Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

On the dehumanization of poor immigrants 

Contra la deshumanización de los inmigrantes pobres

La lucha por los derechos de los inmigrantes es la lucha por los Derechos Humanos, eso que cada día se evidencia como irrelevante cuando no sirven los intereses de los poderosos. Pero la inmigración no es sólo un derecho; es, también, la consecuencia de un sistema global que discrimina de forma violenta ricos y pobres, capitalistas y trabajadores. Esta vieja lucha de clases no solo es invisibilizada a través de las guerras culturales, étnicas, sexuales como ocurre desde hace siglos con las luchas raciales y religiosas, sino con la misma demonización del concepto “lucha de clases”, practicada por los ricos y poderosos y atribuida a los ideólogos de izquierda como proyecto del mal. La lucha de clases, el violento despojo y la dictadura de los ultra millonarios sobre el resto de las clases trabajadoras es un hecho observable por cualquier medición cuantitativa.

Esta cultura de la barbarie y de la humillación, de la política de la crueldad y de la ética del egoísmo, ocurre dentro de cada nación y se reproduce a escala global, desde las naciones imperiales hasta sus serviles colonias capitalistas y sus excepciones: las bloqueadas y demonizadas alternativas rebeldes.

La ilegalidad de la inmigración fue inventada hace más de un siglo para extender la ilegalidad de las invasiones imperiales a países más débiles. Fue inventada para prevenir las consecuencias de la expoliación de las colonias mantenidas en situación de servidumbre a través del cañón, de las masacres sistemáticas, de las eternas y estratégicas deudas que las desangran aún hoy, de las agencias secretas que asesinaron, manipularon los medios, destruyeron democracias, dictaduras rebeldes, hundieron en el caos a medio mundo y deshumanizaron desde el primer día a los esclavos, algunos de ellos esclavos felices.

La inmigración ilegal no solo castigó a los desheredados de este proceso histórico sino también a los perseguidos por las múltiples y brutales dictaduras que Europa y Estados Unidos diseminaron por África y América latina, con los diversos grupos terroristas diseñados en Washington, Londres y París, como los Contras en América Central, los Escuadrones de la Muerte en América del Sur, los planes de exterminio como el Plan Cóndor, la Organisation armée secrète en África, los terroristas islámicos como Al Qaeda, los talibán, el ISIS, todos creados por la CIA y sus mafias cómplices para terminar con proyectos independentistas, seculares y socialistas en África y Medio Oriente… Es decir, no es solo el capitalismo colonial es el que expulsa a su propia gente, sino el origen de esa brutalidad: el capitalismo imperial.

Luego, las víctimas pasan a ser criminales. Como ocurrió con el atrevimiento de Haití de declararse libre e independiente en 1804, como ocurrió en otros casos de abolición de la esclavitud: los esclavistas demandaron compensaciones a los gobiernos por la pérdida de sus propiedades privadas de carne y hueso. No las víctimas que había construido la riqueza de Estados Unidos, de los bancos, de las corporaciones; no los esclavos que construyeron la Casa Blanca y el edificio del Congreso. De la misma forma, según Trump y su horda supremacista, el Canal de Panamá le pertenece al amo invasor y no a los panameños y caribeños que dejaron por miles sus vidas en su construcción.

La inmigración en casi todas sus formas, desde la económica hasta la política, es una consecuencia directa de todas estas injusticias históricas. Los ricos no emigran; dominan las economías y los medios de sus países y luego envían sus “beneficios” a paraísos fiscales o en forma de inversiones que sostienen el sistema de esclavitud global como si fuese una actividad de “alto riesgo”.

Los ricos tienen asegurada su entrada a cualquier país. Los pobres, en cambio, son sospechosos desde el momento en que se presentan ante una embajada de algún país poderoso. Por lo general, sus solicitudes son denegadas, razón por la cual suelen endeudarse con préstamos de coyotes por 15 mil dólares, solo para entrar a un país que imprime una divisa global y trabajar por años como esclavos mientras son doblemente criminalizados. No se victimizan, como los definen algunos académicos asimilados. Son víctimas reales. Son esclavos asalariados (con frecuencia, ni eso) bajo un permanente terrorismo psicológico que sufren tanto ellos como sus niños. En Estados Unidos existen cientos de miles de niños que no asisten regularmente a la escuela porque trabajan en régimen de esclavitud, en nada diferente a los esclavos indenture de siglos pasados.

Cada año, desde hace décadas, los inmigrantes ilegales aportan a la Seguridad Social de los quejosos votantes cien mil millones de dólares, dinero que no recibirán ellos sino aquellos que dedican sus días a lamentarse de los trabajos que les han robado los inmigrantes. Como si esta escala de injusticia no fuese suficiente, finalmente los más abnegados, perseguidos y pobres trabajadores son arrojados a una cárcel como terroristas y devueltos a sus países encadenados y humillados, irónicamente por la impiedad de gobernantes condenados por delitos serios por la justicia del propio país que gobiernan, como es el caso de los actuales ocupantes de la Casa Blanca. A esta remarcable cobardía llaman coraje, como llaman libertad a la esclavitud ajena y víctimas a los acosadores mundiales.

A eso se suma la tradicional colaboración de los cipayos promovidos, desde académicos a votantes, desde periodistas a miembros latinosindios o africanos de los gobiernos imperiales que, como “solución al problema de la inmigración” y la desobediencia soberana de algunos países del Sur imponen más bloqueos y sanciones para estrangular aún más a sus hermanos menos exitosos que decidieron no emigrar a la Tierra de Dios. Patología que luego se vende como ejemplo de “éxito en base al mérito y al trabajo duro”. Porque ese es el único placer de los psicópatas que no pueden ser felices con nada: no su propio éxito, sino la derrota y la humillación de todos los demás. Una de las características del fascismo, aparte de recurrir a un pasado inexistente, es explotar, perseguir, demonizar, culpar y castigar a todos aquellos que no tienen el poder económico o militar para defenderse, como es el caso de los inmigrantes pobres en los centros imperiales del mundo.

Nosotros, despojados de los intereses sectarios del poder global y sin responder más que a un sentido de la moral y los Derechos Humanos, levantamos nuestra voz para protestar contra la mayor organización del crimen organizado en el mundo, seguros de que esta perversión de la crueldad humana terminará por derrumbarse―no por su propio peso, sino por el coraje y la resistencia solidaria de los de abajo.

Jorge Majfud, feb 4 2025

Crímen de opinión

Pronto esto será ilegal en Estados Unidos, cuando el Senado ratifique la ley H. R. 6090 aprobada en la Cámara Baja el pasado miércoles. Así terminan los gritos de «Viva la libertad, carajo» de los libertarios: prohibiendo, persiguiendo y acosando a cualquiera que piense diferente.

De ahora en adelante, en la Mayor Democracia del Mundo Libre tendremos que ponernos más poéticos y abusar de las metáforas, como en tiempos de Nerón, quien fue mencionado con el número 666 (su nombre en el alfabeto hebreo) porque, aunque existía cierta libertad de expresión, ésta estaba prohibida cuando afectaba de forma efectiva al poder imperial de entonces.

jorge majfud, 2 de mayo de 2024.

​Capitán ¿qué es la ideología? ¿Y el adoctrinamiento?

El presiente electo de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, ha declarado que acabará con la ideología en la educación, eliminando la educación sexual y terminando con cualquier reflexión sobre género en las escuelas. Para lograrlo, aparte de nuevas leyes y decretos, ha propuesto que los alumnos filmen a sus profesores para denunciar el “adoctrinamiento izquierdista” y la “sexualización” de los niños en las aulas.

Como consecuencia, en Brasil ya hay casos de profesores acosados y amenazados de muerte por ejercitar la libertad de academia, un principio sagrado que tiene varios siglos de antigüedad, aunque con interrupciones abruptas y trágicas. Casi todos los fascismos (de izquierda y de derecha) y hasta las democracias manipuladas por la propaganda, comienzan vigilando a los profesores (esos ignorantes históricos que no saben qué es “la realidad”) lo cual ha sido ilustrado de una forma muy precisa e íntima en la película sobre los inicios del franquismo en España, La lengua de las mariposas, por dar sólo un ejemplo.

También, aunque más débiles y limitados por sus constituciones, existen grupos de denuncia e intimidación de maestros y profesores en países como Alemania y Estados Unidos, pero América Latina tiene una tradición más larga y más trágica en ese sentido debido a la debilidad de sus instituciones democráticas y de su congénita cultura colonial.

Según el capitán Bolsonaro, es urgente terminar con el “fuerte adoctrinamiento” de “la ideología de Paulo Freire”. Siempre son los demás quienes tienen algún tipo de ideología. El famoso educador brasileño, autor de Pedagogia do oprimido (un clásico en la academia estadounidense y de casi cualquier parte del mundo), había sido expulsado al exilio por la dictadura de su país en los años sesenta “por ignorante”. Es decir, en todo aspecto, el gran país del Sur anuncia un regreso de medio siglo a sus tiempos más brutales y autoritarios. Esta vez, no por un golpe de Estado militar sino a través de un golpe parlamentario, judicial y mediático, primero, y finalmente legitimado por las urnas.

En el proyecto llamado “Escola Sem Partido”, actualmente en el parlamento brasileño, se propone la creación de una materia llamada, con toda la fuerza de tres ideoléxicos duros, “Educación moral y cívica” (exactamente como aquella que debíamos tomar en la secundaria durante la dictadura militar uruguaya, justo cuando nuestro gobierno no era ni educado ni moral ni cívico). Además, se propone prohibir el uso de las palabras “género” y “orientación sexual”. Este discurso es similar a aquellos que, por todo Occidente, ahora llaman al feminismo “dictadura de género”, sin advertir que lo hacen revindicando el tradicional estatus quo, cuando no la reacción, es decir, la vieja ideología del patriarcado (cuando no abiertamente el machismo), ideología que ha sido ejercida e impuesta con toda la fuerza y la violencia opresora de la cultura y todas las instituciones conocidas a lo largo de siglos.

El proyecto de una “Escuela sin partido”, como el repetido discurso social que la sustenta, no es otra cosa que la manipulación ideoléxica de una Escuela-con-un-Partido-Único, eso que se reprocha siempre al comunismo cubano (de los demás comunismos amigos, como el chino, ni se habla porque son comunismos ricos). Para evitar estas connotaciones, tal vez lo llamen “Escuela del Partido Universal”, lo cual, en oídos de sus fanáticos religiosos sonaría como una excelente idea.

Siempre son los otros quienes tienen ideología. Siempre son los otros quienes están adoctrinados. Para esta precaria filosofía, un ejército como el brasileño (que, por si fuese poco festeja en las calles el triunfo de su candidato político) no tiene ideología ni sus soldados ni sus seguidores están adoctrinados. Para esta filosofía del garrote, ejercer el pensamiento crítico es propio de cerebros lavados, mientras retorcerse en trance en el piso de una iglesia o repetir cien veces una misma frase es suficiente demostración de que alguien ha recibido la verdad absoluta sobre Dios, sobre el gobierno nacional y sobre los problemas fundamentales de la física cuántica. Ellos no. No son adoctrinados. Lo cual es una curiosidad histórica, ya que el adoctrinamiento procede de inocular una doctrina religiosa, cosa que se practica con niños desde hace siglos.

De la misma forma que cada una de las múltiples sectas están convencidas de ser dueñas de la única interpretación posible sobre un mismo libro sagrado (con trágicos resultados a lo largo de la historia), así también en política, en educación y sobre cualquier dilema que haya enfrentado la humanidad hasta el momento: la solución está en cerrar los ojos, levantar los brazos y repetir cien veces una misma frase para evitar que el bicho de la duda y del pensamiento crítico nos permitan ver algo de la realidad más allá de nuestros deseos.

Ahora, recordemos que, diferente a las universidades (donde, desde hace mil años se ha intentado promover la diversidad y la libertad de cátedra para desafiar y empujar todos los límites del conocimiento) la educación primaria y la secundaria están todas basadas, inevitablemente, en algún tipo de ideología (entendiendo ésta como un sistema de ideas que intentan explicar y transformar una realidad), en un modelo de ciudadano que una sociedad se da a sí misma, principalmente a través del Estado (sea la educación pública o la privada controlada por los organismos de acreditación de los Estados). Recordemos también, si de algo importa a los fanáticos, que la educación de los niños, más allá del adoctrinamiento religioso los domingos, como forma de lograr algún progreso en la historia, fue una propuesta de los humanistas del siglo XV.

Pretender que un gobierno cualquiera pueda limpiar la educación de ideología es doblemente ideológico y doblemente peligroso, porque ignora su propia naturaleza ideológica presentándola como neutral.

Lo que cualquier gobierno y cualquier educador debería hacer no es ignorar su propia ideología, sino determinar qué ideología, qué filosofía, qué metodología es la más conveniente para una sociedad, para una civilización que progrese hacia el conocimiento, hacia la libertad, la diversidad, la civilidad y la justicia. Libertad con igualdad y no libertad desigual, esa libertad tradicional para goce de un sólo grupo dominante o en el poder.

Como lo muestra la historia a través de innumerables tragedias, la ignorancia nunca es buena consejera. Mucho menos cuando se la ejercita desde la arrogancia del poder, desde la negación de un diálogo civilizado entre los individuos y los diferentes grupos de una sociedad que, por naturaleza, está compuesta de una gran diversidad de intereses y de formas de ser, de sentir y de pensar.

Cuando un gobernante, cuando una sociedad no entiende este principio tan básico, no debe esperar mejores días por delante. Porque los esclavos suelen reproducir la moral y la ideología de sus opresores, pero tarde o temprano llega ese día en el que nadie quiere estar.

JM, noviembre 2018

¿Son neutrales las redes sociales?

En una conferencia dada en 1981, Ayn Rand, la autora de cabecera del actual presidente de la cámara de representantes de Estados Unidos, Paul Ryan, y de los conservadores cristianos, leyó: “Ningún poder externo puede destruir al capitalismo y sus empresarios. Solo un poder interno: la moral. Más concretamente, el poder de una idea depravada, aceptada como principio moral: el altruismo. Esa teoría moral según la cual un hombre debe sacrificarse por otros. El altruismo es una teoría de profundo odio, contra el hombre, contra el éxito. El altruismo es enemigo del capitalismo”.

La idea del egoísmo como el motor de los negocios es razonable, pero no es, como la ideología capitalista quiso establecerlo, necesariamente el motor del bienestar de las sociedades. Los mismos economistas capitalistas han estudiado desde hace décadas los efectos de las “externalidades” por el cual un excelente negocio puede ser realizado no solo en detrimento del resto sino de los mismos beneficiados a largo plazo.

Para bien y para mal, el beneficio propio sigue siendo el corazón ideológico y práctico de los dueños de mega compañías como Google, Facebook, etc. Con una diferencia: ya no se trata de mentir para vender Coca Cola o McDonald’s sino de formas más extendidas y profundas de pensar y de sentir.

Las tecnologías digitales, que pueden servir para democratizar la información (Wikipedia es un ejemplo), para denunciar injusticias o hacerle la tarea difícil a un dictador al viejo estilo del siglo XX, también sirven para lo contrario: para manipular, todo debajo del manto de la pretendida neutralidad tecnológica.

El caso de las redes sociales es uno de esos ejemplos, probablemente el más significativo. No basta con demostrar que el gobierno ruso manipuló la opinión de los votantes estadounidenses valiéndose de estos instrumentos. Es necesario preguntarse, además, ¿cuál es la razón existencial de los dueños y administradores de esas mega sociedades en cuyas redes vive, literalmente, la mitad de la población mundial.

Es uno, básicamente: las ganancias. Es un negocio y funciona como tal.

Pero ¿no son los negocios una actividad pragmática, sin ideología? Tal vez los negocios sí, pero no los mega negocios.

Cuando uno habla con individuos que formaron parte de grandes compañías trasnacionales y conoce sus familias, no queda otra posibilidad que reconocer que son buenos padres, buenos esposos, buenos hijos, donantes regulares para causas nobles. Los individuos suelen ser muy buenos, pero cuando son gerentes de poderosas compañías de sodas, de tabaco, o de fast foods, cumplen una función, y su primer objetivo es que dicha compañía no quiebre. Es más: el objetivo es que el volumen de ganancias crezca sin parar, más allá de si el tabaco, el azúcar y las grasas recicladas matan a cientos de miles de personas por año. La moral individual casi no importa; los individuos no explican la realidad. Es el sistema para el cual trabajan.

Lo mismo compañías como Facebook, Twitter o Instagram. Zuckerberg es un buen muchacho, realiza donaciones millonarias (que en muchos casos es como si un obrero donase diez dólares a los afectados por un huracán). No obstante, su equipo de ingenieros y psicólogos trabaja día y noche para maximizar las ganancias maximizando el número de los nuevos clientes sin importar que para ello deban desarrollar estrategias de dependencia psicológica, sin importar que varios estudios insistan que Facebook produce depresión, sin importar que varias investigaciones hayan mostrado el carácter adictivo de esta actividad. Como la nicotina o el azúcar, las que fueron camufladas por las tabacaleras y todavía lo son por las gaseosas carbonatadas. Como el alcohol, el consumidor compulsivo satisface una necesidad creada mientras niega el problema y presume de su libertad.

Como en la economía actual, la clave del éxito de las megaempresas no radica, como se repite hasta el hastío, en satisfacer una demanda existente sino en crearla, ya que las demandas suelen no existir antes del producto.

Miles de millones de usuarios de las redes sociales han sido atrapados por unos muchachos de California, también por otra razón. Desde vendedores de lapiceras hasta actrices y vendedores de libros casi nadie puede prescindir de ellas porque es allí a donde se han mudado los consumidores. Un diario que no tenga una página en FB o en Twitter para distribuir sus noticias y artículos prácticamente no existe o existe a medias. Es decir, para los amantes de las redes y para quienes las detestan, son imprescindibles. Incluso para hacer conocer un artículo crítico de ellas mismas, como lo puede ser este. Por no entrar a hablar de las infraestructuras, como los cableados internacionales, que dependen cada vez más de estas paraestatales.

Las redes sociales son un medio y una tecnología que no tienen nada de neutral. Poseen su propia lógica, sus propios valores y su propia ideología.

Deberíamos preguntarnos, cómo y cuáles son los posibles efectos de estas súper concentradas redes y negocios en la realidad social y psicológica. Aparte de la adicción y las depresiones individuales, podemos sospechar efectos sociales. Cuando en los 90s veíamos a Internet como el principal instrumento para una Democracia directa en algún futuro por venir, no previmos los efectos negativos. ¿Son la creación de burbujas sociales uno de esos efectos? Los usuarios (¿individuos?) suelen eliminar con un solo click un “amigo” molesto. Esto, que parce muchas veces lo mejor, tiene un efecto acumulativo: hace que los individuos se rodeen de gente que piensa como ellos. Así se crean sectas, burbujas, mientras el individuo se vuelve intolerante ante la discrepancia o la opinión ajena. El producto, el nuevo pseudo-individuo, no sabe debatir. El insulto y el odio afloran a la velocidad de la luz. Así, las redes se convierten en fábricas de odio y de seudo amistades. La probabilidad de que viejos amigos terminen por insultarse por meras cuestiones de opinión es muy alta a medida que progresa cualquier conversación y degenera en discusión. El dialogo, antes probable cuando se estaba cara a cara con un café mediante, desaparece y aflora el amor propio, el Ego herido por cualquier punto y coma de más.

Claro que el odio y el egoísmo es tan antiguo como andar a pie, pero es probable que esté potenciado hoy con las redes antisociales. A partir de estas coordenadas mentales, quizás podríamos comprender mejor la ola fascista en los países donde surgieron y predominan estas redes y no reducirlo todo a una reacción contra la antigua inmigración. Tal vez no es casualidad que el surgimiento del nazismo en la Alemania de los ‘30 coincida con la explosión de la radio y la propaganda en los cines.

Las actuales redes antisociales, instrumentos democráticos (de solidaridad y altruismo) son hoy los transmisores favoritos del odio. Que estén gobernadas por mega sectas multibillonarias, cuyo objetivo central son las ganancias económicas, no debe ser casualidad.

Hay que tomarse en serio la confesión de Ayn Rand.