Educación

cadets at class room

Para un debate sobre la educación

El debate sobre la educación es permanente en todo el mundo y es bueno que así sea. En los peores casos no sólo es permanente sino que orbitan sobre los mismos temas y las mismas realidades porque rara vez conducen a cambios importantes. En Estados Unidos los profesores se quejan de que las nuevas generaciones invierten menos tiempo en el estudio que las anteriores, lo cual es malo pero no es una prueba de que no se esté produciendo algo positivo de forma simultánea. Igual en América Latina.

Con frecuencia se citan las pruebas internacionales como la de PISA. Estas pruebas son importantes porque nos dan una idea y una regla estandarizada para evaluar realidades y culturas tan disímiles (todavía diferentes, a pesar de la americanización de la vida en el mundo emergente). No obstante, no se debe exagerar su importancia. La idea de que si un país alcanza altos escores en matemáticas es un país que está haciendo las cosas muy bien es parte del viejo mito renacentista que todavía rige las percepciones y las opiniones populares y profesionales.

Las matemáticas son una nobilísima creación y expresión del espíritu, pero si una persona no se dedica a ella como profesión generalmente son, por lo menos, poco útiles en términos laborales y hasta en términos personales, más allá del ejercicio intelectual, como estudiar idiomas o filosofía. Una persona que estudia matemáticas diez horas por día no necesariamente será un mejor esposo, amigo, gerente de banco, mecánico, médico, presidente, cocinero, amante, pacifista, ingeniero o lo que se le ocurra; sin duda será, en el mejor de los casos, un buen matemático.

Cuando en otros países comento que en el Uruguay de los ’90 dábamos exámenes de matemáticas y de otras disciplinas relacionadas que duraban entre siete y nueve horas, deben hacer un esfuerzo por creerme. Sí, finalmente dominábamos y nos apasionábamos por todo tipo de ecuaciones y a veces hasta nos creíamos muy inteligentes. Pero era una inteligencia al servicio de una insensatez: la creencia de que bajo ese rigor intelectual extremo seríamos mejores profesionales.

Por supuesto que no estoy proponiendo la ignorancia, sino aclarar el propósito y los objetivos de cualquier instrucción. Sin ser un especialista en la materia como Shakira (recientemente nombrada Asesora de Educación por el presidente Obama) y hablando sólo desde mi experiencia como estudiante y profesor en casi todos los niveles y en diferentes países, desde los ciclos básicos de escuelas secundarias con estudiantes muy pobres hasta universidades con alumnos con todos los recursos económicos a su disposición.

Lo más breve que puedo decir es que, así como casi todas las etapas de una persona desde su nacimiento hasta su adolescencia están muy claras y definidas, por lo cual cualquier padre bien informado puede ir comprobando día a día los cambios de su hijo simplemente siguiendo los descubrimientos de la psicología moderna (que no son muchos y con frecuencia en el campo prescriptivista se han revelado patéticas), de igual forma se puede seguir una serie de confirmaciones en el resto de la vida, con la complejidad de que a partir de la adolescencia va incrementándose una variable impredecible: una mayor conciencia y un inevitable uso de la libertad individual.

Basado en esto creo que apenas un estudiante entra en la educación secundaria su instrucción debe ser básicamente social. El antiguo sistema militarista, autoritario, excesivamente reglamentado, ha producido realidades opuestas, donde ya no se reconoce una autoridad legítima, por lo cual se confunde, producto de la inmadurez, revuelta con revolución. No importa tanto si el joven todavía no sabe resolver una ecuación de segundo grado (el único tipo de ecuación que le será útil en su vida adulta son las ecuaciones de primer grado). Así como la adquisición de un segundo idioma es crucial entre los cuatro y siete años, creo que un adolescente de doce años debe desarrollar su inteligencia social. Uno de esos instrumentos que combinan habilidades sociales con habilidades de expresión y comprensión emocional del individuo es el teatro. La instrucción deportiva también lo es, pero la práctica de teatro, incluso a un nivel básico, educa el espíritu, las emociones, las habilidades y la comprensión social, que es crítica a esa edad. Hay otras herramientas, claro, pero son complementarias, no intercambiables: por ejemplo, el deporte, las artesanías (incluido el diseño de páginas web, siempre y cuando no sea el único alimento intelectual), etc.

Más tarde, cerca de los quince o dieciséis años, las habilidades y las necesidades (y por consecuencia los intereses) de los jóvenes se centran más en aspectos políticos y “renacentistas”. Creo que es ahí donde las humanidades, las artes, las ciencias y las matemáticas deben ser centrales en los programas.

Pero me temo que en países como Uruguay y Argentina todavía el espíritu es demasiado rígido, casi escolástico. Incluso los programas (pre) universitarios no se basan en la elección individual de cursos. Los exámenes todavía testean más  la memorización y el dominio del método, de un modus operandi, que la creatividad.

No es raro porque la enseñanza misma se basa en que conocer es memorizar. En el otro extremo están los que creen que no es necesario ejercitar la memoria, ya que todo está en Google o en Wikipedia. Esta idea es absurda por la misma razón: no se trata de memorizar datos muertos: la memoria humana toma lo que el individuo en su integridad le interesa. A una gran curiosidad sigue una gran cultura. Es este interés lo que se debe estimular a través de la propuesta de trabajos creativos. Por otro lado, la memoria no es un disco duro donde se almacenan datos. Una memoria, sea una fecha, un hecho histórico, un valor astronómico o un dato sobre la conducta de los monos es un permanente estímulo a la especulación intelectual y, por ende, un acto de creación en potencia. Wikipedia, Google, no pueden crear nada nuevo por sí solos, razón por la cual ninguno de tantos proyectos de “trabajo colaborativo” nunca, o al menos no hasta ahora en la Era Digital, han creado nada mas allá de sus inmensos bancos de datos. Las ideas revolucionarias siempre han surgido de individuos o grupos pequeños interactuando muy próximos unos de otros.

Entonces, lo básico: crear una educación basada en la creatividad: en la experimentación y exploración de los estudiantes a través de pequeños proyectos, y en la investigación permanente de los profesores. Para todo eso se necesita “tiempo libre”, es decir “agendas flexibles”. Se me dirá que eso es más común en Estados Unidos porque aquí hay más infraestructuras y recursos. Cierto. También hay una cultura que estimula la invención de cosas, aunque tienen terribles carencias en otras áreas.

Como no me sobra espacio en este artículo, voy a terminar sugiriendo unos pocos puntos prácticos, muy simples pero básicos, sólo para comenzar:

1) Estructurar los ciclos por habilidades y necesidades: a) social y emocional; b) intelectual y productiva; etc.

2) Disminuir las horas de instrucción en clase por profesor. Esto no debe implicar la reducción de sus sueldos sino todo lo contrario, para evitar el múltiple empleos y dignificar la profesión de aquellos que son claves en la formación del individuo. Es mejor no tener educación que tener una educación mala. Las cargas horarias de 40 y 60 horas semanales para poder sobrevivir son absurdas y atentan contra la calidad de la educación. Por el contrario, se convierten en un consumismo inefectivo que impide cualquier progreso y estimulo intelectual de los docentes que (des)fallecen en la rutina interminable de la repetición.

3) Exigir o incrementar la producción de proyectos alternativos (de invención, de investigación o de actualización docente) por parte de los profesores, sin horarios pero con resultados concretos.

4) Disminuir el número de materias que cada alumno toma por ciclo. El actual exceso es ridículo y hace que cada clase sea apenas una anécdota fastidiosa para el estudiante.

5) Incrementar la exigencia de proyectos particulares de los estudiantes, con acento en la invención y la investigación personal o de grupos pequeños.

Jorge Majfud

majfud.org

Noviembre 2011, Jacksonville University

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

La Primera (Peru)

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Paul Revere, Sarah Palin and Wikipedia

35 x 28 1/2" (88.9 x 72.3 cm)

Paul Revere

By NOAM COHEN

The argument over whether Sarah Palin was misinformed about the historical facts of Paul Revere’s ride has moved to where bar bets go to be settled:Wikipedia.

Since Ms. Palin described the ride last week while she was visiting Boston, Wikipedia’s Paul Revere article page has been the site of a mini “edit war.” And the page has gone from a little-visited one — 2,000 or so page views a day — to a more heavily trafficked one, with54,000 on Saturday when Ms. Palin’s comments were gaining the most news attention.

Over the course of the weekend, people added sentences to the Revere article that repeated Ms. Palin’s claims. It can be hard to discern motives for changes on Wikipedia, and in some cases people appeared to be attributing the claims to Ms. Palin in order to mock her.

One editor, Tomwsulcer, added the following sentence:  “Accounts differ regarding the method of alerting the colonists; the generally accepted position is that the warnings were verbal in nature, although one disputed account suggested that Revere rang bells during his ride.”

When the discussion board for the Revere article was ringing with complaints that this was a lie, Tomwsulcer replied that it should be included as a theory because a prominent American politician, that is, Sarah Palin, had said it. “If you follow Wikipedia’s rules,” he wrote, “we must maintain a neutral position, representing the mainstream position as well as disputed versions.”

He lost the argument, but others have been searching history books to find evidence to support Ms. Palin’s claims.

One editor added the fact that the colonists on the eve of revolution were themselves British. That argument was included at the end of a passage stating that “Revere did not shout the phrase later attributed to him (‘The British are coming!’), largely because the mission depended on secrecy and the countryside was filled with British army patrols.”

By that logic, Revere did, as Ms. Palin put it,  “warn the British” –  namely, the rebel colonists who were still technically British subjects.

But the battles continue, and recent changes to the Revere article have used more facts to undercut the additions that seem to support Ms. Palin. For example, on Monday, one editor added, “Everything Revere told his British captors had a single goal, to move the soldiers away from Lexington, where he had left Hancock and Adams.”

As a result, the Revere article has become much longer, and much better sourced -– a version of what Wikipedia users call the “Streisand Effect,” which is described as when “an attempt to hide or remove a piece of information has the unintended consequence of publicizing the information more widely.”

Ms. Palin’s supporters have made their mark on the Paul Revere article atConservapedia, a right-leaning version of a Wikipedia-like encyclopedia.

The piece has been edited to read as follows: “He is famous for riding from Boston to Lexington, Massachusetts with William Dawes on the night of April 18, 1775 ringing bells to warn the British that colonists would exercise their natural rights to both bear arms and use them in an effort secede from the United Kingdom in response to Big Government bullying and interfering with Colony’s Rights.”

[Source NYT >>]

Sarah Palin is standing by her statement about a key moment in American history. CNN’s Anderson Cooper reports.

Los hombres son de Wikipedia y las mujeres de Facebook

The New York Times building in New York, NY ac...

Image via Wikipedia

Los hombres son de Wikipedia y las mujeres de Facebook

Por: Delia Rodríguez

A veces una sola cifra sirve para desatar la polémica. La última ha sido esta: sólo un 13% de los artículos de la Wikipedia han sido escritos por mujeres. La proporcionó The New York Times en un reportaje que ha hecho correr ríos de tinta porque resulta que en la fuente de conocimiento virtual en la que en teoría no debería existir ningún tipo de discriminación (escribe quien quiere y ni siquiera es necesario desvelar el sexo) la participación femenina es menor aún que en otros foros. Por ejemplo el OpEd Project la ha calculado en un 15% para las páginas de opinión de los principales diarios norteamericanos. 

¿Significa una tasa tan baja que la enciclopedia (o sus enciclopedistas) son machistas?

(Fuente >>)

La inteligencia colectiva

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Wikipedia

Pensamiento

Revista Iberoamericana de Educación

Milenio (Mexico)

La inteligencia colectiva

Entiendo que todo pensamiento es siempre colectivo; nadie es capaz de crear una sola idea ex nihilo, mucho menos un tipo de pensamiento. Casi todas las definiciones de inteligencia, en cambio, tienen fuertes connotaciones biológicas. Excepto si consideramos que existe otro tipo de inteligencia. Podemos entender que la educación es la inteligencia colectiva. No es un problema de cantidad de neuronas sino de las conexiones convenientes que seamos capaces de construir entre los individuos de una sociedad y entre las sociedades todas.

En el mundo de la creación intelectual –artística, tecnológica, filosófica y científica–, la inteligencia puede ser el elemento que hace la mayor diferencia entre los individuos. Pero en la sociedad en general, como en las sociedades académicas, no es la inteligencia sino la educación la que establece la mayor diferencia entre individuos, grupos y sociedades.

Nadie asumiría que en un país subdesarrollado nacen menos personas inteligentes que en un país desarrollado. Se puede argumentar que las hambrunas o la falta de alimentación adecuada marcan un declive en la inteligencia de sus individuos. Pero la permanente migración de universitarios de los países pobres a los países ricos demuestra que el problema es sobre todo estructural. En su gran mayoría, la migración de intelectuales a las universidades europeas y norteamericanas no procede de las clases altas de los países pobres. Los ricos no emigran, sólo están de paso en aquellos países donde su poder es mínimo o es desconocido. Este fenómeno antiguo comenzará a desacelerarse con la progresiva igualación de los poderes regionales, creo que más rápido de lo que piensan en los países desarrollados, y más lento de lo que piensan en los países en desarrollo. La fuerza de los capitales concentrados en pocas manos irá cediendo ante el creciente ejercicio intelectual y muscular de las grandes colectividades posnacionales.

Dentro de ese marco general, la educación es una especialidad de la cultura: su función es el desarrollo humano en una determinada área que incluye la seguridad física y psicológica, el desarrollo económico, el desarrollo de la experiencia existencial a través del arte, el desarrollo de las herramientas de poder sobre el mundo material a través de las ciencias y el desarrollo o la conservación de los intereses de un grupo social dominante a través de su propia ideología (o cultura hegemónica, en términos de Antonio Gramsci). Por lo tanto, la educación no es algo que se recibe y desarrolla fatalmente como la cultura, sino algo que se puede programar y cambiar según un objetivo más consciente. Este objetivo puede ser el dominio de un grupo por el otro, la instauración de una determinada ideología, o puede servir para liberar un grupo determinado o, desde un punto humanístico, para liberar al conjunto de las sociedades según un posible proyecto común que incluye valores fundamentales como la igualdad y la libertad.

Ahora, este proyecto –teórico aún, si se quiere– no puede reducirse al viejo modelo bélico del triunfo de una cultura sobre las demás, sino a una síntesis, a una cultura nueva que supere las taras de nuestra cultura y de las culturas ajenas. Y aquí debemos incluir en cultura la dimensión político-económica de los intereses sectarios, ya que en definitiva son posibles gracias a la moral del esclavo. La dicotomía opresor/oprimido, colonizador/colonizado no es una antigüedad de la década de los sesenta, desde el momento en que no ha sido resuelta ni superada. Pretender que estas dicotomías ya no existen es una forma de legitimizar una práctica cerrando los ojos y prestando oídos a un discurso único. Por otro lado, llevar esta dicotomía a todas las áreas de la cultura puede resultar en una simplificación: establecer una lucha, una guerra como único recurso donde bien puede haber una colaboración. La guerra ciega ha sido siempre el recurso único de opresores y oprimidos. Al dividir el cosmos en estas dos categorías, resulta más difícil localizar, concretamente, al opresor y al oprimido; tanto como difícil resulta advertir que en cada uno de nosotros hay un opresor y un oprimido, y que es la progresiva educación y una conciencia más global la que podrá liberarnos de ese conflicto que sólo vemos afuera pero que contribuimos a consolidar.

Pongamos un breve ejemplo desde nuestra cultura. Muchas veces desde el contexto latinoamericano, según el modelo aristocrático de Ariel (1900), acusamos de todo el mal a la cultura materialista de Estados Unidos. La idea común ha sido siempre que “los americanos no tienen sentido de la cultura”. No obstante, por una razón de colonización o por una razón de cultura, hasta los más radicales opositores a la cultura hegemónica cultivan la música y el baile dominante de los géneros nacidos en Estados Unidos en el siglo XX, la literatura más elitista o la más popular, el cine –el artístico y el comercial– o reproducen, sin saberlo, teorías básicas del poscolonialismo, en gran parte desarrolladas en los países colonizadores. Por otra parte, la gran mayoría de los inventos técnicos que definen nuestra realidad mundial, para bien o para mal, han sido producidos o desarrollados en estas culturas sin cultura. Desde Benjamin Franklin y Thomas Edison hasta los más recientes desarrollos que han impactado no sólo en la cultura ilustrada, sino en la cultura popular, en las nuevas formas de producción: los nuevos sistemas de la cultura digital, desde Windows, las formas de expansión de la cultura tradicional como Amazon.com o los libros digitales hasta Wikipedia, la única novedad cultural en materia de enciclopedias desde el siglo XVIII. Nos guste o nos fastidie, no podemos negar esta realidad.

Esta no es necesariamente una observación optimista, si consideramos que la humanidad aún se encuentra ante estas novedades como los cavernícolas ante un fuego que no dominaban del todo, o un niño ante un juguete nuevo. Pero si realmente estamos en un estadio infantil, bien podemos esperar una progresiva maduración que dé sentido a esa nueva era. Queda en pie nuestra crítica a lo que consideramos la estrechez de los intereses de la clase media estadunidense, como lo es el monotemático interés de producir capitales y bienes materiales y su escasa conciencia política y global. El desinterés por la política es propio de los grupos (políticamente) dominantes.

Por el otro lado, en nuestra América Latina han pululado dos opciones que tampoco la benefician: una, la de aquellos que sólo ven fracasos en nuestras culturas, porque lo miden según los parámetros culturales norteamericanos o europeos. Invariablemente la tesis de éstos se reduce a calificar las deficiencias mentales de un continente o de su élite intelectual con el cómodo látigo de idiota. Del otro lado están aquellos que se definen según la oposición al imperio de turno. Aunque tengan sobradas razones históricas para denunciar esta realidad, el problema radica en que no hemos sido capaces de ir más allá de este límite de crítica que muchas veces ha resultado un saco de fuerza. En lugar de poner manos en obra sobre nuestras propias realidades, atendiendo a las realidades del mundo que nos rodea, para bien y para mal, muchas veces nos hemos detenido en la autocompasión. En el medio del infierno hemos proyectado el paraíso, desatendiendo a quienes sugerían modestas salidas, menos heroicas pero más probables.

Entre el esclavo y el amo, elegimos defender al esclavo. Pero nunca vamos a elogiar su moral de esclavo. Mucho menos vamos a aplaudir su autocompasión. Tal vez es en este punto donde comienza a crearse una verdadera educación de la liberación, la maduración de una inteligencia colectiva que no ignore el mundo que la rodea pero que no se quede atrapada en la mera reacción y pase de una vez a la acción, a la creación. Claro que esto último siempre es más difícil. Pero no hay otra forma de romper las antiguas cadenas.

Jorge Majfud

Noviembre 2007.

Breve historia de la idiotez ajena

Esta semana el biólogo James Watson volvió a insistir sobre la antigua teoría de la inferioridad intelectual de los negros. Esta antigua teoría fue apoyada por un estudio en los ’90 de Charles Murray y Herrnstein sobre “ethnic differences in cognitive ability” que mostraban gráficas de coeficientes intelectuales claramente desfavorables a la raza negra. Ahora Watson, de paso, ha propuesto la manipulación genética para curar la estupidez, pero no menciona si es conveniente curar la estupidez antes de realizar cualquier manipulación genética. También los nazis —y quizás Michael Jackson— eran de la misma idea que Watson. Ni Hitler ni los nazis carecían de inteligencia ni de una alta moral de criminales. Como recordó un personaje del novelista Érico Veríssimo, “durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”.

Veamos dos breves aproximaciones al mismo problema, uno filológico y otro biológico. Ambos ideológicos.

Por sus denuncias a la opresión de los indígenas americanos, Bartolomé de las Casas fue acusado de enfermo mental y sus indios de idiotas que merecían la esclavitud. Es cierto que sus crónicas y denuncias fueron aprovechadas para acusar a un imperio en decadencia por parte de la maquinaria publicitaria de otro imperio en ascenso, el británico. Pero esto es tema para otra reflexión.

El erudito español Marcelino Menéndez Pelayo en 1895 calificó a de las Casas de “fanático intolerante” y a Brevísima Historia, de “monstruoso delirio”. Su más célebre alumno y miembro de la Real Academia Española, Ramón Menéndez Pidal, fue de la misma opinión. En su publicitado y extenso libro, El padre Las Casas (1963) desarrolló la tesis de la enfermedad mental del sacerdote denunciante al mismo tiempo que justificó la acción de los conquistadores, como la muerte de tres mil indios en Cholula a manos de Hernán Cortés porque era una “matanza necesaria a fin de desbaratar una peligrosísima conjura que para acabar con los españoles tramaba Moctezuma”. Según Menéndez Pidal, Bartolomé de las Casas “era una víctima inconsciente de su delirio incriminatorio, de su regla de depravación inexceptuable”. Pero al regresar a España para denunciar las supuestas injusticias contra los indios, “se encontró con la gravísima sorpresa de que su opinión extrema sobre la evangelización del Nuevo Mundo tenía enfrente otra opinión, extrema también, en defensa de la esclavitud y la encomienda. Esa opinión estaba sostenida muy sabiamente por el Doctor Juan Ginés de Sepúlveda [a través de] un opúsculo escrito en elegante latín y titulado Democrates alter, sirve de justis belli causis apud Indos”. Una nota al pié dice: “Publicado con una hermosa traducción, por Menéndez Pelayo en Boletín de la Real Acad. De la Historia, XXI, 1891”. Ginés de Sepúlveda, basándose en la Biblia (Proverbios), afirmaba que “la guerra justa es causa de justa esclavitud […] siendo este principio y concentrándose al caso del Nuevo Mundo, los indios ‘son inferiores a los españoles como los niños son a los adultos, las mujeres a los hombres, los fieros y crueles a los clementísimos, […] y en fin casi diría como los simios a los hombres’”. Con frecuencia, Pidal confunde su voz narrativa con la de Sepúlveda. “Bien podemos creer que Dios ha dado clarísimos indicios para el exterminio de estos bárbaros, y no faltan doctísimos teólogos que traen a comparación los idólatras Cananeos y Amorreos, exterminados por el pueblo de Israel”. Según Fray Domingo de Soto, teólogo imperial, “por la rudeza de sus ingenios, gente servil y bárbara están obligados a servir a los de ingenio más elegante”. Menéndez Pidal insistía en su tesis de la incapacidad mental de quienes criticaban a los conquistadores, como “el indio Poma de Ayala, [que] mira con maliciosos ojos a dominicos, agustinos y mercedarios, mientras advierte que franciscanos, jesuitas y ermitaños hacen mucho bien y no toman limosna de plata”. Según Pidal, esto se debía a que “a esos indios prehistóricos, venidos de la edad neolítica, no era posible atraerlos con la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, sino con las Florecillas Espirituales del Santo de Asís”.

En su intención de demostrar la enfermedad mental del denunciante, Pidal se encuentra con indicios contrarios y resuelve, por su parte, una regla psicológica que lo arregla todo: “el paranoico, cuando sale del tema de sus delirios, es un hombre enteramente normal”. Luego: “Las Casas es un paranoico, no un demente o loco en estado de inconsciencia. Su lucidez habitual hace que su anormalidad sea caso difícil de establecer y graduar”. Que es como decir que era tan inteligente que no podía razonar correctamente, o por su lucidez veía ilusiones. Bartolomé de las Casas “vive tan ensimismado en un mundo imaginario, que queda incapaz para percibir la realidad externa, que es la desbordante energía desplegada por España en los descubrimientos geográficos”. Una confesión significativa: “Las Casas hubiera sido, dada su extraordinaria actividad, un excelente obispo en cualquier diócesis de España, pero su constitución mental le impedía desempeñar rectamente un obispado en las Indias”. De aquí se deducen dos posibilidades: (1) América tenía un efecto mágico-narcótico en algunas personas o (2) los obispos de España eran paranoicos como de las Casas pero por ser mayoría era tenido como algo normal.

Esta idea de atribuir deficiencias mentales en el adversario dialéctico, se renueva y extiende en libros masivamente publicitados sobre América Latina, como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) y El regreso del idiota (2007). Uno de los libros objetos de sus burlas, Para leer al pato Donald (1972) de Ariel Dorfman y Armand Matterlart, parece contestar esta posición desde el pasado. El discurso de las historietas infantiles de Disney consiste en que, “no habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del conocimiento, todo saqueo no parece como tal, ya que extirpa lo que es superfluo”. El despojo es doble, casi siempre coronado con un happy ending: “Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro, es mejor llevárselo. En otra parte servirá de algo”.

Sócrates o Galileo pudieron hacerse pasar por necios, pero ninguno de aquellos necios que los condenaron pudieron fingir inteligencia. Eso en la teoría, porque como decía Demócrates, “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano”.

En Examen de ingenios para las ciencias (1575), el médico Juan Huarte compartía la convicción científica de la época según la cual el cabello rubio —como el de su rey, Felipe II— era producto de un vapor grueso que se levantaba por la fuerza de la inteligencia. Sin embargo, afirmaba Huarte, no era el caso de los alemanes e ingleses, porque su cabello rubio nace de la quema del mucho frío. La belleza es signo de inteligencia, porque es el cuerpo su residencia. “Los padres que quisieren gozar de hijos sabios y de gran habilidad para las letras, han de procurar que nazcan varones”. La ciencia de la época sabía que para engendrar varón se debía procurar que el semen saliera del testículo derecho y entrase en el lado derecho del útero. Luego Huarte da fórmulas precisas para engendrar hijos de buen entendimiento “que es el ingenio más ordinario en España”.

En la Grecia antigua, como dice Aristóteles, se daba por hecho que los pueblos que vivian más al sur, como el egipcio, eran naturalmente más sabios e ingeniosos que los bárbaros que habitaban en las regiones frías. Alguna vez los rubios germánicos fueron considerados bárbaros, atrasados e incapaces de civilización. Y fueron tratados como tales por los más avanzados imperios de piel oscurecida por los soles del Sur. Lo que demuestra que la estupidez no es propiedad de ninguna raza.

Jorge Majfud

The University of Georgia

October, 2007.

La cultura de la hiperfragmentación (II)

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La cultura de la hiperfragmentación (II)

Una vez en África, con razón, un kimwane me cuestionaba por qué yo decía que aquellas costas eran un paraíso de belleza y tranquilidad, fuera de todos los mapas, y al mismo tiempo extrañaba las agotadoras batallas del mundo occidental. Después de muchos meses decidí volver. Porque nadie puede irse a una isla en el medio del océano Índico sin llevarse su mundo adentro. Y porque el admirable y el despreciable Occidente es mi mundo, o la mayor parte de mi mundo.

Desde entonces creo que no hay mejor espacio para observar una realidad que un espacio fronterizo. Involucrarse en esa realidad es básico para conocerla, pero no necesariamente favorable a la observación de la misma.

Una de esas fronteras puede ser generacional y cultural: la que (aparentemente) separa la cultura del libro de la cultura digital.

Desde fines del siglo XX muchos escritores publicamos en libro, aunque con reservas, nuestro optimismo sobre la revolución digital. La red venía a confirmar con su potencial interactivo la idea de que si la biosfera era el cuerpo de un ser vivo único (la Gaia de J. Lovelock), bien podríamos considerar la estratósfera y las redes de comunicación como su cerebro, donde las conexiones eran las dendritas y los individuos las neuronas.

El optimismo estaba sustentado (aún lo está), en el potencial democratizador de la información, de la cultura y de los medios de producción, con lo cual la democracia directa ya no tendría obstáculos para sustituir finalmente a las anacrónicas democracias representativas. Así, pronto los parlamentos se convertirían en lo que hoy son los reyes en Europa.

Todo esto estaba (está) en la misma línea humanística de liberación de los individuos de las autoridades fácticas, políticas o intelectuales considerados desde la revolución intelectual del siglo XVII alrededor del Mediterráneo. El fenómeno de Internet no era (no es) mayor ni menor al producido por la revolución del libro impreso en el siglo XV y de la prensa en el siglo XVIII y XIX.

Nada de estas posibilidades ha fracasado hoy en día, pero la experiencia del momento nos muestra cada día los peligros de todo optimismo. Por ejemplo, cuando los medios se convierten en fines. Cuando los instrumentos de liberación se convierten en una adicción que, además, fomentan la superstición de la libertad y la liberación del mismo adicto por el simple hecho de tener acceso a la droga.

Aparte de las enormes inversiones de tiempo que alguien hace en las “redes sociales” (es decir, en los cementerios digitales) como Facebook o Twitter, lo que debería preocupar más es qué habilidades se ganan y qué habilidades se pierden cuando esa práctica fraccionada y repetitiva traspasa un límite X y se convierte en autismo social, una de las enfermedades menos visibles y más universales de nuestro tiempo.

No debemos olvidar que el optimismo sobre el potencial democratizador de la televisión terminó entre dos pesados signos de interrogación. La idea de “caja boba” en realidad no tenía nada de boba para los poderes fácticos del siglo XX. Los perjudicados fueron aquellos que desarrollaron sus potenciales intelectuales dentro de la adicción y de los límites estrechos de ese medio, mientras los administradores del poder mundial seguían formándose en la cultura escrita de las universidades.

Lo mismo podríamos decir de la radio. Si bien fue, y aún lo es hoy, un medio positivo en el proceso de democratización de la información, también es cierto que la Alemania nazi no hubiese llegado a los extremos que llegó sin la revolución propagandística que hizo posible el nuevo medio, por citar sólo un ejemplo clásico y extremo.

Claro, algunos acusarán que también el libro fue usado como medio central en la difusión del marxismo, etc. Para bien y para mal, es cierto. En cualquier caso la observación confirma el punto central en este momento: qué habilidades intelectuales se están perdiendo en nombre de un conformismo basado en las ventajas de un nuevo medio.

Se pueden observar experimentos en “tiempo real” sobre los hábitos de lectoescritura de las nuevas generaciones. En una abrumadora mayoría, no son muy alentadoras si venimos con la molesta idea de la democracia y la liberación del individuo y de los pueblos basada no en la mera información sino en la formación misma del individuo. Una formación no basada en el mito de la libertad sino en la liberación de un pensamiento crítico. Y para esto es necesario un ejercicio intelectual que incluya alguna constancia, alguna concentración, algún “ir a fondo” alejado de falsas urgencias, alentadas por la ansiedad del consumidor (producto típico y necesario del último capitalismo) más que por la urgencia real de los hechos.

Como ya anotamos mucho antes, una característica del lector digital, al menos por el momento, radica en la hiperfragmentación. Esto no significa que en este tipo de lectura digital no pueda surgir un pensamiento crítico. Ejemplos contrarios hay de sobra. Pero en términos generales, no veo cómo se podría estimular la riqueza intelectual sustituyendo completamente una habilidad por otra, en este caso la lectura de largo aliento y concentración, propia del libro tradicional, por la lectura fragmentada de la red.

Si buscamos indicios concretos sobre las potencialidades de los nuevos grupos encontraremos que la gran novedad radica en cierta forma de “cooperative work”. Un ejemplo paradigmático es Wikipedia. En otros casos menos defendibles, las empresas usan a los usuarios de forma gratuita para sustituir empleados asalariados.

En cualquier caso, la nueva generación sigue mostrando que la creatividad depende de unos pocos individuos. Hay faraónicos trabajos colectivos, trabajos de hormiga, pero no hay grandes inventos o innovaciones colectivas. Incluida la revolución digital y sus novedades de turno, todas son producto de individuos o de pequeños grupos trabajando en una dinámica de investigación tradicional. La mayoría, por no decir casi todos los consumidores de esos inventos, está hiper-ocupada en enviar mensajes para que el mundo sepa a qué hora se levantaron hoy, qué están haciendo en este momento y cuál es su real estado de ánimo, según un menú de siete opciones diseñado por algún doctor en marketing que vive en California.

Siempre es más fácil profetizar cambios radicales que continuidades. Los astrólogos y demás profetas no resisten anunciar el fin del mundo para mañana o la muerte del libro y de la bicicleta. Y los libros seguirán siendo espacios para una forma de pensamiento de largo aliento. Al final, la mayoría de las veces, lo que ocurre es sólo la muerte de los astrólogos y profetas. Aunque la humanidad ha sido capaz de inventos y revoluciones admirables, probablemente todavía seguimos soñando, amando y odiando como en tiempos de Akenatón. Y si bien no pensamos como entonces, seguramente repetimos lo mismos errores derivados del abuso del optimismo.

En cualquier caso este es nuestro mundo. Podemos criticarlo, podemos tratar de cambiarlo, pero no podemos renunciar a él. Tampoco deberíamos rendirnos ante la autocomplacencia colectiva.

Para eso están algunos políticos de turno en el poder de turno.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Junio 2010.

Milenio (Mexico)