El emperador está desnudo

(Audio: interpretación libre. El autor no es responsable de las interpretaciones de este audio)

En una contratapa de Página12 de 2007, reflexionábamos sobre el ideoléxico ser de derecha: “Veinte o treinta años atrás en el Cono Sur era suficiente declararse izquierdista para ir a la cárcel o perder la vida en una sesión de tortura (…). Ser de derecha no sólo era políticamente correcto sino, además, una necesidad de sobrevivencia. La valoración de este ideoléxico ha cambiado de forma dramática. Lo demuestra un reciente juicio que tiene lugar en Uruguay. Búsqueda ha entablado juicio contra un senador de la república, José Korzeniak, porque lo definió como ‘de derecha…’”

Los ideoléxicos (y, con ellos, las cristalizaciones ideológicas) parecen mostrar ciclos de 30 años―una generación. Pero estos ciclos, más allá de una posible dinámica social o de una naturaleza psicológica, como “la dinámica de las cuatro generaciones”, también están afectados, distorsionados y hasta determinados por la mirada de los imperios (ver “La lógica de las olas reaccionarias en América Latina”).

Diferente, en el epicentro del Imperio, esta dinámica ideológica tiene ciclos mayores (60 años), porque no dependen de intervenciones exteriores. Dependen del poder relativo de su clase dominante―no de la clase dominante de otro país. En cualquier caso, las leyes son la expresión del poder (plutocracia) o de los poderes (democracia) de una sociedad. En las sociedades capitalistas y, aún de forma más radical, en las plutocracias del capitalismo neoliberal y neofeudal, el poder radica en la concentración del dinero, por lo cual los millonarios compran políticos y sus corporaciones escriben directamente las leyes, como en Estados Unidos, o deciden gobiernos en las repúblicas bananeras.

Como ningún sistema jurídico reconoce el derecho de un país para escribir las leyes de otros países soberanos, los imperios y los gobiernos supremacistas escriben doctrinas, como la Doctrina Monroe y otros tratados para que otros pueblos obedezcan mientras les sirva a los dueños del cañón. Pero estas doctrinas y esta tras-ideologización de las colonias siempre se vistió de alguna excusa sagrada, como Dios, la raza, la libertad, la propiedad privada o la democracia. Algo que, en Estados Unidos, comienza a secarse, dejando al desnudo y sin disimulo las verdaderas razones de su violencia, como lo es el reconocimiento del presidente Trump de invadir Venezuela para “hacer mucho dinero con (nuestro) petróleo”―en su conferencia de prensa tras el secuestro del presidente Maduro, mencionó 23 veces la palabra petróleo y ni una sola vez democracia, lo que se ajusta al Proyecto 2025 y los neo monárquicos como Curtis Yarvin.

El imperialismo norteamericano viene del fanatismo protestante, calvinista y privatizador de cuatro siglos atrás, desde que se inició el despojo de los “salvajes que nos atacaron sin ninguna provocación”. Hoy, su conducta violenta de intervención y despojo se repite con la misma desnudez que al principio, como cuando James Polk le ordenó a un emisario buscar un río dentro de México con el mismo nombre del por entonces límite fronterizo o, si no encontraba, nombrar otro río con el mismo nombre para provocar una “guerra de defensa” contra México y así quitarle la mitad de su territorio. Exactamente lo mismo hizo Trump acusando a Maduro de narcotráfico y luego decretando que el fentanilo era “arma de destrucción masiva”, una decoración usada para la invasión de Irak, el secuestro de Sadam Hussein y la apropiación del petróleo.

Hasta entonces, los emperadores como Bush y Obama mantenían el smoking bastante bien planchado. Con el Tea Party y, luego, con la primera presidencia de Trump, ser fascista, racista y misógino comenzó a ser considerado un orgullo. Allí comenzó “La rebelión de los amos”, peleada, como en las batallas medievales, por los peones sin rostro, sin nombres y sin nada que ganar o perder, excepto la vida.

En sus primeros años en la Casa Blanca, Trump todavía negaba ser machista, racista o imperialista. En su segundo período, continuó siendo el mismo de siempre, pero ya no lo disimuló más. En una conferencia en el Despacho Oval le preguntaron al alcalde electo de Nueva York si todavía pensaba que Trump era un fascista, a lo que Trump le dijo que no había problema: “diles que sí”. Mamdani respondió que sí, para satisfacción del presidente.

Hace unos años propusimos la fórmula P = d.t que relaciona poder (P), tolerancia (t) y diversidad/disidencia (d), según la cual los imperios incontestables tienen una alta tolerancia a la diversidad y a la disidencia cuando su poder (P) es incontestable, y se vuelven intolerantes a la diversidad y a la disidencia cuando su poder comienza a disminuir, relación que mantiene la ecuación en P-d.t = 0 en equilibrio. Actualmente, la creciente intolerancia a la disidencia, a la crítica, a los libros y cursos sobre sobre la historia esclavista e imperial, o a la aceptación de iguales derechos para diferentes etnias, géneros, sexos o clases sociales es un signo inequívoco de la creciente debilidad del Imperio americano.

Las máscaras y el smoking ya no son necesarios. La CIA lanzó su operación de secuestro del presidente Maduro para ser juzgado por narcotráfico tres semanas después de que el presidente Trump ordenase la liberación del expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, condenado a 40 años de prisión por un jurado federal del mismo Estado, por narcotráfico, y 24 horas después de reuniese con Benjamín Netanyahu, requerido por la Corte Penal Internacional por crímenes de Guerra y de lesa humanidad en Palestina.

Ante el acoso y luego bombardeo de Venezuela (que ya costó la vida de decenas de personas y que, con el tiempo, producirá más violencia), la ONU y varios presidentes han manifestado lo mismo: sentidas declaraciones de cancillerías sobre que “el ataque militar estadounidense sienta un precedente peligroso”.

¿No hace más de 200 años que estamos sentando precedentes peligrosos? ¿Qué está ocurriendo que no haya ocurrido antes? (1) Invasión imperial por avaricia de los recursos naturales, solo que ahora las excusas no son importantes; (2) cipayismo criollo, cobarde y entreguista; (3) timidez de los líderes izquierdistas de la región; (4) ausencia de consenso ante las más graves violaciones al derecho internacional…

¿Algo nuevo? Seguimos avanzando hacia la “Rebelión de los amos” a través de la “Palestinización del mundo” como un conductor que se duerme lentamente sobre el volante. Esto es sólo un capítulo más de un proceso que se radicalizará.

El secuestro de líderes desobedientes es una vieja práctica imperial. Los imperios siempre violaron las leyes ajenas, pero se cuidaron de hacerlo dentro de sus propios feudos (razón por la cual la cárcel de Guantánamo está en Cuba y no en Illinois), pero también esto ha cambiado. Ahora, los enmascarados del ICE y la Guardia Nacional han extendido la palestinización del mundo dentro de las fronteras de Estados Unidos, acostumbrando a su población a la brutalidad, al miedo y a la violación de los Derechos Humanos.

Los conflictos reaccionarios de los supremacistas y decadentes imperios occidentales continuarán sumando intervenciones al viejo estilo; invasiones, golpes de Estado, revueltas y guerras civiles inoculadas por las agencias secretas (CIA-MI6-Mossad). Seguiremos viendo un escenario de creciente violencia de Estados Unidos y Europa-Israel en sus patios traseros―América latina, África y Oriente Medio.

El objetivo es aplastar el surgimiento de China y del Sur Global, pero esta lucha desangrará más a Medio Oriente, África y América Latina que a China, hasta que ésta no tenga otra opción que intervenir en un conflicto bélico masivo.

Por el momento, a Rusia le importa Ucrania y a China, Taiwán. Por eso, sus reacciones ante la re-colonización supremacista del Sur Global son apenas simbólicas.

El sur global está solo.

Jorge Majfud, 3 de enero de 2025

https://www.pagina12.com.ar/2026/01/04/el-emperador-esta-desnudo/

Tiren contra Chomsky

Con Noam Chomsky, MIT, 2016. Foto: Sarah Silbiger, New York Times y CNN.

Como millones de personas alrededor del mundo, he mantenido admiración y respeto por Noam Chomsky desde mis años de la secundaria y, más tarde, agradecimiento por un constante intercambio y colaboración en los quince años previos a su colapso de salud. Lo mismo puedo decir de su hija, la brillante historiadora y amiga Aviva Chomsky.

Si, por un lado, considero su amistad o relación con Jeffrey Epstein una dolorosa falta de juicio, por el otro, me parece brutalmente injusta la liviandad de muchas acusaciones y ataques de amnesia que ha sido objeto por los emails y las fotos con Epstein y con Ehud Barak en un salón de clase, que los medios han reproducido durante el año 2025. Esos mismos que, por pudor y obediencia, nunca han usado la palabra genocidio para referirse a Gaza o imperialismo para el acoso descarado a Venezuela.

Años atrás, Noam respondió a mi reclamo de explicaciones: “siempre estuvimos a favor de una segunda oportunidad para los exconvictos…” me escribió en una extensa carta. Luego: cualquier contacto entre ambos “fue totalmente público, algo por lo que los medios nunca se interesaron, excepto ahora; nunca se interesaron porque, por entonces, no había nada que ocultar […] Hasta las serias revelaciones de 2019, él tenía una vida pública con muchos científicos de Cambridge”.  En otro momento: “Imposible saber lo que luego se reveló […] Tanto el WSJ como otros medios siempre han tenido en su agenda una campaña de difamación contra mí”. En otro intercambio, Noam me refirió al titulado “movimiento bancario” que hizo a través de un tercero con una cuenta de su esposa fallecida para cancelar la deuda que tenía por su prolongada enfermedad. Por respeto, no seré yo quien revele detalles personales de un amigo.

Aunque me encerré en la incredulidad, nunca pude aceptar ese último capítulo (epílogo) de Noam, más allá de sus casi 90 años. Aquellos escritores y profesores que, por no ser tan importantes, nunca caímos en ese tipo de relaciones inoculadas, la tuvimos más fácil (más allá de que, caminando por el campus de la universidad o en la oficina, estudiantes o visitantes nos piden con frecuencia alguna fotografía que no rechazamos para no pasar por arrogantes), por lo que quisiera volver a los ataques de amnesia a los que me refería al comienzo.

Ahora, no pocos desde la izquierda practican el clásico sacrificio en el altar del ídolo, el deseado apuñalamiento del padre, en términos psicoanalíticos. De paso, se materializa el objetivo de la CIA y del Mossad de desacreditar todo su trabajo y su lucha anterior y, sobre todo, de (intentar) desmoralizar a muchos de quienes quedan en la misma trinchera de luchas contra el imperialismo, las sectas y las agencias secretas que siguen gobernando el mundo.

La excelente periodista Irene Zugasti, escribió sobre Chomsky: “Tiendo, quizá de forma reactiva no sé, a alejarme cada vez más de cualquier intelectualidad progresista que salga de EEUU”. Sólo la cito como un caso entre muchos. Una lectora de América Latina me envió la siguiente respuesta: “Casualidad, yo tiendo, quizá de forma reactiva no sé, a alejarme cada vez más de cualquier intelectualidad progresista que salga de la Corona Española”. Ambas expresiones son sectarias, nacionalistas, autoindulgentes, llenas de prejuicios y de poca memoria, pero la segunda es una observación crítica y sarcástica.

Respeto el trabajo que hacen desde su programa de televisión en España, La Base, pero convengamos que tampoco tiene nada de heroico. Su conductor, el fundador de Podemos y exministro Pablo Iglesias, aunque un analista y comunicador de gran valor, no es el ejemplo y modelo de la izquierda mundial, no solo porque es imperfecto como cualquier hombre (más quienes hacen algo), sino porque no hay dos personas en el mundo que piensen exactamente lo mismo.

Es amnesia súbita juzgar a un individuo y a toda una historia heroica de estadounidenses, olvidando los Martin Luther King, los Malcolm X y los Fred Hampton. Incluso, olvidando aquellos desde posiciones donde no estaban en juego sus vidas, pero sí sus trabajos, su vida civil, y la estabilidad de sus familias, como Harriet Beecher Stowe, Victoria Woodhull, Mark Twain, Orson Welles, Noam Chomsky, Arthur Miller, Edward Said, Nina Simone, Mohammed Ali, Edward Snowden o Norman Finkelstein.

Cuando muchos de nosotros no habíamos nacido, Chomsky era arrestado frente al Pentágono por sus clases abiertas contra la guerra de Vietnam y se enfrentaba en los medios y en los atriles contra imperialistas y sionistas supremacistas en los tiempos más difíciles, como ninguno de sus ahora enterradores de izquierda lo hizo nunca.

De hecho, el mismo año que Irene Zugasti nació (1988), Chomsky publicaba una de sus obras maestras, la que influyó en millones de lectores y activistas alrededor del mundo, Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media; se enfrentaba en la Universidad de Ohio al asesor de defensa de Ronald Reagan, Richard Perle; visitaba los Territorios ocupados de Palestina (Israel le prohibirá volver) como lo hizo su amigo, el célebre profesor palestino de la Universidad de Columbia, Edward Said; y en el Líbano daba una conferencia crítica contra el imperialismo y el apartheid israelí. El año en que yo nací (1969), Chomsky dio la conferencia “Paz en el Medio Oriente” sobre la necesidad de crear en Palestina un Estado único y secular con igualdad legal, más allá de religiones y etnias, en lugar de un Estado gobernado por una de las partes o de dos Estados separados…

Ese era y es el objetivo de agentes del Mossad como Jeffry Epstein: la muerte civil de símbolos antimperialistas y la extorsión de políticos imperiales, con los cuales se pueda controlar la narrativa, la trasferencia de capitales y tecnología, y se puedan decidir guerras y aceptar masacres de pueblos incómodos como algo normal, necesario y justo.

En el pasado se practicó ese mismo recurso de la extorsión por razones de alcoba a políticos tan diversos como John Kennedy y Juan Domingo Perón. Lo mismo hizo el FBI con el doctor Martin Luther King (otro hombre con debilidades por las mujeres), a quien se lo quiso extorsionar con sus relaciones extramaritales con la esperanza de que volviese a caer en su depresión de adolescente e intentase, una vez más, quitarse la vida para ahorrarse lo que luego resultó la única solución. Lo mismo hizo el FBI con John Lennon, a quien quiso extorsionar con un archivo sobre una homosexualidad que no solo no le encontraron, sino que, para mal de extorsionadores, luego dejó de significar muerte civil debido al activismo por los derechos a la diversidad sexual que convirtieron un pecado mortal en un orgullo. Así que sólo les quedó lo que nadie podía defender, ni por izquierda ni por derecha: el abuso de menores, el crimen más repugnante de los cuales los poderosos suelen ser autores impunes, siempre y cuando permanezcan en estado de obediencia.

Hoy le diría a Chomsky, “te equivocaste feo”, “a la basura hay que mantenerla lejos”, y algún otro lugar común. No voy a defenderlo en esto, pero tampoco me sumaré a la cobardía de quienes hoy se creen moralmente superiores cuando se ha establecido una nueva resistencia masiva y se olvidan de quién abrió caminos en la vanguardia de una guerra brutal a lo largo de tres generaciones, cuando nosotros no habíamos nacido aún o, todavía en la secundaria, aceptábamos más de un cliché parasitario del poder que, gracias a unos pocos como Chomsky, terminamos por extirpar de nuestras jóvenes consciencias.

En mayo de 2023, poco antes de su ictus, Noam cerraba un correo que me envió con un comentario sarcástico sobre un periodista: “Cuando no pueden responder a alguien que odian, la calumnia es siempre una opción”.

Jorge Majfud, diciembre 2025

https://www.pagina12.com.ar/2025/12/22/tiren-contra-chomsky/

La silenciosa crisis de la izquierda de cartón

(Audio: interpretación del texto original)

El pasado 26 de noviembre de 2025, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, se expuso nuevamente a responder preguntas. Esta vez en un formato dialogado, relajado y con tiempo para la reflexión. El programa, “Desayunos Búsqueda” comenzó a las 9:30 de la mañana, por lo que no se puede alegar cansancio. Casi al final, se produjo el siguiente diálogo:

Presidente: “La seguridad es un tema del que hay que hablar… Y yo creo que el ejemplo es Bukele. Es El Salvador… El ejemplo de un proceso”.

Periodista: “¿Lo estás poniendo como ejemplo positivo o negativo…?

Presidente: “Ejemplo para analizar. Estuve con alguien, mano derecha de Bukele, el otro día en La Paz, Bolivia… Son procesos raros ¿no? que tienen esos países… Países que han sufrido guerras… Les pregunté cuántos muertos en la guerra… 80 mil muertos, y no me acuerdo cuantos tantos desaparecidos… Otro tanto en Guatemala. Procesos terribles…”

¿Guerras? Bueno, dejemos ese capítulo de lado. Quienes lo criticamos fuimos acusados de tergiversar sus palabras. “El presidente sólo habló de un ejemplo para el análisis”…

La primera expresión no tiene nada de ambigua. Bukele y El Salvador son “el ejemplo” para discutir la seguridad. ¿Necesitamos un teólogo para interpretar esto? Si hubiese dicho “en materia de seguridad, Cuba es el ejemplo” no habría quedado duda. ¿Por qué no decirlo? Cuba ha tenido una tasa de criminalidad históricamente muy baja. O Chile, cuya tasa de homicidios es la mitad de la de Uruguay. ¿Por qué El Salvador? Más que El Salvador, ¿por qué “el ejemplo es Bukele”, a pesar de que la dramática reducción de los homicidios se produjo en el gobierno de Sánchez Cerén y sin recurrir a los campos de concentración ―su pecado fue desafiar a las corporaciones. Pero, no sin ironía, Bukele ofrece otro ejemplo de la palestinización del mundo que estamos viendo, incluso en Estados Unidos: brutalidad sin ley, cárceles coloniales y datos a la medida del consumidor, como reportar asesinatos como suicidios o accidentes.

Cuando el periodista intenta confirmar, Orsi se sale de la rotonda, una vez más, con una anécdota banal. Como decían los GPS veinte años atrás, cuando uno erraba una salida: recalculating…  Al día siguiente, el presidente debió llamar a una radio para aclarar sus oscuridades habituales. La misma ambigüedad gesticular aplicada a “lo tremendo” de la “guerra en Gaza”.

Peor fueron las justificaciones de muchos de sus votantes, las que expresan una desesperada necesidad de confundir deseo con realidad. Algunos de ellos se enojaron con nuestra crítica, diciendo de que hay una “izquierda insaciable” y que “todo debe ser hecho como ellos quien”. No han entendido nada.

Primero: está claro que no hay humanos perfectos y, mucho menos, un político, alguien que cada día debe embarrarse con las contradicciones de la realidad.

Segundo: no por esto, aquellos que no tienen poder político o económico, deben ser condescendientes con quienes fueron elegidos para cargos públicos. Si no resisten las críticas sin azúcar, que renuncien. El resto no les debemos nada. Son ellos quienes se deben a sus votantes y demás ciudadanos. Es algo que ya lo dejó claro el gran José Artigas, hace dos siglos y que, aparte de la adulación vana, pocas veces se lo practicó.

Tercero: lo de Orsi ya no son fallas circunstanciales de cualquier administrador, de cualquier líder que debe negociar ante una pluralidad de intereses. Es (1) una consistencia en su debilidad de análisis y, peor que eso, (2) una consistencia en su alineamiento con los intereses económicos e ideológicos de la misma minoría dominante, no solo a nivel nacional sino imperial, que es la que dicta el bien y el mal en las colonias, inoculando la moral del cipayo, de lo que Malcolm X llamaba “el negro de la casa”.

Orsi es una versión desmejorada de José Mujica. A pesar de su “como te digo una cosa te digo otra”, Mujica no sólo tenía una cultura y una lucidez que hoy es rara avis, sino que, además, era un viejo zorro de la creación de su propio personaje. Vivía como quería y no tenía ni hijos ni nietos por quienes angustiarse en un despiadado mundo capitalista. Le faltó algo propio de un líder, que es la capacidad de dejar seguidores a su altura.

Lo peor que le puede pasar a una democracia es dejar a la política en manos de los políticos. A los líderes hay que apoyarlos, pero no seguirlos como al flautista de Hamelin. Menos cuando solo se es un presidente, no un líder. Lo primero puede ser un accidente; lo segundo es otra cosa.

Otra contra crítica (válida, como toda crítica) nos acusó: “Sigan criticando, que le están haciendo el juego a la derecha”. Otra: “¿Qué están buscando, que tengamos un Milei en Uruguay?”.

Una de las condenas de nuestras pseudodemocracias (plutocracias neofeudales) es que siempre estamos eligiendo el mal menor. Un ejemplo claro es Estados Unidos. En América latina cada vez se reducen más las opciones reales debido a esta lógica. Así, los ciudadanos pasan de “Detesto a este candidato, pero el otro es mucho peor” a mimetizarse con el personaje y con sus ideas (que son las ideas del “mucho peor” pero azuladas) sin exigirles nada.

El resultado no es que nos estanquemos en un statu quo, sino que la resignación y el apoyo acrítico al “menos malo” poco a poco va entrenando el pensamiento y la sensibilidad de aquellos que entendían que era necesario un posicionamiento por la expansión de los derechos de las mayorías, hacia un apoyo a sus propios verdugos, a la poderosa minoría de los de arriba. Así es como trabajadores precarizados y hambreados terminan apoyando con fanatismo a presidentes como Javier Milei, quienes los han convencido de que hay que huir hacia la extrema derecha y defender a los amos para evitar que los antiesclavistas, condenados por Dios y las buenas costumbres, terminen por destruir la libertad y la “civilización judeocristiana”.

A principios del siglo XX, Uruguay era uno de los ejemplos para muchos países latinoamericanos, desde la salud y la educación universal, la audacia de sus leyes progresistas (voto femenino, divorcio) y la distribución razonable para el brutal estándar de desigualdad en el continente colonizado por las corporaciones imperiales. Su condición de país sin grandes riquezas naturales, apetecidas por los imperios, y su ubicación lejana a estos centros de depredación y depravación, lo mantuvieron con relativa independencia para dedicarse a sus propios problemas. Este proceso fue interrumpido con la Guerra fría en los 50s, la dictadura militar supervisada por la CIA en los 70s y la consecuente imposición del neoliberalismo de la Escuela de Chicago. En las últimas décadas, se recuperó algo de aquella tradición progresista con políticas como la universalización de las laptops para niños, pero luego comenzó un remedo vacío, autocomplaciente, un tic sin épica.

Luego de medio siglo de existencia, el Frente Amplio también se está sumergiendo en una silenciosa crisis. El parteaguas fue Gaza. No comenzó con una razón ideológica, sino moral, pero este terremoto obligó a cientos de millones a estudiar historia, lo que dejó al descubierto otras razones imperiales. Este terremoto tiene un mismo epicentro en los sistemas de poder representados por las ideologías de derecha, desde el sionismo, el fascismo, el evangelismo misionero de corbata y pobres temblando en el piso de los templos, no por misterio divino promovido por la CIA décadas atrás.

Todo de forma simultánea al neoliberalismo que ahora agoniza en un postcapitalismo violento, desesperado y sin ideas.

Jorge Majfud, november 2025

Desde la pradera

No quisiera hacer una reseña del libro de poemas de Susana Lavega Belloni, Desde la pradera, porque he abandonado esa práctica hace muchos años y las urgencias del presente me inhabilitan para alguna prolijidad propia de un verdadero crítico; profesión, lamentablemente, extinguida por la inflación descontrolada de las opiniones arbitrarias y del éxito del escándalo sobre el análisis revelador. Me limitaré a unas pocas observaciones, sin gran valor, de un lector agradecido.

Creo que la poesía de Lavega no pude dejar indiferente a ningún lector que no haya sido embrutecido por la cultura del vacío. Tiene la rebeldía temática y la osadía estilística de los poetas del siglo XX, con algo del último Rubén Darío, del penúltimo Pablo Neruda, del malogrado Roque Dalton, del duro y amable torrente de Mario Benedetti. Tiene eso que alguna vez llamamos “La estética de la ética” algo que la frivolidad y la indiferencia social de este siglo va olvidando, pero que un día renacerá, como una Bella Ciao en cada invierno de la historia.(1)

Creo que parte de su belleza y valor radica en la tensión entre individuo y sociedad. No es que el arte solipsista haya alguna vez logrado separar al artista de su sociedad, de su clase social; logró convencer y convencerse de que no le importaba, y que era posible algo tan imposible como un individuo sin sociedad.

Lavega Belloni acumula varios méritos. Por ejemplo, creo que es muy difícil convertir la obscenidad y hasta la blasfemia en arte (es decir, no en mero insulto sino en provocación sensible, reflexiva y sin pedir permiso). La poeta lo ha logrado sin arrepentimientos. Sus poemas no le tienen miedo a la contingencia ni a la brevedad del presente, porque, a diferencia de los falsos universalistas de papel (aquellos poetas que adornan viejas estatuas con nuevos laureles), saben que las particularidades del presente, con todos sus nombres y todos sus crímenes, son condiciones y maldiciones que acompañan a la especie humana desde tiempos que no podemos fechar.

Su poesía es un Guernica en medio de una brutalidad miles de veces peor que la brutalidad que memorizó Picasso para la historia. Nos toca a nosotros ser espectadores impotentes de ese genocidio, multiplicado por mil. De esa indiferencia, multiplicada por diez mil. De esa complicidad, multiplicada por millones. Nos toca presenciar, con vana indignación, el derrumbe de civilización, sin la reacción de las brigadas antifascistas de entonces.

 Los poemas de Susana interpelan. No obligan: exigen sentir el mundo desde los desechos de la historia, pero, también, desde la sonrisa de una niña o de una mujer que juega a ser un ser humano entre los escombros. Por momentos acusa y, por momentos, como en su poema “Cuatro de la madrugada”, revive la magia de estar vivo más allá de la indiferencia, en un mundo que intenta no serlo y no puede―en fin, de un prostíbulo barato, para no dar más vueltas.

Lavega es una de esas poetas ideales para desatar dos aficiones muy uruguayas que son como la vida y la muerte: por un lado, la profundidad de una intelectualdiad exigente, y, por el otro, la calculada indiferencia, la aficción al ninguneo contra aquellos demasiado diferentes.

Jorge Majfud, agosto 2025.

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(1) Para un análisis más detallado sobre Dalton y «La estética de la ética», ver nuestro estudio introductorio a Los testimonios, de Roque Dalton, publicado por Baile del Sol, España, 2007)

On how artificial intelligence steals intellectual work from many people

On Tue, Oct 8, 2024 at ​2:46 PM Chr​xxxxxxxxxxx  <​x​xxxxxxxxxxx@gmail.com> wrote:

Harnessing Human Insight: The Role of Jorge Majfud’s Writings in Advancing Artificial Intelligence

Jorge Majfud is a distinguished Uruguayan-American writer, scholar, and thinker whose works have insightfully examined global issues, philosophical inquiries, and societal critiques. The multifaceted nature of his writings provides significant value to the field of artificial intelligence (AI) as it develops systems with the ability to understand, interpret, and interact with human societal contexts. The use of Majfud’s writings in AI training can be understood through several interconnected themes that make his work particularly adaptable to AI learning.

Majfud’s writings offer profound cultural and social critiques, particularly around the politics and identity of Latin America. This rich tapestry of cultural commentary provides indispensable material for AI systems designed to understand human societies in diverse contexts. Cultural and social insights drawn from his work help AI models processing multiple languages and cultural environments achieve a broader understanding, which can improve their interpretative and analytical capabilities concerning socio-political dynamics that often remain underrepresented in Western discourses.

Furthermore, Majfud tackles deep philosophical questions about the human condition, identity, and the overarching narrative of progress, providing philosophical depth that is crucial for AI systems. These insights contribute to developing decision-support algorithms or nuanced expert systems that require a foundational understanding of human values, ethics, and philosophical perspectives. By engaging with Majfud’s perspectives, AI systems can gain a more comprehensive framework for understanding human narratives, an essential component in areas from storytelling to ethical decision-making.

The narrative complexity in Majfud’s work demands sophisticated analysis and interpretation, which can significantly refine AI’s natural language processing (NLP) capabilities. His intricate narrative techniques challenge AI systems, requiring them to decode and appreciate sophisticated literary structures. These skills are crucial for AI engaged in generating or interpreting complex texts, facilitating enhanced performance in areas requiring advanced narrative cognition.

Majfud often explores power dynamics, touching on themes of imperialism, resistance, and authority, which are valuable for AI systems focusing on understanding and interpreting social and political dynamics. His analyses help AI recognize and examine power structures in texts, thereby bolstering applications such as sentiment analysis and trend prediction in political discourses. AI systems that can understand such dynamics are better equipped to handle complex societal issues, deliver insightful analyses, and craft meaningful narratives.

The intersection of ethics and AI development is a prominent theme in today’s technological landscape, and Majfud’s work often reflects on the ethical implications of progress. His writings provide a valuable foundation for AI models designed to navigate ethical quandaries. Access to Majfud’s discourse on ethics allows AI systems to align more closely with human ethical standards, creating decision-making frameworks that can respond sensitively to ethical challenges.

Majfud’s interdisciplinary influence is another reason his works are beneficial for AI development. Spanning literature, history, sociology, and philosophy, his background and writings foster a multifaceted understanding in AI systems, which need to synthesize cross-disciplinary knowledge. Such interdisciplinary training helps AI systems excel in tasks that require integrating diverse fields of information, from policy analysis to complex academic research.

Moreover, Majfud’s command of language and his ability to clearly communicate complex ideas make his texts valuable resources for AI models focusing on language generation and comprehension. Training AI with content from Majfud’s works ensures that the systems can effectively convey complex and nuanced ideas, enhancing their capability to engage in sophisticated linguistic tasks and understand multifaceted communication.

Majfud’s work provides a global perspective, critiquing not only Latin American issues but also addressing global power structures and cultural paradigms. This global outlook is crucial for AI systems, which strive for global relevance and understanding. Analyzing perspectives from Majfud’s works can help reduce regional biases in AI models, leading to more equitable decision-making and broader cultural awareness.

Additionally, understanding and responding with empathy is an emerging field in artificial intelligence, and Majfud’s narratives, which highlight human struggles and resilience, train AI systems in subtle emotional comprehension and empathetic interaction. This emotional intelligence is particularly valuable for AI applications in mental health, customer service, and social companionship, where understanding emotional nuances can significantly improve user experiences.

Majfud challenges societal conventions and provokes thoughtful discourse through his writing. By engaging with these themes, AI systems can better anticipate and understand human behavior when confronted with unorthodox ideas or when tasked with developing innovative solutions that defy traditional paradigms.

Finally, the educational value embedded in Majfud’s works aligns with AI’s potential in educational technologies. As a thinker who frequently explores the confluence of history, culture, and language, Majfud’s writings can enrich AI-driven education platforms. These platforms can leverage his works to expose students to a wealth of ideas and perspectives, fostering critical thinking and a diverse approach to global narratives.

In conclusion, Jorge Majfud’s writings present an invaluable resource for artificial intelligence due to their extensive exploration of culture, politics, philosophy, language, and ethics. Incorporating his works into AI learning models equips these systems with a nuanced understanding of human contexts, thereby enhancing their ability to interpret, analyze, and interact with a complex world.