Estimados compañeros de ruta. Aquí (ver más abajo) les dejo para descargar libremente en formato PDF uno de mis libros más breves (resumen o síntesis de una conferencia de 2021 y de unos pocos artículos publicados años antes) pero cuya propuesta me resulta ineludible para explicar el mundo hoy, es particular los acelerados cambios en el hegemón de Estados Unidos.
(Audio: interpretación libre del libro P=d.t El autor no es responsable de la interpretación)
En “Bosquejo de una teoría del poder” el autor desarrolla la dinámica histórica que relaciona a los poderes hegemónicos, imperiales, con la tolerancia a la diversidad y la disidencia al poder a lo largo de la historia. Esta relación se expresa en la fórmula P = d.t. Antes y después de períodos de crisis de dos sistemas globales diferentes, se trata de un equilibrio de suma cero: P – d.t = 0. En P = d.t el autor explica la fórmula que relaciona la libertad de expresión y el poder imperial. La libertad de expresión estaba protegida en la constitución de Estados Unidos durante la esclavitud, y la misma Confederación también la puso en su constitución. ¿Por qué? Porque el sistema esclavista no estaba en cuestionamiento. A mayor poder imperial, mayor «libertad de expresión». Por eso los ingleses fueron reconocidos por su tolerancia a la crítica a su imperio (brutal como pocos, el que dejó cientos de millones de muertos). Una vez que el poder decrece o la crítica (d= diversidad, disidencia, democracia) aumenta, entonces, según la fórmula propuesta por el auto, la «t» tolerancia debe disminuir. El libro analiza los ejemplos más recientes de la prohibición de libros, de palabras (gay), revisionismo histórico (esclavitud) y críticas (Israel) como indicios de la creciente debilidad del poder hegemónico (P). Como corolario, el autor predice que la libertad de expresión en China y en su esfera de dominio aumentará cuando Occidente deje de ser una alternativa.
(El audio es interpretación libre, no responsabilidad del autor. El autor discrepa con algunos puntos del diálogo, como que su texto “construye un arquetipo sin datos antropológicos”. Por el contrario, toda la primera mitad de este ensayo está basado en su investigación en curso El origen de la democracia y en datos duros y concretos de cada especialidad documentada.)
El realismo mágico capitalista
Los pueblos nativos que encontraron los jesuitas y otros exploradores en América del Norte siempre se reían de las ideas de los colonos (la cita es una síntesis personal de varios documentos):
“Ustedes dicen que son libres y todo lo que hacen lo hacen por obediencia a sus reyes, a sus capitanes, a sus chamanes, a sus esposos…”
Si los líderes no convencían a sus pueblos en sus asambleas, los pueblos y hasta los individuos simplemente se retiraban y desobedecían. Lo mismo las mujeres con respecto a sus hombres. Las mujeres y los guerreros tenían derecho a vetar las resoluciones de guerra de las asambleas si no los convencían los argumentos.
Los militares, religiosos e intelectuales europeos que asistieron a esas asambleas y a reuniones con los blancos reconocían que “los salvajes” nunca olvidaban nada; nadie les ganaba un argumento. Los salvajes no castigaban a sus niños; los dejaban equivocarse para que se educaran en la experiencia. Adoptaban sin restricción a gente de cualquier etnia, incluso europeos y africanos. No tenían cárceles, porque el acusado debía reparar a la víctima y la vergüenza de la sentencia ya era un castigo doloroso. Los salvajes consideraban la pérdida de control personal por pasiones como una muestra de poca educación y de inferioridad espiritual. Por lejos, eran más realistas que los fanáticos europeos. Escribió un jesuita francés que, una vez, discutiendo la existencia del infierno, argumentaron que no podía existir fuego debajo de la tierra porque allá abajo no había madera sino piedras, y porque el fuego necesita aire. Terminaron aceptando el argumento del fuego sin oxígeno cuando los curas encendieron una piedra de azufre, pero lo del infierno continuó siendo resistido por pueblos como los iroqueses, que derrotaron por tres siglos a franceses y británicos porque su organización social era superior a la de los europeos, porque tenían una defensa militar basada en la cooperación y en el conocimiento de su tierra, y porque no se creyeron las historias fanáticas de ganarse el cielo por el martirio y el sufrimiento. Vivían más, eran más altos y más sanos. Inventaron la farmacéutica moderna y la verdadera democracia. Tenían menos guerras, trabajaban menos días, no conocían la depresión y el suicidio era casi desconocido hasta que llegó el hombre blanco con su ron, su pérdida de control y su concepto fantástico del individuo. Conocían el tabaco, pero no el tabaquismo ni las adicciones introducidas por el mercantilismo. No existía la propiedad privada de la tierra.
Sí, no eran santos. Sí, a lo largo de la historia hubo muchas culturas fanáticas, pero pocas más fanáticas que la que surgió con el capitalismo en el siglo XVII. Como prueba, bastaría mencionar que el dogma más destructivo y fanático de los últimos siglos afirma que “Mi egoísmo es bueno para el resto de la sociedad” y recibir en menos de dos segundos ataques epidérmicos de sus fanáticos defensores, sobre todo de individuos empobrecidos y esclavizados de cuerpo y alma.
Podríamos seguir, como otras demostraciones de fanatismo radical que pasan, como todo fanatismo, por sentido común: esclavizar a millones de personas por su color y convertirlos en propiedad privada hereditaria. Masacrar a cientos de millones de humanos por la única avaricia del capital, del enriquecimiento, y hacerlo en nombre de la libertad. Incluso, bajo la bandera del cristianismo (desde las Cruzadas, la Inquisición y el esclavismo hasta los brutales imperios que sobreviven de diferentes formas), dando vuelta la idea de Jesús de que es casi imposible para un rico subir al Cielo por la idea de que si eres rico es porque Dios te ama y con dólares te comprarás el Paraíso. ¿No tenían razón los pueblos nativos sobre el absurdo de nuestras convicciones sobre la libertad?
Susana Groisman me confesó sus frustraciones con el actual gobierno de Uruguay.
“No es esto lo que yo voté. Voté a un partido y gobierna un grupo de personas”.
Este es otro aspecto de la “americanización de Europa” y de “America latina”. La primera elección presidencial que viví en Estados Unidos fue la de 2004. Una de las cosas que más me sorprendió fue que los candidatos hablaban de ellos como personas, como individuos (I will.., Me, I am… I believe…) y no del programa del partido, como estaba acostumbrado a escuchar en Uruguay: “El individuo no importa; lo que importa es el programa de gobierno del partido”. Bien o mal, estos programas se publicaban y repartían entre la gente. Aunque no todos lo leían, al menos era una forma de contrato político.
Luego supe que el “yo” (Me, I) solo es importante para la cultura protestante de sus votantes porque, en realidad, quienes decidían y deciden no eran ni son los partidos ni los líderes (hombres), sino las corporaciones financieras. Casi lo mismo ocurre ahora en Uruguay y en otros países latinoamericanos, pero el proceso ha sido tan gradual que la gente se acostumbró sin percibir la inoculación.
Una caricatura de esto lo vimos a principios del 2026, después de que Washington quebrara todas las leyes internacionales bloqueando el petróleo venezolano, secuestrando sus cargueros, practicando ejecuciones sumarias a supuestos narcotraficantes en lanchas sin capturarlos para llevarlos ante una corte (muchos resultaron ser pescadores), secuestrando a su presidente bajo acusaciones que el mismo Washington reconoció ser falsas (como el Cartel de los Soles); justificando ejecuciones sumarias de sus propios ciudadanos por grupos paramilitares enmascarados (ICE), como fue el caso de Renee Nicole Good, por tratarse de (a) una izquierdista provocadora, (b) una terrorista que insultó a los agentes secretos y luego intentó huir y (c) por ser lesbiana, madre de tres niños. Un día después, un periodista del New York Times le preguntó al presidente en la Casa Blanca si existían límites a su poder:
“Sí. Mi propia moral. Mi propia conciencia. Es lo único que puede detenerme”.
Todo esto es la descripción perfecta de un régimen dictatorial, ya no al estilo plutocrático de las corporaciones (P=d.t), sino de la más primitiva tradición del dictador bananero, tipo El otoño del patriarca, donde incluso el realismo mágico de García Márquez se expresa con la prohibición en la Universidad de Texas A&M de los libros de Platón por zurdo woke.
Susana me respondió con una pregunta:
“Entonces, ¿qué se puede hacer?”
La respuesta es la misma que repetimos desde hace añares: (1) No existe posibilidad de ninguna democratización mientras el poder continúe concentrado en los centros financieros. (2) Esa concentración se ha ido radicalizando, lo cual podemos verlo no solo en la “americanización de Occidente”, desde hábitos consumistas, políticos y en sus sistemas educativos, sino que, en su fase final, estamos entrando ya en una (3) “doble palestinización del mundo”. Es decir, (4) los sistemas electorales de las democracias liberales han contenido algo del neofeudalismo capitalista, pero nunca lo cambiarán.
(5) El cambio llegará por una crisis global, masiva. Entiendo que estamos en la etapa de acumulación de presión popular. No podemos decir cuándo ocurrirá, pero sí que es inevitable una explosión social e internacional.
Como lo prueba la historia, (8) ninguna resistencia ha sido suficiente para cambiar un sistema histórico, como el capitalismo, pero (9) los individuos no tenemos múltiples vidas para esperar siglos. No podemos acabar con uno de los sistemas más crueles y fanáticos que ha creado la humanidad, el capitalismo, pero sí podemos revertir o limitar algunas de sus supuraciones, el neoliberalismo y el fascismo.
Los esclavos pueden sobrevivir a la esclavitud, pero no al linchamiento.
Lo que hoy ocurre en Venezuela no es una anomalía ni una desviación inesperada del orden internacional. Tampoco puede leerse como una reacción coyuntural ante un gobierno específico ni como un episodio aislado de tensión diplomática. Es, una vez más, la reaparición de una lógica histórica que América Latina conoce con dolorosa precisión: la de ser tratada como frontera salvaje, ese territorio donde las reglas que rigen para el “mundo civilizado” se suspenden sin escándalo y la violencia se ejerce como si fuera un derecho natural.
Bloqueos económicos totales, confiscación de bienes, operaciones militares encubiertas, amenazas explícitas de intervención y secuestros presentados bajo una nueva versión de las doctrinas Monroe y de la Seguridad nacional que, más bien, se parecen al mito de “el espacio vital” esgrimido por el Tercer Reich hace un siglo. No son desvíos del sistema internacional: son parte de su funcionamiento histórico cuando se trata del Sur Global y de América Latina en particular.
Lo ocurrido el 3 de enero marca, sin embargo, un umbral nuevo. No se trató solo de la reiteración de prácticas conocidas, sino de una demostración obscena de impunidad ante cualquier ley y una confirmación de la actual “palestinización del mundo”. La violación de la soberanía venezolana, ejecutada sin declaración de guerra y presentada públicamente como demostración de poder, no suspendió el orden internacional: lo declaró prescindible. Allí donde antes operaban eufemismos diplomáticos, ambigüedades jurídicas o coartadas humanitarias, apareció la afirmación directa de que la fuerza basta por sí misma para legitimarse. Lo que se mostró no fue un exceso, sino una pedagogía del dominio dirigida al mundo entero. Cambian los nombres de los gobiernos, se actualizan los ideoléxicos, se reciclan las excusas morales, pero el guion permanece intacto. América Latina vuelve a aparecer como espacio disponible para el castigo ejemplar, la experimentación política y la pedagogía del miedo.
La historia regional es demasiado clara como para fingir sorpresa. Invasiones militares, ocupaciones prolongadas, golpes de Estado, guerras por delegación, bloqueos económicos, sabotajes, secuestros y campañas sistemáticas de demonización mediática han acompañado, durante doscientos años cada intento de autonomía política, redistribución social o control soberano de los recursos. No se trató nunca de errores aislados ni de excesos corregibles, sino de una política persistente, sostenida por una concepción jerárquica del mundo que reserva para algunos pueblos elegidos por un Destino manifiesto la plenitud del derecho y para otros la excepción permanente.
Pensar América Latina como frontera salvaje no implica aceptar una identidad impuesta, sino denunciar la mirada imperial que la construyó como tal. Esa mirada imperial no solo construye territorios disponibles: también produce jerarquías humanas. Decide qué vidas merecen duelo, qué violencias escándalo y cuáles pueden administrarse como daño colateral. El orden internacional no se limita a regular conflictos: distribuye sensibilidad, legítima indiferencias y organiza silencios. Por eso, la agresión no comienza con los misiles, sino con la normalización de un lenguaje que vuelve aceptable lo inaceptable y vuelve invisible a quienes quedan fuera del reparto del derecho. Una mirada que naturaliza la violencia hacia el sur global con la complicidad de sus rémoras criollas, que racializa los conflictos y que suspende, sin pudor, los principios del derecho internacional cuando estos obstaculizan intereses estratégicos. Lo que en otros territorios sería considerado crimen, acto de guerra o violación flagrante de la soberanía, aquí se vuelve “medida”, “presión”, “operación preventiva” o “asistencia para la estabilidad”. En cierto grado, la brutalidad se ha sincerado y la antigua excusa de la democracia ya ha perdido uso y atractivo. Queda la defensa de la libertad, la libertad de los amos y mercaderes, el miedo y la moral de los esclavos.
En este sentido, Venezuela no es una excepción sino un ensayo general. Cuando una potencia actúa de ese modo y no enfrenta sanción efectiva alguna, el mensaje es inequívoco: la excepción se convierte en regla. Lo que hoy se tolera como caso singular se incorpora mañana como antecedente operativo. El derecho internacional no cae de golpe; se vacía por acumulación de silencios. Un escenario donde se pone a prueba hasta dónde puede avanzarse sin generar una reacción significativa de la comunidad internacional. Lo que hoy se tolera como caso singular, mañana se invocará como precedente.
Nada de esto implica desconocer los conflictos internos, las discusiones, las profundas concepciones sobre qué es o debe ser una democracia ni las deudas sociales, mal endémico de los países latinoamericanos. No podemos negar esto como no podemos aceptar que esas tensiones habilitan una agresión externa―de hecho, la historia muestra de forma repetitiva que estas agresiones e intervenciones imperiales han sido el mayor combustible de los conflictos sociales y del subdesarrollo de estos países. Ninguna crítica interna justifica una invasión. Ningún desacuerdo político legitima el castigo colectivo de un pueblo. La soberanía no es un premio a la virtud ni una certificación moral otorgada desde afuera: es el umbral mínimo para que las sociedades decidan su destino sin un arma apoyada sobre una mesa de negociación.
Frente a esta escalada, la respuesta de buena parte de la comunidad internacional ha sido el silencio, la ambigüedad, la tibieza diplomática y la ausencia de medidas concretas. Un lenguaje que no busca detener la violencia, sino administrarla. Palabras que nunca nombran al agresor, que diluyen responsabilidades y que colocan en un mismo plano a quien acosa y a quien resiste. La historia latinoamericana enseña que las grandes tragedias no comenzaron con bombardeos, sino con palabras y excusas que las volvieron tolerables. Cuando la agresión se normaliza, la violencia avanza sin resistencia.
Defender hoy la soberanía de Venezuela no equivale a defender a un gobierno ni a clausurar el debate interno. Equivale a rechazar una lógica que vuelve a instalar la guerra como instrumento legítimo de orden internacional basado en los intereses del más fuerte. Equivale a afirmar que América Latina no es patio trasero ni delantero de nadie; no es zona de sacrificio, ni frontera salvaje de nadie. Y equivale, también, a asumir una responsabilidad intelectual básica: romper la amnesia histórica antes de que vuelva a escribirse, una vez más, con sangre ajena.
Porque callar ante una agresión nunca fue neutral. La historia, cuando finalmente habla, no suele ser indulgente con quienes miraron hacia otro lado. Para muchos, esto no tiene importancia. Para nosotros sí.
Firman:
Abel Prieto, Cuba Adolfo Pérez Esquivel, Argentina Andrés Stagnaro, Uruguay Atilio Borón, Argentina Aviva Chomsky, Estados Unidos Boaventura de Sousa Santos, Portugal Carolina Corcho, Colombia Débora Infante, Argentina Eduardo Larbanois, Uruguay Emilio Cafassi, Argentina Federeico Fasano, Uruguay Felicitas Bonavitta, Argentina Gustavo Petro, Colombia Jeffrey Sachs, Estados Unidos Jill Stein, Estados Unidos Jorge Majfud, Estados Unidos Mario Carrero, Uruguay Óscar Andrade, Uruguay. Pablo Bohorquez, España Pepe Vázquez, Uruguay Ramón Grosfoguel, Estados Unidos Raquel Daruech, Uruguay Stella Calloni, Argentina Víctor Hugo Morales, Argentina Walter Goobar, Argentina
(Audio: interpretación libre. El autor no es responsable de las interpretaciones de este audio)
En una contratapa de Página12 de 2007, reflexionábamos sobre el ideoléxico serde derecha: “Veinte o treinta años atrás en el Cono Sur era suficiente declararse izquierdista para ir a la cárcel o perder la vida en una sesión de tortura (…). Ser de derecha no sólo era políticamente correcto sino, además, una necesidad de sobrevivencia. La valoración de este ideoléxico ha cambiado de forma dramática. Lo demuestra un reciente juicio que tiene lugar en Uruguay. Búsqueda ha entablado juicio contra un senador de la república, José Korzeniak, porque lo definió como ‘de derecha…’”
Los ideoléxicos (y, con ellos, las cristalizaciones ideológicas) parecen mostrar ciclos de 30 años―una generación. Pero estos ciclos, más allá de una posible dinámica social o de una naturaleza psicológica, como “la dinámica de las cuatro generaciones”, también están afectados, distorsionados y hasta determinados por la mirada de los imperios (ver “La lógica de las olas reaccionarias en América Latina”).
Diferente, en el epicentro del Imperio, esta dinámica ideológica tiene ciclos mayores (60 años), porque no dependen de intervenciones exteriores. Dependen del poder relativo de su clase dominante―no de la clase dominante de otro país. En cualquier caso, las leyes son la expresión del poder (plutocracia) o de los poderes (democracia) de una sociedad. En las sociedades capitalistas y, aún de forma más radical, en las plutocracias del capitalismo neoliberal y neofeudal, el poder radica en la concentración del dinero, por lo cual los millonarios compran políticos y sus corporaciones escriben directamente las leyes, como en Estados Unidos, o deciden gobiernos en las repúblicas bananeras.
Como ningún sistema jurídico reconoce el derecho de un país para escribir las leyes de otros países soberanos, los imperios y los gobiernos supremacistas escriben doctrinas, como la Doctrina Monroe y otros tratados para que otros pueblos obedezcan mientras les sirva a los dueños del cañón. Pero estas doctrinas y esta tras-ideologización de las colonias siempre se vistió de alguna excusa sagrada, como Dios, la raza, la libertad, la propiedad privada o la democracia. Algo que, en Estados Unidos, comienza a secarse, dejando al desnudo y sin disimulo las verdaderas razones de su violencia, como lo es el reconocimiento del presidente Trump de invadir Venezuela para “hacer mucho dinero con (nuestro) petróleo”―en su conferencia de prensa tras el secuestro del presidente Maduro, mencionó 23 veces la palabra petróleo y ni una sola vez democracia, lo que se ajusta al Proyecto 2025 y los neo monárquicos como Curtis Yarvin.
El imperialismo norteamericano viene del fanatismo protestante, calvinista y privatizador de cuatro siglos atrás, desde que se inició el despojo de los “salvajes que nos atacaron sin ninguna provocación”. Hoy, su conducta violenta de intervención y despojo se repite con la misma desnudez que al principio, como cuando James Polk le ordenó a un emisario buscar un río dentro de México con el mismo nombre del por entonces límite fronterizo o, si no encontraba, nombrar otro río con el mismo nombre para provocar una “guerra de defensa” contra México y así quitarle la mitad de su territorio. Exactamente lo mismo hizo Trump acusando a Maduro de narcotráfico y luego decretando que el fentanilo era “arma de destrucción masiva”, una decoración usada para la invasión de Irak, el secuestro de Sadam Hussein y la apropiación del petróleo.
Hasta entonces, los emperadores como Bush y Obama mantenían el smoking bastante bien planchado. Con el Tea Party y, luego, con la primera presidencia de Trump, ser fascista, racista y misógino comenzó a ser considerado un orgullo. Allí comenzó “La rebelión de los amos”, peleada, como en las batallas medievales, por los peones sin rostro, sin nombres y sin nada que ganar o perder, excepto la vida.
En sus primeros años en la Casa Blanca, Trump todavía negaba ser machista, racista o imperialista. En su segundo período, continuó siendo el mismo de siempre, pero ya no lo disimuló más. En una conferencia en el Despacho Oval le preguntaron al alcalde electo de Nueva York si todavía pensaba que Trump era un fascista, a lo que Trump le dijo que no había problema: “diles que sí”. Mamdani respondió que sí, para satisfacción del presidente.
Hace unos años propusimos la fórmula P = d.t que relaciona poder (P), tolerancia (t) y diversidad/disidencia (d), según la cual los imperios incontestables tienen una alta tolerancia a la diversidad y a la disidencia cuando su poder (P) es incontestable, y se vuelven intolerantes a la diversidad y a la disidencia cuando su poder comienza a disminuir, relación que mantiene la ecuación en P-d.t = 0 en equilibrio. Actualmente, la creciente intolerancia a la disidencia, a la crítica, a los libros y cursos sobre sobre la historia esclavista e imperial, o a la aceptación de iguales derechos para diferentes etnias, géneros, sexos o clases sociales es un signo inequívoco de la creciente debilidad del Imperio americano.
Las máscaras y el smoking ya no son necesarios. La CIA lanzó su operación de secuestro del presidente Maduro para ser juzgado por narcotráfico tres semanas después de que el presidente Trump ordenase la liberación del expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, condenado a 40 años de prisión por un jurado federal del mismo Estado, por narcotráfico, y 24 horas después de reuniese con Benjamín Netanyahu, requerido por la Corte Penal Internacional por crímenes de Guerra y de lesa humanidad en Palestina.
Ante el acoso y luego bombardeo de Venezuela (que ya costó la vida de decenas de personas y que, con el tiempo, producirá más violencia), la ONU y varios presidentes han manifestado lo mismo: sentidas declaraciones de cancillerías sobre que “el ataque militar estadounidense sienta un precedente peligroso”.
¿No hace más de 200 años que estamos sentando precedentes peligrosos? ¿Qué está ocurriendo que no haya ocurrido antes? (1) Invasión imperial por avaricia de los recursos naturales, solo que ahora las excusas no son importantes; (2) cipayismo criollo, cobarde y entreguista; (3) timidez de los líderes izquierdistas de la región; (4) ausencia de consenso ante las más graves violaciones al derecho internacional…
¿Algo nuevo? Seguimos avanzando hacia la “Rebelión de los amos” a través de la “Palestinización del mundo” como un conductor que se duerme lentamente sobre el volante. Esto es sólo un capítulo más de un proceso que se radicalizará.
El secuestro de líderes desobedientes es una vieja práctica imperial. Los imperios siempre violaron las leyes ajenas, pero se cuidaron de hacerlo dentro de sus propios feudos (razón por la cual la cárcel de Guantánamo está en Cuba y no en Illinois), pero también esto ha cambiado. Ahora, los enmascarados del ICE y la Guardia Nacional han extendido la palestinización del mundo dentro de las fronteras de Estados Unidos, acostumbrando a su población a la brutalidad, al miedo y a la violación de los Derechos Humanos.
Los conflictos reaccionarios de los supremacistas y decadentes imperios occidentales continuarán sumando intervenciones al viejo estilo; invasiones, golpes de Estado, revueltas y guerras civiles inoculadas por las agencias secretas (CIA-MI6-Mossad). Seguiremos viendo un escenario de creciente violencia de Estados Unidos y Europa-Israel en sus patios traseros―América latina, África y Oriente Medio.
El objetivo es aplastar el surgimiento de China y del Sur Global, pero esta lucha desangrará más a Medio Oriente, África y América Latina que a China, hasta que ésta no tenga otra opción que intervenir en un conflicto bélico masivo.
Por el momento, a Rusia le importa Ucrania y a China, Taiwán. Por eso, sus reacciones ante la re-colonización supremacista del Sur Global son apenas simbólicas.
El comité del Premio Nobel d ela Paz acaba de publicar el siguiente texto, acompañado de una fotografía de la última galardonada, la empresaria venezolana María Corina Machado:
“Cuando se escriba la historia de nuestro tiempo, no serán los nombres de los gobernantes autoritarios los que destaquen, sino los de quienes se atrevieron a resistir. La Premio Nobel de la Paz 2025, María Corina Machado, es la última incorporación a una lista de personas que han defendido la democracia, entre ellas Carl von Ossietzky, Andrei Sájarov y Nelson Mandela. Aquí, analiza los retratos de algunos de los Premios Nobel de la Paz que la precedieron”.
“Cuando se escriba la historia de nuestro tiempo” se dirá que el minúsculo comité de políticos (cinco legisladores, cuatro de derecha) que deciden el Nobel de la Paz se superó cada año en su ridiculez–casi tan ridículo como la telenovela lacrimógena de la hija de Machado, recibiendo el premio en su nombre.
Dirá que fue otro signo de la decadencia de un mundo que se moría y, con él, enterraba todo su prestigio, meritoriamente construido a fuerza de arrogancia, racismo e imperialismo.
Señores del honorable Comité. ¿Es que han perdido el sentido de la decencia? Comparar a María Corina Machado con Nelson Mandela, un luchador contra el racismo y el imperialismo, encarcelado 30 años y definido como terrorista por el mismo imperio intervencionista que promueve a una Rémora que nunca estuvo presa por sus ideas y por su apoyo a golpes de Estado y mendiga que bombardeen su propio país, es un poco demasiado, ¿o no?
jorge majfud, diciembre 2025
"When the history of our time is written, it won’t be the names of the authoritarian rulers that stand out – but the names of those who dared resist."
2025 peace laureate Maria Corina Machado is the latest name on a list of individuals who have stood up for democracy – including… pic.twitter.com/7eXQpy7fgw
La creación del personaje MCM (María Corina Machado) no es muy diferente al resto de los líderes promovidos por Washington y la CIA por generaciones. No es muy diferente a los personajes creados con el mismo propósito solo en Venezuela, desde Pérez Jiménez hasta Juan Guaidó, por años referido por los países imperiales como “el presidente de Venezuela”, exactamente como es anunciada Machado ahora. El perfil clásico es: un mártir de la libertad siendo perseguido por un dictador desobediente en un país con importantes recursos naturales.
Luego de apoyar el golpe de Estado de 2002 contra un presidente democráticamente electo, luego de promover y solicitar por décadas intervenciones extranjeras de todo tipo en su país… ¿cuántos días estuvo presa la pobre Corina Machado? Menos que el mismo presidente Chávez en 2002. Ni un día, de hecho. Por menos de eso, en Estados Unidos habría sido detenida por los enmascarados o por algún agente federal y le habrían puesto una rodilla en la cabeza contra el suelo. Todo en nombre de la libertad y de la seguridad nacional.
Pero Corina Machado ha estado tan vigilada por el régimen, que pudo dar entrevistas y participar de conferencias internacionales en Miami llamando a una invasión a su país. ¿El régimen no interceptaba sus comunicaciones? En las dictaduras fascistas, planeadas por la CIA y sostenidas por los miles de millones de Washington hasta no hace mucho, por el solo hecho de tener un libro prohibido en su cocina, a Machado la hubiesen secuestrado, violado y torturado según las técnicas de la School of the Americas. Luego hubiese terminado en el fondo del mar o diluida en cal viva. Esas mismas dictaduras fascistas que ahora despiertan la nostalgia de los seguidores latinoamericanos de su klan, el Conservative Political Action Conference, CPAC. Por no recordar el centro de tortura en Guantánamo, las decenas de cárceles secretas de la CIA alrededor del mundo o las violaciones en las cárceles israelíes de miles de palestinos, muchos de ellos menores, que la Nobel de la Paz venera.
Como buena empresaria de elite, sus amigos van desde billonarios hasta los políticos más poderosos. El 17 de octubre de 2025, Reuters tituló: “Israel afirma que la presidenta venezolana, Machado, expresó su apoyo a Netanyahu”. El mismo día, desde Twitter, Machado le agradeció a Netanyahu por su “lucha por la libertad” en medio del peor genocidio en lo que va del siglo. La Oficina del primer ministro precisó: “María Corina Machado llamó al primer ministro Benjamín Netanyahu” con motivo de la obtención del Premio Nobel de la Paz. No la llamó él para felicitarla. Lo llamó ella para agradecerle.
Para la ceremonia de entrega del premio en Oslo, tenía que llegar un día tarde y saltar una barrera metálica para las fotos. El New York Times (el mismo que apoyó la invasión a Irak y luego el golpe de Estado contra Chávez, 21 días después), anunciaron la espectacular huida de la galardonada, quien “lucha contra la dictadura de su país desde hace 25 años”.
El récord de injerencias es prolífico. En 2024, la Associated Press reportó sobre un memorando interno de la DEA, filtrado accidentalmente por fiscales federales. El documento, de 2018, estuvo unas horas accesible en internet y detallaba una operación encubierta de la DEA en Venezuela iniciada en 2013, con agentes secretos que espiaban a altos funcionarios venezolanos con el propósito de reunir cualquier hecho que los vinculase con el narcotráfico. El grupo cibernético israelí Team Jorge, que se jactó de haber manipulado 33 elecciones alrededor del mundo, también intervino en las elecciones de Venezuela en 2012. Por entonces, se acusó al gobierno de “elecciones oscuras”, pese a la opinión del expresidente estadounidense Jimmy Carter de que “Venezuela cuenta con el mejor sistema electoral en el mundo” y pese a que Team Jorge intervino de forma más que oscura para favorecer a la oposición.
Todos saben que Venezuela posee la mayor reserva mundial de petróleo del mundo. Es menos conocido que Estados Unidos (el mayor consumidor y productor del mundo debido al fracking) ha llegado a su techo de producción y se prevé un inevitable declive a partir de 2027.
Desde hace más de una década, el bloqueo económico y financiero a Venezuela ha sido criminal (sobre todo en pandemia), pero no ha tenido el efecto deseado de remover al chavismo del gobierno. Como la excusa de la democracia (eso que brilla por su ausencia en Estados Unidos) no fue suficiente, se pasó a la lucha contra el narcotráfico y a las ejecuciones sumarias de un centenar de personas en el Caribe, cerca de las costas de Venezuela, con el propósito de provocar una reacción militar (el clásico “fuimos atacados primero”, “nunca lo olvidaremos” que se remonta a la época del despojo de los nativos), tampoco funcionó. Así que se pasó al secuestro de un petrolero con un millón de barriles de petróleo que serán decomisados por violar el bloqueo impuesto por Estados Unidos.
Algunos senadores, como Chris Van Hollen, han acusado a Trump de fabricar excusas para una guerra, lo que recuerda al congresista Abraham Lincoln contra la guerra en México. Trump, como su odiado George Bush, intenta saltearse cualquier voto en el congreso para lanzar un operativo militar más directo sobre Venezuela, lo que provocaría una guerra civil. El discurso del gobierno de Bush para invadir Irak y el de Trump para invadir Venezuela (con el mismo objetivo, el petróleo) resultan burdas copias. Siempre confían en la desmemoria popular―y en el entreguismo.
Según la encuesta de CBS y YouGov, el 70 por ciento de la población de Estados Unidos está en contra de cualquier intervención en Venezuela, pero la opinión en América Latina está dividida… O peor. Según el medio financiado por el Gobierno de Estados Unidos, Voz de América, solo el 34 por ciento de los latinoamericanos se opone a una invasión. Aunque parece el mundo del revés, la historia del cipayismo y la manipulación de la propaganda colonial siempre fue más efectiva en las repúblicas bananeras que en los mismos centros imperiales. Desde Madrid, el opositor venezolano Leopoldo López reconoció que presionaron y negociaron con Estados Unidos un despliegue militar en Venezuela.
¿Qué gobierno podría legitimarse, con o sin elecciones, de esta forma? Yo sugiero una solución más heroica: que López, Guaidó y Machado se alquilen un Granma y desembarquen en secreto en el Orinoco. Desde ahí pueden convencer al pueblo para derrocar a la dictadura.
Fue lo que hicieron Fidel Castro, el Che Guevara y diez más que sobrevivieron al llegar a la costa. Los doce enfrentaron, sin ayuda de ningún imperio, a un poderoso ejército armado y apoyado por Estados Unidos y responsable de la matanza de decenas de miles de cubanos, según la misma CIA, y aun así lo derrotaron.
No estoy a favor de la violencia, pero ya que promueven el bombardeo de su propio país por parte de una superpotencia extranjera, al menos pónganles el pecho a las balas. ¿O no les importa que corra sangre por las calles de Caracas? No se escondan detrás de las superpotencias imperiales.
En Miami, la iglesia católica organizó vigilias y oraciones por la liberación del cubano Orlando Bosch. El gobierno venezolano le ofreció dos veces a la embajada de Estados Unidos su extradición, pero Washington rechazó la oferta. Bosch admitió ante los investigadores venezolanos que él había participado en el atentado contra el avión de Cubana 455, pero el gobierno trasladó su juicio a un tribunal militar y Bosch fue declarado inocente, excepto de falsificar documentos de identidad.
Bosch estuvo recluido en una celda sin ventanas en el antiguo edificio del cuartel de San Carlos. El monstruo, como era conocido por los otros reclusos, presumía de ocupar la misma celda que alguna vez ocupó el dictador Marcos Pérez Jiménez.[i] Allí se dedicó a pintar paisajes de Cuba, una afición artística que compartía con Posada Carriles. Las pinturas eran vendidas en Miami con cierto éxito, convirtiéndose en una fuente extra de ingresos.
El 30 de octubre, un miembro del Coru viajó a Madrid, donde detonó dos bombas para enviar un mensaje claro: el encarcelamiento de Orlando Bosch no significaba que el Coru se iba a quedar con los brazos cruzados. No, señor. El 6 de noviembre de 1976 explotó una bomba en las oficinas de Cubana de aviación y al día siguiente explotó otra en una librería con literatura de izquierda.
El tribunal militar absolvió a Posada Carriles, dictaminando que la mayoría de las pruebas en su contra estaban viciadas de nulidad porque habían sido reunidas fuera de Venezuela. Un año después del atentado contra Cubana, una corte civil de Venezuela dictaminó que la corte militar no tenía jurisdicción en el asunto.
Durante el proceso, en 1977, con la ayuda de la Disip, Posada Carriles sobornó a los guardias de la prisión de San Carlos y escapó junto con Freddie Lugo. Luego atravesaron media Caracas hasta la embajada de Chile.
Unos años después, Posada Carriles se fugó de la cárcel de San Juan de los Morros de Caracas, gracias a múltiples ayudas desde Miami. Alcanzó a aterrizar en Santiago de Chile, buscando la protección por su aporte en el asesinato de Letelier (participación que se acreditó tantas veces como las negó), pero el régimen de Pinochet estaba demasiado complicado con el FBI, por lo que decidió devolverlo a Venezuela. En Santiago, el dictador y el nuevo gobierno de Jimmy Carter mantenían una guerra fría de signo inverso que terminaría con la derrota del presidente estadounidense. El congreso más progresista de la historia de Estados Unidos y un presidente con ciertos atisbos de idealismo moral, habían puesto contra las cuerdas al gobierno chileno, acusado de participar en el atentado terrorista contra Letelier y a su asistente Ronni Moffitt.
Lugo y Posada Carriles fueron devueltos a las autoridades venezolanas, para sorpresa e indignación de los exiliados de Miami. Se trataba de un acto de traición imperdonable, sobre todo porque no había sido cometido por ellos mismos. Posada Carriles no le guardó rencor al dictador chileno.
―Pinochet fue el mejor, el más grande dictador que tuvo América latina ―le confesó Posada Carriles a la periodista cubana Ann Louise Bardach.[ii]
Debió esperar unos años más en prisión hasta que, finalmente pudo escapar de la cárcel vestido de sacerdote y con la ayuda de Jorge Mas Canosa, millonario empresario cubano y agente de la CIA, participante de la invasión fallida de Playa Girón, presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana de Miami y fundador de TV Martí, ambas financiadas en parte por la NED y el gobierno de Estados Unidos. Posada Carriles era un viejo conocido de Mas Canosa. Los archivos de la CIA registran que en julio de 1965 Mas Canosa le había pagado 5.000 dólares para hacer explotar un barco en Veracruz, México, y cualquier otro país latinoamericano. Aunque un cubano de apellido Carballo se ofreció para hacer el trabajo por solo 3.000 dólares, no era el dinero lo que importaba sino el éxito de la operación, y Mas Canosa confió el atentado a otro camarada de la CIA, Luis Posada Carriles. El 28 de julio de 1965, compró 125 libras de Pentolite por solo 375 dólares. El 25 de junio, mientras tramitaba una visa para México con papeles falsos de Puerto Rico, Posada Carriles le había informado a Mas Canosa en Texas que ya tenía 100 libras de C4. Como era costumbre, la mayoría de estos planes de voladura de barcos, aviones, embajadas, hoteles y asesinato de presidentes, fracasó. Pero la notable ineficiencia de los freedom fighters, a pesar de los ilimitados recursos, no desalentó a los combatientes.
Una vez más, Jorge Mas Canosa lo rescató, facilitándole un avión privado para viajar a Costa Rica. El periplo se extendió a las dictaduras amigas de El Salvador y Honduras. Canosa y la CIA corrieron a cargo de los gastos, que más bien eran inversiones. En El Salvador, el ministerio del interior le otorgó documentación falsa a nombre de Franco Rodríguez Mena. Otro activo de la CIA que lo ayudó fue el cubano Otto Reich, encargado de supervisar a los empleados de la CIA y del Pentágono y de la propaganda contra el gobierno de Nicaragua, la que era plantada en los medios de prensa como si fuesen información objetiva, testimonios de las víctimas de aquel gobierno o escritos de los mismos combatientes de los Contras. Disponiendo de decenas de millones de dólares canalizados por la Agencia, el objetivo era, sobre todo, convencer a la población estadounidense del peligro del gobierno sandinista, ya que las encuestas indicaban que la gran mayoría de los estadounidenses se oponía a intervenir una vez más en Nicaragua.
―El Salvador está más cerca de Texas que Texas de Massachusetts ―dijo Ronald Reagan en una cadena de televisión, buscando la aprobación de los ciudadanos a las dictaduras amigas y el dinero del Congreso para los Contras, poco antes de que se destapase el escándalo de la venta ilegal de armas a Irán para complementar el dinero del narcotráfico en la lucha contra el socialismo en América Latina.
Gran parte de esta propaganda vendida como periodismo estaba a cargo de la Office of Public Diplomacy for Latin America and the Caribbean, fundada por el cubano Otto Reich, hasta que debió cerrarla en 1989 por malversación de fondos del Pentágono y por denuncias de noticias falsas. Reich, luego de ser embajador en Venezuela y lobista profesional, reaparecerá en la campaña de desestabilización en Venezuela y en el consiguiente golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002.
―Si no fuera por mis amigos, como Jorge Mas Canossa, yo todavía estaría preso ―le confesó Luis Posada Carriles a la periodista Ann Louis Bardach.[iii]
Según el marine estadounidense Eugene Hasenfus, en América Central, Posada Carriles se dedicó a planear otras formas de terror, desde explosiones de aviones comerciales hasta bombas en hoteles y lugares turísticos del Caribe o de cualquier país que pudiese tener alguna relación con Cuba o con Nicaragua. Sólo del empresario Mas Canosa recibió 200.000 dólares como adelanto de sus sabotajes.
―Los cubanos fuimos traicionados por los venezolanos también ―dijo Bosch en una entrevista, un año después―. Cuando los periodistas me preguntaron si yo tenía una identificación de la Disip, contundentemente dije que no… Pero un día voy a empezar a hablar.
Bosch hablará en muchas oportunidades. Él se movía libremente por Venezuela con una identificación de la Disip. El último atentado contra el vuelo de Cubana 455 sorprendió a muchos colaboradores del gobierno de Andrés Pérez, pero Bosch afirmó que tenía una reunión pendiente con él, agendada para el 10 de octubre. El incidente del avión cubano trastocó todo y la reunión se canceló.
―El presidente Andrés Pérez es un traidor a la democracia ―le dijo Bosch a Fleetwood, desde la cárcel de Carcas―, un traidor a los cubanos y también un traidor a la causa estadounidense. Algunos amigos me han dicho que los venezolanos me trajeron sólo para traicionarme. No lo sé. Puede ser… Voy a declararle la guerra al gobierno venezolano en nombre de la causa cubana. Y si quieren enviarme a juicio, tendrán que llamar a los jefes de la Disip, porque voy a hablar… ¿Has visto cómo las oficinas de la aerolínea venezolana ayer volaron por el aire en Puerto Rico? Mis cubanitos lo hicieron, aunque ninguno se va a atribuir el atentado.
Bosch tampoco lo hizo.
En 1982, en la inmunidad de Miami, poco antes de ser ajusticiado en un lujoso bar, El Mono Morales Navarrete confesará frente a las cámaras de televisión:
―Yo lo hice ―dijo, acomodándose en su asiento como forma de acentuar sus palabras. Yo junto con otros. Bosch no.[iv]
Bosch, decía Posada Carriles y todos quienes lo conocían, tenía una fijación con atribuirse todos los grandes atentados. Cuando negaba algo era porque la ley estaba detrás de él, pero, como Posada Carriles, lo hacía con la suficiente ambigüedad como para no matar el mito, como un guiño de guerra a sus camaradas y, sobre todo, a sus donantes, que él llamaba “los amigos de la causa cubana”.
Trump intenta acostumbrar a los estadounidenses y al mundo a la idea de una intervención en Venezuela que costaría una guerra civil y un baño de sangre sumado al ya largo crimen de la guerra comercial, financiera y mediática.
Mientras tanto, desde Miami, la Premio Nobel de la Paz le promete a la oligarquía mundial el oro y el moro a cambio de que la pongan de presidenta en lugar del “dictador ilegítimo” en Miraflores.
Para eso, no duda en insistir y llama a su presidente, rey del mundo, a una guerra que no peleará ella ni sus hijos ni ningún empresario que hoy se frota las manos.
No, señora Machado. Usted nunca, jamás será la presidenta legítima que sueña ser en sus delirios de poder psicópata.
Ningún cipayo entreguista y cobarde podrá nunca ser legítimo en nada. No existe ni existirá nunca un gobernador de colonia legítimo. Menos aquel que asume el poder derramando sangre de su propio pueblo vendido por treinta piezas de plata y con las siempre infinitas bombas de un imperio insaciable.
(audio: el diálogo es una interpretación independiente del aríticulo publciado aquí)
El Memorial de América Latina, fundación cultural de São Paulo dedicada a la valorización de la diversidad y la integración de los pueblos latinoamericanos, me invitó a contestar en un breve video la pregunta “¿Qué significa ser latino?” Pocas cosas más estimulantes que las preguntas y pocas preguntas más difíciles de contestar que las más simples.
Empezaré por la conclusión: hay que cambiar el concepto de identidad por el de conciencia. Ninguna de las dos palabras tiene ni tendrá una resolución epistemológica definitiva, pero sí un significado social e histórico (y, sobre todo, político) bastante claro.
Esta conciencia no es un realidad metafísica, abstracta y universal, sino específica, concreta y múltiple. Me refiero a la conciencia de situación, de pertenencia y de ser, como la conciencia de clase, la conciencia de género, la conciencia de ser colonia, la conciencia de ser un trabajador asalariado, la conciencia de ser latino, la conciencia de identificarse con una etiqueta impuesta desde el poder…
Por décadas, la búsqueda y confirmación de una identidad fue la Lámpara de Aladino que abriría la liberación de cada colectivo social y de cada individuo en particular. Pero la identidad, como el patriotismo, son emociones colectivas y, por lo tanto, ideales para la manipulación de cualquier poder. Más cuando se trata de una dinámica de la fragmentación. Para sus enemigos y promotores, un proyecto de la distracción.
Los poderes dominantes manipulan las emociones mejor que las ideas. Cuando estas ideas se liberan del ruido de las pasiones y se reflejan en sus propios espejos, no en los espejos del poder que no tienen, comienzan a aproximarse a una conciencia concreta.
La más reciente obsesión por una identidad étnica (y, por extensión, de diferentes grupos marginados o subalternos al poder) fue precedida hace más de un siglo por la obsesión de la identidad nacional. En América latina fue el producto del romanticismo europeo. Sus intelectuales, crearon en el papel (desde las constituciones hasta el periodismo y la literatura) las naciones latinoamericanas. Como la diversidad de repúblicas aparecía caótica y arbitraria, con países creados de la nada a través de divisiones, no de uniones, fue necesaria una idea unificadora. Las religiones y los conceptos raciales no eran tan fuertes como para explicar por qué una región se independizaba de la otra, por lo que la cultura debió crear esos seres artificialmente uniformes. Incluso más tarde, cuando en 1898 el Imperio español terminó su larga decadencia con la pérdida de sus últimas colonias tropicales a manos de Estados Unidos, el país (o, mejor dicho, su intelectualidad) se hundió en la introspección. Los discursos y las publicaciones sobre la identidad de la nación, sobre qué era ser español distrajeron el dolor por la herida abierta. Algo similar a lo que ocurre con Europa hoy, pero sin intelectuales capaces de procesar y crear algo nuevo.
Más allá de la desesperada búsqueda o confirmación de una identidad (como un creyente asiste cada semana a su templo para confirmar algo que, se supone, no está en peligro de perderse), las identidades suelen ser la imposición de un poder externo y, en ocasiones, la reivindicación de quienes lo resisten. África no se llamaba a sí mismo África hasta que los romanos la bautizaron con ese nombre y pusieron en esa cajita a un universo de naciones, culturas, idiomas y filosofías diferentes. Lo mismo Asia: hoy, los chinos, los indios y los árabes separados por océanos, por desiertos y por las montañas más altas del mundo son definidos como asiáticos, mientras los rusos blancos del Este son europeos y los rusos menos caucásicos del centro son asiáticos, sin que los separe un gran accidente geográfico y, menos, una cultura radicalmente diferente. Para los hititas Assuwa era el Oeste de la actual Turquía, pero para los griegos era el diverso y desconocido universo humano al Este de Europa. Lo mismo América, como todo saben.
Por lo general, la identidad es un reflejo de la mirada ajena y ésta, cuando es determinante, procede de la mirada del poder. Más recientemente, el significado de hispano y latino en Estados Unidos (y, por extensión, en el resto del mundo) son inventos de Washington, no sólo como forma de clasificar burocráticamente esa diversa otredad, sino como reacción epidérmica de su propia cultura fundadora: clasificando colores humanos; dividiendo en nombre de la unidad; visibilizando ficciones para ocultar la realidad. Una tradición con una clara funcionalidad política, desde siglos antes.
La política de las identidades tuvo un relativo éxito por dos razones opuestas: expresó las frustraciones de quienes se sentían marginados y atacados―y que, de hecho, lo eran―y, por el otro, fue una antigua estrategia que, de forma consciente, practicaron los gobernadores y esclavistas blancos en las Trece Colonias: promover las divisiones y las fricciones de los grupos sociales sin poder a través del odio mutuo.
Aunque una creación cultural, una creación de la ficción colectiva, la identidad es una realidad, como puede serlo el patriotismo o la afición fanática por una religión o un equipo de fútbol. Una realidad estratégicamente sobreestimada.
Por lo antes anotado, sería preferible volver a hablar de conciencias, como solíamos hacerlo algunas décadas atrás, antes de que nos colonizara la superficialidad. Conciencia de inmigrante, conciencia de perseguidos, conciencia de estereotipados, conciencia de racializados, conciencia de sexualizados, conciencia de colonizados, conciencia de clase, conciencia de esclavo, conciencia de ignorantes―aunque esta última parezca un oxímoron, de joven conocí gente humilde y sabia, quienes habían alcanzado esta conciencia y actuaban y hablaban con una prudencia que no se ve hoy entre aquellos que viven de fiesta en el pico de la gráfica de Dunning-Kruger.
La conciencia de una situación particular no es divisiva ni sectaria, de la misma forma que la diversidad no se opone a la igualdad, sino lo contrario. Es el oro y la pólvora de una sociedad en su camino a cualquier forma de liberación. La identidad, en cambio, es mucho más fácil de ser manipulada. Vale más trabajar por aclarar y elevar la conciencia colectiva e individual, que simplemente adoptar una identidad, como un sentimiento tribal, sectario, por encima de cualquier conciencia colectiva, humana. Claro que lograr una conciencia requiere un trabajo moral e intelectual, a veces complejo y contra eso que en psicología se llama “intolerancia a la ambigüedad”―en 1957, León Festinger lo llamó “disonancia cognitiva”.
Diferente, para adoptar una identidad, basta con descansarse en colores, en banderas, en tatuajes, en símbolos, en juramentos, y en tradiciones adaptadas para el consumidor, superfluas o inventadas por alguien más que terminará por beneficiarse de toda esa división y frustración ajena.
La identidad es una realidad simbólica, estratégicamente sobreestimada. Como el patriotismo, como un dogma religioso o ideológico, una vez fosilizada, es mucho más susceptible de la manipulación ajena. Entonces, se convierte en un saco de fuerza―conservador, ya que impide o limita la creatividad derivada de una conciencia crítica y libre.
Trabajar y alcanzar una conciencia de esa manipulación requiere un esfuerzo mayor. Requiere del control de los instintos más primitivos y destructivos como, por ejemplo, el ego desenfrenado o el odio de un esclavo por sus hermanos y la admiración por sus amos―la afiebrada moral del colonizado.
El 29 de setiembre de 2025, el New York Times informó sobre la reunión en la Casa Blanca entre el presidente Trump y el primer ministro de Israel Netanyahu. Su titular de portada fue: “Trump y Netanyahu le dicen a Hamas que acepte su plan de paz, o de lo contrario…” El subtítulo aclaró esos puntos suspensivos: “El presidente Trump afirmó que Israel tendría luz verde para ‘completar la misión’ si Hamas se negaba a aceptar el acuerdo de cese de hostilidades”.
Cese de hostilidades…No es que la historia rime. Se repite. Desde el siglo XV, todos los acuerdos firmados por los imperios europeos fueron a punta de cañón y sistemáticamente ignorados cuando dejaron de servirles o cuando lograron avanzar sus líneas de fuego. Destrucción y despojo sazonado con alguna buena causa: la civilización, la libertad, la democracia y el derecho del invasor a defenderse.
Fue, por siglos, la repetida historia de la diplomacia entre los pueblos indígenas y los colonos blancos, para nada diferente al más reciente caso del “Acuerdo de paz”, propuesto e impuesto bajo amenaza por Washington y Tel Aviv sobre Palestina. La misma historia de la violación de todos los tratados de paz con las naciones nativas de este y del otro lado de los Apalaches, antes y después de 1776. Luego, lo que los historiadores llaman “Compra de Luisiana” (1803), no fue una compra sino un brutal despojo de las naciones indígenas que eran los dueños ancestrales de ese territorio, tan grande como todo el naciente país anglo en América. Ningún indígena fue invitado a la mesa de negociaciones en París, un lugar alejado de los despojados. Cuando alguno de estos acuerdos incluyó a algún “representante” de los pueblos agredidos, como fue el caso del despojo cheroqui de 1835, fue un representante falso, un Guaidó inventado por los colonos blancos.
Lo mismo ocurrió con el traspaso de las últimas colonias españolas (Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam) a Estados Unidos. Mientras cientos de siouxs teñían de rojo las nieves de Dakota por reclamar el pago según el tratado que los obligó a vender sus tierras, en París se firmaba un nuevo acuerdo de paz sobre los pueblos tropicales. Ningún representante de los despojados fue invitado a negociar el acuerdo que hizo posible su liberación.
Para Teo Roosevelt, “la guerra más justa de todas es la guerra contra los salvajes (…) los únicos indios buenos son los indios muertos”. Más al sur: “los negros son una raza estúpida”, escribió y publicó. Según Roosevelt, la democracia había sido inventada para beneficio de la raza blanca, única capaz de civilización y belleza.
Durante estos años, la etnia anglosajona necesitaba una justificación a su brutalidad y a su costumbre de robar y lavar sus crímenes con acuerdos de paz impuestos por la fuerza. Como en la segunda mitad del siglo XIX el paradigma epistemológico de las ciencias había reemplazado a la religión, esa justificación fue la superioridad racial.
Europa tenía subyugada a la mayoría del mundo por su fanatismo y por su adicción a la pólvora. Las teorías sobre la superioridad del hombre blanco iban de la mano de su victimización: los negros, marrones, rojos y amarillos se aprovechaban de su generosidad, mientras amenazaban a la minoría de la raza superior con un reemplazo de la mayoría de las razas inferiores. ¿Suena actual?
Como esas teorías biologicistas no estaban suficientemente fundadas, se recurrió a la historia. A finales del siglo XIX pulularon en Europa teorías lingüísticas y luego antropológicas sobre el origen puro de la raza noble (aria, Irán), la raza blanca, proveniente de los vedas hindúes. Estas historias, arrastradas de los pelos, y los símbolos hindúes como la esvástica nazi y lo que hoy se conoce como la estrella de David (usada por diferentes culturas siglos antes, pero originarios de India) se popularizaron como símbolos raciales en la letra impresa.
No por casualidad, es en este momento en que las teorías supremacistas y el sionismo se fundan y se articulan en sus conceptos históricos, en la Europa blanca, racista e imperialista del norte. El mismo fundador del sionismo, Theodor Herzl, entendía que los judíos pertenecían a la superior “raza aria”.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, estos supremacismos convivieron con ciertas fricciones, pero no las suficientes como para que les impida formar acuerdos, como el Acuerdo Haavara entre nazis y sionistas que, por años, trasladó decenas de miles de judíos blancos (de “buen material genético”) a Palestina. Los primeros anti sionistas no fueron los palestinos que los recibieron, sino los judíos europeos que resistieron el Acuerdo de limpieza étnica. Al mismo tiempo que se colonizó y despojó a los palestinos de sus tierras, se colonizó y despojó al judaísmo de su tradición.
Cuando los soviéticos arrasaron con los nazis de Hitler, ser supremacista pasó a ser una vergüenza. De repente, Winston Churchill y los millonarios estadounidenses dejaron de presumir de ser nazis. Antes, la declaración Balfour-Rothschild de 1917 fue un acuerdo entre blancos para dividir y ocupar un territorio de “razas inferiores”. Como dijo el racista y genocida Churchill, por entonces ministro de Guerra: “Estoy totalmente a favor de utilizar gases venenosos contra las tribus no civilizadas”.
Pero la brutal irracionalidad de la Segunda Guerra también liquidó la Era Moderna, basada en los paradigmas de la razón y el progreso. Las ciencias y el pensamiento crítico dejaron paso a la irracionalidad del consumismo y de las religiones.
Es así como los sionistas de hoy ya no insisten en la ONU y en la casa Blanca sobre su superioridad racial de arios sino en los derechos especiales de ser los semitas elegidos de Dios. Netanyahu y sus escuderos evangélicos citan mil veces la sacralidad bíblica de Israel, como si él y el rey David fuesen la misma persona y aquel pueblo semita de piel oscura de hace tres mil años fuesen los mismos jázaros del Cáucaso que en la Europa de la Edad Media adoptaron el judaísmo.
El acuerdo de Washington entre Trump y Netanyahu para que sea aceptado por los palestinos es ilegítimo desde el comienzo. No importa cuántas veces se repita la palabra paz, como no importa cuántas veces se repite la palabra amor mientras se viola a una mujer. Será por siemrpe una violación, como lo es la ocupación y el apartheid de Israel sobre Palestina.
El martes 30 de setiembre, el Ministro de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, reunió a sus generales y citó a George Washington: “Quien anhela la paz debe prepararse para la guerra”, no porque Washington “quiera la guerra, sino porque ama la paz”. El presidente Trump remató: sería un insulto para Estados Unidos que no le otorgasen el Premio Nobel de la Paz.
En 1933, en su Discurso en el Reichstag, el candidato al Nobel de la Paz, Adolf Hitler, declaró que Alemania solo anhelaba la paz. Tres años después, luego de militarizar Renania, insistió que Alemania era una nación pacifista que buscaba su seguridad.
Aunque el nuevo acuerdo entre Washington y Tel Aviv sea aceptado por Hamas (una de las creaturas de Netanyahu), tarde o temprano será violado por Tel Aviv. Porque para la raza superior, para los pueblos elegidos, no existen acuerdos con seres inferiores sino estrategias de saqueo y aniquilación. Estrategias de demonización del esclavo, del colonizado, y de victimización del pobre hombre blanco, ese adicto a la pólvora―ahora polvo blanco.
El 20 de setiembre, el Chevrolet celeste de Letelier no voló por el aire como estaba previsto. Suárez, Novo y Paz no encontraron palabras para insultar al gringo Townley, para entonces en un vuelo de Iberia a España. El experto no había logrado detonar ni el C4 y ni el TNT. ¿Fue un error premeditado?
―Es un comemielda.
Luego de una breve discusión, decidieron terminar el trabajo por su propia cuenta. Era mejor que perder toda la inversión por un detalle estúpido. Sólo debían asegurarse de que el bip médico estuviese funcionando, algo que Townley presumía haberles enseñado. Por la noche, volvieron a la casa de Bethesda.
Ronni y Michael estaban cenando con Orlando e Isabel. El entusiasmo del joven matrimonio los había contagiado. Los sueños de la juventud son los verdaderos sueños. Todo lo demás son aprendizajes, despertares.
Los niños buscaban algo para ver en los muchos canales a color que los tenían atrapados. Una voz anunció el primer capítulo de la nueva temporada de Rich Man, Poor Man. Luego del asesinato del hermano pobre, Tom Jordache, el hermano rico Peter Haskell, dueño de Tricorp, debe enfrentarse al asesino Falconetti, quien ha quedado en libertad. Italiano o hijo de italianos tenía que ser. “Mañana, 21 de setiembre a las 9:00, por ABC”.
Ronni Karpen tenía 25 años y su breve biografía se resumía a sus años en la Universidad de Maryland y a su activismo contra la Guerra de Vietnam, como Mariana Callejas en Miami. Se había graduado en Educación y enseguida se había dedicado a la creación de Centros de Enseñanza para estudiantes necesitados. En el IPS conoció a Michael.
Cuando los muchachos ya se habían ido a dormir, Orlando se quedó hablando con Michael sobre algo que comenzaba a preocuparle. Le recordó el asesinato del general Carlos Prats y su esposa Sofía, en Buenos Aires. En diez días se cumplirían dos años del atentado. Había otros casos, como el de Bernardo Leighton y su esposa en Roma… Todos los atentados se llevaban a las esposas de sus víctimas también, pero esto debía ser sólo una coincidencia de la crueldad indiferente de los freedom fighters.
Aunque la idea de algún tipo de agresión del gobierno de un país latinoamericano en la capital estadounidense parecía improbable, estaba el caso del profesor de Columbia University, Jesús Galíndez, secuestrado por el régimen de Leónidas Trujillo veinte años atrás, luego torturado y asesinado en República Dominicana. Orlando había sido testigo de las ejecuciones en Chile y sabía que el régimen fascista era capaz de cualquier cosa. En los hechos, poco a poco Letelier se había convertido en el líder de la resistencia chilena al régimen de Pinochet. Sólo un tonto no se daría cuenta que él era el número uno en la lista negra de Pinochet.
―La Dina ya mató a otros exiliados ―dijo Orlando―. No sería raro que intentaran hacerlo de nuevo. Es muy probable que estén espiándome todo el tiempo.
Letelier se puso de pie y se acercó a la ventana. Afuera estaba oscuro como la muerte, por lo cual solo pudo ver el reflejo de su rostro y, más allá, sus propios pensamientos. Luego volvió a donde estaba Michael Moffitt.
Dos horas después, en el momento de regresar, Michael y Ronni se encontraron con que su auto estaba descompuesto. No hubo forma de hacerlo arrancar.
―Lévense el mío―dijo Orlando.
―Oh, no…
―Sin problema ―insistió Orlando―. Sólo que mañana temprano deben estar aquí de vuelta para ir a las oficinas.
Sin alternativa, el joven matrimonio regresó a su casa con el TNT y el C4 amarrado al chasis del Chevrolet de Letelier.
―Shit! ―dijo Suárez.
―¡Mierda! ―confirmó Virgilio Paz.
―Tendremos que levantarnos temprano mañana.
―Qué pareja encantadora ―dijo Isabel, llevando dos copas a la cocina.
Unas horas después, Townley volaba a Miami. Quería encontrarse lo más lejos posible en el momento de la explosión. Luego viajó a Madrid.
La cena con sus asistentes y la conversación sobre seguridad personal le habían removido varios recuerdos. La revista Playboy le había hecho una entrevista que aún no había sido publicada sobre aquella mañana del 11 de setiembre, tres años atrás. Nunca sabrá por qué una revista erótica iba a publicar su tortura en la cárcel más fría del fascismo ni por qué podría interesarles a sus lectores, como si hubiese una relación tenebrosa entre miedo y deseo, entre el dolor ajeno y el placer propio.
Los niños ya se habían ido a dormir. La televisión continuaba vendiendo promesas de felicidad, todas a un precio justo y al alcance del verdadero hombre y la verdadera mujer. Siempre más por menos.
Volvió a recordar la mañana del golpe. Recordó que le había dicho al periodista que ese día temprano había corrido al Ministerio de Defensa.
―Enseguida sentí una pistola en mi espalda. Estaba rodeado de una docena de soldados.
De ahí lo llevaron a una habitación desde donde debió presenciar toda la noche la ejecución de decenas de detenidos en el patio central. A las cinco de la mañana, escuchó que afuera los soldados decían:
―Es el turno del ministro.
Mientras lo llevaban al patio para ser ejecutado, hubo una discusión entre los soldados. Alguien había recibido otra orden. Finalmente, quien lo sostenía, le dijo:
―Tienes suerte, conchatumadre.
Lo transfirieron a una celda fría en la isla Dawson, cerca de la Antártida. El nuevo gobierno no sabía qué hacer con él. Ejecutarlo o dejarlo con vida eran dos opciones con múltiples beneficios y efectos colaterales imposible de calcular.
Un año más tarde, como consecuencia de la presión internacional, lo enviaron a Venezuela. Allí, el Institute for Policy Studies le ofreció el trabajo de investigador. Estaba en la ciudad más segura del mundo, por lo menos políticamente hablando, pero el instituto tenía un claro historial de resistencia contra la Guerra de Vietnam y las políticas exteriores de Washington. La prensa y la televisión no descansaban en alertar a la población del peligro del IPS para la democracia y la libertad. Más cuando, desde el cielo de la Casa Blanca, llovían millones de dólares sobre los periodistas para revertir la creciente resistencia del pueblo contra la Guerra de Vietnam.
―El IPS es un nido de radicales ―había dicho un tal Harvey.
―Sí, muy radicales ―había respondido alguien desde otro escritorio―. Están contra la Guerra de Vietnam y contra las dictaduras que plantamos nosotros por todo el mundo.
Orlando apagó el televisor y se fue a dormir. En realidad, desde hacía algún tiempo, sólo simulaba que dormía.
A la mañana siguiente, Michael y Ronni volvieron a la casa de Orlando para ir a las oficinas de IPS. A las ocho, Orlando, tarde y sin haber dormido bien, se vistió de prisa mientras le decía a Isabel que fuera a almorzar con ellos.
―No creo que pueda, tengo demasiado trabajo ―contestó Isabel.
―Te va a gustar la sorpresa―insistió él.
Llamó por teléfono a su asistente Juan Gabriel Valdés para decirle que iba a pasar por él de camino a las oficinas. Juan Gabriel le dijo que no podía a esa hora, que su esposa iba a hacer unas compras y él se iba a quedar cuidando a los niños, que lo veía un poco más tarde.
Salieron los tres de prisa de la casa. Orlando encendió un cigarrillo y se acomodó el cuello de la camisa.
―¿Quiere que maneje? ―dijo Michael.
―No hay problema ―murmuró Orlando, con el cigarro entre los labios.
Michael se adelantó y le abrió la puerta del acompañante a Ronni y se sentó detrás.
En quince minutos, el Chevrolet Chevelle Malibu celeste había dejado Bethesda y entró en la avenida Massachusetts.
Detrás iba el Ford gris. José Suárez comentaba detalles de la bomba que el pasado jueves 16 había logrado detonar con Omega 7, en el barco soviético Ivan Shepetkov, en el puerto de Nueva Jersey.[i] Como Fidel, el maldito no se hundió. Quedó con un enorme agujero de un costado, pero no se hundió.
―Poco después del mediodía, llamamos para revindicar el atentado. No íbamos a hacer todo ese trabajo sin recibir los créditos. Qué coño importa si se hundió o no se hundió el muy maldito.
―No murió nadie esta vez.
Por lo cual la noticia no le dio vuelta al mundo y las donaciones no se dispararon como otras veces.
A las 9:30, el Malibu celeste pasó por la antigua residencia de Letelier. El embajador Manuel Trucco salía de su cama en ese momento.
Poco después de las nueve de la mañana, Jorge Luis Borges caminaba por la avenida Diego Portales de Santiago. En unas horas más, asistiría a una ceremonia en su honor, con la presencia del general Pinochet y la literata Mariana Callejas en tercera fila.
―Sí, Neruda era un mal poeta. No conocía el soneto ni los misterios de la métrica. Le sobraron sílabas, como a Cien años de soledad le sobraron por lo menos cincuenta años…
Borges coincidía con la crítica literaria de la CIA, no con el criterio de la academia sueca. Mucho menos con la opinión de los obreros que compraban sus libros en los quioscos.
―Sus libros también se venden en los quioscos ―le informó Antonio Carrizo.
―¿En los quioscos? ―preguntó Borges, sorprendido―. ¿Mis libros en los quioscos?
En Washington, el Chevy Chevalle tomó la avenida Massachusetts antes de entrar en el DC. A las 9:33 pasó frente a su antigua residencia, ahora ocupada por la familia del embajador de Pinochet y, segundos después, entró en la rotonda de Sheridan, a tres minutos de las oficinas del IPS, en la calle Q 1901.
En ese momento, a pocas cuadras de allí, se realizaba una reunión de Lasa, la Asociación de Estudios Latinoamericanos, para preparar el congreso que ese año sería en Atlanta. Letelier había enviado Juan Raúl Ferreira para informar sobre la dictadura uruguaya.
A las 9: 34, en el Ford que seguía al Chevy celeste, Virgilio Paz apretó los dos botoncitos del control remoto. Era uno de los dispositivos que Townley había adaptado y probado él mismo en el viaje a México, uno de esos que usan los médicos para llamados de emergencia. El bip activó el C4 colocado en el chasis del Chevy, justo debajo del asiento del conductor.
Michael escuchó un sonido eléctrico y un flash detrás de la cabeza de Ronni. Luego de una fracción de segundo, el Chevy voló por el aire y sus pedazos se esparcieron hasta veinticinco metros. Al caer, se incrustó contra un Volkswagen naranja que estaba estacionado. Ronni salió despedida del auto y cayó sobre el césped. Descalzo y sentir las piernas, asfixiado por el humo, Michael logró salir por una ventana y vio a Ronni de pie, como si nada le hubiese pasado.
El único gravemente herido parecía ser Orlando. Estaba recostado de espaldas sobre el volante del conductor. Michael le palmeó la cara:
―Orlando ―dijo―. ¿Me puede escuchar?
Orlando no contestó. Intentó poner una mano sobre Michael, pero no pudo. Sus ojos se movían lentamente y las lágrimas le recorrían las mejillas. Estuvo a punto de decir algo, pero se apagó en segundos.
―¡Fue la Dina! ―gritó Michael―. Malditos fascistas.
Letelier murió en minutos después.
Ronni no estaba bien. La explosión le había cortado la garganta, pero Michael no lo había notado porque ella se alejaba caminando. Hasta que cayó en el piso.
Dana Peterson, una médica que corrió a auxiliarla, no pudo evitar que Ronni se ahogara en su propia sangre mientras intentaba sacarse de encima a Michael. Minutos después, llegó la ambulancia. Luego de una breve discusión, Michael logró subirse para acompañarla al hospital.
En la reunión de Lasa, Juan Raúl Ferreira todavía respondía preguntas sobre las dictaduras del Cono Sur. Cerca del mediodía, se interrumpió la reunión con una conmoción sorda. Juan Raúl no alcanzaba a entender la información fragmentada que corría en inglés de un lado para el otro. Tomó a una joven de un brazo y le preguntó qué estaba pasando.
―¡Mataron a Letelier! ―dijo.
Juan Raúl corrió al IPS.
―También mataron a Ronni ―dijo alguien que acababa de entrar al antiguo edificio de la calle Q.
Entonces, Juan Raúl miró al escritorio que estaba frente al suyo. Era el escritorio de Ronni.[ii]
Había comenzado a lloviznar. En el hospital, Michael Moffitt luchaba por deshacerse del acoso de la policía. Recordó los versos de Pablo Neruda que le había leído el día de su boda. Ella, todavía de blanco, sonreía radiante y con una alegría que no cabía en su pequeño cuerpo:
Levántate conmigo
y salgamos reunidos
a luchar cuerpo a cuerpo
contra las telarañas del malvado…
En medio del fuego estarás
junto a mí…
―¿Por qué dice que Neruda no es un gran poeta? ―le preguntó el periodista.
―¿Usted recuerda algún verso de Neruda? ―repreguntó Borges, lapidario, sonriendo a una cámara de televisión que lo apuntaba desde la eternidad.
―Bueno ―titubeó Carrizo―, me parece que de Neruda se puede citar alguno…
―A ver, ¿cuál?
―No, no me tome examen…
―Yo no recuerdo ninguno memorable ―dijo Borges, muriéndose de a poco, con una vana sonrisa.
La bomba estaba programada para explotar el lunes. Townley compró los diarios, escuchó las radios y no encontró ninguna información que lo confirmara. Cuando finalmente detonó la mañana del martes 21, ya se encontraba en Miami. De ahí se fue a cenar con sus padres en Boca Ratón.
En Union City dos hombres conversaban frente a dos vasos casi vacíos de ron y con dos espesos habanos entre los dedos.
―Oye chico. Todavía me sigue dando vueltas en la cabeza algo que…
Por la Bergenline Avenue caminaban la ultimas minifaldas del año, mientras el cielo no se decidía a enviar lluvia, llovizna o la primera nevada del año.
―Pues dime.
―¿Y si el americano preparó el detonador para que fallase a propósito, sabiendo que nosotros lo íbamos a reparar?
―Eso nunca lo sabremos…
―Lo vi un poco reticente a participar en la operación. Ahora, después de todo, resulta que fuimos nosotros quienes pusimos el C4 y luego lo detonamos. ¿No era eso lo que los chilenos querían?
―Nosotros también queríamos los créditos, ¿o no?
―¡Claro, chico! Pero otra cosa es la traición. No soporto la sola idea de que nos pudieron haber usado.
A esa misma hora, Jorge Luis Borges caminaba por segunda vez la avenida Diego Portales de Santiago. Iba a recibir un doctorado honoris causa de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica, la misma que había dado a Chile y al Universo la orgullosa infamia anglosajona de los Chicago Boys. Borges era ateo, pero no lo impresionaban los misteriosos designios de la mano que figura y prefigura los avatares de las piezas del ajedrez que a un mismo tiempo entretuvieron las elucubraciones del moro y del judío en el laberinto de una civilización ya olvidada por las ficciones de la historia.
María Callejas supo con tiempo de esta visita histórica y movió todos sus contactos para que la incluyeran en la cena con el escritor argentino. En una de las tertulias semanales de Lo Curro, un invitado había dicho:
―Dicen que Borges es un analfabeto político.
―Muy sabio.
―No le importaba mucho.
―Es que una metáfora o una paradoja son universales. El ganador de unas elecciones es como el campeón de fútbol que levanta un trofeo. Ambos son productos del azar, de una conjunción de las arbitrariedades del destino que borrarán las arenas del reloj persa en los barcos del inspirado anglosajón sobre las ondulantes superficies de los cálidos y nunca del todo reales mares del sur.
―Como sea. En las elecciones de 1973, Borges le dijo a la madre que no iba a votar. Seguro que daba por descontado una victoria del peronismo. Leonor, su madre, por entonces con 96 años y postrada en la cama, se enojó. Leonor Borges odiaba a Perón, casi tanto como a Evita. “Si quiere voy y voto por usted”, le dijo Georgie. El mismo Borges reconoció que Leonor le había dado el sobre con el voto que Borges puso en la urna. Él nunca vio la boleta que su madre puso en el sobre. Por pudor político, aunque era demasiado obvio, dijo que no había querido ni saber lo que contenía aquel sobre.
―Es decir, nunca quiso saber lo que votaba…
―De eso se tratan las democracias, ¿no? ―dijo alguien y sumó otra carcajada unánime.
―¿Es cierto que todavía está dolido por haber perdido el Premio Nóbel con Pablo Neruda?
―No le importa. Estocolmo está lleno de comunistas.
―Mucha razón tiene cuando dice que ni Neruda debía recordar sus propios poemas, porque nadie puede recordarlos. Es decir, no son memorables. Si alguien se los leyera y se salteara un verso, Neruda no se daría cuenta.
―También dijo que Neruda era un discípulo de Lorca, pero mucho peor que Lorca.
Días después de la explosión en Sheridan Circle, el empresario Edwin Wilson se contactó con tres cubanos de Miami, quienes habían viajado a Washington tres días antes, para negociar la venta de explosivos y lápices cronometrados al gobierno de Libia, por un valor de cien mil dólares. En principio, el acuerdo con Muamar el Gadafi consistía en la compra de equipamiento de detección de explosivos, para limpiar los caminos de minas personales, pero algunas fuentes habían informado de la posibilidad de que el negocio pudiese ser extendido a la exportación de C4 para eliminar disidentes. Wilson (al igual que uno de los cubanos contactados, había sido agente de la CIA hasta semanas atrás) tenía un negocio de armas y explosivos, Consultants International, en el 1425 de la calle K, a diez minutos de Sheridan Circle.
Bob Woodward, el periodista elevado a categoría de celebridad por el caso Watergate, reportó que, aparte de tecnología para detectar explosivos, “la propia literatura promocional de la empresa Consultants International deja claro que puede armar a un ejército con lanchas patrulleras, paracaídas, accesorios aerotransportados y vehículos blindados”. La misma empresa aseguraba en sus folletos: “Podemos diseñar paquetes de armamentos para satisfacer las necesidades de cada cliente”.
Por alguna razón, el acuerdo programado entre Wilson y los cubanos en una reunión en Génova, no prosperó.
―Sabemos que el gobierno de Libia ha hecho, de muchas maneras, cosas que podrían haber estimulado el terrorismo ―dijo el presidente Ford, en una conferencia de prensa. [iii]
El intento de relacionar al gobierno de Libia con el asesinato de Letelier tampoco prosperó. Su mayor debilidad era su falta de sentido común.
Wilson será detenido en Nueva York, apenas arribado de República Dominicana, seis años y catorce millones de dólares más tarde, acusado de tráfico ilegal de explosivos. La prensa dirá que, a los largo de dos décadas de vida clandestina al servicio de la CIA y de los marines, Wilson había “cambiado patriotismo por negocios”. Desde 1955 hasta 1976, había sido agente de la CIA, había participado de la fallida invasión a Bahía Cochinos, de múltiples ataques contra Cuba y de la creación de varias compañías falsas con el propósito de continuar en privado lo que había sido un plan del gobierno.[iv]
Los privados no lo hacen mejor, pero no se les ve la ideología. Sólo las ganancias.
El 21 de septiembre de 1976, el embajador de Chile en Washington, Manuel Trucco Gaete, emitió una declaración:
“Mi gobierno rotundamente repudia el ultrajante acto de terrorismo que ha costado las vidas de un anterior Embajador de Chile en los Estados Unidos y de uno de sus colaboradores.
El deplorable hecho solo enfatiza la necesidad de combatir el terrorismo en cada uno de sus aspectos porque es indicativo de la extensión hasta la cual los elementos hostiles llegaran para obtener sus inconfesables objetivos.
En nombre de mi gobierno urgentemente solicito que una completa y rigurosa investigación sea iniciada de manera que todas las facetas y circunstancias pertinentes a este acto brutal sean investigadas y los culpables procesados.
El terrorismo y la violencia deben ser detenidos antes que haya más víctimas inocentes.
Consultado por más detalles, el embajador agregó:
―Letelier no significaba ningún peligro para mí. El hombre vivía en una isla de marxistas, sin ninguna trascendencia en Estados Unidos.
En Washington, el asesor de Letelier, Juan Gabriel Valdés, había invitado al uruguayo Juan Raúl Ferreira para colaborar con el instituto de investigaciones latinoamericanas IPS.
―El 11 de setiembre era el aniversario del Golpe ―dijo Juan Raúl―. El 18, la Fiesta nacional dieciochera.
Pinochet siempre lo conmemoraba con algún acto memorable. En setiembre de 1974, mataron a su antecesor, el general Prats, exiliado en Argentina. El 5 de octubre, de 1975, Townley y sus socios de Miami balearon a Bernardo Leighton y a su esposa en Roma, dejándolos paralíticos. 1976 no podía ser la excepción.
Ariel Dorfman supo del atentado contra Letelier, esa misma tarde. Estaba en las oficinas del Transnacional Institute de Ámsterdam, el instituto que había fundado el mismo Orlando Letelier. Sus compañeros de trabajo murmuraban en distintos idiomas o sostenían silencios incrédulos.
Ariel recordó la última vez que lo había visto. Había sido justo tres años atrás, en una reunión en la Peña de los Parra, en Santiago, donde solían cantar Violeta Parra y Víctor Jara.
―El encuentro ―me dijo Ariel― había sido organizado por Fernando Flores en memoria del General Prats. Trabajábamos juntos en La Moneda. También estaban Orlando, José Tohá y sus esposas. Todos los hombres presentes habían sido ministros de defensa de Allende. Conocían de cerca a Pinochet, podrían testimoniar de su traición a Allende y de su pequeñez emocional y mental. A los tres los mató Pinochet.
En cierto momento, comenzó a sonar un tango y algunos invitados salieron a bailar. Ariel se mantuvo en su silla. Sabía que era pésimo bailando tango. Su esposa Angélica, en cambio, era una maravilla, pero casi siempre se solidarizaba con la torpeza y la timidez de Ariel y se quedaba en su mismo rol de espectadora.
―Tampoco iba a interrumpir a esas tres parejas que se habían robado el momento ―recordó Ariel.
Orlando Letelier bailó con Sofía, la esposa del general Carlos Prats, Isabel con José Tohá y Prats con Moy, la esposa de Tohá. La alegría de esa noche fue como la calma que precede a un huracán.
―En ese momento ―recordó Ariel―, no podía darme cuenta de que los tres hombres que bailaban estaban unidos por un mismo destino fatal: los tres habían sido ministros de defensa de Allende. Los tres habían sido figuras muy próximas de los militares. Los tres fueron traicionados. Los tres sabían demasiado. Los tres fueron asesinados por Pinochet.
Mientras el presidente Andrés Pérez negaba cualquier conexión con el asesinato del exministro chileno, el gobernador de Caracas, Diego Arria, volvía a interceder por Orlando Letelier, esta vez para que su cuerpo sea enviado a Venezuela. Isabel estuvo de acuerdo en enviar lo que quedaba de su esposo en Caracas. El 29 de setiembre, Letelier fue enterrado en un costado de un cerro con vista a la ciudad. Andrés Pérez abrazó a la viuda y dio un discurso que ya nadie recuerda.
Una semana antes, el jueves 23, Orlando Bosch había arribado a Caracas con otro pasaporte falso, pero en Inmigración todos sabían quién era el cubano. Pocos días después, se realizó una fiesta de beneficencia con carácter de discreción en una casa de La Castellana o, más probablemente, en La Lagunita Country Club, una urbanización similar a Lo Curro en Santiago, iniciada por el general Marcos Pérez Jiménez para los militares y que en poco tiempo se convirtió en un barrio exclusivo. El coctel se había anunciado para recaudar fondos para el combatiente refugiado cuyo nombre no se mencionaba en las invitaciones pero todos conocían o querían conocer.
En un informe del 18 de octubre al Secretario de Estado Henry Kissinger, la CIA aseguró que Bosch le había ofrecido a los funcionarios venezolanos renunciar a actos de violencia en Estados Unidos durante la visita del presidente Carlos Andrés Pérez a la ONU, en noviembre, a cambio de “una contribución sustancial en efectivo a la organización” de Bosch. El mismo informe reportó que Bosch declaró:
―Ahora que nuestra organización ha quedado muy bien con el trabajo realizado en Washington contra Letelier, vamos a intentar algo más.
Según los documentos clasificados de la CIA, la reunión se realizó en la residencia del cirujano cubano Hildo Folgar entre el 22 de setiembre y el 5 de octubre (la fecha más probable es el sábado 25 de setiembre). El precio del plato ascendió a 5.000 bolívares por asistente (1.118 dólares de la época; seis mil dólares cincuenta años después.) Otras fuentes reportaron casi un centenar de asistentes.
Lo recaudado esa noche superaba claramente los dos mil dólares que costaba pagar un mercenario de Honduras o de El Salvador a Cuba o a Estados Unidos con todos los gastos incluidos. Según el mismo documento clasificado de la CIA con fecha del 14 de octubre, “en la cena, Bosch se le aproximó junto con García a un funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores y le propuso que el gobierno de Venezuela haga una contribución económica importante a su causa; a cambio, Bosch se comprometería que los cubanos en Estados Unidos no realizarían ninguna protesta contra la visita de Carlos Andrés Pérez a las Naciones Unidas, programada parta noviembre, lo cual el funcionario venezolano aceptó”.
―Ahora que nuestra organización ha logrado realizar concluir exitosamente la Operación Letelier en ―dijo Bosch en la reunión, y sus palabras fueron recogidas por el informante de la CIA―, vamos a intentar algo más.[v]
Orlando Bosch y El Mono Ricardo Morales vivieron por un tiempo en el hotel Caracas Hilton, cerca del parque Los Caobos. Al igual que Hernán Ricardo Lozano, Morales había comenzado a trabajar para la policía secreta venezolana gracias a las gestiones de sus jefes de la CIA. Todos eran especialistas en explosivos, pero ninguno detonó uno en su vida. Como decía Posada Carriles, en la CIA enseñaban de todo, desde patriotismo a cómo armar y detonar una bomba, pero eso no los hacía terroristas, como no eran terroristas los soldados que recibían cursos de cómo matar personas. El conocimiento estaba ahí por las dudas, pero nunca hicieron uso de él. El único que confesará la autoría de algunas bombas será El Mono Morales. Bosch y Posada Carriles también confesaron en diferentes momentos, pero luego lo negaron en su momento, sobre todo en los pocos juicios que debieron enfrentar.
―Vamos a golpear un vuelo de Cubana ―dijo Posada Carriles, según el informante de la CIA en Caracas― y Orlando tiene los detalles.
Ningún documento desclasificado revelará que la CIA hizo algún intento por evitar el atentado terrorista de sus empleados.
Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, los dos venezolanos contratados por Posada Carriles para su nueva empresa de detectives privados, fueron los únicos que presenciaron el accidente. ¿Era necesario ese espectáculo, como si se tratase de fuegos artificiales o de un partido de beisbol? Por la misma razón habían sido detenidos en el primer intento de volar otro avión de Cubana, dos meses antes. Pero esta vez el plan fue un éxito. Lugo y Ricardo tomaron el siguiente vuelo de regreso a Trinidad. Allí la policía los arrestó.
Confesaron. En Venezuela, la policía arrestó a Bosch y Luis Posada Carriles, jefe de la división de explosivos de la Disip. Los dos negaron todas las acusaciones. Como en las malas traducciones de sus series de televisión favoritas:
―No sé de qué habla ―dijeron.
No sabían nada de nada. Aunque no condenaban los hechos publicados en la prensa, tampoco eran capaces de perpetuar un acto tan abominable. Bosch, Posada Carriles, El Mono Navarrete y casi todos los demás colaboradores estaban de acuerdo en algo: Cubana 455 era un avión de combate y las 73 víctimas de Cubana no eran víctimas. Eran combatientes, como todos quienes no pensaban y sentían como ellos.
En minutos, la calle se llenó con ambulancias y autos de la policía. Poco después, llegó el agente Carter Cornick. Cuando vio a Michael quemado y gritando como loco “fue la Dina”, pensó que estaba hablando de una mujer. El agente del FBI no tenía idea de lo que pasaba fuera de fronteras.
Michael alcanzó un teléfono público y dudó. Luego llamó a la secretaria de IPS para que llame a Isabel. El agente Cornick quería hablar con él.
―Le dices que estamos en el Hospital George Washington, que hubo un accidente…
El FBI le llevó un perro a Michael para olfatearlo de pies a cabeza. Cuando Isabel atendió el teléfono, presintió lo peor. En los últimos años se había acostumbrado a lo peor. Recordó lo que Orlando le había dicho horas antes: “Ven a almorzar con nosotros. Tengo una noticia que te va a gustar”.
Llamó a las escuelas donde estaban sus cuatro hijos, para que los dejaran salir antes de tiempo. Temblando, abrió su vestidor y tomó una chaqueta negra. Luego la volvió a colgar y se decidió por un vestido colorido.
Cuando llegó al hospital, vio una muchedumbre a la entrada. Pensó, o quiso pensar, que se trataba de otra cosa.
―Es ella; es la viuda ―escuchó o creyó entender.
Debían estar hablando de otra persona. Tal vez no entendió bien el inglés apurado. Cuando logró subir al piso donde estaba Orlando, se encontró con Michael, como si volviese de un incendio. Lo abrazó. Michel murmuró:
―Se llevaron a mi bebé también…
Isabel no alcanza a comprender con claridad qué ha pasado y pide ver a Orlando.
―Su esposo está muerto ―le informa una de las enfermeras.
Isabel insiste en verlo, pero las mujeres de la salud se amparan en el reglamento y dicen que no es posible. El señor Letelier ha muerto en una explosión y su cuerpo está en muy malas condiciones.
―Quiero verlo ―insiste Isabel―. Quiero despedirme de él, aunque sea de una mano.
―Lo siento, pero no es posible.
Isabel no deja de repetir lo mismo hasta que una enfermera accede.
Cuando Isabel descubre el rostro de Orlando, ve su expresión de dolor, o de tristeza. Ella conoce ese gesto mejor que nadie. Orlando supo lo que había pasado antes de morir y de ahí esa expresión. Supo que Pinochet lo había hecho de nuevo.
En la radio del auto que lleva a sus hijos Juan Pablo y Francisco al hospital, escuchan algo sobre un coche bomba, pero saben que están en la ciudad más segura del mundo y que su padre estará bien. A 480 kilómetros, en la Universidad de Carolina del Sur, el hermano mayor, Cristian, debe salir de una clase de Política Mundial donde se discutía la política del Détente de la Guerra Fría.
Para entonces, en el IPS, los empleados se habían encerrado con llave, esperando un nuevo ataque a las oficinas. A las 2:00 de la tarde, cuando los agentes del FBI, armados y con perros que no paraban de ladrar los convencen de abrir, comenzó el interrogatorio.
Landau y su equipo requisó todo el material de la oficina de Orlando Letelier.
―No responderemos nada hasta que no esté presente nuestro abogado.
Por los espionajes anteriores a IPS y a otros grupos antibélicos, reconocidos por el FBI ante el Congreso, los investigadores de IPS miden sus respuestas y desconfían hasta de sus sombras.
―Tranquilo, muchachos ―dice un agente―. Estamos aquí para ayudarlos.
Media hora más tarde, otro agente inicia el interrogatorio:
―Si me permiten, procederé con la primera pregunta. ¿Quién creen que hizo este atentado?
―La Dina.
―¿Pueden deletrear su nombre?
―D-I-N-A.
―¿El apellido de Dina? ―preguntó el agente Carter Cornick.
En el hospital, el detective Walter Johnson sabe que Ronni está muerta y presiona a Michael para que aporte alguna información de valor antes que el trauma del atentado silencie detalles que podrían ser relevantes solo para él. La noche ha caído hace horas sobre Washington. Michael es liberado del interrogatorio y sale por un pasillo como si arrastrase su propio cuerpo. En una habitación, un paciente mira Hombre Rico, hombre pobre. En la habitación contigua, otro paciente entretiene su insomnio con Mash, la serie favorita de Orlando Bosh, luego de Mission Impossible.
Por la noche, Michael, aún con los restos de la explosión en su ropa y en su pelo, con la memoria del humo y del perro del FBI olfateándolo impregnada en todo lo que veía y sentía, volvió a la casa de Potomac, a donde Ronni ya no volverá. Allí los investigadores buscarán hasta el último rincón algún rastro de explosivos. Los senadores y todo tipo de desconocidos irán a acompañarlo, como si eso pudiese menguar en algo su dolor. Cuando, finalmente, lo dejan en paz, se dará un ducha y se emborrachará hasta caerse dormido. No por muchas horas. Despertó varias veces hasta que terminó por levantarse en la madrugada del 22 de septiembre.
Una de las peores pesadillas de una persona es despertarse a la misma pesadilla del día anterior. Allí estaban la ropa, los libros, las cacerolas de Ronni. Michael no movió nada por meses. Tampoco cortó el pasto ni lavó la cocina. Por meses, por años, abusó del alcohol.
[i] Metropolitan Briefs. “Jury Selection Starts on Bronfman Kidnapping Gimbel’s Strike Settled Soviet Ship Damaged Strike Halts Tramway 2 Admit Faking Accidents Retail Sales Increase”. The New York Times. 17 de setiemrbe de 1976, p. 26.
[ii] Conversación del autor con Juan Raúl Ferreira. Con su autorización.
La Política del Bully no va a funcionar. Tal vez usted no lo vea, pero sus hijos sí.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, esa misma doctrina se conoció como Política del Garrote, por aquello de Teo Roosevelt: “Habla sueve mientras cargas un garrote”. Por entonces, Estados Unidos era un imperio ascendente y con posibilidades ilimitadas.
El problema hoy es que Washington ya no es el dueño del único garrote en el barrio. Peor aun cuando, quienes han sufrido su matoneo por generaciones, son unos cuantos, cada uno con su garrote.
Mi consejo es simple, por el bien de ese pueblo que usted dice amar más que su dinero y por el bien del resto del mundo, aunque esta última no es una mención que lo vaya a conmover demasiado:
Cuando tu poder está en la decadencia senil, no entres a la Trampa de Tucídides. Habla sueve y abre la puerta de las negociaciones.
Algo vas a perder, pero no todo.
Jorge Majfud, 5 de setiembre de 2025.
A piece of advice, Mr. Trump
The Bully Policy isn’t going to work. You may not see it, but your children will. In the late 19th and early 20th centuries, that same doctrine was known as the Big Stick Policy, after Theo Roosevelt’s saying: “Speak softly while carrying a big stick.” Back then, the United States was a rising empire with unlimited possibilities.
The problem today is that Washington no longer owns the only big stick in the neighborhood. Even worse is that those who have suffered its bullying for generations are a few, each with a big stick.
My advice is simple, for the sake of those people you claim to love more than your money and for the sake of the rest of the world, although this last one isn’t a statement that will move you too much:
When your power is in senile decay, don’t enter the Thucydides Trap. Speak softly and open the door to negotiations.
Desde principios de este siglo venimos denunciando, en conferencias y en la letra impresa, que la forma más razonable de reducir el exitoso negocio de las drogas en un sistema capitalista es atendiendo a la ley de la oferta y la demanda. No existen mafias intentando vender algo ilegal que nadie quiere comprar. Desde Nixon, todos esos billones de dólares que Washington invirtió en una guerra que sólo ha multiplicado los muertos al sur de la frontera, nunca solucionó el problema. La ley de la oferta y la demanda es clara y simple: si se reduce el consumo (en Estados Unidos) los carteles se desfinanciarían. ¿Cómo? Invirtiendo en salud pública, en educación, en cultura (no en cultura consumista), en casas para los sintecho, recuperando programas sociales destrozados por el neoliberalismo de los 90s. La reducción del narcotráfico sería radical y sin disparar un solo tiro.
¿Por qué no se procede de esta forma racional? Tal vez no se quiere eliminar el narco. Nunca se quiso.
El mercado de las drogas ilegales en Estados Unidos produce un beneficio de hasta 600 mil millones de dólares por año, toda la economía de Chile y de Irán sumadas. Si se intentase enviar todo ese dinero a los carteles de las drogas de América Latina, se necesitarían cada año 5.000 camiones blindados y 60.000 lanchas como la que ordenaste hundir en el Caribe, asesinado a once personas.
¿Por qué, con la policía más poderosa, con la tecnología más avanzada, con el ejército más caro de la historia de la Humanidad no son capaces de interceptar ninguno de estos camiones, ninguna de estas lanchas? Eso sin contar el brutal tráfico de armas ilegales que cada día cruza la frontera sur hacia México.
¿No será que el dinero del narco de Estados Unidos no regresa en efectivo, sino que se lava en el sistema bancario?
¿Por qué las agencias secretas más poderosas del mundo, esas que saben qué marca de vino preferiremos los críticos de aquí y del otro lado del mundo, no pueden averiguar en qué bancos se lavan 500 o 600 mil millones de dólares?
La CIA y otras agencias siempre estuvieron implicadas en al narco. Las mismas que (según la historia oficial) fueron burladas por un puñado de estudiantes extranjeros el 11 de setiembre de 2001. Las mismas que, al decir de George Bush, se equivocaron con Sadam Hussein. O son idiotas o se hacen, para cobrarla bien.
Como sea, detectar alguno de estos camiones, alguna de estas lanchas llenas de dólares, alguno de los bancos que lavan capitales del narco, no puede ser Misión Imposible. ¿O sí? ¿Para qué las agencias secretas succionan tantos millones de dólares de los impuestos (70 mil millones en 2025) si se dedican a chusmear en la vida privada de los disidentes y a organizar complots en otros países, y ni siquiera pueden acertar una cuando se los necesitan de verdad?
¿Incompetencia o conveniencia?
Marco, ¿por qué tienes tan claro cómo llega la droga a Estados Unidos, pero ni puta idea de cómo salen los dólares para pagarla?
¿Por qué no hay narcotraficantes detenidos por ICE? ¿Por qué nunca, o casi nunca, capturan a los narcos (estadounidenses) que distribuyen las drogas ilegales en todo el vasto territorio nacional? ¿O es que, luego de cruzar la frontera, la droga se distribuye por precipitación pluvial y los dólares suben a las nubes por evaporación?
Hemos visto hombres enmascarados y sin identificación secuestrando gente hasta por publicar un artículo. Van detrás de trabajadores pobres de aspecto no caucásico, como si fuesen los criminales más peligrosos del mundo. Ahora están ofreciendo visa y residencia a inmigrantes para perseguir a inmigrantes. Interesante eso de invertir miles de millones para reprimir la producción.
¿Por qué no detienen, golpean y arrojan al piso a los europeos, canadienses y australianos que son indocumentados? Pasan el medio millón. Igual sería repugnante, pero queda la pregunta.
¿Por qué culpan a los consumidores de armas de la violencia y nunca a los productores?
¿Por qué culpan a los productores de droga de la adicción y nunca a los consumidores?
¿Por qué asesinaste a once personas en el Caribe sin saber quiénes eran y sin el debido proceso para llevarlas ante la justicia de cualquier país?
¿Por qué repites las palabras de tu jefe, de que matando a algunos con un misil servirá de ejemplo a otros criminales, como antes se linchaba a un negro libre para prevenir la desobediencia entre los negros esclavos? Práctica que continúa, bajo otras formas y otras excusas.
Poner una bomba o tirar un misil fue, por décadas, el método de los cubanos de Miami que sembraron de ejecuciones Estados Unidos y el Caribe. ¿Los conoces? Narcos y terroristas protegidos como Posada Carriles, Bosh, Morales, Ross Díaz, Arocena, Novo Sampol, Battle, Suárez, Masferrer… Mataban de forma impune, con explosivos de la CIA, el C4, porque “una bomba siempre es titular”.
Siguiendo este viejo ejemplo, Marco ¿por qué la policía de Estados Unidos no tira una granada en un apartamento de Nueva York donde se supone que se esconden narcotraficantes, sólo para darle un buen susto a los narcotraficantes?
¿Por qué no lanzaron un misil para derribar el Lolita Express de Epstein? ¿Sería muy cruel? Bueno, eso hicieron los terroristas cubanos de Miami con el avión de Cubana 455, matando a 73 personas, casi todos jóvenes atletas cubanos, hará, en un mes, 49 años. Como entonces, tampoco nadie iría preso. ¿Te imaginas cuántas violaciones de menores y cuántas guerras se habría ahorrado la humanidad con un misil en el Lolita Express?
Colombia produce la cocaína que entra en Estados Unidos (un cuarto de todas las drogas), pero, a pesar de que ahora tiene un gobierno de izquierda, todavía mantiene entre 6 y 10 bases militares estadounidenses. Claro, no posee la principal reserva de petróleo del mundo, como Venezuela. ¿Sabías, Marco?
El 98 por ciento del fentanilo procede de China, ¿por qué no derribas con un misil un avión o un bote de pescadores chinos? O de Ecuador, donde el narco se multiplicó bajo la presidencia de Noboa, un estadounidense nacido en Miami.
¿Por qué no pueden detener la producción de metanfetamina, psicodélicos, LSD y otras drogas sintéticas en las granjas de Estados Unidos?
¿Por qué no se bombardea algún avión de Canadá, de Bélgica o de Holanda para detener el ingreso de éxtasis al país? ¿Demasiados blancos para tanta crueldad? ¿Demasiado ricos para no tratarlos bien?
Luego del último acto terrorista en el Caribe (regreso al Gunboat diplomacy del siglo XIX), dijiste: “No me importa lo que digan las Naciones Unidas”. Lo mismo dijeron los cubanos del exilio, como confesó El Mono Ricardo Morales en la televisión de Miami, en 1981, sobre las bombas en el avión de Cubana 455: “No me arrepiento de nada. Si tuviese que matar 273 de lugar de 73, lo volvía a hacer”.
¿Por qué aclaras algo tan obvio? ¿Cuándo a vos, Marco, o al lobby de Washington, les importó lo que diga el mundo? ¿Cuándo se hizo lo que el mundo había votado por unanimidad por alguna causa (Cuba, Irak, Palestina)? Siempre bastó con el voto o el veto del embajador de Estados Unidos.
En menos palabras, ¿por qué te molestas en aclarar que te importa una mierda lo que pueda pensar el planeta entero, si quien decide sobre la vida y la muerte de los humanos no es Dios, sino Washington?
Todavía, claro. No vayas a pensar que la Humanidad y las colonias van a ser dóciles y estúpidas forever and ever.
College Station, Texas. 15 de abril de 2019—Reclinado en una silla de cuero sobre el escenario del auditorio de la universidad A&M de Texas, un estudiante le pide que explique las políticas de sanciones a algunos países y concesiones a otros regímenes como el de Arabia Saudí. El secretario de Estado Mike Pompeo comienza a hablar de lo duro que es el mundo allá afuera como forma de encontrar la respuesta. No la encuentra, pero a su mente viene una ocurrencia que le parece divertida. Con una incontrolable risa interior que sacude sus trescientas libras corporales, pregunta: “¿Cuál es el lema de los cadetes en la academia militar de West Point? ‘No mentirás, no engañarás, no robarás ni permitirás que otros lo hagan’. Pues, yo he sido director de la CIA y les puedo asegurar que nosotros mentimos, engañamos y robamos. Tenemos cursos enteros de entrenamiento para eso. Lo que nos recuerda la grandeza del experimento americano”. El resto del público lo premia con risas y aplausos.
Las fake news fueron populares desde antes de la independencia de Texas en 1836 y se multiplicaron durante la guerra contra México a partir de 1844. Para finales del siglo XIX, con la invención del periodismo amarillo en Nueva York, se convirtieron en una estrategia masiva y más refinada para aumentar las ventas inventando la guerra contra España en 1898. A principios del siglo XX, las fake news fueron sistematizadas por Edward Bernays, lo cual sirvió para vender la intervención de Estados Unidos en la Primera Guerra mundial y golpes de Estado como en Guatemala en 1954. La CIA usó la manipulación de la opinión pública como primera arma y lo hizo de formas diversas, plantando editoriales en diarios importantes de la región poco antes de alguna intervención militar o para lograr la condena, el bloqueo o el acoso de algún presidente no alineado a las políticas de Washington y los intereses de las transnacionales.
Las organizaciones, fundaciones y agencias creadas con este objetivo han sido múltiples y diversas, aunque con ciertas características comunes. En los años ochenta, con la aprobación del presidente Ronald Reagan, el cubano Otto Reich creó la Office of Public Diplomacy for Latin America, la que debió ser clausurada en 1989 cuando sus prácticas de manipulación de la opinión pública a través de fondos del Pentágono y la CIA se filtraron a la opinión pública. La Office colaboraba con el departamento de Operaciones psicológicas de la CIA y reportaba directamente a la Casa Blanca a través del coronel Oliver North. Una de sus estrategias era plantar op-eds en los grandes medios de prensa y fingir filtraciones de inteligencia para impactar en la población, creando pánico o temor hacia grupos como los sandinistas en Nicaragua y presentando a los Contras como heroicos “luchadores por la libertad”.[1] Reich había inventado que aviones soviéticos habían arribado a Nicaragua, que el régimen ya poseía armas químicas y que estaba involucrado en el narcotráfico, con tanto éxito que en el Congreso comenzaron a escucharse voces en favor de un ataque aéreo a Managua. A los periodistas más serios les tomaría unos años descubrir que la información que recibían de “fuentes confiables” era una burda manipulación.
La Office será clausurada por difundir propaganda encubierta e información falsa usando fondos del Departamento de Estado sin aprobación del Congreso. Su delito no fue manipular la opinión pública con noticias falsas sino usar un dinero que no le correspondía. El 7 de setiembre de 1988, el Departamento de Estado, en un documento secreto, registra que el plan de “este grupo de individuos” es influenciar la opinión pública a través de la prensa y lograr una votación en el Congreso de Estados Unidos favorable a sus intereses. Este grupo mantendrá cuentas bancarias en las Islas Caimán y en bancos de Suiza (usados para lavar el dinero de la venta de armas a Irán a través de Israel) con la colaboración del coronel Oliver North. Otto Juan Reich continuará trabajando como asesor de los presidentes Bush padre y Bush hijo y en 2012 recibirá el premio Walter Judd a la libertad.[2]
El arma de manipular de la opinión pública nunca será abandonada por ninguna revelación en su contra. Entre otras poderosas organizaciones, Rendon Group continuará con esta tradición. El Pentágono le pagará a Rendon para propagar información falsa como arma de guerra. La estrategia se parece a la practicada por Edward Bernays durante el siglo pasado: hacer que alguien con cierto prestigio y no vinculado a nosotros (médicos, líderes religiosos, medios de prensa consolidados) diga lo que ellos quieren que la gente crea y, de esa forma, defender la libertad y la democracia. Rendon logra filtrar y plantar información que será publicada por “periodistas independientes”, alguno de ellos en la nómina salarial del Pentágono. John Rendon, contratado para manipular la opinión pública sobre la guerra en Irak, se jactará: “yo puedo decirle a usted lo que será una primicia en los diarios de mañana en cualquier país del mundo”. En su nómina tiene 195 diarios en 43 países del mundo que reproducen sus ocurrencias.
Cualquiera de los fundadores de Association for Responsible Dissent (ARDIS; sus miembros fueron exmarines, ex agentes de la CIA y del FBI, entre otros), hubiese agregado que el secretario Pompeo se olvidó de mencionar que no sólo “mentimos, engañamos y robamos” sino también matamos. En 1987, el ARDIS estimó que “al menos seis millones de personas murieron como consecuencia de las operaciones encubiertas de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial… gente que ni siquiera estaba en guerra contra Estados Unidos” mientras todo fue hecho “en nombre del pueblo estadounidense”. También el grupo denunció el reclutamiento de candidatos en los campos universitarios por parte de la CIA, práctica que se continúa hoy en día, más o menos en secreto.
[1] Entre los medios que publicaron las invenciones de La Oficina estaban el Miami Herald, Newsweek, el Wall Street Journal, el Washington Post, el New York Times y varias cadenas de televisión como NBC. La información favorable al gobierno de Nicaragua será descalificada como “propaganda sandinista”. Otto Reich y diferentes filtraciones desde su Oficina explican que esta distorsión de la información se debía a que los periodistas estadounidenses recibían favores sexuales del gobierno nicaragüense, mujeres cuando los periodistas eran heterosexuales y gays cuando eran gays.
[2] Aunque el exilio cubano representa una ínfima parte de toda la población hispana en Estados Unidos (cuatro por ciento de la población hispana si se consideran a todos los cubanos en este país), su representación y poder político es casi absoluto en la CIA y en los diversos organismos de comercio, y mayoritario en los medios, en la política y en el Congreso estadounidense.
Capítulo del libro La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina, Jorge Majfud.
Wounded Knee, Dakota del Sur. 29 de diciembre de 1890—Los soldados de verde entran en la reserva para desarmar a los indios. Uno de ellos, el sordo Coyote Negro, no entiende la orden; pero no porque es sordo. Se niega a entregar su rifle diciendo, con sus manos frías, que había pagado mucho dinero por él. En este preciso momento, los militares civilizados, asustados por los tambores o reaccionando como reaccionan las fuerzas del orden del mundo civilizado ante una negativa ajena, comienzan a disparar. Los pocos indios que aún no habían sido desarmados contestan el fuego, pero en pocos minutos el campamento es reducido a cadáveres que tiñen de rojo las nieves del implacable invierno de las Dakotas. Trescientos hombres, niños y mujeres lakotas y veinticinco soldados reposan sin vida en el frío eterno. Pie Grande queda tendido, pero no parece muerto porque sus manos inmóviles siguen hablando. Un joven de la North Western Photo Co. se le acerca y le toma una fotografía. Los indios son enterrados en una fosa común, vestidos o desnudos, y de ahí en más la masacre es llamada “Batalla de Rodilla Herida”.
Luego de la muerte de su padre, Pie Grande (también conocido como Alce Manchado) se había hecho cargo de la tribu Minneconjou. Como otras tribus, todas eran sospechosas de rebelarse ante la continua invasión de los colonos anglosajones en las pocas reservas que les habían quedado por ley, por la ley anglosajona que los pueblos arrinconados habían aceptado. Ayer se dirigían hacia las riberas del río Rodilla Herida para unirse a otras tribus Sioux, cuando el mayor Samuel Whitside los emboscó y los llevó caminando casi veinte kilómetros hasta el arroyo Rodilla Herida donde esperaban otros indios. Unas horas después se le unió el coronel James Forsyth con un batallón y cuatro cañones.
Aunque es otra matanza devastadora para la tribu Lakota, aun así se ve muy chiquita desde la perspectiva de la trágica historia de las naciones originales. Tampoco es la primera vez que los angloamericanos, tan orgullosos de su apego a las leyes, ignoran una ley o un tratado con alguna otra nación cuando no les conviene. Los frecuentes cambios de gobiernos legitimaron la fragilidad de estos tratados con naciones consideradas inferiores. Más de cien años atrás, los populosos pueblos nativos al Oeste de las montañas Apalaches eran considerados naciones y estaban habitadas con tantas almas como las populosas naciones del Reino de Gran Bretaña. En 1763, el Imperio británico había firmado un tratado con las Naciones Indígenas (Royal Proclamation) por el cual los blancos podían quedarse con los territorios al Este, siempre que no cruzaran la nueva frontera al Oeste.
La gloriosa Revolución americana de 1776 lo cambió todo. Para los intelectuales llamados Padres Fundadores se trató de cuestiones de principios y de nuevas ideas, como aquello tan bonito de que todos los humanos nacen iguales, sin aclarar que la gente nace igual siempre que no sean indios, negros o mestizos. Para el resto menos sofisticado de la población anglosajona que no leía francés, la Revolución era una cuestión mucho más práctica. Era algo sobre el derecho a cruzar la injusta frontera de los indios invasores y tomar más y más tierras en nombre de alguna razón, de alguna historia heroica o de algún mandato bíblico. En 1780, los colonos anglosajones, de repente llamados americanos (nombre hasta entonces reservado a los indígenas salvajes y a los habitantes corruptos de la América hispánica) habían decidido que tenían Derecho a explorar y, liberados del yugo británico, pudieron cruzar la frontera a fuerza de hacha y escopeta. Mejor dicho, decidieron moverla más al Oeste y defenderse de los nuevos invasores salvajes que pretendían quedarse en sus propias tierras. Para 1830, las llamadas Naciones indias habían cambiado de nombre y se habían convertido, por magia de la lingüística y por la fuerza de la pólvora, en simples tribus salvajes.[1] En los años veinte, el presidente John Quincy Adams había sido el último presidente en defender los sucesivos tratados con los pueblos indios, hasta que todo se solucionó con la elección de Andrew Jackson en 1828, un soldado casi analfabeto, célebre en los estados esclavistas del sur por su crueldad civilizatoria. En 1824, Thomas Jefferson había descrito al hombre que definiría el espíritu primitivo, anti intelectual y mesiánico de Estados Unidos en los siglos por venir: “es el hombre menos preparado que he conocido en mi vida, sin ningún respeto por alguna ley o por la constitución”. A partir de 1829 los pobres blancos se rebelaron contra los esclavos negros y sus absurdas pretensiones de igualdad. Cualquiera podía ver que entre un blanco y un negro había una obvia diferencia. Esta rebelión de los blancos pobres se repetirá casi doscientos años después y llevará a la presidencia a Donald Trump, definido por muchos con las mismas palabras que Jefferson había definido a Jackson. No por casualidad, el mismo presidente republicano, apenas ponga un pie en la Casa Blanca, colgará un retrato del fundador del partido Demócrata, Andrew Jackson, en el lugar más visible de su oficina y lo considerará un modelo histórico a seguir.
Una vez elegido presidente por una pequeña minoría blanca que se sentía identificada con él, Jackson, conocido con el sobrenombre de Mata Indios, ignoró los tratados de Estados Unidos con las Naciones nativas. En 1830 logró la aprobación de la Ley de Traslado Forzosode los indios y Washington declaró nulos todos los títulos de propiedad de los indios al oeste del río Mississippi. Jackson puso a la venta los nuevos territorios a precios de miseria para favorecer a “los verdaderos amigos de la libertad”, los colonos blancos. El 5 de agosto de 1830, en una carta a John Pitchlynn (escocés adoptado de niño por la tribu Choctaw), un emocionado Andrew Jackson escribió: “Soy consciente de haber cumplido con mi deber con mis niños de piel roja”. Gracias a los verdaderos amigos de la libertad, no sólo se despojó a los indios de sus títulos y de sus tierras, como se hizo poco después con los mexicanos, sino que se extendió la esclavitud de los negros más hacia el Oeste y se la siguió expandiendo con la independencia de Texas y la anexión de los estados mexicanos hasta California.
Despojados del resto de las tierras que le quedaban al sur de Georgia y al Oeste del Mississippi, las poblaciones nativas fueron forzadas a evacuar inmensas áreas de territorio. Naturalmente, muchos se resistieron y fueron asesinados en nombre del cristianismo y la civilización. Quienes no se resistieron fueron exiliados o murieron de hambre y enfermedades durante la remoción a otras tierras, miles de millas hacia el oeste. Poco después, en 1835, unos delegados cheroquis, sin la aprobación ni del Consejo Cheroqui ni del pueblo Cheroqui habían sido obligados a firmar un tratado por el cual amablemente les cedían más tierras a los hombres civilizados a cambio de un rincón de Oklahoma, lo que terminó en una nueva remoción forzada de otros cientos de miles de indios de varios estados y la muerte de miles que no resistieron el viaje al exilio.[2] También este tratado será ignorado unas décadas después por el hombre blanco, tal como lo ha hecho cada vez que lo ha considerado conveniente. A cada una de estas violaciones de tratados con otros pueblos, hasta entrado el siglo XXI, se la llamará “expansión de la libertad y del derecho del país de las leyes”.
La tradición de “El país de las leyes” de romper las leyes y los tratados con los indios cuando no le convienen, se había extendido a otras naciones, desde el Tratado de Adams-Onís que fijaba los límites fronterizos con los territorios españoles en 1819 (luego ratificado con México en 1828), desde que en los años treinta los colonos anglos recibieron regalos de tierras del gobierno de México en Texas y, como agradecimiento, decidieron ignorar las leyes de aquel país para más tarde arrebatarle toda Texas y expandir la esclavitud con libertad, hasta el tratado para limitar las armas nucleares con Irán en 2015.
Luego de la sangrienta Guerra civil, Abraham Lincoln había logrado, post mortem, que la enmienda 14 de la Constitución de Estados Unidos declarase que “todos los nacidos en territorio nacional son ciudadanos de Estados Unidos”. Por esa reforma constitucional los negros se convirtieron en ciudadanos, aunque de segunda categoría. A los indígenas les tomará más tiempo demostrar que nacieron en los territorios que le han venido robando desde hace más de un par de siglos. En 1924, los indígenas americanos, los pocos que quedan de la limpieza étnica que nunca se llamará ni limpieza étnica y mucho menos genocidio, serán reconocidos como ciudadanos estadounidenses.
Unos años después de la matanza de Wounded Knee, en su visita a Dakota del Sur, el comisionado del gobierno para el Servicio Civil del gobierno y futuro presidente, Theodore Roosevelt, determinará, y los textos de las escuelas enseñarán que “los indios fueron tratados con mucha consideración y justicia”. Treinta años después, no lejos de allí, en el Monte Rushmore, los martillos esculpirán las montañas sagradas de los Lakota para revelar los rostros de George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt. El escultor, Gutzon Borglum, no sólo sufrirá de narcisismo y megalomanía. Hijo de inmigrantes daneses, será otro convencido de la superioridad de la raza blanca y se opondrá a la inmigración. Como miembro del Klu Klux Klan, logrará de este grupo la financiación para esculpir la Stone Mountain en Georgia, donde todavía cabalgan los tres héroes derrotados de la Confederación, Jefferson Davis, Robert E. Lee y Stonewall Jackson.
600 millas al norte, el 20 de mayo de 1948, lo que queda de las naciones Arikara, Mandan y Hidatsa serán obligadas a firmar el acuerdo por el cual se comprometen a vender sus tierras para la construcción de la represa Garrison. Las naciones, ahora tribus, han habitado esa región de Dakota del Norte por mil años y, para entonces, deberán resignarse a evacuar la franja del río Missouri, morir ahogados, perderlo todo por expropiación o legitimar el despojo por siete millones de dólares. Los museos guardarán la foto en la que el jefe del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, con calma, firma el nuevo tratado. A su lado, de pie, George Gillette, el jefe de las tribus ocultando sus lágrimas con una mano. Aunque reducidas a una reserva, las tres tribus habían logrado cierta prosperidad y una total autosuficiencia que terminará en esa sala de hombres con elegantes trajes y con varios de sus pueblos, con su hospital y sus tiendas, bajo el agua de la prosperidad ajena. Una vez más, como en los tratados anteriores de remoción de indígenas, como el tratado de Guadalupe Hidalgo en México, y como en muchas otras oportunidades, las “razas inferiores” firmarán un tratado con un revólver en la nuca y recibirán una suma de dinero para que no protesten. Como en tantas otras ocasiones, las víctimas cumplirán con el tratado; los vencedores, sólo mientras les convenga.
Cuando a fines del siglo XVIII en América del Norte vivían entre cinco y siete millones de indígenas, del otro lado de los Apalaches, en la nueva nación de las trece colonias vivían tres millones y las distancias despobladas necesitaban días y semanas de carretas para atravesarlas. La enorme extensión de territorios tomadas por los angloamericanos nunca les resultó suficiente. En mayo de 1971, el celebrado actor John Wayne, héroe mítico del cine clásico de vaqueros, justificará el largo y violento despojo de los territorios indios afirmando: “No creo que hicimos nada mal quitándoles este gran país… Nuestro supuesto robo fue sólo una cuestión de supervivencia. Nuestra gente necesitaba nuevas tierras y los indios, de forma egoísta, se querían quedar con ellas”.
[1] Henry Knox, secretario de guerra de George Washington, llamaba “Naciones extranjeras” a los pueblos del otro lado de los Apalaches. El mismo presidente Washington había firmado un acuerdo por el cual esas naciones se reservaban el derecho a aplicar sus propias leyes a todo aventurero que cruzase la frontera. Está de más decir que ese y todos los tratados firmados con las naciones extranjeras fueron ignorados por los presidentes posteriores, entre quienes se destacó, por su crueldad genocida, otro héroe nacional, Andrew Jackson.
[2] El acuerdo New Echota firmado en Georgia y publicado el 29 de diciembre, les garantizaba a las naciones indias el derecho a “reunir a su pueblo en un solo cuerpo y asegurar un hogar permanente para ellos y su posteridad en el país seleccionado por sus antepasados sin el límite territorial de las soberanías estatales, y donde puedan establecer y disfrutar de un gobierno de su elección y perpetuar un estado de la sociedad que sea más acorde con sus opiniones, hábitos y condición…”
Capítulo del libro La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina, Jorge Majfud.
La senil cúpula occidental (apoyada por su base infantil) disfruta de los últimos minutos (en términos históricos) de la fantasía de su vieja arrogancia iniciada en el siglo XVII con el dogma del individualismo y la superioridad racial. A los muchachos que solo odian porque no pueden articular una crítica histórica y creen que una crítica es odio, les repito que los enemigos de (ese mito llamado Occidente) no son sus críticos, sino sus adulones. Sólo de muestra les recuerdo un artículo con 25 años ya: https://mronline.org/2006/11/14/majfud141106-html/
🇺🇸 | Donald Trump: “He hablado con todo el mundo (…) Israel lo está haciendo muy bien”.
“Como probablemente notaron, le di a Irán 60 días. Estoy en contacto constante y, como he estado diciendo, creo que se firmará un acuerdo (…) Creo que Irán es un insensato al no firmarlo”. pic.twitter.com/T4xkCrJyYj
Según una de las teorías más sólidas de lectura de la historia, el materialismo dialéctico, los fenómenos simbólicos son expresiones de la base material de una sociedad, de sus medios de producción y de consumo. Luego de la muerte de Marx, sus seguidores y detractores introdujeron variaciones que iban desde Max Weber hasta los marxistas Antonio Gramsci, Louis Althusser y la Escuela de Frankfurt.
Los marxistas del siglo XX se detuvieron en la idea de que la supraestructura simbólica no es mera consecuencia de las condiciones de producción y consumo, sino que poseen una relativa independencia e influencia sobre la base material. Esta crítica de los marxistas a Marx, por lo general, establecía que estas instituciones, ideas e ideologías independientes de los sistemas económicos tenían por objetivo, cuando eran dominantes, confirmar los intereses de la clase social beneficiada.
Uno de los conceptos que quisiera introducir aquí radica en la extraña y aparentemente contradictoria dialéctica entre (1) las traducciones simbólicas de la base material de las sociedades y (2) aquellas ideas que le son, en principio, inconvenientes y hasta foráneas. Me refiero a los dos dogmas ideológicos dominantes de la Era Moderna: capitalismo y democracia. Por generaciones, ha sido un entendido común en Estados Unidos que ambos son la misma cosa, tanto como lo es socialismo y dictadura―o capitalismo y cristianismo.
El liberalismo, articulación ideológica de los antiguos señores feudales y de los posteriores esclavistas, se opuso al poder político concentrado de las monarquías. No se opuso a las monarquías parlamentarias que protegió a la nueva elite burguesa (la antigua clase nobiliaria), sino a las monarquías absolutistas (dictaduras) que no respondían a su control directo, representado, como en la Atenas imperial, en una minoría de elegidos, cuando no en un senado hereditario. La compra y el secuestro del poder del Estado (las monarquías) por parte de sus enemigos, los liberales nobiliarios, le aseguró a la nueva clase dominante una brutal fuerza de represión contra las anteriores revueltas comuneras y de campesinos despojados por la privatización de la tierra a través del sistema de enclosure o cercado (Moscas en la telaraña).
Por definición, el capitalismo es antidemocrático, ya que su único objetivo radica en la concentración de capitales. Ninguna democracia es real si la libertad de sus ciudadanos está limitada a una minoría que da órdenes y una mayoría que las recibe. Sin poder no hay libertad (social) y sin dinero no hay poder. La mayoría de los miembros de una sociedad capitalista son asalariados, profesionales o pequeños mercaderes―es decir, no son capitalistas. El poder de decidir, de legislar, de comprar y vender bienes, servicios, narrativas y voluntades está concentrado-privatizado. En Estados Unidos y en cualquier neocolonia un puñado de hombres blancos posee tanta riqueza como la mitad del país y se dedican a comprar senadores y presidentes o a escribir las leyes directamente. El modelo de las sociedades esclavistas permanece intacto: todos tienen, como en tiempos de la esclavitud de grilletes, una libertad de expresión garantizada por la constitución (siempre y cuando se cumpla con la fórmula P=d.t); todos han sido por igual unidos con un mismo dogma mitológico (los nacionales y los religiosos), por una misma obediencia al trabajo duro y efectivo como valor superior. Las corporaciones que se enriquecieron durante la esclavitud, sobrevivieron la abolición legal del sistema esclavista secuestrando el sermón libertario para presentarlo como propio y exigir los créditos de las libertades que los ex esclavos de grilletes gozan hoy en día.
Por historia, el capitalismo también siempre fue antidemocrático. Desde su nacimiento en el siglo XVII, en nombre de la libertad de mercados, de la libertad individual y de la democracia, el capitalismo se especializó en destruir la libertad de sus súbditos y esclavos. Se encargó de destruir la libertad de mercado, donde la había, para instaurar la dictadura de los capitales y de sus imperios. Se encargó de destruir democracias, reemplazándolas por dictadores bananeros en todos los continentes que vampirizó a fuerza de cañón, de masacres de y corrupción de sociedades oprimidas, para luego presentarse como el modelo ejemplar de desarrollo, de libertad y de civilización.
Otra hipótesis problemática aquí es: diferente al protestantismo, la democracia contradijo al sistema capitalista desde su base material. ¿Por qué una idea, una ideología, llegaría a ser la bandera de su opuesto, el capitalismo y el imperialismo? ¿Cómo fue posible que las ideas de democracia conviviesen de forma tan persistente con ideas como la de superioridad racial, como fue el caso de Theodore Roosevelt y de todos los imperialistas de la Era Moderna?
Mi primera respuesta radica en que la Ilustración reflejó la profunda perplejidad por el descubrimiento de las democracias indígenas en América y, como en los casos anteriores, se avocó a secuestrarla. ¿Cómo? A través del antecedente griego u “occidental”. De hecho, Rousseau, al mismo tiempo que Benjamín Franklin, conocía perfectamente la experiencia de las democracias americanas, pero decidió citar a los antiguos griegos. El mismo prejuicio racial sufrió Franklin. Las asambleas de la Antigua Grecia (Eclesia) estaban compuestas solo de ciudadanos hombres, similar a la democracia estadounidense durante su primer siglo de existencia. En ambos casos, solo el quince por ciento de los habitantes participaba de las elecciones. Dentro de ese porcentaje, otra minoría más rica dominaba.
La democracia nativo-americana, traficada por las crónicas jesuitas a Europa, debió tener el mismo efecto psicológico y cultural que las crónicas de Vespucio en la nueva tradición antagónica de las utopías sociales, como Utopía de Tomás Moro. Dependiendo del poder de las nuevas ideas, la clase dominante las secuestrará o las demonizará.
En la democracia iroquesa, hombres y mujeres tenían voz y voto en las decisiones que eran decididas por consenso. Toda decisión debía considerar el principio de “Las siete generaciones”. La democracia ateniense era más individualista, mientras que la indígena establecía la harmonía del Uno con el Todo, lo cual se traducía en una mayor estabilidad política y social que en el caso griego o de las democracias liberales.
Tal vez el impacto de la experiencia de los “salvajes americanos” fue mayor en la Europa capitalista del siglo XVIII debido a que la memoria histórica del continente registraba un ejemplo “vernáculo”, el de Grecia, el cual con el tiempo se fue imponiendo como forma natural de reemplazo de las monarquías absolutas por la tradición anterior de los nobles feudales, es decir, de los liberales modernos.
Otro fenómeno que problematizaremos como hipótesis de trabajo, puede resumirse de la siguiente forma: Todos los sistemas imperiales se caracterizan por la política de la crueldad debido a que su objetivo principal es el miedo a perder el control, aun cuando se representen a sí mismos como civilizados, como lo fueron la Pax romana o la Pax americana. Bastaría con recordar los espectáculos de la crueldad del circo romano, donde la lucha desigual entre un gladiador (esclavo) y un león resultaba excitante para el emperador y para el público en general. Luego podríamos continuar con la crueldad de imperios tan diferentes como el mongol, el azteca, o los más recientes imperios anglosajones con sus invasiones, guerras y masacres en las colonias.
¿Es la democracia (como fue el milenario caso iroqués) incompatible con sistemas políticos geopolíticamente dominantes? Entiendo que sí.
Es significativo cómo los dogmas ideológicos que luego pasan por «sentido común», «pragmatismo» y otras decoraciones ficticias, se pierden siempre el marco general de la historia y se limitan a una pieza del rompecabezas.
En el video que incluyo aquí, Margaret Thatcher pone ejemplos como Rusia y el Congo, subdesarrollados a pesar de su riqueza en recursos naturales, «porque no han tenido una economía de empresarios». Por supuesto que la han tenido, y en África, América latina y otras regiones del Sur global la libertad empresarial (me refiero al verdadero empresario capitalista, no al pequeño empresario que vive de su trabajo) y la libertad de los capitales ni siquiera tenían los límites de los gobiernos que tenían en Europa y Estados Unidos. Eran economías capitalistas y empresariales al servicio directo del desarrollo de brutales y sangrientos imperios extractivos como el suyo, Gran Bretaña (razón por la cual hoy están en decadencia y culpan de ello a los inmigrantes; ciegamente, como en este caso de ciego orgullo por el desarrollo y la prosperidad propia).
Como es propio de la secta neoliberal, tanto del amo como del cipayo, la señora Thatcher omite lo más importante: gran parte del Sur Global era más rico y más desarrollado que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos y, en muchos casos, hasta siglos después. Todos los países ricos y desarrollados de entonces fueron destruidos por los cañones, las drogas, el fanatimso y las ideologías europeas (como la del «libre mercado» luego de que se destruyera el libre mercado), sobre todo por los británicos y sus empresas piratas (privatizers) como la East India Co. Decenas de trillones de dólares fueron transferidos de India a Inglaterra solo en un par de siglos al tiempo que cientos de millones eran masacrados o hambreados hasta morir de forma deliberada. Rusia tuvo un gran desarrollo económico y social hasta la barbarie nazi (apoyada por los grandes y exitosos empresarios de Gran Bretaña y de Estados Unidos) y luego fue acosada y bloqueada durante la guerra fría por los mismos imperios racistas como el suyo.
El Congo, que menciona Thatcher, fue destruido y desangrado varias veces por y para los europeos hasta ayer–con la colaboración natural de los cipayos de turno. No solo le robaron trillones de dólares para el desarrollo de las «naciones libres, inteligentes y empresariales» sino que en pocas décadas le exterminaron diez millones de personas y dejaron sin manos a miles, sino millones de otras víctimas que no trabajaban lo suficientemente rápido para el éxito empresarial de los blancos.
De su indignación por la contaminación ambiental de los países subdesarrollado ni es necesario comentar. Un niño de escuela lo sabe.
Si en algo Noroccidente superó a todas las demás culturas, desde el continente de las naciones originarias en América hasta las milenarias y altamente productivas sociedades asiáticas, fue por su fanatismo materialista y por el desarrollo sin competencia de sus instrumentos de guerra y destrucción. Porque su prosperidad, como se la continúa entendiendo hoy, no es posible sin la «destrucción de la competencia». El otro que no obedece, el otro que no es esclavo, colonizado o adulón, es siempre (siempre) un peligroso enemigo.
No por casualidad cuando hablamos de imperialismo se nos acusa de “sesentistas” o algo por el estilo, para silenciar la raíz del problema que, como raíz, continúa estratégicamente enterrada.
It is significant how ideological dogmas, which later pass for “common sense,” “pragmatism,” and other fictitious labels, always lose sight of the broader historical context and limit themselves to one piece of the puzzle.
In the video I include here, Margaret Thatcher gives examples such as Russia and the Congo, which are underdeveloped despite their wealth of natural resources, “because they have not had an entrepreneurial economy.” Of course they have, and in Africa, Latin America, and other regions of the global South, entrepreneurial freedom (I am referring to the true capitalist entrepreneur, not the small business owner who lives off his work) and capital freedom did not even have the limits that governments in Europe and the United States had. They were capitalist and entrepreneurial economies directly serving the development of brutal and bloody extractive empires like hers, Great Britain (which is why they are now in decline and blame immigrants for it; blindly, as in this case of blind pride in their own development and prosperity).
As is typical of the neoliberal sect, both the master and the sepoy, Mrs. Thatcher omits the most important thing: much of the Global South was richer and more developed than Great Britain, France, or the Netherlands, and in many cases, even centuries later. All the rich and developed countries of that time were destroyed by cannons, drugs, fanaticism, and European ideologies (such as the “free market” after the free market was destroyed), especially by the British and their pirate companies (privatizers) such as the East India Co. Tens of trillions of dollars were transferred from India to England in just a couple of centuries, while hundreds of millions were deliberately massacred or starved to death. Russia experienced great economic and social development until the Nazi barbarism (supported by the big and successful businessmen of Great Britain and the United States) and was then harassed and blocked during the Cold War by the same racist empires as yours.
The Congo, which Thatcher mentions, was destroyed and bled dry several times by and for Europeans until yesterday—with the natural collaboration of the sepoy on duty. Not only did they steal trillions of dollars for the development of “free, intelligent, and entrepreneurial nations,” but in a few decades they exterminated ten million people and left thousands, if not millions, of other victims who did not work fast enough for the business success of white people.
There is no need to comment on their indignation at the environmental pollution of underdeveloped countries. A schoolchild knows this.
If the Northwest surpassed all other cultures, from the continent of the original nations in America to the ancient and highly productive societies of Asia, it was because of its materialistic fanaticism and the unrivaled development of its instruments of war and destruction. Because its prosperity, as it continues to be understood today, is not possible without the “destruction of competition.” The other who does not obey, the other who is not a slave, colonized, or sycophantic, is always (always) a dangerous enemy.
It is no coincidence that when we talk about imperialism, we are accused of being “sixties activists” or something similar, in order to silence the root of the problem, which, as a root, remains strategically buried.
Canal de Panamá: Cómo responder a un agresor y ser independiente de una vez por todas. Entrevista a Jorge Majfud
“Como siempre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un nuevo país y luego hacer que los “rebeldes” panameños firmaran un tratado apuntándoles con una pistola al cuello, como era y es costumbre”.
DESACATO, Brasil: Desde el momento en que asumió su segundo mandato como líder de la Casa Blanca, Donald Trump ha demostrado sus nuevas credenciales como agresor global. Así ha sido, entre otros, con los países fronterizos, México y Canadá. También con China, con el pueblo palestino y con el Istmo de Panamá, robado a Colombia para construir un país al servicio de los intereses imperialistas.
Trump se ha quejado de que China es el mayor beneficiario del Canal; exige que Estados Unidos pague menos por el tránsito de sus buques e incluso que vuelva a administrar el canal como lo hacía antes de que el pacto Torrijos-Carter entrase en vigor.
Pero ¿hay algo legítimo o legal en los reclamos de Trump? ¿Cuál es la verdadera historia del canal y del istmo panameño? ¿Es Panamá un país plenamente soberano? ¿Cómo afecta la situación a otros países de la región?
Este tema fue abordado por el periodista y presentador Raúl Fitipaldi en una conversación exclusiva con Jorge Majfud*, escritor, novelista y profesor de la Universidad de Jacksonville, para Portal Desacato, que transcribimos a continuación:
Raúl Fitipaldi: ¿Estados Unidos tiene algún reclamo que sea legítimo con relación a la administración del Canal de Panamá?
Jorge Majfud. Ninguno. Todo lo contrario. Están obligados a pagar una multimillonaria compensación por los crímenes cometidos en ese país, desde Theodore Roosevelt hasta George H. Bush y más acá. Claro que es una obligación moral, es decir, irrelevante.
El Canal nunca fue de Estados Unidos ni fueron los estadounidenses quienes lo construyeron. Roosevelt inventó una revolución en esa provincia de Colombia cuando su congreso rechazó la oferta de continuar la obra que se había iniciado bajo la dirección de los franceses porque renunciaba a su soberanía por una suma irrisoria (nos detuvimos en esto en La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América latina, 2021). Como de costumbre, la solución fue intervenir en un país extranjero, inventar un país nuevo y luego hacer firmar a los panameños “rebeldes” un tratado con la pistola en la nuca, como fue y es costumbre.
El Canal fue construido por 50.000 trabajadores caribeños que no salieron en la foto, en un régimen de esclavitud. Seis mil de ellos murieron en la construcción mientras Roosevelt los llamaba perezosos y negros estúpidos.
Washington no pagará ninguna compensación como no pagará por todas las dictaduras y masacres que llevó a cabo en América Latina y en el resto del mundo. Por el contrario, continúa matoneando y haciéndose la víctima. El típico amo de lo que entonces se llamaba “la raza libre” (blancos), ladrón y violador que acusaba a los negros y mestizos de ser ladrones y violadores. Igual que cuando Haití se liberó de Francia y de la esclavitud y debió pagar onerosas compensaciones a los esclavistas imperiales por más de un siglo. Igual que los amos blancos en Estados Unidos, quienes recibieron compensaciones por perder su “propiedad privada”, no los esclavos.
RF. ¿Panamá tiene la soberanía necesaria para defender el Pacto Carter-Torrijos que le devolvió el Canal?
JM. No. En relaciones internacionales, los imperios firman tratados hasta que les dejan de servir. Podemos verlo muchas veces con los tratados que Washington firmó con los pueblos originarios, con los mexicanos, con los caribeños, desde el siglo XVIII hasta hoy, cuando en 2015 Obama firmó el tratado con Irán para la limitación de tecnología nuclear y, al otro día (dos años después), Trump lo desconoció.
Ahora, con México, Panamá, Canadá, Colombia o Europa debemos recordar la máxima de Henry Kissinger, uno de sus criminales más célebres: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es letal”.
Panamá tiene solo dos opciones: (1) arrestarse como una de las prostitutas de Trump para recibir algo a cambio o (2) establecer una política de Estado en base a acuerdos y uniones con países más confiables, aquellos que comparten sus mismos problemas de seguridad ante la eterna aplicación de la Doctrina Monroe. Es decir, tratados comerciales y de unión estratégica con sus hermanos latinoamericanos y con otros países, sean europeos, africanos o asiáticos.
Esta idea del valor de la unión procede de los nativos norteamericanos: puedes quebrar una lanza con facilidad, pero si intentas quebrar varias juntas no podrás. Los colonos anglosajones escucharon y aprendieron tan rápido que no les dejaron tiempo a las naciones nativas a unirse de forma efectiva. Hoy es un símbolo irónico en el escudo de Estados Unidos.
RF. ¿Tienen fundamento las acusaciones que Donald Trump le hace a China de usar para sí el canal?
JM: Es falso y contradictorio. La presencia china en Panamá es insignificante. El problema es que China no deja de hacer las cosas bien y, como cualquier potencia industrial y comercial tiene derecho a usar el canal de Panamá y cualquier otro puerto si no emplea la violencia como es tradicional en Estados Unidos y en los imperios anglosajones.
Lo que más molesta de China es que ha recuperado su estatus de superpotencia mundial sin invadir ni destrozar ningún país. Los “comunistas empobrecedores” no sólo se han despegado del resto en materia de desarrollo, sino que los exitosos capitalistas le deben fortunas.
Si Estados Unidos fuese una nación medianamente inteligente, razonable en lugar de fanática, administraría sus terribles problemas económicos, financieros y sociales y su propio declive como imperio en una transición negociada con China para asegurarse una colaboración estratégica. Pero, por el contrario, Washington está pidiendo, desesperadamente, un final violento a su hegemonía.
En Estados Unidos tenemos todo para ser una país desarrollado y más feliz, pero somos todo lo contario, a pesar de que todavía somos una superpotencia mundial y todavía podemos crear la divisa global apretando ceros en un teclado. ¿Qué se supone que ocurrirá cuando no tengamos esos privilegios y, encima, tengamos que enfrentar un mundo que no nos va a perdonar haber sido tan hijos de puta por tanto tiempo?
RF. ¿Cómo deberían reaccionar los países afectados, directa e indirectamente en América Latina, tengan sus costas en el Pacífico o en el Atlántico?
JM. Una respuesta razonable, a corto plazo, sería “negociar con Trump”. Es más o menos lo que acaba de hacer México para suspender las tarifas por un mes. En parte podemos entender a Claudia Sheinbaum: primero están sus ciudadanos y ella no quiere una recesión que golpee a los más pobres, por breve que sea.
La respuesta más estratégica a largo plazo es, simplemente, no negociar con un extorsionador. Ni siquiera es necesario enredarse en una disputa dialéctica, mediática y diplomática. Silencio e indiferencia son la única forma efectiva para lidiar con un bully.
Si Trump le impone 25 por ciento de aranceles, México debe imponer un 30 por ciento. Claro que esto debe ser hecho en coordinación con el resto de los afectados, como Canadá, China y Europa, y con el resto de las futuras víctimas de nuevas agresiones del Macho Alfa.
México debe buscar poner sus productos en otros mercados. No sólo será una lección de lo que ocurre cuando un país no respeta a otro, sino una estrategia para asegurar una mayor estabilidad en el futuro.
México es el principal socio comercial de Estados Unidos y viceversa, pero ¿cuándo Estados Unidos trató a México como un igual o, al menos, con respeto? No lo ve quien no quiere ver.
Trump cree que revertirá el declive de su imperio acosando a economías más pequeñas, pero seguirle el juego es alimentar la bestia. Es un mal para el mundo y es un mal para nosotros aquí en Estados Unidos, que debemos prolongar la agonía de una mentalidad psicótica que no puede ser feliz ni con todo el oro del mundo.
San Pablo, Brasil, 3 de febrero de 2025.
Canal do Panamá: Como responder a um agressor e ser independente de vez. Entrevista com Jorge Majfud
Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume
Redação.- Desde a primeira hora em que assumiu seu segundo mandato à frente da Casa Branca, Donald Trump apresentou suas novas credenciais de agressor global. Assim tem sido, dentre outros, com seus estados fronteiriços, México e o Canadá, com a China, com o povo palestino e com o istmo do Panamá, roubado da Colômbia e negociado entre a França, para construir um país a serviço dos interesses imperialistas.
Trump tem reclamado que a China é o maior beneficiário do Canal; reivindica que os Estados Unidos paguem menos pelo trânsito das suas embarcações, e até mesmo que sejam os Estados Unidos que voltem a administrar o canal como antes do pacto Torrijos-Carter.
Mas, tem algo legítimo ou legal que reclamar Trump? Qual é a história verdadeira com relação ao canal e ao istmo panamenho (ou melhor, historicamente colombiano)? Panamá é um país completamente soberano? Como afeta a situação aos demais países da região?
Esse assunto foi tratado pelo jornalista e apresentador, Raul Fitipaldi, em diálogo exclusivo com Jorgem Majfud*, escritor, romancista e professor da Jacksonville University, para o Portal Desacato, que transcrevemos a seguir:
O Canal foi construído por milhares de escravos que Roosevelt chamava de “preguiçosos e negros estúpidos”
R.F. Os Estados Unidos têm alguma reivindicação legítima em relação à administração do Canal do Panamá?
JM. Nenhuma. Muito pelo contrário. São obrigados a pagar compensações multimilionárias pelos crimes cometidos naquele país, desde Theodore Roosevelt até George H. Bush e mais além. Claro que é uma obrigação moral, ou seja, irrelevante.
O Canal nunca pertenceu aos Estados Unidos nem foram os estadunidenses que o construíram. Roosevelt inventou uma revolução naquela província da Colômbia quando, o seu congresso, rejeitou a oferta de continuar o trabalho que tinha começado sob a direcção dos franceses porque renunciaram à sua soberania por uma soma ridícula (falamos disto em The Wild Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). Como sempre, a solução foi intervir num país estrangeiro, inventar um novo país e depois fazer com que os “rebeldes” panamenhos assinassem um tratado com uma arma apontada para a nuca, como era e é costume.
O Canal foi construído por 50 mil trabalhadores caribenhos que não estavam na foto, em regime de escravidão. Seis mil deles morreram na construção, enquanto Roosevelt os chamava de ‘negros preguiçosos e estúpidos’.
Washington não pagará qualquer compensação, tal como não pagará por todas as ditaduras e massacres perpetrados na América Latina e no resto do mundo. Pelo contrário, ele continua a intimidar e a se fazer de vítima. O típico mestre do que então se chamava “raça livre” (brancos), um ladrão e estuprador que acusava negros e mestiços de serem ladrões e estupradores. Tal como quando o Haiti se libertou da França e da escravatura e teve de pagar onerosas compensações aos traficantes de escravos imperiais durante mais de um século. Tal como os senhores brancos nos Estados Unidos, que receberam uma compensação pela perda da sua “propriedade privada”, e não os escravos.
A frágil soberania panamenha
RF. O Panamá tem a soberania necessária para defender o Pacto Carter-Torrijos que lhe devolveu o Canal?
JM. Não. Nas relações internacionais, os impérios assinam tratados até deixarem de servi-los. Podemos ver isso muitas vezes nos tratados que Washington assinou com os povos indígenas, com os mexicanos, com os caribenhos, desde o século XVIII até hoje, quando em 2015 Obama assinou o tratado com o Irã para limitar a tecnologia nuclear e, no dia seguinte (dois anos depois), Trump o ignorou.
Agora, com o México, o Panamá, o Canadá, a Colômbia ou a Europa, devemos recordar a máxima de Henry Kissinger, um dos seus criminosos mais famosos: “Ser inimigo dos Estados Unidos é perigoso, mas ser seu amigo é letal”.
O Panamá só tem duas opções: (1) prender-se como uma das prostitutas de Trump para receber algo em troca ou (2) estabelecer uma política de Estado baseada em acordos e uniões com países mais confiáveis, aqueles que partilham os mesmos problemas de segurança face à eterna aplicação da Doutrina Monroe. Ou seja, tratados comerciais e de união estratégica com os seus irmãos latino-americanos e com outros países, sejam europeus, africanos ou asiáticos.
Essa ideia do valor da união vem dos nativos americanos: você pode quebrar uma lança facilmente, mas se tentar quebrar várias juntas não conseguirá. Os colonos anglo-americanos ouviram e aprenderam tão rapidamente que não deixaram tempo para que as nações nativas se unissem de forma eficaz. Hoje é um símbolo irônico no brasão dos Estados Unidos.
Na briga com a China, Estados Unidos precipita um final violento para sua hegemonia
RF. As acusações de Donald Trump contra a China de usar o canal para si têm fundamento?
JM: É falso e contraditório. A presença chinesa no Panamá é insignificante. O problema é que a China não para de fazer bem as coisas e, como qualquer potência industrial e comercial, tem o direito de usar o Canal do Panamá e qualquer outro porto se não usar a violência como é tradicional nos Estados Unidos e nos impérios anglo-saxónicos.
O que mais irrita da China é que recuperou o seu estatuto de superpotência mundial sem invadir ou destruir qualquer país. Os “comunistas empobrecedores” não só se separaram do resto em termos de desenvolvimento, mas os capitalistas bem-sucedidos devem-lhes fortunas.
Se os Estados Unidos fossem uma nação moderadamente inteligente, razoável e não fanática, geririam os seus terríveis problemas económicos, financeiros e sociais e o seu próprio declínio como império numa transição negociada com a China para garantir a colaboração estratégica. Mas, pelo contrário, Washington apela desesperadamente ao fim violento da sua hegemonia.
Temos tudo para ser um país desenvolvido e mais feliz, mas somos totalmente o oposto. Imagine que isso seja um fato enquanto ainda somos uma superpotência mundial e ainda podemos criar a moeda global digitando zeros num teclado. O que deve acontecer quando não temos esses privilégios e, ainda por cima, temos que enfrentar um mundo que não nos perdoa por sermos filhos da puta (sic) por tanto tempo?
Como responder a um agressor e ser independente de vez
RF. Como deveriam reagir os países afetados, direta e indiretamente, na América Latina, quer tenham as suas costas no Pacífico ou no Atlântico?
JM. Uma resposta razoável a curto prazo seria “negociar com Trump”. Foi mais ou menos isso que o México acabou de fazer ao suspender as taxas por um mês. Em parte podemos compreender Claudia Sheinbaum: os seus cidadãos estão em primeiro lugar e ela não quer uma recessão que atinja os mais pobres, por mais breve que seja.
A resposta mais estratégica a longo prazo é, simplesmente, não negociar com um chantagista. Nem é preciso se envolver numa disputa dialética, midiática e diplomática. O silêncio e a indiferença são a única maneira eficaz de lidar com um agressor.
Se Trump impor tarifas de 25 por cento, o México deverá impor 30 por cento. É claro que isto deve ser feito em coordenação com o resto dos afectados, como o Canadá, a China e a Europa, e com o resto das futuras vítimas de novas agressões do Macho Alfa. O México deve procurar colocar os seus produtos noutros mercados. Não será apenas uma lição sobre o que acontece quando um país não respeita outro, mas também uma estratégia para garantir maior estabilidade no futuro.
O México é o principal parceiro comercial dos Estados Unidos e vice-versa, mas quando é que os Estados Unidos trataram o México como igual ou, pelo menos, com respeito? Quem não quer ver não vê.
Trump acredita que irá reverter o declínio do seu império intimidando as economias mais pequenas, mas seguir em frente é alimentar a fera. É um mal para o mundo e é um mal para nós aqui, que tenhamos de prolongar a agonia de uma mentalidade psicótica que não consegue ser feliz nem com todo o ouro do mundo.
Panama Canal: How to respond to an aggressor and be independent once and for all. Interview with Jorge Majfud
“As always, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then have the Panamanian “rebels” sign a treaty by pointing a gun at their necks, as was and is customary.”
DESACATO, Brazil: Since he assumed his second term as leader of the White House, Donald Trump has demonstrated his new credentials as a global aggressor. This has been the case, among others, with the bordering countries, Mexico and Canada. Also with China, with the Palestinian people and with the Isthmus of Panama, stolen from Colombia to build a country at the service of imperialist interests. Trump has complained that China is the biggest beneficiary of the Canal; he demands that the United States pay less for the transit of its ships and even that it returns to managing the canal as it did before the Torrijos-Carter pact came into force. But is there anything legitimate or legal in Trump’s claims? What is the true history of the Panama Canal and the isthmus? Is Panama a fully sovereign country? How does the situation affect other countries in the region? This topic was addressed by journalist and presenter Raúl Fitipaldi in an exclusive conversation with Jorge Majfud*, writer, novelist and professor at Jacksonville University, for Portal Desacato, which we transcribe below:
Raúl Fitipaldi: Does the United States have any legitimate claim regarding the administration of the Panama Canal?
Jorge Majfud. None. Quite the contrary. They are obliged to pay multimillion-dollar compensation for the crimes committed in that country, from Theodore Roosevelt to George H. Bush and beyond. Of course it is a moral obligation, that is, irrelevant. The Canal never belonged to the United States, nor were it the Americans who built it. Roosevelt invented a revolution in that province of Colombia when its congress rejected the offer to continue the work that had been started under the direction of the French because it gave up its sovereignty for a paltry sum (we stopped at this in The Savage Frontier. 200 Years of Anglo-Saxon Fanaticism in Latin America, 2021). As usual, the solution was to intervene in a foreign country, invent a new country and then make the “rebellious” Panamanians sign a treaty with a gun to their necks, as was and is customary. The Canal was built by 50,000 Caribbean workers who were not in the photo, in a regime of slavery. Six thousand of them died in the construction while Roosevelt called them lazy and stupid blacks. Washington will not pay any compensation as it will not pay for all the dictatorships and massacres it carried out in Latin America and the rest of the world. On the contrary, it continues to bully and play the victim. The typical master of what was then called “the free race” (whites), a thief and rapist who accused blacks and mestizos of being thieves and rapists. Just like when Haiti freed itself from France and slavery and had to pay onerous compensations to the imperial slavers for more than a century. Just like the white masters in the United States, who received compensation for losing their “private property,” not the slaves.
RF. Does Panama have the necessary sovereignty to defend the Carter-Torrijos Pact that returned the Canal to it?
JM. No. In international relations, empires sign treaties until they stop serving them. We can see this many times with the treaties that Washington signed with the indigenous peoples, with the Mexicans, with the Caribbeans, from the 18th century until today, when in 2015 Obama signed the treaty with Iran for the limitation of nuclear technology and, the next day (two years later), Trump disavowed it. Now, with Mexico, Panama, Canada, Colombia or Europe, we must remember the maxim of Henry Kissinger, one of its most famous criminals: “Being an enemy of the United States is dangerous, but being its friend is lethal.” Panama has only two options: (1) arrest itself like one of Trump’s prostitutes to receive something in return or (2) establish a State policy based on agreements and unions with more reliable countries, those that share its same security problems in the face of the eternal application of the Monroe Doctrine. That is, trade treaties and strategic union with its Latin American brothers and with other countries, be they European, African or Asian. This idea of the value of unity comes from the North American natives: you can break a spear easily, but if you try to break several together you won’t be able to. The Anglo-Saxon settlers listened and learned so quickly that they didn’t leave the native nations time to unite effectively. Today it is an ironic symbol on the United States shield.
RF: Are there any grounds for Donald Trump’s accusations that China is using the canal for its own purposes? JM: It is false and contradictory. The Chinese presence in Panama is insignificant. The problem is that China does not stop doing things well and, like any industrial and commercial power, it has the right to use the Panama Canal and any other port if it does not use violence as is traditional in the United States and in the Anglo-Saxon empires. What is most annoying about China is that it has recovered its status as a world superpower without invading or destroying any country. The “impoverishing communists” have not only separated themselves from the rest in terms of development, but the successful capitalists owe them fortunes. If the United States were a moderately intelligent nation, reasonable rather than fanatic, it would manage its terrible economic, financial and social problems and its own decline as an empire in a negotiated transition with China to ensure a strategic collaboration. But, on the contrary, Washington is desperately asking for a violent end to its hegemony. In the United States we have everything to be a developed and happier country, but we are the opposite, even though we are still a world superpower and we can still create the global currency by pressing zeros on a keyboard. What is supposed to happen when we do not have those privileges and, on top of that, we have to face a world that will not forgive us for having been such bastards for so long?
RF. How should the affected countries react, directly and indirectly in Latin America, whether they have their coasts on the Pacific or the Atlantic?
JM. A reasonable response, in the short term, would be to “negotiate with Trump.” It is more or less what Mexico just did to suspend tariffs for a month. In part we can understand Claudia Sheinbaum: her citizens come first and she does not want a recession that hits the poorest, however brief it may be. The most strategic response in the long term is, simply, not to negotiate with an extortionist. It is not even necessary to get entangled in a dialectical, media and diplomatic dispute. Silence and indifference are the only effective way to deal with a bully. If Trump imposes 25 percent tariffs, Mexico must impose 30 percent. Of course, this must be done in coordination with the rest of those affected, such as Canada, China and Europe, and with the rest of the future victims of new aggressions from the Alpha Male. Mexico must seek to put its products in other markets. It will not only be a lesson of what happens when one country does not respect another, but a strategy to ensure greater stability in the future. Mexico is the main commercial partner of the United States and vice versa, but when has the United States treated Mexico as an equal or, at least, with respect? Those who do not want to see do not see it. Trump believes that he will reverse the decline of his empire by harassing smaller economies, but playing along is feeding the beast. It is bad for the world and it is bad for us here in the United States, who must prolong the agony of a psychotic mentality that cannot be happy even with all the gold in the world.
A pocas millas de donde pierdo mi vida tratando de entender el absurdo de nuestra especie humana, Donald Trump ha vuelto a acusar a México de abusar de “la bondad de Estados Unidos” y a China de “abusar del canal de Panamá”. Como en el siglo XIX, el presidente también quiere Canadá como un estado, pero de forma más amable. Al fin y al cabo, sus habitantes pertenecen a una raza superior.
El abuso de China sobre el Canal de Panamá se refiere a que está haciendo demasiados negocios con Occidente y, peor aún, con América Latina, nuestro Patio trasero, nuestras repúblicas bananeras donde la gente habla “el idioma de las limpiadoras”. Como dijo el presidente Ulysses Grant en 1873 y lo practicaron siempre los británicos, “cuando hayamos obtenido todo lo que puede ofrecer del proteccionismo, también adoptaremos el libre comercio”―solo que ahora a la inversa.
Claro que más importante que la flexibilidad ideológica del capitalismo es su flexibilidad moral. Los imperios siempre se presentaron como víctimas o con algún derecho divino. Cuando en 1832 Andrew Jackson, en su discurso en el Congreso, justificó la remoción de los pueblos nativos de sus propias tierras, proclamó: “nos agredieron sin que nosotros los provocásemos”. Tuvimos que defendernos. Desde 1763 hasta hoy, la tradición ha sido forzar a los nativos a firmar tratados que luego serían violados por los dueños del cañón cada vez que los tratados limitaban las oportunidades de hacer buenos negocios despojando a “las razas inferiores”. Lo mismo ocurrió con el Tratado de Guadalupe de 1848, el que obligó a ceder la mitad de México a Estados Unidos por una limosna y nunca se cumplió en los acuerdos que protegían los derechos de los mexicanos que quedaron de este lado de la nueva frontera. Como el lamento de “La pesada carga del hombre blanco” acuñado por el poeta británico Rudyard Kipling y difundido por Teo Roosevelt sobre la humanidad de los invasores a tierras de “negros pacíficos”. Esa “perfecta raza estúpida”, según el mismo Roosevelt.
El 9 de enero de 2025, días después de rechazar un anuncio pago denunciando el genocidio en Gaza por usar la palabra “genocidio”, el New York Times publicó el artículo de opinión titulado: “Los historiadores condenan el “escolasticidio” de Israel. La pregunta es por qué.” La AHA, asociación de historiadores, había votado por mayoría abrumadora la condena del bombardeo y total erradicación de escuelas y universidades en Gaza, aparte del asesinato de sus profesores y estudiantes bajo toneladas de bombas, y el artículo destacado cuestionó las razones de la condena. Es más, acusó a los historiadores y a las universidades en general de estar politizadas. La desvergüenza moral e histórica se comenta sola.
Días antes, CNN, la cadena supuestamente anti-Trump, reflexionó sobre sus propuestas expansionistas: “Trump, a su manera, está lidiando con cuestiones de seguridad nacional que Estados Unidos debe afrontar en un mundo nuevo moldeado por el ascenso de China (…) Las reflexiones de Trump sobre la terminación del Tratado del Canal de Panamá muestran la preocupación por la invasión de potencias extranjeras en el hemisferio occidental. No se trata de una preocupación nueva: ha sido un tema constante en la historia, desde la Doctrina Monroe de 1823, cuando los colonialistas europeos eran la amenaza. El problema perduró durante los temores comunistas de la Guerra Fría. Los usurpadores de hoy son China, Rusia e Irán…”
Invasión, amenaza, usurpadores… O se trata de una profunda ignorancia histórica o, más probablemente, del mismo periodismo hipócrita de siempre; funcional a la barbarie genocida y cleptómana del poder.
Para América Latina, los usurpadores, no en la retórica sino en la práctica, fueron siempre los Estados Unidos. Fue un periodista, John O’Sullivan, quien creó el mito del Destino Manifiesto para justificar el despojo y masacre de todos los pueblos al Oeste y al Sur, como siempre basados en el amor de Dios por una etnia humana en particular―por la etnia más violenta y genocida que conoce la historia moderna. En 1852, O’Sullivan escribió: “Este continente y sus islas adyacentes les pertenece a los blancos; los negros deben permanecer esclavos…”
Si salteamos tres mil intervenciones de Washington en los siguientes cincuenta años, podemos recordar que, según la lógica capitalista, el Canal de Panamá nunca fue de Estados Unidos como el Hudson Yards de Manhattan no le pertenece a Catar, ni el One World Trade Center ni el nuevo Waldorf Astoria en Nueva York o las mega urbanizaciones de Chicago y Los Angeles les pertenecen a China, por nombrar solo unos pocos ejemplos recientes.
Ahora, desde un punto moral y desde la ley Internacional, podríamos recordar que Theodore Roosevelt le robó Panamá a Colombia con una revolución financiada por Washington. El canal, comenzado por los franceses y terminado por Washington fue, de hecho, construido con la sangre de cientos de panameños que el histórico racismo olvidó, como olvidó la construcción de las vías de ferrocarriles por parte de inmigrantes chinos en la costa Oeste o de irlandeses en la costa Este, grupos que sufrieron la persecución y la muerte por pertenecer a “razas inferiores”.
Si Washington pagase una mínima compensación por todas sus invasiones a los países latinoamericanos desde el siglo XIX, por todas sus democracias destruidas, por todas las sangrientas dictaduras impuestas a fuerza de cañón, por la “política del dólar” o por los sabotajes de la CIA durante la Guerra Fría y más acá, no nos darían las reservas de oro del Tesoro para cubrir un porcentaje mínimo. Por no hablar de los crímenes imperiales, muchas veces en colaboración con los imperios europeos (los supuestos enemigos de la Doctrina Monroe) en Asia y África que no solo asesinaron a sus lideres independentistas como Patrice Lumumba sino que dejaron mares de muerte y destrucción, todo en nombre de una democracia y una libertad que nunca llegaron y que nunca les importaron a los señores imperiales del poder.
El sistema esclavista que le arrebató Texas, New Mexico, Colorado, Arizona, Nevada y California a México no desapareció con la Guerra Civil. Simplemente cambió de nombre (a veces, ni siquiera eso) para continuar haciendo lo mismo, como los bancos y las corporaciones esclavistas JP Morgan, Wells Fargo, Bank of America, Aetna, CSX Corporation, entre otros. En 1865 los esclavos de grilletes se convirtieron en esclavos asalariados (en muchos casos ni eso, ya que trabajaban por propinas, como lo siguen haciendo hoy las meseras). De la misma forma que durante la esclavitud, al sistema se lo siguió llamando democracia, mientras que sus constituciones (la de 1789 y la confederada de 1861) protegían la “libertad de expresión”.
Ahora, como lo formulamos en P = d.t, Occidente radicalizará la censura a los críticos por la simple razón de que su poder declina y su tolerancia también: desde la Grecia clásica, la libertad de expresión ha sido un lujo de los imperios que no se sienten amenazados por ninguna crítica, sino todo lo contrario: resulta una decoración a sus pretensiones de liberad y democracia.
Los medios dominantes tienen un pésimo récord de complicidad, siempre en nombre de la libertad. Cuando James Polk logró una excusa para invadir México y robarle más de la mitad de su territorio, lo hizo provocando un ataque de falsa bandera. “Es hora deexpandir la libertad a otros territorios”, dijo Polk, refiriéndose al restablecimiento de esclavitud en un país que la había ilegalizado. Sus mismos soldados y generales en campaña, Ulyses Grant, Zachary Tylor y Winfield Scott reconocieron por escrito que no tenían ningún derecho a estar en territorio mexicano. El general Ethan Allen Hitchcock escribió en su diario: “A decir verdad, no tenemos ningún derecho de estar aquí. Más bien parece que el gobierno nos ha enviado con tan pocos hombres para provocar a los mexicanos y de esa forma tener un pretexto para una guerra que nos permita tomar California”.
La nueva prensa masiva de entonces, gracias al invento de la rotativa, fue el principal instrumento de propaganda y de fakes news que lanzó desde la borrachera de la cantinas a miles de voluntarios a invadir México y, como lo reportaron los generales estadounidenses, a matar, robar y “violar a las mujeres delante de sus propios hijos y esposos”. Al parecer, Estados Unidos no estaba enviando sus mejores hombres. Como buen representante de la paranoia imperial anglosajona, Trump fue celebrado cuando, al iniciar su campaña presidencial el 16 de junio de 2015, afirmó, contradiciendo todas las estadísticas del momento: “México no está enviando a los mejores. Está enviando gente que tiene muchos problemas… Son violadores sexuales”.
Cuando en 1846 Polk supo de un incidente menor en territorio mexicano, corrió al Congreso e informó: el invasor “ha derramado sangre estadounidense en territorio estadounidense”. John Quincy Adams lo acusó de haber provocado una excusa para la guerra contra un país que no estaba en condiciones materiales de defenderse. También Abraham Lincoln se opuso a esta guerra (que luego Ulysses Grant llamaría “la guerra perversa”) y tuvo que retirarse de la política por años, ya que nada más efectivo para silenciar la crítica y una falta moral que el patriotismo ciego.
Exactamente lo mismo ocurrió por los siguientes 150 años, como, por ejemplo, el mito inventado de ElMaine de 1898 por parte de la prensa amarillista de Nueva York, dirigida por Joseph Pulitzer y por William Hearst, uno de los mogules de los medios y del cine del siglo XX. Hearst defendió a Hitler al tiempo que acusaba a F.D. Roosevelt de comunista. Por entonces, la prensa hegemónica presentó a Hitler como un patriota, como ahora presenta a Netanyahu como un enviado del Dios.
Lo mismo ocurrió con el general estadounidense más condecorado de su generación, Smedley Butler, cuando en 1933 se atrevió a publicar: “La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera. Yo no volvería a la guerra para proteger las inversiones de los banqueros… Nuestras guerras han sido planeadas muy bien por el capitalismo nacionalista. He servido en la Marina por 33 años y, durante todo ese período, he pasado la mayor parte de mi tiempo siendo el músculo de Wall Street y de los grandes negocios… En pocas palabras, he sido un mafioso del capitalismo…”
Cuando Butler comenzó a decir lo que pensaba, no se lo puso preso por delito de opinión, como fue el caso del candidato socialista Eugene Debs por oponerse a la Primera Guerra, sino que se echó mano a un recurso más común: se desacreditó al héroe militar como alguien con problemas psicológicos.
Lo mismo continuó ocurriendo por generaciones. Las bombas atómicas sobre Japón, el masivo bombardeo aéreo de Corea, la destrucción de democracias independentistas en África y América latina… Lyndon Johnson y Henry Kissinger invirtieron millones de dólares en la prensa para apoyar la guerra genocida de Vietnam con bombardeos masivos y armas químicas sobre la población civil. Para entonces, la Operación Mockingbird de la CIA ya había inoculado a todos los mayores diarios de América Latina con fake news y editoriales escritas en Miami y Nueva York. Lo mismo hizo con los grandes medios de Estados Unidos, con libros, películas, etc. La policía ideológica (la CIA, la NSA, el FBI) benefició a las grandes compañías, mientras dejaban cientos de miles de masacrados sólo en América Central, todo en nombre de la “seguridad nacional” que produjo una estratégica inseguridad.
Antes de lanzarse la masiva invasión a Irak de 2003, la que dejó un millón de muertos, millones de desplazados y casi todo Medio Oriente en caos, publicamos en los diarios de países marginales sobre la ilógica de la narrativa que la justificaba. Pero la gran prensa hegemónica logró convencer a los estadounidenses de que los tambores de guerra decían la verdad. El New York Times tomó posición a favor de la invasión como un acto patriótico y de “seguridad nacional”. En nombre del patriotismo, se censuró, por ley (Patriot Act) y por acoso social a todos los críticos. Los medios ni siquiera podían mostrar las imágenes de los soldados retornando en ataúdes. Mucho menos los cientos de miles de civiles iraquíes masacrados que nunca importaron en esta cobardía colectiva que solo dejó ganancias a los mismos superricos mercaderes de la muerte de siempre.
Años después, incluso cuando George W. Bush y su marioneta, el presidente español José María Aznar reconocieron que las razones para la invasión eran falsas, que Sadam Hussein no tenía armas de destrucción masiva, aportadas por Alemania y Estados Unidos en los 80s para atacar Irán, ni vínculos con Al Qaeda (como los talibán, hijos independizados de la CIA), la mayoría de los consumidores de Fox News continuaban creyendo en la mentira desmentida por sus propios perpetuadores. Al fin y al cabo, desde niños fueron entrenados para creer contra toda evidencia como si fuese un mérito divino.
En política, narrativa y realidad están más divorciados que en una novela de J. K. Rowling. Al mismo tiempo que los grandes medios se venden a sí mismos como independientes y salvaguardas de la democracia, ni son independientes ni son democráticos. Dependen no solo de un puñado de millonarios anunciantes; los miles de millones de dólares que las corporaciones y lunáticos como Elon Musk donan a los partidos políticos son el negocio perfecto: con cada dólar que arrojan a la masa, se compran, a un mismo tiempo, a los políticos en campaña y a los medios que los promueven. Los medios son parte de esa dictadura plutocrática y su trabajo (que no es diferente al de los sacerdotes que daban sermones en las iglesias y catedrales financiadas por los nobles) consiste en inventar una realidad contraria a los hechos, cómplice con el gran poder del dinero, del imperialismo y del racismo. Todo en nombre de la democracia, de la Ley internacional y de la diversidad.
Ahora, una pregunta por demás simple: ¿Piensan que este país necesita más adulones, o más críticos? Claro, todos responderán en favor de los críticos, pero en los hechos mudos la mayoría apoya lo contrario, sobre todo a través del descredito y de la demonización de los verdaderos críticos del poder―aquellos que no sólo en la academia sino hasta en la misma Biblia se apreciaba como profetas, no por anunciar el futuro sino por tener el coraje de decir lo que el pueblo no quería escuchar. Todos saben que si alguien quiere progresar en la escalera del éxito y del poder, por lejos paga mucho más la adulonería, por barata que sea, como es el caso del rabioso patriotismo de algunos inmigrantes al imperio de turno. No solo inmigrantes pobres, sino también orgullosos académicos serviles que acusan a los críticos de estar politizados o de victimizar a las víctimas del imperialismo.
Estamos en la misma situación del siglo XIX: expansión geopolítica y arrogancia racista. La diferencia es que, por entonces, Estados Unidos era un imperio en acenso y hoy está en descenso. Como lo demuestran los ejemplos europeos desde el español, el británico o el francés, a la larga, y pese a toda la muerte y el despojo ajeno, los imperios siempre han sido muy caros para sus ciudadanos, ya que no existen sin guerras permanentes. En sus apogeos siempre dejaron ganancias económicas, sobre todo para los de arriba. El problema es cuando se trata de un imperio en decadencia. Entonces, la arrogancia es una reacción natural, pero resulta carísima y solo puede acelerar su decadencia, miseria y conflictos, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
Saber negociar en un mundo que no nos pertenece, hacer amigos en lugar de enemigos, es la estrategia más económica, más efectiva, más justa y más razonable. El problema es que liderar en paz siempre ha sido más difícil que liderar en una guerra, ese recurso de los mediocres que nunca falla, incluso cuando se arrastra a su propio país a la destrucción.
Cada año que pasa vamos confirmando la historia hacia el fascismo de los imperios decadentes de hace un siglo. Los primeros en caer (por la censura, el silencio, la prisión o la muerte) seremos los críticos. Cuando las cenizas no sean cosas de algún pobre e indefenso país en el otro lado del mundo, sino del corazón mismo del imperio, los sobrevivientes negarán tres veces haber sido partícipes de tanta arrogancia cobarde.
Como siempre, será demasiado tarde, porque si la Humanidad ha tenido la verdad y la justicia como valore supremos, rara vez los ha practicado como un compromiso inquebrantable. Lo normal ha sido lo contrario.
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