El realismo mágico capitalista

(El audio es interpretación libre, no responsabilidad del autor. El autor discrepa con algunos puntos del diálogo, como que su texto “construye un arquetipo sin datos antropológicos”. Por el contrario, toda la primera mitad de este ensayo está basado en su investigación en curso El origen de la democracia y en datos duros y concretos de cada especialidad documentada.)

El realismo mágico capitalista

Los pueblos nativos que encontraron los jesuitas y otros exploradores en América del Norte siempre se reían de las ideas de los colonos (la cita es una síntesis personal de varios documentos):

“Ustedes dicen que son libres y todo lo que hacen lo hacen por obediencia a sus reyes, a sus capitanes, a sus chamanes, a sus esposos…”

Si los líderes no convencían a sus pueblos en sus asambleas, los pueblos y hasta los individuos simplemente se retiraban y desobedecían. Lo mismo las mujeres con respecto a sus hombres. Las mujeres y los guerreros tenían derecho a vetar las resoluciones de guerra de las asambleas si no los convencían los argumentos.

Los militares, religiosos e intelectuales europeos que asistieron a esas asambleas y a reuniones con los blancos reconocían que “los salvajes” nunca olvidaban nada; nadie les ganaba un argumento. Los salvajes no castigaban a sus niños; los dejaban equivocarse para que se educaran en la experiencia. Adoptaban sin restricción a gente de cualquier etnia, incluso europeos y africanos. No tenían cárceles, porque el acusado debía reparar a la víctima y la vergüenza de la sentencia ya era un castigo doloroso. Los salvajes consideraban la pérdida de control personal por pasiones como una muestra de poca educación y de inferioridad espiritual. Por lejos, eran más realistas que los fanáticos europeos. Escribió un jesuita francés que, una vez, discutiendo la existencia del infierno, argumentaron que no podía existir fuego debajo de la tierra porque allá abajo no había madera sino piedras, y porque el fuego necesita aire. Terminaron aceptando el argumento del fuego sin oxígeno cuando los curas encendieron una piedra de azufre, pero lo del infierno continuó siendo resistido por pueblos como los iroqueses, que derrotaron por tres siglos a franceses y británicos porque su organización social era superior a la de los europeos, porque tenían una defensa militar basada en la cooperación y en el conocimiento de su tierra, y porque no se creyeron las historias fanáticas de ganarse el cielo por el martirio y el sufrimiento. Vivían más, eran más altos y más sanos. Inventaron la farmacéutica moderna y la verdadera democracia. Tenían menos guerras, trabajaban menos días, no conocían la depresión y el suicidio era casi desconocido hasta que llegó el hombre blanco con su ron, su pérdida de control y su concepto fantástico del individuo. Conocían el tabaco, pero no el tabaquismo ni las adicciones introducidas por el mercantilismo. No existía la propiedad privada de la tierra.

Sí, no eran santos. Sí, a lo largo de la historia hubo muchas culturas fanáticas, pero pocas más fanáticas que la que surgió con el capitalismo en el siglo XVII. Como prueba, bastaría mencionar que el dogma más destructivo y fanático de los últimos siglos afirma que “Mi egoísmo es bueno para el resto de la sociedad” y recibir en menos de dos segundos ataques epidérmicos de sus fanáticos defensores, sobre todo de individuos empobrecidos y esclavizados de cuerpo y alma.

Podríamos seguir, como otras demostraciones de fanatismo radical que pasan, como todo fanatismo, por sentido común: esclavizar a millones de personas por su color y convertirlos en propiedad privada hereditaria. Masacrar a cientos de millones de humanos por la única avaricia del capital, del enriquecimiento, y hacerlo en nombre de la libertad. Incluso, bajo la bandera del cristianismo (desde las Cruzadas, la Inquisición y el esclavismo hasta los brutales imperios que sobreviven de diferentes formas), dando vuelta la idea de Jesús de que es casi imposible para un rico subir al Cielo por la idea de que si eres rico es porque Dios te ama y con dólares te comprarás el Paraíso. ¿No tenían razón los pueblos nativos sobre el absurdo de nuestras convicciones sobre la libertad?

Susana Groisman me confesó sus frustraciones con el actual gobierno de Uruguay.

“No es esto lo que yo voté. Voté a un partido y gobierna un grupo de personas”.

Este es otro aspecto de la “americanización de Europa” y de “America latina”. La primera elección presidencial que viví en Estados Unidos fue la de 2004. Una de las cosas que más me sorprendió fue que los candidatos hablaban de ellos como personas, como individuos (I will.., Me, I am… I believe…) y no del programa del partido, como estaba acostumbrado a escuchar en Uruguay: “El individuo no importa; lo que importa es el programa de gobierno del partido”. Bien o mal, estos programas se publicaban y repartían entre la gente. Aunque no todos lo leían, al menos era una forma de contrato político.

Luego supe que el “yo” (Me, I) solo es importante para la cultura protestante de sus votantes porque, en realidad, quienes decidían y deciden no eran ni son los partidos ni los líderes (hombres), sino las corporaciones financieras. Casi lo mismo ocurre ahora en Uruguay y en otros países latinoamericanos, pero el proceso ha sido tan gradual que la gente se acostumbró sin percibir la inoculación.

Una caricatura de esto lo vimos a principios del 2026, después de que Washington quebrara todas las leyes internacionales bloqueando el petróleo venezolano, secuestrando sus cargueros, practicando ejecuciones sumarias a supuestos narcotraficantes en lanchas sin capturarlos para llevarlos ante una corte (muchos resultaron ser pescadores), secuestrando a su presidente bajo acusaciones que el mismo Washington reconoció ser falsas (como el Cartel de los Soles); justificando ejecuciones sumarias de sus propios ciudadanos por grupos paramilitares enmascarados (ICE), como fue el caso de Renee Nicole Good, por tratarse de (a) una izquierdista provocadora, (b) una terrorista que insultó a los agentes secretos y luego intentó huir y (c) por ser lesbiana, madre de tres niños. Un día después, un periodista del New York Times le preguntó al presidente en la Casa Blanca si existían límites a su poder:

Sí. Mi propia moral. Mi propia conciencia. Es lo único que puede detenerme”.

Todo esto es la descripción perfecta de un régimen dictatorial, ya no al estilo plutocrático de las corporaciones (P=d.t), sino de la más primitiva tradición del dictador bananero, tipo El otoño del patriarca, donde incluso el realismo mágico de García Márquez se expresa con la prohibición en la Universidad de Texas A&M de los libros de Platón por zurdo woke.  

Susana me respondió con una pregunta:

“Entonces, ¿qué se puede hacer?”

La respuesta es la misma que repetimos desde hace añares: (1) No existe posibilidad de ninguna democratización mientras el poder continúe concentrado en los centros financieros. (2) Esa concentración se ha ido radicalizando, lo cual podemos verlo no solo en la “americanización de Occidente”, desde hábitos consumistas, políticos y en sus sistemas educativos, sino que, en su fase final, estamos entrando ya en una (3) “doble palestinización del mundo”. Es decir, (4) los sistemas electorales de las democracias liberales han contenido algo del neofeudalismo capitalista, pero nunca lo cambiarán.

(5) El cambio llegará por una crisis global, masiva. Entiendo que estamos en la etapa de acumulación de presión popular. No podemos decir cuándo ocurrirá, pero sí que es inevitable una explosión social e internacional.

Lo que podemos hacer es poco, pero necesario: (7) resistir. Las resistencias han sido siempre el motor del progreso social (ver “Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción”) .

Como lo prueba la historia, (8) ninguna resistencia ha sido suficiente para cambiar un sistema histórico, como el capitalismo, pero (9) los individuos no tenemos múltiples vidas para esperar siglos. No podemos acabar con uno de los sistemas más crueles y fanáticos que ha creado la humanidad, el capitalismo, pero sí podemos revertir o limitar algunas de sus supuraciones, el neoliberalismo y el fascismo.

Los esclavos pueden sobrevivir a la esclavitud, pero no al linchamiento.

Jorge Majfud, 9 de enero de 2026

Volver

Se ha enviado tu mensaje

Drag and drop or click to select a file.

Advertencia

Lenguaje: el pasado es un país extranjero

Hace pocos días iba caminando por Jacksonville Beach y leí el nombre de un edificio de apartamentos muy caros: Beachcomber. Recordé que ése era el origen de una de las palabras más rioplatenses que se puedan escuchar: “bichicome”, y que significa alguien pobre que anda buscando cosas (en la playa, “beach-comber”), algo similar a la palabra “chusma”, que procede del árabe, como un cuarto de las palabras españolas, como “cheque”, “algebra”, “algoritmo”, y tantas otras referidas a las ciencias. 

Mirando la fotografía de la góndola de un supermercado en Uruguay, volví a comprobar que “el pasado es un país extranjero”. Los frascos de Nescafé estaban anunciados con un cartelito de letras impresas que decía “Precio Bajo”, expresión que, como tantas otras, proviene del inglés “low price“, omnipresentes en los supermercados de Estados Unidos. Hace solo quince años, allá en el lejano sur de las Américas, se decía “oferta”. Seguramente, dentro de un tiempo quizás, cuando uno se dé una vuelta por su país de origen y hable de oferta te salgan con eso de “la influencia del inglés”. (¿De dónde saldrá la antigua expresión rioplatense “cuánto sale”? ¿Habría sido una adopción del inglés “sale”, cuando algo está en oferta, en liquidación, a “precio bajo”?)

Entiendo que el lenguaje de los que emigran a otros países madura (como, en cualquier caso, porque los individuos maduramos) y se adapta, como en el caso específico de quienes viven una realidad particular, cultural y lingüísticamente diferente. Eso no es un defecto, sino una evolución, parte de la rica diversidad de la experiencia humana en este planeta. Si yo no fuese sensible al spanglish, no podría entender ni hablar, ni siquiera de forma mínima, funcional, de la realidad de cincuenta millones de hispanos que viven en Estados Unidos. De mi experiencia en una cultura en la que el inglés es dominante y en la que cada día se escuchan variaciones dialectales del español que jamás se escucharían en ningún país latinoamericano, donde un provinciano de un país cree que el provinciano de otro país habla de forma incorrecta o, por lo menos, exótica. Ninguna de esas variaciones impide la comunicación si el individuo se libera de su propia arrogancia provinciana.

Hace un tiempo, un año quizás, escuché al expresidente Julio María Sanguinetti, un hombre de ochenta años, decir que los jóvenes ya no “compran esa idea”. Era la primera vez que lo escuchaba en español. Les comenté esta rareza a unos amigos periodistas de allá y me dijeron que no les parecía raro. Lo tenían naturalizado. Por no entrar a hablar de expresiones populares en los programas televisivos de Buenos Aires, donde los jurados “daban retorno” a los concursantes, típica expresión inglesa de “feedback”. Un par de décadas atrás “retorno” en la televisión se aplicaba a una conexión de audio, no a la crítica constructiva. No es casualidad, porque desde Gran Hermano hasta los programas de competencia de cocineros (un medio como la televisión, que carece de olores y sabores, siempre está obsesionado con los programas de cocina, como las películas eróticas sin sexo, los programas deportivos sin deporte, o los programas de políticos sin ideas). O programas de cocineros famosos humillando restaurantes sucios. Todo eso, sea bueno o malo, primero se inventa aquí, primero lo vemos aquí y luego se copia allá. Nada nuevo.

Sin embrago, cuando dejé Uruguay ningún supermercado usaba esa expresión de “Precio bajo” como etiqueta en lugar de “oferta”. Me hubiese resultado tan extraña como cuando escuché aquí en Estados Unidos, por primera vez, expresiones como “I don’t buy it”, para decir “no me lo creo” o “no me lo trago”. Por entonces, aprendí a aceptar y usar estas expresiones que me parecieron propias de una cultura materialista, con miles de idioms (dichos) y expresiones referidas al dinero, a la compra o venta de algo: “no es mi negocio” (por “no me importa”), “paga atención” (por “presta atención”), “me siento como un millón de dólares” (por “me siento feliz”), “te pagaré una visita” (por “te haré una visita”), el mozo en un restaurante, muy amablemente: “¿todavía están trabajando?” (por “¿no terminaron (el placer de) la comida?”) y así un largo etcétera.

Por otro lado, los países naturalmente van cambiando su lenguaje, sus expresiones y hasta sus pronunciaciones. Basta con escuchar un audio o un video de una sesión parlamentaria de medio siglo atrás. En el caso del castellano de países alejados de los centros anglosajones de poder y de irradiación cultural, los cambios son más evidentes para quienes dejaron ese país que para aquellos que conviven cada día con la lenta metamorfosis del lenguaje. Quien dejó su país y convive por un largo período con otra cultura y otro lenguaje, puede alterar sus expresiones, pero también mantiene un material lingüístico mucho menos alterado. En muchos aspectos, y a pesar de que también consumimos información de esos mismos lugares (diarios, radio, televisión, conversaciones por Skype con familiares), nuestro lenguaje materno permanece mucho mejor conservado en un tiempo pasado. Como las mismas memorias de los lugares permanecen inalterados, lejos de los inevitables cambios de esos lugares y de los inevitables cambios de nosotros mismos. Como la misma memoria de las cosas y de las gente está sensibilizada en el que se fue, por una nostalgia mucho más profunda y recurrente.

No es casualidad que, en español, el voseo del Rio de la Plata y de regiones colombianas menos accesibles por el antiguo monopolio español, sea más antiguo que el tuteo de España. O que en Estados Unidos se usen expresiones y palabras del inglés que se dejaron de usar en Inglaterra tiempo atrás, como, por ejemplo, fall en lugar de autumn.

Hace unos años, en una discusión en un comité de mi universidad, escuché que una profesora argumentaba en favor de un nombre para una nueva ley del programa de matemáticas porque era “more sexy”. Pocos años después, todo el mundo hablaba de títulos sexys y propuestas sexys, que no tenían nada que ver con ninguna sensualidad física. Quiero decir, muchachos, que si en la periferia geopolítica del mundo la gente comienza a hablar de ideas sexys que no se refieren a nada relacionado con el deseo sexual, ya saben de dónde proviene todo ese “puro castellano”.

 

JM, agosto 2018