Un dios de la tormenta

Tornado generic

Un dios de la tormenta

 

No deja de ser una curiosidad el hecho de que los conservadores religiosos pongan tantas expectativas en los fenómenos climáticos. Con excepción del calentamiento global, del cual son fuertes opositores. Cuando reconocen que existe un calentamiento global progresivo, se acuerdan de la naturaleza para culparla del fenómeno, dejando de lado alguna posible intervención humana o divina.

Todo lo demás es atribuible a Dios, según las necesidades del momento.

Ellos son los mismos moralistas que se niegan a que una mujer violada tome alguna píldora abortiva unos días después. La razón radica en que no se puede interrumpir una vida que Dios quiso. Que es estrictamente lo mismo que decir Dios quiso que algún criminal violara a esa mujer y a todas las demás mujeres inocentes que han sufrido ese tipo inigualable de violencia física y, sobre todo, moral.

No soy de los que creen que una mujer es dueña de lo que lleva en su vientre y puede hacer lo que quiera con él. Pero tampoco es la única responsable de engendrar una nueva vida. Una vez que concebimos un hijo se nos terminan algunas libertades. Yo no puedo elegir entre darle de comer a mi hijo ya nacido o echarme a descansar aunque esté agotado por una jornada de trabajo intenso.

No obstante, tampoco me convencen los argumentos de los ortodoxos que bellamente se denominan “pro vidas” (como si sus adversarios fuesen “pro muerte”) y no tienen empacho de justificar o apoyar, por acción o por omisión, tantas guerras santas en defensa de Dios, la patria y el honor, las que dejan cientos de miles de inocentes muertos sin nombre, muertos que no duelen.

El sexo ajeno y el clima regional los preocupa de manera especial. Los interpretes de un Dios invisible e inimaginable por su perfección, necesitan cosas visuales para entender Su voluntad. Cosas sinópticas como el calentamiento global, las estructuras sociales o los mecanismos con los que operan las ideologías, caen todas en un gran abismo negacionista.

Cada vez que hay una catástrofe climática, como un tornado o un huracán que deja decenas de muertos, los arengadores religiosos como Pat Robertson suelen atribuirlos a la voluntad de Dios . Excepto cuando los edificios destruidos son iglesias y cuando las victimas no son pecadores negros y pobres en su mayoría.

Daria la impresión de que el Creador del Universo, un ser Todopoderoso y Todobondadoso, se ha comportado últimamente como un dios de la tormenta, a imagen y semejante de algún dios azteca o de algún atrasado dios africano. El creador de la Humanidad y del Universo tiene poco control sobre la voluntad de algunos pecadores. Le resulta más fácil hacer temblar las placas tectónicas, destruyendo ciudades enteras, masacrando involucrados y descuidados por igual, que convencer a un humilde club de mala gente para que deje de bailar y consumir cerveza como animales.

Cuando en alguna ciudad se detectan algunos grupos o individuos haciendo uso ilícito del sexo o consumiendo algún producto de la lista prohibida, este dios manda un huracán o un terremoto y mata a los pecadores junto con algunos miles de niños y otros inocentes. Recurso que es periódicamente imitado por algunos fanáticos disfrazados de santos mártires y por los ejércitos mas poderosos del mundo que todo lo ven y todo lo pueden.

Se supone que la terrible muerte de un grupo de niños por causa de un tornado perdido debe ser bastante persuasivo para que los pecadores dejen de amarse de formas poco ortodoxas. Cuando el mismo tornado se desvía y pasa por encima de un grupo de elegidos, no se trata de ningún castigo divino sino de una prueba o de un premio del más allá.

Jorge Majfud

Jacksonville University

majfud.org

La Republica

Milenio (Mexico)

The Devils in Haiti

Haiti and the Greater Antilles (NASA, Internat...

Image by NASA's Marshall Space Flight Center via Flickr

Los demonios de Haití

The Devils in Haiti


Jorge Majfud

After Haiti’s great earthquake, several theories appeared about the causes.  According to Haiti’s consul in Brazil, George Samuel Antoine, the fault lay with macumba, or African spiritism, and the race:  “The African himself is damned.  Every place where there are Africans is screwed.” [“O africano em si tem maldição. Todo lugar que tem africano tá foda.”]

The influential televangelist Pat Robertson asserted that the misfortune was owed to the fact that the Haitian people had a pact with the devil.  A secret pact.  Perhaps so secret that, with the exception of Pat Robertson, not even God knew about it.  Otherwise the infinite love of the Creator would certainly have averted the deaths of thousands of innocent children as a result of this cosmic plot.  Or he knew about it and allowed it to happen, not out of weakness but due to his well-known policy of non-intervention.

Another theory, widely held and distributed by thousands of editors, bloggers, and presidents like Hugo Chávez states that the earthquake that wiped the country’s capital off the map and killed more than a hundred thousand people was caused by the United States in order to destabilize the regime in Iran.  Which demonstrates the tremendous technological power of the United States, capable moving the tectonic plates which sustain the oceans and entire countries.

Although secular, the theory retains a lot of the theological tradition according to which God is in the habit of laying waste to entire peoples in order to keep the corner grocer from being unfaithful to his wife.

Other presidents and columnists claim that U.S. aid in reality constitutes an invasion, in order to pillage Haiti’s wealth and achieve a strategic position in the Caribbean, close to Cuba.  Further evidence that U.S. intelligence agencies are not paying attention, since everyone knows that Haiti is the poorest country in the hemisphere and that Guantánamo is closer to Cuba, so it’s possible that the United States will therefore invade Guantánamo as well.

Or one might have to wonder whether this kind of anti-U.S. theory is not itself the product of some perverse U.S. agency.  Because there is no better way of discrediting any anti-imperialist critique than with anti-American stupidities.

At this rate, the day will soon arrive when few will believe that Truman was the president who ordered that two nuclear bombs be dropped over Hiroshima and Nagasaki.  An action which, thanks to the heroic sacrifice of tens of thousands of innocent children, probably avoided the death of tens of thousands of innocent children.

* * *

While every ideological group makes the argumentative most of Haiti’s earthquake, thousands of children continue to suffer and die hopelessly.

But all of our best words are going to die there where a child dies.

All of our best thoughts are going to die there where a child’s tears are stopped by hunger, pain and injustice he does not understand.

All of our best ideas and our best speeches become a handful of sterile soil there where a mother places flowers on a small grave.

If any one of our words of horror and of indignation was capable of averting the death of a single child in the world, it would deserve to live.  Which is to say, there is no such word.

If our words were to accompany our acts the way joy accompanies a child’s smile, the way a country’s wealth accompanies the value of its currency, perhaps then our words would have some value.

Our words would then be something more than cowardly symbols, empty speeches, pretty flowers that serve to perfume the bed of the lazy indignant.

And despite everything, perhaps words still matter when they mobilize.  We give them value and meaning when we are moved to act by them.

There, words that move emotionally and do not mobilize are useless.

Let’s start by giving something.  For those children, a glass of water is worth more than a thousand words.

Translated by Bruce Campbell

Dr. Bruce Campbell teaches Hispanic Studies at the College of St. Benedict and St. John’s University in Minnesota, and is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003) and the forthcoming ¡Viva la historieta! Mexican Comics, NAFTA, and the Politics of Globalization (University Press of Mississippi).

Los demonios de Haití

Shown here Jan. 17, 2010, are buildings in Jac...

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The Devils in Haiti

Los demonios de Haití

Después del gran terremoto de Haití aparecieron varias teorías sobre sus causas. Según el cónsul de Haití en Brasil, George Samuel Antoine, la culpa había sido de la macumba y de la raza: “O africano em si tem maldição. Todo lugar que tem africano tá foda [jodido]”.

El influyente tele-evangelista Pat Robertson afirmó que la desgracia se debía a que el pueblo haitiano tenía un pacto con el diablo (“a pact with the devil”). Un pacto secreto. Tal vez tan secreto que, a excepción de Pat Robertson, ni Dios se enteró. De lo contrario seguramente el amor infinito del Creador hubiese evitado que miles de niños inocentes muriesen por este complot cósmico. O lo sabía y lo permitió, no por debilidad sino por Su conocida política de no intervención.

Otra teoría muy difundida y acreditada por miles de editores, blogueros y presidentes como Hugo Chávez afirma que el terremoto que borró del mapa la capital del país y mató a más de cien mil personas fue causado por Estados Unidos para desestabilizar el régimen de Irán. Lo que de paso demuestra el poderío tecnológico de Estados Unidos, capaz de mover las placas tectónicas que sostienen mares y países enteros.

Aunque secular, la teoría tiene mucho de la tradición teológica según la cual Dios suele arrasar pueblos enteros para evitar que el verdulero de la esquina engañe a su mujer.

Otros presidentes y columnistas afirman que la ayuda norteamericana en realidad se trata de una invasión, para saquear las riquezas de Haití y para lograr una posición estratégica en el Caribe, cerca de Cuba. Otra prueba de que los servicios de inteligencia norteamericanos andan distraídos, ya que todos saben que Haití es el país más pobre del hemisferio y que más cerca de Cuba está Guantánamo, por lo cual es posible que pronto Estados Unidos invada Guantánamo también.

Habría que pensar si este tipo de teorías antinorteamericanas no son producto de alguna perversa agencia norteamericana. Porque no hay mejor forma de desacreditar cualquier crítica antiimperialista que las estupideces del género antiamericano.

A este ritmo, pronto llegará el día en que pocos creerán que Truman fue el presidente que ordenó arrojar dos bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki. Acción que, gracias al sacrificio heroico de decenas de miles de niños inocentes, probablemente se haya evitado la muerte de decenas de miles de niños inocentes.

* * *

Mientras cada grupo ideológico saca partido dialéctico del terremoto de Haití, miles de niños continúan agonizando y muriendo sin remedio.

Mientras tanto, todas nuestras mejores palabras van a morir allí donde muere un niño.

Todos nuestros mejores pensamientos van a morir allí donde un niño deja de llorar por el hambre, el dolor y toda la injusticia que no comprende.

Todas nuestras mejores ideas y nuestros mejores discursos se convierten en un puñado de tierra estéril allí donde una madre pone flores en la pequeña tumba.

Por si acaso alguna de nuestras palabras de horror y de indignación evitase la muerte de un solo niño en el mundo, merecería vivir. Es decir, casi ninguna. O ninguna.

Si nuestras palabras acompañasen nuestros actos, como la alegría acompaña la sonrisa de un niño, como la riqueza de un país acompaña el valor de su moneda, acaso sí tendrían algún valor, acaso sí serían algo más que cobardes símbolos, vacíos discursos, bonitas flores que van a perfumar la cama del indignado perezoso.

Y con todo, acaso las palabras todavía valen cuando mueven. Acaso sólo le damos valor y sentido cuando movemos y nos movemos por ellas. Palabras que conmueven y no mueven de poco sirven.

Comencemos por dar algo. Para aquellos niños, un vaso de agua vale más que mil palabras.

* * *

Jorge Majfud

22 de enero de 2010

The Devils in Haiti

After Haiti’s great earthquake, several theories appeared about the causes.  According to Haiti’s consul in Brazil, George Samuel Antoine, the fault lay withmacumba, or African spiritism, and the race:  “The African himself is damned.  Every place where there are Africans is screwed.” [“O africano em si tem maldição. Todo lugar que tem africano tá foda.”]

The influential televangelist Pat Robertson asserted that the misfortune was owed to the fact that the Haitian people had a pact with the devil.  A secret pact.  Perhaps so secret that, with the exception of Pat Robertson, not even God knew about it.  Otherwise the infinite love of the Creator would certainly have averted the deaths of thousands of innocent children as a result of this cosmic plot.  Or he knew about it and allowed it to happen, not out of weakness but due to his well-known policy of non-intervention.

Another theory, widely held and distributed by thousands of editors, bloggers, and presidents like Hugo Chávez states that the earthquake that wiped the country’s capital off the map and killed more than a hundred thousand people was caused by the United States in order to destabilize the regime in Iran.  Which demonstrates the tremendous technological power of the United States, capable moving the tectonic plates which sustain the oceans and entire countries.

Although secular, the theory retains a lot of the theological tradition according to which God is in the habit of laying waste to entire peoples in order to keep the corner grocer from being unfaithful to his wife.

Other presidents and columnists claim that U.S. aid in reality constitutes an invasion, in order to pillage Haiti’s wealth and achieve a strategic position in the Caribbean, close to Cuba.  Further evidence that U.S. intelligence agencies are not paying attention, since everyone knows that Haiti is the poorest country in the hemisphere and that Guantánamo is closer to Cuba, so it’s possible that the United States will therefore invade Guantánamo as well.

Or one might have to wonder whether this kind of anti-U.S. theory is not itself the product of some perverse U.S. agency.  Because there is no better way of discrediting any anti-imperialist critique than with anti-American stupidities.

At this rate, the day will soon arrive when few will believe that Truman was the president who ordered that two nuclear bombs be dropped over Hiroshima and Nagasaki.  An action which, thanks to the heroic sacrifice of tens of thousands of innocent children, probably avoided the death of tens of thousands of innocent children.

* * *

While every ideological group makes the argumentative most of Haiti’s earthquake, thousands of children continue to suffer and die hopelessly.

But all of our best words are going to die there where a child dies.

All of our best thoughts are going to die there where a child’s tears are stopped by hunger, pain and injustice he does not understand.

All of our best ideas and our best speeches become a handful of sterile soil there where a mother places flowers on a small grave.

If any one of our words of horror and of indignation was capable of averting the death of a single child in the world, it would deserve to live.  Which is to say, there is no such word.

If our words were to accompany our acts the way joy accompanies a child’s smile, the way a country’s wealth accompanies the value of its currency, perhaps then our words would have some value.

Our words would then be something more than cowardly symbols, empty speeches, pretty flowers that serve to perfume the bed of the lazy indignant.

And despite everything, perhaps words still matter when they mobilize.  We give them value and meaning when we are moved to act by them.

There, words that move emotionally and do not mobilize are useless.

Let’s start by giving something.  For those children, a glass of water is worth more than a thousand words.

Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

Dr. Bruce Campbell teaches Hispanic Studies at the College of St. Benedict and St. John’s University in Minnesota, and is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003) and the forthcoming ¡Viva la historieta! Mexican Comics, NAFTA, and the Politics of Globalization (University Press of Mississippi).

Vientos de odio

Gov. Sarah Palin has breakfast and visits with...

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Vientos de odio


 

El arte de odiar, I

Pocos días después del atentado contra la congresista Gabrielle Gifford de Arizona, circuló un video del pastor de una iglesia, del mismo Estado, que daba gracias a Dios por haber enviado al asesino. No importa que el asesino sea ateo o simplemente se trata de otro misterio divino. Este pastor, con pocos seguidores pero cada vez más famoso, suele difundir en Internet su propia lista de las cosas que Dios odia (los homosexuales, los científicos, los liberales). Para este autoproclamado ministro de Dios, uno entre tantos miles, el dios cristiano del Amor se define por su odio y, al igual que el famoso Pat Robertson, recomiendan abiertamente sacar la pistola y limpiar de vez en cuando a un pecador en nombre de Dios. Alguien anónimo, no sin sorna, ha preguntado si pegarle un tiro al mencionado pastor podría ser interpretado como la voluntad de Dios.

Casi al mismo tiempo, la ex gobernadora de Alaska, la cada vez más célebre Sarah Palin, se defendió en YouTube de las críticas sobre la influencia de su mensaje incendiario en los desequilibrados y asesinos como Jared Lee Loughn, diciendo que los actos criminales de un individuo “begin and end with the criminals who commit them (comienzan y terminan con los criminales que los realizan)”. Obviamente, esta ley moral no se aplica para los criminales de otras culturas (bárbaras, periféricas): si un fanático masacra a un grupo de inocentes, todo su pueblo y toda su cultura son responsables. Y se actúa en consecuencia.

Un viejo amigo profesor, pionero en la reflexión sobre hipertexto y democracia, entusiasta defensor de Internet desde los años 80, me decía que un aspecto positivo de la Red era que había “igualado la voz” de las personas alrededor del mundo (tendencia humanista que ambos venimos destacando desde hace años). Pero el aspecto negativo era que, de igual forma, también había dado voz a unos pocos fanáticos, y que cuanto menos cultura y educación tenía una persona, más fácil presa era de este fanatismo. Agregué que temía que uno de los aspectos negativos de esta cultura es que los fanáticos (anónimos y encumbrados) tienen más rating que los individuos más racionales. Basta ver el número de vistas en YouTube que tiene el video de un lunático que afirma que la Tierra es plana y el de un científico que demuestra lo contrario.

Pera el fanatismo no es sólo propiedad de la gente inculta. La Alemania de los años treinta era uno de los países más educados del mundo. Ni que hablar de los imperios de turno.

En una entrevista radial mencioné al pasar que, entre otras razones que parecían de mayor peso, tal vez la condición de judía de Gabrielle Gifford no fuese un detalle insignificante para explicar las motivaciones del acto. No es que la creyera una razón central. Simplemente, no la subestimaba.

Al día siguiente recibí un par de correos acusándome de “judío sionista”. Lo que contrasta con otras supuestas acusaciones parecidas de ser “musulmán” por el simple hecho de denunciar la muerte de decena de niños palestinos en un solo bombardeo israelí.

Debería ser un dato irrelevante: no soy ni judío ni musulmán. No lo digo como desagravio, claro. Lo digo simplemente porque es verdad y porque me demuestra, en carne propia, el tamaño de la estupidez humana. Apenas soy un hombre imperfecto y contradictorio, como cualquier hombre, como cualquier mujer, capaz de tolerar muchas cosas pero irremediablemente incapaz de soportar el dolor de un solo niño ni la barbarie medieval de andar masacrando hombres y mujeres en nombre de Dios; incapaz de soportar la barbarie moderna de masacrar individuos y hasta pueblos enteros en nombre de la Justicia, la Igualdad, la Libertad y todas las Buenas Razones que se nos puedan ocurrir con mayúsculas.

El arte de odiar, II

En Internet circulan listas de premios Nobel discriminados por nacionalidades, la mayoría confeccionadas por autores fantasmas. De ahí se deduce la superioridad de unos pueblos sobre otros, como si la academia sueca fuese el dedo de Dios. Los peores, sin ningún rigor académico, está de más decir, vinculan estas estadísticas a diferencias biológicas (si Alfred Nobel hubiese nacido en tiempos de Tutankhamun, “las razas superiores” serían, sucesivamente, los egipcios, los persas, los chinos, los indios, los judíos, los griegos, los romanos, los árabes, los mayas, los ingleses, los americanos…).

Algunos atribuyen estas diferencias a la superioridad de una cultura o de una religión sobre las otras. Los más razonables, entiendo, las consideran culturales, vinculadas a circunstancias históricas.

Algunas listas reciben el apoyo de innumerables opinantes que las redireccionan masivamente a nuestros correos. Como las que comparan el número proporcional de premios Nobel ganados por judíos y el número de premios ganado por árabes y de ahí deducen la superioridad de “un pueblo” (cuando no de una raza) sobre el otro e, incluso la superioridad intelectual de unos individuos sobre los otros por el solo hecho de pertenecer a uno de los pueblos con más premios Nobel. (Por lo menos desde la Edad Media, al pueblo judío se le negó derechos de propiedad y nobleza, lo que acentuó su tendencia a refugiarse en el trabajo intelectual, el cual, por ser trabajo, fue despreciado por la nobleza, casi tanto como el trabajo manual).

Estas listas comparativas se parecen en algo a esas otras que enumeran las veces que el pueblo judío fue expulsado de diferentes países en los últimos tres mil años, por lo que se infiere que el mensaje explicaría una especie de karma nacional.

La gran cantidad de premios Nobel ganados por un pueblo o un país X no deja de ser un mérito. Pero tampoco deja de ser un merito relativo, del cual no hay que deducir superpoderes culturales, ideológicos o raciales. Menos derechos especiales. La Alemania de los años treinta era el país que tenía más premios Nobel y también fue el país que más fácil se dejó engañar por un fanático que llevó a medio pueblo a organizar o tolerar uno de los peores holocaustos, si no el peor, de la historia moderna (del holocausto indoamericano casi no se habla).

Ahora, si revemos estas listas, también veremos una predominancia abrumadora de hombres sobre mujeres. ¿Vamos a deducir, entonces, que las mujeres son tanto menos inteligentes o capaces? O por el contrario, ¿el dato no indica, acaso, alguna circunstancia histórica que las oprimió en la misma proporción?

Si despreciamos a aquellos inmigrantes que proceden de culturas que no han trabajado en el sentido en que sería necesario para acumular premios Nobel (leer “¡Qué error hemos cometido!”, de un inexistente Sebastián Vivar Rodríguez), ¿vamos a despreciar igualmente a las mujeres?

Me gustaría ver la misma consistencia en los argumentos y leer de esos mismos grupos racistas gritando: “No dejen entrar más mujeres a este país. Dejen entrar sólo hombres, porque gracias a ellos tendremos más premios Nobel, porque gracias a ellos el mundo es un lugar más próspero”.

Claro, alguno, dentro de estos grupos, se opondrá diciendo: “No, hay que dejar entrar también a las mujeres. De lo contrario aumentaría la homosexualidad. De lo contrario no habría madres que dieran hijos varones que produjeran premios Nobel, que no trajeran progreso y prosperidad”.

También seria consecuente. Porque no otra cosa practican algunos dejando entrar a inmigrantes procedentes de culturas marginales, sin premios Nobel, para que limpien los baños de los premios Nobel, para que planten y recojan las siembras que alimentan a los premios Nobel, para que se enlisten en los ejércitos que luego irán a poner orden en esos pueblos barbaros que no tienen premios Nobel.

Jorge Majfud

Jacksonville University

 

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