El lejano Oeste

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

 

San Francisco, 24 de diciembre de 2010

Ernest Hatuey se mudó a California con su primo Eduardo en el otoño de 2009. Pero no duró mucho tiempo en la casa de la calle Embarcadero Road, en Palo Alto. Dos meses. Su primo Eduardo terminó desalojándolo como consecuencia de una discusión que terminó mal. Finalmente, Ernest Hatuey había perdido los límites luego de muchos meses de relativo autocontrol.

Todo había comenzado, aparentemente, con una broma. El 25 por la tarde habían estado tomando cerveza en el patio trasero con unos amigos de Eduardo y con Vladimir, un cubano que Ernest había conocido en un Chili’s de San Bruno. Ernest compartía con Vladimir el gusto por las motos de estilo, lo que en Vladimir se evidenciaba por un bordado brillante de las inconfundibles H-D sobre la espalda de su chaqueta negra. Los motoqueros que tanto alardeaban de la libertad y tanto odiaban al gobierno que los acosaba con impuestos y regulaciones, siempre usaban las autopistas y los caminos construidos por el maldito gobierno. Pero como es típico de esta cultura, pensaba Eduardo, sólo se puede ver el objeto, nunca el contexto. Por eso la autopista, el camino, las carreteras no contaban, eran invisibles. Sus héroes sólo podían ver las motos y esos tipos con bigotes largos desafiando al maldito gobierno que les impedía ejercer toda su libertad.

Pero al menos, pensó Eduardo, Hatuey había encontrado un cómplice. Aunque nunca había sido fácil para hacer amigos, esa era prácticamente la única habilidad social que le había quedado después de la guerra, o después del tour por Irak, como curiosamente le llamaban todos: hacer amigos, no conservarlos.

En la parrillada del 25 de diciembre por la tarde, Ernest bromeó sobre el insoportable liberalismo de los californianos, sobre todo de los hippies de San Francisco que todavía vivían en los sesentas, mientras en la televisión una de las hijas de Bush se despachaba con una respuesta irónica que arrancó los aplausos del público. Ernest Hatuey se detuvo un momento para mirar el curioso debate que debía estar teniendo lugar en Texas o en Arizona.

—Este debe ser Jenna —dijo John, tratando de reavivar el fuego—. Yo pensaba que nos estábamos liberados de los Bush. Pero se mira como que ni una barbecue puede uno hacer en paz…

—En algún lugar escuché que San Francisco es la ciudad más antimilitarista de país —dijo Hatuey—. ¿Eso es cierto? A ver, los genios de Stanford y de Berkeley, díganme si me equivoco… Deben haber muchos aquí, ¿cómo es que dicen ustedes? “Sí, hay… muchos estudios sobre el tema…”

En Texas o en Arizona la gente se levanta y sigue aplaudiendo. Desde el patio, se escuchan los aplausos y se ve la pantalla en una pared de la sala de estar, ocupada, por momentos casi completamente, con la cara de Jenna, quien no puede contener una sonrisa de satisfacción que a Eduardo le hace acordar al padre: la boca recortada como un tajo, los ojos pequeños, como los de Barney Rubble, pensó John.

—Puede ser —respondió alguien.

Puede ser —repitió Hatuey—. Puede ser. No hay evidencias… ¿Tú qué crees, Vladimir?

—¿Qué es el nombre en español de Barney Rubble? —preguntó John.

—¿Barney Rubble?—preguntó sorprendido Eduardo— ¿Quién es ese?

—Hombre, aquel carácter famoso de los cartoons de los The Flintstones… Las familias que dormían en camas separadas por no confundir a los niños. En los años sesenta los niños debían pensar que sus verdaderos padres eran pervertidos porque dormían en una misma cama…

—Perdón, ¿me estoy perdiendo de algo?

—El carácter que dice yabba-yabba-dooo

“Usted es más inteligente que su padre —se escuchó que dijo el adversario de la hija de Bush—. Sin embargo también está equivocada. Sus afirmaciones contradicen todos los documentos recientemente desclasificados por el mismo gobierno que usted…”

Los Picapiedras

—Yo no sé…

—Sí, Los Picapiedras. El patriarca era Pedro Picapiedra, casado con Wilma y…

—Fred. Ese debe ser Fred. ¿Y el otro?

—Pablo Mármol.

—Ese. Ese es Barney. Barney. Barney es George Bush.

—Tienes razón. ¡Bush es Pablo Mármol! Cómo no me di cuenta antes. Ya me resultaba familiar ese hombrecito de la Edad de Piedra.

“…Por favor, no pare de contar ahí. Aparte de los soldados muertos, hay muchos otros miles de discapacitados, muchos otros miles de suicidas. Por no contar los cientos de miles de iraquíes, que también son personas, aunque sean un dato irrelevante…”

—Yo digo que no sé porque no leo —dijo Vladimir—. No tengo tiempo para esas cosas. Trabajo ocho y nueve horas en el aeropuerto. No, no. No me pregunten, como todo el mundo, si soy piloto o guardia de seguridad. No. Aunque en Cuba era pediatra, aquí hago el precintado de maletas, es decir, las envuelvo con cintas de seguridad. Pero prefiero esto a aquello otro.

“Cierto, murieron cinco mil soldados. Yo no los critico ni los desprecio. Al fin y al cabo eran muchachos que ni siquiera tenían edad legal para consumir alcohol. ¿Qué podían saber esos niños con cuerpos de hombres? Mataron y volvieron hechos pedazos, reclamando su premio moral, exigiendo que todos les digan “gracias por luchar por nuestra libertad; porque la libertad no es gratis” y todo ese discurso que les repiten siempre para que vaya a arriesgar sus vidas, con fanático orgullo y sin pensarlo demasiado. No los culpo por esa necesidad. Si a uno le falta un apierna y medio rostro, al menos necesita pensar que todo ese sacrificio fue por algo y no por nada, por una mentira que no valía un centavo. Crítico y desprecio a todos aquellos que pasaban los fines de semana en sus mansiones y los mandaron a una guerra hecha en base a mentiras. Pero todos saben que la justicia humana nunca los alcanzará porque son los dueños de las armas y de la opinión pública…”

—Qué bien…

—No, qué bien. Después de tres horas de hacer esto, así, con la mano, ya no quieres más y lo único que reclamas es que se termine el día… Pero después viene el otro y el otro y siempre hay que resolver. Claro que no tuve la misma suerte de algunos otros que se escaparon del Régimen mucho antes. Ni la suerte de muchos que ni siquiera son ciudadanos y hasta son pilotos. ¿Se imaginan ustedes? Ni siquiera son ciudadanos americanos y ya son pilotos de un Boeing 777.

—¿Tú eres ciudadano?

—Sí. Llegué en el 2002 en una de esas balsitas que ustedes conocen, una balsita hecha de gomas y bancos de plaza, que me costó una fortuna, chico, para lo que son los salarios allá. Pero apenas me planté aquí me recibieron con los brazos abiertos. En el 2004 me dieron la residencia.

—Habla más abajo —decía John, que hacía un gran esfuerzo por seguir el debate desde la parrilla—. No necesita gritar.

—Bueno, sí que tuviste mucha suerte de nacer en Cuba —dijo alguien abriendo una lata de cerveza—. Yo llegué de Republica Dominicana con una beca para estudiar en Berkeley, hace diez años, y después de graduarme todavía estoy esperando que a alguien se le ocurra que puedo quedarme o rime al carajo.

El adversario de la hija de Bush había terminado su argumento. Los abucheos habían cesado pero no habían sido reemplazados por aplausos. Se hizo un silencio profundo, momento en que el señor de lentes se dirigió al público y dijo:

“Sure, silence. Sólo silencio, esa reacción tan normal, tan previsible, tan humana ante la verdad”.

—Por eso yo me aseguré —dijo Vladimir— y no esperé a que me coman los gusanos y después de la residencia me puse a estudiar para el examen y me hice ciudadano americano. Tuve suerte que me tomara el examen un cubano, porque el inglés y la historia no son lo mío. Por eso yo estoy muy agradecido a este país, que me sacó del hambre y de la persecución.

—¿Pero algo malo debe tener, no? —preguntó Eduardo, poniendo un CD de música, apenas dieron por finalizado el programa en Texas. John repitió: “No applause. Just silence, silence, that predictable reaction to the truth…”

—¿Este país? No algo. Muchas. Este país tiene muchas cosas malas. Como toda esa escoria que llega rompiendo la ley y luego se dedica a criticar al país que les mató el hambre.

Norberto, el mexicano que hasta entonces se había mantenido en silencio, concentrado en los tacos con aguacate, tosió, como única respuesta.

So… bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry…

—A ver… — dijo Alejandro, con su acento malagueño. Eduardo iba a decir que no se metiera, pero Alejando igual no se contuvo:

—El país que les mató el hambre —dijo— también se aprovecha de todos esos millones de pobres que vienen a trabajar como bestias. Muchos tuvieron que abandonar países llenos de violencia, diezmados por golpes militares o por las guerras civiles que el país que les iba a matar el hambre apoyó con tanto cariño.

We were singing, bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry 

Them good ol’ boys were drinking whiskey and rye, singing… 

—Si…, ya veo. Ahora me va a salir con todas esas teorías conspiratorias…

—Son teorías conspiratorias acerca de prácticas conspiratorias. Cuando tenga tiempo le muestro los documentos de la misma CIA, del señor Kissinger y de todos los demás conspiradores, honorables líderes de su séquito. Se lo menciono porque como sé que usted no va a creer en las víctimas, tal vez sí pueda creerle a gente seria y responsable.

This’ll be the day that I die 

This’ll be the day that I die 

—Bueno, bueno —dijo Ernest—, ya veo que seguiremos por lo del imperialismo y la criminal guerra en Iraq, a la cual fuimos algunos pocos para defender a unos cuantos que se quedaron aquí tomando cerveza.

On a dark desert highway, cool wind in my hair

Warm smell of colitas, rising up through the air

—Por lo pronto —dijo Alejandro—, todo lo que hicieron en Irak no lo hicieron en mi nombre ni por mi seguridad. Y no voy a discutir eso contigo porque bien sé que apenas fuiste una víctima de las mismas mentiras de siempre. Que primero había que invadir Irak porque Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Que luego porque no se encontró ni rastro de lo que el mismo gobierno de Ronald Reagan apoyó y promovió en los ochenta, entonces fue que estaban allí para promover la democracia y el amor fraterno… Pero en fin. Como te digo, no voy a entrar en eso, ya que conozco muchos soldados como tú que apenas fueron víctimas de toda esa locura, víctimas que lógicamente necesitan pensar que esa pierna y aquellos amigos que perdieron tenían algún sentido, que aquella medallita tenía algún valor y no era sólo plomo recubierto de plata, que todo aquello no fue un crimen sino un acto heroico… pero victimas al fin.

Welcome to the Hotel California

Such a lovely place (Such a lovely place)

—No me considero una víctima —dijo Ernest—. Eso me llevó años entender de mi terapeuta. Si me considero una víctima por mi post traumatic stress disorder nunca voy a liberarme de los demonios…

Such a lovely face

Plenty of room at the Hotel California

—Sí, ese otro ejército de psiquiatras que vienen a ser como una aspirina para calmar el dolor de una amputación. El día que las víctimas sean capaces de reconocer que fueron víctimas y dejen de consumir tanta propaganda pseudocientífica, no sólo tendrán una curación más duradera sino que el país se embarcará menos a menudo en crímenes masivos como los de Hiroshima o los de Viet Nam.

Any time of year (Any time of year)

You can find it here

—¿Alguno de ustedes me puede responder a una pregunta? —dijo Vladimir, con una sonrisa anticipada.

—Claro —contestó Alejandro.

—A ver… ¿qué tiene usted para aportarte a este gran país para que salga adelante?

—Crítica…

—Ahora sí, ¡bingo! —dijo Vladimir.

—No veo por qué la risa —continuó Alejandro—. Por lo menos un poco de crítica, señor, ya que de autocritica se ha quedado bastante corto y los recién llegados han confundido la lealtad a un país con la sumisión a un gobierno y a un ejército. Luego pretenden ser los campeones de la democracia. Claro, crítica. Nueva sangre sumisa, ya tiene. Viejos y nuevos fanáticos agitando la banderita mientras otros marchan a alguna guerra estúpida y criminal, hay de sobra y nunca falta. Así que si pudiese aportarle algo de la crítica que le falta a este país (que de alguna forma, seguramente de una forma diferente a la suya, aprendí a querer y a admirar), entonces creo que estaría aportándole algo. Por lo menos algo de verdad y no prefabricado. Por lo menos estaría respondiendo al llamado patriótico de sus padres fundadores. A propósito, soy un gran admirador de gente como Francklyn, Paine y Jefferson. ¿Conoce usted algo de esta gente?

—Lo dicho —dijo Vladimir, levantándose de su silla y dirigiéndose a Ernest, en un gesto de despedida—. Lo que yo no entiendo es por qué hay gente que critica tanto a este país y en lugar de armar sus maletas y tomarse el primer avión para el país de donde salieron insisten en fastidiar aquí adentro. Nunca he visto a nadie tan antiamericano como aquellos que critican y se quedan en sus grandes puestos donde ganan lo que ninguno de nosotros vamos a ganar en nuestras vidas.

—Amigo —continuó Alejandro—, me parece que hay cosas que todavía no ha entendido después que salió de la isla. Como, por ejemplo, que no hay nada más antiamericano, por lo menos en el sentido original de la palabra, que afirmar que para vivir en Estados Unidos o en cualquier otro país y ser un ciudadano honesto como condición hay que callarse la boca o dedicarse a la apología de una nación, que en el fondo no es más que la apología ciega a sus gobiernos. Como si una nación fuese una religión o un ejército. ¡Vaya absurdo tan popular! Vaya tantos pueblos embrutecidos que se dejan secuestrar de esta forma tan infantil. Es lo que pretenden siempre los que confunden a una nación con su iglesia o con su partido político. Nada más antiamericano, no para los macartistas pero al menos para aquellas primeras generaciones de ilustrados que fundaron un país, más bien rarísimo, por no decir utópico. De ser por aquel otro tipo de patriotismo infantil que los secuestradores fueron inventando con el tiempo, la Revolución americana hubiese sido apenas una revuelta. Igual que tantas. Pero créame, amigo, que no hay nada más antiamericano, en el sentido original de la palabra, pero sobre todo nada más antidemocrático, que pensar que una democracia se defiende con el servilismo de los esclavos que se callan o los adulones que viven cantando loas. Extraña forma de defender la democracia y la libertad. Permítame, que ya término. Si por algo ha avanzado la democracia en los últimos mil años, no le quepa duda, que ha sido gracias a los críticos, no a los apologistas del establishment de turno. Pero, claro, la historia no importa. Por eso luego, impunemente, vienen a darnos lecciones de lo que es ser americano y, peor, de qué significa la libertad y la democracia.

Strumming my pain with his fingers

Singing my life with his words

Killing me softly with his song

Vladimir le dio la mano a Ernest y, antes de irse, le dijo:

—Lo siento mucho por ti, hermano. Por estos traidores derramaste tu sangre en Irak. Un verdadero desperdicio, chico. Que te vaya bien. No me vuelvas a invitar a ninguna reunión de intelectuales porque te pego un tiro yo mismo. Por lo menos hubieras avisado.

Killing me softly with his song

Telling my whole life with his words

Killing me softly with his song…

 

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