
Hay libros que aspiran a corregir un dato histórico y otros que buscan alterar el mapa entero sobre el cual se ha dibujado esa historia. Tawíscara. El secuestro de la democracia (2026), del profesor Jorge Majfud, pertenece sin duda a la segunda categoría. Con una audacia poco común en el panorama ensayístico contemporáneo, la obra no se conforma con cuestionar un par de lugares comunes sobre el origen de las instituciones modernas; sostiene, en cambio, que el relato entero de la civilización occidental descansa sobre una apropiación intelectual cuidadosamente silenciada. La democracia liberal, afirma Majfud, no es la heredera directa de la Atenas clásica, sino el resultado de un largo proceso de traducción, filtrado y, finalmente, de secuestro de formas políticas desarrolladas durante siglos por diversas naciones indígenas americanas, con la Confederación Iroquesa a la cabeza.
Esta tesis, extraordinariamente ambiciosa y polémica, convierte al volumen en una de las intervenciones más provocadoras del pensamiento latinoamericano reciente. Majfud esquiva la rigidez de la monografía académica convencional. Aunque el libro supera las quinientas páginas y cuenta con un imponente respaldo bibliográfico, su verdadera estructura es la del ensayo filosófico de largo aliento, donde la antropología, la teoría política, la literatura y la autobiografía dialogan constantemente. El resultado recuerda menos a un tratado universitario que a una obra de historia intelectual escrita con la envidiable libertad narrativa de un novelista.
Desde el inicio, el argumento se organiza en torno a un concepto central: Tawíscara, una figura de la tradición iroquesa que encarna al impostor capaz de robar identidades, hablar con voces ajenas y sustituir la realidad por una copia convincente. Lejos de ser un adorno literario, Tawíscara simboliza el mecanismo mediante el cual Occidente transformó una tradición democrática comunitaria y relacional en un modelo compatible con la propiedad privada, el imperialismo y el capitalismo. La historia política moderna sería, bajo esta luz, la crónica de esa suplantación de rostros.
La elección de este mito es eficaz porque evita que el libro degenere en una disputa cronológica sobre quién inventó primero la democracia. El problema no es la prioridad temporal, sino la apropiación cultural. El secuestro al que alude el título no consiste en negar la contribución de Grecia, sino en demostrar cómo el encuentro con sociedades americanas marcadamente igualitarias obligó a Europa a replantear sus propias categorías, aunque luego terminara atribuyéndose la autoría de esos descubrimientos.
El núcleo del ensayo rastrea una secuencia histórica clara. Primero, los europeos topan en América con comunidades cuya organización contradice los supuestos de la Europa feudal y absolutista: sociedades con menor concentración de la riqueza, estructuras federativas, deliberación colectiva y una notable autonomía femenina. Esas experiencias prácticas alimentaron el imaginario de la Ilustración a través de cronistas y filósofos. Sin embargo, cuando esas ideas regresaron a América convertidas en el liberalismo europeo, lo hicieron profundamente modificadas para servir a un orden basado precisamente en aquello que originalmente cuestionaban: la propiedad privada como derecho absoluto y la expansión capitalista. Majfud no presenta este influjo como una curiosidad marginal, sino como un verdadero «meteorito» intelectual que desvió el curso de la modernidad.
Una de las mayores virtudes del libro consiste en rescatar personajes e historias normalmente relegados a las notas al pie de la historia oficial. De este modo, Tomás Moro deja de ser únicamente el humanista renacentista para convertirse en un ávido lector de las primeras crónicas americanas; Rousseau aparece menos como el inventor idílico del «buen salvaje» que como el heredero de un debate abierto durante dos siglos; y Benjamin Franklin se revela como un observador atento de las instituciones iroquesas.
El golpe más certero de este revisionismo lo recibe John Locke. Para Majfud, el liberalismo no inventó la libertad, sino que redefinió su significado para encorsetarla. Allí donde las sociedades indígenas concebían una libertad inseparable de la comunidad y de una relativa igualdad material, Locke la subordinó al derecho de propiedad. Esta inversión conceptual explicaría las contradicciones flagrantes de las democracias liberales, capaces de proclamar derechos universales mientras legitimaban simultáneamente la esclavitud, el colonialismo y la acumulación extrema. Para el autor, capitalismo y democracia no son procesos paralelos, sino proyectos incompatibles; el capitalismo habría sobrevivido precisamente al apropiarse de los lenguajes de sus adversarios para neutralizar su potencial subversivo.
En este punto, Tawíscara abandona la reconstrucción histórica para convertirse en una agria crítica del presente. La democracia liberal contemporánea aparece descrita como un fósil institucional que conserva el vocabulario democrático mientras pierde progresivamente su contenido social bajo el peso del poder corporativo. El valor de la obra, sin embargo, excede lo político; es también una brillante reflexión sobre cómo se fabrica el conocimiento. Majfud insiste en que las ideas dominantes sobreviven porque determinan qué historias merecen contarse y cuáles deben permanecer invisibles, proponiendo una brújula metodológica que divide el pensamiento en ideas dominantes, colonizadas y demonizadas.
Aunque el autor sintoniza con corrientes recientes de la historia global —es inevitable pensar en la antropología de David Graeber o en la economía de Karl Polanyi—, va mucho más lejos al situar la influencia indígena como el eje organizador de la modernidad occidental. Esa amplitud interpretativa constituye la mayor fortaleza y, a la vez, la principal vulnerabilidad del libro. Desde un punto de vista estrictamente historiográfico, algunas conexiones son más convincentes que otras. Si bien existen abundantes evidencias de la influencia iroquesa en los debates constitucionales norteamericanos, cuando esa premisa se transforma en la explicación general del origen de la democracia moderna, la demostración exige una cautela que el ensayo a veces sacrifica en favor de la potencia narrativa.
Aun así, esta observación no invalida la tesis central. Majfud es plenamente consciente de que propone una lectura revisionista de enorme escala y no oculta el carácter polémico de sus afirmaciones. Esa honestidad intelectual se potencia con una prosa que vibra y alterna el análisis filosófico, la ironía y la energía del manifiesto político con una naturalidad que recuerda por momentos a Eduardo Galeano o al Noam Chomsky más elocuente.
Hay un detalle metatextual sumamente sugerente en la introducción del libro: Majfud relata una discusión con un estudiante que utilizó un resumen generado por inteligencia artificial para refutar uno de sus textos. A partir de ahí, el autor reflexiona sobre cómo los algoritmos tienden a replicar las narrativas del poder y a simplificar el pensamiento incómodo. La ironía cierra de forma perfecta: un libro que denuncia el secuestro de la democracia arranca denunciando también el secuestro del conocimiento.
Quizá allí resida la verdadera unidad de Tawíscara. El libro demuestra que el poder no solo roba instituciones, sino que roba palabras, convirtiendo la libertad en propiedad y la crítica en mercancía. Al final, Majfud reabre preguntas que la historia intelectual daba por resueltas y recupera la tradición casi olvidada del gran ensayo civilizatorio, dispuesto a conectar cinco siglos de historia para recordarnos que la democracia moderna no nació donde aprendimos a buscarla, sino donde nos enseñaron a dejar de mirar.
Tremenese. UC.

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