Siempre en setiembre: atentado terrorista en Washington. Letelier 49 años después

Siempre en setiembre: atentado terrorista en Washington. Letelier 49 años después.

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    Letelier. Primer intento

    El 20 de setiembre, el Chevrolet celeste de Letelier no voló por el aire como estaba previsto. Suárez, Novo y Paz no encontraron palabras para insultar al gringo Townley, para entonces en un vuelo de Iberia a España. El experto no había logrado detonar ni el C4 y ni el TNT. ¿Fue un error premeditado?

    ―Es un comemielda.

    Luego de una breve discusión, decidieron terminar el trabajo por su propia cuenta. Era mejor que perder toda la inversión por un detalle estúpido. Sólo debían asegurarse de que el bip médico estuviese funcionando, algo que Townley presumía haberles enseñado. Por la noche, volvieron a la casa de Bethesda.

    Ronni y Michael estaban cenando con Orlando e Isabel. El entusiasmo del joven matrimonio los había contagiado. Los sueños de la juventud son los verdaderos sueños. Todo lo demás son aprendizajes, despertares.

    Los niños buscaban algo para ver en los muchos canales a color que los tenían atrapados. Una voz anunció el primer capítulo de la nueva temporada de Rich Man, Poor Man. Luego del asesinato del hermano pobre, Tom Jordache, el hermano rico Peter Haskell, dueño de Tricorp, debe enfrentarse al asesino Falconetti, quien ha quedado en libertad. Italiano o hijo de italianos tenía que ser. “Mañana, 21 de setiembre a las 9:00, por ABC”.

    Ronni Karpen tenía 25 años y su breve biografía se resumía a sus años en la Universidad de Maryland y a su activismo contra la Guerra de Vietnam, como Mariana Callejas en Miami. Se había graduado en Educación y enseguida se había dedicado a la creación de Centros de Enseñanza para estudiantes necesitados. En el IPS conoció a Michael.

    Cuando los muchachos ya se habían ido a dormir, Orlando se quedó hablando con Michael sobre algo que comenzaba a preocuparle. Le recordó el asesinato del general Carlos Prats y su esposa Sofía, en Buenos Aires. En diez días se cumplirían dos años del atentado. Había otros casos, como el de Bernardo Leighton y su esposa en Roma… Todos los atentados se llevaban a las esposas de sus víctimas también, pero esto debía ser sólo una coincidencia de la crueldad indiferente de los freedom fighters.

    Aunque la idea de algún tipo de agresión del gobierno de un país latinoamericano en la capital estadounidense parecía improbable, estaba el caso del profesor de Columbia University, Jesús Galíndez, secuestrado por el régimen de Leónidas Trujillo veinte años atrás, luego torturado y asesinado en República Dominicana. Orlando había sido testigo de las ejecuciones en Chile y sabía que el régimen fascista era capaz de cualquier cosa. En los hechos, poco a poco Letelier se había convertido en el líder de la resistencia chilena al régimen de Pinochet. Sólo un tonto no se daría cuenta que él era el número uno en la lista negra de Pinochet.

    ―La Dina ya mató a otros exiliados ―dijo Orlando―. No sería raro que intentaran hacerlo de nuevo. Es muy probable que estén espiándome todo el tiempo.

    Letelier se puso de pie y se acercó a la ventana. Afuera estaba oscuro como la muerte, por lo cual solo pudo ver el reflejo de su rostro y, más allá, sus propios pensamientos. Luego volvió a donde estaba Michael Moffitt.

    Dos horas después, en el momento de regresar, Michael y Ronni se encontraron con que su auto estaba descompuesto. No hubo forma de hacerlo arrancar.

    ―Lévense el mío―dijo Orlando.

    ―Oh, no…

    ―Sin problema ―insistió Orlando―. Sólo que mañana temprano deben estar aquí de vuelta para ir a las oficinas.

    Sin alternativa, el joven matrimonio regresó a su casa con el TNT y el C4 amarrado al chasis del Chevrolet de Letelier.

    Shit! ―dijo Suárez.

    ―¡Mierda! ―confirmó Virgilio Paz.

    ―Tendremos que levantarnos temprano mañana.

    ―Qué pareja encantadora ―dijo Isabel, llevando dos copas a la cocina.

    Unas horas después, Townley volaba a Miami. Quería encontrarse lo más lejos posible en el momento de la explosión. Luego viajó a Madrid.

    Última entrevista

    La cena con sus asistentes y la conversación sobre seguridad personal le habían removido varios recuerdos. La revista Playboy le había hecho una entrevista que aún no había sido publicada sobre aquella mañana del 11 de setiembre, tres años atrás. Nunca sabrá por qué una revista erótica iba a publicar su tortura en la cárcel más fría del fascismo ni por qué podría interesarles a sus lectores, como si hubiese una relación tenebrosa entre miedo y deseo, entre el dolor ajeno y el placer propio.

    Los niños ya se habían ido a dormir. La televisión continuaba vendiendo promesas de felicidad, todas a un precio justo y al alcance del verdadero hombre y la verdadera mujer. Siempre más por menos.

    Volvió a recordar la mañana del golpe. Recordó que le había dicho al periodista que ese día temprano había corrido al Ministerio de Defensa.

    ―Enseguida sentí una pistola en mi espalda. Estaba rodeado de una docena de soldados.

    De ahí lo llevaron a una habitación desde donde debió presenciar toda la noche la ejecución de decenas de detenidos en el patio central. A las cinco de la mañana, escuchó que afuera los soldados decían:

    ―Es el turno del ministro.

    Mientras lo llevaban al patio para ser ejecutado, hubo una discusión entre los soldados. Alguien había recibido otra orden. Finalmente, quien lo sostenía, le dijo:

    ―Tienes suerte, conchatumadre.

    Lo transfirieron a una celda fría en la isla Dawson, cerca de la Antártida. El nuevo gobierno no sabía qué hacer con él. Ejecutarlo o dejarlo con vida eran dos opciones con múltiples beneficios y efectos colaterales imposible de calcular.

    Un año más tarde, como consecuencia de la presión internacional, lo enviaron a Venezuela. Allí, el Institute for Policy Studies le ofreció el trabajo de investigador. Estaba en la ciudad más segura del mundo, por lo menos políticamente hablando, pero el instituto tenía un claro historial de resistencia contra la Guerra de Vietnam y las políticas exteriores de Washington. La prensa y la televisión no descansaban en alertar a la población del peligro del IPS para la democracia y la libertad. Más cuando, desde el cielo de la Casa Blanca, llovían millones de dólares sobre los periodistas para revertir la creciente resistencia del pueblo contra la Guerra de Vietnam.

    ―El IPS es un nido de radicales ―había dicho un tal Harvey.

    ―Sí, muy radicales ―había respondido alguien desde otro escritorio―. Están contra la Guerra de Vietnam y contra las dictaduras que plantamos nosotros por todo el mundo.

    Orlando apagó el televisor y se fue a dormir. En realidad, desde hacía algún tiempo, sólo simulaba que dormía.

    Esta vez no puede fallar

    A la mañana siguiente, Michael y Ronni volvieron a la casa de Orlando para ir a las oficinas de IPS. A las ocho, Orlando, tarde y sin haber dormido bien, se vistió de prisa mientras le decía a Isabel que fuera a almorzar con ellos.

    ―No creo que pueda, tengo demasiado trabajo ―contestó Isabel.

    ―Te va a gustar la sorpresa―insistió él.

    Llamó por teléfono a su asistente Juan Gabriel Valdés para decirle que iba a pasar por él de camino a las oficinas. Juan Gabriel le dijo que no podía a esa hora, que su esposa iba a hacer unas compras y él se iba a quedar cuidando a los niños, que lo veía un poco más tarde.

    Salieron los tres de prisa de la casa. Orlando encendió un cigarrillo y se acomodó el cuello de la camisa.

    ―¿Quiere que maneje? ―dijo Michael.

    ―No hay problema ―murmuró Orlando, con el cigarro entre los labios.

    Michael se adelantó y le abrió la puerta del acompañante a Ronni y se sentó detrás.

    En quince minutos, el Chevrolet Chevelle Malibu celeste había dejado Bethesda y entró en la avenida Massachusetts.

    Detrás iba el Ford gris. José Suárez comentaba detalles de la bomba que el pasado jueves 16 había logrado detonar con Omega 7, en el barco soviético Ivan Shepetkov, en el puerto de Nueva Jersey.[i] Como Fidel, el maldito no se hundió. Quedó con un enorme agujero de un costado, pero no se hundió.

    ―Poco después del mediodía, llamamos para revindicar el atentado. No íbamos a hacer todo ese trabajo sin recibir los créditos. Qué coño importa si se hundió o no se hundió el muy maldito.

    ―No murió nadie esta vez.

    Por lo cual la noticia no le dio vuelta al mundo y las donaciones no se dispararon como otras veces.

    A las 9:30, el Malibu celeste pasó por la antigua residencia de Letelier. El embajador Manuel Trucco salía de su cama en ese momento.

    En medio del fuego estarás junto a mí

    Poco después de las nueve de la mañana, Jorge Luis Borges caminaba por la avenida Diego Portales de Santiago. En unas horas más, asistiría a una ceremonia en su honor, con la presencia del general Pinochet y la literata Mariana Callejas en tercera fila.

    ―Sí, Neruda era un mal poeta. No conocía el soneto ni los misterios de la métrica. Le sobraron sílabas, como a Cien años de soledad le sobraron por lo menos cincuenta años…

    Borges coincidía con la crítica literaria de la CIA, no con el criterio de la academia sueca. Mucho menos con la opinión de los obreros que compraban sus libros en los quioscos.

    ―Sus libros también se venden en los quioscos ―le informó Antonio Carrizo.

    ―¿En los quioscos? ―preguntó Borges, sorprendido―. ¿Mis libros en los quioscos?

    En Washington, el Chevy Chevalle tomó la avenida Massachusetts antes de entrar en el DC. A las 9:33 pasó frente a su antigua residencia, ahora ocupada por la familia del embajador de Pinochet y, segundos después, entró en la rotonda de Sheridan, a tres minutos de las oficinas del IPS, en la calle Q 1901.

    En ese momento, a pocas cuadras de allí, se realizaba una reunión de Lasa, la Asociación de Estudios Latinoamericanos, para preparar el congreso que ese año sería en Atlanta. Letelier había enviado Juan Raúl Ferreira para informar sobre la dictadura uruguaya.

    A las 9: 34, en el Ford que seguía al Chevy celeste, Virgilio Paz apretó los dos botoncitos del control remoto. Era uno de los dispositivos que Townley había adaptado y probado él mismo en el viaje a México, uno de esos que usan los médicos para llamados de emergencia. El bip activó el C4 colocado en el chasis del Chevy, justo debajo del asiento del conductor.

    Michael escuchó un sonido eléctrico y un flash detrás de la cabeza de Ronni. Luego de una fracción de segundo, el Chevy voló por el aire y sus pedazos se esparcieron hasta veinticinco metros. Al caer, se incrustó contra un Volkswagen naranja que estaba estacionado. Ronni salió despedida del auto y cayó sobre el césped. Descalzo y sentir las piernas, asfixiado por el humo, Michael logró salir por una ventana y vio a Ronni de pie, como si nada le hubiese pasado.

    El único gravemente herido parecía ser Orlando. Estaba recostado de espaldas sobre el volante del conductor. Michael le palmeó la cara:

    ―Orlando ―dijo―. ¿Me puede escuchar?

    Orlando no contestó. Intentó poner una mano sobre Michael, pero no pudo. Sus ojos se movían lentamente y las lágrimas le recorrían las mejillas. Estuvo a punto de decir algo, pero se apagó en segundos.

    ―¡Fue la Dina! ―gritó Michael―. Malditos fascistas.

    Letelier murió en minutos después.

    Ronni no estaba bien. La explosión le había cortado la garganta, pero Michael no lo había notado porque ella se alejaba caminando. Hasta que cayó en el piso.

    Dana Peterson, una médica que corrió a auxiliarla, no pudo evitar que Ronni se ahogara en su propia sangre mientras intentaba sacarse de encima a Michael. Minutos después, llegó la ambulancia. Luego de una breve discusión, Michael logró subirse para acompañarla al hospital.

    En la reunión de Lasa, Juan Raúl Ferreira todavía respondía preguntas sobre las dictaduras del Cono Sur. Cerca del mediodía, se interrumpió la reunión con una conmoción sorda. Juan Raúl no alcanzaba a entender la información fragmentada que corría en inglés de un lado para el otro. Tomó a una joven de un brazo y le preguntó qué estaba pasando.

    ―¡Mataron a Letelier! ―dijo.

    Juan Raúl corrió al IPS.

    ―También mataron a Ronni ―dijo alguien que acababa de entrar al antiguo edificio de la calle Q.

    Entonces, Juan Raúl miró al escritorio que estaba frente al suyo. Era el escritorio de Ronni.[ii]

    Había comenzado a lloviznar. En el hospital, Michael Moffitt luchaba por deshacerse del acoso de la policía. Recordó los versos de Pablo Neruda que le había leído el día de su boda. Ella, todavía de blanco, sonreía radiante y con una alegría que no cabía en su pequeño cuerpo:

    Levántate conmigo

    y salgamos reunidos

    a luchar cuerpo a cuerpo

    contra las telarañas del malvado…

    En medio del fuego estarás

    junto a mí…

    ―¿Por qué dice que Neruda no es un gran poeta? ―le preguntó el periodista.

    ―¿Usted recuerda algún verso de Neruda? ―repreguntó Borges, lapidario, sonriendo a una cámara de televisión que lo apuntaba desde la eternidad.

    ―Bueno ―titubeó Carrizo―, me parece que de Neruda se puede citar alguno…

    ―A ver, ¿cuál?

    ―No, no me tome examen…

    ―Yo no recuerdo ninguno memorable ―dijo Borges, muriéndose de a poco, con una vana sonrisa.

    ―Borges, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

    ―No, para nada. Sólo quiero que me olviden.

    El misterioso laberinto de la infamia

    La bomba estaba programada para explotar el lunes. Townley compró los diarios, escuchó las radios y no encontró ninguna información que lo confirmara. Cuando finalmente detonó la mañana del martes 21, ya se encontraba en Miami. De ahí se fue a cenar con sus padres en Boca Ratón.

    En Union City dos hombres conversaban frente a dos vasos casi vacíos de ron y con dos espesos habanos entre los dedos.

    ―Oye chico. Todavía me sigue dando vueltas en la cabeza algo que…

    Por la Bergenline Avenue caminaban la ultimas minifaldas del año, mientras el cielo no se decidía a enviar lluvia, llovizna o la primera nevada del año.

    ―Pues dime.

    ―¿Y si el americano preparó el detonador para que fallase a propósito, sabiendo que nosotros lo íbamos a reparar?

    ―Eso nunca lo sabremos…

    ―Lo vi un poco reticente a participar en la operación. Ahora, después de todo, resulta que fuimos nosotros quienes pusimos el C4 y luego lo detonamos. ¿No era eso lo que los chilenos querían?

    ―Nosotros también queríamos los créditos, ¿o no?

    ―¡Claro, chico! Pero otra cosa es la traición. No soporto la sola idea de que nos pudieron haber usado.

    A esa misma hora, Jorge Luis Borges caminaba por segunda vez la avenida Diego Portales de Santiago. Iba a recibir un doctorado honoris causa de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica, la misma que había dado a Chile y al Universo la orgullosa infamia anglosajona de los Chicago Boys. Borges era ateo, pero no lo impresionaban los misteriosos designios de la mano que figura y prefigura los avatares de las piezas del ajedrez que a un mismo tiempo entretuvieron las elucubraciones del moro y del judío en el laberinto de una civilización ya olvidada por las ficciones de la historia.

    María Callejas supo con tiempo de esta visita histórica y movió todos sus contactos para que la incluyeran en la cena con el escritor argentino. En una de las tertulias semanales de Lo Curro, un invitado había dicho:

    ―Dicen que Borges es un analfabeto político.

    ―Muy sabio.

    ―No le importaba mucho.

    ―Es que una metáfora o una paradoja son universales. El ganador de unas elecciones es como el campeón de fútbol que levanta un trofeo. Ambos son productos del azar, de una conjunción de las arbitrariedades del destino que borrarán las arenas del reloj persa en los barcos del inspirado anglosajón sobre las ondulantes superficies de los cálidos y nunca del todo reales mares del sur.

    ―Como sea. En las elecciones de 1973, Borges le dijo a la madre que no iba a votar. Seguro que daba por descontado una victoria del peronismo. Leonor, su madre, por entonces con 96 años y postrada en la cama, se enojó. Leonor Borges odiaba a Perón, casi tanto como a Evita. “Si quiere voy y voto por usted”, le dijo Georgie. El mismo Borges reconoció que Leonor le había dado el sobre con el voto que Borges puso en la urna. Él nunca vio la boleta que su madre puso en el sobre. Por pudor político, aunque era demasiado obvio, dijo que no había querido ni saber lo que contenía aquel sobre.

    ―Es decir, nunca quiso saber lo que votaba…

    ―De eso se tratan las democracias, ¿no? ―dijo alguien y sumó otra carcajada unánime.

    ―¿Es cierto que todavía está dolido por haber perdido el Premio Nóbel con Pablo Neruda?

    ―No le importa. Estocolmo está lleno de comunistas.

    ―Mucha razón tiene cuando dice que ni Neruda debía recordar sus propios poemas, porque nadie puede recordarlos. Es decir, no son memorables. Si alguien se los leyera y se salteara un verso, Neruda no se daría cuenta.

    ―También dijo que Neruda era un discípulo de Lorca, pero mucho peor que Lorca.

    El patriota empresario

    Días después de la explosión en Sheridan Circle, el empresario Edwin Wilson se contactó con tres cubanos de Miami, quienes habían viajado a Washington tres días antes, para negociar la venta de explosivos y lápices cronometrados al gobierno de Libia, por un valor de cien mil dólares. En principio, el acuerdo con Muamar el Gadafi consistía en la compra de equipamiento de detección de explosivos, para limpiar los caminos de minas personales, pero algunas fuentes habían informado de la posibilidad de que el negocio pudiese ser extendido a la exportación de C4 para eliminar disidentes. Wilson (al igual que uno de los cubanos contactados, había sido agente de la CIA hasta semanas atrás) tenía un negocio de armas y explosivos, Consultants International, en el 1425 de la calle K, a diez minutos de Sheridan Circle.

    Bob Woodward, el periodista elevado a categoría de celebridad por el caso Watergate, reportó que, aparte de tecnología para detectar explosivos, “la propia literatura promocional de la empresa Consultants International deja claro que puede armar a un ejército con lanchas patrulleras, paracaídas, accesorios aerotransportados y vehículos blindados”. La misma empresa aseguraba en sus folletos: “Podemos diseñar paquetes de armamentos para satisfacer las necesidades de cada cliente”.

    Por alguna razón, el acuerdo programado entre Wilson y los cubanos en una reunión en Génova, no prosperó.

    ―Sabemos que el gobierno de Libia ha hecho, de muchas maneras, cosas que podrían haber estimulado el terrorismo ―dijo el presidente Ford, en una conferencia de prensa. [iii]

    El intento de relacionar al gobierno de Libia con el asesinato de Letelier tampoco prosperó. Su mayor debilidad era su falta de sentido común.

    Wilson será detenido en Nueva York, apenas arribado de República Dominicana, seis años y catorce millones de dólares más tarde, acusado de tráfico ilegal de explosivos. La prensa dirá que, a los largo de dos décadas de vida clandestina al servicio de la CIA y de los marines, Wilson había “cambiado patriotismo por negocios”. Desde 1955 hasta 1976, había sido agente de la CIA, había participado de la fallida invasión a Bahía Cochinos, de múltiples ataques contra Cuba y de la creación de varias compañías falsas con el propósito de continuar en privado lo que había sido un plan del gobierno.[iv]

    Los privados no lo hacen mejor, pero no se les ve la ideología. Sólo las ganancias.

    La Embajada de Chile comunica a la población

    El 21 de septiembre de 1976, el embajador de Chile en Washington, Manuel Trucco Gaete, emitió una declaración:

    Mi gobierno rotundamente repudia el ultrajante acto de terrorismo que ha costado las vidas de un anterior Embajador de Chile en los Estados Unidos y de uno de sus colaboradores.

    El deplorable hecho solo enfatiza la necesidad de combatir el terrorismo en cada uno de sus aspectos porque es indicativo de la extensión hasta la cual los elementos hostiles llegaran para obtener sus inconfesables objetivos.

    En nombre de mi gobierno urgentemente solicito que una completa y rigurosa investigación sea iniciada de manera que todas las facetas y circunstancias pertinentes a este acto brutal sean investigadas y los culpables procesados.

    El terrorismo y la violencia deben ser detenidos antes que haya más víctimas inocentes.

    Consultado por más detalles, el embajador agregó:

    ―Letelier no significaba ningún peligro para mí. El hombre vivía en una isla de marxistas, sin ninguna trascendencia en Estados Unidos.

    Setiembre, amor

    En Washington, el asesor de Letelier, Juan Gabriel Valdés, había invitado al uruguayo Juan Raúl Ferreira para colaborar con el instituto de investigaciones latinoamericanas IPS.

    ―El 11 de setiembre era el aniversario del Golpe ―dijo Juan Raúl―. El 18, la Fiesta nacional dieciochera.

    Pinochet siempre lo conmemoraba con algún acto memorable. En setiembre de 1974, mataron a su antecesor, el general Prats, exiliado en Argentina. El 5 de octubre, de 1975, Townley y sus socios de Miami balearon a Bernardo Leighton y a su esposa en Roma, dejándolos paralíticos. 1976 no podía ser la excepción.

    Ariel Dorfman supo del atentado contra Letelier, esa misma tarde. Estaba en las oficinas del Transnacional Institute de Ámsterdam, el instituto que había fundado el mismo Orlando Letelier. Sus compañeros de trabajo murmuraban en distintos idiomas o sostenían silencios incrédulos.

    Ariel recordó la última vez que lo había visto. Había sido justo tres años atrás, en una reunión en la Peña de los Parra, en Santiago, donde solían cantar Violeta Parra y Víctor Jara.

    ―El encuentro ―me dijo Ariel― había sido organizado por Fernando Flores en memoria del General Prats. Trabajábamos juntos en La Moneda. También estaban Orlando, José Tohá y sus esposas. Todos los hombres presentes habían sido ministros de defensa de Allende. Conocían de cerca a Pinochet, podrían testimoniar de su traición a Allende y de su pequeñez emocional y mental. A los tres los mató Pinochet.

    En cierto momento, comenzó a sonar un tango y algunos invitados salieron a bailar. Ariel se mantuvo en su silla. Sabía que era pésimo bailando tango. Su esposa Angélica, en cambio, era una maravilla, pero casi siempre se solidarizaba con la torpeza y la timidez de Ariel y se quedaba en su mismo rol de espectadora.

    ―Tampoco iba a interrumpir a esas tres parejas que se habían robado el momento ―recordó Ariel.

    Orlando Letelier bailó con Sofía, la esposa del general Carlos Prats, Isabel con José Tohá y Prats con Moy, la esposa de Tohá. La alegría de esa noche fue como la calma que precede a un huracán.

    ―En ese momento ―recordó Ariel―, no podía darme cuenta de que los tres hombres que bailaban estaban unidos por un mismo destino fatal: los tres habían sido ministros de defensa de Allende. Los tres habían sido figuras muy próximas de los militares. Los tres fueron traicionados. Los tres sabían demasiado. Los tres fueron asesinados por Pinochet.

    Una apuesta más ambiciosa

    Mientras el presidente Andrés Pérez negaba cualquier conexión con el asesinato del exministro chileno, el gobernador de Caracas, Diego Arria, volvía a interceder por Orlando Letelier, esta vez para que su cuerpo sea enviado a Venezuela. Isabel estuvo de acuerdo en enviar lo que quedaba de su esposo en Caracas. El 29 de setiembre, Letelier fue enterrado en un costado de un cerro con vista a la ciudad. Andrés Pérez abrazó a la viuda y dio un discurso que ya nadie recuerda.

    Una semana antes, el jueves 23, Orlando Bosch había arribado a Caracas con otro pasaporte falso, pero en Inmigración todos sabían quién era el cubano. Pocos días después, se realizó una fiesta de beneficencia con carácter de discreción en una casa de La Castellana o, más probablemente, en La Lagunita Country Club, una urbanización similar a Lo Curro en Santiago, iniciada por el general Marcos Pérez Jiménez para los militares y que en poco tiempo se convirtió en un barrio exclusivo. El coctel se había anunciado para recaudar fondos para el combatiente refugiado cuyo nombre no se mencionaba en las invitaciones pero todos conocían o querían conocer.

    En un informe del 18 de octubre al Secretario de Estado Henry Kissinger, la CIA aseguró que Bosch le había ofrecido a los funcionarios venezolanos renunciar a actos de violencia en Estados Unidos durante la visita del presidente Carlos Andrés Pérez a la ONU, en noviembre, a cambio de “una contribución sustancial en efectivo a la organización” de Bosch. El mismo informe reportó que Bosch declaró:

    ―Ahora que nuestra organización ha quedado muy bien con el trabajo realizado en Washington contra Letelier, vamos a intentar algo más.

     Según los documentos clasificados de la CIA, la reunión se realizó en la residencia del cirujano cubano Hildo Folgar entre el 22 de setiembre y el 5 de octubre (la fecha más probable es el sábado 25 de setiembre). El precio del plato ascendió a 5.000 bolívares por asistente (1.118 dólares de la época; seis mil dólares cincuenta años después.) Otras fuentes reportaron casi un centenar de asistentes.

    Lo recaudado esa noche superaba claramente los dos mil dólares que costaba pagar un mercenario de Honduras o de El Salvador a Cuba o a Estados Unidos con todos los gastos incluidos. Según el mismo documento clasificado de la CIA con fecha del 14 de octubre, “en la cena, Bosch se le aproximó junto con García a un funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores y le propuso que el gobierno de Venezuela haga una contribución económica importante a su causa; a cambio, Bosch se comprometería que los cubanos en Estados Unidos no realizarían ninguna protesta contra la visita de Carlos Andrés Pérez a las Naciones Unidas, programada parta noviembre, lo cual el funcionario venezolano aceptó”.

    ―Ahora que nuestra organización ha logrado realizar concluir exitosamente la Operación Letelier en ―dijo Bosch en la reunión, y sus palabras fueron recogidas por el informante de la CIA―, vamos a intentar algo más.[v]

    Orlando Bosch y El Mono Ricardo Morales vivieron por un tiempo en el hotel Caracas Hilton, cerca del parque Los Caobos. Al igual que Hernán Ricardo Lozano, Morales había comenzado a trabajar para la policía secreta venezolana gracias a las gestiones de sus jefes de la CIA. Todos eran especialistas en explosivos, pero ninguno detonó uno en su vida. Como decía Posada Carriles, en la CIA enseñaban de todo, desde patriotismo a cómo armar y detonar una bomba, pero eso no los hacía terroristas, como no eran terroristas los soldados que recibían cursos de cómo matar personas. El conocimiento estaba ahí por las dudas, pero nunca hicieron uso de él. El único que confesará la autoría de algunas bombas será El Mono Morales. Bosch y Posada Carriles también confesaron en diferentes momentos, pero luego lo negaron en su momento, sobre todo en los pocos juicios que debieron enfrentar.

    ―Vamos a golpear un vuelo de Cubana ―dijo Posada Carriles, según el informante de la CIA en Caracas― y Orlando tiene los detalles.

    Ningún documento desclasificado revelará que la CIA hizo algún intento por evitar el atentado terrorista de sus empleados.

    Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, los dos venezolanos contratados por Posada Carriles para su nueva empresa de detectives privados, fueron los únicos que presenciaron el accidente. ¿Era necesario ese espectáculo, como si se tratase de fuegos artificiales o de un partido de beisbol? Por la misma razón habían sido detenidos en el primer intento de volar otro avión de Cubana, dos meses antes. Pero esta vez el plan fue un éxito. Lugo y Ricardo tomaron el siguiente vuelo de regreso a Trinidad. Allí la policía los arrestó.

    Confesaron. En Venezuela, la policía arrestó a Bosch y Luis Posada Carriles, jefe de la división de explosivos de la Disip. Los dos negaron todas las acusaciones. Como en las malas traducciones de sus series de televisión favoritas:

    ―No sé de qué habla ―dijeron.

    No sabían nada de nada. Aunque no condenaban los hechos publicados en la prensa, tampoco eran capaces de perpetuar un acto tan abominable. Bosch, Posada Carriles, El Mono Navarrete y casi todos los demás colaboradores estaban de acuerdo en algo: Cubana 455 era un avión de combate y las 73 víctimas de Cubana no eran víctimas. Eran combatientes, como todos quienes no pensaban y sentían como ellos.

    Fue la DINA

    En minutos, la calle se llenó con ambulancias y autos de la policía. Poco después, llegó el agente Carter Cornick. Cuando vio a Michael quemado y gritando como loco “fue la Dina”, pensó que estaba hablando de una mujer. El agente del FBI no tenía idea de lo que pasaba fuera de fronteras.

    Michael alcanzó un teléfono público y dudó. Luego llamó a la secretaria de IPS para que llame a Isabel. El agente Cornick quería hablar con él.

    ―Le dices que estamos en el Hospital George Washington, que hubo un accidente…

    El FBI le llevó un perro a Michael para olfatearlo de pies a cabeza. Cuando Isabel atendió el teléfono, presintió lo peor. En los últimos años se había acostumbrado a lo peor. Recordó lo que Orlando le había dicho horas antes: “Ven a almorzar con nosotros. Tengo una noticia que te va a gustar”.

    Llamó a las escuelas donde estaban sus cuatro hijos, para que los dejaran salir antes de tiempo. Temblando, abrió su vestidor y tomó una chaqueta negra. Luego la volvió a colgar y se decidió por un vestido colorido.

    Cuando llegó al hospital, vio una muchedumbre a la entrada. Pensó, o quiso pensar, que se trataba de otra cosa.

    ―Es ella; es la viuda ―escuchó o creyó entender.

    Debían estar hablando de otra persona. Tal vez no entendió bien el inglés apurado. Cuando logró subir al piso donde estaba Orlando, se encontró con Michael, como si volviese de un incendio. Lo abrazó. Michel murmuró:

    ―Se llevaron a mi bebé también…

    Isabel no alcanza a comprender con claridad qué ha pasado y pide ver a Orlando.

    ―Su esposo está muerto ―le informa una de las enfermeras.

    Isabel insiste en verlo, pero las mujeres de la salud se amparan en el reglamento y dicen que no es posible. El señor Letelier ha muerto en una explosión y su cuerpo está en muy malas condiciones.

    ―Quiero verlo ―insiste Isabel―. Quiero despedirme de él, aunque sea de una mano.

    ―Lo siento, pero no es posible.

    Isabel no deja de repetir lo mismo hasta que una enfermera accede.

    Cuando Isabel descubre el rostro de Orlando, ve su expresión de dolor, o de tristeza. Ella conoce ese gesto mejor que nadie. Orlando supo lo que había pasado antes de morir y de ahí esa expresión. Supo que Pinochet lo había hecho de nuevo.

    En la radio del auto que lleva a sus hijos Juan Pablo y Francisco al hospital, escuchan algo sobre un coche bomba, pero saben que están en la ciudad más segura del mundo y que su padre estará bien. A 480 kilómetros, en la Universidad de Carolina del Sur, el hermano mayor, Cristian, debe salir de una clase de Política Mundial donde se discutía la política del Détente de la Guerra Fría.

    Para entonces, en el IPS, los empleados se habían encerrado con llave, esperando un nuevo ataque a las oficinas. A las 2:00 de la tarde, cuando los agentes del FBI, armados y con perros que no paraban de ladrar los convencen de abrir, comenzó el interrogatorio.

    Landau y su equipo requisó todo el material de la oficina de Orlando Letelier.

    ―No responderemos nada hasta que no esté presente nuestro abogado.

    Por los espionajes anteriores a IPS y a otros grupos antibélicos, reconocidos por el FBI ante el Congreso, los investigadores de IPS miden sus respuestas y desconfían hasta de sus sombras.

    ―Tranquilo, muchachos ―dice un agente―. Estamos aquí para ayudarlos.

    Media hora más tarde, otro agente inicia el interrogatorio:

    ―Si me permiten, procederé con la primera pregunta. ¿Quién creen que hizo este atentado?

    ―La Dina.

    ―¿Pueden deletrear su nombre?

    ―D-I-N-A.

    ―¿El apellido de Dina? ―preguntó el agente Carter Cornick.

    En el hospital, el detective Walter Johnson sabe que Ronni está muerta y presiona a Michael para que aporte alguna información de valor antes que el trauma del atentado silencie detalles que podrían ser relevantes solo para él. La noche ha caído hace horas sobre Washington. Michael es liberado del interrogatorio y sale por un pasillo como si arrastrase su propio cuerpo. En una habitación, un paciente mira Hombre Rico, hombre pobre. En la habitación contigua, otro paciente entretiene su insomnio con Mash, la serie favorita de Orlando Bosh, luego de Mission Impossible.

    Por la noche, Michael, aún con los restos de la explosión en su ropa y en su pelo, con la memoria del humo y del perro del FBI olfateándolo impregnada en todo lo que veía y sentía, volvió a la casa de Potomac, a donde Ronni ya no volverá. Allí los investigadores buscarán hasta el último rincón algún rastro de explosivos. Los senadores y todo tipo de desconocidos irán a acompañarlo, como si eso pudiese menguar en algo su dolor. Cuando, finalmente, lo dejan en paz, se dará un ducha y se emborrachará hasta caerse dormido. No por muchas horas. Despertó varias veces hasta que terminó por levantarse en la madrugada del 22 de septiembre.

    Una de las peores pesadillas de una persona es despertarse a la misma pesadilla del día anterior. Allí estaban la ropa, los libros, las cacerolas de Ronni. Michael no movió nada por meses. Tampoco cortó el pasto ni lavó la cocina. Por meses, por años, abusó del alcohol.


    [i] Metropolitan Briefs. “Jury Selection Starts on Bronfman Kidnapping Gimbel’s Strike Settled Soviet Ship Damaged Strike Halts Tramway 2 Admit Faking Accidents Retail Sales Increase”. The New York Times. 17 de setiemrbe de 1976, p. 26.

    [ii] Conversación del autor con Juan Raúl Ferreira. Con su autorización.

    [iii] Bob Woodward y Ben Weiser. “Ex-CIA Aide, 3 Cuban Exiles Focus of Letelier Inquiry.” Washington Post, 12 de abril de 1977. http://www.washingtonpost.com/archive/politics/1977/04/12/ex-cia-aide-3-cuban-exiles-focus-of-letelier-inquiry/e92eb95a-71f5-4ab1-a650-ed3fccd399f9/.

    [iv] “Ex agent nabbed in arm case”. The Akron Beacon Journal. 16 de junio de 1982, p. 2.

    [v] National Security Archive. GMU. CIA, 26 de noviembre de 1976. nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB157/19761209.pdf

    Jorge Majfud

    “¿Qué traumas habrán vivido estas pobres criaturas?”

    El presidente Javier Milei y su hermana Karina Milei

    “¿Qué traumas vivieron estas pobres criaturas?”

    Una de las preguntas más recurrentes de los argentinos al ver la foto del presidente Javier Milei y su hermana Karina cuando niños es “¿Qué traumas vivieron estas pobres criaturas?” Angelicales rubiecitos, como en las pinturas medievales y renacentistas. Al decir de Pamela David en 2016, “Macri tiene una familia blanca, hermosa y pura” que sacó a “toda la mugre”, es decir morochas como Cristina y ella misma. Claro que, como hizo la CIA después de Hitler, en todos los discursos había que reemplazar la acusación de negro por la de comunista. Ideas que coinciden con las del morocho Sarmiento, quien detestaba a los indios, sentía “simpatía para la raza de ojos azules” y quería “mejorar la raza” (típica expresión del colonizado, como la del vicepresidente y mulato brasileño Hamilton Mourão) importando europeos blancos para parecerse a Estados Unidos. Ideas que coinciden con la reconocida inspiración de Hitler, el estadounidense Madison Grant, el cual el New York Times reseñó en 1916: “Si eres rubio, perteneces a la mejor gente de este mundo. Pero todo se terminará contigo. Tus antepasados han cometido el pecado de mezclarse con las razas inferiores del sur. Como resultado, las mejores cualidades de los rubios, pertenecientes a la raza creadora de la mejor cultura, se ha ido corrompiendo…”

    Veamos el factor freudiano antes de volver a los genes. La “psicología Disney” que criticábamos a principio de siglo, no sólo obligaba a los padres a evitarle cualquier frustración a sus hijos, al tiempo que los convencían de que eran Al-Juarismi, Leonardo da Vinci, Arthur Miller y Marilyn Monroe en uno, sino que, además, creó un ilimitado sentimiento de culpa en los padres que se tradujo en una permisividad tóxica.

    Dejando de lado el posible sarcasmo de “¿Qué traumas vivieron estas pobres criaturas?”el mismo Milei dio varias entrevistas justificándose porque sus padres lo castigaban de chico, algo que casi todos en nuestra generación vivimos en diferentes grados y no justifica que alguien descargue todas sus frustraciones emocionales sobre el resto de la humanidad.

    Aquí vuelvo a uno de los temas sobre la violencia moral en La reina de América (2001): un trauma es la fosilización de un significado autodestructivo. Siempre existe la posibilidad de resignificar nuestras memorias a través de la reflexión, la racionalización, la catarsis griega o de su des-cubrimiento en caso de un trauma reprimido, como diría el psicoanálisis freudiano. Por ejemplo, el sexo amoroso, el sexo comercial y una violación son exactamente el mismo acto físico, pero los tres se distinguen por su significado; y todo significado depende de una tensión entre el individuo, la sociedad y la historia.

    En la novela Crisis (2012), volví sobre el significado de otras formas de violencia. Por ejemplo, sobre una asistente social (que el gobierno de Delaware ofrecía a toda familia con un recién nacido) que se escandalizaba cuando uno de los personajes le contaba que había visto cómo sus tíos y los trabajadores rurales de su abuelo (por entonces, peones) mataban los cerdos; su padre tuvo que sacarle el cuero a una vaca muerta para recuperar parte de su inversión. El personaje reflexionaba que ninguna de esas experiencias lo llevó a sentir placer o indiferencia por el dolor ajeno. El significado de aquellos hechos no era traumático; era claro y explicable: no se trataba del placer de matar un cerdo, sino de la necesidad de sobrevivencia de gente de campo―significado que un día podrá cambiar.

    Luego el personaje comparó: “todos los soldados, generales, políticos y pastores que han participado y apoyado la última guerra en Irak fueron educados de niños según esos ‘métodos de no violencia’. ¿Cómo es que niños tan alejados de palabras fuertes, del rigor de los padres, son capaces de bombardear mercados y ciudades llenas de niños?”

    Matar un hombre es una experiencia traumática, pero no es la misma experiencia si comprendemos que fue un accidente o en defensa propia. La homosexualidad era una condena de muerte hasta que la sociedad la resignificó; como alguien que sueña que mató a alguien y, al despertar, entiende que el significado y la angustia del hecho cambió con el cambio de estado de conciencia. De ahí que despertar es una liberación del significado que nos oprime.

    Las naciones indígenas solían excluir la violencia en la educación de los niños. No la europea, hasta no hace mucho; pero muchos niños que sufrieron brutales palizas se convirtieron en padres cariñosos. Claro, no todos los individuos responden de igual forma, pero creo que en la representación autoindulgente del presidente argentino se omiten elementos que la ciencia neurológica ya ha probado irrefutables. No todo se explica por traumas infantiles. Existe una plétora de casos de criminales que se deben a condiciones genéticas. Suele ocurrir que las experiencias traumáticas de la infancia no son la causa de, por ejemplo, la psicopatía ni de casos mucho menos serios, sino la consecuencia. Especialmente cuando los padres no saben resolver la situación y, por falta de experiencia (es decir, el caso de casi todos los padres) recurren a alguna forma de violencia.

    Es un mito que los niños siempre reflejan la educación de la casa. Hoy sabemos que la mayoría de sus particularidades neurológicas tienen más que ver con natura que con nurtura. La educación puede ayudar o empeorar los resultados. La injusticia social también. Por ejemplo (escribimos sobre esto hace una década), en Estados Unidos y en la mayoría de los países, los niños con desarrollo conflictivo o solo por confundir la C con la S, son derivados a un ejército de profesionales. Un aspecto negativo es la (auto) estigmatización de los jóvenes (lo veo en mis estudiantes) que se imponen límites porque han sido diagnosticados con X o Y. Cuando yo era joven, no existían esos diagnósticos. Ni maestros ni profesores ni nuestros padres nos preguntaban si podíamos hacer algo; simplemente nos mandaban a la guerra con un tenedor.

    Sin embargo, que un niño o un adolescente pueda recibir la medicación o la terapia indicada para manejar un problema mientras su cerebro se estabiliza (algo que no llega hasta los 25 años en los varones) es mil veces mejor a que el joven resuelva sus problemas con alcohol, drogas o violencia. La injusticia social radica en que los pobres o muchos jóvenes de la clase media no tienen la misma oportunidad de disfrutar de los avances de las ciencias y, en lugar de un psicólogo, un psiquiatra y unas medicinas que, sin seguro, puede costar mil dólares por mes, terminan siendo expulsados de sus escuelas, internados en un juvenile detention center y, finalmente, arruinan vidas en el crimen o en la miseria. Probable caso de los hermanos Milei en un futuro no muy lejano.

    Todos alguna vez nos cruzamos o nos cruzaremos con uno o varios psicópatas sin saber que lo son. Por ser grandes manipuladores, se representan como víctimas y salvadores mesiánicos. Suelen parecer angelicales o campeones de la efectividad. Suelen ser exitosos en profesiones de poder, como los grandes negocios o CEOs de grandes empresas.

    Algunos, son elegidos por una mayoría o una gran minoría, como Netanyahu, Trump y Milei.

    jorge Majfud Agosto 2025

    https://www.pagina12.com.ar/852085-que-traumas-vivieron-estas-pobres-criaturas

    «What traumas did these poor children go through?»

    One of the most common questions Argentines ask when they see the photo of President Javier Milei and his sister Karina as children is, «What traumas did these poor children go through?» Angelic little blonds, like in medieval and Renaissance paintings. As Pamela David said in 2016, «Macri has a white, beautiful, and pure family» that removed «all the filth,» meaning brunettes like Cristina and herself. Of course, as the CIA did after Hitler, in every speech, the accusation of «black» had to be replaced with that of «communist.» These ideas coincide with those of the dark-skinned Sarmiento, who detested Native Americans, felt «sympathy for the blue-eyed race,» and wanted to «improve the race» (a typical expression of the colonized, like that of the Brazilian mulatto vice president Hamilton Mourão) by importing white Europeans to resemble the United States. Ideas that coincide with Hitler’s acknowledged inspiration, the American Madison Grant, whom the New York Times reported in 1916: «If you are blond, you belong to the best people in this world. But it will all end with you. Your ancestors have committed the sin of intermingling with the inferior races of the South. As a result, the best qualities of blonds, belonging to the race that created the best culture, have been corrupted…»
    Let’s look at the Freudian factor before returning to genes. The «Disney psychology» we criticized at the beginning of the century not only forced parents to avoid any frustration in their children, while convincing them they were Al-Khwariism, Leonardo da Vinci, Arthur Miller, and Marilyn Monroe rolled into one, but it also created an unlimited sense of guilt in parents that translated into toxic permissiveness.
    Leaving aside the possible sarcasm of «What traumas did these poor creatures go through?» Milei himself gave several interviews justifying his parents’ punishment as a child, something that almost everyone in our generation experienced to varying degrees and that doesn’t justify someone taking out all their emotional frustrations on the rest of humanity.
    Here I return to one of the themes about moral violence in The Queen of America (2001): trauma is the fossilization of a self-destructive meaning. There is always the possibility of redefining our memories through reflection, rationalization, Greek catharsis, or its discovery in the case of repressed trauma, as Freudian psychoanalysis would say. For example, amorous sex, commercial sex, and rape are exactly the same physical act, but the three are distinguished by their meaning; and all meaning depends on a tension between the individual, society, and history.
    In the novel Crisis (2012), I returned to the meaning of other forms of violence. For example, about a social worker (whom the Delaware government offered to every family with a newborn) who was shocked when one of the characters told her he had seen his uncles and his grandfather’s farm workers (then farmhands) slaughter pigs; his father had to hide a dead cow to recoup part of his investment. The character reflected that none of those experiences led him to feel pleasure or indifference to the pain of others. The meaning of those events wasn’t traumatic; it was clear and explainable: it wasn’t about the pleasure of killing a pig, but about the need for survival of rural people—a meaning that may one day change.

    The character then compared: “All the soldiers, generals, politicians, and pastors who participated in and supported the last war in Iraq were raised as children according to those ‘methods of nonviolence.’ How is it that children so far removed from strong words and the strictures of their parents are capable of bombing markets and cities full of children?”
    Killing a man is a traumatic experience, but it’s not the same experience if we understand that it was an accident or self-defense. Homosexuality was a death sentence until society redefined it; like someone who dreams they’ve killed someone and, upon awakening, understands that the meaning and anguish of the act changed with their changed state of consciousness. Hence, awakening is a liberation from the meaning that oppresses us.
    Indigenous nations used to exclude violence from children’s education. Not so long ago, European ones; but many children who suffered brutal beatings grew up to be loving parents. Of course, not all individuals respond the same way, but I believe the Argentine president’s self-indulgent portrayal omits elements that neurological science has already irrefutably proven. Not everything can be explained by childhood trauma. There are a plethora of cases of criminals due to genetic conditions. It often happens that traumatic childhood experiences are not the cause of, for example, psychopathy or much less serious cases, but rather the consequence. Especially when parents don’t know how to resolve the situation and, due to lack of experience (which is the case with almost all parents), resort to some form of violence.
    It’s a myth that children always reflect their upbringing at home. Today we know that most of their neurological peculiarities have more to do with nature than nurture. Education can help or worsen outcomes. So can social injustice. For example (we wrote about this a decade ago), in the United States and in most other countries, children with developmental difficulties, or simply because they confuse their C with their S, are referred to an army of professionals. One negative aspect is the (self-)stigmatization of young people (I see it in my students) who impose limits on themselves because they’ve been diagnosed with X or Y. When I was young, these diagnoses didn’t exist. Neither teachers nor professors nor our parents asked us if we could do anything; they simply sent us to war with a fork. However, the fact that a child or adolescent can receive the appropriate medication or therapy to manage a problem while their brain stabilizes (something that doesn’t happen until age 25 in men) is a thousand times better than the young person solving their problems with alcohol, drugs, or violence. The social injustice lies in the fact that many poor or middle-class young people don’t have the same opportunity to enjoy the advances of science, and instead of a psychologist, a psychiatrist, and medication that, without insurance, can cost a thousand dollars a month, they end up being expelled from their schools, placed in a juvenile detention center, and ultimately ruin lives in crime or misery. A likely case of the Milei brothers in the not-too-distant future.
    We all come across or will come across one or more psychopaths at some point without knowing it. Because they are great manipulators, they portray themselves as victims and messianic saviors. They often appear angelic or champions of effectiveness. They are usually successful in powerful professions, such as big business or CEOs of large companies.
    Some are elected by a majority or a large minority, like Netanyahu, Trump, and Milei.

    Jorge Majfud August 2025

    No por casualidad

    Creo que comparto con muchos la angustia y la sensación de estar a la merced de psicópatas dirigiendo un manicomio global y sin otra salida que las armas más poderosas que ha inventado la especie humana. Una vez más en la historia, la legalidad internacional se vuelve a mostrar como una formalidad que, como las leyes civiles, están escritas por los de arriba para que las cumplan los de abajo.

    La ONU la fundaron básicamente los países latinoamericanos y fue con el propósito de que las atrocidades internacionales no se repitiesen “nunca más”. Hoy apenas tiene un valor simbólico, o casi. No hay organismo internacional ni corte de pena internacional que evite las atrocidades cometidas por los ponderosas del mundo, para quienes no hay leyes que los detenga.

    Si fuese por la mayoría del mundo, no creo que hubiese una sola guerra en curso a esta altura. No creo ser ingenuo. Aun aceptando que los humanos somos seres entre el bien y el mal, la particularidad natural consiste en que los poderosos hoy son una evidencia del puro mal destilado por su maniático egoísmo individual y de clase. Si en cada país se eligiesen presidentes al azar en una lotería nacional entre todos los ciudadanos, y aun teniendo la mala suerte de que cada tanto gane un psicópata o un ignorante total, creo que sería imposible alcanzar estos niveles de insensatez, miedo, pobreza, violencia, destrucción y muerte a escalas industriales cuando en realidad la humanidad tiene todos los medios materiales para vivir en paz y sin un solo niño sufriendo de hambre, violencia o de alguna enfermedad prevenible.

    En 1997, en Pemba, Mozambique, escribí un libro de ensayos que publiqué un años después en Montevideo con el título «Crítica de la pasión pura. Reflexiones sobre los habitantes de Gea». Uno de los párrafos reflexionaba:

    326, NATURALEZA. No es por casualidad que la mayoría de los jugadores de basquetbol sean hombres altos, ni que la mayoría de los travestís sean homosexuales. Tampoco es casualidad de que la mayor parte de aquellos que ostentan el poder sea gente ambiciosa. Es decir, no es casualidad que el mundo esté gobernado por gente que no debería gobernarlo.

    jorge majfud, junio 2025

    Sacrificios humanos y la política de la crueldad

    Sacrificios humanos y la política de la crueldad

    En la milenaria historia de los pueblos americanos se puede observar que las sociedades, naciones y repúblicas más pacíficas y democráticas incluían una equidad social y de género mucho mayor que aquellas otras que se distinguían por la violencia, la verticalidad y el predominio del patriarcado. Los incas y aztecas eran más violentos y patriarcales que los otros ejemplos disponibles. Por un lado el superávit de producción era acumulado en las elites dominantes a través de sus ejércitos. El dios de los aztecas, Huitzilopochtli, era el dios de la guerra que reemplazó a las deidades femeninas en el panteón de mitos para, luego de prometerles una tierra que ya estaba habitada, exigirles rituales de sacrificios humanos, los que cumplían la función política e imperial de impresionar a propios y ajenos. (*1)

    Por otro lado, recordemos que en distintas culturas, la violencia y la guerra, desde los sacrificios rituales hasta la iniciación de los varones en la cultura de la guerra y la violencia como símbolo de masculinidad estaba directamente asociada a la dominación intra-social a través de la amenaza y el miedo inoculado al “extranjero”, al enemigo.

    Cuando los imperios modernos surgieron, como fue el caso más reciente de Estados Unidos a finales del siglo XIX, el consenso radicaba en que los antimperialistas eran femeninos y cobardes, mientras que los imperialistas eran masculinos, violentos y siempre estaban dispuestos a iniciar alguna guerra. “Estoy a favor de casi cualquier guerra, y creo que este país necesita una”, decía Theodore Roosevelt, mientras el presidente McKinley era cuestionado en su sexualidad por no querer iniciar una contra España. (*2)

    La guerra, una clase y una cultura violenta cumplen la funcionalidad de dominar las sociedades que la sostienen con el fin de perpetuar el poder de una elite que se beneficia de forma desproporcionada de esa sociedad que dice defender y proteger. Nada diferente a lo que ocurre hoy.

    Los rituales de sacrificios humanos se suelen atribuir a los aztecas y otros pueblos mesoamericanos anteriores, no sin ironía y sin escándalo por los conquistadores que ejercieron una violencia varias veces mayor y cuando la civilizada Europa estaba en medio de su propios rituales religiosos de tortura y exterminio, como lo fueron por muchos siglos la conversión forzada, la Inquisición, las matanzas entre cristianos y la tortura y ejecuciones públicas de los ladrones pobres. A los sacrificios mesoamericanos se los etiquetó como barbarie y fanatismo, sin atender a la barbarie y el fanatismo de la nueva Europa capitalista que masacró infinitamente más vidas alrededor del mundo en base al fanatismo del dinero, algo aún más difícil de explicar que el sacrificio humano en nombre de algún dios lejano.

    En cierta manera, los sacrificios humanos fueron reemplazados por rituales más abstractos y simbólicos, primero como sacrificio de animales y luego como ofrendas. Sin embargo, esta característica histórica y prehistórica, embebida en el código genético humano, no desapareció sino que se transformó. Hoy son los fascismos y las guerras de exterminio, que no solo son motivadas por intereses materiales sino que también son toleradas o justificadas por aquellos que no se benefician directamente, pero que reproducen el antiguo ritual del sacrificio de una minoría como forma de ejercitar esa energía violenta y, con frecuencia, genocida. Ese código genético que vive en lo más profundo de cada ser humano (en algunos bastante más que en otros) y, sobre todo, brilla cuando los individuos se funden en una horda, en una tribu urbana, en una secta social, en un partido político.

    Como lo elaboramos en Moscas en la telaraña (2023), la comercialización de la existencia convirtió fortalezas ancestrales (la atención a los eventos negativos, el consumo de estimulantes, de calorías) en debilidades modernas. Igual, la violencia hacia el otro es tan antigua como la solidaridad, pero la primera es un reflejo de la sobrevivencia egoísta del individuo y la segunda hizo posible la sobrevivencia de las sociedades y una de las condiciones fundadoras de las civilizaciones.

    La idea de libertad es antigua, pero casi nunca consideró la “igual-libertad”, una libertad ejercida desde el derecho ajeno. Siempre era la libertad del poderoso, la libertad el noble, del esclavista, del capitalista para decidir por los seres inferiores, los vasallos, los esclavos de grilletes, los esclavos asalariados. El concepto de “igual libertad” estuvo sugerido entre los primeros cristianos, cuando eran perseguidos, no perseguidores, pero se articula durante la Ilustración en Europa y como consecuencia doble de los humanistas y del profundo impacto que tuvo entre los conquistadores el mundo más democrático, más libre e igualitario de los nativos americanos. A principios del siglo XVI y, sobre todo a principios del siglo XVIII las ideas indígenas de América sobre la “igual libertad” (social, sexual, racial) y su antigua práctica democrática se hacen conscientes en Europa y se convierten en el centro del debate de la intelectualidad primero y de los pueblos más tarde.

    Según Rousseau y sus seguidores contemporáneos, fue la invención de la agricultura, sobre todo con su creación de exceso de producción de alimentos, lo que puso final a las sociedades igualitarias. La disputa por la administración de ese exceso no sólo creó las primeras formas de Estado sino de clases sociales.

    A esto debemos agregar la creación de religiones nacionalistas y más violentas sobre grupos más numerosos, capaces de imponer una coerción efectiva a través de una idea común del ser y del debe ser a través del miedo, el ritual, el terrorismo psicológico y el deber más allá de la vida propia.

    Pero el descubrimiento europeo de América no sólo inspiró estas ideas utópicas o antieuropeas por parte de algunos filósofos de la Ilustración, de la misma creación idealista de Estados Unidos (en abierta contradicción con su realidad social de explotación, opresión y desigualdad), de los socialistas utópicos y de los socialistas científicos que le siguieron, sino que fueron un ejemplo que contradecía al mismo Rousseau sobre el pasaje de las sociedades igualitarias primitivas de los cazadores a las sociedades verticales de los agrícolas. En la naciones nativas de América podemos encontrar sociedades agrícolas, con sistemas altamente sofisticados e, incluso, más desarrollados que el europeo, con sociedades que no conocían la propiedad privada más allá del uso, menos para la posesión de la tierra que trabajaban de forma comunal, con una sociedad mucho más igualitaria, con un sistema religioso basado en la naturaleza, menos cohesivo y fanático que el europeo, y con un sistema político claramente más democrático.

    El miedo a perder la propiedad privada de tierras y esclavos en la antigua Roma condujo a un fuerte incremento de las fuerzas punitivas (inexistentes en las complejas sociedades nativo-americanas, como la policía y los ejércitos) y, de forma simultánea, al deseo (y necesidad) del robo. No sin paradoja, la violencia y la represión fueron apoyadas y promovidas en nombre de la libertad, porque estaba ligada al poder de la propiedad privada de una minoría.

    El capitalismo y, sobre todo el post capitalismo, han encontrado la piedra filosofal capaz de traducir de forma mágica el poder de los capitales en poder político, social, cultural y religioso. Este ejercicio de magia, además, es adictivo y es practicado por un único tipo psicológico entre cientos de otras características y habilidades humanas: la obsesión por la acumulación de dinero, su habilidad para acumularlo y su insensibilidad ante cualquier posible efecto negativo de esa adicción en el resto de la especie humana. En otras palabras, el prototipo ideal del exitoso multimillonario capaz de comprarse gobiernos enteros es alguien obsesionado con sus ganancias económicas. Un individuo radicalmente simplificado, monodimensional. ¿Qué perfil psicológico calza perfectamente en esta demanda funcional de crueldad, del ritual del sacrificio humano?

    Uno de los aspectos de los psicópatas radica en su incapacidad por sentir compasión, empatía y un mínimo reflejo del dolor ajeno como propio. Esta incapacidad de emociones que explican la sobrevivencia de la especie humana y hasta animal, los lleva a lo contrario. De las pocas fuentes de placer a las que pueden recurrir para aliviar una vida insensible es el sexo (o sus substitutos) y el placer en el dolor ajeno.

    Nos sorprendemos al observar cómo un presidente, un primer ministro, un senador o un exitoso hombre de negocios puede tomar decisiones que conducirán al dolor de miles, cuando no de millones de personas con un convencimiento seductor. Por lo general, se excusan en algo abstracto y arbitrario como la eficiencia y recurren a dar vuelta el significado de valores y emociones que llevan miles de años definidas de una forma simple y comprensible, como la compasión y solidaridad.

    Un ejemplo contemporáneo son numerosos líderes sociales que el sistema capitalista ha encumbrado por su alta funcionalidad. La escritora Ayn Rand se puso al frente de la reacción contra la moral ganadora de la Segunda Guerra mundial que derrotó, militar y culturalmente al sadismo del fascismo en Occidente. En 2024, el presidente Milei de Argentina dijo en Washington que “la justicia social es violenta”. Un exabrupto encapsulado décadas atrás en píldoras para el consumo contra cualquier forma de sensibilidad social, como la de Ryan Ann 60 años antes: “la maldad es la compasión, no el egoísmo”.

    No debemos sorprendernos de las políticas de la crueldad y tratar de justificarlas por fuera del sistema capitalista y por fuera de la más antigua psicología psicópata y del ritual del sacrificio humano: el dolor ajeno no es un efecto colateral de “medidas necesarias”; cumplen una función de control social y es el objeto de placer del psicópata y del ego colectivo que nunca lo reconocerá, ni siquiera ante un espejo. No es necesario tratar de entender, humanizando a estos exitosos individuos, como no es necesario entender por qué alguien puede violar a una persona y luego asesinarla. Ni siquiera un novelista necesita intentar sentir lo que siente el criminal. Basta con tomar nota de los hechos.

    Las ideas de igual libertad y de democracia, aunque una tradición antigua en América, no dejan de ser algo reciente en la evolución humana. Es decir, no dejan de ser algo frágil desde el punto de vista neurológico, siempre ante el permanente acoso y amenaza del centro reptiliano de las cortezas más primitivas, más allá de la corteza frontal del cerebro humano. Todo eso que el capitalismo no limita sino todo lo contrario: reproduce, multiplica y concentra, sin ningún atisbo de emociones humanas, como un robot, como un Javier Milei, un Donald Trump o un Elon Musk―como el capital mismo.

    Jorge Majfud. Resumen de un capítulo del libro Historia anticapitalista de Estados Unidos (a publicarse en 2025).


    [1] Para ampliar sobre la mitología indoamericana y su sobrevivencia en América Latina, ver Majfud, Jorge. El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008) y el primer capítulo que escribimos para: Salomon, Carlos. The Routledge History of Latin American Culture. “Indigenous Cosmology and Spanish Conquest”, Jorge Majfud. United Kingdom, Routledge, Taylor & Francis, 2017.

    [2] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. 200 años de imperialismo anglosajón en América Latina. Rebelde editores, 2021, p. 180.

    Jorge Majfud, febrero 2025.

    Human sacrifices and the politics of cruelty

    Throughout the millennial history of the American peoples, it can be observed that the most peaceful and democratic societies, nations, and republics included much greater social and gender equality than those that were characterized by violence, verticality, and the predominance of patriarchy. The Incas and Aztecs were more violent and patriarchal than the other examples available. On the one hand, surplus production was accumulated by the ruling elites through their armies. The Aztec god Huitzilopochtli was the god of war who replaced the female deities in the pantheon of myths in order to promise them a land that was already inhabited and then demand human sacrifice rituals, which served the political and imperial function of impressing both their own people and outsiders. (*1)

    On the other hand, let us remember that in different cultures, violence and war, from ritual sacrifices to the initiation of men into the culture of war and violence as a symbol of masculinity, were directly associated with intra-social domination through the threat and fear instilled in the “foreigner,” the enemy.

    When modern empires emerged, as was the case most recently with the United States at the end of the 19th century, the consensus was that anti-imperialists were feminine and cowardly, while imperialists were masculine, violent, and always ready to start a war. “I am in favor of almost any war, and I believe this country needs one,” said Theodore Roosevelt, while President McKinley was questioned about his sexuality for not wanting to start one against Spain. (*2)

    War, a violent class and culture, serves to dominate the societies that sustain it in order to perpetuate the power of an elite that benefits disproportionately from the society it claims to defend and protect. This is no different from what is happening today.

    Human sacrifice rituals are often attributed to the Aztecs and other earlier Mesoamerican peoples, not without irony and scandal by the conquistadors who exercised violence many times greater and when civilized Europe was in the midst of its own religious rituals of torture and extermination, such as forced conversion, the Inquisition, the killings among Christians, and the torture and public executions of poor thieves. Mesoamerican sacrifices were labeled as barbarism and fanaticism, without regard for the barbarism and fanaticism of the new capitalist Europe that massacred infinitely more lives around the world based on the fanaticism of money, something even more difficult to explain than human sacrifice in the name of some distant god.

    In a way, human sacrifices were replaced by more abstract and symbolic rituals, first as animal sacrifices and then as offerings. However, this historical and prehistoric characteristic, embedded in the human genetic code, did not disappear but was transformed. Today, it is fascism and wars of extermination, which are not only motivated by material interests but are also tolerated or justified by those who do not benefit directly, but who reproduce the ancient ritual of sacrificing a minority as a way of exercising that violent and often genocidal energy. That genetic code lives deep within every human being (in some much more than in others) and, above all, shines when individuals merge into a horde, an urban tribe, a social sect, or a political party.

    As we elaborated in Flies on the Web (2023), the commercialization of existence turned ancestral strengths (attention to negative events, consumption of stimulants, calories) into modern weaknesses. Similarly, violence towards others is as old as solidarity, but the former is a reflection of the selfish survival of the individual, while the latter made the survival of societies possible and was one of the founding conditions of civilizations.

    The idea of freedom is ancient, but it almost never considered “equal freedom,” a freedom exercised from the rights of others. It was always the freedom of the powerful, the freedom of the noble, of the slave owner, of the capitalist to decide for inferior beings, vassals, slaves in chains, wage slaves. The concept of “equal freedom” was suggested among the early Christians, when they were persecuted, not persecutors, but it was articulated during the Enlightenment in Europe and as a double consequence of the humanists and the profound impact that the more democratic, freer, and more egalitarian world of the Native Americans had on the conquerors. At the beginning of the 16th century and, above all, at the beginning of the 18th century, the indigenous ideas of America about “equal freedom” (social, sexual, racial) and their ancient democratic practice became known in Europe and became the center of debate, first among intellectuals and later among the people.

    According to Rousseau and his contemporary followers, it was the invention of agriculture, especially with its creation of excess food production, that put an end to egalitarian societies. The dispute over the administration of this excess not only created the first forms of the state but also social classes.

    To this we must add the creation of nationalist and more violent religions over larger groups, capable of imposing effective coercion through a common idea of being and ought to be through fear, ritual, psychological terrorism, and duty beyond one’s own life.

    But the European discovery of America not only inspired these utopian or anti-European ideas on the part of some philosophers of the Enlightenment, the idealistic creation of the United States (in open contradiction to its social reality of exploitation, oppression, and inequality), the utopian socialists and scientific socialists who followed, but also served as an example that contradicted Rousseau himself on the transition from primitive egalitarian societies of hunters to vertical societies of farmers. In the native nations of America, we can find agricultural societies with highly sophisticated systems that were even more developed than those in Europe, with societies that did not know private property beyond use, except for the possession of land that they worked communally, with a much more egalitarian society, with a religious system based on nature that was less cohesive and fanatical than the European one, and with a clearly more democratic political system.

    The fear of losing private ownership of land and slaves in ancient Rome led to a sharp increase in punitive forces (nonexistent in complex Native American societies, such as police and armies) and, simultaneously, to the desire (and need) for theft. Paradoxically, violence and repression were supported and promoted in the name of freedom, because it was linked to the power of private property of a minority.

    Capitalism, and above all post-capitalism, have found the philosopher’s stone capable of magically translating the power of capital into political, social, cultural, and religious power. This exercise in magic is also addictive and is practiced by a single psychological type among hundreds of other human characteristics and abilities: the obsession with accumulating money, the ability to accumulate it, and insensitivity to any possible negative effects of this addiction on the rest of the human species. In other words, the ideal prototype of the successful billionaire capable of buying entire governments is someone obsessed with their economic gains. A radically simplified, one-dimensional individual. What psychological profile fits perfectly with this functional demand for cruelty, for the ritual of human sacrifice?

    One of the aspects of psychopaths lies in their inability to feel compassion, empathy, and even the slightest reflection of another’s pain as their own. This inability to feel emotions that explain the survival of the human and even animal species leads them to the opposite. Among the few sources of pleasure they can resort to in order to alleviate an insensitive life are sex (or its substitutes) and pleasure in the pain of others.

    We are surprised to see how a president, prime minister, senator, or successful businessman can make decisions that will cause pain to thousands, if not millions, of people with seductive conviction. They usually excuse themselves with something abstract and arbitrary like “efficiency” and resort to turning the meaning of values and emotions that have been defined in a simple and understandable way for thousands of years, such as compassion and solidarity, on their head.

    A contemporary example is the numerous social leaders whom the capitalist system has elevated for their high functionality. The writer Ayn Rand spearheaded the reaction against the winning morality of World War II, which defeated, militarily and culturally, the sadism of fascism in the West. In 2024, Argentine President Milei said in Washington that “social justice is violent.” An outburst encapsulated decades ago in pills for consumption against any form of social sensitivity, such as that of Ryan Ann 60 years earlier: “Evil is compassion, not selfishness.”

    We should not be surprised by the politics of cruelty and try to justify them outside the capitalist system and outside the oldest psychopathic psychology and ritual of human sacrifice: the pain of others is not a side effect of “necessary measures”; it serves a function of social control and is the object of pleasure for the psychopath and the collective ego that will never recognize it, even in a mirror. It is not necessary to try to understand, humanizing these “successful individuals,” just as it is not necessary to understand why someone might rape a person and then murder them. Not even a novelist needs to try to feel what the criminal feels. It is enough to take note of the facts.

    The ideas of equal freedom and democracy, although an ancient tradition in America, are still something recent in human evolution. That is, they are still fragile from a neurological point of view, always under the constant harassment and threat of the reptilian center of the most primitive cortices, beyond the frontal cortex of the human brain. Capitalism does not limit this, but rather reproduces, multiplies, and concentrates it, without any hint of human emotion, like a robot, like Javier Milei, Donald Trump, or Elon Musk—like capital itself.

    Jorge Majfud. Summary of a chapter from the book Historia anticapitalista de Estados Unidos (Anti-Capitalist History of the United States, to be published in 2025).

    [1] For more on Indo-American mythology and its survival in Latin America, see Majfud, Jorge. El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008) and the first chapter we wrote for: Salomon, Carlos. The Routledge History of Latin American Culture. “Indigenous Cosmology and Spanish Conquest”, Jorge Majfud. United Kingdom, Routledge, Taylor & Francis, 2017.

    [2] Majfud, Jorge. La frontera salvaje. 200 años de imperialismo anglosajón en América Latina. Rebelde editores, 2021, p. 180.

    Jorge Majfud, February 2025.