Mussolini, otro joven periodista financiado por agencias extranjeras

Mussolini: de socialista a fascista pagado por Londres y París

Benito Mussolini fue el hijo de una maestra católica y un herrero socialista que Dios castigó con un hijo fascista. Sus padres lo llamaron Benito por el mexicano Juárez y, al principio, el hijo siguió la profesión de la madre y las ideas del padre. Poco después se dedicó al periodismo. Por sus habilidades oratorias, en 1912 fue nombrado director de Avanti!, el principal medio de comunicación del Partido Socialista Italiano. Bajo su dirección en Milán, la publicación aumentó su alcance y su influencia nacional.

El 18 de octubre de 1914, a pesar del internacionalismo pacifista de la Segunda Internacional que consideraba las guerras un producto de los intereses de las clases burguesas, Mussolini publicó un editorial defendiendo la entrada de Italia en la guerra. Los socialistas, que ya desconfiaban de este estrepitoso personaje, llamaron a una Asamblea General y, luego de una intensa discusión, Mussolini fue expulsado del Partido Socialista. “Los neutrales nunca dominaron los acontecimientos; siempre los sufrieron”, dijo Mussolini. Tenía razón, aunque por las razones equivocadas.

Antes de renunciar a Avanti!, el joven del ego inflamado había fundado su diario, el que, en un arranque de originalidad, llamó Il Popolo d’Italia. Más tarde, el periodista Vincenzo Cardarelli escribió: “Nunca se había oído, desde la constitución del reino de Italia, a un presidente del Consejo llamar ‘pueblo’ a Italia y proclamarse su servidor, como Mussolini”.

De pueblo no tenía mucho: la principal financiación procedía de corporaciones como FIAT y donantes extranjeros. Una suma equivalente hoy a varios millones de dólares le legó de Francia. La inteligencia británica, el MI5, tampoco perdió un minuto y se contactó con la joven promesa italiana. Desesperado por evitar el colapso del esfuerzo bélico italiano, Londres comenzó a realizar pagos secretos a Mussolini y a su periódico. El historiador Peter Martland descubrió los documentos del entonces jefe del MI5 en Roma, Sir Samuel Hoare, cuando contactó directamente a Mussolini en 1917.

Así, el joven patriota italiano recibió 100 libras semanales durante un año (9.600 dólares al valor de 2026) mientras enviaba excombatientes a las fábricas del norte de Italia para reprimir a golpes las manifestaciones antibélicas y frenar las huelgas, un ensayo general de los futuros escuadrones de los camisas negras fascistas y los camisas pardas nazis… Ah, juventud, divino tesoro. De ellos es el futuro…

Benito era el candidato perfecto para esparcir propaganda política en Italia a favor de la guerra, siguiendo el manual de los expertos estadounidenses Edward Bernays y George Creel que, por entonces, estaban vendiendo la misma guerra del otro lado del Atlántico luego de que la opinión pública se resistiera a participar, en parte debido a la influencia de críticos como Mark Twain y de la Liga Antiimperialista. Por entonces, los candidatos en Estados Unidos, desde el supremacista Theodore Roosevelt hasta Woodrow Wilson y el socialista Eugene Debs se peleaban por demostrar quién era más progresista. Wilson hizo campaña contra toda forma de imperialismo, de la misma forma que fascistas y nazis usaron y abusaron del nombre y del prestigio del socialismo para secuestrarlo y promover una agenda radicalmente opuesta. Hoy los (también financiados) tecnoidiotas usan este secuestro lingüístico para decir que Hitler era socialista porque el nombre de su parido incluía la palabra socialismo… Por esto la educación crítica es tan necesaria hoy y tan desprestigiada por los señores neofeudales.

Así que, desde un muy bien financiado medio como el Il Popolo d’Italia, el joven Mussolini logró convencer a millones sobre la necesidad de entrar en la guerra y tomar Etiopía, uno de los dos únicos países de África que nunca habían caído bajo el colonialismo europeo. Es más, a finales del siglo XIX habían derrotado a las fuerzas italianas que querían poner un pie en el reparto del continente.

Según su biógrafo David Kertzer, el joven Benito era “leal a los amigos, pero capaz de guardar un rencor crónico contra aquellos que lo menospreciaran”. Nada diferente a lo que tenemos hoy en la Casa Blanca. Una de esas venganzas consistió en acusar a sus antiguos compañeros socialistas de trabajar al servicio de austriacos y alemanes. De ser un internacionalista, se convirtió en un nacionalista. De proponer utopías en el futuro, pasó a promover la grandeza perdida de Roma. Nadie más fanático que un converso.

En 1919, fundó los Fasci di combattimento, que un año después asaltaron la redacción de Avanti! matando a cuatro trabajadores. Dos años más, en 1922, Benito entraba a Roma como Napoleón, otro psicópata, entró en París luego de su exilio en Elba. Para 1925 ya se había convertido en Il Duce, y lo primero que hizo fue planear la venganza por la humillación de Etiopía a finales del siglo anterior. En un discurso radial, el 2 de octubre de 1935, proclamó que Italia había “tenido paciencia por cuarenta años” y que la hora había llegado.

El día siguiente, las tropas italianas atacaron Etiopía. Violando el Protocolo de Ginebra de 1925, que prohibía las armas químicas (para Winston Churchill era la solución contra los incivilizados), Roma empleó a gran escala gas mostaza, diezmando a la población, al ganado y contaminando las fuentes de agua. Un cable de prensa de la época describió el efecto: aparte de asfixia, “la piel de los hombres se quema al contacto del gas mostaza… ya hay muchos ciegos por este mismo efecto”. Más de medio millón de personas murieron distintas muertes.

Francia y el Reino Unido reconocieron el derecho de Italia sobre Etiopía. Mussolini proclamó el nacimiento del Imperio italiano y prohibió el mestizaje en Etiopía. El fascismo fue (sigue siendo, pero con disimulo) la continuación de un invento europeo del siglo XVI: la idea de raza. Hasta entonces, los europeos nunca se habían considerado blancos, sino enemigos que, por milenios, se habían matado unos a otros. Tampoco existían los negros como categoría racial hasta que el capitalismo y la esclavitud moderna privatizaron y marcaron los cuerpos humanos. El cristianismo tuvo fundadores africanos. Roma tuvo emperadores africanos y sus historiadores apenas se molestaron en describir el color de sus rostros (unos blancos, otros negros) porque no era relevante. Quedan muchas estatuas de mármol blanco que los siglos despintaron y los europeos del renacimiento confundieron con la belleza ideal, como el David de Miguel Ángel, porque contrastaban con las pinturas egipcias, más antiguas y con colores mejor conservados.

La insobornable resistencia etíope expulsó a los invasores en 1941. Pero ni Roma ni Londres ni Washington pagan traidores. Según el historiador Renzo de Felice en Rosso e Nero (1995), los agentes británicos habrían participado directamente en la ejecución de Mussolini en abril de 1945, presionando a la resistencia italiana para que lo fusilaran. ¿Quién habría dado la orden? Churchill. ¿Por qué? Porque había mantenido cierta correspondencia con Mussolini, que ahora le resultaba comprometedora.

Esto último es más difícil de probar y, tal vez, sea irrelevante al lado de las trágicas ironías de la historia que parecen destinadas a condenar a millones de humanos a repetir la misma estupidez cada tres generaciones, como si practicaran una y otra vez para su propia extinción.

Jorge Majfud, setiembre 2026

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