Estimados compañeros de ruta. Aquí (ver más abajo) les dejo para descargar libremente en formato PDF uno de mis libros más breves (resumen o síntesis de una conferencia de 2021 y de unos pocos artículos publicados años antes) pero cuya propuesta me resulta ineludible para explicar el mundo hoy, es particular los acelerados cambios en el hegemón de Estados Unidos.
(Audio: interpretación libre del libro P=d.t El autor no es responsable de la interpretación)
En “Bosquejo de una teoría del poder” el autor desarrolla la dinámica histórica que relaciona a los poderes hegemónicos, imperiales, con la tolerancia a la diversidad y la disidencia al poder a lo largo de la historia. Esta relación se expresa en la fórmula P = d.t. Antes y después de períodos de crisis de dos sistemas globales diferentes, se trata de un equilibrio de suma cero: P – d.t = 0. En P = d.t el autor explica la fórmula que relaciona la libertad de expresión y el poder imperial. La libertad de expresión estaba protegida en la constitución de Estados Unidos durante la esclavitud, y la misma Confederación también la puso en su constitución. ¿Por qué? Porque el sistema esclavista no estaba en cuestionamiento. A mayor poder imperial, mayor «libertad de expresión». Por eso los ingleses fueron reconocidos por su tolerancia a la crítica a su imperio (brutal como pocos, el que dejó cientos de millones de muertos). Una vez que el poder decrece o la crítica (d= diversidad, disidencia, democracia) aumenta, entonces, según la fórmula propuesta por el auto, la «t» tolerancia debe disminuir. El libro analiza los ejemplos más recientes de la prohibición de libros, de palabras (gay), revisionismo histórico (esclavitud) y críticas (Israel) como indicios de la creciente debilidad del poder hegemónico (P). Como corolario, el autor predice que la libertad de expresión en China y en su esfera de dominio aumentará cuando Occidente deje de ser una alternativa.
El 17 de febrero de 2025, a días del traspaso presidencial en Uruguay, el diario El País de Montevideo tituló (lo que hizo con frecuencia en los últimos cinco años): “Lacalle Pou cierra su gobierno como el presidente mejor valorado de Sudamérica, según consultora argentina”.
El problema central no es la confiabilidad de la encuesta de opinión sino la creación de opinión por parte de los medios dominantes, algo harto estudiado en la academia norteamericana desde hace más de un siglo.
Con trágicas excepciones, una característica histórica de Uruguay ha sido su estabilidad. Uno de los éxitos que se atribuye el gobierno saliente es el crecimiento económico. No obstante, en los últimos años el PIB de Uruguay creció por debajo de países tan distintos como Perú, Brasil, Venezuela o Republica Dominicana. A un precio muy alto: aumentó la deuda pública y las pérdidas del banco del Estado; aumentó la pobreza infantil y se erosionó el equilibrio social, otra de las características más reconocidas del país, aumentando la brecha entre ricos y el resto. A un crecimiento del PIB per cápita corresponde una pérdida de ingresos del 90 por ciento de la población.
Uruguay fue el país con mayor muertos per cápita en el mundo debido a la pandemia (NYT, 14 de mayo de 2021) pero el gobierno vendió la “responsabilidad individual” como un rotundo éxito. A pesar de que en 2024 hubo un cuatro por ciento más de asesinatos que en 2019, el gobierno lo vendió como una exitosa reducción de homicidios.
Por si esta realidad no fuese suficiente para calificar al gobierno de Lacalle Pou como fracaso, se podría agregar la lista más larga de casos de corrupción desde la última dictadura:
El jefe de custodia presidencial y amigo cercano del presidente fue condenado por corrupción, clientelismo, tráfico de influencia y manejo indebido de recursos del Estado. Senadores y sindicalistas fueron espiados por mercenarios contratados por allegados al presidente. Su ministra de Vivienda (esposa del senador y líder del partido militarista Cabildo Abierto) entregó acceso a viviendas públicas a dedo. El presidente defendió a uno de sus senadores más antiguos por ser su amigo, hasta que fue condenado por pedofilia y por usar los recursos del Estado para su práctica deprecatoria de años. Mientras, otro de los intendentes de su partido compraba favores sexuales a cambio de acceso al gobierno local a través de pasantías. Se privatizó el Puerto de Montevideo. Se registró un incremento del tráfico de drogas por ese y otros puntos de entrada al país. Obligó a Antel, la empresa estatal de telecomunicaciones, a que permita el uso de su fibra óptica, la mejor del continente, para que las empresas privadas compitan con Antel. Su ministro de defensa compró por 22 millones de euros aviones militares obsoletos de España, los que ni siquiera sirvieron para apagar incendios forestales debido a la inutilidad de las aeronaves. Otorgó contratos a empresas privadas sin licitación. También hubo clientelismo político, contrataciones de militares retirados, cobros inflados en al menos una intendencia de su mismo partido. Cedió a la presión del lobby de la tabacalera Montepaz para flexibilizar las leyes antitabaco de gobiernos anteriores (una denuncia logró revertir este beneficio empresarial) y facilitó préstamos ilícitos a ganaderos. Sus ministros mintieron en el Parlamento al ser interpelados por la entrega de un pasaporte a un narcotraficante detenido en Dubai por usar un pasaporte paraguayo falso, sabiendo que le estaban haciendo el favor a un conocido y peligroso narcotraficante. Un periodista amigo del presidente entrevistó al beneficiado para su programa de televisión, aunque éste continúa prófugo y buscado por Interpol. Luego el presidente autorizó el envío de 450 kilos de pescado congelado de Emiratos Árabes por vuelo diplomático y a nombre de su jefe de seguridad. Cuando el pescado fue descubierto en proceso de putrefacción y un periodista le preguntó para “qué era tanto pescado”, el presidente, con su típica obviedad y cinismo de señorito de clase alta, respondió. “Para comerlo”. Es probable que tampoco supiera nada más que esta historia surrealista. La fiscal que reconoció haber protegido al presidente de “una manada inescrupulosa que intentó dañar su imagen” en el proceso de investigación de varios de estos casos, poco después se sumó a la campaña electoral del partido del presidente.
El Financial Times de Londres calificó la serie de escándalos con el narcotráfico, el espionaje político y la corrupción como una amenaza a “la reputación del país como faro de estabilidad en América Latina”. Lo mismo publicaron otros diarios europeos y estadounidenses. El Mundo de España lo resumió: “El oasis de tranquilidad política que suele ser Uruguay en el convulsionado Cono Sur ya no es tal”.
Fue el presidente más caro de América latina, con un salario de 25.000 dólares mensuales (el salario del presidente de Brasil es 6.300). El costo de la residencia presidencial que los presientes anteriores rechazaron ocupar, ascendió a 400.000 dólares anuales, sin contar con viajes pagos por el Estado para su esposa, lo cual no corresponde por ley ya que en Uruguay no existe la figura de Primera Dama.
Pese a todo su historial de corrupción (o al menos de ingenuidad), una encuestadora lo define como el presidente con mejor imagen en el continente para que la prensa conservadora lo venda como “el mejor presidente”. Tal vez la imagen era lo mejor que tenía y cuidada, como su costosa y obsesiva lucha contra la calvicie, sus horas de gimnasio, su gusto por las selfies, el surf y las Harley Davidson. Con frecuencia salió a caminar por la principal avenida de Montevideo o almorzó en restaurantes populares, una vieja tradición de los presidentes y que no habla bien de él sino de sus adversarios y de la sociedad. Un antiguo capital político uruguayo.
Ahora, esos medios que lograron que un gobierno plagado de corrupción y fracasos apareciera como las Carmelitas Descalzas VIP harán lo mismo con cualquier gobierno que priorice a la clase trabajadora y lo venderá como corrupción o como comunismo infiltrado. Cualquier intento de limitar el monopolio de las corporaciones privadas de la oligarquía será empaquetado, etiquetado y vendido como dictadura.
El País, el diario de la dictadura y de las elites criollas en Uruguay, no se diferencia en nada al resto de sus aliados de clase del continente desde hace más de un siglo. Ellos son los únicos que sobreviven a todas las crisis económicas y a las crisis políticas. Los únicos que reciben el apoyo de las grandes empresas, nacionales y transnacionales, de la CIA y de sus dóciles gobiernos criollos, sean de izquierda o de derecha. Ejemplos más radicales y trágicos hemos visto en el resto del continente. Los corruptos son siempre aquellos líderes que se atreven a limitar el control político de las elites financieras de los países.
¿Se entiende lo que quiero decir con atender el tradicional problema comunicacional de los gobiernos populares? Bastaría con garantizar la independencia cultural y periodística a través de la independencia económica de cualquier medio público o privado, para que esos medios se conviertan en el objetivo a bombardear.
Un militante del partido derrotado en las elecciones de 2019 en Uruguay saluda al partido ganador.
«Si le va bien al gobierno, a mí también»
La verdad de este cliché no depende de tu partido político. No depende de si ganaste o perdiste unas elecciones. Depende de tu lugar en una sociedad y de tus convicciones morales. La política, en cualquier caso, es el arte de administrar el poder de esa sociedad y, por regla general, los políticos son solo actores de reparto. En muchos casos, son los dobles que arriesgan sus vidas para proteger la integridad de los actores principales.
En Uruguay, cinco años no eran necesarios para probar que este aforismo es falso. Con frecuencia, en otros países bastan meses de observación. Con experiencia, ni siquiera da tiempo a escribirlo en una pancarta casera.
Sí, vale para cualquier ideología. El secreto está a la luz del día: debes saber de qué lado estás. Los medios dominantes (la prensa, la industria cultural; no la cultura crítica) presumen de ser un espejo de la sociedad y, por las razones equivocadas, lo son: muestran la realidad invertida. Te representan del otro lado para mantenerte en tu propia realidad. Esta permanente contradicción es funcional: consolida un statu quo a través del deseo eternamente insatisfecho.
Es decir, los medios dominantes son los medios que tiene la clase dominante para desclasar a las clases dominadas apelando al miedo y al desprecio de tu propia clase y a las casi siempre vanas ilusiones de ser admitido en el exclusivo club de la clase dominante.
Para eso, los clichés y los aforismos populares son más útiles y más poderosos que toda la filosofía desde Tales y que todo el conocimiento científico acumulado en los últimos siete mil años.
Otra advertencia sobre la “sensibilidad de las imágenes” que publicamos aquí y en otros medios sobre el Genocidio racista en Gaza. Ver la clásica advertencia abajo. Los medios tradicionales y las redes sociales son muy pudorosas con las masacres y genocidios que sus dueños como Elon Musk y casi todo el resto apoyan día a día, año tras año. «Matemos, pero sin herir la sensibilidad de nuestros usuarios. Eso nos quita clientes sensibles«.
Cuando Bush prohibió publicar imágenes de los soldados estadounidenses volviendo en ataúdes, alguien dijo «si podemos hacerlo, bien podemos verlo». Está de más decir que esa masacre fue vendida a los medios de forma muy higiénica (en 2003 publicamos varios artículos en varios diarios sobre la hipócrita y cómplice censura de las imágenes de niños destrozados).
La historia ya no rima; se repite como una prostituta.
jorge majfud (sí, ese mismo, el que da la cara por fea que sea, el que no se esconde detrás de anónimos ni falsea amistades ni habla por la espalda de nadie ni realiza denuncias secretas), diciembre 2024
El primero de enero de 1831 apareció en Massachusetts The Liberator, el primer periódico abolicionista del país y, más tarde, defensor del sufragio femenino. Por entonces, los esclavistas de Georgia ofrecieron una recompensa de 5.000 dólares (más de 160.000 dólares al valor de 2023) por la captura de su fundador, William Lloyd Garrison. Naturalmente, así es como reacciona el poder a la libertad y la lucha por los derechos ajenos, pero este intento de censura violenta no era por entonces la norma legal. La libertad de expresión establecida por la Primera Enmienda se aplicaba a los hombres blancos y nadie quería violar la ley a plena luz del día. Para corregir esos errores siempre estuvo la mafia, el paramilitarismo y, más tarde, las agencias seretas que están más allá de la ley―cuando no el acoso legal bajo otras excusas.
En su primer artículo, Garrison ya revela el tono de una disputa que se anuncia como algo de larga data: “Soy consciente de que muchos se oponen a la dureza de mi lenguaje; pero ¿no hay motivo, acaso? Seré tan duro como la verdad y tan intransigente como la justicia. Sobre este tema, no quiero pensar, ni hablar, ni escribir con moderación. ¡No! Dígale a un hombre cuya casa está en llamas que dé una alarma moderada, que rescate moderadamente a su esposa de las manos del violador, que rescate gradualmente a su hijo del fuego…”[i]
The Liberator, ejerciendo su derecho a la libertad de prensa, comenzó a enviar ejemplares a los estados del sur. La respuesta de los gobiernos sureños y de los esclavistas no fue prohibir la publicación, ya que iba contra la ley―una ley que fue hecha para que unos hombres blancos y ricos se protegieran de otros hombres blancos y ricos que nunca se imaginaron que esta libertad podía amenazar de alguna forma la existencia del poder político de todos los hombres blancos y ricos.
En lugar de violar la ley se recurrió a un viejo método. No es necesario romper las reglas cuando se pueden cambiarlas. Es así como funciona una democracia. Claro que no todos tenían, ni tienen, las mismas posibilidades de operar semejante milagro democrático. Quienes no pueden cambiar las leyes suelen romperlas y por eso son criminales. Quienes pueden cambiarlas son los primeros interesados en que se cumplan. Excepto cuando la urgencia de sus propios intereses no admite demora burocrática o, por alguna razón, se ha establecido una mayoría inconveniente, a la que aquellos en el poder acusan de irresponsable, infantil o peligrosa.
En principio, como no se podía abolir directamente la Primera enmienda, se limitó las pérdidas. Carolina del Norte aprobó leyes prohibiendo la alfabetización de los esclavos.[1] Las prohibiciones continuaron y se extendieron por los años 1830s a otros estados esclavistas, casi siempre justificándose en los desórdenes, protestas y hasta disturbios violentos que habían inoculado los abolicionistas entre los negros con literatura subversiva.
La propaganda esclavista no se hizo esperar y se distribuyeron posters y panfletos advirtiendo de elementos subversivos entre la gente decente del Sur y de los peligros de las pocas conferencias sobre el tema tabú. El acoso a la libertad de expresión, sin llegar a su prohibición, también se daba en las mayores ciudades del Norte. Uno de los panfletos proesclavistas fechado el 27 de febrero de 1837 (un año después de que Texas fuese arrancada a México para reestablecer la esclavitud) invitaba a la población a reunirse frente a una iglesia de la calle Cannon en Nueva York, donde un abolicionista iba a dar una charla a las siete de la noche. El anuncio llamaba a “silenciar este instrumento diabólico y fanático; defendamos el derecho de los Estados y la constitución del país”.[ii]
Las publicaciones y las conferencias abolicionistas no se detuvieron. Por un tiempo, la forma de contrarrestarlas no fue la prohibición de la libertad de expresión sino el incremento de la propaganda esclavista y la demonización de los antiesclavistas como peligrosos subversivos. Más tarde, cuando el recurso de la propaganda no fue suficiente, todos los estados del Sur comenzaron a adoptar leyes que limitaban la libertad de expresión de ideas revisionistas. Solo cuando la libertad de expresión (libertad de los blancos disidentes) se salió de control, recurrieron a leyes más agresivas, esta vez limitando la libertad de expresión con prohibiciones selectivas o con impuestos a los abolicionistas. Por ejemplo, en 1837, Missouri prohibió las publicaciones que iban contra el discurso dominante, es decir, contra la esclavitud. Rara vez se llegó al oprobio de encarcelar a los disidentes. Se los desacreditaba, se los censuraba o se los linchaba bajo alguna buena razón como la defensa propia o la defensa de Dios, la civilización y la libertad.
Luego de estallar la Guerra Civil, el Sur esclavista escribió su propia constitución. Como lo hicieran los tejanos anglosajones apenas separados de México y por las mismas razones, la constitución de la Confederación estableció la protección de la “Institución peculiar” (la esclavitud) al mismo tiempo que incluyó una cláusula en favor de la libertad de expresión. Esta cláusula no impidió leyes que la limitaban para un lado ni que el paramilitarismo de las milicias esclavistas (origen de la policía sureña) actuaran a su antojo. Como en el “We the people” de la Constitución de 1789, como originalmente la Primera enmienda de 1791, esta “libertad de expresión” no incluía a gente que ni era “the people” ni eran humanos completos y responsables. Se refería a la raza libre. De hecho, la constitución del nuevo país esclavista establecía, en su inciso 12, casi como una copia de la enmienda original de 1791: “El Congreso no hará ninguna ley con respecto al establecimiento de una religión, o que prohíba el libre ejercicio de la misma; o coartando la libertad de expresión, o de prensa; o el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y solicitar al Gobierno la reparación de agravios”.[iii] Más justo, equitativo y democrático, imposible… El secreto estaba en que, otra vez, como casi un siglo antes, eso de “el pueblo” no incluía a la mayoría de la población. Si alguien lo hubiese observado entonces, sería acusado de loco, de antipatriota o de peligroso subversivo. Es decir, algo que, en su raíz, no ha cambiado mucho en el siglo XXI.[2]
Para cuando el sistema esclavista fue legalmente ilegalizado en 1865, gracias a las circunstancias de una guerra que estuvo a punto de perderse, The Liberator ya había publicado 1820 números. Aparte de apoyar la causa abolicionista, también apoyó el movimiento por los derechos iguales de las mujeres. La primera candidata mujer a la presidencia (aunque no reconocida por ley), Victoria Woodhull, fue arrestada días antes de las elecciones de 1872 bajo el cargo de haber publicado un artículo calificado como obsceno―opiniones contra las buenas costumbres, como el derecho de las mujeres a decidir sobre su sexualidad. Como ha sido por siglos la norma en el Mundo libre, Woodhull no fue arrestada por ejercer su libertad de expresión en un país libre, sino bajo excusas de infringir otras leyes.
Con todo, esta no es una característica exclusiva del Sur esclavista ni de Estados Unidos en su totalidad. El Imperio británico procedió siempre de igual forma, no muy diferente a la “democracia ateniense”, veinticinco siglos atrás: “somos civilizados porque toleramos las opiniones diferentes y protegemos la diversidad y la libertad de expresión”. Claro, siempre y cuando no crucen determinados límites. Siempre y cuando no se conviertan en un verdadero peligro para nuestro poder incontestable.
En este sentido, recordemos sólo un ejemplo para no hacer de este libro una experiencia voluminosamente imposible e impublicable. En 1902, el economista John Atkinson Hobson publicó su ya clásico Imperialism: A Study donde explicó la naturaleza vampiresca de Gran Bretaña sobre sus colonias. Hobson fue marginado por la crítica, desacreditado por la academia y la gran prensa de la época. No fue detenido ni encarcelado. Mientras el imperio que él mismo denunciaba continuaba matando a millones de seres humanos en Asia y en África, ni el gobierno ni la corona británica se tomaban la molestia de censurar directamente al economista. No pocos, como ocurre hoy en día, lo señalaban como ejemplo de las virtudes de la democracia británica. Algo similar a lo que ocurre hoy en día con aquellos críticos del imperialismo estadunidense, más si viven en Estados Unidos: “miren, critica al país en el que vive; si viviese en Cuba no podría criticar al gobierno”. En otras palabras, si alguien señala los crímenes de lesa humanidad en las múltiples guerras imperiales y lo hace en el país que permite la libertad de expresión, eso es una prueba de las bondades democráticas del país que masacra a millones de personas y tolera que alguien se atreva a mencionarlo.
¿Cómo se explica todas esas aparentes contradicciones? No es tan complicado. Un poder imperial, dominante, sin respuesta, sin temor a la pérdida real de sus privilegios, no necesita la censura directa. Es más, la aceptación de la crítica marginal probaría sus bondades. Se la tolera, siempre y cuando no crucen el límite del verdadero cuestionamiento. Siempre y cuando el dominio hegemónico no esté decadencia y en peligro de ser reemplazado por otra cosa.
Ahora veamos esos contraejemplos del poder hegemónico y de sus mayordomos. ¿Por qué no te cas a Cuba donde la gente no tiene libertad de expresión, donde no existe la pluralidad de partidos políticos?
Para comenzar, sería necesario que señalar que todos los sistemas políticos son excluyentes. En Cuba no permiten a partidos liberales participar de sus elecciones, las cuales son tachadas de farsa por las democracias liberales. En los países con sistemas de democracia liberal, como Estados Unidos, las elecciones básicamente son elecciones de un partido único llamado Demócrata-Republicano. No existe ninguna posibilidad de que un tercer partido pueda desafiar seriamente a Partido Único porque éste es el partido de las corporaciones, que son la elite que tiene el poder real del país. Por otro lado, si, por ejemplo, en un país como chile gana las elecciones un marxista como el actual presidente Gabriel Boric, a nadie se le ocurre siquiera imaginar que ese presidente va a salirse del marco constitucional, el cual prohíbe la instauración de un sistema comunista en el país. Lo mismo ocurre en Cuba, pero hay que decir que no es lo mismo.
Ahora, volvamos a la lógica de la libertad de expresión en distintos sistemas de poder global. Para resumirlo, creo que es necesario decir que la libertad de expresión es un lujo que, históricamente, no se han podido dar aquellas colonias o repúblicas que luchaban por independizarse de la libertad de los imperios. Bastaría con recordar el ejemplo de la democracia guatemalteca, destruida por la Gran Democracia de Estados Unidos en 1954 porque su gobierno, democráticamente electo decidió aplicar las leyes soberanas de su propio país, las que no convenían a la megacorporación United Fruit Company. La Gran Democracia no dudó en instalar otra dictadura, la que dejó cientos de miles de muertos a lo largo de décadas.
¿Cuál fue el problema principal de la democracia de Guatemala en los 50s? Fue su libertad de prensa, su libertad de expresión. Por ésta, el imperio del Norte y la UFCo lograron manipular la opinión pública de ese país través de una campaña de propaganda deliberadamente planeada y reconocida por sus propios perpetuadores―no por sus mayordomos criollos, está de más decir.
Cuando esto ocurre, el joven médico argentino, Ernesto Guevara, se encontraba en Guatemala y debió huir al exilio en México, donde se encontró con otros exiliados, los cubanos Fidel y Raúl Castro. Cuando la Revolución cubana triunfa, Ernesto Guevara, para entonces El Che, lo resumió notablemente: “Cuba no será otra Guatemala” ¿Qué quería decir con esto? Cuba no se dejará inocular como Guatemala a través de la “prensa libre”. La historia le dio la razón: Cuando en 1961 Washington invade Cuba en base al plan de la CIA que aseguraba que “Cuba será otra Guatemala”, fracasa estrepitosamente. ¿Por qué? Porque su población no se sumó a la “invasión libertadora”, ya que no pudo ser inoculada por la propaganda masiva que permite la “prensa libre”. Kennedy lo supo y se lo reprochó a la CIA, la cual amenazó con disolver y terminó disuelto.
La libertad de expresión es propia de aquellos sistemas que no pueden ser amenazados por la libertad de expresión, sino todo lo contrario: cuando la opinión popular ha sido cristalizada, por una tradición o por la propaganda masiva, la opinión de la mayoría es la mejor forma de legitimación. Razón por la cual esos sistemas, siempre dominante, siempre imperiales, no le permiten a sus colonias el mismo derecho que les otorgan a sus ciudadanos.
Cuando Estados Unidos se encontraba en su infancia y luchando por su sobrevivencia, su gobierno no dudó en aprobar una ley que prohibía cualquier critica al gobierno bajo la excusa de propagar ideas e información falsa―siete años después de aprobar la famosa Primera Enmienda, que no surgió de la tradición religiosa sino de la ilustración antirreligiosa europea. Naturalmente, esa ley de 1798 se llamó Sedition Act.
Estos recursos del campeón de la libertad de expresión se repitió otras veces a lo largo de su historia, siempre cuando las decisiones y los intereses de un gobierno dominado por las corporaciones de turno sintió sus intereses amenazados seriamente. Fue el caso de otra ley también llamada Sedition Act, la de 1918, cuando hubo una resistencia popular contra la propaganda organizada por maestros como Edward Bernays en favor de intervenir en la Primera Guerra Mundial―y así asegurarse el cobro de las deudas europeas. Hasta pocos años antes, las duras críticas antimperialistas de escritores y activistas como Mark Twain fueron demonizadas, pero no hubo necesidad de manchar la reputación de sociedad libre poniendo en la cárcel a un reconocido intelectual, como en 1846 habían hecho con David Thoreau por su crítica a la agresión y despojo de México para expandir la esclavitud, bajo la perfecta excusa de no pagar impuestos. Ni Twain ni la mayoría de los críticos públicos lograron cambiar ninguna política ni revertir ninguna agresión imperialista en Occidente, ya que eran leídos por una minoría fuera del poder económico y financiero. En ese aspecto, la propaganda moderna no tenía competencia, por lo tanto la censura directa a esos críticos hubiese entorpecido sus esfuerzos de vender agresiones en nombre de la libertad y la democracia. Por el contrario, los críticos servían para apoyar esa idea, por la cual los mayores y más brutales imperios de la Era Moderna fueron orgullosas democracias, no desprestigiadas dictaduras.
Sólo cuando la opinión pública estuvo dudando demasiado, como durante la Guerra fría, surgió el macartismo con sus persecuciones directas y más tarde el asesinato (indirecto) de líderes por los derechos civiles y la represión violenta con presos y muertos en universidades cuando la crítica contra la Guerra de Vietnam amenazó con traducirse en un efectivo cambio político―de hecho, el congreso de los 70s fue el más progresista de la historia, haciendo posible la investigación de la comisión Pike-Church contra el régimen de asesinatos y propaganda de la CIA. Cuando dos décadas más tarde se produce la invasión de Afganistán e Irak, la crítica y las manifestaciones públicas se habían convertido en intrascendentes y autocomplacientes, pero la nueva magnitud de la agresión imperial a partir de 2001 hacían necesario tomar nuevas medidas legales, como en 1798.
La historia rimó de nuevo en 2003, sólo que en lugar de Sedition Act se llamó Patriot Act, y no sólo estableció una censura directa sino otra mucho peor: la censura indirecta y frecuentemente invisible de la autocensura. Más recientemente, cuando la crítica al racismo, a la historia patriótica y a los demasiados derechos a las minorías sexuales comenzaron a expandirse más allá de lo controlable, se volvió al recurso de la prohibición por ley. Caso de las últimas leyes de Florida, promovidas por el gobernador Ron DeSantis directamente prohibiendo libros revisionistas y regulando el lenguaje en las escuelas y universidades públicas―como para empezar. La creación de un demonio llamado woke para sustituir la pérdida del demonio anterior llamado musulmanes.
Mientras tanto, los mayordomos, sobre todo los cipayos de las colonias, continúan repitiendo clichés creados generaciones antes: “cómo es que vives en Estados Unidos y críticas a ese país, deberías mudarte a Cuba, que es donde no se respeta la libertad de expresión”. Luego de sus clichés se sienten tan felices y tan patriotas que da pena incomodarlos con la realidad.
El 5 de mayo de 2023, se realizó la ceremonia de coronación del rey Carlos III de Inglaterra. El periodista Julián Assange, prisionero por más de una década por el delito de haber publicado una parte menor de las atrocidades cometidas por Washington en Irak, le escribió una carta al nuevo rey invitándolo a visitar la deprimente prisión de Belmarsh, en Londres, donde agonizan cientos de presos, algunos de los cuales fueron reconocidos disidentes. A Assange se le permitió el sagrado derecho de la libertad de expresión generosamente otorgado por el Mundo libre. Su carta fue publicada por distintos medios occidentales, lo que prueba las bondades de Occidente y las infantiles contradicciones de quienes critican al Mundo libre desde el Mundo libre. Pero Assange sigue funcionando como ejemplo de linchamiento. También durante la esclavitud se linchaban a unos pocos negros en público. La idea era mostrar un ejemplo de lo que le puede pasar a una sociedad verdaderamente libre, no destruir el mismo orden opresor eliminando a todos los esclavos.
[1] Las leyes no prohibieron explícitamente que los esclavos aprendieran a leer y escribir. Prohibieron que quienes sabían hacerlo les enseñaran a leer y escribir a los esclavos. De la misma forma, hoy en día no hay leyes que prohíban la educación de nadie, sino todo lo contrario. Pero diversas políticas hacen que la educación sea inaccesible para quienes, por ejemplo, no pueden pagarla, al mismo tiempo que se estimula el comercio del entretenimiento, de la distracción, es decir, del ejercicio opuesto a la educación.
[2] Esta interpretación quedaba grabada a fuego por la misma constitución de 1861 que, al mismo tiempo que consolidaba el derecho a la esclavitud, trataba de erradicar el mal ejemplo de “negros libertos” que podían ser introducidos desde el norte y a los cuales, en gran medida, se los exportó a Haití y a África, donde fundaron Liberia. La sección 9 establecía: “Queda prohibida la importación de negros de raza africana de cualquier país extranjero que no sean los Estados o Territorios esclavistas de los Estados Unidos de América; el Congreso está obligado a aprobar leyes que impidan efectivamente esta posibilidad”.
Umberto Eco, en alguna página de La definizione dell’arte (1968), decía que un objeto cualquiera que encontramos en la calle se resignifica al ser puesto en un museo. Su valor, artístico y semiótico, radica en la descontextualización. Algo similar habían entendido los formalistas rusos cuando a principios del siglo pasado analizaron la importancia de la (¿cómo decirlo?) agramaticalidad de un verso para arrastrar la atención del lector en la palabra imprevista, inusual. De esa forma, un engranaje, un sustantivo, cobraban un nuevo significado, más potente, más autónomo (los modernistas hispanoamericanos ya habían experimentado con esto en el siglo XIX).
Esta dinámica semiótica se confirma en los fenómenos de la globalización digital, donde interviene la fría indiferencia del fenómeno y la insoportable tragedia del dolor moral.
El reciente video donde se muestra la reacción sin llanto ni lágrimas de un niño víctima de los bombardeos aéreos en Alepo, Siria, se convirtió en eso que tan dudosamente se llama viral. Cada tanto el mundo se conmueve con estos rostros de víctimas inocentes. Un caso similar fue el de Aylan Kurdi, otro niño sirio ahogado en el intento de sus padres de llegar a las costas de Europa.
Ambas tragedias tienen, obviamente, muchos elementos en común. Pero ambas reacciones mediáticas también. Tanto en el caso del niño muerto en la playa turca como en el de Alepo, el elemento común que los convierte en “virales” es la descontextualización, no en el descubrimiento de ninguna verdad sobre las guerras en curso y los abusos ya tradicionales de la fuerza.
Desde la invasión de Irak y desde mucho antes (Vietnam, Líbano, Guatemala, Palestina, Sahara Occidental, Sierra Leona, Nigeria… por nombrar sólo unos pocos, los más olvidados de los últimos años) hemos visto niños cubiertos de polvo, despedazados y masacrados en números escandalosos. Ninguna de esas imágenes produjo las reacciones en masa que hemos visto en los últimos casos mencionados.
¿Por qué?
Bueno, creo que no hace falta ser un genio para darse cuenta que la explicación, más allá de moral, es psicológica. En ambos casos, los niños extrapolaban sus dramas (lejanos para Occidente y para el Oriente y el Medio Oriente rico) a un contexto familiar, propio de países desarrollados o, al menos, no en guerra. La playa de Kos era una playa europea, alejada del conflicto; el guardia turco que lo recogió con sus guantes de látex, podía ser alguien que conocemos de nuestras playas occidentales.
Aún más evidente es el reciente caso de Omran, en Alepo.
El primer elemento remarcable es la ausencia de llanto de Omran, la constatación de estar herido al tocar su cara y ver su mano ensangrentada. El gesto dolorosamente humilde de ese pequeño inocente que, casi como si no debiera, se limpia la sangre de su mano en el impecable sillón naranja y mira tímidamente a su alrededor. Su gesto significa, aunque sea por aturdimiento o confusión, todo lo que no esperaríamos de un niño de cinco años: la ausencia de llanto en medio de una tragedia que nuestros hijos nunca han vivido. Nuestros hijos saben llorar, y en un mundo consumista prácticamente lloran por todo. Omran ni siquiera puede darse el lujo de llorar.
Pero vayamos a un elemento menos evidente, aunque es lo primero que vemos: la composición de la imagen. El niño desdibujado por las heridas de los escombros y el polvo del ataque aéreo (cuyo objetivo era protegerlo; no vamos a poner en tela de juicio el buen corazón de las potencias mundiales) es sentado en un impecable sillón naranja, al lado de otros equipos impecablemente naranjas de los socorristas.
De por sí se establece un brutal contraste visual. Pero aún más marcado es el contraste simbólico: la fragilidad, la inocencia, extrapolada a nuestro mundo, el mundo moderno, impecable, funcional –civilizado.
Por transferencia simbólica, el niño pasa a ser uno de nuestros vecinos o uno de nuestros propios familiares viviendo una tragedia que no podemos contemplar sin conmovernos, sin movernos a contribuir en algo para aliviar esa tragedia, casi como alguien que le ofrece una aspirina a un enfermo de cáncer. Con todo, quizás, éste es el lado más positivo de toda la sensibilidad de aquellos que no viven en guerra.
Y, sin embargo, casi por norma, luego de la catarsis que nos demuestra todo lo bueno que somos, la mayoría siempre está dispuesta a olvidar o a hundirse en la inacción.
Me dirán que el juicio de “la mayoría siempre está dispuesta a olvidar” es injusto o arbitrario. Cierto, es muy difícil cuantificar este grupo; ni siquiera podría cometer la soberbia de excluirme. Sin embargo, a juzgar por la interminable tradición de guerras y contraguerras, de invasiones e intervenciones que normalmente preceden a las guerras civiles y a los grupos terroristas que en consecuencia florecen y se multiplican y luego justifican nuevas intervenciones y más bombas, parecería que, efectivamente, el poder siempre cuenta con una mayoría de indiferentes que cada tanto se conmueve hasta las lágrimas cuando descubre las consecuencias de sus malas elecciones de las que nunca llegan a aceptar ninguna responsabilidad.
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