Claro, la culpa es de la convivencia

El 13 de diciembre de 2025, un hombre con una pistola mató a dos estudiantes en un salón de clase de Brown University y dejó a media decena gravemente herida. Esta tragedia no copó los titulares del mundo porque los tiroteos son una tradición en Estados Unidos. Según diferentes estadísticas, desde hace un siglo (sería necesario agregar la misma colonización de siglos antes, realizada por fanáticos religiosos contra indios, negros y mexicanos) los asesinos en masa suelen ser simpatizantes de la derecha supremacista, pero son éstos quienes culpan a la diversidad de todos los males de sus sociedades. El miedo es un gran negocio.

Esta matanza pasó a un quinto plano cuando, al día siguiente, 15 personas fueron asesinadas en Sídney, Australia. Las víctimas eran miembros de una comunidad judía que estaba celebrando hanukkah. Desde la prohibición de rifles semiautomáticos y la estricta regulación de las armas de fuego en 1996, las masacres en Australia son una rareza.

De inmediato, las redes sociales se llenaron de explicaciones sobre el peligro del islam para el mundo, incluso cuando se reveló que el hombre que detuvo y desarmó a uno de los dos atacantes que se encontraba en plena matanza, era un musulmán de 43 años, padre de dos niños, el que recibió dos disparos. Probablemente Netanyahu lo distinga con el Israel Prize en Valores Humanos y Heroísmo Civil.

Un par de horas después, el argentino más rico del mundo y residente en Uruguay, Marcos Galperin, presentado a sí mismo como el “Fundador y Executive Chairman (presidente ejecutivo, en castellano) de Mercado Libre” y Premio Konex, comentó la matanza con el mismo prejuicio que seguramente los asesinos compartirán: “Bienvenidos a la nueva Australia multicultural y diversa”.

Los “exitosos empresarios” de todo el mundo tienen muchas cosas en común, como hacer muy buenos negocios con los gobiernos que desprecian, poner sus millones de dólares como prueba de su inteligencia y razón dialéctica, lo que les autoriza a desparramar sus precariedades intelectuales entre millones de seguidores. Para ejemplo otro botón: horas antes, Elon Musk había sentenciado, con ese simplismo que atrae a los jóvenes desescolarizados de la anti-ilustración: “Si tienes útero, eres mujer. De lo contrario, no lo eres”. Lo que automáticamente convierte a todas aquellas mujeres que debieron removerse el útero para salvar sus vidas, en transexuales.

El pasado semestre, un estudiante ucraniano argumentó que, en Europa, el problema era el multiculturalismo. Mi respuesta fue demasiado obvia: los rusos y ucranianos hablan la misma lengua, comparten una historia y, básicamente, una misma cultura y se están matando unos a otros. ¿No será que el problema está en otra pare, como en los intereses económicos y de poder, viejo motor de guerras y genocidios? ¿No será que el problema que perciben quienes están contra la diversidad es el color de piel? ¿Por qué son siempre los no caucásicos el problema? Cuando, por siglos, los blancos se dedicaron a asaltar, destruir y masacrar el resto del mundo, sólo estaban llevando la civilización a esos “países de mierda”, por usar un lenguaje del presidente Donald Trump para referirse a los países del sur. “¿Por qué aceptamos a gente de esos países de mierda, como Somalia, y no aceptamos gente de Noruega, de Suecia o de Dinamarca?”. Tal vez porque, para ellos, nosotros somos el país de mierda.

El factor común es siempre el mismo: el problema no es la diversidad cultural, sino algo tan superficial como el color de piel. Cuando se enteren que los británicos y los belgas nativos eran gente de piel negra, se les sube la glucemia.

El ahora demonizado multiculturalismo es tan viejo como la domesticación del fuego. No hubo comercio y, menos, libre comercio (una actividad milenaria hasta que la destruyó el capitalismo), sin intercambio cultural, lingüístico, religioso y tecnológico. Desde el siglo IX hasta el inicio del comercio esclavista europeo, el Reino de Nri logró casi mil años de coexistencia basado en los principios de “paz, verdad y armonía”. La cultura Nri, localizada en lo que hoy es Nigeria, compartía con la filosofía Ubuntu del sur del continente su concepción colectiva del individuo y su concepción de la paz y la armonía social como objetivos superiores. Su propiedad comunal de la tierra y la producción; su intenso mercado con otras naciones tan lejanas como Egipto, terminó con el arribo de los europeos y el novedoso mercado esclavista basado en el color de piel.

Lo mismo los pueblos nativo-americanos. En la mayoría de las culturas indígenas, los extranjeros que fueron adoptados terminaron no sólo integrándose a la nueva sociedad, sino que solían ocupar un lugar de gran respeto en la pirámide social. No se puede decir lo mismo de las sociedades profundamente racistas del venerado Mundo Libre (“la raza libre”, blanca)―al menos que se trate de cipayos.

En la Gran Liga de la Paz de América del Norte, los iroqueses adoptaban extranjeros de todas las culturas y todas las lenguas, incluso europeos, que solían no querer volver a la “civilización”. La diversidad nativa también incluía miembros de distintos géneros sexuales (hombres y mujeres “de dos espíritus”). No se trataba de salvajes ingenuos. Por siglos, derrotaron a ejércitos europeos armados con tecnología de avanzada, no debido a sus flechas sino a su mejor organización social. Incluso se expandieron por toda cuenca del Ohio como respuesta al ataque de los ejércitos británicos y franceses. No en vano los nativos se burlaban del concepto de libertad de los blancos: “libre somos nosotros”, decían. “No estamos desesperados por ser ricos ni obedecemos las órdenes de nuestros líderes cuando no nos convencen. Ustedes se someten a cualquier cosa: reyes, capitanes, sacerdotes…”

Lo mismo podríamos seguir con otras culturas, como el Imperio árabe que duró varios siglos. Judíos, cristianos y musulmanes convivieron, prosperaron y se multiplicaron por siglos en una de las civilizaciones que más destacó en ciencias, análisis racional y tecnología.

Claro, si se mira toda la historia de la humanidad, siempre vamos a encontrar sobrados ejemplos de violencia, masacres y genocidios. Nadie puede decir que en estos centenarios periodos coexistencia no hubo conflictos, guerras y brutalidades, porque esa es una dolencia crónica de la especie humana. Pero si comparamos realidades, podemos decir que nuestro mundo contemporáneo, que se jacta de avanzado y civilizado, ha destacado por su excepcional brutalidad. Bastaría mencionar las guerras mundiales, las bombas atómicas o las dictaduras imperiales que impuso el “sacrificado hombre blanco” (Rudyard Kipling, Teo Roosevelt) sobre el resto de la humanidad. Siempre victimizándose por sus propios crímenes. Como dijo la ucraniana Golda Meir, “nunca podremos perdonar a los árabes por obligarnos a matar a sus hijos”.

Aunque no podemos decir que hay formas de odios bienvenidas, sí podemos decir que no existe un solo tipo de odio. Los esclavos odiaban a sus amos por lo que hacían y los amos odiaban a sus esclavos por lo que eran. Una cosa es odiar por lo que se es y otra es odiar por lo que se hace.

Si algún problema tiene la antigua cultura y moral de la diversidad y la tolerancia es que a los racistas que promueven la violencia civil e imperial los protegen las leyes. De hecho, los premiamos. Si no, no se entendería por qué la secta de billonarios globales es racista, sexista y odian a los pobres que dividen y parasitan cada día.

Jorge Majfud, diciembre 2025

https://www.pagina12.com.ar/2025/12/14/claro-la-culpa-es-de-la-convivencia/

Estúpidos hombres blancos 2.0

Un atardecer de 1997, descendí de un pequeño barco de madera en una isla del Océano Indico entre Quisanga y Pangane, Mozambique. Iba acompañado por Joseph Hanlon, el célebre autor de Mozambique: The Revolution Under Fire (1984), actualmente jubilado de Open University en Inglaterra. Joe era un estadounidense renegado, autor de varios libros y artículos contra el apartheid de Sud África. Yo lo había conocido en la provincia más inaccesible de Mozambique, Cabo Delgado, gracias a la trotamundos Nevi Castro y luego de compartir algunas cenas con Ntewane Machel, hijo del padre fundador de Mozambique, Samora Machel (muerto en otro de aquellos misteriosos accidentes aéreos de los años 80), y de Graça Simbine, meses después esposa de Nelson Mandela.

Luego de cien mudanzas, he perdido mis notas, pero algo quedó en mi segundo libro, Crítica de la pasión pura, 1998. También recuerdo los nombres, con la frescura de la juventud: Isla de Ibo, Matembo, Qurimba…

En diferentes islas fuimos recibidos por la alegría explosiva de los niños.

Que crianças tão simpáticas”, me comentó Joe, quien hablaba perfecto portugués.

Sim”, contesté. “Simpáticos e bastante inteligentes. Cumprimentaram-nos com Bem-vindos, estúpidos homens brancos’”.

En mis notas, intenté reflexionar sobre el hecho de que estas expresiones no significaban (no las sentía) un insulto, como podría significar que nosotros los llamásemos “negros estúpidos”, como escribió Theodore Roosevelt. En ese caso sería la confirmación de una opresión racista y colonialista. La conclusión era bastante obvia: había una clara desproporción de poder. El insulto de los niños (que, además, pasaba como broma) era una contra narrativa de resistencia. La expresión “estúpido hombre blanco” (asumo que, por pura coincidencia, fue usada más tarde por Michael Moore en uno de sus documentales “Stupid White Men”, de 2001) apenas calificaba como resistencia cultural. Como individuos, fuimos muy bien recibidos. Actualmente no existe ni traductor ni diccionario del makua (o macúa, variación del Bantú) al español, pero de lo que recuerdo de mis obreros del astillero de Pemba, de quien aprendí algo de macúa y maconde, sonaba como “nkuña nuku”.

Rodeados de campos de marihuana (zuruma) que los nativos no consumían ni traficaban, tuvimos largas conversaciones. Joe sabía de política latinoamericana más que yo, un arquitecto recién recibido y escritor aficionado, como cualquier escritor, que había llegado a Mozambique con mis propios prejuicios. Como casi cualquier uruguayo, detestaba el racismo, pero estaba convencido de que tenía mucho para enseñarle de tecnologías constructivas a mis obreros. Algo dejé, historias que no vienen al caso, pero cuando me fui, disimulando lágrimas, había recibido un baño de humildad: los nativos más pobres me habían enseñado que hay algo de la felicidad que los occidentales no conocemos, no podemos, ni queremos conocer.

Saltemos el Atlántico y casi un tercio de siglo. El 29 de octubre de 2025, durante un evento de Turning Point USA (organización política de derecha, fundada por el influencer Charlie Kirk a los 18 años para “promover los principios de libre mercado, gobierno limitado y libertad individual”), el vicepresidente de Estados Unidos afirmó: “Cuando los colonos llegaron al Nuevo Mundo, encontraron sacrificios infantiles generalizados”. Abolir esta monstruosa práctica fue “uno de los grandes logros de la civilización cristiana”. El vicepresidente J.D. Vance fue el mismo que dijo, en otra conferencia, que “los profesores son los enemigos”.

No sólo el término Nuevo Mundo es una grosera deformación eurocéntrica, sino que la afirmación sobre los sacrificios humanos en América del Norte es una confusión de rituales de algunos pueblos mesoamericanos, por lo general crónicas de soldados conquistadores como Bernal Díaz del Castillo que buscaban justificar no sólo la conquista sino sus propios métodos basados en la violencia y la crueldad. Del Castillo era un soldado semi analfabeto, autor de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, publicado en 1632. Las famosas cartas de Hernán Cortés que lo preceden son una confesión histórica del terrorismo aplicado en la conquista de los “pueblos bárbaros”. Cuando el padre Bartolomé de las Casas apareció con una contra narrativa, fue desacreditado y diagnosticado con problemas mentales, unos siglos más tarde.

Horror que compite con la brutalidad que, por entonces, se practicaba en Europa con niños y adultos. Torturas como sentar desnudo a un acusado de herejía en una filosa pirámide de madera (Silla de Judas) o torturar y ejecutar en plazas públicas como rituales de poder político-religioso, no sólo eran comunes, sino que están mucho mejor documentados―al mismo tiempo que ignorados. Este fanatismo político-religioso dejó varias decenas de miles de brujas ejecutadas como espectáculo popular. Pero el único horror es siempre el horror ajeno.

Por el contrario, los nativos americanos solían educar a sus niños sin recurrir al castigo físico, método que los americanos heredamos de las culturas europeas y que, hasta no hace mucho en las escuelas, se resumía con “la letra con sangre entra”. Por no seguir con el brutal trabajo infantil, hasta que fue abolido en las leyes hace menos de un siglo y gracias a las luchas sindicales y feministas de Estados Unidos, que necesitaron más de medio siglo para convertirse en ley (Fair Labor Standards Act, 1938). Por no seguir por el abuso sexual de menores, que hasta no hace mucho no existía ni como figura legal, ya que la práctica se mantenía en las sombras. Es más, hasta poco antes de entrar el siglo XX, el abuso sexual de menores tuvo que ser cuestionado echando mano a las leyes que prohibían la crueldad animal.  

En la producción cultural de los siglos pasados y, sobre todo, en la del siglo XX, como fue el caso de las novelas comerciales y las películas de Hollywood, los conquistados fueron deshumanizados de una forma radical. Incluso en películas decentes como The Mission (1984) que plantean una defensa a los nativos (guaraníes), éstos son representados siempre como ingenuos, como “nobles salvajes”, como pasivos actores de reparto sufriendo los conflictos del conquistador, del hombre blanco, de los imperios europeos. Los nativos son representados sin dientes y los europeos con sonrisas blancas, cuando la realidad fue exactamente la contraria, ya que quienes tenían aversión por la higiene eran los civilizados europeos, no los salvajes.

La cultura popular ha fosilizado varios mitos como, por ejemplo: “los nativos eran ingenuos y supersticiosos”; “los nativos seguían a sus caciques de forma ciega”; “hoy tenemos democracia y teléfonos celulares gracias a Occidente”. “Si Colón nunca hubiese descubierto América, todavía estaríamos saltando alrededor de una fogata, medio desnudos y con plumas en la cabeza”.

Cuando los expropiadores no inventaban fantasías sobre la maldad y la inferioridad ajena, acusaban sin ver la paja en sus propios ojos. Por ejemplo, uno de los jesuitas que describieron sus experiencias en América del Norte con mayor objetividad, escribió: los nativos “se inventan diferentes historias sobre la creación del mundo”. (Joseph de Jouvancy. Relations des Jésuites contenant ce qui s’est passé de plus remarquable dans les missions…, Vol. 33, 1610-1791, p. 286.)

Ahora, díganme en qué hemos evolucionado los estúpidos hombres blancos―incluidos aquí escuderos y cipayos que, de blancos, no tienen más que la camiseta. La respuesta suele centrarse en la evolución tecnológica, la cual ha sido en su abrumadora mayoría basada en miles de años de civilizaciones, ahora marginales, de “negros estúpidos”.

jorge majfud, octbre 2025

El fanatismo de la ignorancia

El problema de la ignorancia radica en que es una enfermedad contagiosa que, si no contagia, mata.

majfud

«El político australiano aintiinmigración Bob Katter amenaza con golpear a un periodista por recordarle que él es de ascendencia libanesa:

«¡No diga eso, me irrita y le he dado puñetazos en la boca a otros tipos por decir eso! ¡No se atreva a decir eso! ¡Mi familia lleva 140 años aquí!».

El ADN metacultural de un país

Los ensayos exculpatorios de los Padres fundadores de Estados Unidos por el hecho de haber tenido esclavos y proclamar la “igualdad de todos los hombres” suelen comenzar con una cita de Thomas Sowell: “Quienes critican a los redactores de la Constitución de los Estados Unidos por ‘condonar la esclavitud’ con su silencio, solo tendrían razón si la abolición fuese, de hecho, una opción disponible en aquel momento, en un país nuevo que luchaba por sobrevivir”.

Sowell, condecorado por George Bush, es la estrella afroamericana de los conservadores. Caso similar a Larry Elder, candidato afroamericano a gobernador de California en 2021, quien se opuso a la reparación a la comunidad negra por las condiciones de injusticia económica de partida en la fundación de este país: “Les guste o no” dijo Larry, la esclavitud era legal”. A los amos blancos “les arrebataron sus bienes legales después de la Guerra Civil”,así quese les debe reparaciones a “a quienes perdieron su propiedad privada”. En 1963, Malcolm X observó la diferencia moral y funcional de una sociedad que dividía de facto “los negros de la casa” de “los negros del campo”: los primeros son los más firmes defensores del orden social y moral de un sistema que oprime a sus propios hermanos.

El argumento de Sowell y de otros, sobre el “la necesidad existencial de la esclavitud” del nuevo país se destruye con simples observaciones históricas y conceptuales. Contemporáneo de Jefferson, José Artigas, Líder de los Pueblos Libres de lo que hoy es Uruguay y parte de Argentina, apenas venció al imperio español en el capo de batalla y resistió el acoso de Buenos Aires, repartió tierras entre negros, indios y blancos pobres; adoptó un indio como hijo y lo promovió a la gobernación de Misiones.

La Revolución de las Trece Colonias no nace de una rebelión contra los impuestos en Boston sino del deseo de los colonos de despojar a los pueblos nativos de todas sus tierras sin respetar los acuerdos firmados por Londres en 1763. Como vimos en este libro, el mismo Washington, un militar más bien torpe en el campo de batalla, se hizo de miles de hectáreas indígenas antes de convertirse en un patriota y, al igual que otros héroes patriotas, continuó con el mismo proyecto de bienes raíces después de 1776.

La idea de “un país luchando por la sobrevivencia” sustituye la realidad histórica: se trató de una clase dominante y minoritaria luchando no sólo por su sobrevivencia, sino para satisfacer su deseo desatado de incrementar sus riquezas, tomando tierras indígenas, masacrando “razas inferiores” y expandiendo el negocio de esclavitud. Los indios no pedían nada a nadie, sino que los dejasen en paz. Infinitamente más democráticos que los fanáticos colonos, firmaron múltiples acuerdos para terminar con sus resistencias armadas a cambio de su independencia y de mantener un comercio libre con los europeos y otros pueblos nativos, tal como habían hecho por siglos.

Lo mismo los esclavos. ¿Debían mantenerse en esclavitud por generaciones para “salvar la existencia” de un país que no era de ellos, sino que los oprimía? Cuando en 1812 Gran Bretaña respondió con la quema de la Casa Blanca a un atentado previo de los colonos contra Canadá, la que querían como el estado catorce, los indígenas y los negros esclavos (los del campo, no los de la casa) apoyaron a los ingleses. No porque los creyeran moralmente superiores, sino, como había ocurrido en los dos siglos previos, los nativos hacían alianzas con cualquier potencia que respetase su derecho a la vida.

Este momento fue romantizado por los patriotas en su himno nacional. Cuando el himno habla de los agresores que querían dejarlos “sin hogar y sin patria”, advierte que

Ningún refugio pudo salvar al mercenario y al esclavo

del terror de la huida ni de la oscuridad de la tumba

¡Oh, que así sea siempre cuando los hombres libres se mantengan

entre su amado hogar y la desolación de la guerra!

Entonces debemos vencer, cuando nuestra causa sea justa

en la tierra de los libres y el hogar de los valientes.

Aquí “hombres libres” significaba “hombres blancos”. Esto es irrefutable en el lenguaje de la época, intercambiable con “la raza libre”.

Es decir, la mayoría tenía muchas opciones aparte de la esclavitud, la servidumbre y el coloniaje intra-nacional. No los amos blancos que, además, estaban motivados por la expansión de sus riquezas y del sistema eslavista.

En 1790 Washington era presidente, Adams vicepresidente y Jefferson Secretario de Estado. Ese año, se aprobó la ley que establecía la obligación de ser blanco para que un inmigrante pudiese convertirse en ciudadano. La rebelión de esclavos de 1791 en Haití sacudió la moral de los imperios y de la nueva república. Jefferson, propietario de 150 esclavos en Virginia, escribió: “tiemblo por mi país al pensar que Dios es justo; que su justicia no puede dormir eternamente; que (…) una revolución en la rueda de la fortuna, un cambio de situación, está entre los posibles eventos”.

Brutales y racistas como cualquier imperio, los franceses de Nueva Francia, como los españoles de Nueva España, no solían llegar a los extremos segregacionistas del imperio británico. Evangelizadores y misioneros proselitistas como cualquier cristiano, los jesuitas no llegaban al fanatismo de los pastores protestantes. Diferente a los franceses, los colonos anglosajones no respetaron ningún tratado de reciprocidad, ley de oro de la política internacional hasta nuestros días.

En 1784, el británico John Smyth, anotó en su libro A Tour in the United States of America: los americanos blancos sienten un profundo desprecio por toda la raza indígena; y no hay nada más común que oírlos hablar de extirparlos totalmente de la faz de la tierra: hombres, mujeres y niños. Por el contrario, los indios no parecen sentir ningún desprecio por los europeos”.

Desde libros como La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina (2021), entre otros factores, observamos una particularidad en el racismo anglosajón: el segregacionismo, el desprecio por otras etnias y el sentimiento de superioridad a lo largo de la historia alcanzaban niveles obsesivos y neuróticos. Esto no se sustenta en ningún ADN biológico sino en un ADN cultural, tal vez surgido en algún momento de la Edad Media en algún rincón particular de las costas anglosajonas durante el dominio romano.

Ahora, a manera de especulación, podría ser legítimo para futuros estudios científicos sobre una “psico historiografía” de los pueblos estudiar qué rol pudo tener en esta formación cultural la observación del carácter recesivo de las características blancas, como, por ejemplo, los ojos azules y el color rubio de los cabellos. Según el carácter recesivo de este fenotipo, para que los hijos nazcan con las mismas características físicas, ambos padres deben poseerla. De lo contrario primarán los cabellos oscuros y el color de ojos negros o castaños.

Otra nota para investigadores: ¿qué relación existe entre esta obsesión con el nacimiento de la propiedad privada de tierras y seres humanos en la Inglaterra del siglo XVI? ¿Ha sido el miedo a la no sobrevivencia de la tribu basada en su aspecto físico?

jorge majfud, julio 2025.

https://www.pagina12.com.ar/842500-el-adn-metacultural-de-un-pais

https://www.ihu.unisinos.br/654666-o-dna-metacultural-de-um-pais-artigo-de-jorge-majfud

http://www.bitacora.com.uy/auc.aspx?16187

Hay algo que no se compra ni se vende―y por eso molesta tanto

Cuando Estados Unidos tenía esclavos de grilletes, se presentaba como ejemplo de democracia. Aún hoy se insiste en que nunca ha tenido una dictadura.

El apartheid de Sud África era defendido por Ronald Reagan como un bastión de la libertad en aquel continente lleno de negros propensos al socialismo, mientras Nelson Mandela ocupaba la lista de “peligrosos terroristas” de Londres y de Washington.

¿Cómo puede ser Israel, otro régimen de apartheid según todas las organizaciones intrnacionales de Derechos Humanos y según muchos israelíes, ser definido como una democracia? Un régimen brutal, con licencia para matar y masacrar a gusto, con todos los billones de dólares extranjeros en armas y alta tecnología, que luego llora como si fuese la víctima universal.

¿En qué mente decente cabe que mientras se masacra a decenas de miles de niños se insista que esos y todos los niños que aún sobreviven hambreados, traumatizados y amputados deben morir y, como si esto fuese poco, son adulados por los temblorosos (temblorosos) líderes de la derecha y de la izquierda mundial?

Tengo una colección de amenazas cobardes (baneos, listas negras) y ninguna me asusta, pero también tengo la solidaridad de inumerables judíos decentes que no se dejan corromper por esa ideología fanática, racista y supremacista.

Lo repetiré una y mil veces. Pueden matar todos los miles de seres humanos que quieran, pueden amenazar a los miles de millones de habitantes de este planeta que protestan contra esta barbarie, pero nunca podrán matar la dignidad ajena que los cobardes genocidas, muy bien armados y adulados, nunca tuvieron.

La historia les tiene reservada una cámara séptica a la vuelta de la esquina.

Jorge Majfud, mayo 2025.

https://www.facebook.com/reel/1405066730909830

Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

On the dehumanization of poor immigrants 

Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

La lucha por los derechos de los inmigrantes es la lucha por los Derechos Humanos, eso que cada día se evidencia como irrelevante cuando no sirven los intereses de los poderosos. Pero la inmigración no es sólo un derecho; es, también, la consecuencia de un sistema global que discrimina de forma violenta ricos y pobres, capitalistas y trabajadores. Esta vieja lucha de clases no solo es invisibilizada a través de las guerras culturales, étnicas, sexuales como ocurre desde hace siglos con las luchas raciales y religiosas, sino con la misma demonización del concepto “lucha de clases”, practicada por los ricos y poderosos y atribuida a los ideólogos de izquierda como proyecto del mal. La lucha de clases, el violento despojo y la dictadura de los ultra millonarios sobre el resto de las clases trabajadoras es un hecho observable por cualquier medición cuantitativa.

Esta cultura de la barbarie y de la humillación, de la política de la crueldad y de la ética del egoísmo, ocurre dentro de cada nación y se reproduce a escala global, desde las naciones imperiales hasta sus serviles colonias capitalistas y sus excepciones: las bloqueadas y demonizadas alternativas rebeldes.

La ilegalidad de la inmigración fue inventada hace más de un siglo para extender la ilegalidad de las invasiones imperiales a países más débiles. Fue inventada para prevenir las consecuencias de la expoliación de las colonias mantenidas en situación de servidumbre a través del cañón, de las masacres sistemáticas, de las eternas y estratégicas deudas que las desangran aún hoy, de las agencias secretas que asesinaron, manipularon los medios, destruyeron democracias, dictaduras rebeldes, hundieron en el caos a medio mundo y deshumanizaron desde el primer día a los esclavos, algunos de ellos esclavos felices.

La inmigración ilegal no solo castigó a los desheredados de este proceso histórico sino también a los perseguidos por las múltiples y brutales dictaduras que Europa y Estados Unidos diseminaron por África y América latina, con los diversos grupos terroristas diseñados en Washington, Londres y París, como los Contras en América Central, los Escuadrones de la Muerte en América del Sur, los planes de exterminio como el Plan Cóndor, la Organisation armée secrète en África, los terroristas islámicos como Al Qaeda, los talibán, el ISIS, todos creados por la CIA y sus mafias cómplices para terminar con proyectos independentistas, seculares y socialistas en África y Medio Oriente… Es decir, no es solo el capitalismo colonial es el que expulsa a su propia gente, sino el origen de esa brutalidad: el capitalismo imperial.

Luego, las víctimas pasan a ser criminales. Como ocurrió con el atrevimiento de Haití de declararse libre e independiente en 1804, como ocurrió en otros casos de abolición de la esclavitud: los esclavistas demandaron compensaciones a los gobiernos por la pérdida de sus propiedades privadas de carne y hueso. No las víctimas que había construido la riqueza de Estados Unidos, de los bancos, de las corporaciones; no los esclavos que construyeron la Casa Blanca y el edificio del Congreso. De la misma forma, según Trump y su horda supremacista, el Canal de Panamá le pertenece al amo invasor y no a los panameños y caribeños que dejaron por miles sus vidas en su construcción.

La inmigración en casi todas sus formas, desde la económica hasta la política, es una consecuencia directa de todas estas injusticias históricas. Los ricos no emigran; dominan las economías y los medios de sus países y luego envían sus “beneficios” a paraísos fiscales o en forma de inversiones que sostienen el sistema de esclavitud global como si fuese una actividad de “alto riesgo”.

Los ricos tienen asegurada su entrada a cualquier país. Los pobres, en cambio, son sospechosos desde el momento en que se presentan ante una embajada de algún país poderoso. Por lo general, sus solicitudes son denegadas, razón por la cual suelen endeudarse con préstamos de coyotes por 15 mil dólares, solo para entrar a un país que imprime una divisa global y trabajar por años como esclavos mientras son doblemente criminalizados. No se victimizan, como los definen algunos académicos asimilados. Son víctimas reales. Son esclavos asalariados (con frecuencia, ni eso) bajo un permanente terrorismo psicológico que sufren tanto ellos como sus niños. En Estados Unidos existen cientos de miles de niños que no asisten regularmente a la escuela porque trabajan en régimen de esclavitud, en nada diferente a los esclavos indenture de siglos pasados.

Cada año, desde hace décadas, los inmigrantes ilegales aportan a la Seguridad Social de los quejosos votantes cien mil millones de dólares, dinero que no recibirán ellos sino aquellos que dedican sus días a lamentarse de los trabajos que les han robado los inmigrantes. Como si esta escala de injusticia no fuese suficiente, finalmente los más abnegados, perseguidos y pobres trabajadores son arrojados a una cárcel como terroristas y devueltos a sus países encadenados y humillados, irónicamente por la impiedad de gobernantes condenados por delitos serios por la justicia del propio país que gobiernan, como es el caso de los actuales ocupantes de la Casa Blanca. A esta remarcable cobardía llaman coraje, como llaman libertad a la esclavitud ajena y víctimas a los acosadores mundiales.

A eso se suma la tradicional colaboración de los cipayos promovidos, desde académicos a votantes, desde periodistas a miembros latinosindios o africanos de los gobiernos imperiales que, como “solución al problema de la inmigración” y la desobediencia soberana de algunos países del Sur imponen más bloqueos y sanciones para estrangular aún más a sus hermanos menos exitosos que decidieron no emigrar a la Tierra de Dios. Patología que luego se vende como ejemplo de “éxito en base al mérito y al trabajo duro”. Porque ese es el único placer de los psicópatas que no pueden ser felices con nada: no su propio éxito, sino la derrota y la humillación de todos los demás. Una de las características del fascismo, aparte de recurrir a un pasado inexistente, es explotar, perseguir, demonizar, culpar y castigar a todos aquellos que no tienen el poder económico o militar para defenderse, como es el caso de los inmigrantes pobres en los centros imperiales del mundo.

Nosotros, despojados de los intereses sectarios del poder global y sin responder más que a un sentido de la moral y los Derechos Humanos, levantamos nuestra voz para protestar contra la mayor organización del crimen organizado en el mundo, seguros de que esta perversión de la crueldad humana terminará por derrumbarse―no por su propio peso, sino por el coraje y la resistencia solidaria de los de abajo.

Jorge Majfud, feb 4 2025

Sobre feminicidio (micro)

El argumento a favor de las leyes del femicidio es simple: toda ley (cuando no es solo una expresión del poder) responde a un contexto concreto, no a una situación abstracta e ideal. Hace más de un siglo Anatole France respondió a este problema con la siguiente crítica: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Cuando la ley trata igual a quienes son diferentes está protegiendo la injusticia. Hace ya siglos que la gente con alguna instrucción o sensibilidad social sabe que igualdad no es equidad. Exactamente lo mismo aplica al problema del racismo: https://courier.unesco.org/en/articles/racism-does-not-need-racists

jorge majfud, febrero 2, 2025

Alto al fuego en Gaza. Continuidad de la impunidad.

Tres ministros genocidas de Israel renuncian al cargo para protestar contra el alto al fuego. Según Ben-Gvir, «el acuerdo constituye una victoria total del terrorismo». No aclaró si se estaba refiriendo a su propio terrorismo masivo, a escala industrial.

El problema con el «Alto al fuego» en Gaza es que, después del más brutal genocidio del siglo y más allá, el acuerdo significa que todo vuelve a foja cero: el mismo apartheid, la misma colonización, el mismo racismo, el mismo mesianismo, la misma impunidad…

Lo que no vuelve atrás es la nueva conciencia mundial, la creciente pérdida de poder de la intimidación.

jorge majfud, enero 2025

¿Silencio ante un genocidio? Solo muerto

Naturalmente, he comenzado el año recibiendo amenazas por los mismos temas y los mismos cobardes de siempre, escondidos detrás del anonimato. Pierden el tiempo. ¿Silencio ante un genocidio? Solo muerto.

En el último video, se muestra el momento en que Israel bombardeó hoy las tiendas de campaña del campo de refugiados de Deir al-Balah, en el centro de Gaza, con una bomba de media tonelada de explosivos. Un avión F-35 de 100 millones de dólares arroja una bomba GDU de 200.000 dólares sobre refugiados que viven en la miseria con 100 gramos de pan al día en una tienda de campaña.

Ya van 45.000 palestinos masacrados, registrados en el último año. Se estiman 300.000 muertos considerando aquellos que, por obvias razones, no se pueden identificar con nombre y apellido ni con su fecha de nacimiento.

Por si fuese poco, el mismo imperialista y miserable Occidente no se cansa de justificar con su literatura de terror, esa especialidad del occidente bonito y civilizado.

Jorge Majfud, 3 de enero de 2025.

https://radiocut.fm/audiocut/vivimos-en-fracasada-civilizacion-del-exito-jorge-majfud/ «Vivimos en la fracasada civilización del éxito»

https://ar.radiocut.fm/audiocut/vivimos-en-fracasada-civilizacion-del-exito-jorge-majfud/

El templo de la libertad fue construído por esclavos

Los esclavos también construyeron el Capitolio en Estados Unidos, el que comenzó a construirse en 1793 y se completó en 1826. En la foto la extensión realizada en 1862.

El antiesclavista Jesse Torrey en 1815 observó la ironía de que «El templo de la libertad» estaba siendo construido por esclavos, lo cuales además le proveían una jugosa plusvalía a los dueños que le alquilaban al gobierno sus máquinas, los esclavos.

«He visto esclavos en gran número» escribió Torrey «y me alegré mucho de que esos pobres desgraciados ganaran de ocho a diez dólares por semana. Mi alegría no duró mucho: me dijeron que no trabajaban para sí mismos; sus amos los alquilaban y se quedaban con todo el dinero. ¡Qué humanidad! ¡Qué país de libertad!»

Actualmente, en el sitio oficial del gobierno no se menciona ni una sola vez la existencia de esclavos . Por el contrario, el portal se encabeza con una pintura blanqueada en el mismo espíritu del Destino Manifiesto.

jorge majfud, nov 2024

El misterio del pueblo palestino

Los palestinos nunca existieron como pueblo cuando reclaman sus derechos humanos. Sí existieron como el pueblo Amalek hace tres mil años, cuando hay que masacrarlos.

Los palestinos son gente muy rara. Como las partículas subatómicas, según la física cuántica y según los sionistas, tienen la capacidad de existir de dos formas diferentes y en distintos lugares al mismo tiempo. Son y no son.

No existen, pero hay que “matarlos a todos”, como dijo la congresista Andy Ogles en Washington. “Borren toda Gaza de la faz de la Tierra”, insistió la congresista israelí Galit Distel Atbaryan; “cualquier otra cosa es inmoral”. El ministro de defensa israelí, Ben-Gvir, fue claro: “¿Por qué hay tantos arrestos? ¿No puedes matar a algunos? ¿Qué vamos a hacer con tantos arrestados? Eso es peligroso para los soldados”. El ministro de finanzas de Israel, Bezalel Smotrich, dijo en una reunión televisada de gabinete: “Rafah, Deir al-Balah, Nuseirat, todos deben ser aniquilados” según orden de Dios: “Borrarás la memoria de Amalec debajo del cielo”. En diferentes ocasiones, el primer ministro Benjamín Netanyahu, refiriéndose a los palestinos repitió: “Debes recordar lo que Amalec te ha hecho, dice nuestra Santa Biblia”. El profesor de Estudios Judíos Motti Inbari aclaró las palabras de Netanyahu: “El mandamiento bíblico es destruir completamente todo Amalec. Y cuando hablo de destruir completamente, estamos hablando de matar a todos y cada uno de ellos, incluidos los bebés, sus propiedades, los animales, todo”. El miembro del Likud Danny Neumann declaró en la televisión: “En Gaza todos son terroristas. Deberíamos haber matado a 100.000 el primer día. Muy pocos en Gaza son seres humanos”. El ministro de Patrimonio, Amihai Eliyahu propuso ahorrar tiempo y arrojar una bomba atómica sobre Gaza para cumplir con el mandato divino.

En los primeros siete meses de bombardeos, 40 mil hombres, niños y mujeres han sido destrozados por las bombas, sin contar desaparecidos, desplazados, afectados por la hambruna, las enfermedades, las mutilaciones y los traumas irreversibles. Pero desde Netanyahu hasta el presidente Joe Biden, “lo que está haciendo Israel no es genocidio; es defensa propia”. Si un grupo armado responde con violencia (algo reconocido como derecho por la ley internacional), pues se trata de terroristas.

Quienes no se dejan matar son terroristas. Quienes critican la matanza, como los estudiantes estadounidenses, son terroristas. Por eso, en Europa y Estados Unidos, a las protestas contra la masacre en Gaza se las reprime a palos con la policía militarizada, mientras los violentos ataques sionistas y los desfiles nazis son observados con respeto. Porque los poderosos son así de cobardes. Sin poderosas armas, sin medios dominantes y sin capitales secuestrados no son nadie. El brazo duro para el saludo fascista y la mano temblorosa para cuestionar una masacre contra la humanidad de quienes no puede defenderse.

Según los sionistas, Palestina nunca existió y los palestinos nunca existieron. Cuando, por el acuerdo de los sionistas con Hitler, los palestinos inexistentes debieron recibir a los refugiados del nazismo en Europa, los inexistentes eran la abrumadora mayoría de la población desde el río hasta el mar. Los barcos que llegaban “con buen material genético” según los sionistas, llegaron en barcos con banderas nazis y británicas. Cuando en 1947 el Exodus, con 4.500 refugiados se aproximaba a Haifa, el capitán británico les advirtió a sus pasajeros que serían arrestados al llegar, porque el Imperio Británico no permitía la inmigración ilegal. “Si se resisten al arresto, deberemos usar la fuerza”. Al llegar a Palestina, los refugiados desplegaron un cartel que rezaba: “Los alemanes destruyeron nuestras familias. Por favor, no destruyan nuestras esperanzas”. Muchos refugiados permanecieron detenidos, pero un cuarto de millón logró entrar en Palestina, al menos 70 mil de forma ilegal y por la fuerza.

Pronto, una parte (no sabemos qué porcentaje) de las víctimas de Europa se convertirían en los victimarios de Medio Oriente. El plan sionista fue apoyado por una campaña de atentados terroristas en Palestina con bombas que volaron hoteles, estaciones de policía y masacraron cientos de palestinos. Folke Bernadotte, el diplomático sueco que posibilitó la liberación de varios cientos de judíos de campos de concentración nazis en 1945, fue asesinado en Jerusalén dos años después por Leji, grupo sionista que se autodefinía como terrorista y como “luchadores por la libertad”. Leji, una facción de otro grupo terrorista, Irgun, había negociado con los nazis alemanes la creación de Israel como estado totalitario aliado al Reich de Hitler. Cuando esta alianza no prosperó, intentaron con Stalin, con el mismo resultado. Uno de los (ex)terroristas de Irgun, el bielorruso Menachem Begin, se convirtió en primer ministro de Israel en 1977. Lo sucedió uno de los (ex)terroristas de Leji, también bielorruso, Isaac Shamir, quien se convirtió en Primer ministro de Israel en 1983. Naturalmente, todos cambiaros sus nombres y apellidos de nacimiento.

Desde antes de la creación del Estado de Israel, los inexistentes habitantes de Palestina comenzaron a ser despojados de sus casas para recibir a los refugiados. Algunos refugiados judíos y algunos inexistentes palestinos se resistieron al despojo y al exilio, por lo que hubo que recurrir a la fuerza, a una forma especial de derecho a la existencia no reconocida al resto de la humanidad y a la ira de un dios impiadoso, temido por el mismo resto de la humanidad. A principios del año 2024, la directora de cine israelí Hadar Morag recordó: “Cuando mi abuela llegó aquí a Israel, después del holocausto, la agencia judía le prometió una casa. Ella no tenía nada. Toda su familia había sido exterminada. Esperó mucho tiempo, viviendo en una tienda de campaña en una situación muy precaria. Luego la llevaron a Ajami en Jaffa, a una maravillosa casa en la playa. Vio que sobre la mesa todavía estaban los platos de los palestinos que habían vivido allí y que habían sido expulsados. Regresó a la agencia y dijo ‘llévame de regreso a mi tienda, nunca le haré a nadie lo que me han hecho a mí’. Ésta es mi herencia, pero no todos tomaron esa decisión. ¿Cómo podemos convertirnos en aquello que nos oprimió? Ésta es una gran pregunta”.

Algunos de los inexistentes palestinos recibieron a los judíos refugiados cuando ni en Estados Unidos los querían, cuando hasta un presidente como Roosevelt envió de regreso en el St. Louis casi mil judíos refugiados a morir en los campos de concentración de Europa. Cuando en 1948 la ONU creó dos Estados, Israel y Palestina, Israel decidió que ni Palestina ni los palestinos existían, aunque para que ocurriese el milagro cuántico debieron robar sus casas y sus tierras, debieron desplazarlos en masa y matarlos con alegría. Al mismo tiempo que se lamentaban del trabajo sucio que debían hacer. “Nunca les perdonaremos a los árabes por obligarnos a matar a sus hijos”, dijo la inmigrante ucraniana y luego primer ministra Golda Meir. “Los palestinos nunca existieron”, dictaminó en 1969. “Fui palestina de 1921 a 1948 porque tenía un pasaporte palestino”, agregó un año después. Como decir que Alemania es un invento de Hitler y von Papen o que Gran Bretaña es Prusia porque su himno (“Dios salve a la Reina”) suena igual que el himno de Prusia (“Dios con nosotros”).

Las referencias a los árabes y palestinos como animales o subhumanos no es algo nuevo. Es un género clásico del racismo supremacista sionista que a nadie en el mundo imperial y civilizado ofende. Ese mismo mundo civilizado que no tolera escuchar la palabra negro pero no quiere recordar ni reconocer (menos indemnizar) los cientos de millones de negros masacrados por la prosperidad de sus pueblos elegidos. Como hicieron los nazis con los judíos, antes de masacrarlos sin remordimiento necesitaron deshumanizar al otro.

En 1938, uno de los líderes del grupo terrorista sionista Irgun, el bielorruso Yosef Katzenelson, afirmó: “Debemos crear una situación en la que matar a un árabe sea como matar a una rata. Que se entienda que los árabes son basura y que nosotros, no ellos, somos el poder que gobernará Palestina”. En 1967, el diplomático israelí David Hacohen afirmó: “No son seres humanos, no son personas, son árabes”. En noviembre de 2023, el ex embajador de Israel ante la ONU, Dan Gillerman, declaró: “Estoy muy desconcertado por la preocupación constante que el mundo muestra por el pueblo palestino y que de hecho muestra por estos animales horribles e inhumanos que han cometido las peores atrocidades que ha visto este siglo”. Pero si alguien nota que esto es racismo puro y duro, es acusado de antisemita, es decir, de racista.

Los palestinos no existen, pero si se defienden, son terroristas malos. Si no se defienden, son terroristas buenos. Si se dejan masacrar, son terroristas inexistentes. En Gaza “cualquier persona mayor de cuatro años es partidaria de Hamás”, dijo el ex agente del Mossad Rami Igra a la televisión estatal. “Todos los civiles en Gaza son culpables y merecen enfrentarse a la política israelí de castigo colectivo, que impide recibir alimentos, medicinas y ayuda humanitaria”. Se le cayó la nota sobre los bombardeos sistemáticos e indiscriminados que todos los días decapitan y destrozan decenas de niños, incluso menores de cuatro años, que vendrían a ser subhumanos, animales, ratas, pero todavía no terroristas graduados.

Israel sí tiene derecho a defenderse, el que incluye cualquier otro derecho humano y divino: derecho a desplazar, derecho a ocupar, derecho a secuestrar, derecho a encarcelar y torturar sin límites a menores de edad de un pueblo inexistente.

Derecho a que nadie critique su derecho.

Derecho a considerarse un pueblo superior, por gracia de Dios y por gracia de su naturaleza especial, de su espíritu superior hasta donde los goys nunca llegarán.

Derecho a llorar por las victimas que ocasiona esta superioridad étnica y derecho a llorar por las víctimas que le ocasionan los subhumanos, las ratas humanas.

Derecho a comprar a presidentes, a senadores, a representantes y a jefes de redacción de otros países, como Estados Unidos.

Derecho a arruinarle la carrera y la vida a cualquiera que cometa la osadía de cuestionar algunos de estos derechos bajo la acusación de antisemitismo.

Derecho a masacrar cuando lo considere necesario.

Derecho a matar hasta por diversión cuando sus soldados están aburridos.

Derecho a bailar y celebrar cuando diez toneladas de bombas masacran decenas de refugiados en un campamento lleno de gente hambreada.

Todo porque los palestinos son y no son. Según este cuento supremacista y mesiánico, los palestinos nunca existieron como pueblo cuando reclaman sus derechos humanos. Sí existieron como el pueblo Amalek hace tres mil años, como habitantes de un pueblo que había que desplazar y exterminar “hasta que no quede ni uno” de esos seres ficticios, inexistentes.

Ahora, si no crees este cuento, sólo repítelo una infinidad de veces y entenderás que es la pura verdad. Una verdad que si te atreves a cuestionarla te conviertes en un terrorista, como la mujer de Lot se convirtió en una estatua de sal por su osadía de desobedecer y mirar hacia atrás donde, dicen, Dios estaba masacrando a un pueblo por la orientación sexual de algunos de ellos.

Jorge Majfud, mayo 2024.

O mistério do povo palestino. Por Jorge Majfud.

Os palestinos nunca existiram como um povo quando reivindicam seus direitos humanos. Eles existiam como o povo Amaleque há três mil anos, quando tiveram de ser massacrados.

Os palestinos são pessoas muito estranhas. Como as partículas subatômicas, segundo a física quântica e conforme os sionistas, eles conseguem existir em duas formas diferentes e em lugares diferentes ao mesmo tempo. Eles são e não são.

Eles não existem, mas “tem que matar todos eles”, como disse a congressista Andy Ogles em Washington. “Limpem toda Gaza da face da Terra”, insistiu a congressista israelense Galit Distel Atbaryan; “qualquer outra coisa é imoral”. O ministro da defesa israelense, Ben-Gvir, foi claro: “Por que há tantas prisões? Não é possível matar alguns deles? O que faremos com tantos presos? Isso é perigoso para os soldados”. O ministro das finanças de Israel, Bezalel Smotrich, disse em uma reunião de gabinete televisionada: “Rafah, Deir al-Balah, Nuseirat, todos devem ser aniquilados”, conforme a ordem de Deus: “Você apagará a memória de Amaleque sob os céus”. Em diferentes ocasiões, o primeiro-ministro Benjamin Netanyahu, referindo-se aos palestinos, repetiu: “Vocês devem se lembrar do que Amaleque fez a vocês, diz nossa Bíblia Sagrada”. O professor de estudos judaicos Motti Inbari esclareceu as palavras de Netanyahu: “O mandamento bíblico é destruir completamente todo o Amaleque. E quando falo em destruir completamente, estamos falando em matar cada um deles, incluindo os bebês, suas propriedades, os animais, tudo”. Danny Neumann, membro do Likud, declarou na televisão: “Todos em Gaza são terroristas. Deveríamos ter matado 100.000 no primeiro dia. Muito poucos em Gaza são seres humanos”. O Ministro do Patrimônio, Amihai Eliyahu, propôs economizar tempo e lançar uma bomba atômica em Gaza para cumprir o mandato divino.

Nos primeiros sete meses de bombardeio, 40.000 homens, mulheres e crianças foram destruídos por bombas, sem contar os desaparecidos, os desabrigados, os famintos, os doentes, os mutilados e os irreversivelmente traumatizados. Mas, de Netanyahu ao presidente Joe Biden, “o que Israel está fazendo não é genocídio; é autodefesa”. Se um grupo armado responde com violência (reconhecida como um direito segundo a lei internacional), então eles são terroristas.

Aqueles que não se permitem ser mortos são terroristas. Aqueles que criticam a matança, como os estudantes estadunidenses, são terroristas. É por isso que, na Europa e nos Estados Unidos, os protestos contra o massacre em Gaza são reprimidos pela polícia militarizada, enquanto os violentos ataques sionistas e as paradas nazistas são observados com respeito. Porque é assim que os poderosos são covardes. Sem armas poderosas, mídia dominante e capital sequestrado, eles não são ninguém. Um braço rígido para a saudação fascista e uma mão trêmula para questionar um massacre contra a humanidade contra aqueles que não podem se defender.

Conforme os sionistas, a Palestina nunca existiu e os palestinos nunca existiram. Quando, pelo acordo dos sionistas com Hitler, os palestinos inexistentes deveriam receber os refugiados do nazismo na Europa, os inexistentes eram a maioria esmagadora da população, do rio ao mar. Os navios que chegavam “com bom material genético”, segundo os sionistas, chegavam em navios com bandeiras nazistas e britânicas. Quando, em 1947, o Exodus, com 4.500 refugiados, se aproximou de Haifa, o capitão britânico avisou aos passageiros que eles seriam presos na chegada, porque o Império Britânico não permitia a imigração ilegal. “Se vocês resistirem à prisão, teremos que usar a força”. Ao chegarem à Palestina, os refugiados exibiram um cartaz com os seguintes dizeres: “Os alemães destruíram nossas famílias. Por favor, não destruam nossas esperanças”. Muitos refugiados permaneceram detidos, mas um quarto de milhão conseguiu entrar na Palestina, pelo menos 70.000 ilegalmente e à força.

Em breve, uma parte (não sabemos a porcentagem) das vítimas da Europa se tornaria a vítima do Oriente Médio. O plano sionista foi apoiado por uma campanha de bombardeios terroristas na Palestina que explodiu hotéis, delegacias de polícia e massacrou centenas de palestinos. Folke Bernadotte, o diplomata sueco que facilitou a libertação de centenas de judeus dos campos de concentração nazistas em 1945, foi assassinado em Jerusalém dois anos depois pelo Leji, um grupo sionista que se descrevia como terrorista e “combatente da liberdade”. O Leji, uma facção de outro grupo terrorista, o Irgun, havia negociado com os nazistas alemães a criação de Israel como um estado totalitário aliado ao Reich de Hitler. Quando essa aliança fracassou, eles tentaram Stalin, com o mesmo resultado. Um dos (ex) terroristas do Irgun, o bielorrusso Menachem Begin, tornou-se primeiro-ministro de Israel em 1977. Ele foi sucedido por um dos (ex-)esquerdistas, também bielorrusso, Isaac Shamir, que se tornou primeiro-ministro de Israel em 1983. Naturalmente, todos eles mudaram seus nomes e sobrenomes de nascimento.

Desde antes da criação do Estado de Israel, os habitantes inexistentes da Palestina começaram a ser despojados de suas casas para receber refugiados. Alguns refugiados judeus e alguns palestinos inexistentes resistiram à desapropriação e ao exílio, de modo que a força teve de ser usada, uma forma especial de direito à existência não reconhecida pelo resto da humanidade e a ira de um deus impiedoso, temido pelo resto da própria humanidade. No início de 2024, a diretora de cinema israelense Hadar Morag relembrou: “Quando minha avó veio para Israel após o Holocausto, a agência judaica prometeu a ela uma casa. Ela não tinha nada. Toda a sua família havia sido exterminada. Ela esperou por muito tempo, morando em uma barraca em uma situação muito precária. Depois, eles a levaram para Ajami, em Jaffa, para uma casa maravilhosa na praia. Ela viu que na mesa ainda havia os pratos dos palestinos que moravam lá e que haviam sido expulsos. Ela voltou para a agência e disse: ‘Leve-me de volta para minha tenda, nunca farei a ninguém o que foi feito a mim’. Essa é a minha herança, mas nem todos tomaram essa decisão. Como podemos nos tornar aquilo que nos oprimiu?” Essa é uma grande questão.

Alguns dos palestinos inexistentes acolheram refugiados judeus quando nem mesmo os Estados Unidos os queriam, quando até mesmo um presidente como Roosevelt enviou de volta ao St. Louis quase mil refugiados judeus para morrer em campos de concentração na Europa. Quando, em 1948, a ONU criou dois Estados, Israel e Palestina, Israel decidiu que nem a Palestina, nem os palestinos existiam, embora, para o milagre quântico acontecer, eles tivessem que roubar suas casas e suas terras, tinham que deslocá-los em massa e matá-los com alegria. Ao mesmo tempo, lamentavam o trabalho sujo que tinham de fazer. “Nunca perdoaremos os árabes por nos obrigarem a matar seus filhos”, disse a imigrante ucraniana e, mais tarde, primeira-ministra Golda Meir. “Os palestinos nunca existiram”, declarou ela em 1969. “Eu fui palestina de 1921 a 1948 porque tinha um passaporte palestino”, acrescentou um ano depois. É como dizer que a Alemanha é uma invenção de Hitler e von Papen ou que a Grã-Bretanha é a Prússia porque seu hino (“Deus Salve a Rainha) soa igual ao hino da Prússia (“Deus conosco”).

As referências aos árabes e palestinos como animais ou sub-humanos não são novidade. É um gênero clássico de racismo supremacista sionista que não ofende ninguém no mundo imperial e civilizado. Esse mesmo mundo civilizado que não tolera ouvir a palavra “negro”, mas não quer lembrar ou reconhecer (e muito menos compensar) as centenas de milhões de negros massacrados para a prosperidade de seus povos escolhidos. Como os nazistas fizeram com os judeus, antes de massacrá-los sem remorso, eles precisavam desumanizar o outro.

Em 1938, um dos líderes do grupo terrorista sionista Irgun, o bielorrusso Yosef Katzenelson, declarou: “Precisamos criar uma situação em que matar um árabe seja como matar um rato. Que fique claro que os árabes são lixo e que nós, e não eles, somos a força que governará a Palestina”. Em 1967, o diplomata israelense David Hacohen disse: “Eles não são seres humanos, não são pessoas, são árabes”. Em novembro de 2023, o ex-embaixador de Israel na ONU, Dan Gillerman, declarou: “Estou muito intrigado com a preocupação constante que o mundo demonstra pelo povo palestino e, na verdade, demonstra por esses animais horríveis e desumanos que cometeram as piores atrocidades que este século já viu”. Mas se alguém percebe que isso é racismo absoluto, é acusado de ser antissemita, ou seja, racista.

Os palestinos não existem, mas se eles se defenderem, são maus terroristas. Se não revidarem, são bons terroristas. Se permitirem que sejam massacrados, são terroristas inexistentes. Em Gaza, “qualquer pessoa com mais de quatro anos é um apoiador do Hamas”, disse o ex-agente do Mossad Rami Igra à televisão estatal. “Todos os civis de Gaza são culpados e merecem enfrentar a política de punição coletiva de Israel, que os impede de receber alimentos, remédios e ajuda humanitária.” Ele deixou de lado a nota sobre o bombardeio sistemático e indiscriminado que todos os dias decapita e destrói dezenas de crianças, até mesmo com menos de quatro anos, que seriam sub-humanos, animais, ratos, mas ainda não seriam terroristas graduados.

Israel tem, sim, o direito de se defender, o que inclui todos os outros direitos humanos e divinos: o direito de deslocar, o direito de ocupar, o direito de sequestrar, o direito de prender e torturar sem limites menores de um povo inexistente.

O direito de não ter ninguém criticando seu direito.

O direito de se considerarem um povo superior, pela graça de Deus e pela graça de sua natureza especial, de seu espírito superior, para onde os goys jamais irão.

O direito de lamentar as vítimas causadas por essa superioridade étnica e o direito de lamentar as vítimas causadas pelos sub-humanos, os ratos humanos.

O direito de comprar presidentes, senadores, deputados e editores-chefes de outros países, como os Estados Unidos.

O direito de arruinar a carreira e a vida de qualquer um que se atreva a questionar qualquer um desses direitos sob a acusação de antissemitismo.

O direito de massacrar quando julgar necessário.

O direito de matar até mesmo por diversão quando seus soldados estiverem entediados.

O direito de dançar e comemorar quando dez toneladas de bombas massacram dezenas de refugiados em um campo cheio de pessoas famintas.

Tudo porque os palestinos são e não são. De acordo com essa história supremacista e messiânica, os palestinos nunca existiram como povo quando reivindicam seus direitos humanos. Eles existiram, sim, como o povo Amaleque há três mil anos, como habitantes de um povo que teve de ser deslocado e exterminado “até que não restasse um único” desses seres fictícios e inexistentes.

Agora, se você não acredita nessa história, basta repeti-la um número infinito de vezes e você entenderá que ela é a verdade. Uma verdade que, se você ousar questioná-la, se tornará um terrorista, como a mulher de Ló se tornou uma estátua de sal por ousar desobedecer e olhar para trás, onde, dizem, Deus estava massacrando um povo devido à orientação sexual de alguns deles.

Maio de 2024.

Tradução: TFG, para Desacato.info.

Le mystère du peuple palestinien : il existe et en même temps, il n’existe pas

Jorge Majfud, 

Traduit par Fausto GiudiceTlaxcala

 Les Palestiniens n’ont jamais existé en tant que peuple lorsqu’ils revendiquent leurs droits humains. Ils ont existé en tant que peuple Amalek il y a trois mille ans, quand il faut les massacrer.

Les Palestiniens sont un peuple très étrange. Comme les particules subatomiques, selon la physique quantique et selon les sionistes, ils ont la capacité d’exister sous deux formes différentes et dans des lieux différents en même temps. Ils sont et ils ne sont pas.

Ils n’existent pas, mais « tuez-les tous », comme l’a dit la députée Andy Ogles à Washington. « Effacez tout Gaza de la surface de la terre », a insisté la députée israélienne Galit Distel Atbaryan, « toute autre chose est immorale ». Le ministre israélien de la Défense, Ben-Gvir, a été clair : « Pourquoi y a-t-il tant d’arrestations ? Ne pouvez-vous pas en tuer quelques-uns ? Qu’allons-nous faire de tant d’arrestations ? C’est dangereux pour les soldats ». Le ministre israélien des Finances, Bezalel Smotrich, a déclaré lors d’un téléconseil des ministres : « Rafah, Deir al-Balah, Nuseirat, tout doit être anéant », conformément à l’ordre de Dieu : « Vous effacerez la mémoire d’Amalek sous les cieux ». À plusieurs reprises, le Premier ministre Benjamin Netanyahu a répété, en parlant des Palestiniens : « Vous devez vous souvenir de ce qu’Amalek vous a fait, dit notre Sainte Bible ». Motti Inbari, professeur d’études juives, a précisé les propos de Netanyahou : « Le commandement biblique est de détruire complètement tout Amalek. Et quand je parle de détruire complètement, il s’agit de tuer chacun d’entre eux, y compris les bébés, leurs biens, les animaux, tout ». Danny Neumann, membre du Likoud, a déclaré à la télévision : « Tous les habitants de Gaza sont des terroristes. Nous aurions dû en tuer 100 000 le premier jour. Très peu d’habitants de Gaza sont des êtres humains ». Le ministre du Patrimoine, Amihai Eliyahu, a proposé de gagner du temps et de larguer une bombe atomique sur Gaza pour accomplir le mandat divin.

Au cours des sept premiers mois de bombardements, 40 000 hommes, femmes et enfants ont été détruits par les bombes, sans compter les disparus, les déplacés, les affamés, les malades, les mutilés et les traumatisés irréversibles. Mais de Netanyahou au président Joe Biden, « ce que fait Israël n’est pas un génocide, c’est de l’autodéfense ». Si un groupe armé répond par la violence (ce qui est reconnu comme un droit par le droit international), il s’agit alors de terroristes.

Ceux qui ne se laissent pas tuer sont des terroristes. Ceux qui critiquent le massacre, comme les étudiants usaméricains, sont des terroristes. C’est pourquoi, en Europe et aux USA, les manifestations contre le massacre de Gaza sont repoussées par la police militarisée, tandis que les violentes attaques sionistes et les défilés nazis sont observés avec respect. C’est parce que les puissants sont si lâches. Sans armes puissantes, sans médias dominants et sans capitaux saisis, ils ne sont personne. Un bras raide pour le salut fasciste et une main tremblante pour remettre en question un massacre contre l’humanité perpétré contre ceux qui ne peuvent pas se défendre.

Selon les sionistes, la Palestine n’a jamais existé et les Palestiniens n’ont jamais existé. Lorsque, par l’accord des sionistes avec Hitler, les Palestiniens inexistants devaient accueillir les réfugiés du nazisme en Europe, les inexistants constituaient l’écrasante majorité de la population, du fleuve à la mer. Les bateaux arrivant « avec du bon matériel génétique » selon les sionistes, arrivaient sur des navires battant pavillon nazi et britannique. Lorsqu’en 1947, l’Exodus, transportant 4 500 réfugiés, s’est approché de Haïfa, le capitaine britannique a averti ses passagers qu’ils seraient arrêtés à l’arrivée, car l’Empire britannique n’autorisait pas l’immigration illégale. « Si vous résistez à l’arrestation, nous devrons recourir à la force ». À leur arrivée en Palestine, les réfugiés déploient une pancarte sur laquelle on peut lire : « Les Allemands ont détruit nos familles. S’il vous plaît, ne détruisez pas nos espoirs ». De nombreux réfugiés restent en détention, mais un quart de million réussit à entrer en Palestine, dont au moins 70 000 illégalement et par la force.

Bientôt, une partie (nous ne savons pas quel pourcentage) des victimes de l’Europe deviendront les bourreaux du Moyen-Orient. Le plan sioniste a été soutenu par une campagne d’attentats terroristes en Palestine qui a fait sauter des hôtels, des postes de police et massacré des centaines de Palestiniens. Folke Bernadotte, le diplomate suédois qui a facilité la libération de plusieurs centaines de Juifs des camps de concentration nazis en 1945, a été assassiné à Jérusalem deux ans plus tard par le Lehi (bande Stern), un groupe sioniste qui se décrivait comme des terroristes et des « combattants de la liberté ». Le Lehi, une faction d’un autre groupe terroriste, l’Irgoun, avait négocié avec les nazis allemands la création d’Israël en tant qu’État totalitaire allié au Reich d’Hitler. Cette alliance ayant échoué, ils ont essayé Staline, avec le même résultat. L’un des (ex-)terroristes de l’Irgoun, le Biélorusse Menahem Begin, est devenu premier ministre d’Israël en 1977. L’un des (ex-)terroristes, également biélorusse, Isaac Shamir, lui a succédé et est devenu Premier ministre d’Israël en 1983. Naturellement, ils ont tous changé leurs noms et prénoms de naissance.

Dès avant la création de l’État d’Israël, les habitants inexistants de la Palestine ont commencé à être dépossédés de leurs maisons pour accueillir des réfugiés. Certains réfugiés juifs et certains Palestiniens inexistants ont résisté à la dépossession et à l’exil, si bien qu’il a fallu recourir à la force, forme particulière d’un droit à l’existence non reconnu par le reste de l’humanité, et à la colère d’un dieu impitoyable, redouté par le reste de l’humanité elle-même. Début 2024, la réalisatrice israélienne Hadar Morag se souvient : « Lorsque ma grand-mère est arrivée en Israël après l’Holocauste, l’Agence juive lui a promis une maison. Elle n’avait rien. Toute sa famille avait été exterminée. Elle a attendu longtemps, vivant dans une tente dans une situation très précaire. Puis ils l’ont emmenée à Ajami, à Jaffa, dans une magnifique maison sur la plage. Elle a vu que sur la table se trouvaient encore les plats des Palestiniens qui avaient vécu là et qui avaient été expulsés. Elle est retournée à l’agence et a dit : “Ramenez-moi à ma tente, je ne ferai jamais à personne ce qu’on m’a fait”. C’est mon héritage, mais tout le monde n’a pas pris cette décision ; comment pouvons-nous devenir ce qui nous a opprimés ? C’est une grande question ».

Certains des Palestiniens, qui n’existent pas, ont accueilli des réfugiés juifs alors que même les USA n’en voulaient pas, alors qu’un président comme Roosevelt avait renvoyé sur le Saint-Louis près d’un millier de réfugiés juifs pour qu’ils meurent dans des camps de concentration en Europe. Lorsqu’en 1948, les Nations unies ont créé deux États, Israël et la Palestine, Israël a décidé que ni la Palestine ni les Palestiniens n’existaient, même si, pour que le miracle quantique se produise, ils ont dû voler leurs maisons et leurs terres, les déplacer en masse et les tuer avec joie. En même temps, ils déploraient le sale boulot qu’ils avaient à faire. « Nous ne pardonnerons jamais aux Arabes de nous avoir forcés à tuer leurs enfants », a déclaré l’immigrante ukrainienne Golda Meir, qui deviendra plus tard Premier ministre. « Les Palestiniens n’ont jamais existé », a-t-elle déclaré en 1969. « J’ai été Palestinienne de 1921 à 1948 parce que j’avais un passeport palestinien », a-t-elle ajouté un an plus tard. C’est comme dire que l’Allemagne est une invention d’Hitler et de von Papen ou que la Grande-Bretagne est la Prusse parce que son hymne (“God save the Queen”) sonne de la même manière que l’hymne de la Prusse (“Gott mit uns”).

Les références aux Arabes et aux Palestiniens en tant qu’animaux ou sous-hommes n’ont rien de nouveau. Il s’agit d’un genre classique de racisme suprémaciste sioniste qui ne choque personne dans le monde impérial et civilisé. Ce même monde civilisé qui ne tolère pas d’entendre le mot “nègre” mais qui ne veut pas se souvenir ou reconnaître (et encore moins indemniser) les centaines de millions de Noirs massacrés pour la prospérité de ses peuples élus. Comme les nazis l’ont fait avec les Juifs, avant de les massacrer sans remords, il fallait déshumaniser l’autre.

En 1938, l’un des chefs du groupe terroriste sioniste Irgoun, le Biélorusse Yosef Katzenelson, déclarait : « Nous devons créer une situation où tuer un Arabe est comme tuer un rat. Qu’il soit bien entendu que les Arabes sont des déchets et que c’est nous, et non eux, qui gouvernerons la Palestine ». En 1967, le diplomate israélien David Hacohen a déclaré : « Ce ne sont pas des êtres humains, ce ne sont pas des gens, ce sont des Arabes ». En novembre 2023, l’ancien ambassadeur d’Israël aux Nations unies, Dan Gillerman, a déclaré : « Je suis très perplexe quant à l’intérêt constant que le monde porte au peuple palestinien et, en fait, à ces animaux horribles et inhumains qui ont commis les pires atrocités que ce siècle ait connues ». Mais si quelqu’un remarque qu’il s’agit de racisme pur et simple, il est accusé d’être antisémite, c’est-à-dire raciste.

Les Palestiniens n’existent pas, mais s’ils se défendent, ce sont de mauvais terroristes. S’ils ne se défendent pas, ce sont de bons terroristes. S’ils se laissent massacrer, ce sont des terroristes inexistants. À Gaza, « toute personne âgée de plus de quatre ans est un partisan du Hamas » a déclaré Rami Igra, ancien agent du Mossad, à la télévision d’État. « Tous les civils de Gaza sont coupables et méritent d’être confrontés à la politique israélienne de punition collective, qui les empêche de recevoir de la nourriture, des médicaments et de l’aide humanitaire ». Il a laissé tomber la phrase concernant le bombardement systématique et aveugle qui, chaque jour, décapite et détruit des dizaines d’enfants, même âgés de moins de quatre ans, qui seraient des sous-hommes, des animaux, des rats, mais pas encore des terroristes diplômés.

Israël a le droit de se défendre, ce qui inclut tous les autres droits humains et divins : le droit de déplacer, le droit d’occuper, le droit d’enlever, le droit d’emprisonner et de torturer sans limites des mineurs d’un peuple qui n’existe pas.

Le droit à ce que personne ne critique leur droit.

Le droit de se considérer comme un peuple supérieur, par la grâce de Dieu et par la grâce de sa nature particulière, de son esprit supérieur, là jusqu’où les goys n’iront jamais.

Le droit de pleurer les victimes causées par cette supériorité ethnique et le droit de pleurer les victimes causées par les sous-hommes, les rats humains.

Le droit d’acheter des présidents, des sénateurs, des représentants et des rédacteurs en chef d’autres pays, comme les USA.

Le droit de ruiner la carrière et la vie de quiconque ose remettre en cause l’un de ces droits sous l’accusation d’antisémitisme.

Le droit de massacrer lorsqu’il le juge nécessaire.

Le droit de tuer même pour le plaisir lorsque les soldats s’ennuient.

Le droit de danser et de faire la fête lorsque dix tonnes de bombes massacrent des dizaines de réfugiés dans un camp rempli de gens affamés.

Tout cela parce que les Palestiniens sont et ne sont pas. Selon ce récit suprémaciste et messianique, les Palestiniens n’ont jamais existé en tant que peuple lorsqu’ils revendiquent leurs droits de l’homme. Ils ont existé en tant que peuple Amalek il y a trois mille ans, en tant qu’habitants d’un peuple qui devait être déplacé et exterminé « jusqu’à ce qu’il ne reste plus un seul » de ces êtres fictifs et inexistants.

Si vous ne croyez pas à cette histoire, il vous suffit de la répéter un nombre infini de fois pour comprendre qu’il s’agit de la vérité. Si vous osez remettre en question cette vérité, vous devenez un terroriste, comme la femme de Lot est devenue une colonne de sel pour avoir osé désobéir et regarder en arrière, là où, dit-on, Dieu massacrait un peuple à cause de l’orientation sexuelle de certains de ses membres.

Las máscaras del racismo

Todo evento histórico se expresa en situaciones concretas, nunca abstractas, lo que produce la ilusión de la especificidad de las fuerzas que lo generan. Nadie ama y odia en abstracto, aunque el objeto de ese amor (una bandera, un símbolo) y de ese odio (otra bandera, otro símbolo) sea el resultado de la afiebrada imaginación tribal y el resultado de una lucha social por los “campos semánticos” y sus valoraciones éticas. Esto ya lo analizamos en el libro La narración de lo invisible, 2004.

El odio produce odio y lo distribuye convenientemente hasta lograr confundir a un racista con un indignado. Nadie odia en abstracto. Nadie mata en abstracto. No hay odio sin una víctima concreta. Incluso los pilotos que ven la realidad como un videojuego o los operadores de drones a miles de kilómetros de distancia matan seres humanos concretos y sus perpetuadores son seres humanos concretos que luego se ocultan en mentiras concretas, más allá del guion escrito, como lo hemos visto desde hace por lo menos tres décadas.

Sin embargo, si echamos una mirada lo más amplia posible a la historia y tratamos de abstraer esas fuerzas, esos factores comunes en nuestro tiempo y en tiempos de Poncio Pilatos, veremos algo más que lo eventual y específico. Esta idea platónica (la verdad es esa constante que está más allá del caos de las apariencias visibles) no deja de ser la base de cualquier reflexión científica. No otra cosa ha sido la filosofía, de las ciencias y protociencias, desde la caótica economía hasta la física cuántica. Como decía un personaje de Ernesto Sábato, la gracia está en entender que una piedra que cae y la luna que no cae son el mismo fenómeno.

Contrario a las apariencias, no existe el racismo contra un grupo específico. No existe el racismo específico e inclusivo. Los racistas no odian sólo a una raza, a una etnia o a un pueblo. Esta confusión es otra de las clásicas confusiones estratégicas que le sirven al racista para lograr alianzas temporales en favor de su causa. Puede existir el racismo blanco y el racismo negro, el racismo semita y el racismo antisemita, pero un racista es un enfermo de cuerpo y alma y odia a todo aquel que no pertenece a su raza o a su etnia, esas cosas imaginarias que, como todo lo imaginario suele ser más poderoso que la realidad. Un racista odia de forma democrática e indiscriminada, aunque cada tanto se concentre, distraiga y finalmente logre descargar todo su odio en otra etnia específica. Un nazi no odia sólo a los judíos. Un supremacista del Ku Klux Klan no odia solo a los negros. Un antisemita no odia solo a los semitas. Un sionista supremacista no odia solo a los palestinos. Esto no es solo una observación teórica o una definición lingüística. Es algo observable en la historia y en el presente. Si alguien defiende al grupo objeto de su odio, pasa a ser un enemigo y objeto de su odio sin ninguna reserva. Recientemente, el New York Times y CNN identificaron a los promotores de la violencia contra los manifestantes pro-palestinos en las universidades de Estados Unidos. Junto con las turbas pro-sionistas había activistas de la extrema derecha antijudía y al menos un conocido antisemita identificado, repartiendo palo a los estudiantes contra la masacre en Palestina, entre ellos estudiantes y profesores judíos. Ejemplos similares sobran. No tengo aquí el espacio para mencionar ni una mínima fracción de esa larga lista.

No, un racista no odia sólo a un grupo específico, aunque la confusión estratégica insista en presentarlo de esa forma. Si el grupo que representa el odio del racista desapareciera de la faz de la Tierra, en cuestión de horas pasaría a descargar su enfermedad sobre otro grupo. A nadie le viene diarrea súbita por pasar por un determinado baño. Cualquier baño le sirve para descargar su incontinencia.

El racismo es, probablemente, una patología evolutiva (tal vez, con algún componente genético individual no estudiado como tal, como la psicopatía) que se potencia y se enquista en una cultura con elaboraciones, justificaciones y racionalizaciones. En el siglo XIX esas racionalizaciones supremacistas fueron teorías raciales pseudocientíficas (genética colectiva), para justificar el colonialismo, el expolio y las masacres globales de las pulcras democracias noroccidentales. En el siglo XXI, como hace cinco mil años, se trata de una justificación religiosa, articulada por la fantasía mesiánica de cada grupo y liderada por sus miembros más patológicos, que son quienes el sistema político suele seleccionar, casi siempre de forma democrática—aunque nunca libre.

Pero la historia también muestra que, si bien el racismo es una maldición universal, no todos los pueblos lo han ejercido en la misma escala ni con la misma pasión. Aunque no libre de terribles masacres promovidas o justificadas por el racismo, África también provee de muchos ejemplos históricos donde la raza era un detalle irrelevante. Lo mismo podemos decir de varios pueblos nativos americanos. Todos salvajes y subdesarrollados… Nada comparable con el supremacismo genocida que los imperios noroccidentales practicaron a escala industrial. Hubo culturas, hay culturas más enfermas que otras y todas, religiosas o no, son antihumanistas.

Otro capítulo es a quién beneficia el racismo. No es difícil observar, también en la historia y en el presente, que el racismo, como las religiones, son instrumentos de poder de las clases, de las elites en el poder. Es más difícil esclavizar al resto de la sociedad, de la humanidad, si primero no nos convencemos de que somos superiores por nacimiento, que tenemos derechos especiales (a la tierra, a los capitales, a la vida) y que, por lo tanto, exterminar o esclavizar al otro es una “defensa legítima” de ese derecho. Es más difícil esclavizar al resto de la sociedad, de la humanidad si, además, el resto de la humanidad no acepta, de forma explícita o implícita, la superioridad del colono, del opresor, de la clase superior: los poderosos, los impunes, son más inteligentes, más hermosos, más buenos y, a la larga, se sacrifican por nuestra prosperidad, como bien lo definió el poema de Rudyard Kipling, “La pesada carga del hombre blanco” que promovió Theodore Roosevelt y se la creyeron casi todos los colonizados. Casi todos, menos los peligrosos rebeldes que fueron perseguidos y crucificados por los soldados de la oligarquía criolla colonial.

Una última. Otra funcionalidad del racismo, como del sexismo, es que, a pesar de ser un instrumento imperial de dominación, tiene la virtud de distraer a sus detractores con reivindicaciones legítimas. La “guerra cultural” (La narración de lo invisible) ha silenciado el cuestionamiento al mismo orden al que sirve el racismo. Esto ha sido probado en Estados Unidos primero y luego en otros países: en el siglo XXI, las marchas y protestas contra la violencia racial acallaron la conciencia de los años sesenta: la mayor expresión de racismo es el imperialismo, que es la mayor expresión del sistema global de dominación a través del dios más abstracto que existe, el dinero, cuya religión es el capitalismo.

Jorge Majfud, mayo 2024.

IRKÇILIĞIN FARKLI GÖRÜNÜMLERİ VE DEMİRTAŞ’IN SAVUNMASI-M.Taş

25 Mayıs 2024 

 

Her tarihsel olay, onu oluşturan güçlerin yarattığı yanılsamalarla soyut olmayan somut durumlarda kendini ifade eder. Hiç kimse soyut olarak sevmez ya da nefret etmez. Sevginin veya nefretin nesnesi bir bayrak veya kimlik de olabilir her zaman somuttur.

Irkçıların yaydığı nefret karşı nefreti üretir.  Soyut olarak kimse kimseden nefret etmediği gibi soyut olarak kimse kimseyi öldürmez. “Somut bir kurban olmadan nefret olmaz.” (J.M) Gerçekliği bir video oyunu olarak gören pilotlar veya binlerce kilometre ötedeki insansız hava aracı operatörleri bile somut insanları öldürür ve onların failleri, yaklaşık otuz yıldır gördüğümüz gibi, CİA ve Pentagon patentli yazılı senaryolarda belirtildiği gibi somut yalanların arkasına saklanan somut insanlardır.

Bildiklerimizin aksine, belirli bir gruba karşı ırkçılık diye bir şey yoktur. Irkçılar sadece bir ırktan, bir etnik kökenden veya bir halktan nefret etmezler. Onurlu yaşam davası savunmasında Demirtaş’ın “Türksen Övün değilsen itaat et” (S.D) ırkçı sloganında ırkçılığın bu görünümünü gözler önüne seriyor. Irkçılıkla eğitilmiş özel timin sadece Kürtlerden değil diğer azınlıklardan nefret ettiğini ve hangi kimlikten olursa olsun sorgusuz öldürebileceğini belirtiyor.

Türk ırkçılık, beyaz ırkçılık ve siyah ırkçılık, Sami ırkçılığı ve anti-Semitik ırkçılık olabilir, ancak “bir ırkçı bedenen ve ruhen hastadır ve ırkına veya etnik kökenine ait olmayan herkesten nefret eder, hayali her şey gibi, genellikle gerçeklikten daha güçlü olan bu hayali şeyler.” Bir ırkçı, zaman zaman konsantre olsa, dikkatini dağıtsa ve sonunda tüm nefretini başka bir etnik kökene salıvermeyi başarsa bile, insanlığından çıkar ve ayrım gözetmeksizin nefret eder.

Bir ülkücü sadece Kürtlerden, bir Nazi sadece Yahudilerden nefret etmez. Bir Ku Klux Klan sadece siyah insanlardan nefret etmez. Bir antisemitist sadece Musevilerden veya üstünlükçü bir Siyonist sadece Filistinlilerden nefret etmez. Bu sadece politik bir gözlem ya da dilbilimsel bir tanım değildir. Tarihte ve günümüzde gözlemlenebilir bir şeydir. “Birisi nefretinin nesnesi olan grubu savunabilir veya hiç çekinmeden nefretinin nesnesi haline gelebilir.”

Demirtaş savunmasında ırkçılığın farklı maskelerini Cizre’de Sur’da bir evin dış duvarına yazılan yukardaki sloganı yorumlarken “yazan Kürt’ü de bin defa lanetleriz. Buradaki yazan Kürt mü Türk mü bilmiyorum, elinde Türk bayrağı var, kurt işareti yapmış, ondan dolayı Türk diyorum. Etnik olarak belki Kürt’tür, fark etmez ama zihniyet olarak Türk resmi ideolojisini temsil ediyor”. İster asker ister polis olsun isterse sivil bir vatandaş olsun Kürt düşmanı bir ırkçı Arapları ve Ermenileri öldürüp “Reis gereği yapıldı” diyerek işlediği vahşeti devlet büyüklerine sadakatle üstünü örter.

Jorge makalesinde belirttiği gibi “Irkçılık muhtemelen, çeşitli gerekçe ve rasyonalizasyonlarla bir kültürde yerleşik hale getirilen evrimsel bir patolojidir.” On dokuzuncu yüzyılda, bu üstünlükçü rasyonalizasyonlar, sömürgeciliği, yağmayı ve küresel katliamları haklı çıkarmak için sözde bilimsel kolektif genetik, ırk teorileriyle temellendirildi. Yirmi birinci yüzyılda, Netanyahu’nun Filistinlilere, Türkiye’de Kürtlere Latin Amerika’da yerli halka, Avrupa’da etnik azınlıklara, göçmenlere karşı azgınlaşan nefret güncellenmiş ırkçılığın değişik varyosları, değişik görünümleridir.

Ancak tarih, ırkçılığın evrensel bir lanet olduğunu göstermesine rağmen, tüm halkların bunu aynı ölçekte veya aynı tutkuyla kullanmadığını da gösteriyor. Afrika, ırkçılık tarafından teşvik edilen ve meşrulaştırılan korkunç katliamlardan arınmış olmasa da, ırkın alakasız bir ayrıntı olduğu birçok tarihsel örnek de sunuyor. Aynı şey birkaç Kızılderili halk için de söylenebilir. Hepsi vahşi ve gelişmemiş… Kuzeyin emperyalist devletleri uyguladığı soykırımcı ırkçılıkları başkalarıyla karşılaştırılamaz. Hastalıklı ırkçılığı taşıyan tüm kültürler dindar olsun ya da olmasın hepsi anti-hümanisttir.

Una metáfora geopolítica (video)

Borat (Sacha Baron Cohen) hace que un congresista se baje los pantalones para complacer a un falso agente del Mossad. La escena surrealista fue filmada en 2018 y adquiere un significado trágico en 2024. Aquí subtitulada y traducida por Think-Lab.

El Ministro de Finanzas israelí pidió la “aniquilación total” de Gaza

“Pero, ¿por qué el escándalo? ¿Lo dijo en un campus universitario?” preguntó con sorna un periodista. “Porque no es noticia. Lo siento, son las reglas”.

Por Julia Conley

Traducción Jorge Majfud

Es el último ejemplo de un alto funcionario israelí que pide abiertamente la eliminación de Gaza y de los 2,3 millones de palestinos que viven allí. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, exigió el martes la destrucción de ciudades y campos de refugiados en el enclave bloqueado de Gaza.

“No hay medias tintas”, afirmó Smotrich en una reunión televisada del gobierno. “Rafah, Deir al-Balah, Nuseirat: aniquilación total”.

Luego, citando la Biblia, dijo: “Borrarás la memoria de Amalek debajo del cielo”. Según el Ministro de finanzas, Dios ordenó a los israelitas exterminar a Amalek, lo que justificaría el exterminio de Palestina. Varios líderes israelíes de derecha han invocado la misma historia bíblica de Amalek, durante mucho tiempo, para justificar el matanza de palestinos.

El Primer Ministro Benjamín Netanyahu también hizo referencia a Amalek en las primeras semanas de la actual escalada de Israel contra Gaza; Los comentarios de Smotrich se produjeron mientras él y otros funcionarios del gobierno presionaban a Netanyahu para que siguiera adelante con un ataque planeado contra la ciudad sureña de Rafah, a donde más de 1,5 millones de personas han sido desplazadas mientras otras ciudades de Gaza han sido diezmadas por los bombardeos israelíes.

Ibrahim Hooper, director nacional de comunicaciones del Consejo de Relaciones Estadounidenses-Islámicas (CAIR), pidió al presidente Joe Biden que deje de condenar a miles de estudiantes universitarios estadounidenses que han exigido un alto el fuego y el fin de la ayuda militar a Israel y que dirija su ira hacia el gobierno israelí, que ha insistido repetidamente que tiene como objetivo a Hamas, a pesar de sus declaraciones genocidas y ataques indiscriminados contra todo el pueblo palestino.

“En caso de que la intención genocida del gobierno israelí en Gaza no estuviera clara para nadie, a pesar de sus crímenes de guerra diarios contra el pueblo palestino, las palabras del ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, deberían servir como otra llamada de atención”, dijo Hooper. “La intención del gobierno de Netanyahu siempre ha sido la tierra palestina sin palestinos, y la violencia siempre ha sido la ruta para lograr ese atroz objetivo. En lugar de condenar a los estudiantes universitarios, el presidente Biden debe condenar a los líderes israelíes por formular y actuar en consecuencia de sus amenazas genocidas”.

En los últimos meses, funcionarios israelíes han declarado que la “migración” de los residentes de Gaza es su objetivo final al atacar implacablemente la franja, y que todos los palestinos en Gaza son responsables de un ataque liderado por Hamás contra el sur de Israel en octubre, por lo que son objetivos legítimos. También dijo que Gaza debería ser aplastada y que las Fuerzas de Defensa de Israel están luchando contra “animales humanos”.

El periodista Mehdi Hasan sugirió con ironía que los comentarios de Smotrich serán considerados aceptables por la administración Biden, los miembros del Congreso y los medios corporativos estadounidenses porque “no lo dijo en un campus universitario”.

“El Ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, miembro del gabinete de seguridad, debería ser despedido inmediatamente por sus últimos comentarios”, afirmó un editorial del diario Haaretz de Israel, en su publicación del martes por la noche, mientras la policía de Nueva York irrumpía en la Universidad de Columbia para arrestar a los estudiantes que protestaban contra esta masacre. “Así es como actuaría cualquier país adecuadamente administrado, y más aún, un país contra el cual la Corte Internacional de Justicia de La Haya ha emitido medidas provisionales exigiéndole que se abstenga de cometer genocidio, incluida una que le exige abordar adecuadamente la incitación al genocidio”.

Smotrich y otros se han opuesto a lo que el Ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, llamó el martes, “un acuerdo imprudente” que permitiría la liberación de decenas de rehenes israelíes retenidos por Hamas a cambio de prisioneros palestinos que han estado detenidos durante mucho tiempo en cárceles israelíes. El acuerdo incluiría un cese de los combates durante 40 días.

CAIR también señaló el martes pasado que cinco unidades de las fuerzas de seguridad de Israel han sido acusadas de cometer una “grave violación de los derechos humanos”, según un análisis del Departamento de Estado de Estados Unidos.

“La repetida afirmación de que nuestra nación apoya el derecho internacional y los derechos humanos”, dijo el director ejecutivo nacional Nihad Awad, “es solo una cruel ilusión”.

1 de mayo de 2024.

La narrativa aglutinante de un imperio (I)*

La narrativa aglutinante de un imperio (I)

Uno de los escritores y críticos más relevantes de la historia de Estados Unidos, Mark Twain, no sólo fue prolífico en sus denuncias contra el imperialismo de su país, sino que, junto con otros destacados intelectuales de la época, en 1898 fundó la Liga Antiimperialista, la que tuvo sede en una decena de estados hasta los años veinte, cuando comenzó la caza de antiamericanos, según la definición de los fanáticos y mayordomos que siempre se amontonan del lado del poder político, económico y social. Para estos secuestradores de países, antiamericano es todo aquel que busca verdades inconvenientes, enterradas con sus víctimas, y se atreve a decirlas. Hasta el día de hoy han existido estadounidenses y extranjeros de probada preparación intelectual y valor moral que han continuado esa tradición de resistencia a la arbitrariedad, a la brutalidad de la fuerza y a la narrativa del más fuerte, a pesar de los peligros que siempre acarrea decir la verdad sin edulcorantes. Este fanatismo ha llegado a la desfachatez de algunos inmigrantes nacionalizados que acusan a aquellos ciudadanos nacidos en el país de no ser lo suficientemente americanos, como supuestamente son ellos cuando van a la playa con pantalones cortos estampados con la bandera de su nuevo país, el símbolo de los ganadores.

Pero si la gente de la cultura, del arte y de las ciencias está de un lado, es necesario mirar al lado opuesto para saber dónde está el poder y sus mayordomos. En noviembre de 1979, la futura asesora de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick, promotora de la asistencia a las dictaduras militares, los Contras y los escuadrones de la muerte en América Latina, había publicado en la revista Commentary Magazine una idea enraizada en el subconsciente colectivo: “Si los líderes revolucionarios describen a los Estados Unidos como el flagelo del siglo XX, como el enemigo de los amantes de la libertad, como una fuerza imperialista, racista, colonialista, genocida y guerrera, entonces no son auténticos demócratas, no son amigos; se definen como enemigos y deben ser tratados como enemigos”.

Este es el concepto de democracia de la mentalidad imperialista y de sus servidores que detestan que los llamen imperialistas y que tiene, por lo menos, 245 años. ¿Cómo se explica esta contradicción histórica? No es muy difícil. Estados Unidos posee una doble personalidad, representada en el héroe enmascarado y con dos identidades, omnipresente en su cultura popular (Superman, Batman, Hulk, etc.). Es la creación de dos realidades radicalmente opuestas.

Por un lado, están los ideales de los llamados Padres Fundadores, los cuales imaginaron una nueva nación basada en las ideas y lecturas de moda de la elite intelectual de la época, las ideas del humanismo y la Ilustración que también explotaron en Francia en 1789, el mismo año en que entró en vigor la constitución de Estados Unidos: liberté, égalité, fraternité. La mayoría de los fundadores, como Benjamín Franklin, era francófila. Diferente al resto de la población anglosajona, Washington solo iba a la iglesia por obligación social y política. El más radical del grupo, el inglés rebelde Thomas Paine, el principal instigador de la Revolución americana contra el rey George III, la monarquía y la aristocracia europea, era un racionalista y látigo de las religiones establecidas. El padre intelectual de la democracia estadounidense, Thomas Jefferson, había aceptado la ciudadanía francesa antes de convertirse en el tercer presidente y sus libros fueron prohibidos por ateo. No era ateo, pero era un intelectual francófilo, secularista y progresista en muchos aspectos. Pero también era un hijo de la realidad opuesta: al tiempo que promovía ideas como que todos los seres humanos nacemos iguales y tenemos los mismos derechos, Jefferson y todos los demás Padres Fundadores eran profundamente racistas y tenían esclavos que nunca liberaron, incluidas las madres de sus hijos.

Aquí la otra personalidad de Estados Unidos, la que necesita de la máscara para convertirse en el superhéroe: se formó con los primeros peregrinos, los primeros esclavistas y continúa hoy, pasando por cada una de las olas expansionistas: una mentalidad anti iluminista, conservadora, ultra religiosa, practicante de la auto victimización (justificación de toda violencia expansionista) y, sobre todo, moldeada en la idea de superioridad racial, religiosa y cultural que confiere a sus sujetos derechos especiales sobre los otros pueblos que deben ser controlados por el bien de un pueblo excepcional y con un destino manifiesto, para el cual cualquier mezcla será atribuida al demonio o a la corrupción evolutiva, al mismo tiempo que celebra “el crisol de razas”, la libertad y la democracia.

Estados Unidos es el gigante producto de esta contradicción traumática, la que conservará siempre desde su fundación y los sufrirán “los otros”, desde los indios que salvaron del hambre a los primeros peregrinos y los que fueron exterminados para expandir la libertad del hombre blanco, hasta las más recientes democracias destrozadas en nombre de la libertad. Todo lo cual ha llevado a que, como ningún otro país del mundo moderno, Estados Unidos nunca haya conocido un lustro sin guerras desde su fundación. Todo por culpa de los demás, de los otros que nos tienen envidia y nos quieren atacar, con el resultado estimado de millones de muertos debidos a esta tradición de guerras perpetuas “de defensa” en suelo extranjero.

(continúa)

*Fragmento de la introducción del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina a publicarse este año.

La narrativa aglutinante de un imperio (I)

https://rebelion.org/la-narrativa-aglutinante-de-un-imperio-i/

JM enero 2021

Lectura de Inés Lopez Volpe

https://www.pagina12.com.ar/325207-la-narrativa-aglutinante-de-un-imperio

Le récit qui fait le lien d’un empire

par Jorge Majfud *

L’un des écrivains et critiques les plus importants de l’histoire des États-Unis, Mark Twain, a non seulement été prolifique dans ses dénonciations contre l’impérialisme de son pays, mais, avec d’autres intellectuels de l’époque, il a fondé en 1898 la Ligue Anti impérialiste, qui était présente dans une douzaine d’États jusqu’aux années 1920, lorsque la chasse aux anti-américains a commencé, selon la définition des fanatiques et des laquais qui s’agglutinent toujours du côté du pouvoir politique, économique et social.

Pour ces ravisseurs de pays, l’anti-américain est quiconque qui cherche des vérités qui dérangent, enterrées avec leurs victimes et ose les dire. À ce jour, il y a eu des Américains et des étrangers dotés d’une préparation intellectuelle éprouvée et d’un courage moral qui ont continué cette tradition de résistance à l’arbitraire, à la brutalité de la force et au récit du plus fort, malgré les dangers que comporte toujours le fait de dire la vérité sans édulcorants. Ce fanatisme a conduit à l’impudence de certains immigrés nationalisés qui accusent ces citoyens nés dans le pays de ne pas être assez américains, comme ils le sont supposément quand ils vont à la plage en short imprimé du drapeau de leur nouveau pays.

Mais si les gens de la culture, de l’art et de la science sont d’un côté, il faut regarder du côté opposé pour savoir où se trouvent le pouvoir et ses laquais. En novembre 1979, la future conseillère de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick, promotrice de l’aide aux dictatures militaires, aux Contras et aux escadrons de la mort en Amérique latine, avait publié dans Commentary Magazine une idée enracinée dans l’inconscient collectif :« Si les dirigeants révolutionnaires décrivent les États-Unis d’Amérique comme le fléau du XXe siècle, comme l’ennemi des amoureux de la liberté, comme une force impérialiste, raciste, colonialiste, génocidaire et guerrière, alors ce ne sont pas de vrais démocrates, ce ne sont pas des amis ; ils se définissent comme des ennemis et doivent être traités comme des ennemis ».

Tel est le concept de démocratie dans la mentalité impérialiste et pour ses serviteurs qui détestent être appelés impérialistes et qui a au moins 245 ans. Comment s’explique cette contradiction historique ? Ce n’est pas difficile. Les États-Unis ont une double personnalité, représentée dans le héros masqué et avec deux identités, omniprésentes dans sa culture populaire (Superman, Batman, Hulk, etc.). C’est la création de deux réalités radicalement opposées.

D’une part, il y a les idéaux des soi-disant Pères Fondateurs, qui ont imaginé une nouvelle nation basée sur les idées et les lectures à la mode de l’élite intellectuelle de l’époque, les idées d’humanisme et des Lumières qui ont également explosé en France en 1789, la même année de l’entrée en vigueur de la Constitution des États-Unis : liberté, égalité, fraternité. La plupart des fondateurs, comme Benjamin Franklin, étaient des francophiles. Contrairement au reste de la population anglo-saxonne, Washington n’allait à l’église que par obligation sociale et politique. Le plus radical du groupe, l’Anglais rebelle Thomas Paine, principal instigateur de la Révolution américaine contre le roi George III, la monarchie et l’aristocratie européennes, était un rationaliste et le fouet des religions établies.

Le père intellectuel de la démocratie américaine, Thomas Jefferson, avait accepté la citoyenneté française avant de devenir le troisième président et ses livres ont été interdits en tant qu’athée. Il n’était pas athée, mais c’était un intellectuel francophile, laïc et progressiste à bien des égards. Mais il était aussi un enfant de la réalité opposée : tout en promouvant des idées telles que tous les êtres humains naissent égaux et ont les mêmes droits, Jefferson et tous les autres pères fondateurs étaient profondément racistes et avaient des esclaves qu’ils n’ont jamais libérés, y compris les mères de leurs enfants.

Voici l’autre personnalité des États-Unis, celle qui a besoin du masque pour devenir le super-héros : il s’est formé avec les premiers pèlerins, les premiers esclavagistes et continue aujourd’hui, passant par chacune des vagues expansionnistes : une mentalité anti-Lumières, conservatrice, ultra-religieuse, pratiquant l’auto-victimisation (justification de toute violence expansionniste) et, surtout, modelée dans l’idée de supériorité raciale, religieuse et culturelle qui donne à ses sujets des droits spéciaux sur les autres peuples qui doivent être contrôlés pour le bien d’un peuple d’exception au destin manifeste, pour qui tout mélange sera attribué au diable ou à la corruption évolutive, tout en célébrant le « melting pot », la liberté et la démocratie.

Les États-Unis sont le produit géant de cette contradiction traumatique, qu’ils conserveront toujours depuis leur fondation et que subiront « les autres », depuis les Indiens qui ont sauvé les premiers pèlerins de la faim et de ceux qui ont été exterminés pour étendre la liberté de l’homme blanc, jusqu’ aux démocraties les plus récentes détruites au nom de la liberté. Tout cela a conduit au fait que, comme aucun autre pays du monde moderne, les États-Unis n’ont jamais connu une période de cinq ans sans guerres depuis leur fondation. Tout cela à cause des autres, de ces autres qui nous envient et veulent nous attaquer, avec le résultat estimé à des millions de morts dus à cette tradition de guerres de « défense » perpétuelles sur le sol étranger.

Jorge Majfud* pour Página 12* Extrait de l’introduction du livre « La frontera salvaje. 200 ans de fanatisme anglo-saxon en Amérique Latine », par Jorge Majfud, à paraître cette année.

El racismo no necesita racistas

En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de a realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.

Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.

La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.

Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.

En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente recial en la discusión.

You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.

Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.

El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.

Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.

Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundado Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.

La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.

Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?

Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.

Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.

Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.

JM, noviembre 2018

 

 

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https://courier.unesco.org/en/articles/racism-does-not-need-racists

Cómo (no) desafiar la violencia racista

«Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala?»

 

Por Aviva Chomsky

Traducción de Jorge Majfud

 

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado «alt-Right» han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda «antifa» [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos «accidentes», pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

 

Aviva Chomsky es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Charlottesville: Cuando la historia se anuncia en una pequeña aldea

A finales de 2015, cuando el precandidato republicano Donald Trump dominaba las encuestas dentro de su partido, un amigo que vive en Buenos Aires me escribió entusiasmado con el posible triunfo del millonario. “Muchas cosas van a cambiar –dijo–, entre ellas las tonterías de lo políticamente correcto”. El desafío a lo políticamente correcto ha sido un ejercicio permanente en la academia (aunque no en la mayoría de los académicos) por décadas, sino por siglos. Eso no lo inventó Trump. Pero a veces lo políticamente correcto (como el respeto de los derechos y libertades de todos por igual, sean negros, mujeres u homosexuales) es, simplemente, lo correcto.

Mi amigo es judío y, a mi forma de ver, es uno de los que confunde el judaísmo y a los judíos con el gobierno de Israel. Aunque es una persona culta, su visión a corto plazo solo le permitió ver que Trump tiene un yerno judío y una hija convertida al judaísmo y que su retórica pro Israel y anti islámica no era menor que la del resto de los candidatos. Sin embargo, observé, no es casualidad que la gran mayoría de los judíos en Estados Unidos que no pertenecen a la minúscula clase de los millonarios han votado tradicionalmente por la izquierda, como no es casualidad que los mexicanos sean culturalmente conservadores y políticamente liberales, mientras los cubanos de Miami son culturalmente liberales y políticamente conservadores. Eso no es difícil explicar, pero ahora es harina de otro costal.

“Tal vez cambies de opinión –le escribí– cuando Trump llegue a la presidencia y comencemos a ver banderas nazis desfilando por las calles”.

No sé si mi amigo habrá cambiado de opinión. Según las estadísticas, quienes apoyan a Trump están convencidos que jamás dejarán de hacerlo, más allá de las circunstancias. Lo cual revela un componente irracional y religioso. Como hemos insistido antes, sólo la economía podrá poner los valores morales del presidente en cuestión. En otros casos, ni eso.

Hay un detalle aún más significativo: quienes ondean banderas nazis y confederadas, quienes revindican al KKK, ya no lo hacen cubriéndose los rostros. Este es un sutil signo de que las cosas se pondrán aún peores, no porque no les reconozca derecho a la libertad de expresión, sino por todo lo demás.

En el país existen cientos de grupos racistas y violentos. La ley no los puede tipificar como terroristas (la expresión “terrorismo doméstico” es solo una expresión sin categoría legal) porque no existen los terroristas estadounidenses si masacran a mil personas en nombre de alguna organización doméstica. Para ser considerado terrorista, un terrorista debe ser ciudadano de otro país o trabajar para algún grupo extranjero. Esos “consorcios domésticos” todavía no se han sincronizado en una red mayor, pero ya han cruzado la línea que separa el odio íntimo de la ideología articulada del odio. En consecuencia, ya no usan mascaras.

Veamos un hecho puntual y reciente. En una conferencia de prensa, el presidente Donald Trump ha defendido la permanencia de los monumentos que celebran los ideales de la Confederación, argumentando que también George Washington y Thomas Jefferson tuvieron esclavos. Exactamente las mismas palabras que un manifestante pro nazi dijo en un video que circuló en las redes sociales dos días antes, otra muestra de que el presidente representa a la nueva generación: no lee ni se contiene para insultar en los foros a pie de página.

Durante años, tanto en los periódicos como en mis propias clases, he insistido sobre la doble moral de los Padres fundadores con respecto a los esclavos, cuando la declaratoria de la independencia reconocía “como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. O, cuando una década después, en la constitución se hacía celebre la primera frase “Nosotros el pueblo” y en realidad excluía a la mayoría de los habitantes de las trece colonias primero y más tarde de los territorios centrales usurpados a los indios y, finalmente, del resto donado por los mexicanos.

Sin embargo, comparar a Jefferson con el general Robert Lee es una manipulación histórica en base a los intereses racistas y clasistas del momento. Lo que celebramos de Jefferson no es que tenía esclavos y una amante mulata a la que nunca liberó, como sí lo hizo el gran José Artigas con su muy íntimo (relación nunca estudiada en serio) amigo Ansina. Lo que reconocemos de Jefferson es haber impulsado la historia hacia la dirección correcta en base a ciertos valores de la Ilustración.

El general Lee y todos los líderes y símbolos de la Guerra Civil no representan ninguno de esos valores que hoy consideramos cruciales para la justicia y la sobrevivencia de la especie humana sino todo lo contrario: representan las fuerzas reaccionarias, arrogantes, criminales que, por alguna razón de nacimiento, se consideran superiores al resto y con derechos especiales.

Como ya nos detuvimos en otros escritos, un análisis cuidadoso de la historia de Estados Unidos desde la rebelión de Nathaniel Bacon en 1676, exactamente cien años antes de la fundación de este país, muestra claramente que le racismo no era ni por lejos lo que comenzó a ser desde finales del siglo XVII. Si bien el miedo o la desconfianza a los rostros ajenos es ancestral, la cultura y los intereses económicos juegan roles decisivos en el odio hacia los otros. Las políticas deliberadas de los gobernadores y esclavistas de la época fue inocular ese odio entre las “razas” (indios, blancos y negros) para evitar uniones y futuros levantamientos de la mayoría pobre.

El racismo, una vez inoculado en una cultura y en un individuo, es uno de los sentimientos más poderosos y más ciegos. En tiempos de prosperidad económica, los blancos de clase media para arriba culpan a los pobres, sobre todo a los pobres negros, por su propia pobreza. La ética calvinista asume que uno recibe lo que merece, primero por voluntad divina, segundo por mérito propio. Pero cuando la economía no va del todo bien y esos mismos blancos razonables se descubren sin trabajo y sin la prosperidad de sus padres, inmediatamente se convierten en blancos supremacistas o, como mínimo, en blancos xenófobos bajo una amplia variedad de excusas. Entonces, ser pobres ya no es culpa ni de Dios ni de ellos mismos sino de los negros y de los extranjeros que vienen a quitarles sus trabajos.

Para el presidente Trump, en Charlottesville (ciudad fundada por indios y residencia de Jefferson y Madison) hubo dos grupos que chocaron y la responsabilidad es de ambos por igual, unos de izquierda y otros de derecha. Poner las cosas dentro de esta antigua clasificación, izquierda y derecha, hace lucir el problema como algo horizontal, como una cuestión de meras opiniones políticas, ambos igualmente responsables de todo el mal. Como en la teoría de los dos demonios en el Cono Sur, aquí se mide igual la violencia racista que la reacción antirracista. Como durante siglos se trató de justificar la violencia de los amos por la violencia de los esclavos.

Solo cabe esperar algo peor. Nuestro tiempo presenciará la lucha entre la Ilustración y la Edad Media. A largo plazo, no sabemos cuál de las dos fuerzas vencerá.

 

J​orge Majfud​, August 17, 2017.

¿Es el retardo mental una característica de las razas superiores?

Un día de febrero de 2017 el periodista Jorge Ramos entrevistó a Jared Taylor, ferviente seguidor del presidente Donald Trump y miembro fundador de la organización racista “American Renaissance”. Las palabras y argumentos de Taylor son tan antiguas como andar a pie. Lo nuevo, o mejor dicho lo renovado, es el desparpajo con que los racistas han salido del closet luego del fenómeno Trump, lo cual es el aspecto positivo de esta historia.

Arthur Schopenhauer una vez escribió: “El que los negros hayan caído de preferencia y en grande en la esclavitud, es evidentemente una consecuencia de tener menos inteligencia que las demás razas humanas”. No vamos a decir que los alemanes de raza pura son menos inteligentes porque perdieron las dos guerras mundiales, a ver si tenemos problemas con los señores Trump y Taylor. En cualquier caso, el hecho de que algunos pueblos hayan caído en la esclavitud significaría que tienen menos inteligencia esclavista. El gran filósofo alemán escribía en un siglo donde el racismo se había hecho ciencia para justificar la toma europea del mundo por asalto. El Diccionario de psiquiatría de Antoine Porot definía a la sífilis y los parásitos como “psicopatología de los negros” recomendando la deportación de esos seres desagradables a las colonias expoliadas por Francia.

Por entonces, y aún hoy, se echa deliberadamente al olvido que cuando el centro de la civilización era Grecia o Roma, los rubios del norte eran considerados no sólo bárbaros (es decir, gente sin lengua) sino incapaces de alguna proeza intelectual, como libros y puentes. Y también fueron con frecuencia esclavizados por los europeos del sur, mientras en el norte de África y en Medio Oriente se desarrollaban las ciencias y las matemáticas que aún hoy significan la base de nuestro orgulloso progreso material. Los algoritmos no fueron inventados por Antoine Porot ni por el señor Taylor sino por un persa (no digamos iraní, por las dudas) hace más de mil años. Por no hablar del alfabeto de los fenicios y los números de los árabes que por mucho tiempo la misma Europa se resistió a adoptar por prejuicios culturales pero sin los cuales, incluido el imprescindible concepto del cero, ni siquiera la llegada del hombre a la Luna hubiese sido posible. Cuando el mundo islámico se convirtió en el centro de la civilización, de las artes y de las ciencias, la Europa de los rubios genios era gobernada por fanáticos religiosos cuando no por bárbaros que asolaron las ciudades más desarrolladas de su tiempo. No por coincidencia algunas tribus dieron sus nombres a la violencia bruta, como los vándalos.

Aquellos pueblos de gente tan bonita eran atrasados en muchos aspectos, menos en su eficiencia para destruir y conquistar. Lo mismo podemos decir de civilizaciones avanzadas de Mesoamérica, con ciudades futuristas en comparación a las sucias y malolientes capitales europeas de la época, aunque no tan avanzadas en el arte de matar, destruir y conquistar. Por las mismas razones siempre se insiste en la brutalidad de los rituales de los aztecas, cuando por la misma época la Inquisición torturaba y quema vivos por miles a disidentes y herejes al tiempo que los nuevos europeos comenzaron a nombrar extensas zonas como África, otrora centro de otras civilizaciones que por miles de años fueron la vanguardia del progreso intelectual, como “Barbaria”.

Hoy Europa, con derecho, puede estar orgullosa de su nivel de civilización, tanto material como social, mientras otras regiones del mundo, alguna vez cuna de la razón y el humanismo, se ven sumergidas en el caos y la esclavitud moderna. No obstante, ¿quién podría decir que todos esos cambios se debieron a cambios genéticos en los pueblos?

Pero también hoy el crédito moral de la mala conciencia de Europa tras la Segunda Guerra mundial comienza a agotarse. Los setenta años de progreso social y económico también. Del otro lado del Atlántico, la mala conciencia del racismo estadounidense ha salido del closet después de años de sofisticadas simulaciones.

La idea de razas es básicamente una construcción cultural. Podemos ver y concebir algunas diferencias entre un negro y un blanco como entre una mujer y un hombre. Dejemos de lado la problemática de la construcción de géneros y veamos que las supuestas razas son clasificaciones arbitrarias de hecho: en Estados Unidos se segregaba a los irlandeses por pelirrojos al límite de no permitirles acceder a determinados servicios o simplemente se los asesinaba por cualquier motivo. El odio de los primeros blancos hacia los nuevos blancos debía ser tan intenso como que el que alguna vez encontré en África entre miembros de distintas etnias por diferencias que yo no era capaz de percibir. Hoy en día muchos de esos supremacistas blancos son descendientes de aquellos irlandeses o polacos o italianos perseguidos y odiados por sus “razas”. ¿Por qué no hay una raza de ojos celestes y otra de ojos negros? Etc.

Pero vayamos al argumento ético sobre las inteligencias.

Hace años, Charles Murray y Herrnstein hicieron algunos estudios sobre “ethnic differences in cognitive ability”mostrando gráficas de coeficientes intelectuales claramente favorables a la raza blanca. En mi juvenil libro de ensayos Crítica de la pasión pura, escrito en una aldea de África en 1997, anoté una observación sobre estos estudios: “supongamos que un día se demuestre que hay razas menos inteligentes (y que se defina exactamente lo que quiere decir eso de “inteligencia”, sin recaer en una explicación escolar o zoológica). En ese caso, las creaturas deberán estar mejor preparadas para la verdad. Esto quiere decir que debemos esperar que las razas se traten entre sí como si no estuviesen unas por encima de otras sino en la misma superficie redonda de Gea. Es decir, que no se traten como ahora se tratan suponiendo una inteligencia racial uniforme”.

El señor Jared Taylor, como Ginés de Sepúlveda en el siglo XVI y todos los racistas que han pisado y asolado este planeta, consideran que la diferencia de inteligencia, es decir la superioridad racial, justifica que unos grupos dominen sobre otros o que tengan más derechos que otros a vivir en un país que asumen, por razones místicas, como propiedad privada de una raza y una cultura, olvidando otro elemento obvio: el pasado es un país extranjero, frecuentemente irreconocible con un supuesto nosotros.

Aquí surgen otras obviedades que también se echan convenientemente al olvido:

 

1.  No debemos olvidar que en cualquier caso, como lo demuestra la historia de los países y las civilizaciones, la cultura es el verdadero factor relevante, es decir, la inteligencia colectiva, y no tanto la inteligencia biológica. También podemos observar la importancia de esta dimensión, la cultural junto con otras como la alimentación, etc., cuando vemos que los test de inteligencia muestran que las diferencias entre blancos y negros han disminuido entre los años sesenta y noventa. ¿Alguno de estos grupos cambió su ADN en un proceso evolutivo ultra-exprés?

 2. Jared Taylor dice que los negros son menos inteligentes que los blancos y los blancos menos que los asiáticos (esta última observación es un impuesto argumental). Pero como está hablando de promedios, se debe entender que en el grupo B de los menos inteligentes hay individuos que superan la inteligencia de muchos otros pertenecientes al grupo A de los más inteligentes. ¿Significa esto que algunos negros deberían gobernar a los blancos o, al menos, tener el privilegio de ser sus vecinos? No, por supuesto. Porque la inteligencia es una justificación pero a no confundirse: el odio no es hacia los retardados mentales sino hacia los negros.

3.  Sr. Taylor, según los famosos test de coeficiente intelectual (IQ), yo pertenezco al uno por ciento más dotado de la población mundial. ¿Debemos los miembros de esta secta (bastante estúpidos e inhábiles en otros aspectos humanos, lo digo por experiencia aunque esa es una obviedad que no necesita confesión) reclamar algún derecho especial sobre el restante 99 por ciento? ¿Tal vez derecho a un voto doble? ¿A un doctorado exprés? ¿A una promoción automática en nuestras carreras? Bueno, si tenemos la piel un poco oscura o un acento extranjero, obviamente no. Si se trata de un caucasiano racista, uno de esos obsesionados con el tamaño del cerebro y de su pene, sí obviamente.

4.  ¿Un ser humano es un pedazo de cerebro, frecuentemente equivocado?

 

JM, marzo 2017

Los Hijos del Sol o la lógica del racismo

Luego de la espectacular victoria en los comicios generales, el partido de los Hijos del Sol decidió clonar a los tres líderes principales para recuperar la pureza de la raza superior amenazada por la diversidad.

Al tiempo que sus hijos iban creciendo y multiplicando las generaciones de los Padres refundadores, se procedió a la expulsión de todos aquellos invasores de rostros lejanos, mucho de los cuales los ancestros de los Hijos del Sol habían encontrado al llegar a la Tierra prometida. También se expulsó a un quinto de los descendientes de los Padres refundadores por sus rasgos africanos, un cuarto por no ser suficientemente blancos y la mitad por no alcanzar el promedio de coeficiente intelectual esperado.

Este esfuerzo histórico dio finalmente sus resultados. La raza fue depurada a imagen y semejanza de los tres Padres refundadores.

No obstante, pocas generaciones tomó para que la nueva sociedad advirtiese diferencias notables entre los tres grupos: al igual que los Tres Padres, todos tenían más o menos la misma piel blanca. Al igual que los Tres Padres, unos poseían el pelo rojizo, otros ojos celestes y otros marrones, casi negros.

Poco tiempo después ocurrió lo inevitable: cada grupo reclamó el derecho de poseer la tierra, la verdad de Dios y la verdad de los hombres debido a una de estas diferencias que conformaban razas incompatibles e irreconciliables. Las diferencias llevaron a una guerra de cinco años que diezmó la población y puso la existencia del planeta en riesgo.

Cada grupo, cada subgrupo, cada individuo no pudo dejar de odiarse unos a otros por sus diferencias, porque eso era, precisamente, lo que habían heredado todos de los originales Padres fundadores. El odio a los otros. 

 

JM

marzo 2017