El gran mito de la desigualdad

La tesis central de este libro radica en que la democracia real de los pueblos indígenas de Norteamérica, en particular la iroquesa —a través de las abundantes e influyentes crónicas de los jesuitas franceses— fue el disparador de la contranarrativa europea al naciente capitalismo. Esta contranarrativa maduró en la Ilustración de los siglos XVII y XVIII y derivó en la Era de las Revoluciones.[1] Esta revolución cultural (aunque solo en una influyente élite intelectual) que derivará en revolución política, redescubrió la democracia y la idea más radical de igualdad, las que comenzaron a expresarse en los ideales políticos y constitucionales a partir de la Constitución de los Estados Unidos de 1789 y de la Revolución francesa el mismo año.

No obstante, ambas ideas, principios y valores, fueron secuestrados por la clase dominante, como ha ocurrido a lo largo de la historia. Aunque el disparador fue la democracia real indígena, en la práctica el modelo que se impuso fue el de la democracia restringida de la antigua Grecia. Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2023), no por casualidad los liberales modernos fueron una continuación-herencia de los nobles medievales que se oponían al poder centralizado de los reyes. Aunque la idea de igualdad indígena era radical e incluía como derecho a todos los grupos sociales de una nación, a todos los géneros (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) y a todos los grupos étnicos y lingüísticos adoptados, en las democracias liberales se impuso la antigua idea de igualdad: una igualdad y una justicia social entre iguales; es decir, dentro de cada una de las diferentes clases sociales, cuyos miembros eran valorados y juzgados según las leyes estamentales de su clase social.

Luego de la revolución de la Ilustración, esta última tradición de las igualdades estamentales fue abolida, y se creó el sentido común de que las leyes debían ser universales (solo dentro de un mismo país) sin importar raza, religión y clase social. Sin embargo, de la misma forma en que la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos de 1776 afirma que “todos los hombres son creados iguales” y la Constitución de 1789 habla en nombre de “We the people”, en ningún caso esa igualdad incluía a la mayoría de la población: mujeres, indígenas, mestizos, mulatos, blancos pobres, negros y esclavos de todo tipo.

Es decir, no sólo la democracia liberal de Occidente coincidía con los ejemplos restrictivos de democracias de la antigüedad europea, sino que también coincidía con el mismo concepto de igualdad. Incluso hoy, las democracias liberales son plutocracias (considerar el origen del liberalismo como continuación de la nobleza feudal extendida por el capitalismo), aún más restrictivas y concentradoras del poder que en la antigua Grecia, donde existían límites a la acumulación a través de los impuestos. Hoy, el mismo concepto de igualdad es brutalmente restringido: todos somos iguales ante la ley, pero no ante la justicia. Un ladrón de bicicletas tiene mil veces más posibilidades de ir a la cárcel en cuestión de días que un millonario que estafó millones manipulando las leyes de un país, las inversiones del club selectivo de hedge funds, o endeudó a todo un país en beneficio propio y de sus amigos. Un ladrón de teléfonos tiene más posibilidades de terminar linchado o en prisión que un pederasta de la clase dominante―para prueba están los archivos Epstein. La justicia no es ciega. La justicia tiene los ojos vendados porque ha sido secuestrada o es masoquista.

Por estas razones que he dado, no es una ironía ni una contradicción el hecho histórico de que, mientras los filósofos europeos y los revolucionarios admiraban las sociedades indígenas por los ideales sociales y existenciales que envidiaban y promovían, las ponían como ejemplo de lo que no querían o no era posible. No querían ser salvajes como los salvajes, pueblos pertenecientes a razas inferiores. No querían perder sus privilegios. Para esto, racionalizaron (incluso el mismo Rousseau) que las reglas de la democracia y la igualdad sólo eran posibles en “sociedades primitivas”, en sociedades pequeñas, en el “paraíso perdido” al que ya no podía volver.

Sin embargo, ni las sociedades con democracia igualitaria (comunista) de los indígenas norteamericanos eran pequeñas (sólo la población iroquesa sumaba tanto como la de Londres antes de las pandemias europeas), sino que la idea de que existe una correlación entre desigualdad y progreso económico se contradice con lo que podemos observar en varios continentes.

Sólo por limitarnos a América, podemos observar que, desde el polo norte al polo sur, la colonización española y anglosajona radicalizó las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizó la pobreza. Por siglos, la colonización territorial y, luego, la colonización socioeconómica del Sur Global redujeron la expectativa de vida de sus habitantes de 45 a 29 años. Redujo también la estatura promedio de su población.

Es decir, la desigualdad no significó progreso material, sino todo lo contrario. De forma simultánea, en los centros del imperialismo europeo, al mismo tiempo que aumentaba la prosperidad material, el desarrollo social y mejoraban las expectativas de vida y la altura de su población tres siglos después del nacimiento del capitalismo, se reducía la desigualdad. Las explicaciones sobre este nuevo bienestar y desarrollo en Europa (con frecuencia explicaciones políticas, cuando no racistas) con recurrencia atribuyen todas las bondades al capitalismo. Ignoran, sin embargo, realidades básicas: la expectativa de vida en Europa mejoró por la introducción de la higiene―conocida y practicada por los indígenas por siglos―, como el uso del jabón y las medicinas químicas, conocidas en las abominables civilizaciones musulmanas en Oriente e indígenas en Occidente. Sobre todo, ignoran que toda esa prosperidad, con su ápice en la Belle Époque (Época Bella, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra mundial) estaba sustentada por la vaporización de Asia, África y América latina―continentes que, a su vez, eran usados como ejemplos de retraso económico, cultural, mental y hasta racial.


[1] Esta intelectualización deriva del libro The Age of Revolution: 1789-1848, de Eric Hobsbawm. Los años elegidos parecen discutibles, ya que se podría expandir hasta al menos la Revolución rusa de 1917, pero Hobsbawm se refiere a las revoluciones burguesas, liberales, no a las revoluciones antiburguesas. Con todo, se puede argumentar que las segundas son una continuación de las primeras en su concepto de igualdad―aunque se trate de una idea diferente de igualdad.

Jorge Majfud, enero 2026

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