Crisis VI

Crisis VI


Miércoles 31 de diciembre. Dow Jones: 8.638

Philadelphia, Pennsylvania. 2:00 PM

Finalmente Ernesto se había decidido a ir a la rifa del auto en el regional farmers’ market. El Hispano Mercado, como se leía pintado en letras gigantes, era una pequeña Centroamérica con unos cuantos vecinos chinos y organizado como un laberíntico bazaar árabe. Apenas uno entra en ese mundo olvida la perfección de los malls y los supermercados americanos y entra a un tiempo fuera del tiempo. No hay olor a barbeques ni a hamburguesas ni a pollo frito. Son olores del sur, del trópico. Los rostros también, a excepción de algunos yanquis curiosos. En algunos puestos se apilan las montañas de tomates frescos a 45 centavos la libra, los kiwis, las bananas, los mangos y las papayas. En otros rincones del laberinto, frutas secas como en la vieja Jerusalén, un bazaar turco lleno de alfombras y telas de colores, una peluquería como había en el pueblo de Ernesto, allá en Nicaragua, con sillas y sillones antiguos, con clientes contando historias de mujeres fértiles y cultivos escasos. En un puesto de cuadros ordinarios, paisajes con cataratas azules, casitas de Suiza con niños jugando en la pradera, Jesús rubio con todas las variaciones de la misma pose mirando con sus dulces ojos celestes a la Virgen de Guadalupe, mirando triste con sus ojos negros en su halo vaginal.

La gente comenzó a amontonarse temprano en el Hispano Mercado, justo a las dos de la tarde, la hora señalada en los tickets. María José pensó que a esa hora iban a rifar el auto pero primero se repartieron cajas con ropa, sartenes y cervezas. Los primeros elegidos por el azar no se quedaron muy contentos y el resto resistió una hora de pie hasta que finalmente una mujer de pelo rizado anunció que ahora iban por el auto.

El cansancio dejó lugar a una leve expectativa, casi el deseo de que aquello terminase de una vez por todas. Al lado de la mujer de pelo rizado se presentó el dueño, un chino que respondía por señas a las preguntas en spanglish de la mujer.

—Atención señoras y señores. Vamos a comenzar el sorteo del carro.

(Algarabía, silbidos, risas reprimidas, gritos reprimidos, siempre reprimidos).

—Atenciooooon! —gritó otro empleado, con una barriga sólida, una barba candado y un vozarrón de obra en construcción que sueña con ser barítono— Atención, si no hacen silencio no se sortea el auto!

—Vamos a sacar tres nombres, el primero es quien se lleva el auto― dice la mujer del pelo rizado y le hace gestos al dueño. María interpreta que la mujer va a cortar cebolla y el chino la va a freír.

—No ―corrige la mujer— vamos a sacar diez números y los vamos a poner en este sombrero. Luego lo vamos a revolver. Sacamos un numero y ese es el ganador, de acuerdo?

(Algarabía, silbidos, risas reprimidas, gritos de aprobación)

La mujer pone diez tickets en un sombrero y el chino se lo arranca de la mano. La mujer forcejea un momento pero un golpe sobre su mano la convence de hacer lo que el dueño quiere hacer, aunque nadie sabe exactamente qué. La mujer intenta explicarle, pero el chino arroja los tickets a la urna donde estaban. Le hace señas a una joven que estaba allí y ésta se acerca, mete la mano en la urna, sonríe al público y le entrega un nombre al chino. El chino levanta el ticket y se lo da al empleado de barba para que lea el nombre.

— “José María Telechea”!

—¿No está José María Telechea? José María Telechea a la una, José María Telechea a las dos…

—Aquí está, aquí está José María Telechea.

José María Telechea levanta la mano y se apresura a colarse entre la masa de gente que lo felicita.

—Felicitaciones, Sr. José María Telechea, usted ha ganado el auto/ Congraulations, you have won the car…

—No, no, no, no, ―se apresura a decir el chino con grandes manotazos. Explica algo con las manos y dice:

—No win, no winner yet, no yet…

Entonces la mujer del pelo rizado y el empleado discuten algo con el dueño y finalmente la mujer explica, con una sonrisa:

—Actually, estamos sacando diez números. Los primeros nueve no son ganadores. El ganador es el último. Están de acuerdo?

—Si!— grita la multitud.

— Guadalupe Machado, Guadalupe Machado? Dónde está Guadalupe Machado?

Guadalupe Machado levanta la mano, confundida. No sabe si sonreír.

—Allí está Guadalupe Machado. Guadalupe Machado no es la ganadora. Hay que sacar ocho números más.

Gritos de alegría. Algunos se ríen, otros protestan.

En un rincón, Ernesto encontró un pequeño restaurante que le recordó por sus olores, su gente y sus paredes color arena y sus falsas ventanas de madera de puerto, a la posada de Alejandro, el tío de Guatemala. Pidió un tamal y un jarrito de manzana y se sentó a recordar.

Todo eso que recordaba era de los años cuarenta. O de los treinta. No podía haberlo vivido sino en las historias que guardaba la posada del tío Alejandro en San Pedro, o en la peluquería del tico de Tipitapa, o de los abuelos Rivera que nunca dejaban de contar lo duro de aquellos años cuando mataron a Sandino, el odiado reinado de los Somoza que ahora Ernesto recordaba con tanta nostalgia, con una incomprensible nostalgia de tiempos idos que le hizo olvidar por un tiempo que cualquier día no podría pagar más los billes ni la renta, que la migra lo esperaría de regreso a casa para arrestarlo y deportarlo a esos lugares de Nicaragua que ya no existen como existe allí, en el bazar mágico del Hispano Mercado, sin la migra, sin los billes por vencer o ya vencidos, sin la remesa en espera, sin la muerte y el dolor numeroso de los Somoza, sin las disputas de los Ortega, los Chamorro, los Alemán, sin nada más que esa impagable sensación de estar fuera del mundo, en un tiempo que ya fue, que ya está resuelto, que no existe. Que dulcemente no existe.

Y por querer prolongar ese momento mágico más de lo posible, pidió otro pisco peruano. Y estuvo tomando algunos más hasta que se durmió inclinado sobre un brazo y un tipo con acento mexicano le palmeó la espalda y le preguntó:

—Hermano, ¿qué le anda pasando? Ya es requetetarde, hay que cerrar.

Fue entonces que se dio cuenta que se había perdido la rifa, a pesar del griterío que recién ahora recordaba gritando Ernesto, se encuentra el señor Ernesto Lugares presente?

 

Jorge Majfud

)

 

 

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