1931. Deportados de su propio país, otra vez

La Placita Park, California. 26 de febrero de 1931—Un jueves frío de febrero, a las tres de la tarde, hombres armados, algunos vestidos de uniforme militar y otros uniformados de civil, rodean a cientos de hombres y mujeres en la popular Placita Park. En minutos, los suben en camiones y los transportan a la frontera sin trámite ni más acusación que la apariencia de mexicanos que llevan encima. La mayoría son ciudadanos estadounidenses, deportados a un país extranjero.

Las razias continuarán por todo el país. En unos pocos meses, cincuenta mil serán exiliados a la fuerza. Ninguna ley federal legitima la limpieza étnica; sólo un eslogan del presidente Herbert Hoover: “los trabajos en América son para los verdaderos americanos”. La distracción, la idea de haber encontrado el problema para una solución funciona una vez más. La euforia de los “verdaderos americanos” que sufren el hambre y la miseria, sube como leche hervida. La fiesta sin límites de los años locos, de los negocios entre el champagne, la orgía de capitales que, naturalmente, acaba de terminar en un inesperado parto y Depresión. Los grandes inversores se suicidan y los pequeños trabajadores se mueren de hambre. Dos años más tarde, el nuevo presidente, Franklin Roosevelt, saldrá al rescate con una fórmula que no tiene nada de capitalista: el Estado puede salvar al país, puede ayudar a los trabajadores sin trabajo y puede inventarles trabajo de la nada.

Pero los recursos del maldito gobierno, que nunca hace nada bien, son limitados y es necesario ahorrar. Una forma será retirar los marines de América Latina. Otra, iniciada con Hoover, es que en Estados Unidos haya menos gente que reciba algún tipo de ayuda del generoso gobierno. Cuanto menos mejor. Así que hay que empezar por limpiar el país por algún lado y comienzan las redadas en los pueblos y en los vecindarios mexicanos en Estados Unidos en busca de mexicanos o cualquiera que parezca mexicano. 40.000 californianos que se consideran dentro de esa categoría abandonaran el país en 1932.

En 1848, el tratado de Guadalupe Hidalgo que cedía más de la mitad de México a Estados Unidos había establecido que los mexicanos que obtuviesen la ciudadanía estadounidense tendrían los mismos derechos que los ciudadanos blancos. Pero los tratados se respetan mientras convengan al más fuerte y las leyes se mantienen mientras coinciden con los intereses de las clases sociales en el poder, que en definitiva son quienes las redactan. Los mexicanos conversos, como ocurrió en Europa con moros y judíos, poco después y de forma sistemática también serán despojados de sus propiedades y obligados a marcharse del país o a las grandes ciudades donde, como los esclavos liberados por Lincoln, deberán conformarse con trabajar por propinas o por sueldos de miseria en el sector de servicios.

Durante la Gran depresión de los años treinta, un millón de estadounidenses con acento y apariencia hispana serán obligados a abandonar su país como en el siglo anterior miles de negros habían sido obligados a volver a Haití o África de donde, decían, habían llegado siglos atrás. La operación de limpieza que comenzó en los hospitales de Los Angeles se llama “Mexican Repatriation”. Muchos de ellos pertenecerán a familias que estuvieron en esa tierra siglos antes de que la frontera les pasara por encima y no tendrán idea de cómo es vivir en el país vecino, que se supone es su país de origen y de destino cuando las cosas salen mal, como África es el país de los negros.

Los estadounidenses de raza híbrida e idioma imperfecto que se queden no se podrán bañar en las piscinas de los hoteles ni podrán entrar a los teatros. Cuando entren, no podrán sentarse al medio ni muy adelante. En las elecciones, sus barrios serán divididos de forma que sean siempre minorías en cada distrito y nunca alcancen los representantes que se merecen por su número. Tiendas y restaurantes colgarán carteles reservándoe el derecho de admision: “No Negroes, Mexicans or dogs allowed (No se permiten negros, mexicanos ni perros)”.

En 1925, en una conferencia sobre el problema de las razas, el zoólogo de Berkeley (ahora estudioso del animal humano) Samuel Holmes había advertido del problema racial que representaban los mexicanos. Poco después, Holmes había propuesto la esterilización forzada de la gente de origen mexicano para no disminuir la calidad de la raza estadounidense, de la misma forma que estados como California han estado esterilizando a miles de pacientes considerados idiotas. En mayo de 1929, en su artículo “Perils of Mexican Invasion” (“Los peligros de la invasión mexicana”) publicado por el North American Review, Holmes había citado al Comisionado de trabajo de Texas Mr. McKemy, quien había advertido sobre el peligro de que el 75 por ciento de los trabajadores rurales fuesen jornaleros mexicanos. “Los hijos de los trabajadores de hoy serán ciudadanos mañana”. En artículos sucesivos, Holmes repetirá la advertencia hecha por Theodore Roosevelt sobre el “suicidio racial” que encontrará eco no sólo en los miembros del Ku Klux Klan sino en una vasta masa de ciudadanos anglosajones. Esta paranoia racial y fronteriza se agravará durante la Gran Depresión.

En junio de 2006 el agitador radial Rush Limbaugh denunciará la invasión de trabajadores mexicanos como un intento de “reconquista”. No se cansará de denunciar la invasión y las milicias privadas como los Minutemen y el Tea Party vigilarán armados la línea fronteriza que protege la raza anglosajona en nombre de la ley y otras excusas actualizadas mientras se continúa la centenaria tradición de empujar las fronteras interviniendo “en defensa propia” donde sea necesario y contra cualquier ley internacional.

Aunque bajo tierra, la historia de Texas seguirá viva.

Capítulo del libro La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina. Jorge Majfud https://www.amazon.com/frontera-salvaje-fanatismo-anglosaj%C3%B3n-Am%C3%A9rica/dp/1737171031/ref= 

La lucha de clases se radicaliza y se internacionaliza

Los trabajadores inmigrantes, los verdaderamente productivos, ganan menos de 10 dólares la hora sin beneficios sociales (como retiro o seguro de salud) en los trabajos más duros que los países ricos pueden tener y que sus ciduadanos no quieren ni podrían hacer aunque tuviesen los entrenadores de los mejores deportistas del mundo.

Los policías militarizados que los persiguen, esposan y arrojan con violencia en campos de concentración, ganan 145.000 dólares por año más 30.000 de beneficios. ¿Quiénes van a trabajar para darles de comer a los escuderos de sus jefes fascistas, mayordomos de sus dueños capitalistas?

Desde las represiones en imperios moribundos como Estados Unidos y Europa hasta neocolonias como la Argentina, podemos ver cómo la lucha de clases se radicaliza y se internacionaliza. Por ahora (como por las últimas generaciones) van ganando los de arriba, pero esta aceleración es un claro indicio de que nos aproximamos a un quiebre, seguido por una crisis, revuelta, resistencia y revolución.

jorge majfud, junio 2025

Evangelio existencialista del inmigante

Evangelio existencialista del inmigante

En este país que es un país y son muchos países, en esta gente que es un pueblo y son muchos pueblos nunca estarás en un lugar preciso ni serás un individuo concreto sino muchos lugares y muchos individuos.

Te sentarás en un restaurante de comida mexicana y apoyarás los codos en esa mesita larga con azulejos que parecerán hechos a mano en el Zócalo o en Sevilla, con paredes que lucirán pintadas por un artista único para un lugar único.

Por ninguno de esos detalles podrás decir si estás en Amarillo, Texas, o en El Cajon, California, o en Bonita Springs, Florida, o en Rio Grande, New Jersey. Las mesas con azulejos típicos de México o de Sevilla serán iguales, que es lo mismo que decir que serán las mismas mesas. Y también los olores y los cuadros y los pisos de cerámica y el paisaje por la ventana y la chica que aparecerá y te sonreirá. Será siempre esa misma sonrisa que irá incluida en el mismo menú y al mismo precio y no te importará porque sabrás que estás pagando para que te sonría, amable, linda, casi como si te simpatizara.

Como si te conociera.

Porque en el fondo ya te conoce.

Te ha sonreído antes en otros rostros como el tuyo que para ella es el mismo rostro. Y en el fondo sabrás que no es sincera pero ella no lo sabe y a ti tampoco te importará. Porque para caras largas estarán las oficinistas del gobierno, que también cobran pero fuera del círculo feliz del sistema, como lo llamarás si te llamas Ernesto, el criticón.

Y si vas dos veces, tres, cinco veces al mismo lugar, al mismito, vas a encontrar los mismos tacos y las mismas tortillas con salsa picante y las mismas fajitas y la misma margarita y una chica parecida con una sonrisa parecida, por el mismo precio. Pero la chica tampoco será la misma aunque sea lo mismo decir que es la misma chica.

Porque aquí todo está en movimiento. Todo es siempre nuevo aunque sea lo mismo. Todo corre como un río que se repite en cada atardecer. Pero nunca podrás conducir dos veces en la misma autopista. Serán otros los carros y serán los mismos. Nunca podrás pasar dos veces por el mismo self-service aunque el mismo self-service con el mismo hindú y los mismos hispanos comprando las mismas cervezas sin alcohol estén en muchas otras partes de muchos otros estados.

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo. Otras serán las muchachas de sonrisas azules y los viejos calvos con trajes de oficinistas y las viejas joviales de pelo corto y paso ejecutivo. Y serán los mismos.

Todo se moverá sin parar y nada cambiará, como si te pudieras perder en tu propia casa. Y con cierto placer te perderás por Virginia y por Texas y por Arizona y por California y descansarás en todos sus hoteles y moteles que por el mismo precio serán el mismo cuarto y el mismo baño y las mismas luces sobre un estacionamiento más o menos igual, el mismo césped recién cortado y las mismas flores recién trasplantadas.

Y casi con placer vivirás huyendo de algo, de alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí.

Y te sentirás nadie y te sentirás todos, y te llamarás Ernesto o Guadalupe, José María o María José, y serás un poco de cada uno y serás el mismo que come ahora en un Chili´s en Nevada y en un On the Border en Georgia, y tendrás los mismos sueños por el mismo precio y los mismos miedos por el mismo estatus legal, y las mismas ideas por la misma educación.

Y serás un expulsado de tu país y un perseguido en este, si eras pobre. O no te perseguirán y serás un exiliado con algunos privilegios si llegaste a un título universitario antes de venir. Pero siempre serás un golpeado, un resentido por la peor suerte de tus hermanos y hermanas que no conoces. Esos hermanos a los que te une tantas cosas y a veces solo un idioma.

Y de cualquier forma sufrirás por ser un outsider que ha aprendido a disfrutar esa forma de ser nadie, de perderse en un laberinto anónimo de restaurantes, moteles, mercados, plazas, playas lejanas, montañas sin cercos, desiertos sin límites, tiempos de la memoria sin espacio, países dentro de otros países, mundos dentro de otros mundos.

Y huirás sin volver nunca pero al final siempre huirás hacia la memoria que te espera en cada soledad llena de tanta gente que nunca conocerás aunque duerman a tu lado.

Y sólo tendrás una patria segura pero será intangible como el viento. Tendrás sólo una patria, un refugio hecho de memorias fantásticas sobre las profundas raíces del castellano y sobre las movedizas arenas de otras costumbres.

Jorge Majfud (del libro Crisis, 2012)

Déficit de empatía, sobreproducción de psicópatas (micro)

Déficit de empatía, sobreproducción de psicópatas

«Ahora se jodieron con Trump» me dijo alguien a quien no voy a dar el gusto de nombrar ni responder, alguien de un país latinoamericano, como típico efecto de revancha a sus propias frustraciones. «Te van a sacar los libros de las estanterías».

Hace tiempo que no respondo a estas catarsis, pero tal vez no sea imprudente compartir una reflexión con los amigos, que asumo gente razonable: A mí me duele lo que está pasando con millones de padres, madres y niños en este país. Siempre pobres, claro. Elon Musk es un inmigrante ilegal, como lo reconoció su hermano y la misma logica de las visas J lo sugieren…

Que los psicópatas insensibles y caza pobres sean cristianos orgullosos de su fe, como si fuesen cruzados salvajes, aparte de una paradoja contra los orígenes de esa religión es parte de una larga tradición. En cuanto a mis libros no, todo lo contrario. La frontera salvaje y Moscas en la Telaraña, entre otros, se han vendido más desde que ganó Trump y más aún cada vez que estos payasos genocidas dicen alguna estupidez sobre América Latina.

Tampoco es que viva de mis libros, pero en lo personal debería estar festejando todo este surrealismo. Pues no, creo que algo llamado empatía me impide ser feliz. Más bien todo lo contrario. Si a veces no duermo no es por los cipayos frustrados en algún rincón del mundo, sino por toda esa gente que aparte de sufrir la persecución por años ahora también es tratada como criminales por los criminales en el poder. Aparte de denunciar esto como profesor directametne en mis clases (tengo 200 estudiantes por año, anotados por voluntad propia, y tal vez por eso aún sigo aquí) y como escritor cada vez que puedo. También he ayudado en casos de desesperación, pero es como una aspirina para una dolencia terminal. Dolor físico, dolor moral.

Cierto, no puedo ser feliz, pero no por mis libros irrelevantes, sino por algo que creo se llama empatía, justo eso que los psicópatas fascistas, por definición y naturaleza, carecen completamente. PD. Por si les molesta, ahí va La frontera de nuevo: https://amazon.com/frontera-salvaje-fanatismo-anglosaj%C3%B3n-Am%C3%A9rica/dp/1737171031/ref=

jorge majfud, febrero 2025

https://prensared.org.ar/contra-la-deshumanizacion-de-los-inmigrantes-pobres/

De cómo responder a un bully y ser independiente de una vez por todas

Canal de Panamá: Cómo responder a un agresor y ser independiente de una vez por todas. Entrevista a Jorge Majfud

“Como siempre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un nuevo país y luego hacer que los “rebeldes” panameños firmaran un tratado apuntándoles con una pistola al cuello, como era y es costumbre”.

DESACATO, Brasil: Desde el momento en que asumió su segundo mandato como líder de la Casa Blanca, Donald Trump ha demostrado sus nuevas credenciales como agresor global. Así ha sido, entre otros, con los países fronterizos, México y Canadá. También con China, con el pueblo palestino y con el Istmo de Panamá, robado a Colombia para construir un país al servicio de los intereses imperialistas.

Trump se ha quejado de que China es el mayor beneficiario del Canal; exige que Estados Unidos pague menos por el tránsito de sus buques e incluso que vuelva a administrar el canal como lo hacía antes de que el pacto Torrijos-Carter entrase en vigor.

Pero ¿hay algo legítimo o legal en los reclamos de Trump? ¿Cuál es la verdadera historia del canal y del istmo panameño? ¿Es Panamá un país plenamente soberano? ¿Cómo afecta la situación a otros países de la región?

Este tema fue abordado por el periodista y presentador Raúl Fitipaldi en una conversación exclusiva con Jorge Majfud*, escritor, novelista y profesor de la Universidad de Jacksonville, para Portal Desacato, que transcribimos a continuación:

Raúl Fitipaldi: ¿Estados Unidos tiene algún reclamo que sea legítimo con relación a la administración del Canal de Panamá?

Jorge Majfud. Ninguno. Todo lo contrario. Están obligados a pagar una multimillonaria compensación por los crímenes cometidos en ese país, desde Theodore Roosevelt hasta George H. Bush y más acá. Claro que es una obligación moral, es decir, irrelevante.

El Canal nunca fue de Estados Unidos ni fueron los estadounidenses quienes lo construyeron. Roosevelt inventó una revolución en esa provincia de Colombia cuando su congreso rechazó la oferta de continuar la obra que se había iniciado bajo la dirección de los franceses porque renunciaba a su soberanía por una suma irrisoria (nos detuvimos en esto en La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina, 2021). Como de costumbre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un país nuevo y luego hacer firmar a los panameños “rebeldes” un tratado con la pistola en la nuca, como fue y es costumbre.

El Canal fue construido por 50.000 trabajadores caribeños que no salieron en la foto, en un régimen de esclavitud. Seis mil de ellos murieron en la construcción mientras Roosevelt los llamaba perezosos y negros estúpidos.

Washington no pagará ninguna compensación como no pagará por todas las dictaduras y masacres que llevó a cabo en América Latina y en el resto del mundo. Por el contrario, continúa matoneando y haciéndose la víctima. El típico amo de lo que entonces se llamaba “la raza libre” (blancos), ladrón y violador que acusaba a los negros y mestizos de ser ladrones y violadores. Igual que cuando Haití se liberó de Francia y de la esclavitud y debió pagar onerosas compensaciones a los esclavistas imperiales por más de un siglo. Igual que los amos blancos en Estados Unidos, quienes recibieron compensaciones por perder su “propiedad privada”, no los esclavos.

RF. ¿Panamá tiene la soberanía necesaria para defender el Pacto Carter-Torrijos que le devolvió el Canal?

JM. No. En relaciones internacionales, los imperios firman tratados hasta que les dejan de servir. Podemos verlo muchas veces con los tratados que Washington firmó con los pueblos originarios, con los mexicanos, con los caribeños, desde el siglo XVIII hasta hoy, cuando en 2015 Obama firmó el tratado con Irán para la limitación de tecnología nuclear y, al otro día (dos años después), Trump lo desconoció.

Ahora, con México, Panamá, Canadá, Colombia o Europa debemos recordar la máxima de Henry Kissinger, uno de sus criminales más célebres: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es letal”.

Panamá tiene solo dos opciones: (1) arrestarse como una de las prostitutas de Trump para recibir algo a cambio o (2) establecer una política de Estado en base a acuerdos y uniones con países más confiables, aquellos que comparten sus mismos problemas de seguridad ante la eterna aplicación de la Doctrina Monroe. Es decir, tratados comerciales y de unión estratégica con sus hermanos latinoamericanos y con otros países, sean europeos, africanos o asiáticos.

Esta idea del valor de la unión procede de los nativos norteamericanos: puedes quebrar una lanza con facilidad, pero si intentas quebrar varias juntas no podrás. Los colonos anglosajones escucharon y aprendieron tan rápido que no les dejaron tiempo a las naciones nativas a unirse de forma efectiva. Hoy es un símbolo irónico en el escudo de Estados Unidos.

RF. ¿Tienen fundamento las acusaciones que Donald Trump le hace a China de usar para sí el canal?

JM: Es falso y contradictorio. La presencia china en Panamá es insignificante. El problema es que China no deja de hacer las cosas bien y, como cualquier potencia industrial y comercial tiene derecho a usar el canal de Panamá y cualquier otro puerto si no emplea la violencia como es tradicional en Estados Unidos y en los imperios anglosajones.

Lo que más molesta de China es que ha recuperado su estatus de superpotencia mundial sin invadir ni destrozar ningún país. Los “comunistas empobrecedores” no sólo se han despegado del resto en materia de desarrollo, sino que los exitosos capitalistas le deben fortunas.

Si Estados Unidos fuese una nación medianamente inteligente, razonable en lugar de fanática, administraría sus terribles problemas económicos, financieros y sociales y su propio declive como imperio en una transición negociada con China para asegurarse una colaboración estratégica. Pero, por el contrario, Washington está pidiendo, desesperadamente, un final violento a su hegemonía.

En Estados Unidos tenemos todo para ser una país desarrollado y más feliz, pero somos todo lo contario, a pesar de que todavía somos una superpotencia mundial y todavía podemos crear la divisa global apretando ceros en un teclado. ¿Qué se supone que ocurrirá cuando no tengamos esos privilegios y, encima, tengamos que enfrentar un mundo que no nos va a perdonar haber sido tan hijos de puta por tanto tiempo?

RF. ¿Cómo deberían reaccionar los países afectados, directa e indirectamente en América Latina, tengan sus costas en el Pacífico o en el Atlántico?

JM. Una respuesta razonable, a corto plazo, sería “negociar con Trump”. Es más o menos lo que acaba de hacer México para suspender las tarifas por un mes. En parte podemos entender a Claudia Sheinbaum: primero están sus ciudadanos y ella no quiere una recesión que golpee a los más pobres, por breve que sea.

La respuesta más estratégica a largo plazo es, simplemente, no negociar con un extorsionador. Ni siquiera es necesario enredarse en una disputa dialéctica, mediática y diplomática. Silencio e indiferencia son la única forma efectiva para lidiar con un bully.

Si Trump le impone 25 por ciento de aranceles, México debe imponer un 30 por ciento. Claro que esto debe ser hecho en coordinación con el resto de los afectados, como Canadá, China y Europa, y con el resto de las futuras víctimas de nuevas agresiones del Macho Alfa.

México debe buscar poner sus productos en otros mercados. No sólo será una lección de lo que ocurre cuando un país no respeta a otro, sino una estrategia para asegurar una mayor estabilidad en el futuro.

México es el principal socio comercial de Estados Unidos y viceversa, pero ¿cuándo Estados Unidos trató a México como un igual o, al menos, con respeto? No lo ve quien no quiere ver.

Trump cree que revertirá el declive de su imperio acosando a economías más pequeñas, pero seguirle el juego es alimentar la bestia. Es un mal para el mundo y es un mal para nosotros aquí en Estados Unidos, que debemos prolongar la agonía de una mentalidad psicótica que no puede ser feliz ni con todo el oro del mundo.

San Pablo, Brasil, 3 de febrero de 2025.

Canal do Panamá: Como responder a um agressor e ser independente de vez. Entrevista com Jorge Majfud

Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume

Redação.- Desde a primeira hora em que assumiu seu segundo mandato à frente da Casa Branca, Donald Trump apresentou suas novas credenciais de agressor global. Assim tem sido, dentre outros, com seus estados fronteiriços, México e o Canadá, com a China, com o povo palestino e com o istmo do Panamá, roubado da Colômbia e negociado entre a França, para construir um país a serviço dos interesses imperialistas.

Trump tem reclamado que a China é o  maior beneficiário do Canal; reivindica que os Estados Unidos paguem menos pelo trânsito das suas embarcações, e até mesmo que sejam os Estados Unidos que voltem a administrar o canal como antes do pacto Torrijos-Carter.

Mas, tem algo legítimo ou legal que reclamar Trump? Qual é a história verdadeira com relação ao canal e ao istmo panamenho (ou melhor, historicamente colombiano)? Panamá é um país completamente soberano? Como afeta a situação aos demais países da região?

Esse assunto foi tratado pelo jornalista e apresentador, Raul Fitipaldi, em diálogo exclusivo com Jorgem Majfud*, escritor, romancista e professor da Jacksonville University, para o Portal Desacato, que transcrevemos a seguir:

O Canal foi construído por milhares de escravos que Roosevelt chamava de “preguiçosos e negros estúpidos”

R.F. Os Estados Unidos têm alguma reivindicação legítima em relação à administração do Canal do Panamá?

JM. Nenhuma. Muito pelo contrário. São obrigados a pagar compensações multimilionárias pelos crimes cometidos naquele país, desde Theodore Roosevelt até George H. Bush e mais além. Claro que é uma obrigação moral, ou seja, irrelevante.

O Canal nunca pertenceu aos Estados Unidos nem foram os estadunidenses que o construíram. Roosevelt inventou uma revolução naquela província da Colômbia quando, o seu congresso, rejeitou a oferta de continuar o trabalho que tinha começado sob a direcção dos franceses porque renunciaram à sua soberania por uma soma ridícula (falamos disto em The Wild Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume.

O Canal foi construído por 50 mil trabalhadores caribenhos que não estavam na foto, em regime de escravidão. Seis mil deles morreram na construção, enquanto Roosevelt os chamava de ‘negros preguiçosos e estúpidos’.

 Washington não pagará qualquer compensação, tal como não pagará por todas as ditaduras e massacres perpetrados na América Latina e no resto do mundo. Pelo contrário, ele continua a intimidar e a se fazer de vítima. O típico mestre do que então se chamava “raça livre” (brancos), um ladrão e estuprador que acusava negros e mestiços de serem ladrões e estupradores. Tal como quando o Haiti se libertou da França e da escravatura e teve de pagar onerosas compensações aos traficantes de escravos imperiais durante mais de um século. Tal como os senhores brancos nos Estados Unidos, que receberam uma compensação pela perda da sua “propriedade privada”, e não os escravos.

A frágil soberania panamenha

RF. O Panamá tem a soberania necessária para defender o Pacto Carter-Torrijos que lhe devolveu o Canal?

JM. Não. Nas relações internacionais, os impérios assinam tratados até deixarem de servi-los. Podemos ver isso muitas vezes nos tratados que Washington assinou com os povos indígenas, com os mexicanos, com os caribenhos, desde o século XVIII até hoje, quando em 2015 Obama assinou o tratado com o Irã para limitar a tecnologia nuclear e, no dia seguinte (dois anos depois), Trump o ignorou.

Agora, com o México, o Panamá, o Canadá, a Colômbia ou a Europa, devemos recordar a máxima de Henry Kissinger, um dos seus criminosos mais famosos: “Ser inimigo dos Estados Unidos é perigoso, mas ser seu amigo é letal”.

O Panamá só tem duas opções: (1) prender-se como uma das prostitutas de Trump para receber algo em troca ou (2) estabelecer uma política de Estado baseada em acordos e uniões com países mais confiáveis, aqueles que partilham os mesmos problemas de segurança face à eterna aplicação da Doutrina Monroe. Ou seja, tratados comerciais e de união estratégica com os seus irmãos latino-americanos e com outros países, sejam europeus, africanos ou asiáticos.

Essa ideia do valor da união vem dos nativos americanos: você pode quebrar uma lança facilmente, mas se tentar quebrar várias juntas não conseguirá. Os colonos anglo-americanos ouviram e aprenderam tão rapidamente que não deixaram tempo para que as nações nativas se unissem de forma eficaz. Hoje é um símbolo irônico no brasão dos Estados Unidos.

Na briga com a China, Estados Unidos precipita um final violento para sua hegemonia

RF. As acusações de Donald Trump contra a China de usar o canal para si têm fundamento?

JM: É falso e contraditório. A presença chinesa no Panamá é insignificante. O problema é que a China não para de fazer bem as coisas e, como qualquer potência industrial e comercial, tem o direito de usar o Canal do Panamá e qualquer outro porto se não usar a violência como é tradicional nos Estados Unidos e nos impérios anglo-saxónicos.

O que mais irrita da China é que recuperou o seu estatuto de superpotência mundial sem invadir ou destruir qualquer país. Os “comunistas empobrecedores” não só se separaram do resto em termos de desenvolvimento, mas os capitalistas bem-sucedidos devem-lhes fortunas.

Se os Estados Unidos fossem uma nação moderadamente inteligente, razoável e não fanática, geririam os seus terríveis problemas económicos, financeiros e sociais e o seu próprio declínio como império numa transição negociada com a China para garantir a colaboração estratégica. Mas, pelo contrário, Washington apela desesperadamente ao fim violento da sua hegemonia.

Temos tudo para ser um país desenvolvido e mais feliz, mas somos totalmente o oposto. Imagine que isso seja um fato enquanto ainda somos uma superpotência mundial e ainda podemos criar a moeda global digitando zeros num teclado. O que deve acontecer quando não temos esses privilégios e, ainda por cima, temos que enfrentar um mundo que não nos perdoa por sermos filhos da puta (sic) por tanto tempo?

Como responder a um agressor e ser independente de vez

RF. Como deveriam reagir os países afetados, direta e indiretamente, na América Latina, quer tenham as suas costas no Pacífico ou no Atlântico?

JM. Uma resposta razoável a curto prazo seria “negociar com Trump”. Foi mais ou menos isso que o México acabou de fazer ao suspender as taxas por um mês. Em parte podemos compreender Claudia Sheinbaum: os seus cidadãos estão em primeiro lugar e ela não quer uma recessão que atinja os mais pobres, por mais breve que seja.

A resposta mais estratégica a longo prazo é, simplesmente, não negociar com um chantagista. Nem é preciso se envolver numa disputa dialética, midiática e diplomática. O silêncio e a indiferença são a única maneira eficaz de lidar com um agressor.

Se Trump impor tarifas de 25 por cento, o México deverá impor 30 por cento. É claro que isto deve ser feito em coordenação com o resto dos afectados, como o Canadá, a China e a Europa, e com o resto das futuras vítimas de novas agressões do Macho Alfa. O México deve procurar colocar os seus produtos noutros mercados. Não será apenas uma lição sobre o que acontece quando um país não respeita outro, mas também uma estratégia para garantir maior estabilidade no futuro.

O México é o principal parceiro comercial dos Estados Unidos e vice-versa, mas quando é que os Estados Unidos trataram o México como igual ou, pelo menos, com respeito? Quem não quer ver não vê.

Trump acredita que irá reverter o declínio do seu império intimidando as economias mais pequenas, mas seguir em frente é alimentar a fera. É um mal para o mundo e é um mal para nós aqui, que tenhamos de prolongar a agonia de uma mentalidade psicótica que não consegue ser feliz nem com todo o ouro do mundo.

Panama Canal: How to respond to an aggressor and be independent once and for all. Interview with Jorge Majfud

“As always, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then have the Panamanian “rebels” sign a treaty by pointing a gun at their necks, as was and is customary.”

DESACATO, Brazil: Since he assumed his second term as leader of the White House, Donald Trump has demonstrated his new credentials as a global aggressor. This has been the case, among others, with the bordering countries, Mexico and Canada. Also with China, with the Palestinian people and with the Isthmus of Panama, stolen from Colombia to build a country at the service of imperialist interests.
Trump has complained that China is the biggest beneficiary of the Canal; he demands that the United States pay less for the transit of its ships and even that it returns to managing the canal as it did before the Torrijos-Carter pact came into force.
But is there anything legitimate or legal in Trump’s claims? What is the true history of the Panama Canal and the isthmus? Is Panama a fully sovereign country? How does the situation affect other countries in the region?
This topic was addressed by journalist and presenter Raúl Fitipaldi in an exclusive conversation with Jorge Majfud*, writer, novelist and professor at Jacksonville University, for Portal Desacato, which we transcribe below:

Raúl Fitipaldi: Does the United States have any legitimate claim regarding the administration of the Panama Canal?

Jorge Majfud. None. Quite the contrary. They are obliged to pay multimillion-dollar compensation for the crimes committed in that country, from Theodore Roosevelt to George H. Bush and beyond. Of course it is a moral obligation, that is, irrelevant.
The Canal never belonged to the United States, nor were it the Americans who built it. Roosevelt invented a revolution in that province of Colombia when its congress rejected the offer to continue the work that had been started under the direction of the French because it gave up its sovereignty for a paltry sum (we stopped at this in The Savage Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). As usual, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then make the “rebellious” Panamanians sign a treaty with a gun to their necks, as was and is customary.
The Canal was built by 50,000 Caribbean workers who were not in the photo, in a regime of slavery. Six thousand of them died in the construction while Roosevelt called them lazy and stupid blacks.
Washington will not pay any compensation as it will not pay for all the dictatorships and massacres it carried out in Latin America and the rest of the world. On the contrary, it continues to bully and play the victim. The typical master of what was then called “the free race” (whites), a thief and rapist who accused blacks and mestizos of being thieves and rapists. Just like when Haiti freed itself from France and slavery and had to pay onerous compensations to the imperial slavers for more than a century. Just like the white masters in the United States, who received compensation for losing their “private property,” not the slaves.

RF. Does Panama have the necessary sovereignty to defend the Carter-Torrijos Pact that returned the Canal to it?

JM. No. In international relations, empires sign treaties until they stop serving them. We can see this many times with the treaties that Washington signed with the indigenous peoples, with the Mexicans, with the Caribbeans, from the 18th century until today, when in 2015 Obama signed the treaty with Iran for the limitation of nuclear technology and, the next day (two years later), Trump disavowed it.
Now, with Mexico, Panama, Canada, Colombia or Europe, we must remember the maxim of Henry Kissinger, one of its most famous criminals: “Being an enemy of the United States is dangerous, but being its friend is lethal.”
Panama has only two options: (1) arrest itself like one of Trump’s prostitutes to receive something in return or (2) establish a State policy based on agreements and unions with more reliable countries, those that share its same security problems in the face of the eternal application of the Monroe Doctrine. That is, trade treaties and strategic union with its Latin American brothers and with other countries, be they European, African or Asian.
This idea of the value of unity comes from the North American natives: you can break a spear easily, but if you try to break several together you won’t be able to. The Anglo-Saxon settlers listened and learned so quickly that they didn’t leave the native nations time to unite effectively. Today it is an ironic symbol on the United States shield.

RF: Are there any grounds for Donald Trump’s accusations that China is using the canal for its own purposes?
JM: It is false and contradictory. The Chinese presence in Panama is insignificant. The problem is that China does not stop doing things well and, like any industrial and commercial power, it has the right to use the Panama Canal and any other port if it does not use violence as is traditional in the United States and in the Anglo-Saxon empires.
What is most annoying about China is that it has recovered its status as a world superpower without invading or destroying any country. The “impoverishing communists” have not only separated themselves from the rest in terms of development, but the successful capitalists owe them fortunes.
If the United States were a moderately intelligent nation, reasonable rather than fanatic, it would manage its terrible economic, financial and social problems and its own decline as an empire in a negotiated transition with China to ensure a strategic collaboration. But, on the contrary, Washington is desperately asking for a violent end to its hegemony.
In the United States we have everything to be a developed and happier country, but we are the opposite, even though we are still a world superpower and we can still create the global currency by pressing zeros on a keyboard. What is supposed to happen when we do not have those privileges and, on top of that, we have to face a world that will not forgive us for having been such bastards for so long?

RF. How should the affected countries react, directly and indirectly in Latin America, whether they have their coasts on the Pacific or the Atlantic?

JM. A reasonable response, in the short term, would be to “negotiate with Trump.” It is more or less what Mexico just did to suspend tariffs for a month. In part we can understand Claudia Sheinbaum: her citizens come first and she does not want a recession that hits the poorest, however brief it may be.
The most strategic response in the long term is, simply, not to negotiate with an extortionist. It is not even necessary to get entangled in a dialectical, media and diplomatic dispute. Silence and indifference are the only effective way to deal with a bully.
If Trump imposes 25 percent tariffs, Mexico must impose 30 percent. Of course, this must be done in coordination with the rest of those affected, such as Canada, China and Europe, and with the rest of the future victims of new aggressions from the Alpha Male.
Mexico must seek to put its products in other markets. It will not only be a lesson of what happens when one country does not respect another, but a strategy to ensure greater stability in the future.
Mexico is the main commercial partner of the United States and vice versa, but when has the United States treated Mexico as an equal or, at least, with respect? Those who do not want to see do not see it.
Trump believes that he will reverse the decline of his empire by harassing smaller economies, but playing along is feeding the beast. It is bad for the world and it is bad for us here in the United States, who must prolong the agony of a psychotic mentality that cannot be happy even with all the gold in the world.

Sao Paulo, Brazil, February 3, 2025.

Pascual se fue

Un atardecer, en un estacionamiento de Jacksonville Beach, un policía me preguntó por qué estaba caminando sin dirigirme a ninguna parte. Lo miré y pensé en la justificación puritana del sexo: es solo para reproducir feligreses.

Because I feel like it (porque se me antoja) ―le contesté, y continué caminando.

En realidad, yo estaba molesto por otra razón. Tal vez el policía había preguntado con intención de ayudar en algo. Debió pensar unos segundos y, finalmente, se volvió al patrullero. Pensé: ¿qué hubiese pasado si yo fuera un joven centroamericano y con miedo a ser deportado? Habría contestado las preguntas del policía, intimidado y revelando que tal vez estaba allí de forma ilegal, robándole el trabajo a alguien que no quería o no podía hacer mi trabajo. Habría terminado detenido.

Unos meses después, desayuné con otra de esas historias que le quitan a uno las ganas de no hacer nada por un día. El día anterior, un viernes a las 9:00 de la noche, Virgilio Aguilar Méndez volvía a su modesta habitación del Motel Super 8 de Jacksonville que compartía con otros tres trabajadores, cuando un oficial de la policía lo detuvo.

El sargento Michael Kunovich entendió que el joven de 18 años, quien iba hablando por teléfono con su madre, era sospechoso y decidió interrogarlo, aunque no había recibido ninguna denuncia contra él.

Los guatemaltecos sin papeles son bajitos y hablan mam o alguna otra lengua ancestral. Pocos hablan español con fluidez. Menos inglés, por lo que Aguilar no contestó las preguntas ni se tiró al suelo a tiempo, como se lo había ordenado el sargento. Se limitó a repetir la frase que mejor sabía decir: “I am sorry”.

―¿Dónde vives? You, where…?

Aguilar le señaló la puerta de la habitación que compartía con sus amigos.

―¿Qué estás haciendo?

Eating ―dijo Aguilar, cuando logró entender los gestos.

―¿Y por qué no estás comiendo dentro del motel? ―insistió el sargento.

―No understand. I’m sorry.

―¿Llevas armas? ¿Guns?

―No. No. I am sorry.

A pesar de que Aguilar no había reaccionado con violencia, el sargento usó su pistola eléctrica para inmovilizar al sospechoso. Lo mismo hicieron los otros tres oficiales que arribaron minutos después.

El joven obrero, que puso nerviosos a los cuatro corpulentos oficiales, tenía 18 años, medía 1,65 metros y pesaba 52 kilogramos. Luego de la violenta detención, los oficiales decomisaron un cuchillo en posesión de Aguilar (que el joven llamaba family), pero no encontraron ni drogas ni armas en la modesta habitación de los cuatro trabajadores.

Poco después, el sargento Kunovich colapsó por una arritmia cardíaca y murió en un hospital. Aguilar fue acusado de homicidio, mientras una multitud acudía a la iglesia Joseph Catholic Church al sur de Jacksonville.

―Nuestra hermandad estará siempre con cualquier oficial que haya sido asesinado de forma violenta en el cumplimiento de su deber ―dijo Brian Briska, quien viajó desde Nueva York en representación de la Hermandad de los Caídos.

En su cuenta oficial de Twitter, el gobernador libertario de Florida, Ron DeSantis, publicó:

El sargento Michael Kunovich fue asesinado en cumplimiento de su deber por un inmigrante ilegal que se aprovechó de nuestras fronteras abiertas. Oramos por la familia Kunovich y por toda la comunidad”.

Orar es barato; pensar cuesta un poco más. Las cámaras policiales y la investigación revelaron otra cosa, pero Aguilar continuó preso.

Unos meses después, llamaron a Hortensia Salcedo, una de mis colegas de la universidad, para otro de sus trabajos habituales. Hortensia es de Venezuela y una amiga muy cercana. La suelen llamar como traductora en los hospitales, cada vez que un inmigrante indocumentado se mete en problemas y no sabe de qué se trata.

―Siempre salgo llorando de allí ―me dijo una vez―, pero, al menos, ayudo a esa gente.

Renunció a un trabajo mejor pago en uno de los hospitales más prestigiosos del país, al cual la recomendé, porque descubrió que la tarjeta de identificación que debía llevar era un GPS.

La última vez, le pidieron que ayudarse con el caso de otro guatemalteco, llamado Pascual. Seguramente no por casualidad, otro viernes de noche Pascual había salido con sus compañeros de trabajo a relajarse, luego de una semana intensa, una de esas rompe hombres con rutinas que pocos aquí aguantarían por las dos primeras horas del lunes. Como Pascual y sus amigos no pueden conducir, tampoco pueden ir muy lejos.

Esa noche cenaron en un almacén hispano y bebieron unas cervezas. Como estaba cansado, Pascual decidió irse antes a dormir, pero equivocó la calle y se perdió. Para peor, había dejado su teléfono en la habitación.

Alguien notó que había un hombrecito de aspecto extraño que iba de un lado para el otro sin dirección precisa y llamó a la policía. Cuando llegó el patrullero, Pascual no supo qué decirles. ¿Cómo decirles que estaba perdido? Lost? Pascual no parecía una amenaza. Caminaba como si tuviera una pierna rota.

El patrullero lo llevó a un hospital. Al día siguiente llegó Hortensia. De inmediato se dio cuenta que Pascual hablaba mam y apenas entendía castellano.

―¿Usted sabe dónde está? ―le preguntó.

―No ―dijo Pascual.

Hortensia lo miró a los ojos y recordó otros casos, en los cuales las enfermeras le habían dicho que el internado tenía Síndrome de Down, pero ella sabía que no, que era un maya quiché sin dominio del inglés.

―Usted está en un hospital psiquiátrico.

―Es que yo camino así porque nací con un defecto en la rodilla ―dijo Pascual―. No puedo quedarme aquí. Si no voy a trabajar el lunes, pierdo el trabajo y mi familia en Guatemala me necesita. Si no le pago al coyote, la van a visitar.

Pascual se había endeudado por diecisiete mil dólares para que un coyote lo pasara por la frontera. Una visa legal hubiese sido cien veces más barata, pero las embajadas de Estados Unidos no le dan visas a los pobres. La legalidad es para gente bien.

―Usted está en un psiquiátrico.

―Es que mi rodilla no tiene arreglo.

―¿Por qué está aquí?

―Me perdí. Yo nunca tomo cerveza y una solita hizo que me perdiera.

―¿Dónde vive?

―No sé. Si veo la calle sé cómo llegar.

Hortensia llamó a Jesús, la esposa de Pascual en Guatemala, pero hablaba tectiteco.

―Tengo que trabajar el lunes ―se lamentó Pascual―. Si no envío el dinero, los coyotes van a ir por mi esposa.

Luego de una hora sin saber qué hacer con Pascual, Hortensia le preguntó:

―¿Recuerda algún comercio que esté cerca de su casa?

―Uno de colombianos…

Hortensia trató de recordar algún store colombiano en la zona. Recordó uno por Baymeadows. Buscó en Google Street View y le mostró una foto.

―Sí, es ese. Está cerca de donde vivo.

Hortensia habló con las enfermeras del hospital.

―Pascual no debe estar aquí. No tiene ningún problema psiquiátrico. Su problema es otro.

―Pero el doctor debe evaluarlo y eso lleva tiempo…

―Déjenlo ir. Llamen a un Uber. Aquí tienen la dirección.

Hortensia volvió el lunes.

―¿Y Pascual? ―preguntó.

―Pascual se fue ―dijo la enfermera en voz baja.

Jorge Majfud, marzo 2024.

Más allá de la migración

 

Prólogo del libro De un infierno al otro, de Leonor Taiano Campoverde

University of Notre Dame

por Ana Cristina dos Santos

Universidade do Estado do Rio de Janeiro

taiano

En los días de hoy, estar en el mundo es convivir con la existencia de innúmeros desplazamientos territoriales, como la migración, la diáspora, el exilio y con las consecuencias que el cruce de fronteras provoca en el sujeto y en la propia sociedad. Debemos observar que esos tránsitos no son una característica específica del momento actual, sino una parte intrínseca de la historia del Occidente, ya que no podemos pensar las sociedades y las literaturas occidentales sin los diversos dislocamientos que las formaron.

Sin embargo en la contemporaneidad, dichos tránsitos se intensificaron. La globalización, la unión de los países en grandes bloques políticos y económicos y los desplazamientos espaciales mucho más rápidos nos dan la impresión de que las fronteras territoriales se diluyeron y que vivimos en una sociedad en constante dislocamiento. En la concepción de Castells (1999), podemos incluso pensar en las sociedades actuales en términos de desterritorializaciones y reterritorializaciones, movilidades urbanas, de no lugares intercambiables, de ciudades globales que privilegian lo que se mueve, se desplaza y fluye. No nos faltan datos para sostener esa visión, ya que muchos países latinoamericanos, como México, Uruguay y Ecuador, poseen del 15% al 20% de su población en el extranjero (GARCÍA CANCLINI, 2009, p. 3). Esas cifras hacen que la idea de nación ultrapase las fronteras geográficas de los países y, consecuentemente, amplíen el concepto de identidad y de lo “nacional”.

Son varios los motivos que llevan a uno a dejar su país, pero podemos resumirlos en dos: deseo y necesidad. Los desplazamientos por deseo son provocados por causas diversas que abarcan desde la salida del país para hacer turismo hasta la elección de trabajar o de estudiar en el exterior. Con todo, en los últimos años, son los desplazamientos por necesidad los que provocan el éxodo de un sinnúmero de personas en búsqueda de otros países para vivir y que suelen desestabilizar las relaciones políticas y económicas entre el país de salida y el país de llegada. La razón para dejar familia, casa y todo un pasado hacia atrás pasan por los altos índices de violencia criminal, los estragos causados por los carteles de la droga, los regímenes políticos dictatoriales, las guerras civiles o la falta de perspectivas socioeconómica como ocurren en muchos países latinoamericanos y africanos.

Al considerar ese panorama social y cultural, percibimos que no es casual el hecho de que la literatura y la crítica contemporánea privilegien las narrativas que mapean las diversas formas de movimientos territoriales y que evidencien sujetos en tránsito y sus experiencias. Tampoco es casual que específicamente la literatura latinoamericana haga hincapié en el tema del dislocamiento más permanente y regular que efectúan los latinos desde mediados del siglo XX y que se intensificó en el XXI: la migración del eje Sur-Norte del continente americano. En otras palabras, el cruce por la frontera mexicana de los ciudadanos de México y de los países de América Central y del Sur hacia los Estados Unidos en búsqueda de mejores condiciones de vida. El tema de la migración, generalmente ilegal al territorio estadunidense, la difícil vida que llevan esos migrantes en el país que les excluye socialmente y el pertenecer a dos culturas como los descendientes de la segunda o tercera generación es, quizás, el tema más constate en las narrativas de los escritores latinoamericanos contemporáneos que viven o vivieron en los Estados Unidos.

El teórico Silviano Santiago (2016) llama a ese sujeto que migra por necesidad — el pobre urbano — de “cosmopolita pobre”. Añade que generalmente son latinoamericanos o africanos que llegan a las megalópolis modernas y desarrolladas económicamente, expulsados por la miseria de sus países, con ilusiones de mejores oportunidades de vida en el mundo de abundancia y riqueza de los Estados Unidos o Europa. Tienen la ilusión de llegar al país elegido, trabajar, tener una buena vida (que no tenían en sus países), ahorrar y algunos, incluso, piensan en después volver al país natal y vivir, ahí, una vida mejor. Se transforman muchas veces en proveedores de los miembros de la familia que dejaron en el país de origen, enviándoles parte del dinero que ahorran.

            Al llegar al país extranjero, el cosmopolita pobre acepta trabajar en actividades que los ciudadanos norteamericanos o europeos no desean realizar ya que las consideran subempleo. Así los servicios de limpieza y cuidados del hogar, los servicios de lavandería y peluquería y los trabajos en la agricultura son ejecutados en su mayoría por los migrantes. La indocumentación y la falta de permiso de trabajo de la mayoría de los migrantes les conducen a la ilegalidad en el país. Por tal motivo, aceptan trabajar por cualquier dinero, aun en cambio de comida. No poseen ninguna garantía social y tampoco laboral. Son invisibles socialmente, pero, el sueño de una vida mejor los mantiene ahí, en el territorio que los oprime y a la vez los despersonaliza. Constantemente tienen miedo de ser deportados y alejados de la familia con que vive en el país de llegada. Muchas veces, el retorno al país natal ocurre tan solo en un ataúd.

            De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud se ocupa del análisis de estos temas. La investigación detallada y profunda de los personajes que ejemplifican el cosmopolita pobre (los diversos personajes Ernesto y Guadalupe), de sus descendientes (los diversos personajes Tony) y del contexto socio-político y cultural que forma parte de sus vidas hace del libro de Leonor Taiano un ejemplar impar para la comprensión de la novela Crisis (2012). El análisis de Taiano nos acerca de una literatura que indaga y reflexiona sobre el papel del migrante de origen latina en la sociedad estadunidense y su exclusión como persona social que lo convierte en antihéroe en la sociedad estadounidense. Sus discusiones permiten comprender la dura crítica que hace Jorge Majfud – escritor uruguayo que actualmente vive en los EEUU – a la realidad socio-política contemporánea “marcada por la crisis del post-heroísmo, en la que los héroes del pasado han sido reemplazados por entes mecanizados” (TAIANO, p. 70).

El propio título de la obra – De un infierno a otro – ya hace el lector reflejar sobre la falta de perspectivas que conduce al migrante a un callejón sin salida tanto en su país natal como en los Estados Unidos. El migrante sale de un infierno y llega a otro, mostrando que no hay cualquier expectativa de que encuentre una vida mejor. Las situaciones vividas por los personajes en Crisis comprueban el infierno presente en el título del texto de Taiano. Ellos tienen miedo, sufren de ansiedad, depresión severa, estrés, porque en cualquier momento las rendadas pueden ir a sacarlos de su casa o de su sitio de trabajo, pues ser un indocumentado es vivir en el limbo, con un pie en los Estados Unidos y otro en el país de origen.

Como nos apunta acertadamente Leonor Taiano, Crisis es una novela mosaico, en la que el autor reúne “una serie de historias sobre latinoamericanos que migran a Estados Unidos y estadounidenses de origen latinoamericano” (p. 19). Historias ficcionales pero, a la vez, son el retrato de la época contemporánea en que las discusiones políticas se centran en la cuestión de la migración y específicamente, en los EEUU, en torno al debate político sobre la migración de los latinos. Aunque Crisis haya sido publicado en el año 2012, el tema sigue actual en 2018, con el endurecimiento de las políticas migratorias del actual presidente estadunidense en contra la entrada de los latinos en territorio estadunidense. El presidente estadunidense, incluso, sugiere la construcción de un muro entre México y Estados Unidos para detener la migración irregular.

El flujo migratorio constante e ininterrupto de los latinos a los EEUU hace que ese grupo sea la minoría étnica más grande en territorio estadunidense. Taiano incluso nos recuerda que el compromiso literario de Crisis es enseñar “la estrecha conexión que existe entre la política exterior estadounidense y la diáspora latinoamericana” (p. 105). De modo que la autora no aleja de su análisis literario, el análisis político y económico de las sociedades latinoamericanas y estadunidense, ya que ésas forman parte de la crítica majfudiana presente en Crisis.  

Las historias de los personajes diversos de Majfud permiten a Taiano discutir las tensiones que emergen de la migración de los latinoamericanos a las ciudades estadounidenses —“el dorado” contemporáneo. De un lado hay las diversas crisis personales y socioeconómicas ocasionadas por la fuga hacia la búsqueda estereotipada por el american dream, la esperanza sinfín de una vida mejor y el miedo constante de no ser deportado. De otro, las crisis personales y sociopolíticas que ocasionan la “americanización” y la “deshispanización” de los descendientes que, aun siendo americanos jus soli, son considerados ciudadanos de segunda clase —“los otros” — y no logran integrarse y vivir en las mismas condiciones que la sociedad americana blanca, anglosajona y protestante.

            De un infierno a otro demuestra que los personajes latinos majfudianos consideran el cruce de fronteras al territorio estadunidense como la única alternativa que les resta para tener una vida mejor y huir de la miseria y la violencia que asolan sus países. En las historias narradas, Jorge Majfud asocia los personajes migrantes hispanoamericanos a la pobreza y constata que las actividades laborales ejercidas se centran, principalmente, en el sector de servicios y en los trabajos brazales. Para Taiano, esa labor contribuye para mantener la sumisión de los latinos a la cultura y a la economía estadunidense, restringiéndoles el espacio social. Así, la cultura estadunidense invisibiliza al migrante y le niega cualquier posibilidad de una vida digna en los EEUU.

En Crisis, los personajes y sus historias nos dan testimonio de cómo las crisis sociales, políticas y económicas enfrentadas por los países hispanoamericanos y también por los Estados Unidos (específicamente la crisis financiera en 2008) afectaron y afectan directamente la vida de los migrantes de origen latina y de sus descendientes. Jorge Majfud critica explícitamente la realidad socio-política estadunidense (como también la de los países hispanoamericanos) que lleva a los migrantes — legales e ilegales — y a los naturalizados a ser considerados parias sociales y utilizados como grey disciplinada y sumisa.

Por todas esas cuestiones, para comprender la novela, el lector de Crisis necesita ir mucho más allá del tema de la migración de los hispanoamericanos al territorio estadunidense y comprender también los aspectos filosóficos, políticos, económicos y sociales presentes en las entrelíneas de las historias narradas. Aquí reside el valor de la publicación del libro De un infierno a otro que nos brinda la ensayista Leonor Taiano: permitir una lectura de la migración latina desde un sistema marcado por la globalización, por las crisis y por políticas hegemónicas paradójicas. A partir de esa lectura, la autora desvela el retrato existencial del migrante latinoamericano contemporáneo y demuestra que la intención de Jorge Majfud con la publicación de la novela Crisis es “ir más allá de la dimensión literaria del tópico del éxodo, adaptándolo perfectamente a la realidad histórica del mundo globalizado en el que está ocurriendo la diáspora latinoamericana” (p.112).

            Al abarcar estudios aun tan cercanos a nuestra realidad y sobre una obra recién publicada, el texto de Leonor Taiano contribuye para la comprensión de nuestro momento actual y seguramente servirá como punto de partida para futuras investigaciones sobre la obra majfudiana y sobre el tema de la migración de los latinos a Estados Unidos. Su texto no solo se evidencia como una referencia bibliográfica para los estudiosos de la obra majfudiana y del tema de la migración latina a los EEUU, como también aporta una amplia y actualizada bibliografía sobre los temas discutidos.

            Esperamos que las reflexiones suscitadas por la lectura del texto de Leonor Taiano sean provechosamente discutidas y que contribuyan para mostrar que la literatura de Jorge Majfud va más allá de la ficción al trazar un retrato fiel de la realidad histórica del migrante latinoamericano en la sociedad globalizada contemporánea.

De este modo, podemos afirmar que la publicación De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud abre caminos de descubiertas y posibles inquietudes para nuevas investigaciones y estudios sobre las obras del autor uruguayo.

Disfruten de la lectura agradable y placerosa de ese libro.

 

Referencias:

CASTELLS, Manuel. A sociedade em rede. São Paulo: Paz e Terra, 1999.

 

GARCÍA CANCLINI, Néstor. Introducción. Los muchos modos de ser extranjero. In: ____. (org). Extranjeros en la tecnología y en la cultura. Buenos Aires: Ariel, 2009. p. 1-12.

 

SANTIAGO, Silviano. Deslocamentos reais e paisagens imaginárias. O cosmopolita pobre. CHIARELLI, Stefania; OLIVEIRA NETO, Godofredo de (orgs.). Falando com estranhos: o estrangeiro e a literatura brasileira. Rio de Janeiro: 7Letras, 2016. p. 15-32.

 


Profª Drª Ana Cristina dos Santos

Profesora Asociada del Doctorado y del Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y del Departamento de Letras Neolatinas (Portugués/Español)

Universidade do Estado do Rio de Janeiro – Brasil

 

Professora Associada de Literaturas Hispânicas (UERJ)

Professora do Programa de Pós-graduação em Letras (UERJ)

GT Vertentes do Insólito Ficcional (ANPOLL)

 

Caporales

a mis amigos indocumentados

 

Cuando los ricos y poderosos invadieron el mundo

en nombre de la civilización

y saquearon y masacraron por siglos

los caporales aplaudieron

 

Cuando los ricos y poderosos descendieron sus capitales en sociedades enfermas

en nombre del progreso, no del interés propio

y corrompieron y apoyaron golpes de Estado

los caporales aplaudieron

 

Cuando los ricos y poderosos bombardearon sociedades violentas

en nombre de la seguridad del mundo

y masacraron otra vez y otra vez olvidaron

los caporales aplaudieron

 

Cuando algunos pobres y marginados fueron a los países ricos por las migajas

los llamaron sinvergüenzas

críticos de cafés

interesados

hipócritas.

 

Porque el dinero compra muchas cosas

compra el cuerpo del pobre

la conciencia del esclavo

y la moral de los caporales

 

Pero el dinero no lo compra todo

y esa pequeña derrota no deja vivir

ni a los ricos y poderosos

ni a los caporales

 

JM, noviembre 2017

Carta abierta a Donald Trump

English, French

Señor Trump:

Cuando usted lanzó su candidatura presidencial por el partido republicano a mediados del año pasado, con la intuición propia un empresario exitoso, ya sabía qué producto vender. Usted ha tenido el enorme mérito de convertir la política (que después de la generación fundadora nunca abundó en intelectuales) en una perfecta campaña de marketing comercial donde su eslogan principal tampoco ha sido muy sofisticado: Los mexicanos que llegan son violadores, criminales, invasores.

Nada nuevo, nada más lejos de la realidad. En las cárceles de este país usted encontrará que los inmigrantes, legales o ilegales, están subrepresentados con un cuarto de los convictos que les corresponderían en proporción a la población estadounidense. Por si no lo entiende: las estadísticas dicen que “los espaldas mojadas” tienen cuatro o cinco veces menos posibilidades de cometer un delito que sus encantadores hijos, señor Trump. Allí donde la inmigración es dominante el prejuicio y el racismo se incrementa y la criminalidad se desploma.

Verá usted, don Donald, que por siglos, mucho antes que sus abuelos llegaran de Alemania y tuviesen un gran éxito en el negocio de los hoteles y los prostíbulos en Nueva York, mucho antes que su madre llegara de Escocia, los mexicanos tenían aquí sus familias y ya habían dado nombre a todos los estados del Oeste, ríos, valles, montañas y ciudades. La arquitectura californiana y el cowboy texano, símbolo del “auténtico americano” no son otra cosa que el resultado de la hibridez, como todo, de la nueva cultura anglosajona con la largamente establecida cultura mexicana. ¿Se imagina usted a uno de los padres fundadores encontrándose un cowboy en el camino?

Cuando su madre llegó a este país en los años 30, medio millón de mexicoamericanos fueron expulsados, la mayoría de ellos eran ciudadanos estadounidenses pero habían tenido la mala suerte de que la frustración nacional por la Gran Depresión, que ellos no inventaron, los encontrase con caras de extranjeros.

Esa gente había tenido cara de extranjeros y de violadores (usted no fue el primero que lo supo) desde que Estados Unidos tomó posesión (digámoslo así, para no ofender a nadie) de la mitad del territorio mexicano a mediados del siglo XIX. Y como esa gente, que ya estaba ahí, no dejaba de hablar un idioma bárbaro como el español y se negaba a cambiar de color de piel, fueron perseguidos, expulsados o simplemente asesinados, acusados de ser bandidos, violadores y extranjeros invasores. El verdadero Zorro era moreno y no luchaba contra el despotismo mexicano (como lo puso Johnston McCulley para poder vender la historia a Hollywood) sino contra los anglosajones invasores que tomaron sus tierras. Moreno y rebelde como Jesús, aunque en las sagradas pinturas usted vea al Nazareno siempre rubio, de ojos celestes y más bien sumiso. El poder hegemónico de la época que lo crucificó tenía obvias razones políticas para hacerlo. Y lo siguió crucificando cuando tres siglos más tarde los cristianos dejaron de ser inmigrantes ilegales, perseguidos que se escondían en las catacumbas, y se convirtieron en perseguidores oficiales del poder de turno.

Afortunadamente, los inmigrantes europeos, como sus padres y su actual esposa, no venían con caras de extranjeros. Claro que si su madre hubiese llegado cuarenta años antes tal vez hubiese sido confundida con irlandeses. Esos sí tenían cara de invasores. Además de católicos, tenían el pelo como el suyo, cobrizo o anaranjado, algo que disgustaba a los blancos asimilados, es decir, blancos que alguna vez habían sido discriminados por su acento polaco, ruso o italiano. Pero afortunadamente los inmigrantes aprenden rápido.

Claro que eso es lo que usted y otros exigen: los inmigrantes deben asimilarse a “esta cultura”. ¿Cuál cultura? En un una sociedad verdaderamente abierta y democrática, nadie debería olvidar quién es para ser aceptado, por lo cual, entiendo, la virtud debería ser la integración, no la asimilación. Asimilación es violencia. En muchas sociedades es un requisito, todas sociedades donde el fascismo sobrevive de una forma u otra.

Señor Trump, la creatividad de los hombres y mujeres de negocios de este país es admirable, aunque se exagera su importancia y se olvidan sus aspectos negativos:

No fueron hombres de negocios quienes en América Latina promovieron la democracia sino lo contrario. Varias exitosas empresas estadounidenses promovieron sangrientos golpes de Estado y apoyaron una larga lista de dictaduras.

Fueron hombres de negocios quienes, como Henry Ford, hicieron interesantes aportes a la industria, pero se olvida que, como muchos otros hombres de negocio, Ford fue un antisemita que colaboró con Hitler. Mientras se negaba refugio a los judíos perseguidos en Alemania, como hoy se los niegan a los musulmanes casi por las mismas razones, ALCOA y Texaco colaboraban con los regímenes fascistas de la época.

No fueron hombres de negocios los que desarrollaron las nuevas tecnologías y las ciencias sino inventores amateurs o profesores asalariados, desde la fundación de este país hasta la invención de Internet, pasando por Einstein y la llegada del hombre a la Luna. Por no hablar de la base de las ciencias, fundadas por esos horribles y primitivos árabes siglos atrás, desde los números que usamos hasta el álgebra, los algoritmos, y muchas otros ciencias y filosofías que hoy forman parte de Occidente, pasando por los europeos desde el siglo XVII, ninguno de ellos hombres de negocios, claro.

No fueron hombres de negocios los que lograron, por su acción de resistencia y lucha popular, casi todo el progreso en derechos civiles que conoce hoy este país, cuando en su época eran demonizados como peligrosos revoltosos y antiamericanos.

Señor Trump, yo sé que usted no lo sabe, por eso se lo digo: un país no es una empresa. Como empresario usted puede emplear o despedir a cuantos trabajadores quiera, por la simple razón de que hubo un Estado antes que dio educación a esas personas y habrá un Estado después que se haga cargo de ellos cuando sean despedidos, con ayudas sociales o con la policía, en el peor de los casos. Un empresario no tiene por qué resolver ninguna de esas externalidades, sólo se ocupa de su propio éxito que luego confunde con los méritos de toda una nación y los vende de esa forma, porque eso es lo que mejor sabe hacer un empresario: vender. Sea lo que sea.

Usted siempre se ufana de ser inmensamente rico. Lo admiro por su coraje. Pero si consideramos lo que usted ha hecho a parir de lo que recibió de sus padres y abuelos, aparte de dinero, se podría decir que casi cualquier hombre de negocios, cualquier trabajador de este país que ha comenzado con casi nada, y en muchos casos con enromes deudas producto de su educación, es mucho más exitoso que usted.

El turco Hamdi Ulukaya era in inmigrante pobre cuando hace pocos años fundó la compañía de yogures Chobani, valuada hoy en dos billones de dólares. Algo más probable en un gran país como este, sin dudas. Pero este creativo hombre de negocios tuvo la decencia de reconocer que él no lo hizo todo, que hubiese sido imposible sin un país abierto y sin sus trabajadores. No hace muchos días atrás donó el diez por ciento de las acciones de su empresa a sus empleados.

En México hay ejemplos similares al suyo. Pero mejores. El más conocido es el hijo de libaneses Carlos Slim que, tomando ventaja de las crisis económicas de su momento, como cualquier hombre con dinero, hoy tiene once veces su fortuna, señor Trump.

Señor Trump, la democracia tiene sus talones de Aquiles. No son los críticos, como normalmente se considera en toda sociedad fascista; son los demagogos, los que se hinchan el pecho de nacionalismo para abusar del poder de sus propias naciones.

La llamada primera democracia, Atenas, se enorgullecía de recibir a extranjeros; ésta no fue su debilidad, ni política ni moral. Atenas tenía esclavos, como la tuvo su país por un par de siglos y de alguna forma la sigue teniendo con los trabajadores indocumentados. Atenas tenía sus demagogos: Ánito, por ejemplo, un exitoso hombre de negocios que convenció muy democráticamente al resto de su sociedad para que condenaran a muerte a la mente pensante de su época, Sócrates, por cuestionar demasiado, por creer demasiado poco en los dioses de Atenas, por corromper a la juventud con cuestionamientos.

Por supuesto que casi nadie recuerda hoy a Ánito y lo mismo pasará con usted, al menos que redoble su apuesta y se convierta en alguna de las figuras que en Europa pasaron a la historia en el siglo XX por su exacerbado nacionalismo y su odio a aquellos que parecían extranjeros sin siquiera serlo. Seguidores siempre va a encontrar, porque eso también es parte del juego democrático y, por el momento, no tenemos un sistema mejor.

Jorge Majfud, mayo 2016

http://www.huffingtonpost.es/jorge-majfud/carta-abierta-a-donald-tr_b_10218246.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-302445-2016-06-23.html

 

 

 

 

 

El inmigrante

Evangelio existencialista del inmigante

Hotel California (song)

En este país que es un país y son muchos países, en esta gente que es un pueblo y son muchos pueblos nunca estarás en un lugar preciso ni serás un individuo concreto sino muchos lugares y muchos individuos.

Te sentarás en un restaurante de comida mexicana y apoyarás los codos en esa mesita larga con azulejos que parecerán hechos a mano en el Zócalo o en Sevilla, con paredes que lucirán pintadas por un artista único para un lugar único.

Por ninguno de esos detalles podrás decir si estás en Amarillo, Texas, o en El Cajon, California, o en Bonita Springs, Florida, o en Rio Grande, New Jersey. Las mesas con azulejos típicos de México o de Sevilla serán iguales, que es lo mismo que decir que serán las mismas mesas. Y también los olores y los cuadros y los pisos de cerámica y el paisaje por la ventana y la chica que aparecerá y te sonreirá. Será siempre esa misma sonrisa que irá incluida en el mismo menú y al mismo precio y no te importará porque sabrás que estás pagando para que te sonría, amable, linda, casi como si te simpatizara.

Como si te conociera.

Porque en el fondo ya te conoce.

Te ha sonreído antes en otros rostros como el tuyo que para ella es el mismo rostro. Y en el fondo sabrás que no es sincera pero ella no lo sabe y a ti tampoco te importará. Porque para caras largas estarán las oficinistas del gobierno, que también cobran pero fuera del círculo feliz del sistema, como lo llamarás si te llamas Ernesto, el criticón.

Y si vas dos veces, tres, cinco veces al mismo lugar, al mismito, vas a encontrar los mismos tacos y las mismas tortillas con salsa picante y las mismas fajitas y la misma margarita y una chica parecida con una sonrisa parecida, por el mismo precio. Pero la chica tampoco será la misma aunque sea lo mismo decir que es la misma chica.

Porque aquí todo está en movimiento. Todo es siempre nuevo aunque sea lo mismo. Todo corre como un río que se repite en cada atardecer. Pero nunca podrás conducir dos veces en la misma autopista. Serán otros los carros y serán los mismos. Nunca podrás pasar dos veces por el mismo self-service aunque el mismo self-service con el mismo hindú y los mismos hispanos comprando las mismas cervezas sin alcohol estén en muchas otras partes de muchos otros estados.

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo. Otras serán las muchachas de sonrisas azules y los viejos calvos con trajes de oficinistas y las viejas joviales de pelo corto y paso ejecutivo. Y serán los mismos.

Todo se moverá sin parar y nada cambiará, como si te pudieras perder en tu propia casa. Y con cierto placer te perderás por Virginia y por Texas y por Arizona y por California y descansarás en todos sus hoteles y moteles que por el mismo precio serán el mismo cuarto y el mismo baño y las mismas luces sobre un estacionamiento más o menos igual, el mismo césped recién cortado y las mismas flores recién trasplantadas.

Y casi con placer vivirás huyendo de algo, de alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí.

Y te sentirás nadie y te sentirás todos, y te llamarás Ernesto o Guadalupe, José María o María José, y serás un poco de cada uno y serás el mismo que come ahora en un Chili´s en Nevada y en un On the Border en Georgia, y tendrás los mismos sueños por el mismo precio y los mismos miedos por el mismo estatus legal, y las mismas ideas por la misma educación.

Y serás un expulsado de tu país y un perseguido en este, si eras pobre. O no te perseguirán y serás un exiliado con algunos privilegios si llegaste a un título universitario antes de venir. Pero siempre serás un golpeado, un resentido por la peor suerte de tus hermanos y hermanas que no conoces. Esos hermanos a los que te une tantas cosas y a veces solo un idioma.

Y de cualquier forma sufrirás por ser un outsider que ha aprendido a disfrutar esa forma de ser nadie, de perderse en un laberinto anónimo de restaurantes, moteles, mercados, plazas, playas lejanas, montañas sin cercos, desiertos sin límites, tiempos de la memoria sin espacio, países dentro de otros países, mundos dentro de otros mundos.

Y huirás sin volver nunca pero al final siempre huirás hacia la memoria que te espera en cada soledad llena de tanta gente que nunca conocerás aunque duerman a tu lado.

Y sólo tendrás una patria segura pero será intangible como el viento. Tendrás sólo una patria, un refugio hecho de memorias fantásticas sobre las profundas raíces del castellano y sobre las movedizas arenas de otras costumbres.

Jorge Majfud

La Gaceta Mercantil (Argentina)

 

Pobre suerte la del pobre

Quién sabe si hubiese sobrevivido a las calles de la villa donde la llevé para salvarla del alcoholismo del viejo. Quién sabe si hubiese tenido mejor vida entre los metros de Nueva York. Quién sabe si se hubiese venido de no ser porque yo mismo le pinté el oro y el moro del otro lado. No sufras más, Lupita, no se puede vivir así entre medias lágrimas. Yo me largo para yanquilandia y que sea lo que Dios quiera. Total, ¿quién va a saber que tenemos una foto del Che en la cocina? La sacamos mañana mismo y a poner la mejor sonrisa en la embajada.

–No le van a dar una visa a dos pobretones como nosotros, Nacho. No tenemos ni qué comer.

–Eso no lo sabe nadie, ni tu padre ni tu hermana. Menos mi pobre vieja, que está medio ciega.

–No voy a aguantar que te vayas–, me decía, y yo que no íbamos a estar separados por mucho tiempo.

–Cuánto tiempo no es mucho tiempo? ¿Un año? ¿Dos años?

–No, ni tanto. Serán unos meses. Apenas pueda juntar para tu pasaje te vienes.

¿Cómo se vino a enganchar conmigo, la pobre? El corazón es ciego, me decía ella. De otra forma los ojos no estarían en la cabeza; estarían en el pecho.

Pero al amor de amor se muere. Hay que alimentarlo con otras cosas. Yo lo sabía muy bien y por eso me la pasaba pensando, calculando, imaginando, fantaseando al cuete.

Hasta que en febrero del año pasado la quinta juvenil del club hizo la tan esperada gira por Los Ángeles y una noche allá después del partido que empatamos dos a dos y con una pésima actuación por mi punta izquierda me hice humo. Dejé el pozo, como decían los chicos del cole. Dicen que el técnico me anduvo buscando pero que ni se calentó conmigo. Además sabía que yo era un patadura y no tenía futuro en el club. Ni en ese ni en cualquier otro. Y como tampoco era cubano nadie se enteró. Después me quedé manso cuando un mexicano me dio una changa en su restaurante de Santa Mónica.

Dos días me llevó conseguir trabajo y Lupita me escribía diciendo qué maravilla, qué maravilla Nacho ahí sí que vamos a poder hacer nuestras vidas en paz.

Para mí al principio eso fue el paraíso. Leer los e-mail de Lupita tan contenta a pesar de que no dormía de noche por el miedo de la villa. Pero ella tenía tantas esperanzas y le daba con eso del hijo que por el momento no había que ponerse negativos, así las cosas funcionaban mejor. Entonces yo exageraba todo lo bueno de aquí o no contaba que un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá, y había tenido que entregar toda la plata de la semana. No abras la boca, me decía un panameño amigo. Te confunden con un americano por el pelo y los ojos, pero apenas dices algo y ya te adivinan que eres ilegal y que cobras cash y te siguen y te dejan sin un dólar, en el mejor de los casos.

Pero de a poco todo fue cambiando. En dos meses había juntado para el pasaje de Lupita, pero luego vino la crisis y el primero en volar antes de que el restaurante cerrara fui yo, porque era el nuevo, me decían. Igual mandé la plata para Lupita para que se viniera, porque ya no aguantábamos más. No pensé que después iba a ser tan difícil conseguir chamba.

Con Lupita anduvimos buscando en Los Ángeles y después en Las Vegas y después en toda Arizona hasta que terminamos en San Antonio, con la promesa de un boricua que tenía una empresa de limpieza. La verdad que no era tan fácil limpiar hoteles y oficinas como parecía al principio. El patrón siempre estaba desconforme con nuestro trabajo. Cuando no era muy lento era muy descuidado. Llegué a pensar que nos tomaba el pelo, o nosotros no entendíamos qué era lo que quería, y dos semanas después quedamos en la calle de nuevo.

En la calle literalmente, porque teníamos que esperar en una esquina de madrugada porque allí levantaban trabajadores sin papeles. Y yo y la Lupita allí en medio de puros hombres que por suerte no se portaban mal con nosotros, sino todo lo contrario, pero la verdad que yo siempre andaba con el Jesús en la boca y mirando para todos lados a ver quién iba a meterse con la Lupita. Tanto que en este trabajo no ponía atención en las camionetas que pasaban y levantaban trabajadores. Los mexicanos eran los más hábiles en esto y tuve que mirar y aprender de ellos. A veces Lupita me decía por qué no me había acercado al de la camioneta blanca, al del auto negro, que parecía con buen trabajo, pero la verdad es que no quería dejarla allí sola, esperando, antes que amaneciera del todo y entonces me hacía el distraído o que no nos convenía ese por esto o por aquello.

Hasta que pasó una SUV negra y le hizo seña a uno y éste me vino a decir que quería a la muchacha. Yo me fui hasta la camioneta y el tipo de lentes oscuros a esa hora del día no me inspiró mucha confianza. Tenía chamba para domésticas en casa de familia con plata, decía, pero atrás yo no veía a ninguna otra mujer. Lupita, más pálida que de costumbre y con los labios temblando me dijo que no podíamos dejar escapar otra porque no íbamos a tener para comer.

Yo no dije nada pero ella terminó subiendo atrás seguro que contra su propia voluntad. Y cuando arrancó la camioneta ella me hizo así con su manito y me tiró un beso triste. Yo sabía que iba llorando porque la conozco. Yo sabía que eso no iba a funcionar ni esta puta vida iba a funcionar.

Jorge Majfud

Milenio (Nac.), II (Mexico)

Los pobres también lloran

Los pobres también lloran

San Sebastián Nopalera, un pequeño pueblo de la Sierra de Oaxaca, sur de México, tiene cinco mil habitantes registrados pero allí sólo viven la mitad. Las tierras que antes daban café ahora a duras penas dan maíz y no hay brazos para sacarles más. Sus habitantes, casi todos mujeres y niños, sobreviven de la ayuda que envían sus hombres de las plantaciones de Estados Unidos.

Como en una guerra entre dos países, cada año cien o doscientos migrantes vuelvan a Oaxaca en cofres funerarios. Los trabajos para los cuales están destinados son casi tan mortales como el cruce de la frontera.

Pero no son mujeres todas las que se quedan ni son hombres todos los que se van. Como su hermano, un día María Isabel Vásquez Jiménez decidió irse al otro lado con la promesa de ayudar a su madre viuda y volver en tres años con el capital suficiente para iniciar un pequeño negocio.

El 11 de febrero de 2009 la joven de 17 años salió de su pueblo y contactó un coyote en Putla de Guerrero que la ayudó a cruzar la frontera norte. Tres meses después, el 11 de mayo, encontró trabajo en un viñedo de la West Coast Grape Farming Company, cerca de Modesto, Califorina.

Como María, los indígenas mexicanos que casi no hablan español en California son los hispanos que se dedican a la pizca, a pizcar, palabras que, como tantas otras miles del spanglish, fueron creadas con el material sustantivo del inglés —pick up, recoger— y moldeadas por la conjugación del castellano.

Quizás nunca podamos imaginar los miedos de María al dejar su pueblo con tan pocos años y tan poco conocimiento del mundo exterior, sus nervios al llegar a Putla para contactar a un coyote, el vértigo y el cansancio de su paso por la ilegalidad. Quizás fue feliz alguno de los tres días que trabajó en la pizca. Casi sin dudas debió ser feliz descansando al lado de su novio, Florentino Bautista, otro inmigrante sin papeles con quien vivía y planeaba casarse antes de regresar a México en tres años.

Pero algo salió mal. El 14 de mayo el termómetro marcó casi cuarenta grados centígrados a la sombra. Después de nueve horas bajo el sol despiojando retoños de las vides, María se sintió mareada. Tambaleándose, caminó hacia su novio y antes de llegar se desplomó.

Florentino pidió ayuda y trató de reanimarla. El encargado le dijo que no se preocupara. Esos desmayos eran algo normal.

—Aplícale un poco de alcohol y se le pasa—, le dijo.

Pero María seguía inconsciente.

La pusieron en la camioneta que llevaba a la cuadrilla a sus casas y esperaron la hora de salida.

Los paños de agua fría y las fricciones de alcohol no dieron resultado y el conductor de la camioneta decidió llevarla a un médico. María hervía de fiebre en los brazos asustados de su compañero. En el camino, Florentino recibió la llamada del encargado del viñedo, Raúl Martínez, recordándole que su novia era menor de edad, por lo cual en su declaración debía decir que se había desmayado haciendo ejercicio para mantenerse en forma.

Llegaron a la clínica a las 5:15. Cuando los médicos contactaron que María tenía más temperatura de la que puede soportar un ser humano, la derivaron de urgencia al Lodi Memorial Hospital.

Dos días después, María y su hijo de dos meses en el vientre murieron de insolación. El informe médico menciona un paro cardíaco.

Su novio, Florentino, no ha vuelto a trabajar. Tampoco ha recibido ninguna llamada en su celular. Pero el fiscal de distrito, James Willett, ha acusado a María De Los Ángeles Colunga, propietaria de la compañía de trabajo, a Elías Armenta, director de seguridad y al supervisor Raúl Martínez por no haber provisto a los trabajadores de sombra y agua, por no poseer asistencia en caso de insolación y por mentir en el proceso.

El gobierno de México, como es su costumbre, manifestó su preocupación por las injustas condiciones en que trabajan los mexicanos en Estados Unidos.

Por su parte, el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, también lamentó la muerte de María, aunque no hubo referencias a su hijo por nacer. Años atrás, como gobernador, Schwarzenegger promovió leyes que procuraban evitar estas muertes por insolación.

Al igual que María, alguna vez en su juventud Schwarzenegger fue un inmigrante ilegal, aunque su esfuerzo y sudor lo dejó en un gimnasio de Santa Monica, no en los campos de producción agrícola. En el mundo hoy es más conocido como el actor que en 1984 dio vida al cyborg del exterminador. La película tampoco carece de paradojas ocultas. The Terminator, el hombre-máquina enviado por las máquinas inteligentes del 2029 al año 1984, tenía por objetivo terminar con la resistencia de los humanos eliminando al futuro líder rebelde —por no decirguerrillero— antes de nacer. En su remake hollywoodense de Herodes, la casi invencible máquina es derrotada por la pareja de humanos y la madre del futuro rebelde, Sarah Connor, logra huir. En un final abierto, Sarah —Sarai— aparece meses después en México. En una gasolinera —espacio principal del espíritu norteamericano—, un niño mexicano le toma la fotografía que viajará por el tiempo normal hasta las manos de su hijo y luego de su padre. De esta mítica historia se podría entender que John, el líder rebelde, podía haber sido un mexicano o un ciudadano de cualquier otro país latinoamericano, hijo de una inmigrante ilegal huyendo de su propia tierra.

John, o Juan, tendría hoy veinticinco años y probablemente estaría cruzando la frontera, más o menos por esta época, de forma ilegal. Pero si su madre hubiese sido una mexicana pobre, como María, quizás hubiese tenido que enfrentar una pesadilla peor que la del cyborg Terminator y el futuro rebelde jamás hubiese nacido debido a la exitosa empresa de un grupo inhumano.

El miércoles 27 de mayo de 2009, el cuerpo de María salió de la iglesia católica de St. Anne de Lodi, California. El viernes 29 pasó por Asunción Nochixtlán en un ataúd blanco y, después de seis horas de camino, llegó a su pueblo en la sierra. Su humilde dormitorio fue la capilla ardiente. En la cabecera pusieron esa foto que se la ve sonriendo, poco antes de partir. Más abajo, la corona de flores y una nueva deuda para la madre.

Sepultaron a María y a su retoño vestida de novia, de madre novia. No tuvo misa, porque el pueblo no tenía párroco y ninguno pudo llegar hasta la capilla del pueblo.

En el dormitorio vacío de María quedó Jovita Margarita Jiménez Bautista, mirando la fotografía sonriente de su hija. Su madre viuda, o como se llame. Porque en español hay nombres para un hijo que pierde a una madre, para una madre que pierde a su esposo, pero no hay nombre para una madre que pierde a una hija. Seguramente en ningún idioma hay un nombre para tanto dolor y tanta injusticia.

Jorge Majfud

Lincoln University, agosto, 2009.

La Opinion (EE.UU)

Milenio (Mexico)

Gara (España)

[audio>>NPR]

Los estigmas sociales del latino

Los estigmas sociales del latino

Hace algunos meses iba en un bus de la ciudad y delante de mí iba un hombre leyendo en el periódico Eco Latino uno de mis ensayos sobre los mitos de la inmigración. En ese ensayo, simplemente daba datos y razones que contradecían los discursos repetidos en los medios de comunicación. El hombre llevaba ropa de obrero, la piel quemada por el sol y las manos embrutecidas por algún trabajo extenuante. Los gestos cansados de un intocable latinoamericano. Lo observé leer, aparentemente con atención y de cabo a rabo. Pensé entonces (o quise pensar) que ese ensayo estaba justificado; no sólo porque pretendía decir una verdad —muy a pesar de mi frecuente escepticismo—, sino porque esa verdad tenía un valor ético: era la verdad de los oprimidos, de los desheredados, la reivindicación moral de un hombre o de una mujer violentado por las relaciones de producción mundiales; pero aún más violentado por los discursos moralizantes que, en sus casos más extremos los acusan de criminales, delincuentes y poco menos que terroristas —al mismo tiempo que se sirven de ellos, claro. Finalmente, el hombre sin nombre cerró el diario, se quedó mirando por la ventana y esperó su parada. Se bajó y siguió caminando con la cabeza gacha, tal vez pensativo, y se perdió de mi vista. Intenté imaginar lo que podía estar pensando. Traté de ponerme en su lugar y comprendí que era inútil. O casi imposible.

En aquel ensayo observábamos las contradicciones del discurso que responsabiliza a los inmigrantes de afectar negativamente la economía de Europa y Estados Unidos —razón por la cual, cada tanto, se pretende legislar recortándoles derechos de salud y asistencia— con datos que indicaban precisamente lo contrario: los inmigrantes, aún aquellos trabajadores indocumentados, representan un sector importante en la producción económica y en el sustento del mismo Seguro Social. Estos hombres y mujeres invisibles, los eternos fugitivos, sustentan las economías de los países de los cuales fueron expulsados y de los países a los cuales son obligados a emigrar por el mismo sistema global que los desprecia. No volveremos sobre esos temas. Veamos otro mito social, estratégicamente construido por la ideología del miedo.

Existe la idea de que los inmigrantes son los responsables del aumento de los índices de criminalidad. Este mito social cae con más fuerza en la cabeza de los inmigrantes latinos, y muchas veces es reproducido por los mismos latinos, así como después de siglos de deformación colonial muchas veces fueron los mismos indígenas los que oprimieron a sus hermanos, recordándoles su condición de raza inferior, olvidándose que ni Machu Pichu ni Chichen Itzá ni Teotihuacan ni Tenotchitlan hubieran podido ser jamás levantados por sociedades de retardados mentales. Lo que demuestra el poder amnésico de una “educación” al servicio de una clase de exitosos traidores. El mismo “machismo latinoamericano” no fue un invento indígena sino parte de esta misma deformación lograda por los invasores en complicidad con los caciques y las elites indígenas que aún hoy se presentan como salvadoras de los pueblos oprimidos, unas veces bajo el discurso criollo capitalista, otras bajo la demagogia neo-indigentita, sazonado de retórica revolucionaria y de anacrónica práctica caudillista.

Según los datos recogidos a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, la inmigración de europeos a Estados Unidos había elevado los índices de criminalidad, de violencia organizada y de comunidades desorganizadas. No obstante, diferente a la historia antes referida y contradiciendo el discurso hegemónico de hoy en día, el incremento de la inmigración —en su mayoría latina, en su mayoría indocumentada— no ha provocado un aumento en los índices de criminalidad sino todo lo contrario. Como lo demuestra el profesor Robert J. Sampson de Harvard University, el incremento de la inmigración en los últimos veinte años se corresponde con una disminución proporcional de la criminalidad. El punto de inflexión de esta tendencia es el año 2000: es a partir de aquí que la inmigración comienza a disminuir y, también proporcionalmente, comienza a aumentar el índice de delincuencia. Luego de su exhaustivo estudio, Robert J. Sampson llegó a la conclusión obvia: “si queremos bajar los índices de criminalidad, cerrar las fronteras no es la respuesta”.[1]

Los sociólogos norteamericanos han verificado que los latinos (aún en condiciones económicamente desventajosas, por no decir “extremas”) son menos propensos a la violencia que el resto de la población, por lo que han llamado a esa revelación con el nombre de “Latino paradox”. La misma expresión demuestra un prejuicio previo que asume que si alguien es latino debe ser violento, porque ese factor parecería ser intrínseco a la cultura, cuando no a la raza. Este mito probablemente está en gran parte alimentado por la violencia permanente que viven varios países latinoamericanos, especialmente azotados por el narcotráfico y por los fenómenos pandilleros como el de las maras —sin mencionar que ambos fenómenos son el resultado de un contexto global sin el cual no podrían existir—. No obstante, la violencia entre los inmigrantes latinos es la mitad que la alcanzada por las terceras generaciones de americanos.

La dramática diferencia que existe entre distintos grupos de “latinos” en diferentes contextos —políticos, sociales y económicos— demuestra que si bien nadie está determinado sólo por la infraestructura económica tampoco existe el determinismo cultural: si las maras son un fenómeno “latino” ese fenómeno no obliga a la abrumadora mayoría de miembros de esa región cultural a comportarse como pandilleros. No obstante, la publicidad y los discursos xenófobos se aferran a las excepciones y no a las reglas. ¿Por qué? Primero porque todo discurso ideológico sólo ve y muestra lo que le conviene; segundo porque nuestra cultura visual está formada y deformada por el fenómeno de las excepciones y, por lo tanto, por las criminales simplificaciones: una cámara de televisión —patético instrumento epistemológico, paradigma de la “verdad objetiva” y del control democrático— sólo puede enfocar excepciones. Una cámara de televisión no puede mostrar una verdad sinóptica general, abstracta, al menos que se refiera al estado del tiempo. Una conclusión abstracta de un conocido profesor de alguna universidad no puede entrar por los ojos ni puede ser representada de una forma divertida. Si hiciera el intento probablemente pasaría inadvertida por una población anestesiada por los “reality shows”, esas ficciones del capitalismo tardío que pretenden pasar por “hiperrealidad”. Y lo que es peor: no se puede cuestionar a una persona que está embriagada por el mito de la libertad individual y el orgullo del éxito económico. Con todo, este no es un desmérito de nuestros tiempos. Hace dos mil quinientos años ya Demócrates se lamentaba: “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano.”

Esta contradicción entre el mito social y el resto de la realidad nunca es una casualidad y podríamos pensar que posee una funcionalidad específica en el control de unos estratos sociales sobre otros en desventaja económica e ideológica. De la misma forma, observábamos que la idea del “mexicano haragán”, durmiendo la siesta debajo de un enorme sombrero, se contradice de forma dramática con los inmigrantes mexicanos (y latinos en general) que representan el grupo social más sufrido y trabajador, para los cuales hay más obligaciones que derechos. Si los radicales que desfilan armados por las fronteras fuesen un poco más coherentes, deberían dejar de comer pollo, frutas y verduras; deberían evitar caminar por aceras limpias o conducir sobre caminos donde se ha empleado mano de obra indecente; la mayoría de ellos debería cambiar sus casas por alguna carpa levantada sin ayuda extranjera y a la hora de cobrar la jubilación deberían arrojar a la hoguera un buen porcentaje del cobro, ya que no es despreciable la cuota que procede de aquellos aportes no reclamados por los hombres invisibles que escaparon a la cacería humana. Estos tristes y orgullosos personajes no solo ignoran su presente sino también su propia historia. Ignoran, o han olvidado, que incluso después de los atentados terroristas de 1919 cundió en Estados Unidos lo que se llamó “el susto rojo”, en referencia a la nueva amenaza comunista, lo que provocó una serie de razias y deportaciones de extranjeros. Desde entonces, el congreso aprobó fuertes restricciones a la inmigración en 1921, 1924 y, finalmente, en 1929. Los años ’20 fueron los años de la Ley Seca, del resurgimiento del Ku Klux Klan y del desprecio por los inmigrantes no anglosajones; fue la década de las radicalizaciones, en que John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Charles Darwin; la década de la gran prosperidad que terminó en la crisis económica más dramática del mundo Occidental moderno. Olvidan o recurren a su único argumento: no les interesa —aunque debería interesarles.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, abril 2006.

[1] The New York Times, 11 de marzo de 2006, pág. A27.