El ADN metacultural de un país

Los ensayos exculpatorios de los Padres fundadores de Estados Unidos por el hecho de haber tenido esclavos y proclamar la “igualdad de todos los hombres” suelen comenzar con una cita de Thomas Sowell: “Quienes critican a los redactores de la Constitución de los Estados Unidos por ‘condonar la esclavitud’ con su silencio, solo tendrían razón si la abolición fuese, de hecho, una opción disponible en aquel momento, en un país nuevo que luchaba por sobrevivir”.

Sowell, condecorado por George Bush, es la estrella afroamericana de los conservadores. Caso similar a Larry Elder, candidato afroamericano a gobernador de California en 2021, quien se opuso a la reparación a la comunidad negra por las condiciones de injusticia económica de partida en la fundación de este país: “Les guste o no” dijo Larry, la esclavitud era legal”. A los amos blancos “les arrebataron sus bienes legales después de la Guerra Civil”,así quese les debe reparaciones a “a quienes perdieron su propiedad privada”. En 1963, Malcolm X observó la diferencia moral y funcional de una sociedad que dividía de facto “los negros de la casa” de “los negros del campo”: los primeros son los más firmes defensores del orden social y moral de un sistema que oprime a sus propios hermanos.

El argumento de Sowell y de otros, sobre el “la necesidad existencial de la esclavitud” del nuevo país se destruye con simples observaciones históricas y conceptuales. Contemporáneo de Jefferson, José Artigas, Líder de los Pueblos Libres de lo que hoy es Uruguay y parte de Argentina, apenas venció al imperio español en el capo de batalla y resistió el acoso de Buenos Aires, repartió tierras entre negros, indios y blancos pobres; adoptó un indio como hijo y lo promovió a la gobernación de Misiones.

La Revolución de las Trece Colonias no nace de una rebelión contra los impuestos en Boston sino del deseo de los colonos de despojar a los pueblos nativos de todas sus tierras sin respetar los acuerdos firmados por Londres en 1763. Como vimos en este libro, el mismo Washington, un militar más bien torpe en el campo de batalla, se hizo de miles de hectáreas indígenas antes de convertirse en un patriota y, al igual que otros héroes patriotas, continuó con el mismo proyecto de bienes raíces después de 1776.

La idea de “un país luchando por la sobrevivencia” sustituye la realidad histórica: se trató de una clase dominante y minoritaria luchando no sólo por su sobrevivencia, sino para satisfacer su deseo desatado de incrementar sus riquezas, tomando tierras indígenas, masacrando “razas inferiores” y expandiendo el negocio de esclavitud. Los indios no pedían nada a nadie, sino que los dejasen en paz. Infinitamente más democráticos que los fanáticos colonos, firmaron múltiples acuerdos para terminar con sus resistencias armadas a cambio de su independencia y de mantener un comercio libre con los europeos y otros pueblos nativos, tal como habían hecho por siglos.

Lo mismo los esclavos. ¿Debían mantenerse en esclavitud por generaciones para “salvar la existencia” de un país que no era de ellos, sino que los oprimía? Cuando en 1812 Gran Bretaña respondió con la quema de la Casa Blanca a un atentado previo de los colonos contra Canadá, la que querían como el estado catorce, los indígenas y los negros esclavos (los del campo, no los de la casa) apoyaron a los ingleses. No porque los creyeran moralmente superiores, sino, como había ocurrido en los dos siglos previos, los nativos hacían alianzas con cualquier potencia que respetase su derecho a la vida.

Este momento fue romantizado por los patriotas en su himno nacional. Cuando el himno habla de los agresores que querían dejarlos “sin hogar y sin patria”, advierte que

Ningún refugio pudo salvar al mercenario y al esclavo

del terror de la huida ni de la oscuridad de la tumba

¡Oh, que así sea siempre cuando los hombres libres se mantengan

entre su amado hogar y la desolación de la guerra!

Entonces debemos vencer, cuando nuestra causa sea justa

en la tierra de los libres y el hogar de los valientes.

Aquí “hombres libres” significaba “hombres blancos”. Esto es irrefutable en el lenguaje de la época, intercambiable con “la raza libre”.

Es decir, la mayoría tenía muchas opciones aparte de la esclavitud, la servidumbre y el coloniaje intra-nacional. No los amos blancos que, además, estaban motivados por la expansión de sus riquezas y del sistema eslavista.

En 1790 Washington era presidente, Adams vicepresidente y Jefferson Secretario de Estado. Ese año, se aprobó la ley que establecía la obligación de ser blanco para que un inmigrante pudiese convertirse en ciudadano. La rebelión de esclavos de 1791 en Haití sacudió la moral de los imperios y de la nueva república. Jefferson, propietario de 150 esclavos en Virginia, escribió: “tiemblo por mi país al pensar que Dios es justo; que su justicia no puede dormir eternamente; que (…) una revolución en la rueda de la fortuna, un cambio de situación, está entre los posibles eventos”.

Brutales y racistas como cualquier imperio, los franceses de Nueva Francia, como los españoles de Nueva España, no solían llegar a los extremos segregacionistas del imperio británico. Evangelizadores y misioneros proselitistas como cualquier cristiano, los jesuitas no llegaban al fanatismo de los pastores protestantes. Diferente a los franceses, los colonos anglosajones no respetaron ningún tratado de reciprocidad, ley de oro de la política internacional hasta nuestros días.

En 1784, el británico John Smyth, anotó en su libro A Tour in the United States of America: los americanos blancos sienten un profundo desprecio por toda la raza indígena; y no hay nada más común que oírlos hablar de extirparlos totalmente de la faz de la tierra: hombres, mujeres y niños. Por el contrario, los indios no parecen sentir ningún desprecio por los europeos”.

Desde libros como La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina (2021), entre otros factores, observamos una particularidad en el racismo anglosajón: el segregacionismo, el desprecio por otras etnias y el sentimiento de superioridad a lo largo de la historia alcanzaban niveles obsesivos y neuróticos. Esto no se sustenta en ningún ADN biológico sino en un ADN cultural, tal vez surgido en algún momento de la Edad Media en algún rincón particular de las costas anglosajonas durante el dominio romano.

Ahora, a manera de especulación, podría ser legítimo para futuros estudios científicos sobre una “psico historiografía” de los pueblos estudiar qué rol pudo tener en esta formación cultural la observación del carácter recesivo de las características blancas, como, por ejemplo, los ojos azules y el color rubio de los cabellos. Según el carácter recesivo de este fenotipo, para que los hijos nazcan con las mismas características físicas, ambos padres deben poseerla. De lo contrario primarán los cabellos oscuros y el color de ojos negros o castaños.

Otra nota para investigadores: ¿qué relación existe entre esta obsesión con el nacimiento de la propiedad privada de tierras y seres humanos en la Inglaterra del siglo XVI? ¿Ha sido el miedo a la no sobrevivencia de la tribu basada en su aspecto físico?

jorge majfud, julio 2025.

https://www.pagina12.com.ar/842500-el-adn-metacultural-de-un-pais

https://www.ihu.unisinos.br/654666-o-dna-metacultural-de-um-pais-artigo-de-jorge-majfud

http://www.bitacora.com.uy/auc.aspx?16187

La progresiva abolición de los derechos

Cuando éramos niños y adolescentes, trabajábamos casi todos los días. En mi caso (como en el de mi hermano y de la mayoría de nuesros compañeros de clase), colaborábamos en tareas rurales y citadinas, pero esta tradición siempre fue parte de la educación (y de la ética) familiar, sin que nunca hubiese sido una imposición de un patrón, ni una limitación a nuestras horas de estudio ni una abolición del descanso o de la recreación propia de cualquier niño.

Una historia radicalmente diferente fue la niñez brutalizada e intoxicada de la Revolución Industrial en Europa y la esclavitud en América ―y de los modernos esclavos infantiles en África hoy.

A finales del siglo XIX en Estados Unidos, los sindicatos, los partidos socialistas y una facción de la iglesia católica (la irlandesa ¿cuál otra?) se unieron para abolir el trabajo infantil. Lo lograron décadas después, cuando “el comunista” Franklin Delano Roosevelt acordó con los viejos activistas de la ahora llamada “Era progresista» varios derechos para la clase trabajadora, como la Seguridad Social y derecho a huelga.

Un siglo después, a dos meses de la inauguración de la segunda presidencia de Donald Trump, tal vez para compensar la falta de mano de obra que se prevé por la expulsión de miles de inmigrantes ilegales (otra versión de la esclavitud moderna), los conservadores “defensores de los valores de la familia” promueven de nuevo el trabajo infantil, aunque lo llaman de otra forma.

El Congreso del estado de Florida ha aprobado el proyecto por el cual los estudiantes de secundaria, luego de salir de sus clases, podrán trabajar más de ocho horas hasta entrada la noche. Estoy seguro de que no pocos compararán la situación de nuestra generación con la nueva expansión de la explotación de trabajadores y con la nueva limitación de derechos conquistados por la humanidad un siglo atrás.

Compararán peras con papayas. Nada que la fe ciega no pueda corregir.

Jorge Majfud, marzo 2025.

De cómo responder a un bully y ser independiente de una vez por todas

Canal de Panamá: Cómo responder a un agresor y ser independiente de una vez por todas. Entrevista a Jorge Majfud

“Como siempre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un nuevo país y luego hacer que los “rebeldes” panameños firmaran un tratado apuntándoles con una pistola al cuello, como era y es costumbre”.

DESACATO, Brasil: Desde el momento en que asumió su segundo mandato como líder de la Casa Blanca, Donald Trump ha demostrado sus nuevas credenciales como agresor global. Así ha sido, entre otros, con los países fronterizos, México y Canadá. También con China, con el pueblo palestino y con el Istmo de Panamá, robado a Colombia para construir un país al servicio de los intereses imperialistas.

Trump se ha quejado de que China es el mayor beneficiario del Canal; exige que Estados Unidos pague menos por el tránsito de sus buques e incluso que vuelva a administrar el canal como lo hacía antes de que el pacto Torrijos-Carter entrase en vigor.

Pero ¿hay algo legítimo o legal en los reclamos de Trump? ¿Cuál es la verdadera historia del canal y del istmo panameño? ¿Es Panamá un país plenamente soberano? ¿Cómo afecta la situación a otros países de la región?

Este tema fue abordado por el periodista y presentador Raúl Fitipaldi en una conversación exclusiva con Jorge Majfud*, escritor, novelista y profesor de la Universidad de Jacksonville, para Portal Desacato, que transcribimos a continuación:

Raúl Fitipaldi: ¿Estados Unidos tiene algún reclamo que sea legítimo con relación a la administración del Canal de Panamá?

Jorge Majfud. Ninguno. Todo lo contrario. Están obligados a pagar una multimillonaria compensación por los crímenes cometidos en ese país, desde Theodore Roosevelt hasta George H. Bush y más acá. Claro que es una obligación moral, es decir, irrelevante.

El Canal nunca fue de Estados Unidos ni fueron los estadounidenses quienes lo construyeron. Roosevelt inventó una revolución en esa provincia de Colombia cuando su congreso rechazó la oferta de continuar la obra que se había iniciado bajo la dirección de los franceses porque renunciaba a su soberanía por una suma irrisoria (nos detuvimos en esto en La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina, 2021). Como de costumbre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un país nuevo y luego hacer firmar a los panameños “rebeldes” un tratado con la pistola en la nuca, como fue y es costumbre.

El Canal fue construido por 50.000 trabajadores caribeños que no salieron en la foto, en un régimen de esclavitud. Seis mil de ellos murieron en la construcción mientras Roosevelt los llamaba perezosos y negros estúpidos.

Washington no pagará ninguna compensación como no pagará por todas las dictaduras y masacres que llevó a cabo en América Latina y en el resto del mundo. Por el contrario, continúa matoneando y haciéndose la víctima. El típico amo de lo que entonces se llamaba “la raza libre” (blancos), ladrón y violador que acusaba a los negros y mestizos de ser ladrones y violadores. Igual que cuando Haití se liberó de Francia y de la esclavitud y debió pagar onerosas compensaciones a los esclavistas imperiales por más de un siglo. Igual que los amos blancos en Estados Unidos, quienes recibieron compensaciones por perder su “propiedad privada”, no los esclavos.

RF. ¿Panamá tiene la soberanía necesaria para defender el Pacto Carter-Torrijos que le devolvió el Canal?

JM. No. En relaciones internacionales, los imperios firman tratados hasta que les dejan de servir. Podemos verlo muchas veces con los tratados que Washington firmó con los pueblos originarios, con los mexicanos, con los caribeños, desde el siglo XVIII hasta hoy, cuando en 2015 Obama firmó el tratado con Irán para la limitación de tecnología nuclear y, al otro día (dos años después), Trump lo desconoció.

Ahora, con México, Panamá, Canadá, Colombia o Europa debemos recordar la máxima de Henry Kissinger, uno de sus criminales más célebres: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es letal”.

Panamá tiene solo dos opciones: (1) arrestarse como una de las prostitutas de Trump para recibir algo a cambio o (2) establecer una política de Estado en base a acuerdos y uniones con países más confiables, aquellos que comparten sus mismos problemas de seguridad ante la eterna aplicación de la Doctrina Monroe. Es decir, tratados comerciales y de unión estratégica con sus hermanos latinoamericanos y con otros países, sean europeos, africanos o asiáticos.

Esta idea del valor de la unión procede de los nativos norteamericanos: puedes quebrar una lanza con facilidad, pero si intentas quebrar varias juntas no podrás. Los colonos anglosajones escucharon y aprendieron tan rápido que no les dejaron tiempo a las naciones nativas a unirse de forma efectiva. Hoy es un símbolo irónico en el escudo de Estados Unidos.

RF. ¿Tienen fundamento las acusaciones que Donald Trump le hace a China de usar para sí el canal?

JM: Es falso y contradictorio. La presencia china en Panamá es insignificante. El problema es que China no deja de hacer las cosas bien y, como cualquier potencia industrial y comercial tiene derecho a usar el canal de Panamá y cualquier otro puerto si no emplea la violencia como es tradicional en Estados Unidos y en los imperios anglosajones.

Lo que más molesta de China es que ha recuperado su estatus de superpotencia mundial sin invadir ni destrozar ningún país. Los “comunistas empobrecedores” no sólo se han despegado del resto en materia de desarrollo, sino que los exitosos capitalistas le deben fortunas.

Si Estados Unidos fuese una nación medianamente inteligente, razonable en lugar de fanática, administraría sus terribles problemas económicos, financieros y sociales y su propio declive como imperio en una transición negociada con China para asegurarse una colaboración estratégica. Pero, por el contrario, Washington está pidiendo, desesperadamente, un final violento a su hegemonía.

En Estados Unidos tenemos todo para ser una país desarrollado y más feliz, pero somos todo lo contario, a pesar de que todavía somos una superpotencia mundial y todavía podemos crear la divisa global apretando ceros en un teclado. ¿Qué se supone que ocurrirá cuando no tengamos esos privilegios y, encima, tengamos que enfrentar un mundo que no nos va a perdonar haber sido tan hijos de puta por tanto tiempo?

RF. ¿Cómo deberían reaccionar los países afectados, directa e indirectamente en América Latina, tengan sus costas en el Pacífico o en el Atlántico?

JM. Una respuesta razonable, a corto plazo, sería “negociar con Trump”. Es más o menos lo que acaba de hacer México para suspender las tarifas por un mes. En parte podemos entender a Claudia Sheinbaum: primero están sus ciudadanos y ella no quiere una recesión que golpee a los más pobres, por breve que sea.

La respuesta más estratégica a largo plazo es, simplemente, no negociar con un extorsionador. Ni siquiera es necesario enredarse en una disputa dialéctica, mediática y diplomática. Silencio e indiferencia son la única forma efectiva para lidiar con un bully.

Si Trump le impone 25 por ciento de aranceles, México debe imponer un 30 por ciento. Claro que esto debe ser hecho en coordinación con el resto de los afectados, como Canadá, China y Europa, y con el resto de las futuras víctimas de nuevas agresiones del Macho Alfa.

México debe buscar poner sus productos en otros mercados. No sólo será una lección de lo que ocurre cuando un país no respeta a otro, sino una estrategia para asegurar una mayor estabilidad en el futuro.

México es el principal socio comercial de Estados Unidos y viceversa, pero ¿cuándo Estados Unidos trató a México como un igual o, al menos, con respeto? No lo ve quien no quiere ver.

Trump cree que revertirá el declive de su imperio acosando a economías más pequeñas, pero seguirle el juego es alimentar la bestia. Es un mal para el mundo y es un mal para nosotros aquí en Estados Unidos, que debemos prolongar la agonía de una mentalidad psicótica que no puede ser feliz ni con todo el oro del mundo.

San Pablo, Brasil, 3 de febrero de 2025.

Canal do Panamá: Como responder a um agressor e ser independente de vez. Entrevista com Jorge Majfud

Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume

Redação.- Desde a primeira hora em que assumiu seu segundo mandato à frente da Casa Branca, Donald Trump apresentou suas novas credenciais de agressor global. Assim tem sido, dentre outros, com seus estados fronteiriços, México e o Canadá, com a China, com o povo palestino e com o istmo do Panamá, roubado da Colômbia e negociado entre a França, para construir um país a serviço dos interesses imperialistas.

Trump tem reclamado que a China é o  maior beneficiário do Canal; reivindica que os Estados Unidos paguem menos pelo trânsito das suas embarcações, e até mesmo que sejam os Estados Unidos que voltem a administrar o canal como antes do pacto Torrijos-Carter.

Mas, tem algo legítimo ou legal que reclamar Trump? Qual é a história verdadeira com relação ao canal e ao istmo panamenho (ou melhor, historicamente colombiano)? Panamá é um país completamente soberano? Como afeta a situação aos demais países da região?

Esse assunto foi tratado pelo jornalista e apresentador, Raul Fitipaldi, em diálogo exclusivo com Jorgem Majfud*, escritor, romancista e professor da Jacksonville University, para o Portal Desacato, que transcrevemos a seguir:

O Canal foi construído por milhares de escravos que Roosevelt chamava de “preguiçosos e negros estúpidos”

R.F. Os Estados Unidos têm alguma reivindicação legítima em relação à administração do Canal do Panamá?

JM. Nenhuma. Muito pelo contrário. São obrigados a pagar compensações multimilionárias pelos crimes cometidos naquele país, desde Theodore Roosevelt até George H. Bush e mais além. Claro que é uma obrigação moral, ou seja, irrelevante.

O Canal nunca pertenceu aos Estados Unidos nem foram os estadunidenses que o construíram. Roosevelt inventou uma revolução naquela província da Colômbia quando, o seu congresso, rejeitou a oferta de continuar o trabalho que tinha começado sob a direcção dos franceses porque renunciaram à sua soberania por uma soma ridícula (falamos disto em The Wild Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume.

O Canal foi construído por 50 mil trabalhadores caribenhos que não estavam na foto, em regime de escravidão. Seis mil deles morreram na construção, enquanto Roosevelt os chamava de ‘negros preguiçosos e estúpidos’.

 Washington não pagará qualquer compensação, tal como não pagará por todas as ditaduras e massacres perpetrados na América Latina e no resto do mundo. Pelo contrário, ele continua a intimidar e a se fazer de vítima. O típico mestre do que então se chamava “raça livre” (brancos), um ladrão e estuprador que acusava negros e mestiços de serem ladrões e estupradores. Tal como quando o Haiti se libertou da França e da escravatura e teve de pagar onerosas compensações aos traficantes de escravos imperiais durante mais de um século. Tal como os senhores brancos nos Estados Unidos, que receberam uma compensação pela perda da sua “propriedade privada”, e não os escravos.

A frágil soberania panamenha

RF. O Panamá tem a soberania necessária para defender o Pacto Carter-Torrijos que lhe devolveu o Canal?

JM. Não. Nas relações internacionais, os impérios assinam tratados até deixarem de servi-los. Podemos ver isso muitas vezes nos tratados que Washington assinou com os povos indígenas, com os mexicanos, com os caribenhos, desde o século XVIII até hoje, quando em 2015 Obama assinou o tratado com o Irã para limitar a tecnologia nuclear e, no dia seguinte (dois anos depois), Trump o ignorou.

Agora, com o México, o Panamá, o Canadá, a Colômbia ou a Europa, devemos recordar a máxima de Henry Kissinger, um dos seus criminosos mais famosos: “Ser inimigo dos Estados Unidos é perigoso, mas ser seu amigo é letal”.

O Panamá só tem duas opções: (1) prender-se como uma das prostitutas de Trump para receber algo em troca ou (2) estabelecer uma política de Estado baseada em acordos e uniões com países mais confiáveis, aqueles que partilham os mesmos problemas de segurança face à eterna aplicação da Doutrina Monroe. Ou seja, tratados comerciais e de união estratégica com os seus irmãos latino-americanos e com outros países, sejam europeus, africanos ou asiáticos.

Essa ideia do valor da união vem dos nativos americanos: você pode quebrar uma lança facilmente, mas se tentar quebrar várias juntas não conseguirá. Os colonos anglo-americanos ouviram e aprenderam tão rapidamente que não deixaram tempo para que as nações nativas se unissem de forma eficaz. Hoje é um símbolo irônico no brasão dos Estados Unidos.

Na briga com a China, Estados Unidos precipita um final violento para sua hegemonia

RF. As acusações de Donald Trump contra a China de usar o canal para si têm fundamento?

JM: É falso e contraditório. A presença chinesa no Panamá é insignificante. O problema é que a China não para de fazer bem as coisas e, como qualquer potência industrial e comercial, tem o direito de usar o Canal do Panamá e qualquer outro porto se não usar a violência como é tradicional nos Estados Unidos e nos impérios anglo-saxónicos.

O que mais irrita da China é que recuperou o seu estatuto de superpotência mundial sem invadir ou destruir qualquer país. Os “comunistas empobrecedores” não só se separaram do resto em termos de desenvolvimento, mas os capitalistas bem-sucedidos devem-lhes fortunas.

Se os Estados Unidos fossem uma nação moderadamente inteligente, razoável e não fanática, geririam os seus terríveis problemas económicos, financeiros e sociais e o seu próprio declínio como império numa transição negociada com a China para garantir a colaboração estratégica. Mas, pelo contrário, Washington apela desesperadamente ao fim violento da sua hegemonia.

Temos tudo para ser um país desenvolvido e mais feliz, mas somos totalmente o oposto. Imagine que isso seja um fato enquanto ainda somos uma superpotência mundial e ainda podemos criar a moeda global digitando zeros num teclado. O que deve acontecer quando não temos esses privilégios e, ainda por cima, temos que enfrentar um mundo que não nos perdoa por sermos filhos da puta (sic) por tanto tempo?

Como responder a um agressor e ser independente de vez

RF. Como deveriam reagir os países afetados, direta e indiretamente, na América Latina, quer tenham as suas costas no Pacífico ou no Atlântico?

JM. Uma resposta razoável a curto prazo seria “negociar com Trump”. Foi mais ou menos isso que o México acabou de fazer ao suspender as taxas por um mês. Em parte podemos compreender Claudia Sheinbaum: os seus cidadãos estão em primeiro lugar e ela não quer uma recessão que atinja os mais pobres, por mais breve que seja.

A resposta mais estratégica a longo prazo é, simplesmente, não negociar com um chantagista. Nem é preciso se envolver numa disputa dialética, midiática e diplomática. O silêncio e a indiferença são a única maneira eficaz de lidar com um agressor.

Se Trump impor tarifas de 25 por cento, o México deverá impor 30 por cento. É claro que isto deve ser feito em coordenação com o resto dos afectados, como o Canadá, a China e a Europa, e com o resto das futuras vítimas de novas agressões do Macho Alfa. O México deve procurar colocar os seus produtos noutros mercados. Não será apenas uma lição sobre o que acontece quando um país não respeita outro, mas também uma estratégia para garantir maior estabilidade no futuro.

O México é o principal parceiro comercial dos Estados Unidos e vice-versa, mas quando é que os Estados Unidos trataram o México como igual ou, pelo menos, com respeito? Quem não quer ver não vê.

Trump acredita que irá reverter o declínio do seu império intimidando as economias mais pequenas, mas seguir em frente é alimentar a fera. É um mal para o mundo e é um mal para nós aqui, que tenhamos de prolongar a agonia de uma mentalidade psicótica que não consegue ser feliz nem com todo o ouro do mundo.

Panama Canal: How to respond to an aggressor and be independent once and for all. Interview with Jorge Majfud

“As always, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then have the Panamanian “rebels” sign a treaty by pointing a gun at their necks, as was and is customary.”

DESACATO, Brazil: Since he assumed his second term as leader of the White House, Donald Trump has demonstrated his new credentials as a global aggressor. This has been the case, among others, with the bordering countries, Mexico and Canada. Also with China, with the Palestinian people and with the Isthmus of Panama, stolen from Colombia to build a country at the service of imperialist interests.
Trump has complained that China is the biggest beneficiary of the Canal; he demands that the United States pay less for the transit of its ships and even that it returns to managing the canal as it did before the Torrijos-Carter pact came into force.
But is there anything legitimate or legal in Trump’s claims? What is the true history of the Panama Canal and the isthmus? Is Panama a fully sovereign country? How does the situation affect other countries in the region?
This topic was addressed by journalist and presenter Raúl Fitipaldi in an exclusive conversation with Jorge Majfud*, writer, novelist and professor at Jacksonville University, for Portal Desacato, which we transcribe below:

Raúl Fitipaldi: Does the United States have any legitimate claim regarding the administration of the Panama Canal?

Jorge Majfud. None. Quite the contrary. They are obliged to pay multimillion-dollar compensation for the crimes committed in that country, from Theodore Roosevelt to George H. Bush and beyond. Of course it is a moral obligation, that is, irrelevant.
The Canal never belonged to the United States, nor were it the Americans who built it. Roosevelt invented a revolution in that province of Colombia when its congress rejected the offer to continue the work that had been started under the direction of the French because it gave up its sovereignty for a paltry sum (we stopped at this in The Savage Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). As usual, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then make the “rebellious” Panamanians sign a treaty with a gun to their necks, as was and is customary.
The Canal was built by 50,000 Caribbean workers who were not in the photo, in a regime of slavery. Six thousand of them died in the construction while Roosevelt called them lazy and stupid blacks.
Washington will not pay any compensation as it will not pay for all the dictatorships and massacres it carried out in Latin America and the rest of the world. On the contrary, it continues to bully and play the victim. The typical master of what was then called “the free race” (whites), a thief and rapist who accused blacks and mestizos of being thieves and rapists. Just like when Haiti freed itself from France and slavery and had to pay onerous compensations to the imperial slavers for more than a century. Just like the white masters in the United States, who received compensation for losing their “private property,” not the slaves.

RF. Does Panama have the necessary sovereignty to defend the Carter-Torrijos Pact that returned the Canal to it?

JM. No. In international relations, empires sign treaties until they stop serving them. We can see this many times with the treaties that Washington signed with the indigenous peoples, with the Mexicans, with the Caribbeans, from the 18th century until today, when in 2015 Obama signed the treaty with Iran for the limitation of nuclear technology and, the next day (two years later), Trump disavowed it.
Now, with Mexico, Panama, Canada, Colombia or Europe, we must remember the maxim of Henry Kissinger, one of its most famous criminals: “Being an enemy of the United States is dangerous, but being its friend is lethal.”
Panama has only two options: (1) arrest itself like one of Trump’s prostitutes to receive something in return or (2) establish a State policy based on agreements and unions with more reliable countries, those that share its same security problems in the face of the eternal application of the Monroe Doctrine. That is, trade treaties and strategic union with its Latin American brothers and with other countries, be they European, African or Asian.
This idea of the value of unity comes from the North American natives: you can break a spear easily, but if you try to break several together you won’t be able to. The Anglo-Saxon settlers listened and learned so quickly that they didn’t leave the native nations time to unite effectively. Today it is an ironic symbol on the United States shield.

RF: Are there any grounds for Donald Trump’s accusations that China is using the canal for its own purposes?
JM: It is false and contradictory. The Chinese presence in Panama is insignificant. The problem is that China does not stop doing things well and, like any industrial and commercial power, it has the right to use the Panama Canal and any other port if it does not use violence as is traditional in the United States and in the Anglo-Saxon empires.
What is most annoying about China is that it has recovered its status as a world superpower without invading or destroying any country. The “impoverishing communists” have not only separated themselves from the rest in terms of development, but the successful capitalists owe them fortunes.
If the United States were a moderately intelligent nation, reasonable rather than fanatic, it would manage its terrible economic, financial and social problems and its own decline as an empire in a negotiated transition with China to ensure a strategic collaboration. But, on the contrary, Washington is desperately asking for a violent end to its hegemony.
In the United States we have everything to be a developed and happier country, but we are the opposite, even though we are still a world superpower and we can still create the global currency by pressing zeros on a keyboard. What is supposed to happen when we do not have those privileges and, on top of that, we have to face a world that will not forgive us for having been such bastards for so long?

RF. How should the affected countries react, directly and indirectly in Latin America, whether they have their coasts on the Pacific or the Atlantic?

JM. A reasonable response, in the short term, would be to “negotiate with Trump.” It is more or less what Mexico just did to suspend tariffs for a month. In part we can understand Claudia Sheinbaum: her citizens come first and she does not want a recession that hits the poorest, however brief it may be.
The most strategic response in the long term is, simply, not to negotiate with an extortionist. It is not even necessary to get entangled in a dialectical, media and diplomatic dispute. Silence and indifference are the only effective way to deal with a bully.
If Trump imposes 25 percent tariffs, Mexico must impose 30 percent. Of course, this must be done in coordination with the rest of those affected, such as Canada, China and Europe, and with the rest of the future victims of new aggressions from the Alpha Male.
Mexico must seek to put its products in other markets. It will not only be a lesson of what happens when one country does not respect another, but a strategy to ensure greater stability in the future.
Mexico is the main commercial partner of the United States and vice versa, but when has the United States treated Mexico as an equal or, at least, with respect? Those who do not want to see do not see it.
Trump believes that he will reverse the decline of his empire by harassing smaller economies, but playing along is feeding the beast. It is bad for the world and it is bad for us here in the United States, who must prolong the agony of a psychotic mentality that cannot be happy even with all the gold in the world.

Sao Paulo, Brazil, February 3, 2025.

El Cuarto y Quinto poder del Poder

A pocas millas de donde pierdo mi vida tratando de entender el absurdo de nuestra especie humana, Donald Trump ha vuelto a acusar a México de abusar de “la bondad de Estados Unidos” y a China de “abusar del canal de Panamá”. Como en el siglo XIX, el presidente también quiere Canadá como un estado, pero de forma más amable. Al fin y al cabo, sus habitantes pertenecen a una raza superior.

El abuso de China sobre el Canal de Panamá se refiere a que está haciendo demasiados negocios con Occidente y, peor aún, con América Latina, nuestro Patio trasero, nuestras repúblicas bananeras donde la gente habla “el idioma de las limpiadoras”. Como dijo el presidente Ulysses Grant en 1873 y lo practicaron siempre los británicos, “cuando hayamos obtenido todo lo que puede ofrecer del proteccionismo, también adoptaremos el libre comercio”―solo que ahora a la inversa.

Claro que más importante que la flexibilidad ideológica del capitalismo es su flexibilidad moral. Los imperios siempre se presentaron como víctimas o con algún derecho divino. Cuando en 1832 Andrew Jackson, en su discurso en el Congreso, justificó la remoción de los pueblos nativos de sus propias tierras, proclamó: “nos agredieron sin que nosotros los provocásemos”. Tuvimos que defendernos. Desde 1763 hasta hoy, la tradición ha sido forzar a los nativos a firmar tratados que luego serían violados por los dueños del cañón cada vez que los tratados limitaban las oportunidades de hacer buenos negocios despojando a “las razas inferiores”. Lo mismo ocurrió con el Tratado de Guadalupe de 1848, el que obligó a ceder la mitad de México a Estados Unidos por una limosna y nunca se cumplió en los acuerdos que protegían los derechos de los mexicanos que quedaron de este lado de la nueva frontera. Como el lamento de “La pesada carga del hombre blanco” acuñado por el poeta británico Rudyard Kipling y difundido por Teo Roosevelt sobre la humanidad de los invasores a tierras de “negros pacíficos”. Esa “perfecta raza estúpida”, según el mismo Roosevelt.

Ahora, ¿cuál es y ha sido siempre el rol de la gran prensa?

El 9 de enero de 2025, días después de rechazar un anuncio pago denunciando el genocidio en Gaza por usar la palabra “genocidio”, el New York Times publicó el artículo de opinión titulado: “Los historiadores condenan el “escolasticidio” de Israel. La pregunta es por qué.” La AHA, asociación de historiadores, había votado por mayoría abrumadora la condena del bombardeo y total erradicación de escuelas y universidades en Gaza, aparte del asesinato de sus profesores y estudiantes bajo toneladas de bombas, y el artículo destacado cuestionó las razones de la condena. Es más, acusó a los historiadores y a las universidades en general de estar politizadas. La desvergüenza moral e histórica se comenta sola.

Días antes, CNN, la cadena supuestamente anti-Trump, reflexionó sobre sus propuestas expansionistas: “Trump, a su manera, está lidiando con cuestiones de seguridad nacional que Estados Unidos debe afrontar en un mundo nuevo moldeado por el ascenso de China (…) Las reflexiones de Trump sobre la terminación del Tratado del Canal de Panamá muestran la preocupación por la invasión de potencias extranjeras en el hemisferio occidental. No se trata de una preocupación nueva: ha sido un tema constante en la historia, desde la Doctrina Monroe de 1823, cuando los colonialistas europeos eran la amenaza. El problema perduró durante los temores comunistas de la Guerra Fría. Los usurpadores de hoy son China, Rusia e Irán…

Invasión, amenaza, usurpadores… O se trata de una profunda ignorancia histórica o, más probablemente, del mismo periodismo hipócrita de siempre; funcional a la barbarie genocida y cleptómana del poder.

Para América Latina, los usurpadores, no en la retórica sino en la práctica, fueron siempre los Estados Unidos. Fue un periodista, John O’Sullivan, quien creó el mito del Destino Manifiesto para justificar el despojo y masacre de todos los pueblos al Oeste y al Sur, como siempre basados en el amor de Dios por una etnia humana en particular―por la etnia más violenta y genocida que conoce la historia moderna. En 1852, O’Sullivan escribió: “Este continente y sus islas adyacentes les pertenece a los blancos; los negros deben permanecer esclavos…”

Si salteamos tres mil intervenciones de Washington en los siguientes cincuenta años, podemos recordar que, según la lógica capitalista, el Canal de Panamá nunca fue de Estados Unidos como el Hudson Yards de Manhattan no le pertenece a Catar, ni el One World Trade Center ni el nuevo Waldorf Astoria en Nueva York o las mega urbanizaciones de Chicago y Los Angeles les pertenecen a China, por nombrar solo unos pocos ejemplos recientes.

Ahora, desde un punto moral y desde la ley Internacional, podríamos recordar que Theodore Roosevelt le robó Panamá a Colombia con una revolución financiada por Washington. El canal, comenzado por los franceses y terminado por Washington fue, de hecho, construido con la sangre de cientos de panameños que el histórico racismo olvidó, como olvidó la construcción de las vías de ferrocarriles por parte de inmigrantes chinos en la costa Oeste o de irlandeses en la costa Este, grupos que sufrieron la persecución y la muerte por pertenecer a “razas inferiores”.

Si Washington pagase una mínima compensación por todas sus invasiones a los países latinoamericanos desde el siglo XIX, por todas sus democracias destruidas, por todas las sangrientas dictaduras impuestas a fuerza de cañón, por la “política del dólar” o por los sabotajes de la CIA durante la Guerra Fría y más acá, no nos darían las reservas de oro del Tesoro para cubrir un porcentaje mínimo. Por no hablar de los crímenes imperiales, muchas veces en colaboración con los imperios europeos (los supuestos enemigos de la Doctrina Monroe) en Asia y África que no solo asesinaron a sus lideres independentistas como Patrice Lumumba sino que dejaron mares de muerte y destrucción, todo en nombre de una democracia y una libertad que nunca llegaron y que nunca les importaron a los señores imperiales del poder.

El sistema esclavista que le arrebató Texas, New Mexico, Colorado, Arizona, Nevada y California a México no desapareció con la Guerra Civil. Simplemente cambió de nombre (a veces, ni siquiera eso) para continuar haciendo lo mismo, como los bancos y las corporaciones esclavistas JP Morgan, Wells Fargo, Bank of America, Aetna, CSX Corporation, entre otros. En 1865 los esclavos de grilletes se convirtieron en esclavos asalariados (en muchos casos ni eso, ya que trabajaban por propinas, como lo siguen haciendo hoy las meseras). De la misma forma que durante la esclavitud, al sistema se lo siguió llamando democracia, mientras que sus constituciones (la de 1789 y la confederada de 1861) protegían la “libertad de expresión”.

Ahora, como lo formulamos en P = d.t, Occidente radicalizará la censura a los críticos por la simple razón de que su poder declina y su tolerancia también: desde la Grecia clásica, la libertad de expresión ha sido un lujo de los imperios que no se sienten amenazados por ninguna crítica, sino todo lo contrario: resulta una decoración a sus pretensiones de liberad y democracia.

Los medios dominantes tienen un pésimo récord de complicidad, siempre en nombre de la libertad. Cuando James Polk logró una excusa para invadir México y robarle más de la mitad de su territorio, lo hizo provocando un ataque de falsa bandera. “Es hora de expandir la libertad a otros territorios”, dijo Polk, refiriéndose al restablecimiento de esclavitud en un país que la había ilegalizado. Sus mismos soldados y generales en campaña, Ulyses Grant, Zachary Tylor y Winfield Scott reconocieron por escrito que no tenían ningún derecho a estar en territorio mexicano. El general Ethan Allen Hitchcock escribió en su diario: “A decir verdad, no tenemos ningún derecho de estar aquí. Más bien parece que el gobierno nos ha enviado con tan pocos hombres para provocar a los mexicanos y de esa forma tener un pretexto para una guerra que nos permita tomar California”.

La nueva prensa masiva de entonces, gracias al invento de la rotativa, fue el principal instrumento de propaganda y de fakes news que lanzó desde la borrachera de la cantinas a miles de voluntarios a invadir México y, como lo reportaron los generales estadounidenses, a matar, robar y “violar a las mujeres delante de sus propios hijos y esposos”. Al parecer, Estados Unidos no estaba enviando sus mejores hombres. Como buen representante de la paranoia imperial anglosajona, Trump fue celebrado cuando, al iniciar su campaña presidencial el 16 de junio de 2015, afirmó, contradiciendo todas las estadísticas del momento: “México no está enviando a los mejores. Está enviando gente que tiene muchos problemas… Son violadores sexuales”.

Cuando en 1846 Polk supo de un incidente menor en territorio mexicano, corrió al Congreso e informó: el invasor “ha derramado sangre estadounidense en territorio estadounidense”. John Quincy Adams lo acusó de haber provocado una excusa para la guerra contra un país que no estaba en condiciones materiales de defenderse. También Abraham Lincoln se opuso a esta guerra (que luego Ulysses Grant llamaría “la guerra perversa”) y tuvo que retirarse de la política por años, ya que nada más efectivo para silenciar la crítica y una falta moral que el patriotismo ciego.

Exactamente lo mismo ocurrió por los siguientes 150 años, como, por ejemplo, el mito inventado de El Maine de 1898 por parte de la prensa amarillista de Nueva York, dirigida por Joseph Pulitzer y por William Hearst, uno de los mogules de los medios y del cine del siglo XX. Hearst defendió a Hitler al tiempo que acusaba a F.D. Roosevelt de comunista. Por entonces, la prensa hegemónica presentó a Hitler como un patriota, como ahora presenta a Netanyahu como un enviado del Dios.

Lo mismo ocurrió con el general estadounidense más condecorado de su generación, Smedley Butler, cuando en 1933 se atrevió a publicar: “La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera. Yo no volvería a la guerra para proteger las inversiones de los banqueros… Nuestras guerras han sido planeadas muy bien por el capitalismo nacionalista. He servido en la Marina por 33 años y, durante todo ese período, he pasado la mayor parte de mi tiempo siendo el músculo de Wall Street y de los grandes negocios… En pocas palabras, he sido un mafioso del capitalismo…

Cuando Butler comenzó a decir lo que pensaba, no se lo puso preso por delito de opinión, como fue el caso del candidato socialista Eugene Debs por oponerse a la Primera Guerra, sino que se echó mano a un recurso más común: se desacreditó al héroe militar como alguien con problemas psicológicos.

Lo mismo continuó ocurriendo por generaciones. Las bombas atómicas sobre Japón, el masivo bombardeo aéreo de Corea, la destrucción de democracias independentistas en África y América latina… Lyndon Johnson y Henry Kissinger invirtieron millones de dólares en la prensa para apoyar la guerra genocida de Vietnam con bombardeos masivos y armas químicas sobre la población civil. Para entonces, la Operación Mockingbird de la CIA ya había inoculado a todos los mayores diarios de América Latina con fake news y editoriales escritas en Miami y Nueva York. Lo mismo hizo con los grandes medios de Estados Unidos, con libros, películas, etc. La policía ideológica (la CIA, la NSA, el FBI) benefició a las grandes compañías, mientras dejaban cientos de miles de masacrados sólo en América Central, todo en nombre de la “seguridad nacional” que produjo una estratégica inseguridad.

Antes de lanzarse la masiva invasión a Irak de 2003, la que dejó un millón de muertos, millones de desplazados y casi todo Medio Oriente en caos, publicamos en los diarios de países marginales sobre la ilógica de la narrativa que la justificaba. Pero la gran prensa hegemónica logró convencer a los estadounidenses de que los tambores de guerra decían la verdad. El New York Times tomó posición a favor de la invasión como un acto patriótico y de “seguridad nacional”. En nombre del patriotismo, se censuró, por ley (Patriot Act) y por acoso social a todos los críticos. Los medios ni siquiera podían mostrar las imágenes de los soldados retornando en ataúdes. Mucho menos los cientos de miles de civiles iraquíes masacrados que nunca importaron en esta cobardía colectiva que solo dejó ganancias a los mismos superricos mercaderes de la muerte de siempre.

Años después, incluso cuando George W. Bush y su marioneta, el presidente español José María Aznar reconocieron que las razones para la invasión eran falsas, que Sadam Hussein no tenía armas de destrucción masiva, aportadas por Alemania y Estados Unidos en los 80s para atacar Irán, ni vínculos con Al Qaeda (como los talibán, hijos independizados de la CIA), la mayoría de los consumidores de Fox News continuaban creyendo en la mentira desmentida por sus propios perpetuadores. Al fin y al cabo, desde niños fueron entrenados para creer contra toda evidencia como si fuese un mérito divino.

En política, narrativa y realidad están más divorciados que en una novela de J. K. Rowling. Al mismo tiempo que los grandes medios se venden a sí mismos como independientes y salvaguardas de la democracia, ni son independientes ni son democráticos. Dependen no solo de un puñado de millonarios anunciantes; los miles de millones de dólares que las corporaciones y lunáticos como Elon Musk donan a los partidos políticos son el negocio perfecto: con cada dólar que arrojan a la masa, se compran, a un mismo tiempo, a los políticos en campaña y a los medios que los promueven. Los medios son parte de esa dictadura plutocrática y su trabajo (que no es diferente al de los sacerdotes que daban sermones en las iglesias y catedrales financiadas por los nobles) consiste en inventar una realidad contraria a los hechos, cómplice con el gran poder del dinero, del imperialismo y del racismo. Todo en nombre de la democracia, de la Ley internacional y de la diversidad.

Ahora, una pregunta por demás simple: ¿Piensan que este país necesita más adulones, o más críticos? Claro, todos responderán en favor de los críticos, pero en los hechos mudos la mayoría apoya lo contrario, sobre todo a través del descredito y de la demonización de los verdaderos críticos del poder―aquellos que no sólo en la academia sino hasta en la misma Biblia se apreciaba como profetas, no por anunciar el futuro sino por tener el coraje de decir lo que el pueblo no quería escuchar. Todos saben que si alguien quiere progresar en la escalera del éxito y del poder, por lejos paga mucho más la adulonería, por barata que sea, como es el caso del rabioso patriotismo de algunos inmigrantes al imperio de turno. No solo inmigrantes pobres, sino también orgullosos académicos serviles que acusan a los críticos de estar politizados o de victimizar a las víctimas del imperialismo.

Estamos en la misma situación del siglo XIX: expansión geopolítica y arrogancia racista. La diferencia es que, por entonces, Estados Unidos era un imperio en acenso y hoy está en descenso. Como lo demuestran los ejemplos europeos desde el español, el británico o el francés, a la larga, y pese a toda la muerte y el despojo ajeno, los imperios siempre han sido muy caros para sus ciudadanos, ya que no existen sin guerras permanentes. En sus apogeos siempre dejaron ganancias económicas, sobre todo para los de arriba. El problema es cuando se trata de un imperio en decadencia. Entonces, la arrogancia es una reacción natural, pero resulta carísima y solo puede acelerar su decadencia, miseria y conflictos, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Saber negociar en un mundo que no nos pertenece, hacer amigos en lugar de enemigos, es la estrategia más económica, más efectiva, más justa y más razonable. El problema es que liderar en paz siempre ha sido más difícil que liderar en una guerra, ese recurso de los mediocres que nunca falla, incluso cuando se arrastra a su propio país a la destrucción.

Cada año que pasa vamos confirmando la historia hacia el fascismo de los imperios decadentes de hace un siglo. Los primeros en caer (por la censura, el silencio, la prisión o la muerte) seremos los críticos. Cuando las cenizas no sean cosas de algún pobre e indefenso país en el otro lado del mundo, sino del corazón mismo del imperio, los sobrevivientes negarán tres veces haber sido partícipes de tanta arrogancia cobarde.

Como siempre, será demasiado tarde, porque si la Humanidad ha tenido la verdad y la justicia como valore supremos, rara vez los ha practicado como un compromiso inquebrantable. Lo normal ha sido lo contrario.

Jorge Majfud, 8 de enero 2025.

El templo de la libertad fue construído por esclavos

Los esclavos también construyeron el Capitolio en Estados Unidos, el que comenzó a construirse en 1793 y se completó en 1826. En la foto la extensión realizada en 1862.

El antiesclavista Jesse Torrey en 1815 observó la ironía de que «El templo de la libertad» estaba siendo construido por esclavos, lo cuales además le proveían una jugosa plusvalía a los dueños que le alquilaban al gobierno sus máquinas, los esclavos.

«He visto esclavos en gran número» escribió Torrey «y me alegré mucho de que esos pobres desgraciados ganaran de ocho a diez dólares por semana. Mi alegría no duró mucho: me dijeron que no trabajaban para sí mismos; sus amos los alquilaban y se quedaban con todo el dinero. ¡Qué humanidad! ¡Qué país de libertad!»

Actualmente, en el sitio oficial del gobierno no se menciona ni una sola vez la existencia de esclavos . Por el contrario, el portal se encabeza con una pintura blanqueada en el mismo espíritu del Destino Manifiesto.

jorge majfud, nov 2024

Democracias imperiales, dictadura solidarias

La historia no deja mucho lugar a las excepciones: al grito de democracia se practicó el despojo de otras naciones; al grito de libertad se esclavizó y se expandió las formas más brutales e industriales de imperialismo. Todo esto, casi siempre fue perpetuado por democracias, no por dictaduras. No por casualidad, Theodore Roosevelt escribió que “la democracia de este siglo no necesita más justificación para su existencia que el simple hecho de que ha sido organizada para que la raza blanca se quede con las mejores tierras del Nuevo mundo”.[i]

Por lo general, las dictaduras coloniales y poscoloniales (casi todas dictaduras funcionales y casi por excepción dictaduras resistentes) fueron la consecuencia lógica de estos imperios democráticos. Todo bajo una vieja lógica. En la antigua Grecia, Atenas era una democracia muy similar a las democracias de los últimos siglos: tenía esclavos temporales, toleraba cierta diversidad y se vanagloriaba de aceptar inmigrantes de otros pueblos; unos pocos votaban y su imposición sobre otros pueblos griegos, como Esparta, se basaba en la fuerza de su dinero. Dos mil años después, los imperios modernos siempre se dieron el lujo de presumir democracia, tolerancia a la diversidad y a las opiniones diferentes en sus calles… Claro, mientras su poder no tenga competencia y mientras se siga imponiendo y practicando lo opuesto en las colonias (donde la crítica era más peligrosa) para beneficio económico de la civilizada metrópoli.

La historia moderna de las llamadas democracias como sistemas-de-poder-compartido-de-la-clase-dominante, cohesionado por sus capitales y oligopolios, fueron más dictatoriales, imperialistas y brutales con otras naciones que las mismas dictaduras. Tal vez porque se sentían impulsadas por la misma arrogancia de considerarse benévolos. Tal vez porque casi todos esos imperios fueron capitalistas. Así ocurrió (por ambas razones) con los brutales imperios británicos, holandeses, franceses y estadounidenses. Así continúa ocurriendo con el belicismo de la OTAN, compuesta de países con sistemas de democracia liberal―todas secuestradas por la elite financiera, como antes lo estaban por los capitales industriales. Un poco más en la periferia, por ejemplo, uno de los argumentos más recurrentes que justifican el largo y brutal apartheid de los gobiernos israelíes consiste en que ese país “es la única democracia en Oriente Medio”. Aunque fuese una democracia plena y no limitada, esto no la autoriza ni justifica a su gobierno para disponer de otra nación, la palestina, a su antojo y por la fuerza de sus armas―negando en los hechos la existencia política a todo un pueblo bajo la excusa de que algunos en su resistencia independentista no reconocen su existencia.

¿Por qué las mayores dictaduras globales fueron democracias nacionales, cuando aún dictduras como la cubana o la libia, por el contrario, se solidarizaron con las colonias y los oprimidos del mundo? ¿A qué se debe esta (aparente) paradoja? ¿Tal vez los dictadores fueron más precavidos por temor a perder el poder? ¿Tal vez porque esas dictaduras nacieron de la lucha contra la brutalidad genocida de los imperialismos? ¿Tal vez eso que llamamos democracia no es la democracia de los nativos americanos (como la Confederación Iroquesa antes que la destruyeran los civilizados colonos), sino algo muy distinto: la democracia según la entendieron y fosilizaron los anglosajones, basada en el despojo, el desplazamiento del otro y la defensa de nuestra propiedad privada?

Ocurrió con la antigua democracia ateniense y con las democracias noroccidentales de la Era Modera. Las víctimas siempre son culpables de amenazar a sus amos quienes, ante cualquier cambio, son compensados por sus pérdidas económicas, como cada vez que se abolió la esclavitud o alguna colonia logró su independencia. Así, los invadidos son los invasores. Los masacrados son los violentos. Los corrompidos son los corruptos. Los asaltados, hambreados y exterminados por siglos en beneficio de los países desarrollados, son los únicos responsables de su pobreza.

jorge majfud, del libro Moscas en la telaraña (2023)


[i] Roosevelt, Theodore. “National Life and Character.” (1894) Teaching American History: teachingamericanhistory.org/document/national-life-and-character/

Libertad de expresión en tiempos de la esclavitud (I y II)

Freedom of speech ends where true power begins 

El primero de enero de 1831 apareció en Massachusetts The Liberator, el primer periódico abolicionista del país y, más tarde, defensor del sufragio femenino. Por entonces, los esclavistas de Georgia ofrecieron una recompensa de 5.000 dólares (más de 160.000 dólares al valor de 2023) por la captura de su fundador, William Lloyd Garrison. Naturalmente, así es como reacciona el poder a la libertad y la lucha por los derechos ajenos, pero este intento de censura violenta no era por entonces la norma legal. La libertad de expresión establecida por la Primera Enmienda se aplicaba a los hombres blancos y nadie quería violar la ley a plena luz del día. Para corregir esos errores siempre estuvo la mafia, el paramilitarismo y, más tarde, las agencias seretas que están más allá de la ley―cuando no el acoso legal bajo otras excusas.

En su primer artículo, Garrison ya revela el tono de una disputa que se anuncia como algo de larga data: “Soy consciente de que muchos se oponen a la dureza de mi lenguaje; pero ¿no hay motivo, acaso? Seré tan duro como la verdad y tan intransigente como la justicia. Sobre este tema, no quiero pensar, ni hablar, ni escribir con moderación. ¡No! Dígale a un hombre cuya casa está en llamas que dé una alarma moderada, que rescate moderadamente a su esposa de las manos del violador, que rescate gradualmente a su hijo del fuego…[i]

The Liberator, ejerciendo su derecho a la libertad de prensa, comenzó a enviar ejemplares a los estados del sur. La respuesta de los gobiernos sureños y de los esclavistas no fue prohibir la publicación, ya que iba contra la ley―una ley que fue hecha para que unos hombres blancos y ricos se protegieran de otros hombres blancos y ricos que nunca se imaginaron que esta libertad podía amenazar de alguna forma la existencia del poder político de todos los hombres blancos y ricos.

En lugar de violar la ley se recurrió a un viejo método. No es necesario romper las reglas cuando se pueden cambiarlas. Es así como funciona una democracia. Claro que no todos tenían, ni tienen, las mismas posibilidades de operar semejante milagro democrático. Quienes no pueden cambiar las leyes suelen romperlas y por eso son criminales. Quienes pueden cambiarlas son los primeros interesados en que se cumplan. Excepto cuando la urgencia de sus propios intereses no admite demora burocrática o, por alguna razón, se ha establecido una mayoría inconveniente, a la que aquellos en el poder acusan de irresponsable, infantil o peligrosa.

En principio, como no se podía abolir directamente la Primera enmienda, se limitó las pérdidas. Carolina del Norte aprobó leyes prohibiendo la alfabetización de los esclavos.[1] Las prohibiciones continuaron y se extendieron por los años 1830s a otros estados esclavistas, casi siempre justificándose en los desórdenes, protestas y hasta disturbios violentos que habían inoculado los abolicionistas entre los negros con literatura subversiva.

La propaganda esclavista no se hizo esperar y se distribuyeron posters y panfletos advirtiendo de elementos subversivos entre la gente decente del Sur y de los peligros de las pocas conferencias sobre el tema tabú. El acoso a la libertad de expresión, sin llegar a su prohibición, también se daba en las mayores ciudades del Norte. Uno de los panfletos proesclavistas fechado el 27 de febrero de 1837 (un año después de que Texas fuese arrancada a México para reestablecer la esclavitud) invitaba a la población a reunirse frente a una iglesia de la calle Cannon en Nueva York, donde un abolicionista iba a dar una charla a las siete de la noche. El anuncio llamaba a “silenciar este instrumento diabólico y fanático; defendamos el derecho de los Estados y la constitución del país”.[ii]

Las publicaciones y las conferencias abolicionistas no se detuvieron. Por un tiempo, la forma de contrarrestarlas no fue la prohibición de la libertad de expresión sino el incremento de la propaganda esclavista y la demonización de los antiesclavistas como peligrosos subversivos. Más tarde, cuando el recurso de la propaganda no fue suficiente, todos los estados del Sur comenzaron a adoptar leyes que limitaban la libertad de expresión de ideas revisionistas. Solo cuando la libertad de expresión (libertad de los blancos disidentes) se salió de control, recurrieron a leyes más agresivas, esta vez limitando la libertad de expresión con prohibiciones selectivas o con impuestos a los abolicionistas. Por ejemplo, en 1837, Missouri prohibió las publicaciones que iban contra el discurso dominante, es decir, contra la esclavitud. Rara vez se llegó al oprobio de encarcelar a los disidentes. Se los desacreditaba, se los censuraba o se los linchaba bajo alguna buena razón como la defensa propia o la defensa de Dios, la civilización y la libertad.

Luego de estallar la Guerra Civil, el Sur esclavista escribió su propia constitución. Como lo hicieran los tejanos anglosajones apenas separados de México y por las mismas razones, la constitución de la Confederación estableció la protección de la “Institución peculiar” (la esclavitud) al mismo tiempo que incluyó una cláusula en favor de la libertad de expresión. Esta cláusula no impidió leyes que la limitaban para un lado ni que el paramilitarismo de las milicias esclavistas (origen de la policía sureña) actuaran a su antojo. Como en el “We the people” de la Constitución de 1789, como originalmente la Primera enmienda de 1791, esta “libertad de expresión” no incluía a gente que ni era “the people” ni eran humanos completos y responsables. Se refería a la raza libre. De hecho, la constitución del nuevo país esclavista establecía, en su inciso 12, casi como una copia de la enmienda original de 1791: “El Congreso no hará ninguna ley con respecto al establecimiento de una religión, o que prohíba el libre ejercicio de la misma; o coartando la libertad de expresión, o de prensa; o el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y solicitar al Gobierno la reparación de agravios”.[iii] Más justo, equitativo y democrático, imposible… El secreto estaba en que, otra vez, como casi un siglo antes, eso de “el pueblo” no incluía a la mayoría de la población. Si alguien lo hubiese observado entonces, sería acusado de loco, de antipatriota o de peligroso subversivo. Es decir, algo que, en su raíz, no ha cambiado mucho en el siglo XXI.[2]

Para cuando el sistema esclavista fue legalmente ilegalizado en 1865, gracias a las circunstancias de una guerra que estuvo a punto de perderse, The Liberator ya había publicado 1820 números. Aparte de apoyar la causa abolicionista, también apoyó el movimiento por los derechos iguales de las mujeres. La primera candidata mujer a la presidencia (aunque no reconocida por ley), Victoria Woodhull, fue arrestada días antes de las elecciones de 1872 bajo el cargo de haber publicado un artículo calificado como obsceno―opiniones contra las buenas costumbres, como el derecho de las mujeres a decidir sobre su sexualidad. Como ha sido por siglos la norma en el Mundo libre, Woodhull no fue arrestada por ejercer su libertad de expresión en un país libre, sino bajo excusas de infringir otras leyes.

Con todo, esta no es una característica exclusiva del Sur esclavista ni de Estados Unidos en su totalidad. El Imperio británico procedió siempre de igual forma, no muy diferente a la “democracia ateniense”, veinticinco siglos atrás: “somos civilizados porque toleramos las opiniones diferentes y protegemos la diversidad y la libertad de expresión”. Claro, siempre y cuando no crucen determinados límites. Siempre y cuando no se conviertan en un verdadero peligro para nuestro poder incontestable.

En este sentido, recordemos sólo un ejemplo para no hacer de este libro una experiencia voluminosamente imposible e impublicable. En 1902, el economista John Atkinson Hobson publicó su ya clásico Imperialism: A Study donde explicó la naturaleza vampiresca de Gran Bretaña sobre sus colonias. Hobson fue marginado por la crítica, desacreditado por la academia y la gran prensa de la época. No fue detenido ni encarcelado. Mientras el imperio que él mismo denunciaba continuaba matando a millones de seres humanos en Asia y en África, ni el gobierno ni la corona británica se tomaban la molestia de censurar directamente al economista. No pocos, como ocurre hoy en día, lo señalaban como ejemplo de las virtudes de la democracia británica. Algo similar a lo que ocurre hoy en día con aquellos críticos del imperialismo estadunidense, más si viven en Estados Unidos: “miren, critica al país en el que vive; si viviese en Cuba no podría criticar al gobierno”. En otras palabras, si alguien señala los crímenes de lesa humanidad en las múltiples guerras imperiales y lo hace en el país que permite la libertad de expresión, eso es una prueba de las bondades democráticas del país que masacra a millones de personas y tolera que alguien se atreva a mencionarlo.

¿Cómo se explica todas esas aparentes contradicciones? No es tan complicado. Un poder imperial, dominante, sin respuesta, sin temor a la pérdida real de sus privilegios, no necesita la censura directa. Es más, la aceptación de la crítica marginal probaría sus bondades. Se la tolera, siempre y cuando no crucen el límite del verdadero cuestionamiento. Siempre y cuando el dominio hegemónico no esté decadencia y en peligro de ser reemplazado por otra cosa.

Ahora veamos esos contraejemplos del poder hegemónico y de sus mayordomos. ¿Por qué no te cas a Cuba donde la gente no tiene libertad de expresión, donde no existe la pluralidad de partidos políticos?

Para comenzar, sería necesario que señalar que todos los sistemas políticos son excluyentes. En Cuba no permiten a partidos liberales participar de sus elecciones, las cuales son tachadas de farsa por las democracias liberales. En los países con sistemas de democracia liberal, como Estados Unidos, las elecciones básicamente son elecciones de un partido único llamado Demócrata-Republicano. No existe ninguna posibilidad de que un tercer partido pueda desafiar seriamente a Partido Único porque éste es el partido de las corporaciones, que son la elite que tiene el poder real del país. Por otro lado, si, por ejemplo, en un país como chile gana las elecciones un marxista como el actual presidente Gabriel Boric, a nadie se le ocurre siquiera imaginar que ese presidente va a salirse del marco constitucional, el cual prohíbe la instauración de un sistema comunista en el país. Lo mismo ocurre en Cuba, pero hay que decir que no es lo mismo.

Ahora, volvamos a la lógica de la libertad de expresión en distintos sistemas de poder global. Para resumirlo, creo que es necesario decir que la libertad de expresión es un lujo que, históricamente, no se han podido dar aquellas colonias o repúblicas que luchaban por independizarse de la libertad de los imperios. Bastaría con recordar el ejemplo de la democracia guatemalteca, destruida por la Gran Democracia de Estados Unidos en 1954 porque su gobierno, democráticamente electo decidió aplicar las leyes soberanas de su propio país, las que no convenían a la megacorporación United Fruit Company. La Gran Democracia no dudó en instalar otra dictadura, la que dejó cientos de miles de muertos a lo largo de décadas.

¿Cuál fue el problema principal de la democracia de Guatemala en los 50s? Fue su libertad de prensa, su libertad de expresión. Por ésta, el imperio del Norte y la UFCo lograron manipular la opinión pública de ese país través de una campaña de propaganda deliberadamente planeada y reconocida por sus propios perpetuadores―no por sus mayordomos criollos, está de más decir.

Cuando esto ocurre, el joven médico argentino, Ernesto Guevara, se encontraba en Guatemala y debió huir al exilio en México, donde se encontró con otros exiliados, los cubanos Fidel y Raúl Castro. Cuando la Revolución cubana triunfa, Ernesto Guevara, para entonces El Che, lo resumió notablemente: “Cuba no será otra Guatemala” ¿Qué quería decir con esto? Cuba no se dejará inocular como Guatemala a través de la “prensa libre”. La historia le dio la razón: Cuando en 1961 Washington invade Cuba en base al plan de la CIA que aseguraba que “Cuba será otra Guatemala”, fracasa estrepitosamente. ¿Por qué? Porque su población no se sumó a la “invasión libertadora”, ya que no pudo ser inoculada por la propaganda masiva que permite la “prensa libre”. Kennedy lo supo y se lo reprochó a la CIA, la cual amenazó con disolver y terminó disuelto.

La libertad de expresión es propia de aquellos sistemas que no pueden ser amenazados por la libertad de expresión, sino todo lo contrario: cuando la opinión popular ha sido cristalizada, por una tradición o por la propaganda masiva, la opinión de la mayoría es la mejor forma de legitimación. Razón por la cual esos sistemas, siempre dominante, siempre imperiales, no le permiten a sus colonias el mismo derecho que les otorgan a sus ciudadanos.

Cuando Estados Unidos se encontraba en su infancia y luchando por su sobrevivencia, su gobierno no dudó en aprobar una ley que prohibía cualquier critica al gobierno bajo la excusa de propagar ideas e información falsa―siete años después de aprobar la famosa Primera Enmienda, que no surgió de la tradición religiosa sino de la ilustración antirreligiosa europea. Naturalmente, esa ley de 1798 se llamó Sedition Act.

Estos recursos del campeón de la libertad de expresión se repitió otras veces a lo largo de su historia, siempre cuando las decisiones y los intereses de un gobierno dominado por las corporaciones de turno sintió sus intereses amenazados seriamente. Fue el caso de otra ley también llamada Sedition Act, la de 1918, cuando hubo una resistencia popular contra la propaganda organizada por maestros como Edward Bernays en favor de intervenir en la Primera Guerra Mundial―y así asegurarse el cobro de las deudas europeas. Hasta pocos años antes, las duras críticas antimperialistas de escritores y activistas como Mark Twain fueron demonizadas, pero no hubo necesidad de manchar la reputación de sociedad libre poniendo en la cárcel a un reconocido intelectual, como en 1846 habían hecho con David Thoreau por su crítica a la agresión y despojo de México para expandir la esclavitud, bajo la perfecta excusa de no pagar impuestos. Ni Twain ni la mayoría de los críticos públicos lograron cambiar ninguna política ni revertir ninguna agresión imperialista en Occidente, ya que eran leídos por una minoría fuera del poder económico y financiero. En ese aspecto, la propaganda moderna no tenía competencia, por lo tanto la censura directa a esos críticos hubiese entorpecido sus esfuerzos de vender agresiones en nombre de la libertad y la democracia. Por el contrario, los críticos servían para apoyar esa idea, por la cual los mayores y más brutales imperios de la Era Moderna fueron orgullosas democracias, no desprestigiadas dictaduras.

Sólo cuando la opinión pública estuvo dudando demasiado, como durante la Guerra fría, surgió el macartismo con sus persecuciones directas y más tarde el asesinato (indirecto) de líderes por los derechos civiles y la represión violenta con presos y muertos en universidades cuando la crítica contra la Guerra de Vietnam amenazó con traducirse en un efectivo cambio político―de hecho, el congreso de los 70s fue el más progresista de la historia, haciendo posible la investigación de la comisión Pike-Church contra el régimen de asesinatos y propaganda de la CIA. Cuando dos décadas más tarde se produce la invasión de Afganistán e Irak, la crítica y las manifestaciones públicas se habían convertido en intrascendentes y autocomplacientes, pero la nueva magnitud de la agresión imperial a partir de 2001 hacían necesario tomar nuevas medidas legales, como en 1798.

La historia rimó de nuevo en 2003, sólo que en lugar de Sedition Act se llamó Patriot Act, y no sólo estableció una censura directa sino otra mucho peor: la censura indirecta y frecuentemente invisible de la autocensura. Más recientemente, cuando la crítica al racismo, a la historia patriótica y a los demasiados derechos a las minorías sexuales comenzaron a expandirse más allá de lo controlable, se volvió al recurso de la prohibición por ley. Caso de las últimas leyes de Florida, promovidas por el gobernador Ron DeSantis directamente prohibiendo libros revisionistas y regulando el lenguaje en las escuelas y universidades públicas―como para empezar. La creación de un demonio llamado woke para sustituir la pérdida del demonio anterior llamado musulmanes.

Mientras tanto, los mayordomos, sobre todo los cipayos de las colonias, continúan repitiendo clichés creados generaciones antes: “cómo es que vives en Estados Unidos y críticas a ese país, deberías mudarte a Cuba, que es donde no se respeta la libertad de expresión”. Luego de sus clichés se sienten tan felices y tan patriotas que da pena incomodarlos con la realidad.

El 5 de mayo de 2023, se realizó la ceremonia de coronación del rey Carlos III de Inglaterra. El periodista Julián Assange, prisionero por más de una década por el delito de haber publicado una parte menor de las atrocidades cometidas por Washington en Irak, le escribió una carta al nuevo rey invitándolo a visitar la deprimente prisión de Belmarsh, en Londres, donde agonizan cientos de presos, algunos de los cuales fueron reconocidos disidentes. A Assange se le permitió el sagrado derecho de la libertad de expresión generosamente otorgado por el Mundo libre. Su carta fue publicada por distintos medios occidentales, lo que prueba las bondades de Occidente y las infantiles contradicciones de quienes critican al Mundo libre desde el Mundo libre. Pero Assange sigue funcionando como ejemplo de linchamiento. También durante la esclavitud se linchaban a unos pocos negros en público. La idea era mostrar un ejemplo de lo que le puede pasar a una sociedad verdaderamente libre, no destruir el mismo orden opresor eliminando a todos los esclavos.


[1] Las leyes no prohibieron explícitamente que los esclavos aprendieran a leer y escribir. Prohibieron que quienes sabían hacerlo les enseñaran a leer y escribir a los esclavos. De la misma forma, hoy en día no hay leyes que prohíban la educación de nadie, sino todo lo contrario. Pero diversas políticas hacen que la educación sea inaccesible para quienes, por ejemplo, no pueden pagarla, al mismo tiempo que se estimula el comercio del entretenimiento, de la distracción, es decir, del ejercicio opuesto a la educación.

[2] Esta interpretación quedaba grabada a fuego por la misma constitución de 1861 que, al mismo tiempo que consolidaba el derecho a la esclavitud, trataba de erradicar el mal ejemplo de “negros libertos” que podían ser introducidos desde el norte y a los cuales, en gran medida, se los exportó a Haití y a África, donde fundaron Liberia. La sección 9 establecía: “Queda prohibida la importación de negros de raza africana de cualquier país extranjero que no sean los Estados o Territorios esclavistas de los Estados Unidos de América; el Congreso está obligado a aprobar leyes que impidan efectivamente esta posibilidad”.


[i] William Lloyd Garrison’s The Liberator. 11 de setiembre de 2015. http://www.accessible-archives.com/collections/the-liberator/

[ii] Abolitionists and Free Speech. (2021). Mtsu.edu. http://www.mtsu.edu/first-amendment/article/2/abolitionists-and-free-speech

[iii] Avalon Project. Constitution of the Confederate States; March 11, 1861. Yale University. avalon.law.yale.edu/19th_century/csa_csa.asp

La libertà di parola finisce dove inizia il vero potere
https://www.acro-polis.it/2024/04/29/la-liberta-di-parola-finisce-dove-inizia-il-vero-potere/

Moscas en la telaraña: https://www.amazon.com/dp/195676030X?ref_=ast_author_dp

Relecturas

Cuando el mal deja de ser bueno

 

Português: Pelourinho

Português: Pelourinho (Photo credit: Wikipedia)

Consecuente con su modelo de lectura —culturalista—, en Las raíces torcidas de América Latina el cubano Alberto Montaner rastrea los orígenes del esclavismo en la península ibérica como un psicoanalista hurga en la memoria infantil de un hombre maduro que sufre el complejo de fracaso. Allí encuentra una larga historia de esclavitud y de tolerancia a la misma, aunque en la alta Edad Media no era muy diferente a otras regiones geográficas. España estaba, claro, en una frontera cultural, más expuesta a la convivencia y a los conflictos étnicos y religiosos. “La Iglesia católica [del siglo V] —escribe— no se opuso a la esclavitud, sino que se limitó a pedir un trato más humano para sus víctimas” (55). Con la invasión musulmana, el tráfico de esclavos, producto del comercio y la guerra, se mantuvo hasta la baja Edad Media y se intensificó con los nuevos navegantes portugueses del Renacimiento (59). Incluso el defensor de los indios en América, Las Casas, toleró la esclavitud de los negros ya que “en la Biblia, el Levítico autoriza la esclavitud”. Por otra parte, “para un sevillano como Las Casas era muy común ver o poseer negros esclavos” (60).

Montaner reconoce que también Lutero toleró la esclavitud por razones económicas, “ya que pensaba que sin el auxilio de la mano de obra esclava la fábrica económica europea podía derrumbarse” (66). Sin embargo, según el mismo texto de Montaner, esta actitud interesada en el beneficio propio, en una ética en función del poder y la economía, no se debería aplicar a la Inglaterra que abolió la esclavitud en el siglo XIX y procuró extenderla, por diferentes medios, a España y a Portugal. Aún cuando el autor nos dice que “existe un dato incontrovertible: fue Inglaterra, en 1807, el primer gran poder que decidió renunciar a la trata de esclavos” (66), no queda claro si ese hecho histórico, incontrovertible, estaba motivado por una razón ética o una razón económica.

Sea como fuera, el efecto es el mismo y hoy podemos valorarlo de forma positiva, desde un punto de vista ético. Pero Montaner parte de esa valoración presente y deduce motivaciones pasadas como causas de las mismas, sin los más mínimos datos documentales. Por el contrario, parece partir de la lectura de Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano (donde se interpreta el mismo hecho “’ético” desde un punto de vista materialista, es decir, por las nuevas condiciones económicas) para refutarla en un simple esfuerzo de declaración: “¿Actuó Inglaterra por razones económicas, como sostienen los más cínicos —ya se había puesto en marcha la revolución industrial y no quería competir con mano de obra esclava—, o la principal motivación fue de índole moral? Parece que esto último fue lo que más influyó en la política inglesa” (67).

La respuesta “a los más cínicos” que da Montaner —“parece que esto último fue lo que más influyó”— se basa en percepciones que se podrían clasificar como subjetivas: “durante décadas fue creciendo el clamor abolicionista hasta que lograron conquistar el corazón de algunos políticos importantes, como Lord Palmerston” (67).

De esta forma, la razón de la gran política no es económica, ni estratégica ni de poder; es una raison du coeur. Por otra parte, hay que hacer un esfuerzo no menor para no pensar en cierto tipo de cinismo en este tipo de bondad sin pérdidas económicas. Al fin y al cabo, “tampoco era la primera vez que existía un cambio de sensibilidad en Occidente” (Montaner, 67). Lo cual no deja de ser innegable, pero es difícil que los partidarios de la tesis opuesta lo tomen en serio.

Estos últimos, por el contrario, explican la lucha entre esclavistas y abolicionistas, no simplemente por razones humanitarias sino, sobre todo, por intereses políticos y comerciales. Al fin y al cabo, los humanistas (muchos de ellos católicos) que se opusieron al esclavismo venían luchando en vano desde siglos atrás hasta que nos encontramos con la Revolución industrial. Al parecer la gente se pone buena cuando la maldad deja de ser rentable. Refiriéndose a la Guerra de Secesión en Estados Unidos, Eduardo Galeano observaba que “cuando el norte sumó la abolición de la esclavitud al proteccionismo industrial, la contradicción hizo eclosión en la guerra. El norte y el sur enfrentaban dos mundos en verdad opuestos, dos tiempos históricos diferentes […] El siglo XX ganó esta guerra al siglo XIX” (333).

Esta última idea de la abolición se repite con respecto a los abolicionistas ingleses: fueron causas económicas y de intereses comerciales los que promovieron la abolición de la esclavitud, no un único principio ético. Aunque la moral y la justicia son componentes insoslayables en la dinámica de la historia, no son estos factores los que mueven la historia sino el interés y el poder.

El discurso ético y de justicia se construye por la cultura resistente —no por la dominante, en la que prevalecen los intereses— y luego es usada, cuando las conquistas han tenido lugar, por el discurso de la cultura dominante, como forma de explicar un proceso que estuvo motivado por otras razones.

Luego de detallar el intenso comercio esclavista a manos de Holanda e Inglaterra, Galeano encuentra una explicación para el cambio de actitud de estos últimos: “A principios del siglo XIX Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora de la campaña antiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mercados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagación del régimen de salarios” (128).

No obstante —y opuesto a la tesis de Montaner— para Galeano esta actitud no es propia de una raza o una cultura. Es propia de un sistema de explotación. Esto puede deducirse al tomar otra observación referida a un sector social latinoamericano cualquiera. “Ya agonizaba el siglo cuando los latifundistas cafeteros, convertidos en la nueva elite social de Brasil, afilaron los lápices y sacaron cuentas: más baratos resultaban los salarios de subsistencia que la compra y manutención de los escasos esclavos. Se abolió la esclavitud en 1888, y quedaron así formas combinadas de servidumbre feudal y trabajo asalariado que persisten en nuestros días” (155).

Probablemente sean los universales y milenarios impulsos de justicia y de poder los dos componentes básicos de la historia, como el oxígeno y el hidrógeno lo son del agua  —quizás en la misma desproporción.

jorge majfud

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

 

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