Trump cometió un terrible error (como tantos otros) al secuestrar a Maduro. Tendrá un show pero complicado en los tribunales de NY y Venezuela se va a fortalecer en su contra, ya que, como repetimos mil veces, invadir y descabezar a un líder extranjero es fácil para las fuerzas de elite de EEUU, pero luego la ocupación se hace terriblemente difícil. Por eso no puso a Corina Machado, no solo porque dijo que no era respetada, sino porque necesita extorsionar en lo posible a una estructura de poder que quedó intacta.
El objetivo, más que comprarle petróleo a Maduro es asegurarse su monopolio para que se pueda volver a atacar a Irán. Una crisis petrolera en el estrecho de Ormuz y en todo Oriente Medio dejaría intacto a Estados Unidos, golpearía a China y le daría pase libre a Israel para destruir el gobierno iraní (el único escollo sobreviviente de Irael) y continuar su expansión.
Pero este plan bien puede no ser perfecto. Todo lo contrario. A largo plazo, la invasión a Venezuela se revelará como otro espectáculo hollywoodense de Washington, otra intervención en un país extranjero y otro fiasco en la realidad. Venezuela no dependía de Maduro como muchos creen. No era Sadam Hussein. Aun así, Irak desarrolló su propio caos resistente, como muchos otros casos. Venezuela podría ser aún más descentralizado y una desagradable sorpresa para Washington.
Esto lo hemos detallado en varios análisis. Lo último que recuerdo rápido fue una conversación con un canal de Caracas, a mediados diciembre :
(Audio: interpretación libre. El autor no es responsable de las interpretaciones de este audio)
En una contratapa de Página12 de 2007, reflexionábamos sobre el ideoléxico serde derecha: “Veinte o treinta años atrás en el Cono Sur era suficiente declararse izquierdista para ir a la cárcel o perder la vida en una sesión de tortura (…). Ser de derecha no sólo era políticamente correcto sino, además, una necesidad de sobrevivencia. La valoración de este ideoléxico ha cambiado de forma dramática. Lo demuestra un reciente juicio que tiene lugar en Uruguay. Búsqueda ha entablado juicio contra un senador de la república, José Korzeniak, porque lo definió como ‘de derecha…’”
Los ideoléxicos (y, con ellos, las cristalizaciones ideológicas) parecen mostrar ciclos de 30 años―una generación. Pero estos ciclos, más allá de una posible dinámica social o de una naturaleza psicológica, como “la dinámica de las cuatro generaciones”, también están afectados, distorsionados y hasta determinados por la mirada de los imperios (ver “La lógica de las olas reaccionarias en América Latina”).
Diferente, en el epicentro del Imperio, esta dinámica ideológica tiene ciclos mayores (60 años), porque no dependen de intervenciones exteriores. Dependen del poder relativo de su clase dominante―no de la clase dominante de otro país. En cualquier caso, las leyes son la expresión del poder (plutocracia) o de los poderes (democracia) de una sociedad. En las sociedades capitalistas y, aún de forma más radical, en las plutocracias del capitalismo neoliberal y neofeudal, el poder radica en la concentración del dinero, por lo cual los millonarios compran políticos y sus corporaciones escriben directamente las leyes, como en Estados Unidos, o deciden gobiernos en las repúblicas bananeras.
Como ningún sistema jurídico reconoce el derecho de un país para escribir las leyes de otros países soberanos, los imperios y los gobiernos supremacistas escriben doctrinas, como la Doctrina Monroe y otros tratados para que otros pueblos obedezcan mientras les sirva a los dueños del cañón. Pero estas doctrinas y esta tras-ideologización de las colonias siempre se vistió de alguna excusa sagrada, como Dios, la raza, la libertad, la propiedad privada o la democracia. Algo que, en Estados Unidos, comienza a secarse, dejando al desnudo y sin disimulo las verdaderas razones de su violencia, como lo es el reconocimiento del presidente Trump de invadir Venezuela para “hacer mucho dinero con (nuestro) petróleo”―en su conferencia de prensa tras el secuestro del presidente Maduro, mencionó 23 veces la palabra petróleo y ni una sola vez democracia, lo que se ajusta al Proyecto 2025 y los neo monárquicos como Curtis Yarvin.
El imperialismo norteamericano viene del fanatismo protestante, calvinista y privatizador de cuatro siglos atrás, desde que se inició el despojo de los “salvajes que nos atacaron sin ninguna provocación”. Hoy, su conducta violenta de intervención y despojo se repite con la misma desnudez que al principio, como cuando James Polk le ordenó a un emisario buscar un río dentro de México con el mismo nombre del por entonces límite fronterizo o, si no encontraba, nombrar otro río con el mismo nombre para provocar una “guerra de defensa” contra México y así quitarle la mitad de su territorio. Exactamente lo mismo hizo Trump acusando a Maduro de narcotráfico y luego decretando que el fentanilo era “arma de destrucción masiva”, una decoración usada para la invasión de Irak, el secuestro de Sadam Hussein y la apropiación del petróleo.
Hasta entonces, los emperadores como Bush y Obama mantenían el smoking bastante bien planchado. Con el Tea Party y, luego, con la primera presidencia de Trump, ser fascista, racista y misógino comenzó a ser considerado un orgullo. Allí comenzó “La rebelión de los amos”, peleada, como en las batallas medievales, por los peones sin rostro, sin nombres y sin nada que ganar o perder, excepto la vida.
En sus primeros años en la Casa Blanca, Trump todavía negaba ser machista, racista o imperialista. En su segundo período, continuó siendo el mismo de siempre, pero ya no lo disimuló más. En una conferencia en el Despacho Oval le preguntaron al alcalde electo de Nueva York si todavía pensaba que Trump era un fascista, a lo que Trump le dijo que no había problema: “diles que sí”. Mamdani respondió que sí, para satisfacción del presidente.
Hace unos años propusimos la fórmula P = d.t que relaciona poder (P), tolerancia (t) y diversidad/disidencia (d), según la cual los imperios incontestables tienen una alta tolerancia a la diversidad y a la disidencia cuando su poder (P) es incontestable, y se vuelven intolerantes a la diversidad y a la disidencia cuando su poder comienza a disminuir, relación que mantiene la ecuación en P-d.t = 0 en equilibrio. Actualmente, la creciente intolerancia a la disidencia, a la crítica, a los libros y cursos sobre sobre la historia esclavista e imperial, o a la aceptación de iguales derechos para diferentes etnias, géneros, sexos o clases sociales es un signo inequívoco de la creciente debilidad del Imperio americano.
Las máscaras y el smoking ya no son necesarios. La CIA lanzó su operación de secuestro del presidente Maduro para ser juzgado por narcotráfico tres semanas después de que el presidente Trump ordenase la liberación del expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, condenado a 40 años de prisión por un jurado federal del mismo Estado, por narcotráfico, y 24 horas después de reuniese con Benjamín Netanyahu, requerido por la Corte Penal Internacional por crímenes de Guerra y de lesa humanidad en Palestina.
Ante el acoso y luego bombardeo de Venezuela (que ya costó la vida de decenas de personas y que, con el tiempo, producirá más violencia), la ONU y varios presidentes han manifestado lo mismo: sentidas declaraciones de cancillerías sobre que “el ataque militar estadounidense sienta un precedente peligroso”.
¿No hace más de 200 años que estamos sentando precedentes peligrosos? ¿Qué está ocurriendo que no haya ocurrido antes? (1) Invasión imperial por avaricia de los recursos naturales, solo que ahora las excusas no son importantes; (2) cipayismo criollo, cobarde y entreguista; (3) timidez de los líderes izquierdistas de la región; (4) ausencia de consenso ante las más graves violaciones al derecho internacional…
¿Algo nuevo? Seguimos avanzando hacia la “Rebelión de los amos” a través de la “Palestinización del mundo” como un conductor que se duerme lentamente sobre el volante. Esto es sólo un capítulo más de un proceso que se radicalizará.
El secuestro de líderes desobedientes es una vieja práctica imperial. Los imperios siempre violaron las leyes ajenas, pero se cuidaron de hacerlo dentro de sus propios feudos (razón por la cual la cárcel de Guantánamo está en Cuba y no en Illinois), pero también esto ha cambiado. Ahora, los enmascarados del ICE y la Guardia Nacional han extendido la palestinización del mundo dentro de las fronteras de Estados Unidos, acostumbrando a su población a la brutalidad, al miedo y a la violación de los Derechos Humanos.
Los conflictos reaccionarios de los supremacistas y decadentes imperios occidentales continuarán sumando intervenciones al viejo estilo; invasiones, golpes de Estado, revueltas y guerras civiles inoculadas por las agencias secretas (CIA-MI6-Mossad). Seguiremos viendo un escenario de creciente violencia de Estados Unidos y Europa-Israel en sus patios traseros―América latina, África y Oriente Medio.
El objetivo es aplastar el surgimiento de China y del Sur Global, pero esta lucha desangrará más a Medio Oriente, África y América Latina que a China, hasta que ésta no tenga otra opción que intervenir en un conflicto bélico masivo.
Por el momento, a Rusia le importa Ucrania y a China, Taiwán. Por eso, sus reacciones ante la re-colonización supremacista del Sur Global son apenas simbólicas.
La ONU y varios presidentes han dicho lo mismo. Me parece un poco pelotudo seguir repitiendo en sentidas declaraciones de cancillerías y hasta de la ONU que “el ataque militar estadounidense sienta un precedente peligroso”. ¿No hace más de 200 años que estamos sentando precedentes peligrosos? ¿Qué está ocurriendo que no haya ocurrido antes? :
1. Invasión imperial por avaricia de los recursos naturales y bajo excusas actualizadas a la propaganda del momento
2. Cipayismo criollo, cobarde y entreguista.
3. Timidez de los líderes “antiimperialistas” o de izquierda de la región.
4. Ausencia de consenso ante las más graves violaciones al derecho internacional.
¿Algo nuevo? Seguimos avanzando hacia la “Rebelión de los amos” a través de la “Palestinización del mundo”.
La creación del personaje MCM (María Corina Machado) no es muy diferente al resto de los líderes promovidos por Washington y la CIA por generaciones. No es muy diferente a los personajes creados con el mismo propósito solo en Venezuela, desde Pérez Jiménez hasta Juan Guaidó, por años referido por los países imperiales como “el presidente de Venezuela”, exactamente como es anunciada Machado ahora. El perfil clásico es: un mártir de la libertad siendo perseguido por un dictador desobediente en un país con importantes recursos naturales.
Luego de apoyar el golpe de Estado de 2002 contra un presidente democráticamente electo, luego de promover y solicitar por décadas intervenciones extranjeras de todo tipo en su país… ¿cuántos días estuvo presa la pobre Corina Machado? Menos que el mismo presidente Chávez en 2002. Ni un día, de hecho. Por menos de eso, en Estados Unidos habría sido detenida por los enmascarados o por algún agente federal y le habrían puesto una rodilla en la cabeza contra el suelo. Todo en nombre de la libertad y de la seguridad nacional.
Pero Corina Machado ha estado tan vigilada por el régimen, que pudo dar entrevistas y participar de conferencias internacionales en Miami llamando a una invasión a su país. ¿El régimen no interceptaba sus comunicaciones? En las dictaduras fascistas, planeadas por la CIA y sostenidas por los miles de millones de Washington hasta no hace mucho, por el solo hecho de tener un libro prohibido en su cocina, a Machado la hubiesen secuestrado, violado y torturado según las técnicas de la School of the Americas. Luego hubiese terminado en el fondo del mar o diluida en cal viva. Esas mismas dictaduras fascistas que ahora despiertan la nostalgia de los seguidores latinoamericanos de su klan, el Conservative Political Action Conference, CPAC. Por no recordar el centro de tortura en Guantánamo, las decenas de cárceles secretas de la CIA alrededor del mundo o las violaciones en las cárceles israelíes de miles de palestinos, muchos de ellos menores, que la Nobel de la Paz venera.
Como buena empresaria de elite, sus amigos van desde billonarios hasta los políticos más poderosos. El 17 de octubre de 2025, Reuters tituló: “Israel afirma que la presidenta venezolana, Machado, expresó su apoyo a Netanyahu”. El mismo día, desde Twitter, Machado le agradeció a Netanyahu por su “lucha por la libertad” en medio del peor genocidio en lo que va del siglo. La Oficina del primer ministro precisó: “María Corina Machado llamó al primer ministro Benjamín Netanyahu” con motivo de la obtención del Premio Nobel de la Paz. No la llamó él para felicitarla. Lo llamó ella para agradecerle.
Para la ceremonia de entrega del premio en Oslo, tenía que llegar un día tarde y saltar una barrera metálica para las fotos. El New York Times (el mismo que apoyó la invasión a Irak y luego el golpe de Estado contra Chávez, 21 días después), anunciaron la espectacular huida de la galardonada, quien “lucha contra la dictadura de su país desde hace 25 años”.
El récord de injerencias es prolífico. En 2024, la Associated Press reportó sobre un memorando interno de la DEA, filtrado accidentalmente por fiscales federales. El documento, de 2018, estuvo unas horas accesible en internet y detallaba una operación encubierta de la DEA en Venezuela iniciada en 2013, con agentes secretos que espiaban a altos funcionarios venezolanos con el propósito de reunir cualquier hecho que los vinculase con el narcotráfico. El grupo cibernético israelí Team Jorge, que se jactó de haber manipulado 33 elecciones alrededor del mundo, también intervino en las elecciones de Venezuela en 2012. Por entonces, se acusó al gobierno de “elecciones oscuras”, pese a la opinión del expresidente estadounidense Jimmy Carter de que “Venezuela cuenta con el mejor sistema electoral en el mundo” y pese a que Team Jorge intervino de forma más que oscura para favorecer a la oposición.
Todos saben que Venezuela posee la mayor reserva mundial de petróleo del mundo. Es menos conocido que Estados Unidos (el mayor consumidor y productor del mundo debido al fracking) ha llegado a su techo de producción y se prevé un inevitable declive a partir de 2027.
Desde hace más de una década, el bloqueo económico y financiero a Venezuela ha sido criminal (sobre todo en pandemia), pero no ha tenido el efecto deseado de remover al chavismo del gobierno. Como la excusa de la democracia (eso que brilla por su ausencia en Estados Unidos) no fue suficiente, se pasó a la lucha contra el narcotráfico y a las ejecuciones sumarias de un centenar de personas en el Caribe, cerca de las costas de Venezuela, con el propósito de provocar una reacción militar (el clásico “fuimos atacados primero”, “nunca lo olvidaremos” que se remonta a la época del despojo de los nativos), tampoco funcionó. Así que se pasó al secuestro de un petrolero con un millón de barriles de petróleo que serán decomisados por violar el bloqueo impuesto por Estados Unidos.
Algunos senadores, como Chris Van Hollen, han acusado a Trump de fabricar excusas para una guerra, lo que recuerda al congresista Abraham Lincoln contra la guerra en México. Trump, como su odiado George Bush, intenta saltearse cualquier voto en el congreso para lanzar un operativo militar más directo sobre Venezuela, lo que provocaría una guerra civil. El discurso del gobierno de Bush para invadir Irak y el de Trump para invadir Venezuela (con el mismo objetivo, el petróleo) resultan burdas copias. Siempre confían en la desmemoria popular―y en el entreguismo.
Según la encuesta de CBS y YouGov, el 70 por ciento de la población de Estados Unidos está en contra de cualquier intervención en Venezuela, pero la opinión en América Latina está dividida… O peor. Según el medio financiado por el Gobierno de Estados Unidos, Voz de América, solo el 34 por ciento de los latinoamericanos se opone a una invasión. Aunque parece el mundo del revés, la historia del cipayismo y la manipulación de la propaganda colonial siempre fue más efectiva en las repúblicas bananeras que en los mismos centros imperiales. Desde Madrid, el opositor venezolano Leopoldo López reconoció que presionaron y negociaron con Estados Unidos un despliegue militar en Venezuela.
¿Qué gobierno podría legitimarse, con o sin elecciones, de esta forma? Yo sugiero una solución más heroica: que López, Guaidó y Machado se alquilen un Granma y desembarquen en secreto en el Orinoco. Desde ahí pueden convencer al pueblo para derrocar a la dictadura.
Fue lo que hicieron Fidel Castro, el Che Guevara y diez más que sobrevivieron al llegar a la costa. Los doce enfrentaron, sin ayuda de ningún imperio, a un poderoso ejército armado y apoyado por Estados Unidos y responsable de la matanza de decenas de miles de cubanos, según la misma CIA, y aun así lo derrotaron.
No estoy a favor de la violencia, pero ya que promueven el bombardeo de su propio país por parte de una superpotencia extranjera, al menos pónganles el pecho a las balas. ¿O no les importa que corra sangre por las calles de Caracas? No se escondan detrás de las superpotencias imperiales.
Aunque parezca una frivolidad o asuntos de alcoba, en realidad significa más portaviones de guerra en el Caribe y más allá.
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Los extraños archivos de Epstein, que mencionan a Trump, Putin y sexo oral con «Bubba»*, generan controversia en el Congreso.
(*Bill Clinton)
La última tanda de correos electrónicos procedentes del patrimonio del fallecido pedófilo convicto Jeffrey Epstein incluye uno que contiene lo que parecen ser referencias a que el presidente Donald Trump supuestamente le practicó sexo oral, lo que plantea interrogantes que el comité no puede responder hasta que el Departamento de Justicia entregue los documentos que ha retenido, según el representante Robert Garcia, principal demócrata del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes.
Garcia insiste en que la Casa Blanca de Trump está ayudando a bloquearlos.
El mensaje de Donald Trump «haciéndole una felación a Bubba» en los correos electrónicos de Epstein está bajo escrutinio.
Un correo electrónico de los archivos de Jeffrey Epstein que menciona al presidente estadounidense Donald Trump practicando sexo oral a «Bubba» ha generado controversia en las redes sociales.
El miércoles, legisladores estadounidenses publicaron más de 20.000 páginas de documentos relacionados con Epstein, un delincuente sexual convicto que se suicidó en una cárcel de Nueva York en 2019 mientras esperaba ser juzgado por cargos de tráfico sexual.
Algunos de los documentos mencionaban a Trump, incluyendo uno del hermano de Epstein, Mark, que hacía referencia a fotos de Trump practicando sexo oral a «Bubba». «Bubba» es un apodo del expresidente Bill Clinton, pero Mark Epstein declaró a Newsweek que no se trataba de Clinton. No proporcionó más detalles sobre la identidad de «Bubba» ni sobre el significado de los correos electrónicos.
Newsweek se comunicó con la Casa Blanca por correo electrónico para obtener comentarios sobre esta noticia fuera del horario laboral habitual.
Por qué importa
Los archivos relacionados con Epstein siguen causando problemas a la administración Trump, ya que grupos bipartidistas han exigido mayor transparencia en el caso y la publicación de más documentos y pruebas en poder del gobierno.
Trump ha negado sistemáticamente haber cometido delito alguno en relación con Epstein y ha afirmado que su amistad terminó a principios de la década de 2000. Sin embargo, la reciente publicación de miles de documentos ha generado un nuevo escrutinio sobre la relación del presidente con Epstein.
En un correo electrónico enviado en marzo de 2018, Mark Epstein le dijo a Jeffrey Epstein que le preguntara a Steve Bannon, ex estratega jefe de Trump, si el presidente ruso Vladimir Putin tenía «las fotos de Trump practicándole sexo oral a Bubba».
«Tú y tu amigo Donnie pueden hacer una nueva versión de la película ‘Get Hard'», escribió Mark Epstein.
Newsweek también se comunicó con Bannon y el Kremlin por correo electrónico para obtener comentarios sobre esta historia fuera del horario laboral habitual.
Las publicaciones en redes sociales sobre el correo electrónico se han vuelto virales, y la gente se pregunta qué significa.
Un usuario escribió: «¿Quién es Bubba y por qué Trump le practicó sexo oral?».
La cuenta Call to Activism, con más de 1,1 millones de seguidores, escribió: «¿Qué demonios?: En uno de los correos filtrados, Mark Epstein, hermano de Jeffrey Epstein, sugiere preguntarle a Steve Bannon si Putin tiene «la foto de Trump teniendo sexo oral con Bubba», a lo que Epstein respondió: «Y pensé… tenía tsuris», que en yiddish significa problemas».
También se menciona a Trump en otros documentos, incluyendo correos entre Epstein y su asociada Ghislaine Maxwell, en los que Epstein se refería a Trump como «ese perro que no ha ladrado». En un correo al autor Michael Wolff, Epstein afirmó que Trump «sabía de las chicas, ya que le pidió a Ghislaine que parara».
Posteriormente, los demócratas del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes publicaron correos adicionales que supuestamente muestran la correspondencia de Epstein con el exasesor de Trump, Steve Bannon, y el exsecretario del Tesoro, Larry Summers.
El presidente Donald Trump escribió en Truth Social en respuesta a los documentos recientemente publicados: «Los demócratas intentan sacar a relucir el engaño de Jeffrey Epstein porque harán lo que sea para desviar la atención de su pésima gestión del cierre del gobierno y de muchos otros temas. Solo un republicano muy malo, o estúpido, caería en esa trampa.
Los demócratas le costaron a nuestro país 1,5 billones de dólares con sus recientes maniobras para cerrar el país de forma despiadada, poniendo a muchos en riesgo, y deben pagar un precio justo. No debe haber desvíos de atención hacia Epstein ni hacia ningún otro tema, y cualquier republicano involucrado debería centrarse únicamente en reabrir nuestro país y reparar el enorme daño causado por los demócratas».
El congresista Robert Garcia, demócrata de California y miembro de mayor rango del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, declaró: «Cuanto más intenta Donald Trump encubrir los archivos de Epstein, más descubrimos». Estos últimos correos electrónicos y correspondencia suscitan serias dudas sobre qué más oculta la Casa Blanca y la naturaleza de la relación entre Epstein y el Presidente.
¿Qué sucederá a continuación?
Pronto, la Cámara de Representantes votará si divulga públicamente el conjunto completo de documentos gubernamentales relacionados con Epstein, después de que una petición para forzar la votación superara el miércoles el umbral de 218 firmas necesario.
Desde principios de este siglo venimos denunciando, en conferencias y en la letra impresa, que la forma más razonable de reducir el exitoso negocio de las drogas en un sistema capitalista es atendiendo a la ley de la oferta y la demanda. No existen mafias intentando vender algo ilegal que nadie quiere comprar. Desde Nixon, todos esos billones de dólares que Washington invirtió en una guerra que sólo ha multiplicado los muertos al sur de la frontera, nunca solucionó el problema. La ley de la oferta y la demanda es clara y simple: si se reduce el consumo (en Estados Unidos) los carteles se desfinanciarían. ¿Cómo? Invirtiendo en salud pública, en educación, en cultura (no en cultura consumista), en casas para los sintecho, recuperando programas sociales destrozados por el neoliberalismo de los 90s. La reducción del narcotráfico sería radical y sin disparar un solo tiro.
¿Por qué no se procede de esta forma racional? Tal vez no se quiere eliminar el narco. Nunca se quiso.
El mercado de las drogas ilegales en Estados Unidos produce un beneficio de hasta 600 mil millones de dólares por año, toda la economía de Chile y de Irán sumadas. Si se intentase enviar todo ese dinero a los carteles de las drogas de América Latina, se necesitarían cada año 5.000 camiones blindados y 60.000 lanchas como la que ordenaste hundir en el Caribe, asesinado a once personas.
¿Por qué, con la policía más poderosa, con la tecnología más avanzada, con el ejército más caro de la historia de la Humanidad no son capaces de interceptar ninguno de estos camiones, ninguna de estas lanchas? Eso sin contar el brutal tráfico de armas ilegales que cada día cruza la frontera sur hacia México.
¿No será que el dinero del narco de Estados Unidos no regresa en efectivo, sino que se lava en el sistema bancario?
¿Por qué las agencias secretas más poderosas del mundo, esas que saben qué marca de vino preferiremos los críticos de aquí y del otro lado del mundo, no pueden averiguar en qué bancos se lavan 500 o 600 mil millones de dólares?
La CIA y otras agencias siempre estuvieron implicadas en al narco. Las mismas que (según la historia oficial) fueron burladas por un puñado de estudiantes extranjeros el 11 de setiembre de 2001. Las mismas que, al decir de George Bush, se equivocaron con Sadam Hussein. O son idiotas o se hacen, para cobrarla bien.
Como sea, detectar alguno de estos camiones, alguna de estas lanchas llenas de dólares, alguno de los bancos que lavan capitales del narco, no puede ser Misión Imposible. ¿O sí? ¿Para qué las agencias secretas succionan tantos millones de dólares de los impuestos (70 mil millones en 2025) si se dedican a chusmear en la vida privada de los disidentes y a organizar complots en otros países, y ni siquiera pueden acertar una cuando se los necesitan de verdad?
¿Incompetencia o conveniencia?
Marco, ¿por qué tienes tan claro cómo llega la droga a Estados Unidos, pero ni puta idea de cómo salen los dólares para pagarla?
¿Por qué no hay narcotraficantes detenidos por ICE? ¿Por qué nunca, o casi nunca, capturan a los narcos (estadounidenses) que distribuyen las drogas ilegales en todo el vasto territorio nacional? ¿O es que, luego de cruzar la frontera, la droga se distribuye por precipitación pluvial y los dólares suben a las nubes por evaporación?
Hemos visto hombres enmascarados y sin identificación secuestrando gente hasta por publicar un artículo. Van detrás de trabajadores pobres de aspecto no caucásico, como si fuesen los criminales más peligrosos del mundo. Ahora están ofreciendo visa y residencia a inmigrantes para perseguir a inmigrantes. Interesante eso de invertir miles de millones para reprimir la producción.
¿Por qué no detienen, golpean y arrojan al piso a los europeos, canadienses y australianos que son indocumentados? Pasan el medio millón. Igual sería repugnante, pero queda la pregunta.
¿Por qué culpan a los consumidores de armas de la violencia y nunca a los productores?
¿Por qué culpan a los productores de droga de la adicción y nunca a los consumidores?
¿Por qué asesinaste a once personas en el Caribe sin saber quiénes eran y sin el debido proceso para llevarlas ante la justicia de cualquier país?
¿Por qué repites las palabras de tu jefe, de que matando a algunos con un misil servirá de ejemplo a otros criminales, como antes se linchaba a un negro libre para prevenir la desobediencia entre los negros esclavos? Práctica que continúa, bajo otras formas y otras excusas.
Poner una bomba o tirar un misil fue, por décadas, el método de los cubanos de Miami que sembraron de ejecuciones Estados Unidos y el Caribe. ¿Los conoces? Narcos y terroristas protegidos como Posada Carriles, Bosh, Morales, Ross Díaz, Arocena, Novo Sampol, Battle, Suárez, Masferrer… Mataban de forma impune, con explosivos de la CIA, el C4, porque “una bomba siempre es titular”.
Siguiendo este viejo ejemplo, Marco ¿por qué la policía de Estados Unidos no tira una granada en un apartamento de Nueva York donde se supone que se esconden narcotraficantes, sólo para darle un buen susto a los narcotraficantes?
¿Por qué no lanzaron un misil para derribar el Lolita Express de Epstein? ¿Sería muy cruel? Bueno, eso hicieron los terroristas cubanos de Miami con el avión de Cubana 455, matando a 73 personas, casi todos jóvenes atletas cubanos, hará, en un mes, 49 años. Como entonces, tampoco nadie iría preso. ¿Te imaginas cuántas violaciones de menores y cuántas guerras se habría ahorrado la humanidad con un misil en el Lolita Express?
Colombia produce la cocaína que entra en Estados Unidos (un cuarto de todas las drogas), pero, a pesar de que ahora tiene un gobierno de izquierda, todavía mantiene entre 6 y 10 bases militares estadounidenses. Claro, no posee la principal reserva de petróleo del mundo, como Venezuela. ¿Sabías, Marco?
El 98 por ciento del fentanilo procede de China, ¿por qué no derribas con un misil un avión o un bote de pescadores chinos? O de Ecuador, donde el narco se multiplicó bajo la presidencia de Noboa, un estadounidense nacido en Miami.
¿Por qué no pueden detener la producción de metanfetamina, psicodélicos, LSD y otras drogas sintéticas en las granjas de Estados Unidos?
¿Por qué no se bombardea algún avión de Canadá, de Bélgica o de Holanda para detener el ingreso de éxtasis al país? ¿Demasiados blancos para tanta crueldad? ¿Demasiado ricos para no tratarlos bien?
Luego del último acto terrorista en el Caribe (regreso al Gunboat diplomacy del siglo XIX), dijiste: “No me importa lo que digan las Naciones Unidas”. Lo mismo dijeron los cubanos del exilio, como confesó El Mono Ricardo Morales en la televisión de Miami, en 1981, sobre las bombas en el avión de Cubana 455: “No me arrepiento de nada. Si tuviese que matar 273 de lugar de 73, lo volvía a hacer”.
¿Por qué aclaras algo tan obvio? ¿Cuándo a vos, Marco, o al lobby de Washington, les importó lo que diga el mundo? ¿Cuándo se hizo lo que el mundo había votado por unanimidad por alguna causa (Cuba, Irak, Palestina)? Siempre bastó con el voto o el veto del embajador de Estados Unidos.
En menos palabras, ¿por qué te molestas en aclarar que te importa una mierda lo que pueda pensar el planeta entero, si quien decide sobre la vida y la muerte de los humanos no es Dios, sino Washington?
Todavía, claro. No vayas a pensar que la Humanidad y las colonias van a ser dóciles y estúpidas forever and ever.
Capítulo del libro La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina (2021)
Washington DC. 11 de abril de 1962—A las 5: 40 de la tarde, el embajador venezolano José Antonio Mayobre se encuentra sentado en la Casa Blanca. Frente a él, el carismático presidente John Kennedy, el líder del mundo libre, mesurado y amable, el joven inexperiente de las frases históricas (muchas robadas, como suelen hacer los políticos) lo mira con su cara de eterna sonrisa. El embajador se anima y va al grano. Le informa sobre la gran preocupación de algunos países del sur sobre la posible influencia golpista que tendría en los militares latinoamericanos que son educados por Estados Unidos. Kennedy intenta tranquilizar al embajador asegurándole que el efecto será el contrario. Es más, diferente a la anterior diplomacia de Washington de apoyar las dictaduras militares en la región, el presidente le asegura su total respaldo a la democracia en el continente.
Treinta años antes, sumergido en la mayor crisis económica de la historia de Estados Unidos, Franklin Roosevelt había decidido retirar los marines de su patio trasero y hacer realidad la idea utópica del “Buen vecino”, al menos por un tiempo y mientras los nuevos dictadores amigos no necesitasen más que dólares. Sin embargo, luego de que los aliados, con la participación central de la Unión Soviética y su dictador Joseph Stalin derrotaran a los alemanes amigos del KKK y de una larga lista de pro nazis en Estados Unidos, el nuevo gobierno de Harry Truman había vuelto a las raíces de la política internacional y había promovido el militarismo en América latina como forma de decidir las políticas del continente habitado por las razas híbridas y las culturas que no entienden la democracia, pero que son de interés principal para la proyección de Estados Unidos al resto del mundo.
Para 1946, de veinte países latinoamericanos, quince habían logrado derribar dictaduras proto capitalistas o amigas de Washington para organizar gobiernos democráticos. Solo de 1944 a 1946, once dictaduras habían dejado lugar a democracias liberales. Los principios de No intervención reivindicado por los Estados latinoamericanos desde la Convención de Montevideo de 1933, como las nuevas ideas sobre los Derechos Humanos (que habían reemplazado ideas más antiguas, pero similares, sobre el Derecho Natural), se habían convertido en una bandera de la diplomacia de esos países del sur, no por casualidad protagonistas decisivos en la misma creación de las Naciones Unidas.
Este cambio dramático se debió, en parte, a la distracción de Washington con la Gran Depresión, primero, y con la Segunda Guerra Mundial, después. El cuatro veces presidente Franklin Roosevelt necesitaba consolidar los mercados de América latina para salir de la depresión y conquistar aliados con un discurso más o menos coherente en contra de los fascismos europeos. No es menos cierto el otro factor, olvidado por los historiadores del norte: por entonces, la clase media y trabajadora latinoamericana había alcanzado un número y una conciencia crítica que no existía en Estados Unidos y había logrado una mayor democratización, no gracias sino a pesar de una larga tradición de caudillos militares primero y de una tradición militarista y golpista apoyada y financiada por Washington después, desde mucho antes de Roosevelt.[1] A pesar de que fueron los países latinoamericanos los que lideraron la creación de las Naciones Unidas y el establecimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos desde sus inicios en San Francisco, el coronel Truman (considerado un izquierdista de Franklin y enemigo personal del general Eisenhower) había sido el primero en revertir la política del Buen vecino hacia esos mismos países que se creyeron el cuento del derecho, la libertad y la democracia más allá de un límite razonable a sus posibilidades. En 1953, su sucesor, el general Eisenhower, había ordenado descolgar de las paredes de la Casa Blanca los retratos de los héroes de las independencias de los países latinoamericanos colgados por Franklin Roosevelt. Luego del general Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon y Ford radicalizarán esta tendencia militarista e intervencionista, el viejo control ajeno en nombre de la “defensa de nuestras libertades” y de nuestro way of life. A finales de los 70, Jimmy Carter logrará un tímido cambio, pero pocos años después Ronald Reagan y el nuevo lobby belicista de Washington llevarán esta política militarista al extremo.
Una vez ganada la Segunda guerra mundial contra los fascismos de extrema derecha, la lucha por la democracia pasó a ser algo relativo para Washington, desde la Casa Blanca hasta el Congreso. Destruida Europa y eliminado Japón como posibles adversarios imperiales, ahora la segunda nueva potencia mundial se había convertido en el único enemigo y en la primera obsesión, lo que degeneró en una paranoia macartista donde ni siquiera los comunistas tenían alguna chance de obtener un representante en el congreso de sus países. Pero era el enemigo perfecto para prevenir reformas democráticas en los países del sur que, inevitablemente y como ya lo había demostrado la historia, siempre tendían a desafiar la tradicional influencia de Washington y de las corporaciones estadounidenses.
Desde antes de la Segunda guerra mundial se había abandonado por un tiempo la costumbre de enviar marines a las repúblicas bananeras para cambiar sus gobiernos o para gobernar directamente. Ahora la estrategia es usar los ejércitos nacionales con el mismo propósito, incluso en países con gobiernos democráticos. Las dictaduras continuarán imponiéndose bajo nuevos métodos y nuevas excusas, como la lucha contra el comunismo, que abarca todo tipo de protesta y reclamo social.
En 1949, desde el recién construido edificio del Pentágono salió la asistencia para la creación de la Escola Superior de Guerra de Brasil que, bajo la bandera de la neutralidad política y el patriotismo puro, graduó a miles de civiles y militares en las doctrinas mesiánicas y salvadoras de la tradicional extrema derecha. A partir de 1952 Washington ya había aprobado una ayuda de 90 millones de dólares para los ejércitos del sur. En gran parte, debido a este cambio de política en Washington, para 1955, la mayoría de los gobiernos de América Latina habían retornado a dictaduras tradicionales, fenómeno que coincide directamente con las masivas inversiones de Washington en los ejércitos latinoamericanos, las que se incrementarán durante las décadas por venir. La nueva política pasó al siguiente presidente, el general Dwight Eisenhower. Para 1959, su administración había aportado 8.000 militares estadounidenses a América latina y al menos 400 millones de dólares (4,6 mil millones al valor 2020) para sus ejércitos. Un año después, se reunieron en Fort Amador, Panamá, los comandantes de 17 países latinoamericanos para coordinar estrategias políticas que dieran algún sentido a esta avalancha de dólares.[2]
Naturalmente, tenía sentido. Todas estas inversiones comenzaron a mostrar resultados concretos a corto plazo, por ejemplo, con el golpe de Estado de 1964 en Brasil. Ese mismo año, la CIA no sólo apoyará con diez millones de dólares la campaña presidencial de Eduardo Frei contra Salvador Allende, sino que Washington agregará otros 91 millones (770 millones a valor de 2020) para el ejército chileno, a pesar de que para entonces Chile no se encontrará en guerra con ningún otro país, sino más bien lo contrario.
Luego de las protestas y escupitajos que habían recibido al vicepresidente Richard Nixon y a su esposa en Venezuela cuatro años atrás, en 1958, meses después del derrocamiento de otra dictadura amiga de Washington en ese país, el gobierno de Eisenhower había confirmado la conocida idea de que la democracia no les hace bien a todos y que los países del sur no están preparados para algo tan complejo. Algunos congresistas habían reconocido que el problema no era, como decía la Casa Blanca y lo repetía la prensa, que había comunistas infiltrados entre los organizadores de las asquerosas protestas de Caracas, sino las mismas ayudas de Washington a las dictaduras del Sur, como la de Pérez Jiménez en ese mismo país. Otros congresistas, dolidos por la ofensa nacional, habían propuesto recortar la asistencia a los ejércitos de esos países malagradecidos. Entre ellos, y por otras razones, el senador Wayne Morse, quien años antes había abandonado el partido Republicano y se había sentado solo en la cámara.[3] En total desacuerdo con algún tipo de recorte presupuestal, el por entonces senador John F. Kennedy, en la sesión del miércoles 10 de junio de 1959, explicó por qué esas propuestas eran una mala idea: “La ayuda que le damos a los países latinoamericanos no es para prepararlos para resistir una invasión de la Unión Soviética. Los ejércitos son las instituciones más importantes en esos países, por lo que es necesario mantener lazos con ellos. Los 87 millones de dólares que les enviamos es dinero tirado por el caño en un sentido estrictamente militar, pero es dinero invertido en un sentido político”.[4] Once años más tarde, en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 6 de noviembre de 1970, sentado al lado del intocable Henry Kissinger, el presidente Richard Nixon lo confirmará: “Nunca estaré de acuerdo con la política de restarle poder a los militares en América Latina. Ellos son centros de poder sujetos a nuestra influencia. Los otros, los intelectuales, no están sujetos a nuestra influencia”.
Un mes antes de su reunión con el embajador venezolano, el 13 de marzo de 1962, en una recepción en la Casa Blanca el presidente Kennedy había declamado: “Aquellos que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta”. La frase se la había robado al historiador Arthur M. Schlesinger quien le había enviado una carta advirtiendo de los cambios sociales en el sur. Con mayor realismo y con el mismo oculto temor por los de abajo, Schlesinger le escribió: “Si las clases dominantes en América latina hacen imposible cualquier revolución de la clase media, harán inevitable una revolución de trabajadores y campesinos”. Como buen político, Kennedy es un escritor de best sellers con frases musicales y fáciles de repetir. Su versión de la advertencia de Schlesinger es más simple y, además, se vende mejor. Pero no es para poner en práctica. Como presidente, Kennedy prefirió siempre la vía del control por la fuerza en nombre del diálogo y la negociación, una especie actualizada de la política del Garrote de Theodore Roosevelt. Para entonces, Kennedy acaba de aprobar un incremento en el presupuesto para los ejércitos latinoamericanos, aparte de la creación de grupos paramilitares en la región (a sugerencia del general William Yarborough), etiquetada como “Ayuda para la Seguridad Interna”. De esta forma, en América Central y en varios países de América del Sur, el discurso del poder llamará autodefensas a los poderosos grupos paramilitares (financiados y entrenados por Washington y las grandes empresas y responsables del 90 por ciento de las masacres), mientras que las guerrillas, las autodefensas de los campesinos desplazados y masacrados por el terrorismo paramilitar serán calificados de grupos terroristas, subversivos, antipatriotas, vendepatrias al servicio de intereses extranjeros.
Considerando que el centro de la preocupación de Washington ahora son las crecientes protestas sociales contra las clases dominantes y las organizaciones populares que reclaman por una democracia participativa, los ejércitos latinoamericanos abandonan el rol principal de cualquier ejército (la protección nacional contra posibles ataques de otros ejércitos) y pasan a especializarse en la represión interna. De las acciones internacionales se encarga el Pentágono y la NSA.[5] Se traducen manuales de técnicas, tácticas y operaciones al español y al portugués, donde se explican (como en el caso del manual Combat Intelligence, parte del “Project X”) las técnicas de represión y de identificación de grupos sospechosos, por ejemplo, a través del seguimiento de niños que en sus escuelas no muestran mucho entusiasmo por los símbolos del ejército estadounidense o los del ejército nacional, así como expresiones de reservas o ausencias en la participación en eventos nacionales y religiosos. La compleja realidad latinoamericana queda simplificada a un caramelo: si el niño no es patriota, su familia es comunista, terrorista o anti americana, por lo que se recomienda una investigación y seguimiento cuidadoso del entorno.[6] El manual también enseña cómo manipular el entorno de los locales usados para interrogación y cómo llevar hasta la inconsciencia a un detenido usando el confinamiento, la privación del sueño, la hipnosis o, directamente, las drogas. Una vez obtenida la información, reconocen los patriotas graduados de la School of the Americas, por obvias razones se debía eliminar la fuente, es decir, la víctima.
En línea con la misma lógica, así como las militares latinoamericanos se especializan en asuntos de control interno, la policía se militariza bajo la excusa de una intervención exterior. El gobierno de Kennedy destina otra partida presupuestaria para la militarización de la policía latinoamericana, la que se entrena en tácticas de guerra sin cambiar el uniforme de sus oficiales. Las embajadas son instruidas para acoger y colaborar con las nuevas “misiones militares” (MAAGs) para proveer entrenamiento, equipos y asistencia financiera a las “fuerzas del orden” en cada país. El 7 de agosto de 1962, el comunicado NSAM 177 lo establece de forma explícita: “Estados Unidos debe asistir a la policía en los países subdesarrollados para la lucha contra la subversión y la insurgencia”. Por supuesto que estos dos últimos sustantivos serán sujetos a libre interpretación por parte de la policía, los ejércitos y su clase dominante. Cuando no haya una amenaza real, se la inventará y Washington abrirá más el grifo de la Reserva Federal.
Desde los años cuarenta, la asistencia de Washington a los ejércitos latinoamericanos se ha ido ampliado desde la transferencia de millones de dólares y equipamiento hasta la instrucción directa del personal policial y militar en las sedes académicas de Washington y del Canal de Panamá, entre otros centros. En 1960, en Fort Bragg de Carolina del Norte, habían comenzado a dictarse cursos de “contrainsurgencia y guerra psicológica”. En el NSAM 88, bajo el título de “Training for Latin American Armed Forces” el presidente Kennedy había solicitado “una mayor intimidad entre nuestro ejército y el de los países latinoamericanos”. En un memorándum fechado exactamente un mes después, el 7 octubre de 1961, el general Maxwell Taylor, nombrado por el presidente, había informado de la asistencia regular a cursos de 600 militares latinoamericanos en la sede de Panamá y había confirmado el objetivo del plan: “lograr un acceso directo a los ejércitos latinoamericanos, las instituciones que mayor influencia tienen en sus gobiernos”.
En 1961, Kennedy había aprobado una partida extra de 34,9 millones de dólares (más de 300 millones al valor de 2020) para los ejércitos latinoamericanos. Nada nuevo, si no fuera por el propósito explícito de la inversión en política interna de, al menos, la mitad de esos países. Ahora los ejércitos ya no son para la defensa de la nación contra otros países sino contra sus propios ciudadanos que no están de acuerdo con Washington o con alguno de los gobiernos criollos. La nueva narrativa se centra en el tema de la “Seguridad nacional” y la “prevención de la insurgencia popular”.
Para eso es necesario enviar a los futuros oficiales de los ejércitos satélites a ser entrenados, ideológica y técnicamente en las escuelas militares de Estados Unidos. Washington también financia y provee de ayuda a los cuerpos de las policías del subcontinente en su objetivo de conquistar “mentes y corazones”. En 1962, el mismo Kennedy emite la orden de apoyar a la policía latinoamericana contra la insurgencia, también llamada subversión (NSAM 177) y luego se crea la Inter American Police Academy en el siempre estratégico canal de Panamá, cuya sede estará más tarde en Washington y cuyos principios destacan “las técnicas de interrogación y control de protestas populares”. Según una investigación de 2015 del profesor de la Naval War College, Jonathan Caverley, existirá una directa proporción entre la cantidad de tropas extranjeras entrenadas por Washington y las probabilidades de un golpe de Estado en el país de origen.
Naturalmente, estos objetivos siempre enfrentan, aquí y allá, opositores idealistas y románticos. Como respuesta, el general Taylor aclara que “laindoctrinación es poca” y que, en los cursos y en sus visitas a las academias del norte, los militares latinoamericanos más bien “absorben” los valores estadounidenses. Al mes siguiente, el 20 de noviembre, un análisis de lectura ambigua por parte de la agencia de inteligencia Bureau of Intelligence and Research había concluido que la asistencia e influencia de Washington en los ejércitos latinoamericanos “podría crear las condiciones y la justificación para algún golpe militar… los oficiales entrenados podrían entender que deseamos que ellos se hagan cargo de sus gobiernos e impongan reformas sociales y económicas; los cursos y entrenamientos sobre represión anti insurgente podrían hacerles creer que estamos en favor de regímenes totalitarios… lo cual generalmente no es nuestra intención”. El secretario de Estado, Robert McNamara, no está de acuerdo y declara que la exposición de los militares latinoamericanos a los valores estadounidenses los hará apreciar una forma de pensamiento democrático.[7]
Pero los oficiales que vuelven de la Superpotencia a sus países, como lo teme el embajador de Venezuela José Antonio Mayobre, vuelven no sólo adoctrinados y con nuevos conocimientos sobre “control de masas” sino, sobre todo, con un fuerte sentimiento de superioridad moral e intelectual. Como sea, el plan sigue adelante. Según otro memorando secreto del Departamento de Estado al presidente, fechado el 29 de junio de 1962, los oficiales de policía de Argentina seleccionados serán instruidos en “técnicas de vigilancia, de recolección de información, de interrogación, de manejo de redadas, razias, protestas y de control de masas”. Continuando con la idea de Kennedy de prevenir cualquier “revolución inevitable” de la clase media y de la clase trabajadora, la Escuela de las Américas se establece como centro para la preparación de miles de oficiales latinoamericanos en técnicas de represión de protestas y de movimientos populares contrainsurgentes.[8]
En apenas un año, Washington reconocerá de forma casi automática tres nuevas dictaduras, producto de cuatro nuevos golpes de Estado en Argentina y Perú en 1962, y en Guatemala, Ecuador y Honduras en 1963, aparte de lanzar una operación encubierta contra el primer ministro electo de Guyana, Cheddi Jagan, graduado en Estados Unidos pero demasiado progresista para el gusto de Washington. En Honduras, los militares golpistas portarán rifles “Made in USA” y serán acompañados por militares con el uniforme de Estados Unidos, al tiempo que su embajador negará cualquier responsabilidad política, excusándose en el argumento de que de todas formas el golpe se hubiese realizado con o sin participación de militares estadounidenses.
Para finales de esta década, Washington habrá apoyado 16 golpes de Estado liderados por oficiales graduados de sus academias militares. Aparte de los cientos de misiones militares enviadas a América latina para educar a los ejércitos nacionales, medio millar de oficiales latinoamericanos serán preparados en Fort Gulik, Panamá. En 1966, los investigadores Willard Barber y Neale Ronning observarán que en estos cursos se cubren “todos los aspectos de la contrainsurgencia: técnicas militares, paramilitares, políticas, sociológicas y psicológicas”.
Para 1967, con este objetivo de entrenamiento y educación política, Washington tenía casi diez mil oficiales y agentes, civiles y militares, distribuidos por toda América latina con la excepción de México y Haití. Un año después, el Departamento de Defensa enviará otro memorándum al presidente: “El hecho de que hoy por hoy en América latina no hay ninguna misión militar relevante aparte de la nuestra, es una prueba del éxito de Estados Unidos para establecerse como la influencia predominante en esa región… El hecho de que las fuerzas armadas latinoamericanas son las instituciones menos antiamericanas del continente es otro indicio de nuestra influencia… La adopción de la doctrina estadounidense, las tácticas, los métodos de entrenamiento, su organización y las armas que usan son el resultado directo de la presencia, el predominio y la influencia Estados Unidos”.
Como lo informará el New York Times del 22 de diciembre de 1968, desde 1950 Estados Unidos ha entrenado a 21.000 oficiales latinoamericanos en territorio estadounidense y 25.000 más en el Canal de Panamá. En una abrumadora proporción, los graduados de esa escuela, conocida como “La escuela de los dictadores”, participarán en una docena de regímenes de corte fascista y alineados a la voluntad de Washington. Sólo en dos casos, más bien excepcionales, como en Perú con el general Juan Velasco Alvarado y en Panamá con el general Omar Torrijos, los golpistas tomarán caminos no alineados e impulsarán políticas de nacionalización de recursos o de reformas sociales consideradas progresistas o de izquierda. Para cuando se consuma el largamente planeado golpe de Estado contra Allende en Chile y la imposición del experimento neoliberal, casi doscientos oficiales graduados en la Escuela de las Américas ocuparán cargos de relevancia en el gobierno, al igual que en otras dictaduras del continente.
En los años setenta, el presupuesto de Washington para el entrenamiento técnico e ideológico de los militares latinoamericanos ascenderá a 500 millones (3.000 millones al valor de 2020).[9] En estas academias no solo aprenderán a manejar armas, estrategias y técnicas de tortura y represión sino algo mil veces más letal y efectivo: aprenderán literatura política (ficción realista, por género), de la misma forma que los medios de prensa dominantes en el continente repetirán versos y cuentos plantados por la CIA y por las Embajadas, las que luego el pueblo y sus políticos consumirán como folklore propio. No habrá Plan Marshall para América latina porque un pueblo inmaduro no debe recibir asistencia pública sino privada, para que aprenda las reglas. Cuando se aprueben fondos para el desarrollo, serán para infraestructura que, como en el siglo anterior se trazaron los hermosos bulevares de París para introducir fuerzas armadas contra las revueltas, en las repúblicas infantiles del sur será para aplastar las revoluciones armadas y las protestas pacíficas con más facilidad.
Cuando en 2004 el presidente de Haití, el cura Jean-Bertrand Aristide (sospechoso de ser demasiado amable con los pobres y derrocado en un golpe de Estado organizado por la CIA en 1991) decida desmantelar el ejército haitiano, como lo hiciera Costa Rica en 1948 y Bolivia en 1952, será derrocado por un nuevo golpe de Estado—organizado y apoyado por Washington, está de más decir.
[1] Aparte de una clase media y trabajadora mucho más culta y educada en América latina que en Estados Unidos, otro de los frentes de la democratización de las sociedades latinoamericanas estuvo y continúa estando en sus universidades. Las universidades de Estados Unidos, por su sistema y funcionamiento se asemejan a la estructura de El Vaticano; no pueden competir en el alto grado de democracia alcanzado por sus pares del sur.
[2] No por casualidad, la diversidad ideológica del ejército estadounidense es mucho mayor que la de los ejércitos latinoamericanos. Entre los más feroces críticos y activistas opositores a las guerras de Washington se suelen encontrar veteranos de las mismas guerras imperialistas en las que participaron. En las elecciones de 2016, los militares donarán más al candidato Donald Trump que a Hilary Clinton. En las elecciones de 2020, el candidato socialista Bernie Sanders recibirá más donaciones de los soldados que el presidente Trump y el doble que el candidato demócrata Joe Biden. Con escasas excepciones, un militar latinoamericano está uniformado por dentro y por fuera.
[3] Morse también luchará contra el macartismo, por los Derechos Civiles en los 60 y se opondrá a la Guerra de Vietnam, por lo que será conocido como El Enojado o El Tigre del Congreso.
[4] Casi 600 millones de dólares anuales en valor de 2020. La cifra real continuará creciendo, sin contar la destinada a las operaciones secretas, como las de la CIA ni los recursos empleados para la educación de oficiales y expertos en represión en distintas instituciones militares estadounidenses.
[5] Entre 1789 y 1947, antes de la creación del Pentágono y su nuevo bautismo como “Departamento de Defensa”, el mismo organismo se llamaba “Departamento de Guerra”. Luego dicen que las palabras sólo les importa a los inútiles poetas.
[6] Estos manuales proceden de los años 50 y son permanentemente actualizados en detalles técnicos, pero sin cambiar la filosofía que los motiva: la manipulación de nuestros aliados para el control de los otros (los pueblos rebeldes) que no nos sirven.
[7] McNamara se ocupa de varios frentes. En Vietnam multiplica por cien los efectivos estadounidenses para el entrenamiento de los soldados locales, los que aumentará hasta medio millón en 1968. Más millones, de dólares y de muertos, no resultarán en una victoria, excepto en las películas de Hollywood y en la imaginación popular. De 1968 a 1981 será el presidente del Banco Mundial, desde donde distribuirá créditos a los países pobres que controlen el crecimiento de su población.
[8] Esta academia militar para países extranjeros había sido fundada en 1942 como “Centro de Entrenamiento Latino Americano”, renombrada en 1946 como U.S. Army Caribbean School, en 1963 como School of the Americas y en 2002 como Western Hemisphere Institute for Security Cooperation. Tantos escándalos y cambios de nombres no pudieron ocultar el hecho de que fue una universidad del terror, de cuyas aulas salieron múltiples dictadores, represores, genocidas de alto rango y hasta narcotraficantes.
[9] Según la investigación del profesor Edwin Lieuwen de la Universidad de Nuevo México, para los años setenta, Washington proveerá más del 50 por ciento del presupuesto de los ejércitos latinoamericanos. En los casos de pequeños países, más del 90 por ciento.
The problem is not democracy but its substitute: the hijacking of an entire country and the world by the Anglo-Saxon techno-financial oligarchy.
Augustus liquidated the Roman Republic a generation before Christ by appealing to religion, presenting himself as Apollo’s favorite, placing the senate under his authority, and becoming the first Roman emperor. He promoted upper-class birthrates, traditionalist moralism, and patriotic literature, such as Virgil’s commissioned Aeneid, a classic of political propaganda based on nonexistent facts about Rome’s past greatness.
Augustus capitalized on the social instability of the moment with a charismatic, demagogic, and strategic speech about making Rome great again under the symbol of the Golden Eagle. Half a millennium later, Augustulus was the last emperor of the Western Empire, defeated by the Germanic barbarians.
The American Empire, the most powerful in human history, is probably also the shortest. It has held that title for one-tenth as long as the Roman Empire in Europe and one-hundredth as long as the Eastern Empire.
For its part, China will end that rare historical exception called the “Century of Humiliation” and again be the greatest economic power, as it has been for millennia. We hope that what China has learned in those hundred years will not turn it into a Franco-Anglo-Saxon-type empire and that it will continue its oldest tradition of not subjugating peoples on the other side of the planet.
U.S. President Donald Trump is likely to be Augustus and Augustulus at the same time. We might wish that the replacement of hegemonies did not comply with the violent Thucydides Trap, as the replacement of Great Britain by the United States did not, but in that case, there was a strategic continuity of Anglo-Saxon capitalism. Hegemony passed from one ally to the other.
Now, the differences are substantial, and above all, the Anglo-Saxon obsession with not allowing any global competition promises us a greater conflict. The Northwest finds itself facing not only a new example of success, that of communist China, but also its own national poverty and its international collapse. It no longer just exports violence, as it has historically done, but consumes it in its internal market. As a solution, it appeals to the same religious-style narrative as always, denying any evidence to the contrary.
One of its most recent sermons has been to justify the success of Chinese socialism with American state capitalism, even though Chinese corporations are below the communist government, while in the West, they are above it and despite the fact that the Chinese economy is planned by the government, not by corporations. China has a market economy (something that capitalism did not invent but rather limited), but it is not a capitalist country. It is a communist country in a still capitalist world.
Beyond its material power, Nonoccident is concerned about what has moved it for generations: the need to abort examples of success that are not “the only possible model”: corporate capitalism. Anglo-Saxon success was not based on capitalism but on overseas imperialism. The capitalist countries that served as colonial suppliers at a pittance were more capitalist than the United States.
Now, the example of Anglo-capitalist success is beginning to deteriorate due to the loss of global power and its profound internal contradictions, which are inherent to capitalism and are crudely coming to the surface: Almost 1 million people living on the streets of the United States; epidemics of addiction and deaths from overdoses; periodic massacres; ethnic hatred to disguise a ruthless class struggle; students indebted to the point of becoming indenture slaves; increasing social differences; crime that cannot be reduced; fascism on the rise; and recognition, until a few years ago unthinkable, that liberal democracy (the political circus of plutocracy) no longer works; recognition (now from the poor right and the wealthy capitalists) that democracy does not work and never worked; that the oligarchs have taken Washington, now without masks, to finish hijacking what was called democracy and multiply their coffers by investing in the wars of the end of the world…
Now, if, on the one hand, the politics of the successful example (the right, to put it in a simplified way) and the narratives about democracy and freedom have entered into a state of panic and catharsis of confession, on the other (the left), some taboos and totems have been broken forever. For example, suddenly, millions of Americans begin to consider apparent things, such as:
Patriotism is another way of silencing the truth and maintaining justice with blindfolds.
The problem is not democracy but its substitute: the hijacking of an entire country and the world by the Anglo-Saxon techno-financial oligarchy.
The failure of the neoliberal dogma that private corporations do it better and cheaper.
The uncontrolled criminality and corruption of parallel governments like the NSA, the CIA, Wall Street, and Silicon Valley.
The consensus breakdown on the Empire’s benevolent role. Before the confirmation of Marco Rubio as secretary of state, while he was handcuffed in the Capitol, an activist shouted what millions think: “Rubio is bloodthirsty… he only wants to keep us in a state of perpetual war; free Cuba from the sanctions that kill people. Freedom for Palestine.” Other ex-combatants were arrested for shouting to former Secretary of State Anthony Blinken: “We need money here, not to bomb children in Gaza.”
The purchase of politicians, senators, and representatives by the biggest lobbies in Washington. In January 2025, Sen. Bernie Sanders (I-Vt.), referring to Israeli Prime Minister Bejamin Netanyahu and the Israeli lobby AIPAC, said: “Most Americans don’t want us to support a government that kills children, but if you say that, you’re going to face AIPAC and other millionaires and you’re going to lose the election… Many senators tell me, ‘God, what Netanyahu is doing is monstrous, but I can’t vote against him because they’re going to destroy my political career.’ They know that if the corporations are not pleased, they will lose the election…”
None of these criticisms and ideas are new. Many of us have been writing about this since the 1990s. Not before, because we weren’t born. What is new is that, at the same time that the fascist politics of the super-rich takes power in the White House, supported by a majority of the population that consumes their products, a new and growing minority has come out of the closet with a greater awareness of the de facto class struggle.
On Monday the 20, Donald Trump retook office. His grim face alone says much. His followers are not even hopeful. As Jorge Luis Borges would say, they are not united by love but by fear. As the Italian Oriana Fallaci wrote in 2001, which we criticized as the beginning of a dangerous era (“The Slow Suicide of the West” 2002), they are united by “rage and pride.”
Now, we must not lose sight of the fact that the more the nationalist, fascist, and feudal capitalist right progresses, the more evident a break becomes that will turn to the left, as always―and, as never before for a century, in a radical way.
Ante una nueva presidencia de Donald Trump, la que parece haberse iniciado antes de volver a entrar al Salón Oval, conversamos con Jorge Majfud para entender cómo llegamos a este momento en Estados Unidos y en el mundo, qué puede esperar América latina y qué podemos esperar de los años por venir.
GY: ¿Podríamos decir que, ante la perspectiva de anexar México y Canadá a Estados Unidos, estaríamos viendo un nuevo modelo económico más consistente en el sistema de anexión, en lugar de una globalización abierta?
JM: Esa sería la etapa final de esta nueva Guerra Fría con China que ya ha cruzado algunos límites de la guerra fría anterior, aunque por entonces Vietnam era lo que hoy son Ucrania y Palestina para Noroccidente, mientras que África y América latina comienzan a coincidir con lo que eran en ese tablero de ajedrez: movimientos independentistas inoculados por caballos de Troya. Los mismos movimientos, la misma estrategia: dominar los casilleros centrales quemando algunos peones antes de proyectarse a un movimiento de jaque.
GY: Pero la fantasía de una invasión siempre está…
JM: Sin la menor duda. No pocos halcones en el senado estadounidense quisieran invadir México, pero no anexarlo. México es un país demasiado habitado por “una raza inferior”, “una raza de híbridos corruptos”. Si cuando Estados Unidos anexó más de la mitad de México no continuó más allá del Rio Grande cuando tenían la capital del país tomada, fue precisamente para no agregar a la Unión millones de seres inferiores. Por la misma razón no tomaron todo el Caribe. No pocos están hablando de Canadá como “El Estado 51”, de la misma forma que cuando se fundó Estados Unidos con las Trece colonias anglosajonas, se intentó anexar Canadá como la colonia número 14. No sólo para escapar a la maldición del número 13, sino porque los canadienses eran europeos blancos. Como fracasaron luego de algunos sabotajes y Gran Bretaña se vengó quemando la Casa Blanca en Washington (que hasta entonces no era blanca, pero debieron pintarla así para cubrir la memoria del oprobio).
Estas nuevas anexiones, siguiendo el estilo imperialista del siglo XIX antes de cambiar por la estrategia de las bases militares por todo el mundo, puede tener un revival que producirá crisis deseadas, pero no es probable que se concreten a mediano plazo. A largo plazo (tal vez en dos o tres generaciones) es más probable lo contrario: que Estados Unidos pierda algunos estados como Texas o California por una secesión o Alaska por alguna anexión china, por ejemplo.
GY: ¿Qué perspectivas consideras que tendrá la política de Donald Trump hacia México, en su segundo mandato?
JM: Luego del brutal despojo de México en otra guerra inventada en 1846 con el viejo método de un ataque de falsa bandera y la victimización del agresor, México quedó con la moral tan baja que sus líderes (con excepciones) se dedicaron a entregar el resto a las compañías estadounidenses. La Revolución Mexicana cambió muchas cosas. Cuando Wilson bombardeó Veracruz, fueron sus pobladores quienes resistieron y repelieron una nueva ocupación a la ciudad que duró meses. Los soldados se retiraron. La Revolución mexicana desangró a México, pero le dejó una experiencia de resistencia armada que (sospecho por otros pocos casos similares en el continente) hizo que Washington no se atreviera a intervenir como lo hacía antes, a punta de cañón y de golpes de Estado estilo República bananera. Es probable que por esta misma razón (y tal vez también por su estratégica ambigüedad con las potencias europeas) Lázaro Cárdenas haya logrado lo impensable: nacionalizar el petróleo mexicano.
Por estas razones históricas no creo que Trump ni sus halcones se atreva a una agresión o intervención directa en México. Sin embargo, creo que debemos esperar una presidencia mucho más agresiva que la anterior por cuatro razones: 1. Trump ya no competirá por una reelección (al menos no según la constitución actual). 2. Como una droga, su ego necesita dejar una marca en la historia (lo que aquí llaman “legado”), cualquiera sea. 3. La nueva derecha ahora es abiertamente antidemocrática, sin más disimulos, y su ideología, aunque elemental y primitiva (la del Macho alfa) los estimula a la agresión―entre individuos, entre naciones. 4. Estados Unidos es un imperio en decadencia económica, social, política y geopolítica, lo cual lo hace aún más agresivo.
México está y ha estado siempre en una posición muy particular que lo diferencia del resto de América latina. Es al mismo tiempo vulnerable y fuerte. Como en tiempos de Cárdenas, debe hacer alianzas económicas con diferentes potencias como China (ya que está lejos de ingresar a los BRICS+) y alianzas regionales como con el resto de América latina. Alianzas y uniones como la única fórmula posible para la independencia, que es una condición ineludible de desarrollo para países que no son microcolonias.
GY: Hay quienes opinan que Trump podría negociar con Rusia, una salida pacífica a la Guerra de Ucrania, tal vez en detrimento de ésta… ¿Qué piensas de esto?
JM: El factor de su ego podría jugar un rol positivo en cuanto a terminar la guerra en Ucrania a través de una negociación. Trump se entiende con hombres fuertes, no porque él lo sea sino porque son sus alter egos. Los grandes líderes no son ególatras, pero quienes aman el poder sí, y Trump (como Musk y otros individuos con la misma patología) se ajustan perfectamente a este tipo psicológico.
Por otro lado, no debemos olvidar que los individuos, los presidentes electos en una democracia liberal no son el poder sino su máscara. El poder está en quienes concentran montañas de dinero (esto no es una metáfora ni una hipérbole) y, como resultado directo e indirecto compran políticos, medios de comunicación, la opinión pública de las mayorías que idolatran a sus esclavistas. Si a eso agregamos que la industria más lucrativa es la industria de la muerte, sólo debemos esperar que de terminarse el gran negocio de la guerra en Ucrania, toda esa inversión de capitales se mueva a otras regiones. Palestina es un caso. Siria es otro. El más dramático sería (y esa es la intención) continuar con Irán hasta llegar a Taiwán, expandiendo así el Anillo de fuego del que ya hablamos durante años.
GY: ¿Nosotros estaríamos lejos de ese Anillo de fuego?
JM: Solo desde un punto de vista geográfico. Para América latina no serán tiempos fáciles. Si bien en la última década el neo intervencionismo imperial ha sido a través del sermón mediático y de las redes sociales (básicamente, todavía en manos de las corporaciones estadounidenses), creo que es razonable prever un agravamiento del conflicto en su fase CIA-Mossad (como durante la Guerra Fría) y luego con dirección a una fase militar (como durante las Guerras bananeras).
La más reciente retórica de Trump sobre su idea de recuperar el Canal de Panamá y de anexar Canadá y Groenlandia son un intento de ir preparando a los habitantes de Estados Unidos para la naturalización de lo que en otro momento causó risa.
YG: ¿Cómo llegamos hasta aquí?
JM: De una forma muy simple. Los nobles feudales cambiaron de máscara una vez más. Primero se convirtieron en los liberales de las compañías piratas, como la East India Company… Fueron esclavistas, fueron demócratas (como eran los piratas) y fueron neoliberales para seguir vampirizando a sus colonias y a los de abajo en sus propios países. Más recientemente, con el suicidio de la Unión Soviética, lograron que la izquierda occidental se convirtiese en vegana, adoptando la ideología económica de la derecha: el neoliberalismo. Como golpe de gracia, la izquierda se olvidó del problema de la lucha de clases y se redujo a una política simplista de la identidad―que también es la política racista y sexista de la derecha, pero invertida; justa, según nosotros, pero insuficiente y una distracción perfecta. Una vez que el neoliberalismo fracasa de forma sistemática en cada una de las décadas, dejando decadencia y endeudamiento por todas partes, en las colonias y hasta en el mismo imperio la derecha pega un salto, se hace llamar libertaria y le promete a las masas frustradas y rabiosas (ante el resultado obsceno de la super acumulación de los capitales que ellos mismos crearon) y vuelven a vender la promesa de la solución mágica. ¿Cómo? Ofreciendo más de lo mismo pero de forma radical, ya no en democracias liberales sino en un fascismo indisimulado que, como hace cien años, promete satisfacer las frustraciones de un pueblo brutalizado ―aumentando la dosis de la droga. Si a eso le agregas el derrumbe interior y exterior de todo un imperio y la simplicidad primitiva, basada en emociones básicas y ancestrales de la extrema derecha (la tribu, el tótem, la raza, el miedo al otro, la rabia y el orgullo), pues, más claro no puede estar. En menos palabras: la derecha ha logrado vender la ilusión de una solución radical a los problemas creado por la derecha mientras la izquierda perdía su mística crítica y revolucionaria, identificándose con la ideología neoliberal de la derecha.
On December 22, 2024, the elected president of the United States, Donald Trump, announced that he would demand that Panama “give him back the canal.” Imperialism is a disease that not only kills those who resist it but also does not let those who carry it within live.
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Washington DC. January 22, 1903—Secretary of State John Hay and the Colombian commercial attaché in the United States, Tomás Herrán, signed the treaty that would give the United States the right to resume construction of the Panama Canal that the French had abandoned when they were almost halfway done. Colombia would agree to cede a strip of land on its isthmus to the United States for a hundred years in exchange for ten million in a single payment and 250 thousand dollars per year. A few miles off the coast of Panama, the warship Wisconsin remains stranded to provide moral support for the negotiations.
Congress in Washington immediately approved the treaty, but it was rejected in Bogotá. There were doubts about sovereignty and about the benefits derived from this agreement. Mathematics, also practiced in that country, said that it would take the Colombian people 120 years to receive the same compensation that had been offered to be paid in one lump sum to the New Panama Canal Co.
On April 15, the United States envoy, Mr. Beaupre, sent a telegram to the Secretary of State about the mood of the Colombian people. “There is at least one clear fact. If the treaty were put to the free consideration of the people, it would not be approved.” The Colombian Senate voted unanimously against its ratification.
Without ever having set foot outside his country, on August 27, Theo Roosevelt wrote three letters describing the Colombians as “ignorant,” “greedy,” “despicable little men,” and “corrupting idiots and murderers.” Also, “I could never respect a country full of that kind of people […] Trying to deal with Colombia as one deals with Switzerland, Belgium or Holland is simply absurd.” Days later, he sends some packages with dollars to organize a revolt that will be called Revolution.
Problem solved. On November 18, the Hay-Bunau-Varilla treaty was signed in Washington, by which “the United States guarantees the freedom of Panama” in exchange for Panama ceding authority and all rights over the canal, free of any tax. As usual, the Panamanians were not invited to sign the new treaty. The 250 thousand dollars annually previously offered to Colombia would not be paid until a decade after the canal’s opening. There is nothing like having a powerful navy to do good business. The previous Treaty of Peace and Commerce signed by Colombia and the United States in 1846 was also violated. As in Cuba, as in Puerto Rico, article, now article 136 assured Washington the power to intervene in any inconvenient situation. Still, rebellions are symbolic. Washington has decreed that citizens of that country cannot acquire weapons. Imperial practice is old: treaties are signed so the weak will comply.
In the United States, voices are raised against what several congressmen call dishonesty and imperialism. Senator Edward Carmack protests: “The idea of a revolution in Panama is a crude lie; the only man who took up arms was our president.” Senator George Frisbie Hoar, a member of the commission investigating the war crimes that will go unpunished in the Philippines, rejects the versions about the Revolution in Panama and adds: “I hope not to live long enough to see the day when the interests of my country are put above its honor.”
Of course, this matter of honor can be fixed. The president resorts to the old resource of “we were attacked first.” As James Polk did to justify the invasion of Mexico in 1846 or McKinley to occupy Cuba in 1898, Roosevelt invents a story about threats to the security of certain American citizens in the area. Like Henry Kissinger, when he denied in front of television cameras any involvement in the military coup in Chile in 1973, Roosevelt assured Congress and the public that Washington was not involved in the Revolution in Panama. On December 6, 1904, he gave a speech before Congress on the need to once again expand the Monroe Doctrine “to see our neighbors stable, orderly, and prosperous.” Otherwise, “intervention by a civilized nation will be necessary… The United States must, whether it wants to or not, intervene to solve any serious problem by exercising the power of international police.”
In 1906, Roosevelt visited the construction sites in Panama. He would be the first American president to dare to leave his country. On board, the USS Louisiana, Roosevelt wrote to his son Kermit: “With admirable energy, men, and machines work together; the whites supervise the construction sites and operate the machines while tens of thousands of blacks do the hard work where it is not worth the trouble to use machines.”
Despite the hard work of Panamanians, they are portrayed as lazy. Journalist Richard Harding Davis had already echoed the sentiment of the time: “[Panama] has fertile lands, iron, and gold, but it has been cursed by God with lazy people and corrupt men who govern it… These people are a menace and an insult to civilization.”
In 1909, the Senate Foreign Affairs Committee, based on Roosevelt’s boastful statements to a class at a California university, investigated “the unilateral decision of a former president to take Panama from the Republic of Colombia without consulting Congress.” Considering Colombia’s requests to The Hague, the commission will question different protagonists. On November 6, 1903, three days after the revolution in Panama, the State Department sent a cable to its consul in Colombia informing that “the people of Panama, apparently unanimously, have resolved to dissolve their ties with the Republic of Colombia…”
Congressman Henry Thomas Rainey reads the cable from Washington in Congress. Rainey clarifies: “I do not believe any of this is true… When the Revolution occurred, only ten or twelve rebels knew of the plans, apart from the Panama Railroad and Steamship Co. managers.”
It would be necessary to wait until 1977 when Jimmy Carter’s government signed an agreement that the United States would return the canal to Central American country on the last day of 1999, three years before the mandatory rental period expired. A year earlier, at an event in Texas, the former governor of California and future president, Ronald Reagan, would declare: “It does not matter which ram dictator is in power in Panama. We built it! We paid for the canal! It’s ours, and we’re going to keep it.”
Omar Torrijos will be the dictator Reagan alluded to. Torrijos will claim sovereignty over the Canal and will die, like other rebel leaders from the south, in a plane crash.
Imperialism is a disease that not only kills those who resist it but also does not let those who carry it inside live.
El 24 de marzo de 1983, en un acto en la Biblioteca del Congreso, el presidente Ronald Reagan repitió las palabras del historiador Henry Commager: “la creación de los mitos nacionales nunca estuvo libre de conflictos; los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”.
Como en todos los grandes temas a los que se enfrenta la sociedad estadounidense, la actitud de una parte significativa ha sido siempre la de negar la realidad a través de narrativas y en base a sus mitos fundadores: la libertad propia como producto de las armas, la libertad ajena como producto de nuestro sacrificio, la promoción de la democracia en países bárbaros, la riqueza como mérito individual de unos pocos, la superioridad racial primero (“la raza libre”) y la superioridad nacional después (“el pueblo libre”), el éxito económico como prueba de ser los elegidos de Dios, la acusación a los demás de nuestros propios defectos (los fanáticos pertenecen a otras religiones)…
El fanático religioso, que cree y siente que la realidad depende de sus oraciones y Dios está obligado a escuchar sus deseos, no se representa como tal. Esta negación de la realidad ha tenido resultados diversos, aunque casi siempre fue la realidad la que debió ceder. Pero cuando esa misma sociedad debe enfrentarse a un enemigo que no escucha ni se puede ver, un enemigo al que no se puede amenazar con un rifle AR 15 ni se puede bombardear, la negación de la realidad no funciona como se espera y la frustración explota por las viejas heridas.
En el caso del Covid 19, el país más rico y poderoso del mundo ha demostrado que no sabe organizarse como colectivo ni sus instituciones (como el sistema de salud) están hechas para actuar de esta forma civilizada a la altura de sus posibilidades materiales. Todavía algunas cosas se pueden aliviar a fuerza de montañas de dólares, pero la conducta racional de su sociedad y de sus líderes es un déficit que explica los millones de infectados y los ya casi doscientos mil muertos.
Con la excepción de las redes científicas y universitarias, con la excepción de un sector de la población que no alcanza a decidir las políticas de Estado, los políticos y la sociedad estadounidense tampoco saben relacionarse con las otras naciones para enfrentar el problema, como no ha sabido hacerlo para enfrentar un problema mayor, el ecológico. Si se relaciona, es a través del conflicto.
Como consecuencia de este enemigo interior e invisible, los antiguos problemas sociales y raciales (nunca resueltos por la misma afición a negar la realidad) se han exacerbado hasta empujar al país a un estado de tensión social y hasta niveles de violencia armada en las calles que no se veía desde hacía muchas décadas, cuando el país se dedicaba a exportar su violencia fundacional a otros países. Esta exportación de violencia no solo era estimulante para los negocios de la guerra, para la industria militar y las megacorporaciones, sino que, además, producía un poderoso efecto de distracción de los problemas propios y, por ende, de unión ante un enemigo exterior.
Con la identificación de los inmigrantes como el nuevo “enemigo exterior”, el problema comenzó a filtrarse hacia el interior y se encontró con viejos monstruos, como la discriminación racial, el desprecio por los pobres (los perdedores), el fanatismo de las armas como solución a todos los problemas, y el patriotismo de banderas hasta en los calzones que cubre todas las viejas heridas que nunca cicatrizan, esas mismas que convierten los traumas históricos e individuales en motivos de orgullo.
Ahora, por primera vez en mucho tiempo, y mal gracias a la pandemia, algunos estadounidenses comienzan a sospechar que para ser llamado héroe no hay que vestir un uniforme militar e invadir otros países en nombre de la defensa propia y de la libertad ajena, sino que tal vez le debemos algo a los médicos, a las enfermeras, a los maestros y a tantos otros trabajadores que cada día construyen lo mejor y más necesario de nuestras sociedades.
El triunfo del candidato opositor Joe Biden en la elección presidencial que se realizará en dos meses aliviará por un momento esta tensión social, pero a largo plazo tendrá un efecto contrario. Los perdedores no aceptarán la derrota ni aceptarán ceder un centímetro en la hegemonía de su propio país, como no la aceptan ahora que, tal vez inconscientemente, perciben la progresiva pérdida de sus privilegios domésticos e internacionales. Pero, a largo plazo también, la futura minoría en el recambio político y demográfico tendrá que conformarse con ver la reducción de sus mitos fundadores a fetiches y amuletos, no en sus cabezas sino en las nuevas generaciones que, además, deberán convivir con un mundo mucho menos dócil.
Entonces, rezar ya no será suficiente, porque Dios estará ocupado escuchando a otros.
Entrevista a Jorge Majfud por Lourdes Vitabar, periodista, Radio Uruguay
1. ¿Como evalúas la situación económica de EEUU?
En este preciso momento es relativamente buena, si miramos los guarismos macroeconómicos y no miramos los pobres; si miramos que China ha entrado en un período de dificultades (el yuan se ha devaluado dramáticamente, la construcción, motor hasta no hace mucho del PIB, está con problemas, el endeudamiento de las provincias, el futuro envejecimiento de la población, etc.). En Estados Unidos, el PIB del segundo cuatrimestre ha sido de 4.1 % (a pesar que Trump lo anunció como algo inaudito, no es tan alto como al menos dos cuatrimestres de 2014, durante la administración Obama). El desempleo continúa bajando, como desde hace varios años, a la misma velocidad. Después de varios tropiezos y bajas desde febrero hasta agosto, Wall Street ha vuelto a subir con fuerza (aunque las bolsas no dicen mucho de los ingresos de las clases medias y baja y sus entusiasmadas alzas suelen ser el canto del cisne que anuncian derrumbes brutales).
Pero si miramos dónde se fue la mayor parte de la recuperación económica, también veremos que casi toda se fue para los sectores más altos, para el uno o dos por ciento de la población, no para los trabajadores. El salario real casi no ha aumentado, a pesar que las ganancias de las empresas han aumentado de forma exponencial, algo que tiene desconcertados a los economistas. Una teoría bastante sólida explica este fenómeno por la debilidad de los sindicatos. Hay varios estudios y gráficos que, en Estados Unidos y en varios países de Europa, muestran una correlación directa entre la desarticulación de los sindicatos y los salarios reales.
Por otro lado, no hay que olvidar algo que nunca se menciona en la prensa: ese numerito llamado inflación anual esconde muchas realidades diferentes. La inflación para las clases media y baja generalmente ha sido mayor que para las clases altas.
Un factor más, brevemente: los estadounidenses han recaído en los vicios crediticios de antes de la gran recesión, esa adicción enfermiza al crédito y al consumo que tanto celebran los economistas en los gobiernos como forma de inflar los índices de crecimiento del PIB. La memoria es frágil y los errores se repiten. Estamos en niveles de endeudamiento extremadamente peligrosos.
2. ¿Se notan las consecuencias de la guerra comercial con China? ¿Como está el nivel de desempleo?
Por el momento el impacto ha sido muy menor: el aluminio de las latas de cerveza, el acero, las lavarropas, etc. La razón es que Estados Unidos exporta muy poco a China y China exporta mucho a Estados Unidos, por lo cual el impacto de las tarifas golpea de forma desigual. Pero sería ingenuo pensar que una crisis o desaceleración en China va a ayudar a la economía en EEUU. Todo lo contrario.
El nivel de desempleo está en 3.9, 3.8 %. No creo que se sostenga durante un año más. Sobre todo, cuando el crecimiento vuelva a bajar y los efectos “positivos” de los recortes de impuestos (ese saqueo extra a las clases trabajadoras) pase a partir del año próximo.
Como ya dije antes, para mí esto no se trata tanto de una guerra comercial sino una guerra fría, que incluye lo cibernético y militar, entre una superpotencia en declive (no absoluto sino relativo) y otra emergente. Hay que recordar que por mínimo que sea el impacto de una medida económica o social, siempre puede tener consecuencias desproporcionadas, de la misma forma que una pequeña pieza de dominó puede derrumbar otras mil piezas mucho mayores..
3. ¿Los votantes de Trump mejoraron su situación?
No, pero no importa. Una buena parte es creyente de Trump, lo que significa que no importa qué nivel de frustración vivan, nunca concederán que se equivocaron. Trump es la encarnación de sus frustraciones. Gran parte de ellos, del sector rural de los estados centrales, sobre representados en política (un voto allí vale por diez o veinte de otro en California o Nueva York), está sufriendo la guerra comercial con China, porque mucho son productores de soja, etc. Como solución Trump los subsidiará (aún más) con algunos billones de dólares. Si ven los precios de soja, estos han caído brutalmente este año y más lo han sentido los agricultores estadounidenses. Los mineros de West Virginia siguen sobreviviendo. No es que ganen mal, pero sus condiciones de trabajo son inhumanas y deben saber que es una actividad destinada a reducirse. Gracias a Trump, el carbón seguirá explotándose por un tiempo más, pese al daño ecológico, al tiempo que los trabajadores en el área de las energías renovables van a sufrir por algún año más.
En pocas palabras, el desempleo ha continuado disminuyendo, pero la brecha social entre ricos y pobres, entre ricos y trabajadores ha continuado aumentado. Pero, ya sabes, no hay peor ciego que el que no quiere ver.
4. En un giro sorpresivo parece que en las próximas horas EEUU va a llegar a un acuerdo con México por el TLAN. ¿Qué beneficio obtiene EEUU al lograr este acuerdo?
Para empezar, Trump quiere cambiarle el nombre, porque no le gusta. “They used to call it NAFTA. We are going to call it the United States-Mexico trade agreement”.Tal vez querrá que se llame Trump-Free Trade Agreement (Tratado de Libre Comercio de Trump) pero no creo que se anime a algo tan evidente. Pero sí que va a bautizar a la creatura con otro nombre, para que el César sea recordado por eso también. También está en línea con lo que él mismo habia prometido, que eran acuerdos bilaterales, no regionales. En concreto: En lugar de que el 62% de los autos sean producidos en EEUU, ahora sería un 72%. Un 40 a 45% de los autos serían hechos con salarios de $16 dólares por hora. Sólo en esto veo dos problemas: Primero, México y Estados Unidos no son los únicos que producen autos en el mundo. Segundo, para un CEO eso se resuelve fácil: aumento de la robotización, despidiendo trabajadores “de cuello azul”, lo que mejoraría el promedio salarial de forma automática.
¿Alguien advirtió que en estas negociaciones sobre salarios nunca se llaman a los trabajadores a la mesa? Los trabajadores son fusibles para este sistema y para esta mentalidad, no seres humanos. Son objetos (de explotación y, en el mejor caso, de beneficio), pero nunca sujetos.
5. ¿Que cambió en la Casa Blanca para que esto ocurriera?
¿Qué cambió en la Casa Blanca? La pregunta sería ¿Qué no cambió? Trump está arrinconado con los juicios y confesiones de sus ex aliados más cercanos. Aunque ahora parece intocable, no hay que descartar en el futuro acciones que terminen por llevarlo ante la justicia y que sus herederos terminen pagando con sus negocios parte de sus pecados. Sería una interesante paradoja casi bíblica que una actriz porno termine por destronar al César misógino. También está el escandalo de las elecciones y la trama rusa, el acuerdo con Corea del Norte, que se reveló como puro circo, como casi todo lo que rodea a Trump. Y un largo etcétera. Es decir, que Trump necesita urgentemente desviar la atención.
Por otra parte, he observado un patrón psicológico en Trump: sus ataques virulentos hacia alguna persona o grupo pueden terminar en un repentino romance, aunque frágil y breve, como el de todo cazador, como el de todo narcisista. Tal vez esta sea sólo mi percepción, no como ensayista sino como novelista: veo que, como personaje que es, Trump posee una fuerte atracción erótica por el enemigo. Pero esto será tema para psicoanalistas cuando el personaje ya sea historia.
6. ¿La economía va a pesar mucho en las elecciones de medio término? ¿Ya se puede aventurar algún resultado?
Creo que la economía no va a pesar tanto como pudiera. Los Republicanos intentarán jugar esa carta, porque no les queda mucho más tiempo para presumir de una economía fuerte, intuyo. A partir del próximo año veremos un declive económico, sino antes.
En las elecciones legislativas que tendrán lugar en más de dos meses no están en juego todos los escaños, pero podemos prever que habrá un fuerte corrimiento a la izquierda. Más mujeres electas, más representantes de minorías, ya sean étnicas, etarias, sociales.
Creo que la economía será un factor decisivo en las presidenciales de 2020, cuando ya hayamos visto los efectos de una recesión. Los presidentes que son candidatos a la reelección generalmente ganan, pero no creo que sea este caso. Tanto el gobierno como la población tendrá que enfrentarse con la realidad y, gracias a la economía, la gente comenzará a mirar más en serio los aspectos éticos del actual presidente. Sin embargo, como la población se está fragmentando, social e ideológicamente, todo esto puede llevar a un fuerte incremento de los conflictos. Una buena economía siempre mantiene los ánimos apaciguados, como lo ha demostrado China y tantos otros países, incluido este.
Los pobres trabajadores rurales y un porcentaje del proletariado continuarán votando por el millonario Trump, pero no los trabajadores urbanos, que continuarán moviéndose a la izquierda.
7. ¿Incide la muerte de McCain en las posibilidades de los republicanos?
No creo que mucho. McCain es una especie de mito, como lo es Reagan, porque se adecúa a la mitología nacional y porque se ignoran de plano sus sombras, que son muy largas.
A finales de 2015, cuando el precandidato republicano Donald Trump dominaba las encuestas dentro de su partido, un amigo que vive en Buenos Aires me escribió entusiasmado con el posible triunfo del millonario. “Muchas cosas van a cambiar –dijo–, entre ellas las tonterías de lo políticamente correcto”. El desafío a lo políticamente correcto ha sido un ejercicio permanente en la academia (aunque no en la mayoría de los académicos) por décadas, sino por siglos. Eso no lo inventó Trump. Pero a veces lo políticamente correcto (como el respeto de los derechos y libertades de todos por igual, sean negros, mujeres u homosexuales) es, simplemente, lo correcto.
Mi amigo es judío y, a mi forma de ver, es uno de los que confunde el judaísmo y a los judíos con el gobierno de Israel. Aunque es una persona culta, su visión a corto plazo solo le permitió ver que Trump tiene un yerno judío y una hija convertida al judaísmo y que su retórica pro Israel y anti islámica no era menor que la del resto de los candidatos. Sin embargo, observé, no es casualidad que la gran mayoría de los judíos en Estados Unidos que no pertenecen a la minúscula clase de los millonarios han votado tradicionalmente por la izquierda, como no es casualidad que los mexicanos sean culturalmente conservadores y políticamente liberales, mientras los cubanos de Miami son culturalmente liberales y políticamente conservadores. Eso no es difícil explicar, pero ahora es harina de otro costal.
“Tal vez cambies de opinión –le escribí– cuando Trump llegue a la presidencia y comencemos a ver banderas nazis desfilando por las calles”.
No sé si mi amigo habrá cambiado de opinión. Según las estadísticas, quienes apoyan a Trump están convencidos que jamás dejarán de hacerlo, más allá de las circunstancias. Lo cual revela un componente irracional y religioso. Como hemos insistido antes, sólo la economía podrá poner los valores morales del presidente en cuestión. En otros casos, ni eso.
Hay un detalle aún más significativo: quienes ondean banderas nazis y confederadas, quienes revindican al KKK, ya no lo hacen cubriéndose los rostros. Este es un sutil signo de que las cosas se pondrán aún peores, no porque no les reconozca derecho a la libertad de expresión, sino por todo lo demás.
En el país existen cientos de grupos racistas y violentos. La ley no los puede tipificar como terroristas (la expresión “terrorismo doméstico” es solo una expresión sin categoría legal) porque no existen los terroristas estadounidenses si masacran a mil personas en nombre de alguna organización doméstica. Para ser considerado terrorista, un terrorista debe ser ciudadano de otro país o trabajar para algún grupo extranjero. Esos “consorcios domésticos” todavía no se han sincronizado en una red mayor, pero ya han cruzado la línea que separa el odio íntimo de la ideología articulada del odio. En consecuencia, ya no usan mascaras.
Veamos un hecho puntual y reciente. En una conferencia de prensa, el presidente Donald Trump ha defendido la permanencia de los monumentos que celebran los ideales de la Confederación, argumentando que también George Washington y Thomas Jefferson tuvieron esclavos. Exactamente las mismas palabras que un manifestante pro nazi dijo en un video que circuló en las redes sociales dos días antes, otra muestra de que el presidente representa a la nueva generación: no lee ni se contiene para insultar en los foros a pie de página.
Durante años, tanto en los periódicos como en mis propias clases, he insistido sobre la doble moral de los Padres fundadores con respecto a los esclavos, cuando la declaratoria de la independencia reconocía “como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. O, cuando una década después, en la constitución se hacía celebre la primera frase “Nosotros el pueblo” y en realidad excluía a la mayoría de los habitantes de las trece colonias primero y más tarde de los territorios centrales usurpados a los indios y, finalmente, del resto donado por los mexicanos.
Sin embargo, comparar a Jefferson con el general Robert Lee es una manipulación histórica en base a los intereses racistas y clasistas del momento. Lo que celebramos de Jefferson no es que tenía esclavos y una amante mulata a la que nunca liberó, como sí lo hizo el gran José Artigas con su muy íntimo (relación nunca estudiada en serio) amigo Ansina. Lo que reconocemos de Jefferson es haber impulsado la historia hacia la dirección correcta en base a ciertos valores de la Ilustración.
El general Lee y todos los líderes y símbolos de la Guerra Civil no representan ninguno de esos valores que hoy consideramos cruciales para la justicia y la sobrevivencia de la especie humana sino todo lo contrario: representan las fuerzas reaccionarias, arrogantes, criminales que, por alguna razón de nacimiento, se consideran superiores al resto y con derechos especiales.
Como ya nos detuvimos en otros escritos, un análisis cuidadoso de la historia de Estados Unidos desde la rebelión de Nathaniel Bacon en 1676, exactamente cien años antes de la fundación de este país, muestra claramente que le racismo no era ni por lejos lo que comenzó a ser desde finales del siglo XVII. Si bien el miedo o la desconfianza a los rostros ajenos es ancestral, la cultura y los intereses económicos juegan roles decisivos en el odio hacia los otros. Las políticas deliberadas de los gobernadores y esclavistas de la época fue inocular ese odio entre las “razas” (indios, blancos y negros) para evitar uniones y futuros levantamientos de la mayoría pobre.
El racismo, una vez inoculado en una cultura y en un individuo, es uno de los sentimientos más poderosos y más ciegos. En tiempos de prosperidad económica, los blancos de clase media para arriba culpan a los pobres, sobre todo a los pobres negros, por su propia pobreza. La ética calvinista asume que uno recibe lo que merece, primero por voluntad divina, segundo por mérito propio. Pero cuando la economía no va del todo bien y esos mismos blancos razonables se descubren sin trabajo y sin la prosperidad de sus padres, inmediatamente se convierten en blancos supremacistas o, como mínimo, en blancos xenófobos bajo una amplia variedad de excusas. Entonces, ser pobres ya no es culpa ni de Dios ni de ellos mismos sino de los negros y de los extranjeros que vienen a quitarles sus trabajos.
Para el presidente Trump, en Charlottesville (ciudad fundada por indios y residencia de Jefferson y Madison) hubo dos grupos que chocaron y la responsabilidad es de ambos por igual, unos de izquierda y otros de derecha. Poner las cosas dentro de esta antigua clasificación, izquierda y derecha, hace lucir el problema como algo horizontal, como una cuestión de meras opiniones políticas, ambos igualmente responsables de todo el mal. Como en la teoría de los dos demonios en el Cono Sur, aquí se mide igual la violencia racista que la reacción antirracista. Como durante siglos se trató de justificar la violencia de los amos por la violencia de los esclavos.
Solo cabe esperar algo peor. Nuestro tiempo presenciará la lucha entre la Ilustración y la Edad Media. A largo plazo, no sabemos cuál de las dos fuerzas vencerá.
Señor, presidente, ¿por qué comenzó usted tan temprano? ¿Cuál era la urgencia? Sí, ya sabemos, la edad y todo eso, pero ¿no era que iba a hacer las cosas diferente? No, no me refiero solo a Siria. El mes pasado su ejército bombardeó Mosul y murieron casi doscientas personas. El mundo apenas se conmovió, pero muchos niños murieron en ese ataque. Sí, ya sé que ustedes no tenían intención de matar ningún niño inocente. Tal vez su colega, ese otro enamorado del poder que preside Siria tampoco quería matar niños. Será malo pero no tan estúpido. Su objetivo era el mismo que el de ustedes: los terroristas del Estado Islámico. Pero a ellos (si fueron ellos, claro) no les importó que entre las cincuenta o sesenta victimas hubiesen niños, como no les importó a ustedes en Mosul. ¿Sabía que los pobres también tienen niños? Hasta en la base militar que acaba usted de bombardear en Siria murieron niños. Cierto, no tantos, y probablemente eran hijos de militares. Pero niños al fin, ¿no?
Su portavoz ha dicho que ni Hitler usó armas químicas como el dictador de Siria. Eran las preferidas de Churchill, ¿recuerda? No, no lo sabe. Supongo que al menos sabrá que ustedes las usaron sistemáticamente en Vietnam, por mencionar un solo caso. ¿No? El famoso Agente Naranja no se llamó así peor le color de se su pelo. No murieron cincuenta ni cien personas. Probablemente murieron millón de personas y otro millón nació y sigue naciendo con malformaciones. Bueno, supongamos que los malditos profesores exageran las cifras. Digamos que solo murieron mil o dos mil, para no ofender a nadie.
¿Pero usted? ¿No era que iba a hacer las cosas diferentes? No, yo no. No soy tan ingenuo. Yo no le creo a ningún político, ni al más malo. Es un defecto que me quedó de la dictadura militar en la que crecí. Lo sé, lo sé. Todos dicen lo mismo antes de ganar las elecciones. Pero uno tampoco puede dejar de anotarlo. Faltaba más, que además de acusarnos de radicales peligrosos por usar palabras y no armas ni dinero, además nos dedicáramos al silencio cómplice.
No hace mucho, usted dijo que la Guerra en Irak había sido producto de mentiras. Cuando nosotros lo dijimos antes de que se lanzara esa aventurita, resultamos que éramos infantiles, poetas desvinculados de la realidad. Claro, porque un billonario como usted sí sabe lo qué es la realidad… Mejor dicho, eso era antes. Ahora es prácticamente imposible ocultarla, por lo cual la moda es la indiferencia o la difamación.
Vayamos a lo que importa. ¿Es usted realmente honesto sobre sus intenciones de salvar vidas alrededor del mundo, vidas de inocentes como conmovedoramente dijo antes de bombardear Siria? ¿De verdad? Por favor, dígamelo con la mano en el pecho. ¿Sí? Bueno, ¿entonces, por qué no bombardea el mundo con alimentos, con medicinas, con libros, en lugar de arrojar doscientos millones de dólares diarios solo en bombas como se ha venido haciendo desde hace ya muchos años? De esa forma ahorrará usted millones. Millones de vidas y millones de dólares.
Claro, la seguridad nacional y todo eso. Siempre habrá gente que insista en lo mismo. No le conviene a la seguridad nacional alimentar a los enemigos. Son los mismos que han creado gran parte del problema, sino todo el problema. Pero considere por un segundo que los enemigos se crean por millones cada vez que una bomba que cuesta un millón de dólares cae sobre un grupo de casas que no llegan siquiera a la cuarta parte de ese valor, cargada de buenas intenciones pero matando inocentes como resultado tradicional e inevitable. ¿Qué libertades perdieron ustedes cuando fueron derrotados en Vietnam, aparte de millones dólares y millones de vidas humanas? ¿O el mundo está mejor hoy que antes de la invasión a Irak? ¿Estamos mejor luego de trillones de dólares invertidos en guerras que han dejado millones de muertos? ¿Está usted mejor? ¿Se siente usted hoy más seguro que antes? Qué pregunta tonta, ¿no? Tal vez usted sí, pero no el resto. Entonces ¿es por eso que usted también insiste con un método tan absurdo?
Claro, hay que vender, la economía debe ser reactivada, debe crecer sin pausa o todo se va al diablo. ¿Pero que es lo que se iría al diablo? ¿Los buenos negocios? Si, obvio, la muerte es un gran negocio desde hace siglos. Pero es probable que la vida sea un mejor negocio, no a corto plazo, sino a largo plazo. Imagine todos esos miserables sobreviviendo en esos países tan horribles que ustedes suelen bombardear de vez en cuando, en lugar de hambrientos y moribundos tendrían algo de dinero para comprar sus cachivaches. Es más, muchos de ellos, sino casi todos, no vendrían a joder a estos países tan pulcros y bien organizados y muchos menos tendrían el concepto que tienen de ustedes, los salvaguardas de la libertad y la civilización.
¿No sabe usted que en toda sociedad, en toda la historia, la tercera ley de Newton se aplica mejor que a los cuerpos inertes? ¿Cómo? ¿Que le gustó las dos últimas palabras? ¿Pero, en serio, se acuerda de la tercera ley de Newton? Toda acción produce una reacción. Usted no puede jugar al ta-te-ti sin siquiera considerar que el otro también juega. Usted no puede orinar sobre México y pensar que los mexicanos van a festejar. Lo mismo cuando cree que ganar significa aplastar o marginar a otros seres humanos. Eso que usted confunde con la competencia, como buen zar de los negocios.
¿Cuál es la próxima aventura, Sr. Presidente? ¿Asia? ¿África? ¿América Latina? ¿Los hielos antes eternos del Ártico y del Antártico? Porque de eso estamos seguros, Sr. Presidente. Habrá muchas otras nuevas aventuras y muchos más muertos. No, no, sus hijos no. Bueno, no creo. Los hijos de los otros, de esa gente que ni siquiera parece gente. Porque no se vaya a creer, como todos los políticos se creen, que usted va a hacer algo diferente. La sangre no lo va a sacar de su puesto sino todo lo contrario. Sólo la próxima crisis económica pondrá en duda sus capacidades éticas y morales.
Mientras tanto, diviértase, porque, salve, Cesar, los que van a morir te saludan.
Michael Flynn no ve la suya. A mediados de febrero tuvo que renunciar a su cargo como asesor en seguridad nacional por haber omitido que se reunió con diplomáticos rusos durante la campaña de Donald Trump. Acosado por las investigaciones del comité de inteligencia del Senado y el FBI, esta semana pidió inmunidad a cambio de revelar información sobre los contactos que mantuvo con el Kremlin, los cuales podrían haber llevado a la victoria del magnate inmobiliario.Ambas instituciones le negaron su petición, principalmente porque resulta difícil que alguien que está siendo investigado pueda solicitar ese tratamiento especial. Poco después, las cosas empeoraron para él cuando se reveló que en su declaración de bienes ocultó los pagos que había recibido por parte de empresas rusas. En un intento por corregir esta situación, Flynn presentó una lista complementaria pero no pudo salvarse del escándalo y ahora se encuentra al borde de sufrir consecuencias legales.Según algunos analistas internacionales, Flynn está tratando de salvarse a cómo dé lugar y de sortear esta situación que pondría en serios predicamentos al gobierno de Trump. Para otros, les trae el recuerdo de la situación enfrentada durante la administración republicana de Ronald Reagan, cuando el coronel Oliver North intentó capotear las investigaciones sobre la venta ilegal de armas a Irán, así como el desvío de fondos a la guerrilla anticomunista en Nicaragua. Ni siquiera habían pasado 24 horas luego de la negativa de inmunidad a Flynn cuando la administración Trump recibió otro golpe: Steve Bannon, considerado la columna vertebral de la política dura del magnate, fue despedido del Consejo de Seguridad Nacional. ¿La razón? Su abierta tendencia a rechazar todo lo que brille como islámico, así como su apego a una cercanía con Rusia.Esta fue la culminación de una jugada iniciada por el teniente general Herbert Raymond McMaster quien, desde que asumió el cargo de consejero de Seguridad Nacional hace un mes, se opuso a las técnicas radicales de Bannon por considerarlas poco realistas y efectivas, además de ser alguien que carecía de experiencia militar.Reconocimiento de culpaEn entrevista con Siempre!, el analista y catedrático en la Universidad de Georgia, Estados Unidos, Jorge Majfud señaló que el caso de Flynn ya contiene un reconocimiento tácito de culpabilidad que puede afectar al gobierno de Trump.Asimismo, indicó que el magnate neoyorquino se encuentra nervioso ante la posibilidad de que su exasesor pueda revelar información comprometedora. Hasta el momento, Trump solo ha señalado que Flynn es víctima de una “caza de brujas”, pero no ha intentado defenderlo abiertamente. Por el contrario, ha buscado desmarcarse del asunto lo más lejos posible y de rectificar un gobierno que se está convirtiendo en una pesadilla por todos los desaciertos que ha registrado en tan poco tiempo. Aquí les presentamos las respuestas que este experto uruguayo proporcionó a nuestro medio vía correo electrónico.
¿Qué implicaciones tiene la solicitud de inmunidad que pide Michael Flynn a cambio de revelar la información sobre sus contactos con Rusia?
En primer lugar, yo diría que cuando alguien solicita inmunidad a cambio de una declaración es porque se tiene la conciencia sucia. ¿Qué puede tener de malo que alguien tenga amigos rusos? Bueno, en este caso los indicios y las sospechas de relaciones ilícitas se vienen acumulando desde hace bastante tiempo.Según el director del FBI (paradójicamente uno de los responsables directos del triunfo de Trump) no hay lugar a dudas de que existieron contactos y acciones concretas por parte del gobierno ruso para favorecer al viejo amigo americano. El único consuelo que nos queda a escépticos como yo es que Hillary Clinton no hubiese significado un mar de diferencias con el lunático que tenemos hoy en la Casa Blanca.
¿Cómo queda Trump y su administración ante esta situación? Es decir, en caso de que Flynn revele algo grande, se habla de interferir un proceso democrático y hasta de posible traición a la patria. ¿Qué opina?
Según Trump, Flynn hizo lo correcto solicitando inmunidad debido a la existencia de una “caza de brujas”. No creo que al presidente le importe la suerte de su amigo más que la suya propia. Está preparando un discurso y una argumentación que podrá usar en su defensa en el futuro, que a todas luces es bastante oscuro.Más le conviene que Flynn no declare. Cuanto menos se sepa mejor. Para empezar, es muy difícil que un hombre de negocios, no cualquier honesto hombre de negocios sino un pez gordo que siempre ha jugado en la primera división del mundo, esté limpio. Tal vez pueda estarlo alguien como Bill Gates, alguien que hizo su fortuna de otra forma y sin proponérselo, pero no un especulador y mucho menos alguien como Trump, un ego desesperado por triunfos económicos, por golpes de fortuna cuando la realidad parecía decirle otra cosa en los años setenta y ochenta, alguien que en los noventa declaró pérdidas multibillonarias en un solo año (¿cómo un exitoso hombre de negocios pierde un cuarto de su fortuna en un año?) para evadir impuestos por una década, alguien que fue salvado por los millonarios negocios inmobiliarios en Rusia desde los ochenta y noventa.
En espera del momento adecuadoSegún la prensa estadounidense, hay grandes políticos de su propio partido que están dando la espalda a Trump por lo oneroso que está resultando su gobierno y por su falta de práctica política, ¿qué opinión le merece?
El presidente solo representa la extrema derecha en su megalomanía militarista y antiestatal (los ricos están cansados de mantener a los pobres de la clase media), en sus convicciones patriarcales y raciales, pero no en su carencia de ortodoxia religiosa. No es que le estén dando la espalda ahora sino que cuando vieron que no podían ganarle en 2016 se arrodillaron para no perder sus puestos y posiciones en el poder, y no perderán ninguna oportunidad para deshacerse de él y poner en su lugar a un conservador más tradicional, como el vicepresidente Mike Pence. Simplemente, están esperando el momento o están calculando hasta dónde les conviene oponerse al presidente para no abrirles la puerta a los demócratas. Para estos, más vale un lunático propio que alguien más decente del otro partido.Por su lado, los demócratas están dejando jugar, es decir, han virtualmente desaparecido para que en el partido de gobierno se apuñalen unos a otros mientras la población espera con ansias la aparición de algo diferente que encarne las viejas frustraciones de la población, es decir, los demócratas otra vez, que vienen a ser más de lo mismo pero no tan caricaturescos.
En 2012 se disputaron la presidencia de Estados Unidos Barack Obama y Mitt Romney. Por entonces, en varios medios de prensa, enfaticé la simple idea de que ser un exitoso hombre de negocios es un mérito pero no hace a nadie un buen gobernante, ya que un país no es una empresa. Hace un par de años debimos soportar en nuestra universidad un pobrísimo discurso de Mitt Romney sobre el éxito, lleno de lugares comunes e ideas vacías, lo que demuestra cuán mediocre y arrogante puede ser un exitoso hombre de negocios, aunque no tan exitoso ni tan mediocre como el actual presidente Donald Trump.
Más o menos por aquella época, Noam Chomsky me envió varios artículos y comentarios esclarecedores sobre la realidad clave de las externalidades. En pocas palabras: las externalidades son todos aquellos efectos que no entran en la ecuación de un buen negocio. Dos partes pueden hacer un excelente negocio, pero eso no significa que los resultados a largo plazo y en un contexto mayor vayan a beneficiar al resto ni a ellos mismos, como indica la base del liberalismo económico: perseguir el interés individual necesariamente conduce al beneficio del resto de la sociedad.
Por ejemplo (recuerdo brevemente dos ejemplos del mismo Chomsky): un excelente negocio entre dos empresas o dos a pises pueden conducir a una catástrofe internacional o ecológica. Bajar los impuestos tiene un efecto inmediato en los negocios: los individuos pueden ver los efectos en sus ahorros y pueden iniciar negocios en principio más convenientes. Sin embargo, según estudios cuantitativos, cuando el Estado invierte menos en reparar las carreteras, los usuarios terminan llevando sus autos con más frecuencia al mecánico. Todos se quejan de los impuestos que cobra el gobierno y todos quieren pagar menos, pero nadie se queja de lo que debe gastar en reparar sus autos. Generalmente ocurre lo contrario, porque todos agradecemos un buen trabajo de nuestro mecánico. En otras palabras, la destrucción del medio ambiente y la destrucción de los bienes como autos, vidrios, techos, etc., tiene un efecto positivo en la economía pero a largo plazo no genera más riqueza ni es necesariamente responsable con la realidad que nos rodea, como el medio ambiente, el equilibrio social y la economía a largo plazo.
Un exitoso hombre de negocios no debe preocuparse por la educación previa ni por la suerte posterior de sus empleados cuando pierden su trabajo. En gran medida, de eso se encarga el maldito Estado, por no hablar de otros aspectos, como la represión policial de la violencia causada por los obscenos desequilibrios sociales causados por el éxito de unos pocos. Estado al que se acusa de desangrar a los exitosos empresarios con injustos impuestos que impiden que los exitosos sean más exitosos.
Por ponerlo en un par de figuras: que un jugador de fútbol sea un excelente pateador de penales no lo hace un excelente director técnico. Un hombre de negocios es un hábil jugador de ajedrez cuando su mano está dando jaque mate a la reina adversaria (acosando al adversario antes de cerrar un excelente trato), pero eso no lo hace un gran jugador de ajedrez que debe planificar la jugada desde el inicio.
Más gráfico: esa naturaleza del exitoso hombre de negocios ya se está observando en la primera semana del gobierno de Donald Trump. Sus tempestuosas y erráticas medidas y decretos revelan la mano del hombre de negocios: presión, intimidación a corto plazo para cortar el árbol sin considerar el bosque. La idea de castigar a México con un veinte por ciento de aranceles a sus exportaciones a Estados Unidos no considera que todas esas exportaciones, según las reglas del mundo capitalista que el Sr. Trump presume representar, no se producen por una arbitrariedad fantástica sino por las viejas reglas de la oferta y la demanda. Un colapso de las relaciones comerciales entre México y Estados Unidos, dos grandes socios comerciales, significara un castigo a la misma economía estadounidense. Aparte de las consecuencias geopolíticas, como sería un México buscando alianzas con China, por ejemplo.
Si observamos cada decisión tomada por el presidente Trump, cada una está basada en la misma superstición de cómo funciona el mundo, como si las externalidades no existieran, como si todo se redujese a una puja entre dos poderosos hombres de negocios: la aprobación del oleoducto de Dakota sin considerar sus posible efectos ecológicos; el bloqueo de refugiados de países víctimas de la globalización, como si no existiesen los derechos humanos de los niños de la guerra y no existiesen resentimientos de posibles aliados; el inicio del acoso a México, su tercer socio económico más importante, como si la economía estadounidense fuse una isla o respondiese al contexto mercantil del planeta Júpiter; y un largo etcétera.
La sola idea que Trump supo vender muy bien a sus votantes, de devolver los puestos de trabajo de la industria a los estadounidenses presionando e intimidando a las empresas estadunidenses puede ser un gol de penal, pero a largo plazo significa varios goles en contra. Otra vez, según la lógica del capitalismo, no es posible producir los mismos autos y las mismas sillas con obreros que en China ganan unos pocos miles de dólares al año con unos obreros que en Estados Unidos ganan cuarenta o sesenta mil dólares.
La causa y consecuencia la hemos venido repitiendo desde hace años: la solución que encontraran las empresas ante ese desbalance entre costos y precios finales es una aún más rápida automatización: en la industria automovilística es una tendencia que tiene décadas, pero hay otros sectores donde los robots seguirán expandiéndose y las malditas universidades seguirán aportando cada vez más valor agregado en detrimento de los tradicionales puestos de trabajo: en la agricultura, en los servicios e, incluso, en el trasporte. Hoy en día, en muchos de los viejos estados industriales del norte centro de Estados Unidos (inesperados votantes de Trump) la profesión de conductores de camiones es una de la principales debido a la expansión de la economía. Sin embargo, la realidad de los autos, autobuses y camiones que no requerirán conductores irá en aumento.
Es una realidad inevitable, al menos que se invente una guerra civil o internacional y volvamos a etapas anteriores del capitalismo industrial.
Por supuesto que un exitoso hombre de negocios puede ser un gran estadista, como puede serlo un sindicalista, un militar o un profesor. Pero ninguno de ellos sería un buen estadista, ni siquiera un buen presidente, si creyera que aplicando sus exitosos métodos sindicalistas, militares o pedagógicos sería la clave para gobernar un país. Eso es miopía y tarde o temprano la realidad nos pasa por encima cuando la ignoramos a fuerza de narraciones autocomplacientes.
Mucho más si estamos hablando de un ego enceguecido por su propia luz. Entonces lo único que podemos esperar son crisis de todo tipo: económicas en el mejor caso; sociales y hasta bélicas en el peor.
El FMI y Wall Street Journal auguran un florecimiento de la economía estadounidense como efecto de las políticas que el nuevo presidente Donald Trump comenzará a impulsar a partir del próximo 20 de enero. Sólo por estos datos uno podría sospechar que las cosas se van a poner realmente mal. Como en la próspera y ejemplar Argentina de Carlos Saúl Menem o como en la “sólida economía” de los Estados Unidos de George W. Bush.
Más allá del típico efecto a corto plazo que significarán los recortes de impuestos, las desregulaciones laborales y elbullyng empresarial, no es muy difícil prever los efectos negativos de esos mismos beneficios. Incluso desde un punto de vista puramente capitalista, la imprevisibilidad de un ego como el del nuevo presidente hará que todo el sistema tiemble. Si algo no les gusta a los poderosos inversores, aquellos que se divierten jugando a la ruleta en Las Vegas e invirtiendo aquí y allá con su famoso “espíritu de riesgo” son, paradójicamente, las incertidumbres. Bastante tienen con sus propias borracheras.
Por no entrar a hablar de temas más importantes como la obscena desigualdad que asola el mundo (ahora ocho hombres poseen lo mismo que la mitad más pobre del mundo y el uno por ciento lo mismo que todo el resto), realidad que en cualquier momento revienta en una megacrisis, para joda de los más jodidos, como siempre. Por no hablar del empeoramiento de los conflictos sociales que pueden tener un efecto dominó. Por no hablar del antiguo recurso del odio racial y xenófobo de los mismos neonazis travestidos de siempre que no encontrarán satisfacción ni completa redención en el único recurso del ego de un presidente sin más ideología y pensamiento que su amor propio.
En la Era Trump, Estados Unidos promete volverse más proteccionista mientras China, el gigante comunista, se vuelve el campeón del libre mercado, como Inglaterra en el siglo XIX, como Estados Unidos en el siglo XX.
Como decía mi querido amigo Eduardo Galeano, es el mundo patas arriba. Pero eso es parte de su naturaleza: girar y ponerse patas arriba cada veinticinco años.
La idea de que el futuro está hacia adelante es una construcción imaginaria, como casi todo, y procede de la acción de caminar. Pueblos más contemplativos consideraban que el tiempo fluía desde nuestras espaldas, razón por la cual sólo el pasado se puede ver, no el futuro. Por el pasado juzgamos lo que puede estar por pasar, pero con frecuencia vemos aparecer dragones, unicornios y todo tipo de seres y hechos inesperados.
Nadie puede ver el futuro como vemos el pasado, y quizás por esta razón se deba que el solo intento de predecirlo resulta antipático, sino arrogante. Pero no deja de ser un ejercicio necesario. Empecemos echando una mirada al pasado, que no siempre es del todo nítida.
El llamado nacionalismo islámico que vemos hoy no era tal a mediados del siglo pasado cuando muchos gobiernos de grandes países de África del Norte y Medio Oriente eran seculares y en algunos casos también eran democráticos. Sólo que tuvieron la suertedesgracia de estar sobre grandes reservas de petróleo. Fueron las potencias occidentales las que jugaron un rol decisivo interviniendo, destruyendo sus precarias democracias y estimulando el nacionalismo étnico y religioso a fuerza de humillaciones. La inestabilidad y las guerras civiles y militares terminaron desplazando a millones de personas, una parte menor de ellos hacia Europa.
Paradójicamente, este proceso fue, a su vez, la principal causa de la actual ola de nacionalismos de esas mismas potencias occidentales que, obviamente, toman su inspiración de sus propios pasados, desde las Cruzadas y la Inquisición hasta los fascismos de la convulsionada Europa de los años treinta y cuarenta. Para bien y para mal, Europa y Estados Unidos crearon esa globalización que ahora rechazan por catastrófica para la existencia de sus “esencias nacionales”; se sienten invadidos por los inmigrantes de piel oscura y religiones falsas, robados por el libre mercado que ellos mismos impusieron por generaciones a fuerza de cañón y conspiraciones.
Esta ola de nacionalismos en las potencias militares del mundo (Rusia, Europa, Estados Unidos) se extenderá a otras regiones del mundo como India, China, Japón y, probablemente con menos fuerza, a la región menos nacionalista del mundo: América Latina. Así se comenzará a construir un orden altamente inestable, proclive a nuevas guerras al estilo del siglo XX.
En Estados Unidos, el presidente electo Donald Trump no cumplirá completamente ninguna de sus promesas electorales pero en su intento por hacerlo se encontrará con resultados contradictorios.
Al principio de su mandato, la economía mostrará signos de fortaleza. El parámetro más tradicional y engañoso, el PIB, recibirá un estímulo de no menos tradicionales medidas de la escuela Reagan-Bush (ej. recortes de impuestos), las que en su tiempo mejoraron la economía y aumentaron la pobreza (1981-1993). Por no hablar de los logros del segundo Bush (2001-2009). Pero también aumentarán la inflación y, en consecuencia, la tasa de intereses de la FED, lo cual fortalecerá el dólar haciendo las exportaciones estadounidenses más caras para el resto del mundo y aliviando las industrias del llamado Tercer mundo.
Los intentos de aislacionismo nacionalistas, paradójicamente, aumentarán la agresión internacional de las viejas potencias, ya que dejarán espacios libres a otros protagonistas, como China, para ocupar los mercados vacantes. China necesitará hacerlo desesperadamente, ya que la estabilidad social de su sistema depende de su economía y ésta será seriamente amenazada por una población envejecida. Los inmigrantes serán la peor solución para un sistema comunista autoritario, cerrado a su propia sociedad y abierto al capitalismo que no lo amenaza sino que lo sostiene, como lo ha hecho antes con muchas otras dictaduras de derecha en América latina.
Habrá una recesión económica en el primer periodo de Trump, lo cual creará tensión ideológica y étnica: por un lado los demócratas se beneficiarán en la disputa dialéctica y por el otro Trump responderá con la creación de dicotomías y conflictos internos y externos, al mejor estilo Vladimir Putin.
Dentro de Estados Unidos la antigua herida producida por la guerra civil del siglo XIX se abrirá y sangrará como nunca antes. El sistema electoral que llevó a Trump a la presidencia habiendo perdido la elección general por dos millones de votos, fue creado para preservar los intereses del sistema esclavista del siglo XVIII; ese mismo pasado sobrevive de muchas otras formas.
En el exterior, los conflictos en Medio y extremo Oriente servirán para disimular los problemas económicos y sociales internos.
Como consecuencia, nuevos movimientos al estilo de los años sesenta contra la guerra de Vietnam surgirán de forma más organizada y, en casos, violenta.
A largo plazo, el futuro de Donald Trump es oscuro. Su presidencia estará marcada por los escándalos, esta vez sin el apoyo y la impunidad de una población que quiso castigar a los políticos con alguien peor, con un falso profeta. Grupos cada vez más radicales de corte neonazi y confederados, legitimados y luego marginados por un líder que prometió e incumplirá tanto como presidente improvisado como lo hizo como empresario con un lago historial de bancarrotas y manipulaciones legales.
Trump ha navegado toda su vida entre la ilegitimidad y la discutible legalidad de sus negocios; como presidente se sentirá más protegido, pero estará más expuesto también. Es probable que se haya metido él solo en una trampa y que lo sepa.
Su partido perderá la mayoría en al menos una de las cámaras del congreso y él mismo se enfrentará a intentos de impeachment, no solo por sus propios méritos sino por el deseo de los conservadores de dejar a Mike Pence en el poder, un personaje menos payasezco y un conservador mucho más radical, al mejor estilo Savonarola.
México sentirá la incertidumbre de un Gran Hermano más inestable y más hostil. Su comercio sufrirá al comienzo y más tarde sus industrias se verán beneficiadas por el peso barato. Los mexicanos pobres se repartirán entre nuevos puestos de trabajo en su país y el estímulo de un dólar fuerte del otro lado. En cualquier caso, la reducción de la inmigración ilegal presionará aún más la inflación en Estados Unidos y la caída de competitividad de sus manufactureras que deberán radicalizar el proceso de automatización y despidos de trabajadores –votantes de Trump.
Si no se produce un conflicto sangriento, dentro o fuera de fronteras, Trump no será reelecto en 2020. Un candidato joven de la izquierda sucederá al senador Bernie Sanders y explotará cierto grado de nostalgia por los años de Obama que, luego del descrédito inicial en la Era Trump, comenzará a crecer en las décadas por venir.
Nuevas formas de organización sociales alejadas de las redes sociales buscarán convertir al espectador (apasionado, pasivo y acrítico) de las redes en protagonistas circunstanciales de la historia.
A más largo plazo, este orden basado en nacionalismos étnicos en un mundo globalizado, es suicida. Si sobrevivimos como especie a la catástrofe ambiental, acelerada por los negacionistas, y a las nuevas guerras tribales, la humanidad volverá al camino de la consolidación de una conciencia más global, de una justicia internacional y de democracias más directas y más responsables.
Aunque, claro, con demasiada frecuencia, hasta el más humilde optimismo sobre la especie humana suele probarse exagerado.
‘If somebody comes along who is charismatic and honest this country is in real trouble’
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Back in April 2010, Noam Chomsky offered a dark vision of America’s future that was easily dismissed. Today, as America votes Donald Trump President-elect, it has turned out to be painfully accurate.
The philosopher, historian and activist warned of the success a «charismatic figure» would have if one ran for office promising to cure society’s ills, and listed elements of their campaign that would take them to power. The similarities to Trump are manifold and clear, from military force being exalted (Trump consistently heaps praise on the army and secret service) to the scapegoating of illegal immigrants (Trump has vowed to eject them from the country and build a wall between the US and Mexico).
Here’s what he told :
“The United States is extremely lucky that no honest, charismatic figure has arisen. Every charismatic figure is such an obvious crook that he destroys himself, like McCarthy or Nixon or the evangelist preachers. If somebody comes along who is charismatic and honest this country is in real trouble because of the frustration, disillusionment, the justified anger and the absence of any coherent response. What are people supposed to think if someone says ‘I have got an answer, we have an enemy’? There it was the Jews. Here it will be the illegal immigrants and the blacks. We will be told that white males are a persecuted minority. We will be told we have to defend ourselves and the honor of the nation. Military force will be exalted. People will be beaten up. This could become an overwhelming force. And if it happens it will be more dangerous than Germany. The United States is the world power. Germany was powerful but had more powerful antagonists. I don’t think all this is very far away. If the polls are accurate it is not the Republicans but the right-wing Republicans, the crazed Republicans, who will sweep the next election.”
Inside President-elect Trump’s shock victory party
Chomsky added that he had «never seen anything like this in my lifetime [and] I am old enough to remember the 1930s.
«The mood of the country is frightening. The level of anger, frustration and hatred of institutions is not organized in a constructive way. It is going off into self-destructive fantasies.”
Trump defied the polls to win the election after sweeping a number of swing states. At the time of writing, Democratic candidate Hillary Clinton has acknowledged her defeat but has yet to give a concession speech.
Donald Trump’s victory speech after winning US election
Reality TV star Trump appeared before supporters in the early hours of Wednesday morning, vowing to “bind the wounds” after a toxic campaign.
“Thank you everybody. Sorry to have kept you waiting, it’s a complicated business,” Trump said, who looked as surprised as anyone.
At around 3am in New York, Trump’s tally of electoral votes stood at 279, compared to 218 for Clinton. He had secured more than 57m votes, beating his rival by a little under a million in the popular vote
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