La narrativa aglutinante de un imperio (I, II, III, IV)

La narrativa aglutinante de un imperio (I)*

Uno de los escritores y críticos más relevantes de la historia de Estados Unidos, Mark Twain, no sólo fue prolífico en sus denuncias contra el imperialismo de su país, sino que, junto con otros destacados intelectuales de la época, en 1898 fundó Liga Antiimperialista, la que tuvo sede en una decena de estados hasta los años veinte, cuando comenzó la caza de antiamericanos, según la definición de los fanáticos y mayordomos que siempre se amontonan del lado del poder político, económico y social. Para estos secuestradores de países, antiamericano es todo aquel que busca verdades inconvenientes, enterradas con sus víctimas, y se atreve a decirlas. Hasta el día de hoy han existido estadounidenses y extranjeros de probada preparación intelectual y valor moral que han continuado esa tradición de resistencia a la arbitrariedad, a la brutalidad de la fuerza y a la narrativa del más fuerte, a pesar de los peligros que siempre acarrea decir la verdad sin edulcorantes. Este fanatismo ha llegado a la desfachatez de algunos inmigrantes nacionalizados que acusan a aquellos ciudadanos nacidos en el país de no ser lo suficientemente americanos, como supuestamente son ellos cuando van a la playa con pantalones cortos pintados con la bandera de su nuevo país.

Pero si la gente de la cultura, del arte y de las ciencias está de un lado, es necesario mirar al lado opuesto para saber dónde está el poder y sus mayordomos. En noviembre de 1979, la futura asesora de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick, promotora de la asistencia a las dictaduras militares, los Contras y los escuadrones de la muerte en América Latina, había publicado en la revista Commentary Magazine una idea enraizada en el subconsciente colectivo: “Si los líderes revolucionarios describen a los Estados Unidos como el flagelo del siglo XX, como el enemigo de los amantes de la libertad, como una fuerza imperialista, racista, colonialista, genocida y guerrera, entonces no son auténticos demócratas, no son amigos; se definen como enemigos y deben ser tratados como enemigos”.

Este es el concepto de democracia de la mentalidad imperialista y de sus servidores que detestan que los llamen imperialistas y que tiene, por lo menos, 245 años. ¿Cómo se explica esta contradicción histórica? No es muy difícil. Estados Unidos posee una doble personalidad, representada en el héroe enmascarado y con dos identidades, omnipresente en su cultura popular (Superman, Batman, Hulk, etc.). Es la creación de dos realidades radicalmente opuestas.

Por un lado, están los ideales de los llamados Padres Fundadores, los cuales imaginaron una nueva nación basada en las ideas y lecturas de moda de la elite intelectual de la época, las ideas del humanismo y la Ilustración que también explotaron en Francia en 1789, el mismo año en que entró en vigor la constitución de Estados Unidos: liberté, égalité, fraternité. La mayoría de los fundadores, como Benjamín Franklin, era francófilo. Diferente al resto de la población anglosajona, Washington solo iba a la iglesia por obligación social y política. El más radical del grupo, el inglés rebelde Thomas Paine, el principal instigador de la Revolución americana contra el rey George III, la monarquía y la aristocracia europea, era un racionalista y látigo de las religiones establecidas. El padre intelectual de la democracia estadounidense, Thomas Jefferson, había aceptado la ciudadanía francesa antes de convertirse en el tercer presidente y sus libros fueron prohibidos por ateo. No era ateo, pero era un intelectual francófilo, secularista y progresista en muchos aspectos. Pero también era un hijo de la realidad opuesta: al tiempo que promovía ideas como que todos los seres humanos nacemos iguales y tenemos los mismos derechos, Jefferson y todos los demás Padres Fundadores eran profundamente racistas y tenían esclavos que nunca liberaron, incluidas las madres de sus hijos.

Aquí la otra personalidad de Estados Unidos, la que necesita de la máscara para convertirse en el superhéroe: se formó con los primeros peregrinos, los primeros esclavistas y continúa hoy, pasando por cada una de las olas expansionistas: una mentalidad anti iluminista, conservadora, ultra religiosa, practicante de la auto victimización (justificación de toda violencia expansionista) y, sobre todo, moldeada en la idea de superioridad racial, religiosa y cultural que confiere a sus sujetos derechos especiales sobre los otros pueblos que deben ser controlados por el bien de un pueblo excepcional y con un destino manifiesto, para el cual cualquier mezcla será atribuida al demonio o a la corrupción evolutiva, al mismo tiempo que celebra “el crisol de razas”, la libertad y la democracia.

Estados Unidos es el gigante producto de esta contradicción traumática, la que conservará siempre desde su fundación y los sufrirán “los otros”, desde los indios que salvaron del hambre a los primeros peregrinos y los que fueron exterminados para expandir la libertad del hombre blanco, hasta las más recientes democracias destrozadas en nombre de la libertad. Todo lo cual ha llevado a que, como ningún otro país del mundo moderno, Estados Unidos nunca haya conocido un lustro sin guerras desde su fundación. Todo por culpa de los demás, de los otros que nos tienen envidia y nos quieren atacar, con el resultado estimado de millones de muertos debidos a esta tradición de guerras perpetuas “de defensa” en suelo extranjero.

(continúa)

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (II)*

Poco después de la independencia de las 13 colonias del Imperio Británico, las bases militares se llamaban Fuertes (razón por la cual hoy existen miles de ciudades llamadas Fort…) y no estaban en islas lejanas sino en el corazón de las naciones indígenas, a las que se las acusaba de representar un peligro para la sobrevivencia de Estados Unidos, se les arrebataba enormes territorios y se eliminaba millones de salvajes. Por entonces, los fuertes se encontraban a varias semanas de distancia del territorio nacional, es decir, mucho más lejos que la Europa de la época y mucho más lejos de lo que se encuentran las bases militares hoy en día.

Así como comienza la historia de Estados Unidos en los territorios indígenas, continuará con el despojo de los territorios mexicanos, con los protectorados en el Caribe, en América Central y en Filipinas. Así continuará con las dictaduras impuestas en el Tercer Mundo, con las guerras perdidas en Asia, con las masacres de Corea, Vietnam e Irak, y así continúa hoy con las 800 bases militares en 85 países que, como los forts en tierras indígenas dos siglos antes, son para proteger “la libertad de la nación” y de otras naciones. Nada que ver con el imperialismo británico y todos los otros nuevos imperialismos contra los cuales, de forma “altruista y desinteresada”, Washington luchaba entonces y se sigue luchando dos siglos años después.

Como una de las hijas de esta contradicción fundacional, la definición de libertad ha sido siempre muy particular y necesaria. El divorcio entre la narrativa y la práctica ha sido siempre funcional y radical. Una enmascara a la otra, como el traje de los superhéroes enmascarados de doble personalidad. Un siglo y medio atrás, los fanáticos anglosajones del sur promovían, en el Congreso y en la prensa, la expansión de la esclavitud en los nuevos territorios tomados por la fuerza como forma de “expandir la libertad”. Ahora, como lo escribió la consejera de Reagan, Jeane Kirkpatrick, si alguien piensa diferente y lo dice, es un enemigo. De forma implícita, por Estados Unidos se asume que se está hablando de un grupo ideológico (en este caso conservador, de extrema derecha) que se arroga el derecho de excluir a cualquier otro grupo, a millones de ciudadanos que piensan diferente y se atreven a decirlo. Es una estrategia antigua, más antigua que la Inquisición, que cuesta reconocer, incluso en frases obvias como la propagada por la pasada dictadura brasileña: “Brasil, ame-o ou deixe-o”. Traducción: “nosotros, y sólo los que piensan como nosotros, somos Brasil; si no estás de acuerdo con nuestro gobierno, con nuestra hegemonía, entonces odias este país, eres enemigo y debes irte o sufrir las consecuencias”. De algo parecido ha pecado la ortodoxia cubana (y ahora venezolana, también) desde una ideología opuesta, aunque desde una perspectiva histórica no sólo son la consecuencia del brutal fanatismo imperialista que se remonta a doscientos años atrás, sino una clara minoría en el actual contexto internacional. En este tipo de trampas, que hasta un niño de tercer año de escuela cuestionaría, caen millones de distraídos cada día.

El caso de Estados Unidos, como todo, posee sus propias particularidades. El hecho de que desde su fundación y desde la escritura de su mítica constitución no se inició como un reino absolutista y centralizado, sino fragmentado en trece colonias; el hecho de que no se inició como un pueblo unido sino como una sociedad quebrada (donde existía una raza que gobernaba por ser blanca, otra que no existía por ser salvaje y otra que era esclava por ser negra) la obsesión por la Unidad como condición de sobrevivencia recorrerá toda su historia. Pero, como todo miedo, también este se traduce en agresión y violencia. El exacerbado miedo anglosajón se traducirá en una obsesión por las guerras.

Doscientos años más tarde, en tiempos del Tea Party y de Donald Trump, sus partidarios ondearán en sus casas y en sus SUV banderas amarillas con una serpiente enroscada sobre una amenaza: “Don’t Tread on Me (No pases encima de mí)”. El “Me (Yo)” es central en el lenguaje y en la cultura anglosajona. Aunque los cristianos odian las serpientes, sean chinas o mexicanas, aquí la serpiente representa la unión de los estados de la costa Atlántica. En 1754 Benjamín Franklin había publicado una viñeta con una serpiente cortada en trece pedazos bajo el título “Unión o muerte”. En un artículo fundacional, publicado por el Pennsylvania Journal en 1775, el mismo Benjamín Franklin propuso que la serpiente de cascabel debía ser el símbolo de los estadounidenses “porque nunca ataca primero… pero sus heridas, aunque pequeñas, son decisivas y mortales”. Este mito fundador, que analizaremos en este libro (“ellos nos atacaron primero”), se perpetuó por los siguientes doscientos años con sus diversas variaciones de época.

Por otro lado, y por una razón más práctica que psicológica, esta misma constelación de trece colonias obligó al nuevo país a mantener una permanente discusión y negociación entre su élite gobernante sobre los temas fundamentales y hasta sobre los más irrelevantes. La repetida democracia en la tierra de la libertad fue, en realidad, una dictadura étnica que obsesivamente negó su propia condición de dictadura con una narrativa de tipo religiosa. En nombre de la fragmentación (de estados, de razas, de clases sociales) predicó la Unión; en nombre de la Libertad practicó y expandió a otros países la esclavitud y el monopolio; en nombre de la tolerancia, del crisol de razas, y de la apertura practicó, desde su fundación, una rígida y nunca superada discriminación racial y cultural.

La sola fragmentación de sus estados (no sólo en trece colonias sino entre Norte y Sur) obligó al sistema político estadounidense a un esfuerzo narrativo superior al necesario en cualquier otro país, en cualquier otro imperio más centralizado y dominado por un rey o por un dictador personal. Para alcanzar el consenso político y la convicción social de las grandes decisiones expansionistas en base a la obsesión de la superioridad racial anglosajona era necesario lograr narrativas aglutinantes como, por ejemplo, la creativa idea del Destino manifiesto (regado en las tabernas con abundante ron y whisky barato), algo que justificara cualquier acción en contra de los supuestos principios de la ley, la democracia, la libertad, la igualdad, el derecho y la justicia. La narrativa aglutinante será la justificación que convertirá un crimen colectivo (el genocidio indígena, el robo de la mitad de México luego de varios intentos para ser “atacados primero”) en un acto de heroísmo individual. Así se alcanzará “una más perfecta unión” (frase favorita del expresidente Obama) al tiempo que se justificará la expansión de la esclavitud a millones de hombres y mujeres por el color de su piel gracias al despojo de los territorios indígenas y mexicanos, donde la esclavitud era ilegal. Todo en nombre de un ataque indígena y de una ofensa mexicana que nunca existió, y luego del rechazo a anexar el resto de México y los países más débiles al sur para no agregar más negros y mestizos a la sagrada Unión, sobre todo cuando los negros ya no podían ser esclavos por ley. Un siglo más tarde, la misma idea fue sustituida por la nueva excusa del ataque preventivo en la lucha contra el comunismo. La fiebre narrativa transmitida a través de la prensa y los discursos políticos en base a ideas simples y arbitrarias se realizará de la misma forma que una verborragia prédica protestante se basa en una sola frase bíblica.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (III)*

Estados Unidos fue fundado en base a una contradicción fundamental: por un lado, el humanismo ilustrado de la élite de los Padres fundadores y, por el otro, una cultura más extendida basada en el mito de la superioridad de la raza anglosajona, elegida por Dios. Esta contradicción se superará en 1828 cuando Andrew Jackson, un racista, genocida y analfabeto sureño arrase en las elecciones contra el último presidente de la generación fundadora, John Quincy Adams, e inicie la primera refundación del país. Hasta entonces, el mito fundador, las narrativas aglutinantes habían atacado desde el principio el absolutismo europeo. Al fin y al cabo, la Revolución estadounidense de 1776 se había realizado contra el rey George III mientras los Padres fundadores se encontraban seducidos por las nuevas ideas de la Ilustración europea que luego llevarán a Francia a su propia revolución en 1889. A partir de Andrew Jackson, “los amigos de la libertad” ya no serán los intelectuales de Franklin y Jefferson sino los “hombres de la frontera”, los Daniel Boone con un hacha en una mano y una escopeta en la otra. Las dos generaciones se odiarán por sus ideas, pero compartirán el mismo racismo, una más criminal y más honesta que la anterior.

Desde antes de la Doctrina Monroe de 1823 y por los siglos por venir, las declaraciones contra cualquier injerencia de cualquier potencia europea (las únicas potencias imperiales posibles por entonces) en al Patio trasero de Estados Unidos debían ser aniquiladas a cualquier precio, sea por la vía diplomática, financiera o directamente a través de la guerra (contra países pobres, naturalmente). Si consideramos la historia previa de agresiones contra las naciones indígenas y los prematuros deseos de tomar Florida, Cuba y el norte de México, podemos entender (o al menos sospechar) que la Doctrina Monroe no tenía en mente tanto Europa como los pueblos más débiles del Oeste y del Sur, poblados por razas inferiores. Para ello, esta doctrina, expresión legalizada del fanatismo anglosajón, se fue actualizando acorde a las necesidades históricas: Doctrina Richard Olney (1895), corolario Theodore Roosevelt (1905), corolario George Kennan (1950) y doctrina Jeane Kirkpatrick (1980; para defender sus intereses, Estados Unidos debe apoyar a dictaduras de extrema derecha en el Tercer mundo, sin sentimientos de culpa).

Por otro lado, la principal narrativa aglutinante que promovió y justificó el expansionismo estadounidense desde 1780 hasta 1945 fueron abiertamente raciales, una mezcla de la Biblia con El origen de las especies de Darwin. En 1900, por poner sólo un ejemplo, el senador Albert Beveridge repetía ideas por entonces rutinarias en el mismo Congreso que resumen esta poderosa mentalidad: “Dios no ha venido preparando al pueblo teutónico de habla inglesa por mil años para nada, para que nos admiremos de nuestra propia belleza. Pues no. Dios nos ha hecho los amos de la organización para que corrijamos el caos que reina en el mundo… Esta es la misión Divina de Estados Unidos y por eso merecemos toda la felicidad posible, toda la gloria, y todas las riquezas que se deriven de ella… Sólo un ciego no podría ver la mano de Dios en toda esta armonía de eventos… Señores, recen a Dios para que nunca tengamos miedo de derramar sangre por nuestra bandera y su destino imperial”. Sangre ajena, está de más decir.

Esta mentalidad, ahora disimulada en los medios, en los bares y hasta en la misma academia, permea toda la historia y el presente del país. En la declaración de Independencia de 1776 se proclamaba que “todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de derechos inalienables, como lo son el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” mientras que la Constitución de 1887 se iniciaba con la famosa frase “Nosotros, el Pueblo”. Hay un detalle: “nosotros” y “todos los hombres” no incluían a los esclavos negros ni a los indios ni a ningún otro grupo que no fuese blanco y propietario, dos condiciones para ser considerados ciudadanos responsables. Así será para la constitución por al menos un siglo, y a esa brutal dictadura de una pequeña minoría (cuyas leyes protegían y promovían la esclavitud, la persecución, el secuestro, la tortura, el despojo y el genocidio) se la llamará “democracia”. No por casualidad democracia y libertad serán las dos palabras más usadas desde el inicio para justificar la esclavitud, el robo de tierras, las limpiezas étnicas y las múltiples violaciones de tratados firmados con las razas inferiores. Cuando las populosas naciones indias fueron despojadas de sus tierras, desplazadas y exterminadas, lo fueron en nombre de la “expansión de la libertad”. Cuando se despojó a México de la mitad de su territorio con una guerra inventada con excusas que ni sus generales creían, no sólo se convirtió a sus habitantes en ciudadanos de segunda categoría, sino que se los expulsó en la medida de lo posible y se reinstaló la esclavitud donde antes era ilegal. Todo fue hecho para “expandir la libertad”. Cuando no se quiso seguir anexando lo que quedaba del México antiguo, ni se quiso a las repúblicas de América Central y del Caribe como nuevos estados fue porque estaban demasiadas llenas de negros y mestizos, lo cual podía contaminar la Unión. Entonces se establecieron protectorados y brutales dictaduras bananeras para imponer “el orden y la libertad”. En algunos casos los dictadores fueron aventureros privados (William Walker), abogados oficiales (William Taft), hombres de negocios (Theodore Roosevelt, hijo) o directamente marines (Faustin Wirkus), pero en la mayoría consistieron en marionetas criollas, marionetas de Washington con poder absoluto para tomar las tierras de los pobres, de los indios, para violar a sus mujeres y garantizarles a las empresas estadounidenses toda la protección posible aparte de tierras gratis y de exoneración de impuestos.

Cuando las poderosas empresas privadas continuaron empujando las fronteras, imponiendo otras dictaduras militares en América latina más allá del Patio trasero o, simplemente, presionando a los legisladores criollos para garantizar su derecho a exterminar cualquier otra opción económica o social en la región, también se lo hizo en nombre del “imperio de la libertad”. De hecho, luego del fiasco de la gira de Nixon por América del Sur en 1958, el presidente Eisenhower notará que, por alguna razón, en aquellos países donde Washington había sostenido dictaduras como la de Pérez Jiménez en Venezuela, la palabra “capitalismo” estaba asociada a “imperialismo”, por lo cual ordenó reemplazarla por “libertad de empresa” o, simplemente, por “libertad”. Siempre la libertad. ¿Qué hay más sexy que la libertad, aunque se trate de un perfecto masoquismo?

Estas ideas, que en el siglo XIX alcanzaron el estatus de Derecho internacional con el monopolio moral de una sola nación (“la raza libre”), fueron dominantes durante varias generaciones antes de ser reemplazadas por la “lucha contra el comunismo” durante la Guerra Fría a mediados del siglo XX. Luego de la desaparición de la Unión Soviética, se continuará la misma tradición de dictar sobre las razas y los pueblos inferiores en favor de nuestras empresas. Las excusas deberán adecuarse una vez más. En los países con petróleo y sin coca de Medio Oriente se lanzará la “guerra contra el terrorismo islámico”; en los países latinoamericanos, con coca y sin musulmanes, se lanzará la loable y sangrienta “guerra contra las drogas”. El narcotráfico no sólo será una nueva excusa para criminalizar negros en Estados Unidos e intervenir en democracias vigiladas de América Latina, sino que, además, será una fuente de ingreso de dictadores amigos y de empleados de la CIA, como el dictador panameño Manuel Noriega y los paramilitares colombianos.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

La narrativa aglutinante de un imperio (IV)*

Durante la Guerra Fría, al mismo tiempo que Washington consideraba que la presencia de Moscú en la región era prácticamente inexistente (en los años cincuenta sólo México, Buenos Aires y Montevideo tenían una embajada soviética), propagaba lo contrario. Las clases dirigentes latinoamericanas, por obvias y diversas razones económicas, lo repetían sin dudar. Más abajo, quienes nunca recibieron un dólar colaboraban con fanatismo. Algo parecido a lo que la CIA llamaba “colaboradores honorarios” para referirse a los periodistas que no recibían paga por el servicio de reproducir sus ingeniosos inventos informativos escritos en Miami y Nueva York.

Debido a la derrota del nazismo en Europa, el viejo racismo y el nuevo nazismo estadounidense tuvo que esconderse y llamarse a silencio por un tiempo. Unos pocos volvieron a las máscaras del Ku Klux Klan y el resto se travistieron con nuevos discursos xenófobos sobre los límites fronterizos, el peligro de los inmigrantes (se agregó lo de ilegal para adaptarlo al mito legitimador del límite fronterizo, no de la frontera) y la eterna victimización de la raza caucásica, la más patriótica de todas, siempre amenazada desde abajo. De hecho, Adolf Hitler, (líder ampliamente admirado entre varios poderosos políticos y empresarios como Henry Ford, Torkild Rieber, y numerosos directores de la CIA y el FBI) ni siquiera tuvo ideas radicales; las recibió digeridas de esta tradición estadounidense, como él mismo lo reconoció.

La nueva “política del buen vecino” de Franklin Roosevelt y la inevitable retórica democrática de los Aliados contra Hitler lograrían más tarde desmantelar varias dictaduras de extrema derecha en América Latina, pero este desaliento duró lo que dura la Navidad. Lo mismo la retirada de los militares pronazis en países como Bolivia, Paraguay o Guatemala. Apenas concluida la Segunda Guerra, Estados Unidos, convertido en la primera superpotencia mundial sobre las cenizas de Europa y Japón, había identificado a su más importante aliado durante la guerra, la Unión Soviética, como el desafío número uno a su hegemonía. Rápidamente, las simpatías por los nazis volvieron a su estatus anterior. En Washington, quienes no simpatizaban con los nazis los usaron en la supuesta lucha contra el comunismo y para desarrollar programas más constructivos como la NASA. En Países con numerosa población indígena como Guatemala, Paraguay, Bolivia y parte de Chile, las comunidades alemanas y los militares pronazis, con su sentido de la superioridad racial y social, accedieron rápidamente al poder y, consecuentemente, Washington y las transnacionales estadounidenses los vieron como aliados naturales a los cuales apoyaron con capitales, con propaganda ideológica y con diversos complots, la mayoría de las veces organizados por la CIA.

En América latina el conflicto central no radicó en el comunismo ni en las razas impuras, sino contra cualquier fuerza independentista que pusiera en cuestionamiento la superioridad anglosajona y el derecho de Washington a dictar a su antojo. En 1909, por ejemplo, el gobierno de Nicaragua, uno de los pocos gobiernos capitalistas (con algunas políticas progresistas) que había logrado un resonante éxito, no sólo en materia social sino también recuperando la costa caribeña en manos de Gran Bretaña, fue destruido por un golpe militar orquestado en Washington. La razón no era ni su capitalismo ni su progresismo, sino su independencia y su inaceptable éxito. Así veremos, a lo largo de esta historia, una sucesión de excusas: defensa de la raza, imposición del orden en países demasiado lleno de negros y de indios y, finalmente, lucha contra el comunismo —aun cuando el comunismo era una fuerza irrelevante, como en Guatemala. El verdadero problema era otro. Antes que Washington decidiera destruir el gobierno de José Santos Zelaya en Nicaragua, a quien llamó cada vez que pudo “tirano” y “dictador”, ese país era el más próspero y desarrollado de América Central. Luego de medio siglo de desestabilizaciones y de la larga dictadura de la familia Somoza, impuesta y apoyada por Washington en nombre de la libertad, Nicaragua se convirtió en el país más pobre y más embrutecido de la región. Cuando en 1979 Nicaragua se liberó de la dictadura de los Somoza, fue acosada otra vez por Washington, a fuerza de dólares, bombas y propaganda internacional, siempre en nombre de la libertad —no vaya alguien a pensar otra cosa.

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, de Jorge Majfud (tapa dura>>, edición económica >>)

jm, mayo 2021

Un comentario en “La narrativa aglutinante de un imperio (I, II, III, IV)

  1. Felicitaciones y gracias por tanta argumentación bien documentada! Sigo pensando que el odio a Cuba es porque se niega a aceptar una sociedad donde alguien pueda aprovecharse del trabajo de otro.Lastima debe dar una sociedad que se condena a sí misma a tanta mentira.Vi una película llamada “el encierro ” donde una “familia” tortura gasta la muerte a una pobre muchachita inocente, todos vecinos que concurrían a la iglesia y a la escuela! Eso es posible solo si hay una falta total de conciencia y una hipocresía incalificable Me dejó una impresión espantosa! Eso ocurrió en Indiana en 1965.Luego la policia le hace una placa recordatoria!

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