Diez azotes contra humanismo

Onganía rezando

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Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού (Greek)

Ten Lashes Against Humanism (English)

 

Diez azotes contra humanismo

Una tradición menor del pensamiento conservador es la definición del adversario dialéctico por su falta de moral y por sus deficiencias mentales. Como esto nunca llega a ser un argumento, se encubre el exabrupto con algún razonamiento fragmentado y repetido, propio del pensamiento posmoderno de la propaganda política. No es casualidad que en América Latina otros escritores repitieran la experiencia norteamericana con libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) o confeccionando listas sobre Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina. Lista que solía encabezar, con elegante indiferencia, el fénix Eduardo Galeano. Tantas veces lo mataron que se acostumbró a nacer.

Por regla general, las listas de los diez más estúpidos de Estados Unidos las suelen encabezar intelectuales. La razón de esta particularidad la dio hace tiempo un militar de la última dictadura argentina (1976-1983) que se quejaba ante las cámaras de televisión de las marchas de manifestantes por las calles de Buenos Aires: “no sospecho tanto de los trabajadores, porque éstos siempre están ocupados en trabajar; sospecho de los estudiantes, porque al tener demasiado tiempo libre lo dedican a pensar. Y usted sabe, señor periodista, que el exceso de pensamiento es peligroso”. Lo cual era consecuente con el anterior proyecto del general Onganía (1966-1970) de expulsar a todos los intelectuales para arreglar los problemas de la Argentina.

No hace mucho, Doug Hagin, a imagen y semejanza del famoso programa de televisión Dave’s Top Ten, confeccionó su propia lista de Las diez estúpidas ideas más estúpidas de los ideales izquierdistas (The top ten list of stupid leftist ideals). Si tratamos de desimplificar el problema quitándole la etiqueta política, veremos que cada acusación contra los llamados izquierdistas norteamericanos es, en realidad, ataques a varios de los principios humanistas:

10: Ambientalismo. Según el autor, los izquierdistas no se detienen en un punto razonable de conservación.

Claro que la definición de qué es razonable o no, depende de los intereses económicos del momento. Como todo conservador, se aferra a que la teoría del Calentamiento global es sólo una teoría, como la teoría de la evolución: no hay pruebas de que Dios no ha creado los esqueletos de dinosaurios y demás especies y las ha desparramado por ahí, sólo para despistar a los científicos y probar así su fe. La mentalidad conservadora, heroicamente inalterable, nunca pudo concebir que los mares pudiesen tener una conducta progresista, más allá de un nivel razonable.

9: Se necesita un pueblo para criar a un niño. El autor lo niega: el problema es que los izquierdistas siempre han pensado de forma colectiva. Como ellos no creen en el individualismo, confían que la educación de los niños deba ser hecha en sociedad.

En cambio, el pensamiento reaccionario confía más en las islas, en el autismo social, que en la sospechosa humanidad. Según este razonamiento de noble medieval, un hombre rico puede ser rico rodeado de miseria, un niño puede convertirse en un hombre moral y ascender al cielo sin contaminarse con el pecado de su sociedad. La sociedad, el vulgo, sólo sirve para que el hombre moral demuestre su compasión donando a los necesitados aquello que le sobra —y descontándolo de los impuestos.

8: Los niños son incapaces de soportar el estrés. Razón por la cual no pueden ser corregidos por los maestros con tinta roja o no pueden enfrentarse con las partes crueles de la historia.

El autor acierta al observar que ver lo desagradable en la infancia prepara a los niños para un mundo que no es placentero. No obstante, algunos compasivos conservadores exageran un poco al vestir a sus niños con uniformes militares y regalarles juguetes que, aunque sólo disparan luces láser, se parecen mucho a las armas de luces láser que disparan otra cosa a blancos (y negros) semejantes.

7: La competencia es mala. Para el autor, no: el que unos ganen significa que otros pierden, pero esta dinámica nos conduce a la grandeza.

No explica si existe aquí el “límite razonable” del que hablaba antes o si se está refiriendo a la odiada teoría de la evolución, que establece la sobrevivencia del más fuerte en el mundo salvaje. Tampoco aclara a qué grandeza se refiere, si a la del esclavo de una próspera plantación de algodón o al tamaño de la plantación. No tiene en cuenta, claro, ningún tipo sociedad solidaria liberada de la neurosis de la competencia.

6: La salud es un derecho civil. No para el autor: la salud es parte de la responsabilidad personal.

Este argumento es repetido por quienes niegan la necesidad de un sistema de salud universal y, al mismo tiempo, no proponen privatizar la policía y mucho menos el ejército. Nadie le paga a la policía después de llamar al 911, lo cual es razonable. Si un asaltante nos pega un tiro en la cabeza, no pagaremos nada por su captura, pero si somos pobres quedaremos en banca rota para que un equipo de médicos nos salve la vida. Somos individuos responsables sólo por lo segundo. Se deduce que, según esta lógica, un ladrón que roba una casa significa una enfermedad social, pero una peste es apenas el cúmulo de algunos individuos irresponsables que no afecta al resto. Nunca se tiene en cuenta que la solidaridad colectiva es una de las formas más altas de la responsabilidad individual.

5: La riqueza es mala. Según el autor, los izquierdistas quieren penalizar el éxito de los ricos con impuestos para dársela al gobierno federal para que gaste irresponsablemente ayudando a aquellos que no son tan exitosos.

Es decir, los trabajadores les deben el pan a los ricos. Ganarse el pan con el sudor de la frente es un castigo que administran aquellos exitosos que no necesitan trabajar. Por algo la belleza física ha estado históricamente asociada a los hábitos cambiantes pero siempre ociosos de la aristocracia. Por algo en el mundo feliz de Walt Disney no existen los trabajadores; la felicidad está enterrada en algún tesoro lleno de monedas de oro. Por la misma razón, es necesario no dilapidar los impuestos en educación y en salud. Los millonarios gastos de los ejércitos alrededor del mundo no se cuentan, porque son parte de la inversión que hacen los Estados responsablemente para mantener el éxito de los ricos y el sueño de gloria de los pobres.

4: Existe un racismo desenfrenado que sólo será resuelto con la tolerancia. No: los izquierdistas ven las relaciones raciales desde el prisma del pesimismo. Pero la raza no es importante para la mayoría de nosotros, excepto para ellos.

Es decir, como en la ficción del calentamiento global, si un conservador no piensa en algo o en alguien, algo o alguien no existen. De las Casas, Lincoln y Martin Luther King lucharon contra el racismo ignorándolo. Si los humanistas dejaran de pensar en el mundo, seríamos más felices porque no existiría el dolor ajeno ni los impiadosos ladrones que roban a los ricos compasivos.

3: Aborto. Para evitar la responsabilidad personal, los izquierdistas apoyan la idea de asesinar a un no nacido.

El asesinato en masa de los ya nacidos es también parte de la responsabilidad individual, según el pensamiento televisivo de derecha, aunque a veces se llama heroísmo y patriotismo. Sólo cuando beneficia nuestra isla. Si nos equivocamos suprimiendo un pueblo, evitamos la responsabilidad hablando del aborto. Un negocio moral doble de una doble moral.

2: Las armas son malas. Los izquierdistas odian las armas y odian a quienes se quieren defender. Los izquierdistas, en cambio, piensan que esta defensa debe ser hecha por el Estado. Una vez más no quieren asumir sus responsabilidades.

Es decir, los asaltantes, pandilleros menores, estudiantes que ametrallan en las escuelas secundarias, narcotraficantes y demás miembros del sindicato ejercen un derecho al defender sus propios intereses como individuos y como corporaciones. Nadie más que éstos desconfían del Estado y confían en su propia responsabilidad. Huelga recordar que los ejércitos, según este tipo de razonamiento, son parte principal de esa responsable defensa hecha por el irresponsable Estado.

1: Apaciguar el mal asegura la Paz. Los izquierdistas a lo largo de la historia han querido calmar a los nazis, a los dictadores y a los terroristas.

La sabiduría del articulista no alcanza a considerar que muchos izquierdistas han estado conscientemente a favor de la violencia, y como ejemplo bastaría con recordar a Ernesto Che Guevara. Aunque tal vez se trataba de la violencia del esclavo, no la violencia del amo. Es cierto, los conservadores no han calmado a los dictadores: por lo menos en América Latina, los han alimentado. Al fin y al cabo, también éstos han sido siempre miembros del Club de las Armas, y de paso eran sujetos de muy buenos negocios en nombre de la seguridad. Los nazis, dictadores y terroristas de todo tipo, con esa tendencia a la simplificación ideológica, también estarían de acuerdo con el último razonamiento de la lista: “los izquierdistas no comprenden que a veces la violencia es la única solución. El Mal existe y debe ser erradicado”. Y, finalmente: “We will kill it [the Evil], or it will kill us, it is that simple. Mataremos el Mal, o el Mal nos matará a nosotros; lo único más simple que esto es el pensamiento de izquierda”.

Palabra del Poder.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, febrero de 2007

Milenio (Maxico)

 

 


Dix fléaux contre l’Humanisme

Une tradition mineure de la pensée conservatrice revient à la définition de l’adversaire dialectique par son manque de morale et par ses insuffisances mentales. Comme ceci n’arrive jamais à être un argument, on cache la riposte avec un certain raisonnement fragmenté et répété, propre de la pensée postmoderne de la propagande politique. Ce n’est pas un hasard qu’en Amérique Latine, les autres auteurs répétaient l’expérience étasunienne avec des livres comme « Manual del perfecto idiota latinoamericano » (1996) (Manuel de l’idiot latino-américain parfait) ou en confectionnant des listes sur les dix stupides les plus stupides d’Amérique Latine. Liste à la tête de laquelle se trouve généralement, avec une élégante indifférence, le phoénix Eduardo Galeano. Ils l’ont tué tant de fois qu’il s’est habitué à renaître.

En règle générale, les listes des dix plus stupides des Etats-Unis on trouve en tête généralement des intellectuels. La raison de cette particularité fut donnée il y a quelques temps par un militaire de la dernière dictature argentine (1976-1983) qui se plaignait devant les cameras de télévision des marches de manifestants dans les rues de Buenos Aires : “je ne soupçonne pas tant les travailleurs, parce qu’ils sont toujours occupés à travailler ; je soupçonne les étudiants, parce qu’ayant trop de temps libre ils le consacrent à penser. Et vous savez, Monsieur le journaliste, que l’excès de pensée est dangereux”. Ce qui était conséquent avec le précédent projet du général Onganía (1966-1970) d’expulser tous les intellectuels pour stopper les problèmes de l’Argentine.

Il n’y a pas longtemps, Doug Hagin, à l’image et en copiant le célèbre programme de télévision « Dave’s Top Ten », a confectionné sa liste propre des dix idées les plus stupides des idéaux de gauche (The top ten list of stupid leftist idéals). Si nous essayons de dé-simplifier le problème en lui enlevant l’étiquette politique, nous verrons que chaque accusation contre la gauche étasunienne est, en réalité, une série d’attaques contre principes humanistes :

10 : Environement. Selon l’auteur, la gauche ne s’arrête pas à un point raisonnable de conservation.

Il est évident que la définition de ce qu’est raisonnable ou non, dépend des intérêts économiques du moment. Comme tout conservateur, il s’accroche à ce que la théorie du réchauffement global est seulement une théorie, comme la théorie de l’évolution : il n’y a pas de preuves que Dieu n’ait pas créé les squelettes de dinosaures et d’autres espèces et les ait pas dispersées par là, seulement pour dérouter les scientifiques et mettre à l’épreuve ainsi leur foi. La mentalité conservatrice, héroïquement invariable, n’a jamais pu concevoir que les mers puissent avoir leur « propre progression », au-delà d’un niveau raisonnable.

9 : On a besoin d’un peuple pour élever un enfant. L’auteur le nie : le problème est que la gauche a pensé toujours de manière collective. Comme ils ne croient pas dans l’individualisme, ils confient que l’éducation des enfants doit être faite en société.

En revanche, la pensée réactionnaire fait plus confiance dans « les îles », dans l’autisme social, que dans l’humanité suspecte. Selon ce raisonnement de noble médiéval, un homme riche peut être riche et entouré de misère, un enfant peut se transformer en un homme moral et monter au ciel sans être contaminé par le péché de sa société. La société, le peuple, sert seulement pour que l’homme moral démontre sa compassion en faisant don de ce dont il n’a pas besoin – et en le déduisant des impôts.

8 : Les enfants sont incapables de supporter l’effort. Raison pour laquelle ils ne peuvent pas être corrigés par les enseignants avec de l’encre rouge ou qu’ils ne peuvent pas faire face aux périodes cruelles de l’histoire.

L’auteur fait mouche en observant que voir ce qui est désagréable dans l’enfance prépare les enfants à un monde déplaisant. Cependant, quelques conservateurs miséricordieux exagèrent un peu en habillant leurs enfants avec des uniformes militaires et en leur donnant des jouets qui, bien qu’ils projettent seulement des lumières laser, ressemblent beaucoup aux armes à laser qui tirent autre choses à des blancs (et noirs).

7 : La concurrence est mauvaise. Pour l’auteur, non : le fait que les uns gagnent signifie que d’autres perdent, mais cette dynamique nous conduit à la grandeur.

Il n’explique pas s’il existe ici la “limite raisonnable” dont il parlait avant ou s’il se réfère à la théorie haïe de l’évolution, qui établit la survie du plus fort dans un monde sauvage. Il ne clarifie pas non plus à quelle grandeur il se réfère, si c’est à celle de l’esclave d’une prospère plantation de coton ou à la taille de la plantation. Il ne tient pas compte, clairement, d’aucune société type solidaire libérée de la névrose de la concurrence.

6 : La santé est un droit civil. Cela n’arrête pas l’auteur : la santé fait partie de la responsabilité personnelle.

Cet argument est répété par ceux qui nient la nécessité d’un système de santé universelle et, en même temps, ne proposent pas de privatiser la police et encore moins l’armée. Personne ne paye la police après avoir appelé le 911, ce qui est raisonnable. Si un assaillant nous colle une balle dans la tête, nous ne payerons rien pour sa capture, mais si nous sommes pauvres nous resterons en faillite pour qu’une équipe de médecins nous sauve la vie. Nous sommes des individus responsables seulement pour la seconde chose. On déduit que, selon cette logique, un voleur qui vole une maison traduit une maladie sociale, mais une telle peste est à peine l’accumulation de quelques individus irresponsables qui n’affectent pas le reste. On ne prend jamais en considération que la solidarité collective est une des plus hautes manières de la responsabilité individuelle.

5 : La richesse est mauvaise. Selon l’auteur, la gauche veut pénaliser le succès des riches avec des impôts pour les donner au gouvernement fédéral pour qu’il dépense de façon irresponsable en aidant ceux qui n’ont pas tellement réussis.

C’est-à-dire, les travailleurs doivent le pain aux riches. Gagner son pain avec la sueur de son front est une punition que distribuent ceux qui ont réussi qui n’ont pas besoin de travailler. C’est pour quelque chose que la beauté physique a été historiquement associée aux habitudes changeantes mais toujours superflues de l’aristocratie. C’est pour quelque chose que dans le monde heureux de Walt Disney il n’existe pas de travailleurs ; le bonheur est enterré dans un certain trésor plein de pièces d’or. Pour la même raison, il est nécessaire de ne pas dilapider les impôts en éducation et en santé. Les dépenses en millions des armées autour du monde ne comptent pas, parce qu’elles font partie de l’investissement que font les États responsables pour maintenir la réussite des riches et le rêve de gloire des pauvres.

4 : Il existe un racisme effréné qui sera seulement résolu par la tolérance. Non : la gauche voit les relations ethniques depuis le prisme du pessimisme. Mais la race n’est pas importante pour la majorité de d’entre nous, excepté pour eux.

C’est-à-dire, comme dans la fiction du réchauffement global, si un conservateur ne pense pas à quelque chose ou à quelqu’un, quelque chose ou quelqu’un n’existe pas. De las Casas, Lincoln et Martin Luther King ont combattu le racisme en l’ignorant. Si les humanistes cessaient de penser le monde, nous serions plus heureux parce que n’existerait pas la douleur étrangère, ni les voleurs impies qui volent les riches miséricordieux.

3 : Avortement. Pour éviter la responsabilité personnelle, la gauche soutient l’idée d’assassiner un non né.

Le meurtre en masse des déjà nés fait aussi partie de la responsabilité individuelle, selon la pensée télévisuelle de droite, qu’on appelle parfois héroïsme et patriotisme. Seulement quand elles profitera notre île. Si nous nous trompons en supprimant un peuple, nous évitons la responsabilité en parlant de l’avortement. Une affaire morale double, d’une double morale.

2 : Les armes sont mauvaises. La gauche haïe les armes et haïe qui veut se défendre. La gauche, en revanche, pensent que cette défense doit être faite par l’État. Une fois de plus elle ne veut pas assumer ses responsabilités.

C’est-à-dire, les braqueurs, mineurs délinquants, étudiants qui mitraillent dans les écoles secondaires, narcotrafiquants et autres membres du syndicat exercent un droit en défendant leurs intérêts propres comme individus et comme corporations. Personne plus que ceux-ci c’est en méfient de l’État et confient sa responsabilité propre. On doit s’en rappeler que les armées, selon ce type de raisonnement, font partie principale de cette défense responsable faite par l’État irresponsable.

1 : Calmer le mal assure La Paz. La gauche au fil de l’histoire a voulu calmer les nazis, les dictateurs et les terroristes.

La sagesse du chroniqueur ne parvient pas à considérer que beaucoup d’homme de gauche ont été consciemment pour la violence, et comme exemple, il suffirait de mentionner Ernesto Che Guevara. Bien qu’il s’agisse peut-être de la violence de l’esclave, non la violence du maître. Il est certain, les conservateurs n’ont pas calmé les dictateurs : au moins en Amérique latine, ils les ont nourris. À la fin et à l’extrémité, ceux-ci ont aussi toujours été membres du Club des Armées, et du coup faisaient de très bonnes affaires au nom de la sécurité. Les nazis, dictateurs et terroristes de tout type, avec cette tendance à la simplification idéologique, sont aussi d’accord avec le dernier raisonnement de la liste : “les gens de gauche ne comprennent pas que parfois la violence est la seule solution. Le Mal existe et doit être déraciné”. Et, finalement : “We will kill it (the Evil), or it will kill us, it is that simple. Nous tuerons le Mal, ou le Mal nous tuera ; Rien de plus simple que ceci est la pensée de gauche”.

Mot du Pouvoir.

Por Jorge Majfud, février 2007

* Professeur à l’ Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol pour Estelle et Carlos Debiasi.

Ten Lashes Against Humanism

A minor tradition in conservative thought is the definition of the dialectical adversary as mentally deficient and lacking in morality. As this never constitutes an argument, the outburst is covered up with some fragmented and repetitious reasoning, proper to the postmodern thought of political propaganda. It is no accident that in Latin America other writers repeat the US experience, with books like Manual del perfecto idiota latinoamericano (Manual for the Perfect Latin American Idiot, 1996) or making up lists about Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina (The Top Ten Stupid People in Latin America). A list that is usually headed up, with elegant indifference, by our friend, the phoenix Eduardo Galeano. They have killed him off so many times he has grown accustomed to being reborn.

As a general rule, the lists of the ten stupidest people in the United States tend to be headed up by intellectuals. The reason for this particularity was offered some time ago by a military officer of the last Argentine dictatorship (1976-1983) who complained to the television cameras about the protesters marching through the streets of Buenos Aires: “I am not so suspicious of the workers, because they are always busy with work; I am suspicious of the students because with too much free time they spend it thinking. And you know, Mr. Journalist, that too much thinking is dangerous.” Which was consistent with the previous project of General Ongaría (1966-1970) of expelling all the intellectuals in order to fix Argentina’s problems.

Not long ago, Doug Hagin, in the image of the famous television program Dave’s Top Ten, concocted his own list of The Top Ten List of Stupid Leftist Ideals. If we attempt to de-simplify the problem by removing the political label, we will see that each accusation against the so-called US leftists is, in reality, an assault on various humanist principles.

10: Environmentalism. According to the author, leftists do not stop at a reasonable point of conservation.

Obviously the definition of what is reasonable or not, depends on the economic interests of the moment. Like any conservative, he holds fast to the idea that the theory of Global Warming is only a theory, like the theory of evolution: there are no proofs that God did not create the skeletons of dinosaurs and other species and strew them about, simply in order to confuse the scientists and thereby test their faith. The conservative mentality, heroically inalterable, could never imagine that the oceans might behave progressively, beyond a reasonable level.

9: It takes a village to raise a child. The author denies it: the problem is that leftists have always thought collectively. Since they don’t believe in individualism they trust that children’s education must be carried out in society.

In contrast, reactionary thought trusts more in islands, in social autism, than in suspect humanity. According to this reasoning of a medieval aristocrat, a rich man can be rich surrounded by misery, a child can become a moral man and ascend to heaven without contaminating himself with the sin of his society. Society, the masses, only serves to allow the moral man to demonstrate his compassion by donating to the needy what he has left over – and discounting it from his taxes.

8: Children are incapable of handling stress. For which reason they cannot be corrected by their teachers with red ink or cannot confront the cruel parts of history.

The author is correct in observing that seeing what is disagreeable as an infant prepares children for a world that is not pleasant. Nonetheless, some compassionate conservatives exaggerate a little by dressing their children in military uniforms and giving them toys that, even though they only shoot laser lights, look very much like weapons with laser lights that fire something else at similar targets (and at black people).

7: Competition is bad. For the author, no: the fact that some win means that others lose, but this dynamic leads us to greatness.

He does not explain whether there exists here the “reasonable limit” of which he spoke before or whether he is referring to the hated theory of evolution which establishes the survival of the strongest in the savage world. Nor does he clarify to which greatness he refers, whether it is that of the slave on the prosperous cotton plantation or the size of the plantation. He does not take into account, of course, any kind of society based on solidarity and liberated from the neurosis of competition.

6: Health is a civil right. Not for the author: health is part of personal responsibility.

This argument is repeated by those who deny the need for a universal health system and, at the same time, do not propose privatizing the police, and much less the army. Nobody pays the police after calling 911, which is reasonable. If an attacker shoots us in the head, we will not pay anything for his capture, but if we are poor we will end up in bankruptcy so that a team of doctors can save our life. One deduces that, according to this logic, a thief who robs a house represents a social illness, but an epidemic is nothing more than a bunch of irresponsible individuals who do not affect the rest of society. What is never taken into account is that collective solidarity is one of the highest forms of individual responsibility.

5: Wealth is bad. According to the author, leftists want to penalize the success of the wealthy with taxes in order to give their wealth to the federal government so that it can be spent irresponsibly helping out those who are not so successful.

That is to say, workers owe their daily bread to the rich. Earning a living with the sweat of one’s brow is a punishment handed down by those successful people who have no need to work. There is a reason why physical beauty has been historically associated with the changing but always leisurely habits of the aristocracy. There is a reason why in the happy world of Walt Disney there are no workers; happiness is buried in some treasure filled with gold coins. For the same reason, it is necessary to not squander tax monies on education and on health. The millions spent on armies around the world are not a concern, because they are part of the investment that States responsibly make in order to maintain the success of the wealthy and the dream of glory for the poor.

4: There is an unbridled racism that will only be resolved with tolerance. No: leftists see race relations through the prism of pessimism. But race is not important for most of us, just for them.

That is to say, like in the fiction of global warming, if a conservative does not think about something or someone, that something or someone does not exist. De las Casas, Lincoln and Martin Luther King fought against racism ignorantly. If the humanists would stop thinking about the world, we would be happier because others’ suffering would not exist, and there would be no heartless thieves who steal from the compassionate rich.

3: Abortion. In order to avoid personal responsibility, leftists support the idea of murdering the unborn.

The mass murder of the already born is also part of individual responsibility, according to televised right-wing thought, even though sometimes it is called heroism and patriotism. Only when it benefits our island. If we make a mistake when suppressing a people we avoid responsibility by talking about abortion. A double moral transaction based on a double standard morality.

2: Guns are bad. Leftists hate guns and hate those who want to defend themselves. Leftists, in contrast, think that this defense should be done by the State. Once again they do not want to take responsibility for themselves.

That is to say, attackers, underage gang members, students who shoot up high schools, drug traffickers and other members of the syndicate exercise their right to defend their own interests as individuals and as corporations. Nobody distrusts the State and trusts in their own responsibility more than they do. It goes without saying that armies, according to this kind of reasoning, are the main part of that responsible defense carried out by the irresponsible State.

1: Placating evil ensures Peace. Leftists throughout history have wanted to appease the Nazis, dictators and terrorists.

The wisdom of the author does not extend to considering that many leftists have been consciously in favor of violence, and as an example it would be sufficient to remember Ernesto Che Guevara. Even though it might represent the violence of the slave, not the violence of the master. It is true, conservatives have not appeased dictators: at least in Latin America, they have nurtured them. In the end, the latter also have always been members of the Gun Club, and in fact were subject to very good deals in the name of security. Nazis, dictators and terrorists of every kind, with that tendency toward ideological simplification, would also agree with the final bit of reasoning on the list: “leftists do not undertand that sometimes violence is the only solution. Evil exists and should be erradicated.” And, finally: “We will kill it [the Evil], or it will kill us, it is that simple. We will kill Evil, or Evil will kill us; the only thing simpler than this is left-wing thought.”

Word of Power.

© Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Ο δεκάλογος κατά του ανθρωπισμού

του ΧΟΡΧΕ ΜΑΧΦΟΥΝΤ*

Τεύχος Νο 30

Αρχική Δημοσίευση: MRZine, 6 Μαρτίου 2007

Μετάφραση: Νίκος Παπαπολύζος

Μια δευτερεύουσα παράδοση στη συντηρητική σκέψη είναι ο ορισμός του διαλεκτικού αντιπάλου ως πνευματικά ανεπαρκούς και ηθικά επιλήψιμου. Καθώς αυτό ποτέ δεν συγκροτεί επιχείρημα, το ξέσπασμα συγκαλύπτεται από κάποια ανακόλουθη και ταυτολογική συλλογιστική, ίδιον της μεταμοντέρνας σκέψης στην πολιτική προπαγάνδα. Δεν είναι τυχαίο που στη Λατινική Αμερική άλλοι συγγραφείς αναπαράγουν το παράδειγμα των ΗΠΑ με βιβλία όπως το Manual del perfecto idiota latinoamericano [Εγχειρίδιο για τον τέλειο Λατινοαμερικανό ηλίθιο] (1996) ή καταρτίζοντας λίστες σχετικά με τους «Los diez estúpidos más estúpidos de América Latina » [Οι δέκα πιο βλάκες από τους βλάκες της Λατινικής Αμερικής]. Λίστες που συνήθως έχουν στην κορυφή τον φίλο μας, τον φοίνικα Εντουάρδο Γκαλεάνο, ο οποίος απαντά με αβρή αδιαφορία· τον έχουν σκοτώσει τόσες πολλές φορές που έχει συνηθίσει να ξαναγεννιέται.

Κατά κανόνα, οι λίστες των δέκα βλακωδέστερων ανθρώπων στις Ηνωμένες Πολιτείες τείνουν να φιλοξενούν στην κορυφή διανοούμενους. Η εξήγηση για αυτή την ιδιοτυπία δόθηκε κάμποσο καιρό πριν από έναν αξιωματικό του στρατού της τελευταίας αργεντινής δικτατορίας (1976–1983), ο οποίος παραπονέθηκε στις τηλεοπτικές κάμερες για τους διαδηλωτές που έκαναν πορεία στους δρόμους του Μπουένος Άιρες: «Δεν υποπτεύομαι τους εργαζόμενους, γιατί είναι πάντα απασχολημένοι με τη δουλειά τους. Υποπτεύομαι τους φοιτητές γιατί, έχοντας τόσο πολύ ελεύθερο χρόνο, τον καταναλώνουν στη σκέψη. Και όπως γνωρίζετε, κε δημοσιογράφε, η υπερβολική σκέψη είναι επικίνδυνη». Κάτι που ήταν συνεπές προς το προηγούμενο εγχείρημα του στρατηγού Ονγκανία[1] (1966–1970): την εκδίωξη όλων των διανοουμένων ώστε να λυθούν τα προβλήματα της Αργεντινής.

Σχετικά πρόσφατα, ο Νταγκ Χάγκιν, στο διάσημο τηλεοπτικό πρόγραμμα Dave’s Top Ten, παρασκεύασε τη δική του λίστα των Δέκα Πιο Βλακωδών Αριστερών Ιδεωδών. Αν προσπαθήσουμε να δούμε το πρόβλημα χωρίς την απλούστευση που προσφέρει η πολιτική ετικέτα, θα αντιληφθούμε ότι κάθε κατηγορία ενάντια στους λεγόμενους αριστερούς των ΗΠΑ στην πραγματικότητα αποτελεί επίθεση σε διάφορες ανθρωπιστικές αρχές.

10. Περιβαλλοντισμός.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί δεν σταματούν σε ένα λογικό επίπεδο προστασίας του περιβάλλοντος.

Προφανώς ο ορισμός του τι είναι ή δεν είναι λογικό εξαρτάται από τα οικονομικά συμφέροντα της στιγμής. Όπως κάθε συντηρητικός, ασπάζεται την ιδέα ότι η θεωρία της παγκόσμιας υπερθέρμανσης είναι μόνο μια θεωρία, όπως η θεωρία της εξέλιξης: δεν υπάρχουν αποδείξεις ότι ο Θεός δεν δημιούργησε τους σκελετούς των δεινοσαύρων και των άλλων ειδών και μετά τους σκόρπισε τριγύρω, απλά για να συγχύσει τους επιστήμονες και να δοκιμάσει την πίστη τους. Η συντηρητική νοοτροπία, ηρωικά αμετακίνητη, αδυνατεί να φανταστεί ότι οι ωκεανοί μπορεί να υπόκεινται στην εξέλιξη, πέρα από ένα λογικό επίπεδο.

9. Για να μεγαλώσεις ένα παιδί χρειάζεσαι μια κοινότητα.

Ο συγγραφέας το αρνείται: το πρόβλημα είναι ότι οι αριστεροί πάντοτε σκέφτονταν συλλογικά. Εφόσον δεν πιστεύουν στον ατομικισμό, θεωρούν ότι η εκπαίδευση των παιδιών πρέπει να λαμβάνει χώρα μέσα στην κοινωνία.

Αντιθέτως, η αντιδραστική σκέψη πιστεύει περισσότερο στη μονάδα, στον κοινωνικό αυτισμό, παρά στον ύποπτο ανθρωπισμό. Κατά το σκεπτικό μεσαιωνικού αριστοκράτη, ένας πλούσιος άνθρωπος μπορεί να είναι πλούσιος εν μέσω εξαθλίωσης, ένα παιδί μπορεί να γίνει ηθικός άνθρωπος και να εισέλθει στον παράδεισο χωρίς να μολυνθεί από τις αμαρτίες της κοινωνίας. Η κοινωνία, οι μάζες, χρησιμεύουν μόνο για να επιτρέψουν στον ηθικό άνθρωπο να επιδείξει τη συμπόνια του δωρίζοντας στους έχοντες ανάγκη αυτά που του περίσσεψαν – αφαιρώντας τα από τους φόρους του.

8. Τα παιδιά δεν μπορούν να χειριστούν το στρες. Εξού και δεν πρέπει να τα διορθώνουν οι δάσκαλοι με κόκκινο μελάνι, ή δεν πρέπει να έρχονται αντιμέτωπα με τις ωμότητες της ιστορίας.

Ο συγγραφέας σωστά παρατηρεί ότι το να δουν κάτι δυσάρεστο ως νήπια προετοιμάζει τα παιδιά για ένα κόσμο που δεν είναι ευχάριστος. Παρ’ όλα αυτά, κάποιοι συμπονετικοί συντηρητικοί υπερβάλλουν λίγο όταν ντύνουν τα παιδιά τους με στρατιωτικές στολές και τους δίνουν παιχνίδια που, αν και ρίχνουν μόνο ακτίνες λέιζερ, μοιάζουν πάρα πολύ με όπλα ακτίνων λέιζερ που ρίχνουν άλλου είδους βλήματα σε παρόμοιους στόχους (και σε μαύρους ανθρώπους).

7. Ο ανταγωνισμός είναι κακός.

Για τον συγγραφέα, όχι: το γεγονός ότι κάποιοι κερδίζουν σημαίνει ότι άλλοι χάνουν, όμως αυτή η δυναμική μάς οδηγεί στη μεγαλοσύνη.

Δεν εξηγεί κατά πόσο υφίσταται εδώ το «λογικό όριο» για το οποίο μίλησε πριν, ή κατά πόσο αναφέρεται στη μισητή ιστορία της εξέλιξης, που θέλει τον ισχυρότερο να επιβιώνει στον πρωτόγονο κόσμο. Ούτε και ξεκαθαρίζει σε ποια μεγαλοσύνη αναφέρεται – σε αυτή του σκλάβου στην ευημερούσα βαμβακοφυτεία ή στο μέγεθος της φυτείας; Δεν λαμβάνει υπόψη, φυσικά, κανένα είδος κοινωνίας που να βασίζεται στην αλληλεγγύη, να έχει απελευθερωθεί από τη νεύρωση του ανταγωνισμού.

6. Η υγεία είναι δικαίωμα του πολίτη.

Όχι για τον συγγραφέα: η υγεία αποτελεί προσωπική ευθύνη.

Σε αυτό το επιχείρημα αρέσκονται όσοι αρνούνται την ανάγκη για καθολικό σύστημα υγείας, αλλά την ίδια στιγμή δεν προτείνουν ιδιωτικοποίηση της αστυνομίας και ακόμη περισσότερο του στρατού. Κανείς δεν πληρώνει την αστυνομία μόλις καλέσει το 100, κάτι που είναι λογικό. Αν κάποιος μας επιτεθεί και μας πυροβολήσει στο κεφάλι, δεν θα πληρώσουμε τίποτα για τη σύλληψή του, όμως αν είμαστε φτωχοί, και θέλουμε οι γιατροί να μας σώσουν τη ζωή, θα καταλήξουμε χρεοκοπημένοι. Συμπεραίνει κανείς ότι, σύμφωνα με αυτή τη λογική, ένας κλέφτης που ληστεύει ένα σπίτι αντιπροσωπεύει μια κοινωνική ασθένεια, αλλά μια επιδημία δεν είναι τίποτα περισσότερο από ένα μάτσο ανεύθυνα άτομα που δεν επηρεάζουν την υπόλοιπη κοινωνία. Ποτέ βεβαίως δεν λαμβάνεται υπόψη ότι η συλλογική αλληλεγγύη είναι μια από τις υψηλότερες μορφές ατομικής ευθύνης.

5. Ο πλούτος είναι βδέλυγμα.

Σύμφωνα με τον συγγραφέα, οι αριστεροί θέλουν να ποινικοποιήσουν την επιτυχία των πλουσίων και να τους επιβάλουν φόρους, ούτως ώστε να δώσουν τον πλούτο τους στην ομοσπονδιακή κυβέρνηση για να τον χρησιμοποιήσει ανεύθυνα, βοηθώντας αυτούς που δεν είναι τόσο επιτυχημένοι.

Με άλλα λόγια, οι εργαζόμενοι οφείλουν το καθημερινό ψωμί τους στους πλούσιους. Το να κερδίζεις τα προς το ζην με τον ιδρώτα του προσώπου σου είναι η τιμωρία σου από αυτούς τους επιτυχημένους ανθρώπους που δεν έχουν ανάγκη να εργαστούν. Υπάρχει λόγος που η σωματική ομορφιά έχει ιστορικά συσχετιστεί με τις μεταβαλλόμενες, αλλά πάντοτε νωχελικές, συνήθειες της αριστοκρατίας. Υπάρχει λόγος που στον ευτυχισμένο κόσμο του Ουώλτ Ντίσνεϋ δεν υπάρχουν εργαζόμενοι. Η ευτυχία είναι κρυμμένη σε κάποιο σεντούκι με χρυσά νομίσματα. Για τον ίδιο λόγο, είναι αναγκαίο να μην χαραμίζονται λεφτά από φόρους στην εκπαίδευση και την υγεία. Τα εκατομμύρια που ξοδεύονται σε στρατούς ανά τον κόσμο δεν μας προβληματίζουν επειδή αποτελούν μέρος των επενδύσεων που τα κράτη κάνουν με υπευθυνότητα, για να διατηρήσουν την επιτυχία των πλουσίων και το όνειρο των φτωχών για δόξα.

4. Υπάρχει αχαλίνωτος ρατσισμός που θα διορθωθεί μόνο με την ανεκτικότητα.

Όχι: οι αριστεροί βλέπουν τις φυλετικές σχέσεις μέσα από το πρίσμα του πεσιμισμού. Όμως το θέμα της φυλής δεν απασχολεί τους περισσότερους από εμάς, απασχολεί μόνον εκείνους.

Σαν να λέμε δηλαδή, όπως με το εφεύρημα της παγκόσμιας υπερθέρμανσης, ότι αν ένας συντηρητικός δεν έχει στο μυαλό του κάτι ή κάποιον, αυτό το κάτι ή ο κάποιος δεν υπάρχουν. Οι Δε Λας Κάσας, Λίνκολν και Μάρτιν Λούθερ Κινγκ πολέμησαν ενάντια στο ρατσισμό γιατί ήταν αδαείς. Αν οι ανθρωπιστές σταματούσαν να σκέφτονται τον κόσμο θα ήμασταν ευτυχέστεροι, επειδή ο πόνος των άλλων δεν θα υπήρχε, ούτε θα υπήρχαν άκαρδοι ληστές που κλέβουν από τους συμπονετικούς πλούσιους.

3. Έκτρωση.

Για να αποφύγουν την προσωπική ευθύνη, οι αριστεροί υποστηρίζουν την ιδέα της φόνευσης του αγέννητου.

Ο μαζικός φόνος των ήδη γεννημένων αποτελεί επίσης μέρος της ατομικής ευθύνης, σύμφωνα με την τηλεοπτικά μεταδιδόμενη δεξιά σκέψη, αν και κάποιες φορές αποκαλείται ηρωισμός και πατριωτισμός. Μόνο όταν ωφελεί το σπίτι μας. Αν κάνουμε λάθος που καταπιέζουμε ένα λαό, αποφεύγουμε την ευθύνη μιλώντας για την έκτρωση. Ένα διπλό ηθικό παζάρι, βασισμένο σε ηθική δύο μέτρων και δύο σταθμών.

2. Τα όπλα είναι φαύλα.

Οι αριστεροί μισούν τα όπλα και μισούν όσους θέλουν να αυτοπροστατευθούν. Σε αντίθεση, οι αριστεροί πιστεύουν ότι αυτή την προστασία θα έπρεπε να την παρέχει το κράτος. Και πάλι, δεν θέλουν να αναλάβουν ευθύνη για τον εαυτό τους.

Σαν να λέμε, οι βιαιοπραγούντες, οι ανήλικοι συμμορίτες, οι μαθητές που πυροβολούν στα λύκεια, οι έμποροι ναρκωτικών και οι λοιποί γκάγκστερ ασκούν το δικαίωμά τους να υπερασπίζονται το συμφέρον τους, το ατομικό και επιχειρηματικό. Κανείς άλλωστε δεν αμφισβητεί το κράτος και δεν πιστεύει στη δική του ευθύνη περισσότερο από αυτούς. Εξυπακούεται λοιπόν ότι οι στρατοί, σύμφωνα με το παραπάνω σκεπτικό, αποτελούν το βασικό στοιχείο της υπεύθυνης άμυνας που διεξάγεται από το ανεύθυνο κράτος.

1. Ο κατευνασμός του κακού εξα σφαλίζει την ειρήνη.

Οι αριστεροί πάντοτε θέλησαν να κατευνάσουν τους Ναζί, τους δικτάτορες και τους τρομοκράτες.

Η σοφία του συγγραφέα δεν φτάνει στο σημείο να λάβει υπόψη ότι πολλοί αριστεροί ήταν συνειδητά υπέρ της βίας, και ως παράδειγμα θα αρκούσε να θυμηθούμε τον Ερνέστο Τσε Γκεβάρα – μολονότι αντιπροσωπεύει τη βία του σκλάβου μάλλον, παρά του αφέντη. Είναι αλήθεια, οι συντηρητικοί δεν έχουν κατευνάσει δικτάτορες: στη Λατινική Αμερική τουλάχιστον, τους εξέθρεψαν. Στην τελική, οι δικτάτορες υπήρξαν πάντοτε φίλοι των όπλων και μάλιστα έκλειναν πολύ καλές συμφωνίες στο όνομα της ασφάλειας. Οι Ναζί, οι δικτάτορες και οι τρομοκράτες κάθε είδους, έτσι όπως ρέπουν προς την ιδεολογική υπεραπλούστευση, θα συμφωνούσαν επίσης με το τελευταίο κομμάτι στη συλλογιστική της λίστας: «Οι αριστεροί δεν καταλαβαίνουν ότι κάποιες φορές η βία είναι η μόνη λύση. Το Κακό υπάρχει και πρέπει να εξαρθρωθεί». Και, τέλος: «Θα το σκοτώσουμε [το Κακό], ή αυτό θα σκοτώσει εμάς, είναι τόσο απλό. Θα σκοτώσουμε το Κακό, ή το Κακό θα σκοτώσει εμάς. Το μόνο πράγμα που είναι πιο απλουστευτικό από αυτό είναι η αριστερή σκέψη».

Άμπρα κατάμπρα!

[1] Στις 29 Ιουλίου 1966, κατόπιν διαταγών του δικτάτορα μόλις από την προηγουμένη Juan Carlos Onganía, η αστυνομία εισέβαλε στο Πανεπιστήμιο του Μπουένος Άιρες, ξυλοκόπησε και συνέλαβε τους ενάντιους στη δικτατορία φοιτητές και καθηγητές, και κατέστρεψε εργαστήρια και βιβλιοθήκες. Η πανεπιστημιακή αυτονομία καταλύθηκε και πάρα πολλοί καθηγητές απολύθηκαν ή αυτοεξορίστηκαν. Το περιστατικό είναι γνωστό ως «νύχτα των κλομπ» (La Noche de los Bastones Largos). (Σ.τ.Ε.)

The Slow Suicide of the West

The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  Virtues like tolerance and self-criticism have never been a weakness, as some now pretend, but quite the opposite: it was because of themthat progress, both ethical and material, were possible.  Both the greatest hope and the greatest danger for the West can be found in its own heart.  Those of us who hold neither “Rage” nor “Pride” for any race or culture feel nostalgia for times gone by, times that were never especially good, but were not so bad either.

Currently, some celebrities from back in the 20th century, demonstrating an irreversible decline into senility, have taken to propagating the famous ideology of the “clash of civilizations” – which was already plenty vulgar all by itself – basing their reasoning on their own conclusions, in the best style of classical theology.  Such is the a priori and 19th century assertion that “Western culture is superior to all others.”  And, if that were not enough, that it is a moral obligation to repeat it.

From this perspective of Western Superiority, the very famous Italian journalist Oriana Fallacia wrote, recently, brilliant observations such as the following:  “If in some countries the women are so stupid as to accept the chador and even the veil, so much the worse for them. (…) And if their husbands are so idiotic as to not drink wine or beer, idem.”  Wow, that is what I call intellectual rigor.  “How disgusting!” – she continued writing, first in the Corriere della Sera and later in her best seller The Rage and the Pride (Rizzoli International, 2002), refering to the Africans who had urinated in a plaza in Italy – “They piss for a long time these sons of Allah!  A race of hypocrits.” “Even if they were absolutely innocent, even if there were not one among them who wished to destroy the Tower of Pisa or the Tower of Giotto, nobody who wished to make me wear the chador, nobody who wished to burn me on the bonfires of a new Inquisition, their presence alarms me.  It makes me uneasy.”  Summing up: even if these blacks were completely innocent, their presence makes her uneasy anyway.  For Fallaci, this is not racism, it is “cold, lucid, rational rage.”  And, if that were not enough, she offers another ingenious observation with reference to immigrants in general:  “And besides, there is something else I don’t understand.  If they are really so poor, who gives them the money for the trip on the planes or boats that bring them to Italy?  Might Osama bin Laden be paying their way, at least in part?” …Poor Galileo, poor Camus, poor Simone de Beauvoir, poor Michel Foucault.

Incidentally, we should remember that, even though the lady writes without understanding – she said it herself – these words ended up in a book that has sold a half million copies, a book with no shortage of reasoning and common sense, as when she asserts “I am an atheist, thank God.”  Nor does it lack in historical curiosities like the following: “How does one accept polygamy and the principle that women should not allow photographs to be taken of them?  Because this is also in the Q’uran,” which means that in the 7th century Arabs were extremely advanced in the area of optics.  Nor is the book lacking in repeated doses of humor, as with these weighty arguments:  “And, besides, let’s admit it: our cathedrals are more beautiful than the mosques and sinagogues, yes or no?  Protestant churches are also more beautiful.”  As Atilio says, she has the Shine of Brigitte Bardot.  As if what we really needed was to get wrapped up in a discussion of which is more beautiful, the Tower of Pisa or the Taj Mahal.  And once again that European tolerance:  “I am telling you that, precisely because it has been well defined for centuries, our cultural identity cannot support a wave of immigration composed of people who, in one form or another, want to change our way of life.  Our values.  I am telling you that among us there is no room for muezzins, for minarets, for false abstinence, for their screwed up medieval ways, for their damned chador.  And if there were, I would not give it to them.”  And finally, concluding with a warning to her editor: “I warn you: do not ask me for anything else ever again.  Least of all that I participate in vain polemics.  What I needed to say I have said.  My rage and pride have demanded it of me.”  Something which had already been clear to us from the beginning and, as it happens, denies us one of the basic elements of both democracy and tolerance, dating to ancient Greece: polemics and the right to respond – the competition of arguments instead of insults.

But I do not possess a name as famous as Fallaci – a fame well-deserved, we have no reason to doubt – and so I cannot settle for insults.  Since I am native to an under-developed country and am not even as famous as Maradona, I have no other choice than to take recourse to the ancient custom of using arguments.

Let’s see.  The very expression “Western culture” is just as mistaken as the terms “Eastern culture” or “Islamic culture,” because each one of them is made up of a diverse and often contradictory collection of other “cultures.”  One need only think of the fact that within “Western culture” one can fit not only countries as different as the United States and Cuba, but also irreconcilable historical periods within the same geographic region, such as tiny Europe and the even tinier Germany, where Goethe and Adolf Hitler, Bach and the skin-heads, have all walked the earth.  On the other hand, let’s not forget also that Hitler and the Ku Klux Klan (in the name of Christ and the White Race), Stalin (in the name of Reason and atheism), Pinochet (in the name of Democracy and Liberty), and Mussolini (in his own name), were typical recent products and representatives of the self-proclaimed “Western culture.”  What is more Western than democracy and concentration camps?  What could be more Western that the Universal Declaration of Human Rights and the dictatorships in Spain and Latin America, bloody and degenerate beyond the imagination?  What is more Western than Christianity, which cured, saved and assassinated thanks to the Holy Office?  What is more Western than the modern military academies or the ancient monasteries where the art of torture was taught, with the most refined sadism, and by the initiative of Pope Innocent IV and based on Roman Law?  Or did Marco Polo bring all of that back from the Middle East?  What could be more Western than the atomic bomb and the millions of dead and disappeared under the fascist, communist and, even, “democratic” regimes?  What more Western than the military invasions and suppression of entire peoples under the so-called “preemptive bombings”?

All of this is the dark side of the West and there is no guarantee that we have escaped any of it, simply because we haven’t been able to communicate with our neighbors, who have been there for more than 1400 years, with the only difference that now the world has been globalized (the West has globalized it) and the neighbors possess the main source of energy that moves the world’s economy – at least for the moment –  in addition to the same hatred and the same rencor as Oriana Fallaci.  Let’s not forget that the Spanish Inquisition, more of a state-run affair than the others, originated from a hostility to the moors and jews and did not end with the Progress and Salvation of Spain but with the burning of thousands of human beings.

Nevertheless, the West also represents Democracy, Freedom, Human Rights and the struggle for women’s rights.  At least the effort to attain them, and the most that humanity has achieved so far.  And what has always been the basis of those four pillars, if not tolerance?

Fallaci would have us believe that “Western culture” is a unique and pure product,  without the Other’s participation.  But if anything characterizes the West, it has been precisely the opposite: we are the result of countless cultures, beginning with the Hebrew culture (to say nothing of Amenophis IV) and continuing through almost all the rest: through the Caldeans, the Greeks, the Chinese, the Hindus, the southern Africans, the northern Africans and the rest of the cultures that today are uniformly described as “Islamic.”  Until recently, it would not have been necessary to remember that, while in Europe – in all of Europe – the Christian Church, in the name of Love, was persecuting, torturing and burning alive those who disagreed with the ecclesiastical authorities or committed the sin of engaging in some kind of research (or simply because they were single women, which is to say, witches), in the Islamic world the arts and sciences were being promoted, and not only those of the Islamic region but of the Chinese, Hindus, Jews and Greeks.  And nor does this mean that butterflies flew and violins played everywhere.  Between Baghdad and Córdoba the geographical distance was, at the time, almost astronomical.

But Oriana Fallacia not only denies the diverse and contradictory compositioon of any of the cultures in conflict, but also, in fact, refuses to acknowledge the Eastern counterpart as a culture at all.  “It bothers me even to speak of two cultures,” she writes.  And then she dispatches the matter with an incredible display of historical ignorance: “Placing them on the same level, as if they were parallel realities, of equal weight and equal measure.  Because behind our civilization are Homer, Socrates, Plato, Aristotle and Phidias, among many others.  There is ancient Greece with its Parthenon and its discovery of Democracy.  There is ancient Rome with its grandeur, its laws and its conception of the Law.  With its sculpture, its literature and its architecture.  Its palaces and its amphitheaters, its aqueducts, its bridges and its roads.”

Is it really necessary to remind Fallaci that among all of that and all of us one finds the ancient Islamic Empire, without which everything would have burned – I am talking about the books and the people, not the Colliseum – thanks to centuries of ecclesiastical terrorism, quite European and quite Western?  And with regard to the grandeur of Rome and “its conception of the Law” we will talk another day, because here there is indeed some black and white worth remembering.  Let’s also set aside for the moment Islamic literature and architecture, which have nothing to envy in Fallaci’s Rome, as any half-way educated person knows.

Let’s see, and lastly?  “Lastly – writes Fallaci – there is science.  A science that has discovered many illnesses and cures them.  I am alive today, for the time being, thanks to our science, not Mohammed’s. A science that has changed the face of this planet with electricity, the radio, the telephone, the television… Well then, let us ask now the fatal question: and behind the other culture, what is there?”

The fatal answer:  behind our science one finds the Egyptians, the Caldeans, the Hindus, the Greeks, the Chinese, the Arabs, the Jews and the Africans.  Or does Fallaci believe that everything arose through spontaneous generation in the last fifty years?  She needs to be reminded that Pythagoras took his philosophy from Egypt and Caldea (Iraq) – including his famous mathemetical formula, which we use not only in architecture but also in the proof of Einstein’s Special Theory of Relativity – as did that other wise man and mathematician Thales.  Both of them travelled through the Middle East with their minds more open than Fallaci’s when she made the trip.  The hypothetical-deductive method – the basis for scientific epistemology – originated among Egyptian priests (start with Klimovsky, please), zero and the extraction of square roots, as well as innumerable mathematical and astronomical discoveries, which we teach today in grade school, were born in India and Iraq; the alphabet was invented by the Phoenicians (ancient Lebanese), who were also responsible for the first form of globalization known to the world.  The zero was not an invention of the Arabs, but of the Hindus, but it was the former who brought it to the West.  By contrast, the advanced Roman Empire not only was unfamaliar with zero – without which it would be impossible to imagine modern mathematics and space travel – but in fact possessed an unwieldy systemof counting and calculation that endured until the late Middle Ages. Through to the early Renaissance there were still businessmen who used the Roman system, refusing to exchange it for Arabic numerals, due to racial and religious prejudices, resulting in all kinds of mathematical erros and social disputes.  Meanwhile, perhaps it is better to not even mention that the birth of the Modern Era began with European cultural contact – after long centuries of religious repression – first with Islamic culture and then with Greek culture.  Or did anyone think that the rationalism of the Scholastics was a consequence of the practice of torture in the holy dungeons?  In the early 12th century, the Englishman Adelard of Bath undertook an extensive voyage of study through the south of Europe, Syria and Palestine.  Upon returning from his trip, Adelard introduced into under-developed England a paradigm that even today is upheld by famous scientists like Stephen Hawking: God had created Nature in such a way that it could be studied and explained without His intervention.  (Behold the other pillar of the sciences, rejected historically by the Roman Church.)  Indeed, Adelard reproached the thinkers of his time for having allowed themselves to be enthralled by the prestige of the authorities – beginning with Aristotle, clearly.  Because of them he made use of the slogan “reason against authority,” and insisted he be called “modernus.”  “I have learned from my Arab teachers to take reason as a guide – he wrote – but you only adhere to what authority says.”  A compatriot of Fallaci, Gerardo de Cremona, introduced to Europe the writings of the “Iraqi” astronomer and mathematician Al-Jwarizmi, inventor of algebra, of algorithms, of Arabic and decimal calculus; translated Ptolemy from the Arabic – since even the astsronomical theory of an official Greek like Ptolemy could not be found in Christian Europe – as well as dozens of medical treatises, like those of Ibn Sina and Irani al-Razi, author of the first scientific treatise on smallpox and measles, for which today he might have been the object of some kind of persecution.

We could continue listing examples such as these, which the Italian journalist ignores, but that would require an entire book and is not the most important thing at the moment.

What is at stake today is not only protecting the West against the terrorists, home-grown and foreign, but – and perhaps above all – protecting the West from itself. The reproduction of any one of its most monstrous events would be enough to lose everything that has been attained to date with respect to Human Rights.  Beginning with respect for diversity.  And it is highly probable that such a thing could occur in the next ten years, if we do not react in time.

The seed is there and it only requires a little water.  I have heard dozens of times the following expression: “the only good thing that Hitler did was kill all those Jews.”  Nothing more and nothing less.  And I have not heard it from the mouth of any muslim – perhaps because I live in a country where they practically do not exist – nor even from anyone of Arab descent.  I have heard it from neutral creoles and from people of European descent.  Each time I hear it I need only respond in the following manner in order to silence my interlocutor:  “What is your last name?  Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Then, sir, you are not German, much less a pure Aryan.  Which means that long before Hitler would have finished off the Jews he would have started by killing your grandparents and everyone else with a profile and skin color like yours.”  We run the same risk today: if we set about persecuting Arabs or Muslims we will not only be proving that we have learned nothing, but we will also wind up persecuting those like them: Bedouins, North Africans, Gypsies, Southern Spaniards, Spanish Jews, Latin American Jews, Central Americans, Southern Mexicans, Northern Mormons, Hawaiians, Chinese, Hindus, and so on.

Not long ago another Italian, Umberto Eco, summed up a sage piece of advice thusly: “We are a plural civilization because we permit mosques to be built in our countries, and we cannot renounce them simply because in Kabul they throw Christian propagandists in jail (…)  We believe that our culture is mature because it knows how to tolerate diversity, and members of our culture who don’t tolerate it are barbarians.”

As Freud and Jung used to say, that act which nobody would desire to commit is never the object of a prohibition; and as Boudrillard said, rights are established when they have been lost.  The Islamic terrorists have achieved what they wanted, twice over. The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  So much time imposing its culture on the other regions of the planet, to allow itself now to impose a morality that in its better moments was not even its own.  Viritues like tolerance and self-criticism never  represented its weakness, as some would now have it, but quite the opposite: only because of them was any kind of progress possible, whether ethical or material.  Democracy and Science never developed out of the narcissistic reverence for its own culture but from critical opposition within it.  And in this enterprise were engaged, until recently, not only the “damned intellectuals” but many activist and social resistance groups, like the bourgeoisie in the 18th century, the unions in the 20th century, investigative journalism until a short time ago, now replaced by propaganda in these miserable times of ours.  Even the rapid destruction of privacy is another symptom of that moral colonization.  Only instead of religious control we will be controlled by Military Security.  The Big Brother who hears all and sees all will end up forcing upon us masks similar to those we see in the East, with the sole objective of not being recognized when we walk down the street or when we make love.

The struggle is not – nor should it be – between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation.  Writings like Fallaci’s The Rage and the Pride are not a defense of Western culture but a cunning attack, an insulting broadside against the best of what Western culture has to offer.  Proof of this is that it would be sufficient to swap the word Eastern for Western, and a geographical locale or two, in order to recognize the position of a Taliban fanatic.  Those of us who have neither Rage nor Pride for any particular race or culture are nostalgic for times gone by, which were never especially good or especially bad.

A few years ago I was in the United States and I saw there a beautiful mural in the United Nations building in New York, if I remember correctly,  where men and women from distinct races and religions were visually represented – I think the composition was based on a somewhat arbitrary pyramid, but that is neither here nor there.  Below, with gilded letters, one could read a commandment taught by Confucius in China and repeated for millenia by men and women throughout the East, until it came to constitute a Western principle: “Do unto others as you would have them do unto you.”  In English it sounds musical, and even those who do not know the language sense that it refers to a certain reciprocity between oneself and others.  I do not understand why we should scratch that commandment from our walls – founding principle for any democracy and for the rule of law, founding principle for the best dreams of the West – simply because others have suddenly forgotten it.  Or they have exchanged it for an ancient biblical principle that Christ took it upon himself to abolish: “an eye for an eye and a tooth for a tooth.”  Which at present translates as an inversion of the Confucian maxim, something like: do unto others everything that they have done to you – the well-known, endless story.

Jorge Majfud,

Originally publish in La República, Montevideo, January 8, 2003

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

El humanismo, la última gran utopía de Occidente / L’Humanisme, la dernière grande utopie d’Occident. / Humanism, the West’s Last Great Utopia

English: Cognatus & Ersmus Français : Cognatus...

Humanism, the West’s Last Great Utopia (English)

El humanismo, la última gran utopía de Occidente

Una de las características del pensamiento conservador a lo largo de la historia moderna ha sido la de ver el mundo según compartimentos más o menos aislados, independientes, incompatibles. En su discurso, esto se simplifica en una única línea divisoria: Dios y el diablo, nosotros y ellos, los verdaderos hombres y los bárbaros. En su práctica, se repite la antigua obsesión por las fronteras de todo tipo: políticas, geográficas, sociales, de clase, de género, etc. Estos espesos muros se levantan con la acumulación sucesiva de dos partes de miedo y una de seguridad.

Traducido a un lenguaje posmoderno, esta necesidad de las fronteras y las corazas se recicla y se vende como micropolítica, es decir, un pensamiento fragmentado (la propaganda) y una afirmación localista de los problemas sociales en oposición a la visión más global y estructural de la pasada Era Moderna.

Estas comarcas son mentales, culturales, religiosas, económicas y políticas, razón por la cual se encuentran en conflicto con los principios humanísticos que prescriben el reconocimiento de la diversidad al mismo tiempo que una igualdad implícita en lo más profundo y valioso de este aparente caos. Bajo este principio implícito surgieron los estados pretendidamente soberanos algunos siglos atrás: aún entre dos reyes, no podía haber una relación de sumisión; entre dos soberanos sólo podía haber acuerdos, no obediencia. La sabiduría de este principio se extendió a los pueblos, tomando forma escrita en la primera constitución de Estados Unidos. El reconocer como sujetos de derecho a los hombres y mujeres comunes (“We the people…”) era la respuesta a los absolutismos personales y de clase, resumido en el exabrupto de Luis XIV, “l’État c’est Moi”. Más tarde, el idealismo humanista del primer bosquejo de aquella constitución se relativizó, excluyendo la utopía progresista de abolir la esclavitud.

El pensamiento conservador, en cambio, tradicionalmente ha procedido de forma inversa: si las comarcas son todas diferentes, entonces hay unas mejores que otras. Esta última observación sería aceptable para el humanismo si no llevase explícito uno de los principios básicos del pensamiento conservador: nuestra isla, nuestro bastión es siempre el mejor. Es más: nuestra comarca es la comarca elegida por Dios y, por lo tanto, debe prevalecer a cualquier precio. Lo sabemos porque nuestros líderes reciben en sus sueños la palabra divina. Los otros, cuando sueñan, deliran.

Así, el mundo es una permanente competencia que se traduce en amenazas mutuas y, finalmente, en la guerra. La única opción para la sobrevivencia del mejor, del más fuerte, de la isla elegida por Dios es vencer, aniquilar al otro. No es raro que los conservadores de todo el mundo se definan como individuos religiosos y, al mismo tiempo, sean los principales defensores de las armas, ya sean personales o estatales. Es, precisamente, lo único que le toleran al Estado: el poder de organizar un gran ejército donde poner todo el honor de un pueblo. La salud y la educación, en cambio, deben ser “responsabilidades personales” y no una carga en los impuestos a los más ricos. Según esta lógica, le debemos la vida a los soldados, no a los médicos, así como los trabajadores le deben el pan a los ricos.

Al mismo tiempo que los conservadores odian la Teoría de la evolución de Darwin, son radicales partidarios de la ley de sobrevivencia del más fuerte, no aplicada a todas las especies sino a los hombres y mujeres, a los países y las sociedades de todo tipo. ¿Qué hay más darviniano que las corporaciones y el capitalismo en su raíz?

Para el sospechosamente célebre profesor de Harvard, Samuel Huntington, “el imperialismo es la lógica y necesaria consecuencia del universalismo”. Para nosotros los humanistas, no: el imperialismo es sólo la arrogancia de una comarca que se impone por la fuerza a las demás, es la aniquilación de esa universalidad, es la imposición de la uniformidad en nombre de la universalidad.

La universalidad humanista es otra cosa: es la progresiva maduración de una conciencia de liberación de la esclavitud física, moral e intelectual, tanto del oprimido como del opresor en última instancia. Y no puede haber conciencia plena si no es global: no se libera una comarca oprimiendo a otras, no se libera la mujer oprimiendo al hombre, and so on. Con cierta lucidez pero sin reacción moral, el mismo Huntington nos recuerda: “Occidente no conquistó al mundo por la superioridad de sus ideas, valores o religión, sino por la superioridad en aplicar la violencia organizada. Los occidentales suelen olvidarse de este hecho, los no-occidentales nunca lo olvidan”.

El pensamiento conservador también se diferencia del progresista por su concepción de la historia: si para uno la historia se degrada inevitablemente (como en la antigua concepción religiosa o en la concepción de los cinco metales de Hesíodo) para el otro es un proceso de perfeccionamiento o de evolución. Si para uno vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque siempre amenazado por los cambios, para el otro el mundo dista mucho de ser la imagen del paraíso y la justicia, razón por la cual no es posible la felicidad del individuo en medio del dolor ajeno.

Para el humanismo progresista no hay individuos sanos en una sociedad enferma como no hay sociedad sana que incluya individuos enfermos. No es posible un hombre saludable con un grave problema en el hígado o en el corazón, como no es posible un corazón sano en un hombre deprimido o esquizofrénico. Aunque un rico se define por su diferencia con los pobres, nadie es verdaderamente rico rodeado de pobreza.

El humanismo, como lo concebimos aquí, es la evolución integradora de la conciencia humana que trasciende las diferencias culturales. Los choques de civilizaciones, las guerras estimuladas por los intereses sectarios, tribales y nacionalistas sólo pueden ser vistas como taras de esa geopsicología.

Ahora, veamos que la magnífica paradoja del humanismo es doble: (1) consistió en un movimiento que en gran medida surgió entre los religiosos católicos del siglo XIV y luego descubrió una dimensión secular de la creatura humana, y además (2) fue un movimiento que en principio revaloraba la dimensión del hombre como individuo para alcanzar, en el siglo XX, el descubrimiento de la sociedad en su sentido más pleno.

Me refiero, en este punto, a la concepción del individuo como lo opuesto a la individualidad, a la alienación del hombre y la mujer en sociedad. Si los místicos del siglo XV se centraban en su yo como forma de liberación, los movimientos de liberación del siglo XX, aunque aparentemente fracasados, descubrieron que aquella actitud de monasterio no era moral desde el momento que era egoísta: no se puede ser plenamente feliz en un mundo lleno de dolor. Al menos que sea la felicidad del indiferente. Pero no es por algún tipo de indiferencia hacia el dolor ajeno que se define cualquier moral en cualquier parte del mundo. Incluso los monasterios y las comunidades más cerradas, tradicionalmente se han dado el lujo de alejarse del mundo pecaminoso gracias a los subsidios y las cuotas que procedían del sudor de la frente de los pecadores. Los Amish en Estados Unidos, por ejemplo, que hoy usan caballos para no contaminarse con la industria automotriz, están rodeados de materiales que han llegado a ellos, de una forma o de otra, por un largo proceso mecánico y muchas veces de explotación del prójimo. Nosotros mismos, que nos escandalizamos por la explotación de niños en los telares de India o en las plantaciones en África y América Latina consumimos, de una forma u otra, esos productos. La ortopraxia no eliminaría las injusticias del mundo —según nuestra visión humanista—, pero no podemos renunciar o desvirtuar esa conciencia para lavar nuestros remordimientos. Si ya no esperamos que una revolución salvadora cambie la realidad para que ésta cambie las conciencias, procuremos, en cambio, no perder la conciencia colectiva y global para sostener un cambio progresivo, hecho por los pueblos y no por unos pocos iluminados.

Según nuestra visión, que identificamos con el último estadio del humanismo, el individuo con conciencia no puede evitar el compromiso social: cambiar la sociedad para que ésta haga nacer, a cada paso, un individuo nuevo, moralmente superior. El último humanismo evoluciona en esta nueva dimensión utópica y radicaliza algunos principios de la pasada Era Moderna, como lo es la rebelión de las masas. Razón por la cual podemos reformular el dilema: no se trata de un problema de izquierda o derecha sino de adelante o atrás. No se trata de elegir entre religión o secularismo. Se trata de una tensión entre el humanismo y el trivalismo, entre una concepción diversa y unitaria de la humanidad y en otra opuesta: la visión fragmentada y jerárquica cuyo propósito es prevalecer, imponer los valores de una tribu sobre las otras y al mismo tiempo negar cualquier tipo de evolución.

Ésta es la raíz del conflicto moderno y posmoderno. Tanto el Fin de la historia como el Choque de civilizaciones pretenden encubrir lo que entendemos es el verdadero problema de fondo: no hay dicotomía entre Oriente y Occidente, entre ellos y nosotros, sino entre la radicalización del humanismo (en su sentido histórico) y la reacción conservadora que aún ostenta el poder mundial, aunque en retirada —y de ahí su violencia.

© Jorge Majfud, The University of Georgia, febrero de 2007

Milenio , II, III, IV,  (Mexico)  https://web.archive.org/web/20120418162604/http://monterrey.milenio.com/cdb/doc/impreso/9144684

https://web.archive.org/web/20120402184623/http://monterrey.milenio.com/cdb/doc/impreso/9139486

L’Humanisme, la dernière grande utopie d’Occident.

L’Occident n’a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux ne l’oublient jamais.

Une des caractéristiques de la pensée conservatrice tout au long de l’histoire moderne fut de voir le monde à travers des compartiments plus ou moins isolés, indépendants, incompatibles. Dans son discours, ceci est simplifié par une seule ligne de démarcation : Dieu et le diable, nous et ils, les véritables hommes et les barbares. Dans sa pratique, on répète l’ancienne obsession par des frontières de toute sorte : politiques, géographiques, sociales, de classe, de genre, etc. Ces murs épais sont élevés avec l’accumulation successive de deux louches de peur et d’une de sécurité.

Traduit dans un langage postmoderne, cette nécessité de frontières et de cuirasses est recyclée et vendue comme une micropolitique, c’est-à-dire, une pensée fragmentée (la propagande) et une affirmation locale des problèmes sociaux en opposition à la vision la plus globale et structurelle de l’Ere Moderne précédente.

Ces segments sont mentaux, culturels, religieux, économiques et politiques, raison pour laquelle ils se trouvent en conflit avec les principes humanistes que prescrit la reconnaissance de la diversité en même temps qu’une égalité implicite au plus profond et au cœur de ce chaos apparent. Sous ce principe implicite sont apparus des Etats prétendument souverains il y a quelques siècles : même entre deux rois, il ne pouvait pas y avoir une relation de soumission ; entre deux souverains, il pouvait seulement y avoir des accords, pas d’obéissance. La sagesse de ce principe a été étendue aux peuples, prenant une forme écrite dans la première constitution des Etats-Unis. Reconnaître comme sujets de droit, les hommes et les femmes («We the people…») était la réponse aux absolutismes personnels et de classe, résumé dans la réplique cinglante de Louis XIV,»l’État c’est Moi». Plus tard, l’idéalisme humaniste de la première heure de cette constitution a été relativisé, excluant l’utopie progressiste de l’abolition de l’esclavage.

La pensée conservatrice, par contre, a traditionnellement procédé de manière inverse : si les pays sont tous différents, toutefois quelques uns sont meilleurs que d’autres. Cette dernière observation serait acceptable pour l’humanisme si elle ne portait pas explicitement un des principes de base de la pensée conservatrice : notre île, notre bastion est toujours le mieux. En plus : notre pays est le pays choisi par Dieu et, par conséquent, doit régner à tout prix. Nous le savons parce que nos chefs reçoivent dans leurs rêves la parole divine. Les autres, quand ils rêvent, délirent.

Ainsi, le monde est une concurrence permanente qui s’est traduite, finalement, dans des menaces mutuelles et dans la guerre. La seule option pour la survie du meilleur, du plus fort, de l’île choisie par Dieu est de vaincre, d’annihiler l’autre. Il n’est pas rare que les conservateurs dans le monde soient définis comme individus religieux et, en même temps, qu’ils soient les principaux défenseurs des armes, qu’elles soient personnelles ou étatiques. C’est, précisément, la seule chose qu’ils tolèrent à l’État : le pouvoir d’organiser une grande armée où mettre tout l’honneur d’un peuple. La santé et l’éducation, en revanche, doivent relever des «responsabilités personnelles» et non être une charge sur les impôts des plus riches. Selon cette logique, nous devons la vie aux soldats, non aux médecins, ainsi que les travailleurs doivent le pain aux riches.

En même temps que les conservateurs haïssent la Théorie de l’évolution de Darwin, ils sont des partisans radicaux de la loi de survie du plus fort, non appliquée à toutes les espèces mais aux hommes et aux femmes, aux pays et aux sociétés de tout type. Qu’est-ce qu’il y de plus darwinien que les entreprises et le capitalisme à sa racine ?

Pour le très douteux professeur de Harvard, Samuel Huntington, «l’impérialisme est la conséquence logique et nécessaire de l’universalisme». Pour nous les humanistes, non : l’impérialisme est seulement l’arrogance d’un secteur qui est imposé par la force aux autres, il est l’annihilation de cette universalité, c’est l’imposition de l’uniformité au nom de l’universalité.

L’universalité humaniste est autre chose : c’est la maturation progressive d’une conscience de libération de l’esclavage physique, moral et intellectuel, tant de l’oppressé que de l’oppresseur en dernier ressort. Et il ne peut pas y avoir pleine conscience s’il n’est pas global : on ne libère pas un pays en oppressant un autre, la femme ne se libère pas en oppressant à l’homme, et son contraire. Avec une certaine lucidité mais sans réaction morale, le même Huntington nous le rappelle : «L’Occident n’a pas conquis le monde par la supériorité de ses idées, de ses valeurs ou de sa religion, mais par la supériorité à appliquer la violence organisée. Les occidentaux oublient généralement ce fait, les non-occidentaux ne l’oublient jamais».

La pensée conservatrice aussi s’est différencie du progressiste par sa conception de l’histoire : si pour le première l’histoire se dégrade inévitablement (comme dans l’ancienne conception religieuse ou dans la conception des cinq métaux d’Hésiode (Poète grec, milieu du 8ème Siècle avant J.C.), pour l’autre c’est un processus d’amélioration ou d’évolution. Si pour l’un, nous vivons dans le meilleur des mondes possibles, bien que toujours menacé par des changements, pour l’autre le monde est bien loin d’être l’image du paradis et de la justice, raison pour laquelle le bonheur de l’individu n’est pas possible au milieu de la douleur d’autrui.

Pour l’humanisme progressiste, il n’y a pas d’individus sains dans une société malade comme il n’y a pas société saine qui inclut des individus malades. Il n’ y a pas d’ homme sain avec un problème grave au foie ou au cœur, comme un cœur sain dans un homme déprimé ou schizophrénique n’est pas possible. Bien qu’un riche soit défini par sa différence avec les pauvres, personne de véritablement riche n’est entouré de pauvreté.

L’humanisme, comme nous le concevons ici, est l’évolution intégratrice de la conscience humaine qui pénètre les différences culturelles. Les chocs de civilisations [1], les guerres stimulées par les intérêts sectaires, tribaux et nationalistes peuvent seulement être vues comme des tares de cette géo-psychologie.

Maintenant, voyons comment le paradoxe magnifique de l’humanisme est double :

1) ce fut un mouvement qui dans une grande mesure est apparu chez les Catholiques pratiquants du XIVème siècle et ensuite a découvert une dimension séculaire de la créature humaine, et

2) il a été en outre un mouvement qui en principe revalorisait la dimension de l’homme comme individu pour atteindre, au XXème siècle, la découverte de la société dans son sens le plus plein.

Je me réfère, sur ce point, à la conception de l’individu comme ce qui est opposé à l’individualité, à l’aliénation de l’homme et de la femme en société. Si les mystiques du XVème siècle se centraient sur « son soi » comme forme de libération, les mouvements de libération du XXème siècle, bien qu’apparemment ayant échoués, on a découvert que cette attitude de monastère n’était pas morale depuis le moment qu’elle était égoïste : on ne peut pas être pleinement heureux dans un monde plein de douleur. A moins que ce soit le bonheur de l’indifférent. Mais il ne l’est pas à cause d’ un certain type d’indifférence vers la douleur d’autrui qui définit toute morale n’emporte où dans le monde. Y compris dans les monastères et les Communautés les plus fermées, traditionnellement on se donnait le luxe de s’éloigner du monde des pécheurs grâce aux subventions et aux quotes-parts qui venaient de la sueur du front des ces mêmes pécheurs.

Les Amish aux Etats-Unis, par exemple, qui utilisent aujourd’hui des chevaux pour ne pas être contaminés par l’industrie des véhicules à moteur, sont entourés de matériels qui sont arrivés jusqu’ à eux, d’une manière ou d’une autre, par un long processus mécanique et souvent par l’exploitation du prochain. Nous-mêmes, qui nous nous scandalisons de l’exploitation d’enfants dans les métiers à tisser de l’Inde ou dans les plantations en Afrique et Amérique Latine, nous consommons, d’une manière ou d’une autre, ces produits. L’orthopraxie n’éliminerait pas les injustices du monde – selon notre vision humaniste -, mais nous ne pouvons pas renoncer ou affaiblir cette conscience pour laver nos remords. Si déjà nous n’espérons plus qu’une révolution salvatrice change la réalité et change les consciences, essayons, en revanche, de ne pas perdre la conscience collective et globale pour soutenir un changement progressif, fait par les peuples et non par quelques illuminés.

Selon notre vision, que nous identifions par le dernier stade de l’humanisme, l’individu avec conscience ne peut pas éviter l’engagement social : changer la société pour que celle-ci fasse naître, à chaque pas, un individu nouveau, moralement supérieur. Le dernier humanisme évolue dans cette nouvelle dimension utopique et radicalise quelques principes de la précédente Ere Moderne, comme l’est la rébellion des masses. Raison pour laquelle nous pouvons reformuler le dilemme : il ne s’agit pas d’un problème de gauche ou de droite mais d’avant ou d’arrière. Il ne s’agit pas de choisir entre religion ou sécularisme. Il s’agit d’une tension entre l’humanisme et le tribalisme, entre une conception diverse et unitaire de l’humanité et une autre opposée : la vision fragmentée et hiérarchique dont le but est de régner, d’imposer les valeurs d’une tribu sur les autres et en même temps nier tout type d’évolution.

Telle est la racine du conflit moderne et postmoderne. Tant la Fin de l’Histoire que le Choc de Civilisations prétendent cacher ce que nous estimons être le véritable problème de fond : il n’y a pas dichotomie entre l’Est et l’Occident, entre eux et nous, mais entre la radicalisation de l’humanisme (dans son sens historique) et la réaction conservatrice que brandit encore le pouvoir mondial, bien qu’en retrait -et à partir de là sa violence.

Par Jorge Majfud *

Paris, 2 février 2007.

* Jorge Majfud est auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de «La reina de América» et de «La narración de lo invisible».

Traduction de l’espanol pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

Note :

[1] The clash of Civilizations , de Samuel Hungtington

Humanism, the West’s Last Great Utopia

One of the characteristics of conservative thought throughout modern history has been to see the world as a collection of more or less independent, isolated, and incompatible compartments.   In its discourse, this is simplified in a unique dividing line: God and the devil, us and them, the true men and the barbaric ones.  In its practice, the old obsession with borders of every kind is repeated: political, geographic, social, class, gender, etc.  These thick walls are raised with the successive accumulation of two parts fear and one part safety.

Translated into a postmodern language, this need for borders and shields is recycled and sold as micropolitics, which is to say, a fragmented thinking (propaganda) and a localist affirmation of  social problems in opposition to a more global and structural vision of the Modern Era gone by.

These regions are mental, cultural, religious, economic and political, which is why they find themselves in conflict with humanistic principles that prescribe the recognition of diversity at the same time as an implicit equality on the deepest and most valuable level of the present chaos. On the basis of this implicit principle arose the aspiration to sovereignty of the states some centuries ago: even between two kings, there could be no submissive relationship; between two sovereigns there could only be agreements, not obedience.  The wisdom of this principle was extended to the nations, taking written form in the first constitution of the United States.  Recognizing common men and women as subjects of law (“We the people…”) was the response to personal and class-based absolutisms, summed up in the outburst of Luis XIV, “l’Etat c’est Moi.”  Later, the humanist idealism of the first draft of that constitution was relativized, excluding the progressive utopia of abolishing slavery.

Conservative thought, on the other hand, traditionally has proceeded in an inverse form: if the regions are all different, then there are some that are better than others.  This last observation would be acceptable for humanism if it did not contain explicitly  one of the basic principles of conservative thought: our island, our bastion is always the best.  Moreover: our region is the region chosen by God and, therefore, it should prevail at any price.  We know it because our leaders receive in their dreams the divine word.  Others, when they dream, are delirious.

Thus, the world is a permanent competition that translates into mutual threats and, finally, into war.  The only option for the survival of the best, of the strongest, of the island chosen by God is to vanquish, annihilate the other.  There is nothing strange in the fact that conservatives throughout the world define themselves as religious individuals and, at the same time, they are the principal defenders of weaponry, whether personal or governmental.  It is, precisely, the only they tolerate about the State: the power to organize a great army in which to place all of the honor of a nation.  Health and education, in contrast, must be “personal responsibilities” and not a tax burden on the wealthiest.  According to this logic, we owe our lives to the soldiers, not to the doctors, just like the workers owe their daily bread to the rich.

At the same time that the conservatives hate Darwin’s Theory of Evolution, they are radical partisans of the law of the survival of the fittest, not applied to all species but to men and women, to countries and societies of all kinds.  What is more Darwinian than the roots of corporations and capitalism?

For the suspiciously celebrated professor of Harvard, Samuel Huntington, “imperialism is the logic and necessary consequence of universalism.”  For us humanists, no: imperialism is just the arrogance of one region that imposes itself by force on the rest, it is the annihilation of that universality, it is the imposition of uniformity in the name of universality.

Humanist universality is something else: it is the progressive maturation of a consciousness of liberation from physical, moral and intellectual slavery, of both the opressed and the oppressor in the final instant.  And there can be no full consciousness if it is not global: one region is not liberated by oppressing the others, woman is not liberated by oppressing man, and so on.  With a certain lucidity but without moral reaction, Huntington himself reminds us: “The West did not conquer the world through the superiority of its ideas, values or religion, but through its superiority in applying organized violence.  Westerners tend to forget this fact, non-Westerners never forget it.”

Conservative thought also differs from progressive thought because of its conception of history: if for the one history is inevitably degraded (as in the ancient religious conception or in the conception of the five metals of Hesiod) for the other it is a process of advancement or of evolution.  If for one we live in the best of all possible worlds, although always threatened by changes, for the other the world is far from being the image of paradise and justice, for which reason individual happiness is not possible in the midst of others’ pain.

For progressive humanism there are no healthy individuals in a sick society, just as there is no healthy society that includes sick individuals.  A healthy man is no possible with a grave problem of the liver or in the heart, like a healthy heart is not possible in a depressed or schizophrenic man.  Although a rich man is defined by his difference from the poor, nobody is truly rich when surrounded by poverty.

Humanism, as we conceive of it here, is the integrating evolution of human consciousness that transcends cultural differences.  The clash of civilizations, the wars stimulated by sectarian, tribal and nationalist interests can only be viewed as the defects of that geopsychology.

Now, we should recognize that the magnificent paradox of humanism is double: 1) it consisted of a movement that in great measure arose from the Catholic religious orders of the 14th century and later discovered a secular dimension of the human creature, and in addition 2) was a movement which in principle revalorized the dimension of man as an individual in order to achieve, in the 20th century, the discovery of society in its fullest sense.

I refer, on this point, to the conception of the individual as opposed to individuality, to the alienation of man and woman in society.  If the mystics of the 14th century focused on their self as a form of liberation, the liberation movements of the 20th century, although apparently failed, discovered that that attitude of the monastery was not moral from the moment it became selfish: one cannot be fully happy in a world filled with pain.  Unless it is the happiness of the indifferent.  But it is not due to some type of indifference toward another’s pain that morality of any kind is defined in any part of the world.  Even monasteries and the most closed communities, traditionally have been given the luxury of separation from the sinful world thanks to subsidies and quotas that originated from the sweat of the brow of sinners.  The Amish in the United States, for example, who today use horses so as not to contaminate themselves with the automotive industry, are surrounded by materials that have come to them, in one form or another, through a long mechanical process and often from the exploitation of their fellow man.  We ourselves, who are scandalized by the exploitation of children in the textile mills of India or on plantations in Africa and Latin America, consume, in one form or another, those products.  Orthopraxia would not eliminate the injustices of the world – according to our humanist vision – but we cannot renounce or distort that conscience in order to wash away our regrets.  If we no longer expect that a redemptive revolution will change reality so that the latter then changes consciences, we must still try, nonetheless, not to lose collective and global conscience in order to sustain a progressive change, authored by nations and not by a small number of enlightened people.

According to our vision, which we identify with the latest stage of humanism, the individual of conscience cannot avoid social commitment: to change society so that the latter may give birth, at each step, to a new, morally superior individual.  The latest humanism evolves in this new utopian dimension and radicalizes some of the principles of the Modern Era gone by, such as the rebellion of the masses.  For which reason we can formulate the dilemma: it is not a matter of left or right but of forward or backward.  It is not a matter of choosing between religion or secularism.  It is a matter of a tension between humanism and tribalism, between a diverse and unitary conception of humanity and another, opposed one: the fragmented and hierarchical vision whose purpose is to prevail, to impose the values of one tribe on the others and at the same time to deny any kind of evolution.

Thisis the root of the modern and postmodern conflict.  Both The End of History and The Clash of Civilizations attempt to cover up what we understand to be the true problem: there is no dichotomy between East and West, between us and them, only between the radicalization of humanism (in its historical sense) and the conservative reaction that still holds world power, although in retreat – and thus its violence.

Jorge Majfud, february 2007.

Translated by Bruce Campbell

https://web.archive.org/web/20120418162604/http://monterrey.milenio.com/cdb/doc/impreso/9144684

El Jesús que secuestraron los emperadores

The Jesus the Emperors Kidnapped (English)

El Jesús que secuestraron los emperadores

¿Quien me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

(Antonio Machado)

Hace unos días el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se refirió a Jesús como el más grande socialista de la historia. No me interesa aquí hacer una defensa o un ataque de su persona. Sólo quisiera hacer algunas observaciones sobre una típica reacción que causaron sus palabras por diversas partes del mundo.

Tal vez decir que Jesús era socialista es como decir que Tutankamón era egipcio o Séneca era español. No deja de ser una imprecisión semántica. Sin embargo, aquellos que en este tiempo se han acercado a mí con cara de espantados por las palabras del “chico malo” ¿lo hacían en función de algún razonamiento o simplemente en función de los códigos impuestos por un discurso dominante?

En lo personal, siempre me ha incomodado el poder acumulado en un solo hombre. Pero si el señor Chávez es un hombre poderoso en su país, en cambio no es él el responsable del actual orden que rige en el mundo. Para unos pocos, el mejor orden posible. Para la mayoría, la fuente de la violencia física y, sobre todo, moral.

Si es un escándalo imaginar a un Jesús socialista, ¿por qué no lo es, entonces, asociarlo y comprometerlo con la cultura y la ética capitalista? Si es un escándalo asociar a Jesús con el eterno rebelde, ¿por qué no lo es, en cambio, asociarlo a los intereses de los sucesivos imperios —exceptuando el más antiguo imperio romano? Aquellos que no discuten la sacralizad del capitalismo son, en gran número, fervientes seguidores de Jesús. Mejor dicho, de una imagen particular y conveniente de Jesús. En ciertos casos no sólo seguidores de su palabra, sino administradores de su mensaje.

Todos, o casi todos, estamos a favor de cierto desarrollo económico. Sin embargo, ¿por qué siempre se confunde justicia social con desarrollo económico? ¿Por qué es tan difundida aquella teología cristiana que considera el éxito económico, la riqueza, como el signo divino de haber sido elegido para entrar al Paraíso, aunque sea por el ojo de una aguja?

Tienen razón los conservadores: es una simplificación reducir a Jesús a su dimensión política. Pero esta razón se convierte en manipulación cuando se niega de plano cualquier valor político en su acción, al mismo tiempo que se usa su imagen y se invocan sus valores para justificar una determinada política. Es política negar la política en cualquier iglesia. Es política presumir de neutralidad política. No es neutral un observador que presencia pasivo la tortura o la violación de otra persona. Menos neutral es aquel que ni siquiera quiere mirar y da vuelta la cabeza para rezar. Porque si el que calla otorga, el indiferente legitima.

Es política la confirmación de un statu quo que beneficia a una clase social y mantiene sumergida otras. Es político el sermón que favorece el poder del hombre y mantiene bajo su voluntad y conveniencia a la mujer. Es terriblemente política la sola mención de Jesús o de Mahoma antes, durante y después de justificar una guerra, una matanza, una dictadura, el exterminio de un pueblo o de un solo individuo.

Lamentablemente, aunque la política no lo es todo, todo es política. Por lo cual, una de las políticas más hipócritas es afirmar que existe alguna acción social en este mundo que pueda ser apolítica. Podríamos atribuir a los animales esta maravillosa inocencia, si no supiésemos que aún las comunidades de monos y de otros mamíferos están regidas no sólo por un aclaro negocio de poderes sino, incluso, por una historia que establece categorías y privilegios. Lo cual debería ser suficiente para menguar en algo el orgullo de aquellos opresores que se consideran diferentes a los orangutanes por la sofisticada tecnología de su poder.

Hace muchos meses escribimos sobre el factor político en la muerte de Jesús. Que su muerte estuviese contaminada de política no desmerece su valor religioso sino todo lo contrario. Si el hijo de Dios bajó al mundo imperfecto de los hombres y se sumergió en una sociedad concreta, una sociedad oprimida, adquiriendo todas las limitaciones humanas, ¿por qué habría de hacerlo ignorando uno de los factores principales de esa sociedad que era, precisamente, un factor político de resistencia?

¿Por qué Jesús nació en un hogar pobre y de escasa gravitación religiosa? ¿Por qué no nació en el hogar de un rico y culto fariseo? ¿Por qué vivió casi toda su vida en un pueblito periférico, como lo era Nazareth, y no en la capital del imperio romano o en la capital religiosa, Jerusalén? ¿Por qué fue hasta Jerusalén, centro del poder político de entonces, a molestar, a desafiar al poder en nombre de la salvación y la dignidad humana más universal? Como diría un xenófobo de hoy: si no le gustaba el orden de las cosas en el centro del mundo, no debió dirigirse allí a molestar.

Recordemos que no fueron los judíos quienes mataron a Jesús sino los romanos. Aquellos romanos que nada tienen que ver con los actuales habitantes de Italia, aparte del nombre. Alguien podría argumentar que los judíos lo condenaron por razones religiosas. No digo que las razones religiosas no existieran, sino que éstas no excluyen otras razones políticas: la case alta judía, como casi todas las clases altas de los pueblos dominados por los imperios ajenos, se encontraba en una relación de privilegio que las conducía a una diplomacia complaciente con el imperio romano. Así también ocurrió en América, en tiempos de la conquista. Los romanos, en cambio, no tenían ninguna razón religiosa para sacarse de encima el problema de aquel rebelde de Nazareth. Sus razones eran, eminentemente, políticas: Jesús representaba una grave amenaza al pacífico orden establecido por el imperio.

Ahora, si vamos a discutir las opciones políticas de Jesús, podríamos referirnos a los textos canonizados después del concilio de Nicea, casi trescientos años después de su muerte. El resultado teológico y político de este concilio fundacional podría ser cuestionable. Es decir, si la vida de Jesús se desarrolló en el conflicto contra el poder político de su tiempo, si los escritores de los Evangelios, algo posteriores, sufrieron de persecuciones semejantes, no podemos decir lo mismo de aquellos religiosos que se reunieron en el año 325 por orden de un emperador, Constantino, que buscaba estabilizar y unificar su imperio, sin por ello dejar de lado otros recursos, como el asesinato de sus adversarios políticos.

Supongamos que todo esto no importa. Además hay puntos muy discutibles. Tomemos los hechos de los documentos religiosos que nos quedaron a partir de ese momento histórico. ¿Qué vemos allí?

El hijo de Dios naciendo en un establo de animales. El hijo de Dios trabajando en la modesta carpintería de su padre. El hijo de Dios rodeado de pobres, de mujeres de mala reputación, de enfermos, de seres marginados de todo tipo. El hijo de Dios expulsando a los mercaderes del templo. El hijo de Dios afirmando que más fácil sería para un camello pasar por el ojo de una aguja que un rico subiese al reino de los cielos (probablemente la voz griega kamel no significaba camello sino una soga enorme que usaban en los puertos para amarrar barcos, pero el error en la traducción no ha alterado la idea de la metáfora). El hijo de Dios cuestionando, negando el pretendido nacionalismo de Dios. El hijo de Dios superando leyes antiguas y crueles, como la pena de muerte a pedradas de una mujer adúltera. El hijo de Dios separando los asuntos del César de los asuntos de su Padre. El hijo de Dios valorando la moneda de una viuda sobre las clásicas donaciones de ricos y famosos. El hijo de Dios condenando el orgullo religioso, la ostentación económica y moral de los hombres. El hijo de Dios entrando en Jerusalén sobre un humilde burro. El hijo de Dios enfrentándose al poder religioso y político, a los fariseos de la Ley y a los infiernos imperiales del momento. El hijo de Dios difamado y humillado, muriendo bajo tortura militar, rodeado de pocos seguidores, mujeres en su mayoría. El hijo de Dios haciendo una incuestionable opción por los pobres, por los débiles y marginados por el poder, por la universalización de la condición humana, tanto en la tierra como en el cielo.

Difícil perfil para un capitalista que dedica seis días de la semana a la acumulación de dinero y medio día a lavar su conciencia en la iglesia; que ejercita una extraña compasión (tan diferente a la solidaridad) que consiste en ayudar al mundo imponiéndole sus razones por las buenas o por las malas.

Aunque Jesús sea hoy el principal instrumento de los conservadores que se aferran al poder, todavía es difícil sostener que no fuera un revolucionario. Precisamente no murió por haber sido complaciente con el poder político de turno. El poder no mata ni tortura a sus adulones; los premia. Queda para los otros el premio mayor: la dignidad. Y creo que pocas figuras en la historia, sino ninguna otra, enseña más dignidad y compromiso con la humanidad toda que Jesús de Nazaret, a quien un día habrá que descolgar de la cruz.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, enero de 2007

EL JESÚS QUE SECUESTRARON LOS EMPERADORES.

The Jesus the Emperors Kidnapped

Who will lend me a ladder

to climb up the timbering,

to remove the nails from

Jesus the Nazarene?

(Antonio Machado)

A few days ago the president of Venezuela, Hugo Chávez, referred to Jesus as the greatest socialist in history. I am not interested here in making a defense or an attack on his person. I would only like to make a few observations about a typical reaction caused by his words throughout different parts of the world.

Perhaps saying that Jesus was a socialist is like saying that Tutankhamen was Egyptian or Seneca was Spanish. It remains a semantic imprecision. Nevertheless, those who recently have approached me with a look of horror on their faces as a result of the words of the “bad boy,” did they do so on the basis of some reasoning or simply on the basis of the codes imposed by a dominant discourse?

Personally, I have always been uncomfortable with power accumulated in just one man. But although Mr. Chávez is a powerful man in his country, he is not the one responsible for the current state of the world. For an elite few, the best state possible. For most, the source of physical and, above all, moral violence.

If it is a scandal to imagine Jesus to be socialist, why is it not, then, to associate him and compromise him with capitalist culture and ethics? If it is a scandal to associate Jesus with the eternal rebel, why is it not, in contrast, to associate him with the interests of successive empires – with the exception of the ancient Roman empire? Those who do not argue the sacrality of capitalism are, in large number, fervent followers of Jesus. Better said, of a particular and convenient image of Jesus. In certain cases not only followers of his word, but administrators of his message.

All of us, or almost all of us, are in favor of certain economic development. Nonetheless, why is social justice always confused with economic development? Why is that Christian theology that considers economic success, wealth, to be the divine sign of having been chosen to enter Paradise, even if through the eye of a needle, so widely disseminated?

Conservatives are right: it is a simplification to reduce Jesus to his political dimension. But their reasoning becomes manipulation when it denies categorically any political value in his action, at the same time that his image is used and his values are invoked to justify a determined politics. It is political to deny politics in any church. It is political to presume political neutrality. An observer who passively witnesses the torture or rape of another person is not neutral. Even less neutral is he who does not even want to watch and turns his head to pray. Because if he who remains silent concedes, he who is indifferent legitimates.

The confirmation of a status quo that benefits one social class and keeps others submerged is political. The sermon that favors the power of men and keeps women under their will and convenience is political. The mere mention of Jesus or Mohammed before, during and after justifying a war, a killing, a dictatorship, the extermination of a people or of a lone individual is terribly political.

Lamentably, although politics is not everything, everything is political. Therefore, one of the most hypocritical forms of politics is to assert that some social action exists in this world that might be apolitical. We might attribute to animals this marvelous innocence, if we did not know that even communities of monkies and of other mammals are governed not only by a clear negotiation of powers but, even, by a history that establishes ranks and privileges. Which ought to be sufficient to diminish somewhat the pride of those oppressors who consider themselves different from orangutangs because of the sophisticated technology of their power.

Many months ago we wrote about the political factor in the death of Jesus. That his death was contaminated by politics does not take away from his religious value but quite the contrary. If the son of God descended to the imperfect world of men and immersed himself in a concrete society, an oppressed society, acquiring all of the human limitations, why would he have to do so ignoring one of the principle factors of that society which was, precisely, a political factor of resistance?

Why was Jesus born in a poor home and one of scarce religious orientation? Why was he not born in the home of a rich and educated pharisee? Why did he live almost his entire life in a small, peripheral town, as was Nazareth, and not in the capital of the Roman Empire or in the religious capital, Jerusalem? Why did he go to Jerusalem, the center of political power at the time, to bother, to challenge power in the name of the most universal human salvation and dignity? As a xenophobe from today would say: if he didn’t like the order of things in the center of the world, he shouldn’t have gone there to cause trouble.

We must remember that it was not the Jews who killed Jesus but the Romans. Those Romans who have nothing to do with the present day inhabitants of Italy, other than the name. Someone might argue that the Jews condemned him for religious reasons. I am not saying that religious reasons did not exist, but that these do not exlude other, political, reasons: the Jewish upper class, like almost all the upper classes of peoples dominated by foreign empires, found itself in a relationship of privilege that led it to a complacent diplomacy with the Roman Empire. This is what happened also in America, in the times of the Conquest. The Romans, in contrast, had no religious reason for taking care of the problem of that rebel from Nazareth. Their reasons were eminently political: Jesus represented a grave threat to the peaceful order established by the empire.

Now, if we are going to discuss Jesus’ political options, we might refer to the texts canonized after the first Council of Nicea, nearly three hundred years after his death. The theological and political result of this founding Council may be questionable. That is to say, if the life of Jesus developed in the conflict against the political power of his time, if the writers of the Gospels, somewhat later, suffered similar persecutions, we cannot say the same about those religious men who gathered in the year 325 by order of an emperor, Constantine, who sought to stabilize and unify his empire, without leaving aside for this purpose other means, like the assassination of his political adversaries.

Let us suppose that all of this is not important. Besides there are very debatable points. Let us take the facts of the religious documents that remain to us from that historical moment. What do we see there?

The son of God being born in an animal stable. The son of God working in the modest carpenter trade of his father. The son of God surrounded by poor people, by women of ill repute, by sick people, by marginalized beings of every type. The son of God expelling the merchants from the temple. The son of God asserting that it would be easier for a camel to pass through the eye of a needle than for a rich man to ascend to the kingdom of heaven (probably the Greek word kamel did not mean camel but an enormous rope that was used in the ports to tie up the boats, but the translation error has not altered the idea of the metaphor). The son of God questioning, denying the alleged nationalism of God. The son of God surpassing the old and cruel laws, like the penalty of death by stoning of an adulterous woman. The son of God separating the things of Ceasar from the things of the Father. The son of God valuing the coin of a widow above the traditional donations of the rich and famous. The son of God condemning religious pride, the economic and moral ostentation of men. The son of God entering into Jerusalem on a humble donkey. The son of God confronting religious and political power, the pharisees of the Law and the imperial hells of the moment. The son of God defamed and humiliated, dying under military torture, surrounded by a few followers, mostly women. The son of God making an unquestionable option for the poor, for the weak and the marginalized by power, for the universalization of the human condition, on earth as much as in heaven.

A difficult profile for a capitalist who dedicates six days of the week to the accumulation of money and half a day to clean his conscience in church; who exercises a strange compassion (so different from solidarity) that consists in helping the world by imposing his reasons like it or not.

Even though Jesus may be today the principal instrument of conservatives who grasp at power, it is still difficult to sustain that he was not a revolutionary. To be precise he did not die for having been complacent with the political power of the moment. Power does not kill or torture its bootlickers; it rewards them. For the others remains the greater prize: dignity. And I believe that few if any figures in history show more dignity and commitment with all of humanity than Jesus of Nazareth, who one day will have to be brought down from the cross.

Translated by Bruce Campbell

La privatización de Dios

A la medida del consumidor

En el siglo XVII, el genial matemático Blaise Pascal escribió que los hombres nunca hacen el mal con tanto placer como cuando lo hacen por convicciones religiosas. Esta idea —de un hombre profundamente religioso— tuvo diferentes variaciones desde entonces. Durante el siglo pasado, los mayores crímenes contra la humanidad fueron promovidos, con orgullo y pasión, en nombre del Progreso, de la Justicia y de la Libertad. En nombre del Amor, puritanos y moralistas organizaron el odio, la opresión y la humillación; en nombre de la vida, los líderes y profetas derramaron la muerte por vastas regiones del planeta. Actualmente, Dios ha vuelto a ser la principal excusa para ejercitar el odio y la muerte, ocultando las ambiciones de poder, los intereses terrenales y subterrenales tras sagradas invocaciones. De esta forma, reduciendo cada tragedia en el planeta a la milenaria y simplificada tradición de la lucha del Bien contra el Mal, de Dios contra el Demonio, se legitima el odio, la violencia y la muerte. De otra forma, no podríamos entender cómo hombres y mujeres se inclinan para rezar con orgullo y fanatismo, con hipócrita humildad, como si fuesen ángeles puros, modelos de moralidad, al tiempo que esconden entre sus ropas la pólvora o el cheque extendido para la muerte. Y si sus líderes son conscientes del fraude, sus súbditos no son menos responsables por estúpidos, no son menos responsables de tantos crímenes y matanzas que explotan cada día, promovidos por criminales convicciones metafísicas, en nombre de Dios y la Moral —cuando no en nombre de una raza, de una cultura y de una larga tradición recién estrenada, hecha a medida de la ambición y los odios presentes.

El imperio de las simplificaciones

Sí, podemos creer en los pueblos. Podemos creer que son capaces de las creaciones más asombrosas —como será un día su propia liberación—; y de estupideces inconmensurables también, disimuladas siempre por un interesado discurso complaciente que procura anular la crítica y la provocación a la mala conciencia. Pero, ¿cómo llegamos a tantas negligencias criminales? ¿De dónde sale tanto orgullo en este mundo donde la violencia aumenta cada vez más y cada vez más gente dice haber escuchado a Dios?

La historia política nos demuestra que una simplificación es más poderosa y es mejor aceptada por la vasta mayoría de una sociedad que una problematización. Para un político o para un líder espiritual, por ejemplo, es una muestra de debilidad admitir que la realidad es compleja. Si su adversario procede despojando el problema de sus contradicciones y lo presenta ante el público como una lucha del Bien contra el Mal, sin duda tendrá más posibilidades de triunfar. Al fin y al cabo la educación básica y primaria de nuestro tiempo está basada en la publicidad del consumo o en la sumisión permisiva; elegimos y compramos aquello que nos soluciona los problemas, rápido y barato, aunque el problema sea creado por la solución, aunque el problema continúe siendo real y la solución siga siendo virtual. Sin embargo, una simplificación no elimina la complejidad del problema analizado sino que, por el contrario, produce mayores y a veces trágicas consecuencias. Negar una enfermedad no la cura; la empeora.

¿Por qué no hablamos de los por qué?

Tratemos ahora de problematizar un fenómeno social cualquiera. Sin duda, no llegaremos al fondo de su complejidad, pero podemos tener una idea del grado de simplificación con el que es tratado diariamente, no siempre de forma inocente.

Comencemos con un breve ejemplo. Consideremos el caso de un hombre que viola y mata a una niña. Tomo este ejemplo no sólo por ser uno de los crímenes más aborrecibles que podemos considerar, junto con la tortura, sino porque representa una maldita costumbre criminal en todas nuestras sociedades, aún en aquellas que se jactan de su virtuosismo moral.

En primer lugar, tenemos un crimen. Más allá de los significados de “crimen” y de “castigo”, podemos valorar el acto en sí mismo, es decir, no necesitamos recurrir a la genealogía del criminal y de su víctima, no necesitamos investigar sobre los orígenes de la conducta del criminal para valorar el lecho en sí. Tanto la violación como el asesinato deben ser castigados por la ley, por el resto de la sociedad. Y punto. Desde este punto de vista, no hay discusiones.

Muy bien. Ahora imaginemos que en un país determinado la cantidad de violaciones y asesinatos se duplica en un año y luego vuelve a duplicarse al año siguiente. Una simplificación sería reducir el nuevo fenómeno al hecho criminal antes descrito. Es decir, una simplificación sería entender que la solución al problema sería no dejar ni uno solo de los crímenes impunes. Dicho de una tercer forma, una simplificación sería no reconocer el fenómeno social  detrás de un hecho delictivo individual. Un análisis más a fondo del primer caso podría revelarnos una infancia dolorosa, marcada por los abusos sexuales contra el futuro abusador, contra el futuro criminal. Esta observación, de ningún modo quitaría valoración criminal al hecho en sí, tal como lo anotamos más arriba, pero serviría para comenzar a ver la complejidad de un problema que amenaza con ser simplificado al extremo de perpetuarlo. A partir de este análisis psicológico del individuo, seguramente pasaríamos a advertir otro tipo de implicaciones referidas a su propio contexto, como por ejemplo las condiciones económicas de una determinada clase social sumergida, su explotación o su estigmatización moral a través del resto de la sociedad, la violencia moral y la humillación de la miseria, sus escalas de valores construidas según un aparato de producción, reproducción y consumo contradictorio, por instituciones sociales como una educación pública que no los ayuda más de lo que los humilla, ciertas organizaciones religiosas que han creado el pecado para los pobres al tiempo que los usan para ganarse el Paraíso, los medios de comunicación, la publicidad, las contradicciones laborales… y así sucesivamente.

De la misma forma podemos entender el terrorismo de nuestro tiempo. Está fuera de discusión (o debería estarlo) el valor criminal de un acto terrorista en sí mismo. Matar es siempre una desgracia, una maldición histórica. Pero matar inocentes y a gran escala no tiene justificación ni perdón de ningún tipo. Por lo tanto, renunciar al castigo de quienes lo promueven sería a su vez un acto de cobardía y una flagrante concesión a la impunidad.

No obstante, también aquí debemos recordar la advertencia inicial. Entender un fenómeno histórico y social como la consecuencia de la existencia de “malos” en la Tierra, es una simplificación excesivamente ingenua o, de lo contrario, es una simplificación astutamente ideológica que, al evitar un análisis integral —histórico, económico, de poder— excluye a los administradores del significado: los buenos.

No vamos a entrar a analizar, en estas breves reflexiones, cómo se llega a identificar a un determinado grupo y no a otros con el calificativo de “terroristas”. Para ello bastaría con recomendar la lectura de Roland Barthes —por mencionar sólo un clásico. Vamos a asumir el significado restringido del término, que es el que han consolidado los medios de prensa y el resto de las narraciones políticas.

No obstante, aún así, si recurriésemos a la idea de que el terrorismo existe porque existen criminales en el mundo, tendríamos que pensar que en los últimos tiempos ha habido una cosecha excesiva de seres malvados. Lo cual se encuentra explícito en el discurso de todos los gobiernos de los países afectados por el fenómeno. Pero si fuera verdad que hoy en nuestro mundo hay más malos que antes, seguramente no será por gracia de Dios sino por un devenir histórico que ha producido tal fenómeno. Ningún fenómeno histórico se produce por azar y, por lo tanto, creer que matando a los terroristas se eliminará el terrorismo en el mundo no sólo es una simplificación necia, sino que, al negar un origen histórico al problema, al presentarlo como ahistórico, como producto puro del Mal, incluso como la lucha entre dos “esencias” teológicas apartadas de cualquier contexto político, económico y social provocan un agravamiento trágico. Es una forma de no enfrentar el problema, de no atacar sus profundas raíces.

En muchas ocasiones no se puede prescindir de la violencia. Por ejemplo, si alguien nos ataca parecería lícito que nos defendamos con el mismo grado de violencia. Seguramente un verdadero cristiano ofrecería la otra mejilla antes que promover una reacción violenta; no obstante, si reaccionara con violencia ante una agresión no se le podría negar el derecho, aunque esté en contradicción con uno de los mandamientos de Cristo. Pero si una persona o un gobierno nos dice que la violencia se reducirá derramando más violencia sobre los malos —y afectando de paso a inocentes—, no sólo está negando la búsqueda del origen de ese fenómeno, sino que además estará consolidándolo o, al menos, legitimándolo ante la vista de quienes sufren las consecuencias.

Castigar a los culpables de la violencia es un acto de justicia. Sostener que la violencia existe sólo porque existen los violentos es un acto de ignorancia o de manipulación ideológica.

Si se continúa simplificando el problema, sosteniendo que se trata de un conflicto producido por la “incompatibilidad” de dos concepciones religiosas —como si alguna de ellas no hubiese estado ahí desde hace siglos—, como si se tratase de una simple guerra donde el triunfo se deduce de la derrota final del enemigo, se llevará al mundo a una guerra intercontinental. Si se busca seriamente el origen y la motivación del problema —el “por qué”— y se actúa eliminándolo o atenuándolo, seguramente asistiremos al relajamiento de una tensión que cada día es mayor. No al final de la violencia y la injusticia del mundo, pero al menos se evitará una desgracia de proporciones inimaginables.

El análisis del “origen de la violencia” no tendría mucho valor si se produjese y se consumiese dentro de una universidad. Deberá ser un problema de titulares, un problema a discutir desapasionadamente en los bares y en las calles. Simultáneamente, habrá que reconocer, una vez más, que necesitamos un verdadero diálogo. No reiniciar la farsa diplomática, sino un diálogo entre pueblos que comienzan peligrosamente a verse como enemigos, como amenazas, unos de otros —una discusión, más bien, basada en una profunda y aplastante ignorancia del otro y de sí mismo—. Es urgente un diálogo doloroso pero valiente, donde cada uno de nosotros reconozcamos nuestros prejuicios y nuestros egoísmos. Un diálogo que prescinda del fanatismo religioso —islámico y cristiano— tan de moda en estos días, con pretensiones de mesianismo y purismo moral. Un diálogo, en fin, aunque le pese a los sordos que no quieren oír.

El Dios verdadero

Según los verdaderos fieles y la religión verdadera, sólo puede haber un Dios verdadero, Dios. Algunos afirman que el verdadero Dios es Uno y es Tres al mismo tiempo, pero a juzgar por las evidencias Dios es Uno y es Muchos más. El verdadero Dios es único pero con políticas diferentes según los intereses de los verdaderos fieles. Cada uno es el Dios verdadero, cada uno mueve a sus fieles contra los fieles de los otros dioses que son siempre dioses falsos aunque cada uno sea el Dios verdadero. Cada Dios verdadero organiza la virtud de cada pueblo virtuoso sobre la base de las verdaderas costumbres y la verdadera Moral. Existe una sola Moral basada en el Dios verdadero, pero como existen múltiples Dios verdadero también existen múltiples Moral verdadera, una sola de la cual es verdaderamente verdadera.

Pero ¿cómo saber cuál es la verdadera verdad? Los métodos de prueba son discutibles; lo que no se discute es la praxis probatoria: el desprecio, la amenaza, la opresión y, por las dudas, la muerte. La muerte verdadera siempre es el recurso final e inevitable de la verdad verdadera, que procede del Dios verdadero, para salvar a la verdadera Moral y, sobre todo, a los verdaderos fieles.

Sí, a veces dudo de lo verdadero y sé que la duda ha sido maldecida por todas las religiones, por todas las teologías y por todos los discursos políticos. A veces dudo, pero es probable que Dios no desprecie mi duda. Debe estar muy ocupado entre tanta obviedad, ante tanto orgullo, entre tanta moralidad, detrás de tantos ministros que se han apropiado de su palabra, secuestrándolo en un edificio cualquiera para actuar puertas afuera sin obstáculos.

© Jorge Majfud

Athens, diciembre 2004

The Privatization of God

Custom-made for the consumer

In the 17th century, the mathematics genius Blaise Pascal wrote that men never do evil with greater pleasure than when they do it with religious conviction. This idea – from a deeply religious man – has taken a variety of different forms since. During the last century, the greatest crimes against humanity were promoted, with pride and passion, in the name of Progress, of Justice and of Freedom. In the name of Love, Puritans and moralists organized hatred, oppression and humiliation; in the name of Life, leaders and prophets spilled death over vast regions of the planet. Presently, God has come to be the main excuse for excercises in hate and death, hiding political ambitions, earthly and infernal interests behind sacred invocations. In this way, by reducing each tragedy on the planet to the millenarian and simplified tradition of the struggle between Good and Evil, of God against the Devil, hatred, violence and death are legitimated. There is no other way to explain how men and women are inclined to pray with fanatical pride and hypocritical humility, as if they were pure angels, models of morality, all the while hiding gunpowder in their clothing, or a check made out to death. And if the leaders are aware of the fraud, their subjects are no less responsible for being stupid, no less culpable for their criminal metaphysical convictions, in the name of God and Morality – when not in the name of a race, of a culture – and from a long tradition, recently on exhibit, custom-fit to the latest in hatred and ambition.

Empire of the simplifications

Yes, we can believe in the people. We can believe that they are capable of the most astounding creations – as will be one day their own liberation – and also of incommensurable stupidities, these latter always concealed by a complacent and self-interested discourse that manages to nullify criticism and any challenge to bad conscience. But, how did we come to such criminal negligence? Where does so much pride come from in a world where violence grows daily and more and more people claim to have heard the voice of God?

Political history demonstrates that a simplification is more powerful and better received by the vast majority of a society than is a problematization. For a politician or for a spiritual leader, for example, it is a show of weakness to admit that reality is complex. If one’s adversary expunges from a problem all of its contradictions and presents it to the public as a struggle between Good and Evil, the adversary undoubtedly is more likely to triumph. In the final analysis, the primary lesson of our time is grounded in commercial advertising or in permissive submission: we elect and we buy that which solves our problems for us, quickly and cheaply, even though the problem might be created by the solution, and even though the problem might continue to be real while the solution is never more than virtual. Nonetheless, a simplification does not eliminate the complexity of the problem in question, but rather, on the contrary, produces greater problems, and sometimes tragic consequences. Denying a disease does not cure it; it makes it worse.

Why don’t we talk about why?

Let’s try now to problematize some social phenomenon. Undoubtedly, we will not plumb the full depths of its complexity, but we can get an idea of the degree of simplification with which it is treated on a daily basis, and not always innocently.

Let’s start with a brief example. Consider the case of a man who rapes and kills a young girl. I take this example not only because it is, along with torture, one of the most abhorrent crimes imaginable, but because it represents a common criminal practice in all societies, even those that boast of their special moral virtues.

First of all, we have a crime. Beyond the semantics of “crime” and “punishment,” we can evaluate the act on its own merits, without, that is, needing to recur to a genealogy of the criminal and of his victim, or needing to research the origins of the criminal’s conduct. Both the rape and the murder should be punished by the law, and by the rest of society. And period. On this view, there is no room for discussion.

Very well. Now let’s imagine that in a given country the number of rapes and murders doubles in a particular year and then doubles again the year after that. A simplification would be to reduce the new phenomenon to the criminal deed described above. That is to say, a simplification would be to understand that the solution to the problem would be to not let a single one of these crimes go unpunished. Stated in a third way, a simplification would be to not recognize the social realities behind the individual criminal act. A more in-depth analysis of the first case could reveal to us a painful childhood, marked by the sexual abuse of the future abuser, of the future criminal. This observation would not in any way overturn the criminality of the deed itself, just as evaluated above, but it would allow us to begin to see the complexity of a problem that a simplification threatens to perpetuate. Starting from this psychological analysis of the individual, we could certainly continue on to observe other kinds of implications arising from the same criminal’s circumstances, such as, for example, the economic conditions of a specific social underclass, its exploitation and moral stigmatization by the rest of society, the moral violence and humiliation of its misery, its scales of moral value constructed in accordance with an apparatus of production, reproduction and contradictory consumption, by social institutions like a public education system that helps the poor less than it humiliates them, certain religious organizations that have created sin for the poor while using the latter to earn Paradise for themselves, the mass media, advertising, labor contradictions… and so on.

We can understand terrorism in our time in the same way. The criminality of an act of terrorism is not open to discussion (or it shouldn’t be). Killing is always a disgrace, a historical curse. But killing innocents and on a grand scale can have no justification or pardon of any kind. Therefore, to renounce punishment for those who promote terrorism is an act of cowardice and a flagrant concession to impunity.

Nevertheless, we should also remember here our initial caveat. Understanding a social and historical phenomenon as a consequence of the existence of “bad guys” on Earth is an extremely naive simplification or, to the contrary, an ideologically astute simplification that, by avoiding integrated analysis – historical, economic, political – exempts the administrators of the meaning of “bad”: the good guys.

We will not even begin to analyze, in these brief reflections, how one comes to identify one particular group and not others with the qualifier “terrorist.” For that let it suffice to recommend a reading of Roland Barthes – to mention just one classic source. We will assume the restricted meaning of the term, which is the one assumed by the press and the mainstream political narratives.

Even so, if we resort to the idea that terrorism exists because criminals exist in the world, we would have to think that in recent times there has been an especially abundant harvest of wicked people. (An idea explicitly present in the official discourse of all the governments of countries affected by the phenomenon.) But if it were true that in our world today there are more bad people than before, surely it isn’t by the grace of God but via historical developments that such a phenomenon has come to be. No historical circumstance is produced by chance, and therefore, to believe that killing terrorists will eliminate terrorism from the world is not only a foolish simplification but, by denying a historical origin for the problem, by presenting it as ahistorical, as purely a product of Evil, even as a struggle between two theological “essences” removed from any social, economic and political context, provokes a tragic worsening of the situation. It is a way of not confronting the problem, of not attacking its deep roots.

On many occasions violence is unavoidable. For example, if someone attacks us it would seem legitimate to defend ourselves with an equal degree of violence. Certainly a true Christian would offer the other cheek before instigating a violent reaction; however, if he were to respond violently to an act of aggression no one could deny him the right, even though he might be contradicting one of the commandments of Christ. But if a person or a government tells us that violence will be diminished by unleashing violence against the bad guys – affecting the innocent in the process – not only does this deny the search for a cause for the violence, it also will serve to strengthen it, or at least legitimate it, in the eyes of those who suffer the consequences.

Punishing those responsible for the violence is an act of justice. Claiming that violence exists only because violent people exist is an act of ignorance or of ideological manipulation.

If one continues to simplify the problem, insisting that it consists of a conflict produced by the “incompatibility” of two religious views – as if one of them had not been present for centuries – as if it were a matter of a simple kind of war where victory is achieved only with the total defeat of the enemy, one will drag the entire world into an intercontinental war. If one genuinely seeks the social origin and motivation of the problem – the “why” – and acts to eliminate and attenuate it, we will most assuredly witness a relaxing of the tension that is currently escalating. We will not see the end of violence and injustice in the world, but at least misfortune of unimaginable proportions will be avoided.

The analysis of the “origin of violence” would be useless if it were produced and consumed only within a university. It should be a problem for the headlines, a problem to be discussed dispassionately in the bars and in the streets. At the same time, we will have to recognize, once again, that we need a genuine dialogue. Not a return to the diplomatic farce, but a dialogue between peoples who have begun dangerously to see one another as enemies, as threats – a disagreement, really, based on a profound and crushing ignorance of the other and of oneself. What is urgent is a painful but courageous dialogue, where each one of us might recognize our prejudice and our self-centeredness. A dialogue that dispenses with the religious fanaticism – both Muslim and Christian – so in vogue these days, with its messianic and moralizing pretensions. A dialogue, in short, to spite the deaf who refuse to hear.

The True God

According to the true believers and the true religion, there can be only one true God, God. Some claim that the true God is One and he is Three at the same time, but judging by the evidence, God is One and Many more. The true God is unique but with different politics according to the interests of the true believers. Each one is the true God, each one moves the faithful against the faithful of other gods, which are always false gods even though each one is someone’s true God. Each true God organizes the virtue of each virtuous people on the basis of true customs and the true Morality. There is only one Morality based on the true God, but since there is more than one true God there is also more than one true Morality, only one of which is truly true.

But, how do we know which one is the true truth? The proper methods for proof are disputable; what is not disputed is the current practice: scorn, threats, oppression and, when in doubt, death. True death is always the final and inevitable recourse of the true truth, which comes from the true God, in order to save the true Morality and, above all, the true believers.

Yes, at times I have my doubts about what is true, and I know that doubt has been condemned by all religions, by all theologies, and by all political discourses. At times I have my doubts, but it is likely that God does not hold my doubt in contempt. He must be very busy concerning himself with so much certainty, so much pride, so much morality, behind so many ministers who have taken control of his word, holding Him hostage in a building somewhere so as to be able to conduct their business in public without obstacles.

Translated by Bruce Campbell.

Jorge Majfud is a Uruguayan writer. His most recent novel is La Reina de América (Baile de Sol, 2002).

Gracias por el miedo / Thanks For the Fear

Gracias por el miedo

 

Μια νέα ιστορία

Πηγή: MRzine

του Jorge Majfud

 

Así como en teología el mismo Cristo sirve para justificar la acumulación de capitales o para suprimir al prójimo en nombre del amor, así también la historia de los oprimidos sirve para crear mitos e ideoléxicos incuestionables, a la medida del poder de turno: el patriotismo, la libertad, la salvación del mundo, nuestro derecho de aplastar al extraño por las dudas, etc.

Por un lado, podemos sospechar que la aventura humana no se desarrolla de forma caótica. Tiene cierto sentido. Existen factores comunes, como la necesidad de sobrevivencia, de libertades, que articulan todas las morales aún en las culturas más alejadas. La regla de oro (“no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”) aparece en casi todas las religiones y las filosofías éticas más antiguas, desde Confucio, la Mahabharata, Jesús y Mahoma hasta nuestros días.

Es decir, existe un factor humano que cohesiona a los individuos y los orienta a su propia liberación, a determinados conceptos de compromiso, igualdad y justicia.

Pero no somos ingenuos: también existe lo contrario. Podemos agregar que tan universal como el más básico principio de “no matarás” es la costumbre de obviarlo bajo “muy buenas razones”. Siempre hay razones para matar, motivo por el cual existe la prohibición de hacerlo. Quizás la ONU sea, hoy en día, la institución que mejor parodia las relaciones humanas: sus reglas son universalmente aceptadas pero se cumplen sólo cuando convienen a los más fuertes y siempre en nombre de los más débiles.

En un fuerte acto de fe y concesión podríamos aceptar que los hechos que comúnmente registra la Historia son verdaderos. Sin embargo, los hechos son como los residuos de una ruina antigua que un arqueólogo ordena para lograr una narración continua de unos acontecimientos que nadie presenció. La diferencia radica en que al arqueólogo no le interesan las consecuencias de su narración sino que ésta se ajuste a los fragmentos descubiertos para revelar una posible verdad. El poder hegemónico, en cambio, exige que los hechos se ajusten a su discurso. Si esto no ocurre, peor para los hechos.

Ya en 1450, el cronista español Fernán Pérez de Guzmán, en Generaciones y Semblanzas, advertía de las costumbres de los “cronistas” que, por no desagradar a los reyes exageraban sus virtudes. Por esta razón propuso que se escribieran las crónicas sólo cuando los reyes hubiesen muerto, para que el poder no influyera sobre la narración de la historia.

El poder político produce la contradicción fundamental: el testigo sólo es objetivo cuando no ha vivido los hechos. Bastaría leer el resto de las crónicas que siguieron a Guzmán para advertir otras razones, como los intereses o las supersticiones del cronista, pero rara vez éstas están totalmente libres de la gravitación del poder. Estoy seguro que mientras escribo estas líneas, consciente o inconscientemente estoy sufriendo de la misma fuerza. Las verdades inconvenientes al poder pueden surgir a la luz, pero se pierden en la intrascendencia, el descrédito y en el olvido, hasta que ese poder cambia o desaparece. Es el caso de un antiesclavista como Bartolomé de las Casas (1540) o de una feminista como Sor Juana Inés de la Cruz (1690).

Es el poder —no necesariamente un gobierno— quien establece lo “políticamente correcto” al extremo que hasta el disidente debe aceptar el lenguaje y los símbolos impuestos para resistir a la tiranía de la verdad impuesta. Si en la Edad Media el poder era la Iglesia Católica o eran los príncipes feudales, en la (I) Era Moderna (1750-1950) y (II) Posmoderna (1950-2001) lo era el dinero. El dinero —el capital— impone su lógica no sólo por una pretendida “naturaleza” que beneficia el progreso del mundo sino a través de antiguas instituciones como (1) los ejércitos, (2) las iglesias, (3) los centros financieros y (4) los mass media. Esto no quiere decir, empero, que las cuatro instituciones estén a la orden del capital, porque sería una simplificación que negaría las contradicciones dentro de cada una de ellas. Una iglesia, por ejemplo, puede optar por su pueblo o por lo contrario. Por lo general, la opción ha sido a favor del poder central.

Es posible sospechar el advenimiento de un tercer período histórico (III) que, en cierta forma, contradice y continúa a los períodos anteriores. Desde el Renacimiento, desde el humanismo europeo del siglo XIV, podemos advertir la insurgencia de sectores cada vez mayoritarios. Lo que Ortega y Gasset veía con espanto en 1928 como “la rebelión de las masas” comienza antes de la invención de la imprenta. Se continúa, claro, con la Revolución Francesa, la Revolución industrial y la revolución de los trabajadores en el siglo XX. Incluso el comunismo significó una etapa necesaria como experiencia fracasada: las masas que pretendían rebelarse terminaron sometiéndose al autoritarismo vertical en nombre de una pretendida “dictadura del proletariado”, es decir, las masas se sometieron a sí mismas en su propio nombre.

No puede existir un grado mínimo de libertad sin desobediencia, y ésta comienza con el cuestionamiento permanente a las narraciones históricas, de los símbolos, de los ideoléxicos. Desobediencia no significa destrucción, tal como asumimos cuando juzgamos con la falsa conciencia del poder, con la moral del opresor. Desobediencia significa cuestionamiento, narración del propio sujeto que ha dejado de ser objeto narrado.

Podemos hacer otro acto de fe: existe una determinada verdad histórica. Pero sería una ingenuidad creer que ésta es posible en un orden donde los pueblos no gobiernan sus propias narraciones, pueblos condenados a escuchar y obedecer, a hablar y no ser escuchados o a repetir la moral de quienes se reservan el derecho de decidir por otros, en nombre de esos otros.

Es una tradición acusar a los críticos anticolonialistas de organizar la reescritura de la historia desde un punto de vista ideológico. No se dice, en cambio, que la Historia que éstos cuestionan también ha sido narrada y construida desde un punto de vista ideológico. Las diferencias son dos: el punto de vista del crítico inconforme se realiza desde el margen del oprimido. El punto de vista del Gran Narrador y de sus complacientes repetidores se halla en el centro dominante. La otra diferencia consiste en que la ideología del contestatario aparece como objeto visible, mientras que la ideología hegemónica, por ser omnipresente, es transparente, invisible, como el aire, como la falsa consciencia.

La “educación secundaria” de la Historia, al mismo tiempo que permite conocer los hechos acostumbra repetir el orden narrativo que ha impuesto una determinada tradición que ha nacido con ese mismo poder. Al menos eso es lo que han pretendido hasta hoy los Estados, para proteger la inocencia del ciudadano que está naciendo. Protección e inocencia que se deben perpetuar luego en el adulto obediente.

Una versión más radical y vulgarizada es producida por los mal llamados informativos de nuestro tiempo: la cámara de televisión, la imagen directa produce la falsa sensación de objetividad, de verdad. Pero no es una cámara liberada aún, sino dirigida por la mano del poder político y económico. La manipulación de la narración presente — creada con esos fragmentos de “hechos” — alcanza así su más dramática obscenidad, realizando el masivo crimen contra la conciencia humana. Si observamos los cambios de opinión en un lapso de apenas dos años, veremos que entre una verdad incuestionable y la otra hay una diferencia de decenas de miles de muertos, decenas de miles de desplazados, de olvidados, de deshumanizados. Claro, claro siempre en algún lugar lejano de donde se produce la opinión, la narración de la verdad. Algún lugar lejano donde nunca hay consecuencias por esos errores ni responsables que enfrenten algún tribunal, ni castigos mínimos que disimulen tanta injusticia. Este peso en la conciencia, en la opinión pública, se descarga convirtiendo los muertos en números, las injusticias en males inevitables en la lucha por la justicia, la libertad, el bien y otros valores superiores.

Si echamos una mirada a los hechos de los últimos cuatrocientos años podríamos quedar abrumados ante tantas matanzas cometidas siempre con muy buenas razones, en nombre de la humanidad. Bastaría para volverse cínico o escéptico radical. Pero si observamos el proceso histórico en ese mismo período, tal vez podamos ver que pronto la masa dejará de ser masa, medio, instrumento, excusa, efecto colateral, ejército de reserva, para convertirse en lo que es: el único fin de sí misma o el único fin de Dios. Cuando esto ocurra, la libertad dejará de ser un ideoléxico definido por el poder; los pueblos dejarán de ser identificados con el caos y el caos con la anarquía. La violencia del Estado y la violencia ilegal perderán el usufructo ilimitado de la carne humana.

Habrá un punto de inflexión cuando la escritura de la historia deje de estar administrada por las voces oficiales, por los moralizadores comprometidos con el poder y no con la humanidad. Una nueva historia será escrita cuando sea la humanidad la que escriba su propia historia según sus propios intereses y no una minoría según sus intereses sectarios.

 

Jorge Majfud

9 de enero de 2007

 

 

 

Thanks For the Fear

 

 

Just as in theology Christ himself serves to justify the accumulation of capital or the suppression of one’s neighbor in the name of love, so also the history of the oppressed serves to create unquestionable myths and idiolects, cut to the measure of the power of the moment: patriotism, freedom, world salvation, our right to crush the stranger because of doubts, etc.

On the one hand, we can suspect that the human adventure does not develop chaotically.  It makes a certain sense.  There are common factors, like the need for survival, for freedoms, articulated by all moralities even in very distant cultures.  The golden rule (don’t do to others what you don’t want them to do to you) appears in almost all of the oldest ethical philosophies and religions, from Confucius, the Mahabharata, Jesus and Mohammed to our present day.

That is to say, there exists a human factor that binds individuals together and orients them toward their own liberation, toward determined concepts of compromise, equality and justice.

But we are not naïve: the opposite also exists.  We can add that just as universal as the basic principle that “thou shalt not kill” is the custom of obviating it under “very good reasons.”  There are always reasons for killing, the motive for which their exists a prohibition against doing so.  Perhaps the United Nations is, today, the institution that best parodies human relations: its rules are universally accepted but are complied with only when convenient to the strongest and always in the name of the weakest.

In a strong act of faith and concession we might accept that the facts that History commonly registers are true.  Nevertheless, the facts are like the residues of an ancient ruin that an archeologist organizes in order to achieve a continuous narration of some events that nobody witnessed.  The difference lies in that the archeologist is not interested in the consequences of the narration but instead in the latter adjusting to the discovered fragments in order to reveal a possible truth.  Hegemonic power, in contrast, demands that the facts be adjusted to its discourse.  If this does not happen, so much the worse for the facts.

Already in 1450, the Spanish chronicler Fernán Pérez de Guzmán, in Generaciones y Semblanzas, warned with regard to the customs of the chroniclers that, to avoid displeasing the kings they exaggerated their virtues.  For this reason he proposed that chronicles be written only after the kings had died, so that power did not influence the narration of history.

Political power produces the fundamental contradiction: the witness is only objective when he has not lived through the facts.  It would be sufficient to read the rest of the chronicles that followed Guzmán to notice other reasons for this, like the interests or superstitions of the chronicler, but rarely are the latter totally free of the influence of power.  I am certain that as I write these lines, consciously or unconsciously I am suffering from the same force.  The truths inconvenient to power can emerge into the light, but they are lost in insignificance, discredit and oblivion, until that power changes or disappears.  Such is the case of an anti-slavery activist like Bartolomé de las Casas (1540) or of a feminist like Sor Juana Inés de la Cruz (1690).

It is power – not necessarily a government – that establishes what is “politically correct” to such an extent that even the dissident must accept the imposed language and symbols in order to resist the tyranny of the imposed truth.  If in the Middle Ages power was the Catholic Church or the feudal princes, in the (I) Modern Era (1750-1950) and (II) Postmodern Era (1950-2001) it was money.  Money – capital – imposes its logic not only by a false “nature” that benefits the progress of the world but through old institutions like (1) the armies, (2) the churches, (3) the financial centers and (4) the mass media.  This does not mean, however, that the four institutions are at the order of capital, because that would be a simplification that would deny the contradictions within each one of them.  A church, por example, can opt for its people or for the contrary.  Generally, the option has been in favor of central power.

It is possible to suspect the advent of a third historical period (III) which, in a certain form, contradicts and continues the previous periods.  Since the Renaissance, since the European humanism of the 14th century, we can observe the insurgency of increasingly majoritarian sectors.  What Ortega y Gasset saw with fright in 1928 as “the rebellion of the masses” begins prior to the invention of the printing press.  It continues, of course, with the French Revolution, the Industrial Revolution and the workers’ revolution in the 20th century.  Even communism meant a necessary stage as failed experience:  the masses who attempted to rebel wound up submitting themselves to vertical authoritarianism in the name of a supposed “dictatorship of the proletariat,” which is to say, the masses subjugated themselves in their own name.

There can exist no minimal degree of freedom without disobedience, and the latter begins with the permanent questioning of historical narrations, of symbols, of ideolects.  Disobedience does not mean destruction, such as we assume when we judge with the false consciousness of power, with the morality of the oppressor.  Disobedience means questioning, narration by the subject who has ceased to be a narrated object.

We can make another act of faith: a specific historical truth exists.  But it would be naïve to believe that this truth is possible in an order where nations do not govern their own narrations, nations condemned to listen and obey, to speak and not be heard or to repeat the morality of those who reserve the right to decide for others, in the name of those others.

It is a tradition to accuse anti-colonial critics of organizing the re-writing of history from an ideological point of view.  Nobody says, in contrast, that the History these critics question also has been narrated and constructed from an ideological point of view.  There are two differences: the point of view of the dissident critic is carried out from the margin of the oppressed.  The point of view of the Great Narrator and of his complacent repeaters is located in the dominant center.  The other difference is that anti-official ideology appears as a visible object, while hegemonic ideology, because it is omnipresent, is transparent, invisible, like the air, like false consciousness.

The “secondary education” of History, at the same time that it allows the facts to be known tends to repeat the narrative order imposed by a particular tradition born with that same power.  At least that is what the States have attempted to date, in order to protect the innocence of the citizen who is being born.  Protection and innocence that must then be perpetuated in the obedient adult.

A more radical and vulgarized version is produced by the poorly named informational media of our time: the television camera, the direct image produces the false sensation of objectivity, of truth.  It is still not a liberated camera, but one directed by the hand of political and economic power.  Manipulation of the present narration – created with those fragments of “facts” – thus reaches its dramatic obscenity, carrying out the massive crime against human conscience.  If we observe the changes of opinion over a period of barely two years, we will see that between one unquestionable truth and the next there is a difference of tens of thousands of dead, tens of thousands of displaced, of forgotten, of dehumanized people.  Of course, of course always in some distant place far from where opinion, the narration of the truth, is produced.  Some distant place where there are never consequences for those errors nor guilty parties who face some tribunal, nor the slightest punishments that might conceal so much injustice.  This weight on the conscience, on public opinion, is lightened by turning the dead into numbers, the injustices into inevitable evils in the fight for justice, freedom, the moral good and other superior values.

If we take a look at the facts of the last four hundred years we might be overwhelmed by so much killing committed always with very good reasons, in the name of humanity.  It would be sufficient cause for becoming a cynic or radical skeptic.  But if we observe the historical process in that same period, perhaps we might see that soon the mass will cease to be mass, means, instrument, excuse, collateral effect, reserve army, and become instead what it is: the unique end in itself or the unique end of God.  When this occurs, freedom will cease to be an ideolect defined by power; national peoples will cease to be identified with chaos and chaos with anarchy.  The violence of the State and illegal violence will lose the unlimited usufruct of human flesh.

There will be a point of inflection when the writing of history ceases to be administered by official voices, by moralizers committed to power and not to humanity.  A new history will be written when it is humanity that writes its own history according to its own interests and not a minority according to its sectarian interests.

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

 

Jorge Majfud

The University of Georgia

 

 

 

 

Democracias de piedra

Cover of "Gaia: A New Look at Life on Ear...

Cover of Gaia: A New Look at Life on Earth

Rock Democracies, Paper Freedoms, Scissors Securities (Spanish)

Democracias de piedra, libertades de papel, seguridades de tijera


Hace diez años, en contradicción con la ola posmodernista, desarrollamos en Crítica de la pasión pura la idea de la moral como una forma de consciencia colectiva. De la misma forma que un cardumen o un enjambre actúa y se desarrolla como un solo cuerpo, de la misma forma que James Lovelock entendía Gaia —el planeta Tierra— como un solo cuerpo vivo, también podíamos entender a la Humanidad como una consciencia en desarrollo, con unos valores básicos y comunes que trascienden las diferencias culturales.

Estos valores se basan, abrumadoramente, en la renuncia del individuo a favor del grupo, en la conciencia superadora del más primitivo precepto de la sobrevivencia del más apto, como simples individuos en competencia. Es así que surge la representación del héroe y de cualquier figura positiva a lo largo de la historia.

El problema, la traición, se produce cuando estos valores se convierten en mitos al servicio se clases y de sectas en el poder. Lo peor que le puede ocurrir a la libertad es convertirse en una estatua. Los “conflictos de intereses”, normalmente presentados como naturales, en una perspectiva trascendente significarían sólo una patología. Una cultura que apoye y legitime esta traición a la conciencia de la especie debería ser vista —para usar la misma metáfora— como una fobia autodestructiva de esa conciencia de la especie.

Probablemente una forma de democracia radical sea el próximo paso que está por dar la humanidad. ¿Cómo sabremos cuando este paso se esté produciendo? Necesitamos indicios.

Un fuerte indicio será cuando la administración de los significados deje de estar en manos de las elites, especialmente de las elites políticas. La democracia representativa representa lo reaccionario de nuestro tiempo. Pero la democracia directa no se dará por ninguna revolución brusca, liderada por individuos, ya que es, por definición, un proceso cultural donde la mayoría comienza a reclamar y compartir el poder social. Cuando esto ocurra, los parlamentos del mundo serán lo que hoy en día son los reyes de Inglaterra: un adorno oneroso del pasado, una ilusión de continuidad.

Cada vez que la “opinión pública” cambia bruscamente después de un discurso oficial, después de una campaña electoral, después del bombardeo de publicidad —fuerza que siempre procede del dinero de una minoría—, deberemos entender que ese paso se encuentra aún lejos de consolidarse. Cuando los pueblos se independicen de los discursos, cuando los discursos y las narraciones sociales no dependan de las minorías en el poder, podremos pensar en cierto avance hacia la democracia directa.

Veamos brevemente esta problemática de la lucha por el significado.

Existen palabras con escaso interés social y otras que son el tesoro en disputa, el territorio reclamado por diferentes grupos antagónicos. En el primer grupo podemos reconocer palabras como paraguas, glicemia, fama, huracán, simpático, ansiedad, etc. En el segundo grupo encontramos otros términos como libertad, democracia y justicia (vamos a llamar a éstos ideoléxicos). También realidad y normal son términos altamente conflictivos, pero por lo general se encuentran restringidos a la especulación filosófica. A no ser como instrumentos —como la definición de normal— no son objetivos directos del poder social.

La eterna lucha por el poder social crea una cultura de partido que hace visible los llamados partidos políticos. Por lo general, son estos mismos partidos los que hacen posible la continuidad de un determinado poder social creando la ilusión de un posible cambio. Por esta cultura, las personas tendemos a posicionarnos ante cada problema social antes de un análisis desapasionado del mismo. La lealtad ideológica o el amor propio no deberían involucrarse en estos casos, pero no podemos negar que son piezas fundamentales de la disputa dialéctica y a todos nos pesan.

Todo conflicto se establece en un tiempo presente pero obsesivamente recurre a un pasado prestigioso, consolidado. Recurriendo a esa misma historia, cada grupo antagónico, sea en México o en Estados Unidos, buscará conquistar el campo semántico con diferentes narraciones, cada una de las cuales tendrá como requisito la unidad y la continuidad de ese hilo narrativo. Rara vez los grupos en disputa prueban algo; por lo general narran. Como en una novela tradicional, la narración no depende tanto de los hechos exteriores al relato sino de la coherencia interna y verosimilitud que posea esa narración. Por ello, que uno de los actores en disputa —un diputado, un presidente— reconozca un error, se convierte en una grieta mayor que si la realidad lo contradice todos los días. ¿Por qué? Porque la imaginación es más fuerte que la realidad y ésta, por lo general, no se puede observar sino a través de un discurso, de una narración.

La diferencia radica en qué intereses mueve cada narración. No es lo mismo un esclavo recibiendo azotes y agradeciendo por el favor recibido que otra versión de los hechos que cuestiona ese concepto de justicia. Tal vez la objetividad no exista, pero siempre existirá la presunción de la realidad y, por ende, de una verdad posible.

Uno de los métodos más comunes utilizados para administrar o disputar el significado de cada término, de cada concepto, es la asociación semántica. Es el mismo recurso de la publicidad que se permite la libertad de asociar una crema de afeitar con el éxito económico o un lubricante para autos con el éxito sexual.

Cuando el valor de la integración racial se encontraba en disputa en el discurso social de los años ’50 y ’60 en Estados Unidos, varios grupos de blancos sureños desfilaban por las calles portando carteles que declaraban: Race mixing is communism (“Integración racial es comunismo”. Time, 24 de agosto de 1959). El mismo cartel en Polonia hubiese sido una declaración a favor de la integración racial, pero en tiempos de McCarthy significaba todo lo contrario: la palabra comunismo se encontraba consolidada como ideoléxico negativo. No se disputaba su significado. Todo lo que fuese asociado a ese demonio estaba condenado a morir o por lo menos al fracaso.

La historia reciente nos dice que esa asociación fracasó, al menos en la narración colectiva sobre el valor de la “integración racial”. Tanto, que hoy se usa la bandera de la diversidad como un axioma indiscutible. Razón por la cual los nuevos racistas deben integrar a sus propósitos narrativos la diversidad como valor positivo para desarrollar una nueva narración contra los inmigrantes.

En otros casos el mecanismo es semejante. Recientemente, un legislador norteamericano, criticado por llamar “tercer mundo” a Miami, declaró que está a favor de la diversidad siempre y cuando se imponga un solo idioma y una sola cultura en todo el país (World Net Daily, 13 de diciembre) y que no existan “extensos barrios étnicos donde no se habla inglés y están controlados por culturas extranjeras”. (Diario de las Américas, 11 de noviembre)

Todo poder hegemónico necesita una legitimación moral y ésta se logra construyendo una narración que integre aquellos ideoléxicos que no están en disputa. Cuando Hernán Cortés o Pizarro cortaban manos y cabezas lo hacían en nombre de la justicia divina y por mandato de Dios. Incipientemente comenzaba a surgir la idea de liberación. Los mesiánicos de turno entendían que al imponer su propia religión y su propia cultura, casi siempre por la fuerza, estaban liberando a los primitivos americanos de la idolatría.

Hoy en día el ideoléxico democracia se ha impuesto de tal forma que incluso se la usa para nombrar sistemas autoritarios o teocráticos. Los grupos minoritarios que deciden cada día la diferencia entre la vida o la muerte de miles de personas, si bien en privado no desprecian el antiguo argumento de la salvación y la justicia divina, suelen preferir en público la bandera menos problemática de la democracia y la libertad. Ambos ideoléxicos son tan positivos que su imposición se justifica aunque sea vía intravenosa.

Por imponer una cultura por la fuerza los conquistadores españoles son recordados como bárbaros. Quienes hacen lo mismo hoy en día están motivados, ahora sí, por buenas razones: la democracia, la libertad —nuestros valores, que son siempre los mejores. Pero así como los héroes de ayer son los bárbaros de hoy, los héroes de hoy serán los bárbaros de mañana.

Si la moral es sus extractos más básicos representa la consciencia colectiva de la especie, es probable que la democracia directa llegue a significar una forma de pensamiento colectivo. Paradójicamente, el pensamiento colectivo es incompatible con el pensamiento único. Esto por las razones antes anotadas: un pensamiento único puede ser el resultado de un interés sectario, de clase, de nación. Diferente, el pensamiento colectivo se perfecciona en la diversidad de todas sus posibilidades, actuando en beneficio de la Humanidad y no de minorías en conflicto.

En un escenario semejante, no es difícil imaginar una nueva era con menos conflictos sectarios y guerras absurdas que sólo benefician a siete jinetes con poder, mientras pueblos enteros mueren, con fanatismo o sin querer, en nombre del orden, la libertad y la justicia.

Jorge Majfud

The University of Georgia, december 2006.

La sociedad desobediente

Esta vieja Europa que encuentro después de tan pocos años, ha cambiado tal vez de forma invisible, pero profética.

He sido amablemente invitado por el gobierno de Tenerife y por Editorial Baile del Sol para presentar mi último libro en España y para participar en algunos debates en vivo. Sobre todo, he escuchado y leído todo lo que he podido y, en cualquier caso, he sentido la misma preocupación por la guerra —o, para ser más exactos, por el bombardeo— y por la inmigración de los pobres al centro del mundo. La ruptura de Occidente es menos evidente.

Sobre estos problemas no voy a agregar mucho más. Además, de ellos ya se han encargado las mentes más lúcidas, y de poco y nada ha servido hasta el momento. Del otro lado, hemos escuchado y leído discursos que, si no tuviesen consecuencias tan trágicas serían, por lo menos, cómicos, travesuras más propias de estudiantes que de los Servicios de Inteligencia más poderosos del planeta, de los cuales depende la vida o la muerte de millones de personas.

Si se me permite el atrevimiento, quisiera ir a un problema que considero más de fondo, no sin antes una breve introducción.

Estoy leyendo en El País de Madrid un documento salido de la oficina de Condolezza Rice, el cual fue ratificado por el Congreso norteamericano. Dice: “Existe un único modelo sostenible de éxito nacional —el de Estados Unidos— que es justo para toda persona en toda sociedad” Dejo los comentarios a los lectores que, a diferencia del filósofo que escribió estas líneas, siempre presumo inteligentes. Y si, además, son cultos, seguramente recordarán el esquema de pensamiento europeísta que imperaba en el siglo XVIII, o versiones más dictatoriales, fanáticas y mesiánicas del Islam moderno. A esta altura de la historia, daría toda la impresión de que algunas personas no pueden comprender que una gran democracia nacional puede ser, al mismo tiempo, una gran dictadura mundial. Y lo digo con pesar, porque admiro la cultura y la belleza de ese gran país del Norte, donde tengo tantos amigos.

Pero vayamos más a fondo. Desconcentrémonos por un momento de la coyuntura actual de esta guerra y veremos esos cambios invisibles que, inexorablemente, están ocurriendo en todo el mundo.

Lo que hoy llamamos “globalización” no es otra cosa que el ensayo, conflictivo y con frecuencia criminal, de un cambio a mayor escala. Y, por el contrario a lo que se afirma casi unánimemente, a mi juicio es el inicio crítico de tiempos mejores para la paz mundial. No ciertamente por la victoria de ningún imperio policíaco, sino todo lo contrario.

Nuestro tiempo es crítico porque es el tiempo en que el mundo se ha cerrado, dejando dentro de su unidad física una pluralidad contradictoria y a veces incompatible de intereses. Paradójica y suicida. Desde los primeros globalizadores —los fenicios— el comercio había sido también una actividad cultural. Desde entonces, junto con las cedas y los condimentos, viajaron culturas enteras, costumbres, artes, religiones y conocimiento científico. Hoy el comercio significa, lisa y llanamente, la destrucción de las culturas que no le son rentables, al mismo tiempo que la vulgarización de aquellas otras de las cuales se sirve. Es un proceso de barbarización que se confunde con el progreso de los medios. Pero, entonces ¿cuál es la próxima etapa de esta globalización?

Hace unas décadas, el científico británico J. Lovelock concibió la teoría de Gaia, es decir la teoría según la cual se entendía nuestro planeta como un ser vivo. En un ensayo de 1997 quise complementar esta idea de la siguiente forma: si el cuerpo de Gea es la biosfera, su mente ha de ser la estratosfera —esa nueva corteza pensante— y cada habitante del planeta sería, así, como una neurona, unida a otras neuronas por dentritas vinculantes —ondas de radio, Internet, etc.  Inmediatamente supuse que nuestro planeta sufría de autismo o de una crónica descoordinación, y que si los ecologistas se habían ocupado de su cuerpo, nadie lo había hecho hasta ahora con su mente. Si la contaminación ambiental es su cáncer, la geopolítica es su esquizofrenia. Sin embargo, hoy creo que esa conducta no es producto solo de una fobia —como lo fue la Segunda Guerra— sino que es propia de un recién nacido que mueve sus manos sin advertir aún su individuación.

Y creo que ésta es la próxima etapa de la globalización. Con la movilidad de los individuos aumentará la conciencia de nuestra soledad cósmica. Después de una profunda crisis del antiguo modelo internacional, basado en el egoísmo y en la fuerza, seguirá un tiempo donde no habrá lugar para un imperio basado en una única nación. Una mayor conciencia de nuestra soledad cósmica será, al mismo tiempo, la mayor conciencia de nuestra humanidad, y los rígidos límites nacionales se ablandarán hasta disolverse en la historia. Tendremos, entonces, límites y regiones culturales, pero no políticas ni militares. El mismo fenómeno de los zapatistas de Marcos, en México, se explica por este fenómeno que no aspira al triunfo de la fuerza sino de la opinión del mundo. Aunque hoy parezca utópico, creo que cada vez importará más lo que piensen los pueblos.

La paz será, entonces, más probable en la segunda mitad del siglo XXI que en todo el siglo pasado. Su mejor garantía no será la imposición de un Gobierno supranacional, como quiso serlo el proyecto fracasado de la ONU: la mayor garantía será la conciencia individual, la fuerza de los sin-poder. Está claro que no todos aceptarán al mismo tiempo este mestizaje racial y cultural, pero el proceso será irreversible. Incluso la actual inmigración de los musulmanes a los países occidentales es positiva y un preámbulo de este nuevo “dialogo de culturas”. Es la forma más efectiva de que ellos nos conozcan mejor y vean que también nosotros podemos ser hombres y mujeres de valores morales sin pertenecer a su religión ni a su cultura. Lamentablemente, aún no se da la relación inversa, si entendemos que el turismo no es más que la deformación del conocimiento, la vulgarización del antiguo viajero. Pero tarde o temprano el cruce se producirá, dejando lugar al mestizaje nos salvará del “tribalismo planetario” en el que estamos inmersos hoy.

Entonces surgirá el “ciudadano del mundo” con una característica psicológica y cultural que hoy cuesta mucho comprender, dado el tiempo de crisis que estamos viviendo, la que no se debe a este cambio que se está produciendo sino a la profundización del antiguo modelo.

El nuevo ciudadano será mucho más exigente y mucho menos obediente que cualquiera de nosotros lo es hoy. La desobediencia es una virtud que el poder siempre se ha encargado de presentar como un defecto, ya sea éste el poder paterno, religioso, económico o estatal. Y si bien la obediencia al padre es útil en la infancia, luego, en su propia continuidad, deja de serlo y se convierte en un vasallaje que ignora el logro de la madurez, de la responsabilidad individual del nuevo adulto. Es, en este sentido, que una persona verdaderamente libre es desobediente. Ésta, la desobediencia del habitante Tierra, será quizá la mayor revolución del siglo XXI. La democracia representativa dejará lugar a la democracia directa, para convertirse con el tiempo en una antigüedad, base de los caprichos personales del líder de turno que hace que la posición geopolítica de un país como España, con respecto a la guerra, se base exclusivamente en el criterio de un solo hombre, elegido algunos años antes, e ignorando deliberadamente la voluntad del noventa porciento de la población que se ha manifestado categóricamente en contra. Los gobernantes se justifican de incumplir sus promesas preelectorales o de tomar decisiones contra la voluntad de la mayoría poselectoral argumentando que la realidad es cambiante. Pero no aceptan ese mismo argumento cuando esa mayoría lo contradice o pide la revocación de una decisión o de sus ministros.

Hoy toda las relaciones  internacionales están basadas en las relaciones personales, como en los antiguos sistemas monárquicos. (José María Aznar: “Hay una corriente de simpatía entre Bush y yo” “Nos entendimos desde el primer día que nos vimos”) Así, el destino de millones de personas sigue dependiendo del ánimo y de las relaciones amorosas entre dos o tres caballeros.

Más al Sur, vemos cómo los gobiernos “democráticos” de los países periféricos ya no tienen poder de decisión sobre sus propias políticas económicas, sociales e impositivas. Dependen de sus acreedores, de las directivas de los Centros Financieros Internacionales, como el FMI. Sin embargo, éstos Centros dependen, a su vez, de los débiles gobiernos de la periferia, ya que son ellos los vasos comunicantes que se relacionan “legítimamente” (o legitimados) con sus poblaciones. Son ellos los recaudadores de impuestos que, en suma, irán a financiar al Poder Central, es decir, al poder económico y militar que decide el destino de los pueblos. Y si estos gobiernos son demasiado pobres, por lo menos sirven para controlar la desobediencia.

Pero cuando los líderes imperiales, y los grandes centros financieros pierdan su poder, el individuo tendrá menos posibilidades de ser manipulado en su opinión y en sus sentimientos.

No habrá otra salida a la actual psicopatología mundial que no sea el mestizaje. Mestizaje de razas y de culturas, el cual no pondrá en peligro la diversidad, como sí lo está haciendo la uniformización cultural de las superpotencias. La ruptura de las fronteras y la libre circulación de los individuos hará prácticamente imposible la manipulación de los pueblos.

Por otra parte, los poderes legitimados se encuentran enredados en una lucha contra el terrorismo. Pero este terror también es una consecuencia de su entorno, no sólo de su propia cultura política sino de las políticas ajenas -la crisis de la globalización naciente. El terrorismo no es el mero producto de la naturaleza humana sino de su historia. Tanto acción como reacción son, en este caso, productos simultáneos de un determinado Orden mundial. Reestructurada la actual relación mundial del poder, también declinarán los fenómenos terroristas de nuestro tiempo. Sería tonto pensar que el auge del Islam en la segunda mitad del siglo XX es independiente del creciente poder político y militar de Occidente capitalista.

Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la anti-diplomacia: mañana, si Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial, aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.

Los pueblos nunca le declararon la guerra a nadie. Las guerras siempre las promovieron y provocaron individuos que se arroparon con todo el poder de un pueblo al que, de una forma u otra, sometieron, ya sea de forma dictatorial o “democrática”, en el sentido actual y antiguo del término. Las guerras surgen con las civilizaciones, no con la humanidad. Y si bien es cierto que con la humanidad surgió la violencia —ya que ésta es inherente a toda forma de vida, inclusive la vegetal—, también es cierto que tal vez la misión más noble de nuestra especie en su evolución espiritual sea aprender a dominar esa violencia, como alguna vez lo hicimos con el fuego, para convertirla en creación y no en destrucción, en vida y no en muerte.

Madrid

26 de febrero de 2003

Rock Democracies, Paper Freedoms, Scissors Securities

Jorge Majfud

The University of Georgia

Ten years ago, contradicting the postmodernist wave, we developed in Crítica de la pasión pura (Critique of Pure Passion) the idea of morality as a form of collective conscience.  In the same way that a school of fish or a swarm of bees acts and develops as one body, in the same way that James Lovelock understood Gaia – Planet Earth – as one living body, we could also understand Humanity as one conscience in development, with some common and basic values that transcend cultural differences.

These values are based, overwhelmingly, on the renunciation of the individual in favor of the group, on the conscience that supercedes the more primitive precept of the survival of the fittest, as mere individuals in competition.  That is how the representation of the hero and of any other positive figure emerges throughout history.

The problem, the betrayal, is produced when these values become myths at the service of classes and sects in power.  The worst thing that can happen to freedom is for it to be turned into a statue.  The “conflicts of interests,” normally presented as natural, from a broader perspective would represent a pathology.  A culture that supports and legitimizes this betrayal of the conscience of the species should be seen – to use the same metaphor – as a self-destructive phobia of that species conscience.

Probably a form of radical democracy will be the next step humanity is ready to take.  How will we know when this step is being produced?  We need signs.

One strong sign will be when the administration of meaning ceases to lie in the hands of elites, especially of political elites.  Representative democracy represents what is reactionary about our times.  But direct democracy will not come about through any brusque revolution, led by individuals, since it is, by definition, a cultural process where the majority begins to claim and share social power.  When this occurs, the parliaments of the world will be what the royals of England are today: an onerous adornment from the past, an illusion of continuity.

Every time “public opinion” changes brusquely after an official speech, after an electoral campaign, after a bombardment of advertising – power that always flows from the money of a minority – we must understand that that next step remains far from being consolidated.  When publics become independent of the speeches, when the speeches and social narrations no longer depend on the powerful minorities, we will be able to think about certain advance toward direct democracy.

Let’s look briefly at this problematic of the struggle over meaning.

There are words with scarce social interest and others that are disputed treasure, territory claimed by different antagonistic groups.  In the first category we can recognize words like umbrella, glycemia, fame, hurricane, nice, anxiety, etc.  In the second category we find terms like freedom, democracy and justice (we will call these ideolexicons).  Reality and normal are also highly conflictive terms, but generally they are restricted to philosophical speculation.  Unless they are instruments – like the definition of normal – they are not direct objectives of social power.

The eternal struggle for social power creates a partisan culture made visible by the so-called political parties.  In general, it is these same parties that make possible the continuity of a particular social power by creating the illusion of a possible change.  Because of this culture, we tend to adopt a position with respect to each social problem instead of a dispassionate analysis of it.  Ideological loyalty or self love should not be involved in these cases, but we cannot deny that they are fundamental pieces of the dialectical dispute and they weigh on us all.

All conflict is established in a present time but recurs obsessively to a prestigious, consolidated past.  Recurring to that same history, each antagonistic group, whether in Mexico or in the United States, will seek to conquer the semantic field with different narrations, each one of which will have as a requirement the unity and continuity of that narrative thread.  Rarely do the groups in dispute prove something; generally they narrate.  Like in a traditional novel, the narration does not depend so much on facts external to the story as on the internal coherence and verisimilitude possessed by that narration.  For that reason, when one of the actors in the dispute – a congressional representative, a president – recognizes an error, this becomes a greater crack in the story than if reality contradicted him every day.  Why?  Because the imagination is stronger than reality and the latter, generally speaking, cannot be observed except through a discourse, a narration.

The difference lies in which interests are moved by each narration.  A slave receiving lashes of the whip and giving thanks for the favor received is not the same as another version of the facts which questions that concept of justice.  Perhaps objectivity does not exist, but the presumption of reality and, therefore, of a possible truth will always exist.

One of the more common methods used to administer or dispute the meaning of each term, of each concept, is semantic association.  It is the same resource that allows advertising to freely associate a shaving cream with economic success or an automotive lubricant with sexual success.

When the value of racial integration found itself in dispute in the social discourse of the 1950s and 1960s in the United States, various groups of southern whites marched through the streets carrying placards that declared: Race mixing is communism (Time, August 24, 1959).  The same placard in Poland would have been a declaration in favor of racial integration, but in the times of McCarthy it meant quite the contrary: the word communism had been consolidated as a negative ideolect.  The meaning was not disputed.  Anything that might be associated with that demon was condemned to death or at least to failure.

Recent history tells us that that association failed, at least in the collective narration about the value of “racial integration.”  So much so that today the banner of diversity is used as an inarguable axiom.  Which is why the new racists must integrate to their own purposes narratives of diversity as a positive value in order to develop a new narration against immigrants.

In other cases the mechanism is similar.  Recently, a U.S. legislator, criticized for calling Miami “third world,” declared that he is in favor of diversity as long as a single language and a single culture is imposed on the entire country, (World Net Daily, December 13) and there are no “extensive ethnic neighborhoods where English is not spoken and that are controlled by foreign cultures.” (Diario de las Américas, November 11)

All hegemonic power needs a moral legitimation and this is achieved by constructing a narration that integrates those ideolexicons that are not in dispute.  When Hernán Cortés or Pizarro cut off hands and heads they did it in the name of divine justice and by order of God.  Incipiently the idea of liberation began to emerge.  The messianic powers of the moment understood that by imposing their own religion and their own culture, almost always by force, they were liberating the primitive Americans from idolatry.

Today the ideolexicon democracy has been imposed in such a way that it is even used to name authoritarian and theocratic systems. Minority groups that decide every day the difference between life and death for thousands of people, if indeed in private they don’t devalue the old argument of salvation and divine justice, tend to prefer in public the less problematic banner of democracy and freedom.  Both ideolexicon are so positive that their imposition is justified even if it is intravenously.

Because they imposed a culture by force the Spanish conquistadors are remembered as barbaric.  Those who do the same today are motivated, this time for sure, by good reasons: democracy, freedom – our values, which are always the best.  But jast as the heroes of yesterday are today’s barbarians, the heroes of today will be the barbarians of tomorrow.

If morality and its most basic extracts represent the collective conscience of the species, it is probable that direct democracy will come to signify a form of collective thought.  Paradoxically, collective thinking is incompatible with uniform thinking.  This for reasons noted previously: uniform thinking can be the result of a sectarian interest, a class interest, a national interest.  In contrast, collective thinking is perfected in the diversity of all possibilities, acting in benefit of Humanity and not on behalf of minorities in conflict.

In a similar scenario, it is not difficult to imagine a new era with fewer sectarian conflicts and absurd wars that only benefit seven powerful riders, while entire nations die, fanatically or unwilling, in the name of order, freedom and justice.


Jorge Majfud

February 2007

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Los cabellos blancos de un presidente

Los cabellos blancos de un presidente


El pasado lunes por la noche, el presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, fue homenajeado por la revista Istoé, que lo eligió Brasileiro do Ano. Significativamente, la revista entregó otras distinciones: IstoÉ Dinheiro e IstoÉ Gente, que puestos en su propio contexto podrían significar dos premios redundantes.

El texto de AFP, repetido por una docena de diarios del continente, dice: “‘Las cosas evolucionan de acuerdo con la cantidad de cabellos blancos y la responsabilidad que uno tiene’, dijo Lula, de 61 años, señalando sus canas en un improvisado discurso”. Y más adelante: “‘Si uno conoce a un izquierdista muy viejo es porque debe estar con problemas’, dijo el presidente arrancando carcajadas y aplausos del público formado por empresarios políticos y artistas”.

En algo llevan razón sus palabras: los viejos izquierdistas como seu Luiz ya no son izquierdistas porque resolvieron sus problemas. No obstante, aunque se refuta a sí mismo, el mensaje fue leído sin ambigüedades por todo un continente y por los hilarantes empresarios: el presidente convertido a la sensatez se refería a los problemas psicológicos e ideológicos de quienes ya no piensan como él. Lo cual constituye la tesis central y el único recurso dialéctico de libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano: la mera calificación de las facultades mentales del adversario.

Analicemos brevemente el silogismo planteado.

En la antigüedad, para reclamar respeto se aludían a las blancas barbas. Seu Luiz tiene barba pero el nuevo pudor ideológico le impide aludir a su pasado remanente y al dramático travestismo ideológico que supone el encanecimiento de aquellas barbas, más de una vez en remojo. El antiguo aforismo que pretende recordar y confirmar la sabiduría —política— de los hombres que peinan canas, sólo nos garantiza que dicho discurso proviene de un anciano. En este caso, de un anciano en el poder. En Informe sobre ciegos (1961), Ernesto Sábato decía, por boca de un canalla: “al sustantivo ‘viejito’ inevitablemente anteponen el adjetivo ‘pobre’, como si todos no supiéramos que un sinvergüenza que envejece no por eso deja de ser sinvergüenza, sino que, por el contrario, agudiza sus malos sentimientos con el egoísmo y el rencor que adquiere o incrementa con las canas”.  Canalla, pero irrefutable. Por culpa de este tipo de canallas, un “pobre viejito” como el recientemente fallecido General Augusto Pinochet debió ser cremado para que su tumba —según sus familiares— no se convierta en un santuario de protestas y profanaciones. En India la cremación tiene una finalidad semejante: así se evita la continuación del samsara, la indeseable reencarnación del fallecido.

América Latina posee una larga historia de caudillos que ascienden al poder por la escalera de la izquierda y luego se sostienen aferrándose al pasamano de la derecha. Entre los recursos narrativos más recurrentes del poder de turno ha estado siempre la falsa alternativa del “justo medio”. A las confesiones aplaudidas por los empresarios en San Pablo, el compañero Lula, agora o seu Luiz, agregó que, como en toda conducta humana, lo ideal es el “camino del medio” y el “equilibrio”.

Entre México y Buenos Aires existe una distancia con un inequívoco punto medio. El problema es calcular ese punto medio en un orden político, social, donde se disputan el negro y el oscuro como si fuesen dos opciones radicales. ¿Cuál es el punto medio cuando un niño llora de hambre o ni siquiera tiene fuerzas para llorar? ¿Cuál era el camino del medio cuando Hernán Cortés quemaba ciudades enteras y decapitaba hombres y mujeres indefensas? ¿Cuál era el camino del medio cuando hasta ayer los dictadores militares o caudillos más pequeños en nuestro continente disponían de países enteros como un hacendado dispone de su ganado? ¿Existe un sabio camino del medio entre los violadores de los Derechos Humanos y aquellos radicales que por años reclamaron la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad cuando pensaban que habían recuperado la democracia? ¿Se puede ser medio criminal, medio violador, medio hipócrita? ¿Qué significa equilibrio para una sociedad que produce indistintamente palacios y favelas?

Los dilemas que se usan en política para establecer un equilibrio, un punto medio, casi siempre son falsos; como el juego de regateo en un mercado, que deja contento al cliente que paga de más al lograr un precio algo más bajo que el inicial propuesto por el vendedor. Por supuesto que todos valoramos el equilibrio entre los reclamos y los logros humanos, pero el problema surge cuando tomamos este precepto y lo generalizamos a rajatabla por una razón de conveniencia personal o de clase o de gremio: no es lo mismo un equilibrio entre las posibilidades materiales y el deseo, que el equilibrio entre la justicia y la violación de los derechos.

Cuando el mismo presidente Lula subió al poder con su utópico slogan Fome Zero (Hambre Cero), no estaba proponiendo un camino del medio sino una opción radical. Radical e inexcusable en un país donde el Estado invierte millones para proteger mansiones improductivas mientras las cifras de niños muertos antes de los cinco años es de 35 cada mil, bastante mayor que la de países como Panamá (24 cada mil) o Chile (9 cada mil). El natural fracaso de una propuesta radical como la de Fome Zero no debería significar cambiarse hipócritamente de bando sino morir insistiendo en un derecho humano, irrenunciable, honrosamente radical. En este caso, la derrota ante la realidad no es tan vergonzosa como el discurso ideológico que pretende justificarla con frases dictadas por los constructores y los narradores de esa misma realidad.

Claro, cambiar no es malo. Todo lo contrario. La historia de las posiciones religiosas, científicas, filosóficas y políticas es rica en todo tipo de cambios, con frecuencia cambios dramáticos. En el mundo de las pasiones y del pensamiento estos virajes son comunes y a veces célebres: es el caso de Jean-Paul Sarte o de Mario Vargas Llosa. Del primero, Octavio Paz dijo que tantos cambios afeaban su obra. Del segundo se dijeron cosas peores, quizás porque, al menos hasta ayer, se consideraba que la cultura era un campo de batalla que sirve o se resiste al poder de turno. Renegar o no tomar posición era una forma de traición. En el caso de Ernesto Sábato los cambios y las rupturas han sido dramáticas y abundantes. De forma extraña, todas estas contradicciones filosóficas —para no llamarlas simplemente políticas— se asociaron a una coherencia existencial y, finalmente, a la coherencia, a secas.

Ahora, atribuir los cambios a una mayor sabiduría simplemente es un engaño de las apariencias que peinan canas. Einstein revolucionó las ciencias físicas con veinticinco años. Diez años después, en 1915, logró una de sus últimas proezas intelectuales: la generalización de su Teoría de la Relatividad. Desde entonces hasta que murió en 1955 se pasó toda la vida negando las posibilidades de gran parte de la física cuántica, aquella que tendría más éxito que su frustrada búsqueda de una teoría determinista y unificadora, al mejor estilo de la ciencia del siglo XIX —en lo que respecta al determinismo— y de la filosofía del siglo V a. C., en lo que respecta al precepto epistemológico de la verdad unitaria. Una broma común dice: “Si los padres saben más que los hijos, ¿por qué el padre de Edison no inventó la bombita de luz?”.

Las canas, señor Presidente, pueden significar más experiencia, sí. Pero no garantizan mucho más que eso. Más experiencia puede ser una buena base para la sabiduría o para una de las formas de la estupidez, como lo es la misma creencia de que la experiencia produce ideas. Esta superstición ha sido refutada en todos los laboratorios del mundo pero se mantiene viva gracias al orgullo senil de quienes ya no tienen ideas.

Señor presidente, resulta patético justificar un travestismo ideológico con las ideas del pato Donald al mismo tiempo que se señala sus propias canas como si fuesen las canas de Einstein —ya que no las de Marx—. ¿Qué nuevo acto de fe es necesario para creer en sus nuevas opiniones? ¿Qué nuevo acto de hipocresía es necesario para reírse a carcajadas junto con sus comensales del Gran Empresariado Tercermundista en otro de sus clásicos delirios de grandeza? Dejarse crecer el pelo blanco no ayuda mucho en la comprensión de una ecuación geodésica. Sólo lo asemejaría a usted aún más a Benny Hill.

Sinceramente, señor presidente, no me interesa defender aquella izquierda que lo llevó al poder de su país. Soy demasiado escéptico y probablemente demasiado cínico como para creer en discursos de izquierda, de centro o de derecha. Tal vez me repugne menos la demagogia de un discurso callejero que la hipocresía de una cena con champagne. Pero si vamos a analizar la profundidad de los pensamientos de esa sabiduría encarnada ahora por usted, podríamos comenzar por las siguientes conclusiones: (1) que habitualmente los hombres y mujeres de izquierda se vuelvan viejos y viejas de derecha no garantizan a nadie su sabiduría; rigurosamente, del silogismo planteado sólo se deduce que (2) la derecha está, como cualquier viejito canoso, más cerca del poder y de la muerte que la izquierda. Por lo cual habría que felicitar a los viejitos izquierdistas por su espíritu juvenil.

Jorge Majfud

13 de diciembre de 2006

A President’s White Hair

Jorge Majfud

The University of Georgia

Translated from Spanish by Bruce Campbell

Recently, the president of Brazil, Luiz Ignacio Lula da Silva, was honored by the magazine IstoÉ, which elected him Brazilian of the Year.  Significantly, the magazine handed out other distinctions: IstoÉ Money and IstoÉ People, which placed in their proper context could represent two redundant prizes.

The AFP text, repeated by a dozen of the continent’s daily newspapers, states: “‘Things evolve according to the amount of white hair and responsibility that one has,’” said Lula, 61 years old, indicating his white hair in an impromptu speech.”  And later: “‘If one meets a very old leftist it is because he must have problems,’ said the president, drawing laughter and applause from the audience of businessmen, politicians and artists.”

His words make a certain sense: old leftists like Mr. Luiz are no longer leftists because they have solved their problems. Nonetheless, even though it refutes itself, the message was read ambiguously by an entire continent and by the hilarious business people: the president, having come to his senses, referred to the psycological and ideological problems of those who no longer think like him.  Which constitutes the central thesis and the only dialectical resource of books like Manual for the Perfect Latin American Idiot: the mere qualification of the mental faculties of the adversary.

Let’s analyze briefly the syllogism posited here.

In olden times, in order to command respect one alluded to the white chin whiskers.  Mr. Luiz has a beard but the new ideological modesty bars him from alluding to his residual past and the dramatic ideological cross-dressing that the graying of those whiskers, soaked more than once,  represents. The old aphorism that pretends to recall and confirm the wisdom – political wisdom – of men who comb gray hair only guarantees to us that said discourse comes from an old man.  In this case from an old man in power.  In Informe sobre ciegos (Report on the Blind, 1961), Ernesto Sábato commented, through the voice of a scoundrel: “before the noun ‘little old man’ they inevitably place the adjective ‘poor,’ as if we didn’t all know that just because a reprobate grows old he doesn’t cease to be a reprobate, but rather, on the contrary, refines his ill-will with the selfishness and rancor that he acquires or develops along with his gray hair.”  A scoundrel, but irrefutable.  Due to the fault of this kind of rabble, a “little old man” like the recently deceased General Augusto Pinochet had to be cremated so that his grave – according to his family – would not become a sanctuary for protests and profanations.  In India cremation has a similar purpose: the continuation of the samsara, the undesireable reincarnation of  the deceased, is thereby avoided.

Latin America possesses a long history of strongmen who ascend to power up the staircase of the left and then sustain themselves by clinging to the handrail of the right.  Among the más frequently repeated narrative resources of  those in power has always been the the false alternative of the “fair middle.”  To the confessions applauded by businessmen in Sao Paulo, comrade Lula, now Mr. Luiz, added that, as in all human conduct, the ideal is “the middle road” and “balance.”

Between Mexico and Buenos Aires there exists a distance with an unequivocal middle point.  The problem is calculating that middle point in a social or political order, where black and dark are disputed as if they were two radical options.  What is the middle point when a child cries from hunger or doesn’t even have the strength to cry?  What was the middle road when Hernán Cortés was burning entire cities and decapitating defenseless men and women?  What was the middle road when until recently military dictators or smaller strongmen on our continent had at their disposal entire countries, like the large landowner has his cattle?  Does a wise middle road exist between the violators of Human Rights and those radicals who for years demanded the truth, the whole truth and nothing but the truth when they thought they had recuperated democracy?  Can one be half-way criminal, half-way rapist, half a hypocrite?  What does balance mean for a society that produces palaces and favelas alike?

The dilemmas that are used in politics to establish a balance, a middle point, are almost always false; like the game of haggling in a market, which leaves the customer who overpays happy because he achieved a price somewhat lower than the initial one proposed by the vendor.  Of course we all value the balance between human demands and achievements, but the problem arises when we take this precept and we generalize it across the board for reasons of personal or class or professional convenience: a balance between material possibilities and desire is not the same as the balance between justice and the violation of rights.

When president Lula himself rose to power with his utopian slogan Fome Zero (Zero Hunger), he was not proposing a middle road but a radical option.  Radical and inexcusable in a country where the State invests millions to protect unproductive mansions while the number of children who die before the age of five is 35 in every thousand, much greater than that of countries like Panama (24 in every thousand) or Chile (9 in every thousand).  The natural failure of a radical proposal like Fome Zero should not mean hypocritically switching sides but insisting to the death on a non-negotiable, honorably radical human right.  In this case, defeat in the face of reality is not so shameful as the ideological discourse that attempts to justify it with phrases dictated by the builders and narrators of that same reality.

Obviously, change is not bad.  Quite the contrary.  The history of religious, scientific, philosophical and political positions is rich in all kinds of changes, frequently dramatic changes.  In the world of passions and thought these shifts are common and at times famous: such is the case of Jean-Paul Sarte or of Mario Vargas Llosa.  Of the first, Octavio Paz said that so many changes made his life’s work ugly.  Of the second, worse things were said, perhaps because, at least until recently, it was considered that culture was a battle field that either served or resisted the powers that be.  To refuse or not take a position was a form of treason.  In the case of Ernesto Sábato the changes and ruptures have been dramatic and abundant.  In a strange way, all of these philosophical – so as not to call them political – contradictions were associated with an existential coherence and, in the end, with coherence, simply put.

Now, attributing changes to a greater wisdom is simply an illusion of the appearance of those who comb white hair.  Einstein revolutionized the physical sciences when he was twenty five.  Ten years later, in 1915, he accomplished one of his last intellectual feats: the generalization of his Theory of Relativity.  From that point on until he died in 1955 he spent his entire life denying the possibilities of a great part of quantum physics, that theoretical physics which would have greater success than his frustrated search for a unifying and determinist theory, in the best style of 19th century science – with respect to determinism – and of the philosophy of the 5th century B.C., with respect to the epistemological precept of unitary truth.  A common joke says: “If parents know more than children, why didn’t Edison’s father invent the light bulb?”

White hair, Mr. President, can indeed signify more experience.  But it doesn’t guarantee much more than that.  More experience can be a good basis for wisdom or for one of the forms of stupidity, like the belief that experience produces ideas.  This superstition has been refuted in all of the laboratories of the world but remains alive thanks to the senile pride of those who no longer have ideas.

Mr. President, it is pathetic to justify one’s ideological cross-dressing with the ideas of Donald Duck at the same time that one indicates one’s own white hair as if they were the white hairs of Einstein – since they are no longer those of Marx.  What new act of faith is necessary to believe  your new opinions?  What new act of hypocrisy is necessary to roar with laughter along with the guests of the Great Third World Business Class in another classic delusion of grandeur?  Allowing one’s hair to grow white does not help much in comprehending the geodesic equation.  It only makes you look even more like Benny Hill.

Sincerely, Mr. President, I am not interested in defending the left that brought you to power in your country.  I am too skeptical and probably too cynical to believe in the speeches of the left, right or center.  Perhaps I find less repugnant the demagoguery of a speech on the street than the hypocrisy of a dinner with champagne.  But if we are going to analyze the profundity of the thoughts of that wisdom now incarnated in you, we might begin with the following conclusions: (1) that the men and women of the left habitually become old men and women of the right guarantees wisdom to nobody; rigorously, from the syllogism posited one can only deduce that (2) the right is, like any white haired little old man, closer to power and to death than the left.  For which reason, one would have to congratulate the little old leftists for their youthful spirit.

Translated by Bruce Campbell


Sexo y poder: para una semiótica de la violencia

Ariel Dorfman

Image via Wikipedia

Bitacora (La Republcia)

Milenio (Mexico)

Sexo y poder: para una semiótica de la violencia

En 1992 el chileno Ariel Dorfman estrenó su obra La Muerte y la Doncella. Aunque sin referencias explícitas, el drama alude a los años de la dictadura de Augusto Pinochet y a los primeros años de la recuperación formal de la democracia en Chile. Paulina Salas es el personaje que representa a las mujeres violadas por el régimen y por todos los regímenes dictatoriales de la época, de la historia universal, que practicaron con sadismo la tortura física y la tortura moral. La violación sexual tiene, en este caso y en todos los demás, la particularidad de combinar en un mismo acto casi todas las formas de violencia humana de la que son incapaces el resto de las bestias animales. Razón por la cual no deberíamos llamar a este tipo de bípedos implumes “animales” sino “cierta clase tradicional de hombre”.

Otro personaje de la obra es un médico, Roberto Miranda, que también representa a una clase célebre de sofisticados colaboradores de la barbarie: casi siempre las sesiones de tortura eran acompañadas con los avances de la ciencia: instrumentos más avanzados que los empleados por la antigua inquisición eclesiástica en europea, como la picana eléctrica; métodos terriblemente sutiles como el principio de incertidumbre, descubierto o redescubierto por los nazis en la culta Alemania de los años treinta y cuarenta. Para toda esta tecnología de la barbarie era necesario contar con técnicos con muchos años de estudio y con una cultura enferma que la legitimara. Ejércitos de médicos al servicio del sadismo acompañaron las sesiones de tortura en América del Sur, especialmente en los años de la mal llamada Guerra Fría.

El tercer personaje de esta obra es el esposo de Paulina, Gerardo Escobar. El abogado Escobar representa la transición, aquel grupo encargado de zurcir con pinzas las sangrantes y dolorosas heridas sociales. Como ha sido común en América Latina, cada vez que se inventaron comisiones de reconciliación se apelaron primero a necesidades políticas antes que morales. Es decir, la verdad no importa tanto como el orden. Un poco de verdad está bien, porque es el reclamo de las víctimas; toda no es posible, porque molesta a los violadores de los Derechos Humanos. Quienes en el Cono Sur reclamamos toda la verdad y nada más que la verdad fuimos calificados, invariablemente de extremistas, radicales y revoltosos, en un momento en que era necesaria la Paz. Sin embargo, como ya había observado el ecuatoriano Juan Montalvo (Ojeada sobre América, 1866), la guerra es una desgracia propia de los seres humanos, pero la paz que tenemos en América es la paz de los esclavos. O, dicho en un lenguaje de nuestros años setenta, es la paz de los cementerios.

Paulina lo sabe. Una noche su esposo regresa a casa acompañado por un médico que amablemente lo auxilió en la ruta, cuando el auto de Gerardo se descompuso. Paulina reconoce la voz de su violador. Después de otras visitas, Paulina decide secuestrarlo en su propia casa. Lo ata a una silla y lo amenaza para que confiese. Mientras lo apunta con un arma, Paulina dice: “pero no lo voy a matar porque sea culpable, Doctor. Lo voy a matar porque no se ha arrepentido un carajo. Sólo puedo perdonar a alguien que se arrepiente de verdad, que se levanta ante sus semejantes y dice esto yo lo hice, lo hice y nunca más lo voy a hacer”.

Finalmente Paulina libera a su supuesto torturador sin lograr una confesión de la parte acusada. No se puede acusar a Dorfman de crear una escena maniqueísta donde Paulina no se toma venganza, acentuando la bondad de las víctimas. No, porque la historia presente no registra casos diferentes y mucho menos éstos han sido la norma. La norma, más bien, ha sido la impunidad, por lo cual podemos decir que La Muerte y la Doncella es un drama, además de realista, absolutamente verosímil. Además de estar construido con personajes concretos, representan tres clases de latinoamericanos. Todos conocimos alguna vez a una Paulina, a un Gonzalo y a un Roberto; aunque no todos pudieron reconocerlos por sus sonrisas o por sus voces amables.

Un problema que se deriva de este drama trasciende la esfera social, política y tal vez moral. Cuando el esposo de Paulina observa que la venganza no procede porque “nosotros no podemos usar los métodos de ellos, nosotros somos diferentes”, ella responde con ironía: “no es una venganza. Pienso darle todas las garantías que él me dio a mí”. En varias oportunidades Paulina y Roberto deben quedarse solos en la casa. Sin la presencia conciliadora y vigilante del esposo, Paulina podría ejercer toda la violencia contra su violador. De esta situación se deriva un problema: Paulina podría ejercer toda la fuerza física hasta matar al médico. Incluso la tortura. Pero ¿cómo podría ejercer la otra violencia, tal vez la peor de todas, la violencia moral? “Pienso darle todas las garantías que él me dio a mí”, podría traducirse en “pienso hacerle a él lo mismo que él me hizo a mí”.

Es entonces que surge una significativa asimetría: ¿por qué Paulina no podría violar sexualmente a su antiguo violador? Es decir, ¿por qué ese acto de aparente violencia, en un nuevo coito heterosexual, no resultaría una humillación para él y sí una nueva humillación para ella?

El mi novela La reina de América (2001) cuando la protagonista logra vengarse de su violador, ahora investida con el poder de una nueva posición económica, contrata a hombres que secuestran al violador y, a su vez, lo violan en una relación forzosamente homosexual mientras ella presencia la escena, como en un teatro, la violencia de su revancha. ¿Por qué no podía ser ella quién humillara personalmente al agresor practicando su propia heterosexualidad? ¿Por qué esto es imposible? ¿Es parte del lenguaje ético-patriarcal que la víctima debe conservar para vengarse? ¿Deriva, entonces, tanto la violencia moral como la dignidad, de los códigos establecidos por el propio sexo masculino (o por el sistema de producción al que responde el patriarcado, es decir, a la forma de sobrevivencia agrícola y preindustrial)?

Octavio Paz, mejorando en El laberinto de la soledad (1950) la producción de su coterráneo Samuel Ramos (El perfil del hombre en la cultura de México, 1934), entiende que “quien penetra” ofende, conquista. “Abrirse (ser “chingado”, “rajarse”), exponerse es una forma de derrota y humillación. Es hombría no “rajarse”. “Abrirse”, significa una traición. “Rajada” es la herida femenina que no cicatriza. El mismo Jean-Paul Sarte veía al cuerpo femenino como portador de una abertura.

Opuesto a la virginidad de María (Guadalupe), está la otra supuesta madre mexicana: la Malinche, “la chingada”. Desde un punto de vista psicoanalítico, son equiparables —¿sólo en la psicología masculina, portadora de los valores dominantes?— la tierra mexicana que es conquistada, penetrada por el conquistador blanco, con Marina, la Malinche que abre su cuerpo. (El conquistador que sube a la montaña o pisa la Luna, ambos sustitutos de lo femenino, no clava solo una bandera; clava una estaca, un falo.) Malinche no hace algo muy diferente que los caciques que le abrieron las puertas al bárbaro de piel blanca, Hernán Cortés. Malinche tenía más razones para detestar el poder local de entonces, pero la condena su sexo: la conquista sexual de la mujer, de la madre, es una penetración ofensiva. La traición de los otros jefes masculinos —olvidemos que eran tribus sometidas por otro imperio, el azteca— se olvida, no duele tanto, no significa una herida moral.

Pero es una herida colonial. El patriarcado no es una particularidad de las antiguas comunidades de base en la América precolombina. Más bien es un sistema europeo e incipientemente un sistema de la cúpula imperial inca y azteca. Pero no de sus bases donde todavía la mujer y los mitos a la fertilidad —no a la virginidad— predominaban. La aparición de la virgen india ante el indio Juan Diego se hace presente en la colina donde antes era de culto de la diosa Tonantzin, “nuestra madre”, diosa de la fertilidad entre los aztecas.

Ahora, más acá de este límite antropológico, que establece la relatividad de los valores morales, hay elementos absolutos: tanto la víctima como el victimario reconocen un acto de violación: la violencia es un valor absoluto y que el más fuerte decide ejercer sobre el más débil. Esto es fácilmente definido como un acto inmoral. No hay dudas en su valor presente. La especulación, el cuestionamiento de cómo se forman esos valores, esos códigos a lo largo de la historia humana pertenecen al pensamiento especulativo. Nos ayudan a comprender el por qué de una relación humana, de unos valores morales; pero son absolutamente innecesarios a la hora de reconocer qué es una violación de los derechos humanos y qué no lo es. Por esta razón, los criminales no tienen perdón de la justicia humana —la única que depende de nosotros, la única que estamos obligados a comprender y reclamar.

Jorge Majfud

9 de diciembre de 2006

The University of Georgia

Bitacora (La Republcia)

Milenio  (Mexico)

Milenio Nac, (Mexico)

Milenio II (Mexico)

Sex and Power: Towards a Semiotics of Violence

In 1992 the Chilean Ariel Dorfman debuted his work Death and the Maiden. Although without specific references, the drama alludes to the years of Augusto Pinochet’s dictatorship and the first years of the formal recuperation of democracy in Chile. Paulina Salas is the character who represents the women raped by the regime and by all of the dictatorial regimes of the period, of universal history, that sadistically practiced physical torture and moral torture. Sexual violation has, in this case and in all others, the particularity of combining in one and the same act almost all the forms of human violence of which other animal beasts are incapable. For this reason we should not refer to this type of featherless biped as an “animal” but as “a certain traditional kind of man.”

Another character in the drama is a doctor, Roberto Miranda, who also represents a famous class of sophisticated collaborators with barbarism: torture sessions were almost always accompanied with the advances of science: instruments more advanced than those employed by the old ecclesiastical inquisition in Europe, like the electric cattle prod; terribly subtle methods like the principle of uncertainty, discovered or rediscovered by the Nazis in the educated Germany of the 30s and 40s. In order to use all of this technology of barbarism it was necessary to rely on technicians with many years of study and a sick culture to legitimate it. Armies of doctors at the service of sadism accompanied the torture sessions in South America, especially in the years of the poorly named Cold War.

The third character in this play is Paulina’s husband, Gerardo Escobar. The attorney Escobar represents the transition, that group given the task of darning with bobby pins the bloody and painful social wounds. As has been common in Latin America, each time reconciliation commissions were created they appealed first to political necessities over moral ones. Which is to say, the truth does not matter as much as order. A little bit of truth is alright, because it is the victims’ demand; the full truth is not possible, because it bothers the violators of Human Rights. Those of us in the Southern Cone who demand the whole truth and nothing but the truth were characterized, invariably, as extremists, radicals and trouble-makers in a moment in which Peace was necessary. Nonetheless, as the Ecuadorian Juan Montalvo had already observed (Ojeada sobre América, 1866), war is a disgrace proper to human beings, but the peace that we have in America is the peace of slaves. Or, stated in a language from our 1970s, it is the peace of the cemeteries.

Paulina knows it. One night her husband returns home accompanied by a doctor who kindly had offered him assistance on the road, when Gerardo’s car broke down. Paulina recognizes the voice of her rapist. After other visits, Paulina decides to kidnap him in her own home. She ties him to a chair and threatens him in order to make him confess. While aiming a weapon at him, Paulina says: “but I am not going to kill you because your are guilty, Doctor. I am going to kill you because you haven’t shown any damned remorse. I can only forgive someone who truly asks for forgiveness, who stands up before his peers and says I did this, I did it and I will never do it again.”

Finally Paulina frees her alleged torturer without receiving a confession from the accused party. Dorfman cannot be accused of creating a Manichaean scene where Paulina does not take vengeance, emphasizing the goodness of the victims. No, because recent history does not record cases of vengeance and much less have these been the norm. The norm, rather, has been impunity, for which reason we can say that Death and the Maiden is a drama that is, besides being realist, absolutely true to life. In addition to being constructed from concrete characters, they represent three kinds of Latin Americans. We have all met at some time a Paulina, a Gerardo and a Roberto; even though not everyone could recognize them by their smiles or their kind voices.

A problem derived from this play transcends the social, political and perhaps moral sphere. When Paulina’s husband observes that revenge will not proceed because “we cannot use their methods, we are different,” she responds ironically: “it isn’t revenge. I am thinking of giving him all the guarantees that he gave to me.” On various occasions Paulina and Roberto must be alone together in the house. Without the vigilant and conciliatory presence of the spouse, Paulina could exercise any manner of violence against her violator. From this situation a problem is derived: Paulina could exercise all the physical force necessary to kill the doctor. Including torture. But, how could she exercise that other violence, perhaps the worst of all, moral violence? “I am thinking of giving him all the guarantees that he gave to me” could be translated as “I am thinking of doing to him the same thing that he did to me.”

That is when a significant asymmetry emerges: why couldn’t Paulina sexually violate her old rapist? That is, why would that apparent act of violence, in another heterosexual coitus, not result in humiliation for him while it would cause a new humiliation for her?

In my novel La reina de América (The Queen of America, 2001) when the protagonist manages to avenge herself against her rapist, now vested with the power of a new economic position, she hires men who kidnap her rapist and, each in turn, violate him in a forcibly homosexual relation while she witnesses the scene, as in a theater, the violence of her revenge. Why could it not be her who personally humiliated her aggressor practicing her own heterosexuality? Why is this impossible? Is it part of the ethico-patriarchal language that the victim must preserve in order to avenge herself? Do both moral violence and dignity, then, derive from the codes established by the masculine sex itself (or by the system of production to which the patriarchy responds, which is to say, the agricultural and pre-industrial form of survival)?

Octavio Paz, improving in El laberinto de la soledad (The Labyrinth of Solitude, 1950) upon the production of his fellow countryman Samuel Ramos (El perfil del hombre en la cultura de México, 1934), understands that “the one who pentrates” offends, conquers. “To be opened” (to be “chingado,” “torn open”), to be exposed is a form of defeat and humiliation. It is manly to not be “torn open.” “To be opened” signifies a betrayal. The “gash” is the feminine wound that does not heal. Jean-Paul Sartre himself saw the feminine body as carrier of an opening.

Opposite the virginity of María (Guadalupe), is the other supposed Mexican mother: la Malinche, “la chingada.” From a psychoanalytic point of view, they are comparable – only in masculine psychology, carrier of dominant values? – Mexican territory which is conquered, penetrated by the white conqueror, with Marina, la Malinche who opens her body.  (The conqueror who climbs the mountain or sets foot on the Moon, both substitutes for the feminine, does not only raise a flag; he drives in a stake, a phallus.) Malinche does not do anything very different from the indigenous leaders who opened their doors to the white-skinned barbarian, Hernán Cortés. Malinche had more reason to detest the local power of the time, but her sex condemns her: the sexual conquest of the woman, of the mother, is an offensive penetration. The betrayal of the other masculine chiefs – let’s forget that they were tribes subject to another empire, the Aztec – is forgotten, does not hurt as much, does not signify a moral wound.

But it is a colonial wound. Patriarchy is not a particularity of the old base communities in pre-Colombian America. Rather, it is a European system and incipiently a system of the Aztec and Incan imperial upper echelon. But not of the lower strata of these empires where woman and the myths of fertility – not of virginity – predominated. The appearance of the indian virgin to the indian Juan Diego takes place on the hill that before had belonged to worship of the goddess Tonantzin, “our mother,” goddess of fertility among the Aztecs.

Now, back to the present from this anthropological limit, which establishes the relativity of moral values, there are absolute elements: both the victim and the victimizer recognize an act of rape: violence is an absolute value and one that the stronger decides to exercise over the weaker. This is easily defined as an immoral act. There are no doubts about its present value. Speculation, questioning about how those values are formed, those codes throughout human history pertain to speculative thought. They help us to understand the why of a human relationship, of certain moral values; but they are absolutely unnecessary at the moment of recognizing what is a violation of human rights and what is not. For this reason, criminals are not forgiven by human justice – the only justice that depends on us, the only justice we are obligated to comprehend and demand.

Translated by Bruce Campbell

Hacia dónde vamos?

Hacia dónde vamos?

 

El siglo XX fue un siglo pesimista. Tanto que todavía hoy no se concibe un pensamiento serio sin una fuerte dosis de amargura. La realidad da suficiente motivos, pero una perspectiva histórica tal vez no. Incluso la demagogia política —de izquierda y de derecha— ha pasado de la utopía de un mundo perfecto al discurso de la salvación desesperada del caos. Y este discurso, como siempre, es la principal arma de dominación que han inventado hasta ahora las sectas que se atrincheran en palacio. Sin embargo, aunque las sectas renuevan cada tanto sus estrategias, día a día, siglo tras siglo van perdiendo poder. Poco a poco los pueblos —y con ellos los individuos— van reclamando y arrebatando lo que les pertenece.

Mientras el hemisferio desarrollado abusa de una nueva estrategia reaccionaria, América Latina, después de siglos de pesimismo pasivo y autocondoliente, da ciertas señales de renovación. Pero no por sus tradicionales revueltas que, aunque justificadas, no ayudan en este proceso sino que lo aplazan en beneficio de la reacción. La desobediencia más efectiva es serena, creativa y sin ambigüedades.

Veamos la dinámica histórica de este fenómeno.

América Latina no se independizó de España por las nuevas ideas que se embanderaron después sino por los intereses políticos y económicos de las clases criollas dominantes. Por estos mismos intereses se fragmentó más tarde y se justificó con nuevos exacerbados nacionalismos. Cuando luego se extendió el derecho del voto a sectores antes marginados de la sociedad, tampoco fue por humanismo sino por conveniencia: era la nueva forma de perpetuar la dominación de clase. Al poner la decisión en manos de un pueblo semianalfabeto se pudo conservar la antigua estructura de poder, amenazada por las nuevas corrientes de pensamiento del siglo XIX.  Así, los electores creyeron que su mejor decisión era dejar que los antiguos caudillos decidieran por ellos. Luego se universalizó la educación primaria como forma de disciplinar obreros y expandir la producción industrial y así confirmar el predominio de la naciente clase burguesa. Las ideas feministas que existían desde siglos atrás (bastaría con recordar a la mexicana Sor Juana), se universalizaron hasta hacerlas “políticamente correctas”. Fue la mejor forma de confirmar el capitalismo tardío que necesitaba nuevas fuerzas productivas de bajo costo —y nuevos consumidores—, especialmente en el primer mundo. Mientras fueron inconvenientes, también las prédicas humanistas contra la esclavitud fueron combatidas y burladas durante siglos. De pronto la bandera del pirata es reemplazada con la humana bandera del antiesclavismo. Una nueva forma de confirmar un poder en crecimiento: Inglaterra, la mayor traficante de africanos se convierte, al mismo tiempo que su revolución industrial necesita asalariados y no esclavos, en el imperio líder de los derechos humanos, contra la agrícola España y a favor de la abolición de la esclavitud.

La lista de ejemplos sobre las renovadas estrategias de cada statu quo es mucho más larga, interminable. Pero no nos detengamos aquí. Observemos que todas las concesiones estratégicas del poder del momento, de los intereses sectarios, terminaron un día por convertirse en reivindicaciones irreversibles: el derecho —también humanista— a la autonomía y la auto determinación de los pueblos; el derecho al voto universal; las conquistas feministas; las reivindicaciones raciales y sexuales de todo tipo se vieron confirmadas desde la periferia. La vocación de dominación de unos grupos sobre otros, de unos países sobre otros, permanece y cambia de estrategias. Pero de igual forma la conciencia y la acción de los grupos marginales u oprimidos entran en la escena de la historia con mayor fuerza. El factor común: la liberación —esa que producía escándalo a un aristócrata como Ortega y Gasset; esa “rebelión de las masas” que acabaría por “destruir a Occidente”.

Podemos observar que este proceso de desobediencia arranca a finales de la Edad Media. La imprenta se inventa después de la revalorización de la cultura humanística. La copia y producción de manuscritos se acelera antes de la invención de la imprenta e, incluso, antes de la caída de Constantinopla y de la emigración de los profesores griegos a Italia. Muchos críticos de la antigua autoridad política, eclesiástica e intelectual eran sacerdotes católicos —aún antes de la crítica protestante— que todavía copiaban y leían manuscritos; o europeos que habían retomado los viajes por la cultura islámica, donde aún sobrevivía el paradigma de razón contra autoridad.

¿Fue la imprenta la que impulsó la liberación del lector o esta corriente libertadora y universalista precipitó el invento? ¿Fue la imprenta el resultado de una genial inspiración de Gutenberg, o fue la consecuencia inevitable de una necesidad histórica? Lo mismo podríamos decir de Internet: ¿revolucionó este invento el mundo o la humanidad iba camino a su descubrimiento? Al igual que los libros de bolsillo, Internet nace provocado por intereses militares, pero se revela y se universaliza con resultados bastante diferentes. Nuestro presente humano depende más de nuestro futuro que de nuestro pasado. ¿Por qué negamos la misma dinámica a la historia y la asimilamos a las leyes físicas de causa y efecto, donde el presente es simple y pura consecuencia del pasado?

Es una falsedad pensar que el pensamiento es algo que surge de la cabeza de un hombre o de una mujer. Cada hombre, cada mujer es un nodo histórico, es decir, es el punto de confluencia de un pasado, de un contexto insondable, que a su vez se convierte en un punto de divergencia que alcanzará a otros hombres, a otras mujeres. Pero también, ¿no será nuestro presente la síntesis de ese enorme pasado histórico —a veces oculto, casi siempre contradictorio— y de nuestras fantasías colectivas?

También los peores representantes de una de las más fructíferas corrientes del pensamiento moderno, el existencialismo, negaron la humanidad como una abstracción absurda. Uno de los más arbitrarios, Unamuno, quien solía confundir la exaltación con los argumentos, la verdad con sus convicciones propias, un golpe en la mesa con la virtud epistemológica, la celebridad con la razón, decía que en lugar de la sospechosa idea de “humanidad” era mejor hablar de “hombre de carne y hueso”, como si la idea de “hombre” no fuese menos sospechosa y la de “carne y hueso” no estuviese presente también en un cadáver, vivo o muerto. Sin embargo, asumir que existe un individuo independiente de un grupo insondable de vivos y muertos llamado Humanidad, no es menos abstracción. Con  el defecto de ser una abstracción refutable: ¿quién puede decir que sus ideas son suyas, que sus prejuicios, valores, cosmogonías son absolutamente obras de su originalidad individual? ¿Qué es un individuo sino una particularidad de una realidad mayor —la humanidad, la comunidad, la familia—, sin la cual ni siquiera podría definirse como “individuo”?

Recientemente un buen amigo (a quien las normas de este país me impiden nombrar directamente), me decía que la idea marxista de una sociedad sin clases era una utopía inútil. Sí, una utopía. Pero no tan inútil. Si bien podemos advertir hoy las abismales diferencias entre un rico y un pobre, desde una perspectiva histórica, podemos decir que entre la sociedad feudal de Francia, la estamental de España o en la esclavista americana del siglo XVIII y la Francia, la España o el Uruguay de hoy existen diferencias notables. También las reivindicaciones feministas son harto más antiguas que el marxismo, pero fueron los teóricos marxistas, empezando por el mismo Marx, los partidarios más visibles de los derechos de la mujer en el siglo XIX. Muchas de las conquistas laborales de los obreros de hoy en día, que no se limitan sólo a los trabajadores industriales, fueron impulsados en gran medida por aquella corriente de pensamiento y no, precisamente, por los llamados “Papas infalibles” o por los empresarios que tenían bajo su mando hombres y mujeres trabajando catorce horas al día hasta que en pocos años reventaban de tuberculosis en nombre de la Revolución Industrial. Recordaba el boliviano Alcides Arguedas en Pueblo enfermo (1909), un informe del norteamericano M. Sisson: “Los trabajadores de las minas de Potosí sólo viven cerca de diez años, porque trabajan treinta y seis horas seguidas; esto lo hacen voluntariamente; sólo descansan a pequeños intervalos y beben demasiado, con mucha frecuencia”. Tal vez uno de los mayores méritos del pensamiento marxista no fue sólo una defensa de ese explotado, sino, sobre todo, la deconstrucción ideológica de las “explotaciones voluntarias”.

Todavía el miedo usurpa el lugar de la esperanza; el patetismo medieval del anciano domina aún sobre el espíritu joven de la renovación y de la aventura. Pero no es verdad: la civilización no está en manos de ningún gobierno ni de ninguna secta salvadora. A nuestros padres no le debemos obediencia sino respeto; no les debemos la vida porque la vida no tiene dueño. Mucho menos le debemos el mundo a quienes lo han hecho a su medida y se resisten a cambiarlo aún después de muertos.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, 18 de noviembre de 2006

 

 

Where We Are Headed

Jorge Majfud

The University of Georgia

 

The 20th century was a pessimistic century.  So much so that even today a serious thought is inconveivable without a strong dose of bitterness.  Reality offers sufficient cause for this, but an historical perspective perhaps less so.  Even political demogoguery – on the right and on the left – has shifted from the utopia of the perfect world to the discourse of a desperate salvation from chaos.  And this discourse, as always, is the principal weapon of domination invented by the sects hunkered down in the palace.  Nevertheless, even though the sects renovate from time to time their strategies, day after day, century after century, they gradually lose power.  Little by little, nations – and with them individuals – continue to lay claim to and take back what belongs to them.

While the hemisphere of developed nations exploits a new reactionary strategy, Latin America, after centuries of passive and self-pitying pessimism, shows signs of renewal.  But not through its traditional revolts which, although justified, do not aid in this process but instead defer it in favor of the reaction.  The most effective disobedience is serene, creative and unambiguous.

Let’s take a look at the historical dynamic of this phenomenon.

Latin America did not become independent from Spain through the new ideas championed afterward, but rather because of the economic and political interests of the dominant Creole classes.  As a result of these same interests the region later fragmented, and then justified this with exaggerated nationalisms.  And it was convenience rather than humanism that resulted in the subsequent extension of the right to vote to previously marginalized sectors of society: it was the new way of perpetuating class rule.  By placing the decision in the hands of a semi-literate people, the old power structure, threatened by the new currents of thought of the 19th century, could be preserved.  Thus, the electors believed that their best decision was to allow the old caudillos to make decisions for them.  Then primary education was universalized as a way of disciplining workers and expanding industrial production, and thereby confirming the predominance of the nascent bourgeois class.  Feminist ideas which had existed for centuries (one has only to recall the Mexican Sor Juana), were universalized to the point of making them «politically correct.»  It was the best way to support late capitalism’s need for new, low cost forces of production – as well as new consumers – especially in the First World.   As long as they were inconvenient, humanist sermons against slavery were mocked and beaten back for centuries.  Then suddenly the pirate flag is replaced with the humane banner of anti-slavery.  A new way of confirming a growing power: England, the largest trafficker in Africans, becomes, at the very moment its industrial revolution needs wage workers and not slaves, the imperial human rights leader, against the agrarian Spain and in favor of the abolition of slavery.

The list of examples involving renovated strategies of the status quo is much longer, interminable in fact.  But let’s not stop here. We should note that all of governing power’s strategic concessions of the moment, concessions made by sectarian interests, eventually became irreversible claims on power: the right – also a humanist one – to autonomy and to popular self-determination; the right of universal suffrage; feminist gains; all kinds of racial and sexual claims saw themselves confirmed from the margins.  The vocation that some groups have of dominating others, that some countries have of dominating others, endures and changes strategies.  But at the same time the consciousness and action of marginal or oppressed groups enter the stage of history with greater force.  The common factor: liberation – of the sort that scandalized an aristocrat like Ortega y Gasset; that «rebellion of the masses» that he believed would wind up «destroying the West.»

We might observe that this process of disobedience starts up toward the end of the Middle Ages.  The printing press is invented following the new appreciation for humanistic culture.  The copying of manuscripts accelerates  prior to the invention of the press, and even prior to the fall of Constantinople and the emigration of Greek educators to Italy.   Many critics of ancient political, intellectual and ecclesiastical authority were Catholic priests – even before Protestant criticism – who still copied and read manuscripts; or Europeans who had taken up journies through Islamic culture, where the paradigm of reason against authority still lived on.

Was it the printing press that propelled the reader’s liberation, or was it this latter liberating trend that precipitated the invention?  Was the press the product of Gutenberg’s inspired genius, or was it the inevitable consequence of historical necessity?  We might ask the same of the Internet: did this invention revolutionize the world, or was humanity on the road to its discovery?  Just like the paperback book, the Internet was born from military interests, but is unveiled and universalized with decidedly different results.  Why do we deny the same dynamic for history in general and assimilate it instead to the physical laws of cause and effect, where the present is, pure and simple, a consequence of the past?

It is a falsehood to think that thinking is something that arises from the head of an individual man or woman.  Every man, every woman is an historical node, which is to say, a point of confluence of a past history, of an unfathomable context, that in turn becomes a point of divergence which will affect other men, other women.  But then, is our present not the synthesis of that enormous historical past – at times hidden, almost always contradictory – and of our collective fantasies?

The worst representatives of one of the most productive currents of modern thought, existentialism, also rejected humanity as an absurd abstraction.   One of the more arbitrary among them, Unamuno, who used to confuse exaltation with argument, his own convictions with truth, used to say that instead of the suspect idea of «humanity» it was better to speak of «man of flesh and bone,» as if the idea of «man» were not less suspect and the idea of «flesh and bone» were not present also in a corpse, living or dead.  Nonetheless, to assume that an individual exists independently from an unfathomable group of the living and the dead called Humanity, is no less an abstraction.  With the added defect of being a refutable abstraction:  who can say their ideas are their own, that their prejudices, values, worldviews are absolutely works of individual originality?  What is an individual if not a particularity of a greater reality – humanity, community, family – without which one would be incapable of defining oneself as «individual»?

Recently a good friend (whom the norms of this country impede me from naming directly) told me that the Marxist idea of a classless society was a useless utopia.  Yes, a utopia.  But not so useless.  While we can still warn today of the abyss between rich and poor, from an historical perspective we can say that between the feudal society of France, the highly stratified society of Spain or the American slave society of the 18th century, and the France, Spain and Uruguay of today there are notable differences.  In addition, although feminist demands are far older than Marxism, it was the Marxist theorists, starting with Marx himself, who became the most visible partisans of women’s rights in the 19th century.  Many of the workplace gains enjoyed by today’s workers, which are not limited to industrial workers, were driven in great measure by that same current of thought and not, to be precise, by the so-called «infallible Popes» or by those businessmen who had under their command men and women working fourteen hours a day until after a few years they collapsed from tuberculosis in the name of the Industrial Revolution.   I recalled the Bolivian Alcides Arguedas’s novel Pueblo enfermo (1909), and the report of the North American M. Sisson:  «The mine workers of Potosí only live about ten years, because they work thirty six hours straight; they do this voluntarily; they only rest for short intervals and they drink too much, frequently.»  Perhaps one of the greatest merits of Marxist thought was not just its defense of the exploited, but instead, and above all, the ideological deconstruction of the idea of «voluntary exploitation.»

Fear still usurps the place of hope; the medieval pathos of old still holds sway over the young spirit of renewal and adventure.  But it’s not true: civilization is not in the hands of any government or any savior sect.  We don’t owe obedience to our parents, just respect; we don’t owe them our lives, because life has no owner.  We most certainly do not owe the world to those who have made it to suit themselves and resist changing it even after they are dead.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, December 2006.

Translated by Bruce Campbell

 

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

 

 

 

 

Qué importa la cultura

Why Culture Matters (English)

 

 

 

En setiembre del 2006, en Lewisburg, Tennessee, un grupo de vecinos protestó porque la dirección de la biblioteca pública estaba invirtiendo recursos en la compra de libros en español. De los sesenta mil volúmenes, sólo mil pertenecen a alguna lengua diferente al inglés. El presupuesto del presente año, calculado en trece mil dólares, destina la cantidad de ciento treinta para la compra de libros en español. El despilfarro del uno por ciento enardeció a algunos ciudadanos de Tennessee, por lo que decidieron llevar el caso a las autoridades, entendiendo que un servicio público, sostenido por los impuestos que se le cobran al pueblo norteamericano, no debe promover algo que pueda beneficiar a trabajadores ilegales.

Así, la novedosa concepción de la cultura supera aquel precepto antiguo de la biblioteca de Alejandría en el siglo II. Sus atrasados administradores tenían la costumbre de enviar periódicamente a investigadores por todo el mundo para conseguir copias de textos de las culturas más alejadas. Entre sus volúmenes había copias de textos griegos, persas, indios, hebreos y africanos. Casi todo ese esfuerzo de décadas acabó de un golpe, gracias a un incendio provocado por las salvadoras naves del emperador Julio César. Casi mil años después, otro incendio deliberado destruyó la también célebre biblioteca de Córdoba, fundada por el califa Al-Hakam II (creador de la Universidad y de la educación gratuita), donde la pasión por el conocimiento reunía a judíos, cristianos y árabes con textos de las más diversas culturas conocidas en la época. También en esta época, los califas españoles enviaban buscadores por todo el mundo para acrecentar la colección de libros extranjeros. También esta biblioteca fue destruida por otro fanático, al-Mansur, en nombre del Islam, según su propia interpretación del bien y de la moral superior.

La anécdota de Tennessee representa a una minoría en un país vasto y heterogéneo. Pero no deja de ser significativa e inquietante, como un estornudo en el vagón de un tren. También lo es significativa la idea asentada de que el idioma español es una foreign language (lengua extranjera), cuando cualquier persona medianamente culta sabe que antes que el inglés se hablaba español en lo que hoy es Estados Unidos; que el español ha estado ahí, en muchos estados desde hace más de cuatrocientos años; que el español y la cultura latina no son extranjeros ni son una minoría insignificante: más de cuarenta millones de “hispanos” en Estados Unidos y casi la misma cantidad que habla español como primera o segunda lengua suman una población semejante a la de España. Si quienes se ponen nerviosos por la presencia de esa “nueva cultura” tuvieran una mínima conciencia histórica, no se pondrían nerviosos ni considerarían a sus vecinos peligrosos extranjeros. Lo único que siempre ha sido peligroso en la historia es la ignorancia, por lo que su promoción difícilmente sea sinónimo de seguridad y de progreso —al menos que se insista con el método propagandístico, que consiste en asociar automóviles con mujeres, tomates con derechos civiles, el éxito de la fuerza con la prueba de la Verdad o un millón de dólares con el Paraíso.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, 9 de octubre de 2006.

https://www.eldia.es/cultura/2015-09-26/17-libro-ya-es-acto-resistencia-vulgarizacion-cultura.htm

 

Why Culture Matters

In September of 2006, in Lewisburg, Tennessee, a neighborhood group protested because the public library was investing resources in the purchase of books in Spanish.  Of the sixty thousand volumes, only one thousand were published in a language other than English.  The annual budget, totalling thirteen thousand dollars, dedicates the sum of one hundred and thirty dollars to the purchase of books in Spanish. The buying spree representing one percent of the budget enraged some of the citizens of Tennessee, causing them to take the issue to the authorities, arguing that a public service, sustained through taxes charged to the U.S. populace, should not promote something that might benefit illegal workers.

Thus, the new conception of culture surpasses that distant precept of the ancient library of Alexandria.  That now almost completely forgotten library achieved the height of its development in second century Egypt.  Its backward administrators had the custom of periodically sending investigators throughout the world in order to acquire copies of texts from the most distant cultures.  Among its volumes there were copies of Greek, Persian, Indian, Hebrew and African texts.  Almost all of those decades-long efforts were abruptly brought to an end, thanks to a fire caused by the enlightene ships of the emperor Julius Caesar.  Nearly a thousand years later, another deliberately-set fire destroyed the similarly celebrated library of Córdoba, founded by the caliph Al-Hakam (creator of the University and of free education), where the passion for knowledge brought together Jews, Christians and Arabs with texts from the most diverse cultures known in the period.  Also in this period, the Spanish caliphs were in the habit of dispatching seekers throughout the world in order to expand the library’s collection of foreign books.  This library was also destroyed by a fanatic, al-Mansur, in the name of Islam, according to his own interpretation of the common good and superior morality.

The Tennessee anecdote represents a minority in a vast and heterogeneous country.  But it remains significant and concerning, like a sneeze on a passenger train.  Also significant is the idea, assumed there, that the Spanish language is a foreign language, when any half-way educated person knows that before English it was Spanish that was spoken in what today is the United States; that Spanish has been there, in many states of the Union for more than four hundred years; that Spanish and Latino culture are neither foreign nor an insignificant minority: more than forty million “Hispanics” live in the United States and the number of Spanish-speakers in the country is roughly equivalent to the number of Spanish speakers living in Spain.  If those who become nervous because of the presence of that “new culture” had the slightest historical awareness, they would neither be nervous nor consider their neighbors to be dangerous foreigners.  The only thing that historically has always been dangerous is ignorance, which is why the promotion of ignorance can hardly be considered synonymous with security and progress – even by association, as with the reigning method of propaganda, which consists of associating cars with women, tomatoes with civil rights, the victory of force with proof of the Truth or a million dollars with Paradise.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, October 2006.

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Esos estúpidos intelectuales

Una vez un estudiante me preguntó: “Si América Latina ha tenido siempre tantos buenos escritores, ¿por qué es tan pobre”? La respuesta es múltiple. Primero habría que problematizar algo que parece obvio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de pobreza? ¿De qué hablamos cuando hablamos de éxito? Estoy seguro que el concepto asumido en ambos es el mismo que entiende el Pato Donald y su tío: como observó Ariel Dorfman, para los personajes de Disney sólo hay dos posibles formas de éxito: el dinero y la fama. Los personajes de Disney no trabajan ni aman: conquistan —si son machos— o seducen —si son hembras. Razón por la cual nunca encontramos allí obreros ni padres ni madres ni más amor que seducción. Lo que nos recuerda que nuestra cultura del consumo estimula el deseo y castiga el placer. Y lo que me recuerda, especialmente, lo que me dijera un viejo budista en Nepal, hace ya muchos años: “ustedes los occidentales nunca podrán ser felices; porque la cultura del deseo sólo conduce a la insatisfacción”. Si aún vive aquel sabio sin zapatos, seguramente hoy se estará tirando de las barbas al ver cómo esa cultura del deseo comienza a vencer en la India hindú.

Ahora, por otro lado, a la pregunta original tenemos que responder con una pregunta retórica: “Bueno, ¿y cuándo en América Latina las estructuras de poder, los gobiernos y las empresas privadas que dirigieron la suerte de millones de personas, le hicieron algún caso a los intelectuales?”. Sí, en el siglo XIX hubo presidentes intelectuales, cuando no militares. En la siguiente centuria escasearon los primeros y abundaron los segundos. Aunque pienso que sería mejor escuchar un poco a alguien que ha dedicado su vida al estudio en lugar de tantas opiniones sobre política, economía y cultura de futbolistas y estrellas de la farándula, no creo que los intelectuales deberían tener una voz gravitante en la sociedad —como en algún momento pudieron tenerla Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, por ejemplo— y menos en las decisiones de su destino. Sólo son otra voz, poco escuchada, pero otra voz. Quizás no peor que la voz de una gran parte de los políticos profesionales que, atrapados en su mismo “espíritu de partido”, deformados por la práctica de la defensa de posiciones comprometidas, de intereses estratégicos, de pasiones personales y electorales, están paradójicamente negados al ejercicio del ideal de cualquier “estadista”, o “educador”.

En el siglo XX los intelectuales fueron sistemáticamente ninguneados o expulsados por las estructuras de poder. Tal vez este tipo de marginaciones sea saludable para ambos. No lo es, creo, cuando la marginación es política y social. Observaba el Nobel argentino César Milstein, que cuando los militares en Argentina tomaron el poder civil en los ‘60 decretaron que nuestros países se arreglarían apenas expulsaran a todos los intelectuales que molestaban por aquellas latitudes. Brillante idea que llevaron a la práctica, para que tiempo después no hubiese tantos preguntando por ahí por qué fracasamos como países y como sociedades. En Brasil, el educador Paulo Freire fue expulsado por ignorante, según los golpistas del momento. Por citar sólo dos ejemplos autóctonos.

Pero este desdén que surge de un poder instalado en las instituciones sociales y del frecuente complejo de inferioridad de sus actores, no es propio sólo de países subdesarrollados. Poco tiempo atrás, cuando le preguntaron a la esposa del presidente de Estados Unidos cómo había conocido a su marido, confesó: de una forma muy extraña. Ella trabajaba en una biblioteca. Lo conoció allí, por milagro, porque su esposo no visita ese tipo de recintos. Paradojas de un país que fue fundado por intelectuales.

Tampoco en Estados Unidos escuchan a sus intelectuales aunque, paradójicamente, ha sido este país, en casi toda su historia, el refugio de disidentes, casi siempre de izquierdas, como Albert Einstein, Érico Veríssimo, Edward Wadie Said o Ariel Dorfman —por citar a los más moderados. Quizás por esa misma razón: porque no son escuchados, a no ser por otros intelectuales. Es más, siempre son los intelectuales, los escritores o los artistas críticos quienes encabezan las listas de los diez estúpidos más estúpidos del país. Entre los preferidos de estas listas han estado siempre críticos como Noam Chomsky y Susan Sontag. Las universidades son respetadas al mismo tiempo que sus profesores son burlados en los canales de radio y televisión como estúpidos izquierdistas porque se atreven a opinar de política, área que parece reservada a los talk shows. Esta actitud recuerda a la crítica del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez a su propia iglesia: “la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statu quo, pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido”. (Teología de la liberación, 1973).

Algo semejante podemos ver en la realidad universitaria de hoy en casi todo el mundo. Si se asume que la academia universitaria debe responder a un determinado interés político, religioso o ideológico, o a un determinado “proyecto” de sociedad, estamos anulando su principal fundamento. Incluso si advertimos que los académicos tienen una tendencia A o B no podríamos nunca legislar para cambiar esa tendencia —en teoría, producto de la misma libertad intelectual— con la excusa de buscar un “equilibrio”. Un “equilibrio” que siempre es planteado por el poder político cuando advierte que está representado por una minoría en algún sector de la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha propuesto muchas veces una ley para “equilibrar” el desproporcionado número de profesores liberales, es decir, de “izquierdistas” —tendencia que se repite en la mayoría de las universidades de Occidente. (En algún momento podríamos pensar que la idea de promover semejante equilibrio, aunque no sea un resultado espontáneo, es excelente: las universidades con más empresarios conservadores y las grandes compañías que controlan los países con más intelectuales de izquierda…)

Los intelectuales son estúpidos, y quienes hacen estas listas, ¿quiénes son? Los mismos de siempre: orgullosos hombres y mujeres con “sentido común”, como si esta falsificación del realismo no estuviera cargada de fantasías y de ideologías al servicio del poder del momento. “Sentido común” tenían los hombres y mujeres del pueblo que afirmaban que la Tierra era plana como una mesa; un hombre de “sentido común” fue Calvino, quien mandó quemar vivo a Miguel de Servet cuando se cansó de discutir por correspondencia con su adversario, sobre algunas ideas teológicas. Hombres de “sentido común” fueron aquellos que obligaron a Galileo Galilei a retractarse y cerrar su estúpida boca, o aquellos otros que se burlaban de las pretensiones de un carpintero llamado Jesús de Nazaret —asesinado por razones políticas y no religiosas.

Un personaje de la novela Incidente em Antares, de Érico Veríssimo, reflexionaba: “Durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”. Y más adelante: “Quando o presidente Truman e os generais do Pentágono se reuniram, no maior sigilo, para decidir si lançavam ou não a primeira bomba atômica sobre uma cidade japonesa aberta… imaginas que eles convidaram para essa reunião algum humanista, artista, cientista, escritor ou sacerdote?”.

Otro brasileño, Paulo Freire, nos recordó: “existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida” (Pedagogía del oprimido, 1971). Aunque provista de una incipiente y precoz consciencia historicista, la monja rebelde, la mexicana sor Juana Inés de la Cruz ya había advertido otro factor ahistórico que completa la respuesta: “no puede estar sin púas que la puncen quién está en lo alto […] Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya sea de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento: lo primero porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve; y el entendimiento no, pues mientras es mayor, es más modesto y sufrido, y se defiende menos” (Respuesta a sor Filotea, 1691).

Estas últimas observaciones nos llevan a recordar —no debería ser necesario, pero nunca se debe subestimar la ignorancia del poder— que la división no radica en intelectuales y obreros, entre “cultos” e “incultos”, sino entre aquellos que respetan y defienden la cultura y el pensamiento y aquellos otros que la atacan o la ningunean. Ejemplos hay de sobra de doctores que, llegados al poder, liquidaron las universidades y la educación del pueblo mientras otros líderes sin educación formal pero con una conciencia más sensible la defendieron a ultranza —tal vez porque reconocieron en ella el camino más sólido de liberación de la pobreza y de la opresión social que divorcia brillantes discursos con las opacas realidades que promueven.

En nuestro tiempo y en los tiempos por venir, la misión del intelectual ya no será aquella escolástica mala costumbre de desplegar una erudición sin resultados concretos sino, por el contrario, la de poder realizar diferentes síntesis conceptuales, refinar y expurgar del mar de datos, ideas y divagaciones que la futura sociedad producirá, las ideas fundamentales, los pensamientos generatrices, los peligros del entusiasmo, de la propaganda y de las narraciones ideológicas; como un médico que busca detrás de los síntomas los desórdenes funcionales. Esta tarea será como ha sido siempre crítica. Como toda verdadera crítica, deberá apuntar al menos contra dos factores: el poder y la autocomplacencia. El primero —ya lo supo Descartes—, porque todo pensamiento antes de producirse como tal debe romper primero las cadenas invisibles que lo aprisionan con ideas prefabricadas, “políticamente correctas”, “moralistas”, al servicio de un determinado interés de clase, de género, de raza, etc. La segunda, porque la autocomplacencia es, en cierta forma, una consecuencia de la opresión del poder que reproduce el mismo oprimido para evitar el segundo paso que, tradicionalmente, han estado en deuda los intelectuales: la creación. Creación de caminos, de proyectos sociales y culturales, de una nueva forma de ser que tanto reclamaron Juan Bautista Alberdi, José Martí y José E. Rodó. Tal vez este déficit se haya debido a que la tarea es gigantesca para una simple elite intelectual o porque, especialmente en América Latina, la necesaria crítica, que nunca ha sido suficiente, ha absorbido todas sus energías. Pero el desafío sigue en pié y esperando.

Los intelectuales seguirán siendo una elite, como a su manera son una elite los electricistas y los calculistas. La virtud será que estas elites dejen de representarse y ser vistas en un orden vertical y comiencen a conformar una unidad más armónica y orgánica al servicio de las sociedades y no de algunas elites entronadas en el poder social. Me dirán que los intelectuales se han equivocado feo a lo largo de la historia; y tendré que darles la razón. Pero también se equivocan los electricistas, los médicos y los calculistas. Con la diferencia que, si bien cualquiera de estos errores pueden tener consecuencias trágicas en la sociedad, el trabajo del intelectual, por su naturaleza creativa sobre lo desconocido, sobre la nada, es mucho más difícil que la tarea del calculista, por ejemplo —y lo digo por experiencia personal: calcular la estructura de un edificio en altura implica una gran responsabilidad, pero su proceso no involucra, normalmente, ninguna duda fundamental.

Ernesto Che Guevara escribió en El socialismo y el hombre: “Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales; y los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que los creó”.

Yo no sería tan extremista: tampoco los intelectuales tienen la fórmula de la creación de ese “hombre nuevo”, reclamado por Europa en el siglo XIX. Pero sin duda podrán ser agentes estimulantes en su creación o en su desarrollo —si no se los aplasta antes, con la persecución o el ninguneo; si ellos mismos no se precipitan antes, desde esas inútiles alturas que suelen escalar, enceguecidos por sus propios —por nuestros propios egos.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 14 de octubre de 2006.

El pensamiento y la política

 

La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir.

Entiendo que una de las traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se acusa como “adulación”, y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los demás.

Si entendemos por ideología a un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en soldados y convertimos el pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria consigna de una supuesta “rebeldía”. Los beneficiados no sólo son los arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.

Durante casi toda la historia moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación de sus movimientos de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad Media, por ejemplo, los “soldados de Dios” se caracterizaban por su obediencia absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o de género.

Desde los primeros humanistas del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del “villano” contra el “noble”, del lector contra la autoridad del clero. Casi simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana, Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.). Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.

Muchos de los logros contra la verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.

Desde el poder tradicional, la lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado Desconocido es la tumba del “Hombre-cosa”. Los Estados normalmente honran a los soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre el virtuoso sacrificio a la obediencia. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de jurar por “nuestra bandera”, prometiendo morir en su defensa. Si bien todos estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como individuos en nombre de “la patria”, sin importar las razones para oponernos a las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación siempre habrá “patriotas” dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no es muy diferente al que es sometido un futuro suicida “religioso”: antes que nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.

Ahora, alguien podría decir que, según mi perspectiva, el “revolucionario” es el modelo perfecto de individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: “¿qué es eso de revolucionario?”. Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del mundo entre ángeles y demonios, entre “ellos los malos” y “nosotros los buenos”. Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el asesinato de un obrero o de un cura porque era “marxista”, siendo que los soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos “traidores a la causa” o de “cipayos vendidos al imperio”, en nombre de un marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno, confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa. Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades (también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a principios del siglo XIX?

La historia está llena de conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se alimentaron siempre de este “peligroso desorden”, sino también las grandes potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama “democracia”, sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el Renacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno y el fracaso del malo.

Lo que la política puede hacer es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al “hombre” después de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales “soldados” que creen que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores de la pólvora.

Entonces, ¿qué paso es necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años, luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En México dominó durante décadas un llamado “Partido Revolucionario Institucional”; ahora en Argentina hay “Piqueteros Oficiales”. Semejante oxímoron es una afrenta a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa —representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree descubrir al Mesías termina donde comenzó.

El segundo paso, como ya lo hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder tradicional, sino como instrumento central de gestión y control ciudadano. En una palabra, sacar a la abusada “democracia” del prostíbulo, de un estado de aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y no una renuncia de su poder en los “padres del pueblo”, en esa eterna y confortable promesa llamada “buen gobierno”.

Yo tengo para mí que cada vez que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las estrategias políticas que se toman en un salón lleno de “gente importante”. Cada vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e individual.

Jorge Majfud

The University of Georgia, mayo 2006

https://web.archive.org/web/20201021181353/https://judolphinmedia.com/14437/editorial/the-oldest-enemy-of-civilization/

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa

His family was originally from Serantes, Ferro...

Image via Wikipedia

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa (English)

 

Si América Latina hubiese sido una empresa inglesa


En el proceso de un reciente estudio en la Universidad de Georgia, una estudiante se entrevistó con una muchacha colombiana y grabó la entrevista. La muchacha refirió su experiencia en Inglaterra y cómo los ingleses estaban interesados en conocer la realidad de Colombia. Después que la muchacha detalló los problemas que tenían en su país, un inglés observó la paradoja de que siendo Inglaterra más pequeña y con menos recursos naturales que Colombia, era mucho más rica. Su conclusión fue tajante: “Si Inglaterra hubiese administrado Colombia como una empresa, los colombianos hoy serían mucho más ricos”.

La muchacha admitió su fastidio, porque la expresión pretendía poner en evidencia todo lo incapaces que somos en América Latina. La lúcida madurez de la joven colombiana era evidente en el transcurso de la entrevista, pero en ese momento no encontró las palabras para contestar a un hijo del viejo imperio. El calor del momento, la desfachatez de aquellos ingleses le impidió recordar que en muchos aspectos América Latina había sido manejada como una empresa británica y que, por lo tanto, la idea no solo era poco original sino, además, era parte de la respuesta de por qué América Latina era tan pobre —admitiendo que la pobreza es escasez de capitales y no de conciencia histórica.

De acuerdo: al continente latinoamericano le pesaron demasiado los trescientos años de una colonización monopólica, retrógrada y frecuentemente brutal, la que consolidó en el espíritu de nuestros pueblos una psicología refractaria a cualquier legitimación social y política (Alberto Montaner llamó a ese rasgo cultural la “la sospechosa legitimidad original del poder”). Luego de las Semi-independencias del siglo XIX, no sólo el “progreso” de los ferrocarriles ingleses fue una especie de jaula de oro —al decir de Eduardo Galeano—, de saco de fuerza para el desarrollo autóctono latinoamericano, sino que algo parecido podemos ver en África: en Mozambique, por ejemplo, país que se extiende de norte a sur, los caminos lo atravesaban de este a oeste. El Imperio británico sacaba así las riquezas de sus colonias centrales pasando por encima de la colonia portuguesa. En América Latina podemos ver todavía las redes de asfalto y acero confluyendo siempre hacia los puertos —antiguos bastiones de las colonias españolas que los nativos rebeldes contemplaban con infinito rencor desde lo alto de las sierras salvajes y los terratenientes veían como la culminación del progreso posible de países retardados por “naturaleza”.

Claro que estas observaciones no nos eximen, a los latinoamericanos, de asumir nuestras propias responsabilidades. Estamos condicionados por una infraestructura económica pero no determinados por ella, como un adulto no está atado irremediablemente a los traumas de su infancia. Seguramente debemos enfrentar en nuestros días otros sacos de fuerza, condicionamientos que nos vienen de afuera y de adentro, de la inevitable sed de predominio de potencias mundiales que no están dispuestas a cambios estratégicos, por un lado, y de la frecuente cultura de la inmovilidad propia, por el otro. Para lo primero es necesario perder la inocencia; para lo segundo necesitamos valor para criticarnos, para cambiarnos y cambiar el mundo.

Jorge Majfud

4 de octubre de 2006

Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Georgia, EE.UU.

 


If Latin America Had Been a British Enterprise

Jorge Majfud

In the process of conducting a recent study at the University of Georgia, a female student interviewed a young Colombian woman and tape recorded the interview.  The young woman commented on her experience in England and how  the British were interested in knowing the reality of Colombia.  After she detailed the problems that her country had, one Englishman observed the paradox that England, despite being smaller and possessing fewer natural resources, was much wealthier than Colombia.  His conclusion was cutting:  “If England had managed Colombia like a business, Colombians today would be much richer.”

The Colombian youth admitted her irritation, because the comment was intended to point out  just how incapable we are in Latin America.  The lucid maturity of the young Colombian woman was evident in the course of the interview, but in that moment she could not find the words to respond to the son of the old empire.  The heat of the moment, the audacity of those British kept her from remembering that in many respects Latin America had indeed been managed like a British enterprise and that, therefore, the idea was not only far from original but, also, was part of the reason that Latin America was so poor – with the caveat that poverty is a scarcity of capital and not of historical consciousness.

Agreed: three hundred years of monopolistic, retrograde and frequently cruel colonization has weighed heavily upon the Latin American continent, and consolidated in the spirit of our nations an oppositional psychology with respect to social and political legitimation (Alberto Montaner called that cultural trait “the suspicious original legitimacy of power”).  Following the Semi-independences of the 19th century, the “progress” of the British railroad system was not only a kind of gilded cage – in the words of Eduardo Galeano -, a strait-jacket for native Latin American development, but we can see something similar in Africa: in Mozambique, for example, a country that extends North-to-South, the roads cut across it from East-to-West.  The British Empire was thus able to extract the wealth of its central colonies by passing through the Portuguese colony.  In Latin America we can still see the networks of asphalt and steel flowing together toward the ports – old bastions of the Spanish colonies that native rebels contemplated with infinite rancor from the heights of the savage sierras, and which the large land owners saw as the maximum progress possible for countries that were backward by “nature.”

Obviously, these observations do not exempt us, the Latin Americans, from assuming our own responsibilities.  We are conditioned by an economic infrastructure, but not determined by it, just as an adult is not tied irremediably to the traumas of childhood.  Certainly we must confront these days other kinds of strait-jackets, conditioning imposed on us from outside and from within, by the inevitable thirst for dominance of world powers who refuse strategic change, on the one hand, and frequently by our own culture of immobility, on the other.  For the former it is necessary to lose our innocence; for the latter we need the courage to criticize ourselves, to change ourselves and to change the world.

Translated by Bruce Campbell

* Jorge Majfud is a Uruguayan writer and professor of Latin American literature at the University of Georgia.

Si l’Amérique latine avait été une entreprise anglaise.

Por Jorge Majfud *

Página 12 . Buenos Aires, le 24 Octobre 2006.

Dans le cadre d’une récente étude à l’Université de Georgia, une étudiante a rencontré une jeune colombienne et a enregistré leur entretien. La jeune femme a retracé son expérience en Angleterre et comment les Anglais souhaitaient connaître la réalité de la Colombie. Après que la fille ait détaillé les problèmes que connaissait son pays, un Anglais a observé le paradoxe selon lequel l’Angleterre étant plus petite et ayant moins de ressources naturelles que la Colombie, celle-ci était beaucoup plus riche. Sa conclusion a été tranchante : «Si l’Angleterre avait administré la Colombie comme une entreprise, aujourd’hui les colombiens seraient beaucoup plus riches».

La jeune fille a ressenti de la gêne, parce que la démonstration prétendait mettre en évidence à quel point nous sommes incapables en Amérique latine. La maturité lucide de la jeune colombienne était évidente au cours de la rencontre, mais sur le moment elle n’avait pas trouvé les mots pour répondre à un fils du vieil empire. La chaleur du moment, le cynisme de cet anglais lui ont empêché de lui rappeler que sur beaucoup d’aspects l’Amérique latine avait été gérée comme une entreprise britannique et que, par conséquent, l’idée non seulement était peu originale mais, en outre, elle faisait partie de la réponse du pourquoi l’Amérique latine elle était tellement pauvre, en admettant que la pauvreté c’est la pénurie de capitaux et non de conscience historique.

D’accord : Les trois cent ans d’une colonisation monopolistique, rétrograde et fréquemment brutale ont pesé lourd sur le continent latino-américain , ce qui a consolidé dans l’esprit de nos peuples une psychologie réfractaire à toute légitimation sociale et politique (Alberto Montaner a appelé à cette caractéristique culturelle «la légitimité suspecte originale du pouvoir»). Après les semi indépendances du 19ème Siècle, non seulement le «progrès» des chemins de fer anglais fut une espèce de cage dorée- aux dires d’Eduardo Galeano -, de camisole de force pour le développement autochtone latino-américain, mais quelque chose de semblable à ce que nous pouvons voir en Afrique : au Mozambique, par exemple, pays qui est étendu de nord vers le sud, les chemins le traversaient d’est en ouest.

L’empire britannique sortait ainsi les richesses de ses colonies centrales en passant au-dessus de la colonie portugaise. En Amérique latine nous pouvons encore voir les réseaux routiers et des chemins de fer confluant toujours vers les ports (d’anciens bastions des colonies espagnoles que les rebelles indigènes considéraient avec une infinie rancœur depuis le haut des montagnes sauvages et que les propriétaires terriens voyaient comme l’aboutissement du progrès possible pour des pays ralentis par mère «nature»).

Il est évident que ces observations n’exemptent pas les latino-américains, d’assumer leurs responsabilités propres. Nous sommes conditionnés par une infrastructure économique, mais non déterminés par elle, comme un adulte n’est pas attaché irrémédiablement aux traumatismes de son enfance. Nous devons sûrement faire face en ces jours à d’autres camisoles de force, conditionnements qui nous viennent de dehors et de l’intérieur, à l’inévitable soif d’hégémonie de grandes puissances mondiales qui ne sont pas disposées à des changements stratégiques, d’une part, et de la fréquente culture locale de l’immobilité, d’autre part. En premier lieu, il est nécessaire de perdre l’innocence ; deuxièmement nous avons besoin de courage pour nous autocritiquer, pour nous changer et changer le monde.

* Auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de «La reina de América» et de «La narración de lo invisible».

Traduction pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

Nuestro viejo egoísmo latinoamericano

Estoy leyendo los titulares de las primeras planas de los diarios de Buenos Aires donde, no sin orgullo, se destaca el gran crecimiento que ha registrado el turismo, colocando esta actividad en el cuarto lugar de los rubros de ingreso al país con 3.000 millones de dólares (y confirmando el elevado incremento del PBI cerca del 9 por ciento del año anterior). Esta misma semana había leído otros informes en la prensa uruguaya que referían el dramático descenso del turismo en esta temporada (un 60 por ciento), coincidiendo con los cortes de puentes de entradas al país por grupos argentinos que se autodenominan “ecologistas” y con la venia del gobernador Busti, de Entre Ríos, los cuales llevan un mes impidiendo o complicando la entrada de turistas al país vecino. Las contradicciones entre este discurso ecologista y las realidades de nuestros países ya las hemos anotado en otro ensayo. Ya todos saben que la tecnología de estas nuevas plantas de celulosa contamina varias veces menos que las que están en suelo argentino; y nadie pide el cierre de esas plantas porque eso provocaría el despido de cientos de obreros. Podríamos agregar que el sólo movimiento de turistas es altamente contaminante, si consideramos los millones de galones de petróleo que se necesitan para movilizar a millones de personas sin una necesidad de sobrevivencia, como sí la tienen los obreros de la construcción, por ejemplo. Razón por la cual siempre me ha provocado una sonrisa irónica (sino cínica) cada vez que escucho que el turismo es “la industria sin chimeneas”. Pero no vamos a levantar la perdiz ahora. Sólo digamos que se acepta sin escándalo y con orgullo los movimientos ecologistas que mantienen a los pobres sumergidos en el hambre pero se festeja en titulares la contaminación de los ricos que se divierten en el verano austral.

No creo que por estas observaciones se me pueda acusar de tener una predisposición contra el pueblo argentino o una inclinación a favor de un estrecho nacionalismo uruguayo. De hecho tener una predisposición contra cualquier pueblo del mundo sería un absurdo. Segundo porque admiro la cultura argentina. Tercero porque me unen sueños y tragedias con ese pueblo hermano (hermano como pocos). Cuarto porque quienes me conocen saben que cada vez que hay una reunión internacional me toca a mí siempre hacer de abogado del diablo, defendiendo a los argentinos en su fama de arrogancia. Muchas veces he usado el argumento de que si ellos pecan de arrogancia el resto pecamos de lo contrario. Quinto, porque, como ya lo he expuesto más de una vez, me enferman los nacionalismos, empezando por el mío propio. No es éste el punto.

Lo que ahora me interesa es señalar, brevemente, la “actitud latinoamericana” que continuamos arrastrando desde los equívocamente llamados tiempos de las independencias.

A finales del siglo XIX el cubano José Martí y después el uruguayo José Enrique Rodó, respondiendo a la propuesta de Domingo F. Sarmiento de copiar (linealmente) la cultura norteamericana e importar razas europeas, más aptas para la civilización y la prosperidad, revindicaron el viejo sueño americanista de la unión de todos los pueblos (equívocamente) llamados “latinos”. En esta utopía, que aún hoy procuramos rescatar del basurero de la historia, se sucedieron largas historias de frustraciones. En su más famoso libro, José Vasconcellos (La raza cósmica, 1925), con más buenas intenciones que rigor intelectual, quiso revindicar a los oprimidos por el racismo (de Sarmiento, entre otros) con un racismo de signo inverso: al igual que el portorriqueño Eugenio María de Hostos lo hiciera en el siglo anterior, esta reivindicación del mestizo repetía la misma estructura de opresión de una raza sobre otras, enmascarada en un aparente universalismo y una evidente “superioridad” del mestizo, hasta ahora objeto de opresión. En este sentido, como muy bien lo expuso el educador brasileño Paulo Freire (Pedagogía del oprimido, Montevideo 1971) y mucho antes lo había formulado el peruano Manuel González Prada (“Nuestros indios”, Lima 1904), el oprimido apenas sale de su condición de oprimido se convierte en el peor opresor, porque esa es la única forma de ser social que conoce. De ahí que muchas veces las Revoluciones, con mayúscula, han terminado por reproducir las viejas estructuras conservadoras, con la ilusión visual de “algo diferente”. De ahí que la idea de “liberación” haya sido un sueño largamente soñado por nuestro continente (afectado tantas veces, desde las brutales épocas de la Conquista, de “realismo mágico”). El oprimido, cuando no se ha “liberado” de verdad, simplemente reproduce la estructura que pretende destruir. Un ejemplo simple lo podemos verificar en los discursos de Eva Duarte de Perón. Su impulso revolucionario de mujer oprimida, por su clase social y por su sexo, no era despreciable. A un mismo tiempo admirable y decepcionante, Evita pretendió cambiar una cabeza opresora (la oligarquía) por otra aparentemente diferente pero igualmente elitista y opresora (la elite peronista, cuando no el mismo hombre llamado Perón). Según Evita, una verdad era verdad “primero porque lo dice Perón y luego porque, efectivamente, es verdad”. El caciquismo era reproducido por la esclava con estas palabras redentoras: “Y cuando de mis recursos no queda ya ninguno, entonces acudimos al supremos recurso que es la plenipotencia de Perón, en cuyas manos toda esperanza se convierte en realidad, aunque sea una esperanza ya desesperada”. ¿Y el pueblo qué? ¿No es esta concepción del poder semejante a la de otro caudillo grabado en las monedas de cinco francos que decía “Caudillo de España por la gracia de Dios”? En este sentido, funciona la misma dinámica psico-social de siempre, según Frederic Jameson: la idea de que existen dos partidos en eterna pugna nos hace pensar que un cambio es posible, si uno de los dos gana. No obstante, esta dinámica ilusoria sólo lleva a reproducir un orden mediante una confrontación virtual. Y si no, observemos la política estadounidense o los aparentes cambios en América latina: quizás lo más importante sea el elemento simbólico (que no es poco), como puede ser el hecho de que en Brasil llegue un obrero al poder (mejor dicho, a la presidencia) o en Bolivia un representante de una etnia oprimida y marginada por siglos suba a la cúspide simbólica, o en Chile asuma una mujer como presidenta. Los cambios son importantes, pero muchas veces se los sobredimensiona para ocultar el verdadero resultado, que es la continuidad. La fuerza del símbolo esconde las continuidades de las estructuras sociales y de la violencia económica y moral. Claro que en el mejor de los casos debemos agradecer los pequeños pasos, que siempre son mejores que no caminar o retroceder. Pero, en definitiva, las verdaderas revoluciones modernas han surgido siempre desde abajo y nunca desde arriba. Llegar a la presidencia de un país no es asumir el poder en una sociedad tradicional. No nos engañemos: los cambios vienen de otro lado, vienen de “abajo”.

Otra característica negativa de nuestro continente, además de la verticalidad, las diferencias sociales y el caciquismo, ha sido siempre la desunión. Apenas nacido Chile como país independiente, el venezolano Andrés Bello proclamaba su optimismo: la vieja unión latina sería posible; los egoísmos eran apenas un hecho circunstancial. El brillante rector de la Universidad de Santiago fustigó a aquellos que veían en la herencia social de la colonia el mayor obstáculo para lograr la justicia, el progreso y una unión que parecía “inevitable”, dadas nuestras raíces históricas y factores tan gravitantes como un idioma en común. Lamentablemente se equivocó, como si la queja desesperanzada de Simón Bolívar ante su Patria Grande hecha añicos se hubiese convertido en maldición: “nunca seremos dichosos, nunca”. Este mismo sentimiento de derrota y desilusión también debieron experimentar (recurada Eduardo Galeano) José Artigas y San Martín. Todo lo contrario a Washington, Jefferson y Madison, según lo veía el ecuatoriano Juan Montalvo en 1882: “ Bolívar fundó asimismo una gran nación, pero menos feliz que su hermano primogénito, la vio desmoronarse […] Los sucesores de Washington, grandes ciudadanos, filósofos y políticos, jamás pensaron en despedazar el manto sagrado de su madre […] Los compañeros de Bolívar todos acometieron a degollar a la real Colombia y tomar para si la mayor presa posible, locos de ambición y tiranía”. Claro que de aquellos “filósofos gobernantes” ya no queda ni la mueca.

Cien años después, otro optimista visceral, el mexicano José Vasconcellos, repetía la misma observación negativa. En un tono arielista, quiso oponer (no sin buenas razones) la cultura latina a la cultura anglosajona (aunque confundió “cultura” con “raza”) y observó nuestra mayor debilidad: si la mayor fuerza norteamericana surgía de su estratégica unión (dejemos de lado ahora las graves segregaciones raciales), América Latina había procedido de forma contraria: una progresiva y nunca superada desunión, endémica división por razones egoístas. “[Los Estados Unidos] no sólo nos derrotaron en el combate —se lamentaba Vasconcellos—, ideológicamente también nos siguen venciendo. Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a ser vida propia, vida desligada de sus hermanos […] sin atender a los intereses comunes de la raza. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente. El despliegue de nuestras veinte banderas de la Unión Panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos, cada uno, de nuestro humilde trapo […] y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. […] Nos mantenemos celosamente independientes, respecto de nosotros mismos; pero de una o de otra manera nos sometemos o nos aliamos con la Unión sajona”. Y más adelante actualiza su visión estratégica: “Es claro que el corazón sólo se conforma con un internacionalismo cabal; pero en las actuales circunstancias del mundo el internacionalismo solo serviría para acabar de consumar el triunfo de las naciones más fuertes; serviría exclusivamente a los fines del inglés”.

A pesar de los “alentadores” números registrados en los PBIs de varios países latinoamericanos en los últimos tres años, no vemos que de forma simultánea se proyecten planes de colaboración e integración continental, excepto cuando hay un discurso personalista detrás. Sólo vemos repetirse, con tristeza, otros dos antiguos males de América Latina, según el ya mencionado José Vasconcellos: uno, el cesarismo (el caudillismo); otro el “lastre ciceronaiano” (la retórica, el palabrerío). Creamos el Mercosur en tiempos desfavorables y lo ignoramos cuando el dolor de muelas aflojó un poco. Lo mismo hacemos con los discursos y las retóricas autocomplacientes. Siempre que leo los diarios financieros tengo la impresión de que si cualquiera de nuestros países tuviese el mismo PBI que Estados Unidos también nosotros seríamos naciones imperialistas. (¿Y qué sería China con la misma capacidad económica y militar? China, ese gran dragón que Napoleón evitó despertar; ese país mágico que ha logrado conjugar efectivamente todos los males del capitalismo con todos los males del comunismo).

Claro, al principio seríamos imperialistas antiimperialistas. Esta observación me desanima; no sólo porque con ella se pierde todo el romanticismo latinoamericano, sino que es una consciencia pesimista, incluso cínica, sobre el ser humano. No obstante, pese a todo, quisiera mantener mi esperanza en que los humanos no somos más miserables que sujetos de admiración. Si no es verdad al menos ayuda a vivir y seguir luchando por un mundo mejor. Pero ¿cómo luchar por un mundo mejor con una conciencia ingenua o con otra consciencia cínica? La respuesta será extender el crédito de confianza en nosotros mismos, en el pueblo latinoamericano —a riesgo de aplazar eternamente la liberación de nuestro propio discurso de egoístas campeones de la moral.

Jorge Majfud

The University of Georgia, marzo 2006

Esos estúpidos intelectuales

Una vez un estudiante me preguntó: “Si América Latina ha tenido siempre tantos buenos escritores, ¿por qué es tan pobre”? La respuesta es múltiple. Primero habría que problematizar algo que parece obvio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de pobreza? ¿De qué hablamos cuando hablamos de éxito? Estoy seguro que el concepto asumido en ambos es el mismo que entiende el Pato Donald y su tío: como observó Ariel Dorfman, para los personajes de Disney sólo hay dos posibles formas de éxito: el dinero y la fama. Los personajes de Disney no trabajan ni aman: conquistan —si son machos— o seducen —si son hembras. Razón por la cual nunca encontramos allí obreros ni padres ni madres ni más amor que seducción. Lo que nos recuerda que nuestra cultura del consumo estimula el deseo y castiga el placer. Y lo que me recuerda, especialmente, lo que me dijera un viejo budista en Nepal, hace ya muchos años: “ustedes los occidentales nunca podrán ser felices; porque la cultura del deseo sólo conduce a la insatisfacción”. Si aún vive aquel sabio sin zapatos, seguramente hoy se estará tirando de las barbas al ver cómo esa cultura del deseo comienza a vencer en la India hindú.

Ahora, por otro lado, a la pregunta original tenemos que responder con una pregunta retórica: “Bueno, ¿y cuándo en América Latina las estructuras de poder, los gobiernos y las empresas privadas que dirigieron la suerte de millones de personas, le hicieron algún caso a los intelectuales?”. Sí, en el siglo XIX hubo presidentes intelectuales, cuando no militares. En la siguiente centuria escasearon los primeros y abundaron los segundos. Aunque pienso que sería mejor escuchar un poco a alguien que ha dedicado su vida al estudio en lugar de tantas opiniones sobre política, economía y cultura de futbolistas y estrellas de la farándula, no creo que los intelectuales deberían tener una voz gravitante en la sociedad —como en algún momento pudieron tenerla Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, por ejemplo— y menos en las decisiones de su destino. Sólo son otra voz, poco escuchada, pero otra voz. Quizás no peor que la voz de una gran parte de los políticos profesionales que, atrapados en su mismo “espíritu de partido”, deformados por la práctica de la defensa de posiciones comprometidas, de intereses estratégicos, de pasiones personales y electorales, están paradójicamente negados al ejercicio del ideal de cualquier “estadista”, o “educador”.

En el siglo XX los intelectuales fueron sistemáticamente ninguneados o expulsados por las estructuras de poder. Tal vez este tipo de marginaciones sea saludable para ambos. No lo es, creo, cuando la marginación es política y social. Observaba el Nobel argentino César Milstein, que cuando los militares en Argentina tomaron el poder civil en los ‘60 decretaron que nuestros países se arreglarían apenas expulsaran a todos los intelectuales que molestaban por aquellas latitudes. Brillante idea que llevaron a la práctica, para que tiempo después no hubiese tantos preguntando por ahí por qué fracasamos como países y como sociedades. En Brasil, el educador Paulo Freire fue expulsado por ignorante, según los golpistas del momento. Por citar sólo dos ejemplos autóctonos.

Pero este desdén que surge de un poder instalado en las instituciones sociales y del frecuente complejo de inferioridad de sus actores, no es propio sólo de países “subdesarrollados”. Poco tiempo atrás, cuando le preguntaron a la esposa del presidente de Estados Unidos cómo había conocido a su marido, confesó: de una forma muy extraña. Ella trabajaba en una biblioteca. Lo conoció allí, por milagro, porque su esposo no visita ese tipo de recintos. Paradojas de un país que fue fundado por intelectuales.

Tampoco en Estados Unidos escuchan a sus intelectuales aunque, paradójicamente, ha sido este país, en casi toda su historia, el refugio de disidentes, casi siempre de izquierdas, como Albert Einstein, Érico Veríssimo, Edward Wadie Said o Ariel Dorfman —por citar a los más moderados. Quizás por esa misma razón: porque no son escuchados, a no ser por otros intelectuales. Es más, siempre son los intelectuales, los escritores o los artistas críticos quienes encabezan las listas de los diez estúpidos más estúpidos del país. Entre los preferidos de estas listas han estado siempre críticos como Noam Chomsky y Susan Sontag. Las universidades son respetadas al mismo tiempo que sus profesores son burlados en los canales de radio y televisión como estúpidos izquierdistas porque se atreven a opinar de política, área que parece reservada a los talk shows. Esta actitud recuerda a la crítica del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez a su propia iglesia: “la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statu quo, pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido”. (Teología de la liberación, 1973).

Algo semejante podemos ver en la realidad universitaria de hoy en casi todo el mundo. Si se asume que la academia universitaria debe responder a un determinado interés político, religioso o ideológico, o a un determinado “proyecto” de sociedad, estamos anulando su principal fundamento. Incluso si advertimos que los académicos tienen una tendencia A o B no podríamos nunca legislar para cambiar esa tendencia —en teoría, producto de la misma libertad intelectual— con la excusa de buscar un “equilibrio”. Un “equilibrio” que siempre es planteado por el poder político cuando advierte que está representado por una minoría en algún sector de la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha propuesto muchas veces una ley para “equilibrar” el desproporcionado número de profesores liberales, es decir, de “izquierdistas” —tendencia que se repite en la mayoría de las universidades de Occidente. (En algún momento podríamos pensar que la idea de promover semejante equilibrio, aunque no sea un resultado espontáneo, es excelente: las universidades con más empresarios conservadores y las grandes compañías que controlan los países con más intelectuales de izquierda…)

Los intelectuales son estúpidos, y quienes hacen estas listas, ¿quiénes son? Los mismos de siempre: orgullosos hombres y mujeres con “sentido común”, como si esta falsificación del realismo no estuviera cargada de fantasías y de ideologías al servicio del poder del momento. “Sentido común” tenían los hombres y mujeres del pueblo que afirmaban que la Tierra era plana como una mesa; un hombre de “sentido común” fue Calvino, quien mandó quemar vivo a Miguel de Servet cuando se cansó de discutir por correspondencia con su adversario, sobre algunas ideas teológicas. Hombres de “sentido común” fueron aquellos que obligaron a Galileo Galilei a retractarse y cerrar su estúpida boca, o aquellos otros que se burlaban de las pretensiones de un carpintero llamado Jesús de Nazaret —asesinado por razones políticas y no religiosas.

Un personaje de la novela Incidente em Antares, de Érico Veríssimo, reflexionaba: “Durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”. Y más adelante: “Quando o presidente Truman e os generais do Pentágono se reuniram, no maior sigilo, para decidir si lançavam ou não a primeira bomba atômica sobre uma cidade japonesa aberta… imaginas que eles convidaram para essa reunião algum humanista, artista, cientista, escritor ou sacerdote?”.

Otro brasileño, Paulo Freire, nos recordó: “existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida” (Pedagogía del oprimido, 1971). Aunque provista de una incipiente y precoz consciencia historicista, la monja rebelde, la mexicana sor Juana Inés de la Cruz ya había advertido otro factor ahistórico que completa la respuesta: “no puede estar sin púas que la puncen quién está en lo alto […] Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya sea de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento: lo primero porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve; y el entendimiento no, pues mientras es mayor, es más modesto y sufrido, y se defiende menos” (Respuesta a sor Filotea, 1691).

Estas últimas observaciones nos llevan a recordar —no debería ser necesario, pero nunca se debe subestimar la ignorancia del poder— que la división no radica en intelectuales y obreros, entre “cultos” e “incultos”, sino entre aquellos que respetan y defienden la cultura y el pensamiento y aquellos otros que la atacan o la ningunean. Ejemplos hay de sobra de doctores que, llegados al poder, liquidaron las universidades y la educación del pueblo mientras otros líderes sin educación formal pero con una conciencia más sensible la defendieron a ultranza —tal vez porque reconocieron en ella el camino más sólido de liberación de la pobreza y de la opresión social que divorcia brillantes discursos con las opacas realidades que promueven.

En nuestro tiempo y en los tiempos por venir, la misión del intelectual ya no será aquella escolástica mala costumbre de desplegar una erudición sin resultados concretos sino, por el contrario, la de poder realizar diferentes síntesis conceptuales, refinar y expurgar del mar de datos, ideas y divagaciones que la futura sociedad producirá, las ideas fundamentales, los pensamientos generatrices, los peligros del entusiasmo, de la propaganda y de las narraciones ideológicas; como un médico que busca detrás de los síntomas los desórdenes funcionales. Esta tarea será como ha sido siempre crítica. Como toda verdadera crítica, deberá apuntar al menos contra dos factores: el poder y la autocomplacencia. El primero —ya lo supo Descartes—, porque todo pensamiento antes de producirse como tal debe romper primero las cadenas invisibles que lo aprisionan con ideas prefabricadas, “políticamente correctas”, “moralistas”, al servicio de un determinado interés de clase, de género, de raza, etc. La segunda, porque la autocomplacencia es, en cierta forma, una consecuencia de la opresión del poder que reproduce el mismo oprimido para evitar el segundo paso que, tradicionalmente, han estado en deuda los intelectuales: la creación. Creación de caminos, de proyectos sociales y culturales, de una nueva forma de ser que tanto reclamaron Juan Bautista Alberdi, José Martí y José E. Rodó. Tal vez este déficit se haya debido a que la tarea es gigantesca para una simple elite intelectual o porque, especialmente en América Latina, la necesaria crítica, que nunca ha sido suficiente, ha absorbido todas sus energías. Pero el desafío sigue en pié y esperando.

Los intelectuales seguirán siendo una elite, como a su manera son una elite los electricistas y los calculistas. La virtud será que estas elites dejen de representarse y ser vistas en un orden vertical y comiencen a conformar una unidad más armónica y orgánica al servicio de las sociedades y no de algunas elites entronadas en el poder social. Me dirán que los intelectuales se han equivocado feo a lo largo de la historia; y tendré que darles la razón. Pero también se equivocan los electricistas, los médicos y los calculistas. Con la diferencia que, si bien cualquiera de estos errores pueden tener consecuencias trágicas en la sociedad, el trabajo del intelectual, por su naturaleza creativa sobre lo desconocido, sobre la nada, es mucho más difícil que la tarea del calculista, por ejemplo —y lo digo por experiencia personal: calcular la estructura de un edificio en altura implica una gran responsabilidad, pero su proceso no involucra, normalmente, ninguna duda fundamental.

Ernesto Che Guevara escribió en El socialismo y el hombre: “Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales; y los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que los creó”.

Yo no sería tan extremista: tampoco los intelectuales tienen la fórmula de la creación de ese “hombre nuevo”, reclamado por Europa en el siglo XIX. Pero sin duda podrán ser agentes estimulantes en su creación o en su desarrollo —si no se los aplasta antes, con la persecución o el ninguneo; si ellos mismos no se precipitan antes, desde esas inútiles alturas que suelen escalar, enceguecidos por sus propios —por nuestros propios egos.

Jorge Majfud

The University of Georgia, 14 de octubre de 2006.

Power and the Intellectuals

Jorge Majfud

University of Georgia

A student once asked me: “If Latin America has always had so many good writers, why is it so poor?”  The answer is multiple.  First one would have to problematize a little something that seems obvious: what do we mean when we talk about poverty?  What do we mean when we talk about success?  I am certain that the concept assumed in both cases is the same one understood by Donald Duck and his uncle. As Ariel Dorfman observed, for the Disney characters there are only two possible forms of success: money and fame.  The Disney characters neither work nor love:  they conquer – if they are male – or seduce – if they are female.  Which is why we never encounter among them workers or fathers or mothers.

Now, on the other hand we have to answer a rhetorical question: “And when in Latin America have the structures of power, the governments and private enterprises, ever paid any attention to the intellectuals?”  The answer is again multiple.  Yes, in the 19th century there were intellectual presidents, when they weren’t military men.  In the following century the former became scarce and the latter abundant.  Although I believe it would be better to listen a little to someone who has dedicated their life to study instead of listening to so many opinions about politics, economics and culture from soccer players and movie stars, I don’t believe we intellectuals should have  a central voice in society or in the decisions about its future.  It is curious that in these times the intellectuals don’t play soccer or displace the actors from the theater stage, and don’t take work from the politicians, and yet any sports figure, star of film or of “the real world” repeatedly exercises their right to publicly express their thoughts even though they might not be thoughts so much as spontaneous vibrations of the moment.  An old man who has spent his life researching birds is a failure; but if Madonna or Maradona has an opinion about ornithology they are listened to and discussed on a mass scale.

In the 20th century intellectuals were systematically expelled or demoted by the power structures.  According to César Milstein, when military leaders in Argentina took control of civilian power in the 1960s, they declared that our countries would be put in order as soon as all the intellectuals who were meddling in the region were expelled.  In Brazil, the educator Paulo Freire was kicked out of the country for being ignorant, according to the organizers of the coup d’ etat of the moment.  To cite just two of our many cases.

But this contempt that arises from a power installed in the social institutions and from the inferiority complex of its actors, is not a property of “underdeveloped” countries.  In the United States they don’t listen to their intellectuals either.  In fact, it is always the critical intellectuals, writers or artists who head the top-ten lists of the most stupid of the stupid in the country.  Intellectuals are stupid, and those who make these lists, who are they?  The same as always: prideful men and women with “common sense,” as if this distorted claim to realism were not heavily laden with fantasies and ideologies at the service of the status quo.  “Common sense” is what the common men and women had who asserted that the Earth was flat like a table; Calvin was a man of “common sense” who ordered that Miguel de Servet be burned alive, after he tired of arguing about theology via correspondence with his adversary.  It was men of “common sense” who obligated Galileo Galilei to retract his claims and shut his stupid mouth, as were those others who mocked the pretensions of a carpenter named Jesus of Nazareth.

A character from the novel Incident in Antares, by Érico Veríssimo, reflected: “During the Hitler era the German humanists emigrated.  As a result, the technocrats were given free reign.”  And later: “When president Truman and the generals of the Pentagon met, under the greatest secrecy, to decide whether or not to drop the first atomic bomb over a Japonese city… do you think they invited to that meeting a humanist, artist, scientist, writer or priest?”

Jorge Majfud

The University of Georgia

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the «Southern Voices» project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

El pensamiento y la política

La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir.

Entiendo que una de las traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se acusa como “adulación”, y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los demás.

Si entendemos por ideología a un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en soldados y convertimos el pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria consigna de una supuesta “rebeldía”. Los beneficiados no sólo son los arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.

Durante casi toda la historia moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación de sus movimientos de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad Media, por ejemplo, los “soldados de Dios” se caracterizaban por su obediencia absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o de género.

Desde los primeros humanistas del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del “villano” contra el “noble”, del lector contra la autoridad del clero. Casi simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana, Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.). Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.

Muchos de los logros contra la verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.

Desde el poder tradicional, la lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado Desconocido es la tumba del “Hombre-cosa”. Los Estados normalmente honran a los soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre el virtuoso sacrificio a la obediencia. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de jurar por “nuestra bandera”, prometiendo morir en su defensa. Si bien todos estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como individuos en nombre de “la patria”, sin importar las razones para oponernos a las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación siempre habrá “patriotas” dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no es muy diferente al que es sometido un futuro suicida “religioso”: antes que nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.

Ahora, alguien podría decir que, según mi perspectiva, el “revolucionario” es el modelo perfecto de individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: “¿qué es eso de revolucionario?”. Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del mundo entre ángeles y demonios, entre “ellos los malos” y “nosotros los buenos”. Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el asesinato de un obrero o de un cura porque era “marxista”, siendo que los soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos “traidores a la causa” o de “cipayos vendidos al imperio”, en nombre de un marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno, confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa. Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades (también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a principios del siglo XIX?

La historia está llena de conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se alimentaron siempre de este “peligroso desorden”, sino también las grandes potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama “democracia”, sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el Renacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno y el fracaso del malo.

Lo que la política puede hacer es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al “hombre” después de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales “soldados” que creen que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores de la pólvora.

Entonces, ¿qué paso es necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años, luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En México dominó durante décadas un llamado “Partido Revolucionario Institucional”; ahora en Argentina hay “Piqueteros Oficiales”. Semejante oxímoron es una afrenta a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa —representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree descubrir al Mesías termina donde comenzó.

El segundo paso, como ya lo hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder tradicional, sino como instrumento central de gestión y control ciudadano. En una palabra, sacar a la abusada “democracia” del prostíbulo, de un estado de aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y no una renuncia de su poder en los “padres del pueblo”, en esa eterna y confortable promesa llamada “buen gobierno”.

Yo tengo para mí que cada vez que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las estrategias políticas que se toman en un salón lleno de “gente importante”. Cada vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e individual.

Jorge Majfud

The University of Georgia, mayo 2006

katrina: la hiperrealidad de la imagen

Post-Katrina School Bus

Image by laffy4k via Flickr

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image (Spanish)

La hiperrealidad de la imagen


En el siglo XVI, fray Bartolomé de las Casas escribió una apasionada crónica sobre la brutal conquista del Imperio Español en el nuevo mundo. La denuncia de este cristiano converso (es decir, “de sangre impura”) a favor de un humanismo universal, provocó las Juntas de Valladolid (1550) en la cual se enfrentó, ante el público y ante el rey, a Ginés de Sepúlveda. Usando una cita bíblica tomada de Proverbios, Juan Ginés de Sepúlveda y sus partidarios defendieron el derecho del Imperio a esclavizar a los indios, no sólo porque lo hacían en nombre de la “verdadera fe” sino, sobre todo, porque la Biblia decía que el hombre inteligente debía someter al tonto. Como siempre, sólo una minoría promovía una nueva ética basada en “principios”. Se debió esperar hasta el siglo XIX para que estos “principios” se convirtieran en realidad por la fuerza de la “necesidad”.

Poco después, Guamán Poma Ayala denunció una historia semejante de violaciones, torturas y matanzas. Pero lo hizo, además, con una colección de dibujos, que entonces eran una forma de crónica, tan válida como la escrita. Su impacto e interés fue mínimo en su época, a pesar de la crudeza de las imágenes. Por entonces, al igual que en los tiempos de la Edad Media, las imágenes tenían una gran utilidad porque la mayoría de la población no sabía leer. No obstante, y por ello mismo, se puede explicar por qué no tuvo consecuencias de gran importancia: porque la “masa”, la población, no contaba como agente de cambios. O simplemente no contaba. La rebeldía podía encabezarla un cacique, como Tupac Amaru, pero la población no era protagonista de su propia historia.

Ahora a lo que voy: este proceso se ha revertido hoy en día. La “masa” ya no es “masa” y comienza a contar. No obstante, la lucha radica en este frente: como la masa (ahora sujetos de rebeldía) cuenta en la generación de la historia, aquellos que aun pertenecen al viejo orden buscan dominarla con su propio lenguaje: la imagen. Y muchas veces lo logran a la perfección. Veamos.

Nuestra cultura popular occidental está basada (y a veces atrapada) en códigos visuales y en una sensibilidad visual. Sabemos que la cultura de las clases dirigentes (dominantes) se sigue basando en las complejidades del texto escrito. Incluso los expertos en imágenes basan sus estudios y teorías en la letra. ¿Por qué la imagen es un “texto” básico para las sociedades capitalistas? Porque su “consumo” es rápido, desechable, y por lo tanto es confortable. El problema surge cuando esta imagen (el signo, el texto) deja de ser confortable y complaciente. En este momento el público reacciona, toma conciencia. Es decir, el entendimiento, la conciencia, entra por los ojos: una fotografía de una niña huyendo de las bombas de napalm en Viet Nam, por ejemplo. Por la misma razón se “recomendó” no mostrar al público las imágenes sobre la guerra de Irak donde aparecían niños destrozados por las bombas, los féretros de los soldados americanos regresando al país, etc. Por el contrario, el caso Terri Schiavo ocupó el tiempo y la preocupación del público americano durante muchas semanas, día a día, hora a hora. Hasta que esta pobre mujer se murió para descansar en paz de tanta imagen obscena de las cuales fue víctima e instrumento involuntario. Sin embargo, durante esas mismas semanas continuaron muriendo cientos de iraquíes e, incluso, de soldados americanos y ni siquiera fueron noticia, más allá de las estadísticas diarias que se publican. ¿Por qué? Porque no son personas, son números para una sensibilidad que sólo se conmueve por las imágenes. Y esto quedó demostrado con las fotografías de Abú Graib y con un video que mostraba a un soldado americano disparando contra un herido. Esos fueron los dos únicos momentos en que el público americano reaccionó indignado. Pero debemos preguntarnos, ¿alguien piensa que en la guerra no pasan esas cosas? ¿Alguien cree todavía en ese cuento posmoderno de las guerras higiénicas, donde existen “efectos especiales” pero no sangre, muerte y dolor?

Lo mismo podemos analizar sobre el problema reciente de Nueva Orleáns. La catástrofe no fue comprendida mientras los meteorólogos advirtieron de la escala de la tragedia, varios días antes. Tampoco se tomó conciencia del problema cuando los reportes hablaban de decenas de muertos. De igual forma, una contradicción dialéctica (una mentira revelada, por ejemplo) carece de consecuencias porque es “invisible”. Hoy, cuatro días después, sabemos que los muertos pueden ascender a centenares. Probablemente miles, si consideramos aquellos que morirán por falta de diálisis, por falta de insulina y otras medicinas de emergencia. Pero la televisión no ha mostrado ningún muerto. Cualquiera podrá recorrer las páginas de los principales diarios de Estados Unidos y nunca encontrarán una imagen “ofensiva”, una de esas fotografías que podemos ver en diarios de otras partes del mundo: cuerpos flotando, niños muriendo “como en África”, violencia, violaciones, etc. Porque si algo no faltan son las cámaras digitales; pero sobra “pudor”. Pudor propio, no ajeno, porque publicar en la tapa de una revista los cadáveres de una hombruna en África es tan tolerable como no censurar los senos de una africana y sí los de una mujer blanca o, al menos, “civilizada”. No soy partidario del morbo gratuito, ni de mostrar sangre repetidas veces y sin necesidad: soy partidario de mostrarlo todo. Como dijo alguien, refiriéndose a la guerra, “si fuimos capaces de hacerlo debemos ser capaces de verlo”.

Una tragedia natural como ésta (como el tsunami en Asia) es una desgracia de la cual no podemos responsabilizar a nadie. (Dejemos de lado, por un momento, la cuota de responsabilidad que tienen las sociedades en el calentamiento global de los mares.) Sin embargo, la tragedia de Nueva Orleáns está demostrando que una superpotencia como Estados Unidos puede movilizar decenas de miles de soldados, la más alta tecnología del mundo, la máquina más efectiva de ataque conocida hasta ahora en la historia de la humanidad para quitar a un presidente (o dictador) extranjero, pero no ha podido acceder hasta donde están miles de víctimas del huracán Katrina, en una ciudad que está dentro de su propio país. En Nueva Orleáns, en este momento, se están produciendo actos de vandalismo, violencia, violaciones y caos general mientras las víctimas se quejan que ni siquiera han visto un policía o un soldado que los ayudase, en un área que se encuentra bajo la ley marcial. Este reclamo lo hacen delante de las cámaras, por lo cual podemos pensar que al menos los periodistas sí pudieron acceder a esos lugares. Unos saquean por oportunistas, otros por desesperación, ya que comienzan a experimentar una situación de lucha por la sobrevivencia que no es conocida en el país más poderoso del mundo. Ayer el presidente G. W. Bush apeló a la ayuda privada y esta mañana ha dicho que no es suficiente. Falta de recursos no hay, claro (la guerra de Irak costó más de trescientos mil millones de dólares,  diez veces más de todos los destrozos producido por el huracán en esta tragedia); el parlamento ha votado una ayuda económica de diez mil millones de dólares para las víctimas. Pero éstas siguen muriendo, atrapados en estadios, en los puentes, viviendo a la intemperie, dando una imagen que no se corresponde con un país cuyos pobres sufren problemas de sobrealimentación, donde a los mendigos se los multa con mil dólares por pedir lo que no necesitan (ya que el Estado les provee de todo lo necesario para sobrevivir sin desesperación en caso de que no puedan hacerlo por sus propios medios). Una tragedia doble la sufren los hispanos indocumentados: no son objetos de compensaciones como sus vecinos, pero pierdan cuidado que serán ellos los primeros que pongan mano a la reconstrucción. ¿Quién más si no? ¿Qué otro grupo social de este país tiene la resistencia física, moral y espiritual para trabajar bajo límites de sobrevivencia y desesperanza? ¿O todavía creemos en los cuentos de hadas?

El pueblo norteamericano tomará conciencia de los objetivos y prioridades de este gobierno cuando compare la eficiencia o ineficiencia en diferentes lugares y momentos. Pero para ello debe “verlo” en sus televisores, en los medios de prensa de Internet escritos en inglés, a los cuales suelen acudir por costumbre. Porque de nada o de poco sirve que lo lean en los textos escritos, como no sirven los críticos artículos del New York Time que, con un gran número de brillantes analistas anotaron uno por una las contradicciones de este gobierno y, en vano, tomaron partido público en contra de la reelección de G. W. Bush. Ahora, cuando se produce un “cansancio” en la opinión pública, la mayoría de los habitantes de este país entiende que la intervención en Irak fue un error. Claro, como decía mi abuelo, tarde piaste.

La “opinión pública” norteamericana tomará conciencia de lo que está ocurriendo en Nueva Orleáns (y del por qué está ocurriendo, más allá del fenómeno natural) cuando puedan ver imágenes; una parte de aquello que están viendo las víctimas y narrando oralmente para un público que escucha pero no se conmueve por la narración oral, como no se conmueve por un análisis dialéctico que no apela a imágenes o a metáforas bíblicas. Se darán real cuenta de lo que está sucediendo cuando vean las imágenes “crudas”, siempre y cuando no confundan esas imágenes con el caos en algún país subdesarrollado.

El genial educador brasileño, Paulo Freire, expulsado por la dictadura de su país “por ignorante”, publicó en 1971 Pedagogía del oprimido en una editorial de Montevideo. Allí mencionó una experiencia pedagógica de una colega. La profesora mostró a un alumno un callejón de Nueva York lleno de basura y le preguntó qué veía. El muchacho dijo que veía una calle de África o de América Latina. “¿Y por qué no una calle de Nueva York?”, observó la profesora. Poco antes, en los años ’50, Roland Barthes había hecho un interesante análisis de una fotografía en la cual un soldado negro saludaba “patrióticamente” la bandera del imperio que oprimía a África (el imperio francés), y de ahí concluyó, entre otras cosas, que la imagen estaba condicionada por el texto (escrito) que la acompaña y es éste el que le confiere un significado (ideológico). Podemos pensar que el problema semántico (semiótico) es algo más complejo que esto, y depende de otros “textos” que no son escritos, que son otras imágenes, otros discursos (hegemónicos), etc. Pero la imagen “cruda” también tiene su función reveladora o, al menos, crítica. ¿Qué significa esto de “crudo”?  Son, precisamente, aquellas imágenes que el discurso hegemónico ha censurado (o reprimido, para usar un término psicoanalítico). Razón por la cual aquellos que usamos la dialéctica y el análisis relacionado históricamente con el pensamiento y con el lenguaje, debemos reconocer, al mismo tiempo, el poder de aquellos otros que manejan el lenguaje visual. Para dominar o para liberar, para ocultar o para revelar.

Una vez, en una aldea de África, un macúa me contó cómo una hechicera había transformado un saco de arena en un saco de azúcar y cómo otro hechicero había bajado volando del cielo. Le pregunté si recordaba un sueño extraño de los últimos tiempos. El macúa me dijo que había soñado que veía su aldea desde un avión. “Ha viajado alguna vez en un avión”, pregunté. Obviamente, no. Ni siquiera había estado cerca de alguno de estos aparatos. “Sin embargo usted dice que lo vio”, observé. “Sí, pero era un sueño”, me dijo. Los espíritus en cuerpos de leones, los hombres voladores, la arena convertida en azúcar no eran sueños. Historias como éstas podemos leerlas en las crónicas de los españoles que conquistaron América Latina en el siglo XVI. También podemos verlas hoy en día en muchas regiones como América Central. Mi respuesta a mi amigo macúa entonces fue la misma que les daría a los “evolucionados” norteamericanos: tengamos siempre presente que no es verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.

© Jorge Majfud, 2 de setiembre de 2005

The University of Georgia

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image

by Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

In the 16th century, the Dominican brother Bartolomé de las Casas wrote an empassioned chronicle about the brutal conquest by the Spanish Empire of the new world. The denunciation by this Christian convert (which is to say, “of impure blood”) in behalf of a universal humanism, resulted in the Juntas de Valladolid (1550) in which he faced off, before the public and the king, with Ginés de Sepúlveda. Using a biblical quotation taken from Proverbs, Juan Ginés de Sepúlveda and his partisans defended the right of the Empire to enslave indigenous peoples, not only because they did it in the name of the “true faith” but, above all, because the Bible said that the intelligent man must subjugate the idiot. We will not go into who were the intelligent men. What matters now is knowing that over the centuries, a debate resulted among the “chroniclers” (the only literary genre permitted by the Spanish Inquisition in the Americas). As always, only a minority promoted a new ethics based on ethical “principles.” In this case the humanists and defenders of the “natural right” of the indigenous peoples. One had to wait until the 19th century for these “principles” to become reality by the force of “necessity.” In other words, the Industrial Revolution needed wage laborers, not free labor that competed with standardized production and that, besides, had no consumption power. From that point on, as always, “necessity” quickly universalized the “principles,” so that today we all consider ourselves “anti-slavery,” based on ethical “principles” and not by “necessity.”* I have explained this elsewhere, but what is important to me now is to briefly analyze the power of the written text and, beyond this, the power of dialectical (and sometimes sophistic) analysis.

Using the denunciations of father Bartolomé de las Casas, a nascent empire (the British) quickly found writers to create the “black legend” of Spain’s colonial enterprise. Then, like any new empire, it presumed an advanced morality: it presented itself as the champion of the anti-slavery struggle (which – what a coincidence – only became a reality when its industries developed in the 19th century) and pretended to give moral lessons without the necessary authority, which was denied by its own history of brutal oppression, equally as brutal as that of the old Spanish empire.

Shortly after the De las Casas-Supúlveda controversy and following the approval of the New Laws governing treatment of the indians as a consequence (although the laws weren’t worth the paper they were printed on), Guamán Poma Ayala denounced a similar history of rapes, torture and mass murder. But he did it, in contrast, with a collection of drawings, which at the time was a form of chronicle as valid as the written word. These drawing can be studied in detail today, but we would have to say that there impact and interest was minimal in their own time, despite the starkness of the images. In those days, just as during the Middle Ages, images had a special usefulness because the majority of the population did not know how to read. Nevertheless, and for that very reason, it is easy to explain why Guamán Poma’s chronicle was of no great consequence: because the “masses,” the population, didn’t matter as an agent of change. Or it simply didn’t matter. Rebellion might be headed by a cacique, like Tupac Amaru, but the population was not a protagonist of its own story.

Now here’s where I’m going with this: this process has been reversed today. The “masses” are no longer “masses” and have begun to matter: citing Ortega y Gasset, we might say that we had a “rebellion of the masses” but now can longer speak of “masses” but of a population composed of individuals that have started to question, to make demands, and to rebel. Nonetheless, the struggle is rooted on this front: as the masses (now subjects in rebellion) matter in the generation of the story, those who still belong to the old order seek to dominate them with their own language: the image. And often they succeed to perfection. Let’s take a look.

Our Western popular culture is based (at times trapped) in visual codes and a visual sensibility. We know that the culture of the ruling (or dominant) classes continues to be based on the complexities of the written text. Even the experts on images base their studies and theories on the written word. If in Latin America public opinion and sensibility are strongly conditioned by an ideological tradition (formed from the time of the Conquest, in the 16th century, and exploited by opposing political groups in the 20th century), here, in the United States, the relationship with the past is less conflict-oriented, and hence the lack of historical memory can, in some cases, facilitate the work of the proselytizers. We will not get into that issue here. Suffice it to say that the United States is a complex and contradictory country, and therefore any judgement about “Americanness” is as arbitrary and unfair as speaking of “Latinamericanness” without recognizing the great diversity that exists within that mythological construct. We must not forget that all ideology (of the left or of the right, liberal or conservative) sustains itself via a strategic simplification of the reality it analyzes or creates.

I understand that these factors should be taken into account when we want to understand why the image is a basic “text” for capitalist societies: its “consumption” is quick, disposable, and therefore “comfortable.” The problem arises when this image (the sign, the text) ceases to be comfortable and pleasant. When this happens the public reacts, becomes aware. That is to say, the understanding, the awareness, enters through the eyes: a photograph of a girl fleeing the napalm bombs in Viet Nam, for example. For the same reason it was “recommended” to not show the public images of the war in Iraq that included children torn apart by bombs (see the daily papers of the rest of the world in 2003), the coffins of American soldiers returning home, etc. By contrast, the Terri Schiavo case occupied the time and concern of the American public for many weeks, day after day, hour after hour; the president and governor Bush of Florida signed “exceptions” that were rejected by the judiciary, until the poor woman died to rest in peace from so many obscene images of which she was the unknowing and unwilling victim. Despite it all, during thos same weeks hundreds of Iraqis, as well as American soldiers, continued to die and they didn’t even make the news, beyond the publication of the daily statistic. Why? Because they aren’t persons, they are numbers for a sensibility that is only moved by images. And this was proved by the photographs of Abu Graib and with a video that showed an American soldier shooting a wounded man. Those were the only two moments in which the American public reacted with indignation. But we should ask ourselves, does anyone really believe that these things don’t happen in war? Does anyone still believe in that postmodern story about hygienic wars, where there are “special effects” but no blood, death and pain? Yes. Many people do. Lamentably, a majority. And it’s not due to lack of intelligence but to lack of interest.

We can analyze the same process at work with the recent problem of New Orleans. The catastrophe was not grasped when the meteorologists warned of the scale of the tragedy, several days before. Nor was there broad awareness of the problem when reports spoke of tens of dead. Four days after, we knew that the number of dead could rise into the hundreds. Possibly thousands, if we consider those wuo will die for lack of dialysis, lack of insulin and other emergency medicines. But television did not show a single dead person. Anyone can search the pages of the principal daily newspapers of the United States and they will not find an “offensive” image, one of those photographs that we can view in daily papers from other parts of the world: bodies floating, children dying “like in Africa,” violence, rapes, etc. Because if there is one thing in abundance it is digital cameras; but there is even more “modesty.” I am no advocate of morbid gratuitousness, nor of showing blood over and over again unnecessarily: I am an advocate of showing everything. As a U.S. citizen said with reference to the war, “if we were capable of doing it we should be capable of seeing it.”

A natural tragedy like this one (or like the tsunami in Asia) is a disgrace for which we cannot hold anyone responsible. (Let’s set aside, for a moment, the share of responsibility that societies have in the global warming of the oceans.) Nonetheless, the tragedy of New Orleans demonstrates that a superpower like the United States can mobilize tens of thousands of soldiers, the most advanced technology in the world, the most effective machinery of assault in human history in order to remove a foreign president (or dictator), but prove incapable of reaching thousands of victims of Hurricane Katrina, in a city within its own country. In New Orleans, there were acts of vandalism and violence, rapes and general chaos while victims complained that there were no policemen or soldiers to help them, in an area that found itself under martial law. This complaint was made in front of the cameras, and so we can believe that at least the journalists were able to gain access to those places. Some loot because they are opportunists, others out of desperation, as they begin to experience a situation of struggle for survival previously not seen in the most powerful country in the world. On September 1 president G.W. Bush appealed for private aid and on September 2 he said it was not sufficient. There is no lack of resources, of course (the war in Iraq cost more than three hundred billion dollars, ten times more than all the damages produced by the hurricane in this tragedy); the Congress voted for economic aid of ten billion dollars for the victims. But the latter continued to die, trapped in stadiums, on bridges, without shelter, offering up a jarring image for a country whose poor suffer from problems of overeating, where beggars are fined a thousand dollars for asking for things they don’t need (since the State supposedly provides them everything necessary to survive without desperation in case they can’t do so by their own means). Undocumented Hispanics suffer a double tragedy: they will not receive compensation like their neighbors, but rest assured that they will be the first to take up the task of reconstruction. Who else? What other social group in this country has the physical, moral and spiritual toughness to work under conditions of survival and hopelessness? Or do we still believe in fairy tales?

The people of the United States will become aware of the objectives and priorities of this government when they compare its efficiency or inefficiency in different places and moments. But for that to happen they must “see it” on their television sets, in the English-language news media on the Internet, to which they turn out of habit. Because it is of little or no use for them to read it in written texts, since the critical analyses of the New York Times are seemingly useless – a paper that, with a large number of brilliant analysts noting one by one the contradictions of this government, took sides publicly against the the reelection of G. W. Bush. Now, when there is a “fatigue” in public opinion, the majority of the country’s population understands that the intervention in Iraq was a mistake. Of course, as my grandfather used to say, you chirped too late.

U.S. public opinion will become aware of what is happening in New Orleans (and of what is happening beyond the natural phenomenon) when people can see images; a part of what the victims see and tell orally to a public that listens but is unmoved by a dialectical analysis that doesn’t appeal to images or biblical metaphors. The U.S. public will realize what is happening when its sees “raw” images, as long as they don’t confuse those images with the chaos of some underdeveloped country.

The brilliant Brazilian educator, Paulo Freire, exiled by the dictatorship of his country “out of ignorance,” published in 1971 The Pedagogy of the Oppressed with a publishing house in Montevideo, Uruguay. He mentioned there the pedagogical experience of a colleague. The teacher had shown to a student an alley of New York City filled with garbage and asked him what he saw. The boy said that he saw a street in Africa or Latin America. “And why not a street in New York City?” observed the teacher. A short timearlier, in the 1950s, Roland Barthes had done an interesting analysis of a photograph in which a black soldier saluted “patriotically” the flag of the empire that oppressed Africa (the French empire), and concluded, among other things, that the image was conditioned by the (written) text that accompanies it and that it is the latter that confers on the image (ideological) meaning. We might think that the semantic (or semiotic) problem is a bit more complex than this, and arises from other unwritten “texts,” other images, other (hegemonic) discourses, etc. But the “raw” image also has a revelatory, or at least critical, function. What do I mean by “raw”? “Raw” images are precisely those images censored (or repressed, to use a psychoanalytic term) by the dominant discourse. For this reason those of us who use dialectics and analysis related historically to thought and language must recognize, at the same time, the power of those others who control visual language. To dominate or to liberate, to hide or to reveal.

Once, in an African village, a Macua man told me how a sorceress had transformed a sack of sand into a sack of sugar, and how another sorcerer had come flying down from the sky. I asked him if he remembered any strange, recent dream. The Macua man told me he had dreamed that he saw his village from an airplane. “Have you ever flown in a plane?” I asked. Obviously not. He hadn’t even been close to one of those machines. “But you say that you saw it,” I observed. “Yes, but it was a dream,” he told me. Spirits in the bodies of lions, flying men, sand turned into sugar aren’t dreams. Stories like these can be read in the chronicles of the Spaniards who conquered Latin America in the 16th century. We can also see them today in many regions of Central America. My response to my Macua friend was the same as I would give to the more “evolved” U.S. public: we must always be aware that not everything we see is true, nor is can everything true be seen.

*This same principal that I call “necessity” was identified in the 19th century by Bautista Alberdi, when he recognized that laicism in the Rio de la Plata was (and had to be) a consequence of the great diversity of religions, a product of immigration. It was not possible to expel or engage in “ethnic cleansing,” as Spain did in the 15th century, since in Alberdi’s time we were in a different arena of history, and of the concept of “necessary resources.”

Translated by Bruce Campbell

© Jorge Majfud, september 2006.

La cultura del odio

The Culture of Hate (English)

 

Sobre la revolución y la reacción silenciosa de nuestro tiempo. Las razones del caos ultramoderno. Sobre la colonización del lenguaje y de cómo el poder tradicional reacciona contra el progreso de la historia usando herramientas anacrónicas de repetición.

Pedagogía universal de la obediencia

La pedagogía antigua se sintetizaba en la frase “la letra con sangre entra”. Este era el soporte ideológico que permitía al maestro golpear con una regla las nalgas o las manos de los malos estudiantes. Cuando el mal estudiante lograba memorizar y repetir lo que el maestro quería, cesaba el castigo y comenzaba el premio. Luego el mal estudiante, convertido en un “hombre de bien”, se dedicaba a dar clases repitiendo los mismos métodos. No es casualidad que el célebre estadista y pedagogo, F. Sarmiento, declarara que “un niño no es más que un animal que se educa y dociliza.” De hecho, no hace otra cosa quien pretende domesticar un animal cualquiera. “Enseñar” a un perro no significa otra cosa que “hacerlo obediente” a la voluntad de su amo, de humanizarlo. Lo cual es una forma de degeneración canina, como lo es la frecuente deshumanización de un hombre en perro —remito al teatro de Osvaldo Dragún.

No muy distinta es la lógica social. Quien tiene el poder es quien define qué significa una palabra o la otra. En ello va implícita una obediencia social. En este sentido, hay palabras claves que han sido colonizadas en nuestra cultura, tales como democracia, libertad, justicia, patriota, desarrollo, civilización, barbarie, etc. Si observamos la definición de cada una de las palabras que deriva desde el mismo poder —el amo—, veremos que sólo por la fuerza de un “aprendizaje violento”, colonizador y monopólico, se puede aplicar a un caso concreto y no al otro, a una apariencia y no a la otra, a una bandera y no a la otra —y casi siempre con la fuerza de la obviedad. No es otra lógica la que domina los discursos y los titulares de los diarios en el mundo entero. Incluso el perdedor, quien recibe el estigma semiótico, debe usar este lenguaje, estas herramientas ideológicas para defender una posición (tímidamente) diferente a la oficial, a la establecida.

La revolución y la reacción

Lo que vivimos en nuestro tiempo es una profunda crisis que naturalmente deriva de un cambio radical de sistemas —estructurales y mentales—: de un sistema de obediencias representativas por otro de democracia progresiva.

No es casualidad que esta reacción actual contra la desobediencia de los pueblos tome las formas de renacimiento del autoritarismo religioso, tanto en Oriente como en Occidente. Aquí podríamos decir, como Pi i Margall en 1853, que “la revolución es la paz y la reacción la guerra”. La diferencia en nuestro tiempo radica en que tanto la revolución como la reacción son invisibles; están camuflados con el caos de los acontecimientos, de los discursos mesiánicos y apocalípticos, en antiguos códigos de lectura heredados de la Era Moderna.

La gran estrategia de la reacción

Ahora, ¿cómo se sostiene esta reacción contra la democratización radical, que es la revolución invisible y tal vez inevitable? Podríamos continuar observando que una forma de atentar contra esta democratización es secuestrando la misma idea de “democracia” por parte de la misma reacción. Pero ahora mencionemos sólo algunos síntomas que son menos abstractos.

En el centro del “mundo desarrollado”, las cadenas de televisión y de radio más importantes repiten hasta el cansancio la idea de que “estamos en guerra” y que “debemos enfrentar a un enemigo que quiere destruirnos”. El mal deseo de grupos minoritarios —en crecimiento— es incuestionable; el objetivo, nuestra destrucción, es infinitamente improbable; a no ser por la ayuda de una autotraición, que consiste en copiar todos los defectos del enemigo que se pretende combatir. No por casualidad, el mismo discurso se repite entre los pueblos musulmanes —sin entrar a considerar una variedad mucho mayor que esta simple dicotomía, producto de otra creación típica de los poderes en pugna: la creación de falsos dilemas.

En la última guerra que hemos presenciado, regada como siempre de abundante sangre inocente, se repitió el viejo modelo que se repite cada día y sin tregua en tantos rincones del mundo. Un coronel, en una frontera imprecisa, declaraba a un canal del Mundo Civilizado, de forma dramática: “es en este camino donde se decide el futuro de la humanidad; es aquí donde se está desarrollando el ‘choque de las civilizaciones’’”. Durante todo ese día, como todos los días anteriores y los subsiguientes, las palabras y las ideas que se repetían una y otra vez eran: enemigo, guerra, peligro inminente, civilización y barbarie, etc. Poner en duda esto sería como negar la Sagrada Trinidad ante la Inquisición o, peor, cuestionar las virtudes del dinero ante Calvino, el elegido de Dios. Porque basta que un fanático llame a otro fanático de “bárbaro” o “infiel” para que todos se pongan de acuerdo en que hay que matarlo. El resultado final es que rara vez muere uno de estos bárbaros si no es por elección propia; los suprimidos por virtud de las guerras santas son, en su mayoría, inocentes que nunca eligen morir. Como en tiempos de Herodes, se procura eliminar la amenaza de un individuo asesinando a toda su generación —sin que se logre el objetivo, claro.

No hay opción: “es necesario triunfar en esta guerra”. Pero resulta que de esta guerra no saldrán vencedores sino vencidos: los pueblos que no comercian con la carne humana. Lo más curioso es que “de este lado” quienes están a favor de todas las guerras posibles son los más radicales cristianos, cuando fue precisamente Cristo quien se opuso, de palabra y con el ejemplo, a todas las formas de violencia, aún cuando pudo aplastar con el solo movimiento de una mano a todo el Imperio Romano —el centro de la civilización de entornes— y sus torturadores. Si los “líderes religiosos” de hoy en día tuviesen una minúscula parte del poder infinito de Jesús, las invertirían todas en ganar las guerras que todavía tienen pendientes. Claro que si vastas sectas cristianas, en un acto histórico de bendecir y justificar la acumulación insaciable de oro, han logrado pasar un ejército de camellos por el ojo de una misma aguja, ¿qué no harían con el difícil precepto de ofrecer la otra mejilla? No sólo no se ofrece la otra mejilla —lo cual es humano, aunque no sea cristiano—, sino que además se promueven todas las formas más avanzadas de la violencia sobre pueblos lejanos en nombre del Derecho, la Justicia, la Paz y la Libertad —y de los valores cristianos. Y aunque entre ellos no existe el alivio privado de la confesión católica, la practican frecuentemente después de algún que otro bombardeo sobre decenas de inocentes: “lo sentimos tanto…”

En otro programa de televisión, un informe mostraba fanáticos musulmanes sermoneando a las multitudes, llamando a combatir al enemigo occidental. Los periodistas preguntaban a profesores y analistas “cómo se forma un fanático musulmán?” A lo que cada especialista trataba de dar una respuesta recurriendo a la maldad de estos terribles personajes y otros argumentos metafísicos que, si bien son inútiles para explicar racionalmente algo, en cambio son muy útiles para retroalimentar el miedo y el espíritu de combate de sus fieles espectadores. No se les pasa por la mente siquiera pensar en lo más obvio: un fanático musulmán se forma igual que se forma un fanático cristiano, o un fanático judío: creyéndose los poseedores absolutos de la verdad, de la mejor moral, del derecho y, ante todo, de ser los ejecutores de la voluntad de Dios —violencia mediante. Para probarlo bastaría con echar un vistazo a la historia de los varios holocaustos que ha promovido la humanidad en su corta historia: ninguno de ellos ha carecido de Nobles Propósitos; casi todos fueron acometidos con el orgullo de ser hijos privilegiados de Dios.

Si uno es un verdadero creyente debe comenzar por no dudar del texto sagrado que fundamenta su doctrina o religión. Esto, que parece lógico, se convierte en trágico cuando una minoría le exige al resto del pueblo la misma actitud de obediencia ciega, usurpando el lugar de Dios en representación de Dios. Se opera así una transferencia de la fe en los textos sagrados a los textos políticos. El ministro del Rey se convierte en Primer Ministro y el Rey deja de gobernar. En la mayoría de los medios de comunicación no se nos exige que pensemos; se nos exige que creamos. Es la dinámica de la publicidad que forma consumidores de discursos basados en el sentido de la obviedad y la simplificación. Todo está organizado para convencernos de algo o para ratificar nuestra fe en un grupo, en un sistema, en un partido. Todo bajo el disfraz de la diversidad y la tolerancia, de la discusión y el debate, donde normalmente se invita a un gris representante de la posición contraria para humillarlo o burlarse de él. El periodista comprometido, como el político, es un pastor que se dirige a un público acostumbrado a escuchar sermones incuestionables, opiniones teológicas como si fuesen la misma palabra de Dios.

Estas observaciones son sólo para principiar, porque seríamos tan ingenuos como aquellos si no entrásemos en la ecuación los intereses materiales de los poderosos que —al menos hasta ahora— han decidido siempre, con su dedo pulgar, el destino de las masas inocentes. Lo que se prueba sólo con observar que los cientos y miles de víctimas inocentes, aparte de alguna disculpa por los errores cometidos, nunca son el centro de análisis de las guerras y del estado permanente de tensión psicológica, ideológica y espiritual. (Dicho aparte, creo que sería necesario ampliar una investigación científica sobre el ritmo cardíaco de los espectadores antes y después de presenciar una hora de estos programas “informativos” —o como se quiera llamar, considerando que, en realidad, lo más informativo de estos programas son los anuncios publicitarios; los informativos en sí mismo son propaganda, desde el momento que en reproducen el lenguaje colonizado.)

El diálogo se ha cortado y las posiciones se han alejado, envenenadas por el odio que destilan los grandes medios de comunicación, instrumentos del poder tradicional. “Ellos son la encarnación del Mal”; “Nuestros valores son superiores y por lo tanto tenemos derecho a exterminarlos”. “La humanidad depende de nuestro éxito”. Etcétera. Para que el éxito sea posible antes debemos asegurarnos la obediencia de nuestros conciudadanos. Pero quedaría por preguntarse si es realmente el “éxito de la guerra” el objetivo principal o un simple medio siempre prorrogable para mantener la obediencia del pueblo propio, el que amenazaba con independizarse y entenderse de una forma novedosa con los otros. Para todo esto, la propaganda, que es propagación del odio, es imprescindible. Los beneficiados son una minoría; la mayoría simplemente obedece con pasión y fanatismo: es la cultura del odio que nos enferma cada día. Pero la cultura del odio no es el origen metafísico del Mal, sino apenas el instrumento de otros intereses. Porque si el odio es un sentimiento que se puede democratizar, en cambio los intereses han sido hasta ahora propiedad de una elite. Hasta que la Humanidad entienda que el bien del otro no es mi perjuicio sino todo lo contrario: si el otro no odia, si el otro no es mi oprimido, también yo me beneficiaré de su sociedad. Pero vaya uno a explicarle esto al opresor o al oprimido; rápidamente lograrán ponerse de acuerdo para retroalimentar ese círculo perverso que nos impide evolucionar como Humanidad.

La humanidad resistirá, como siempre resistió a los cambios más importantes de la historia. No resistirán millones de inocentes, para los cuales los beneficios del progreso de la historia no llegarán nunca. Para ellos está reservado la misma historia de siempre: el dolor, la tortura y la muerte anónima que pudo evitarse, al menos en parte, si la cultura del odio hubiese sido reemplazada antes por la comprensión que un día será inevitable: el otro no es necesariamente un enemigo que debo exterminar envenenando a mis propios hermanos; el beneficio del otro será, también, mi beneficio propio.

Este principio fue la conciencia de Jesús, conciencia que luego fue corrompida por siglos de fanatismo religioso, lo más anticristiano que podía imaginarse de los Evangelios. Y lo mismo podríamos  decir de otras religiones.

En 1866 Juan Montalvo dejó testimonio de su propia amargura: “Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación” Y luego: “La paz de Europa no es la paz de Jesucristo, no: la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra, la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así cree en la paz; la otra se dilata por los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la tierra, y sólo así cree en paz.”

Salidas del laberinto

Si el conocimiento —o la ignorancia— se demuestra hablando, la sabiduría es el estado superior donde un hombre o una mujer aprenden a escuchar. Como bien recomendó Eduardo Galeano a los poderosos del mundo, el trabajo de un gobernante debería ser escuchar más y hablar menos. Aunque sea una recomendación retórica —en el entendido que es inútil aconsejar a quienes no escuchan— no deja de ser un principio irrefutable para cualquier demócrata mínimo. Pero los discursos oficiales y de los medios de comunicación, formados para formar soldados, sólo están ocupados en disciplinar según sus reglas. Su lucha es la consolidación de significados ideológicos en un lenguaje colonizado y divorciado de la realidad cotidiana de cada hablante: su lenguaje es terriblemente creador de una realidad terrible, casi siempre en abuso de paradojas y oxímorones —como puede ser el mismo nombre de “medios de comunicación”. Es el síntoma autista de nuestras sociedades que día a día se hunden en la cultura del odio. Es información y es deformación.

En muchos ensayos anteriores, he partido y llegado siempre a dos presupuestos que parecen contradictorios. El primero: no es verdad que la historia nunca se repite; siempre se repite; lo que no se repiten son las apariencias. El segundo precepto, con al menos cuatrocientos años de antigüedad: la historia progresa. Es decir, la humanidad aprende de su experiencia pasada y en este proceso se supera a sí misma. Ambas realidades humanas han luchado desde siempre. Si la raza humana fuese más memoriosa y menos hipócrita, si tuviera más conciencia de su importancia y más rebeldía ante su falsa impotencia, si en lugar de aceptar la fatalidad artificial del Clash of Civilizations reconociera la urgencia de un Dialogue of Cultures, esta lucha no regaría los campos de cadáveres y los pueblos de odio. El proceso histórico, desde sus raíces económicas, está determinado y no puede ser contradictorio con los intereses de la humanidad. Sólo falta saber cuándo y cómo. Si lo acompañamos con la nueva conciencia que exige la posteridad, no sólo adelantaremos un proceso tal vez inevitable; sobre todo evitaremos más dolor y el reguero de sangre y muerte que ha teñido el mundo de rojo-odio en esta crisis mayor de la historia.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, agosto, 2006

Bitacora (La Republica)

http://www.bitacora.com.uy/auc.aspx?315

https://www.txst.edu/search.html#q=majfud

https://www.txst.edu/search.html#q=majfud&webpage=2

https://mronline.org/2006/12/30/majfud301206-html/ 

 

The Culture of Hate

On the silent revolution and reaction of our time. The reasons for ultramodern chaos. On the colonization of language and how traditional authority reacts to historical progress using the anachronistic tools of repetition.

Universal Pedagogy of Obedience

The old pedagogical model was synthesized in the phrase “the letters enter with blood.” This was the ideological support that allowed the teacher to strike with a ruler the buttocks or hands of the bad students. When the bad student was able to memorize and repeat what the teacher wanted, the punishment would end and the reward would begin. Then the bad student, having now been turned into “a good man,” could take over teaching by repeating the same methods. It is not by accident that the celebrated Argentine statist and pedagogue, F. Sarmiento, would declare that “a child is nothing more than an animal that must be tamed and educated.” In fact, this is the very method one uses to domesticate any old animal. “Teaching” a dog means nothing more than “making it obedient” to the will of its master, humanizing it. Which is a form of canine degeneration, just like the frequent dehumanization of a man into a dog – I refer to Osvaldo Dragún’s theatrical work.

The social logic of it is not much different. Whoever has power is the one who defines what a particular word means. Social obedience is implicit. In this sense, there are key words that have been colonized in our culture, words like democracy, freedom, justice, patriot, development, civilization, barbarism, etc. If we observe the definition of each one of these words derived from the same power – the same master – we will see that it is only by dint of a violent, colonizing and monopolistic “learning” that the term is applied to a particular case and not to another one, to one appearance and not to another, to one flag and not another – and almost always with the compelling force of the obvious. It is this logic alone that dominates the discourse and headlines of daily newspapers the world over. Even the loser, who receives the semiotic stigma, must use this language, these ideological tools to defend (timidly) any position that differs from the official, established one.

Revolution and Reaction

What we are experiencing at present is a profound crisis which naturally derives from a radical change in system – structural and mental: from a system of representative obedience to a system of progressive democracy.

It is not by accident that this current reaction against the disobedience of nations would take the form of a rennaissance of religious authoritarianism, in the East as much as in the West. Here we might say, like Pi i Margall in 1853, that “revolution is peace and reaction is war.”  The difference in our time is rooted in the fact that both revolution and reaction are invisible; they are camouflaged by the chaos of events, by the messianic and apocalyptic discourses, disguised in the old reading codes inherited from the Modern Era.

The Grand Reactionary Strategy

Now, how does one sustain this reaction against radical democratization, which is the invisible and perhaps inevitable revolution? We might continue observing that one form of attack against this democratization is for the reaction itself to kidnap the very idea of “democracy.” But now let’s mention just a few of the least abstract symptoms.

At the center of the “developed world,” the most important television and radio networks repeat tiresomely the idea that “we are at war” and that “we must confront an enemy that wants to destroy us.” The evil desire of minority groups – minority but growing – is unquestionable. The objective, our destruction, is infinitely improbable; except, that is, for the assistance offered by self-betrayal, which consists in copying all of the defects of the enemy one pretends to combat. Not coincidentally, the same discourse is repeated among muslim peoples – without even beginning to consider anyone outside this simple dichotomy, product of another typical creation of the powers in conflict: the creation of false dilemmas.

In the most recent war, irrigated as always with copious innocent blood, we witnessed the repetition of the old model that is repeated every day and ceaselessly in so many corners of the world. A colonel, speaking from we know not which front, declared to a television channel of the Civilized World, dramatically: “It is on this road where the future of humanity will be decided; it is here where the ‘clash of civilizations’ is unfolding.” Throughout that day, as with all the previous days and all the days after, the words and ideas repeated over and over again were: enemy, war, danger, imminent, civilization and barbarism, etc. To raise doubts about this would be like denying the Holy Trinity before the Holy Inquisition or, even worse, questioning the virtues of money before Calvin, God’s chosen one. Because it is enough for one fanatic to call another fanatic “barbaric” or “infidel” to get others to agree that he needs to be killed. The final result is that it is rare for one of these barbaric people not to die by their own choice; most of those eliminated by the virtue of holy wars are innocents who would never choose to die. As in the time of Herod, the threat of the individual is eliminated by assassinating his entire generation – without ever achieving the objective, of course.

There is no choice: “it is necessary to win this war.” But it turns out that this war will produce no victors, only losers: peoples who do not trade in human flesh. The strangest thing is that “on this side” the ones who favor every possible war are the most radical Christians, when it was none other than Christ who opposed, in word and deed, all forms of violence, even when he could have crushed with the mere wave of his hand the entire Roman Empire – the center of civilization at the time – and his torturers as well. If the “religious leaders” of today had a miniscule portion of the infinite power of Jesus, they would invest it in winning their unfinished wars. Obviously if huge Christian sects, in an historic act of benediction and justification for the insatiable accumulation of wealth, have been able to pass an army of camels through the eye of that particular needle, how could the difficult precept of turning the other cheek present a problem? Not only is the other cheek not offered – which is only human, even though it’s not very Christian – but instead the most advanced forms of violence are brought to bear on distant nations in the name of Right, Justice, Peace and Freedom – and of Christian values. And even though among them there is no recourse to the private relief of Catholic confession, they often practice it anyway after a bombardment of scores of innocents: “we are so sorry…”

On another television program, a report showed Muslim fanatics sermonizing the masses, calling upon them to combat the Western enemy. The journalists asked professors and analysts “how is a Muslim fanatic created?” To which each specialist attempted to give a response by referring to the wickedness of these terrible people and other metaphysical arguments that, despite being useless for explaining something rationally, are quite useful for feeding the fear and desire for combat of their faithful viewers. It never occurs to them to consider the obvious: a Muslim fanatic is created in exactly the same way that a Christian fanatic is created, or a Jewish fanatic: believing themselves to be in possession of the absolute truth, the best morality and law and, above all, to be executors of the will of God – violence willing. To prove this one has only to take a look at the various holocausts that humanity has promoted in its brief history: none of them has lacked for Noble Purposes; almost all were committed with pride by the privileged sons of God.

If one is a true believer one should start by not doubting the sacred text which serves as the foundation of the doctrine or religion. This, which seems logical, becomes tragic when a minority demands from the rest of the nation the same attitude of blind obedience, usurping God’s role in representing God. What operates here is a transference of faith in the sacred texts to faith in the political texts. The King’s minister becomes the Prime Minister and the King ceases to govern. In most of the mass media we are not asked to think; we are asked to believe. It is the advertizing dynamic that shapes consumers with discourses based on simplification and obviousness. Everything is organized in order to convince us of something or to ratify our faith in a group, in a system, in a party. All in the guise of tolerance and diversity, of discussion and debate, where typically a grey representative of the contrarian position is invited to the table in order to humiliate or mock him. The committed journalist, like the politician, is a pastor who directs himself to an audience accustomed to hearing unquestionable sermons and theological opinions as if they were the word of God himself.

These observations are merely a beginning, because we would have to be very naïve indeed if we were to ignore the calculus of material interests on the part of the powerful, who – at least so far – have always decided, thumb up or thumb down, the fate of the innocent masses. Which is demonstrated by simply observing that the hundreds and thousands of innocent victims, aside from the occasional apology for mistakes made, are never the focus of the analysis about the wars and the permanent state of psychological, ideological and spiritual tension. (As an aside, I think it would be necessary to develop a scientific investigation regarding the heart rate of the viewers before and after witnessing an hour of these “informational” programs – or whatever you want to call them, since, in reality, the most informative part of these programs is the advertisements; the informational programming itself is propaganda, from the very moment in which they reproduce the colonized language.)

Dialogue has been cut off and the positions have polarized, poisoned by the hatred distilled by the big media, instruments of traditional power. “They are the incarnation of Evil”; “Our values are superior and therefore we have the right to exterminate them.” “The fate of humanity depends upon our success.” Etcetera.. In order for success to be possible we must first guarantee the obedience of our fellow citizens. But it remains to be asked whether “success in the war” is really the main objective or instead a mere means, ever deferrable, for maintaining the obedience of one’s own people, a people that was threatening to become independent and develop new forms of mutal understanding with other peoples. For all of this, propaganda, which is the propagation of hate, is indispensable. The beneficiaries are a minority; the majority simply obeys with passion and fanaticism: it is the culture of hate that sickens us day after day. But the culture of hate is not the metaphysical origin of Evil, but little more than an instrument of other interests. Because if hatred is a sentiment that can be democratized, in contrast private interests to date have been the property of an elite. Until Humanity understands that the well-being of the other does me no harm but quite the opposite: if the other does not hate, if the other is not oppressed by me, then I will also benefit from the other’s society. But one will have a heck of a time explaining this to the oppressor or to the oppressed; they will quickly come to an agreement to feed off of that perverse circle that keeps us from evolving together as Humanity.

Humanity will resist, as it has always resisted the most important changes in history. Resistance will not come from millions of innocents, for whom the benefits of historical progress will never arrive. For them is reserved the same old story: pain, torture and anonymous death that could have been avoided, at least in part, if the culture of hate had been replaced by the mutual comprehension that one day will be inevitable: the other is not necessarily an enemy that I must exterminate by poisoning my own brothers; what is to the benefit of the other will be to my benefit also.

This principle was Jesus’s conscience, a conscience that was later corrupted by centuries of religious fanaticism, the most anti-Christian Gospel imaginable. And the same could be said of other religions.

In 1866 Juan Montalvo testified to his own bitterness: “The most civilized peoples, those whose intelligence has taken flight to the heavens and whose practices are guided by morality, do not renounce war: their breasts are ever burning, their zealous heart leaps with the impulse for extermination.” And later: “The peace of Europe is not the peace of Jesus Christ, no: the peace of Europe is the peace of France and England, lack of confidence, mutual fear, threat; the one has armies sufficient to dominate the world, and only for that believes in peace; the other extends itself over the seas, controls every strait, rules the most important fortresses on earth, and only for that believes in peace.”

Exits from the Labyrinth

If knowledge – or ignorance – is demonstrated by speaking, wisdom is the superior state in which a man or a woman learns to listen. As Eduardo Galeano rightly recommended to the powerful of the world, the ruler’s job should be to listen more and speak less. Although only a rhetorical recommendation – in the sense that it is useless to give advice to those who will not listen – this remains an irrefutable principle for any democrat. But the discourses of the mass media and of the states, designed for creating soldiers, are only concerned with disciplining according to their own rules. Their struggle is the consolidation of ideological meaning in a colonized language divorced from the everyday reality of the speaker: their language is terribly creative of a terrible reality, almost always through abuse of the paradox and the oxymoron – as one might view the very notion of “communication media.” It is the autistic symptom of our societies that day after day they sink further into the culture of hate. It is information and it is deformation.

In many previous essays, I have departed from and arrived at two presuppositions that seem contradictory. The first: it is not true that history never repeats itself; it always repeats itself; it is only appearances that are not repeated. The second precept, at least four hundred years old: history progresses. That is to say, humanity learns from past experience and in the process overcomes itself. Both human realities have always battled each other. If the human race rememberd better and were less hypocritical, if it had greater awareness of its importance and were more rebellious against its false impotence, if instead of accepting the artificial fatalism of Clash of Civilizations it were to recognize the urgency of a Dialogue of Cultures, this battle would not sow the fields with corpses and nations with hate. The process of history, from its economic roots, is determined by and cannot be contradictory to the interests of humanity. What remains to be known is only how and when. If we accompany it with the new awareness demanded by posterity, we will not only advance a perhaps inevitable process; above all we will avoid more pain and the spilling of blood and death that has tinged the world hate-red in this greatest crisis of history.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, November 2006.

Translated by Bruce Campbell

Bitacora (La Republica)

 

Las trampas de la Moral

Spaniards executing Tupac Amaru in 1572, drawi...

Image via Wikipedia

Why Culture Matters (English)

Las trampas de la Moral

Mujeres, homosexuales y la traición del patriarcado latinoamericano

Hace pocos días, en una entrevista de televisión, la madre del candidato presidencial que lidera las encuestas en Perú, Ollanta Humala, declaró que la primera acción de gobierno de su hijo debería consistir en ejecutar un par de homosexuales para que se termine la inmoralidad del mundo. Por su parte, su padre reconoció que había hecho a su hijo militar para que llegue al poder. Su hijo, un centímetro más estratégico, les recomendó que no hablaran más hasta el día de las elecciones.

La confianza de esta señora madre en un acto “simbólico” por parte de su hijo, además de criminal, es un monumento a la ingenuidad. De esta forma se supone que si el hijo de María no pudo acabar con la inmoralidad del mundo sí podrá hacerlo el hijo de la señora Humala, recurriendo a una moral farisea que el mismo Jesús condenó repetidas veces. Otros puntos son aun más trágicos y significativos: la común escala de valores de los moralistas de la Inquisición, según la cual el asesinato y la abolición de los derechos humanos son necesarios para imponer la Moral en el mundo —la moral de criminales, está de más decirlo.

Desmoraliza verificar que la alternativa a una tradición política conservadora en América Latina, basada en una cultura de abusos —de clase, de sexo y de raza— sea tan mezquina como ésta que, para peor, pretende venderse como “revolucionaria”. ¿Cómo es posible que países como Perú, con culturas indígenas tan ricas, sigan presentando alternativas tan estrechas, propias de la vieja deformación colonialista al servicio de imperios extranjeros? Elegir entre Fujimori, Alan García, Ollanta Humala y Lourdes Flores es como elegir entre negro y oscuro, entre Oeste y Oriente. ¿Dónde están los Salomón de nuestros pueblos? ¿Dónde están nuestros pueblos?

Este hecho es también significativo por provenir de una mujer, de la madre de un supuesto “líder indígena” que no es más que otro militar autoritario con un discurso diferente pero con la misma mentalidad de mesianismo moralizante de otros tiempos. Es una prueba más de la traición del patriarcado que sirvió como instrumento principal en la brutal conquista y colonización de nuestros pueblos indígenas, que aspiran liberarse usando las mismas cadenas que antes los oprimían. Trataré de explicar esta tesis, brevemente.

Por una infinidad de datos, entiendo que el sistema patriarcal no estaba tan avanzado en la América precolombina como lo estaba en la Europa del siglo XV. Si bien es cierto que el Inca y otros jefes mesoamericanos expresaban ya un tipo de organización masculina, en las bases mayoritarias de las sociedades indígenas las mujeres aún mantenían una cuota de poder que luego le será expropiado. ¿Cómo y cuando se produce el nacimiento del patriarcado y la consecuente opresión de la mujer? Podríamos dar una explicación de perfil marxista, que por el momento se me ocurre como la más clara: del cambio de un sistema de subsistencia a un sistema donde la producción excedía el consumo, surgió no sólo la división del trabajo sino, también, la lucha por la apropiación de estos bienes excedentes. ¿Y quién sino los hombres estaban en mejores condiciones de apropiarse y administrar (en beneficio propio) este exceso? No por una razón de fuerza doméstica, sino porque la misma sobreproducción —con sus respectivos períodos de escasez— necesitó de una clase de guerreros organizados que extendieran el dominio a otras regiones y proveyesen de esclavos para retroalimentar el nuevo sistema. Los ejércitos, entonces, serían causa y consecuencia del patriarcado; antes que para la defensa surgen para el ataque, para la invasión, con la lógica tendencia a sustituir al poder político por la fuerza de su propia organización armada. Y, como todo poder político y social necesita una legitimación moral, ésta fue proporcionada por mitos, religiones y una moral hecha a medida y semejanza del hombre.

En muchas comunidades de base de la América precolombina, las mujeres continuaban compartiendo el poder y el protagonismo social que no tenían las mujeres blancas en sus propios reinos. Según el historiador Luis Vitale, la idea de la función “natural” de la mujer como ama de casa es resistida por las mujeres indo-americanas hasta que el modelo patriarcal europeo es impuesto por los conquistadores.[1] Sin embargo, varios datos nos revelan que el patriarcado ya había surgido antes de la conquista en las clases altas, en la administración de los imperios. Varias crónicas y relatos tradicionales escritos en el siglo XVI —Cieza de León, pero ejemplo[2]— nos refieren la costumbre de los oprimidos por los españoles a oprimir a sus propios hermanos más pobres, reproduciendo así la verticalidad del poder. También tenemos noticia por el Inca Garcilaso de la Vega, que el inca Auquititu ordenó perseguir a los homosexuales para que “en pública plaza [los] quemasen vivos […]; así mismo quemasen sus casas”. Y, con un estilo que no escapa al relato bíblico de Sodoma y Gomorra, “pregonasen por ley inviolable que de allí en delante se guardasen en caer en semejante delito, so pena de que por el pecado de uno sería asolado todo su pueblo y quemados sus moradores en general.”[3]

La inhumana persecución y ejecución de los homosexuales es un claro síntoma de un patriarcado incipiente, más si consideramos que no tenemos la misma historia de incineraciones de lesbianas. El peligro de las mujeres al orden patriarcal se expresó de otras formas, no tanto por su práctica lésbica.

Ahora, ¿a qué me refiero con el título de este ensayo? Si bien podemos considerar que la división del trabajo pudo tener una función ventajosa para los dos sexos y para la sociedad en un determinado momento, también sabemos que el patriarcado, como cualquier sistema de poder, nunca fue democrático ni mucho menos inocente en su moralización. En el mundo precolombino ese patriarcado incipiente se materializó en la presencia de jefes y caudillos indígenas que progresivamente fueron traicionando al resto de sus propias sociedades. Si bien es cierto que hubo algunos caudillos rebeldes —como Tupac Amaru—, también sabemos que los conquistadores se sirvieron de esta clase privilegiada para dominar a millones de habitantes de estas tierras. ¿Cómo se comprende que unos pocos de miles de españoles sometieran a una civilización avanzadísima y gigantesca en número como la inca, la maya o la azteca, compuesta de millones de habitantes? Hubo muchos factores, como las enfermedades europeas —primeras armas biológicas de destrucción masiva—, pero ninguno de estos elementos hubiese sido suficiente sin la función servil de los caciques nativos. Éstos, para mantener el poder y los privilegios que tenían en sus sociedades, y para confirmar el patriarcado, se entendieron rápidamente con los blancos invasores. No es casualidad que en un mundo que luego se caracterizaría por el machismo hayan surgido tantas mujeres rebeldes que, desde el nacimiento de América se opusieron al invasor y organizaron levantamientos de todo tipo. La traición de los caiques no fue sólo una traición de clase sino también una traición del patriarcado. No es casualidad que otra de las características que sufrimos aún hoy en América Latina —y que analizáramos en un ensayo anterior— sea, precisamente, la división. Esta división alguna vez fue un elemento estratégico de la dominación española sobre el continente mestizo; luego se convirtió en una institución psicológica y social, en una ideología que llevó a la formación de países y nacionalismos liliputienses o gigantescos egoísmos. La misma división que luego sirvió para mantener pueblos enteros en la más prolongada opresión. La misma división que muestran los llamados “latinos” en Estados Unidos, según sus intereses personales más inmediatos.[4]

Entiendo que en el fondo toda la filosofía y los movimientos sociales del siglo XX —especialmente de su segunda mitad— y de nuestro principio de siglo, consiste en una lucha por el poder. La necesidad de definir si el hombre y la mujer son iguales o son diferentes, desde una posición o desde otra, apunta a una reivindicación o a una reacción. Por mucho tiempo las reivindicaciones feministas han sido más efectivas en el mundo anglosajón. Aparentemente, en Estados Unidos las mujeres habrían logrado un nivel de “igualdad” de derechos y una “anulación” de la cultura machista que aún no habrían alcanzado otros países, como muchos de América Latina. No obstante, sin negar cierto nivel de logros, estas “conquistas” pueden ser más virtuales que de hecho. Podemos pensar que el ingreso de las mujeres del primer mundo al mercado laboral fue una necesidad del sistema capitalista y que, por lo tanto, esta “liberación” puede escribirse entre comillas en muchos casos. Por si los hechos fuesen poco, y no sin paradoja, la retórica del patriarcado ha renacido en el centro del mundo anglosajón. Phillip Longman, por ejemplo, es uno de los portadores de la idea de que le patriarcado es la etapa por venir en el centro del mundo. Su teoría se asienta en la verificación que el componente poblacional es crucial para mantener un poder (imperial), desde la antigüedad greco-latina hasta los tiempos modernos. ¿Por qué? Simplemente porque mantener a la mujer en sus tradicionales funciones de madre, monja y prostituta se corresponde directamente con un aumento de la tasa de natalidad. Una prueba de esta tendencia sería, según Longman, las pasadas elecciones norteamericanas del año 2004: los estados con las tasas de natalidad más alta votaron por los conservadores triunfantes, mientras que los estados liberales, con pocos hijos, votaron por los fracasados Demócratas. (Otro estudio reveló que los estados con un rendimiento intelectual —SAT— más bajo votaron por los ganadores, mientras las ciudades universitarias votaron por los perdedores; pero este dato no se menciona).

Otra estrategia típica de los reaccionarios es ver los problemas de forma sincrónica e ignorar la perspectiva diacrónica. Si yo elimino la historia de un problema, lo que tenemos hoy se convierte en un estado “natural”, permanente y, por lo tanto, incuestionable. Por ejemplo, los más tolerantes promueven debates bajo la pregunta “¿son diferentes los hombres y las mujeres?” “¿Esta diferencia es biológica o cultural?” Pero estas preguntas, como casi todas, si no impone una respuesta restringen el conjunto de respuestas posibles. Dar dos opciones y exigir una respuesta es como trazar una línea rígida en el suelo y preguntar de qué lado están los demás. Si no están con nosotros están contra nosotros. No se permiten alternativas. Esta costumbre de negar la complejidad de la realidad es una burda estrategia ideológica que funciona a la perfección en política, pero un intelectual que se respete no puede aceptar sin rebeldía esta imposición de la ignorancia. Por lo tanto, debemos rebelarnos contra el precepto según el cual a “una pregunta no se debe responder con otra pregunta”. Respondamos a esa pregunta con otra pregunta: ¿eso que llamamos “hombre” o “mujer” es lo mismo hoy que fue hace tres mil o diez mil años? ¿Es la mujer francesa del siglo XVI la misma mujer del imperio inca o azteca de la misma época? La “mujer” ¿no puede ser a un mismo tiempo una realidad biológica y además una realidad cultural? ¿Esta necesidad de “definir” un género, ¿es una pretensión totalmente inocente, filosóficamente desinteresada?

Por la historia sabemos que eso que llamamos “hombre” o “mujer” nunca fueron exactamente la misma “cosa” ni nunca fueron absolutamente cosas diferentes. No obstante, en el debate por una definición determinada subyace el objetivo principal, no declarado: la lucha por el poder, por al liberación o por la opresión estratégica. Los responsables no son personas concretas ni es una simple estructura social, producto de una realidad económica donde se lucha por los beneficios materiales: son ambos. Pero si no podemos cambiar con una revolución un sistema económico social —en nuestro caso, el capitalismo tardío y el viejo patriarcado— que redacta los discursos y prescribe una Moral a su medida, tal vez todavía conservemos el derecho de desobedecer las retóricas usando esa vieja costumbre de cuestionar y bombardear dogmas usando argumentos. Tal vez así el pensamiento vuelva a ponerse al servicio de una búsqueda de la verdad y no al servicio del poder de turno o al servicio de las ambiciones personales.

 

 

 

© Jorge Majfud

 

Athens, marzo 2006.

 

 

 

[1] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987, pág. 47.

[2] Pedro de Cieza de León La crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984 [Sevilla, 1553]

[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 147. Tanto el canibalismo de los pueblos al norte de Perú, como la acusación de sodomía de muchos de ellos, son relatados por Pedro de Cieza de León en La crónica del Perú, capítulos xix, xlix y lxiv. En este último, por ejemplo, Cieza de León dice: “Lo cual yo tengo que era así porque los señores ingas fueron limpios en esto [en el pecado de la sodomía] y también los demás señores naturales”. Sin embargo, en toda la gobernación de Popayán tampoco alcancé que cometiesen este maldito vicio, porque el demonio debía contentarse con que usasen la crueldad que cometían de comerse unos a otros […]” (Cieza, 269)

[4] Recientemente se realizó en Estados Unidos la demostración más numerosa de “latinos” en defensa de sus derechos e intereses. Cientos de miles de hispanos de todas las nacionalidades llenaron las calles de varias ciudades, desde el Oeste hasta el Este, pasando por  varios estados del centro. Una verdadera exposición de “unión”. Sin embargo, Miami, donde se encuentra una de las comunidades “latina” más numerosas del país, brilló por su ausencia. Aparentemente nadie ha señalado aún este significativo hecho.

 

 

 

 

Les pièges de la morale

Jorge Majfud

Université de Géorgie

traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier

 

Il y a quelques jours, dans une entrevue télévisée, la mère du candidat présidentiel qui conduit les enquêtes au Pérou, Ollanta Humala, déclara que la première action du gouvernement de son fils devrait consister à exécuter un couple d’homosexuels afin qu’on en termine avec l’immoralité du monde. Pour sa part, son père a reconnu qu’il avait fait de son fils un militaire afin qu’il arrive au pouvoir. Son fils, un centimètre plus stratégique, leurs avait recommandé de ne pas parler jusqu’au jour des élections.

La confiance de cette mère en un acte « symbolique » de la part de son fils, en plus d’être un acte criminel, est un monument d’ingénuité. De cette façon, on suppose que si le fils de Marie ne put en terminer avec l’immoralité du monde, lui pourra le faire, ce fils de madame Humala, faisant appel à une morale pharisienne que même Jésus condamna de façon répétée. D’autres points de vue sont malgré tout tragiques et significatifs : la commune échelle de valeur de l’Inquisition, selon laquelle l’assassinat et l’abolition des droits humains sont nécessaires afin d’imposer la Morale dans le monde – peut-on en dire plus ?

Cela démoralise de constater que l’alternative a une tradition politique conservatrice en Amérique Latine, basée sur une culture d’abus – de classe, de sexe et de race – et soit si mesquine comme celle qui, pire, prétend se vendre comme « révolutionnaire ». Comment est-il possible que des pays comme le Pérou, avec des cultures indigènes si riches, continuent de présenter des alternatives si étroites, propres de la vielle déformation colonialiste au service des empires étrangers ? Choisir entre Fujimori, Alan Garcia, Ollanta Humala et Lourdes Flores est comme choisir entre noir et obscur, entre l’Ouest et l’Orient. Où sont les Salomon de nos peuples ?

Ce fait est aussi significatif de provenir d’une femme, de la mère d’un supposé “leader indigène” qui n’est pas plus qu’un autre militaire autoritaire avec un discours différent mais avec la même mentalité de messianisme moralisant des autres temps. C’est une preuve de plus de la trahison du patriarcat qui a servi comme instrument principal dans la brutale conquête et la colonisation de nos peuples indigènes, qui aspirent à se libérer, utilisant les mêmes chaînes qui avant les opprimaient. J’essayerai d’expliquer cette thèse, brièvement.

Avec une infinité de données, je comprends que le système patriarcal n’était pas si avancé dans l’Amérique pré-colombienne comme il l’était dans l’Europe du XV è siècle. Encore que l’Inca et les autres chefs méso-américains exprimaient déjà un type d’organisation masculine sur les bases des sociétés indigènes, les femmes maintenaient encore une quote-part du pouvoir qui, par la suite leur sera exproprié. Comment et quand se produisit la naissance du patriarcat et la conséquente oppression de la femme ? Nous pourrions donner une explication de profil marxiste qui, pour le moment, m’apparaît comme étant la plus claire : du changement d’un système de subsistance à un système où la production excédait la consommation, a surgit non seulement la division du travail mais aussi la lutte pour l’appropriation de ces biens excédents. Et qui, sinon l’homme, était en de meilleures conditions d’administrer (en son bénéfice propre) cet excédent ? Non par raison de force domestique, mais parce que la même sur-production – avec ses périodes respectives de pénuries – nécessita une classe de guerriers organisés qui étendront la domination sur d’autres régions et se pourvoiront d’esclaves afin de rétro-alimenter le nouveau système. Les armées seraient alors la cause et la conséquence du patriarcat; avant la défense elles surgiront pour l’attaque, pour l’invasion, avec la tendance logique de se substituer au pouvoir politique par la force de leurs propres organisations. Et, comme tout pouvoir politique et social a besoin d’une légitimation morale, celle-ci fut fournie par les mythes, les religions et une morale faite à la mesure et à la ressemblance de l’homme.

Dans beaucoup de communautés de base de l’Amérique pré-colombienne, les femmes continuaient de partager le pouvoir et le rôle social principal que n’avaient pas les femmes blanches dans leurs propres royaumes. Selon l’historien Luis Vitale, l’idée de la fonction « naturelle » de la femme comme maîtresse de maison est supportée par les femmes indo-américaines jusqu’à ce que le modèle patriarcal européen soit imposé par les conquistadors. Cependant, plusieurs données nous révèlent que le patriarcat était déjà apparu avant la conquête chez les classes hautes, dans l’administration des empires. Plusieurs chroniques et récits traditionnels écrits au XVI è siècle – Cieza de Leòn, par exemple – nous rapportent la coutume des opprimés par les Espagnols à opprimer leurs propres frères plus pauvres, reproduisant ainsi la verticalité du pouvoir. Aussi, nous avons la nouvelle de l’Inca Gracilazo de la Vega, que l’Inca Auquititu avait l’habitude de persécuter les homosexuels et “qu’on les brûlait vifs sur la place publique […]; parallèlement, qu’on brûlait leurs maisons”. Et, avec un style qui n’échappe pas au récit biblique de Sodome et Gomorrhe, “ il fut annoncé publiquement, comme loi inviolable, que sur son domaine on se garde bien de commettre un semblable délit, sous peine que pour le péché d’un seul serait dévasté tout un peuple et brûlés ses habitants en général “.

L’inhumaine persécution et exécution des homosexuels est un évident symptôme d’un patriarcat naissant, plus si nous considérons que nous n’avons pas la même histoire d’incinérations de lesbiennes. Le danger des femmes pour l’ordre patriarcal s’est exprimé sous d’autres formes, pas tant par sa pratique lesbique.

Maintenant, à quoi me référé-je avec le titre de cet essai ? Nous pouvons aussi bien considérer que la division du travail put avoir une fonction avantageuse pour les deus sexes et pour la société à un moment déterminé; nous savons aussi que le patriarcat, comme quelconque système de pouvoir, ne fut jamais démocratique, ni moins innocent dans sa moralisation. Dans le monde pré-colombien, ce patriarcat naissant s’est matérialisé par la présence de chefs et de caciques indigènes qui progressivement furent trahis par le reste de leurs propres sociétés. Quoiqu’il est certain qu’il y eût quelques caciques rebelles – comme Tupac Amaru -, nous savons aussi que les conquistadors se servirent de cette classe privilégiée afin de dominer des millions d’habitants de ces terres. Comment peut-on comprendre que quelques milliers d’espagnols furent capables de soumettre une civilisation très avancée et gigantesque en nombre comme celles des Incas, des Mayas ou des Aztèques, composées de millions d’habitants ? Il y eut plusieurs facteurs, comme les maladies européennes – premières armes biologiques de destruction massive -, mais aucun de ces éléments n’eut été suffisant sans la fonction servile des caciques indigènes. Ces derniers, afin de maintenir le pouvoir et les privilèges qu’ils avaient sur leurs sociétés, et afin de confirmer le patriarcat, s’entendirent rapidement avec les envahisseurs blancs. Ce n’est pas par hasard que dans un monde qui, par la suite, se caractérisera par le machisme, aient surgis tant de femmes rebelles qui, à partir de la naissance de l’Amérique, s’opposèrent à l’envahisseur et organisèrent des soulèvements de toutes sortes. La trahison des caciques ne fut pas seulement une trahison de classe, mais aussi une trahison du patriarcat. Ce n’est pas par hasard qu’une autre des caractéristiques dont nous souffrons encore aujourd’hui en Amérique Latine – et que nous analyserons dans un essai postérieur – soit, précisément, la division. Cette division fut quelques fois un élément stratégique de la domination espagnole sur le continent métis; par la suite elle se convertit en une institution psychologique et sociale, en une idéologie qui mena à la formation de pays et de nationalismes lilliputiens ou à des égoïsmes gigantesques. La même division qui, par la suite, a servit afin de maintenir des peuples entiers dans l’oppression la plus prolongée. La même qui montre ceux qu’on appelle « latinos » aux États-Unis, selon leurs intérêts personnels les plus immédiats .

Je comprends que dans le fond toute la philosophie et les mouvements sociaux du XX è siècle – spécialement de sa seconde moitié – et de notre début de siècle, consiste dans une lutte pour le pouvoir. La nécessité de définir si l’homme et la femme sont égaux ou différents, à partir d’une position ou d’une autre, vise à une revendication ou à une réaction. Depuis longtemps, les revendications féministes ont été plus effectives dans le monde anglo-saxon. Apparemment, aux États-Unis, les femmes auraient obtenu un niveau « d’égalité » de droits et une « annulation » de la culture machiste que n’auraient pas encore atteints d’autres pays, comme plusieurs pays en Amérique Latine. Néanmoins, sans nier un certain degré d’obtention, ces “conquêtes” peuvent être plus virtuelles qu’effectives. Nous pouvons penser que le revenu des femmes du premier monde sur le marché du travail fut une nécessité du système capitaliste, et que par conséquent, cette “libération” peut s’écrire entre guillemets dans plusieurs cas. Comme si les faits fussent peu, et non sans paradoxes, la rhétorique du patriarcat a repris naissance dans le centre du monde anglo-saxon. Phillip Longman, par exemple, est un des porteurs de l’idée que le patriarcat est l’étape à venir dans le centre du monde. Sa théorie s’asseoit sur la vérification que la composante villageoise est cruciale afin de maintenir un pouvoir (impérial) à partir de l’antiquité gréco-latine jusqu’aux temps modernes. Pourquoi ? Simplement parce que maintenir la femme dans ses traditionnelles fonctions de mère, de nonne et de prostituée correspond directement avec une augmentation du taux de natalité. Une preuve de cette tendance serait, selon Longman, les dernières élections américaines de 2004 : les états avec les taux de natalité les plus hauts votèrent pour les conservateurs qui ont triomphés, pendant que les états libéraux, avec peu d’enfants, votèrent pour les démocrates. ( Une autre étude a révélé que les états avec un rendement intellectuel – SAT – bas votèrent pour les gagnants, pendant que les cités universitaires votèrent pour les perdants; mais on ne mentionne pas ces données).

Une autre stratégie typique des réactionnaires est de voir le problème de façon synchrone et d’ignorer la perspective diachronique. Si j’élimine l’histoire d’un problème, ce que nous avons aujourd’hui est un état « naturel », permanent et, par conséquent, inquestionnable. Par exemple, les plus tolérants promeuvent les débats sur la question “ est-ce que les hommes et les femmes sont différents ? Cette différence, est-elle biologique ou culturelle ? “ Mais ces questions, comme presque toutes, si l’on n’ impose pas une réponse, restreignent l’ensemble des réponses possibles. Donner deux options et exiger une réponse est comme tracer une ligne rigide sur le sol et demander de quel côté sont les autres. S’ils ne sont pas « avec nous », ils sont « contre nous ». On ne se permet pas d’alternatives. Cette coutume de nier la complexité de la réalité est une grossière stratégie idéologique qui fonctionne à la perfection en politique, mais un intellectuel qui se respecte ne peut accepter sans révolte cette imposition de l’ignorance. Par conséquent, nous devons nous rebeller contre le précepte selon lequel “ on ne doit répondre à une question par une question “. Répondons à cette question par cette autre question : ce que nous appelons « homme » ou « femme », est-ce le même aujourd’hui qu’il y a trois mille ou dix mille années ? Est-ce que la femme française du XVI è siècle était la même femme de l’empire inca ou aztèque du même siècle ? La « femme », ne peut-elle pas être à la fois une réalité biologique et en plus une réalité culturelle ? Cette nécessité de “définir” un genre, est-ce une prétention totalement innocente, philosophiquement désintéressée ?

Par l’histoire nous savons que ce que nous appelons “homme” ou “femme” ne furent jamais exactement la même “chose”, ni ne furent jamais absolument des choses différentes. Cependant, dans le débat pour une « définition » déterminée, l’objet principal est sous-jacent, non déclaré : la lutte pour le pouvoir, pour la libération ou pour l’oppression stratégique. Les responsables ne sont pas des personnes concrètes, ni une simple structure sociale, produit d’une réalité économique où on lutte pour les bénéfices matériels : ce sont les deux. Mais si nous ne pouvons pas changer avec une révolution un système économique social – dans notre cas, le capitalisme tardif et le vieux patriarcat – qui rédige les discours et prescrit une Morale à sa mesure, peut-être que nous conservons encore le droit de désobéir aux rhétoriques utilisant cette coutume de questionner et de bombarder les dogmes avec des arguments. Peut-être ainsi le penser en viendra à se mettre au service d’une recherche de la vérité et non au service du pouvoir en place et au service des ambitions personnelles.

 

Jorge Majfud

27 mars 2006

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, avril 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

 

 

 

Women, Gays, and the Treason of Latin American Patriarchy

A few days ago, in a television interview, the mother of the presidential candidate who leads the polls in Peru, Ollanta Humala, declared that the first action of her son’s administration should consist of executing a couple of homosexuals in order to put an end to the immorality in the world. For his part, the candidate’s father acknowledged that he had raised his son to be a military man so that he could rise to power. The son, a centimeter more strategic, recommended that they not speak further until election day.

The confidence of this righteous mother in a “symbolic” act carried out by her son, besides being criminal, is a monument to naivety. Only naively could one assume that even though Mary’s son was unable to put an end to the immorality of the world, Mrs. Humala’s son would indeed be able to do so, thus turning to a Pharisean morality that Jesus repeatedly condemned. Other points are even more tragic and meaningful: a scale of values shared with the Spanish Inquisition’s moralists, according to which assassination and the abolition of human rights are necessary to impose Morality on the world – the morality of criminals, needless to say.

It is demoralizing to confirm that the alternative to a conservative political tradition in Latin America, based on a culture of abuses – of class, sex, and race – could be so small-minded as this, an alternative that, to make things worse, attempts to sell itself as “revolutionary.” How is it possible that countries like Peru, with such rich indigenous cultures, could continue to present such limited alternatives, products of the old colonialist deformation at the service of foreign empires? Choosing between Fujimori, Alan García, Ollanta Humala and Lourdes Flores is like choosing between black and dark. Where are the Solomons of our people? Where are our people?

The comment referenced above is also significant because it comes from a woman, from the mother of a supposed “indigenous leader” who is just another authoritarian military man with a different discourse but with the same messianic, moralizing mentality from other times. It is further evidence of a betrayal by the patriarchy that served as the main instrument in the brutal conquest and colonization of our indigenous peoples, who now aspire to liberate themselves using the same chains that oppressed them before. I will try to explain this thesis, briefly.

Based on endless data, I understand that the patriarchal system was not as advanced in pre-Columbian America as it was in the Europe of the 15th century. If indeed it is true that the Inca and other Mesoamerican chiefs represented by then a kind of masculine organization, at the majoritarian base of the indigenous societies women still maintained a degree of power that would later be expropriated from them. When and how was the birth of the patriarchy produced, with the resulting oppression of women? We might offer an explanation from a Marxist perspective, which strikes me as the clearest on this point: with the shift from a subsistence economy to a system where production exceeded consumption, there emerged not only a division of labor but, also, struggle over the appropriation of surplus goods. And who other than the men were in better position to appropriate and administer (to their own benefit) this surplus? Not because of strength within the household, but because overproduction itself – with its respective periods of scarcity – required a class of organized warriors who could extend control to other regions and provide slaves for nourishing the new system. The armies, therefore, would be cause and consequence of the patriarchy; before serving for defense they emerged for the purposes of attack, with the logical habit of substituting political power for the strength of its own armed organization. And, since any political and social power needs moral legitimacy, this latter was provided for through myths, religions and a morality cut to the measure and appearance of man.

In many of the base communities of pre-Columbian America, the indigenous women continued sharing a power and social agency that white women were denied in their own kingdoms. According to the historian Luis Vitale, the idea of the “natural” function of the woman as housewife was resisted by Indo-american women until the patriarchal European model was imposed.[1] Nonetheless, several facts reveal to us that the patriarchy had already emerged in the upper classes prior to the conquest, in the administration of the indigenous empires. Several chronicles and traditional stories written in the 16th century – Cieza de León, for example[2] – refer us to the custom among those oppressed by the Spaniards of oppressing their own poorer brothers, thereby reproducing the verticality of power. We also learn from the Inca Garcilaso de la Vega that the Inca Auquititu ordered the pursuit of homosexuals so that “in the public plaza [they] be burned alive […]; and their houses burned in the same way.” And, with a style comparable to the biblical story of Sodom and Gomorra, “that it be proclaimed as inviolable law that hence forth they shall refrain from committing such crimes, under penalty of the sin of one causing the destruction of his entire town and the razing of its homes in general.”[3]

The inhuman persecution and execution of homosexuals is a clear symptom of the incipient patriarchy, even more so if we consider that we don’t have the same history of incinerating lesbians. The danger that women posed to the patriarchal order was expressed in other forms, not so much by their practice of lesbianism.

Now, what am I referring to in the title of this essay? If indeed we can assume that the division of labor had an advantageous function for both sexes and for society in a given moment, we also know that patriarchy, like any other system of power, was never democratic nor, much less, innocent in its moralizing. In the pre-Columbian world the incipient patriarchy materialized in the presence of indigenous chiefs and caudillos who began to increasingly betray the rest of their own societies. If indeed it is true that there were a few rebel caudillos – like Tupac Amaru -, we also know that the European conquistadors made use of this privileged class in order to dominate millions of inhabitants of the region. How else can one comprehend that a few thousand Spaniards could subjugate a numerically gigantic and incredibly advanced civilization such as Incan society, composed of millions? There were many factors, like the European diseases – the first biological weapons of mass destruction -, but none of these elements would have been sufficient without the servile role of the native chieftains. These latter, in order to maintain the power and privileges they enjoyed in their societies, and in order to reaffirm the patriarchy, quickly reached an understanding with the white invaders. It is no coincidence that in a world later characterized by its machismo there would have emerged so many rebellious women who, from the birth of America opposed the invaders and organized every manner of uprising. The betrayal by the chieftains was not only a class-based betrayal but also the treason of the patriarchy. It is no accident that another one of the defining characteristics that we continue to suffer today in Latin America – analyzed in a previous essay – would be, precisely, our dividedness. This division was once a strategic element for Spanish domination of the mestizo continent; later it became a psychological and social institution, an ideology that led to the formation of countries and Lilliputian nationalisms or gigantic egoisms. The same division that later served to prolong the oppression of entire peoples. The same division that the so-called “Latinos” demonstrate in the United States, according to their personal and most immediate interests.[4]

In the social philosophy and social movements of the 20th century – especially the second half – and of our current century, I see a fundamental struggle for power. The need to define whether man and woman are equal or different, from one position to the next, indicates either a demand or a reaction. For a long time feminist demands have been more effective in the Anglo-Saxon world. Apparently, in the United States women have achieved a level of “equality” of rights and “annulment” of the machista culture that has not been reached in other countries, like many in Latin America. Nonetheless, without denying a certain level of achievement, these “conquests” may be more virtual than real. We can reasonably note, for example, that the inclusion of First World women in the labor market was a necessity of the capitalist system and that, therefore, this “liberation” can be placed in quotation marks in many cases. As if social reality were irrelevant, and not without paradox, the rhetoric of patriarchy has experienced a renaissance in the Anglo-Saxon world. Phillip Longman, for example, is one of the purveyors of the idea that the patriarchy is the coming order in the economic center of the world. His theory is based on the assertion that the demographic component has been crucial to maintaining (imperial) power, from Greco-Roman antiquity to modern times. Why? Simply because limiting women to their traditional roles as mother, nun and prostitute shows a direct correlation with an increase in the birth rate. Proof of this tendency, according to Longman, would be the U.S. elections in 2004: the states with the highest birth rates voted for the triumphant conservatives, while the liberal states, with fewer children, voted for the failed Democrats. (Another study showed that the states with lower intellectual performance – SAT scores – voted for the winners, while university towns voted for the losers; but this fact receives no mention from Longman.)

Another strategy typical of the reactionaries is to look at problems synchronically and ignore the diachronic perspective. If I eliminate the history of a problem, what exists today becomes a “natural,” permanent, and therefore unquestionable, state. For example, the more tolerant conservatives promote debates under the question “Are men and women different?” and “Is this difference biological or cultural?” But these questions, like most debate questions, restrict the set of possible answers, when they don’t impose one outright. Giving two choices and demanding a response is like tracing a rigid line on the floor and asking on which side people stand. This habit of denying the complexity of reality is a reductive ideological strategy that works perfectly well in politics, but a self-respecting intellectual cannot accept without resistance such an imposition of ignorance. Therefore, we must resist the precept according to which “a question should not be answered with another question.” Let’s respond to those questions with another question: What we’re calling “man” or “woman,” is that the same today as it was three thousand or ten thousand years ago? Is the French woman of the 16th century the same woman of the Incan or Aztec empire of the same period? This “woman,” couldn’t she be at the same time a biological reality and a cultural reality as well? This need to “define” a gender, is that a totally innocent, philosophically disinterested desire?

From history we know that what we’re now calling “man” or “woman” were never exactly the same “thing” nor absolutely different things. Nevertheless, in the debate over a fixed definition there is an underlying, unstated, main objective: a power struggle, for either liberation or strategic oppression. The proponents of this struggle are neither concrete people nor simply a social structure, product of an economic reality where struggle is engaged over material benefits: they are both. But if we cannot change through revolution the social and economic system – in our case, late capitalism and the old patriarchy – which authors the discourses and prescribes a Morality tailored to its own needs, perhaps we should still reserve the right to disobey the rhetoric, using the old custom of questioning and bombarding dogma with rational argument. Perhaps in this way thought might once again be placed at the service of a search for truth instead of serving power or personal ambition.

Jorge Majfud

The University of Georgia, March 2006

Translated by Bruce Campbell

Minneapolis, April 2006

 

 

[1] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987, p. 47.

[2] Pedro de Cieza de León La crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984 [Sevilla, 1553]

[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, p. 147. Both the canibalism of the northern peoples of Peru and the accusation of sodomy against many of them are related by Pedro de Cieza de León in La crónica del Perú, chapters xix, xlix y lxiv.

[4] Recently the United States witnessed the largest demonstration ever of “Latinos” in defense of their rights and interest. Hundreds of thousands of Hispanics of all nationalities filled the streets of several cities, from west to east, and including several states in the center of the country. A true exhibit of “unity.” Nevertheless, Miami, home of one of the largest “Latino” communities in the country, was conspicuously absent.

 

cómo se derrumba un imperio

Lektionen der Geschichte (German)

The Fall of An Empire (English)

De cómo se derrumba un imperio

El mismo día que Cristóbal Colón partió del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, vencía el plazo para que los judíos de España abandonaran su país, España. En la mente del almirante había al menos dos poderosos objetivos, dos verdades irrefutables: las riquezas materiales de Asia y la religión perfecta de Europa. Con el primero pensaba financiar la reconquista de Jerusalén; con lo segundo debía legitimar el despojo. La palabra “oro” desbordó de su pluma como el divino y sangriento metal desbordó de las barcas de los conquistadores que le siguieron. Ese mismo año, el 2 de enero de 1492, había caído Granada, el último bastión árabe en la península. 1492 también fue el año de la publicación de la primar gramática castellana (la primera europea en lengua “vulgar”). Según su autor, Antonio de Nebrija, la lengua era la “compañera del imperio”. Inmediatamente, la nueva potencia continuó la Reconquista con la Conquista, al otro lado del Atlántico, con los mismos métodos y las mismas convicciones, confirmando la vocación globalizadora de todo imperio. En el centro del poder debía haber una lengua, una religión y una raza. El futuro nacionalismo español se construía así en base a la limpieza de la memoria. Es cierto que ocho siglos atrás judíos y visigodos arrianos habían llamado y luego ayudado a los musulmanes para que reemplazaran a Roderico y los demás reyes visigodos que habían pugnado por la misma purificación. Pero ésta no era la razón principal del desprecio, porque no era la memoria lo que importaba sino el olvido. Los reyes católicos y los sucesivos reyes divinos terminaron (o quisieron terminar) con la otra España, la España mestiza, multicultural, la España donde se hablaban varias lenguas y se practicaban varios cultos y se mezclaban varias razas. La España que había sido el centro de la cultura, de las artes y de las ciencias, en una Europa sumergida en el atraso, en violentas supersticiones y en el provincianismo de la Edad Media. Progresivamente la península fue cerrando sus fronteras a los diferentes. Moros y judíos debieron abandonar su país y emigrar a Barbaria (África) o al resto de Europa, donde se integraron a las naciones periféricas que surgían con nuevas inquietudes sociales, económicas e intelectuales. (1) Dentro de fronteras quedaron algunos hijos ilegítimos, esclavos africanos que casi no se mencionan en la historia más conocida pero que eran necesarios para las indignas tareas domésticas. La nueva y exitosa España se encerró en un movimiento conservador (si se me permite el oximoron). El estado y la religión se unieron estratégicamente para el mejor control de su pueblo en un proceso esquizofrénico de depuración. Algunos disidentes como Bartolomé de las Casas debieron enfrentarse en juicio público ante aquellos que, como Ginés de Sepúlveda, argumentaban que el imperio tenía derecho a intervenir y a dominar el nuevo continente porque estaba escrito en la Biblia (Proverbios 11:29) que “el necio será siervo del sabio de corazón”. Los otros, los sometidos lo son por su “torpeza de entendimiento y costumbres inhumanas y bárbaras”. El discurso del famoso e influyente teólogo, sensato como todo discurso oficial, proclamaba: “[los nativos] son las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y a las costumbres pacíficas, y será siempre justo y conforme al derecho natural que tales gentes se sometan al imperio de príncipe y naciones más cultas y humanas, para que merced a sus virtudes y a la prudencia de sus leyes, depongan la barbarie y se reduzcan a vida más humana y al culto de la virtud”. Y en otro momento: “[se debe] someter con las armas, si por otro camino no es posible, a aquellos que por condición natural deben obedecer a otros y rehusar su imperio”. Por entonces no se recurría a las palabras “democracia” y “libertad” porque hasta el siglo XIX permanecieron en España como atributos del caos humanista, de la anarquía y del demonio. Pero cada poder imperial en cada momento de la historia juega el mismo juego con distintas cartas. Algunas, como se ve, no tan distintas.

A pesar de una primera reacción compasiva del rey Carlos V y de las Leyes Nuevas que prohibían la esclavitud de los nativos americanos (los africanos no entraban como sujetos de derecho), el imperio, a través de sus encomenderos, continuó esclavizando y exterminando estos pueblos “ajenos a la vida pacífica” en nombre de la salvación y la humanización. Para acabar con los horribles rituales aztecas que cada tanto sacrificaban una víctima inocente a sus dioses paganos, el imperio torturó, violó y asesinó en masa, en nombre de la ley y del Dios único, verdadero. Según Fray de las Casas, uno de los métodos de persuasión era extender a los salvajes sobre una parrilla y asarlos vivos. Pero no sólo la tortura —física y moral— y los trabajos forzados desolaron tierras que alguna vez estuvieron habitadas por millares de personas; también se emplearon armas de destrucción masiva, más concretamente armas biológicas. La gripe y la viruela diezmaron poblaciones enteras de forma involuntaria unas veces y mediante un preciso cálculo otras. Como habían descubierto los ingleses al norte, el envío de regalos contaminados unas veces, como ropas de enfermos, o el lanzamiento de cadáveres pestilentes tenía efectos más devastadores que la artillería pesada.

Ahora, ¿quién derrotó a uno de los más grandes imperios de la historia, como lo fue el español? España. Mientras una mentalidad conservadora, que cruzaba todas las clases sociales, se aferraba a la creencia de su destino divino, de “brazo armado de Dios” (según Menéndez Pelayo), el imperio se hundía en su propio pasado. Su sociedad se fracturaba y la brecha que separaba a ricos de pobres aumentaba al mismo tiempo que el imperio se aseguraba los recursos minerales que le permitían funcionar. Los pobres aumentaron en número y los ricos aumentaron en riquezas que acumulaban en nombre de Dios y de la patria. El imperio debía financiar las guerras que mantenía más allá de sus fronteras y el déficit fiscal crecía hasta hacerse un monstruo difícil de dominar. Los recortes de impuestos beneficiaron principalmente a las clases altas, al extremo de que muchas veces ni siquiera estaban obligados a pagarlos o estaban eximidos de ir a prisión por sus deudas y desfalcos. El estado quebró varias veces. Tampoco la inagotable fuente de recursos minerales que procedía de sus colonias, beneficiarias de la iluminación del Evangelio, era suficiente: el gobierno gastaba más de lo que recibía de estas tierras intervenidas, por lo que debía recurrir a los bancos italianos.

De esta forma, cuando muchos países de América (la hoy llamada América Latina) se independizaron, ya no quedaba del imperio más que su terrible fama. Fray Servando Teresa de Mier escribía en 1820 que si México no se había independizado aún era por ignorancia de la gente, que no alcanzaba a entender que el imperio español ya no era un imperio, sino el rincón más pobre de Europa. Un nuevo imperio se consolidaba, el británico. Como los anteriores y como los que vendrán, la extensión de su idioma y el predominio de su cultura será entonces un factor común. Otros serán la publicidad: Inglaterra enseguida echó mano a las crónicas de Fray de las Casas para difamar al viejo imperio en nombre de una moral superior. Moral que no impidió crímenes y violaciones del mismo género. Pero claro, lo que valen son las buenas intenciones: el bien, la paz, la libertad, el progreso —y Dios, cuya omnipresencia se demuestra con Su presencia en todos los discursos.

El racismo, la discriminación, el cierre de fronteras, el mesianismo religioso, las guerras por la paz, los grandes déficits fiscales para financiarlas, el conservadurismo radical perdieron al imperio. Pero todos estos pecados se resumen en uno: la soberbia, porque es ésta la que le impide a una potencia mundial poder ver todos los pecados anteriores. O se los permite ver, pero como si fueran grandes virtudes.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, febrero 2006

(1)    Comúnmente se dice que el Renacimiento comenzó con la caída de Constantinopla y la emigración de los intelectuales griegos a Italia, pero poco o nada se dice de la emigración de capitales y de conocimientos que fueron forzados a abandonar España.

On How to Topple an Empire

Translated by Bruce Campbell

The same day that Christopher Columbus left the port of Palos, the third of August of 1492, was the deadline for the Jews of Spain to leave their country, Spain.  In the admiral’s mind there were at least two powerful goals, two irrefutable truths: the material riches of Asia and the perfect religion of Europe.  With the former he intended to finance the reconquest of Jerusalem; with the latter he would legitimate the looting.  The word “oro,” Spanish for “gold,” spilled from his pen in the same way the divine and bloody metal spilled from the ships of the conquistadors who followed him.  That same year, the second of January of 1492, Granada had fallen, the last Arab bastion on the Iberian Peninsula.  1492 was also the year of the publication of the first Castilian grammar (the first European grammar in a “vulgar” language).  According to its author, Antonio de Nebrija, language was the “companion to empire.”  Immediately, the new power continued the Reconquest with the Conquest, on the other side of the Atlantic, using the same methods and the same convictions, confirming the globalizing vocation of all empires.

At the center of power there had to be a language, a religion and a race.  Future Spanish nationalism would be built on the foundation of a cleansing of memory.  It is true that eight centuries before Jews and Aryan Visigoths had called for and later helped Muslims replace Roderick and the rest of the Visigoth kings who had fought for the same purification.  But this was not the principal reason for despising the Jews, because it was not memory that was important but forgetting.  The Catholic monarchs and successive divine royalty finished off (or wanted to) the other Spain, multicultural and mestizo Spain, the Spain where several languages were spoken and several religions were practiced and several races mixed.  The Spain that had been the center of culture, the arts and the sciences, in a Europe submerged in backwardness, in the violent superstitions and provincialism of the Middle Ages.  More and more, the Iberian Peninsula began closing its borders to difference.  Moors and Jews had to abandon their country and emigrate to Barbaria (Africa) or to the rest of Europe, where they integrated to peripheral nations that emerged with new economic, social and intellectual restlessness.1  Within the borders were left some illegitimate children, African slaves who go almost unmentioned in the better known version of history but who were necessary for undignified domestic tasks.  The new and successful Spain enclosed itself in a conservative movement (if one will permit me the oxymoron).  The state and religion were strategically united for better control of Spain’s people during a schizophrenic process of purification.  Some dissidents like Bartolomé de las Casas had to face, in public court, those who, like Ginés de Supúlveda, argued that the empire had the right to invade and dominate the new continent because it was written in the Bible (Proverbs 11:29) that “the foolish shall be servant to the wise of heart.”  The others, the subjugated, are such because of their “inferior intellect and inhumane and barbarous customs.”  The speech of the famous and influential theologian, sensible like all official discourse, proclaimed: “[the natives] are barbarous and inhumane peoples, are foreign to civil life and peaceful customs, and it will be just and in keeping with natural law that such peoples submit to the empire of more cultured and humane nations and princes, so that due to their virtues and the prudence of their laws such peoples might throw off their barbarism and reduce themselves to a more humane life and worship of virtue.”  And in another moment: “one must subjugate by force of arms, if by other means is not possible, those who by their natural condition must obey others but refuse to submit.”  At the time one did not recur to words like “democracy” and “freedom” because until the 19th century these remained in Spain attributes of humanist chaos, anarchy and the devil.  But each imperial power in each moment of history plays the same game with different cards.  Some, as one can see, not so different.

Despite an initially favorable reaction from King Carlos V and the New Laws that prohibited enslavement of native Americans (Africans were not considered subject to rights), the empire, through its propertied class, continued enslaving and exterminating those peoples considered “foreign to civil life and peaceful customs” in the name of salvation and humanization.  In order to put an end to the horrible Aztec rituals that periodically sacrificed an innocent victim to their pagan gods, the empire tortured, raped and murdered en masse, in the name of the law and of the one, true God.  According to Bartolomé de las Casas, one of the methods of persuasion was to stretch the savages over a grill and roast them alive.  But it was not only torture – physical and moral – and forced labor that depopulated lands that at one time had been inhabited by thousands of people; weapons of mass destruction were also employed, biological weapons to be more specific.  Smallpox and the flu decimated entire populations unintentionally at times, and according to precise calculation on other occasions.  As the English had discovered to the north, sometimes the delivery of contaminated gifts, like the clothing of infected people, or the dumping of pestilent cadavers, had more devastating effects than heavy artillery.

Now, who defeated one of the greatest empires in history, the Spanish Empire?  Spain.  As a conservative mentality, cutting across all social classes, clung to a belief in its divine destiny, as the “armed hand of God” (according to Menéndez Pelayo), the empire sank into its own past.  The society of empire fractured and the gap separating the rich from the poor grew at the same time that the empire guaranteed the mineral resources (precious metals in this case) allowing it to function.  The poor increased in number and the rich increased the wealth they accumulated in the name of God and country.  The empire had to finance the wars that it maintained beyond its borders and the fiscal deficit grew until it became a monster out of control.  Tax cuts mainly benefited the upper classes, to such an extent that they often were not even required to pay them or were exempted from going to prison for debt or embezzlement.  The state went bankrupt several times.  Nor was the endless flow of mineral resources coming from its colonies, beneficiaries of the enlightenment of the Gospel, sufficient: the government spent more than what it received from these invaded lands, requiring it to turn to the Italian banks.

This is how, when many countries of America (what is now called Latin America) became independent, there was no longer anything left of the empire but its terrible reputation.  Fray Servando Teresa de Mier wrote in 1820 that if Mexico had not yet become independent it was because of the ignorance of the people, who did not yet understand that the Spanish Empire was no longer an empire, but the poorest corner of Europe.  A new empire was consolidating power, the British Empire.  Like previous empires, and like those that would follow, the extension of its language and the dominance of its culture would be common factors.  Another would be publicity: England did not delay in using the chronicles of Bartolomé de las Casas to defame the old empire in the name of a superior morality.  A morality that nonetheless did not preclude the same kind of rape and criminality.  But clearly, what matters most are the good intentions: well-being, peace, freedom, progress – and God, whose omnipresence is demonstrated by His presence in all official discourse.

Racism, discrimination, the closing of borders, messianic religious belief, wars for peace, huge fiscal deficits to finance these wars, and radical conservatism lost the empire.  But all of these sins are summed up in one: arrogance, because this is the one that keeps a world power from seeing all the other ones.  Or it allows them to be seen, but in distorted fashion, as if they were grand virtues.

©  Jorge Majfud

The University of Georgia

February 2006.

Translated by Bruce Campbell

(1) It is commonly said that the Renaissance began with the fall of Constantinople and the emigration of Greek intellectuals to Italy, but little or nothing is said of the emigration of knowledge and capital that were forced to abandon Spain.

De comment s’écroule un empire

Traduit de l’espagnol par: Pierre Trottier

Le mot « or » déborda de sa plume comme le divin et sanglant métal déborda des barques des conquérants qui le suivirent. Cette même année, le 2 janvier 1492, était tombée Grenade, le dernier bastion arabe de la péninsule. 1492 fut aussi l’année de la publication de la première grammaire castillane ( la première européenne en langue « vulgaire » ). Selon son auteur, Antonio de Nebrija, la langue était la “compagne de l’empire”. Immédiatement, la nouvelle puissance poursuivit la Reconquête avec la Conquête, de l’autre côté de l’Atlantique, avec les mêmes méthodes et les mêmes convictions, confirmant la vocation globalisatrice de tout empire. Au centre du pouvoir, il devait y avoir une langue, une religion et une race. Le futur nationalisme espagnol se construisait ainsi sur la base du nettoyage de la mémoire. Bien sûr que huit siècles auparavant, les juifs et les wisigoths ariens avaient appelé puis aidé les musulmans afin qu’ils remplacent Rodrigue et les autres rois wisigoths qu’ils avaient combattus par la même purification. Mais cela n’était pas la raison principale du mépris, parce que ce qui importait n’était pas le souvenir mais l’oubli . Les rois catholiques et leurs suivants rois divins en finirent (ou voulurent en finir) avec l’autre Espagne où l’on parlait plusieurs langues et y pratiquait plusieurs cultes, et où se mélangeaient plusieurs races. L’Espagne qui avait été le centre de la culture, des arts et des sciences, dans une Europe plongée dans le retard, dans de violentes superstitions et dans le provincialisme du Moyen-Âge. Progressivement, la péninsule ferma ses frontières. Les maures et les juifs durent abandonner leur pays et émigrer en Barbarie (Afrique) ou dans le reste de l’Europe, où ils s’intégrèrent aux nations périphériques qui surgissaient avec de nouvelles inquiétudes sociales, économiques et intellectuelles. A l’intérieur des frontières demeurèrent quelques fils illégitimes, des esclaves africains qu’on ne mentionne presque pas dans l’histoire la plus connue mais qui devenaient nécessaires pour les indignes tâches domestiques. La nouvelle et prestigieuse Espagne se renferma dans un mouvement conservateur ( si l’on me permet l’oxymoron ). L’État et la religion s’unirent stratégiquement pour le meilleur contrôle de leur population dans un processus schizophrénique d’épuration. Quelques dissidents comme Bartolomé de las Casas durent affronter un jugement devant ceux qui, comme Gines de Sepulveda, argumentaient que l’empire avait le droit d’intervenir et de dominer le nouveau continent parce qu’il était écrit dans la bible (Proverbes 11 :29) que “ l’insensé sera l’esclave de l’homme sage “. Les autres, les soumis le sont pour leur « maladresse d’esprit et leurs coutumes inhumaines et barbares ». Le discours du réputé et influent théologien, sensé comme tout discours officiel, proclamait : “ [les natifs] sont des gens barbares et inhumains, étrangers à la vie civile et aux coutumes pacifiques, et il sera toujours juste et conforme au droit naturel que de tels gens se soumettent à l’empire du prince et aux nations plus cultivées et plus humaines, afin qu’ils obéissent à ses vertus et à la prudence de ses lois, qu’ils bannissent la barbarie et qu’ils se ramènent à un vie plus humaine et au culte de la vertu “. Et, à un autre moment : “ [On doit] soumettre avec les armes, lorsqu’un autre chemin n’est pas possible, ceux qui par condition naturelle doivent obéir à d’autres et refuser votre empire “. En ce temps-là, on ne recourait pas aux mots « démocratie » et « liberté », parce que jusqu’au XIX è siècle, ils demeurèrent en Espagne comme des attributs du chaos humaniste, de l’anarchie et du démon. Mais chaque pouvoir impérial à chaque moment de l’histoire joue le même jeu avec différentes cartes. Certaines, comme on le voit, ne sont pas si différentes.

Malgré une première réaction compassive de Charles V et des Lois Nouvelles qui prohibaient l’esclavagisme des natifs américains (les africains n’entraient pas comme sujets de droit), l’empire, à travers ses commissionnaires (encomenderos) , continua de réduire en esclavage et d’exterminer ces peuples “ étrangers à la vie pacifique “, au nom du salut et de l’humanisation. Pour en finir avec ces horribles rituels aztèques, qui à tout moment sacrifiaient une victime innocente à leurs dieux païens, l’empire tortura, viola et assassina en masse, au nom de la loi et du Dieu unique, véritable. Selon Fray de las Casas, une des méthodes de persuasion était de les étendre sur une grille et de les rôtir vifs. Mais non seulement la torture – physique ou morale – et les travaux forcés désolèrent les terres qui, pour certaines, furent habitées par des milliers de personnes, mais aussi, ils employèrent des armes de destruction massive, plus concrètement des armes biologiques. La grippe et la variole disséminèrent des populations entières de façon involontaire, quelques fois, et d’autres fois au moyen d’un calcul précis. Comme l’avaient découvert les Anglais du Nord, l’envoi de cadeaux contaminés comme des vêtements de malades ou le lancement de cadavres pestilentiels avaient des effets plus dévastateurs que l’artillerie lourde.

Maintenant, qui fit s’écrouler un des plus grands empires de l’histoire, comme le fut l’empire espagnol ? L’Espagne. Pendant qu’une mentalité conservatrice, qui imprégnait toutes les classes sociales, s’accrochait à la croyance de son destin divin, de « bras armé de Dieu » (selon Menéndez Pelayo), l’empire s’enfonçait dans son propre passé. Sa société se fracturait et la brèche qui séparait les riches des pauvres augmentait en même temps que l’empire s’assurait des ressources minérales qui lui permettaient de fonctionner. Les pauvres augmentèrent en nombre et les riches augmentèrent en richesses qu’ils accumulaient au nom de Dieu et de la patrie. L’empire devait financer les guerres qu’il maintenait au-delà de ses frontières et le déficit fiscal croissait jusqu’à devenir un monstre difficile à dominer. Les coupures d’impôts bénéficièrent aux classes hautes, au point que souvent elles n’étaient même pas obligées de les payer, ou elles étaient exemptées de prison pour non paiement ou pour leurs malversations. L’état fit faillite plusieurs fois. L’inépuisable source de ressources minérales de ses colonies, bénéficiaires de l’illumination de l’Évangile, non plus n’était suffisante : le gouvernement dépensait plus qu’il ne recevait de revenus de ses terres; ce qui fait qu’il devait recourir aux banques italiennes.

De cette façon, lorsque plusieurs pays d’Amérique (aujourd’hui appelés Amérique Latine) prirent leur indépendance, il ne restait alors de l’empire guère plus que sa terrible réputation. Fray Servando Teresa de Mier écrivait en 1820 que si le Mexique n’était pas devenu alors indépendant c’était par ignorance de la part de sa population, qui n’arrivait pas à saisir que l’empire espagnol maintenant n’était plus un empire, mais le recoin le plus pauvre de l’Europe. Un nouvel empire se consolidait, l’empire britannique. Comme ceux antérieurs et ceux qui viendront, l’extension de sa langue et la prédominance de sa culture seront alors des facteurs communs. Un autre facteur sera la publicité : l’Angleterre se servit des chroniques de Fray de las Casas afin de diffamer le vieil empire au nom d’une morale supérieure. Morale qui n’empêcha pas les crimes et les violations du même genre. Mais, bien sûr, ce qui vaut, ce sont les bonnes intentions : le bien, la paix, la liberté, le progrès – et Dieu, dont l’omniprésence se démontre par Sa présence dans tous les discours.

Le racisme, la discrimination, la fermeture des frontières, le mécanisme religieux, les guerres pour la paix, les grands déficits fiscaux pour les financer, le conservatisme radical perdirent l’empire. Mais tous ces péchés se résument en un seul : la superbe, parce que c’est elle qui l’a empêché de pouvoir constater tous les péchés antérieurs. Ou ça lui a permis de les voir comme s’ils étaient de grandes vertus.

1 Communément, on dit que la Renaissance commença avec la chute de Constantinople et l’émigration des intellectuels grecs en Italie, mais on ne dit que peu ou rien de l’émigration des capitaux et des connaissances qu’ils furent forcés d’abandonner en Espagne.

2 Histoire : propriétaire d’un indien sous le régime de l’encomienda. [N. du T.]

Jorge Majfud, février 2006

Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par:

Pierre Trottier, mars 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

O primeiro pecado capital dos Impérios

Lições da História

Por Jorge Majfud

Traduzido por  Omar L. de Barros Filho

No mesmo dia em que Cristóvão Colombo partiu do porto de Palos, 3 de agosto de 1492, vencia o prazo para que os judeus da Espanha abandonassem seu país. Na mente do almirante habitavam, ao menos, dois poderosos objetivos, duas verdades irrefutáveis: as riquezas materiais da Ásia e a religião perfeita da Europa. Com o primeiro, pensava financiar a reconquista de Jerusalém; com o segundo, deveria legitimar o saque. A palavra “ouro” vazou de sua pena assim como o divino e sangrento metal transbordou das barcas dos conquistadores que o seguiram.

Nesse mesmo ano de 1492, em 2 de janeiro, caíra Granada, o último bastião árabe na península. 1492 também foi o ano da publicação da primeira gramática castelhana (a primeira européia em língua “vulgar”). Segundo seu autor, Antonio de Nebrija, a língua era a “companheira do império”. Imediatamente, a nova potência continuou a Reconquista com a Conquista, do outro lado do Atlântico, com os mesmos métodos e as mesmas convicções, confirmando a vocação globalizadora de todo o império. No centro do poder devia haver uma língua, uma religião e uma raça. O futuro nacionalismo espanhol construía-se, assim, em base à limpeza da memória. É certo que, oito séculos atrás, judeus e visigodos arianos haviam chamado, e depois ajudado, os muçulmanos para que substituíssem Roderico e os demais reis visigodos, que pugnaram pela mesma purificação. Mas esta não era a razão principal do desprezo, porque não era a memória o que importava, mas sim o esquecimento. Os reis católicos e os sucessivos reis divinos terminaram (ou quiseram terminar) com a outra Espanha, a Espanha mestiça, multicultural, a Espanha onde se falavam várias línguas e se praticavam vários cultos e se misturavam várias raças. A Espanha que fora o centro da cultura, das artes e das ciências, em uma Europa mergulhada no atraso, em violentas superstições e no provincianismo da Idade Média.

Progressivamente, a península foi fechando suas fronteiras aos diferentes. Mouros e judeus tiveram que abandonar seu país e emigrar à Barbária (África) ou ao resto da Europa, onde se integraram às nações periféricas que surgiam com novas inquietudes sociais, econômicas e intelectuais. Dentro das fronteiras ficaram alguns filhos ilegítimos, escravos africanos, que quase não são mencionados na história mais conhecida, mas que eram necessários para as indignas tarefas domésticas. A nova e exitosa Espanha encerrou-se em um movimento conservador (se me permitem o oxímoro). O estado e a religião uniram-se, estrategicamente, para o melhor controle de seu povo, em um processo esquizofrênico de depuração. Alguns dissidentes, como Bartolomé de las Casas tiveram que enfrentar em julgamento público aqueles que, como Ginés de Sepúlveda, argumentavam que o império tinha direito a intervir e a dominar o novo continente, porque estava escrito na Bíblia (Provérbios 11:29) que “o néscio será servo do sábio de coração”. Os outros, os submetidos, o são por sua “torpeza de entendimento e costumes desumanos e bárbaros”. O discurso do famoso e influente teólogo, sensato como todo discurso oficial, proclamava: “[os nativos] são as gentes bárbaras e desumanas, alheias à vida civil e aos costumes pacíficos, e será sempre justo e conforme ao direito natural que tais gentes submetam-se ao império do príncipe e nações mais cultas e humanas, para que, graças às suas virtudes e à prudência de suas leis, deponham a barbárie e reduzam-se à vida mais humana e ao culto da virtude”. E, em outro momento: “[deve-se] submeter pelas armas, se por outro caminho não for possível, aqueles que por condição natural devem obedecer a outros e recusar seu império”. Então não se recorria às palavras “democracia” e “liberdade” porque, até o século XIX, permaneceram na Espanha como atributos do caos humanista, da anarquia e do demônio. Mas, cada poder imperial, em cada momento da história, joga o mesmo jogo com distintas cartas. Algumas, como se vê, não tão distintas.

Apesar de uma primeira reação compassiva do rei Carlos V e das Leis Novas, que proibiam a escravidão dos nativos americanos (os africanos não entravam como sujeitos de direito), o império, através de seus encomenderos*, continuou escravizando e exterminando esses povos “alheios à vida pacífica”, em nome da salvação e da humanização. Para acabar com os horríveis rituais astecas, que a cada tanto sacrificavam uma vítima inocente a seus deuses pagãos, o império torturou, violou e assassinou em massa, em nome da lei e de um Deus único, verdadeiro. Segundo o Frei de las Casas, um dos métodos de persuasão era estender os selvagens sobre uma grelha e assá-los vivos. Mas não só a tortura – física e moral – e os trabalhos forçados desolaram terras que, certa vez, foram habitadas por milhares de pessoas; também foram empregadas armas de destruição massiva, armas biológicas, mais concretamente. A gripe e a varíola dizimaram populações inteiras, de forma involuntária algumas vezes e, mediante um cálculo preciso, outras. Como os ingleses descobriram ao norte, o envio de presentes contaminados, como roupas de doentes, e o lançamento de cadáveres pestilentos tinham, algumas vezes, efeitos mais devastadores que a artilharia pesada.

Agora, quem derrotou um dos maiores impérios da história, como foi o espanhol? A Espanha.

Enquanto uma mentalidade conservadora, que cruzava todas as classes sociais, aferrava-se à crença de seu destino divino, de “braço armado de Deus” (segundo Menéndez Pelayo), o império afundava em seu próprio passado. Sua sociedade fraturava-se, e a brecha que separava ricos de pobres aumentava, ao mesmo tempo em que o império assegurava os recursos minerais que lhe permitiam funcionar. Os pobres aumentaram em número e os ricos aumentaram em riquezas, que acumulavam em nome de Deus e da pátria. O império devia financiar as guerras que mantinha além de suas fronteiras, e o déficit fiscal crescia até se transformar em um monstro difícil de dominar. As isenções de impostos beneficiaram principalmente as classes altas, ao extremo que, muitas vezes, nem sequer eram obrigadas a pagá-los ou eram eximidas de ir para a prisão por suas dívidas e desfalques. O estado quebrou várias vezes. Tampouco a inesgotável fonte de recursos minerais que procedia de suas colônias, beneficiárias da iluminação do Evangelho, era suficiente: o governo gastava mais do que recebia dessas terras sob intervenção, pelo que devia recorrer aos bancos italianos.

Desta forma, quando muitos países de América (a hoje chamada América Latina) se independizaram, já não restava do império mais do que sua terrível fama. Frei Servando Teresa de Mier escrevia, em 1820, que se o México não havia se independizado ainda era por ignorância do povo, que não alcançava a compreensão de que o império espanhol já não era um império, mas o rincão mais pobre da Europa. Um novo império se consolidava, o britânico. Como os anteriores e como os que virão, a expansão de seu idioma e o predomínio de sua cultura será, então, um fator comum. Outro será a publicidade: a Inglaterra, em seguida, lançou mão das crônicas do Frei de las Casas para difamar o velho império em nome de uma moral superior. Moral que não impediu crimes e violações do mesmo gênero. Mas, claro, o que valem são as boas intenções: o bem, a paz, a liberdade, o progresso – e Deus, cuja onipresença se demonstra com Sua presença em todos os discursos.

O racismo, a discriminação, o fechamento de fronteiras, o messianismo religioso, as guerras pela paz, os grandes déficits fiscais para financiá-las, o conservadorismo radical perderam o império. Mas, todos esses pecados resumem-se em um: a soberba, porque é esta que impede uma potência mundial de ver todos os pecados anteriores. Ou, se permite que veja, é apenas como se fossem grandes virtudes.

*NdT: a encomienda era uma instituição jurídica implantada pela Espanha com a finalidade de regular as relações entre os espanhóis e os indígenas. Os encomenderos eram, portanto, os comissários, os encarregados, os mestres das Índias.

Los esclavos de nuestro tiempo

A day without immigrants, May 1, 2006. Descrip...

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The History of Immigration (English)

Los esclavos de nuestro tiempo

Inmigrantes apátridas: tírelos después de usar


Una de las imágenes más típicas – corrijamos: estereotípicas – de un mexicano ha sido, desde el siglo pasado, un hombre de poca estatura, borracho y pendenciero que, cuando no aparecía con una guitarra cantando un corrido, se lo retrataba sentado en una calle echándose una siesta debajo de su enorme sobrero. Esta imagen del perfecto holgazán, del vicioso irracional, podemos verla desde viejas ilustraciones del siglo XIX hasta los souvenirs que los mismos mexicanos producen en masa para satisfacer la industria turística, pasando por las tiras cómicas de las revistas y los dibujos animados de Walt Disney y Warner Bros en el siglo XX. Sabemos que nada es casualidad; aún los defensores de la «inocencia» del arte, del valor intrascendente y pasatista del cine, de la música y de la literatura no pueden impedir que señalemos la trascendencia ética y la funcionalidad ideológica de los personajes más infantiles y de las narraciones más «neutrales». Claro, el arte es mucho más que un mero instrumento ideológico; pero eso no lo salva de la manipulación que un grupo humano hace de él en beneficio propio y en perjuicio ajeno. Al menos que no llamemos «arte» a esa basura.

Ironías del destino: pocos grupos humanos, como los mexicanos que viven hoy en Estados Unidos – y, por extensión, los demás grupos hispanos, – pueden decir que representan mejor el espíritu de sacrificio y de trabajo de este país. Pocos (norte) americanos podrían competir con esos millones de abnegados trabajadores que podemos ver por todas partes, sudando bajo el sol en los más sofocantes días de verano, en las ciudades y en los campos, desparramando asfalto caliente o quitando la nieve de los caminos, arriesgando sus vidas en altas torres en construcción o lavando los cristales de importantes oficinas donde se decide la suerte de millones de personas que, en el lenguaje posmoderno, se conocen como «consumidores». Por no mencionar a sus compañeras que hacen el resto del trabajo difícil – ya que no podemos llamarlo «sucio», – ocupando puestos en los que rara vez veremos a ciudadanos con derechos plenos. Nada de lo cual justifica el discurso racista que el presidente de México, Vicente Fox, hiciera recientemente, declarando que los mexicanos hacían en Estados Unidos el trabajo que «ni los negros americanos quieren hacer». La presidencia nunca se retractó, nunca reconoció este «error» sino que, por el contrario, acusó al resto de la humanidad de haber «malinterpretado» sus palabras. Luego procedió a invitar a un par de líderes «afroamericanos» (algún día me explicarán qué tienen estos americanos de africanos), haciendo ejercicio de una vieja táctica: al rebelde, al disconforme se lo neutraliza con flores, a las fieras con música y a los esclavos asalariados con cine y con prostíbulos. Claro, hubiese bastado con evitar el adjetivo «negro» cambiándolo por el de «pobre». En el fondo, este maquillaje semántico hubiese sido más inteligente aunque nunca del todo libre de sospecha. La ética capitalista condena el racismo, ya que su lógica productiva es indiferente a las razas y, como lo demuestra el siglo XIX, el tráfico de esclavos siempre fue contra sus intereses de producción industrial. Por lo tanto, el humanismo antirracista ya tiene un lugar ganado en el corazón de los pueblos y ya no es tan fácil extirparlo si no es a través de prácticas ocultas detrás de elaborados y convincentes discursos sociales. Sin embargo, la misma ética capitalista aprueba la existencia de «pobres», por lo cual no hubiese escandalizado a nadie si en lugar de «negros», el presidente mexicano hubiese dicho «pobres americanos». Todo lo que demuestra, por otra parte, que no sólo los del norte viven de los infelices inmigrantes que arriesgan su vida cruzando la frontera, sino también los políticos y la clase dirigente del sur que obtienen, millonarias remesas mediante, el segundo ingreso más importante del país después del petróleo, vía «Wester-Union-madre-pobre», de la sangre y del sudor de los expulsados por el mismo sistema que se enorgullece de ellos y así los premia, con tan brillantes discursos que sólo sirven para sumarles un problema más a sus desesperadas vidas de prófugos productivos.

La violencia no es sólo física; también es moral. Luego de contribuir con una parte imprescindible de la economía de este país y de los países de los cuales proceden – de aquellos países de los que fueron expulsados por el hambre, la desocupación y el desprivilegio de la corrupción, – los hombres sin nombre, los no-identificados, deben volverse a sus hacinadas habitaciones con el temor de ser descubiertos en la ilegalidad. Cuando se enferman, simplemente resisten, hasta que están al borde de la muerte y acuden a un hospital donde suelen recibir el servicio y la comprensión de una parte consciente de la población mientras otra parte pretende negársela. Es este último el caso de varias organizaciones anti-inmigrantes que, con la excusa de proteger las fronteras o defender la legalidad, ha promovido leyes y actitudes hostiles que, de forma creciente, les niega el derecho humano a la salud o a la tranquilidad a todos aquellos trabajadores que han caído en la ilegalidad por la fuerza de la necesidad, por el imperio de la lógica del mismo sistema que no los reconoce, que traduce sus contradicciones en muertos y reventados. Por supuesto que no podemos ni debemos estar a favor de algún tipo de ilegalidad. Una democracia es aquel sistema donde las reglas se cambian; no se quiebran. Pero las leyes son producto de una realidad y de un pueblo, se cambian o se conservan según los intereses de quienes tienen el poder de hacerlo y a veces este interés puede pasar por encima de los más elementales Derechos Humanos. Los trabajadores indocumentados nunca tendrán el más mínimo derecho de participar siquiera en algún simulacro electoral, ni de este ni del otro lado de la frontera: han nacido sin tiempo y sin espacio propio, con la única función de dejar su sangre en el proceso productivo, en el mantenimiento del orden de privilegios que repetidamente los excluye y, al mismo tiempo, se sirve de ellos. Todos saben que existen, todos saben dónde están, todos saben de dónde vienen y hacia dónde van; pero nadie quiere verlos. Tal vez sus hijos dejen de ser esclavos asalariados, mal nacidos, pero para entonces los esclavos habrán muerto. Y si no hay cielo se habrán jodido del todo. Y si lo hay y no tuvieron tiempo de repetir cien veces las palabras correctas, peor, porque se irán al Infierno, el reconocimiento póstumo en lugar de alcanzar el olvido y la paz tan anhelada.

Mientras los ciudadanos, los «verdaderos humanos», mantengan los beneficios de sus sirvientes con salarios mínimos y prácticamente sin derechos, día y noche amenazados por todo tipo de fantasmas, no tendrían ninguna necesidad de cambiar las leyes para reconocer una realidad instaurada a posteriori. Lo cual hasta parece lógico. Sin embargo, lo que deja de ser «lógico» – si descartamos algún tipo de ideología racista – son los argumentos de aquellos que acusan a los trabajadores inmigrantes de perjudicar la economía del país haciendo uso de servicios como los de hospitalización. Por supuesto que estos grupos anti-inmigrantes ignoran que el Seguro Social de Estados Unidos recibe la nada despreciable suma de siete billones de dólares anuales por parte de las contribuciones que hacen los inmigrantes ilegales y que, de morirse el trabajador antes de alcanzar la legalidad, nunca recibirán beneficio alguno. Lo que significa menos comensales para un mismo banquete. Tampoco pueden entender, claro está, que si un empresario tiene una flota de camiones debe destinar un porcentaje de sus beneficios para reparar el desgaste, los imperfectos y los accidentes que de dicha actividad se derivan. Sería un razonamiento interesante, sobre todo para un empresario capitalista, no enviar esos camiones al servicio para ahorrarse la erogación del mantenimiento; o enviarlo y echarle luego la culpa al mecánico de estar aprovechándose de su negocio. No obstante, esta es la clase y la altura de los argumentos que se leen en los periódicos y se escucha en la televisión, casi a diario, por parte de estos grupos de enardecidos «patriotas» que, aunque lo reclamen, no representan a un pueblo mucho más heterogéneo de lo que puede verse desde afuera – millones de hombres y mujeres, olvidados por la simplista retórica anti-americana, sienten y actúan de otra forma, de forma más humana.

Claro que no sólo les falla la dialéctica. También sufren de desmemoria. Olvidaron, de súbito, de dónde descendían sus abuelos. Salvo un reducidísimo grupo étnico de americano-americanos – me refiero a los indígenas que llegaron antes de Colón y del Mayflower, y que son los únicos que nunca se los ven dentro de estos grupos de anti-inmigrantes, ya que entre los xenófobos abundan los mismos hispanos, no por casualidad ciudadanos recientemente «naturalizados». El resto de los habitantes de este país ha venido de alguna parte del mundo que no es, precisamente, donde están parados aquellos con sus perros, sus banderas, sus mandíbulas adelantadas y sus binoculares de cazadores, salvaguardando las fronteras de malolientes descamisados que pretenden hacerles algún mal atacando la pureza de la identidad ajena. Olvidan, de súbito, de dónde procede gran parte de los alimentos y las materias primas y en qué condiciones se producen. De súbito olvidan que no están solos en este mundo y que este mundo no les debe más de los que ellos le deben al mundo.

En otro momento he mencionado los ignorados esclavos de çfrica, que si son pobres por su culpa no son menos infelices por culpa ajena; aquellos que proveen al mundo de los chocolates más finos o de las maderas más caras sin las retribuciones mínimas que el orgulloso mercado reclama como Ley Sagrada, estratégica fantasía, ésta que sólo procura enmascarar la única Ley que rige al mundo: la ley del poder y de los intereses bajo el ropaje de la moral, la libertad y el derecho. Tengo en la memoria, grabada a fuego, aquellos jóvenes aldeanos de un rincón remoto de Mozambique que cargaban toneladas de troncos, quebrados y enfermos, por una paga inexistente o por una cajilla de cigarrillos. Cargas millonarias que luego aparecían en los puertos para enriquecer a algunos empresarios blancos que llegaban del extranjero, mientras en los bosques quedaban algunos muertos, nada importante, aplastados por los troncos e ignorados por la ley de su propio país.

De súbito olvidan o no quieren recordar. No les pidamos más de lo que pueden. Recordemos brevemente, para nosotros, el efecto de la inmigración en la historia. Desde la prehistoria, a cada paso encontraremos movimientos de seres humanos, no de un valle al otro sino atravesando océanos y continentes enteros. La «raza pura» reclamada por Hitler no había surgido por generación espontánea o de alguna semilla plantada en el fango de la Selva Negra sino que había atravesado media Asia y seguramente era el resultado de incontables mestizajes y de una negada e inconveniente evolución (que une a rubios con negros) que aclaró los originales rostros oscuros y puso oro en sus cabellos y esmeralda en sus ojos. Luego de la caída de Constantinopla en manos de los turcos, en 1453, la oleada de griegos hacia Italia provocó una gran parte de ese movimiento económico y espiritual que luego conocimos como el Renacimiento. Aunque generalmente se eche al olvido, también las inmigraciones de los pueblos árabes y judíos provocaron, en la adormecida Europa de la Edad Media, diferentes movimientos sociales, económicos y culturales que la inmovilidad de la «pureza» había prevenido durante siglos. De hecho, la vocación de «pureza» – racial, religiosa y cultural – que hundió al imperio Español y lo llevó a la quiebra varias veces, a pesar de todo el oro americano, fue la responsable de la persecución y expulsión de los judíos (españoles) en 1492 y de los árabes (españoles) un siglo después. Expulsión que, paradójicamente, benefició a los Países Bajos y a Inglaterra en un proceso progresista que culminaría con la Revolución Industrial. Y lo mismo podemos decir de nuestros países latinoamericanos. Si me limitara sólo a mi país, Uruguay, podría recordar los «años dorados» – si alguna vez existieron años de este color – de su desarrollo económico y cultural, coincidentes, no por casualidad, con una efervescencia inmigratoria que tuvo sus efectos desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Nuestro país no sólo desarrolló uno de los sistemas de educación más avanzados y democráticos de la época, sino que, comparativamente, su población no tenía mucho que envidiarle al progreso de los países más desarrollados del mundo, aunque careciera, por su escala, del peso geopolítico que podían tener otros países de entonces. Actualmente la inmovilidad cultural ha provocado una migración inversa, del país de sus hijos y nietos al país de sus abuelos. La diferencia radica en que los europeos que huían del hambre y de la violencia encontraron en el Río de la Plata (y en tantos otros puertos de América Latina) las puertas abiertas de par en par; sus descendientes, o los hijos y nietos de aquellos que les abrieron las puertas, entran ahora a Europa por la puerta de atrás, aunque en apariencia caigan del cielo. Y si bien es necesario recordar que una gran parte de la población europea los recibe de buena gana, en el trato, ni las leyes ni las prácticas se corresponden con esta voluntad. Ni siquiera son ciudadanos de tercera; no son nada y la casa se reserva el derecho de admisión, lo que puede significar una patada en el traste y la deportación como criminales.

Para ocultar la viaja e insustituible Ley de los intereses, se argumenta – como lo ha hecho con tantas sinrazones Oriana Fallaci – que éstos no son los tiempos de la Primera o de la Segunda Guerra y, por lo tanto, no se puede comparar una inmigración con la otra. De hecho, sabemos que nunca un tiempo es asimilable a otro, pero sí que pueden ser comparados. O la historia y la memoria no sirven para nada. Si en Europa se repitieran mañana las mismas condiciones de necesidad económica que llevara a sus ciudadanos a emigrar, rápidamente olvidarían el argumento de que estos tiempos no son comparables a otros tiempos de la historia y, por lo tanto, es lícito olvidar.

Entiendo que, diferente a dos esferas en un laboratorio, en una sociedad cada causa es un efecto y viceversa – una causa no puede modificar un orden social sin convertirse en el efecto de sí misma o de algo diferente. Por la misma razón, entiendo que tanto la cultura (el mundo de las costumbres y de las ideas) influye en un determinado orden económico y material tanto como su relación inversa. La idea de la infraestructura determinante es la base del código de lectura marxista, mientras que su inversa (la cultura como determinante de la realidad socio-económica) lo es de aquellos que reaccionaron ante la fama del materialismo. Por lo antes expuesto, entiendo que el problema aquí radica en la idea de «determinismo», ya sea en un sentido como en el otro. A su vez cada cultura promueve un código de lectura según sus propios Intereses y, de hecho, lo hace en la medida de su propio Poder. Una síntesis de ambas lecturas es necesaria también en nuestro problema. Si la pobreza de México, por ejemplo, fuese resultado sólo de una «deformación» cultural – tal como lo proponen actualmente los especialistas y teóricos de la Idiotez latinoamericana, las nuevas necesidades económicas de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos no producirían los trabajadores más estoicos y sufridos que conoce este país: simplemente produciría «holgazanes inmigrados». Y la realidad parece mostrarnos otra cosa. Claro que, como dijo Jesús, «no hay peor ciego que el que no quiere ver».

© Jorge Majfud

The University of Georgia, marzo 2006.

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Les esclaves de notre temps

Les immigrants apatrides

Par Jorge Majfud

Traduit de l’espagnol par : Pierre Trottier

Une des images des plus typiques – que nous corrigions : stéréotypiques – d’un mexicain a été, depuis le siècle passé, un homme de peu de stature, ivre et querelleur qui, lorsqu’il n’apparaissait pas avec une guitare chantant un air local, était dépeint assis sur la chaussée faisant une sieste avec son énorme chapeau. Cette image du parfait fainéant, du vicieux irrationnel, nous pouvons la voir à partir de vielles illustrations du XIX è siècle jusqu’aux souvenirs que ces mêmes mexicains produisent afin de satisfaire l’industrie touristique, en passant par les bandes comiques des revues et les dessins animés de Walt Disney et Warner Bros du XX è siècle. Nous savons que rien n’est fortuit ; encore les défenseurs de « l’innocence » de l’art, de la valeur peu importante et récréative du ciné, de la musique et de la littérature ne peuvent empêcher que nous signalions la transcendance éthique et la fonctionnalité idéologique des personnages les plus infantiles et des narrations les plus “neutres”. Bien sûr, l’art est beaucoup plus qu’un simple instrument idéologique ; mais cela ne le met pas à l’abri de la manipulation idéologique qu’un groupe humain fait de lui en son bénéfice propre et au préjudice d’autrui. A moins que nous n’appelions pas « art » ces ordures.

Ironies du destin : peu de groupes humains comme les mexicains qui vivent aujourd’hui aux États-Unis—, et par extension, les autres groupes hispaniques —peuvent dire qu’ils représentent mieux l’esprit de sacrifice et de travail de ce pays. Peu (Nord) d’américains pourraient rivaliser avec ces millions de dévoués travailleurs que nous pouvons voir de toutes parts, suant sous le soleil des plus suffocants jours de l’été, dans les villes et les campagnes, répandant l’asphalte chaud ou quittant la neige des chemins, risquant leur vie dans les hautes tours en construction ou lavant les vitres des importants bureaux où se décide le sort de millions de personnes que, dans le langage post-moderne, l’on connaît comme « consommateurs ». Pour ne pas parler de leurs compagnes qui font le reste du travail difficile, pour ne pas dire « sale », occupant des postes dans lesquels nous verrons rarement des citoyens de droits entiers. Rien pour justifier le discours raciste que le président Vicente Fox fit récemment déclarant que les mexicains faisaient aux États-Unis le travail que “ni même les noirs américains ne voulaient faire”. La présidence ne s’est jamais rétractée, n’a jamais reconnu cette “erreur” mais au contraire, a accusé le reste de l’humanité d’avoir “mal interprété” ses paroles. Par la suite, il en vint à inviter deux leaders “afro-américains” (un beau jour on m’expliquera qu’avaient d’africain ces américains), faisant l’exercice d’une vieille tactique : au rebelle, au divergent, on le neutralise avec des fleurs ; avec les fauves, par la musique; aux esclaves salariés, avec du cinéma et des maisons de tolérance.

Bien sûr, il eut suffit d’éviter l’adjectif « noir » le changeant pour celui de « pauvre ». Dans le fond, ce maquillage sémantique eut été plus intelligent quoique jamais libre de toute suspicion. L’éthique capitaliste condamne le racisme, puisque sa logique productive est indifférente aux races et, comme le démontre le XIX è siècle, le trafic d’esclaves fut toujours contre ses intérêts de production industrielle. Par conséquent, l’humanisme anti-raciste maintenant a gagné dans le cœur des peuples et il n’est pas aussi facile de l’extirper si ce n’est à travers de pratiques occultes derrière d’élaborée et convaincants discours sociaux. Cependant, la même éthique capitaliste approuve l’existence de « pauvres », selon lequel l’emploi de “pauvres américains”, au lieu de “noirs”, de la part du président mexicain, n’eut scandalisé personne. Tout ceci démontre, d’autre part, que non seulement ceux du Nord vivent des malheureux immigrants qui risquent leur vie en traversant la frontière, mais aussi que les politiciens et la classe dirigeante du Sud, moyennant des remises millionnaires, le second revenu le plus important du pays après le pétrole, via la “Western Union madre pobre”, moyennant le sang et la sueur des expulsés par ce même système qui s’enorgueillit d’eux, et ainsi les récompense avec de si brillants discours qui servent seulement à ajouter un problème de plus à leurs désespérantes vies de fugitifs productifs.

La violence n’est pas seulement physique ; elle est aussi morale. Après avoir contribués à une partie indispensable de l’économie de ce pays et des pays desquels ils proviennent – de ces pays desquels ils furent expulsés par la faim, le chômage et le désavantage de la corruption – les hommes sans nom, les non-identifiés doivent revenir à leurs demeures dans la peur d’être découverts dans l’illégalité.

Lorsqu’ils tombent malades, ils résistent simplement jusqu’à ce qu’ils soient au bord de la mort et ils se rendent à un hôpital où généralement ils reçoivent le service et la compréhension d’une partie consciente de la population, pendant qu’une autre partie cherche à les nier. C’est le cas de plusieurs organismes anti-immigrants qui, avec l’excuse de protéger les frontières ou de défendre la légalité, ont promu des lois et des attitudes hostiles qui, de façon croissante, leurs nie le droit humain à la santé ou à la tranquillité, à tous ces travailleurs qui sont tombés dans l’illégalité par la force de la nécessité, par l’empire de la logique du même système qui ne les reconnaît pas, qui traduit ses contradictions par des morts et des épuisés. Bien sûr que nous ne pouvons pas et ne devons pas être en faveur de quelque type d’illégalité. Une démocratie est ce système où les règles se changent ou se conservent selon les intérêts de ceux qui ont le pouvoir de le faire, et souvent cet intérêt peut passer au-dessus des plus élémentaires Droits Humains. Les travailleurs sans papiers n’auront jamais le plus minime droit de participer ni même à quelque simulacre électoral, ni d’un côté ni de l’autre côté de la frontière : ils sont nés sans temps et sans espace propre, avec l’unique fonction de laisser leur sang dans le processus productif, dans le maintien de l’ordre des privilèges qui les excluent de façon répétée et, en même temps, se sert d’eux. Tous savent qu’ils existent, tous savent où ils sont, tous savent d’où ils viennent et vers où ils vont; mais personne ne veut les voir. Peut-être les enfants cesseront-ils d’être des esclaves salariés, mal nés, mais alors les esclaves seront morts. Et s’il n’y a pas de ciel alors ils se seront foutus de tout. Et s’il y en a un, pire, ils iront en Enfer, la reconnaissance posthume au lieu de l’oubli et de la paix tant souhaitée.

Pendant que les citoyens, les « véritables humains » gardent les bénéfices de leurs serviteurs par des salaires minimes et pratiquement sans droits, jour et nuit menacés par tout type de phantasmes, ils n’éprouveront aucune nécessité de changer les lois pour reconnaître une réalité instaurée à postiori. Ce qui, jusqu’ici, paraît logique. Cependant, ce qui cesse d’être “logique”—si nous écartons quelque type d’idéologie raciste—ce sont les arguments de ceux qui accusent les travailleurs immigrants de porter préjudice à l’économie du pays, faisant usage de services comme ceux de l’hospitalisation. Il est certain que ces groupes anti-immigrants ignorent que la Sécurité Sociale des États-Unis reçoit rien de moins que la méprisable somme de sept milliards de dollars annuellement des contributions que font les immigrants illégaux, et qu’avant d’atteindre la légalité, avant de mourir, le travailleur ne recevra aucun bénéfice. Ce qui signifie moins de convives pour un même banquet. Ils ne peuvent comprendre non plus qu’une entreprise possédant une flotte de camions doit destiner un pourcentage de ses bénéfices afin de réparer l’usure, les imperfections et les accidents qu’une telle activité entraîne. Ce serait un raisonnement intéressant, surtout pour un entrepreneur capitaliste, de ne pas envoyer ses camions au garage afin d’économiser sur le coût de la maintenance ; ou de les envoyer pour ensuite jeter la faute sur le mécanicien l’accusant de profiter de son entreprise. Cependant, c’est la sorte et la hauteur des arguments qu’on lit dans les journaux et qu’on entend à la télévision presqu’à tous les jours de la part de ces groupes d’échauffés « patriotiques » qui, quoiqu’ils le revendiquent, ne représentent pas un peuple beaucoup plus hétérogène que l’on peut voir de l’extérieur—des millions d’hommes et de femmes oubliés par la simpliste rhétorique anti-américaine, sentent et agissent d’une autre façon plus humaine. Bien sûr qu’il lui manque la dialectique. Aussi, ils souffrent de mauvaise mémoire. Ils oublièrent soudain d’où descendaient leurs ancêtres. Sauf un groupe ethnique très restreint d’américain-américain—je me réfère aux indigènes qui arrivèrent avant Colomb et le Mayflower, et qui sont les seuls qu’on ne voit jamais à l’intérieur de ces groupes d’anti-immigrants—, maintenant qu’entre les xénophobes abondent les mêmes hispanos, ce n’est pas par hasard qu’ils sont des citoyens récemment « naturalisés ». Le reste des habitants de ce pays sont venus de toutes les parties du monde qui n’est pas, précisément, où sont les indolents avec leurs chiens, leurs drapeaux, leurs mâchoires avancées et leurs binoculaires de chasseurs, sauvegardant les frontières des malodorants sans-chemises qui prétendent leur faire du mal attaquant la pureté de l’identité d’autrui. Ils oublient, soudainement, d’où proviennent une grande partie des aliments et des matières premières, et des conditions dans lesquelles ils sont produits. Soudainement, ils oublient qu’ils ne sont pas seuls dans ce monde et que ce monde ne leur doit pas plus qu’ils ne doivent au monde.

En un autre moment, j’ai mentionné les esclaves ignorés d’Afrique qui, s’ils sont pauvres de par leur faute, n’en sont pas moins malheureux par la faute d’autrui; ceux qui procurent au monde le chocolat le plus fin et le bois le plus cher sans les rétributions minimales que leur orgueilleux marché réclame comme Loi Sacrée, stratégique fantaisie, celle qui a pour unique effet de masquer l’unique Loi qui régit le monde : la loi du pouvoir et des intérêts sous la couverture de la morale, de la liberté et du droit. J’ai en mémoire, gravé à feu, ces jeunes villageois d’un coin lointain du Mozambique qui chargeaient des tonnes de troncs, brisés et malades, pour un salaire inexistant ou pour un paquet de cigarettes, charges de millionnaires qui, par la suite, apparaissaient dans les ports afin d’enrichir certains entrepreneurs blancs qui arrivaient de l’étranger, pendant que dans les forêts restaient quelques morts, rien d’important, écrasés par les troncs et ignorés par la loi de leur propre pays.

Soudainement, ils oublient ou ne veulent pas se souvenir. Ne leurs demandons pas plus qu’ils ne le peuvent. Rappelons-nous brièvement, pour nous-mêmes, l’effet de l’immigration dans l’histoire. Depuis la pré-histoire, à chaque étape nous rencontrons des mouvements d’êtres humains, non d’une vallée à l’autre, mais traversant des océans et des continents entiers. La « race pure » réclamée par Hitler n’avait pas surgit par génération spontanée ou de quelque semence plantée dans la boue de la Forêt Noire, mais avait traversé l’Asie moyenne et était sûrement le résultat d’incontestables métissages et d’une incapable et inconvéniente évolution (qui unit aux rouges les noirs), qui a éclaircit les visages obscurs originaux et mis de l’or dans leurs cheveux et de l’émeraude dans leurs yeux.

A la suite de la chute de Constantinople aux mains des Turcs, en 1453, la grande vague de grecs déferlant sur l’Italie provoqua une grande partie de ce mouvement économique et spirituel que nous avons connu par la suite comme la Renaissance. Quoique généralement cela est mis à l’oubli, aussi les immigrations des peuples arabes et juifs provoquèrent dans l’Europe assoupie du Moyen-Âge différents mouvements sociaux, économiques et culturels que l’immobilité de la « pureté » avait préparé durant des siècles. De fait, la vocation de « pureté » raciale, religieuse et culturelle – qui enfonça l’empire Espagnol et le porta à la faillite plusieurs fois, malgré tout l’or de leurs colonies américaines, fut la responsable de la persécution et de l’expulsion des juifs (espagnols) en 1492 et des arabes (espagnols) un siècle plus tard. Expulsion qui, paradoxalement, profita aux Pays-Bas et à l’Angleterre dans un processus progressiste qui culminera avec la Révolution Industrielle.

Et nous pouvons dire de même de nos pays latino-américains. Si je me limitais seulement à mon pays, l’Uruguay, je pourrais rappeler les “années dorées”—si toutefois existèrent des années de cette couleur—de son développement économique et culturel, coïncidant, non par hasard, avec une effervescence immigratoire qui eût ses effets à partir de la fin du XIX è siècle jusqu’au milieu du XX è siècle. Notre pays non seulement développa un système d’éducation des plus avancé et démocratique de l’époque mais, comparativement, sa population n’avait pas beaucoup à envier au progrès des pays les plus développés du monde, quoiqu’il lui manquait, à son échelle, le poids géopolitique que pouvaient avoir alors les autres pays de ce temps. Actuellement¸l’immobilité culturelle a provoqué une migration inverse, du pays de ses enfants et petits-enfants au pays de ses grands-parents. La différence réside en ce que les européens qui fuyaient la faim et la violence trouvèrent dans le Rio de la Plata —et dans tant d’autres ports d’Amérique Latine— des portes grandes ouvertes ; leurs descendants, ou les enfants et les petits-enfants de ceux qui leurs ouvrirent les portes, rentrent maintenant en Europe par la porte de derrière, bien qu’en apparence ils tombent du ciel. Bien qu’il soit nécessaire de rappeler qu’une grande partie de la population européenne les reçoit volontiers, dans les relations ni les lois ni les pratiques correspondent à cette volonté. Ils ne sont ni même citoyens de troisième zone. Ils ne sont rien et la maison se réserve le droit d’admission, ce qui peut signifier un dossier en suspend et la déportation comme criminels.

Afin de cacher la vieille et irremplaçable Loi des intérêts, on argumente—comme l’a fait avec tant d’égarements Oriana Fallaci—qu’ils ne sont pas du temps de la Première Guerre ou de la Seconde Guerre et, par conséquent, on ne peut comparer une immigration à une autre. De fait, nous savons que jamais une époque n’est assimilable à une autre, mais bien sûr qu’elles peuvent être comparées. Ou bien l’histoire et la mémoire ne servent à rien. Si en Europe se répètent demain les mêmes conditions de nécessités économiques qui porteraient ses citoyens à émigrer, ils oublieraient rapidement l’argument que cette époque n’est pas comparable à une autre époque de l’histoire et, par conséquent, il est permis d’oublier.

Je comprends que, différent de deux milieux dans un laboratoire, dans une société chaque cause est un effet et vice-versa – une cause ne peut modifier un ordre social sans se convertir en l’effet d’elle-même ou de quelque chose de différent. Pour la même raison, je comprends que tant la culture—le monde des coutumes et des idées—influence un ordre économique et matériel déterminé, autant l’inverse est vrai. L’idée de l’infrastructure déterminante est la base du code de lecture marxiste, pendant que son inverse—la culture comme déterminant de la réalité socio-économique—l’est de ceux qui réagissent devant la réputation du matérialisme. Pour ce qui est exposé ci-haut, je comprends que le problème ici réside dans l’idée de « déterminisme », que ce soit dans un sens ou dans l’autre. A son tour, chaque culture promeut un code de lecture selon ses propres intérêts et, de fait, le fait dans la mesure de son propre Pouvoir. Une synthèse des deux lectures est nécessaire aussi dans notre problème. Si la pauvreté du Mexique, par exemple, eut été le résultat d’une désinformation culturelle—tel que le proposent actuellement les spécialistes et théoriciens de l’Idiotie latino-américaine—, les nouvelles nécessités économiques des immigrants mexicains aux États-Unis ne produiraient pas les travailleurs les plus stoïques et les plus patients que connaît ce pays : elles produiraient simplement des “émigrés désœuvrés”. Et la réalité paraît nous montrer autre chose. Bien sûr que, comme le dit Jésus, “il n’y a pas de pire aveugle que celui qui ne veut pas voir”.

© Jorge Majfud

Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, mars 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

L’invasion latinoaméricaine.

Par Jorge Majfud

Paris, 27 mars 2007.

Je n’ai jamais compris quel est le mécanisme de la publicité idéologique ou, plus précisément, quel est le mécanisme par lequel la publicité arrive à manipuler l’avis des gens si ce n’est pas par la propension historique à l’obéissance, à la paresse intellectuelle ou ce qu’Erich Fromm appelait «la peur à la liberté».

Prenons quelques exemples. Un d’eux relatif aux Etats-Unis et l’autre à Amérique latine. Il y a quelques jours un « cicéron » connu d’extrême droite répétait sur les ondes d’une radio un avis qui est devenu courant de nos jours : les immigrants illégaux doivent être accusés de «malhonnêtes» et de «criminels», non seulement parce qu’ils sont entrés illégalement dans le pays mais, principalement, parce qu’ils ont comme objectif la «Reconquête». Avec un mauvais accent espagnol, il les a appelé les «reconquistadors», raison pour laquelle il n’y avait pas de doutes : ces gens ne sont pas seulement malhonnêtes mais, mais en plus, ce sont des criminels.

Négligeons cette utopie de la reconquête. Négligeons les nuances d’une parenté imprécise comme «criminel». Analysons le syllogisme posé. Même en assumant que les travailleurs illégaux sont «reconquistadors «, c’est-à-dire ceux qui réclament de vastes territoires perdus par le Mexique dans les mains des colons anglo-saxons au XIX ème siècle, il faut conclure, selon l’argument des radicaux, que leur pays est fondé sur l’illégitimité et sur l’action des supposés «criminels». (le Texas «a été conquis» en 1836 et de cette manière on a rétabli l’esclavage dans un territoire où il était illégal ; la même chance a gagné les autres états de l’Ouest, moyennant une guerre et un paiement aux vaincus sous forme d’achat, parce que alors l’argent était déjà un puissant agent de légitimation.)

Ceci ce n’est pas moi qui le dis ; cela se déduit de ses propres mots. Si une reconquête est un «crime», qu’est ce qu’une conquête ? En tout cas il serait plus logique d’affirmer que ce phénomène migratoire n’est pas «politiquement nécessaire» – bien qu’économiquement en effet il le soit. Mais, malhonnête ? Criminel ? Oseraient-ils qualifier de criminel la Reconquête espagnole ? Non, bien sûr, et non parce qu’elle n’aurait pas été menée à force de sang et de racisme, mais parce que dans ce cas il s’agissait de chrétiens contre des musulmans et des juifs. Par ces temps du Moyen Âge, la publicité, politique et religieuse était également indispensable. (Les grands drapeaux couvrent toujours les visages de ceux qui les soutiennent). Curieusement, la noblesse, les classes élevées, à l’époque comme maintenant étaient celles qui produisaient la plus grande quantité de publicité nationaliste, destinée à la moralisation du peuple. Curieusement, la noblesse était considérée comme une classe guerrière, mais les chroniques – écrites par des fonctionnaires du roi – ne mentionnent presque pas les plébéiens qui mouraient par milliers chaque fois que les messieurs sortaient de leur palais pour chasser de nouveaux honneurs et étendre leurs terres au nom de la véritable Religion. (Ou, comme l’a écrit le brésilien Érico Veríssimo en Ana Terra, sur la conquête de l’Uruguay : «Guerra era bom para homens como o Cel. Amaral e outro figurões que ganhavam como recompensa de seus serviços medalhas e terras, ao passo que os pobres soldados às vezes nem o soldo receberiam».) «Guerre était bonne pour des hommes comme le Col. Amaral et autres figures qui gagnaient comme récompense de leurs services, médailles et terres, pendant que les pauvres soldats quelquefois ni leur solde recevraient».)

Cependant, tant durant les premières années de la conquête musulmane en Espagne que lors de la conquête espagnole en Amérique, les classes élevées ont été les premières à se mettre d’accord avec les envahisseurs pour ne pas perdre leurs privilèges sociaux. Et une fois retourné l’exploit étranger en exploit propre, l’honneur et la fierté furent la pierre fondamentale de l’éboulement ultérieur, aussi long et agonisant que brève a été la gloire de l’Empire. En 1868, le très espagnol Juan Valera a formulé dans une critique qui a choqué beaucoup de ses compatriotes : «La tyrannie des rois de la Maison d’Asturies, leur mauvais gouvernement et les cruautés du Saint Office, n’ont pas été la cause de notre décadence… ce fut une épidémie qui a infecté la majorité de la nation ou la partie la plus brillante et forte. Ce fut une fièvre de fierté, Un délire d’arrogance que la postérité a fait pousser dans les esprits en triomphant après les huit siècles de la lutte contre les infidèles «.

De toute façon ce raisonnement manque de substance ; ce qui importe c’est la publicité. La publicité est le crochet à la mâchoire de l’histoire. L’idée renouvelée d’une reconquête – on omet l’adjectif mexicaine parce qu’on assume que le Mexique s’étend du Rio Grande jusqu’à l’Amazone ; de l’autre côté commence l’Antarctide -c’est une fiction pour des millions de travailleurs expatriés, les déshérités de toujours qui cherchent seulement à survivre et à nourrir leurs familles marginalisées par une tradition sociale centenaire, injuste et anachronique. Mais une fiction stratégique pour les propagandistes qui essayent de dissimuler ainsi les dramatiques raisons économiques qui existent derrière le processus de légalisation.

Cette manipulation de l’opinion publique n’est pas vue comme telle parce qu’il ne passe par la tête de personne de penser que la démagogie puisse être faite par des conservateurs ou par les élites des hautes classes sociales. Non, clairement pas, la démagogie est affaire de populistes, c’est-à-dire, de ces vulgaires qui prétendent conquérir le populo, le vulgo, avec des mots. Comme si les directeurs des grandes entreprises ne se spécialisaient pas, précisément, en démagogie – même si c’est d’une manière plus scientifique -, sans laquelle ils ne pourraient pas vendre de manière massive des aliments recyclés comme s’ils étaient des fins mets ou des articles inutiles comme si d’eux dépendait le bonheur d’un pauvre malheureux qui travaille dix heures par jour pour les obtenir. Parce que si les bâtiments sont construits de briques, les réalités sociales sont construites de mots.

Le sophiste Protagoras disait que l’éthique est seulement appliquée quand elle convient aux intérêts propres. Pour être plus précis, pas l’éthique, mais la moralisation.

Arrivé à ce point d’aliénation je m’éloigne et, presqu’asphyxié, j’essaye de chercher des alternatives. Mais comme le monde est stratégiquement divisé en gauche et droite, je prête attention inconsciemment à ce qui est vendu comme gauche. Et qu’est ce que je trouve ? Quelques nouveaux caudillos latinoaméricains remuant les masses, comme toujours, non pas pour organiser la vie proprement dite, mais pour crier contre le Démon qui régit le monde. Vraiment je ne vois pas de meilleure façon de servir le démon que de s’en occuper de chaque jour. Le Démon n’a jamais été plus vivant que dans les temps de la Sainte Inquisition, quand on brûlaient des personnes vivantes pour nier son existence.

Les drapeaux sont récupérés avec facilité. Si quelqu’un veut mettre un terme à l’espoir d’un peuple qu’il se présente comme le seul étendard de l’Espoir et ensuite vous me racontez. Et pour cela il n’a pas besoin de raisons mais de publicité, c’est-à-dire, le discours fragmenté et répétitif de la déjà désuète Postmodernité.

Cependant, la publicité a ses faiblesses. Comme cela arrive à beaucoup, chaque fois que j’écoute un prédicateur, je perds la foi. Ceci m’arrive presque tous les jours devant «les raisons évidentes» de ces harangueurs de l’extrême droite étasunienne ou de ces nouveaux «leaders de la libération» de l’Amérique latine. Chaque fois que je m’expose aux poèmes médiatiques de ces caudillos nationalistes je perds toute ma foi dans l'»alternative». Plus j’écoute moins je crois. Mais ceci est sûrement du à une incapacité personnelle par laquelle je ne puis pas jouir de ce dont d’autres gens jouissent, comme la sécurité des tranchées creusées par la publicité et l’autosatisfaction.

En 1640 Diago Saavedra Fajardo a publié « Idea de un príncipe » (Idée d’un prince), adressé au roi, où il déclarait convaincu : «Le vulgo juge par la présence les actions, et pense qu’est meilleur prince le plus beau». «Pour commander ce doit être par la science, pour obéir, il suffit d’une discrétion naturelle, et parfois de la seule ignorance». «Le commandement est studieux et perspicace ; l’obéissance presque toujours rude et aveugle «. «L’éloquence est vraiment nécessaire au prince, étant la seule tyrannie qu’il peut utiliser pour attirer à lui doucement les esprits et les faire obéir» (Diego Saavedra Fajardo. Idée d’un prince politicien- chrétien. Madrid : Espasa Calpe, 1942, pág. 39). Ne sont elles pas les lois principales de la propagande moderne ?

Dans une récente révolte à Madrid contre des immigrants latinoaméricains, un pamphlet disait  :

«Ils nous volent, ils nous envahissent et ils nous tuent.

Jusqu’à quand tu es disposé à le tolérer.

Joins-toi Kontre cette scorie humaine et de la société

enseignons le chemin du retour à leur terre

ou à l’enfer. K aussi k baissent la tête.

Toute la fureur espagnole tombera sur eux.

Joins-toi et ils s’en iront plus vite «.

(El Mundo, Madrid, 22 janvier 2007)

J’ai écrit une brève note avec cette observation : «Merde alors, mes frères, pendant un moment j’ai pensé qu’ils avaient ressorti un ancien document de Guamán Poma Ayala ou de l’un de ces millions d’indigènes exterminés par des Espagnols conquérants et colonisateurs du passé. Qui par chance ne sont pas les Espagnols civilisés et conscients d’aujourd’hui, une majorité écrasante, si nous comparons avec ceux à la mémoire très courte… » Quelqu’un, qui est incapable de voir l’humanité parce que les drapeaux de son nationalisme lui couvrent toute perspective panoramique, a voulu le prendre comme une offense à tout un pays, à ce pays que j’aime tant. Un autre, l’éditeur d’un prestigieux journal de la péninsule a regretté de ne pas pouvoir publier mes reproductions parce que le style n’était pas de pure souche. Il est certain que l’ironie est plus commune dans le Rio de la Plata, mais le pamphlet auquel on fait allusion plus haut, ne représentait pas non plus la brillance orthographique dont s’est vantée des années durant la Real Académie Espagnole. Le moins qu’on puisse dire c’est que dans le texte il y avait trois «K» hors sujet.

Après ils sont scandalisés par les étasuniens.

© Jorge Majfud

* The University of Georgia, abril 2007.

Traduction de l’espagnol de : Estelle et Carlos Debiasi

The History of Immigration

One of the typical – correction: stereotypical – images of a Mexican has been, for more than a century, a short, drunk, trouble-maker of a man who, when not appearing with guitar in hand singing a corrido, was portrayed seated in the street taking a siesta under an enormous sombrero. This image of the perfect idler, of the irrational embodiment of vice, can be traced from old 19th century illustrations to the souvenirs that Mexicans themselves produce to satisfy the tourist industry, passing through, along the way, the comic books and cartoons of Walt Disney and Warner Bros. in the 20th century. We know that nothing is accidental; even the defenders of “innocence” in the arts, of the harmless entertainment value of film, of music and of literature, cannot keep us from pointing out the ethical significance and ideological function of the most infantile characters and the most “neutral” storylines. Of course, art is much more than a mere ideological instrument; but that does not save it from manipulation by one human group for its own benefit and to the detriment of others. Let’s at least not refer to as “art” that kind of garbage.

Ironies of history: few human groups, like the Mexicans who today live in the U.S. – and, by extension, all the other Hispanic groups, – can say that they best represent the spirit of work and sacrifice of this country. Few (North) Americans could compete with those millions of self-abnegating workers who we can see everywhere, sweating beneath the sun on the most suffocating summer days, in the cities and in the fields, pouring hot asphalt or shoveling snow off the roads, risking their lives on towering buildings under construction or while washing the windows of important offices that decide the fate of the millions of people who, in the language of postmodernity, are known as “consumers.” Not to mention their female counterparts who do the rest of the hard work – since all the work is equally “dirty” – occupying positions in which we rarely see citizens with full rights. None of which justifies the racist speech that Mexico’s president, Vicente Fox, gave recently, declaring that Mexicans in the U.S. do work that “not even black Americans want to do.” The Fox administration never retracted the statement, never recognized this “error” but rather, on the contrary, accused the rest of humanity of having “misinterpreted” his words. He then proceeded to invite a couple of “African-American” leaders (some day someone will explain to me in what sense these Americans are African), employing an old tactic: the rebel, the dissident, is neutralized with flowers, the savage beast with music, and the wage slaves with movie theaters and brothels. Certainly, it would have sufficed to avoid the adjective “black” and used “poor” instead. In truth, this semantic cosmetics would have been more intelligent but not completely free of suspicion. Capitalist ethics condemns racism, since its productive logic is indifferent to the races and, as the 19th century shows, slave trafficking was always against the interests of industrial production. Hence, anti-racist humanism has a well-established place in the hearts of nations and it is no longer so easy to eradicate it except through practices that hide behind elaborate and persuasive social discourses. Nevertheless, the same capitalist ethics approves the existence of the “poor,” and thus nobody would have been scandalized if instead of “blacks,” the Mexican president had said “poor Americans.” All of this demonstrates, meanwhile, that not only those in the economic North live off of the unhappy immigrants who risk their lives crossing the border, but also the politicians and ruling class of the economic South, who obtain, through millions of remittances, the second most important source of revenue after petroleum, by way of Western Union to the “madre pobre,” from the blood and sweat of those expelled by a system that then takes pride in them, and rewards them with such brilliant discourses that serve only to add yet another problem to their desperate lives of fugitive production.

Violence is not only physical; it is also moral. After contributing an invaluable part of the economy of this country and of the countries from which they come – and of those countries from which they were expelled by hunger, unemployment and the disfavor of corruption – the nameless men, the unidentified, must return to their overcrowded rooms for fear of being discovered as illegals. When they become sick, they simply work on, until they are at death’s door and go to a hospital where they receive aid and understanding from one morally conscious part of the population while another tries to deny it to them. This latter part includes the various anti-immigrant organizations that, with the pretext of protecting the national borders or defending the rule of law, have promoted hostile laws and attitudes which increasingly deny the human right to health or tranquility to those workers who have fallen into illegality by force of necessity, through the empire of logic of the same system that will not recognize them, a system which translates its contradictions into the dead and destroyed. Of course we can not and should not be in favor of any kind of illegality. A democracy is that system where the rules are changed, not broken. But laws are a product of a reality and of a people, they are changed or maintained according to the interests of those who have power to do so, and at times these interests can by-pass the most fundamental Human Rights. Undocumented workers will never have even the most minimal right to participate in any electoral simulacrum, neither here nor on the other side of the border: they have been born out of time and out of place, with the sole function of leaving their blood in the production process, in the maintenance of an order of privilege that repeatedly excludes them and at the same time makes use of them. Everyone knows they exist, everyone knows where they are, everyone knows where they come from and where they’re going; but nobody wants to see them. Perhaps their children will cease to be ill-born wage slaves, but by then the slaves will have died. And if there is no heaven, they will have been screwed once and forever. And if there is one and they didn’t have time to repeat one hundred times the correct words, they will be worse off still, because they will go to Hell, posthumous recognition instead of attaining the peace and oblivion so desired.

As long as the citizens, those with “true human” status, can enjoy the benefits of having servants in exchange for a minimum wage and practically no rights, threatened day and night by all kinds of haunts, they will see no need to change the laws in order to recognize a reality installed a posteriori. This seems almost logical. Nonetheless, what ceases to be “logical” – if we discard the racist ideology – are the arguments of those who accuse immigrant workers of damaging the country’s economy by making use of services like hospitalization. Naturally, these anti-immigrant groups ignore the fact that Social Security takes in the not insignificant sum of seven billion dollars a year from contributions made by illegal immigrants who, if they die before attaining legal status, will never receive a penny of the benefit. Which means fewer guests at the banquet. Nor, apparently, are they able to understand that if a businessman has a fleet of trucks he must set aside a percentage of his profits to repair the wear and tear, malfunctions and accidents arising from their use. It would be strange reasoning, above all for a capitalist businessman, to not send those trucks in for servicing in order to save on maintenance costs; or to send them in and then blame the mechanic for taking advantage of his business. Nevertheless, this is the kind and character of arguments that one reads in the newspapers and hears on television, almost daily, made by these groups of inflamed “patriots” who, despite their claims, don’t represent a public that is much more heterogeneous than it appears from the outside – millions of men and women, overlooked by simplistic anti-American rhetoric, feel and act differently, in a more humane way.

Of course, it’s not just logical thinking that fails them. They also suffer from memory loss. They have forgotten, all of a sudden, where their grandparents came from. Except, that is, for that extremely reduced ethnic group of American-Americans – I refer to the indigenous peoples who came prior to Columbus and the Mayflower, and who are the only ones never seen in the anti-immigrant groups, since among the xenophobes there is an abundance of Hispanics, not coincidentally recently “naturalized” citizens. The rest of the residents of this country have come from some part of the world other than where they now stand with their dogs, their flags, their jaws outthrust and their hunter’s binoculars, safeguarding the borders from the malodorous poor who would do them harm by attacking the purity of their national identity. Suddenly, they forget where a large part of their food and raw materials come from and under what conditions they are produced. Suddenly they forget that they are not alone in this world and that this world does not owe them more than what they owe the world.

Elsewhere I have mentioned the unknown slaves of Africa, who if indeed are poor on their own are no less unhappy for fault of others; the slaves who provide the world with the finest of chocolates and the most expensive wood without the minimal recompense that the proud market claims as Sacred Law, strategic fantasy this, that merely serves to mask the one true Law that rules the world: the law of power and interests hidden beneath the robes of morality, liberty and right. I have in my memory, etched with fire, those village youths, broken and sickly, from a remote corner of Mozambique who carried tons of tree trunks for nothing more than a pack of cigarettes. Cargo worth millions that would later appear in the ports to enrich a few white businessmen who came from abroad, while in the forests a few dead were left behind, unimportant, crushed by the trunks and ignored by the law of their own country.

Suddenly they forget or refuse to remember. Let’s not ask of them more than what they are capable of. Let’s recall briefly, for ourselves, the effect of immigration on history. From pre-history, at each step we will find movements of human beings, not from one valley to another but crossing oceans and entire continents. The “pure race” proclaimed by Hitler had not emerged through spontaneous generation or from some seed planted in the mud of the Black Forest but instead had crossed half of Asia and was surely the result of innumerable crossbreedings and of an inconvenient and denied evolution (uniting blonds with blacks) that lightened originally dark faces and put gold in their hair and emerald in their eyes. After the fall of Constantinople to the Turks, in 1453, the wave of Greeks moving into Italy initiated a great part of that economic and spiritual movement we would later know as the Rennaissance. Although generally forgotten, the immigration of Arabs and Jews would also provoke, in the sleepy Europe of the Middle Ages, different social, economic and cultural movements that the immobility of “purity” had prevented for centuries. In fact, the vocation of “purity” – racial, religious and cultural – that sunk the Spanish Empire and led it to bankrupcy several times, despite all of the gold of the Americas, was responsible for the persecution and expulsion of the (Spanish) Jews in 1492 and of the (Spanish) Arabs a century later. An expulsion which, paradoxically, benefited the Netherlands and England in a progressive process that would culminate in the Industrial Revolution. And we can say the same for our Latin American countries. If I were to limit myself to just my own country, Uruguay, I could recall the “golden years” – if there were ever years of such color – of its economic and cultural development, coinciding, not by accident, with a boom in immigration that took effect from the end of the 19th until the middle of the 20th century. Our country not only developed one of the most advanced and democratic educational systems of the period, but also, comparatively, had no cause to envy the progress of the most developed countries of the world, even though its population lacked, due to its scale, the geopolitical weight enjoyed by other countries at the time. At present, cultural immobility has precipitated an inverted migration, from the country of the children and grandchildren of immigrants to the country of the grandparents. The difference is rooted in the fact that the Europeans who fled from hunger and violence found in the Río de la Plata (and in so many other ports of Latin America) the doors wide open; their descendants, or the children and grandchildren of those who opened the doors to them, now enter Europe through the back door, although they appear to fall from the sky. And if indeed it is necessary to remember that a large part of the European population receives them happily, at a personal level, neither the laws nor general practice correspond to this good will. They aren’t even third class citizens; they are nothing and the management reserves the right to deny admission, which may mean a kick in the pants and deportation as criminals.

In order to obscure the old and irreplaceable Law of interests, it is argued – as Orian Fallaci has done so unjustly – that these are not the times of the First or Second World War and, therefore, one immigration cannot be compared to another. In fact, we know that one period can never be reduced to another, but they can indeed be compared. Or else history and memory serve no purpose. If tomorrow in Europe the same conditions of economic necessity that caused its citizens to emigrate before were to be repeated, they would quickly forget the argument that our times are not comparable to other historical periods and, hence, it’s reasonable to forget.

I understand that in a society, unlike a controlled laboratory experiment, every cause is an effect and viceversa – a cause cannot modify a social order without becoming the effect of itself or of something else. For the same reason, I understand that culture (the world of customs and ideas) influences a given economic and material order as much as the other way around. The idea of the determining infrastructure is the base of the Marxist analytical code, while the inverse (culture as a determinant of socio-economic reality) is basic for those who reacted to the fame of materialism. For the reasons mentioned above, I understand that the problem here lies in the idea of “determinism,” in either of the two senses. For its part, every culture promotes an interpretive code according to its own Interests and, in fact, does so to the measure of its own Power. A synthesis of the two approaches is also necessary for our problem. If the poverty of Mexico, for example, were only the result of a cultural “deformity” – as currently proposed by the theorists and specialists of Latin American Idiocy – the new economic necessities of Mexican immigrants to the United States would not produce workers who are more stoic and long-suffering than any others in the host country: the result would simply be “immigrant idlers.” And reality seems to show us otherwise. Certainly, as Jesus said, “there is none more blind than he who will not see.”

© Jorge Majfud

The University of Georgia, March 2006.

Translated by Bruce Campbell

¿Para qué sirve la literatura?

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À quoi sert la littérature ? (French)

What good is literature, anyway? (English)

¿Para qué sirve la literatura? (II)

¿Para qué sirve la literatura?

Estoy seguro que muchas veces habrán escuchado esa demoledora inquisición “¿Bueno, y para qué sirve la literatura?”, casi siempre en boca de algún pragmático hombre de negocios; o, peor, de algún Goering de turno, de esos semidioses que siempre esperan agazapados en los rincones de la historia, para en los momentos de mayor debilidad salvar a la patria y a la humanidad quemando libros y enseñando a ser hombres a los hombres. Y si uno es escritor, palo, ya que nada peor para una persona con complejos de inferioridad que la presencia cercana de alguien que escribe. Porque si bien es cierto que nuestro financial time ha hecho de la mayor parte de la literatura una competencia odiosa con la industria del divertimento, todavía queda en el inconsciente colectivo la idea de que un escritor es un subversivo, un aprendiz de brujo que anda por aquí y por allá metiendo el dedo en la llaga, diciendo inconveniencias, molestando como un niño travieso a la hora de la siesta. Y si algún valor tiene, de hecho lo es. ¿No ha sido ésa, acaso, la misión más profunda de toda la literatura de los últimos quinientos años? Por no remontarme a los antiguos griegos, ya a esta altura inalcanzables por un espíritu humano que, como un perro, finalmente se ha cansado de correr detrás del auto de su amo y ahora se deja arrastrar por la soga que lo une por el pescuezo.

Sin embargo, la literatura aún está ahí; molestando desde el arranque, ya que para decir sus verdades le basta con un lápiz y un papel. Su mayor valor seguirá siendo el mismo: el de no resignarse a la complacencia del pueblo ni a la tentación de la barbarie. Para todo eso están la política y la televisión. Por lo tanto, sí, podríamos decir que la literatura sirve para muchas cosas. Pero como sabemos que a nuestros inquisidores de turno los preocupa especialmente las utilidades y los beneficios, deberíamos recordarles que difícilmente un espíritu estrecho albergue una gran inteligencia. Una gran inteligencia en un espíritu estrecho tarde o temprano termina ahogándose. O se vuelve rencorosa y perversa. Pero, claro, una gran inteligencia, perversa y rencorosa, difícilmente pueda comprender esto. Mucho menos, entonces, cuando ni siquiera se trata de una gran inteligencia.

© Jorge Majfud

Montevideo, Diciembre de 2000.

Litterae (Chile)

https://www.eldia.es/cultura/2015-09-26/17-libro-ya-es-acto-resistencia-vulgarizacion-cultura.htm

 

What good is literature, anyway?

I am sure that you have heard many times this loaded query: «Well, what good is literature, anyway?» almost always from a pragmatic businessman or, at worst, from a Goering of the day, one of those pseudo-demigods that are always hunched down in a corner of history, waiting for the worst moments of weakness in order to «save» the country and humankind by burning books and teaching men how to be «real» men. And, if one is a freethinking writer during such times, one gets a beating, because nothing is worse for a domineering man with an inferiority complex than being close to somebody who writes. Because if it is true that our financial times have turned most literature into a hateful contest with the leisure industry, the collective unconscious still retains the idea that a writer is an apprentice sorcerer going around touching sore spots, saying inconvenient truths, being a naughty child at naptime. And if his/her work has some value, in fact he/she is all that. Perhaps the deeper mission of literature during the last five centuries has been precisely those things. Not to mention the ancient Greeks, now unreachable for a contemporary human spirit that, as a running dog, has finally gotten exhausted and simply hangs by its neck behind its owner’s moving car.

However, literature is still there; being troublesome from the beginning, because to say its own truths it only needs a modest pen and a piece of paper. Its greatest value will continue to be the same: not to resign itself to the complacency of the people nor to the temptation of barbarism. Politics and television are for that.

Then, yes, we can say literature is good for many things. But, because we know that our inquisitors of the day are most interested in profits and benefits, we should remind them that a narrow spirit can hardly shelter a great intelligence. A great intelligence trapped within a narrow spirit sooner or later chokes. Or it becomes spiteful and vicious. But, of course, a great intelligence, spiteful and vicious, can hardly understand this. Much less, then, when it is not even a great intelligence.

© Jorge Majfud