El realismo mágico capitalista

(El audio es interpretación libre, no responsabilidad del autor. El autor discrepa con algunos puntos del diálogo, como que su texto “construye un arquetipo sin datos antropológicos”. Por el contrario, toda la primera mitad de este ensayo está basado en su investigación en curso El origen de la democracia y en datos duros y concretos de cada especialidad documentada.)

El realismo mágico capitalista

Los pueblos nativos que encontraron los jesuitas y otros exploradores en América del Norte siempre se reían de las ideas de los colonos (la cita es una síntesis personal de varios documentos):

“Ustedes dicen que son libres y todo lo que hacen lo hacen por obediencia a sus reyes, a sus capitanes, a sus chamanes, a sus esposos…”

Si los líderes no convencían a sus pueblos en sus asambleas, los pueblos y hasta los individuos simplemente se retiraban y desobedecían. Lo mismo las mujeres con respecto a sus hombres. Las mujeres y los guerreros tenían derecho a vetar las resoluciones de guerra de las asambleas si no los convencían los argumentos.

Los militares, religiosos e intelectuales europeos que asistieron a esas asambleas y a reuniones con los blancos reconocían que “los salvajes” nunca olvidaban nada; nadie les ganaba un argumento. Los salvajes no castigaban a sus niños; los dejaban equivocarse para que se educaran en la experiencia. Adoptaban sin restricción a gente de cualquier etnia, incluso europeos y africanos. No tenían cárceles, porque el acusado debía reparar a la víctima y la vergüenza de la sentencia ya era un castigo doloroso. Los salvajes consideraban la pérdida de control personal por pasiones como una muestra de poca educación y de inferioridad espiritual. Por lejos, eran más realistas que los fanáticos europeos. Escribió un jesuita francés que, una vez, discutiendo la existencia del infierno, argumentaron que no podía existir fuego debajo de la tierra porque allá abajo no había madera sino piedras, y porque el fuego necesita aire. Terminaron aceptando el argumento del fuego sin oxígeno cuando los curas encendieron una piedra de azufre, pero lo del infierno continuó siendo resistido por pueblos como los iroqueses, que derrotaron por tres siglos a franceses y británicos porque su organización social era superior a la de los europeos, porque tenían una defensa militar basada en la cooperación y en el conocimiento de su tierra, y porque no se creyeron las historias fanáticas de ganarse el cielo por el martirio y el sufrimiento. Vivían más, eran más altos y más sanos. Inventaron la farmacéutica moderna y la verdadera democracia. Tenían menos guerras, trabajaban menos días, no conocían la depresión y el suicidio era casi desconocido hasta que llegó el hombre blanco con su ron, su pérdida de control y su concepto fantástico del individuo. Conocían el tabaco, pero no el tabaquismo ni las adicciones introducidas por el mercantilismo. No existía la propiedad privada de la tierra.

Sí, no eran santos. Sí, a lo largo de la historia hubo muchas culturas fanáticas, pero pocas más fanáticas que la que surgió con el capitalismo en el siglo XVII. Como prueba, bastaría mencionar que el dogma más destructivo y fanático de los últimos siglos afirma que “Mi egoísmo es bueno para el resto de la sociedad” y recibir en menos de dos segundos ataques epidérmicos de sus fanáticos defensores, sobre todo de individuos empobrecidos y esclavizados de cuerpo y alma.

Podríamos seguir, como otras demostraciones de fanatismo radical que pasan, como todo fanatismo, por sentido común: esclavizar a millones de personas por su color y convertirlos en propiedad privada hereditaria. Masacrar a cientos de millones de humanos por la única avaricia del capital, del enriquecimiento, y hacerlo en nombre de la libertad. Incluso, bajo la bandera del cristianismo (desde las Cruzadas, la Inquisición y el esclavismo hasta los brutales imperios que sobreviven de diferentes formas), dando vuelta la idea de Jesús de que es casi imposible para un rico subir al Cielo por la idea de que si eres rico es porque Dios te ama y con dólares te comprarás el Paraíso. ¿No tenían razón los pueblos nativos sobre el absurdo de nuestras convicciones sobre la libertad?

Susana Groisman me confesó sus frustraciones con el actual gobierno de Uruguay.

“No es esto lo que yo voté. Voté a un partido y gobierna un grupo de personas”.

Este es otro aspecto de la “americanización de Europa” y de “America latina”. La primera elección presidencial que viví en Estados Unidos fue la de 2004. Una de las cosas que más me sorprendió fue que los candidatos hablaban de ellos como personas, como individuos (I will.., Me, I am… I believe…) y no del programa del partido, como estaba acostumbrado a escuchar en Uruguay: “El individuo no importa; lo que importa es el programa de gobierno del partido”. Bien o mal, estos programas se publicaban y repartían entre la gente. Aunque no todos lo leían, al menos era una forma de contrato político.

Luego supe que el “yo” (Me, I) solo es importante para la cultura protestante de sus votantes porque, en realidad, quienes decidían y deciden no eran ni son los partidos ni los líderes (hombres), sino las corporaciones financieras. Casi lo mismo ocurre ahora en Uruguay y en otros países latinoamericanos, pero el proceso ha sido tan gradual que la gente se acostumbró sin percibir la inoculación.

Una caricatura de esto lo vimos a principios del 2026, después de que Washington quebrara todas las leyes internacionales bloqueando el petróleo venezolano, secuestrando sus cargueros, practicando ejecuciones sumarias a supuestos narcotraficantes en lanchas sin capturarlos para llevarlos ante una corte (muchos resultaron ser pescadores), secuestrando a su presidente bajo acusaciones que el mismo Washington reconoció ser falsas (como el Cartel de los Soles); justificando ejecuciones sumarias de sus propios ciudadanos por grupos paramilitares enmascarados (ICE), como fue el caso de Renee Nicole Good, por tratarse de (a) una izquierdista provocadora, (b) una terrorista que insultó a los agentes secretos y luego intentó huir y (c) por ser lesbiana, madre de tres niños. Un día después, un periodista del New York Times le preguntó al presidente en la Casa Blanca si existían límites a su poder:

Sí. Mi propia moral. Mi propia conciencia. Es lo único que puede detenerme”.

Todo esto es la descripción perfecta de un régimen dictatorial, ya no al estilo plutocrático de las corporaciones (P=d.t), sino de la más primitiva tradición del dictador bananero, tipo El otoño del patriarca, donde incluso el realismo mágico de García Márquez se expresa con la prohibición en la Universidad de Texas A&M de los libros de Platón por zurdo woke.  

Susana me respondió con una pregunta:

“Entonces, ¿qué se puede hacer?”

La respuesta es la misma que repetimos desde hace añares: (1) No existe posibilidad de ninguna democratización mientras el poder continúe concentrado en los centros financieros. (2) Esa concentración se ha ido radicalizando, lo cual podemos verlo no solo en la “americanización de Occidente”, desde hábitos consumistas, políticos y en sus sistemas educativos, sino que, en su fase final, estamos entrando ya en una (3) “doble palestinización del mundo”. Es decir, (4) los sistemas electorales de las democracias liberales han contenido algo del neofeudalismo capitalista, pero nunca lo cambiarán.

(5) El cambio llegará por una crisis global, masiva. Entiendo que estamos en la etapa de acumulación de presión popular. No podemos decir cuándo ocurrirá, pero sí que es inevitable una explosión social e internacional.

Lo que podemos hacer es poco, pero necesario: (7) resistir. Las resistencias han sido siempre el motor del progreso social (ver “Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción”) .

Como lo prueba la historia, (8) ninguna resistencia ha sido suficiente para cambiar un sistema histórico, como el capitalismo, pero (9) los individuos no tenemos múltiples vidas para esperar siglos. No podemos acabar con uno de los sistemas más crueles y fanáticos que ha creado la humanidad, el capitalismo, pero sí podemos revertir o limitar algunas de sus supuraciones, el neoliberalismo y el fascismo.

Los esclavos pueden sobrevivir a la esclavitud, pero no al linchamiento.

Jorge Majfud, 9 de enero de 2026

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Advertencia

Claro, la culpa es de la convivencia

El 13 de diciembre de 2025, un hombre con una pistola mató a dos estudiantes en un salón de clase de Brown University y dejó a media decena gravemente herida. Esta tragedia no copó los titulares del mundo porque los tiroteos son una tradición en Estados Unidos. Según diferentes estadísticas, desde hace un siglo (sería necesario agregar la misma colonización de siglos antes, realizada por fanáticos religiosos contra indios, negros y mexicanos) los asesinos en masa suelen ser simpatizantes de la derecha supremacista, pero son éstos quienes culpan a la diversidad de todos los males de sus sociedades. El miedo es un gran negocio.

Esta matanza pasó a un quinto plano cuando, al día siguiente, 15 personas fueron asesinadas en Sídney, Australia. Las víctimas eran miembros de una comunidad judía que estaba celebrando hanukkah. Desde la prohibición de rifles semiautomáticos y la estricta regulación de las armas de fuego en 1996, las masacres en Australia son una rareza.

De inmediato, las redes sociales se llenaron de explicaciones sobre el peligro del islam para el mundo, incluso cuando se reveló que el hombre que detuvo y desarmó a uno de los dos atacantes que se encontraba en plena matanza, era un musulmán de 43 años, padre de dos niños, el que recibió dos disparos. Probablemente Netanyahu lo distinga con el Israel Prize en Valores Humanos y Heroísmo Civil.

Un par de horas después, el argentino más rico del mundo y residente en Uruguay, Marcos Galperin, presentado a sí mismo como el “Fundador y Executive Chairman (presidente ejecutivo, en castellano) de Mercado Libre” y Premio Konex, comentó la matanza con el mismo prejuicio que seguramente los asesinos compartirán: “Bienvenidos a la nueva Australia multicultural y diversa”.

Los “exitosos empresarios” de todo el mundo tienen muchas cosas en común, como hacer muy buenos negocios con los gobiernos que desprecian, poner sus millones de dólares como prueba de su inteligencia y razón dialéctica, lo que les autoriza a desparramar sus precariedades intelectuales entre millones de seguidores. Para ejemplo otro botón: horas antes, Elon Musk había sentenciado, con ese simplismo que atrae a los jóvenes desescolarizados de la anti-ilustración: “Si tienes útero, eres mujer. De lo contrario, no lo eres”. Lo que automáticamente convierte a todas aquellas mujeres que debieron removerse el útero para salvar sus vidas, en transexuales.

El pasado semestre, un estudiante ucraniano argumentó que, en Europa, el problema era el multiculturalismo. Mi respuesta fue demasiado obvia: los rusos y ucranianos hablan la misma lengua, comparten una historia y, básicamente, una misma cultura y se están matando unos a otros. ¿No será que el problema está en otra pare, como en los intereses económicos y de poder, viejo motor de guerras y genocidios? ¿No será que el problema que perciben quienes están contra la diversidad es el color de piel? ¿Por qué son siempre los no caucásicos el problema? Cuando, por siglos, los blancos se dedicaron a asaltar, destruir y masacrar el resto del mundo, sólo estaban llevando la civilización a esos “países de mierda”, por usar un lenguaje del presidente Donald Trump para referirse a los países del sur. “¿Por qué aceptamos a gente de esos países de mierda, como Somalia, y no aceptamos gente de Noruega, de Suecia o de Dinamarca?”. Tal vez porque, para ellos, nosotros somos el país de mierda.

El factor común es siempre el mismo: el problema no es la diversidad cultural, sino algo tan superficial como el color de piel. Cuando se enteren que los británicos y los belgas nativos eran gente de piel negra, se les sube la glucemia.

El ahora demonizado multiculturalismo es tan viejo como la domesticación del fuego. No hubo comercio y, menos, libre comercio (una actividad milenaria hasta que la destruyó el capitalismo), sin intercambio cultural, lingüístico, religioso y tecnológico. Desde el siglo IX hasta el inicio del comercio esclavista europeo, el Reino de Nri logró casi mil años de coexistencia basado en los principios de “paz, verdad y armonía”. La cultura Nri, localizada en lo que hoy es Nigeria, compartía con la filosofía Ubuntu del sur del continente su concepción colectiva del individuo y su concepción de la paz y la armonía social como objetivos superiores. Su propiedad comunal de la tierra y la producción; su intenso mercado con otras naciones tan lejanas como Egipto, terminó con el arribo de los europeos y el novedoso mercado esclavista basado en el color de piel.

Lo mismo los pueblos nativo-americanos. En la mayoría de las culturas indígenas, los extranjeros que fueron adoptados terminaron no sólo integrándose a la nueva sociedad, sino que solían ocupar un lugar de gran respeto en la pirámide social. No se puede decir lo mismo de las sociedades profundamente racistas del venerado Mundo Libre (“la raza libre”, blanca)―al menos que se trate de cipayos.

En la Gran Liga de la Paz de América del Norte, los iroqueses adoptaban extranjeros de todas las culturas y todas las lenguas, incluso europeos, que solían no querer volver a la “civilización”. La diversidad nativa también incluía miembros de distintos géneros sexuales (hombres y mujeres “de dos espíritus”). No se trataba de salvajes ingenuos. Por siglos, derrotaron a ejércitos europeos armados con tecnología de avanzada, no debido a sus flechas sino a su mejor organización social. Incluso se expandieron por toda cuenca del Ohio como respuesta al ataque de los ejércitos británicos y franceses. No en vano los nativos se burlaban del concepto de libertad de los blancos: “libre somos nosotros”, decían. “No estamos desesperados por ser ricos ni obedecemos las órdenes de nuestros líderes cuando no nos convencen. Ustedes se someten a cualquier cosa: reyes, capitanes, sacerdotes…”

Lo mismo podríamos seguir con otras culturas, como el Imperio árabe que duró varios siglos. Judíos, cristianos y musulmanes convivieron, prosperaron y se multiplicaron por siglos en una de las civilizaciones que más destacó en ciencias, análisis racional y tecnología.

Claro, si se mira toda la historia de la humanidad, siempre vamos a encontrar sobrados ejemplos de violencia, masacres y genocidios. Nadie puede decir que en estos centenarios periodos coexistencia no hubo conflictos, guerras y brutalidades, porque esa es una dolencia crónica de la especie humana. Pero si comparamos realidades, podemos decir que nuestro mundo contemporáneo, que se jacta de avanzado y civilizado, ha destacado por su excepcional brutalidad. Bastaría mencionar las guerras mundiales, las bombas atómicas o las dictaduras imperiales que impuso el “sacrificado hombre blanco” (Rudyard Kipling, Teo Roosevelt) sobre el resto de la humanidad. Siempre victimizándose por sus propios crímenes. Como dijo la ucraniana Golda Meir, “nunca podremos perdonar a los árabes por obligarnos a matar a sus hijos”.

Aunque no podemos decir que hay formas de odios bienvenidas, sí podemos decir que no existe un solo tipo de odio. Los esclavos odiaban a sus amos por lo que hacían y los amos odiaban a sus esclavos por lo que eran. Una cosa es odiar por lo que se es y otra es odiar por lo que se hace.

Si algún problema tiene la antigua cultura y moral de la diversidad y la tolerancia es que a los racistas que promueven la violencia civil e imperial los protegen las leyes. De hecho, los premiamos. Si no, no se entendería por qué la secta de billonarios globales es racista, sexista y odian a los pobres que dividen y parasitan cada día.

Jorge Majfud, diciembre 2025

https://www.pagina12.com.ar/2025/12/14/claro-la-culpa-es-de-la-convivencia/

Sacrificios humanos y la política de la crueldad

Sacrificios humanos y la política de la crueldad

En la milenaria historia de los pueblos americanos se puede observar que las sociedades, naciones y repúblicas más pacíficas y democráticas incluían una equidad social y de género mucho mayor que aquellas otras que se distinguían por la violencia, la verticalidad y el predominio del patriarcado. Los incas y aztecas eran más violentos y patriarcales que los otros ejemplos disponibles. Por un lado el superávit de producción era acumulado en las elites dominantes a través de sus ejércitos. El dios de los aztecas, Huitzilopochtli, era el dios de la guerra que reemplazó a las deidades femeninas en el panteón de mitos para, luego de prometerles una tierra que ya estaba habitada, exigirles rituales de sacrificios humanos, los que cumplían la función política e imperial de impresionar a propios y ajenos. (*1)

Por otro lado, recordemos que en distintas culturas, la violencia y la guerra, desde los sacrificios rituales hasta la iniciación de los varones en la cultura de la guerra y la violencia como símbolo de masculinidad estaba directamente asociada a la dominación intra-social a través de la amenaza y el miedo inoculado al “extranjero”, al enemigo.

Cuando los imperios modernos surgieron, como fue el caso más reciente de Estados Unidos a finales del siglo XIX, el consenso radicaba en que los antimperialistas eran femeninos y cobardes, mientras que los imperialistas eran masculinos, violentos y siempre estaban dispuestos a iniciar alguna guerra. “Estoy a favor de casi cualquier guerra, y creo que este país necesita una”, decía Theodore Roosevelt, mientras el presidente McKinley era cuestionado en su sexualidad por no querer iniciar una contra España. (*2)

La guerra, una clase y una cultura violenta cumplen la funcionalidad de dominar las sociedades que la sostienen con el fin de perpetuar el poder de una elite que se beneficia de forma desproporcionada de esa sociedad que dice defender y proteger. Nada diferente a lo que ocurre hoy.

Los rituales de sacrificios humanos se suelen atribuir a los aztecas y otros pueblos mesoamericanos anteriores, no sin ironía y sin escándalo por los conquistadores que ejercieron una violencia varias veces mayor y cuando la civilizada Europa estaba en medio de su propios rituales religiosos de tortura y exterminio, como lo fueron por muchos siglos la conversión forzada, la Inquisición, las matanzas entre cristianos y la tortura y ejecuciones públicas de los ladrones pobres. A los sacrificios mesoamericanos se los etiquetó como barbarie y fanatismo, sin atender a la barbarie y el fanatismo de la nueva Europa capitalista que masacró infinitamente más vidas alrededor del mundo en base al fanatismo del dinero, algo aún más difícil de explicar que el sacrificio humano en nombre de algún dios lejano.

En cierta manera, los sacrificios humanos fueron reemplazados por rituales más abstractos y simbólicos, primero como sacrificio de animales y luego como ofrendas. Sin embargo, esta característica histórica y prehistórica, embebida en el código genético humano, no desapareció sino que se transformó. Hoy son los fascismos y las guerras de exterminio, que no solo son motivadas por intereses materiales sino que también son toleradas o justificadas por aquellos que no se benefician directamente, pero que reproducen el antiguo ritual del sacrificio de una minoría como forma de ejercitar esa energía violenta y, con frecuencia, genocida. Ese código genético que vive en lo más profundo de cada ser humano (en algunos bastante más que en otros) y, sobre todo, brilla cuando los individuos se funden en una horda, en una tribu urbana, en una secta social, en un partido político.

Como lo elaboramos en Moscas en la telaraña (2023), la comercialización de la existencia convirtió fortalezas ancestrales (la atención a los eventos negativos, el consumo de estimulantes, de calorías) en debilidades modernas. Igual, la violencia hacia el otro es tan antigua como la solidaridad, pero la primera es un reflejo de la sobrevivencia egoísta del individuo y la segunda hizo posible la sobrevivencia de las sociedades y una de las condiciones fundadoras de las civilizaciones.

La idea de libertad es antigua, pero casi nunca consideró la “igual-libertad”, una libertad ejercida desde el derecho ajeno. Siempre era la libertad del poderoso, la libertad el noble, del esclavista, del capitalista para decidir por los seres inferiores, los vasallos, los esclavos de grilletes, los esclavos asalariados. El concepto de “igual libertad” estuvo sugerido entre los primeros cristianos, cuando eran perseguidos, no perseguidores, pero se articula durante la Ilustración en Europa y como consecuencia doble de los humanistas y del profundo impacto que tuvo entre los conquistadores el mundo más democrático, más libre e igualitario de los nativos americanos. A principios del siglo XVI y, sobre todo a principios del siglo XVIII las ideas indígenas de América sobre la “igual libertad” (social, sexual, racial) y su antigua práctica democrática se hacen conscientes en Europa y se convierten en el centro del debate de la intelectualidad primero y de los pueblos más tarde.

Según Rousseau y sus seguidores contemporáneos, fue la invención de la agricultura, sobre todo con su creación de exceso de producción de alimentos, lo que puso final a las sociedades igualitarias. La disputa por la administración de ese exceso no sólo creó las primeras formas de Estado sino de clases sociales.

A esto debemos agregar la creación de religiones nacionalistas y más violentas sobre grupos más numerosos, capaces de imponer una coerción efectiva a través de una idea común del ser y del debe ser a través del miedo, el ritual, el terrorismo psicológico y el deber más allá de la vida propia.

Pero el descubrimiento europeo de América no sólo inspiró estas ideas utópicas o antieuropeas por parte de algunos filósofos de la Ilustración, de la misma creación idealista de Estados Unidos (en abierta contradicción con su realidad social de explotación, opresión y desigualdad), de los socialistas utópicos y de los socialistas científicos que le siguieron, sino que fueron un ejemplo que contradecía al mismo Rousseau sobre el pasaje de las sociedades igualitarias primitivas de los cazadores a las sociedades verticales de los agrícolas. En la naciones nativas de América podemos encontrar sociedades agrícolas, con sistemas altamente sofisticados e, incluso, más desarrollados que el europeo, con sociedades que no conocían la propiedad privada más allá del uso, menos para la posesión de la tierra que trabajaban de forma comunal, con una sociedad mucho más igualitaria, con un sistema religioso basado en la naturaleza, menos cohesivo y fanático que el europeo, y con un sistema político claramente más democrático.

El miedo a perder la propiedad privada de tierras y esclavos en la antigua Roma condujo a un fuerte incremento de las fuerzas punitivas (inexistentes en las complejas sociedades nativo-americanas, como la policía y los ejércitos) y, de forma simultánea, al deseo (y necesidad) del robo. No sin paradoja, la violencia y la represión fueron apoyadas y promovidas en nombre de la libertad, porque estaba ligada al poder de la propiedad privada de una minoría.

El capitalismo y, sobre todo el post capitalismo, han encontrado la piedra filosofal capaz de traducir de forma mágica el poder de los capitales en poder político, social, cultural y religioso. Este ejercicio de magia, además, es adictivo y es practicado por un único tipo psicológico entre cientos de otras características y habilidades humanas: la obsesión por la acumulación de dinero, su habilidad para acumularlo y su insensibilidad ante cualquier posible efecto negativo de esa adicción en el resto de la especie humana. En otras palabras, el prototipo ideal del exitoso multimillonario capaz de comprarse gobiernos enteros es alguien obsesionado con sus ganancias económicas. Un individuo radicalmente simplificado, monodimensional. ¿Qué perfil psicológico calza perfectamente en esta demanda funcional de crueldad, del ritual del sacrificio humano?

Uno de los aspectos de los psicópatas radica en su incapacidad por sentir compasión, empatía y un mínimo reflejo del dolor ajeno como propio. Esta incapacidad de emociones que explican la sobrevivencia de la especie humana y hasta animal, los lleva a lo contrario. De las pocas fuentes de placer a las que pueden recurrir para aliviar una vida insensible es el sexo (o sus substitutos) y el placer en el dolor ajeno.

Nos sorprendemos al observar cómo un presidente, un primer ministro, un senador o un exitoso hombre de negocios puede tomar decisiones que conducirán al dolor de miles, cuando no de millones de personas con un convencimiento seductor. Por lo general, se excusan en algo abstracto y arbitrario como la eficiencia y recurren a dar vuelta el significado de valores y emociones que llevan miles de años definidas de una forma simple y comprensible, como la compasión y solidaridad.

Un ejemplo contemporáneo son numerosos líderes sociales que el sistema capitalista ha encumbrado por su alta funcionalidad. La escritora Ayn Rand se puso al frente de la reacción contra la moral ganadora de la Segunda Guerra mundial que derrotó, militar y culturalmente al sadismo del fascismo en Occidente. En 2024, el presidente Milei de Argentina dijo en Washington que “la justicia social es violenta”. Un exabrupto encapsulado décadas atrás en píldoras para el consumo contra cualquier forma de sensibilidad social, como la de Ryan Ann 60 años antes: “la maldad es la compasión, no el egoísmo”.

No debemos sorprendernos de las políticas de la crueldad y tratar de justificarlas por fuera del sistema capitalista y por fuera de la más antigua psicología psicópata y del ritual del sacrificio humano: el dolor ajeno no es un efecto colateral de “medidas necesarias”; cumplen una función de control social y es el objeto de placer del psicópata y del ego colectivo que nunca lo reconocerá, ni siquiera ante un espejo. No es necesario tratar de entender, humanizando a estos exitosos individuos, como no es necesario entender por qué alguien puede violar a una persona y luego asesinarla. Ni siquiera un novelista necesita intentar sentir lo que siente el criminal. Basta con tomar nota de los hechos.

Las ideas de igual libertad y de democracia, aunque una tradición antigua en América, no dejan de ser algo reciente en la evolución humana. Es decir, no dejan de ser algo frágil desde el punto de vista neurológico, siempre ante el permanente acoso y amenaza del centro reptiliano de las cortezas más primitivas, más allá de la corteza frontal del cerebro humano. Todo eso que el capitalismo no limita sino todo lo contrario: reproduce, multiplica y concentra, sin ningún atisbo de emociones humanas, como un robot, como un Javier Milei, un Donald Trump o un Elon Musk―como el capital mismo.

Jorge Majfud. Resumen de un capítulo del libro Historia anticapitalista de Estados Unidos (a publicarse en 2025).


[1] Para ampliar sobre la mitología indoamericana y su sobrevivencia en América Latina, ver Majfud, Jorge. El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008) y el primer capítulo que escribimos para: Salomon, Carlos. The Routledge History of Latin American Culture. “Indigenous Cosmology and Spanish Conquest”, Jorge Majfud. United Kingdom, Routledge, Taylor & Francis, 2017.

[2] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. 200 años de imperialismo anglosajón en América Latina. Rebelde editores, 2021, p. 180.

Jorge Majfud, febrero 2025.

Human sacrifices and the politics of cruelty

Throughout the millennial history of the American peoples, it can be observed that the most peaceful and democratic societies, nations, and republics included much greater social and gender equality than those that were characterized by violence, verticality, and the predominance of patriarchy. The Incas and Aztecs were more violent and patriarchal than the other examples available. On the one hand, surplus production was accumulated by the ruling elites through their armies. The Aztec god Huitzilopochtli was the god of war who replaced the female deities in the pantheon of myths in order to promise them a land that was already inhabited and then demand human sacrifice rituals, which served the political and imperial function of impressing both their own people and outsiders. (*1)

On the other hand, let us remember that in different cultures, violence and war, from ritual sacrifices to the initiation of men into the culture of war and violence as a symbol of masculinity, were directly associated with intra-social domination through the threat and fear instilled in the “foreigner,” the enemy.

When modern empires emerged, as was the case most recently with the United States at the end of the 19th century, the consensus was that anti-imperialists were feminine and cowardly, while imperialists were masculine, violent, and always ready to start a war. “I am in favor of almost any war, and I believe this country needs one,” said Theodore Roosevelt, while President McKinley was questioned about his sexuality for not wanting to start one against Spain. (*2)

War, a violent class and culture, serves to dominate the societies that sustain it in order to perpetuate the power of an elite that benefits disproportionately from the society it claims to defend and protect. This is no different from what is happening today.

Human sacrifice rituals are often attributed to the Aztecs and other earlier Mesoamerican peoples, not without irony and scandal by the conquistadors who exercised violence many times greater and when civilized Europe was in the midst of its own religious rituals of torture and extermination, such as forced conversion, the Inquisition, the killings among Christians, and the torture and public executions of poor thieves. Mesoamerican sacrifices were labeled as barbarism and fanaticism, without regard for the barbarism and fanaticism of the new capitalist Europe that massacred infinitely more lives around the world based on the fanaticism of money, something even more difficult to explain than human sacrifice in the name of some distant god.

In a way, human sacrifices were replaced by more abstract and symbolic rituals, first as animal sacrifices and then as offerings. However, this historical and prehistoric characteristic, embedded in the human genetic code, did not disappear but was transformed. Today, it is fascism and wars of extermination, which are not only motivated by material interests but are also tolerated or justified by those who do not benefit directly, but who reproduce the ancient ritual of sacrificing a minority as a way of exercising that violent and often genocidal energy. That genetic code lives deep within every human being (in some much more than in others) and, above all, shines when individuals merge into a horde, an urban tribe, a social sect, or a political party.

As we elaborated in Flies on the Web (2023), the commercialization of existence turned ancestral strengths (attention to negative events, consumption of stimulants, calories) into modern weaknesses. Similarly, violence towards others is as old as solidarity, but the former is a reflection of the selfish survival of the individual, while the latter made the survival of societies possible and was one of the founding conditions of civilizations.

The idea of freedom is ancient, but it almost never considered “equal freedom,” a freedom exercised from the rights of others. It was always the freedom of the powerful, the freedom of the noble, of the slave owner, of the capitalist to decide for inferior beings, vassals, slaves in chains, wage slaves. The concept of “equal freedom” was suggested among the early Christians, when they were persecuted, not persecutors, but it was articulated during the Enlightenment in Europe and as a double consequence of the humanists and the profound impact that the more democratic, freer, and more egalitarian world of the Native Americans had on the conquerors. At the beginning of the 16th century and, above all, at the beginning of the 18th century, the indigenous ideas of America about “equal freedom” (social, sexual, racial) and their ancient democratic practice became known in Europe and became the center of debate, first among intellectuals and later among the people.

According to Rousseau and his contemporary followers, it was the invention of agriculture, especially with its creation of excess food production, that put an end to egalitarian societies. The dispute over the administration of this excess not only created the first forms of the state but also social classes.

To this we must add the creation of nationalist and more violent religions over larger groups, capable of imposing effective coercion through a common idea of being and ought to be through fear, ritual, psychological terrorism, and duty beyond one’s own life.

But the European discovery of America not only inspired these utopian or anti-European ideas on the part of some philosophers of the Enlightenment, the idealistic creation of the United States (in open contradiction to its social reality of exploitation, oppression, and inequality), the utopian socialists and scientific socialists who followed, but also served as an example that contradicted Rousseau himself on the transition from primitive egalitarian societies of hunters to vertical societies of farmers. In the native nations of America, we can find agricultural societies with highly sophisticated systems that were even more developed than those in Europe, with societies that did not know private property beyond use, except for the possession of land that they worked communally, with a much more egalitarian society, with a religious system based on nature that was less cohesive and fanatical than the European one, and with a clearly more democratic political system.

The fear of losing private ownership of land and slaves in ancient Rome led to a sharp increase in punitive forces (nonexistent in complex Native American societies, such as police and armies) and, simultaneously, to the desire (and need) for theft. Paradoxically, violence and repression were supported and promoted in the name of freedom, because it was linked to the power of private property of a minority.

Capitalism, and above all post-capitalism, have found the philosopher’s stone capable of magically translating the power of capital into political, social, cultural, and religious power. This exercise in magic is also addictive and is practiced by a single psychological type among hundreds of other human characteristics and abilities: the obsession with accumulating money, the ability to accumulate it, and insensitivity to any possible negative effects of this addiction on the rest of the human species. In other words, the ideal prototype of the successful billionaire capable of buying entire governments is someone obsessed with their economic gains. A radically simplified, one-dimensional individual. What psychological profile fits perfectly with this functional demand for cruelty, for the ritual of human sacrifice?

One of the aspects of psychopaths lies in their inability to feel compassion, empathy, and even the slightest reflection of another’s pain as their own. This inability to feel emotions that explain the survival of the human and even animal species leads them to the opposite. Among the few sources of pleasure they can resort to in order to alleviate an insensitive life are sex (or its substitutes) and pleasure in the pain of others.

We are surprised to see how a president, prime minister, senator, or successful businessman can make decisions that will cause pain to thousands, if not millions, of people with seductive conviction. They usually excuse themselves with something abstract and arbitrary like “efficiency” and resort to turning the meaning of values and emotions that have been defined in a simple and understandable way for thousands of years, such as compassion and solidarity, on their head.

A contemporary example is the numerous social leaders whom the capitalist system has elevated for their high functionality. The writer Ayn Rand spearheaded the reaction against the winning morality of World War II, which defeated, militarily and culturally, the sadism of fascism in the West. In 2024, Argentine President Milei said in Washington that “social justice is violent.” An outburst encapsulated decades ago in pills for consumption against any form of social sensitivity, such as that of Ryan Ann 60 years earlier: “Evil is compassion, not selfishness.”

We should not be surprised by the politics of cruelty and try to justify them outside the capitalist system and outside the oldest psychopathic psychology and ritual of human sacrifice: the pain of others is not a side effect of “necessary measures”; it serves a function of social control and is the object of pleasure for the psychopath and the collective ego that will never recognize it, even in a mirror. It is not necessary to try to understand, humanizing these “successful individuals,” just as it is not necessary to understand why someone might rape a person and then murder them. Not even a novelist needs to try to feel what the criminal feels. It is enough to take note of the facts.

The ideas of equal freedom and democracy, although an ancient tradition in America, are still something recent in human evolution. That is, they are still fragile from a neurological point of view, always under the constant harassment and threat of the reptilian center of the most primitive cortices, beyond the frontal cortex of the human brain. Capitalism does not limit this, but rather reproduces, multiplies, and concentrates it, without any hint of human emotion, like a robot, like Javier Milei, Donald Trump, or Elon Musk—like capital itself.

Jorge Majfud. Summary of a chapter from the book Historia anticapitalista de Estados Unidos (Anti-Capitalist History of the United States, to be published in 2025).

[1] For more on Indo-American mythology and its survival in Latin America, see Majfud, Jorge. El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008) and the first chapter we wrote for: Salomon, Carlos. The Routledge History of Latin American Culture. “Indigenous Cosmology and Spanish Conquest”, Jorge Majfud. United Kingdom, Routledge, Taylor & Francis, 2017.

[2] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. 200 años de imperialismo anglosajón en América Latina. Rebelde editores, 2021, p. 180.

Jorge Majfud, February 2025.