“Que vuelvan las botas”

“Que vuelvan las botas”

 

Según el diario La República, “constitucionalistas y especialistas en derecho penal consideran que las expresiones de la dirigente del Partido Nacional Ana María Ugolini de que ‘vuelvan las botas ya’, constituye un delito de incitación a la violencia, ya que se interpreta como una instigación al golpe de Estado”.

En mi modesta opinión, aunque la legislación uruguaya tiene sus particularidades,  como todas, creo que la libertad de expresión debe ser algo radical. Es uno de los pocos principios que se pueden establecer en una ley o en una constitución y llevarla a la práctica, pese a su idealismo. Si limitamos la libertad de expresión en cualquier sentido, luego alguien más podrá continuar recortándola con cualquier otro argumento.

Cuando criticamos el excesivo poder de los grandes medios de prensa, no lo hacemos para limitar la libertad de nadie sino para potenciar la libertad de todos por igual, aunque esto de la libertad es un principio idealista casi imposible de llevarlo a la practica; no solo porque toda libertad está naturalmente limitada por mil factores (existenciales, económicos, políticos, culturales, intelectuales), sino porque libertad sin poder no existe, razón por la cual lo ideal no es la libertad, a secas, sino la “igual-libertad” de cada individuo.

El peor castigo de estupideces como “que vuelvan las botas”, dicho por alguien que participó de una elección y perdió, es haberlo dicho. Y si quien sostiene estas palabras no se avergüenza de semejante barbarismo antidemocrático, de cualquier forma es siempre conveniente que todos sepan qué piensan realmente algunos políticos.

¿O alguien cree que es mejor que los golpistas permanezcan en las sombras o camuflados de otra cosa?

Ya bastante trabajo tenemos con la autocensura, con la tiranía de lo políticamente correcto, de las narrativas y narraturas sociales; ya bastante trabajo tenemos todos con el miedo de aquellos que no dicen lo que realmente piensan por no sufrir las consecuencias de alguien con más poder, como un empleado que teme perder su modesto trabajo si critica a su jefe; como un periodista que sabe que los anunciantes de los cuales depende su diario pagarán con su silencio y su magnánima retirada cualquier discrepancia ideológica, porque ése es su derecho, el derecho a la dulce y silenciosa extorción que por todas partes ejercen quienes tienen dinero en desproporciones significativas, que es cuando el dinero merece realmente llamarse “efectivo”.

Si se modificara la ley que impide que la libertad de expresión sea radical y absoluta, los ciudadanos decentes podrían entrarse de muchas cosas de sus vecinos, como los odios raciales, sexuales, ideológicos, religiosos, etc. Claro que siempre queda el viejo recurso de la hipocresía, pero al menos los más honestos hijos de puta saldrían de vez en cuando de sus closets de odio.

¿Alguien puede ser acusado de incitar a la violencia por decir lo que piensa, demostrando, de paso, una grave discapacidad intelectual?

Bueno, pero qué no es incitación a la violencia en un mundo como el nuestro que dista aun varios siglos ser un mundo civilizado? ¿No es todo un orden mundial la más perfecta incitación a la violencia? ¿No es toda nuestra cultura consumista, del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, una incitación a la violencia? ¿No es la ignorancia la más radical y la más antigua de todas las incitaciones a la violencia? Con el agravante de que cada día somos más ignorantes a medida que nos convertimos en cyborgs, primero, y en robots, después. ¿Vanos a protegernos de la ignorancia prohibiendo que los ignorantes hablen? No, no; que hablen.

El odio no se previene callando y mucho menos imponiendo silencio. Por el contrario, se pudre, y no se detecta hasta que hiede y es demasiado tarde para advertirlo. Es mejor escuchar y leer estos barbarismos con nombre y apellido que verlos multiplicados como la peste en los foros anónimos de los diarios electrónicos, donde la gente va a vomitar todas sus frustraciones.

Algo positivo hay que reconocerle a esta señora: dio la cara y firmó con su nombre, cosa que ya se está volviendo una rareza en esta cultura global de la incitación al odio y a la violencia.

 

Jorge Majfud

 

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