Criminales sí, poetas no

El 6 de abril de 2007, el cubano Luis Posada Carriles fue perdonado de todo cargo por una jueza federal de Texas. Dos años atrás, Posada Carriles había sido detenido por entrar al país de forma ilegal a través de la frontera con México, luego de que la presidenta Mireyas Moscoso de Panamá lo indultara en 2000 por mediación del presidente Bill Clinton. Un agente de la CIA asignado al caso, había reconocido en un artículo del New York Times del 13 de julio de 1998 que, desde el principio de la investigación, “Bosch y Posada eran los principales sospechosos; no había ningún otro”.  Ni lo hubo nunca.

Exactamente veinte años antes, el cubano Orlando Bosch también había sido arrestado por entrar ilegalmente a Estados Unidos. Ninguno de los dos se había arriesgado a lanzarse en una balsa desde Cuba para ampararse a la vieja y atractiva ley de Pies mojados, pies secos. Sin Embargo, el entonces secretario de comercio de Florida, Jeb Bush, intercedió y su padre, el presidente de Estados Unidos y ex director de la CIA, George H. Bush, perdonó a Orlando Bosch quien, según la CIA y el FBI, era el autor de al menos treinta actos terroristas en suelo estadounidense y en otros países, como el auto bomba que, en 1976 le costara la vida en Washington a Ronni Moffitt y al ex ministro de Salvador Allende, Orlando Letelier. Este atentado terrorista fue ordenado por Pinochet y ejecutado por Michael Townley y sus amigos cubanos de Miami y Unión City. Creo haber explicado de forma extensa y bastante clara este rompecabezas imposible en el libro 1976. El Exilio del terror.

Durante los años 70, los ataques terroristas por la libertad, la mayoría planeados en Florida y Nueva Jersey, continuaron con aún más virulencia desde su creación en 1959. Los mismos grupos de cubanos exiliados con base en Miami realizaron 16 atentados en Cuba (entre bombardeos y la introducción de agentes patógenos) y 279 en Estados Unidos. Solo entre 1974 y 1976, Washington reconoció 113 atentados en el país y 202 en otros 23 países. En Miami, en solo dos años, lograron explotar 200 bombas, algunas de ellas en la Oficina del Fiscal, en las oficinas del FBI y en el Departamento de Policía. Cinco exiliados cubanos fueron asesinados por sus propios camaradas. Uno de los conocidos líderes del exilio e informantes del FBI, El Mono Ricardo Morales, no se presentó el día del juicio contra uno de sus camaradas.

Entre otras líneas de su currículum, Posada Carriles (como más de otros mil “combatientes”) había participado de la fallida invasión de Cuba en Bahía Cochinos, en diversos atentados terroristas contra la isla hasta entrado el siglo XXI y en el acoso a Nicaragua en los ochenta desde la base aérea estadounidense de Ilopango junto con decenas de otros operadores secretos, a las órdenes del coronel Oliver North. Según el New York Times del 15 de octubre de 1986, por entonces la base salvadoreña, centro de operaciones de la CIA, contaba con “más de 60 helicópteros comunes, 12 helicópteros de combate y por lo menos cinco AC’47 y 10 aviones de combate”.

En los ochenta y en los noventa, los atentados con bomba no se detuvieron con el ingreso a la política de los principales empresarios que los apoyaban, como Jorge Mas Canosa. Solo en 1989 se registrarán 18 atentados con bombas. Casi todos impunes. Casi todos sus autores olvidados por la prensa, a excepción de unos pocos, como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch y El Mono Morales.

Enterados de la aparición del agente Posada Carriles en 2000, los gobiernos de Cuba y de Venezuela solicitaron su extradición para ser juzgado por actos de terrorismo. La CIA sabía y el FBI informó que, entre varios actos de terrorismo, Posada Carriles era el principal sospechoso de la bomba que mató a 73 personas del vuelo 455 de Cubana de Aviación en 1976. Su amigo Orlando Bosch (ambos agentes secretos de la policía de Venezuela) había definido el acto como un “acto legítimo de guerra”. Pese a que el mismo Posada Carriles reconoció haber sido el autor de otros actos de terrorismo, como explosiones de bombas en lugares públicos, la jueza federal de El Paso, Texas, Kathleen Cardone, estableció una fianza de 250,000 dólares para su liberación y obligó al condenado a residir en una casa de Miami con su esposa. Su extradición fue desestimada bajo el argumento de que en países como Cuba o Venezuela el acusado podría ser sometido a prácticas de tortura. A pesar de que el FBI lo definió como “un terrorista peligroso”, Posada Carriles no será enviado al centro de tortura que la CIA y el gobierno de Estados Unidos mantienen en territorio extranjero, en Guantánamo, sino a Miami, donde vivirá sus últimos once años de vida en libertad, caminando por la Calle 8 y disfrutando de las interminables playas de Florida.

Según el fiscal general de Estados Unidos, Dick Thornburgh, Bosch era “un terrorista que nunca se arrepintió”. Para el fiscal Joe Whitley, siempre fue “una amenaza a la Seguridad Nacional”. Nada de lo cual les impidió a él y a otros terroristas como Posada Carriles jubilarse y vivir protegidos en Miami. Para entonces, un centenar de asesinos y genocidas de esos países horribles del sur vivían libremente en Florida como si fuesen respetables hombres de negocios de traje y corbata. Los generales Carlos Eugenio Vides Casanova y José Guillermo García, responsables de violaciones y matanzas en la dictadura proxy de El Salvador, serán sólo tres de los casos más conocidos en Florida.

Según el Center for Justice and Accountability (CJA) con sede en San Francisco, cientos de terroristas y genocidas de todo el mundo que alegan haber luchado por la libertad asesinando a todo el que pensara diferente viven en Estados Unidos, algunos con otros nombres. Algunos no tuvieron tanta suerte, como el general Inocencio Montano, responsable de las matanzas en El Salvador durante los años 80 y 90. Montano fue descubierto en Florida, llevando una vida de honorable abuelo de familia, y fue extraditado a España en 2016. Su pecado no consistirá en haber matado a miles de salvadoreños sino a ciudadanos españoles en la masacre de jesuitas de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en 1989.

En 2005, el cubano y especialista en inmigración radicado en Washington José Pertierra lo resumirá de forma clara: “Si Posada Carriles fuera miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos en vez de terrorista, la cosa sería diferente. No pudiera aspirar a entrar a Estados Unidos. El Departamento de Seguridad Nacional les niega las visas a los poetas y artistas cubanos, pero le concede libre entrada al país a los terroristas. Cuba es uno de los siete países que Estados Unidos considera terroristas, y con ese pretexto el gobierno de George W. Bush les niega la entrada a los músicos, poetas, periodistas, escritores, y académicos cubanos por el simple hecho de que, como viven y trabajan en Cuba, son empleados del gobierno…”

jorge majfud, marzo 2025

Documento de la CIA desclasificado en marzo de 2025

Documento completo en : https://www.archives.gov/files/research/jfk/releases/2025/0318/180-10145-10308.pdf

Más detalles en el libro publicado en 2024, 1976 y La frontera salvaje.

Documeto de la CIA desclasificado en marzo de 2025: Howard Hunt (identificado como Hardway Hunt peero inconfundible por su record descrito en páginas anteriores, aparece confirmado en Montevideo (1957) y como asistente de la OTAN en 1966.

Jorge Majfud, marzo 2025

https://www.pagina12.com.ar/814382-la-casa-se-reserva-el-derecho-de-admision

Evangelio existencialista del inmigante

Evangelio existencialista del inmigante

En este país que es un país y son muchos países, en esta gente que es un pueblo y son muchos pueblos nunca estarás en un lugar preciso ni serás un individuo concreto sino muchos lugares y muchos individuos.

Te sentarás en un restaurante de comida mexicana y apoyarás los codos en esa mesita larga con azulejos que parecerán hechos a mano en el Zócalo o en Sevilla, con paredes que lucirán pintadas por un artista único para un lugar único.

Por ninguno de esos detalles podrás decir si estás en Amarillo, Texas, o en El Cajon, California, o en Bonita Springs, Florida, o en Rio Grande, New Jersey. Las mesas con azulejos típicos de México o de Sevilla serán iguales, que es lo mismo que decir que serán las mismas mesas. Y también los olores y los cuadros y los pisos de cerámica y el paisaje por la ventana y la chica que aparecerá y te sonreirá. Será siempre esa misma sonrisa que irá incluida en el mismo menú y al mismo precio y no te importará porque sabrás que estás pagando para que te sonría, amable, linda, casi como si te simpatizara.

Como si te conociera.

Porque en el fondo ya te conoce.

Te ha sonreído antes en otros rostros como el tuyo que para ella es el mismo rostro. Y en el fondo sabrás que no es sincera pero ella no lo sabe y a ti tampoco te importará. Porque para caras largas estarán las oficinistas del gobierno, que también cobran pero fuera del círculo feliz del sistema, como lo llamarás si te llamas Ernesto, el criticón.

Y si vas dos veces, tres, cinco veces al mismo lugar, al mismito, vas a encontrar los mismos tacos y las mismas tortillas con salsa picante y las mismas fajitas y la misma margarita y una chica parecida con una sonrisa parecida, por el mismo precio. Pero la chica tampoco será la misma aunque sea lo mismo decir que es la misma chica.

Porque aquí todo está en movimiento. Todo es siempre nuevo aunque sea lo mismo. Todo corre como un río que se repite en cada atardecer. Pero nunca podrás conducir dos veces en la misma autopista. Serán otros los carros y serán los mismos. Nunca podrás pasar dos veces por el mismo self-service aunque el mismo self-service con el mismo hindú y los mismos hispanos comprando las mismas cervezas sin alcohol estén en muchas otras partes de muchos otros estados.

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo. Otras serán las muchachas de sonrisas azules y los viejos calvos con trajes de oficinistas y las viejas joviales de pelo corto y paso ejecutivo. Y serán los mismos.

Todo se moverá sin parar y nada cambiará, como si te pudieras perder en tu propia casa. Y con cierto placer te perderás por Virginia y por Texas y por Arizona y por California y descansarás en todos sus hoteles y moteles que por el mismo precio serán el mismo cuarto y el mismo baño y las mismas luces sobre un estacionamiento más o menos igual, el mismo césped recién cortado y las mismas flores recién trasplantadas.

Y casi con placer vivirás huyendo de algo, de alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí.

Y te sentirás nadie y te sentirás todos, y te llamarás Ernesto o Guadalupe, José María o María José, y serás un poco de cada uno y serás el mismo que come ahora en un Chili´s en Nevada y en un On the Border en Georgia, y tendrás los mismos sueños por el mismo precio y los mismos miedos por el mismo estatus legal, y las mismas ideas por la misma educación.

Y serás un expulsado de tu país y un perseguido en este, si eras pobre. O no te perseguirán y serás un exiliado con algunos privilegios si llegaste a un título universitario antes de venir. Pero siempre serás un golpeado, un resentido por la peor suerte de tus hermanos y hermanas que no conoces. Esos hermanos a los que te une tantas cosas y a veces solo un idioma.

Y de cualquier forma sufrirás por ser un outsider que ha aprendido a disfrutar esa forma de ser nadie, de perderse en un laberinto anónimo de restaurantes, moteles, mercados, plazas, playas lejanas, montañas sin cercos, desiertos sin límites, tiempos de la memoria sin espacio, países dentro de otros países, mundos dentro de otros mundos.

Y huirás sin volver nunca pero al final siempre huirás hacia la memoria que te espera en cada soledad llena de tanta gente que nunca conocerás aunque duerman a tu lado.

Y sólo tendrás una patria segura pero será intangible como el viento. Tendrás sólo una patria, un refugio hecho de memorias fantásticas sobre las profundas raíces del castellano y sobre las movedizas arenas de otras costumbres.

Jorge Majfud (del libro Crisis, 2012)

Cuando «muerto de hambre» es un insulto

Es interesante cómo los fachopobres insultan haciendo referencia a la necesidad económica de alguien. En parte, el señor policía que me acusa de haberme ido a Estados Unidos porque me estaba muriendo de hambre, tiene alguna razón. Me fui de Uruguay por la mega-crisis neoliberal de 2002 (la de ustedes, que les ofende cuando la llamamos así), la que vació bancos y a la clase trabajadora, de la cual siempre he formado parte. Me vine a Estados Unidos invitado por la Universidad de Georgia, no por ser capitalista sino todo lo contario, por no serlo. Los verdaderos capitalistas (no los pobres que se definen como tal y no lo son) no emigran; no necesitan hacerlo a pesar de que tienen garantizada casi cualquier visa de entrada, menos la de estudiante. Los verdaderos capitalistas envían sus inversiones para succionar el esfuerzo ajeno en otros países y se quedan en la comodidad de sus feudos. Si arriesgan algo es un poco de (su) dinero. Nunca van al frente y ponen el cuerpo y el alma emigrando a un país lejano y diferente, sin dinero.

Cuando en 2003 pasé los exámenes internacionales de ingreso a la universidad (TOEFL, GRE…), me vine con mi esposa sin ninguna ayuda familiar, no porque nuestros padres no quisieran ayudar sino porque no podían ni nosotros lo hubiésemos aceptado, como no aceptamos cuando aquí me querían prestar autos y dinero cuando me veían caminando de noche bajo la lluvia. Como muchos inmigrantes, envié remesas (cada mes sin faltar uno, por años) que les sirvió a otros. Trabajé (como lo hago desde los 10 años) y estudié 16 horas al día los 7 días de la semana. Nunca tuve ningún “sueño americano”, así que nunca me sentí frustrado. En Estados Unidos me rodearon nuevos amigos, colegas y gente que los fachos nunca llamarían “muertos de hambre” pero sí “comunistas”, porque los adjetivos son los únicos recursos intelectuales de la mediocridad. Algunos debían serlo. Creo que la mayoría ni eso. Cierto, nunca fui amigo de millonarios, aunque trabajé en muchas comisiones con gente que sí lo era (algunos amigos de los Clinton y de los Bush) y todos ellos saben qué pienso porque conmigo hasta las agencias secretas y los espías pierden dinero: lo que pienso y digo está publicado de antemano. Cené más de una vez en casas de esos multimillonarios, por compromiso profesional. Nunca los insulté, pero en sus mesas repetí lo que pensaba del capitalismo y del robo a la clase trabajadora. Jamás les pedí un favor especial.

Creo haber aprendido bastante de la experiencia, desde ordeñar vacas a las cinco de la madrugada en invierno y plantar papa bajo el sol del verano, repartir remedios en bicicleta a medianoche, dormir en hoteles 5 estrellas en Asia, en carpa en Europa, en la calle en Medio Oriente, en África en la cabina de un camión, entre el rugido de los leones, en la selva de América Central… Y sí, también pasé hambre. Mi récord fueron cinco días sin comer cuando era estudiante de arquitectura en Montevideo, pero hay casos mucho peores y nunca me quejé por eso. Pero resulta que es uno el “resentido social” por no agacharse a lamerle los zapatos a los poderosos.

Siempre me quedarán muchas cosas por comprender, como que un pobre llame “muerto hambre” a otro pobre o a alguien con problemas económicos como si eso fuese un insulto.

Jorge Majfud, febrero 2025.

https://twitter.com/majfud/status/1890868894719512997

https://editorialcuatrolunas.com/libros/narrativa/el-mismo-fuego/

Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

On the dehumanization of poor immigrants 

Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

La lucha por los derechos de los inmigrantes es la lucha por los Derechos Humanos, eso que cada día se evidencia como irrelevante cuando no sirven los intereses de los poderosos. Pero la inmigración no es sólo un derecho; es, también, la consecuencia de un sistema global que discrimina de forma violenta ricos y pobres, capitalistas y trabajadores. Esta vieja lucha de clases no solo es invisibilizada a través de las guerras culturales, étnicas, sexuales como ocurre desde hace siglos con las luchas raciales y religiosas, sino con la misma demonización del concepto “lucha de clases”, practicada por los ricos y poderosos y atribuida a los ideólogos de izquierda como proyecto del mal. La lucha de clases, el violento despojo y la dictadura de los ultra millonarios sobre el resto de las clases trabajadoras es un hecho observable por cualquier medición cuantitativa.

Esta cultura de la barbarie y de la humillación, de la política de la crueldad y de la ética del egoísmo, ocurre dentro de cada nación y se reproduce a escala global, desde las naciones imperiales hasta sus serviles colonias capitalistas y sus excepciones: las bloqueadas y demonizadas alternativas rebeldes.

La ilegalidad de la inmigración fue inventada hace más de un siglo para extender la ilegalidad de las invasiones imperiales a países más débiles. Fue inventada para prevenir las consecuencias de la expoliación de las colonias mantenidas en situación de servidumbre a través del cañón, de las masacres sistemáticas, de las eternas y estratégicas deudas que las desangran aún hoy, de las agencias secretas que asesinaron, manipularon los medios, destruyeron democracias, dictaduras rebeldes, hundieron en el caos a medio mundo y deshumanizaron desde el primer día a los esclavos, algunos de ellos esclavos felices.

La inmigración ilegal no solo castigó a los desheredados de este proceso histórico sino también a los perseguidos por las múltiples y brutales dictaduras que Europa y Estados Unidos diseminaron por África y América latina, con los diversos grupos terroristas diseñados en Washington, Londres y París, como los Contras en América Central, los Escuadrones de la Muerte en América del Sur, los planes de exterminio como el Plan Cóndor, la Organisation armée secrète en África, los terroristas islámicos como Al Qaeda, los talibán, el ISIS, todos creados por la CIA y sus mafias cómplices para terminar con proyectos independentistas, seculares y socialistas en África y Medio Oriente… Es decir, no es solo el capitalismo colonial es el que expulsa a su propia gente, sino el origen de esa brutalidad: el capitalismo imperial.

Luego, las víctimas pasan a ser criminales. Como ocurrió con el atrevimiento de Haití de declararse libre e independiente en 1804, como ocurrió en otros casos de abolición de la esclavitud: los esclavistas demandaron compensaciones a los gobiernos por la pérdida de sus propiedades privadas de carne y hueso. No las víctimas que había construido la riqueza de Estados Unidos, de los bancos, de las corporaciones; no los esclavos que construyeron la Casa Blanca y el edificio del Congreso. De la misma forma, según Trump y su horda supremacista, el Canal de Panamá le pertenece al amo invasor y no a los panameños y caribeños que dejaron por miles sus vidas en su construcción.

La inmigración en casi todas sus formas, desde la económica hasta la política, es una consecuencia directa de todas estas injusticias históricas. Los ricos no emigran; dominan las economías y los medios de sus países y luego envían sus “beneficios” a paraísos fiscales o en forma de inversiones que sostienen el sistema de esclavitud global como si fuese una actividad de “alto riesgo”.

Los ricos tienen asegurada su entrada a cualquier país. Los pobres, en cambio, son sospechosos desde el momento en que se presentan ante una embajada de algún país poderoso. Por lo general, sus solicitudes son denegadas, razón por la cual suelen endeudarse con préstamos de coyotes por 15 mil dólares, solo para entrar a un país que imprime una divisa global y trabajar por años como esclavos mientras son doblemente criminalizados. No se victimizan, como los definen algunos académicos asimilados. Son víctimas reales. Son esclavos asalariados (con frecuencia, ni eso) bajo un permanente terrorismo psicológico que sufren tanto ellos como sus niños. En Estados Unidos existen cientos de miles de niños que no asisten regularmente a la escuela porque trabajan en régimen de esclavitud, en nada diferente a los esclavos indenture de siglos pasados.

Cada año, desde hace décadas, los inmigrantes ilegales aportan a la Seguridad Social de los quejosos votantes cien mil millones de dólares, dinero que no recibirán ellos sino aquellos que dedican sus días a lamentarse de los trabajos que les han robado los inmigrantes. Como si esta escala de injusticia no fuese suficiente, finalmente los más abnegados, perseguidos y pobres trabajadores son arrojados a una cárcel como terroristas y devueltos a sus países encadenados y humillados, irónicamente por la impiedad de gobernantes condenados por delitos serios por la justicia del propio país que gobiernan, como es el caso de los actuales ocupantes de la Casa Blanca. A esta remarcable cobardía llaman coraje, como llaman libertad a la esclavitud ajena y víctimas a los acosadores mundiales.

A eso se suma la tradicional colaboración de los cipayos promovidos, desde académicos a votantes, desde periodistas a miembros latinosindios o africanos de los gobiernos imperiales que, como “solución al problema de la inmigración” y la desobediencia soberana de algunos países del Sur imponen más bloqueos y sanciones para estrangular aún más a sus hermanos menos exitosos que decidieron no emigrar a la Tierra de Dios. Patología que luego se vende como ejemplo de “éxito en base al mérito y al trabajo duro”. Porque ese es el único placer de los psicópatas que no pueden ser felices con nada: no su propio éxito, sino la derrota y la humillación de todos los demás. Una de las características del fascismo, aparte de recurrir a un pasado inexistente, es explotar, perseguir, demonizar, culpar y castigar a todos aquellos que no tienen el poder económico o militar para defenderse, como es el caso de los inmigrantes pobres en los centros imperiales del mundo.

Nosotros, despojados de los intereses sectarios del poder global y sin responder más que a un sentido de la moral y los Derechos Humanos, levantamos nuestra voz para protestar contra la mayor organización del crimen organizado en el mundo, seguros de que esta perversión de la crueldad humana terminará por derrumbarse―no por su propio peso, sino por el coraje y la resistencia solidaria de los de abajo.

Jorge Majfud, feb 4 2025

Pascual se fue

Un atardecer, en un estacionamiento de Jacksonville Beach, un policía me preguntó por qué estaba caminando sin dirigirme a ninguna parte. Lo miré y pensé en la justificación puritana del sexo: es solo para reproducir feligreses.

Because I feel like it (porque se me antoja) ―le contesté, y continué caminando.

En realidad, yo estaba molesto por otra razón. Tal vez el policía había preguntado con intención de ayudar en algo. Debió pensar unos segundos y, finalmente, se volvió al patrullero. Pensé: ¿qué hubiese pasado si yo fuera un joven centroamericano y con miedo a ser deportado? Habría contestado las preguntas del policía, intimidado y revelando que tal vez estaba allí de forma ilegal, robándole el trabajo a alguien que no quería o no podía hacer mi trabajo. Habría terminado detenido.

Unos meses después, desayuné con otra de esas historias que le quitan a uno las ganas de no hacer nada por un día. El día anterior, un viernes a las 9:00 de la noche, Virgilio Aguilar Méndez volvía a su modesta habitación del Motel Super 8 de Jacksonville que compartía con otros tres trabajadores, cuando un oficial de la policía lo detuvo.

El sargento Michael Kunovich entendió que el joven de 18 años, quien iba hablando por teléfono con su madre, era sospechoso y decidió interrogarlo, aunque no había recibido ninguna denuncia contra él.

Los guatemaltecos sin papeles son bajitos y hablan mam o alguna otra lengua ancestral. Pocos hablan español con fluidez. Menos inglés, por lo que Aguilar no contestó las preguntas ni se tiró al suelo a tiempo, como se lo había ordenado el sargento. Se limitó a repetir la frase que mejor sabía decir: “I am sorry”.

―¿Dónde vives? You, where…?

Aguilar le señaló la puerta de la habitación que compartía con sus amigos.

―¿Qué estás haciendo?

Eating ―dijo Aguilar, cuando logró entender los gestos.

―¿Y por qué no estás comiendo dentro del motel? ―insistió el sargento.

―No understand. I’m sorry.

―¿Llevas armas? ¿Guns?

―No. No. I am sorry.

A pesar de que Aguilar no había reaccionado con violencia, el sargento usó su pistola eléctrica para inmovilizar al sospechoso. Lo mismo hicieron los otros tres oficiales que arribaron minutos después.

El joven obrero, que puso nerviosos a los cuatro corpulentos oficiales, tenía 18 años, medía 1,65 metros y pesaba 52 kilogramos. Luego de la violenta detención, los oficiales decomisaron un cuchillo en posesión de Aguilar (que el joven llamaba family), pero no encontraron ni drogas ni armas en la modesta habitación de los cuatro trabajadores.

Poco después, el sargento Kunovich colapsó por una arritmia cardíaca y murió en un hospital. Aguilar fue acusado de homicidio, mientras una multitud acudía a la iglesia Joseph Catholic Church al sur de Jacksonville.

―Nuestra hermandad estará siempre con cualquier oficial que haya sido asesinado de forma violenta en el cumplimiento de su deber ―dijo Brian Briska, quien viajó desde Nueva York en representación de la Hermandad de los Caídos.

En su cuenta oficial de Twitter, el gobernador libertario de Florida, Ron DeSantis, publicó:

El sargento Michael Kunovich fue asesinado en cumplimiento de su deber por un inmigrante ilegal que se aprovechó de nuestras fronteras abiertas. Oramos por la familia Kunovich y por toda la comunidad”.

Orar es barato; pensar cuesta un poco más. Las cámaras policiales y la investigación revelaron otra cosa, pero Aguilar continuó preso.

Unos meses después, llamaron a Hortensia Salcedo, una de mis colegas de la universidad, para otro de sus trabajos habituales. Hortensia es de Venezuela y una amiga muy cercana. La suelen llamar como traductora en los hospitales, cada vez que un inmigrante indocumentado se mete en problemas y no sabe de qué se trata.

―Siempre salgo llorando de allí ―me dijo una vez―, pero, al menos, ayudo a esa gente.

Renunció a un trabajo mejor pago en uno de los hospitales más prestigiosos del país, al cual la recomendé, porque descubrió que la tarjeta de identificación que debía llevar era un GPS.

La última vez, le pidieron que ayudarse con el caso de otro guatemalteco, llamado Pascual. Seguramente no por casualidad, otro viernes de noche Pascual había salido con sus compañeros de trabajo a relajarse, luego de una semana intensa, una de esas rompe hombres con rutinas que pocos aquí aguantarían por las dos primeras horas del lunes. Como Pascual y sus amigos no pueden conducir, tampoco pueden ir muy lejos.

Esa noche cenaron en un almacén hispano y bebieron unas cervezas. Como estaba cansado, Pascual decidió irse antes a dormir, pero equivocó la calle y se perdió. Para peor, había dejado su teléfono en la habitación.

Alguien notó que había un hombrecito de aspecto extraño que iba de un lado para el otro sin dirección precisa y llamó a la policía. Cuando llegó el patrullero, Pascual no supo qué decirles. ¿Cómo decirles que estaba perdido? Lost? Pascual no parecía una amenaza. Caminaba como si tuviera una pierna rota.

El patrullero lo llevó a un hospital. Al día siguiente llegó Hortensia. De inmediato se dio cuenta que Pascual hablaba mam y apenas entendía castellano.

―¿Usted sabe dónde está? ―le preguntó.

―No ―dijo Pascual.

Hortensia lo miró a los ojos y recordó otros casos, en los cuales las enfermeras le habían dicho que el internado tenía Síndrome de Down, pero ella sabía que no, que era un maya quiché sin dominio del inglés.

―Usted está en un hospital psiquiátrico.

―Es que yo camino así porque nací con un defecto en la rodilla ―dijo Pascual―. No puedo quedarme aquí. Si no voy a trabajar el lunes, pierdo el trabajo y mi familia en Guatemala me necesita. Si no le pago al coyote, la van a visitar.

Pascual se había endeudado por diecisiete mil dólares para que un coyote lo pasara por la frontera. Una visa legal hubiese sido cien veces más barata, pero las embajadas de Estados Unidos no le dan visas a los pobres. La legalidad es para gente bien.

―Usted está en un psiquiátrico.

―Es que mi rodilla no tiene arreglo.

―¿Por qué está aquí?

―Me perdí. Yo nunca tomo cerveza y una solita hizo que me perdiera.

―¿Dónde vive?

―No sé. Si veo la calle sé cómo llegar.

Hortensia llamó a Jesús, la esposa de Pascual en Guatemala, pero hablaba tectiteco.

―Tengo que trabajar el lunes ―se lamentó Pascual―. Si no envío el dinero, los coyotes van a ir por mi esposa.

Luego de una hora sin saber qué hacer con Pascual, Hortensia le preguntó:

―¿Recuerda algún comercio que esté cerca de su casa?

―Uno de colombianos…

Hortensia trató de recordar algún store colombiano en la zona. Recordó uno por Baymeadows. Buscó en Google Street View y le mostró una foto.

―Sí, es ese. Está cerca de donde vivo.

Hortensia habló con las enfermeras del hospital.

―Pascual no debe estar aquí. No tiene ningún problema psiquiátrico. Su problema es otro.

―Pero el doctor debe evaluarlo y eso lleva tiempo…

―Déjenlo ir. Llamen a un Uber. Aquí tienen la dirección.

Hortensia volvió el lunes.

―¿Y Pascual? ―preguntó.

―Pascual se fue ―dijo la enfermera en voz baja.

Jorge Majfud, marzo 2024.

El destino de un millón de jóvenes a subasta. DACA o los 25 mil dólares por cabeza

Hoy, 19 de enero de 2019, el presidente Donald Trump ha propuesto negociar las vidas de miles de jóvenes amparados por DACA (medida ejecutiva del gobierno de Barack Obama de 2012 y ampliada en 2014, cuyos beneficiarios son conocidos como «dreamers/soñadores», un eufemismo o una ternura por demás idiota pero que, al menos, los beneficiaba temporalmente por períodos de dos años), por unos 5.7 billones de dólares, solución que pondría fin al cierre más largo de la historia del gobierno de Estados Unidos. Claro que cualquiera con un poco de memoria histórica sabe que, cuando un político o una super empresa privada dice que realizará una obra por 5.7 billones de dólares (5,7 mil millones, en castellano) es porque de antemano sabe que antes de terminarla comunicará al gobierno de turno que necesitará más tiempo y mucho más dinero para finalizar la obra, confiando que dicho gobierno no tendrá otra opción que facilitar los recursos para completar la obra. En este caso, un monumento a la inutilidad, el despropósito y el ego.

Hace exactamente un año publicamos el artículo «El destino de un millón de jóvenes a subasta. DACA o los 25 mil dólares por cabeza», por lo cual me abstengo de repetir los mismos razonamientos de entonces. Si a alguien le interesa, puede leerlo en https://majfud.org/2018/01/30/el-destino-de-un-millon-de-jovenes-a-subasta/ o en algún otro sitio. 

jorge

19 de enero de 2019.

 

El racismo no necesita racistas

En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de a realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.

Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.

La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.

Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.

En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente recial en la discusión.

You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.

Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.

El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.

Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.

Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundado Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.

La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.

Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?

Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.

Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.

Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.

JM, noviembre 2018

 

 

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https://courier.unesco.org/en/articles/racism-does-not-need-racists

Más allá de la migración

 

Prólogo del libro De un infierno al otro, de Leonor Taiano Campoverde

University of Notre Dame

por Ana Cristina dos Santos

Universidade do Estado do Rio de Janeiro

taiano

En los días de hoy, estar en el mundo es convivir con la existencia de innúmeros desplazamientos territoriales, como la migración, la diáspora, el exilio y con las consecuencias que el cruce de fronteras provoca en el sujeto y en la propia sociedad. Debemos observar que esos tránsitos no son una característica específica del momento actual, sino una parte intrínseca de la historia del Occidente, ya que no podemos pensar las sociedades y las literaturas occidentales sin los diversos dislocamientos que las formaron.

Sin embargo en la contemporaneidad, dichos tránsitos se intensificaron. La globalización, la unión de los países en grandes bloques políticos y económicos y los desplazamientos espaciales mucho más rápidos nos dan la impresión de que las fronteras territoriales se diluyeron y que vivimos en una sociedad en constante dislocamiento. En la concepción de Castells (1999), podemos incluso pensar en las sociedades actuales en términos de desterritorializaciones y reterritorializaciones, movilidades urbanas, de no lugares intercambiables, de ciudades globales que privilegian lo que se mueve, se desplaza y fluye. No nos faltan datos para sostener esa visión, ya que muchos países latinoamericanos, como México, Uruguay y Ecuador, poseen del 15% al 20% de su población en el extranjero (GARCÍA CANCLINI, 2009, p. 3). Esas cifras hacen que la idea de nación ultrapase las fronteras geográficas de los países y, consecuentemente, amplíen el concepto de identidad y de lo “nacional”.

Son varios los motivos que llevan a uno a dejar su país, pero podemos resumirlos en dos: deseo y necesidad. Los desplazamientos por deseo son provocados por causas diversas que abarcan desde la salida del país para hacer turismo hasta la elección de trabajar o de estudiar en el exterior. Con todo, en los últimos años, son los desplazamientos por necesidad los que provocan el éxodo de un sinnúmero de personas en búsqueda de otros países para vivir y que suelen desestabilizar las relaciones políticas y económicas entre el país de salida y el país de llegada. La razón para dejar familia, casa y todo un pasado hacia atrás pasan por los altos índices de violencia criminal, los estragos causados por los carteles de la droga, los regímenes políticos dictatoriales, las guerras civiles o la falta de perspectivas socioeconómica como ocurren en muchos países latinoamericanos y africanos.

Al considerar ese panorama social y cultural, percibimos que no es casual el hecho de que la literatura y la crítica contemporánea privilegien las narrativas que mapean las diversas formas de movimientos territoriales y que evidencien sujetos en tránsito y sus experiencias. Tampoco es casual que específicamente la literatura latinoamericana haga hincapié en el tema del dislocamiento más permanente y regular que efectúan los latinos desde mediados del siglo XX y que se intensificó en el XXI: la migración del eje Sur-Norte del continente americano. En otras palabras, el cruce por la frontera mexicana de los ciudadanos de México y de los países de América Central y del Sur hacia los Estados Unidos en búsqueda de mejores condiciones de vida. El tema de la migración, generalmente ilegal al territorio estadunidense, la difícil vida que llevan esos migrantes en el país que les excluye socialmente y el pertenecer a dos culturas como los descendientes de la segunda o tercera generación es, quizás, el tema más constate en las narrativas de los escritores latinoamericanos contemporáneos que viven o vivieron en los Estados Unidos.

El teórico Silviano Santiago (2016) llama a ese sujeto que migra por necesidad — el pobre urbano — de “cosmopolita pobre”. Añade que generalmente son latinoamericanos o africanos que llegan a las megalópolis modernas y desarrolladas económicamente, expulsados por la miseria de sus países, con ilusiones de mejores oportunidades de vida en el mundo de abundancia y riqueza de los Estados Unidos o Europa. Tienen la ilusión de llegar al país elegido, trabajar, tener una buena vida (que no tenían en sus países), ahorrar y algunos, incluso, piensan en después volver al país natal y vivir, ahí, una vida mejor. Se transforman muchas veces en proveedores de los miembros de la familia que dejaron en el país de origen, enviándoles parte del dinero que ahorran.

            Al llegar al país extranjero, el cosmopolita pobre acepta trabajar en actividades que los ciudadanos norteamericanos o europeos no desean realizar ya que las consideran subempleo. Así los servicios de limpieza y cuidados del hogar, los servicios de lavandería y peluquería y los trabajos en la agricultura son ejecutados en su mayoría por los migrantes. La indocumentación y la falta de permiso de trabajo de la mayoría de los migrantes les conducen a la ilegalidad en el país. Por tal motivo, aceptan trabajar por cualquier dinero, aun en cambio de comida. No poseen ninguna garantía social y tampoco laboral. Son invisibles socialmente, pero, el sueño de una vida mejor los mantiene ahí, en el territorio que los oprime y a la vez los despersonaliza. Constantemente tienen miedo de ser deportados y alejados de la familia con que vive en el país de llegada. Muchas veces, el retorno al país natal ocurre tan solo en un ataúd.

            De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud se ocupa del análisis de estos temas. La investigación detallada y profunda de los personajes que ejemplifican el cosmopolita pobre (los diversos personajes Ernesto y Guadalupe), de sus descendientes (los diversos personajes Tony) y del contexto socio-político y cultural que forma parte de sus vidas hace del libro de Leonor Taiano un ejemplar impar para la comprensión de la novela Crisis (2012). El análisis de Taiano nos acerca de una literatura que indaga y reflexiona sobre el papel del migrante de origen latina en la sociedad estadunidense y su exclusión como persona social que lo convierte en antihéroe en la sociedad estadounidense. Sus discusiones permiten comprender la dura crítica que hace Jorge Majfud – escritor uruguayo que actualmente vive en los EEUU – a la realidad socio-política contemporánea “marcada por la crisis del post-heroísmo, en la que los héroes del pasado han sido reemplazados por entes mecanizados” (TAIANO, p. 70).

El propio título de la obra – De un infierno a otro – ya hace el lector reflejar sobre la falta de perspectivas que conduce al migrante a un callejón sin salida tanto en su país natal como en los Estados Unidos. El migrante sale de un infierno y llega a otro, mostrando que no hay cualquier expectativa de que encuentre una vida mejor. Las situaciones vividas por los personajes en Crisis comprueban el infierno presente en el título del texto de Taiano. Ellos tienen miedo, sufren de ansiedad, depresión severa, estrés, porque en cualquier momento las rendadas pueden ir a sacarlos de su casa o de su sitio de trabajo, pues ser un indocumentado es vivir en el limbo, con un pie en los Estados Unidos y otro en el país de origen.

Como nos apunta acertadamente Leonor Taiano, Crisis es una novela mosaico, en la que el autor reúne “una serie de historias sobre latinoamericanos que migran a Estados Unidos y estadounidenses de origen latinoamericano” (p. 19). Historias ficcionales pero, a la vez, son el retrato de la época contemporánea en que las discusiones políticas se centran en la cuestión de la migración y específicamente, en los EEUU, en torno al debate político sobre la migración de los latinos. Aunque Crisis haya sido publicado en el año 2012, el tema sigue actual en 2018, con el endurecimiento de las políticas migratorias del actual presidente estadunidense en contra la entrada de los latinos en territorio estadunidense. El presidente estadunidense, incluso, sugiere la construcción de un muro entre México y Estados Unidos para detener la migración irregular.

El flujo migratorio constante e ininterrupto de los latinos a los EEUU hace que ese grupo sea la minoría étnica más grande en territorio estadunidense. Taiano incluso nos recuerda que el compromiso literario de Crisis es enseñar “la estrecha conexión que existe entre la política exterior estadounidense y la diáspora latinoamericana” (p. 105). De modo que la autora no aleja de su análisis literario, el análisis político y económico de las sociedades latinoamericanas y estadunidense, ya que ésas forman parte de la crítica majfudiana presente en Crisis.  

Las historias de los personajes diversos de Majfud permiten a Taiano discutir las tensiones que emergen de la migración de los latinoamericanos a las ciudades estadounidenses —“el dorado” contemporáneo. De un lado hay las diversas crisis personales y socioeconómicas ocasionadas por la fuga hacia la búsqueda estereotipada por el american dream, la esperanza sinfín de una vida mejor y el miedo constante de no ser deportado. De otro, las crisis personales y sociopolíticas que ocasionan la “americanización” y la “deshispanización” de los descendientes que, aun siendo americanos jus soli, son considerados ciudadanos de segunda clase —“los otros” — y no logran integrarse y vivir en las mismas condiciones que la sociedad americana blanca, anglosajona y protestante.

            De un infierno a otro demuestra que los personajes latinos majfudianos consideran el cruce de fronteras al territorio estadunidense como la única alternativa que les resta para tener una vida mejor y huir de la miseria y la violencia que asolan sus países. En las historias narradas, Jorge Majfud asocia los personajes migrantes hispanoamericanos a la pobreza y constata que las actividades laborales ejercidas se centran, principalmente, en el sector de servicios y en los trabajos brazales. Para Taiano, esa labor contribuye para mantener la sumisión de los latinos a la cultura y a la economía estadunidense, restringiéndoles el espacio social. Así, la cultura estadunidense invisibiliza al migrante y le niega cualquier posibilidad de una vida digna en los EEUU.

En Crisis, los personajes y sus historias nos dan testimonio de cómo las crisis sociales, políticas y económicas enfrentadas por los países hispanoamericanos y también por los Estados Unidos (específicamente la crisis financiera en 2008) afectaron y afectan directamente la vida de los migrantes de origen latina y de sus descendientes. Jorge Majfud critica explícitamente la realidad socio-política estadunidense (como también la de los países hispanoamericanos) que lleva a los migrantes — legales e ilegales — y a los naturalizados a ser considerados parias sociales y utilizados como grey disciplinada y sumisa.

Por todas esas cuestiones, para comprender la novela, el lector de Crisis necesita ir mucho más allá del tema de la migración de los hispanoamericanos al territorio estadunidense y comprender también los aspectos filosóficos, políticos, económicos y sociales presentes en las entrelíneas de las historias narradas. Aquí reside el valor de la publicación del libro De un infierno a otro que nos brinda la ensayista Leonor Taiano: permitir una lectura de la migración latina desde un sistema marcado por la globalización, por las crisis y por políticas hegemónicas paradójicas. A partir de esa lectura, la autora desvela el retrato existencial del migrante latinoamericano contemporáneo y demuestra que la intención de Jorge Majfud con la publicación de la novela Crisis es “ir más allá de la dimensión literaria del tópico del éxodo, adaptándolo perfectamente a la realidad histórica del mundo globalizado en el que está ocurriendo la diáspora latinoamericana” (p.112).

            Al abarcar estudios aun tan cercanos a nuestra realidad y sobre una obra recién publicada, el texto de Leonor Taiano contribuye para la comprensión de nuestro momento actual y seguramente servirá como punto de partida para futuras investigaciones sobre la obra majfudiana y sobre el tema de la migración de los latinos a Estados Unidos. Su texto no solo se evidencia como una referencia bibliográfica para los estudiosos de la obra majfudiana y del tema de la migración latina a los EEUU, como también aporta una amplia y actualizada bibliografía sobre los temas discutidos.

            Esperamos que las reflexiones suscitadas por la lectura del texto de Leonor Taiano sean provechosamente discutidas y que contribuyan para mostrar que la literatura de Jorge Majfud va más allá de la ficción al trazar un retrato fiel de la realidad histórica del migrante latinoamericano en la sociedad globalizada contemporánea.

De este modo, podemos afirmar que la publicación De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud abre caminos de descubiertas y posibles inquietudes para nuevas investigaciones y estudios sobre las obras del autor uruguayo.

Disfruten de la lectura agradable y placerosa de ese libro.

 

Referencias:

CASTELLS, Manuel. A sociedade em rede. São Paulo: Paz e Terra, 1999.

 

GARCÍA CANCLINI, Néstor. Introducción. Los muchos modos de ser extranjero. In: ____. (org). Extranjeros en la tecnología y en la cultura. Buenos Aires: Ariel, 2009. p. 1-12.

 

SANTIAGO, Silviano. Deslocamentos reais e paisagens imaginárias. O cosmopolita pobre. CHIARELLI, Stefania; OLIVEIRA NETO, Godofredo de (orgs.). Falando com estranhos: o estrangeiro e a literatura brasileira. Rio de Janeiro: 7Letras, 2016. p. 15-32.

 


Profª Drª Ana Cristina dos Santos

Profesora Asociada del Doctorado y del Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y del Departamento de Letras Neolatinas (Portugués/Español)

Universidade do Estado do Rio de Janeiro – Brasil

 

Professora Associada de Literaturas Hispânicas (UERJ)

Professora do Programa de Pós-graduação em Letras (UERJ)

GT Vertentes do Insólito Ficcional (ANPOLL)

 

Teología del Dinero

 

Antes un vasallo estaba unido a su señor por un juramento. Una infracción a las reglas de juego podía significar un palo en la cabeza del campesino. Para el desdichado, lo simbólico no era el palo, sino el Rey o el Señor que emitía su deseo en forma de orden. El Señor significaba la protección y el castigo. Con todo, la injusta relación social todavía era de hombre a hombre: el campesino podía llegar a ver al Señor; e incluso, podía llegar a matarlo, con un palo igual de consistente que el anterior.

La relación que en nuestro tiempo nos une con el Dinero es del todo abstracta. En eso se parece nuestra sociedad a la del Medioevo: tememos a un ente simbólico e invisible, como hace mil años los hombres temían a Dios. Los valores de las bolsas cambian sin nuestra participación. Entre los valores y nosotros existe una teología del dinero llamada “economía” que, por lo general, se encarga de explicar racionalmente algo que no tiene más razón que poder simbólico.

Nuestras sociedades, como en todos los tiempos, están estructuradas según una relación de poder. Como en todos los tiempos, el poder está mal repartido, pero en el nuestro procede del Dinero. Gracias al dinero, todos somos accionistas del Poder que gobierna al mundo, aunque nuestras acciones representan una fracción infinitesimal. Conocemos las cifras que se acumulan en los principales depósitos del mundo: son varias veces superiores al esfuerzo conjunto de decenas de países del tercer mundo —y del mundo intermedio también. Esto, tan simple, quiere decir que el Derecho y la Libertad están especialmente acumulados en determinadas capitales financieras.

Veamos un poco esto de la libertad. En la secundaria se nos enseñaba que también un recluso era un ser libre. Esto es rigurosamente cierto, desde un punto de vista existencial, y un recurso canalla desde un punto de vista ideológico, sobre todo teniendo en cuanta que cuando se nos enseñaba este tipo de verdades, se encarcelaba a los hombres que eran libres. Hoy también vivimos en una forma de dictadura, aunque sutil y planetaria. Nuestros gobiernos no se cansan de repetir que este nuevo Orden es Inevitable. Cuestionarlo es sólo demorar su arribo triunfal. Y, que yo sepa, lo Inevitable no es producto de la libertad.

Existe una libertad inmanente a todo ser humano, cierto; somos libres desde el primer momento en que dudamos ante un cruce de caminos. Y existe otro tipo de libertad: una libertad social. Esa no es inmanente, sino eventual. En nuestro caso, la libertad social es doblemente limitada: primero, porque, de hecho, el hombre periférico no es libre; segundo, porque se le ha hecho creer que sí lo es. Decir que el hombre globalizado es socialmente libre, es como decir que es libre como un pájaro. Pero un pájaro posee una libertad de pájaro, es decir, una libertad “inhumana”, ya que no puede elegir la dirección ni el momento de su migración. En cambio, un hombre verdaderamente libre debería poder hacerlo.

Bien; la elección de las aves está determinada por el poder de la naturaleza. Pero en algún momento de la historia supusimos que el hombre se había independizado de este poder, gracias a la irreverencia de su espíritu. Y probablemente lo haya hecho en alguna medida. Entonces, ¿a qué poder ha sucumbido ahora, esta increíble creatura…?

Llamémoslo Dinero.

Veamos. El poder del dinero es siempre simbólico: procede del reconocimiento ajeno. Todo el poder concentrado en los bancos proviene de aquellos que son perjudicados por dicho poder; no por los que reciben el beneficio de poseerlo. Poseer es un acto de fe; no-poseer es una condición de fidelidad.

Existen, sin embargo, dos valores que no son meramente simbólicos: el valor de la violencia (pretendido en monopolio por todos los gobiernos) y el valor de la tecnología. En este nuevo siglo, el valor-poder de la tecnología someterá al primero y, a pesar de su posibilidad democrática, será rápidamente absorbido por el valor-poder del dinero. Sin embargo, el Dinero posee una debilidad que esconde en lo más profundo de su ser: el de ser un símbolo abstracto que necesita ser alimentado, constantemente, de significación. Es por esta misma razón que se apresura a dominar el valor-poder de la tecnología. Esta nueva arma será usada, en el siglo que comienza, para una despiadada lucha de intereses: la casta de los productivos contra la casta financiera, los Desplazados contra los Acomodados, los dueños de la Verdad contra quienes la sufren.

El dinero es amoral, eso lo sabemos. Como dijimos, es un poder simbólico, abstracto; vale por lo que no es y es todas las cosas al mismo tiempo. Creemos usarlo y someterlo a nuestra voluntad, pero es Él quien nos somete: casi no podemos prescindir suyo, a no ser por un peligroso acto de herejía. Cada vez podemos prescindir menos.

A las antiguas “necesidades básicas” hemos agregado un conjunto innumerable de “necesidades sociales”. Nacemos y nos desarrollamos en sociedades sofisticadas que nos exigen concentración. Como el ganado, estamos condenados a pastar todo el día, a rumiar y a digerir cuando descansamos. Un descuido significaría caerse del sistema. Una muerte social, la verdadera muerte del hombre postmoderno o posthumano.

En nuestro mundo rezagado la angustia es doble: el cumplimiento con las necesidades sociales (ahora básicas) ocupa casi toda nuestra libertad. Queremos ser libres, pero la libertad es cara. Entonces, miramos hacia donde el dinero no es escaso. Diferente a otros tiempos, ahora no podemos usurpar su lugar. No podemos invadirlos; por lo tanto, la solución es dejarnos invadir. Copiamos. Queremos parecernos a ellos: porque han triunfado en la guerra y en el comercio, porque son ricos y nosotros somos pobres. También es verdad: queremos dejar de ser pobres. Pero seguiremos siéndolo, mientras pensemos que la riqueza se alcanza absorbiendo los valores culturales y morales del vencedor. Porque no es lo mismo integrarse al mundo que dejarse ingerir. También nosotros pertenecemos al mundo, a la mayor parte del mundo, y, aunque sintamos vergüenza de nuestros taparrabos, debemos recordar que la pobreza no es una prueba de nuestros vicios morales. Esa es una idea religiosa del mundo protestante que heredó el Norte y nos vendieron en el Sur.

En toda la historia existieron grandes imperios, culturas predominantes; pero nunca los pueblos periféricos (o sometidos) se empecinaron en remedar al vencedor, despreciando con alarmante frivolidad su memoria propia. Por el contrario, en el pasado fueron los pueblos conquistados los que infiltraron su propia cultura en el corazón de los invasores. Ahora no tenemos tanta dignidad; los pueblos conquistados se maquillan para parecerse al conquistador, olvidando y despreciando la profundidad moral de civilizaciones económicamente empobrecidas, a cambio de espejos y pensamiento rápido. Y, sin embargo, el mundo rico necesita tanto del mundo pobre como éstos de aquellos. O más.

Nos informan que vivimos en un mundo “globalizado”, pero los únicos que aún no se han dado cuenta de su significado son ellos, los responsables de la globalización. Como práctica, la “globalización” es casi tan antigua como el cristianismo. Pero ahora vale por sí sola; es una nueva ideología, con la particularidad histórica de que fue precedida por su propia realización. Su interpretación también es particular y siempre contradictoria: integrar significa absorber, conocer significa ignorar, diversidad cultural significa uniformización, informar significa deformar, riqueza significa dinero, etcétera.

Las fronteras siguen siendo las mismas para los pobres, e incluso se han cerrado aún más que antes; sin embargo, han sido borradas de un plumazo para dejar pasar a Dinero, portador de nuevas promesas de riqueza en aquellos países pobres que, vaya a saber uno por qué, han visto aumentar su pobreza. Todo por lo cual se podría decir, sin temor a equivocarnos, que en nuestro mundo globalizado las fronteras han sido sustituidas por filtros.

La cultura y la educación ya no une; separa. Ambas, han sido sometidas al poder del dinero y le sirven a Él para ordenarlo en castas y acumularlo en depósitos invisibles. A las nuevas universidades ya no les importa la sabiduría, la búsqueda de la verdad, sino un único y monótono objetivo: la creación de entes competentes.

El norte representa todo lo que tiene de primitivo el hombre: la necesidad desbordada de poder, la acumulación y el consumo. Todos aquellos valores espirituales que surgieron después del mesolítico comienzan a ser dejados de lado. La reparación no está cerca (sólo los evangelistas ven las cosas eternamente próximas), porque también la histórica rebeldía de la juventud ha sido adoctrinada por la publicidad y por el éxito ajeno.

Estamos de acuerdo en que hay que cambiar. Pero, ¿en qué dirección? ¿En dirección Norte? Una cosa debe quedarnos claro: hay cambios que sólo puede generarlos una sociedad en su conjunto. Por lo tanto, no es válido ese precepto ideológico resumido en la máxima: “al que no le guste, es libre de cambiar de canal” Esta frase, tan querida por los profundos filósofos de la farándula, es contradictoria, ya no sólo con la tan mentada idea de la globalización sino, sobre todo, con la más primitiva idea de sociedad.

Yo, por lo menos, no estoy en contra del Norte ni de una globalización. Por el contrario, la apoyaría con entusiasmo. Eso sí, siempre y cuando Globalización signifique “diálogo” entre culturas, entre pueblos y entre individuos; un verdadero intercambio de símbolos y de bienes materiales, y no la simple imposición de lenguas, ideologías sociales y económicas, no la imposición de costumbres monoculturales que han llevado a la supresión de decenas de idiomas con sus conocimientos propios del cielo y de la tierra, al tiempo que una expoliación de recursos naturales que no sólo atenta contra las comunidades económicamente más débiles, sino contra el planeta entero.

Pero no seamos ingenuos. No olvidemos que Dinero no acepta ningún otro tipo de asociaciones que no sean asociaciones de capitales. Cualquier otra alianza, social o espiritual, será condenada por el Éxito. Recuerden: menos la risa y el sufrimiento todo es una Ilusión Universal: Éxito y Dinero no existen sin el valor que es concedido por aquellos que son perjudicados por el Éxito y por el Dinero.

Jorge Majfud

Montevideo, 6 de noviembre de 2002

Bitácora, La República (Uruguay)

https://web.archive.org/web/20021228082231/http://www.bitacora.com.uy/articulos/2002/noviembre/98/98general.htm#majfud 

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