Claro, la culpa es de la convivencia

El 13 de diciembre de 2025, un hombre con una pistola mató a dos estudiantes en un salón de clase de Brown University y dejó a media decena gravemente herida. Esta tragedia no copó los titulares del mundo porque los tiroteos son una tradición en Estados Unidos. Según diferentes estadísticas, desde hace un siglo (sería necesario agregar la misma colonización de siglos antes, realizada por fanáticos religiosos contra indios, negros y mexicanos) los asesinos en masa suelen ser simpatizantes de la derecha supremacista, pero son éstos quienes culpan a la diversidad de todos los males de sus sociedades. El miedo es un gran negocio.

Esta matanza pasó a un quinto plano cuando, al día siguiente, 15 personas fueron asesinadas en Sídney, Australia. Las víctimas eran miembros de una comunidad judía que estaba celebrando hanukkah. Desde la prohibición de rifles semiautomáticos y la estricta regulación de las armas de fuego en 1996, las masacres en Australia son una rareza.

De inmediato, las redes sociales se llenaron de explicaciones sobre el peligro del islam para el mundo, incluso cuando se reveló que el hombre que detuvo y desarmó a uno de los dos atacantes que se encontraba en plena matanza, era un musulmán de 43 años, padre de dos niños, el que recibió dos disparos. Probablemente Netanyahu lo distinga con el Israel Prize en Valores Humanos y Heroísmo Civil.

Un par de horas después, el argentino más rico del mundo y residente en Uruguay, Marcos Galperin, presentado a sí mismo como el “Fundador y Executive Chairman (presidente ejecutivo, en castellano) de Mercado Libre” y Premio Konex, comentó la matanza con el mismo prejuicio que seguramente los asesinos compartirán: “Bienvenidos a la nueva Australia multicultural y diversa”.

Los “exitosos empresarios” de todo el mundo tienen muchas cosas en común, como hacer muy buenos negocios con los gobiernos que desprecian, poner sus millones de dólares como prueba de su inteligencia y razón dialéctica, lo que les autoriza a desparramar sus precariedades intelectuales entre millones de seguidores. Para ejemplo otro botón: horas antes, Elon Musk había sentenciado, con ese simplismo que atrae a los jóvenes desescolarizados de la anti-ilustración: “Si tienes útero, eres mujer. De lo contrario, no lo eres”. Lo que automáticamente convierte a todas aquellas mujeres que debieron removerse el útero para salvar sus vidas, en transexuales.

El pasado semestre, un estudiante ucraniano argumentó que, en Europa, el problema era el multiculturalismo. Mi respuesta fue demasiado obvia: los rusos y ucranianos hablan la misma lengua, comparten una historia y, básicamente, una misma cultura y se están matando unos a otros. ¿No será que el problema está en otra pare, como en los intereses económicos y de poder, viejo motor de guerras y genocidios? ¿No será que el problema que perciben quienes están contra la diversidad es el color de piel? ¿Por qué son siempre los no caucásicos el problema? Cuando, por siglos, los blancos se dedicaron a asaltar, destruir y masacrar el resto del mundo, sólo estaban llevando la civilización a esos “países de mierda”, por usar un lenguaje del presidente Donald Trump para referirse a los países del sur. “¿Por qué aceptamos a gente de esos países de mierda, como Somalia, y no aceptamos gente de Noruega, de Suecia o de Dinamarca?”. Tal vez porque, para ellos, nosotros somos el país de mierda.

El factor común es siempre el mismo: el problema no es la diversidad cultural, sino algo tan superficial como el color de piel. Cuando se enteren que los británicos y los belgas nativos eran gente de piel negra, se les sube la glucemia.

El ahora demonizado multiculturalismo es tan viejo como la domesticación del fuego. No hubo comercio y, menos, libre comercio (una actividad milenaria hasta que la destruyó el capitalismo), sin intercambio cultural, lingüístico, religioso y tecnológico. Desde el siglo IX hasta el inicio del comercio esclavista europeo, el Reino de Nri logró casi mil años de coexistencia basado en los principios de “paz, verdad y armonía”. La cultura Nri, localizada en lo que hoy es Nigeria, compartía con la filosofía Ubuntu del sur del continente su concepción colectiva del individuo y su concepción de la paz y la armonía social como objetivos superiores. Su propiedad comunal de la tierra y la producción; su intenso mercado con otras naciones tan lejanas como Egipto, terminó con el arribo de los europeos y el novedoso mercado esclavista basado en el color de piel.

Lo mismo los pueblos nativo-americanos. En la mayoría de las culturas indígenas, los extranjeros que fueron adoptados terminaron no sólo integrándose a la nueva sociedad, sino que solían ocupar un lugar de gran respeto en la pirámide social. No se puede decir lo mismo de las sociedades profundamente racistas del venerado Mundo Libre (“la raza libre”, blanca)―al menos que se trate de cipayos.

En la Gran Liga de la Paz de América del Norte, los iroqueses adoptaban extranjeros de todas las culturas y todas las lenguas, incluso europeos, que solían no querer volver a la “civilización”. La diversidad nativa también incluía miembros de distintos géneros sexuales (hombres y mujeres “de dos espíritus”). No se trataba de salvajes ingenuos. Por siglos, derrotaron a ejércitos europeos armados con tecnología de avanzada, no debido a sus flechas sino a su mejor organización social. Incluso se expandieron por toda cuenca del Ohio como respuesta al ataque de los ejércitos británicos y franceses. No en vano los nativos se burlaban del concepto de libertad de los blancos: “libre somos nosotros”, decían. “No estamos desesperados por ser ricos ni obedecemos las órdenes de nuestros líderes cuando no nos convencen. Ustedes se someten a cualquier cosa: reyes, capitanes, sacerdotes…”

Lo mismo podríamos seguir con otras culturas, como el Imperio árabe que duró varios siglos. Judíos, cristianos y musulmanes convivieron, prosperaron y se multiplicaron por siglos en una de las civilizaciones que más destacó en ciencias, análisis racional y tecnología.

Claro, si se mira toda la historia de la humanidad, siempre vamos a encontrar sobrados ejemplos de violencia, masacres y genocidios. Nadie puede decir que en estos centenarios periodos coexistencia no hubo conflictos, guerras y brutalidades, porque esa es una dolencia crónica de la especie humana. Pero si comparamos realidades, podemos decir que nuestro mundo contemporáneo, que se jacta de avanzado y civilizado, ha destacado por su excepcional brutalidad. Bastaría mencionar las guerras mundiales, las bombas atómicas o las dictaduras imperiales que impuso el “sacrificado hombre blanco” (Rudyard Kipling, Teo Roosevelt) sobre el resto de la humanidad. Siempre victimizándose por sus propios crímenes. Como dijo la ucraniana Golda Meir, “nunca podremos perdonar a los árabes por obligarnos a matar a sus hijos”.

Aunque no podemos decir que hay formas de odios bienvenidas, sí podemos decir que no existe un solo tipo de odio. Los esclavos odiaban a sus amos por lo que hacían y los amos odiaban a sus esclavos por lo que eran. Una cosa es odiar por lo que se es y otra es odiar por lo que se hace.

Si algún problema tiene la antigua cultura y moral de la diversidad y la tolerancia es que a los racistas que promueven la violencia civil e imperial los protegen las leyes. De hecho, los premiamos. Si no, no se entendería por qué la secta de billonarios globales es racista, sexista y odian a los pobres que dividen y parasitan cada día.

Jorge Majfud, diciembre 2025

https://www.pagina12.com.ar/2025/12/14/claro-la-culpa-es-de-la-convivencia/

La justicia social para el fundador del liberalismo moderno

John Stuart Mill, el mayor filósofo y economista liberal del siglo XIX: sobre el liberalismo y la libertad individual, reflexiona sobre la justicia social, los impuestos, la libertad de los pobres, el mérito individual y el sentido social del individuo.

1. “La verdadera virtud de los seres humanos es la aptitud para vivir juntos como iguales”.

2. “Ya no esclavizados ni dependientes por la fuerza de la ley, la gran mayoría lo está por la pobreza; siguen encadenados a un lugar, a una ocupación y a la conformidad con la voluntad de un empleador y privados, por el accidente de nacimiento, tanto de los goces como de las ventajas mentales y morales que otros heredan sin esfuerzo e independientemente del mérito. Los pobres no se equivocan al creer que este es un mal igual a casi cualquiera de aquellos contra los que la humanidad ha luchado hasta ahora. ¿Es un mal necesario? Es lo dicen quienes no lo sienten, quienes han ganado los premios de la lotería de la vida. Pero también se decía que la esclavitud, el despotismo, todos los privilegios de la oligarquía eran necesarios”.

3. “Hemos tenido la moral de la sumisión, la moral de la caballerosidad y la generosidad; ha llegado la hora de la moral de la justicia. Siempre que, en épocas pasadas, se ha abordado la sociedad desde la igualdad, la justicia ha reivindicado sus derechos como fundamento de la virtud”.

4. “La recompensa, en lugar de ser proporcional al trabajo y la abstinencia del individuo, es casi inversamente proporcional: quienes menos reciben, más trabajan y más se abstienen”.

5. “La idea misma de justicia distributiva, o de cualquier proporcionalidad entre éxito y mérito, o entre éxito y esfuerzo, es en el estado actual de la sociedad tan manifiestamente quimérica que queda relegada al terreno de la fantasía”.

6. “La más poderosa de todas las circunstancias determinantes es el nacimiento”.

7. “La distinción entre ricos y pobres, tan poco relacionada como está con el mérito y el demérito, o incluso con el esfuerzo y la falta de esfuerzo individual, es obviamente injusta; tal característica no cabría en la más rudimentaria concepción de un estado social perfectamente justo”

8. “Puede considerarse irrevocablemente establecido que el destino de ningún miembro de la comunidad debe abandonarse al azar; que la sociedad puede y, por lo tanto, debe asegurar a cada individuo que la compone contra la extrema necesidad; que la condición, incluso de quienes no pueden encontrar su propio sustento, no tiene por qué ser de sufrimiento”.

9. “Por lo tanto, nuestro plan sería liberar por completo de impuestos directos a los ingresos más bajos, hasta el nivel que se considere suficiente para satisfacer las necesidades físicas de un ser humano que son independientes de los hábitos y las convenciones: protegerse del hambre y el frío, y prever la vejez y las eventualidades habituales de enfermedad u otra incapacidad laboral”.

10. “Una persona con un sentimiento social siquiera desarrollado no puede pensar en sus semejantes como rivales que luchan con él por la felicidad, y que debe desear ver derrotados en su objetivo para poder alcanzarlo”.

11. “La gran mayoría de nuestra población trabajadora no tiene representantes en el Parlamento, y no se puede decir que ocupe posición política alguna; mientras que la distribución de lo que podría llamarse dignidad social es más desigual en Inglaterra que en cualquier otro país civilizado de Europa”

12. No habría motivo de queja contra la sociedad si todos los que estuvieran dispuestos a realizar una parte justa del trabajo y abstinencia pudieran obtener una parte justa de los frutos. Pero ¿es esto cierto? ¿No es acaso lo contrario?

Textos y fuentes de las citas:

La recompensa, en lugar de ser proporcional al trabajo y la abstinencia del individuo, es casi inversamente proporcional: quienes menos reciben, más trabajan y más se abstienen. Incluso los pobres ociosos, imprudentes y maleducados, aquellos de quienes se dice con mayor razón que son culpables de su condición, a menudo realizan un trabajo mucho mayor y más arduo, no solo que quienes nacen con independencia económica, sino que casi cualquiera de los mejor remunerados que se ganan la vida; e incluso el autocontrol insuficiente que ejercen los pobres trabajadores les cuesta más sacrificio y esfuerzo que aquel que casi nunca se exige a los miembros más favorecidos de la sociedad.

La idea misma de justicia distributiva, o de cualquier proporcionalidad entre éxito y mérito, o entre éxito y esfuerzo, es en el estado actual de la sociedad tan manifiestamente quimérica que queda relegada al terreno de la fantasía. Es cierto que la suerte de los individuos no es enteramente independiente de su virtud e inteligencia; estas realmente influyen en su favor, pero mucho menos que muchas otras cosas en las que no hay mérito alguno.

La más poderosa de todas las circunstancias determinantes es el nacimiento. La gran mayoría es lo que nació para ser. Algunos nacen ricos sin trabajar, otros nacen en una posición en la que pueden enriquecerse mediante el trabajo, la gran mayoría nace para el trabajo duro y la pobreza durante toda la vida, y algunos para la indigencia. Después del nacimiento, la principal causa del éxito en la vida es la casualidad y la oportunidad. Cuando una persona que no nació para la riqueza logra adquirirla, podemos decir que su propia laboriosidad y destreza generalmente han contribuido al resultado. Pero la industria y la destreza no habrían sido suficientes a menos que hubiera existido también una competencia de oportunidades y posibilidades que solo recae en un pequeño número…

La conexión entre la fortuna y la conducta es principalmente esta: existe cierto grado de mala conducta, o más bien de ciertos tipos de mala conducta, que basta para arruinar cualquier cantidad de buena fortuna; pero lo contrario no es cierto: en la situación de la mayoría de las personas, no se puede contar con ningún grado de buena conducta para ascender en el mundo, sin la ayuda de accidentes afortunados.

La distinción entre ricos y pobres, tan poco relacionada como está con el mérito y el demérito, o incluso con el esfuerzo y la falta de esfuerzo individual, es obviamente injusta; tal característica no cabría en la más rudimentaria concepción de un estado social perfectamente justo; la actual distribución caprichosa de los medios de vida y disfrute solo podría defenderse como una imperfección admitida, aceptada como efecto de causas beneficiosas en otros aspectos… El socialismo, mientras ataque el individualismo existente, triunfará fácilmente; su debilidad hasta ahora reside en lo que propone sustituir.

(“Newman’s Political Economy”, CW V.444; véase también “Vindicación de la Revolución Francesa de febrero de 1848”, CW XX.351)

No hay injusticia en gravar a quienes no han adquirido lo que tienen con su propio esfuerzo, sino que lo han recibido gratuitamente; y no hay razones de justicia ni de política que impidan gravar las herencias enormemente cuantiosas con mayor rigor que las herencias menores… Yo lo haría en la medida de lo posible para imponerlo sin que se frustre. (“El Impuesto sobre la Renta y la Propiedad”,

CW V.491)

Puede considerarse irrevocablemente establecido que el destino de ningún miembro de la comunidad debe abandonarse al azar; que la sociedad puede y, por lo tanto, debe asegurar a cada individuo que la compone contra la extrema necesidad; que la condición, incluso de quienes no pueden encontrar su propio sustento, no tiene por qué ser de sufrimiento físico ni de temor a él, sino solo de indulgencia restringida y de una disciplina rígida e inflexible.

(PPE, CW II.360; véase Perksy [2016: 204-5])

El derecho de todos a la felicidad, según el moralista y el legislador, implica el mismo derecho a todos los medios para alcanzarla, salvo en la medida en que las condiciones inevitables de la vida humana y el interés general, que incluye el de cada individuo, limiten la máxima… Se considera que todas las personas tienen derecho a la igualdad de trato, salvo cuando alguna conveniencia social reconocida exija lo contrario. Y, por lo tanto, todas las desigualdades sociales que han dejado de considerarse convenientes asumen el carácter no de simple inconveniencia, sino de injusticia…

(Utilitarismo, CW X.257-8; primer énfasis añadido)

Por lo tanto, nuestro plan sería liberar por completo de impuestos directos a los ingresos más bajos, hasta el nivel que se considere suficiente para satisfacer las necesidades físicas de un ser humano que son independientes de los hábitos y las convenciones: protegerse del hambre y el frío, y prever la vejez y las eventualidades habituales de enfermedad u otra incapacidad laboral.

(“Errores y verdades sobre el impuesto predial”, CW XXIII.553)

En una asociación industrial cooperativa, ¿es justo que el talento o la habilidad den derecho a una remuneración superior? En el lado negativo de la cuestión, se argumenta que quien se esfuerza al máximo merece el mismo bien y, en justicia, no debería ser inferior sin culpa propia; que las habilidades superiores ya tienen ventajas más que suficientes… y que la sociedad está obligada, en justicia, a compensar a los menos favorecidos por esta desigualdad inmerecida de ventajas, en lugar de agravarla. En el lado contrario, se argumenta que la sociedad recibe más del trabajador más eficiente; que, al ser sus servicios más útiles, la sociedad le debe una mayor recompensa por ellos… que si solo recibe tanto como otros, solo se le puede exigir con justicia que produzca lo mismo y que dedique menos tiempo y esfuerzo, proporcional a su mayor eficiencia. ¿Quién decidirá entre estas apelaciones a principios de justicia contrapuestos?… Solo la utilidad social puede decidir la preferencia.

(Utilitarismo, CW X.254-5)

La proporción de la remuneración al trabajo realizado es realmente justa solo en la medida en que la mayor o menor cantidad de trabajo sea una cuestión de elección: cuando depende de la diferencia natural de fuerza o capacidad, este principio de remuneración es en sí mismo una injusticia: es dar a quienes tienen; asignar la mayor parte a quienes ya son más favorecidos por la naturaleza. Sin embargo, considerado como un compromiso con el carácter egoísta formado por el actual estándar de moralidad y fomentado por las instituciones sociales existentes, es sumamente conveniente; y hasta que la educación se haya regenerado por completo, tiene muchas más probabilidades de tener éxito inmediato que un intento por alcanzar un ideal superior.

(PPE, CW II.210)

Una persona con un sentimiento social siquiera desarrollado no puede pensar en sus semejantes como rivales que luchan con él por la felicidad, y que debe desear ver derrotados en su objetivo para poder alcanzarlo. La arraigada concepción que todo individuo tiene de sí mismo como ser social, incluso ahora, tiende a hacerle sentir que es una de sus necesidades naturales la armonía entre sus sentimientos y objetivos y los de sus semejantes.

(Utilitarismo, C.W. X.233)

El sentimiento de obligación, tal como existe actualmente, hacia diferentes individuos y clases dentro de una misma comunidad, es lamentablemente desigual. El bienestar y el sufrimiento de un hombre, en cuya previsión se basa todo sentido racional de obligación hacia él, cuentan, en general, infinitamente más que los de otro hombre de diferente rango o posición. La gran mayoría de nuestra población trabajadora no tiene representantes en el Parlamento, y no se puede decir que ocupe posición política alguna; mientras que la distribución de lo que podría llamarse dignidad social es más desigual en Inglaterra que en cualquier otro país civilizado de Europa.

(“Taylor’s Statesman”, CW XIX.637, en coautoría con George Grote).

Ya no esclavizados ni dependientes por la fuerza de la ley, la gran mayoría lo está por la pobreza; siguen encadenados a un lugar, a una ocupación y a la conformidad con la voluntad de un empleador, y privados, por el accidente de nacimiento, tanto de los goces como de las ventajas mentales y morales que otros heredan sin esfuerzo e independientemente del mérito. Los pobres no se equivocan al creer que este es un mal igual a casi cualquiera de aquellos contra los que la humanidad ha luchado hasta ahora. ¿Es un mal necesario? Se lo dicen quienes no lo sienten, quienes han ganado los premios de la lotería de la vida. Pero también se decía que la esclavitud, el despotismo, todos los privilegios de la oligarquía eran necesarios.

(Capítulos sobre el Socialismo, CW V.710; también PPE, CW II.383)

La verdadera virtud de los seres humanos es la aptitud para vivir juntos como iguales; no reclamar nada para sí mismos excepto lo que libremente conceden a todos los demás; considerar el mando de cualquier tipo como una necesidad excepcional y, en todos los casos, temporal; y preferir, siempre que sea posible, la compañía de aquellos con quienes el liderazgo y el seguimiento puedan ser alternados y recíprocos.

(CW XXI.294)

Ya en la vida moderna, y cada vez más a medida que esta mejora progresivamente, el mando y la obediencia se convierten en realidades excepcionales, la asociación igualitaria en la regla general… Hemos tenido la moral de la sumisión, la moral de la caballerosidad y la generosidad; ha llegado la hora de la moral de la justicia. Siempre que, en épocas pasadas, se ha abordado la sociedad desde la igualdad, la justicia ha reivindicado sus derechos como fundamento de la virtud.

(La sujeción de la mujer, CW XXI.293-4)

notas

jorge majfud, junio 2025

El ​«Marketing» de la violencia

Patrick Moore, Indiana University

Jorge Majfud Jacksonville University

​«O​ccidente, lo mejor de Occidente no va a desaparecer por aquellos lunáticos islamistas que le tienen asco a la vida propia y ajena y amor no declarado al cine de horror. No; si las virtudes de Occidente desaparecen será por acción colectiva de los propios occidentales. Será por un lento suicidio, que es la forma en que las civilizaciones siempre mueren.»

 Entrevista

  • Patrick Moore (PM): Queríamos que esta conversación estuviese centrada en la problemática de la violencia en sus diversas manifestaciones en nuestra sociedad. En los medios de comunicación se puede consumir imágenes de violencia de la vida real, a veces antes de que se sepan los hechos que rodean y explican dicha violencia. La violencia en la televisión, ya sea en noticieros o en programas de ficción, es rutina. Como forma de inicio, ¿podría ofrecernos algunos comentarios en general sobre este tema que parece ser central en nuestro tiempo?

Jorge Majfud (JM): Hay una gran ambigüedad de valores allí, lo cual hace de la violencia un problema aun mayor. Por ejemplo, recuerdo cuando yo era un niño de pocos años en mi país, Uruguay, y no pocas veces debí presenciar cómo los granjeros debían matar un cerdo o un cordero. Las imágenes eran de una violencia que hoy en día sería considerada obscena para un niño. Pero había una diferencia con el mundo de hoy. Aquellos trabajadores rurales tenían un código de conducta estricto: lo que hacían lo hacían por necesidad, no por diversión. Cuando cazaban, comían la presa; no se trataba de una simple diversión en nombre de algún deporte para gente sin problemas. No se trataba del espectáculo de la tortura, como lo son las corridas de toros. Para ellos, era inmoral torturar al animal antes de sacrificarlo. Cada día soy más vegetariano, pero de aquella gente aprendí que, cuando la violencia tiene un propósito claro y basado en una necesidad básica, al menos tiene un sentido moral que protege la psiquis de un niño.

Actualmente, en los medios la violencia es un entretenimiento dominante. La «moralina» o pseudomoral pública se escandaliza de una mala palabra o del seno de una mujer blanca (no es problema si el seno es de una mujer africana o de alguna otra región primitiva). El seno y la mala palabra se censuran (ahí se acabó la tan mentada libertad de expresión) pero cuando un pastor quema en publico el libro sagrado de otra gente, u otro, como Steven Anderson, realizando una lectura literal de la Biblia propone matar a todos los homosexuales para terminar con el SIDA, eso es parte de la libertad de expresión. Cuando en una película apta para niños alguien le arranca un ojo a otro o el héroe deja un tendal de muertos sin decir ninguna palabra políticamente incorrecta, eso se considera ficción inocente. Algo inocente, como si los niños fuesen indiferentes a la glorificación de la violencia.

Entiendo que la violencia es un área fundamental en la exploración estética, lo es sobre todo en el cine arte y la gran literatura. Pero cuando se convierte en objeto en sí misma, en producto calculado de mercado, en pura diversión, es como cuando el sexo o el erotismo se convierten en pornografía. Tampoco es que me voy a poner a moralizar y condenar la pornografía como si fuese Savonarola, pero cuando una sociedad solo consume esa cosificación de la existencia, entonces tenemos derecho a sospechar que algo no está funcionando.

  • PM: ¿El mundo de 2015 es más violento que el de hace treinta años? ¿En qué son diferentes?

JM: Hay diferencias, aunque no creo que el mundo sea hoy más violento. Lo que pasa es que uno vive con ansiedad su propio tiempo. Lo que la gente en Estados Unidos llama «década feliz» refiriéndose a los años cincuenta fue, en realidad, una década violenta, llena de miedos y paranoia. Pero el título se lo dan aquellos que por entonces eran niños. A principios del siglo XX la amenaza eran los católicos, luego fueron los comunistas, ahora los islamistas, y mañana serán los chinos. Quien se identifica con el «nosotros, los buenos» tiende a olvidar que también ellos cambiaron de forma radical o por lo menos dramática. En los cincuenta existía un claro estado de apartheid en Estados Unidos, aunque nunca se lo llame de esa forma, por puro pudor a ese «nosotros».

La violencia ha cambiado de color, pero más o menos sigue siendo la misma. En un libro de ensayos que publiqué el siglo pasado, anoté: «La Inquisición asesinó en nombre de Dios; la Revolución Francesa en nombre de la libertad; el marxismo-leninismo en nombre de la igualdad.  […] Pensamos que en el próximo siglo la sangre seguirá corriendo, aunque ya no necesitará de tan nobles excusas para hacerlo». Luego se volvió a matar en nombre de Dios y se continuó matando en nombre de la libertad y la democracia. Tal vez ahora las excusas ya no son tan nobles, pero siguen siendo excusas para legitimar cualquier tipo de barbarie, ya sea de lunáticos degollando inocentes para impresionar al mundo o de pulcros ejércitos desparramando bombas con mala puntería, pese a que son bombas inteligentes, con frecuencia más inteligentes que sus dueños y más valiosas que sus víctimas. Todo sazonado, por supuesto, con una refinada retórica.

  • PM: Diariamente somos espectadores de la violencia a través de los medios de comunicación. Algunos la ejercitan de forma virtual, en los videojuegos…

JM: Que a veces no se diferencian demasiado de las guerras reales…

  • PM: ¿Estamos entumecidos con respecto a nuestras reacciones a la violencia?

JM: Somos insensibles a la violencia solo cuando es ejercida contra humanos que no son tan humanos como nuestros vecinos o cuando las víctimas no representan de alguna forma a un grupo poderoso. Es como cuando alguien se escandaliza porque en China comen perros mientras prepara una barbecue en el patio de su casa. Nuestras reacciones revelan nuestra deshumanización a través de la deshumanización del otro. Cuando ocurrió el atentado terrorista en París, dejando una docena de muertos, todo el mundo se sensibilizó por semejante acto de barbarie, que lo fue sin atenuantes y lo condenamos enfáticamente. Pero veamos cómo líderes de todo el mundo, de dudosa autoridad moral, volaron a sacarse una foto rodeados de pueblo con el oportunismo magistral que los caracteriza. Casi simultáneamente, en Nigeria, otro autoproclamado vocero de Dios, Boko Haram, masacró un par de miles de personas. Pero esta violencia extrema no provocó ni la centésima parte de la reacción que provocaron los atentados en París. Porque lo que pasa en el centro del mundo es real y lo demás, realismo mágico. Nuestros muertos son verdaderos porque duelen.

Ahora veamos otro caso extremo de violencia habitual que no duele. ¿Qué acto mayor de violencia existe en este mundo que el hecho de que millones de niños mueran de hambre cuando 85 individuos poseen lo mismo que la mitad de la población del mundo y el uno por ciento de la población es dueña de la mitad de toda la riqueza del globo y, aun así, continúan invirtiendo billones de dólares para presionar a los gobiernos para que les rebajen los impuestos y así no castigar el éxito? Su propio éxito, está de más decir.

Es lo que decía al comienzo: más que la violencia en sí misma, el peligro es la trivialización de la violencia. La relación violencia/moral es fundamental en la existencia humana. Por la misma razón, la violencia moral es infinitamente más grave que la violencia física. Un boxeador se puede reponer de una paliza, pero una joven difícilmente pueda hacerlo de una violación. El mismo acto físico que practica una actriz en una película pornográfica o una prostituta en su oficio tiene resultados radicalmente opuestos en el contexto de una mujer que es obligada a hacer lo mismo contra su voluntad. En esa «diferencia semántica» radica la violencia moral, que es la mayor de las violencias que existen.

La trivialización de la violencia no solo termina por cosificar a quien la ejerce, sino que, tarde o temprano, se descarga sobre una víctima que experimenta esa humillación de forma infinitamente superior. Es lo que podemos ver en los niños víctimas de guerras y todo tipo de violencia política y económica: esos inocentes están condenados a vivir un martirio ilimitado, no solo debido a la violencia física sino a la violencia moral que trae consigo la experiencia de la impotencia y la injusticia. ¿Qué podemos esperar de ellos sino más violencia, esta vez violencia física, espectacular, visualizable y fácil de publicar en primeras planas?

  • PM: ¿Dónde se encuentra la violencia en nuestro sistema político aquí en los Estados Unidos?

JM: En muchas partes y de muchas formas: diez mil asesinados por armas de fuego cada año no es un detalle, si consideramos que en Japón los asesinados cada año por armas de fuego se cuentan con los dedos de la mano. Ese tipo de violencia es mucho peor en América Central, pero se supone que estamos hablando del país más rico y más poderoso del planeta.

Que mientras millones de estadounidenses luchan por no perder sus casas el 1 % de la población posea el 42 % de la riqueza financiera sería ya un indicio de violencia estructural. Pero si alguien considera que eso no es violencia sino consecuencia de una democracia representativa, bastaría con recordar que más de la mitad de los senadores y representantes de este país pertenecen a ese 1 % más rico del país. ¿Por qué el 99 % de la población debe ser representado en sus intereses por el 1 % más rico? La respuesta más previsible es que ese 1 % representa a los más exitosos de la población, lo cual es otra simplificación que agrega más violencia moral a la violencia económica. La lista de violencias es muy larga y no me daría el tiempo ahora para enumerar una parte infinitesimal. Claro que igual de larga es la lista en muchos otros países, pero tu pregunta se refiere a Estados Unidos.

  • PM: Con la violencia vista recientemente en Francia y con otros eventos a lo largo de los últimos quince años, la primera reacción de mucha gente en los Estados Unidos (y en Occidente en general) es culpar al Islam. Además, algunos han sugerido que si bien un musulmán cualquiera (un musulmán «típico») nunca sería capaz de tal violencia, muchos musulmanes estarán de acuerdo con algunas ideas de estos terroristas, por ejemplo, que no se debe crear imágenes artísticas de Alá o que no es mala idea castigar de alguna manera (aun hasta la pena capital) a los apóstatas ex-musulmanes. Tomando en cuenta que los críticos tal vez dirán que lo peor de la violencia de los cristianos se hizo hace siglos, ¿cómo se puede responder a estos críticos?

JM: Sí, he visto esos programas. Son programas de entretenimiento, los maestros del pueblo, la Coca y el McDonald del conocimiento y la conciencia histórica, lamentablemente. El hecho de que los musulmanes no estén de acuerdo en crear imágenes de Alá no los hace copartícipes de ningún acto barbárico. En Suiza, Miguel Servet fue quemado vivo por su discrepancia con Calvino sobre la Trinidad, una práctica muy común en la civilizada Europa de la época. Sin embargo, hoy en día los seguidores de Calvino son incontables, casi nadie es servetista, y ello no significa que toda esa gente esté de acuerdo con quemar disidentes. No hay religiones que expliquen la violencia sino culturas, grupos e individuos violentos. Durante siglos, la España dominada por gobiernos musulmanes toleró las otras religiones de una forma que no lo hizo la vencedora España de los Reyes Católicos. Desde el siglo VIII hasta el XV, la población judía se multiplicó bajo el reinado islámico, hasta que tras su derrota a mano de los cristianos fueron expulsados en masa. El cristianismo, basado en la prédica del amor, tiene una milenaria historia de persecuciones y asesinatos. El apedreamiento hasta la muerte de mujeres adúlteras está en la Biblia, no en el Corán; Jesús no abolió explícitamente esa ley, pero con una lección ejemplar la hizo inaplicable. Y Jesús es una figura sagrada para un musulmán. Por siglos las Cruzadas violaron, mataron y quemaron pueblos a su paso hacia Jerusalén. La Inquisición torturó y asesinó a miles de inocentes. Hitler protegió y utilizó el cristianismo para sus propios intereses genocidas y no pocos cristianos protegieron a los nazis en su desbandada. Durante décadas las dictaduras latinoamericanas recibieron la bendición (por acción o por omisión) de la Iglesia católica. Franco en España se sostuvo en el poder a lo largo del siglo XX apoyado por la Iglesia de la época. No hace falta recordar que en Estados Unidos los miembros del KKK no son musulmanes, sino cristianos, según su propia interpretación, como todos. O que el terrorista que mató a 168 personas en Oklahoma era un veterano de Irak que quiso vengar la matanza de los seguidores de la secta cristiana de  los davidianos en Waco, Texas. En Israel no son pocos los ultras que bendicen las bombas que dejan decenas, cuando no cientos de niños aplastados por los escombros.

Ahora, ¿es el Judaísmo o el Cristianismo violento per se? No, claro que no. Al menos no más violentos que muchas otras grandes religiones, incluida el Islam.

En Francia y en Alemania cualquiera puede ir preso por decir algo que puede considerarse peligroso. Los islamistas más radicales reaccionan cuando alguien insulta y ofende a su profeta y eso es considerado una muestra de su intolerancia; pero si alguien ofende la interpretación oficial de la historia o una mujer ofende la sensibilidad ajena descubriéndose los senos, entonces eso se castiga con la cárcel en nombre de la convivencia y las leyes.

Ahora, cuando vemos que de repente un partido de ultraderecha de Le Pen se ubica al tope de las preferencias políticas en Francia, no es necesario ser un genio para darse cuenta de a quién beneficia toda esa violencia terrorista y toda esa retórica xenófoba que le sigue. Bastaría con recordar cómo los líderes mundiales secuestraron recientemente la marcha en París en defensa de la libertad de expresión: al frente, en primera plana, salieron líderes mundiales sin estatura moral para considerarse campeones de la libertad de expresión, sino todo lo contrario. No es necesario ser un genio para darse cuenta de a quiénes benefician los lunáticos del Estado Islámico cada vez que degüella a un inocente. No beneficia a aquellos que luchamos por defender los valores occidentales de una sociedad libre y abierta, sino a aquellos que precisamente quieren revertir estos logros en beneficio propio, en beneficio de unos grupos minoritarios que siempre encuentran la forma de conseguir el apoyo de las mayorías, como bien nos muestra la historia. Son esos grupos que dicen luchar contra un enemigo al tiempo que van convirtiendo nuestras sociedades en algo muy parecido a lo que quieren instaurar esos mismos enemigos. Occidente, lo mejor de Occidente no va a desaparecer por aquellos lunáticos islamistas que le tienen asco a la vida propia y ajena y amor no declarado al cine de horror. No; si las virtudes de Occidente desaparecen será por acción colectiva de los propios occidentales. Será por un lento suicidio, que es la forma en que las civilizaciones siempre mueren.

Por otro lado no debemos olvidar que programas occidentales en marcha, como el de los drones, han matado a miles de personas, a veces familias enteras, y nunca se ha visto ningún titular escandalizado por semejante acto de barbarismo: ojos que no ven, corazones que no sienten. El terrorismo islámico es un peligro real; tan real como el peligro de que Occidente recaiga, como es su costumbre, en su propio barbarismo. ¿O el reciente holocausto alemán, los campos de concentración en muchos otros países, la desaparición forzada, el apartheid y el racismo de todo tipo, el ciego orgullo de ser especiales o elegidos por Dios para dominar el resto del mundo, las invasiones basadas en «errores de inteligencia» que luego dejan cientos de miles de muertos, todo eso y más, no son acaso prácticas bien occidentales?

Yo soy un fuerte defensor de ciertos valores occidentales, pero no de todos. Apoyo y defiendo los derechos humanos, la libertad de expresión, la libertad individual, las religiones y el laicismo, el derecho al cambio, etc. Pero me niego a sumarme a una mentalidad de fútbol según la cual una vez tomado partido por una de dos posiciones, arbitrarias y excluyentes, el pensamiento crítico deja lugar a la pasión del estadio, cuando no a la pasión del ciudadano convertido en un guerrero ciego pero útil.

  • PM: Tal vez algunas personas dirán que este mundo nos presenta unos problemas que no se pueden resolver. ¿Qué se puede hacer como individuo? O sea, ¿qué diría a sus estudiantes si le hicieran tal pregunta?

JM: Esa es una pregunta necesaria, sobre todo desde un punto de vista existencial. La respuesta de la Era Moderna era cambiarlo todo con una revolución radical. Mi lema es «piensa radical; actúa moderado». Ya expliqué por qué pienso que este es el mejor principio: como críticos, debemos cruzar todos los límites de lo políticamente correcto para acceder a la raíz de cada problema (eso significa radical); sin embargo, nunca podemos tener la certeza de que nuestros pensamientos no están equivocados en alguna parte, por lo cual cualquier acción radical podría resultar catastrófica. Por lo tanto, la acción por prueba y error, por experimentos sociales, es siempre preferible. Evolución en lugar de Revolución. Para eso necesitamos sociedades abiertas.

No obstante, tampoco podemos esperar estar en ninguna etapa histórica y social mejor de la que estamos para comenzar a cambiarnos a nosotros mismos, para vivir nuestras propias vidas y ayudar a unos pocos más. Muchas veces me abruma leer la gran prensa y ver tanta violencia en el mundo y tanta hipocresía en la narrativa de los culpables e inocentes. El diablo está en los detalles de la gran prensa mundial, que es el vocero del verdadero poder que gobierna los países: el dinero, está de más decir. Ahora, ¿qué hacer con todo eso, aparte de aportar un grano de arena a una posible concientización de lo que uno cree correcto? También es posible cambiar de perspectiva y ver que el mundo también está lleno de cosas buenas, de gente que te rodea y que te necesita. Eso también cuenta. Eso también vale.

  • PM: ¿Podría comentar sobre la violencia en sus obras de ficción? El lector entenderá que, por ejemplo, los protagonistas de Crisis experimentan la violencia por medio de sus viajes y sus condiciones de inmigrantes indocumentados. ¿Es la manifestación de la violencia en sus cuentos y novelas algo que requiere mucha reflexión de su parte, o es algo que parece fluir naturalmente debido a la índole de la historia que cuenta?

JM: La reflexión es una práctica más apropiada para el ensayo que para la ficción. En la ficción uno explora más las emociones (aunque a veces la narrativa esté contaminada de ideas), que es lo más profundo que tiene la existencia humana. En mis trabajos ensayísticos la violencia es central, precisamente porque la injusticia es su raíz. Nunca escribimos un artículo denunciando la violencia de un tigre, de un tornado o de un terremoto, al menos que haya un factor humano detrás, como es el caso del más reciente calentamiento global. Es, fundamentalmente, el factor moral el que nos mueve a escribir ensayos.

En el caso de la escritura de ficción, la exploración es mucho más amplia: está la moral, pero también la estética y la exploración de condiciones humanas que trascienden la moral, como pueden serlo los sueños, el miedo a la muerte, el amor, el odio, la esperanza, el sentimiento de culpa, etc. No obstante, al menos en mi caso, la exploración narrativa casi siempre incluye el factor de la violencia, sobre todo de la violencia moral, esa violencia que suele ser más sutil pero mucho más profunda y duradera que la violencia física. Hay un trabajo interesante sobre ese tema referido a la novela La reina de América, de Laurine Duneau, de Université d’Orléans.[1]

[1] La violencia moral en La reina de América de Jorge Majfud. Por Laurine Duneau. Université d’Orléans. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2012.

Jorge Majfud es un escritor uruguayo radicado en Estados Unidos. Es profesor de español y estudios internacionales en Jacksnoville University, además de autor de novelas, cuentos y ensayos. Sus trabajos más recientes son: El pasado siempre vuelve (cuentos), Hermenéutica: Análisis crítico de once autores en su tiempo (ensayos) y Cine político latinoamericano (ensayos). Su novela más reciente es Crisis y la más conocida La reina de América. Sus ensayos se han publicados en varios periódicos y revistas del mundo hispanohablante. Ha colaborado con Noam Chomsky recientemente, en la edición y traducción de sus ensayos que se encuentran en el libro Ilusionistas.

With Patrick Moore: The Marketing of Violence

Canal-Literatura February 28, 2015, Interviews with Writers, Literary Zone: Jorge Majfud

Patrick Moore, Indiana University

«When the terrorist attack in Paris occurred, leaving a dozen dead, the whole world was sensitized by such an act of barbarism, which was unmitigated, and we emphatically condemned it. But let’s look at how leaders from around the world, of dubious moral authority, flew off to take a photo surrounded by people with the masterful opportunism that characterizes them. Almost simultaneously, in Nigeria, another self-proclaimed spokesman for God, Boko Haram, massacred a couple of thousand people. But this extreme violence didn’t provoke even a hundredth of the reaction that the attacks in Paris provoked. Because what happens in the center of the world is real, and the rest is magical realism. Our dead are real because they hurt.»

«Now, when we see that Le Pen’s far-right party has suddenly risen to the top of the political polls in France, you don’t have to be a genius to realize who benefits from all this terrorist violence and all the xenophobic rhetoric that follows. It would be enough to recall how world leaders recently hijacked the Paris march in defense of freedom of expression: at the forefront, on the front page, were world leaders without the moral stature to consider themselves champions of freedom of expression, but quite the opposite. You don’t have to be a genius to realize who benefits the lunatics of the Islamic State every time they slit the throats of an innocent person. It benefits not those of us who fight to defend Western values of a free and open society, but precisely those who want to reverse these achievements for their own benefit, for the benefit of minority groups who always find a way to gain the support of the majority, as history shows us. These are the groups that claim to be fighting an enemy while at the same time turning our societies into something very similar to what those same enemies want to establish. The West, the best of the West, is not going to disappear because of those Islamist lunatics who are disgusted with their own and other people’s lives and have an undeclared love of horror films. No; if the virtues of the West disappear, it will be due to the collective action of Westerners themselves. It will be through a slow suicide, which is how civilizations always die. On the other hand, we must not forget that Western programs, such as the drone program, have killed thousands of people, sometimes entire families, and there has never been a single headline scandalized by such an act of barbarism: out of sight, out of mind. Islamic terrorism is a real danger; as real as the danger that the West will relapse, as is its custom, into its own barbarism. Or the recent German Holocaust, the concentration camps in many other countries, forced disappearances, apartheid, and racism of all kinds, the blind pride in being special or chosen by God to dominate the rest of the world, invasions based on «intelligence errors» that then leave hundreds of thousands of dead. dead, all that and more, aren’t these very Western practices? I am a strong defender of certain Western values, but not all. I support and defend human rights, freedom of expression, individual liberty, religions and secularism, the right to change, etc. But I refuse to subscribe to a football mentality according to which, once you have taken one of two arbitrary and mutually exclusive positions, critical thinking gives way to the passion of the stadium, if not to the passion of the citizen who has become a blind but useful warrior.

El pensamiento y la política

El pensamiento y la política

La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir

Entiendo que una de las traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se acusa como “adulación”, y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los demás.

Si entendemos por ideología a un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en soldados y convertimos el pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria consigna de una supuesta “rebeldía”. Los beneficiados no sólo son los arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.

Durante casi toda la historia moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación de sus movimientos de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad Media, por ejemplo, los “soldados de Dios” se caracterizaban por su obediencia absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o de género.

Desde los primeros humanistas del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del “villano” contra el “noble”, del lector contra la autoridad del clero. Casi simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana, Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.). Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.

Muchos de los logros contra la verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.

Desde el poder tradicional, la lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado Desconocido es la tumba del “Hombre-cosa”. Los Estados normalmente honran a los soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre el virtuoso sacrificio a la obediencia. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de jurar por “nuestra bandera”, prometiendo morir en su defensa. Si bien todos estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como individuos en nombre de “la patria”, sin importar las razones para oponernos a las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación siempre habrá “patriotas” dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no es muy diferente al que es sometido un futuro suicida “religioso”: antes que nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.

Ahora, alguien podría decir que, según mi perspectiva, el “revolucionario” es el modelo perfecto de individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: “¿qué es eso de revolucionario?”. Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del mundo entre ángeles y demonios, entre “ellos los malos” y “nosotros los buenos”. Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el asesinato de un obrero o de un cura porque era “marxista”, siendo que los soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos “traidores a la causa” o de “cipayos vendidos al imperio”, en nombre de un marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno, confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa. Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades (también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a principios del siglo XIX?

La historia está llena de conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se alimentaron siempre de este “peligroso desorden”, sino también las grandes potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama “democracia”, sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el Renacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno y el fracaso del malo.

Lo que la política puede hacer es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al “hombre” después de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales “soldados” que creen que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores de la pólvora.

Entonces, ¿qué paso es necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años, luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En México dominó durante décadas un llamado “Partido Revolucionario Institucional”; ahora en Argentina hay “Piqueteros Oficiales”. Semejante oxímoron es una afrenta a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa —representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree descubrir al Mesías termina donde comenzó.

El segundo paso, como ya lo hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder tradicional, sino como instrumento central de gestión y control ciudadano. En una palabra, sacar a la abusada “democracia” del prostíbulo, de un estado de aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y no una renuncia de su poder en los “padres del pueblo”, en esa eterna y confortable promesa llamada “buen gobierno”.

Yo tengo para mí que cada vez que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las estrategias políticas que se toman en un salón lleno de “gente importante”. Cada vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e individual.

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, mayo 2006

 

 

 

 

Esos estúpidos intelectuales

Una vez un estudiante me preguntó: “Si América Latina ha tenido siempre tantos buenos escritores, ¿por qué es tan pobre”? La respuesta es múltiple. Primero habría que problematizar algo que parece obvio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de pobreza? ¿De qué hablamos cuando hablamos de éxito? Estoy seguro que el concepto asumido en ambos es el mismo que entiende el Pato Donald y su tío: como observó Ariel Dorfman, para los personajes de Disney sólo hay dos posibles formas de éxito: el dinero y la fama. Los personajes de Disney no trabajan ni aman: conquistan —si son machos— o seducen —si son hembras. Razón por la cual nunca encontramos allí obreros ni padres ni madres ni más amor que seducción. Lo que nos recuerda que nuestra cultura del consumo estimula el deseo y castiga el placer. Y lo que me recuerda, especialmente, lo que me dijera un viejo budista en Nepal, hace ya muchos años: “ustedes los occidentales nunca podrán ser felices; porque la cultura del deseo sólo conduce a la insatisfacción”. Si aún vive aquel sabio sin zapatos, seguramente hoy se estará tirando de las barbas al ver cómo esa cultura del deseo comienza a vencer en la India hindú.

Ahora, por otro lado, a la pregunta original tenemos que responder con una pregunta retórica: “Bueno, ¿y cuándo en América Latina las estructuras de poder, los gobiernos y las empresas privadas que dirigieron la suerte de millones de personas, le hicieron algún caso a los intelectuales?”. Sí, en el siglo XIX hubo presidentes intelectuales, cuando no militares. En la siguiente centuria escasearon los primeros y abundaron los segundos. Aunque pienso que sería mejor escuchar un poco a alguien que ha dedicado su vida al estudio en lugar de tantas opiniones sobre política, economía y cultura de futbolistas y estrellas de la farándula, no creo que los intelectuales deberían tener una voz gravitante en la sociedad —como en algún momento pudieron tenerla Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, por ejemplo— y menos en las decisiones de su destino. Sólo son otra voz, poco escuchada, pero otra voz. Quizás no peor que la voz de una gran parte de los políticos profesionales que, atrapados en su mismo “espíritu de partido”, deformados por la práctica de la defensa de posiciones comprometidas, de intereses estratégicos, de pasiones personales y electorales, están paradójicamente negados al ejercicio del ideal de cualquier “estadista”, o “educador”.

En el siglo XX los intelectuales fueron sistemáticamente ninguneados o expulsados por las estructuras de poder. Tal vez este tipo de marginaciones sea saludable para ambos. No lo es, creo, cuando la marginación es política y social. Observaba el Nobel argentino César Milstein, que cuando los militares en Argentina tomaron el poder civil en los ‘60 decretaron que nuestros países se arreglarían apenas expulsaran a todos los intelectuales que molestaban por aquellas latitudes. Brillante idea que llevaron a la práctica, para que tiempo después no hubiese tantos preguntando por ahí por qué fracasamos como países y como sociedades. En Brasil, el educador Paulo Freire fue expulsado por ignorante, según los golpistas del momento. Por citar sólo dos ejemplos autóctonos.

Pero este desdén que surge de un poder instalado en las instituciones sociales y del frecuente complejo de inferioridad de sus actores, no es propio sólo de países “subdesarrollados”. Poco tiempo atrás, cuando le preguntaron a la esposa del presidente de Estados Unidos cómo había conocido a su marido, confesó: de una forma muy extraña. Ella trabajaba en una biblioteca. Lo conoció allí, por milagro, porque su esposo no visita ese tipo de recintos. Paradojas de un país que fue fundado por intelectuales.

Tampoco en Estados Unidos escuchan a sus intelectuales aunque, paradójicamente, ha sido este país, en casi toda su historia, el refugio de disidentes, casi siempre de izquierdas, como Albert Einstein, Érico Veríssimo, Edward Wadie Said o Ariel Dorfman —por citar a los más moderados. Quizás por esa misma razón: porque no son escuchados, a no ser por otros intelectuales. Es más, siempre son los intelectuales, los escritores o los artistas críticos quienes encabezan las listas de los diez estúpidos más estúpidos del país. Entre los preferidos de estas listas han estado siempre críticos como Noam Chomsky y Susan Sontag. Las universidades son respetadas al mismo tiempo que sus profesores son burlados en los canales de radio y televisión como estúpidos izquierdistas porque se atreven a opinar de política, área que parece reservada a los talk shows. Esta actitud recuerda a la crítica del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez a su propia iglesia: “la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statu quo, pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido”. (Teología de la liberación, 1973).

Algo semejante podemos ver en la realidad universitaria de hoy en casi todo el mundo. Si se asume que la academia universitaria debe responder a un determinado interés político, religioso o ideológico, o a un determinado “proyecto” de sociedad, estamos anulando su principal fundamento. Incluso si advertimos que los académicos tienen una tendencia A o B no podríamos nunca legislar para cambiar esa tendencia —en teoría, producto de la misma libertad intelectual— con la excusa de buscar un “equilibrio”. Un “equilibrio” que siempre es planteado por el poder político cuando advierte que está representado por una minoría en algún sector de la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha propuesto muchas veces una ley para “equilibrar” el desproporcionado número de profesores liberales, es decir, de “izquierdistas” —tendencia que se repite en la mayoría de las universidades de Occidente. (En algún momento podríamos pensar que la idea de promover semejante equilibrio, aunque no sea un resultado espontáneo, es excelente: las universidades con más empresarios conservadores y las grandes compañías que controlan los países con más intelectuales de izquierda…)

Los intelectuales son estúpidos, y quienes hacen estas listas, ¿quiénes son? Los mismos de siempre: orgullosos hombres y mujeres con “sentido común”, como si esta falsificación del realismo no estuviera cargada de fantasías y de ideologías al servicio del poder del momento. “Sentido común” tenían los hombres y mujeres del pueblo que afirmaban que la Tierra era plana como una mesa; un hombre de “sentido común” fue Calvino, quien mandó quemar vivo a Miguel de Servet cuando se cansó de discutir por correspondencia con su adversario, sobre algunas ideas teológicas. Hombres de “sentido común” fueron aquellos que obligaron a Galileo Galilei a retractarse y cerrar su estúpida boca, o aquellos otros que se burlaban de las pretensiones de un carpintero llamado Jesús de Nazaret —asesinado por razones políticas y no religiosas.

Un personaje de la novela Incidente em Antares, de Érico Veríssimo, reflexionaba: “Durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”. Y más adelante: “Quando o presidente Truman e os generais do Pentágono se reuniram, no maior sigilo, para decidir si lançavam ou não a primeira bomba atômica sobre uma cidade japonesa aberta… imaginas que eles convidaram para essa reunião algum humanista, artista, cientista, escritor ou sacerdote?”.

Otro brasileño, Paulo Freire, nos recordó: “existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida” (Pedagogía del oprimido, 1971). Aunque provista de una incipiente y precoz consciencia historicista, la monja rebelde, la mexicana sor Juana Inés de la Cruz ya había advertido otro factor ahistórico que completa la respuesta: “no puede estar sin púas que la puncen quién está en lo alto […] Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya sea de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento: lo primero porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve; y el entendimiento no, pues mientras es mayor, es más modesto y sufrido, y se defiende menos” (Respuesta a sor Filotea, 1691).

Estas últimas observaciones nos llevan a recordar —no debería ser necesario, pero nunca se debe subestimar la ignorancia del poder— que la división no radica en intelectuales y obreros, entre “cultos” e “incultos”, sino entre aquellos que respetan y defienden la cultura y el pensamiento y aquellos otros que la atacan o la ningunean. Ejemplos hay de sobra de doctores que, llegados al poder, liquidaron las universidades y la educación del pueblo mientras otros líderes sin educación formal pero con una conciencia más sensible la defendieron a ultranza —tal vez porque reconocieron en ella el camino más sólido de liberación de la pobreza y de la opresión social que divorcia brillantes discursos con las opacas realidades que promueven.

En nuestro tiempo y en los tiempos por venir, la misión del intelectual ya no será aquella escolástica mala costumbre de desplegar una erudición sin resultados concretos sino, por el contrario, la de poder realizar diferentes síntesis conceptuales, refinar y expurgar del mar de datos, ideas y divagaciones que la futura sociedad producirá, las ideas fundamentales, los pensamientos generatrices, los peligros del entusiasmo, de la propaganda y de las narraciones ideológicas; como un médico que busca detrás de los síntomas los desórdenes funcionales. Esta tarea será como ha sido siempre crítica. Como toda verdadera crítica, deberá apuntar al menos contra dos factores: el poder y la autocomplacencia. El primero —ya lo supo Descartes—, porque todo pensamiento antes de producirse como tal debe romper primero las cadenas invisibles que lo aprisionan con ideas prefabricadas, “políticamente correctas”, “moralistas”, al servicio de un determinado interés de clase, de género, de raza, etc. La segunda, porque la autocomplacencia es, en cierta forma, una consecuencia de la opresión del poder que reproduce el mismo oprimido para evitar el segundo paso que, tradicionalmente, han estado en deuda los intelectuales: la creación. Creación de caminos, de proyectos sociales y culturales, de una nueva forma de ser que tanto reclamaron Juan Bautista Alberdi, José Martí y José E. Rodó. Tal vez este déficit se haya debido a que la tarea es gigantesca para una simple elite intelectual o porque, especialmente en América Latina, la necesaria crítica, que nunca ha sido suficiente, ha absorbido todas sus energías. Pero el desafío sigue en pié y esperando.

Los intelectuales seguirán siendo una elite, como a su manera son una elite los electricistas y los calculistas. La virtud será que estas elites dejen de representarse y ser vistas en un orden vertical y comiencen a conformar una unidad más armónica y orgánica al servicio de las sociedades y no de algunas elites entronadas en el poder social. Me dirán que los intelectuales se han equivocado feo a lo largo de la historia; y tendré que darles la razón. Pero también se equivocan los electricistas, los médicos y los calculistas. Con la diferencia que, si bien cualquiera de estos errores pueden tener consecuencias trágicas en la sociedad, el trabajo del intelectual, por su naturaleza creativa sobre lo desconocido, sobre la nada, es mucho más difícil que la tarea del calculista, por ejemplo —y lo digo por experiencia personal: calcular la estructura de un edificio en altura implica una gran responsabilidad, pero su proceso no involucra, normalmente, ninguna duda fundamental.

Ernesto Che Guevara escribió en El socialismo y el hombre: “Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales; y los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que los creó”.

Yo no sería tan extremista: tampoco los intelectuales tienen la fórmula de la creación de ese “hombre nuevo”, reclamado por Europa en el siglo XIX. Pero sin duda podrán ser agentes estimulantes en su creación o en su desarrollo —si no se los aplasta antes, con la persecución o el ninguneo; si ellos mismos no se precipitan antes, desde esas inútiles alturas que suelen escalar, enceguecidos por sus propios —por nuestros propios egos.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, octubre de 2006.