Espasmos del Poder Global

Espasmos del Poder Global

 

Durante el pasado año 2002, Uruguay vivió la peor crisis económica, social y moral de su historia —les pido, por favor, que no me recuerden que en la época de Artigas no había teléfonos celulares; les pido por favor—. El descalabro del sueño primermundista de Argentina fue uno de los factores que desencadenaron la crisis. El otro factor fue la incapacidad de nuestro propio gobierno para justificar su permanencia. Reconocerlo no significa que estemos amenazando la Democracia y la Libertad, como nos increpa siempre nuestro ex presidente María Sanguinetti, manotazos mediante, con esa habilidad estratégica que tiene para convencernos, cada cuatro años, que el mundo terminará como Sodoma y Gomorra si un día le retiramos nuestro voto de confianza al antiguo régimen de Dirigencia Hereditaria. Según este viejo discurso, los simples mortales le debemos la vida a los “padres del pueblo”, todos los cuales, se dice, dedicaron la suya a servir al país. Pero hay algo que nunca me quedó claro. ¿Un señor que ha vivido toda la vida ocupando cargos públicos, con remuneraciones ya conocidas por todos, ha servido a su país o el país le ha servido a él?  Porque en la mayoría de los casos “servir al país” significa, para un político perdedor pero acomodado, el exilio en el extranjero, con algún cargo de cónsul o de embajador, lo que tal vez para ellos no es más que un premio consuelo, pero para el millón de compatriotas que luchan toda su vida sin saber si al día siguiente tendrán pan y trabajo, sería por lo menos la salvación en el paraíso. Y no me digan que existe alguna razón de competencia e idoneidad, ya que cualquiera sabe que entre el almacenero del barrio y el embajador de Cucha-cucha no suele haber una universidad ni un currículum meritorio de por medio sino un amigo cómplice en el poder. Sin embargo, nunca escuché decir a ningún patriarca que el panadero de la esquina ha servido toda la vida a su país ni que ellos le deben la vida y el pan. No por lo menos fuera de esos breves períodos de embriaguez fraterna que les asalta cada cuatro años.

En la crisis, la única virtud de nuestro sistema político consistió en mantener un cierto orden institucional, pese a la avanzada degradación económica y moral de la región. Lo cual no significa, necesariamente, una virtud, ya que todavía está por probarse si es mejor que un sistema que fracasa reiteradamente se sostenga a fuerza de un capricho supersticioso o se sustituya por algo diferente. El argumento de “más vale malo conocido que bueno por conocer” ha funcionado siempre en Latinoamérica, tanto que en el Titanic un uruguayo hubiese exclamado: “suerte que tenemos un capitán que sabe lo que hace, si no ya nos hubiésemos ahogado mucho antes” Ambas, inoperancia y moderación, no son más que dos de las principales características de nuestro país; están en la raíz de nuestra historia y de nuestra topografía, rodeada por países como Argentina y Brasil donde todo es más grande y más ostentoso: la geografía, las avenidas, los estadios de fútbol, la riqueza y la pobreza, la idolatría humana y las crucifixiones, los dioses y los demonios. Incluida la corrupción, por supuesto, resumida en los versos más populares del tango: “el que no llora no mama / y el que no afana es un gil”.

Me resisto a pensar que la historia de los pueblos esté regida por un régimen de casualidades. Sin duda, está la contingencia. Pero si algunos hechos pueden ser “casuales”, en todo caso son, al mismo tiempo, “probables”. En otras palabras, todo tiene una explicación, y la crisis sudamericana tiene la suya. Para emprenderla, deberíamos empezar por un contexto histórico y cultural de por lo menos cien años, como ya sugerí al mencionar ese producto clásico de la cultura del Río de la Plata, que es el tango. Allí se encuentra expresada y resumida gran parte de las virtudes y los defectos de nuestros pueblos descendientes de los barcos, sin pasado y —por lo menos por ahora— sin futuro. Luego deberíamos continuar por el contexto internacional y las nuevas leyes éticas y financieras que rigen el presente de casi todos los pueblos del mundo. Como todos saben, gran parte de esas reglas de relacionamiento están dictadas por el poder, en nuestro tiempo concentrado casi exclusivamente en los centros financieros. Pero el poder no es tal si su contraparte dominada no reconoce la relación simbólica que los une y, por ende, debe alimentar permanentemente el símbolo. El poder no necesita de argumentos para sostenerse —tal como nos lo demuestra la experiencia internacional—, pero los argumentos pueden acabar con el poder. A su vez, esa relación simbólica se asienta, sobre todo, en una determinada ética y en una determinada creencia. La creencia puede ser religiosa o materialista; en ambos casos, es una promesa sobre un logro futuro, ya sea la conquista de la felicidad o la salvación de la catástrofe. Estas creencias, materialistas o religiosas, son las que hace a los humanos seres únicos en la naturaleza: su presente no se explica únicamente por su pasado sino, sobre todo, por su futuro.

Pero no vamos a extendernos sobre este punto. Echemos un nuevo vistazo al otro, a la relación ética que sostiene el poder financiero internacional. En otro espacio tocamos este tema, muy brevemente, con un ejemplo concreto. Voy a reincidir, porque la realidad es más estimulante que la imaginación pura y, por otra parte, ése es el signo de nuestros tiempos: la historia y la imaginación han sido destronados por un presente simbólico, construido por el poder hegemónico.

Al igual que en Argentina, en Uruguay los bancos, públicos y privados, se quedaron con el ahorro de miles de empresarios y trabajadores. Esta catástrofe no sólo se debió al patriótico fraude de algunos grandes capitalistas, a esos mismos que los gobiernos de todo el mundo tratan con reverencia y los parlamentos protegen con leyes para que sean bienvenidos a sus países, únicos enviados celestiales de las salvadoras inversiones, sobre los cuales jamás recaerá un ajuste fiscal. También se debió a un progresivo e irremediable fracaso del sistema mercantilista y neoliberal, hecho que, si no es asumido por sus viejos defensores, se debe a que el mismo no provocó en Argentina el derrumbe del obelisco ni de cualquier otro objeto, como lo fue la caída del muro de Berlín —el derrumbe de objetos, el No, ha sido siempre el hecho con más fuerza simbólica que ha experimentado la raza humana desde la época de los megalitos; en segundo lugar ha estado la erección de los mismos, el Si, como pudieron ser las pirámides de Egipto, los obeliscos, las torres y otras excitaciones—. Por desgracia, en Argentina sólo ocurrieron hechos concretos: desempleo, violencia, hambre y desesperación por doquier. La muerte por desnutrición de niños no es un hecho simbólico, pese a su significación. En un país que fue el granero del mundo, que aún hoy su producción agrícola duplica la de varios países africanos, en un país donde la naturaleza continúa produciendo ciegamente lo que los hombres y las mujeres le piden, miles y millones de personas han caído de golpe en la miseria y en el hambre, cuando dos años antes vivían al límite de la ostentación primermundista y en la televisión se había puesto de moda arrojar comida en los banquetes organizados por la farándula. Nada de eso es simbólico y, por lo tanto, hasta los argentinos se resisten a asumir el fracaso del liberalismo mercantilista. Y si lo reconocen de palabra, en cambio no lo hacen de hecho, lo que quedará demostrado cuando vuelvan a votar por los mismos hombres y mujeres en las próximas elecciones. —Tal vez incluso dejen a las mujeres de lado, si recordamos el discurso del presidente Duhalde al asumir el poder, cuando, no sin euforia, aseguró que había elegido a “los mejores hombres” para salvar a la patria.

Aquí, en Uruguay, muchos políticos de derecha, refiriéndose a los ahorros que la gente perdió en los bancos privados, dijeron que todos debían resignarse, ya que ése es el riesgo que se corre cuando se invierte. Incluso el presidente de la República calificó de “traidores a la patria” a aquellos que pusieron sus ahorros en la banca extranjera con representación en nuestro país, como una forma de justificar las pérdidas ilícitas que el Banco Central debió controlar y no hizo. La teoría de que en un sistema capitalista el inversor corre con todos los riesgos, al parecer, se aplica a los pequeños capitalistas, no a los grandes, lo que es una nueva discriminación de clases: meses antes, esos mismos políticos, comandados por nuestro presidente, desviaron de las arcas del Estado decenas de millones de dólares para auxiliar a los mismos bancos que luego llevaron el efectivo a una isla del tesoro en el Caribe. Recientemente, otro ex ministro de economía, Ignacio de Posadas, declaró que los ahorristas debían resignarse a perder sus ahorros. ¿Por qué? “Porque así funciona el sistema —dijo, con obviedad de acero—; así funciona el sistema en todo el mundo. Pero aquí no se quiere entender cómo funciona el mundo”

Quienes reclamaban sus ahorros, entre los cuales se contaban pequeños empresarios y trabajadores asalariados, muchos de los cuales tenían depositados allí el esfuerzo de treinta años y toda su fe en el sistema (el ahorro es la base de la fortuna), se sintieron desahuciados.

Veamos cómo aquí aparece de nuevo la relación de la ética financiera que rige al mundo. Una relación hipócrita, si se me permite. Si el sistema —supongamos que no nos estamos refiriendo al sistema comunista— funciona así, como lo describe nuestra “clase dirigente” (vaya adjetivo), si los ahorros de una vida entera pueden ser echados a la basura, o peor, si los ahorros de una vida entera de un modesto trabajador pueden ser “aspirados” por los Grandes Capitalistas, ¿por qué el FMI no se resigna a perder sus préstamos y, en cambio, impone intereses desangrantes a pueblos que se encuentran anémicos y sin recuperación?

Last, but not least, escuchemos lo que dijo el FMI al respecto. Cuando una parte del sistema político uruguayo, junto con esos horribles sindicatos, estuvieron concentrados en evitar el cierre definitivo de los bancos en cuestión, con el objetivo de salvar el dinero de los ahorristas y los puestos de trabajo, el FMI se expresó, sin ambigüedades: los bancos debían ser liquidados. Sugerencia que llegó por escrito y fue enseguida rubricada por nuestro presidente y demás deudos. En otras palabras, para que el FMI enviara su salvador préstamo —el cual fue y será destinado al pago de la deuda generada por el préstamo— la condición era que no se reconociera la deuda del sistema con los miles de trabajadores y pequeños empresarios que habían confiado en el sistema.

Cuando el FMI aconseja al gobierno uruguayo que liquide los bancos en quiebra, esos mismos que se quedaron con los ahorros de miles de trabajadores y pequeños empresarios, está diciendo que no pague su deuda a aquellos que necesitan su dinero para comer. ¿Cómo es posible, entonces, que se moleste cuando algún pequeño latinoamericano sugiere no pagar la deuda externa?

Toda situación de injusticia se sostiene a la fuerza y tiende, tarde o temprano, a desmoronarse. Esto, en principio, no dice mucho, porque toda justicia que tarda no llega. Pero a algunos siempre nos queda el consuelo de la historia. El FMI —por lo menos éste— tiene los años contados. Sería un éxito para ese organismo internacional que pudiese sobrevivir dos décadas más. Sin argumentos éticos se puede imponer, pero nunca suprimir. Si no, pregúntenselo a los grandes tiranos de la historia.

 

 

Montevideo

22 de enero de 2003

 

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