El cromañón que todos llevamos dentro

Aunque las religiones y los partidos políticos poseen múltiples dimensiones existenciales, una de ellas es el impulso tribal que está más desnudo en las competencias deportivas, sobre todo en las más populares, es decir, aquellas donde dos tribus, casi siempre representadas por un tótem (la mascota) se enfrentan en una batalla simbólica por el territorio y por la presa (el balón), como lo es el fútbol, tanto en su versión estadounidense como en su versión más civilizada que aquí llaman soccer o fútbol de mujeres y que el resto del mundo llama fútbol.

Este impulso primitivo, que estructura la vida contemporánea, básicamente se podría resumir en dos: (1) la necesidad de pertenecer a un grupo y (2) la complementaria necesidad de atacar al grupo adversario. La dinámica defensa-y-ataque resulta en una cultura de Partidos (partidos en dos) donde hasta la más radical pluralidad de ideas y practicas terminan, tarde o temprano, reagrupándose en dos grupos antagónicos. Si esos grupos son partidos políticos participando en elecciones, generalmente se repartirán los votos de forma más o menos equilibrada. Si uno de ellos saca un diez o veinte por ciento de ventaja en una elección en un sistema tradicional de democracia liberal, en la próxima, invariablemente, la ventaja se reducirá o se invertirá.

Algo tan simple se sublima en nuestra civilización de diferentes maneras: los programas televisivos con contenido político pueden luchar por cierta objetividad, pero de una forma o de otra (a veces de forma explícita e intencional, como Fox and Friends Democracy Now!) van a reforzar los intereses ideológicos, narrativos de un determinado grupo atacando al otro sin que haya necesariamente un interés real y concreto (económico, por ejemplo) que sería la primera explicación del pensamiento marxista. Dimensión que no está excluida, sino que interactúa y se superpone al impulso tribal. Ello explica la pasión de los militantes y votantes aun cuando su partido o su religión lo están perjudicando psicológica y materialmente. Así, la lanza y el garrote fueron reemplazados por la narrativa proselitista, por lo menos desde las primeras religiones que prescribían el celo teológico y tribal en beneficio de unos pocos.

Tarde o temprano, las disputas sociales tienden a dividirse en dos posiciones antagónicas. Hay tesis y antítesis, pero no síntesis.

El pensamiento corporativo tiene sus efectos en la propia dinámica tribal. Por lo general es una corporación ideológica donde los beneficiados no son la mayoría o aquellos grupos que la defienden con pasión –y en ocasiones con sus vidas, como es el caso de las guerras y de los conflictos civiles.

Esta dinámica puede tener, en el mejor de los casos, una justificación en la acción: si los poderes están desbalanceados, si el objetivo de mi grupo es destronar o erosionar el poder del adversario, podría suceder que pretender aparecer como neutral criticando a unos y a otros por igual, resulte artificial y en favor del más fuerte. Lo que a veces se ve como traición bien puede ser una forma razonable de pragmatismo. Sólo resta saber si es justo o injusto y queda por determinar de qué lado estamos, si le quitamos poder al débil o al poderoso.

Veamos un ejemplo concreto e ilustrativo. La derecha conservadora de Estados Unidos, antes representada en el partido Demócrata del Sur, desde hace varias décadas se ha reagrupado e identificado con el partido Republicano. ¿Cuál sería el perfil razonable de un conservador estadounidense? En primer lugar, sería un hombre o mujer religiosa, un cristiano protestante, para ser más exactos. Pero como los conservadores han estado de una forma u otra en el poder político, hay otros actores: las grandes corporaciones (como las compañías cuyo primer y normalmente único objetivo son las ganancias a cualquier coste) y los lobbies poderosos como la Asociación Nacional del Rifle. (Dejemos de lado las hipócritas y lacrimógenas donaciones de estas corporaciones, como McDonald’s, la Coca-Cola o las tabacaleras.)

Por razones de intereses tenemos, por lo menos, tres grupos: las Iglesias dueñas de Dios, los grandes negocios y lobbies como la ANR. Considerando el espíritu de partido (o impulso tribal) esos grupos y cualquier otro grupo que se integre por compartir intereses económicos y de poder comenzarán a defenderse unos a otros y, poco a poco, irán compartiendo sus principales causas. De esa forma, se llega al aparente absurdo de que cuánto más religiosa es una persona en Estados Unidos, cuanto más seguidor de un líder espiritual llamado Jesús (profesor del Amor democrático hasta para los enemigos, que cuestionó las riquezas del rico, se rodeó de pobres y marginados de todo tipo, perdonó adúlteras y le reprochó a sus discípulos el uso de la violencia en lugar de ofrecer la otra mejilla, condenado a la pena máxima por subversión contra el Imperio de la época y sus acomodaticios alcahuetes) terminan siendo los más fervientes amantes de las armas, de la riqueza de los más ricos y poderosos, de la pena de muerte y del desprecio de los pobres como síntomas del pecado o, mejor dicho, como prueba del desprecio de Dios a su propia creación y de su propio espíritu tribal. De la misma forma, la actitud de conservación de la naturaleza, en contradicción con los intereses económicos de las petroleras y otros grandes grupos económicos, terminarán siendo atacadas por igual por todos aquellos integrantes tribales sin importar que se trate de cristianos compasivos, espirituales y anti materialistas.

Cada grupo terminará mimetizándose ideológicamente, aunque las raíces morales e históricas de sus clubes sean estrictamente las contrarias. De esa forma, un miembro pobre de la tribu es capaz de defender con dientes y uñas la necesidad de recortar los impuestos a los ricos y eliminar sus propios beneficios de salud al tiempo que sale con carteles y con insultos racistas (en el mejor de los casos) a manifestarse contra otros pobres de otras tribus, como los inmigrantes mexicanos sin papeles.

Claro, se dirá que el mismo análisis se puede hacer con los grupos de izquierda, y que no lo he hecho porque me simpatizan más éstos que aquellos. Sin duda el mismo análisis se puede hacer sobre cualquier otro grupo y, sí, puede ser que elegí a los conservadores de Estados Unidos porque son mis antagónicos. Puede ser, eso no es problema ni invalida el ejemplo ni el análisis. Ahora, es precisamente aquí cuando pasamos al resto de a realidad.

Las divisiones de izquierda y derecha son parte de esta naturaleza. El error, creo, radica en que sugieren una relación horizontal de poder social, “igualitaria”, casi neutral, donde todo se reduce a una cuestión de opiniones tribales que los individuos atribuyen a su propia libertad individual.

Pero la realidad humana no es un simple partido de futbol, aunque sea prisionera de su dinámica. Hay otras razones, otras realidades más profundas que se aprovechan de ese primitivo impulso que es más poderoso que el sexo en la vida social. La realidad también existe y si hubiese que resumirla en una palabra tal vez esa sería “intereses”. Intereses económicos, intereses de poder.

Teniendo en cuenta estas dos dimensiones hasta aquí resumidas, quizás una clasificación ideológica más objetiva sería, en lugar de izquierda yderecha, una visualización de arriba y abajo, los ricos y pobres, poderosos y sin poder, los narradores del poder y los consumidores de narraciones, todo presentado por la distorsión del antiguo y casi invencible antagonismo de Nosotros, los buenos, y Ellos, los malos, independientemente de la objetiva realidad de los privilegiados y los desposeídos, los opresores y los oprimidos (¿Acaso no hay santos y criminales unidos por la bandera del Real Madrid?).

Sobre esta visualización de la realidad queda por determinar lo que es justo y lo que no lo es, sobre lo cual cada uno tiene su propio juicio.

Pero eso ya es harina de otro costal.

JM, junio 2017

 

 

Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción

Al día siguiente de las elecciones parlamentarias en Estados Unidos un estudiante me preguntó qué cambios importantes veía en el país a partir del histórico triunfo del partido republicano. “Ninguno”, dije. “Sí veo cambios, pero ninguno importante”. Es parte de un patrón histórico.

Para empezar, el amplio triunfo del partido opositor en el segundo mandato del presidente no es ninguna novedad. Como todos saben, la política es un asunto de intereses para unos pocos, de ideas para unos más y de puras emociones para los demás. Sobre todo en una campaña electoral, lo que triunfa es el “espíritu de partido”, que es una forma elegante de decir “el espíritu futbolístico”: una vez que alguien toma posición, la verdad pasa a ser apenas un legitimador; lo que importa es vencer. Por otra parte, ¿quién puede confiar plenamente en un político? Muchos de ellos hacen trabajos muy nobles, altruistas y sacrificados, pero por la lógica interna de la democracia representativa, poco o nada pueden hacer si pierden las elecciones. Y para ganarlas deben, antes que nada, seducir a un electorado. En otras palabras, deben adularlo, deben decirle lo que quiere escuchar, no lo contrario. Conozco pocos políticos que se dedican a desafiar al electorado. Obviamente, ninguno de ellos ha ganado la presidencia. En Estados Unidos, uno de esos casos es el viejo lobo Ron Paul, del partido republicano.

Si comparamos en términos estándar, Estados Unidos se encuentra de lejos mejor de lo que estaba al terminar la presidencia de George Bush. Hoy en día el país tiene (según el método de medición tradicional) una tasa de desempleo del 5,8%. En los últimos años se han creado mensualmente un promedio de 220.000 puestos de trabajo. Casi todas las industrias, como las automotoras que habían quebrado en el 2009, han recobrado los primeros lugares en la producción mundial y tienen billonarios superávits. El mercado inmobiliario se ha reactivado con una borrachera de inversiones extranjeras y otras nacionales que retornaron. Hace meses que el combustible baja cada día, no solo por los problemas económicos en otras partes del mundo sino por el exceso de producción de petróleo nacional (en gran parte debido a las nuevas y cuestionables tecnologías de extracción), lo cual ha llevado al país a exportar este producto, algo impensable diez años atrás. La economía ha crecido cada año desde 2010. Para este año se prevé un crecimiento similar a los anteriores, alrededor del 2% que, comparado con el 0,5% de Brasil y algo similar en la Eurozona, no es un numero pequeño, aún más considerando que se trata de la primera economía mundial. Wall Street sigue rompiendo récords, a pesar de atendibles advertencias de un nuevo estallido de las bolsas.

No es menos cierto que, mientras los ricos y las corporaciones han multiplicado sus beneficios (en todos los países las crisis son excelentes negocios para quienes tienen dinero), la clase media apenas ha visto una mínima parte de esa bonanza. Pero esta tendencia no es nueva. Tiene, por lo menos, cuatro décadas. Tampoco es nueva la poca memoria histórica del pueblo, por la cual cada cuatro años expresa su “frustración por el rumbo que ha tomado el país”, como si todo se tratase de la obra de un individuo que ocupa la presidencia. En parte es una característica de la cultura protestante: como en las tapas de las revistas Time, se ven rostros, individuos concretos, no realidades abstractas, no cambios o permanencias históricas. En parte, es la lógica del sistema representativo.

Esos individuos se sienten frustrados y, en cada elección (como en cualquier otro país donde existe este sistema, nunca suficiente pero necesario en cualquier democracia representativa), luchan desesperadamente para que su partido gane con la ilusión de un cambio. Porque de eso se trata básicamente: mantener la ilusión de que, si el partido opositor gana las elecciones, las cosas van a cambiar.

Demócratas y republicanos son más o menos el mismo partido. Puede ser que con uno haya alguna que otra guerra más o menos, alguna clase social se beneficie de algún que otro plan: los conservadores republicanos, que hace dos o tres generaciones eran los liberales, probablemente insistan en recortar impuestos a las clases mas adineradas; los liberales demócratas, que hace dos o tres generaciones eran los conservadores, probablemente insistan en extender el seguro de desempleo o las ayudas familiares. Pero básicamente, todas son variaciones de un mismo partido conservador.

La idea de que los partidos políticos han hecho los cambios en un país normalmente es una ilusión. En Estados Unidos, por ejemplo, esos mismos partidos que en cada elección insisten con la palabra “cambio” han sido, irónicamente, los que han impedido o retrasados esos mismos cambios fundamentales.

Echemos una mirada al siglo XX, por lo menos desde la Segunda Guerra hasta hoy. Por la misma naturaleza de la democracia representativa que mencionaba antes, los políticos parten y terminan en el discurso correcto, es decir, evitan hasta donde sea posible desafiar el status quo, que es donde surge la narrativa social. Ahora veamos todos los ejemplos d​e verdaderos​ cambios sociales en este país, desde la lucha por los derechos civiles de los negros, simbolizada y simplificada en la figura de Martin Luther King; la lucha de los trabajadores hispanos que también fue una lucha protoecologista, liderada por Cesar Chávez en el oeste; los movimientos antibélicos de los sesenta; las revisiones de la historia colonialista, imperialista e intervencionista de las potencias noroccidentales, generalmente realizada por malditos intelectuales; la lucha por los derechos de las mujeres, de los homosexuales, y un largo etcétera.

Dichos cambios sociales, grandes o pequeños, fueron impulsados por movimientos sociales de resistencia que, paradójicamente significaron progreso social. Todos esos logros fueron posibles, no por los partidos políticos, sino a pesar de ellos.

Entonces, ¿quiénes representan el cambio y quienes la reacción? ¿Quiénes son los verdaderos motores y salvaguardas de la democracia? ¿Los partidos políticos o los movimientos sociales que lucharon contra esas fuerzas reaccionarias? Como siempre, y por la misma lógica, cuando alguna de esas luchas, luego de años de resistencia feroz, lograba imponerse en cierta minoría significativa (como hace 1.700 años Constantino comprendió que tenía más que perder si no reconocía y oficializaba a los cristianos perseguidos), el poder político sube al poder (es decir, se mantiene en él) secuestrando el discurso de los nuevos valores que antes combatía para presentarlos como una reivindicación propia con un discurso de cambio.

Y la gente vuelve a pensar que algún partido puede hacer una gran diferencia, cuando su misión es precisamente la contraria: resistir los cambios hasta donde sea posible. Y, cuando estos verdaderos cambios se hacen imparables, entonces sí, se presentan como los campeones del progreso.

 http://www.huffingtonpost.es/jorge-majfud/cuando-la-resistencia-es-_b_6133478.html 

El Huffington Post