La segunda muerte de Jordi Caballero

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

Sí, quisiera volver a repetir lo de siempre, que lo que importa es el futuro, que todo se dirige hacia mañana. Pero la única verdad es que nuestro futuro último es el pasado. Hacia allá vamos, inexorablemente. Hasta que se apague la luz, esa misteriosa luz.

 

Punta del Este, febrero de 1968

Su padre volvió a morir cuando Jordi cumplió treinta y cinco años. Tenía esa edad cuando lo vio por última vez en Barcelona, aquel jueves 9 de febrero de 1939.

Hasta entonces podía mirarse en el espejo y ver el rostro de su padre, la mirada ansiosa por una esperanza repentina o cansada por un nuevo fracaso. Todas sus intimidades habían sido también las de su padre. Todas las veces que sus ojos se dirigían al trasero de una mujer que pasaba por la ventana de un bar donde leía el diario al lado de un café humeante, era el gesto de su padre en la Barcelona de los años treinta o en la Madrid de los veinte. Al menos eso era lo que él creía. Creía que uno repite más o menos los sueños y las frustraciones de sus antepasados en diferentes escenarios. Entonces, cerraba los ojos y veía al abuelo que nunca conoció, el abuelo Caballero (se llamaba Jordi, igual que él, igual que su padre, por esa manía que tenía la gente de antes que no se conformaba con pasar sólo el apellido a sus hijos, acomplejados o acosados por un ansia inútil de eternidad) subiendo un camino de piedra al lado de la montaña, protegiéndose de la nieve, arrastrando un carro con una mula flaca, tratando de hacer arrancar una vieja Ford en Oviedo con su hijo que miraba ansioso desde adentro del auto descompuesto. Y veía a su padre descubriendo el mundo en Madrid, en una mesita solitaria en un rincón de un bar de obreros, con una vieja pluma, y era él mismo en el bar de Canelones y Ciudadela con un teléfono celular en la mano.

No podría imaginar en sus detalles a ninguno de aquellas otras personas que antecedieron a su abuelo, que salvaron sus vidas de milagro para que sin querer él, Jordi (Jordi tercero, Jordi cuarto), estuviese allí mirando el cuadrito de Renoir. Pero en definitiva todos esos eran detalles que no cambian lo que realmente importa en la experiencia humana: el amor, los celos, el dolor de la injusticia y la violencia moral, el insulto, la amenaza de un desconocido o de un vecino desencajado, la muerte del abuelo, de un tío, la culpa por haber hecho lo correcto o por haberse equivocado sin remedio. Todo eso es la realidad. Mejor dicho, la realidad más profunda de la realidad. Lo demás son escenarios. Como si en cada época, en cada generación, en cada siglo se pusiera en escena la misma obra. Romeo y Julieta en Verona. Romeo y Julieta en la París de la Segunda Guerra. Romeo y Julieta en la Nueva York de John Lennon o en la Buenos Aires de Tinelli. Romeo y Julieta caminando por las calles polvorientas de un pueblo en China. Romeo y Julieta muriendo en la frontera de Gaza.

Hasta que don Jordi cumplió los treinta y cinco, todas aquellas imágenes de aquel lejano padre comprensivo y a veces ausente fueron adquiriendo cuerpo. El bigote de su padre disimulando una dentadura imperfecta. Sus palabras bondadosas que abrazaban a aquel niño que era don Jordi, como las suyas propias cuando trataba de consolar y, sobre todo, proteger con consejos a su pequeña niña de brazos delgadísimos, más que para aliviar sus miedos y frustraciones para evitar otros dolores en la mujer que él imaginaba iba a ser Lucía.

Le faltaba, sin embargo (se decía don Jordi, recurriendo a esas secretaras formas de autoflagelaciones que encuentra siempre una persona acosada por un oculto sentimiento de culpa), todo el idealismo de su padre. Aquel idealismo político, republicano por las circunstancias, que por mucho tiempo miró con displicencia y que sólo al aproximarse a los treinta y cinco años pudo sentir, al menos en parte, cuando en un arranque de locura romántica le regaló una pequeña chacrita en San José a la familia que había tomado para que cuidase los árboles frutales. Cada tanto se daba una vuelta por allí y los cinco hijos del casal lo salían a recibir como si fuese el padre fundador de una microrepública. El padre, al que los vecinos llamaban el Negro Silva, había colgado a la entrada un cartel que decía “Granja Caballero”.

Otra vez se metió en un fraude innecesario, allá por los setenta, en plena dictadura. Había logrado evadir el treinta por ciento de los impuestos de ese año. Una jugada que no era digna de don Jordi, se dijo a sí mismo, no por lo deshonesta, si realmente tiene algo de deshonesto no pagar impuestos, sino por lo rudimentario de la maniobra. Alguien lo advirtió y elevó la denuncia. Por unas semanas sintió ese vértigo de ser un perseguido. Podía haberse involucrado con alguno de los bandos, con algún grupo de disidentes en el exilio, con los artistas de la cárcel de Libertad que pintaban palomas abstractas y mariposas que lloraban, o con alguna de esas sectas o logias que cada tanto armaban los militares para sentirse importantes. Podía haber intentado algo más elegante que una burda evasión, pensó cuando pasó la tormenta que le costó un desembolso considerable para salvarse de la cárcel y mantener su nombre lejos de los diarios. Al menos hubiese sido más honroso.

Pero le faltaban algunos ingredientes que hicieron a su padre, pensaba. Le faltaba coraje. Le faltaba ese idealismo estúpido que hizo y deshizo a su padre y a su madre. Al menos eso quiso pensar, ya que la posibilidad de que su padre hubiese sido en realidad bastante más parecido a él de lo que podía pensar, lo aterrorizaba. No quería ensuciar algunos recuerdos. Hubiese sido como demoler los pilares centrales de su existencia. Tal vez prefirió no saber la verdad completamente. O tal vez no tuvo la suficiente sabiduría para entender que también los héroes defecan y participan con algunas acciones en el mercado de las miserias humanas.

Pero cuando cumplió treinta y cinco comprendió que ya no podía seguir descubriendo a su padre en sus propios miedos, en sus alegrías, en sus obsesiones, en sus tics, en sus tristezas injustificadas, en una copa de más. Desde entonces tuvo que seguir caminando solo. Cuando alcanzó la edad que tenía su padre cuando desapareció, cuando se murió o lo asesinaron, supo que todo lo nuevo que podía sentir y experimentar en esta vida le había sido ajeno a aquel otro Jordi Caballero: las depresiones de los cuarenta; las erecciones menos frecuentes; las preocupaciones de criar a un adolescente; el pragmatismo a veces arrogante; la ausencia absoluta de miedo al hablar en público; la incapacidad de emocionarse con el olor a lavanda o con la presencia del mar desnudo; las creciente escasez de mujeres hermosas que se dignaban a mirarlo a los ojos; el cada vez más frecuente odio de los más jóvenes que no encontraban caminos de llegar donde él estaba encumbrado, como un dictador usurpando un espacio público y privado por un tiempo excesivamente prolongado; la sospecha de que las personas comenzaban a ver su muerte con creciente indiferencia; la conciencia de estar en un barco que se aleja de la costa, que se aleja del mundo de los jóvenes que comienzan a ocupar las ciudades y a reescribir la historia de ellos y de sus viejos.

Sabía que nada de esos paisajes interiores había formado parte del mundo de su padre, muerto tan joven. Todo eso era ahora su mundo y él tenía que descubrirlo solo. A partir de aquellos treinta y cinco años tuvo que empezar a vivir solo. Su padre había muerto por segunda vez y, aún así, sabía que tampoco ésta era una muerte definitiva.

 

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