenua y maquiavélica dialéctica del “yo sé lo que digo porque lo viví”? (como si no hubieran tantas experiencias opuestas de un mismo hecho, tantos “yo sé lo que digo” contradictorios de personas que vivieron en un mismo tiempo).

Aunque los nuevos historiadores —considerados en toda su diversidad social— no tengan el poder de administrar el castigo, con la verdad ya tendremos casi toda la justicia que reclamamos aquellos que perdimos en 1989 la lucha contra la Ley de Impunidad; la verdad que reclaman las nuevas generaciones que deben sufrir de nuestros antiguos traumas, porque la historia no es eso que está en los “textos únicos” sino las ideas y las pasiones de los muertos que sobreviven, inevitablemente, para bien y para mal, en los vivos.

Aunque los autores de un terrorismo organizado en todo un continente paguen por la desaparición de una sola persona y no la muerte y la tortura de miles, algo es algo. Porque de esa forma, al menos, derogamos la vieja costumbre según la cual un ladrón de gallinas iba irremediablemente a la cárcel mientras que los genocidas siempre resultaban absueltos —como si en el mercado del crimen hubiese siempre descuento para mayoristas. Algunos militares deberían agradecer que todavía pueden hacer discursos públicos en protesta contra quienes reclaman la verdad. La valentía que la mayoría de ellos nunca pudo poner a prueba en ninguna guerra —excepto en sesiones de tortura y violaciones de mujeres—, resurge con todo el orgullo de la impunidad. Disfrutan de un derecho que le negaron violentamente a un país durante más de una década; y estratégicamente se lo siguieron negando veinticinco años más. Hasta hoy. Un derecho que les sirve para protestar por lo que entienden es una “provocación”, un peligroso “revisionismo”, una incómoda recordación, una afrenta a la Institución. Un derecho que les sirve para demostrar que todavía no entienden nada, o no quieren entender. No entienden que en una democracia mínima no se puede vivir sin revisar el pasado, sin exigir la verdad y la justicia —según una justicia mínima. Todavía no entienden o no quieren entender.

Se equivocan, por otro lado, quienes creen que estos horrores no volverán a repetirse. Eso ha creído la humanidad desde mucho antes de los césares. Desde entonces, la impunidad no los ha impedido: los ha promovido, cómplice con la cobardía o la complacencia de un presente aparentemente estable y una moral aparentemente confortable.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

 

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