La lógica del absurdo

Imaginemos dos situaciones sociales, dos absurdos colectivos. En una (llamémoslo Absurdo A), cada uno de los individuos de un país, del planeta todo, posee exactamente la misma riqueza que su vecino.

Sus defensores argumentarían que hay, por lo menos dos razones para esa realidad: primero, la riqueza generada por cada individuo no se debe exclusivamente a su mérito y esfuerzo individual sino a una serie de logros y esfuerzos que derivan de la sociedad toda (de vivos y de muertos a lo largo de miles de años, claro). La segunda razón sería: aunque no todos pueden contribuir de la misma forma, en la misma proporción, es por una razón moral que los fuertes deban ayudar a los débiles y no al revés. Al fin y al cabo, estas ideas han estado en los libros (no en las prácticas) de todas las religiones conocidas a lo largo de la historia de la humanidad, con la única excepción de algunas sectas contemporáneas que afirman que Jesús les pide a sus pastores que hagan sangrar a los miembros de su iglesia para pagar un avión privado de 54 millones de dólares.

¿Por qué sería esto absurdo o demasiado radical? Bueno, se podría argentar, porque no todos somos iguales. Unos nacen más inteligentes que otros, otros poseen una capacidad de trabajo y sacrificio mayor, etcétera. Que haya una plétora de millonarios haraganes y con deficiencias mentales es un detalle en el cual no vamos a entrar ahora.

Entonces, imaginemos lo opuesto. Imaginemos un Absurdo B, algo aún más absurdo que el Absurdo A.

Imaginemos un país, un mundo donde el diez por ciento de la población sea dueña de tanta riqueza como la mitad de la población de ese país, de esa sociedad…

No, mejor exageremos un poco más para hacerlo más dramático: imaginemos un país, una sociedad donde el uno por ciento de la población acumule tanta riqueza como la mitad de ese país, o como la mitad del mundo entero…

Un momento. El uno por ciento del mundo sería más de setenta millones de personas, algo así como la población de Turquía o de Inglaterra. No, exageremos un poquito más. Para el Absurdo B imaginemos que cien personas poseen lo mismo que la mitad más pobre de la población mundial, que en el país más rico y poderoso del mundo, Estados Unidos, el 60 por ciento apenas alcance al seis por ciento de toda la riqueza generada por ese país, que en otras regiones, como en América latina, las desproporciones sean aún mayor. Y así, sigamos con la imaginación, exagerando hasta la caricatura del Absurdo B. Sólo hay que tener cierto cuidado, como en una sesión de tortura se debe preservar la vida del interrogado, porque si exageramos mucho el sistema global colapsaría y eso no les serviría a los cien hombres que lo poseen casi todo.

La diferencia más importante entre el Absurdo A y el Absurdo B es que el Absurdo B existe y es a lo que hemos llegado después de siglos de progreso tecnológico y económico.

Cierto, es muy difícil, sino imposible, establecer dónde está el punto justo entre el Absurdo A y el Absurdo B, pero, en cualquier caso, no parece razonable sostener ninguno de los dos absurdos. Menos al mayor de los dos absurdos.

Un absurdo no se revela por su existencia, sino todo lo contrario: el absurdo que crea y sostiene una determinada realidad se convierte en la lógica de las mayorías. Si la humanidad cree que la Tierra es plana porque es una obviedad que se demuestra sola; si alguien quema a un hombre porque no entiende alguna complejidad teológica y luego la quema se extiende a otros cientos y miles por las mismas razones; si un esposo mata a su mujer porque no llegó virgen al matrimonio porque eso estaba escrito en algún libro sagrado seguido por millones; si todos repiten que la modernidad no se debe a siglos de inventores, científicos, pensadores, activistas sociales y humildes trabajadores que financiaron todo ese esfuerzo, sino a los venerados, geniales y supermillonarios CEOs, es porque esos absurdos han sido normalizados y defendidos con ferocidad como si fueran pariciones de la lógica o de la Madre naturaleza. Más cuando el poder que sostiene un absurdo es tan desproporcionado que se alimenta desde arriba y desde abajo, de izquierda y de derecha; cuando se alimenta y se defiende con la hipocresía de quienes se benefician del absurdo y con el fanatismo de quienes deben sufrirlo cada día, como si se tratase de una larga sequía o de una lluvia interminable.

JM, junio 2018.

 

La redistribución de la riqueza

He escuchado a alguien decir: “Si usted está a favor de la redistribución de la riqueza, empiece por redistribuir la suya”. Obviamente, esto es parte de una discusión que todos conocen desde hace décadas. Lo he leído varias veces, alguna vez encuadrado orgullosamente con forma de lápida.

La idea de que son los holgazanes (de izquierda) que exigen la redistribución de la riqueza los trabajadores millonarios (de derecha) empieza mal con un oxímoron: trabajadores y millonarios.

Pero veamos que el famoso argumento equivale a decir que solo los que estén a favor de los impuestos deben pagar impuestos.

Por otro lado, la idea de que son solo los socialistas quienes están a favor de la redistribución de la riqueza es una tontería. Ellos están a favor de la redistribución a través de un Estado.

Creo que es necesario aclarar un fundamento, no formulado, de toda filosofía económica: todo sistema económico es un sistema de redistribución de la riqueza. Por ejemplo, cuando los holgazanes reciben lo mismo que los trabajadores, esa es una redistribución injusta. También cuando un inversor mueve un millón de dólares de un negocio a otro, de un país a otro y con eso obtiene una ganancia de cincuenta mil dólares, y lo hace porque el sistema que lo protege está re-distribuyendo la riqueza. Es una transferencia de riqueza que va desde los productores hacia los inversores, desde las mayorías hacia las micro-minorías, desde el 99 % hacia el 1% –y, en casos, hacia el 0,1%. Etcétera.

JM, 2 de agosto de 2018.

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