Un ciudadano común

Reflexiones sobre el libro Un ciudadano común en dictadura de Víctor Hugo Morales y otros documentos.

Jorge Majfud

Una hipótesis

En Un ciudadano común el autor reconstruye sus memorias de las dictaduras del Río de la Plata a partir de fragmentos de documentos parcialmente desclasificados en Uruguay en 2012 y, en un número mayor, diez años después. Si hacemos un esfuerzo de destilación de la caótica masa de información disponible para identificar y comprender el centro gravitatorio de lo que podríamos llamar “El caso Víctor Hugo”, entiendo que radica en el fenómeno comunicacional centrado en su persona. No en sus ideas. No en teorías. No en su militancia. No en el poder de algún cargo político en el Senado, en algún ministro o como director de algún poderoso organismo estatal, como el Ente Nacional de Comunicaciones.

Víctor Hugo Morales no es Noam Chomsky. No es Rodolfo Walsh. No es Maradona. Menos es la montonera Patricia Bullrich, hoy escudera de la represión neoliberal y rémora perenne del poder de turno. No es uno de los miles de obreros, periodistas, profesores y sindicalistas torturados y desaparecidos durante las dictaduras del Rio de la Plata, hoy hundidos en el estratégico y conveniente olvido.

La dictadura uruguaya estaba convencida de que Víctor Hugo tenía aspiraciones políticas, a pesar de no ser un militante. Por años intentaron resolver un acertijo y no pudieron. Luego, en democracia, Morales rechazó ofrecimientos de los presidentes Tabaré Vázquez de Uruguay y Néstor Kirchner de Argentina.

Entonces, ¿por qué esa obsesión en diferentes tiempos históricos con alguien que no era ni político, ni militante, ni un filósofo peligroso para el sistema nacional e internacional? Entiendo que hay algo, un fenómeno no estudiado en la personalidad que, por razones o misterios, radica en la preocupación del poder (del verdadero poder, no apenas del poder político) por una personalidad magnética que sólo con su voz y talento convertía en éxito popular lo que tocaba. Peor aún: alguien sin la fuerza de la promoción de los grandes capitales que, de esa forma, no sólo dominan y controlan el cosmos narrativo, sino que, además, tiene una explicación fácil: el dinero de la oligarquía criolla y de los centros financieros del centro noroccidental. Es decir, algo, alguien fuera de control, escudado en un repetido éxito que, para peor, no se podía explicar de una forma simple―¿qué más simple que la fuerza del dinero ilimitado y descontrolado?

Célebre desde el margen ideológico significa peligroso. De ahí la repetida recomendación de que todos los críticos se vayan a vivir a una isla en el Pacífico o que se hundan en la pobreza para “no caer en contradicción con su ideología”. Esa clásica narrativa barométrica que abona los hongos en los rincones oscuros y fracasados de la historia.

Nadie mejor que quienes diseñan el mapa del mundo desde el poder hegemónico han entendido que la realidad simbólica (desde mitos hasta dogmas) es mucho más poderosa que la realidad material, que es su objetivo final. Simbólico es el dinero y sus ideologías; simbólico son las ideas de libertad de los esclavistas. Simbólicos son los ejemplos de otras formas de ser, que el poder imperial siempre se ha encargado de destrozar a través de intervenciones liberadoras (invasiones, guerras, golpes de Estados, deudas parasitarias, acoso mediático) antes de que se conviertan en “mal ejemplo”. La crucifixión, ejecución o desmoralización del individuo molesto (sin éxito no hay molestia) ha sido siempre otra y la misma estrategia aplicada a países y a “regímenes” no alineados.

Para un sistema socioeconómico y para la cultura del monopolio de la narrativa dominante en la Post Guerra Fría (el Modelo Único: “sólo existe un modelo de éxito social”, en palabras de Condoleezza Rice, entre otros) y, más recientemente, en la crisis de la hegemonía occidental postcapitalista, que un individuo sin poder político, sin cargos oficiales, sea el repetido centro del descrédito de los escuderos del sistema es por demás significativo.

La particularidad e ironía del título de este libro, Un ciudadano común en dictadura, radica en que los problemas del autor con la dictadura consistían en que, a juzgar por sus propios informes, los militares de entonces no lo consideraban un ciudadano común. Probablemente algunos no lo consideraban ni siquiera un ciudadano. Como fue el caso de muchas víctimas de la brutalidad “Salvadora de la Civilización Judeocristiana Occidental” (como preferían llamarlo los generales, repitiendo el manual escrito en Virginia; el fascismo siempre ha sufrido de megalomanía histórica) como el del chileno Orlando Letelier o del uruguayo Wilson Ferreira Aldunate, bien pudo haber sido considerado para ser despojado de ese derecho civil.

El sustituto a perder la ciudadanía fue, para miles en el destierro, el exilio. El exilio obligado o el “exilio voluntario”―un oxímoron existencial, si los hay.

La frontera del Rio de la Plata

Como millones de uruguayos y argentinos, tengo con el autor historias en común. No son historias mínimas. Como tal vez pocos, luego de publicar múltiples artículos y algunos libros relacionados con esos tiempos oscuros, yo también leí mi nombre, fechas y datos personales en los mismos archivos de la dictadura cuando se desclasificaron en 2023. Hasta ahora, ninguna nueva revelación oficial ha contradicho nuestras memorias personales y familiares, sino todo lo contrario.

Nos separaba una generación. En la cárcel de presos políticos de Libertad en San José, Uruguay, introduje mensajes prohibidos desde los siete hasta los nueve años. En Colonia, y a media madrugada de distancia, yo pasaba con mi hermano mayor los meses de verano en la granja de mis abuelos. Allí, alrededor de un farol de mantilla escuchamos las historias de visitantes sobre los vuelos de la muerte, más de una década antes de las confesiones del capitán Adolfo Scilingo. Por entonces, pensé que la gente hace el bien por necesidad y el mal por placer. Desde entonces, he intentado refutarme esta observación, con relativo fracaso.

Mientras arriábamos las vacas, plantábamos papas o recogíamos tomates, escuchábamos las radios de Montevideo y Buenos Aires en una Spika. Aunque mis abuelos tenían un pequeño televisor blanco y negro que sólo agarraba canales de Buenos Aires y que funcionaba con una batería que durante el día cargaba el viento, la radio solía ser más libre que la televisión. Un ejemplo era Radio Colonia, “la radio más a la izquierda del dial”, como se anunciaba mientras emitía para Argentina más que para Uruguay. Buenos Aires estaba tan cerca que en días claros se podía ver el perfil alto de los edificios.

No procedemos de familias futboleras, pero la voz de Víctor Hugo siempre fue una marca misteriosa en el dial. Si en algún momento te cruzabas con ella escaneando el dial, allí te quedabas.

Los hechos

En su libro Un ciudadano común…, el autor recuerda que en 1980 estuvo preso 27 días por un incidente menor y por demás común: una escaramuza en una cancha de futbol de barrio, en Montevideo. Los hechos y los indicios que siguieron dejan poco margen para la duda: concluir que no se trató de una provocación para criminalizarlo es forzar la lógica de los hechos y apostar todo por una coincidencia cósmica, por una alineación de planetas.

Este hecho, aparentemente trivial, terminaría por revelarse como uno de los pivotes de la historia. Más que eso, revela el funcionamiento de una dictadura a la uruguaya: números de desaparecidos que no compiten con los desaparecidos en Argentina, Chile o las dictaduras en América Central, pero no de sus efectos devastadores en los sobrevivientes. La dictadura a la uruguaya fue un terror omnipresente, como todas las demás, pero con ese toque onettiano de la vana y persistente llovizna gris.

El mayor problema de la dictadura no era tanto que el periodista estuviese involucrado con a la izquierda militante del momento, más allá de algunos amigos, como el político comunista Germán Araujo (a quien vistió cuando realizaba su huelga de hambre en Montevideo y luego entrevistó en Buenos Aires), sino por ejercer un arte que se hizo conocido en varias disciplinas: decir con símbolos y metáforas lo que, de otra forma, sería castigado con la censura directa.

En 1973, en plena dictadura militar brasileña, Chico Buarque y Gilberto Gil compusieron Cálice (“Pai, afasta de mim esse cálice / de vinho tinto de sangue” (“Padre, aparta de mí este cáliz / de vino tinto, de sangre” o “de un vino teñido de sangre”) con un coro que repetía el sustantivo cálice, el cual en portugués tiene la misma fonética que el imperativo cale-se (cállese). Nuestro amigo Eduardo Galeano recordó alguna vez que los dibujos de pájaros estaban prohibidos en el Penal de Libertad, por lo cual una niña le dibujó a su padre un árbol lleno de ojos―de ojos de pájaros escondidos. Para el referéndum de 1980, la publicidad a favor del No estaba prohibida, por lo que la gente conducía con los limpiaparabrisas en movimiento los días de sol, significando dos dedos en signo de negación. O como el mismo Morales menciona, se acentuaba el no en frases como “No… jugará Rampla”. O, cuando transmitió el partido entre Bolivia y Venezuela (en Venezuela los exiliados le pedían dejar el micrófono de ambiente abierto, algo que molestaba a los militares) y el resultado dejó a Uruguay afuera “del mundial que no podía estar ausente” (1978), Víctor Hugo cerró con “Buenas tardes… País del dolor”.

En el caso de Víctor Hugo se dio una paradoja que se explica por la paranoia propia de los fascistas. El periodista Jorge Crossa recuerda que los militares grababan cada uno de sus programas, buscando frases con contenido oculto, lo cual llevaba a lo que Umberto Eco llamaría sobreinterpretaciones. Según Crossa, “las frases que se le ocurrían a VH, en pleno relato, que no tenían nada que ver con la represión” eran interpretadas como mensajes ocultos. Un ejemplo claro es mencionado durante el Mundialito organizado en 1980 entre las selecciones campeonas del mundo y que Uruguay ganó con la música no oficial promovida por Víctor Hugo y sus compañeros de Radio Oriental. Me refiero a la expresión popular (sobre todo rural) de “no tiene gollete” (no tiene sentido), que los militares la interpretaron como una alusión al dictador Goyo Álvarez (en el Río de la plata la ll y la y tienen el mismo sonido fricativo /ʃ/). La paradoja era doble, y explica ese arte del camuflaje político y poético que el mismo Crossa menciona en otra página: “pero cuando [Víctor Hugo] decía algo fuerte, tipo mensaje, no se percataban”.

Es un arte que se remonta a los tiempos de Nerón, cuando los escritores de los Evangelios usaron el número 666 para nombrar a la bestia del emperador. En el Uruguay de entonces, un político y académico que practicó esa disciplina fue Enrique Tarigo. Morales recuerda haber leído uno de sus artículos en El Dia, donde Tarigo acuño la expresión “ciudadanos de primera y de segunda”. Morales usó esa misma expresión en el relato de uno de los partidos del mundial juvenil de Tokio, en 1979. En el único debate televisado sobre el plebiscito de 1980 que definiría la perpetuidad de la dictadura militar, junto con el colorado Enrique Tarigo en favor del No, estuvo el blanco Eduardo Pons Etcheverry, quien plantó la metáfora de “siempre hay rinocerontes” (conformistas o colaboradores por conveniencia), aludiendo a la obra del rumano Eugene Ionesco―sutileza uruguaya que hoy, debido al derrumbe de la educación ilustrada, hubiese pasado desapercibido. 

En 1976, por primera vez en la historia del fútbol uruguayo, un equipo chico, Defensor, salió campeón de la liga nacional. El técnico era el profesor José Ricardo de León, un entrenador politizado, como fue más tarde el caso del doctor Sócrates en Brasil, el jugador de la mejor selección brasileña de la historia (1982) y líder del experimento “Democracia corinthiana” (los jugadores votaban sobre las decisiones más importantes del técnico) que se enfrentó a la dictadura militar y a la improbabilidad de salir campeón sin la tradicional estructura política.

Según el futbolista Julio Filippini, Morales fue el único periodista en seguir y transmitir los partidos de Defensor hasta el final. Para peor, en 1976, en lugar de censurar un saludo de Filippini a su hermano y a sus compañeros presos en el Penal de Libertad, Morales le agradeció. Lo detuvieron y, en un cuartel del Prado, le hicieron escuchar su propia grabación al “comunista incorregible”, como era conocido entre los uniformados. Luego del interrogatorio de más de tres horas, lo clasificaron, como solía hacer la dictadura, en este caso con una ironía: “tiene tarjeta amarilla”. A los investigadores de La Estanzuela los clasificaban por niveles de fidelidad al régimen con A, B y C, con lo cual forzaron inminencias como el ingeniero José Lavalleja Castro a irse del país.

En 1980, de regreso de Holanda, fue detenido en el avión que acababa de aterrizar en Montevideo. El cargo, la famosa trifulca del partido de barrio, no guardaba ninguna proporción con el procedimiento de arresto. Tres décadas después, algunos periodistas ejercitarán lo que en inglés se conoce como “cherry picking” (recolección de cerezas), la selección parcial de hechos y de datos convenientes para probar una tesis que se quiere probar sin considerar el contexto del momento. Esa cereza fue la relación de Víctor Hugo Morales con el mayor Grosso.

Cuando su hermano José Pedro Morales estuvo desaparecido por tres días, Víctor Hugo lo buscó por cuarteles y hospitales. En esta búsqueda colaboró el mayor Juan Carlos Grosso, poco después enviado a India. Finalmente, Víctor Hugo encontró a su hermano en una celda de la Jefatura Central y allí quedó preso él también por un mes. Una vez liberado, la dictadura militar le prohibió la entrada a cualquier estadio de futbol.

El hecho de considerarse “un hombre de izquierda” aunque (¿o por eso mismo?) sin aspiraciones políticas; el hecho de tratarse de una voz joven y de creciente popularidad, cerraba en la ecuación de individuos peligrosos.

Algo parecido ocurrió años después cuando el mismo entrenador de la selección argentina, campeona del mundo por obligación en 1978, César Luis Menotti, denunció a la dictadura de su país en Radio Colonia. Aparte de este momento escuchado y comentado en la granja de mis abuelos en Colonia en los 80s, no he encontrado grabación de este momento. Nunca pude olvidar a mi abuelo, quien había sido torturado por la dictadura y detestaba el fútbol por el Mundial del 78, aplaudiendo a Menotti con una lentitud reflexiva en la soledad de la cocina. Más tarde, no pocos escribas de los medios acusaron a Menotti de contradictorio y de colaborar con la dictadura, siempre desde una posición de seguridad personal.

El mismo caso fue el de Jorge Bergolio. Cuando en el 2013 se lo eligió Papa, recibí un correo de buenos amigos, académicos argentinos, solicitándome firmar una carta de protesta por el rol en la dictadura del nuevo Papa, les pedí que me dieran un par de días para estudiar los documentos disponibles. Yo sabía que tenía una predisposición negativa contra la cúpula de la iglesia en España, en África y en América Latina, cómplice de las dictaduras militares y socios de la oligarquía de cada país, por una razón de conciencia de clase―dominante. Por las mismas razones, tenía una predisposición negativa contra El Vaticano, luego de que el Papa Juan Pablo II y su cardenal estrella en los 80s y luego Papa él también, Joseph Ratzinger, habían perseguido a los teólogos de la liberación por meter a la política dentro de la iglesia y distraer así a los pobres de su verdadero objetivo, la salvación de sus almas, mientras ellos mismos, el Papa y su cardenal escudero, no disimulaban su activismo anticomunista en Europa y condonaban las dictaduras fascistas y colonialistas en el Sur Global. Muchos de aquellos “curas rojos” fueron asesinados y no hubo lágrimas ni santificaciones que los revindicara.

Consciente de mi bias personal, me tomé un tiempo para hurgar entre los documentos disponibles. Sí, había algunas trascripciones donde los sacerdotes parecían tener un diálogo amable con algunos militares, pero mi respuesta definitiva fue no. “No firmaré y les recomiendo que no publiquen esa misiva”. ¿Por qué? Bastaba con poner los documentos en su época y recordar lo que vivimos nosotros mismos como niños, quienes debíamos mentir en la escuela para proteger a nuestros familiares. Si se leía entre líneas esos documentos, se podía entender la misma tensión disimulada de sonrisas amables (algo que traduje en algunas de mis novelas, como El mismo fuego). No sólo la tensión, sino la necesidad de aquellos religiosos de mantener una puerta abierta para reclamar por algunos desaparecidos.

Colaborar es otra cosa: es beneficiarse del dolor ajeno, no ensuciarse con el barro de la realidad para aliviar el sufrimiento propio y ajeno. Incluso de joven, siempre tuve por alta estima a aquellos que sufrieron tortura y no dijeron ni una sola palabra, pero más tarde reflexioné que los otros que sí se quebraron ante el tormento (conocí y escuché muchos de estos testimonios de hombres y mujeres) no podían ser juzgados de ninguna forma. Mucho menos por aquellos que no tuvieron que pasar por situaciones similares de terror, ni a miles de kilómetros de distancia. Tampoco juzgo a quienes no tienen poder y aún hoy deben callarse para sobrevivir, pero si tengo que ser duro en un juicio prefiero serlo con aquellos que, luego de pasado el Terrorismo de Estado, continúan hoy justificándolo. A aquellos como mi querido padre, que justificó la dictadura como “un mal necesario” cuando todavía no acababa pero que años después reconoció que, “sí, fue terrorismo de Estado”. A esos les reservo un abrazo y mi solidaridad―no a quienes, teniendo toda la información y el conocimiento de los hechos hoy continúan justificando la muerte, la opresión ajena y el colaboracionismo mayor, madre de todas las desgracias del Sur Global, como lo es el cipayismo funcional al imperialismo que continúa vivo y no ha perdido sus prácticas criminales.

No sin otra magnífica ironía, para parafrasear a Jorge Luis Borges, César Luis Menotti, el DT de la selección que ganó el mundial del 78, estuvo contra la dictadura. Por su parte, al regreso del Estado de Derecho, Carlos Bilardo, el DT campeón del mundial del 86, mantuvo una posición más bien ausente ante el pasado y luego del juicio a los violadores de los Derechos Humanos. Tanto como para que el presidente libertario Javier Milei se declare “orgulloso bilardista”. No sin ironía, también, Menotti dejó a Maradona fuera del mundial de 1978, de lo cual luego se arrepintió, y Bilardo fue campeón probablemente porque tuvo a la mejor versión del mejor futbolista―el único futbolista mágico que tuvo la historia registrada por las cámaras de televisión.

Décadas después llegarán las críticas contra Víctor Hugo Morales por celebrar la victoria de Argentina en el mundial. En una carta a Clarisa, asistente de Estela de Carloto, con una humildad moral que se echa de menos en sus jóvenes críticos, Morales reconoció: “Cuando escucho las historias de cómo las víctimas de los militares celebraban el paso victorioso de la selección argentina, siento algo de alivio. Con respecto a aquella cerrazón en medio de la cual seguíamos los episodios de entonces… Me hubiera gustado ser mejor, y en eso estoy ahora”.

Pero hay que crucificar a quien, perseguido y desencajado en el nuevo contexto, echó mano a los conocidos que tenía para ubicar a su hermano o para que no le prohibieran seguir trabajando. Como si trabajar para sobrevivir en una dictadura fuese un acto colaboracionista. Todos aquellos que sufrimos la dictadura de primera mano sabemos qué significa esto. Quienes no, pueden darse el lujo de posar como la Madre Teresa y las Carmelitas descalzas. Me explicaré con otro ejemplo personal―por lo general, conocemos nuestras propias vidas un poco mejor que las vidas ajenas.

Una noche de 1977 o 1978 mi madre llegó a la casa y se puso a llorar. Por entonces lloraba con frecuencia. Más allá de sus problemas de depresión, tenía razones de sobra que incluso hoy hubiesen hecho un diagnóstico preciso algo imposible. El acoso y castigo de los militares fue al mismo tiempo sutil y brutal. Pese a tener tíos militares, los soldados destruyeron el dormitorio que compartía de niño con mi hermano y jugaron a fútbol con la cabeza de una de las esculturas de mi madre. Por no seguir con la tortura a su padre y a su hermano, hechos que he narrado en otro lugar. Pero el momento que ilustra mis observaciones anteriores sobre el vicio de juzgar a los demás sin ver la viga en el ojo propio, se refiere a uno de sus trabajos para las escuelas públicas. Ella había terminado un busto de Artigas y debió inaugurarlo rodeada de militares. No podía negarse. En una foto que sobrevive, se la puede ver mirando hacia el suelo, con un gesto pensativo que contrasta con los rostros sonrientes de los oficiales. En ese momento tenía un hermano a cientos de kilómetros, peso en el Penal de Libertad. Casi toda su familia había sufrido la tortura, la cárcel o el exilio sin haber disparado un solo tiro. Ella odiaba profundamente a los torturadores de su padre y de su hermano que, aparte del célebre psicópata capitán Nino Gavazzo, eran nuestros vecinos. Yo mismo debí practicar ese arte de la mentira civil cuando, en la escuela primaria, las maestras nos sacaron a la calle para que aplaudiésemos al dictador Gregorio Álvarez que visitaba el pueblo y nos regalaba el honor de pasar por aquella pobre y polvorienta avenida. Aunque tenía nueve años, el mío no era un aplauso inocente. Luego de pasar varios mensajes prohibidos a la Cárcel de Libertad, sabía perfectamente que aquello de “el país de la paz y la libertad” era una farsa dolorosa y, sobre todo, que la versión oficial de la realidad no es confiable. La única vez que se me escapó “eso es lo que dicen los diarios” (irónicamente, yo era el único niño que recibía y leía un diario cada día, el diario de la dictadura El País; el resto de mis compañeros era, por lejos, más pobres que yo, el hijo del carpintero), la maestra me puso en penitencia mirando la pared blanqueada de cal por el resto del día. Nunca le guardé rencor a la maestra Griselda. De hecho, le tenía estima. Siempre imaginé que también ella era otra víctima del mismo terrorismo.

Cuando alguien gritó que el presidente estaba por pasar, aplaudí por obligación. Poco antes, un hombre había intentado tirarse frente al tren que pasaba por allí todas las mañanas. Lo detuvo la policía que esperaba al presidente y los niños festejaron porque habían salvado al loco de suicidarse. Aún recuerdo su rostro resignado, algo parecido al de mi madre, con la mirada perdida, sin decir nada más que reconocer la derrota.

Luego, en un país en que la mitad demostró su cobardía al ratificar la renuncia a enjuiciar a los militares torturadores en el referéndum de 1989, que se salte arriba de aquellos que debieron navegar y sobrevivir a la tormenta de la dictadura, me parece una cobardía doble o una demostración de que nunca entendieron nada―ni les importa.

Es en este contexto que leo la historia de Víctor Hugo y la arremetida más reciente de sus críticos. Uno de los episodios más debatidos consiste en lo que el periodismo amarillista en Uruguay tituló hace una década como “Discurso de Víctor Hugo Morales en el Batallón Florida”. A partir de 2009 se insiste en desmentir que “la figura incómoda” hubiese sido perseguido por la dictadura uruguaya. Una forma de inicio del actual negacionismo en el Cono Sur.

Los documentos desclasificados años después prueban que sí hubo persecución y, algo común en la época, acoso, varias detenciones y hasta un mes de cárcel. El intento de desenmascarar a un colega terminó probándose como el desenmascaramiento de los bajos instintos de los periodistas respaldados o promovidos por grupos de interés como el Grupo Clarín. Sin embargo, lejos de algún reconocimiento de error o, al menos, un silencio terapéutico, se redobló la apuesta.

La acusación de ambigüedad ideológica también ignora la contingencia de la época y hasta la insistente ambigüedad política que rodeaba a gran pare de la población: Wilson Ferreira Aldunate era la figura del Partido Blanco (tradicionalmente, el partido conservador, el partido de la CIA en los 50s) y fue perseguido y exiliado por la dictadura. Muchos militantes de la izquierda en Uruguay dudaron, por mucho tiempo, si los militares uruguayos que removieron al artífice de la estocada final contra la democracia, el presidente Juan María Bordaberry, eran fascistas o una versión de la izquierda independentista del dictador y reformista peruano Juan Velasco Alvarado.

Luego de la vuelta manca, chueca y tuerta de la democracia en 1985 con elecciones limitadas meses antes y la permanencia del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA) dentro del “gobierno democrático”, los militares continuaron usando el aparato de inteligencia de la dictadura para espiar a cualquiera de los ciudadanos con ideologías que no coincidieran con la “seguridad nacional”, escrita y donada por la CIA y al Escuela de las Américas a finales de los años cincuenta y poco antes de plantar a su candidato, Benito Nardone, en la presidencia de Uruguay.

En todos los informes y reportes de la dictadura uruguaya, Morales continuó apareciendo como un zurdo peligroso, algo que ni el mismo afectado negaba, sino todo lo contrario. Algo que molesta hasta hoy―no que haya sido y sea, como cualquiera de nosotros, un ser humano sobreviviendo en un mundo de contradicciones propias y ajenas.

Cuando conocidas figuras del periodismo argentino fueron a buscarlo a Montevideo, no sólo la inteligencia uruguaya, sino también la argentina, tomó nota. La identificación tanto con el comunismo como con los tupamaros (hoy en veredas opuestas en Uruguay) ni siquiera se aproximaban a describir al periodista que había nacido con una estrella y que todos querían, por diferentes razones y en diferentes generaciones, bajarla.

Varios de sus colegas que navegaron la tormenta de los 70s, como Jorge Crossa, afirmaron en sus memorias que los militares “lo consideraban un tipo peligroso”. ¿Por qué? Reconociendo la importancia política y militante de otros que pagaron un precio más alto que el que se le impuso a él, Morales reconoce: “Yo era tan solo un tipo molesto por ser muy conocido”. Entiendo que esa misma molestia que provocó por su fama durante la dictadura, inspiró libros y artículos de algunos colegas, décadas después de la tormenta fascista. Me refiero a aquellos que se tomaron una gran suma de tiempo y esfuerzo para escribir sobre las supuestas tibiezas y contradicciones de Morales, desde una posición de seguridad cívica y personal, cuando era el momento no de crucificar actores que intentaban sobrevivir en un estado de terrorismo permanente, sino de apuntar a aquellos que continuaban y continúan hoy revindicando con pasión el fascismo, la crueldad de los amos, la funcionalidad de cipayos y colonialistas, y la explotación de los despojados.

El 5 de octubre de 1984, participó en una reunión en el Hotel Conquistador que el Partido conservador de Uruguay, el Partido Nacional, recibía a uno de sus líderes más carismáticos de su historia y, a la vez, más asociado con los movimientos progresistas del exilio. Poco después, la dictadura uruguaya lo detuvo en el puerto de Montevideo. En 2024 publiqué 1976. El exilio del terror sobre el terrorismo de Miami y de las dictaduras latinoamericanas. Allí intenté reconstruir el atentado con autobomba que mató a Orlando Letelier en Washington. El hijo de Wilson Ferreira Aldunate, Juan Raúl, me envió sus memorias sobre esa época. Por entonces, su padre estaba en la mira de Operación Cóndor y él trabajaba en el Institute for Policy Studies (IPS) de Washington, con Letelier y otros investigadores de políticas sociales de la época.

Al igual que las dictaduras uruguaya y argentina, ya en democracia (o como se llame), el grupo Clarín, conocido por su mafia legal de las comunicaciones en Argentina, encabezadas por el padrino Héctor Magneto, se encargó de seducir a figuras históricas, para entonces conversos, como Jorge Lanata (uno de los fundadores de Página12) y otros mercenarios para apuntar y tirar contra Víctor Hugo Morales, para desacreditarlo a cualquier precio y por cualquier irrelevante dicho o discurso, en la promesa de algún rating salvador o de algún best seller destinado al olvido, mariposas de siete días. Una nueva campaña contra el zurdo peligroso que no entiende la neutralidad del periodismo servil―para denigrarlo, es decir, para ennegrecerlo, en lenguaje esclavista.

Para concluir, lo del principio. Víctor Hugo Morales fue siempre un hombre de izquierdas (con todas las ambigüedades, contradicciones, discusiones, críticas, negaciones y pasiones de propios y ajenos que conlleva cualquier definición política aplicadas a cualquier individuo e, incluso, a cualquier grupo o partido político), pero nunca fue un teórico de ninguna ideología, ni un militante armado o desarmado de algún grupo revolucionario. Al poder, a sus escuderos, bufones y testaferros siempre les incomodó eso mismo: su inexplicable talento de comunicador (es decir, de traductor de los sentimientos de medio pueblo) que convertía en éxito todo lo que tocaba. Por alguna razón que no vale la pena intentar explicar, solo su voz atraía y continúa atrayendo la atención de millones de personas.

No creo que haya otra explicación para la obsesión política, ideológica y hasta los celos profesionales que ha despertado en diferentes momentos históricos y en diferentes personas, desde la política hasta el periodismo.

Queda una pregunta que nunca será contestada con algo de sinceridad. ¿Nunca les dio un tantito así de vergüenza poner todo un aparato dictatorial de un país, todo el poder comercial de conglomerados mediáticos y todo el entusiasmo de aspirantes a estrellas fugaces contra un solo hombre―y fracasar con disimulado estrépito?

JM, nov 2025

Víctor Hugo Morales and Prof. Jorge Majfud, Caras y Caretas Theater, Buenos Aires, 2023. (Picture: Página12)

El problema comunicacional de la izquierda

El problema comunicacional de la izquierda

El 17 de febrero de 2025, a días del traspaso presidencial en Uruguay, el diario El País de Montevideo tituló (lo que hizo con frecuencia en los últimos cinco años): “Lacalle Pou cierra su gobierno como el presidente mejor valorado de Sudamérica, según consultora argentina”.

El problema central no es la confiabilidad de la encuesta de opinión sino la creación de opinión por parte de los medios dominantes, algo harto estudiado en la academia norteamericana desde hace más de un siglo.

Con trágicas excepciones, una característica histórica de Uruguay ha sido su estabilidad. Uno de los éxitos que se atribuye el gobierno saliente es el crecimiento económico. No obstante, en los últimos años el PIB de Uruguay creció por debajo de países tan distintos como Perú, Brasil, Venezuela o Republica Dominicana. A un precio muy alto: aumentó la deuda pública y las pérdidas del banco del Estado; aumentó la pobreza infantil y se erosionó el equilibrio social, otra de las características más reconocidas del país, aumentando la brecha entre ricos y el resto. A un crecimiento del PIB per cápita corresponde una pérdida de ingresos del 90 por ciento de la población.

Uruguay fue el país con mayor muertos per cápita en el mundo debido a la pandemia (NYT, 14 de mayo de 2021) pero el gobierno vendió la “responsabilidad individual” como un rotundo éxito. A pesar de que en 2024 hubo un cuatro por ciento más de asesinatos que en 2019, el gobierno lo vendió como una exitosa reducción de homicidios.

Por si esta realidad no fuese suficiente para calificar al gobierno de Lacalle Pou como fracaso, se podría agregar la lista más larga de casos de corrupción desde la última dictadura:

El jefe de custodia presidencial y amigo cercano del presidente fue condenado por corrupción, clientelismo, tráfico de influencia y manejo indebido de recursos del Estado. Senadores y sindicalistas fueron espiados por mercenarios contratados por allegados al presidente. Su ministra de Vivienda (esposa del senador y líder del partido militarista Cabildo Abierto) entregó acceso a viviendas públicas a dedo. El presidente defendió a uno de sus senadores más antiguos por ser su amigo, hasta que fue condenado por pedofilia y por usar los recursos del Estado para su práctica deprecatoria de años. Mientras, otro de los intendentes de su partido compraba favores sexuales a cambio de acceso al gobierno local a través de pasantías. Se privatizó el Puerto de Montevideo. Se registró un incremento del tráfico de drogas por ese y otros puntos de entrada al país. Obligó a Antel, la empresa estatal de telecomunicaciones, a que permita el uso de su fibra óptica, la mejor del continente, para que las empresas privadas compitan con Antel. Su ministro de defensa compró por 22 millones de euros aviones militares obsoletos de España, los que ni siquiera sirvieron para apagar incendios forestales debido a la inutilidad de las aeronaves. Otorgó contratos a empresas privadas sin licitación. También hubo clientelismo político, contrataciones de militares retirados, cobros inflados en al menos una intendencia de su mismo partido. Cedió a la presión del lobby de la tabacalera Montepaz para flexibilizar las leyes antitabaco de gobiernos anteriores (una denuncia logró revertir este beneficio empresarial) y facilitó préstamos ilícitos a ganaderos. Sus ministros mintieron en el Parlamento al ser interpelados por la entrega de un pasaporte a un narcotraficante detenido en Dubai por usar un pasaporte paraguayo falso, sabiendo que le estaban haciendo el favor a un conocido y peligroso narcotraficante. Un periodista amigo del presidente entrevistó al beneficiado para su programa de televisión, aunque éste continúa prófugo y buscado por Interpol. Luego el presidente autorizó el envío de 450 kilos de pescado congelado de Emiratos Árabes por vuelo diplomático y a nombre de su jefe de seguridad. Cuando el pescado fue descubierto en proceso de putrefacción y un periodista le preguntó para “qué era tanto pescado”, el presidente, con su típica obviedad y cinismo de señorito de clase alta, respondió. “Para comerlo”. Es probable que tampoco supiera nada más que esta historia surrealista. La fiscal que reconoció haber protegido al presidente de “una manada inescrupulosa que intentó dañar su imagen” en el proceso de investigación de varios de estos casos, poco después se sumó a la campaña electoral del partido del presidente.

El Financial Times de Londres calificó la serie de escándalos con el narcotráfico, el espionaje político y la corrupción como una amenaza a “la reputación del país como faro de estabilidad en América Latina”. Lo mismo publicaron otros diarios europeos y estadounidenses. El Mundo de España lo resumió: “El oasis de tranquilidad política que suele ser Uruguay en el convulsionado Cono Sur ya no es tal”.

Fue el presidente más caro de América latina, con un salario de 25.000 dólares mensuales (el salario del presidente de Brasil es 6.300). El costo de la residencia presidencial que los presientes anteriores rechazaron ocupar, ascendió a 400.000 dólares anuales, sin contar con viajes pagos por el Estado para su esposa, lo cual no corresponde por ley ya que en Uruguay no existe la figura de Primera Dama.

Pese a todo su historial de corrupción (o al menos de ingenuidad), una encuestadora lo define como el presidente con mejor imagen en el continente para que la prensa conservadora lo venda como “el mejor presidente”. Tal vez la imagen era lo mejor que tenía y cuidada, como su costosa y obsesiva lucha contra la calvicie, sus horas de gimnasio, su gusto por las selfies, el surf y las Harley Davidson. Con frecuencia salió a caminar por la principal avenida de Montevideo o almorzó en restaurantes populares, una vieja tradición de los presidentes y que no habla bien de él sino de sus adversarios y de la sociedad. Un antiguo capital político uruguayo.

Ahora, esos medios que lograron que un gobierno plagado de corrupción y fracasos apareciera como las Carmelitas Descalzas VIP harán lo mismo con cualquier gobierno que priorice a la clase trabajadora y lo venderá como corrupción o como comunismo infiltrado. Cualquier intento de limitar el monopolio de las corporaciones privadas de la oligarquía será empaquetado, etiquetado y vendido como dictadura.

El País, el diario de la dictadura y de las elites criollas en Uruguay, no se diferencia en nada al resto de sus aliados de clase del continente desde hace más de un siglo. Ellos son los únicos que sobreviven a todas las crisis económicas y a las crisis políticas. Los únicos que reciben el apoyo de las grandes empresas, nacionales y transnacionales, de la CIA y de sus dóciles gobiernos criollos, sean de izquierda o de derecha. Ejemplos más radicales y trágicos hemos visto en el resto del continente. Los corruptos son siempre aquellos líderes que se atreven a limitar el control político de las elites financieras de los países.

¿Se entiende lo que quiero decir con atender el tradicional problema comunicacional de los gobiernos populares? Bastaría con garantizar la independencia cultural y periodística a través de la independencia económica de cualquier medio público o privado, para que esos medios se conviertan en el objetivo a bombardear.

Jorge Majfud, febrero 19, 2025

Reedición de El mismo fuego en España, marzo 2025: https://editorialcuatrolunas.com/libros/narrativa/el-mismo-fuego/

El Cuarto y Quinto poder del Poder

A pocas millas de donde pierdo mi vida tratando de entender el absurdo de nuestra especie humana, Donald Trump ha vuelto a acusar a México de abusar de “la bondad de Estados Unidos” y a China de “abusar del canal de Panamá”. Como en el siglo XIX, el presidente también quiere Canadá como un estado, pero de forma más amable. Al fin y al cabo, sus habitantes pertenecen a una raza superior.

El abuso de China sobre el Canal de Panamá se refiere a que está haciendo demasiados negocios con Occidente y, peor aún, con América Latina, nuestro Patio trasero, nuestras repúblicas bananeras donde la gente habla “el idioma de las limpiadoras”. Como dijo el presidente Ulysses Grant en 1873 y lo practicaron siempre los británicos, “cuando hayamos obtenido todo lo que puede ofrecer del proteccionismo, también adoptaremos el libre comercio”―solo que ahora a la inversa.

Claro que más importante que la flexibilidad ideológica del capitalismo es su flexibilidad moral. Los imperios siempre se presentaron como víctimas o con algún derecho divino. Cuando en 1832 Andrew Jackson, en su discurso en el Congreso, justificó la remoción de los pueblos nativos de sus propias tierras, proclamó: “nos agredieron sin que nosotros los provocásemos”. Tuvimos que defendernos. Desde 1763 hasta hoy, la tradición ha sido forzar a los nativos a firmar tratados que luego serían violados por los dueños del cañón cada vez que los tratados limitaban las oportunidades de hacer buenos negocios despojando a “las razas inferiores”. Lo mismo ocurrió con el Tratado de Guadalupe de 1848, el que obligó a ceder la mitad de México a Estados Unidos por una limosna y nunca se cumplió en los acuerdos que protegían los derechos de los mexicanos que quedaron de este lado de la nueva frontera. Como el lamento de “La pesada carga del hombre blanco” acuñado por el poeta británico Rudyard Kipling y difundido por Teo Roosevelt sobre la humanidad de los invasores a tierras de “negros pacíficos”. Esa “perfecta raza estúpida”, según el mismo Roosevelt.

Ahora, ¿cuál es y ha sido siempre el rol de la gran prensa?

El 9 de enero de 2025, días después de rechazar un anuncio pago denunciando el genocidio en Gaza por usar la palabra “genocidio”, el New York Times publicó el artículo de opinión titulado: “Los historiadores condenan el “escolasticidio” de Israel. La pregunta es por qué.” La AHA, asociación de historiadores, había votado por mayoría abrumadora la condena del bombardeo y total erradicación de escuelas y universidades en Gaza, aparte del asesinato de sus profesores y estudiantes bajo toneladas de bombas, y el artículo destacado cuestionó las razones de la condena. Es más, acusó a los historiadores y a las universidades en general de estar politizadas. La desvergüenza moral e histórica se comenta sola.

Días antes, CNN, la cadena supuestamente anti-Trump, reflexionó sobre sus propuestas expansionistas: “Trump, a su manera, está lidiando con cuestiones de seguridad nacional que Estados Unidos debe afrontar en un mundo nuevo moldeado por el ascenso de China (…) Las reflexiones de Trump sobre la terminación del Tratado del Canal de Panamá muestran la preocupación por la invasión de potencias extranjeras en el hemisferio occidental. No se trata de una preocupación nueva: ha sido un tema constante en la historia, desde la Doctrina Monroe de 1823, cuando los colonialistas europeos eran la amenaza. El problema perduró durante los temores comunistas de la Guerra Fría. Los usurpadores de hoy son China, Rusia e Irán…

Invasión, amenaza, usurpadores… O se trata de una profunda ignorancia histórica o, más probablemente, del mismo periodismo hipócrita de siempre; funcional a la barbarie genocida y cleptómana del poder.

Para América Latina, los usurpadores, no en la retórica sino en la práctica, fueron siempre los Estados Unidos. Fue un periodista, John O’Sullivan, quien creó el mito del Destino Manifiesto para justificar el despojo y masacre de todos los pueblos al Oeste y al Sur, como siempre basados en el amor de Dios por una etnia humana en particular―por la etnia más violenta y genocida que conoce la historia moderna. En 1852, O’Sullivan escribió: “Este continente y sus islas adyacentes les pertenece a los blancos; los negros deben permanecer esclavos…”

Si salteamos tres mil intervenciones de Washington en los siguientes cincuenta años, podemos recordar que, según la lógica capitalista, el Canal de Panamá nunca fue de Estados Unidos como el Hudson Yards de Manhattan no le pertenece a Catar, ni el One World Trade Center ni el nuevo Waldorf Astoria en Nueva York o las mega urbanizaciones de Chicago y Los Angeles les pertenecen a China, por nombrar solo unos pocos ejemplos recientes.

Ahora, desde un punto moral y desde la ley Internacional, podríamos recordar que Theodore Roosevelt le robó Panamá a Colombia con una revolución financiada por Washington. El canal, comenzado por los franceses y terminado por Washington fue, de hecho, construido con la sangre de cientos de panameños que el histórico racismo olvidó, como olvidó la construcción de las vías de ferrocarriles por parte de inmigrantes chinos en la costa Oeste o de irlandeses en la costa Este, grupos que sufrieron la persecución y la muerte por pertenecer a “razas inferiores”.

Si Washington pagase una mínima compensación por todas sus invasiones a los países latinoamericanos desde el siglo XIX, por todas sus democracias destruidas, por todas las sangrientas dictaduras impuestas a fuerza de cañón, por la “política del dólar” o por los sabotajes de la CIA durante la Guerra Fría y más acá, no nos darían las reservas de oro del Tesoro para cubrir un porcentaje mínimo. Por no hablar de los crímenes imperiales, muchas veces en colaboración con los imperios europeos (los supuestos enemigos de la Doctrina Monroe) en Asia y África que no solo asesinaron a sus lideres independentistas como Patrice Lumumba sino que dejaron mares de muerte y destrucción, todo en nombre de una democracia y una libertad que nunca llegaron y que nunca les importaron a los señores imperiales del poder.

El sistema esclavista que le arrebató Texas, New Mexico, Colorado, Arizona, Nevada y California a México no desapareció con la Guerra Civil. Simplemente cambió de nombre (a veces, ni siquiera eso) para continuar haciendo lo mismo, como los bancos y las corporaciones esclavistas JP Morgan, Wells Fargo, Bank of America, Aetna, CSX Corporation, entre otros. En 1865 los esclavos de grilletes se convirtieron en esclavos asalariados (en muchos casos ni eso, ya que trabajaban por propinas, como lo siguen haciendo hoy las meseras). De la misma forma que durante la esclavitud, al sistema se lo siguió llamando democracia, mientras que sus constituciones (la de 1789 y la confederada de 1861) protegían la “libertad de expresión”.

Ahora, como lo formulamos en P = d.t, Occidente radicalizará la censura a los críticos por la simple razón de que su poder declina y su tolerancia también: desde la Grecia clásica, la libertad de expresión ha sido un lujo de los imperios que no se sienten amenazados por ninguna crítica, sino todo lo contrario: resulta una decoración a sus pretensiones de liberad y democracia.

Los medios dominantes tienen un pésimo récord de complicidad, siempre en nombre de la libertad. Cuando James Polk logró una excusa para invadir México y robarle más de la mitad de su territorio, lo hizo provocando un ataque de falsa bandera. “Es hora de expandir la libertad a otros territorios”, dijo Polk, refiriéndose al restablecimiento de esclavitud en un país que la había ilegalizado. Sus mismos soldados y generales en campaña, Ulyses Grant, Zachary Tylor y Winfield Scott reconocieron por escrito que no tenían ningún derecho a estar en territorio mexicano. El general Ethan Allen Hitchcock escribió en su diario: “A decir verdad, no tenemos ningún derecho de estar aquí. Más bien parece que el gobierno nos ha enviado con tan pocos hombres para provocar a los mexicanos y de esa forma tener un pretexto para una guerra que nos permita tomar California”.

La nueva prensa masiva de entonces, gracias al invento de la rotativa, fue el principal instrumento de propaganda y de fakes news que lanzó desde la borrachera de la cantinas a miles de voluntarios a invadir México y, como lo reportaron los generales estadounidenses, a matar, robar y “violar a las mujeres delante de sus propios hijos y esposos”. Al parecer, Estados Unidos no estaba enviando sus mejores hombres. Como buen representante de la paranoia imperial anglosajona, Trump fue celebrado cuando, al iniciar su campaña presidencial el 16 de junio de 2015, afirmó, contradiciendo todas las estadísticas del momento: “México no está enviando a los mejores. Está enviando gente que tiene muchos problemas… Son violadores sexuales”.

Cuando en 1846 Polk supo de un incidente menor en territorio mexicano, corrió al Congreso e informó: el invasor “ha derramado sangre estadounidense en territorio estadounidense”. John Quincy Adams lo acusó de haber provocado una excusa para la guerra contra un país que no estaba en condiciones materiales de defenderse. También Abraham Lincoln se opuso a esta guerra (que luego Ulysses Grant llamaría “la guerra perversa”) y tuvo que retirarse de la política por años, ya que nada más efectivo para silenciar la crítica y una falta moral que el patriotismo ciego.

Exactamente lo mismo ocurrió por los siguientes 150 años, como, por ejemplo, el mito inventado de El Maine de 1898 por parte de la prensa amarillista de Nueva York, dirigida por Joseph Pulitzer y por William Hearst, uno de los mogules de los medios y del cine del siglo XX. Hearst defendió a Hitler al tiempo que acusaba a F.D. Roosevelt de comunista. Por entonces, la prensa hegemónica presentó a Hitler como un patriota, como ahora presenta a Netanyahu como un enviado del Dios.

Lo mismo ocurrió con el general estadounidense más condecorado de su generación, Smedley Butler, cuando en 1933 se atrevió a publicar: “La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera. Yo no volvería a la guerra para proteger las inversiones de los banqueros… Nuestras guerras han sido planeadas muy bien por el capitalismo nacionalista. He servido en la Marina por 33 años y, durante todo ese período, he pasado la mayor parte de mi tiempo siendo el músculo de Wall Street y de los grandes negocios… En pocas palabras, he sido un mafioso del capitalismo…

Cuando Butler comenzó a decir lo que pensaba, no se lo puso preso por delito de opinión, como fue el caso del candidato socialista Eugene Debs por oponerse a la Primera Guerra, sino que se echó mano a un recurso más común: se desacreditó al héroe militar como alguien con problemas psicológicos.

Lo mismo continuó ocurriendo por generaciones. Las bombas atómicas sobre Japón, el masivo bombardeo aéreo de Corea, la destrucción de democracias independentistas en África y América latina… Lyndon Johnson y Henry Kissinger invirtieron millones de dólares en la prensa para apoyar la guerra genocida de Vietnam con bombardeos masivos y armas químicas sobre la población civil. Para entonces, la Operación Mockingbird de la CIA ya había inoculado a todos los mayores diarios de América Latina con fake news y editoriales escritas en Miami y Nueva York. Lo mismo hizo con los grandes medios de Estados Unidos, con libros, películas, etc. La policía ideológica (la CIA, la NSA, el FBI) benefició a las grandes compañías, mientras dejaban cientos de miles de masacrados sólo en América Central, todo en nombre de la “seguridad nacional” que produjo una estratégica inseguridad.

Antes de lanzarse la masiva invasión a Irak de 2003, la que dejó un millón de muertos, millones de desplazados y casi todo Medio Oriente en caos, publicamos en los diarios de países marginales sobre la ilógica de la narrativa que la justificaba. Pero la gran prensa hegemónica logró convencer a los estadounidenses de que los tambores de guerra decían la verdad. El New York Times tomó posición a favor de la invasión como un acto patriótico y de “seguridad nacional”. En nombre del patriotismo, se censuró, por ley (Patriot Act) y por acoso social a todos los críticos. Los medios ni siquiera podían mostrar las imágenes de los soldados retornando en ataúdes. Mucho menos los cientos de miles de civiles iraquíes masacrados que nunca importaron en esta cobardía colectiva que solo dejó ganancias a los mismos superricos mercaderes de la muerte de siempre.

Años después, incluso cuando George W. Bush y su marioneta, el presidente español José María Aznar reconocieron que las razones para la invasión eran falsas, que Sadam Hussein no tenía armas de destrucción masiva, aportadas por Alemania y Estados Unidos en los 80s para atacar Irán, ni vínculos con Al Qaeda (como los talibán, hijos independizados de la CIA), la mayoría de los consumidores de Fox News continuaban creyendo en la mentira desmentida por sus propios perpetuadores. Al fin y al cabo, desde niños fueron entrenados para creer contra toda evidencia como si fuese un mérito divino.

En política, narrativa y realidad están más divorciados que en una novela de J. K. Rowling. Al mismo tiempo que los grandes medios se venden a sí mismos como independientes y salvaguardas de la democracia, ni son independientes ni son democráticos. Dependen no solo de un puñado de millonarios anunciantes; los miles de millones de dólares que las corporaciones y lunáticos como Elon Musk donan a los partidos políticos son el negocio perfecto: con cada dólar que arrojan a la masa, se compran, a un mismo tiempo, a los políticos en campaña y a los medios que los promueven. Los medios son parte de esa dictadura plutocrática y su trabajo (que no es diferente al de los sacerdotes que daban sermones en las iglesias y catedrales financiadas por los nobles) consiste en inventar una realidad contraria a los hechos, cómplice con el gran poder del dinero, del imperialismo y del racismo. Todo en nombre de la democracia, de la Ley internacional y de la diversidad.

Ahora, una pregunta por demás simple: ¿Piensan que este país necesita más adulones, o más críticos? Claro, todos responderán en favor de los críticos, pero en los hechos mudos la mayoría apoya lo contrario, sobre todo a través del descredito y de la demonización de los verdaderos críticos del poder―aquellos que no sólo en la academia sino hasta en la misma Biblia se apreciaba como profetas, no por anunciar el futuro sino por tener el coraje de decir lo que el pueblo no quería escuchar. Todos saben que si alguien quiere progresar en la escalera del éxito y del poder, por lejos paga mucho más la adulonería, por barata que sea, como es el caso del rabioso patriotismo de algunos inmigrantes al imperio de turno. No solo inmigrantes pobres, sino también orgullosos académicos serviles que acusan a los críticos de estar politizados o de victimizar a las víctimas del imperialismo.

Estamos en la misma situación del siglo XIX: expansión geopolítica y arrogancia racista. La diferencia es que, por entonces, Estados Unidos era un imperio en acenso y hoy está en descenso. Como lo demuestran los ejemplos europeos desde el español, el británico o el francés, a la larga, y pese a toda la muerte y el despojo ajeno, los imperios siempre han sido muy caros para sus ciudadanos, ya que no existen sin guerras permanentes. En sus apogeos siempre dejaron ganancias económicas, sobre todo para los de arriba. El problema es cuando se trata de un imperio en decadencia. Entonces, la arrogancia es una reacción natural, pero resulta carísima y solo puede acelerar su decadencia, miseria y conflictos, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Saber negociar en un mundo que no nos pertenece, hacer amigos en lugar de enemigos, es la estrategia más económica, más efectiva, más justa y más razonable. El problema es que liderar en paz siempre ha sido más difícil que liderar en una guerra, ese recurso de los mediocres que nunca falla, incluso cuando se arrastra a su propio país a la destrucción.

Cada año que pasa vamos confirmando la historia hacia el fascismo de los imperios decadentes de hace un siglo. Los primeros en caer (por la censura, el silencio, la prisión o la muerte) seremos los críticos. Cuando las cenizas no sean cosas de algún pobre e indefenso país en el otro lado del mundo, sino del corazón mismo del imperio, los sobrevivientes negarán tres veces haber sido partícipes de tanta arrogancia cobarde.

Como siempre, será demasiado tarde, porque si la Humanidad ha tenido la verdad y la justicia como valore supremos, rara vez los ha practicado como un compromiso inquebrantable. Lo normal ha sido lo contrario.

Jorge Majfud, 8 de enero 2025.

Julian Assange podía ser extraditado en cuestión de días

Por Jill Stein, candidata a la presidencia de Estados Unidos

El periodista y preso político más importante del mundo, Julian Assange, regresará mañana a los tribunales de Londres.

Esta es la audiencia final para determinar si Estados Unidos ha satisfecho o no las “garantías” exigidas por el tribunal superior del Reino Unido de que a Assange se le permitiría utilizar la libertad de expresión en su defensa contra cargos de espionaje, y que no enfrentaría la pena de muerte si es declarado culpable.

Si el alto tribunal está satisfecho, se aprobará su extradición y podría estar en un avión en 24 horas.

Hay tres resultados posibles en la audiencia de mañana según un informe reciente de Reuters:

Posibilidad 1: El tribunal superior falla a favor de la extradición.

En este caso, Assange no tendrá más recursos legales en el Reino Unido. Sin embargo, sus abogados pueden acudir inmediatamente, y lo harán, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para solicitar una orden judicial de emergencia que bloquee la extradición hasta una audiencia completa ante ESE tribunal.

Posibilidad 2: El tribunal superior dictamina que las “garantías” estadounidenses no son suficientes.

En este caso, Assange tendrá motivos para continuar su apelación contra la extradición en casos que se extenderán hasta el próximo año mientras permanezca encarcelado en Belmarsh.

Posibilidad 3: El tribunal superior desestima el caso.

Este es el mejor resultado posible, porque significará que Julián podría ser liberado inmediatamente.

Pero en realidad hay una vía más.

Joe Biden podría escuchar a los millones de estadounidenses que creen, como yo, que Julian Assange está siendo perseguido por el delito de hacer periodismo… y retirar los cargos de inmediato.

El gobierno de Estados Unidos ha acusado escandalosamente a Assange de violaciones de la Ley de Espionaje, una ley anticuada que prohíbe explícitamente a los acusados invocar su derecho a la libre expresión como defensa.

Como era de esperar, se esta ley ha utilizado casi exclusivamente para perseguir a denunciantes, activistas y periodistas como Julian Assange.

Tres presidentes estadounidenses (dos demócratas y un republicano) han apuntado a Assange. Hacemos un llamado al presidente Biden para que ponga fin hoy a su papel en este oscuro capítulo.

Necesitamos un presidente comprometido con la defensa de la libertad de expresión, la transparencia y la rendición de cuentas. Si Biden no lo hace, pueden estar seguros de que yo lo haré.

Como presidente, abandonaré el caso contra Julian Assange el primer día en la Casa Blanca. Restauraré el compromiso de nuestra nación con una prensa libre poniendo fin a la escandalosa práctica de atacar a periodistas y denunciantes en virtud de la Ley de Espionaje.

He abogado por la libertad de Assange durante años y soy el único candidato que estará en las elecciones de noviembre en todo el país y que ha pedido que se retiren todos los cargos en este caso. Les insto a que se unan a mí con una contribución a nuestra campaña de hoy.

En solidaridad y gratitud,

Jill Stein

Periodismo

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Escribió un breve artículo justificando los hechos de la semana que comenzaba a quedar atrás y lo envió al director de La Santa Alfaguara. Años antes, cuando ingresó a la alcaldía, había comenzado colaborando en la diagramación y redacción de La Aldaba, hasta que el alcalde lo clausuró en 1977, para crear La Alfaguara de Calataid, inspirada en la fuente que había en el patio central de la alcaldía y en concordancia con el perfil más espiritual que pretendía imprimirle al nuevo periódico. La Aldaba, fundada por su propio padre en 1952, en tiempo de los Medina, salía una vez por semana, sin colores y casi sin fotos. Con la muerte del doctor y la renuncia de alguno de sus frecuentes colaboradores, La Aldaba comenzó a cambiar de estilo y, por momentos, aumentó sus lectores. La letra impresa impresionaba mucho a la gente que sólo conocía la letra manuscrita de sus vecinos, casi siempre dibujada en una libreta de almacén. Por aquel tiempo, Basílides logró convencer al anterior director de La Aldaba, un viejito ciego y casi sordo, de incluir una página de predicciones astrológicas, como las que todavía se veían en las revistas de moda que llegaron antes de 1962. ¿Y quién mejor que él mismo para ello, que tenía en casa un telescopio y sabía algo de cálculos astronómicos? Nunca nadie se preguntó de dónde salían tales predicciones, y el director olvidó pronto que el autor era el nuevo empleado de tesorería. Aunque, después de todo, su método era razonable, o por lo menos consecuente con la teoría de los cuatro elementos: si es cierto que los nacidos bajo un mismo signo heredan de los astros las mismas características psicológicas y hasta la misma suerte, entonces basta con estudiar a una sola persona por signo para saber cómo es el resto de la humanidad y qué posibilidades tiene cada uno en un futuro inmediato. Por ejemplo, Basílides sabía que la nana era de Virgo. Así que, cuando la veía deprimida o ansiosa, escribía, para esa semana: «Virgo, cuide su ansiedad.» Y luego agregaba algún acontecimiento concreto: «recibirá una buena noticia en el campo laboral,» porque sabía que determinado mes su madre le iba a aumentar el sueldo. También sabía que la mujer de don Ferrando era de Escorpio, y cuando la veía un poco más provocativa que de costumbre escribía en Escorpio: «En el amor, necesidad de cambio…» Por supuesto que nunca creyó en la astrología, pero al menos era honesto, aunque un honesto incrédulo: si todos los hombres y mujeres de Virgo no estuvieran deprimidos esa semana y por recibir un aumento de sueldo, si todos los hombres y mujeres de Escorpio no tuvieran la misma mala suerte en el amor, entonces el horóscopo no servía para lo que dice que servía. Y la culpa no era suya. Además, nunca cayó en la gracia de recomendar un número distinto de lotería para cada signo, ni en la costumbre de identificar a un signo con las habilidades artísticas y otro con las habilidades científicas, pues había notado ya, en las enciclopedias, que los nacimientos de artistas y de científicos estaban desparramados indiferentemente por todo el año. Lo cierto es que desde entonces se vendieron casi cien ejemplares más, y nunca nadie quedó desconforme con las predicciones de La Aldaba, incluso cuando leían un signo ajeno como propio o cuando Basílides se equivocaba en el orden. De paso, agregaba fragmentos imprescindibles de Heidegger que sacaba de la alacena de su padre, que asustaban tanto a la nana y le privaron del saludo de sus compañeros de trabajo.

«Al principio de su historia, el saber absoluto debe ser otro que al final. Ciertamente, pero esa alteridad no quiere decir que en el comienzo [era la luz y] el saber en modo alguno todavía no fuese saber absoluto. Bien al contrario, justamente en el inicio ya es saber absoluto, pero saber absoluto que aún no ha llegado a sí mismo, que todavía no ha devenido otro [o el mismo], sino que sólo es lo otro. Lo otro: él, el absoluto, es otro, es decir, es no absoluto, es relativo. El no-absoluto no es todavía absoluto. Pero este todavía-no es el todavía-no del absoluto, es decir, lo no-absoluto no es de alguna manera y a pesar de ello sino precisamente porque es absoluto, porque es[tá] no-absoluto: este no, en razón del cual lo absoluto puede ser relativo, pertenece al absoluto mismo, no es diferente de él, es decir, no se acuesta a su lado, extinto y muerto. La palabra “no” en “no-absoluto” en modo alguno expresa algo que siendo presente para sí yaciese al lado del absoluto, sino que el no alude a un modo del absoluto.

»(Martín Heidegger: Fenomenología del Espíritu. Curso del semestre de invierno, Friburgo, 1930-31. Edición de Der Mann ohne Eigenschaften, 1953. Traducción, introducción y notas: Heidi und seine brüder, Heide und Heger.)»