La frustración original

La frustración original

Bosquejo para una teoría de la incomunicación

 

Hay por lo menos tres sueños que fueron persistentes desde mi infancia: en el primero yo intentaba desesperadamente decir algo, pero abría la boca y las palabras no salían; en el segundo intentaba caminar y aunque me inclinaba exageradamente hacia adelante mis piernas no respondían de forma coordinada; en el tercer sueño ya podía hablar y caminar, pero el tema central era una fuga sin fin, mezcla de miedo y de placer por perderme de la agresión de una turba de gente, probablemente representantes de la ley, que no entendía mis argumentos de inocencia. Mirando retrospectivamente, veo que este último tema de la serie es también central de mis tres novelas. En todas hay algún espacio cerrado y alguien imaginando salidas. Pero ahora me interesa bosquejar el problema del primer sueño.

Mi hijo acaba de cumplir un año y en este tiempo de estrecha convivencia he ido reconociendo aquellos sueños obsesivos, mis primeras frustraciones, en las suyas. Al ayudarlo a caminar he revivido mi propia frustración por hacerlo de forma armónica. Ciertos pánicos de vértigo, caídas, su cuerpo exageradamente adelantado para ayudar a producir un paso que no se produce, manos y pies que no responden como queremos.

Pero sin duda la mayor frustración de este pequeño, como la mía y —conjeturo— como la frustración de mujeres y hombres a lo largo de la historia, es la precariedad de la comunicación. Durante todo su primer año, una persona sólo tiene un signo para expresar lo más importante: el llanto. Aún con todas las variaciones posibles, para dos adultos que han olvidado ese primer lenguaje metafísico, es siempre el mismo o casi el mismo llanto. Un llanto para decir que tiene hambre, para pedir agua, para decir que se cae de sueño, para decir que le duele el estómago, la cabeza, los dientes, las manos que mordieron esos dientes, para decir que tiene calor o frío, para decir que tiene fiebre o no sabe lo que tiene. Un solo signo para decir que está frustrado porque un solo signo no es suficiente para tanta complejidad de emociones. Poco a poco va incorporado la risa, primero como expresión de alegría y después, es probable, como signo interesado de complicidad. El juego con una pequeña pelota de baseball que el niño arroja desde su cuna y se ríe a carcajadas —una de sus primeras carcajadas— cuando descubre que puede compartir con su padre o con su madre un par de reglas básicas, se convierte en un hecho de comunicación. La pelota (la herramienta, las dendritas y axones) es como una nueva palabra que se integra a un nuevo lenguaje, las reglas del juego. El solo placer lúdico no alcanza a explicar ese grito de satisfacción. Esa plenitud que no encontraba jugando solo, significa el fenómeno de haber creado o descubierto otra forma de comunicación, de liberación de sus propios límites. ¿Qué no es toda la cultura sino la radicalización de este intento de liberación del individuo que muchas veces acaba en la opresión propia y ajena? El pequeño ha descubierto un secreto que lo proyecta más allá de la frustración fundamental, poniéndola en suspenso en el juego. Pero en los momentos más intensos de su vida, el llanto sigue siendo el signo principal, como una mezcla indiscriminada y simultánea de todas las palabras y todos los lenguajes. En su vida adulta, como todos nosotros, estará obligado a abusar de la risa y de la sonrisa. En casi todas las fotos lo obligarán a sonreír, a demostrar que está feliz aunque no lo esté, reprimirá el llanto y, como en la niñez, lo reservará sólo para ciertos momentos intensos de su vida, que todos deseamos sean los menos posibles.

De alguna forma la comunicación del niño se produce, pero la frustración es una experiencia quizás imborrable, quizás la primera de todas las frustraciones en la vida y la frustración que desencadena todo lo demás: el lenguaje, la escritura, la construcción de puentes, casas, automóviles, discursos políticos, crímenes pasionales, declaraciones de amor.

Ahora ¿cómo se reproduce esta ansiedad de comunicación en la sociedad? ¿Existe alguna relación entre el desarrollo de un individuo y el desarrollo de la historia? Podemos sostener la hipótesis de que la comunicación en nuestro mundo global expresa una necesidad de sobrevivencia tan antigua como la invención de la escritura en Sumeria o de los signos y los mitos en el paleolítico. Pero esta necesidad funcional también es el reflejo de una fijación psicológica, producto de la “frustración original” de la comunicación. La mayoría de los textos religiosos, sino todos, aparte de los intereses ideológicos particulares de cada momento, en general estructuran su narración de la historia humana como la consecuencia de la incomunicación con el Padre. No obstante, la lectura teológica de cada grupo en el poder interpretará esta condición humana como simple desobediencia, no sólo porque puede ser una interpretación teológica sensata para un Dios como el judeocristianomusulmán sino, sobre todo, porque es una interpretación conveniente para quienes narran desde un espacio de poder social. Así, “querer saber” y “pecado de desobediencia” han sido ligados recurrentemente desde los mitos cosmogónicos hasta los mitos políticos más sofisticados.

¿Qué proporción de las horas de teléfono celular, de correos electrónicos o de cualquier otra actividad pública es estrictamente necesaria en su función de producción y reproducción? Quizás una ínfima parte. La mayor parte del tiempo la dedicamos a comunicarnos por el ejercicio en sí mismo de la comunicación. La comunicación forma parte de un “inter-yo”, el nosotros que nunca se logra plenamente. En casos, como en el momento histórico presente, parecería que la obsesión principal no radica tanto en la comunicación como medio sino como fin: la frustración por la palabra no dicha se traduce en un monólogo interminable. En ocasiones, cuando dos personas hablan por teléfono, en el fondo realizan la superposición de dos monólogos. En el monólogo, el individuo espera la satisfacción de ser escuchado y satisfecho. Escuchar no es tan importante como ser escuchado; en un blog, en un foro de discusión, leer no es tan importante como ser leído, lo que se demuestra por la opinión inmediata del lector que no culminó la lectura del artículo que discute. En cualquier caso la atención que pone el individuo alienado sobre el otro es un requisito social para ser escuchado, para ser expuesto en una cultura progresivamente narcisista. Como en una discusión doméstica, donde la comunicación está igualmente frustrada, como en el llanto del niño: lo que importa no es escuchar sino ser escuchados, hacer prevalecer los argumentos propios. Pero como ambos contendientes dialécticos procuran lo mismo, lo único mutuo es la frustración, cuando no el engaño de una comunicación frustrada.

Quizás este fenómeno sea una reacción lógica contra la cultura anterior, donde durante siglos se escuchaba y se leía infinitamente más de lo que se escribía o se hacía valer una opinión contestataria. Con la nueva tendencia cultural y tecnológica, la proporción se ha alterado de tal forma que se podría decir, exagerando un poco, que hoy en día se escribe más de lo que se lee, se opina más de lo que se escucha, se investiga y se analiza. Mirando este modelo, no sería absurdo imaginar un próximo equilibrio del péndulo, producto de una maduración de una cultura que deje de ver a las nuevas tecnologías como juguetes y comience a verlas como herramientas de su propia liberación.

Es probable que estemos en una etapa de la historia donde ya aprendimos a hablar pero no aún a comunicarnos. Y nuestros argumentos caen en la nada lo que nos obliga a huir sin cesar. Es probable que las leyendas en las camisetas, con la cuales creemos expresar nuestras ideas sociales en tres o cuatro palabras —o esos pensamientos y emociones prefabricados por Microsoft—, no sea otra cosa que ese grito mudo que los demás escuchan pero no saben interpretar correctamente. ¿Es probable que el eterno y afiebrado proselitismo político y religioso sea la expresión más voraz de este grito?

Si la ansiedad de justicia procede de esta frustración de la comunicación, ¿qué papel juega el poder en esta relación? Quizás el silencio es la forma que tiene el poder social —la voz ciega del padre, del hermano mayor— de resolver la incomunicación por la fuerza, radicalizándola, alienando a los individuos en una naturaleza engañosamente equilibrada y en paz. Y es esta reacción, la del silencio impuesto, nuevo combustible sobre el fuego de la frustración original de la incomunicación y deseo, con frecuencia violento, de justicia para el incomunicado.

 

 

Jorge Majfud

Lincoln University, Julio 2008

 

 

 

 

Compro sonrisa alegre

 

Algunos meses atrás, por mentirle a la policía, el cantante británico Boy George recibió de un juez una condena ejemplar: debió barrer las calles de Nueva York durante cinco días. Nadie preguntó al juez si los barrenderos que hacen el mismo trabajo año tras año han sido condenados por algún delito o simplemente por ser pobres. Los barredores habituales se maravillaron de tener un representante famoso que dignificaba aún más su rutina diaria. Tal vez porque uno compra todo lo que no es. Tal vez porque la fábrica de sueños de Ricos y Famosos es la droga de los pobres y anónimos. Por su parte, la estrella del rock, reparado en su falta, rodeado y perseguido cinco días por un ejército de fotógrafos, agradeció el castigo como una de sus mejores experiencias de su vida. Ahora sí Odiseo podía contar que había descendido los infiernos para regresar fortalecido y purificado.

Sí, claro, todo trabajo es dignificante. Sobre todo aquellos que necesitamos que alguien haga y nadie quiere hacer. Pero tal vez podemos deducir que algunos trabajadores han sido castigados, no por un juez sino por la sociedad. Por diferentes motivos: o no han querido “superarse” o han nacido en un hogar pobre. O porque Dios lo quiso así, según algunos calvinistas.

Cierro el diario. Una camarera irradiando alegría nos llama. Nos sentamos a la mesa de un restaurante con la secreta certeza de que llegará alguien (generalmente otra joven mujer) con una sonrisa amable y con los modales más delicados a preguntarnos qué queremos comer. Me pregunto dónde están las mujeres mayores, las feas y amargadas. No esperamos otra cosa, y si la norma no se cumple, nos quejamos: somos clientes serios, pagamos y queremos que nos atienda alguien feliz. Si ha sido un mal día para esa joven, si ha sido maltratada por el gerente, si su novio la ha abandonado, no nos importa: nos debe sonreír; el gerente y nosotros, los clientes, exigimos que no nos interrumpan el sueño de la felicidad. Para eso pagamos. Si el servicio nos parece insuficiente y no estamos dispuestos a quejarnos al gerente, por apatía o por compasión, no le dejaremos propina. Ella lo sabe, lo necesita, y por lo tanto nos sonreirá amablemente aunque se esté muriendo.

De hecho, esa es la ética profesional que nos imponemos cada uno de nosotros: cuando tengo un mal día, cuando recibo una mala noticia o simplemente cuando una leve nube de depresión me desinfla el ánimo, evito que sus efectos entren el en espacio laboral. Como soy profesor de una universidad observo estrictamente este divorcio al entrar al salón de clase: allí muestro o demuestro que soy planamente feliz, es decir, un verdadero profesional. La felicidad, sobre todo la felicidad de plástico, es un requisito de la efectividad. El sistema lo premiará: ningún empleador correría el riesgo de emplear a alguien que no es capaz de este divorcio, de este fingimiento. Es más: el fingimiento deberá consistir en que uno sea capaz de demostrar que efectivamente es feliz aún cuando es infeliz. Si es capaz de esto, el empleo es suyo.

Si es una felicidad fingida mejor, porque eso nos aproxima a la máquina —a una máquina feliz: la verdadera felicidad perturba la producción, la rutina. En el caso de nuestro mundo productivista, además de la felicidad obligatoria debemos demostrar otras virtudes que para el cristianismo primitivo serían pecados capitales. Una de ellas es la ambición. Una persona sin ambición es un empleado sospechoso. Sin fuertes ambiciones, un empleado no tratará de ganarle el puesto a su compañero de trabajo, no aspirará a ascender en la estructura y, por lo tanto, no beneficiará a una empresa que, a su vez, está inserta en un mundo donde la competencia —no la cooperación— es la ley principal.

Esta ley se cumple para cualquier negocio donde rija la ley del comercio. Incluso la he observado en países que no necesariamente se caracterizan por ser capitalistas, como los países árabes: el comercio es una forma de vida y en ella los códigos de alegría o de tristeza no responden a la alegría ni a la tristeza sino al proceso de regateo. Una vez fuera de este proceso, una vez consumada la transacción, el vendedor y el comprador se transforman en otra clase de seres humanos, casi siempre en una clase más humana.

No considero que el comercio sea una maldición. Por el contrario, gracias al comercio los pueblos se han conocido, unos a otros, desde tiempos anteriores a los fenicios. El comercio ha propagado la cultura, el diálogo de las culturas, repetidamente negado por las guerras que, paradójicamente, estaban motivadas por el comercio, o por las ambiciones que no podía satisfacer el verdadero comercio.

Pero en nuestro mundo no hay respiro. Incluso el drama y la tragedia están rigurosamente administrados por el productivismo. La televisión que invade nuestras intimidades lleva consigo la misma ley implícita en la publicidad y contradicha en los informativos. Si los informativos insisten en mostrarnos el dolor del mundo —el Hades—, obsesivamente, la publicidad nos devuelve al sueño primordial de la perpetua felicidad. Felicidad que, asumimos, sólo pertenece nuestro mundo productivista. El dolor viene del mundo ajeno, del atraso. Pero, como autistas, no podemos relacionar el dolor de los informativos con la felicidad de la publicidad, pese a su obscena proximidad. Nos cuesta imaginar que tal vez uno sea la causa y consecuencia de la otra.

Salimos de nuestros trabajos en un mal día y dejamos de fingir felicidad. Entonces entramos en un restaurante o a una tienda y pagamos para que otros finjan la suya. Esa joven mujer debe demostrarnos que es hermosa, maquillándose y vistiéndose a la perfección; debe demostrarnos que es feliz, que su trabajo es el motivo de su felicidad; además, si está embarazada o es madre, deberá demostrarle al resto del mundo que sus náuseas y dolores no le impiden tener los mejores pensamientos, los sentimientos más positivos.

No podemos sentir desde fuera de nuestra propia cultura: sabemos que es mentira, pero, aún sabiéndolo, no estamos dispuestos a renunciar a ese derecho.

Sin embargo el sistema no es perfecto. Tiene grietas por donde lo humano se expresa en todas sus contradicciones, incluso con resentimiento. Cuando estas felices mujeres envejecen y se arrugan y pierden toda la simpatía, derivan a un puesto más permanente, como funcionarias del estado. Allí, cada vez que uno se acerca a hacer un trámite encontrará esta frustración, la ausencia de la simpatía capitalista. Si son inspectoras o de ellas depende la suerte de un infeliz que deja sus esperanzas en algún trámite público, peor: las otrora muchachas, hermosas y felices, se han convertido en viejas frustradas, con una mirada despreciativa y un gesto policíaco, dictatorial.

En las oficinas del estado la simpatía capitalista desaparece. No obstante, el capitalismo es tan hábil que, aún habiendo producido ese ejército de hombres y mujeres frustrados, aún necesitando de ellos para materializar un mecanismo que él mismo no puede sustituir —los servicios estatales—, le atribuye esa tristeza burocrática a la maldición socialista. Y como los funcionarios y nosotros, los clientes que debemos sufrir la incapacidad burocrática y las frustraciones de sus funcionarios, hemos desarrollado nuestra sensibilidad en la cultura de la felicidad obligatoria, fácilmente creeremos en ese discurso. Al fin y al cabo, ¿por qué habríamos de creerle a dos viejas amargadas que no hacen bien su trabajo y no a dos jóvenes hermosas que son felices? ¿Por qué no habríamos de creer en un sistema que es capaz no sólo de obligarnos a fingir felicidad sino, incluso, que es capaz de hacernos creer que somos, efectivamente, felices; que lo que hacemos lo hacemos por elección propia y que si nos deprimimos a veces bajo tanta presión eso no se debe a la cultura sino a la imperfecta naturaleza humana?

Pero no hay salida. No podemos sentir desde afuera de nuestra cultura, de nuestra propia deformación: exigimos se nos venda una sonrisa alegre, aunque sea mentira. La tristeza es gratis y viene sola.

 

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, 26 de cotubre de 2006.

 

 

 

 

Si l’Amérique latine avait été une entreprise anglaise.

 

Dans le cadre d’une récente étude à l’Université de Georgia, une étudiante a rencontré une jeune colombienne et a enregistré leur entretien. La jeune femme a retracé son expérience en Angleterre et comment les Anglais souhaitaient connaître la réalité de la Colombie. Après que la fille ait détaillé les problèmes que connaissait son pays, un Anglais a observé le paradoxe selon lequel l’Angleterre étant plus petite et ayant moins de ressources naturelles que la Colombie, celle-ci était beaucoup plus riche. Sa conclusion a été tranchante : “Si l’Angleterre avait administré la Colombie comme une entreprise, aujourd’hui les colombiens seraient beaucoup plus riches”.

La jeune fille a ressenti de la gêne, parce que la démonstration prétendait mettre en évidence à quel point nous sommes incapables en Amérique latine. La maturité lucide de la jeune colombienne était évidente au cours de la rencontre, mais sur le moment elle n’avait pas trouvé les mots pour répondre à un fils du vieil empire. La chaleur du moment, le cynisme de cet anglais lui ont empêché de lui rappeler que sur beaucoup d’aspects l’Amérique latine avait été gérée comme une entreprise britannique et que, par conséquent, l’idée non seulement était peu originale mais, en outre, elle faisait partie de la réponse du pourquoi l’Amérique latine elle était tellement pauvre, en admettant que la pauvreté c’est la pénurie de capitaux et non de conscience historique.

D’accord : Les trois cent ans d’une colonisation monopolistique, rétrograde et fréquemment brutale ont pesé lourd sur le continent latino-américain , ce qui a consolidé dans l’esprit de nos peuples une psychologie réfractaire à toute légitimation sociale et politique (Alberto Montaner a appelé à cette caractéristique culturelle “la légitimité suspecte originale du pouvoir”). Après les semi indépendances du 19ème Siècle, non seulement le “progrès” des chemins de fer anglais fut une espèce de cage dorée- aux dires d’Eduardo Galeano -, de camisole de force pour le développement autochtone latino-américain, mais quelque chose de semblable à ce que nous pouvons voir en Afrique : au Mozambique, par exemple, pays qui est étendu de nord vers le sud, les chemins le traversaient d’est en ouest.

L’empire britannique sortait ainsi les richesses de ses colonies centrales en passant au-dessus de la colonie portugaise. En Amérique latine nous pouvons encore voir les réseaux routiers et des chemins de fer confluant toujours vers les ports (d’anciens bastions des colonies espagnoles que les rebelles indigènes considéraient avec une infinie rancœur depuis le haut des montagnes sauvages et que les propriétaires terriens voyaient comme l’aboutissement du progrès possible pour des pays ralentis par mère “nature”).

Il est évident que ces observations n’exemptent pas les latino-américains, d’assumer leurs responsabilités propres. Nous sommes conditionnés par une infrastructure économique, mais non déterminés par elle, comme un adulte n’est pas attaché irrémédiablement aux traumatismes de son enfance. Nous devons sûrement faire face en ces jours à d’autres camisoles de force, conditionnements qui nous viennent de dehors et de l’intérieur, à l’inévitable soif d’hégémonie de grandes puissances mondiales qui ne sont pas disposées à des changements stratégiques, d’une part, et de la fréquente culture locale de l’immobilité, d’autre part. En premier lieu, il est nécessaire de perdre l’innocence ; deuxièmement nous avons besoin de courage pour nous autocritiquer, pour nous changer et changer le monde.

 

Dr. Jorge Majfud

Traduction pour El Correo de : Estelle et Carlos Debiasi

 

* Auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats Unis. Auteur, entre autres livres, de “La reina de América” et de “La narración de lo invisible”.

 

 

 

 

 

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