Michael Parenti, fallecido ayer 24 de enero de 2026, dejó una obra inigualable y un ejemplo de coraje. Aquí una de sus conferencias más remarcables en la University of Colorado, en 1986, la que bien podría ser de 2026.
jorge majfud
Michael Parenti, fallecido ayer 24 de enero de 2026, dejó una obra inigualable y un ejemplo de coraje. Aquí una de sus conferencias más remarcables en la University of Colorado, en 1986, la que bien podría ser de 2026.
jorge majfud
El mundo apesta tanto que a veces busco escapar hacia el pasado y encuentro estas pequeñas joyas de la infancia.
Enseguida, intento no recordar que en la infancia estábamos sumergidos en una de las muchas dictaduras militares de la máquina imperial del Norte.
Intento refugiarme en el mundo paralelo del niño que, aunque pasaba mensajes ilegales en la cárcel de presos políticos de Uruguay y veía a mi madre llorando por los suyos torturados, aún la tenía viva.
Ella murió un día como hoy, el 22 de enero de 1984, cuando yo tenía 13 años. Sus alumnos de la UTU le decían “La Pantera Rosa”, tal vez porque se llamaba Rosa.
PD. Alguien que vió este posteo, me respondió que no, que la llamaban así no solo porque se llamaba Rosa, sino proque era delgada, astuta y le cambiaba el color que pintaban los inspectores (El Inspector).
Jorge Majfud, 22 de enero de 2026.
Lo leí esta mañana y desde entonces no pude dejar de pensar en el trauma que cargará ese niño por el resto de su vida. Hace 15 años, como parte de una serie sobre violencia moral, escribí un cuento sobre la Guerra Civil española (“La peseta blanca”, luego «El dolar») y parte de la novela El mar estaba sereno, sobre el exitoso gerente que nunca pudo olvidar que entregó a su padre a los militares sin saberlo. Alguien lo leyó muy bien hace 10 años aquí https://youtube.com/watch?v=7GvLMzsiXOs
En este caso (21 de enero de 2026), los paramilitares federales hicieron a un niño de 5 años llamar a la puerta de su casa para que salga su padre y luego se llevaron a los dos.

«Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la anti-diplomacia: mañana, si Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial, aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.»
Esta vieja Europa que encuentro después de tan pocos años, ha cambiado tal vez de forma invisible, pero profética.
He sido amablemente invitado por el gobierno de Tenerife y por Editorial Baile del Sol para presentar mi último libro en España y para participar en algunos debates en vivo. Sobre todo, he escuchado y leído todo lo que he podido y, en cualquier caso, he sentido la misma preocupación por la guerra —o, para ser más exactos, por el bombardeo— y por la inmigración de los pobres al centro del mundo. La ruptura de Occidente es menos evidente.
Sobre estos problemas no voy a agregar mucho más. Además, de ellos ya se han encargado las mentes más lúcidas, y de poco y nada ha servido hasta el momento. Del otro lado, hemos escuchado y leído discursos que, si no tuviesen consecuencias tan trágicas serían, por lo menos, cómicos, travesuras más propias de estudiantes que de los Servicios de Inteligencia más poderosos del planeta, de los cuales depende la vida o la muerte de millones de personas.
Si se me permite el atrevimiento, quisiera ir a un problema que considero más de fondo, no sin antes una breve introducción.
Estoy leyendo en El País de Madrid un documento salido de la oficina de Condolezza Rice, el cual fue ratificado por el Congreso norteamericano. Dice: “Existe un único modelo sostenible de éxito nacional —el de Estados Unidos— que es justo para toda persona en toda sociedad” Dejo los comentarios a los lectores que, a diferencia del filósofo que escribió estas líneas, siempre presumo inteligentes. Y si, además, son cultos, seguramente recordarán el esquema de pensamiento europeísta que imperaba en el siglo XVIII, o versiones más dictatoriales, fanáticas y mesiánicas del Islam moderno. A esta altura de la historia, daría toda la impresión de que algunas personas no pueden comprender que una gran democracia nacional puede ser, al mismo tiempo, una gran dictadura mundial. Y lo digo con pesar, porque admiro la cultura y la belleza de ese gran país del Norte, donde tengo tantos amigos.
Pero vayamos más a fondo. Desconcentrémonos por un momento de la coyuntura actual de esta guerra y veremos esos cambios invisibles que, inexorablemente, están ocurriendo en todo el mundo.
Lo que hoy llamamos “globalización” no es otra cosa que el ensayo, conflictivo y con frecuencia criminal, de un cambio a mayor escala. Y, por el contrario a lo que se afirma casi unánimemente, a mi juicio es el inicio crítico de tiempos mejores para la paz mundial. No ciertamente por la victoria de ningún imperio policíaco, sino todo lo contrario.
Nuestro tiempo es crítico porque es el tiempo en que el mundo se ha cerrado, dejando dentro de su unidad física una pluralidad contradictoria y a veces incompatible de intereses. Paradójica y suicida. Desde los primeros globalizadores —los fenicios— el comercio había sido también una actividad cultural. Desde entonces, junto con las cedas y los condimentos, viajaron culturas enteras, costumbres, artes, religiones y conocimiento científico. Hoy el comercio significa, lisa y llanamente, la destrucción de las culturas que no le son rentables, al mismo tiempo que la vulgarización de aquellas otras de las cuales se sirve. Es un proceso de barbarización que se confunde con el progreso de los medios. Pero, entonces ¿cuál es la próxima etapa de esta globalización?
Hace unas décadas, el científico británico J. Lovelock concibió la teoría de Gaia, es decir la teoría según la cual se entendía nuestro planeta como un ser vivo. En un ensayo de 1997 quise complementar esta idea de la siguiente forma: si el cuerpo de Gea es la biosfera, su mente ha de ser la estratosfera —esa nueva corteza pensante— y cada habitante del planeta sería, así, como una neurona, unida a otras neuronas por dentritas vinculantes —ondas de radio, Internet, etc. Inmediatamente supuse que nuestro planeta sufría de autismo o de una crónica descoordinación, y que si los ecologistas se habían ocupado de su cuerpo, nadie lo había hecho hasta ahora con su mente. Si la contaminación ambiental es su cáncer, la geopolítica es su esquizofrenia. Sin embargo, hoy creo que esa conducta no es producto solo de una fobia —como lo fue la Segunda Guerra— sino que es propia de un recién nacido que mueve sus manos sin advertir aún su individuación.
Y creo que ésta es la próxima etapa de la globalización. Con la movilidad de los individuos aumentará la conciencia de nuestra soledad cósmica. Después de una profunda crisis del antiguo modelo internacional, basado en el egoísmo y en la fuerza, seguirá un tiempo donde no habrá lugar para un imperio basado en una única nación. Una mayor conciencia de nuestra soledad cósmica será, al mismo tiempo, la mayor conciencia de nuestra humanidad, y los rígidos límites nacionales se ablandarán hasta disolverse en la historia. Tendremos, entonces, límites y regiones culturales, pero no políticas ni militares. El mismo fenómeno de los zapatistas de Marcos, en México, se explica por este fenómeno que no aspira al triunfo de la fuerza sino de la opinión del mundo. Aunque hoy parezca utópico, creo que cada vez importará más lo que piensen los pueblos.
La paz será, entonces, más probable en la segunda mitad del siglo XXI que en todo el siglo pasado. Su mejor garantía no será la imposición de un Gobierno supranacional, como quiso serlo el proyecto fracasado de la ONU: la mayor garantía será la conciencia individual, la fuerza de los sin-poder. Está claro que no todos aceptarán al mismo tiempo este mestizaje racial y cultural, pero el proceso será irreversible. Incluso la actual inmigración de los musulmanes a los países occidentales es positiva y un preámbulo de este nuevo “dialogo de culturas”. Es la forma más efectiva de que ellos nos conozcan mejor y vean que también nosotros podemos ser hombres y mujeres de valores morales sin pertenecer a su religión ni a su cultura. Lamentablemente, aún no se da la relación inversa, si entendemos que el turismo no es más que la deformación del conocimiento, la vulgarización del antiguo viajero. Pero tarde o temprano el cruce se producirá, dejando lugar al mestizaje nos salvará del “tribalismo planetario” en el que estamos inmersos hoy.
Entonces surgirá el “ciudadano del mundo” con una característica psicológica y cultural que hoy cuesta mucho comprender, dado el tiempo de crisis que estamos viviendo, la que no se debe a este cambio que se está produciendo sino a la profundización del antiguo modelo.
El nuevo ciudadano será mucho más exigente y mucho menos obediente que cualquiera de nosotros lo es hoy. La desobediencia es una virtud que el poder siempre se ha encargado de presentar como un defecto, ya sea éste el poder paterno, religioso, económico o estatal. Y si bien la obediencia al padre es útil en la infancia, luego, en su propia continuidad, deja de serlo y se convierte en un vasallaje que ignora el logro de la madurez, de la responsabilidad individual del nuevo adulto. Es, en este sentido, que una persona verdaderamente libre es desobediente. Ésta, la desobediencia del habitante Tierra, será quizá la mayor revolución del siglo XXI. La democracia representativa dejará lugar a la democracia directa, para convertirse con el tiempo en una antigüedad, base de los caprichos personales del líder de turno que hace que la posición geopolítica de un país como España, con respecto a la guerra, se base exclusivamente en el criterio de un solo hombre, elegido algunos años antes, e ignorando deliberadamente la voluntad del noventa porciento de la población que se ha manifestado categóricamente en contra. Los gobernantes se justifican de incumplir sus promesas preelectorales o de tomar decisiones contra la voluntad de la mayoría poselectoral argumentando que la realidad es cambiante. Pero no aceptan ese mismo argumento cuando esa mayoría lo contradice o pide la revocación de una decisión o de sus ministros.
Hoy toda las relaciones internacionales están basadas en las relaciones personales, como en los antiguos sistemas monárquicos. (José María Aznar: “Hay una corriente de simpatía entre Bush y yo” “Nos entendimos desde el primer día que nos vimos”) Así, el destino de millones de personas sigue dependiendo del ánimo y de las relaciones amorosas entre dos o tres caballeros.
Más al Sur, vemos cómo los gobiernos “democráticos” de los países periféricos ya no tienen poder de decisión sobre sus propias políticas económicas, sociales e impositivas. Dependen de sus acreedores, de las directivas de los Centros Financieros Internacionales, como el FMI. Sin embargo, éstos Centros dependen, a su vez, de los débiles gobiernos de la periferia, ya que son ellos los vasos comunicantes que se relacionan “legítimamente” (o legitimados) con sus poblaciones. Son ellos los recaudadores de impuestos que, en suma, irán a financiar al Poder Central, es decir, al poder económico y militar que decide el destino de los pueblos. Y si estos gobiernos son demasiado pobres, por lo menos sirven para controlar la desobediencia.
Pero cuando los líderes imperiales, y los grandes centros financieros pierdan su poder, el individuo tendrá menos posibilidades de ser manipulado en su opinión y en sus sentimientos.
No habrá otra salida a la actual psicopatología mundial que no sea el mestizaje. Mestizaje de razas y de culturas, el cual no pondrá en peligro la diversidad, como sí lo está haciendo la uniformización cultural de las superpotencias. La ruptura de las fronteras y la libre circulación de los individuos hará prácticamente imposible la manipulación de los pueblos.
Por otra parte, los poderes legitimados se encuentran enredados en una lucha contra el terrorismo. Pero este terror también es una consecuencia de su entorno, no sólo de su propia cultura política sino de las políticas ajenas -la crisis de la globalización naciente. El terrorismo no es el mero producto de la naturaleza humana sino de su historia. Tanto acción como reacción son, en este caso, productos simultáneos de un determinado Orden mundial. Reestructurada la actual relación mundial del poder, también declinarán los fenómenos terroristas de nuestro tiempo. Sería tonto pensar que el auge del Islam en la segunda mitad del siglo XX es independiente del creciente poder político y militar de Occidente capitalista.
Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la anti-diplomacia: mañana, si Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial, aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.
Los pueblos nunca le declararon la guerra a nadie. Las guerras siempre las promovieron y provocaron individuos que se arroparon con todo el poder de un pueblo al que, de una forma u otra, sometieron, ya sea de forma dictatorial o “democrática”, en el sentido actual y antiguo del término. Las guerras surgen con las civilizaciones, no con la humanidad. Y si bien es cierto que con la humanidad surgió la violencia —ya que ésta es inherente a toda forma de vida, inclusive la vegetal—, también es cierto que tal vez la misión más noble de nuestra especie en su evolución espiritual sea aprender a dominar esa violencia, como alguna vez lo hicimos con el fuego, para convertirla en creación y no en destrucción, en vida y no en muerte.
© Jorge Majfud
Madrid, 26 de febrero de 2003
https://letralia.com/108/articulo04.htm
https://www.alainet.org/es/articulo/133143?language=es

Estimados compañeros de ruta. Aquí (ver más abajo) les dejo para descargar libremente en formato PDF uno de mis libros más breves (resumen o síntesis de una conferencia de 2021 y de unos pocos artículos publicados años antes) pero cuya propuesta me resulta ineludible para explicar el mundo hoy, es particular los acelerados cambios en el hegemón de Estados Unidos.
(Audio: interpretación libre del libro P=d.t El autor no es responsable de la interpretación)





En “Bosquejo de una teoría del poder” el autor desarrolla la dinámica histórica que relaciona a los poderes hegemónicos, imperiales, con la tolerancia a la diversidad y la disidencia al poder a lo largo de la historia. Esta relación se expresa en la fórmula P = d.t. Antes y después de períodos de crisis de dos sistemas globales diferentes, se trata de un equilibrio de suma cero: P – d.t = 0.
En P = d.t el autor explica la fórmula que relaciona la libertad de expresión y el poder imperial. La libertad de expresión estaba protegida en la constitución de Estados Unidos durante la esclavitud, y la misma Confederación también la puso en su constitución. ¿Por qué? Porque el sistema esclavista no estaba en cuestionamiento. A mayor poder imperial, mayor «libertad de expresión». Por eso los ingleses fueron reconocidos por su tolerancia a la crítica a su imperio (brutal como pocos, el que dejó cientos de millones de muertos). Una vez que el poder decrece o la crítica (d= diversidad, disidencia, democracia) aumenta, entonces, según la fórmula propuesta por el auto, la «t» tolerancia debe disminuir. El libro analiza los ejemplos más recientes de la prohibición de libros, de palabras (gay), revisionismo histórico (esclavitud) y críticas (Israel) como indicios de la creciente debilidad del poder hegemónico (P). Como corolario, el autor predice que la libertad de expresión en China y en su esfera de dominio aumentará cuando Occidente deje de ser una alternativa.
(Abajo: archivo en PDF)
(El audio interpretativo está basado en el texto del autor pero no es su creación)
Me da pudor repetirme, pero luego de treinta años, siempre escucho y leo los mismos argumentos, más cargados de obviedad que de confirmación histórica, como si el mundo hubiese sido creado ayer. Por supuesto que nadie es dueño de la verdad y hasta los físicos cuánticos del MIT se equivocan con los quarks, pero es penoso tener que escuchar, con respeto, teorías de borrachos de bar (por recordar a Umberto Eco) como si estuviesen descubriendo la pólvora o, peor, la piedra filosofal; y como si sus desvaríos o, peor, sus clichés de siempre tuviesen el mismo valor que la Teoría de la evolución o la Teoría de la Relatividad.
Hoy, a los borrachos de bar, se les han sumado mercenarios académicos, o algo parecido, dispuestos a sostener que “la Teirra es el centro del Universo” con tal de que alguna gran editorial (a juzgar por la historia, promovidas por la CIA y por pequeñas donaciones de grandes corporaciones) los lance a la fama y a ingresos de ventas que, de otra forma, por el solo peso de sus ideas, seguirían siendo solo borrachos de bar―con algún título universitario, claro. El mercado y la cultura consumista saben lo que hacen: explotan nuestras emociones cavernícolas, en instituciones medievales, con una tecnología de los dioses―por parafrasear a Edward Wilson.
Desde hace muchos años, cada vez que en alguna de mis clases dibujo tres rombos contiguos en la pizarra y pregunto qué es, siempre, y sin excepciones, los estudiantes me responden que “es un cubo”.
No son niños, son universitarios.
“¿Un objeto de 3D?”,insisto, para que no queden dudas. La respuesta es siempre obvia:
“Sí, ¡claro!”
Un objeto de tres dimensiones. No recuerdo una excepción en ninguna de mis clases, pero sí sabemos que algunos pueblos de Polinesia, antes de la colonización, solían ver una figura en 2D, en lugar de un cubo; en cambio, no veían una historia en una secuencia de una historieta.
Cuando estoy un poco aburrido, arrimo la cara a la pizarra y miro la figura del supuesto cubo desde la superficie:
“Pues, yo no veo ningún objeto”, les digo. “Desde aquí, más bien se ve una línea, como si desde sus butacas se viese sólo una figura en de dos dimensiones…”
“El cubo es real porque lo puedo ver”, me dijo un estudiante.
Le proyecté una pantalla amarilla.
“Es este color que ven aquí real?”
Respuesta unánime:
“Obvio, es el amarillo. It’s the color yellow. Lo vemos todos. Es real”.
“Entiendo. Es real” les contesté. “Sin embargo, es una realidad que no existe. Al menos, no es más real que los sueños.”
Hubo una risa unánime.
Este amarillo no existe fuera de nuestros cerebros. El proyector, como cualquier pantalla digital, sólo proyecta verde, rojo y azul. Ni siquiera nuestra retina tiene conos sensibles al amarillo. Es una ilusión, una ilusión consistente que nos evita chocar en un cruce con semáforos. Exactamente igual a la inexistencia del olor de una rosa, que solo existe cuando alguien la acerca a su nariz. Antes y después, el olor no existe. O Nocturnos de Chopin. Esa belleza de piano es una “complicidad humana”, pero sin una persona que la escuche, es simple vibración del aire, como el olor es simple química antes de convertirse en olor en un cerebro animal.
Tengo un gran respeto por los jóvenes, porque sé que, aún de viejos, seguimos aprendiendo, cambiando o ajustando nuestra comprensión del mundo. Para peor (¿por qué para peor?), nunca podemos decir que alcanzamos la verdad, al menos que seamos algún tipo de fanático, uno de esos que sobran en la historia de la Humanidad.
Lo que me queda claro es que, sin la ahora maldita educación (“los profesores son los enemigos”, JD Vance, JG Milei) deberíamos empezar como los sumerios antes de sus complejas tablets de arcilla y su Silicon Valley, hace 5.200 años; o como los cavernícolas, casi un millón de años atrás, dominando el fuego para, así, de viejos, descubrir que el 73 es el número más misteriosos o que menstruar no significa estar enferma, sino todo lo contrario.
Esta proyección de lo que entendemos (el cubo) sobre lo que vemos (los rombos) es universal. También creo que ya analizamos y repetimos hasta el cansancio que hay palabras que son ideoléxicos (¿cubos?) y, por lo tanto, su significado es un producto histórico, el resultado de múltiples luchas filosóficas, políticas y sociales (La narración de lo invisible: Una teoría política sobre los campos semánticos, 2004).
Así también, por ejemplo, cuando hablamos de Europa y África en el siglo XIII, o más tarde, proyectamos en esas dos palabras nuestro limitado conocimiento y vemos un continente desarrollado y otro pobre, el exacto contrario de la realidad. Lo mismo con los siglos que duró el Imperio árabe y la Europa de entonces. Una era el centro desarrollado del mundo y otra una periferia llena de fanáticos talibanes―y no era precisamente el mundo islámico.
Lo mismo podemos decir con palabras como “estadounidense”: los más fanáticos chauvinistas ni siquiera consideran que el pasado es un país extranjero, y que el estereotipo de “americano”, el cowboy (ese mexicano blanco) tipo Clint Eastwood (esa invención de un italiano) hubiese sido irreconocible para la generación fundadora, más británica en sus formas―no en su fanatismo de la propiedad privada a través de la violencia del despojo ajeno.
Esta tesis que publicamos en la Universidad de Georgia en 2004, aunque ponía el acento en una guerra cultural (sin negar el valor históricamente probado de la lógica marxista del materialismo dialectico, aunque en apariencia se le oponga) pretendía exactamente lo contrario a los productos sucesivos de la actual guerra cultural.
Cuando leímos afirmaciones como que “el nazismo era de izquierda” porque su nombre completo era “Nacional Socialismo”, lo tomamos como cuando un niño nos dice que en la Antártida los pingüinos caminan patas arriba, porque el Sur está abajo. O que la Tierra es plana, para no irnos tan lejos. Naturalmente que el comercio del odio, la crueldad y la tontería siempre será muy rentable para las grandes editoriales y los grandes medios.
Si seguimos esta línea de análisis pseudo-etimológico, habrá que decir, sin ningún lugar a dudas, que “los libertarios son comunistas anarquistas”. Ese es el origen de la palabra y de la bandera libertaria. Es decir, o sea, Ron deSantis, los MAGA, los libertos de Milei, de Bolsonaro, de Kast (los neofascistas, los miembros ultraconservadores del CPAC que fundó esta corriente orgullosa de su mediocridad) son anarco-sindicalistas y comunistas anarquistas. Digo, para entendernos con el nivel cloaca que domina hoy el pensamiento (si se puede llamar así) antiilustrado y anti cultura.
El pensamiento de la barbarie. Claro, para disimular, hay que acusar a los demás de nuestras dolencias. Un personaje de El mar estaba sereno (2016), whisky mediante, reconocía que “había fracasado repetidas veces en el vulgar intento de ser amado por los demás. En compensación, había logrado la admiración y el temor ajeno, como un dios antiguo, aunque en la medida justa y necesaria. Pero no el cariño y mucho menos el amor de nadie… Con el tiempo había desarrollado su propia teoría psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama por lo que hace, se detesta por lo que es”.
Jorge Majfud, enero 2026
¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, “democráticos”? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados “bombardeos preventivos”?
(AUDIO: Interpretación dialogada del ensayo)

Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón. Quienes no tenemos “Rabia” ni “Orgullo” por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.
Actualmente, algunas celebridades del pasado siglo XX, demostrando una irreversible decadencia senil, se han dedicado a divulgar la famosa ideología sobre el “choque de civilizaciones” —que ya era vulgar por sí sola— empezando sus razonamientos por las conclusiones, al mejor estilo de la teología clásica. Como lo es la afirmación, apriorística y decimonónica, de que “la cultura Occidental es superior a todas las demás”. Y que, como si fuese poco, es una obligación moral repetirlo.
Desde esa Superioridad Occidental, la famosísima periodista italiana Oriana Fallaci escribió, recientemente, brillanteces tales como: “Si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. (…) Y si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem.” Caramba, esto sí que es rigor intelectual. “¡Qué asco! —siguió escribiendo, primero en el Corriere della Sera y después en su best seller “La rabia y el orgullo”, refiriéndose a los africanos que habían orinado en una plaza de Italia— ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! Raza de hipócritas” “Aunque fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón”. Resumiendo: aunque esos negros fuesen absolutamente inocentes, su presencia le produce igual desazón. Para Fallaci, esto no es racismo, es “rabia fría, lúcida y racional”. Y, por si fuera poco, una observación genial para referirse a los inmigrantes en general: “Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden?” …Pobre Galileo, pobre Camus, pobre Simone de Beauvoir, pobre Michel Foucault.
De paso, recordemos que, aunque esta señora escribe sin entender —lo dijo ella—, estas palabras pasaron a un libro que lleva vendidos medio millón de ejemplares, al que no le faltan razones ni lugares comunes, como el “yo soy atea, gracias a Dios”. Ni curiosidades históricas de este estilo: “¿cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres no deben hacerse fotografías. Porque también esto está en el Corán”, lo que significa que en el siglo VII los árabes estaban muy avanzados en óptica. Ni su repetida dosis de humor, como pueden ser estos argumentos de peso: “Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes” Como dice Atilio, tiene el Brillo de Brigitte Bardot. Faltaba que nos enredemos en la discusión sobre qué es más hermoso, si la torre de Pisa o el Taj-Mahal. Y de nuevo la tolerancia europea: “Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría” Para finalmente terminar con una advertencia a su editor: “Te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo”. Lo cual ya nos había quedado claro desde el comienzo y, de paso, nos niega uno de los fundamentos de la democracia y de la tolerancia, desde la Gracia antigua: la polémica y el derecho a réplica —la competencia de argumentos en lugar de los insultos.
Pero como yo no poseo un nombre tan famoso como el de Fallaci —ganado con justicia, no tenemos por qué dudarlo—, no puedo conformarme con insultar. Como soy nativo de un país subdesarrollado y ni siquiera soy famoso como Maradona, no tengo más remedio que recurrir a la antigua costumbre de usar argumentos.
Veamos. Sólo la expresión “cultura occidental” es tan equívoca como puede serlo la de “cultura oriental” o la de “cultura islámica”, porque cada una de ellas está conformada por un conjunto diverso y muchas veces contradictorio de otras “culturas”. Basta con pensar que dentro de “cultura occidental” no sólo caben países tan distintos como Cuba y Estados Unidos, sino irreconciliables períodos históricos dentro de una misma región geográfica como puede serlo la pequeña Europa o la aún más pequeña Alemania, donde pisaron Goethe y Adolf Hitler, Bach y los skin heads. Por otra parte, no olvidemos que también Hitler y el Ku-Klux-Klan (en nombre de Cristo y de la Raza Blanca), que Stalin (en nombre de la Razón y del ateísmo), que Pinochet (en nombre de la Democracia y de la Libertad) y que Mussolini (en su nombre propio) fueron productos típicos, recientes y representativos de la autoproclamada “cultura occidental”. ¿Qué más occidental que la democracia y los campos de concentración? ¿Qué más occidental que la declaración de los Derechos Humanos y las dictaduras en España y en América Latina, sangrientas y degeneradas hasta los límites de la imaginación? ¿Qué más occidental que el cristianismo, que curó, salvó y asesinó gracias al Santo Oficio? ¿Qué más occidental que las modernas academias militares o los más antiguos monasterios donde se enseñaba, con refinado sadismo, por iniciativa del papa Inocencio IV y basándose en el Derecho Romano, el arte de la tortura? ¿O todo eso lo trajo Marco Polo desde Medio Oriente? ¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, “democráticos”? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados “bombardeos preventivos”?
Todo esto es la parte oscura de Occidente y nada nos garantiza que estemos a salvo de cualquiera de ellas, sólo porque no logramos entendernos con nuestros vecinos, los cuales han estado ahí desde hace más de 1400 años, con la única diferencia que ahora el mundo se ha globalizado (lo ha globalizado Occidente) y ellos poseen la principal fuente de energía que mueve la economía del mundo —al menos por el momento— además del mismo odio y el mismo rencor de Oriana Fallaci. No olvidemos que la Inquisición española, más estatal que las otras, se originó por un sentimiento hostil contra moros y judíos y no terminó con el Progreso y la Salvación de España sino con la quema de miles de seres humanos.
Sin embargo, Occidente también representa la Democracia, la Libertad, los Derechos Humanos y la lucha por los derechos de la mujer. Por lo menos el intento de lograrlos y lo más que la humanidad ha logrado hasta ahora. ¿Y cuál ha sido desde siempre la base de esos cuatro pilares, sino la tolerancia?
Fallaci quiere hacernos creer que “cultura occidental” es un producto único y puro, sin participación del otro. Pero si algo caracteriza a Occidente, precisamente, ha sido todo lo contrario: somos el resultado de incontables culturas, comenzando por la cultura hebrea (por no hablar de Amenofis IV) y siguiendo por casi todas las demás: por los caldeos, por los griegos, por los chinos, por los hindúes, por los africanos del sur, por los africanos del norte y por el resto de las culturas que hoy son uniformemente calificadas de “islámicas”. Hasta hace poco, no hubiese sido necesario recordar que, cuando en Europa —en toda Europa— la Iglesia cristiana, en nombre del Amor perseguía, torturaba y quemaba vivos a quienes discrepaban con las autoridades eclesiásticas o cometían el pecado de dedicarse a algún tipo de investigación (o simplemente porque eran mujeres solas, es decir, brujas), en el mundo islámico se difundían las artes y las ciencias, no sólo las propias sino también las chinas, las hindúes, las judías y las griegas. Y esto tampoco quiere decir que volaban las mariposas y sonaban los violines por doquier: entre Bagdad y Córdoba la distancia geográfica era, por entonces, casi astronómica.
Pero Oriana Fallaci no sólo niega la composición diversa y contradictoria de cualquiera de las culturas en pleito, sino que de hecho se niega a reconocer la parte oriental como una cultura más. “A mí me fastidia hablar incluso de dos culturas”, escribió. Y luego se despacha con una increíble muestra de ignorancia histórica: “Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas”.
¿Será necesario recordarle a Fallaci que entre todo eso y nosotros está el antiguo Imperio Islámico, sin el cual todo se hubiese quemado —hablo de los libros y de las personas, no del Coliseo— por la gracia de siglos de terrorismo eclesiástico, bien europeo y bien occidental? Y de la grandeza de Roma y de su “concepción de la Ley” hablamos otro día, porque aquí sí que hay blanco y negro para recordar. También dejemos de lado la literatura y la arquitectura islámica, que no tienen nada que envidiarle a la Roma de Fallaci, como cualquier persona medianamente culta sabe.
A ver, ¿y por último?: “Y por último —escribió Fallaci— está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión… Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?”
Respuesta fatal: detrás de nuestra ciencia están los egipcios, los caldeos, los hindúes, los griegos, los chinos, los árabes, los judíos y los africanos. ¿O Fallaci cree que todo surgió por generación espontánea en los últimos cincuenta años? Habría que recordarle a esta señora que Pitágoras tomó su filosofía de Egipto y de Caldea (Irak) —incluida su famosa fórmula matemática, que no sólo usamos en arquitectura sino también en la demostración de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein—, igual que hizo otro sabio y matemático llamado Tales de Mileto. Ambos viajaron por Medio Oriente con la mente más abierta que Fallaci cuando lo hizo. El método hipotético-deductivo —base de la epistemología científica— se originó entre los sacerdotes egipcios (empezar con Klimovsky, por favor); el cero y la extracción de raíces cuadradas, así como innumerables descubrimientos matemáticos y astronómicos, que hoy enseñamos en los liceos, nacen en India y en Irak; el alfabeto lo inventaron los fenicios (antiguos linbaneses) y probablemente la primera forma de globalización que conoció el mundo. El cero no fue un invento de los árabes, sino de los hindúes, pero fueron aquellos que lo traficaron a Occidente. Por si fuera poco, el avanzado Imperio Romano no sólo desconocía el cero —sin el cual no sería posible imaginar las matemáticas modernas y los viajes espaciales— sino que poseía un sistema de conteo y cálculo engorroso que perduró hasta fines de la Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento, todavía habían hombres de negocios que usaban el sistema romano, negándose a cambiarlo por los números árabes, por prejuicios raciales y religiosos, lo que provocaba todo tipo de errores de cálculo y litigios sociales. Por otra parte, mejor ni mencionemos que el nacimiento de la Era Moderna se originó en el contacto de la cultura europea —después de largos siglos de represión religiosa— con la cultura islámica primero y con la griega después. ¿O alguien pensó que la racionalidad escolástica fue consecuencia de las torturas que se practicaban en las santas mazmorras? A principios del siglo XII, el inglés Adelardo de Bath emprendió un extenso viaje de estudios por el sur de Europa, Siria y Palestina. Al regresar de su viaje, Adelardo introdujo en la subdesarrollada Inglaterra un paradigma que aún hoy es sostenido por famosos científicos como Stephen Hawking: Dios había creado la Naturaleza de forma que podía ser estudiada y explicada sin Su intervención (He aquí el otro pilar de las ciencias, negado históricamente por la Iglesia romana) Incluso, Adelardo reprochó a los pensadores de su época por haberse dejado encandilar por el prestigio de las autoridades —comenzando por el griego Aristóteles, está claro. Por ellos esgrimió la consigna “razón contra autoridad”, y se hizo llamar a sí mismo “modernus”. “Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía —escribió—, pero ustedes sólo se rigen por lo que dice la autoridad”. Un compatriota de Fallaci, Gerardo de Cremona, introdujo en Europa los escritos del astrónomo y matemático “iraquí”, Al-Jwarizmi, inventor del álgebra, de los algoritmos, del cálculo arábigo y decimal; tradujo a Ptolomeo del árabe —ya que hasta la teoría astronómica de un griego oficial como éste no se encontraba en la Europa cristiana—, decenas de tratados médicos, como los de Ibn Sina y iraní al-Razi, autor del primer tratado científico sobre la viruela y el sarampión, por lo que hoy hubiese sido objeto de algún tipo de persecución.
Podríamos seguir enumerando ejemplos como éstos, que la periodista italiana ignora, pero de ello ya nos ocupamos en un libro y ahora no es lo que más importa.
Lo que hoy está en juego no es sólo proteger a Occidente contra los terroristas, de aquí y de allá, sino —y quizá sobre todo— es crucial protegerlo de sí mismo. Bastaría con reproducir cualquiera de sus monstruosos inventos para perder todo lo que se ha logrado hasta ahora en materia de respeto por los Derechos Humanos. Empezando por el respeto a la diversidad. Y es altamente probable que ello ocurra en diez años más, si no reaccionamos a tiempo.
La semilla está ahí y sólo hace falta echarle un poco de agua. He escuchado decenas de veces la siguiente expresión: “lo único bueno que hizo Hitler fue matar a todos esos judíos”. Ni más ni menos. Y no lo he escuchado de boca de ningún musulmán —tal vez porque vivo en un país donde prácticamente no existen— ni siquiera de algún descendiente de árabes. Lo he escuchado de neutrales criollos o de descendientes de europeos. En todas estas ocasiones me bastó razonar lo siguiente, para enmudecer a mi ocasional interlocutor: “¿Cuál es su apellido? Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Entonces, señor, usted no es alemán y mucho menos de pura raza aria. Lo que quiere decir que mucho antes que Hitler hubiese terminado con los judíos hubiese comenzado por matar a sus abuelos y a todos los que tuviesen un perfil y un color de piel parecido al suyo”. Este mismo riesgo estamos corriendo ahora: si nos dedicamos a perseguir árabes o musulmanes no sólo estaremos demostrando que no hemos aprendido nada, sino que, además, pronto terminaremos por perseguir a sus semejantes: beduinos, africanos del norte, gitanos, españoles del sur, judíos de España, judíos latinoamericanos, americanos del centro, mexicanos del sur, mormones del norte, hawaianos, chinos, hindúes, and so on.
No hace mucho otro italiano, Umberto Eco, resumió así una sabia advertencia: “Somos una civilización plural porque permitimos que en nuestros países se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ellos sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos (…) Creemos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los miembros de nuestra cultura que no la toleran”.
Como decían Freud y Jung, aquello que nadie desearía cometer nunca es objeto de una prohibición; y como dijo Boudrilard, se establecen derechos cuando se los han perdido. Los terroristas islámicos han obtenido lo que querían, doblemente. Occidente parece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Tanto tiempo imponiendo su cultura en otras regiones del planeta, para dejarse ahora imponer una moral que en sus mejores momentos no fue la suya. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La Democracia y la Ciencia nunca se desarrollaron a partir del culto narcisita a la cultura propia sino de la oposición crítica a partir de la misma. Y en esto, hasta hace poco tiempo, estuvieron ocupados no sólo los “intelectuales malditos” sino muchos grupos de acción y resistencia social, como lo fueron los burgueses en el siglo XVIII, los sindicatos en el siglo XX, el periodismo inquisidor hasta ayer, sustituido hoy por la propaganda, en estos miserables tiempos nuestros. Incluso la pronta destrucción de la privacidad es otro síntoma de esa colonización moral. Sólo que en lugar del control religioso seremos controlados por la Seguridad Militar. El Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve terminará por imponernos máscaras semejantes a las que vemos en Oriente, con el único objetivo de no ser reconocidos cuando caminamos por la calle o cuando hacemos el amor.
La lucha no es —ni debe ser— entre orientales y occidentales; la lucha es entre la intolerancia y la imposición, entre la diversidad y la uniformización, entre el respeto por el otro y su desprecio o aniquilación. Escritos como “La rabia y el orgullo” de Oriana Fallaci no son una defensa a la cultura occidental sino un ataque artero, un panfleto insultante contra lo mejor de Occidente. La prueba está en que bastaría con cambiar allí la palabra Oriente por Occidente, y alguna que otra localización geográfica, para reconocer a un fanático talibán. Quienes no tenemos Rabia ni Orgullo por ninguna raza ni por ninguna cultura, sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.
Hace unos años estuve en Estados Unidos y allí vi un hermoso mural en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, si mal no recuerdo, donde aparecían representados hombres y mujeres de distintas razas y religiones —creo que la composición estaba basada en una pirámide un poco arbitraria, pero esto ahora no viene al caso. Más abajo, con letras doradas, se leía un mandamiento que lo enseñó Confucio en China y lo repitieron durante milenios hombres y mujeres de todo Oriente, hasta llegar a constituirse en un principio occidental: “Do unto others as you would have them do unto you” En inglés suena musical, y hasta los que no saben ese idioma presienten que se refiere a cierta reciprocidad entre uno y los otros. No entiendo por qué habríamos de tachar este mandamiento de nuestras paredes, fundamento de cualquier democracia y de cualquier estado de derecho, fundamento de los mejores sueños de Occidente, sólo porque los otros lo han olvidado de repente. O la han cambiado por un antiguo principio bíblico que ya Cristo se encargó de abolir: “ojo por ojo y diente por diente”. Lo que en la actualidad se traduce en una inversión de la máxima confuciana, en algo así como: hazle a los otros todo lo que ellos te han hecho a ti —la conocida historia sin fin.
Jorge Majfud
Montevideo, 8 de enero de 2003
Cizvitler ve diğer kaşiflerin Kuzey Amerika’da karşılaştıkları yerli halklar, kolonistlerin fikirlerini her zaman alay konusu yaparlardı (alıntı, çeşitli belgelerden kişisel bir özetidir):
“Siz özgür olduğunuzu söylüyorsunuz, ama yaptığınız her şeyi krallara, kaptanlara, şamanlara, kocalara itaat ederek yapıyorsunuz…”
Liderler halklarını meclislerinde ikna edemezlerse, halklar ve hatta bireyler basitçe çekilip itaatsizlik ederlerdi. Kadınlar da erkeklere karşı aynı şeyi yaparlardı. Kadınlar ve savaşçılar, argümanlar onları ikna etmezse meclislerin savaş kararlarını veto etme hakkına sahiptiler.
Bu meclislere ve beyazlarla yapılan toplantılara katılan Avrupalı askerler, din adamları ve entelektüeller, “vahşilerin” hiçbir şeyi unutmadıklarını, kimsenin onlarla tartışmada kazanamadığını kabul ediyorlardı. Vahşiler çocuklarını cezalandırmazlardı; hatalarından ders almaları için hatalar yapmalarına izin verirlerdi. Herhangi bir etnik kökenden, hatta Avrupalı ve Afrikalıları bile kısıtlama olmaksızın kabul ederlerdi. Hapishaneleri yoktu, çünkü sanık kurbana tazminat ödemek zorundaydı ve mahkumiyetin utancı zaten acı bir cezaydı. Vahşiler, tutkular nedeniyle kişisel kontrolün kaybını, az eğitimli ve ruhsal açıdan aşağılık bir davranış olarak görüyorlardı. Avrupa’daki fanatiklerden çok daha gerçekçiydi. Bir Fransız Cizvit, bir keresinde cehennemin varlığını tartışırken, yerin altında ateşin var olamayacağını, çünkü orada odun değil taşlar olduğunu ve ateşin havaya ihtiyaç duyduğunu savunduklarını yazmıştır. Rahipler bir kükürt taşı yakınca, oksijensiz ateş argümanını kabul ettiler, ancak cehennem kavramı, üç yüzyıl boyunca Fransızları ve İngilizleri mağlup eden İroquois gibi halklar tarafından reddedilmeye devam etti. Bu halkların sosyal organizasyonu Avrupalılarınkinden üstündü, çünkü işbirliğine ve topraklarını iyi tanımalarına dayanan bir askeri savunma sistemleri vardı ve şehitlik ve acı çekerek cennete kavuşma gibi fanatik hikayelere inanmıyorlardı. Daha uzun, daha uzun boylu ve daha sağlıklıydılar. Modern eczacılığı ve gerçek demokrasiyi icat ettiler. Daha az savaş yaptılar, daha az gün çalıştılar, depresyonu bilmiyorlardı ve intihar, beyaz adam romu, kontrol kaybı ve fantastik birey kavramıyla gelene kadar neredeyse bilinmiyordu. Tütünü biliyorlardı, ama tütün bağımlılığını ve ticariciliğin getirdiği bağımlılıkları bilmiyorlardı. Özel mülkiyet yoktu.
Evet, onlar aziz değillerdi. Evet, tarih boyunca birçok fanatik kültür vardı, ama 17. yüzyılda kapitalizmle ortaya çıkan kültürden daha fanatik olanı azdı. Bunun kanıtı olarak, son yüzyılların en yıkıcı ve fanatik dogmasının “Benim bencilliğim toplumun geri kalanı için iyidir” olduğunu söylemek ve iki saniye içinde fanatik savunucularının, özellikle de bedenen ve ruhen yoksullaşmış ve köleleştirilmiş bireylerin saldırısına uğramak yeterlidir.
Diğer radikal fanatizm örneklerini de sayabiliriz, ki bunlar da tüm fanatizmler gibi sağduyuya aykırıdır: milyonlarca insanı renkleri nedeniyle köleleştirmek ve onları kalıtsal özel mülk haline getirmek. Yalnızca sermaye hırsı ve zenginleşme uğruna yüz milyonlarca insanı katletmek ve bunu özgürlük adına yapmak. Hatta, Hıristiyanlık bayrağı altında (Haçlı Seferleri, Engizisyon ve kölelikten, farklı şekillerde hayatta kalan acımasız imparatorluklara kadar), zenginlerin Cennete gitmesinin neredeyse imkansız olduğu şeklindeki İsa’nın fikrini, zengin olmanın Tanrı’nın seni sevdiği ve parayla Cenneti satın alabileceğin fikriyle tersine çevirerek. Yerli halklar, özgürlük konusundaki inançlarımızın saçmalığı konusunda haklı değil miydi?
Susana Groisman, Uruguay’ın mevcut hükümetine olan hayal kırıklığını bana itiraf etti.
“Benim oy verdiğim şey bu değildi. Ben bir partiye oy verdim, ama bir grup insan yönetiyor.”
Bu, “Avrupa’nın Amerikanlaşması” ve “Latin Amerika”nın bir başka yönüdür. Amerika Birleşik Devletleri’nde yaşadığım ilk başkanlık seçimi 2004 yılındaydı. Beni en çok şaşırtan şeylerden biri, adayların kendilerinden kişiler, bireyler olarak bahsetmeleriydi (I will.., Me, I am… I believe…) ve Uruguay’da alıştığım gibi parti programından bahsetmemeleriydi: “Birey önemli değil, önemli olan partinin hükümet programıdır.”
İyi ya da kötü, bu programlar yayınlanıyor ve halka dağıtılıyordu. Herkes okumasa da, en azından bir tür siyasi sözleşmeydi.
Daha sonra, “ben” (Me, I) kavramının sadece seçmenlerin Protestan kültürü için önemli olduğunu öğrendim, çünkü gerçekte kararları verenler partiler ya da liderler (erkekler) değil, finans kurumlarıydı. Şu anda Uruguay ve diğer Latin Amerika ülkelerinde de neredeyse aynı şey oluyor, ancak süreç o kadar kademeli oldu ki, insanlar aşıyı fark etmeden alıştılar.
Bunun bir karikatürünü 2026’nın başlarında gördük, Washington tüm uluslararası yasaları çiğneyerek Venezüella petrolünü bloke ettikten, tankerlerini kaçırdıktan, tekneleriyle kaçakçı olduğu iddia edilen kişileri mahkemeye çıkarmadan infaz ettikten (çoğu balıkçı olduğu ortaya çıktı) ve başkanını Washington’un kendisinin de sahte olduğunu kabul ettiği suçlamalarla kaçırdıktan sonra (Soles Karteli gibi); maskeli paramiliter gruplar (ICE) tarafından kendi vatandaşlarının yargısız infazlarını haklı göstererek, Renee Nicole Good’un durumunda olduğu gibi, (a) provokatif bir solcu, (b) gizli ajanları aşağılayan ve sonra kaçmaya çalışan bir terörist ve (c) lezbiyen ve üç çocuk annesi olduğu için. Bir gün sonra, New York Times muhabiri Beyaz Saray’da başkana gücünün sınırları olup olmadığını sordu:
“Evet. Kendi ahlakım. Kendi vicdanım. Beni durdurabilecek tek şey budur.”
Tüm bunlar, artık şirketlerin plütokratik tarzında (P=d.t) değil, daha ilkel bir diktatörlük geleneğinde, El otoño del patriarca (Patriarkanın Sonbaharı) türünde, García Márquez’in büyülü gerçekçiliğinin bile Texas A&M Üniversitesi’nde solcu woke Platon kitaplarının yasaklanmasıyla ifade edildiği bir diktatörlük rejiminin mükemmel bir tanımıdır.
Susana bana bir soruyla cevap verdi:
“Öyleyse ne yapılabilir?”
Cevap, yıllardır tekrarladığımızla aynı: (1) Güç finans merkezlerinde yoğunlaşmaya devam ettiği sürece demokratikleşme imkanı yoktur. (2) Bu yoğunlaşma giderek radikalleşiyor, bunu sadece tüketim alışkanlıkları, politikalar ve eğitim sistemlerinde “Batı’nın Amerikanlaşması”nda değil, aynı zamanda son aşamada (3) “dünyanın çift yönlü Filistinleşmesi”nde de görebiliyoruz. Yani, (4) liberal demokrasilerin seçim sistemleri kapitalist neofeodalizmi bir ölçüde sınırlamıştır, ancak asla değiştiremeyecektir.
(5) Değişim, küresel, kitlesel bir krizle gelecektir. Anladığım kadarıyla, halkın baskısının biriktiği bir aşamadayız. Ne zaman olacağını söyleyemeyiz, ancak sosyal ve uluslararası bir patlamanın kaçınılmaz olduğunu söyleyebiliriz.
Yapabileceğimiz çok az şey var, ama bu gerekli: (7) direnmek. Direnişler her zaman sosyal ilerlemenin motoru olmuştur (bkz. “Direniş ilerleme ve değişim, tepki olduğunda”).
Tarihin kanıtladığı gibi, (8) hiçbir direniş kapitalizm gibi tarihi bir sistemi değiştirmek için yeterli olmamıştır, ancak (9) biz bireyler yüzyıllar boyunca beklemek için çok sayıda hayatımız yok. İnsanlığın yarattığı en acımasız ve fanatik sistemlerden biri olan kapitalizmi ortadan kaldıramayız, ancak onun bazı çürüklerini, neoliberalizmi ve faşizmi tersine çevirebilir veya sınırlayabiliriz.
Köleler köleliğe dayanabilir, ancak linç edilmeye dayanamaz.
Jorge Majfud, 9 Ocak 2026
Коренные народы, которых встретили иезуиты и другие исследователи в Северной Америке, всегда смеялись над идеями колонистов (цитата является личным обобщением нескольких документов):
«Вы говорите, что вы свободны, но все, что вы делаете, вы делаете из послушания своим королям, своим капитанам, своим шаманам, своим мужьям…»
Если лидеры не убеждали свои народы на собраниях, народы и даже отдельные люди просто уходили и не подчинялись. То же самое касалось женщин по отношению к своим мужчинам. Женщины и воины имели право наложить вето на решения собраний о войне, если их аргументы не убеждали.
Европейские военные, религиозные деятели и интеллектуалы, которые посещали эти ассамблеи и встречи с белыми, признавали, что «дикари» никогда ничего не забывали; никто не мог победить их в споре. Дикари не наказывали своих детей; они позволяли им ошибаться, чтобы они учились на собственном опыте. Они без ограничений принимали людей любой этнической принадлежности, включая европейцев и африканцев. У них не было тюрем, потому что обвиняемый должен был возместить ущерб жертве, а позор приговора уже был болезненным наказанием. Дикари считали потерю личного контроля из-за страстей проявлением низкого образования и духовной неполноценности. Они были гораздо более реалистичны, чем европейские фанатики. Французский иезуит писал, что однажды, обсуждая существование ада, они утверждали, что под землей не может быть огня, потому что там нет дерева, а только камни, и потому что огонь нуждается в воздухе. В конце концов они согласились с аргументом об огне без кислорода, когда священники зажгли серный камень, но идея ада по-прежнему не принималась такими народами, как ирокезы, которые на протяжении трех веков побеждали французов и британцев, потому что их социальная организация была выше, чем у европейцев, потому что у них была военная оборона, основанная на сотрудничестве и знании своей земли, и потому что они не верили в фанатичные истории о том, что мученичество и страдания приведут их в рай. Они жили дольше, были выше и здоровее. Они изобрели современную фармацевтику и настоящую демократию. У них было меньше войн, они работали меньше дней, не знали депрессии, а самоубийства были почти неизвестны, пока не пришел белый человек со своим ромом, потерей контроля и фантастическим представлением об индивидууме. Они знали табак, но не курение и не зависимости, привнесенные меркантилизмом. Частной собственности на землю не существовало.
Да, они не были святыми. Да, на протяжении истории было много фанатичных культур, но немногие из них были более фанатичными, чем та, которая возникла с капитализмом в XVII веке. В качестве доказательства достаточно упомянуть, что самый разрушительный и фанатичный догмат последних веков гласит: «Мой эгоизм полезен для остального общества», и менее чем за две секунды вы получите яростные нападки со стороны его фанатичных защитников, в основном из числа обедневших и порабощенных телом и душой людей.
Мы могли бы продолжить, приводя другие примеры радикального фанатизма, которые, как и любой фанатизм, проходят через здравый смысл: порабощение миллионов людей из-за их цвета кожи и превращение их в наследственную частную собственность. Убийство сотен миллионов людей из-за одной только жадности капитала, обогащения, и все это во имя свободы. Даже под флагом христианства (от крестовых походов, инквизиции и рабства до жестоких империй, которые выживают в разных формах), переворачивая идею Иисуса о том, что богатому человеку почти невозможно попасть в рай, идеей о том, что если ты богат, то это потому, что Бог тебя любит, и за доллары ты можешь купить себе рай. Не были ли правы коренные народы в отношении абсурдности наших убеждений о свободе?
Сусана Гройсман призналась мне в своей разочарованности нынешним правительством Уругвая.
«Это не то, за что я голосовала. Я голосовала за партию, а правит группа людей».
Это еще один аспект «американизации Европы» и «Латинской Америки». Первые президентские выборы, которые я пережил в Соединенных Штатах, были в 2004 году. Одним из вещей, которые меня больше всего удивили, было то, что кандидаты говорили о себе как о людях, как об индивидуумах (I will.., Me, I am… I believe…), а не о программе партии, как я привык слышать в Уругвае: «Индивидуум не имеет значения; важно только программа правительства партии».
Хорошо это или плохо, но эти программы публиковались и распространялись среди людей. Хотя не все их читали, по крайней мере это было своего рода политическим договором.
Потом я узнал, что «я» (Me, I) важно только для протестантской культуры избирателей, потому что на самом деле те, кто принимал и принимает решения, — это не партии и не лидеры (мужчины), а финансовые корпорации. Почти то же самое происходит сейчас в Уругвае и других латиноамериканских странах, но процесс был настолько постепенным, что люди привыкли, не заметив инъекции.
Карикатурное отражение этого мы увидели в начале 2026 года, после того как Вашингтон нарушил все международные законы, заблокировав венесуэльскую нефть, захватив ее танкеры, практикуя суммарные казни предполагаемых наркоторговцев на катерах, не задерживая их для привлечения к суду (многие из них оказались рыбаками), похитив своего президента по обвинениям, которые сам Вашингтон признал ложными (как в случае с Картелем Солнц); оправдывая суммарные казни своих собственных граждан маскированными военизированными группировками (ICE), как в случае с Рене Николь Гуд, за то, что она была (а) провокационной левой, (б) террористкой, которая оскорбляла секретных агентов, а затем пыталась сбежать, и (в) лесбиянкой, матерью троих детей. На следующий день журналист New York Times спросил президента в Белом доме, существуют ли пределы его власти:
«Да. Моя собственная мораль. Моя собственная совесть. Это единственное, что может меня остановить».
Все это — идеальное описание диктаторского режима, уже не в стиле плутократических корпораций (P=d.t), а в более примитивной традиции диктатора-бананового магната, типа Осень патриарха, где даже магический реализм Гарсиа Маркеса выражается в запрете в Техасском университете A&M книг Платона за леворукость woke.
Сусана ответила мне вопросом:
«Тогда что можно сделать?»
Ответ тот же, который мы повторяем уже много лет: (1) Демократизация невозможна, пока власть остается сосредоточенной в финансовых центрах. (2) Эта концентрация становится все более радикальной, что мы можем видеть не только в «американизации Запада», в потребительских привычках, политике и системах образования, но и в том, что в своей конечной фазе мы уже вступаем в (3) «двойную палестинизацию мира». То есть (4) избирательные системы либеральных демократий сдерживали капиталистический неофеодализм, но никогда не изменят его.
(5) Изменения придут в результате глобального, массового кризиса. Я понимаю, что мы находимся на этапе накопления народного давления. Мы не можем сказать, когда это произойдет, но социальный и международный взрыв неизбежен.
Мы можем сделать немного, но это необходимо: (7) сопротивляться. Сопротивление всегда было двигателем социального прогресса (см. «Когда сопротивление — это прогресс, а изменение — реакция»).
Как показывает история, (8) ни одно сопротивление не было достаточно сильным, чтобы изменить историческую систему, такую как капитализм, но (9) у нас, отдельных людей, нет нескольких жизней, чтобы ждать веками. Мы не можем покончить с одной из самых жестоких и фанатичных систем, созданных человечеством, — капитализмом, — но мы можем обратить вспять или ограничить некоторые из его гнойных нарывов — неолиберализм и фашизм.
Рабы могут пережить рабство, но не линчевание.
Хорхе Маджфуд, 9 января 2026 года
耶稣会士及其他探险者在北美遇见的原住民,总对殖民者的观念嗤之以鼻(以下引文系笔者对多份文献的综合概括):
“你们自称自由,却凡事唯命是从——服从国王、服从队长、服从萨满、服从丈夫……”
若领袖在集会中未能说服民众,民众乃至个人便会直接退场抗命。女性对男性亦是如此。若议案未能令人信服,女性与战士有权否决集会的战争决议。
参加过这些集会及与白人会谈的欧洲军人、神职人员和知识分子都承认,“野蛮人”从不忘事;无人能辩倒他们。野蛮人不惩罚孩子,任其犯错以从经验中学习。他们无条件接纳任何种族的人,包括欧洲人和非洲人。他们没有监狱,因为被告必须向受害者赔偿,而判决带来的耻辱本身就是痛苦的惩罚。野蛮人认为因激情而丧失自控力是教养不足和精神低下的表现。他们远比欧洲狂热分子更现实。一位法国耶稣会士曾记载,当地人辩论地狱存在时,他们提出地下不可能有火焰——因为地下没有木材只有岩石,而火焰需要空气。当神父点燃硫磺石时,他们最终接受了“无氧燃烧”的论点, 但地狱说仍遭易洛魁人等族群抵制。他们凭借优于欧洲人的社会组织体系、基于合作与土地认知建立的军事防御体系,以及对“通过殉道与苦难换取天堂”这类狂热说教的嗤之以鼻,在三个世纪里屡次击败法英殖民者。他们寿命更长、身材更高大、体魄更强健。他们发明了现代制药业和真正的民主制度。战争更少,工作日更短,不存在抑郁症,自杀现象几乎闻所未闻——直到白人带着朗姆酒、失控行为和虚幻的个人主义观念到来。他们虽知烟草,却不存在吸烟成瘾或资本主义带来的其他瘾癖。土地私有制不复存在。
诚然,他们并非圣人。诚然,历史上存在诸多狂热文化,但鲜有比十七世纪资本主义催生的文化更狂热者。只需提及近几个世纪最具破坏性的狂热教条——“我的自私对整个社会有益”——便足以证明这一点。不到两秒钟,你就会遭到其狂热拥护者的猛烈抨击,尤其来自那些身陷贫困、身心皆被奴役的个体。
我们还可以列举更多极端狂热的例证——如同所有狂热主义,它们都披着常识的外衣:因肤色奴役数百万民众,将其变成世袭私有财产;为资本的贪婪与敛财之欲屠杀数亿人类,却冠以自由之名。甚至打着基督教旗号(从十字军东征、宗教裁判所、奴隶制到以不同形式存续的残暴帝国),颠倒耶稣“富人难入天堂”的教义,宣扬“富有即蒙神眷顾,金钱可买天堂”的荒谬论调。原住民们关于我们对自由的信念荒谬性的观点难道不正确吗?
苏珊娜·格罗伊斯曼向我倾诉了她对乌拉圭现政府的失望。
“这并非我投票支持的政权。我投票给的是一个政党,执政的却是一群人。”
这是“欧洲美洲化”和“拉丁美洲化”的另一面。我在美国经历的首次总统选举是2004年。最令我惊讶的是候选人以个人身份发言(我将……,我,我是……,我相信……),而非像我在乌拉圭习惯听到的那样宣扬政党纲领:“个人无关紧要,重要的是政党的执政纲领。”
无论好坏,这些纲领都会公开发布并分发给民众。虽然并非所有人都阅读,但至少构成了一种政治契约。
后来我才明白,“我”(Me, I)之所以重要,只因选民的清教文化背景——实际上,过去和现在真正掌握决策权的既非政党也非(男性)领袖,而是金融集团。如今乌拉圭及其他拉丁美洲国家的情况几乎相同,但这个过程如此渐进,民众在未察觉被洗脑的情况下已习以为常。
2026年初我们目睹了这种现象的荒诞写照:华盛顿公然违反国际法,封锁委内瑞拉石油出口,劫持其货轮,对快艇上的所谓毒贩实施未经审判的处决(其中许多实为渔民),并以华盛顿自己承认虚假的指控(如太阳集团指控)绑架其总统 (如太阳卡特尔案);为蒙面准军事团体(ICE)处决本国公民辩护,例如蕾妮·妮可·古德案——其被指控为(a)挑衅性左翼分子,(b)侮辱秘密特工后企图逃亡的恐怖分子,以及(c)身为女同性恋者的三孩母亲。次日,《纽约时报》记者在白宫问总统是否存在权力边界:
“有。我的道德准则。我的良知。唯此能制约我”。
这一切完美地描绘了一个独裁政权,它不再是企业寡头政治的风格(P=d.t),而是最原始的香蕉共和国式独裁传统,如同《族长的秋天》中描绘的那样——即便加西亚·马尔克斯的魔幻现实主义也通过得克萨斯农工大学禁止柏拉图著作的禁令得以体现,只因这些著作被左派觉醒分子视为左倾。
苏珊娜以反问作答:
“那么,我们能做什么?”
答案与我们多年来的主张如出一辙:(1) 只要权力继续集中于金融中心,民主化便无从谈起。(2) 这种集中化正日益激进化,不仅体现在西方世界的“美国化”——从消费习惯、政治生态到教育体系——更在最终阶段,我们正步入(3) “世界的双重巴勒斯坦化”。换言之,(4)自由民主国家的选举制度虽在某种程度上抑制了资本主义新封建主义,却永远无法改变其本质。
(5)变革终将由一场全球性的大规模危机引发。我认为当前正处于民众压力的积聚阶段。虽无法预知爆发时机,但社会性与国际性的爆发势在必行。
我们所能做的虽微小却必不可少:(7) 抵抗。抵抗始终是社会进步的引擎(参见《当抵抗成为进步,变革化作反动》)。
正如历史所证明的,(8) 没有任何抵抗足以改变资本主义这样的历史体系,但(9) 个人生命有限,无法等待数个世纪。我们无法终结人类创造的最残酷狂热的制度——资本主义,但能遏制其某些毒瘤:新自由主义与法西斯主义。
奴隶能熬过奴役,却抵不过私刑。
豪尔赫·马赫富德,2026年1月9日
كانت الشعوب الأصلية التي وجدها اليسوعيون والمستكشفون الآخرون في أمريكا الشمالية تضحك دائمًا على أفكار المستعمرين (الاقتباس هو تلخيص شخصي لعدة وثائق):
”أنتم تقولون إنكم أحرار وأن كل ما تفعلونه هو طاعة لملوككم وقادتكم وشامانيكم وأزواجكم…“
إذا لم يقنع القادة شعوبهم في جمعياتهم، فإن الشعوب وحتى الأفراد كانوا ببساطة ينسحبون ويعصون. وينطبق الأمر نفسه على النساء تجاه رجالهن. كان للنساء والمحاربين الحق في رفض قرارات الحرب الصادرة عن الجمعيات إذا لم تقنعهم الحجج.
كان العسكريون والدينيون والمثقفون الأوروبيون الذين حضروا تلك المجالس والاجتماعات مع البيض يدركون أن ”الهمج“ لا ينسون شيئًا أبدًا؛ لم يكن أحد يغلبهم في الحجة. لم يعاقب الهمج أطفالهم؛ تركوهم يخطئون حتى يتعلموا من التجربة. كانوا يتبنون دون قيود أشخاصًا من أي عرق، حتى الأوروبيين والأفارقة. لم يكن لديهم سجون، لأن المتهم كان عليه أن يعوض الضحية، وكان عار الحكم بمثابة عقاب مؤلم. كان المتوحشون يعتبرون فقدان السيطرة على النفس بسبب العواطف دليلًا على قلة التربية والدونية الروحية. كانوا أكثر واقعية بكثير من المتعصبين الأوروبيين. كتب يسوعي فرنسي أنه، ذات مرة، أثناء مناقشة وجود الجحيم، جادلوا بأنه لا يمكن أن يكون هناك نار تحت الأرض لأنه لا يوجد هناك خشب بل حجارة، ولأن النار تحتاج إلى هواء. انتهى بهم الأمر إلى قبول حجة النار بدون أكسجين عندما أشعل القساوسة حجر كبريت، لكن فكرة الجحيم ظلت تلقى مقاومة من شعوب مثل الإيروكوا، الذين هزموا الفرنسيين والبريطانيين على مدى ثلاثة قرون لأن تنظيمهم الاجتماعي كان متفوقًا على تنظيم الأوروبيين، ولأنهم كان لديهم دفاع عسكري قائم على التعاون ومعرفة أرضهم، ولأنهم لم يصدقوا القصص المتعصبة عن كسب الجنة بالاستشهاد والمعاناة. كانوا يعيشون أطول، وكانوا أطول قامة وأكثر صحة. اخترعوا الصيدلة الحديثة والديمقراطية الحقيقية. كانوا يخوضون حروبًا أقل، ويعملون أيامًا أقل، ولم يعرفوا الاكتئاب، وكان الانتحار مجهولًا تقريبًا حتى جاء الرجل الأبيض برونه وفقدانه للسيطرة ومفهومه الخيالي عن الفرد. كانوا يعرفون التبغ، لكنهم لم يعرفوا التدخين أو الإدمان الذي أدخله التسويق. لم تكن هناك ملكية خاصة للأرض.
نعم، لم يكونوا قديسين. نعم، على مر التاريخ كانت هناك العديد من الثقافات المتعصبة، لكن قليلة هي الثقافات التي كانت أكثر تعصباً من تلك التي نشأت مع الرأسمالية في القرن السابع عشر. وكدليل على ذلك، يكفي أن نذكر أن العقيدة الأكثر تدميراً وتطرفاً في القرون الأخيرة تؤكد أن ”أنانيتي مفيدة لبقية المجتمع“ لتتلقى في أقل من ثانيتين هجمات سطحية من المدافعين المتعصبين عنها، وخاصة من الأفراد الفقراء والمستعبدين جسداً وروحاً.
ويمكننا أن نستمر في سرد أمثلة أخرى على التعصب الراديكالي الذي يمر، ككل تعصب، عبر الحس السليم: استعباد الملايين من الناس بسبب لون بشرتهم وتحويلهم إلى ملكية خاصة وراثية. ذبح مئات الملايين من البشر من أجل الجشع الرأسمالي والغنى فقط، والقيام بذلك باسم الحرية. حتى تحت راية المسيحية (من الحروب الصليبية، ومحاكم التفتيش، والعبودية، إلى الإمبراطوريات الوحشية التي لا تزال قائمة بأشكال مختلفة)، قلبوا فكرة يسوع التي تقول إنه من المستحيل تقريبًا أن يدخل الأغنياء الجنة، إلى فكرة أنك إذا كنت غنيًا فذلك لأن الله يحبك، وبالدولارات ستشتري الجنة. ألم يكن السكان الأصليون محقين في سخافة قناعاتنا حول الحرية؟
اعترفت لي سوزانا غرويسمان بإحباطها من الحكومة الحالية في أوروغواي.
”هذا ليس ما صوتت من أجله. لقد صوتت لحزب، ولكن مجموعة من الأشخاص هي التي تحكم“.
هذا جانب آخر من ”أمركة أوروبا“ و”أمريكا اللاتينية“. كانت أول انتخابات رئاسية شهدتها في الولايات المتحدة هي انتخابات عام 2004. أحد الأشياء التي أدهشتني أكثر هو أن المرشحين كانوا يتحدثون عن أنفسهم كأشخاص، كأفراد (I will.., Me, I am… I believe…) وليس عن برنامج الحزب، كما كنت معتادًا على سماعه في أوروغواي: ”الفرد لا يهم؛ ما يهم هو برنامج الحزب الحكومي“.
سواء كان ذلك جيدًا أم سيئًا، كانت هذه البرامج تنشر وتوزع على الناس. على الرغم من أن الجميع لم يقرأها، إلا أنها كانت على الأقل شكلاً من أشكال العقد السياسي.
ثم عرفت أن ”أنا“ (Me, I) مهم فقط للثقافة البروتستانتية لناخبيهم لأن، في الواقع، من كان يقرر ويقرر ليسوا الأحزاب أو القادة (الرجال)، بل الشركات المالية. يحدث الشيء نفسه تقريبًا الآن في أوروغواي ودول أمريكية لاتينية أخرى، لكن العملية كانت تدريجية لدرجة أن الناس اعتادوا عليها دون أن يدركوا التلقيح.
شاهدنا صورة كاريكاتورية عن هذا في أوائل عام 2026، بعد أن خرقت واشنطن جميع القوانين الدولية بحظرها النفط الفنزويلي، واختطاف سفنه، وممارسة الإعدامات الفورية لمهربين مخدرات مزعومين في قوارب دون القبض عليهم وتقديمهم للمحاكمة (تبين أن العديد منهم كانوا صيادين)، واختطاف رئيسه بتهم اعترفت واشنطن نفسها بأنها كاذبة (مثل كارتل سوليس)؛ وتبرير الإعدامات الفورية لمواطنيها على يد مجموعات شبه عسكرية مقنعة (ICE)، كما كان الحال مع رينيه نيكول جود، لكونها (أ) يسارية استفزازية، (ب) إرهابية أهانت العملاء السريين ثم حاولت الهرب، و(ج) لكونها مثلية وأم لثلاثة أطفال. بعد يوم واحد، سأل صحفي من صحيفة نيويورك تايمز الرئيس في البيت الأبيض عما إذا كانت هناك حدود لسلطته:
”نعم. أخلاقي الخاصة. ضميري الخاص. هذا هو الشيء الوحيد الذي يمكن أن يوقفني“.
كل هذا هو الوصف المثالي لنظام دكتاتوري، لم يعد على غرار الشركات البلوتوقراطية (P=d.t)، بل على غرار التقاليد الأكثر بدائية للديكتاتور الموز، من نوع خريف البطريرك، حيث حتى الواقعية السحرية لغارسيا ماركيز تعبر عن نفسها بحظر جامعة تكساس A&M لكتب أفلاطون باعتبارها يسارية woke.
أجابتني سوزانا بسؤال:
”إذن، ماذا يمكننا أن نفعل؟“
الجواب هو نفسه الذي نكرره منذ سنوات: (1) لا توجد إمكانية لأي ديمقراطية طالما ظل السلطة مركزة في المراكز المالية. (2) هذا التركيز أصبح أكثر راديكالية، وهو ما نراه ليس فقط في ”أمركة الغرب“، من عادات الاستهلاك والسياسة وأنظمة التعليم، بل إننا، في مرحلته النهائية، ندخل الآن في (3) ”فلسطينية مزدوجة للعالم“. بمعنى أن (4) الأنظمة الانتخابية للديمقراطيات الليبرالية قد احتوت شيئًا من النيوفيدالية الرأسمالية، لكنها لن تغيرها أبدًا.
(5) سيأتي التغيير من خلال أزمة عالمية ضخمة. أفهم أننا في مرحلة تراكم الضغط الشعبي. لا يمكننا تحديد متى سيحدث ذلك، لكننا نعلم أن انفجارًا اجتماعيًا ودوليًا أمر لا مفر منه.
ما يمكننا فعله قليل، ولكنه ضروري: (7) المقاومة. كانت المقاومة دائمًا محرك التقدم الاجتماعي (انظر ”عندما تكون المقاومة تقدمًا والتغيير رد فعل“).
كما تثبت التاريخ، (8) لم تكن أي مقاومة كافية لتغيير نظام تاريخي، مثل الرأسمالية، ولكن (9) نحن الأفراد لا نملك حياة متعددة لننتظر قرونًا. لا يمكننا القضاء على أحد أكثر الأنظمة قسوة وتطرفًا التي ابتكرتها البشرية، وهو الرأسمالية، ولكن يمكننا عكس أو الحد من بعض آفاته، مثل النيوليبرالية والفاشية.
يمكن للعبيد أن ينجوا من العبودية، ولكن لا يمكنهم النجاة من الإعدام.
خورخي ماجفود، 9 يناير 2026
Die Ureinwohner, denen die Jesuiten und andere Entdecker in Nordamerika begegneten, lachten immer über die Ideen der Kolonisten (das Zitat ist eine persönliche Zusammenfassung verschiedener Dokumente):
„Ihr sagt, ihr seid frei, aber alles, was ihr tut, tut ihr aus Gehorsam gegenüber euren Königen, euren Kapitänen, euren Schamanen, euren Ehemännern …“
Wenn die Anführer ihre Völker in den Versammlungen nicht überzeugen konnten, zogen sich die Völker und sogar einzelne Personen einfach zurück und leisteten keinen Gehorsam. Das Gleiche galt für die Frauen gegenüber ihren Männern. Frauen und Krieger hatten das Recht, Kriegsbeschlüsse der Versammlungen zu vetoieren, wenn sie von den Argumenten nicht überzeugt waren.
Die europäischen Militärs, Geistlichen und Intellektuellen, die an diesen Versammlungen und Treffen mit den Weißen teilnahmen, erkannten, dass „die Wilden“ nie etwas vergaßen; niemand konnte sie mit Argumenten schlagen. Die Wilden bestraften ihre Kinder nicht; sie ließen sie Fehler machen, damit sie aus ihren Erfahrungen lernen konnten. Sie nahmen Menschen jeder ethnischen Zugehörigkeit, sogar Europäer und Afrikaner, ohne Einschränkungen auf. Sie hatten keine Gefängnisse, denn der Angeklagte musste das Opfer entschädigen, und die Schande des Urteils war bereits eine schmerzhafte Strafe. Die Wilden betrachteten den Verlust der Selbstbeherrschung durch Leidenschaften als Zeichen mangelnder Bildung und geistiger Unterlegenheit. Sie waren weitaus realistischer als die fanatischen Europäer. Ein französischer Jesuit schrieb, dass sie einmal, als sie über die Existenz der Hölle diskutierten, argumentierten, dass es unter der Erde kein Feuer geben könne, weil es dort unten kein Holz, sondern nur Steine gebe und weil Feuer Luft brauche. Sie akzeptierten schließlich das Argument des Feuers ohne Sauerstoff, als die Priester einen Schwefelstein anzündeten, aber die Hölle wurde weiterhin von Völkern wie den Irokesen abgelehnt, die drei Jahrhunderte lang Franzosen und Briten besiegten, weil ihre soziale Organisation der der Europäer überlegen war, weil sie eine auf Zusammenarbeit und Kenntnis ihres Landes basierende militärische Verteidigung hatten und weil sie den fanatischen Geschichten vom Erlangen des Himmels durch Martyrium und Leiden keinen Glauben schenkten. Sie lebten länger, waren größer und gesünder. Sie erfanden die moderne Pharmazie und die wahre Demokratie. Sie führten weniger Kriege, arbeiteten weniger Tage, kannten keine Depressionen und Selbstmord war fast unbekannt, bis der weiße Mann mit seinem Rum, seinem Kontrollverlust und seinem fantastischen Konzept des Individuums kam. Sie kannten Tabak, aber nicht das Rauchen oder die durch den Merkantilismus eingeführten Süchte. Es gab kein Privateigentum an Land.
Ja, sie waren keine Heiligen. Ja, im Laufe der Geschichte gab es viele fanatische Kulturen, aber nur wenige waren fanatischer als die, die mit dem Kapitalismus im 17. Jahrhundert entstand. Als Beweis genügt es, zu erwähnen, dass das destruktivste und fanatischste Dogma der letzten Jahrhunderte besagt: „Mein Egoismus ist gut für den Rest der Gesellschaft”, um in weniger als zwei Sekunden heftige Angriffe von seinen fanatischen Verteidigern zu erhalten, vor allem von verarmten und mit Leib und Seele versklavten Individuen.
Wir könnten noch weitere Beispiele für radikalen Fanatismus anführen, die wie jeder Fanatismus als gesunder Menschenverstand gelten: Millionen von Menschen aufgrund ihrer Hautfarbe zu versklaven und sie zu vererbbarem Privateigentum zu machen. Hunderte Millionen Menschen aus purer Gier nach Kapital und Reichtum zu massakrieren und dies im Namen der Freiheit zu tun. Sogar unter dem Banner des Christentums (von den Kreuzzügen, der Inquisition und der Sklaverei bis hin zu den brutalen Imperien, die in unterschiedlicher Form überleben), indem man die Idee Jesu, dass es für einen Reichen fast unmöglich ist, in den Himmel zu kommen, umkehrt, weil man glaubt, dass man reich ist, weil Gott einen liebt, und dass man sich mit Dollars das Paradies kaufen kann. Hatten die Ureinwohner nicht Recht mit der Absurdität unserer Überzeugungen über die Freiheit?
Susana Groisman gestand mir ihre Frustration über die derzeitige Regierung Uruguays.
„Das ist nicht das, wofür ich gestimmt habe. Ich habe für eine Partei gestimmt, und jetzt regiert eine Gruppe von Menschen.“
Dies ist ein weiterer Aspekt der „Amerikanisierung Europas“ und „Lateinamerikas“. Die ersten Präsidentschaftswahlen, die ich in den Vereinigten Staaten miterlebte, waren die von 2004. Eine der Dinge, die mich am meisten überraschten, war, dass die Kandidaten über sich selbst als Personen, als Individuen sprachen (I will.., Me, I am… I believe…) und nicht über das Programm der Partei, wie ich es aus Uruguay gewohnt war: „Der Einzelne spielt keine Rolle; was zählt, ist das Regierungsprogramm der Partei”.
Ob gut oder schlecht, diese Programme wurden veröffentlicht und an die Bevölkerung verteilt. Auch wenn sie nicht alle gelesen wurden, waren sie zumindest eine Art politischer Vertrag.
Später erfuhr ich, dass das „Ich” (Me, I) nur für die protestantische Kultur der Wähler wichtig ist, weil in Wirklichkeit weder die Parteien noch die (männlichen) Führer die Entscheidungen trafen und treffen, sondern die Finanzkonzerne. Fast dasselbe geschieht derzeit in Uruguay und anderen lateinamerikanischen Ländern, aber der Prozess verlief so schrittweise, dass sich die Menschen daran gewöhnten, ohne die Impfung zu bemerken.
Eine Karikatur davon sahen wir Anfang 2026, nachdem Washington alle internationalen Gesetze gebrochen hatte, indem es venezolanisches Öl blockierte, dessen Frachter kaperte, mutmaßliche Drogenhändler auf Booten summarisch hinrichtete, ohne sie zu fassen und vor Gericht zu stellen (viele von ihnen waren Fischer), seinen Präsidenten unter Anschuldigungen entführte, die Washington selbst als falsch anerkannt hatte (wie das Cartel de los Soles); indem es summarische Hinrichtungen seiner eigenen Bürger durch maskierte paramilitärische Gruppen (ICE) rechtfertigte, wie im Fall von Renee Nicole Good, weil sie (a) eine provokative Linke war, (b) eine Terroristin, die Geheimagenten beleidigte und dann zu fliehen versuchte, und (c) weil sie lesbisch und Mutter von drei Kindern war. Einen Tag später fragte ein Journalist der New York Times den Präsidenten im Weißen Haus, ob es Grenzen für seine Macht gebe:
„Ja. Meine eigene Moral. Mein eigenes Gewissen. Das ist das Einzige, was mich aufhalten kann.“
All dies ist die perfekte Beschreibung eines diktatorischen Regimes, nicht mehr im plutokratischen Stil der Konzerne (P=d.t), sondern in der primitivsten Tradition des Bananendiktators, wie in Der Herbst des Patriarchen, wo sogar der magische Realismus von García Márquez durch das Verbot der Bücher von Platon an der Texas A&M University durch linke Woke-Aktivisten zum Ausdruck kommt.
Susana antwortete mir mit einer Frage:
„Was kann man dann tun?“
Die Antwort ist dieselbe, die wir seit Jahren wiederholen: (1) Es gibt keine Möglichkeit einer Demokratisierung, solange die Macht weiterhin in den Finanzzentren konzentriert ist. (2) Diese Konzentration hat sich radikalisiert, was wir nicht nur an der „Amerikanisierung des Westens“ sehen können, an den Konsumgewohnheiten, der Politik und den Bildungssystemen, sondern auch daran, dass wir in der Endphase bereits in eine (3) „doppelte Palästinisierung der Welt“ eintreten. Das heißt, (4) die Wahlsysteme der liberalen Demokratien haben den kapitalistischen Neofeudalismus zwar etwas eingedämmt, aber sie werden ihn niemals ändern.
(5) Der Wandel wird durch eine globale, massive Krise kommen. Ich gehe davon aus, dass wir uns in einer Phase der Anhäufung von Druck seitens der Bevölkerung befinden. Wir können nicht sagen, wann es dazu kommen wird, aber eine soziale und internationale Explosion ist unvermeidlich.
Was wir tun können, ist wenig, aber notwendig: (7) Widerstand leisten. Widerstand war schon immer der Motor des sozialen Fortschritts (siehe „Wenn Widerstand Fortschritt und Veränderung ist, Reaktion”).
Wie die Geschichte zeigt, (8) hat kein Widerstand jemals ausgereicht, um ein historisches System wie den Kapitalismus zu verändern, aber (9) wir Individuen haben nicht mehrere Leben, um Jahrhunderte zu warten. Wir können eines der grausamsten und fanatischsten Systeme, das die Menschheit geschaffen hat, den Kapitalismus, nicht abschaffen, aber wir können einige seiner Auswüchse, den Neoliberalismus und den Faschismus, umkehren oder einschränken.
Sklaven können die Sklaverei überleben, aber nicht die Lynchjustiz.
Jorge Majfud, 9. Januar 2026
I popoli indigeni che i gesuiti e altri esploratori incontrarono in Nord America ridevano sempre delle idee dei coloni (la citazione è una sintesi personale di vari documenti):
“Voi dite di essere liberi e che tutto ciò che fate lo fate per obbedienza ai vostri re, ai vostri capitani, ai vostri sciamani, ai vostri mariti…”
Se i capi non convincevano i loro popoli nelle assemblee, i popoli e persino i singoli individui semplicemente si ritiravano e disobbedivano. Lo stesso valeva per le donne nei confronti dei loro uomini. Le donne e i guerrieri avevano il diritto di porre il veto sulle risoluzioni di guerra delle assemblee se non erano convinti dalle argomentazioni.
I militari, i religiosi e gli intellettuali europei che partecipavano a queste assemblee e alle riunioni con i bianchi riconoscevano che “i selvaggi” non dimenticavano mai nulla; nessuno riusciva a batterli in un dibattito. I selvaggi non punivano i loro bambini; li lasciavano sbagliare affinché imparassero dall’esperienza. Accoglievano senza restrizioni persone di qualsiasi etnia, compresi europei e africani. Non avevano prigioni, perché l’imputato doveva risarcire la vittima e la vergogna della sentenza era già una punizione dolorosa. I selvaggi consideravano la perdita del controllo personale a causa delle passioni come un segno di scarsa educazione e di inferiorità spirituale. Erano di gran lunga più realisti dei fanatici europei. Un gesuita francese scrisse che, una volta, discutendo dell’esistenza dell’inferno, essi sostennero che non poteva esserci fuoco sotto terra perché laggiù non c’era legno ma solo pietre, e perché il fuoco ha bisogno di aria. Finirono per accettare l’argomento del fuoco senza ossigeno quando i preti accesero una pietra di zolfo, ma l’idea dell’inferno continuò a essere respinta da popoli come gli Irochesi, che sconfissero per tre secoli francesi e britannici perché la loro organizzazione sociale era superiore a quella degli europei, perché avevano una difesa militare basata sulla cooperazione e sulla conoscenza della loro terra, e perché non credevano alle storie fanatiche di guadagnarsi il paradiso con il martirio e la sofferenza. Vivevano più a lungo, erano più alti e più sani. Hanno inventato la farmaceutica moderna e la vera democrazia. Avevano meno guerre, lavoravano meno giorni, non conoscevano la depressione e il suicidio era quasi sconosciuto fino all’arrivo dell’uomo bianco con il suo rum, la sua perdita di controllo e il suo fantastico concetto di individuo. Conoscevano il tabacco, ma non il tabagismo né le dipendenze introdotte dal mercantilismo. Non esisteva la proprietà privata della terra.
Sì, non erano santi. Sì, nel corso della storia ci sono state molte culture fanatiche, ma poche più fanatiche di quella che è emersa con il capitalismo nel XVII secolo. Come prova, basterebbe citare che il dogma più distruttivo e fanatico degli ultimi secoli afferma che “Il mio egoismo è un bene per il resto della società” e ricevere in meno di due secondi attacchi epidermici dai suoi fanatici difensori, soprattutto da individui impoveriti e schiavizzati nel corpo e nell’anima.
Potremmo continuare con altre dimostrazioni di fanatismo radicale che, come ogni fanatismo, passano per il buon senso: schiavizzare milioni di persone per il loro colore e trasformarle in proprietà privata ereditaria. Massacrare centinaia di milioni di esseri umani per la sola avidità del capitale, dell’arricchimento, e farlo in nome della libertà. Persino sotto la bandiera del cristianesimo (dalle Crociate, all’Inquisizione e alla schiavitù fino ai brutali imperi che sopravvivono in diverse forme), ribaltando l’idea di Gesù secondo cui è quasi impossibile per un ricco salire in Paradiso con l’idea che se sei ricco è perché Dio ti ama e con i dollari ti comprerai il Paradiso. I popoli indigeni non avevano ragione sull’assurdità delle nostre convinzioni sulla libertà?
Susana Groisman mi ha confessato la sua frustrazione per l’attuale governo dell’Uruguay.
“Non è questo che ho votato. Ho votato un partito e governa un gruppo di persone”.
Questo è un altro aspetto dell’“americanizzazione dell’Europa” e dell’“America Latina”. La prima elezione presidenziale che ho vissuto negli Stati Uniti è stata quella del 2004. Una delle cose che mi ha sorpreso di più è stato il fatto che i candidati parlassero di sé stessi come persone, come individui (I will.., Me, I am… I believe…) e non del programma del partito, come ero abituato a sentire in Uruguay: “L’individuo non conta; ciò che conta è il programma di governo del partito”.
Nel bene e nel male, questi programmi venivano pubblicati e distribuiti tra la gente. Anche se non tutti li leggevano, almeno erano una forma di contratto politico.
Poi ho capito che l’“io” (Me, I) è importante solo per la cultura protestante dei suoi elettori perché, in realtà, chi decideva e decide non erano e non sono i partiti o i leader (uomini), ma le società finanziarie. Quasi lo stesso accade ora in Uruguay e in altri paesi latinoamericani, ma il processo è stato così graduale che la gente si è abituata senza accorgersi dell’inoculazione.
Ne abbiamo visto una caricatura all’inizio del 2026, dopo che Washington ha violato tutte le leggi internazionali bloccando il petrolio venezuelano, sequestrando le sue navi cisterna, praticando esecuzioni sommarie di presunti narcotrafficanti su barche senza catturarli per portarli davanti a un tribunale (molti si sono rivelati pescatori), sequestrando il suo presidente con accuse che la stessa Washington ha riconosciuto essere false (come il Cartello dei Soli); giustificando le esecuzioni sommarie dei propri cittadini da parte di gruppi paramilitari mascherati (ICE), come nel caso di Renee Nicole Good, perché era (a) una provocatrice di sinistra, (b) una terrorista che ha insultato gli agenti segreti e poi ha cercato di fuggire e (c) perché era lesbica, madre di tre bambini. Il giorno dopo, un giornalista del New York Times chiese al presidente alla Casa Bianca se esistessero limiti al suo potere:
“Sì. La mia morale. La mia coscienza. È l’unica cosa che può fermarmi”.
Tutto questo è la descrizione perfetta di un regime dittatoriale, non più in stile plutocratico delle corporazioni (P=d.t), ma nella più primitiva tradizione del dittatore bananero, tipo L’autunno del patriarca, dove persino il realismo magico di García Márquez si esprime con il divieto all’Università del Texas A&M dei libri di Platone perché di sinistra woke.
Susana mi ha risposto con una domanda:
“Allora, cosa si può fare?”
La risposta è la stessa che ripetiamo da anni: (1) Non c’è alcuna possibilità di democratizzazione finché il potere continuerà a essere concentrato nei centri finanziari. (2) Tale concentrazione si è radicalizzata, come possiamo vedere non solo nell’“americanizzazione dell’Occidente”, dalle abitudini consumistiche, politiche e nei sistemi educativi, ma anche, nella sua fase finale, stiamo entrando in una (3) “doppia palestinizzazione del mondo”. Cioè, (4) i sistemi elettorali delle democrazie liberali hanno contenuto in parte il neofeudalesimo capitalista, ma non lo cambieranno mai.
(5) Il cambiamento arriverà con una crisi globale, massiccia. Capisco che siamo nella fase di accumulazione della pressione popolare. Non possiamo dire quando avverrà, ma è inevitabile un’esplosione sociale e internazionale.
Quello che possiamo fare è poco, ma necessario: (7) resistere. Le resistenze sono sempre state il motore del progresso sociale (vedi “Quando la resistenza è progresso e il cambiamento, reazione”) .
Come dimostra la storia, (8) nessuna resistenza è stata sufficiente a cambiare un sistema storico come il capitalismo, ma (9) noi individui non abbiamo vite multiple per aspettare secoli. Non possiamo porre fine a uno dei sistemi più crudeli e fanatici che l’umanità abbia mai creato, il capitalismo, ma possiamo invertire o limitare alcune delle sue suppurazioni, il neoliberismo e il fascismo.
Gli schiavi possono sopravvivere alla schiavitù, ma non al linciaggio.
Jorge Majfud, 9 gennaio 2026
Les peuples autochtones rencontrés par les jésuites et autres explorateurs en Amérique du Nord se moquaient toujours des idées des colons (la citation est une synthèse personnelle de plusieurs documents) :
« Vous dites que vous êtes libres et que tout ce que vous faites, vous le faites par obéissance à vos rois, à vos capitaines, à vos chamans, à vos maris… »
Si les dirigeants ne parvenaient pas à convaincre leurs peuples lors des assemblées, ceux-ci, voire les individus, se retiraient tout simplement et désobéissaient. Il en allait de même pour les femmes vis-à-vis de leurs hommes. Les femmes et les guerriers avaient le droit de veto sur les résolutions de guerre des assemblées si les arguments ne les convainquaient pas.
Les militaires, les religieux et les intellectuels européens qui assistaient à ces assemblées et à ces réunions avec les Blancs reconnaissaient que « les sauvages » n’oubliaient jamais rien ; personne ne pouvait les battre dans une discussion. Les sauvages ne punissaient pas leurs enfants ; ils les laissaient faire des erreurs afin qu’ils apprennent de leurs expériences. Ils adoptaient sans restriction des personnes de toutes les ethnies, y compris des Européens et des Africains. Ils n’avaient pas de prisons, car l’accusé devait réparer le préjudice causé à la victime et la honte de la condamnation était déjà une punition douloureuse. Les sauvages considéraient la perte de contrôle personnel due aux passions comme un signe de manque d’éducation et d’infériorité spirituelle. Ils étaient de loin plus réalistes que les fanatiques européens. Un jésuite français a écrit qu’une fois, discutant de l’existence de l’enfer, ils ont fait valoir qu’il ne pouvait y avoir de feu sous la terre car il n’y avait pas de bois là-bas, mais seulement des pierres, et parce que le feu a besoin d’air. Ils ont fini par accepter l’argument du feu sans oxygène lorsque les prêtres ont allumé une pierre de soufre, mais l’idée de l’enfer continuait d’être rejetée par des peuples comme les Iroquois, qui ont vaincu les Français et les Britanniques pendant trois siècles parce que leur organisation sociale était supérieure à celle des Européens, parce qu’ils avaient une défense militaire basée sur la coopération et la connaissance de leur territoire, et parce qu’ils ne croyaient pas aux histoires fanatiques selon lesquelles on gagnait le paradis par le martyre et la souffrance. Ils vivaient plus longtemps, étaient plus grands et en meilleure santé. Ils ont inventé la pharmacie moderne et la véritable démocratie. Ils faisaient moins de guerres, travaillaient moins de jours, ne connaissaient pas la dépression et le suicide était presque inconnu jusqu’à l’arrivée de l’homme blanc avec son rhum, sa perte de contrôle et son concept fantastique de l’individu. Ils connaissaient le tabac, mais pas le tabagisme ni les addictions introduites par le mercantilisme. La propriété privée de la terre n’existait pas.
Oui, ils n’étaient pas des saints. Oui, au cours de l’histoire, il y a eu de nombreuses cultures fanatiques, mais peu étaient plus fanatiques que celle qui est apparue avec le capitalisme au XVIIe siècle. Pour preuve, il suffirait de mentionner que le dogme le plus destructeur et le plus fanatique des derniers siècles affirme que « mon égoïsme est bon pour le reste de la société » et de recevoir en moins de deux secondes des attaques virulentes de la part de ses défenseurs fanatiques, surtout des individus appauvris et asservis corps et âme.
Nous pourrions continuer, comme d’autres démonstrations de fanatisme radical qui passent, comme tout fanatisme, pour du bon sens : asservir des millions de personnes en raison de leur couleur de peau et les transformer en propriété privée héréditaire. Massacrer des centaines de millions d’êtres humains pour la seule cupidité du capital, de l’enrichissement, et le faire au nom de la liberté. Même sous la bannière du christianisme (depuis les croisades, l’Inquisition et l’esclavage jusqu’aux empires brutaux qui survivent sous différentes formes), en renversant l’idée de Jésus selon laquelle il est presque impossible pour un riche d’aller au ciel, par l’idée que si vous êtes riche, c’est parce que Dieu vous aime et qu’avec des dollars, vous achèterez le paradis. Les peuples autochtones n’avaient-ils pas raison de dénoncer l’absurdité de nos convictions sur la liberté ?
Susana Groisman m’a confié ses frustrations à l’égard du gouvernement actuel de l’Uruguay.
« Ce n’est pas pour cela que j’ai voté. J’ai voté pour un parti et c’est un groupe de personnes qui gouverne. »
C’est là un autre aspect de l’« américanisation de l’Europe » et de l’« Amérique latine ». La première élection présidentielle à laquelle j’ai assisté aux États-Unis était celle de 2004. L’une des choses qui m’a le plus surpris était que les candidats parlaient d’eux-mêmes en tant que personnes, en tant qu’individus (I will.., Me, I am… I believe…) et non du programme du parti, comme j’avais l’habitude de l’entendre en Uruguay : « L’individu n’a pas d’importance ; ce qui importe, c’est le programme gouvernemental du parti ».
Pour le meilleur ou pour le pire, ces programmes étaient publiés et distribués à la population. Même si tout le monde ne les lisait pas, c’était au moins une forme de contrat politique.
J’ai ensuite appris que le « je » (Me, I) n’était important que pour la culture protestante de leurs électeurs car, en réalité, ceux qui décidaient et décident encore aujourd’hui ne sont ni les partis ni les dirigeants (hommes), mais les sociétés financières. C’est presque la même chose qui se passe aujourd’hui en Uruguay et dans d’autres pays d’Amérique latine, mais le processus a été si progressif que les gens s’y sont habitués sans s’en rendre compte.
Nous en avons vu une caricature au début de l’année 2026, après que Washington ait enfreint toutes les lois internationales en bloquant le pétrole vénézuélien, en détournant ses cargos, en procédant à des exécutions sommaires de prétendus trafiquants de drogue à bord de bateaux sans les capturer pour les traduire en justice (beaucoup se sont avérés être des pêcheurs), en kidnappant son président sous des accusations que Washington lui-même a reconnu être fausses (comme le Cartel des Soleils) ; justifiant les exécutions sommaires de ses propres citoyens par des groupes paramilitaires masqués (ICE), comme ce fut le cas pour Renee Nicole Good, parce qu’elle était (a) une provocatrice de gauche, (b) une terroriste qui avait insulté des agents secrets et avait ensuite tenté de s’enfuir et (c) parce qu’elle était lesbienne et mère de trois enfants. Un jour plus tard, un journaliste du New York Times a demandé au président à la Maison Blanche s’il y avait des limites à son pouvoir :
« Oui. Ma propre morale. Ma propre conscience. C’est la seule chose qui peut m’arrêter ».
Tout cela décrit parfaitement un régime dictatorial, non plus à la manière ploutocratique des entreprises (P=d.t), mais dans la plus pure tradition des dictateurs bananiers, à l’image de L’Automne du patriarche, où même le réalisme magique de García Márquez s’exprime à travers l’interdiction des livres de Platon par l’université Texas A&M pour cause de gauchisme woke.
Susana m’a répondu par une question :
« Alors, que peut-on faire ? »
La réponse est la même que celle que nous répétons depuis des années : (1) Il n’y a aucune possibilité de démocratisation tant que le pouvoir reste concentré dans les centres financiers. (2) Cette concentration s’est radicalisée, ce que l’on peut observer non seulement dans « l’américanisation de l’Occident », à travers les habitudes de consommation, la politique et les systèmes éducatifs, mais aussi, dans sa phase finale, dans ce que nous appelons une « double palestinisation du monde ». En d’autres termes, (4) les systèmes électoraux des démocraties libérales ont contenu une partie du néoféodalisme capitaliste, mais ils ne le changeront jamais.
(5) Le changement viendra d’une crise mondiale massive. Je comprends que nous sommes dans une phase d’accumulation de la pression populaire. Nous ne pouvons pas dire quand cela se produira, mais une explosion sociale et internationale est inévitable.
Ce que nous pouvons faire est peu, mais nécessaire : (7) résister. Les résistances ont toujours été le moteur du progrès social (voir « Quand la résistance est progrès et le changement, réaction »).
Comme l’histoire le prouve, (8) aucune résistance n’a été suffisante pour changer un système historique, comme le capitalisme, mais (9) les individus n’ont pas plusieurs vies pour attendre des siècles. Nous ne pouvons pas mettre fin à l’un des systèmes les plus cruels et fanatiques que l’humanité ait créés, le capitalisme, mais nous pouvons inverser ou limiter certaines de ses suppurations, le néolibéralisme et le fascisme.
Les esclaves peuvent survivre à l’esclavage, mais pas au lynchage.
Jorge Majfud, 9 janvier 2026
The native peoples encountered by Jesuits and other explorers in North America always laughed at the ideas of the colonists (the quote is a personal synthesis of several documents):
“You say you are free, and yet everything you do, you do out of obedience to your kings, your captains, your shamans, your husbands…”
If the leaders failed to convince their people in their assemblies, the people and even individuals simply withdrew and disobeyed. The same was true of women with regard to their men. Women and warriors had the right to veto the assemblies’ war resolutions if they were not convinced by the arguments.
The European military, religious, and intellectuals who attended these assemblies and meetings with white people recognized that “savages” never forgot anything; no one could win an argument with them. Savages did not punish their children; they let them make mistakes so that they could learn from experience. They accepted people of any ethnicity without restriction, including Europeans and Africans. They had no prisons, because the accused had to make amends to the victim, and the shame of the sentence was already a painful punishment. The savages considered the loss of personal control due to passions to be a sign of poor education and spiritual inferiority. They were far more realistic than the European fanatics. A French Jesuit wrote that, once, when discussing the existence of hell, they argued that there could be no fire under the earth because there was no wood down there, only stones, and because fire needs air. They ended up accepting the argument of fire without oxygen when the priests lit a sulfur stone, but the idea of hell continued to be resisted by peoples such as the Iroquois, who defeated the French and British for three centuries because their social organization was superior to that of the Europeans, because they had a military defense based on cooperation and knowledge of their land, and because they did not believe the fanatical stories of earning heaven through martyrdom and suffering. They lived longer, were taller, and were healthier. They invented modern pharmaceuticals and true democracy. They had fewer wars, worked fewer days, knew no depression, and suicide was almost unknown until the white man arrived with his rum, his loss of control, and his fantastic concept of the individual. They knew tobacco, but not smoking or the addictions introduced by commercialism. Private ownership of land did not exist.
Yes, they were not saints. Yes, throughout history there have been many fanatical cultures, but few more fanatical than the one that emerged with capitalism in the 17th century. As proof, it would suffice to mention that the most destructive and fanatical dogma of recent centuries asserts that “My selfishness is good for the rest of society” and to receive in less than two seconds epidermal attacks from its fanatical defenders, especially from individuals who are impoverished and enslaved in body and soul.
We could go on, as other demonstrations of radical fanaticism that, like all fanaticism, pass for common sense: enslaving millions of people because of their color and turning them into hereditary private property. Massacring hundreds of millions of humans for the sole greed of capital, of enrichment, and doing so in the name of freedom. Even under the banner of Christianity (from the Crusades, the Inquisition, and slavery to the brutal empires that survive in different forms), turning Jesus’ idea that it is almost impossible for a rich person to enter Heaven on its head with the idea that if you are rich it is because God loves you and with dollars you can buy Paradise. Weren’t the native peoples right about the absurdity of our convictions about freedom?
Susana Groisman confessed to me her frustrations with the current government of Uruguay.
“This is not what I voted for. I voted for a party, and a group of people is governing.”
This is another aspect of the “Americanization of Europe” and “Latin America.” The first presidential election I experienced in the United States was in 2004. One of the things that surprised me most was that the candidates spoke about themselves as people, as individuals (I will…, Me, I am… I believe…) and not about the party’s program, as I was used to hearing in Uruguay: “The individual does not matter; what matters is the party’s government program.”
For better or worse, these platforms were published and distributed among the people. Although not everyone read them, at least it was a form of political contract.
I later learned that the “I” (Me, I) is only important to the Protestant culture of their voters because, in reality, those who decided and decide were not and are not the parties or the leaders (men), but the financial corporations. Almost the same thing is happening now in Uruguay and other Latin American countries, but the process has been so gradual that people have become accustomed to it without noticing the inoculation.
We saw a caricature of this in early 2026, after Washington broke all international laws by blocking Venezuelan oil, hijacking its cargo ships, carrying out summary executions of alleged drug traffickers in boats without capturing them to bring them to court (many turned out to be fishermen), and kidnapping its president on charges that Washington itself acknowledged to be false (such as the Cartel of the Suns); justifying summary executions of its own citizens by masked paramilitary groups (ICE), as in the case of Renee Nicole Good, for being (a) a provocative leftist, (b) a terrorist who insulted secret agents and then tried to flee, and (c) a lesbian and mother of three children. A day later, a New York Times reporter asked the president at the White House if there were limits to his power:
“Yes. My own morals. My own conscience. That’s the only thing that can stop me.”
All of this is the perfect description of a dictatorial regime, no longer in the plutocratic style of corporations (P=d.t), but in the more primitive tradition of the banana dictator, like in The Autumn of the Patriarch, where even García Márquez’s magical realism is expressed in the University of Texas A&M’s ban on Plato’s books for being leftist woke.
Susana responded with a question:
“So what can be done?”
The answer is the same one we have been repeating for years: (1) There is no possibility of democratization as long as power remains concentrated in the financial centers. (2) This concentration has become more radical, which we can see not only in the “Americanization of the West,” from consumerist habits to politics and education systems, but also in its final phase, where we are now entering a (3) “double Palestinianization of the world.” In other words, (4) the electoral systems of liberal democracies have contained some of capitalist neofeudalism, but they will never change it.
(5) Change will come through a massive global crisis. I understand that we are in a stage of accumulating popular pressure. We cannot say when it will happen, but a social and international explosion is inevitable.
What we can do is little, but necessary: (7) resist. Resistance has always been the engine of social progress (see “When resistance is progress and change is reaction”).
As history proves, (8) no resistance has been sufficient to change a historical system such as capitalism, but (9) individuals do not have multiple lives to wait centuries. We cannot put an end to one of the most cruel and fanatical systems that humanity has created, capitalism, but we can reverse or limit some of its suppurations, neoliberalism and fascism.
Slaves can survive slavery, but not lynching.
Jorge Majfud, January 9, 2026.
(El audio es interpretación libre, no responsabilidad del autor. El autor discrepa con algunos puntos del diálogo, como que su texto “construye un arquetipo sin datos antropológicos”. Por el contrario, toda la primera mitad de este ensayo está basado en su investigación en curso El origen de la democracia y en datos duros y concretos de cada especialidad documentada.)
Los pueblos nativos que encontraron los jesuitas y otros exploradores en América del Norte siempre se reían de las ideas de los colonos (la cita es una síntesis personal de varios documentos):
“Ustedes dicen que son libres y todo lo que hacen lo hacen por obediencia a sus reyes, a sus capitanes, a sus chamanes, a sus esposos…”
Si los líderes no convencían a sus pueblos en sus asambleas, los pueblos y hasta los individuos simplemente se retiraban y desobedecían. Lo mismo las mujeres con respecto a sus hombres. Las mujeres y los guerreros tenían derecho a vetar las resoluciones de guerra de las asambleas si no los convencían los argumentos.
Los militares, religiosos e intelectuales europeos que asistieron a esas asambleas y a reuniones con los blancos reconocían que “los salvajes” nunca olvidaban nada; nadie les ganaba un argumento. Los salvajes no castigaban a sus niños; los dejaban equivocarse para que se educaran en la experiencia. Adoptaban sin restricción a gente de cualquier etnia, incluso europeos y africanos. No tenían cárceles, porque el acusado debía reparar a la víctima y la vergüenza de la sentencia ya era un castigo doloroso. Los salvajes consideraban la pérdida de control personal por pasiones como una muestra de poca educación y de inferioridad espiritual. Por lejos, eran más realistas que los fanáticos europeos. Escribió un jesuita francés que, una vez, discutiendo la existencia del infierno, argumentaron que no podía existir fuego debajo de la tierra porque allá abajo no había madera sino piedras, y porque el fuego necesita aire. Terminaron aceptando el argumento del fuego sin oxígeno cuando los curas encendieron una piedra de azufre, pero lo del infierno continuó siendo resistido por pueblos como los iroqueses, que derrotaron por tres siglos a franceses y británicos porque su organización social era superior a la de los europeos, porque tenían una defensa militar basada en la cooperación y en el conocimiento de su tierra, y porque no se creyeron las historias fanáticas de ganarse el cielo por el martirio y el sufrimiento. Vivían más, eran más altos y más sanos. Inventaron la farmacéutica moderna y la verdadera democracia. Tenían menos guerras, trabajaban menos días, no conocían la depresión y el suicidio era casi desconocido hasta que llegó el hombre blanco con su ron, su pérdida de control y su concepto fantástico del individuo. Conocían el tabaco, pero no el tabaquismo ni las adicciones introducidas por el mercantilismo. No existía la propiedad privada de la tierra.
Sí, no eran santos. Sí, a lo largo de la historia hubo muchas culturas fanáticas, pero pocas más fanáticas que la que surgió con el capitalismo en el siglo XVII. Como prueba, bastaría mencionar que el dogma más destructivo y fanático de los últimos siglos afirma que “Mi egoísmo es bueno para el resto de la sociedad” y recibir en menos de dos segundos ataques epidérmicos de sus fanáticos defensores, sobre todo de individuos empobrecidos y esclavizados de cuerpo y alma.
Podríamos seguir, como otras demostraciones de fanatismo radical que pasan, como todo fanatismo, por sentido común: esclavizar a millones de personas por su color y convertirlos en propiedad privada hereditaria. Masacrar a cientos de millones de humanos por la única avaricia del capital, del enriquecimiento, y hacerlo en nombre de la libertad. Incluso, bajo la bandera del cristianismo (desde las Cruzadas, la Inquisición y el esclavismo hasta los brutales imperios que sobreviven de diferentes formas), dando vuelta la idea de Jesús de que es casi imposible para un rico subir al Cielo por la idea de que si eres rico es porque Dios te ama y con dólares te comprarás el Paraíso. ¿No tenían razón los pueblos nativos sobre el absurdo de nuestras convicciones sobre la libertad?
Susana Groisman me confesó sus frustraciones con el actual gobierno de Uruguay.
“No es esto lo que yo voté. Voté a un partido y gobierna un grupo de personas”.
Este es otro aspecto de la “americanización de Europa” y de “America latina”. La primera elección presidencial que viví en Estados Unidos fue la de 2004. Una de las cosas que más me sorprendió fue que los candidatos hablaban de ellos como personas, como individuos (I will.., Me, I am… I believe…) y no del programa del partido, como estaba acostumbrado a escuchar en Uruguay: “El individuo no importa; lo que importa es el programa de gobierno del partido”. Bien o mal, estos programas se publicaban y repartían entre la gente. Aunque no todos lo leían, al menos era una forma de contrato político.
Luego supe que el “yo” (Me, I) solo es importante para la cultura protestante de sus votantes porque, en realidad, quienes decidían y deciden no eran ni son los partidos ni los líderes (hombres), sino las corporaciones financieras. Casi lo mismo ocurre ahora en Uruguay y en otros países latinoamericanos, pero el proceso ha sido tan gradual que la gente se acostumbró sin percibir la inoculación.
Una caricatura de esto lo vimos a principios del 2026, después de que Washington quebrara todas las leyes internacionales bloqueando el petróleo venezolano, secuestrando sus cargueros, practicando ejecuciones sumarias a supuestos narcotraficantes en lanchas sin capturarlos para llevarlos ante una corte (muchos resultaron ser pescadores), secuestrando a su presidente bajo acusaciones que el mismo Washington reconoció ser falsas (como el Cartel de los Soles); justificando ejecuciones sumarias de sus propios ciudadanos por grupos paramilitares enmascarados (ICE), como fue el caso de Renee Nicole Good, por tratarse de (a) una izquierdista provocadora, (b) una terrorista que insultó a los agentes secretos y luego intentó huir y (c) por ser lesbiana, madre de tres niños. Un día después, un periodista del New York Times le preguntó al presidente en la Casa Blanca si existían límites a su poder:
“Sí. Mi propia moral. Mi propia conciencia. Es lo único que puede detenerme”.
Todo esto es la descripción perfecta de un régimen dictatorial, ya no al estilo plutocrático de las corporaciones (P=d.t), sino de la más primitiva tradición del dictador bananero, tipo El otoño del patriarca, donde incluso el realismo mágico de García Márquez se expresa con la prohibición en la Universidad de Texas A&M de los libros de Platón por zurdo woke.
Susana me respondió con una pregunta:
“Entonces, ¿qué se puede hacer?”
La respuesta es la misma que repetimos desde hace añares: (1) No existe posibilidad de ninguna democratización mientras el poder continúe concentrado en los centros financieros. (2) Esa concentración se ha ido radicalizando, lo cual podemos verlo no solo en la “americanización de Occidente”, desde hábitos consumistas, políticos y en sus sistemas educativos, sino que, en su fase final, estamos entrando ya en una (3) “doble palestinización del mundo”. Es decir, (4) los sistemas electorales de las democracias liberales han contenido algo del neofeudalismo capitalista, pero nunca lo cambiarán.
(5) El cambio llegará por una crisis global, masiva. Entiendo que estamos en la etapa de acumulación de presión popular. No podemos decir cuándo ocurrirá, pero sí que es inevitable una explosión social e internacional.
Lo que podemos hacer es poco, pero necesario: (7) resistir. Las resistencias han sido siempre el motor del progreso social (ver “Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción”) .
Como lo prueba la historia, (8) ninguna resistencia ha sido suficiente para cambiar un sistema histórico, como el capitalismo, pero (9) los individuos no tenemos múltiples vidas para esperar siglos. No podemos acabar con uno de los sistemas más crueles y fanáticos que ha creado la humanidad, el capitalismo, pero sí podemos revertir o limitar algunas de sus supuraciones, el neoliberalismo y el fascismo.
Los esclavos pueden sobrevivir a la esclavitud, pero no al linchamiento.
Jorge Majfud, 9 de enero de 2026

As a consequence of the recent attack on Venezuela and the kidnapping of its president by unilateral resolution of the White House, academics, artists, and politicians from different countries are calling on the Global South to awaken to the accelerated process of “Palestinianization of the world.”
Venezuela: The cause of the problem will never be the solution
What is happening in Venezuela today is neither an anomaly nor an unexpected deviation from the international order. Nor can it be interpreted as a temporary reaction to a specific government or as an isolated episode of diplomatic tension. It is, once again, the reappearance of a historical logic that Latin America knows with painful precision: that of being treated as a wild frontier, a territory where the rules that govern the “civilized world” are suspended without scandal and violence is exercised as if it were a natural right.
Total economic blockades, confiscation of property, covert military operations, explicit threats of intervention, and kidnappings presented under a new version of the Monroe and National Security doctrines, which more closely resemble the myth of “living space” wielded by the Third Reich a century ago. These are not deviations from the international system: they are part of its historical functioning when it comes to the Global South and Latin America in particular.
What happened on January 3 marks, however, a new threshold. It was not just a reiteration of known practices, but an obscene demonstration of impunity before any law and a confirmation of the current “Palestinization of the world.” The violation of Venezuelan sovereignty, carried out without a declaration of war and publicly presented as a demonstration of power, did not suspend the international order: it declared it dispensable. Where diplomatic euphemisms, legal ambiguities, or humanitarian alibis once operated, there appeared the direct assertion that force alone is sufficient to legitimize itself. What was shown was not an excess, but a pedagogy of domination directed at the entire world. The names of governments change, ideolexics are updated, moral excuses are recycled, but the script remains intact. Latin America reappears as a space available for exemplary punishment, political experimentation, and the pedagogy of fear.
Regional history is too clear to feign surprise. Military invasions, prolonged occupations, coups d’état, proxy wars, economic blockades, sabotage, kidnappings, and systematic media demonization campaigns have accompanied every attempt at political autonomy, social redistribution, or sovereign control of resources for two hundred years. These were never isolated mistakes or correctable excesses, but rather a persistent policy, sustained by a hierarchical conception of the world that reserves full rights for some peoples chosen by Manifest Destiny and permanent exception for others.
Thinking of Latin America as a savage frontier does not imply accepting an imposed identity, but rather denouncing the imperial gaze that constructed it as such. That imperial gaze not only constructs available territories: it also produces human hierarchies. It decides which lives deserve mourning, which acts of violence deserve scandal, and which can be administered as collateral damage. The international order does not limit itself to regulating conflicts: it distributes sensitivity, legitimizes indifference, and organizes silences. That is why aggression does not begin with missiles, but with the normalization of a language that makes the unacceptable acceptable and renders invisible those who are left out of the distribution of rights. It is a view that naturalizes violence towards the global south with the complicity of its local hangers-on, that racializes conflicts and that shamelessly suspends the principles of international law when they hinder strategic interests. What in other territories would be considered a crime, an act of war, or a flagrant violation of sovereignty, here becomes a “measure,” “pressure,” “preventive operation,” or “assistance for stability.” To a certain extent, brutality has become more overt, and the old excuse of “democracy” has lost its usefulness and appeal. What remains is the defense of “freedom,” the freedom of masters and merchants, and the fear and morality of slaves.
In this sense, Venezuela is not an exception but a dress rehearsal. When a power acts in this way and faces no effective sanctions, the message is unequivocal: the exception becomes the rule. What is tolerated today as a singular case is incorporated tomorrow as an operational precedent. International law does not fall suddenly; it is emptied by an accumulation of silences. A scenario where the limits of what can be done without generating a significant reaction from the international community are tested. What is tolerated today as a singular case will be invoked tomorrow as a precedent.
None of this implies ignoring internal conflicts, discussions, profound conceptions of what democracy is or should be, or social debts, an endemic problem in Latin American countries. We cannot deny this, just as we cannot accept that these tensions enable external aggression—in fact, history repeatedly shows that these imperial aggressions and interventions have been the greatest fuel for social conflicts and underdevelopment in these countries. No internal criticism justifies an invasion. No political disagreement legitimizes the collective punishment of a people. Sovereignty is not a reward for virtue or a moral certification granted from outside: it is the minimum threshold for societies to decide their destiny without a gun on the negotiating table.
Faced with this escalation, the response of much of the international community has been silence, ambiguity, diplomatic lukewarmness, and a lack of concrete measures. This is language that does not seek to stop violence, but to manage it. Words that never name the aggressor, that dilute responsibilities and place the harasser and the resistor on the same level. Latin American history teaches us that great tragedies did not begin with bombings, but with words and excuses that made them tolerable. When aggression becomes normalized, violence advances without resistance.
Defending Venezuela’s sovereignty today does not mean defending a government or closing the internal debate. It means rejecting a logic that reinstates war as a legitimate instrument of international order based on the interests of the strongest. It means affirming that Latin America is not anyone’s backyard or front yard; it is not a sacrifice zone or anyone’s wild frontier. And it also means assuming a basic intellectual responsibility: breaking the historical amnesia before it is rewritten, once again, with the blood of others.
Because remaining silent in the face of aggression has never been neutral. When history finally speaks, it is not usually forgiving those who looked the other way. For many, this is unimportant. For us, it is not.
Signed by
Abel Prieto, Cuba
Adolfo Pérez Esquivel, Argentina
Andrés Stagnaro, Uruguay
Atilio Borón, Argentina
Aviva Chomsky, Estados Unidos
Boaventura de Sousa Santos, Portugal
Carolina Corcho, Colombia
Débora Infante, Argentina
Eduardo Larbanois, Uruguay
Emilio Cafassi, Argentina
Federeico Fasano, Uruguay
Felicitas Bonavitta, Argentina
Gustavo Petro, Colombia
Jeffrey Sachs, Estados Unidos
Jill Stein, Estados Unidos
Jorge Majfud, Estados Unidos
Mario Carrero, Uruguay
Óscar Andrade, Uruguay.
Pablo Bohorquez, España
Pepe Vázquez, Uruguay
Ramón Grosfoguel, Estados Unidos
Raquel Daruech, Uruguay
Stella Calloni, Argentina
Víctor Hugo Morales, Argentina
Walter Goobar, Argentina
Lo que hoy ocurre en Venezuela no es una anomalía ni una desviación inesperada del orden internacional. Tampoco puede leerse como una reacción coyuntural ante un gobierno específico ni como un episodio aislado de tensión diplomática. Es, una vez más, la reaparición de una lógica histórica que América Latina conoce con dolorosa precisión: la de ser tratada como frontera salvaje, ese territorio donde las reglas que rigen para el “mundo civilizado” se suspenden sin escándalo y la violencia se ejerce como si fuera un derecho natural.
Bloqueos económicos totales, confiscación de bienes, operaciones militares encubiertas, amenazas explícitas de intervención y secuestros presentados bajo una nueva versión de las doctrinas Monroe y de la Seguridad nacional que, más bien, se parecen al mito de “el espacio vital” esgrimido por el Tercer Reich hace un siglo. No son desvíos del sistema internacional: son parte de su funcionamiento histórico cuando se trata del Sur Global y de América Latina en particular.
Lo ocurrido el 3 de enero marca, sin embargo, un umbral nuevo. No se trató solo de la reiteración de prácticas conocidas, sino de una demostración obscena de impunidad ante cualquier ley y una confirmación de la actual “palestinización del mundo”. La violación de la soberanía venezolana, ejecutada sin declaración de guerra y presentada públicamente como demostración de poder, no suspendió el orden internacional: lo declaró prescindible. Allí donde antes operaban eufemismos diplomáticos, ambigüedades jurídicas o coartadas humanitarias, apareció la afirmación directa de que la fuerza basta por sí misma para legitimarse. Lo que se mostró no fue un exceso, sino una pedagogía del dominio dirigida al mundo entero. Cambian los nombres de los gobiernos, se actualizan los ideoléxicos, se reciclan las excusas morales, pero el guion permanece intacto. América Latina vuelve a aparecer como espacio disponible para el castigo ejemplar, la experimentación política y la pedagogía del miedo.
La historia regional es demasiado clara como para fingir sorpresa. Invasiones militares, ocupaciones prolongadas, golpes de Estado, guerras por delegación, bloqueos económicos, sabotajes, secuestros y campañas sistemáticas de demonización mediática han acompañado, durante doscientos años cada intento de autonomía política, redistribución social o control soberano de los recursos. No se trató nunca de errores aislados ni de excesos corregibles, sino de una política persistente, sostenida por una concepción jerárquica del mundo que reserva para algunos pueblos elegidos por un Destino manifiesto la plenitud del derecho y para otros la excepción permanente.
Pensar América Latina como frontera salvaje no implica aceptar una identidad impuesta, sino denunciar la mirada imperial que la construyó como tal. Esa mirada imperial no solo construye territorios disponibles: también produce jerarquías humanas. Decide qué vidas merecen duelo, qué violencias escándalo y cuáles pueden administrarse como daño colateral. El orden internacional no se limita a regular conflictos: distribuye sensibilidad, legítima indiferencias y organiza silencios. Por eso, la agresión no comienza con los misiles, sino con la normalización de un lenguaje que vuelve aceptable lo inaceptable y vuelve invisible a quienes quedan fuera del reparto del derecho. Una mirada que naturaliza la violencia hacia el sur global con la complicidad de sus rémoras criollas, que racializa los conflictos y que suspende, sin pudor, los principios del derecho internacional cuando estos obstaculizan intereses estratégicos. Lo que en otros territorios sería considerado crimen, acto de guerra o violación flagrante de la soberanía, aquí se vuelve “medida”, “presión”, “operación preventiva” o “asistencia para la estabilidad”. En cierto grado, la brutalidad se ha sincerado y la antigua excusa de la democracia ya ha perdido uso y atractivo. Queda la defensa de la libertad, la libertad de los amos y mercaderes, el miedo y la moral de los esclavos.
En este sentido, Venezuela no es una excepción sino un ensayo general. Cuando una potencia actúa de ese modo y no enfrenta sanción efectiva alguna, el mensaje es inequívoco: la excepción se convierte en regla. Lo que hoy se tolera como caso singular se incorpora mañana como antecedente operativo. El derecho internacional no cae de golpe; se vacía por acumulación de silencios. Un escenario donde se pone a prueba hasta dónde puede avanzarse sin generar una reacción significativa de la comunidad internacional. Lo que hoy se tolera como caso singular, mañana se invocará como precedente.
Nada de esto implica desconocer los conflictos internos, las discusiones, las profundas concepciones sobre qué es o debe ser una democracia ni las deudas sociales, mal endémico de los países latinoamericanos. No podemos negar esto como no podemos aceptar que esas tensiones habilitan una agresión externa―de hecho, la historia muestra de forma repetitiva que estas agresiones e intervenciones imperiales han sido el mayor combustible de los conflictos sociales y del subdesarrollo de estos países. Ninguna crítica interna justifica una invasión. Ningún desacuerdo político legitima el castigo colectivo de un pueblo. La soberanía no es un premio a la virtud ni una certificación moral otorgada desde afuera: es el umbral mínimo para que las sociedades decidan su destino sin un arma apoyada sobre una mesa de negociación.
Frente a esta escalada, la respuesta de buena parte de la comunidad internacional ha sido el silencio, la ambigüedad, la tibieza diplomática y la ausencia de medidas concretas. Un lenguaje que no busca detener la violencia, sino administrarla. Palabras que nunca nombran al agresor, que diluyen responsabilidades y que colocan en un mismo plano a quien acosa y a quien resiste. La historia latinoamericana enseña que las grandes tragedias no comenzaron con bombardeos, sino con palabras y excusas que las volvieron tolerables. Cuando la agresión se normaliza, la violencia avanza sin resistencia.
Defender hoy la soberanía de Venezuela no equivale a defender a un gobierno ni a clausurar el debate interno. Equivale a rechazar una lógica que vuelve a instalar la guerra como instrumento legítimo de orden internacional basado en los intereses del más fuerte. Equivale a afirmar que América Latina no es patio trasero ni delantero de nadie; no es zona de sacrificio, ni frontera salvaje de nadie. Y equivale, también, a asumir una responsabilidad intelectual básica: romper la amnesia histórica antes de que vuelva a escribirse, una vez más, con sangre ajena.
Porque callar ante una agresión nunca fue neutral. La historia, cuando finalmente habla, no suele ser indulgente con quienes miraron hacia otro lado. Para muchos, esto no tiene importancia. Para nosotros sí.
Firman:
Abel Prieto, Cuba
Adolfo Pérez Esquivel, Argentina
Andrés Stagnaro, Uruguay
Atilio Borón, Argentina
Aviva Chomsky, Estados Unidos
Boaventura de Sousa Santos, Portugal
Carolina Corcho, Colombia
Débora Infante, Argentina
Eduardo Larbanois, Uruguay
Emilio Cafassi, Argentina
Federeico Fasano, Uruguay
Felicitas Bonavitta, Argentina
Gustavo Petro, Colombia
Jeffrey Sachs, Estados Unidos
Jill Stein, Estados Unidos
Jorge Majfud, Estados Unidos
Mario Carrero, Uruguay
Óscar Andrade, Uruguay.
Pablo Bohorquez, España
Pepe Vázquez, Uruguay
Ramón Grosfoguel, Estados Unidos
Raquel Daruech, Uruguay
Stella Calloni, Argentina
Víctor Hugo Morales, Argentina
Walter Goobar, Argentina
*
Trump made a terrible mistake (like so many others) by trying to kidnap Maduro. He will have a show trial, but a complicated one, in the New York courts, and Venezuela will be strengthened against him, since, as we have repeated a thousand times, invading and overthrowing a foreign leader is easy for US elite forces, but then the occupation becomes terribly difficult. That’s why he didn’t put Corina Machado in power, not only because he said she wasn’t respected, but because he needs to extort, as much as possible, a power structure that remained intact.
The objective, more than buying oil from Maduro, is to secure his monopoly so that Iran can be attacked again. A petroleum crisis in the Strait of Hormuz and throughout the Middle East would leave the United States unscathed, would cripple China, and would give Israel free rein to destroy the Iranian government (Israel’s only remaining obstacle) and continue its expansion.
But this plan may well not be perfect. Quite the opposite. In the long run, the invasion of Venezuela will reveal itself as another Hollywood spectacle from Washington, another intervention in a foreign country, and another fiasco in reality. Venezuela did not depend on Maduro as many believe. He wasn’t Saddam Hussein. Even so, Iraq developed its own resilient chaos, like many other cases. Venezuela could be even more decentralized and an unpleasant surprise for Washington.
We have detailed this in several analyses. The last thing I quickly recall was a conversation with a Caracas television channel in mid-December: https://www.youtube.com/watch?v=aydr8JvhtWE&t=578s
Jorge Majfud, 5 de enero de 2026
Trump cometió un terrible error (como tantos otros) al secuestrar a Maduro. Tendrá un show pero complicado en los tribunales de NY y Venezuela se va a fortalecer en su contra, ya que, como repetimos mil veces, invadir y descabezar a un líder extranjero es fácil para las fuerzas de elite de EEUU, pero luego la ocupación se hace terriblemente difícil. Por eso no puso a Corina Machado, no solo porque dijo que no era respetada, sino porque necesita extorsionar en lo posible a una estructura de poder que quedó intacta.
El objetivo, más que comprarle petróleo a Maduro es asegurarse su monopolio para que se pueda volver a atacar a Irán. Una crisis petrolera en el estrecho de Ormuz y en todo Oriente Medio dejaría intacto a Estados Unidos, golpearía a China y le daría pase libre a Israel para destruir el gobierno iraní (el único escollo sobreviviente de Irael) y continuar su expansión.
Pero este plan bien puede no ser perfecto. Todo lo contrario. A largo plazo, la invasión a Venezuela se revelará como otro espectáculo hollywoodense de Washington, otra intervención en un país extranjero y otro fiasco en la realidad. Venezuela no dependía de Maduro como muchos creen. No era Sadam Hussein. Aun así, Irak desarrolló su propio caos resistente, como muchos otros casos. Venezuela podría ser aún más descentralizado y una desagradable sorpresa para Washington.
Esto lo hemos detallado en varios análisis. Lo último que recuerdo rápido fue una conversación con un canal de Caracas, a mediados diciembre :
Jorge Mjafud, enero 5, 2025
Nota de ayer en Pagina12: https://www.pagina12.com.ar/2026/01/04/el-emperador-esta-desnudo/

Debe estar conectado para enviar un comentario.