La creación del personaje MCM (María Corina Machado) no es muy diferente al resto de los líderes promovidos por Washington y la CIA por generaciones. No es muy diferente a los personajes creados con el mismo propósito solo en Venezuela, desde Pérez Jiménez hasta Juan Guaidó, por años referido por los países imperiales como “el presidente de Venezuela”, exactamente como es anunciada Machado ahora. El perfil clásico es: un mártir de la libertad siendo perseguido por un dictador desobediente en un país con importantes recursos naturales.
Luego de apoyar el golpe de Estado de 2002 contra un presidente democráticamente electo, luego de promover y solicitar por décadas intervenciones extranjeras de todo tipo en su país… ¿cuántos días estuvo presa la pobre Corina Machado? Menos que el mismo presidente Chávez en 2002. Ni un día, de hecho. Por menos de eso, en Estados Unidos habría sido detenida por los enmascarados o por algún agente federal y le habrían puesto una rodilla en la cabeza contra el suelo. Todo en nombre de la libertad y de la seguridad nacional.
Pero Corina Machado ha estado tan vigilada por el régimen, que pudo dar entrevistas y participar de conferencias internacionales en Miami llamando a una invasión a su país. ¿El régimen no interceptaba sus comunicaciones? En las dictaduras fascistas, planeadas por la CIA y sostenidas por los miles de millones de Washington hasta no hace mucho, por el solo hecho de tener un libro prohibido en su cocina, a Machado la hubiesen secuestrado, violado y torturado según las técnicas de la School of the Americas. Luego hubiese terminado en el fondo del mar o diluida en cal viva. Esas mismas dictaduras fascistas que ahora despiertan la nostalgia de los seguidores latinoamericanos de su klan, el Conservative Political Action Conference, CPAC. Por no recordar el centro de tortura en Guantánamo, las decenas de cárceles secretas de la CIA alrededor del mundo o las violaciones en las cárceles israelíes de miles de palestinos, muchos de ellos menores, que la Nobel de la Paz venera.
Como buena empresaria de elite, sus amigos van desde billonarios hasta los políticos más poderosos. El 17 de octubre de 2025, Reuters tituló: “Israel afirma que la presidenta venezolana, Machado, expresó su apoyo a Netanyahu”. El mismo día, desde Twitter, Machado le agradeció a Netanyahu por su “lucha por la libertad” en medio del peor genocidio en lo que va del siglo. La Oficina del primer ministro precisó: “María Corina Machado llamó al primer ministro Benjamín Netanyahu” con motivo de la obtención del Premio Nobel de la Paz. No la llamó él para felicitarla. Lo llamó ella para agradecerle.
Para la ceremonia de entrega del premio en Oslo, tenía que llegar un día tarde y saltar una barrera metálica para las fotos. El New York Times (el mismo que apoyó la invasión a Irak y luego el golpe de Estado contra Chávez, 21 días después), anunciaron la espectacular huida de la galardonada, quien “lucha contra la dictadura de su país desde hace 25 años”.
El récord de injerencias es prolífico. En 2024, la Associated Press reportó sobre un memorando interno de la DEA, filtrado accidentalmente por fiscales federales. El documento, de 2018, estuvo unas horas accesible en internet y detallaba una operación encubierta de la DEA en Venezuela iniciada en 2013, con agentes secretos que espiaban a altos funcionarios venezolanos con el propósito de reunir cualquier hecho que los vinculase con el narcotráfico. El grupo cibernético israelí Team Jorge, que se jactó de haber manipulado 33 elecciones alrededor del mundo, también intervino en las elecciones de Venezuela en 2012. Por entonces, se acusó al gobierno de “elecciones oscuras”, pese a la opinión del expresidente estadounidense Jimmy Carter de que “Venezuela cuenta con el mejor sistema electoral en el mundo” y pese a que Team Jorge intervino de forma más que oscura para favorecer a la oposición.
Todos saben que Venezuela posee la mayor reserva mundial de petróleo del mundo. Es menos conocido que Estados Unidos (el mayor consumidor y productor del mundo debido al fracking) ha llegado a su techo de producción y se prevé un inevitable declive a partir de 2027.
Desde hace más de una década, el bloqueo económico y financiero a Venezuela ha sido criminal (sobre todo en pandemia), pero no ha tenido el efecto deseado de remover al chavismo del gobierno. Como la excusa de la democracia (eso que brilla por su ausencia en Estados Unidos) no fue suficiente, se pasó a la lucha contra el narcotráfico y a las ejecuciones sumarias de un centenar de personas en el Caribe, cerca de las costas de Venezuela, con el propósito de provocar una reacción militar (el clásico “fuimos atacados primero”, “nunca lo olvidaremos” que se remonta a la época del despojo de los nativos), tampoco funcionó. Así que se pasó al secuestro de un petrolero con un millón de barriles de petróleo que serán decomisados por violar el bloqueo impuesto por Estados Unidos.
Algunos senadores, como Chris Van Hollen, han acusado a Trump de fabricar excusas para una guerra, lo que recuerda al congresista Abraham Lincoln contra la guerra en México. Trump, como su odiado George Bush, intenta saltearse cualquier voto en el congreso para lanzar un operativo militar más directo sobre Venezuela, lo que provocaría una guerra civil. El discurso del gobierno de Bush para invadir Irak y el de Trump para invadir Venezuela (con el mismo objetivo, el petróleo) resultan burdas copias. Siempre confían en la desmemoria popular―y en el entreguismo.
Según la encuesta de CBS y YouGov, el 70 por ciento de la población de Estados Unidos está en contra de cualquier intervención en Venezuela, pero la opinión en América Latina está dividida… O peor. Según el medio financiado por el Gobierno de Estados Unidos, Voz de América, solo el 34 por ciento de los latinoamericanos se opone a una invasión. Aunque parece el mundo del revés, la historia del cipayismo y la manipulación de la propaganda colonial siempre fue más efectiva en las repúblicas bananeras que en los mismos centros imperiales. Desde Madrid, el opositor venezolano Leopoldo López reconoció que presionaron y negociaron con Estados Unidos un despliegue militar en Venezuela.
¿Qué gobierno podría legitimarse, con o sin elecciones, de esta forma? Yo sugiero una solución más heroica: que López, Guaidó y Machado se alquilen un Granma y desembarquen en secreto en el Orinoco. Desde ahí pueden convencer al pueblo para derrocar a la dictadura.
Fue lo que hicieron Fidel Castro, el Che Guevara y diez más que sobrevivieron al llegar a la costa. Los doce enfrentaron, sin ayuda de ningún imperio, a un poderoso ejército armado y apoyado por Estados Unidos y responsable de la matanza de decenas de miles de cubanos, según la misma CIA, y aun así lo derrotaron.
No estoy a favor de la violencia, pero ya que promueven el bombardeo de su propio país por parte de una superpotencia extranjera, al menos pónganles el pecho a las balas. ¿O no les importa que corra sangre por las calles de Caracas? No se escondan detrás de las superpotencias imperiales.
En Miami, la iglesia católica organizó vigilias y oraciones por la liberación del cubano Orlando Bosch. El gobierno venezolano le ofreció dos veces a la embajada de Estados Unidos su extradición, pero Washington rechazó la oferta. Bosch admitió ante los investigadores venezolanos que él había participado en el atentado contra el avión de Cubana 455, pero el gobierno trasladó su juicio a un tribunal militar y Bosch fue declarado inocente, excepto de falsificar documentos de identidad.
Bosch estuvo recluido en una celda sin ventanas en el antiguo edificio del cuartel de San Carlos. El monstruo, como era conocido por los otros reclusos, presumía de ocupar la misma celda que alguna vez ocupó el dictador Marcos Pérez Jiménez.[i] Allí se dedicó a pintar paisajes de Cuba, una afición artística que compartía con Posada Carriles. Las pinturas eran vendidas en Miami con cierto éxito, convirtiéndose en una fuente extra de ingresos.
El 30 de octubre, un miembro del Coru viajó a Madrid, donde detonó dos bombas para enviar un mensaje claro: el encarcelamiento de Orlando Bosch no significaba que el Coru se iba a quedar con los brazos cruzados. No, señor. El 6 de noviembre de 1976 explotó una bomba en las oficinas de Cubana de aviación y al día siguiente explotó otra en una librería con literatura de izquierda.
El tribunal militar absolvió a Posada Carriles, dictaminando que la mayoría de las pruebas en su contra estaban viciadas de nulidad porque habían sido reunidas fuera de Venezuela. Un año después del atentado contra Cubana, una corte civil de Venezuela dictaminó que la corte militar no tenía jurisdicción en el asunto.
Durante el proceso, en 1977, con la ayuda de la Disip, Posada Carriles sobornó a los guardias de la prisión de San Carlos y escapó junto con Freddie Lugo. Luego atravesaron media Caracas hasta la embajada de Chile.
Unos años después, Posada Carriles se fugó de la cárcel de San Juan de los Morros de Caracas, gracias a múltiples ayudas desde Miami. Alcanzó a aterrizar en Santiago de Chile, buscando la protección por su aporte en el asesinato de Letelier (participación que se acreditó tantas veces como las negó), pero el régimen de Pinochet estaba demasiado complicado con el FBI, por lo que decidió devolverlo a Venezuela. En Santiago, el dictador y el nuevo gobierno de Jimmy Carter mantenían una guerra fría de signo inverso que terminaría con la derrota del presidente estadounidense. El congreso más progresista de la historia de Estados Unidos y un presidente con ciertos atisbos de idealismo moral, habían puesto contra las cuerdas al gobierno chileno, acusado de participar en el atentado terrorista contra Letelier y a su asistente Ronni Moffitt.
Lugo y Posada Carriles fueron devueltos a las autoridades venezolanas, para sorpresa e indignación de los exiliados de Miami. Se trataba de un acto de traición imperdonable, sobre todo porque no había sido cometido por ellos mismos. Posada Carriles no le guardó rencor al dictador chileno.
―Pinochet fue el mejor, el más grande dictador que tuvo América latina ―le confesó Posada Carriles a la periodista cubana Ann Louise Bardach.[ii]
Debió esperar unos años más en prisión hasta que, finalmente pudo escapar de la cárcel vestido de sacerdote y con la ayuda de Jorge Mas Canosa, millonario empresario cubano y agente de la CIA, participante de la invasión fallida de Playa Girón, presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana de Miami y fundador de TV Martí, ambas financiadas en parte por la NED y el gobierno de Estados Unidos. Posada Carriles era un viejo conocido de Mas Canosa. Los archivos de la CIA registran que en julio de 1965 Mas Canosa le había pagado 5.000 dólares para hacer explotar un barco en Veracruz, México, y cualquier otro país latinoamericano. Aunque un cubano de apellido Carballo se ofreció para hacer el trabajo por solo 3.000 dólares, no era el dinero lo que importaba sino el éxito de la operación, y Mas Canosa confió el atentado a otro camarada de la CIA, Luis Posada Carriles. El 28 de julio de 1965, compró 125 libras de Pentolite por solo 375 dólares. El 25 de junio, mientras tramitaba una visa para México con papeles falsos de Puerto Rico, Posada Carriles le había informado a Mas Canosa en Texas que ya tenía 100 libras de C4. Como era costumbre, la mayoría de estos planes de voladura de barcos, aviones, embajadas, hoteles y asesinato de presidentes, fracasó. Pero la notable ineficiencia de los freedom fighters, a pesar de los ilimitados recursos, no desalentó a los combatientes.
Una vez más, Jorge Mas Canosa lo rescató, facilitándole un avión privado para viajar a Costa Rica. El periplo se extendió a las dictaduras amigas de El Salvador y Honduras. Canosa y la CIA corrieron a cargo de los gastos, que más bien eran inversiones. En El Salvador, el ministerio del interior le otorgó documentación falsa a nombre de Franco Rodríguez Mena. Otro activo de la CIA que lo ayudó fue el cubano Otto Reich, encargado de supervisar a los empleados de la CIA y del Pentágono y de la propaganda contra el gobierno de Nicaragua, la que era plantada en los medios de prensa como si fuesen información objetiva, testimonios de las víctimas de aquel gobierno o escritos de los mismos combatientes de los Contras. Disponiendo de decenas de millones de dólares canalizados por la Agencia, el objetivo era, sobre todo, convencer a la población estadounidense del peligro del gobierno sandinista, ya que las encuestas indicaban que la gran mayoría de los estadounidenses se oponía a intervenir una vez más en Nicaragua.
―El Salvador está más cerca de Texas que Texas de Massachusetts ―dijo Ronald Reagan en una cadena de televisión, buscando la aprobación de los ciudadanos a las dictaduras amigas y el dinero del Congreso para los Contras, poco antes de que se destapase el escándalo de la venta ilegal de armas a Irán para complementar el dinero del narcotráfico en la lucha contra el socialismo en América Latina.
Gran parte de esta propaganda vendida como periodismo estaba a cargo de la Office of Public Diplomacy for Latin America and the Caribbean, fundada por el cubano Otto Reich, hasta que debió cerrarla en 1989 por malversación de fondos del Pentágono y por denuncias de noticias falsas. Reich, luego de ser embajador en Venezuela y lobista profesional, reaparecerá en la campaña de desestabilización en Venezuela y en el consiguiente golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002.
―Si no fuera por mis amigos, como Jorge Mas Canossa, yo todavía estaría preso ―le confesó Luis Posada Carriles a la periodista Ann Louis Bardach.[iii]
Según el marine estadounidense Eugene Hasenfus, en América Central, Posada Carriles se dedicó a planear otras formas de terror, desde explosiones de aviones comerciales hasta bombas en hoteles y lugares turísticos del Caribe o de cualquier país que pudiese tener alguna relación con Cuba o con Nicaragua. Sólo del empresario Mas Canosa recibió 200.000 dólares como adelanto de sus sabotajes.
―Los cubanos fuimos traicionados por los venezolanos también ―dijo Bosch en una entrevista, un año después―. Cuando los periodistas me preguntaron si yo tenía una identificación de la Disip, contundentemente dije que no… Pero un día voy a empezar a hablar.
Bosch hablará en muchas oportunidades. Él se movía libremente por Venezuela con una identificación de la Disip. El último atentado contra el vuelo de Cubana 455 sorprendió a muchos colaboradores del gobierno de Andrés Pérez, pero Bosch afirmó que tenía una reunión pendiente con él, agendada para el 10 de octubre. El incidente del avión cubano trastocó todo y la reunión se canceló.
―El presidente Andrés Pérez es un traidor a la democracia ―le dijo Bosch a Fleetwood, desde la cárcel de Carcas―, un traidor a los cubanos y también un traidor a la causa estadounidense. Algunos amigos me han dicho que los venezolanos me trajeron sólo para traicionarme. No lo sé. Puede ser… Voy a declararle la guerra al gobierno venezolano en nombre de la causa cubana. Y si quieren enviarme a juicio, tendrán que llamar a los jefes de la Disip, porque voy a hablar… ¿Has visto cómo las oficinas de la aerolínea venezolana ayer volaron por el aire en Puerto Rico? Mis cubanitos lo hicieron, aunque ninguno se va a atribuir el atentado.
Bosch tampoco lo hizo.
En 1982, en la inmunidad de Miami, poco antes de ser ajusticiado en un lujoso bar, El Mono Morales Navarrete confesará frente a las cámaras de televisión:
―Yo lo hice ―dijo, acomodándose en su asiento como forma de acentuar sus palabras. Yo junto con otros. Bosch no.[iv]
Bosch, decía Posada Carriles y todos quienes lo conocían, tenía una fijación con atribuirse todos los grandes atentados. Cuando negaba algo era porque la ley estaba detrás de él, pero, como Posada Carriles, lo hacía con la suficiente ambigüedad como para no matar el mito, como un guiño de guerra a sus camaradas y, sobre todo, a sus donantes, que él llamaba “los amigos de la causa cubana”.
El pasado 26 de noviembre de 2025, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, se expuso nuevamente a responder preguntas. Esta vez en un formato dialogado, relajado y con tiempo para la reflexión. El programa, “Desayunos Búsqueda” comenzó a las 9:30 de la mañana, por lo que no se puede alegar cansancio. Casi al final, se produjo el siguiente diálogo:
Presidente: “La seguridad es un tema del que hay que hablar… Y yo creo que el ejemplo es Bukele. Es El Salvador… El ejemplo de un proceso”.
Periodista: “¿Lo estás poniendo como ejemplo positivo o negativo…?
Presidente: “Ejemplo para analizar. Estuve con alguien, mano derecha de Bukele, el otro día en La Paz, Bolivia… Son procesos raros ¿no? que tienen esos países… Países que han sufrido guerras… Les pregunté cuántos muertos en la guerra… 80 mil muertos, y no me acuerdo cuantos tantos desaparecidos… Otro tanto en Guatemala. Procesos terribles…”
¿Guerras? Bueno, dejemos ese capítulo de lado. Quienes lo criticamos fuimos acusados de tergiversar sus palabras. “El presidente sólo habló de un ejemplo para el análisis”…
La primera expresión no tiene nada de ambigua. Bukele y El Salvador son “el ejemplo” para discutir la seguridad. ¿Necesitamos un teólogo para interpretar esto? Si hubiese dicho “en materia de seguridad, Cuba es el ejemplo” no habría quedado duda. ¿Por qué no decirlo? Cuba ha tenido una tasa de criminalidad históricamente muy baja. O Chile, cuya tasa de homicidios es la mitad de la de Uruguay. ¿Por qué El Salvador? Más que El Salvador, ¿por qué “el ejemplo es Bukele”, a pesar de que la dramática reducción de los homicidios se produjo en el gobierno de Sánchez Cerén y sin recurrir a los campos de concentración ―su pecado fue desafiar a las corporaciones. Pero, no sin ironía, Bukele ofrece otro ejemplo de la palestinización del mundo que estamos viendo, incluso en Estados Unidos: brutalidad sin ley, cárceles coloniales y datos a la medida del consumidor, como reportar asesinatos como suicidios o accidentes.
Cuando el periodista intenta confirmar, Orsi se sale de la rotonda, una vez más, con una anécdota banal. Como decían los GPS veinte años atrás, cuando uno erraba una salida: recalculating… Al día siguiente, el presidente debió llamar a una radio para aclarar sus oscuridades habituales. La misma ambigüedad gesticular aplicada a “lo tremendo” de la “guerra en Gaza”.
Peor fueron las justificaciones de muchos de sus votantes, las que expresan una desesperada necesidad de confundir deseo con realidad. Algunos de ellos se enojaron con nuestra crítica, diciendo de que hay una “izquierda insaciable” y que “todo debe ser hecho como ellos quien”. No han entendido nada.
Primero: está claro que no hay humanos perfectos y, mucho menos, un político, alguien que cada día debe embarrarse con las contradicciones de la realidad.
Segundo: no por esto, aquellos que no tienen poder político o económico, deben ser condescendientes con quienes fueron elegidos para cargos públicos. Si no resisten las críticas sin azúcar, que renuncien. El resto no les debemos nada. Son ellos quienes se deben a sus votantes y demás ciudadanos. Es algo que ya lo dejó claro el gran José Artigas, hace dos siglos y que, aparte de la adulación vana, pocas veces se lo practicó.
Tercero: lo de Orsi ya no son fallas circunstanciales de cualquier administrador, de cualquier líder que debe negociar ante una pluralidad de intereses. Es (1) una consistencia en su debilidad de análisis y, peor que eso, (2) una consistencia en su alineamiento con los intereses económicos e ideológicos de la misma minoría dominante, no solo a nivel nacional sino imperial, que es la que dicta el bien y el mal en las colonias, inoculando la moral del cipayo, de lo que Malcolm X llamaba “el negro de la casa”.
Orsi es una versión desmejorada de José Mujica. A pesar de su “como te digo una cosa te digo otra”, Mujica no sólo tenía una cultura y una lucidez que hoy es rara avis, sino que, además, era un viejo zorro de la creación de su propio personaje. Vivía como quería y no tenía ni hijos ni nietos por quienes angustiarse en un despiadado mundo capitalista. Le faltó algo propio de un líder, que es la capacidad de dejar seguidores a su altura.
Lo peor que le puede pasar a una democracia es dejar a la política en manos de los políticos. A los líderes hay que apoyarlos, pero no seguirlos como al flautista de Hamelin. Menos cuando solo se es un presidente, no un líder. Lo primero puede ser un accidente; lo segundo es otra cosa.
Otra contra crítica (válida, como toda crítica) nos acusó: “Sigan criticando, que le están haciendo el juego a la derecha”. Otra: “¿Qué están buscando, que tengamos un Milei en Uruguay?”.
Una de las condenas de nuestras pseudodemocracias (plutocracias neofeudales) es que siempre estamos eligiendo el mal menor. Un ejemplo claro es Estados Unidos. En América latina cada vez se reducen más las opciones reales debido a esta lógica. Así, los ciudadanos pasan de “Detesto a este candidato, pero el otro es mucho peor” a mimetizarse con el personaje y con sus ideas (que son las ideas del “mucho peor” pero azuladas) sin exigirles nada.
El resultado no es que nos estanquemos en un statu quo, sino que la resignación y el apoyo acrítico al “menos malo” poco a poco va entrenando el pensamiento y la sensibilidad de aquellos que entendían que era necesario un posicionamiento por la expansión de los derechos de las mayorías, hacia un apoyo a sus propios verdugos, a la poderosa minoría de los de arriba. Así es como trabajadores precarizados y hambreados terminan apoyando con fanatismo a presidentes como Javier Milei, quienes los han convencido de que hay que huir hacia la extrema derecha y defender a los amos para evitar que los antiesclavistas, condenados por Dios y las buenas costumbres, terminen por destruir la libertad y la “civilización judeocristiana”.
A principios del siglo XX, Uruguay era uno de los ejemplos para muchos países latinoamericanos, desde la salud y la educación universal, la audacia de sus leyes progresistas (voto femenino, divorcio) y la distribución razonable para el brutal estándar de desigualdad en el continente colonizado por las corporaciones imperiales. Su condición de país sin grandes riquezas naturales, apetecidas por los imperios, y su ubicación lejana a estos centros de depredación y depravación, lo mantuvieron con relativa independencia para dedicarse a sus propios problemas. Este proceso fue interrumpido con la Guerra fría en los 50s, la dictadura militar supervisada por la CIA en los 70s y la consecuente imposición del neoliberalismo de la Escuela de Chicago. En las últimas décadas, se recuperó algo de aquella tradición progresista con políticas como la universalización de las laptops para niños, pero luego comenzó un remedo vacío, autocomplaciente, un tic sin épica.
Luego de medio siglo de existencia, el Frente Amplio también se está sumergiendo en una silenciosa crisis. El parteaguas fue Gaza. No comenzó con una razón ideológica, sino moral, pero este terremoto obligó a cientos de millones a estudiar historia, lo que dejó al descubierto otras razones imperiales. Este terremoto tiene un mismo epicentro en los sistemas de poder representados por las ideologías de derecha, desde el sionismo, el fascismo, el evangelismo misionero de corbata y pobres temblando en el piso de los templos, no por misterio divino promovido por la CIA décadas atrás.
Todo de forma simultánea al neoliberalismo que ahora agoniza en un postcapitalismo violento, desesperado y sin ideas.
El 20 de setiembre, el Chevrolet celeste de Letelier no voló por el aire como estaba previsto. Suárez, Novo y Paz no encontraron palabras para insultar al gringo Townley, para entonces en un vuelo de Iberia a España. El experto no había logrado detonar ni el C4 y ni el TNT. ¿Fue un error premeditado?
―Es un comemielda.
Luego de una breve discusión, decidieron terminar el trabajo por su propia cuenta. Era mejor que perder toda la inversión por un detalle estúpido. Sólo debían asegurarse de que el bip médico estuviese funcionando, algo que Townley presumía haberles enseñado. Por la noche, volvieron a la casa de Bethesda.
Ronni y Michael estaban cenando con Orlando e Isabel. El entusiasmo del joven matrimonio los había contagiado. Los sueños de la juventud son los verdaderos sueños. Todo lo demás son aprendizajes, despertares.
Los niños buscaban algo para ver en los muchos canales a color que los tenían atrapados. Una voz anunció el primer capítulo de la nueva temporada de Rich Man, Poor Man. Luego del asesinato del hermano pobre, Tom Jordache, el hermano rico Peter Haskell, dueño de Tricorp, debe enfrentarse al asesino Falconetti, quien ha quedado en libertad. Italiano o hijo de italianos tenía que ser. “Mañana, 21 de setiembre a las 9:00, por ABC”.
Ronni Karpen tenía 25 años y su breve biografía se resumía a sus años en la Universidad de Maryland y a su activismo contra la Guerra de Vietnam, como Mariana Callejas en Miami. Se había graduado en Educación y enseguida se había dedicado a la creación de Centros de Enseñanza para estudiantes necesitados. En el IPS conoció a Michael.
Cuando los muchachos ya se habían ido a dormir, Orlando se quedó hablando con Michael sobre algo que comenzaba a preocuparle. Le recordó el asesinato del general Carlos Prats y su esposa Sofía, en Buenos Aires. En diez días se cumplirían dos años del atentado. Había otros casos, como el de Bernardo Leighton y su esposa en Roma… Todos los atentados se llevaban a las esposas de sus víctimas también, pero esto debía ser sólo una coincidencia de la crueldad indiferente de los freedom fighters.
Aunque la idea de algún tipo de agresión del gobierno de un país latinoamericano en la capital estadounidense parecía improbable, estaba el caso del profesor de Columbia University, Jesús Galíndez, secuestrado por el régimen de Leónidas Trujillo veinte años atrás, luego torturado y asesinado en República Dominicana. Orlando había sido testigo de las ejecuciones en Chile y sabía que el régimen fascista era capaz de cualquier cosa. En los hechos, poco a poco Letelier se había convertido en el líder de la resistencia chilena al régimen de Pinochet. Sólo un tonto no se daría cuenta que él era el número uno en la lista negra de Pinochet.
―La Dina ya mató a otros exiliados ―dijo Orlando―. No sería raro que intentaran hacerlo de nuevo. Es muy probable que estén espiándome todo el tiempo.
Letelier se puso de pie y se acercó a la ventana. Afuera estaba oscuro como la muerte, por lo cual solo pudo ver el reflejo de su rostro y, más allá, sus propios pensamientos. Luego volvió a donde estaba Michael Moffitt.
Dos horas después, en el momento de regresar, Michael y Ronni se encontraron con que su auto estaba descompuesto. No hubo forma de hacerlo arrancar.
―Lévense el mío―dijo Orlando.
―Oh, no…
―Sin problema ―insistió Orlando―. Sólo que mañana temprano deben estar aquí de vuelta para ir a las oficinas.
Sin alternativa, el joven matrimonio regresó a su casa con el TNT y el C4 amarrado al chasis del Chevrolet de Letelier.
―Shit! ―dijo Suárez.
―¡Mierda! ―confirmó Virgilio Paz.
―Tendremos que levantarnos temprano mañana.
―Qué pareja encantadora ―dijo Isabel, llevando dos copas a la cocina.
Unas horas después, Townley volaba a Miami. Quería encontrarse lo más lejos posible en el momento de la explosión. Luego viajó a Madrid.
La cena con sus asistentes y la conversación sobre seguridad personal le habían removido varios recuerdos. La revista Playboy le había hecho una entrevista que aún no había sido publicada sobre aquella mañana del 11 de setiembre, tres años atrás. Nunca sabrá por qué una revista erótica iba a publicar su tortura en la cárcel más fría del fascismo ni por qué podría interesarles a sus lectores, como si hubiese una relación tenebrosa entre miedo y deseo, entre el dolor ajeno y el placer propio.
Los niños ya se habían ido a dormir. La televisión continuaba vendiendo promesas de felicidad, todas a un precio justo y al alcance del verdadero hombre y la verdadera mujer. Siempre más por menos.
Volvió a recordar la mañana del golpe. Recordó que le había dicho al periodista que ese día temprano había corrido al Ministerio de Defensa.
―Enseguida sentí una pistola en mi espalda. Estaba rodeado de una docena de soldados.
De ahí lo llevaron a una habitación desde donde debió presenciar toda la noche la ejecución de decenas de detenidos en el patio central. A las cinco de la mañana, escuchó que afuera los soldados decían:
―Es el turno del ministro.
Mientras lo llevaban al patio para ser ejecutado, hubo una discusión entre los soldados. Alguien había recibido otra orden. Finalmente, quien lo sostenía, le dijo:
―Tienes suerte, conchatumadre.
Lo transfirieron a una celda fría en la isla Dawson, cerca de la Antártida. El nuevo gobierno no sabía qué hacer con él. Ejecutarlo o dejarlo con vida eran dos opciones con múltiples beneficios y efectos colaterales imposible de calcular.
Un año más tarde, como consecuencia de la presión internacional, lo enviaron a Venezuela. Allí, el Institute for Policy Studies le ofreció el trabajo de investigador. Estaba en la ciudad más segura del mundo, por lo menos políticamente hablando, pero el instituto tenía un claro historial de resistencia contra la Guerra de Vietnam y las políticas exteriores de Washington. La prensa y la televisión no descansaban en alertar a la población del peligro del IPS para la democracia y la libertad. Más cuando, desde el cielo de la Casa Blanca, llovían millones de dólares sobre los periodistas para revertir la creciente resistencia del pueblo contra la Guerra de Vietnam.
―El IPS es un nido de radicales ―había dicho un tal Harvey.
―Sí, muy radicales ―había respondido alguien desde otro escritorio―. Están contra la Guerra de Vietnam y contra las dictaduras que plantamos nosotros por todo el mundo.
Orlando apagó el televisor y se fue a dormir. En realidad, desde hacía algún tiempo, sólo simulaba que dormía.
A la mañana siguiente, Michael y Ronni volvieron a la casa de Orlando para ir a las oficinas de IPS. A las ocho, Orlando, tarde y sin haber dormido bien, se vistió de prisa mientras le decía a Isabel que fuera a almorzar con ellos.
―No creo que pueda, tengo demasiado trabajo ―contestó Isabel.
―Te va a gustar la sorpresa―insistió él.
Llamó por teléfono a su asistente Juan Gabriel Valdés para decirle que iba a pasar por él de camino a las oficinas. Juan Gabriel le dijo que no podía a esa hora, que su esposa iba a hacer unas compras y él se iba a quedar cuidando a los niños, que lo veía un poco más tarde.
Salieron los tres de prisa de la casa. Orlando encendió un cigarrillo y se acomodó el cuello de la camisa.
―¿Quiere que maneje? ―dijo Michael.
―No hay problema ―murmuró Orlando, con el cigarro entre los labios.
Michael se adelantó y le abrió la puerta del acompañante a Ronni y se sentó detrás.
En quince minutos, el Chevrolet Chevelle Malibu celeste había dejado Bethesda y entró en la avenida Massachusetts.
Detrás iba el Ford gris. José Suárez comentaba detalles de la bomba que el pasado jueves 16 había logrado detonar con Omega 7, en el barco soviético Ivan Shepetkov, en el puerto de Nueva Jersey.[i] Como Fidel, el maldito no se hundió. Quedó con un enorme agujero de un costado, pero no se hundió.
―Poco después del mediodía, llamamos para revindicar el atentado. No íbamos a hacer todo ese trabajo sin recibir los créditos. Qué coño importa si se hundió o no se hundió el muy maldito.
―No murió nadie esta vez.
Por lo cual la noticia no le dio vuelta al mundo y las donaciones no se dispararon como otras veces.
A las 9:30, el Malibu celeste pasó por la antigua residencia de Letelier. El embajador Manuel Trucco salía de su cama en ese momento.
Poco después de las nueve de la mañana, Jorge Luis Borges caminaba por la avenida Diego Portales de Santiago. En unas horas más, asistiría a una ceremonia en su honor, con la presencia del general Pinochet y la literata Mariana Callejas en tercera fila.
―Sí, Neruda era un mal poeta. No conocía el soneto ni los misterios de la métrica. Le sobraron sílabas, como a Cien años de soledad le sobraron por lo menos cincuenta años…
Borges coincidía con la crítica literaria de la CIA, no con el criterio de la academia sueca. Mucho menos con la opinión de los obreros que compraban sus libros en los quioscos.
―Sus libros también se venden en los quioscos ―le informó Antonio Carrizo.
―¿En los quioscos? ―preguntó Borges, sorprendido―. ¿Mis libros en los quioscos?
En Washington, el Chevy Chevalle tomó la avenida Massachusetts antes de entrar en el DC. A las 9:33 pasó frente a su antigua residencia, ahora ocupada por la familia del embajador de Pinochet y, segundos después, entró en la rotonda de Sheridan, a tres minutos de las oficinas del IPS, en la calle Q 1901.
En ese momento, a pocas cuadras de allí, se realizaba una reunión de Lasa, la Asociación de Estudios Latinoamericanos, para preparar el congreso que ese año sería en Atlanta. Letelier había enviado Juan Raúl Ferreira para informar sobre la dictadura uruguaya.
A las 9: 34, en el Ford que seguía al Chevy celeste, Virgilio Paz apretó los dos botoncitos del control remoto. Era uno de los dispositivos que Townley había adaptado y probado él mismo en el viaje a México, uno de esos que usan los médicos para llamados de emergencia. El bip activó el C4 colocado en el chasis del Chevy, justo debajo del asiento del conductor.
Michael escuchó un sonido eléctrico y un flash detrás de la cabeza de Ronni. Luego de una fracción de segundo, el Chevy voló por el aire y sus pedazos se esparcieron hasta veinticinco metros. Al caer, se incrustó contra un Volkswagen naranja que estaba estacionado. Ronni salió despedida del auto y cayó sobre el césped. Descalzo y sentir las piernas, asfixiado por el humo, Michael logró salir por una ventana y vio a Ronni de pie, como si nada le hubiese pasado.
El único gravemente herido parecía ser Orlando. Estaba recostado de espaldas sobre el volante del conductor. Michael le palmeó la cara:
―Orlando ―dijo―. ¿Me puede escuchar?
Orlando no contestó. Intentó poner una mano sobre Michael, pero no pudo. Sus ojos se movían lentamente y las lágrimas le recorrían las mejillas. Estuvo a punto de decir algo, pero se apagó en segundos.
―¡Fue la Dina! ―gritó Michael―. Malditos fascistas.
Letelier murió en minutos después.
Ronni no estaba bien. La explosión le había cortado la garganta, pero Michael no lo había notado porque ella se alejaba caminando. Hasta que cayó en el piso.
Dana Peterson, una médica que corrió a auxiliarla, no pudo evitar que Ronni se ahogara en su propia sangre mientras intentaba sacarse de encima a Michael. Minutos después, llegó la ambulancia. Luego de una breve discusión, Michael logró subirse para acompañarla al hospital.
En la reunión de Lasa, Juan Raúl Ferreira todavía respondía preguntas sobre las dictaduras del Cono Sur. Cerca del mediodía, se interrumpió la reunión con una conmoción sorda. Juan Raúl no alcanzaba a entender la información fragmentada que corría en inglés de un lado para el otro. Tomó a una joven de un brazo y le preguntó qué estaba pasando.
―¡Mataron a Letelier! ―dijo.
Juan Raúl corrió al IPS.
―También mataron a Ronni ―dijo alguien que acababa de entrar al antiguo edificio de la calle Q.
Entonces, Juan Raúl miró al escritorio que estaba frente al suyo. Era el escritorio de Ronni.[ii]
Había comenzado a lloviznar. En el hospital, Michael Moffitt luchaba por deshacerse del acoso de la policía. Recordó los versos de Pablo Neruda que le había leído el día de su boda. Ella, todavía de blanco, sonreía radiante y con una alegría que no cabía en su pequeño cuerpo:
Levántate conmigo
y salgamos reunidos
a luchar cuerpo a cuerpo
contra las telarañas del malvado…
En medio del fuego estarás
junto a mí…
―¿Por qué dice que Neruda no es un gran poeta? ―le preguntó el periodista.
―¿Usted recuerda algún verso de Neruda? ―repreguntó Borges, lapidario, sonriendo a una cámara de televisión que lo apuntaba desde la eternidad.
―Bueno ―titubeó Carrizo―, me parece que de Neruda se puede citar alguno…
―A ver, ¿cuál?
―No, no me tome examen…
―Yo no recuerdo ninguno memorable ―dijo Borges, muriéndose de a poco, con una vana sonrisa.
La bomba estaba programada para explotar el lunes. Townley compró los diarios, escuchó las radios y no encontró ninguna información que lo confirmara. Cuando finalmente detonó la mañana del martes 21, ya se encontraba en Miami. De ahí se fue a cenar con sus padres en Boca Ratón.
En Union City dos hombres conversaban frente a dos vasos casi vacíos de ron y con dos espesos habanos entre los dedos.
―Oye chico. Todavía me sigue dando vueltas en la cabeza algo que…
Por la Bergenline Avenue caminaban la ultimas minifaldas del año, mientras el cielo no se decidía a enviar lluvia, llovizna o la primera nevada del año.
―Pues dime.
―¿Y si el americano preparó el detonador para que fallase a propósito, sabiendo que nosotros lo íbamos a reparar?
―Eso nunca lo sabremos…
―Lo vi un poco reticente a participar en la operación. Ahora, después de todo, resulta que fuimos nosotros quienes pusimos el C4 y luego lo detonamos. ¿No era eso lo que los chilenos querían?
―Nosotros también queríamos los créditos, ¿o no?
―¡Claro, chico! Pero otra cosa es la traición. No soporto la sola idea de que nos pudieron haber usado.
A esa misma hora, Jorge Luis Borges caminaba por segunda vez la avenida Diego Portales de Santiago. Iba a recibir un doctorado honoris causa de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica, la misma que había dado a Chile y al Universo la orgullosa infamia anglosajona de los Chicago Boys. Borges era ateo, pero no lo impresionaban los misteriosos designios de la mano que figura y prefigura los avatares de las piezas del ajedrez que a un mismo tiempo entretuvieron las elucubraciones del moro y del judío en el laberinto de una civilización ya olvidada por las ficciones de la historia.
María Callejas supo con tiempo de esta visita histórica y movió todos sus contactos para que la incluyeran en la cena con el escritor argentino. En una de las tertulias semanales de Lo Curro, un invitado había dicho:
―Dicen que Borges es un analfabeto político.
―Muy sabio.
―No le importaba mucho.
―Es que una metáfora o una paradoja son universales. El ganador de unas elecciones es como el campeón de fútbol que levanta un trofeo. Ambos son productos del azar, de una conjunción de las arbitrariedades del destino que borrarán las arenas del reloj persa en los barcos del inspirado anglosajón sobre las ondulantes superficies de los cálidos y nunca del todo reales mares del sur.
―Como sea. En las elecciones de 1973, Borges le dijo a la madre que no iba a votar. Seguro que daba por descontado una victoria del peronismo. Leonor, su madre, por entonces con 96 años y postrada en la cama, se enojó. Leonor Borges odiaba a Perón, casi tanto como a Evita. “Si quiere voy y voto por usted”, le dijo Georgie. El mismo Borges reconoció que Leonor le había dado el sobre con el voto que Borges puso en la urna. Él nunca vio la boleta que su madre puso en el sobre. Por pudor político, aunque era demasiado obvio, dijo que no había querido ni saber lo que contenía aquel sobre.
―Es decir, nunca quiso saber lo que votaba…
―De eso se tratan las democracias, ¿no? ―dijo alguien y sumó otra carcajada unánime.
―¿Es cierto que todavía está dolido por haber perdido el Premio Nóbel con Pablo Neruda?
―No le importa. Estocolmo está lleno de comunistas.
―Mucha razón tiene cuando dice que ni Neruda debía recordar sus propios poemas, porque nadie puede recordarlos. Es decir, no son memorables. Si alguien se los leyera y se salteara un verso, Neruda no se daría cuenta.
―También dijo que Neruda era un discípulo de Lorca, pero mucho peor que Lorca.
Días después de la explosión en Sheridan Circle, el empresario Edwin Wilson se contactó con tres cubanos de Miami, quienes habían viajado a Washington tres días antes, para negociar la venta de explosivos y lápices cronometrados al gobierno de Libia, por un valor de cien mil dólares. En principio, el acuerdo con Muamar el Gadafi consistía en la compra de equipamiento de detección de explosivos, para limpiar los caminos de minas personales, pero algunas fuentes habían informado de la posibilidad de que el negocio pudiese ser extendido a la exportación de C4 para eliminar disidentes. Wilson (al igual que uno de los cubanos contactados, había sido agente de la CIA hasta semanas atrás) tenía un negocio de armas y explosivos, Consultants International, en el 1425 de la calle K, a diez minutos de Sheridan Circle.
Bob Woodward, el periodista elevado a categoría de celebridad por el caso Watergate, reportó que, aparte de tecnología para detectar explosivos, “la propia literatura promocional de la empresa Consultants International deja claro que puede armar a un ejército con lanchas patrulleras, paracaídas, accesorios aerotransportados y vehículos blindados”. La misma empresa aseguraba en sus folletos: “Podemos diseñar paquetes de armamentos para satisfacer las necesidades de cada cliente”.
Por alguna razón, el acuerdo programado entre Wilson y los cubanos en una reunión en Génova, no prosperó.
―Sabemos que el gobierno de Libia ha hecho, de muchas maneras, cosas que podrían haber estimulado el terrorismo ―dijo el presidente Ford, en una conferencia de prensa. [iii]
El intento de relacionar al gobierno de Libia con el asesinato de Letelier tampoco prosperó. Su mayor debilidad era su falta de sentido común.
Wilson será detenido en Nueva York, apenas arribado de República Dominicana, seis años y catorce millones de dólares más tarde, acusado de tráfico ilegal de explosivos. La prensa dirá que, a los largo de dos décadas de vida clandestina al servicio de la CIA y de los marines, Wilson había “cambiado patriotismo por negocios”. Desde 1955 hasta 1976, había sido agente de la CIA, había participado de la fallida invasión a Bahía Cochinos, de múltiples ataques contra Cuba y de la creación de varias compañías falsas con el propósito de continuar en privado lo que había sido un plan del gobierno.[iv]
Los privados no lo hacen mejor, pero no se les ve la ideología. Sólo las ganancias.
El 21 de septiembre de 1976, el embajador de Chile en Washington, Manuel Trucco Gaete, emitió una declaración:
“Mi gobierno rotundamente repudia el ultrajante acto de terrorismo que ha costado las vidas de un anterior Embajador de Chile en los Estados Unidos y de uno de sus colaboradores.
El deplorable hecho solo enfatiza la necesidad de combatir el terrorismo en cada uno de sus aspectos porque es indicativo de la extensión hasta la cual los elementos hostiles llegaran para obtener sus inconfesables objetivos.
En nombre de mi gobierno urgentemente solicito que una completa y rigurosa investigación sea iniciada de manera que todas las facetas y circunstancias pertinentes a este acto brutal sean investigadas y los culpables procesados.
El terrorismo y la violencia deben ser detenidos antes que haya más víctimas inocentes.
Consultado por más detalles, el embajador agregó:
―Letelier no significaba ningún peligro para mí. El hombre vivía en una isla de marxistas, sin ninguna trascendencia en Estados Unidos.
En Washington, el asesor de Letelier, Juan Gabriel Valdés, había invitado al uruguayo Juan Raúl Ferreira para colaborar con el instituto de investigaciones latinoamericanas IPS.
―El 11 de setiembre era el aniversario del Golpe ―dijo Juan Raúl―. El 18, la Fiesta nacional dieciochera.
Pinochet siempre lo conmemoraba con algún acto memorable. En setiembre de 1974, mataron a su antecesor, el general Prats, exiliado en Argentina. El 5 de octubre, de 1975, Townley y sus socios de Miami balearon a Bernardo Leighton y a su esposa en Roma, dejándolos paralíticos. 1976 no podía ser la excepción.
Ariel Dorfman supo del atentado contra Letelier, esa misma tarde. Estaba en las oficinas del Transnacional Institute de Ámsterdam, el instituto que había fundado el mismo Orlando Letelier. Sus compañeros de trabajo murmuraban en distintos idiomas o sostenían silencios incrédulos.
Ariel recordó la última vez que lo había visto. Había sido justo tres años atrás, en una reunión en la Peña de los Parra, en Santiago, donde solían cantar Violeta Parra y Víctor Jara.
―El encuentro ―me dijo Ariel― había sido organizado por Fernando Flores en memoria del General Prats. Trabajábamos juntos en La Moneda. También estaban Orlando, José Tohá y sus esposas. Todos los hombres presentes habían sido ministros de defensa de Allende. Conocían de cerca a Pinochet, podrían testimoniar de su traición a Allende y de su pequeñez emocional y mental. A los tres los mató Pinochet.
En cierto momento, comenzó a sonar un tango y algunos invitados salieron a bailar. Ariel se mantuvo en su silla. Sabía que era pésimo bailando tango. Su esposa Angélica, en cambio, era una maravilla, pero casi siempre se solidarizaba con la torpeza y la timidez de Ariel y se quedaba en su mismo rol de espectadora.
―Tampoco iba a interrumpir a esas tres parejas que se habían robado el momento ―recordó Ariel.
Orlando Letelier bailó con Sofía, la esposa del general Carlos Prats, Isabel con José Tohá y Prats con Moy, la esposa de Tohá. La alegría de esa noche fue como la calma que precede a un huracán.
―En ese momento ―recordó Ariel―, no podía darme cuenta de que los tres hombres que bailaban estaban unidos por un mismo destino fatal: los tres habían sido ministros de defensa de Allende. Los tres habían sido figuras muy próximas de los militares. Los tres fueron traicionados. Los tres sabían demasiado. Los tres fueron asesinados por Pinochet.
Mientras el presidente Andrés Pérez negaba cualquier conexión con el asesinato del exministro chileno, el gobernador de Caracas, Diego Arria, volvía a interceder por Orlando Letelier, esta vez para que su cuerpo sea enviado a Venezuela. Isabel estuvo de acuerdo en enviar lo que quedaba de su esposo en Caracas. El 29 de setiembre, Letelier fue enterrado en un costado de un cerro con vista a la ciudad. Andrés Pérez abrazó a la viuda y dio un discurso que ya nadie recuerda.
Una semana antes, el jueves 23, Orlando Bosch había arribado a Caracas con otro pasaporte falso, pero en Inmigración todos sabían quién era el cubano. Pocos días después, se realizó una fiesta de beneficencia con carácter de discreción en una casa de La Castellana o, más probablemente, en La Lagunita Country Club, una urbanización similar a Lo Curro en Santiago, iniciada por el general Marcos Pérez Jiménez para los militares y que en poco tiempo se convirtió en un barrio exclusivo. El coctel se había anunciado para recaudar fondos para el combatiente refugiado cuyo nombre no se mencionaba en las invitaciones pero todos conocían o querían conocer.
En un informe del 18 de octubre al Secretario de Estado Henry Kissinger, la CIA aseguró que Bosch le había ofrecido a los funcionarios venezolanos renunciar a actos de violencia en Estados Unidos durante la visita del presidente Carlos Andrés Pérez a la ONU, en noviembre, a cambio de “una contribución sustancial en efectivo a la organización” de Bosch. El mismo informe reportó que Bosch declaró:
―Ahora que nuestra organización ha quedado muy bien con el trabajo realizado en Washington contra Letelier, vamos a intentar algo más.
Según los documentos clasificados de la CIA, la reunión se realizó en la residencia del cirujano cubano Hildo Folgar entre el 22 de setiembre y el 5 de octubre (la fecha más probable es el sábado 25 de setiembre). El precio del plato ascendió a 5.000 bolívares por asistente (1.118 dólares de la época; seis mil dólares cincuenta años después.) Otras fuentes reportaron casi un centenar de asistentes.
Lo recaudado esa noche superaba claramente los dos mil dólares que costaba pagar un mercenario de Honduras o de El Salvador a Cuba o a Estados Unidos con todos los gastos incluidos. Según el mismo documento clasificado de la CIA con fecha del 14 de octubre, “en la cena, Bosch se le aproximó junto con García a un funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores y le propuso que el gobierno de Venezuela haga una contribución económica importante a su causa; a cambio, Bosch se comprometería que los cubanos en Estados Unidos no realizarían ninguna protesta contra la visita de Carlos Andrés Pérez a las Naciones Unidas, programada parta noviembre, lo cual el funcionario venezolano aceptó”.
―Ahora que nuestra organización ha logrado realizar concluir exitosamente la Operación Letelier en ―dijo Bosch en la reunión, y sus palabras fueron recogidas por el informante de la CIA―, vamos a intentar algo más.[v]
Orlando Bosch y El Mono Ricardo Morales vivieron por un tiempo en el hotel Caracas Hilton, cerca del parque Los Caobos. Al igual que Hernán Ricardo Lozano, Morales había comenzado a trabajar para la policía secreta venezolana gracias a las gestiones de sus jefes de la CIA. Todos eran especialistas en explosivos, pero ninguno detonó uno en su vida. Como decía Posada Carriles, en la CIA enseñaban de todo, desde patriotismo a cómo armar y detonar una bomba, pero eso no los hacía terroristas, como no eran terroristas los soldados que recibían cursos de cómo matar personas. El conocimiento estaba ahí por las dudas, pero nunca hicieron uso de él. El único que confesará la autoría de algunas bombas será El Mono Morales. Bosch y Posada Carriles también confesaron en diferentes momentos, pero luego lo negaron en su momento, sobre todo en los pocos juicios que debieron enfrentar.
―Vamos a golpear un vuelo de Cubana ―dijo Posada Carriles, según el informante de la CIA en Caracas― y Orlando tiene los detalles.
Ningún documento desclasificado revelará que la CIA hizo algún intento por evitar el atentado terrorista de sus empleados.
Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, los dos venezolanos contratados por Posada Carriles para su nueva empresa de detectives privados, fueron los únicos que presenciaron el accidente. ¿Era necesario ese espectáculo, como si se tratase de fuegos artificiales o de un partido de beisbol? Por la misma razón habían sido detenidos en el primer intento de volar otro avión de Cubana, dos meses antes. Pero esta vez el plan fue un éxito. Lugo y Ricardo tomaron el siguiente vuelo de regreso a Trinidad. Allí la policía los arrestó.
Confesaron. En Venezuela, la policía arrestó a Bosch y Luis Posada Carriles, jefe de la división de explosivos de la Disip. Los dos negaron todas las acusaciones. Como en las malas traducciones de sus series de televisión favoritas:
―No sé de qué habla ―dijeron.
No sabían nada de nada. Aunque no condenaban los hechos publicados en la prensa, tampoco eran capaces de perpetuar un acto tan abominable. Bosch, Posada Carriles, El Mono Navarrete y casi todos los demás colaboradores estaban de acuerdo en algo: Cubana 455 era un avión de combate y las 73 víctimas de Cubana no eran víctimas. Eran combatientes, como todos quienes no pensaban y sentían como ellos.
En minutos, la calle se llenó con ambulancias y autos de la policía. Poco después, llegó el agente Carter Cornick. Cuando vio a Michael quemado y gritando como loco “fue la Dina”, pensó que estaba hablando de una mujer. El agente del FBI no tenía idea de lo que pasaba fuera de fronteras.
Michael alcanzó un teléfono público y dudó. Luego llamó a la secretaria de IPS para que llame a Isabel. El agente Cornick quería hablar con él.
―Le dices que estamos en el Hospital George Washington, que hubo un accidente…
El FBI le llevó un perro a Michael para olfatearlo de pies a cabeza. Cuando Isabel atendió el teléfono, presintió lo peor. En los últimos años se había acostumbrado a lo peor. Recordó lo que Orlando le había dicho horas antes: “Ven a almorzar con nosotros. Tengo una noticia que te va a gustar”.
Llamó a las escuelas donde estaban sus cuatro hijos, para que los dejaran salir antes de tiempo. Temblando, abrió su vestidor y tomó una chaqueta negra. Luego la volvió a colgar y se decidió por un vestido colorido.
Cuando llegó al hospital, vio una muchedumbre a la entrada. Pensó, o quiso pensar, que se trataba de otra cosa.
―Es ella; es la viuda ―escuchó o creyó entender.
Debían estar hablando de otra persona. Tal vez no entendió bien el inglés apurado. Cuando logró subir al piso donde estaba Orlando, se encontró con Michael, como si volviese de un incendio. Lo abrazó. Michel murmuró:
―Se llevaron a mi bebé también…
Isabel no alcanza a comprender con claridad qué ha pasado y pide ver a Orlando.
―Su esposo está muerto ―le informa una de las enfermeras.
Isabel insiste en verlo, pero las mujeres de la salud se amparan en el reglamento y dicen que no es posible. El señor Letelier ha muerto en una explosión y su cuerpo está en muy malas condiciones.
―Quiero verlo ―insiste Isabel―. Quiero despedirme de él, aunque sea de una mano.
―Lo siento, pero no es posible.
Isabel no deja de repetir lo mismo hasta que una enfermera accede.
Cuando Isabel descubre el rostro de Orlando, ve su expresión de dolor, o de tristeza. Ella conoce ese gesto mejor que nadie. Orlando supo lo que había pasado antes de morir y de ahí esa expresión. Supo que Pinochet lo había hecho de nuevo.
En la radio del auto que lleva a sus hijos Juan Pablo y Francisco al hospital, escuchan algo sobre un coche bomba, pero saben que están en la ciudad más segura del mundo y que su padre estará bien. A 480 kilómetros, en la Universidad de Carolina del Sur, el hermano mayor, Cristian, debe salir de una clase de Política Mundial donde se discutía la política del Détente de la Guerra Fría.
Para entonces, en el IPS, los empleados se habían encerrado con llave, esperando un nuevo ataque a las oficinas. A las 2:00 de la tarde, cuando los agentes del FBI, armados y con perros que no paraban de ladrar los convencen de abrir, comenzó el interrogatorio.
Landau y su equipo requisó todo el material de la oficina de Orlando Letelier.
―No responderemos nada hasta que no esté presente nuestro abogado.
Por los espionajes anteriores a IPS y a otros grupos antibélicos, reconocidos por el FBI ante el Congreso, los investigadores de IPS miden sus respuestas y desconfían hasta de sus sombras.
―Tranquilo, muchachos ―dice un agente―. Estamos aquí para ayudarlos.
Media hora más tarde, otro agente inicia el interrogatorio:
―Si me permiten, procederé con la primera pregunta. ¿Quién creen que hizo este atentado?
―La Dina.
―¿Pueden deletrear su nombre?
―D-I-N-A.
―¿El apellido de Dina? ―preguntó el agente Carter Cornick.
En el hospital, el detective Walter Johnson sabe que Ronni está muerta y presiona a Michael para que aporte alguna información de valor antes que el trauma del atentado silencie detalles que podrían ser relevantes solo para él. La noche ha caído hace horas sobre Washington. Michael es liberado del interrogatorio y sale por un pasillo como si arrastrase su propio cuerpo. En una habitación, un paciente mira Hombre Rico, hombre pobre. En la habitación contigua, otro paciente entretiene su insomnio con Mash, la serie favorita de Orlando Bosh, luego de Mission Impossible.
Por la noche, Michael, aún con los restos de la explosión en su ropa y en su pelo, con la memoria del humo y del perro del FBI olfateándolo impregnada en todo lo que veía y sentía, volvió a la casa de Potomac, a donde Ronni ya no volverá. Allí los investigadores buscarán hasta el último rincón algún rastro de explosivos. Los senadores y todo tipo de desconocidos irán a acompañarlo, como si eso pudiese menguar en algo su dolor. Cuando, finalmente, lo dejan en paz, se dará un ducha y se emborrachará hasta caerse dormido. No por muchas horas. Despertó varias veces hasta que terminó por levantarse en la madrugada del 22 de septiembre.
Una de las peores pesadillas de una persona es despertarse a la misma pesadilla del día anterior. Allí estaban la ropa, los libros, las cacerolas de Ronni. Michael no movió nada por meses. Tampoco cortó el pasto ni lavó la cocina. Por meses, por años, abusó del alcohol.
[i] Metropolitan Briefs. “Jury Selection Starts on Bronfman Kidnapping Gimbel’s Strike Settled Soviet Ship Damaged Strike Halts Tramway 2 Admit Faking Accidents Retail Sales Increase”. The New York Times. 17 de setiemrbe de 1976, p. 26.
[ii] Conversación del autor con Juan Raúl Ferreira. Con su autorización.
1976 could be defined as a “non-fiction novel” that documents and reconstructs the central events of that year with its epicenter in what the FBI called “The capital of terrorism,” Miami. Organized by months, 1976 begins with the background that explains that year: the Cuban mafia of the 1950s, and then focuses on the Miami-Caracas-Santiago axis, which made possible the car bomb attack that ended the lives of Salvador Allende’s minister, Orlando Letelier, and Ronni Moffitt in Washington, a few blocks from the White House, and the attack that brought down Cubana de Aviación plane 455 in Barbados, killing 73 people, most of them young athletes. 1976 details the stories forgotten by the American imagination about the role of the CIA in the harassment of the Cuban Revolution and Latin American dissidents, from the failed invasion of the Bay of Pigs to the successive blockades, sabotage, incendiary flights and the spreading of biological agents over the island. It also exposes the modus operandi of the paramilitary groups in Florida and New Jersey that planted hundreds of bombs in the United States, from Miami to New York, the execution of Cuban exiles accused of moderation, the censorship of their critics, and the role played by the governments of Carlos Andrés Pérez in Venezuela and Augusto Pinochet in Chile in protecting and employing the same Cuban terrorists wanted by the American justice system, such as Orlando Bosch, Luis Posada Carriles, Ricardo Morales, the American Michael Townley among others, today considered heroes of freedom in Miami.
Peter Kornbluh publicó hace unos meses Pinochet Desclasificado, los archivos secretos de Estados Unidos sobre Chile. En esta entrevista confirma cada uno de los detalles de La frontera salvaje; 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina (2021). No es casualidad, ya que para esos capítulos referidos a Allende-Pinochet usé gran parte de los documentos desclasificados por el Nacional Security Archive de George Washington University, que este brillante investigador, junto con otros, ha venido realizando durante muchos años. Mis respetos.
The book La frontera salvaje by Jorge Majfud explores the history of the expansion of the Thirteen Colonies over indigenous nations and Latin America, shedding light on the imperialism of the United States over the past two hundred years. The author delves into the deep-seated issues of racism, religious fanaticism, and economic interests that have shaped US interventionism in the region and beyond. By tracing the roots of these actions, the book not only explains the past but also predicts the future actions of the world’s most powerful economic and military force. Through a critical analysis of historical events and contemporary narratives, the book reveals the underlying logic behind US wars, expansionism, and interventionist practices. It serves as a powerful critique of US imperialism and sheds light on the ongoing impact of past actions on present and future global relations.
En agosto de 1976, un mes antes del atentado terrorista organizado por la DINA de Pinochet, la mafia cubana de Miami y la natural complicidad de la CIA que terminó con su vida y la de su asistente en Washington, el ministro de Salvador Allende, Orlando Letelier, publicó un extenso artículo a cinco páginas en The Nation titulado “Los Chicago Boys en Chile: el terrible precio de la libertad económica”, el cual traduzo y resumo aquí a la mitad de su extensión original. A días del 50 aniversario del golpe de Estado en Chile, las relfexiones de Letelier cobran más vigencia que nunca.
Jorge Majfud
Los Chicago Boys en Chile: el terrible precio de la libertad económica
(Orlando Letelier, agosto 1976)
“La represión para las mayorías y la ‘libertad económica’ para pequeños grupos privilegiados son dos caras de la misma moneda”.
Las políticas económicas están condicionadas por la situación social y política que las pone en práctica y, al mismo tiempo, las modifican. Por lo tanto, las políticas económicas se introducen siempre para alterar las estructuras sociales.
Es curioso que el hombre que escribió un libro titulado Capitalismo y libertad [Milton Friedman, 1962] afirmando que sólo el liberalismo económico clásico puede sustentar una democracia política, pueda ahora divorciar tan fácilmente la economía de la política cuando las teorías económicas que defiende coinciden con una restricción absoluta de todos los derechos y de todas las libertades democráticas.
Sería de esperar que si quienes restringen la empresa privada son considerados responsables de los efectos sociopolíticos de sus medidas, quienes imponen una “libertad económica” sin restricciones también deberían ser considerados responsables, sobre todo cuando la imposición de esta política va inevitablemente acompañada de una represión masiva, hambre, desempleo y la permanencia de un estado policial brutal.
La receta económica y la realidad de Chile
La violación de los derechos humanos, la brutalidad institucionalizada, el control y la supresión drástica de toda forma de disidencia se discuten (y a menudo se condenan) como un fenómeno sólo indirectamente vinculado (incluso completamente ajeno) a las clásicas políticas desenfrenadas de “libre mercado” que han sido aplicadas por la junta militar.
Esta falta de conexión ha sido particularmente característica de las instituciones financieras públicas y privadas que han elogiado y apoyado las políticas económicas adoptadas por el gobierno de Pinochet, al tiempo que lamentaron la “mala imagen internacional” que la junta se ha ganado con su “incomprensible” recurrencia a la tortura, encarcelando y persiguiendo a todos sus críticos.
Robert McNamara justificó una reciente decisión del Banco Mundial de conceder un préstamo de 33 millones de dólares a la junta como una decisión basada en criterios puramente “técnicos”, que no implicaban ninguna relación particular con las actuales condiciones políticas y sociales del país. La misma línea de justificación han seguido los bancos privados estadounidenses.
Probablemente nadie ha expresado mejor esta actitud que el Secretario del Tesoro. Después de una visita a Chile, durante la cual habló sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por el gobierno militar, William Simon felicitó a Pinochet por su aporte a la “libertad económica” del pueblo chileno. Este concepto particularmente conveniente de un sistema social en el que la “libertad económica” y el terror político coexisten sin tocarse, permite a sus portavoces financieros sostener su concepto de “libertad” mientras ejercitan su defensa de los derechos humanos.
Profundamente involucrados en la preparación del golpe, los “chicago boys” convencieron a los generales de que estaban preparados para complementar la brutalidad que poseían los militares con los activos intelectuales de los que carecían.
Excepto en el Chile actual, ningún gobierno en el mundo da total libertad a la empresa privada. Esto es así porque todos los economistas (excepto Friedman y sus seguidores) han sabido durante décadas que, en la vida real del capitalismo, no existe la competencia perfecta descrita por los economistas liberales clásicos. En marzo de 1975, en Santiago, un periodista se atrevió a sugerirle a Friedman que incluso en los países capitalistas más avanzados, como por ejemplo Estados Unidos, el gobierno aplica varios tipos de controles sobre la economía.
Es descabellado hablar de libre competencia en Chile. La economía allí está altamente monopolizada. Un estudio académico, realizado durante el régimen del presidente Frei, señaló que en 1966 “284 empresas controlaban todas y cada una de las subdivisiones de las actividades económicas chilenas. El 51 por ciento de las 160 empresas más grandes estaban efectivamente controladas por corporaciones globales.
Hay muchos otros ejemplos que demuestran que, en lo que respecta a la competencia, la prescripción de Friedman no produce los efectos económicos implícitos en su modelo teórico. En el primer semestre de 1975, como parte del proceso de eliminación de las regulaciones de la economía, el precio de la leche quedó exento de control. ¿Con qué resultado? El precio al consumidor aumentó un 40 por ciento y el precio pagado al productor cayó un 22 por ciento. En Chile hay más de diez mil productores de leche, pero sólo dos empresas procesadoras de leche controlan el mercado. Más del 80 por ciento de la producción chilena de papel y todos ciertos tipos de papel provienen de una empresa (la Compañía Fabricante de Papeles y Cartones, controlada por los intereses de Alessandri) que fija los precios sin temor a la competencia.
Los asesores económicos de la junta ignoran otros aspectos del tipo de economía que se enseña en la Universidad de Chicago. Uno es la importancia de los contratos salariales negociados libremente entre empleadores y trabajadores; otra es la eficiencia del mercado como instrumento para asignar recursos en la economía. Es sarcástico mencionar el derecho de los trabajadores a negociar en un país donde la Federación Central de Trabajadores ha sido ilegalizada y donde los salarios se fijan por decreto de la junta.
Según las cifras oficiales de la junta, entre abril y diciembre de 1975, el déficit gubernamental se redujo aproximadamente en el 50 por ciento que recomendaba Harberger. En el mismo período, el desempleo aumentó seis veces más de lo que había previsto. El remedio que sigue defendiendo consiste en reducir el gasto público, lo que reducirá la cantidad de moneda en circulación. Esto resultará en una contracción de la demanda, lo que a su vez provocará una reducción general de los precios. De esta manera se derrotaría a la inflación. El profesor Harberger no dice explícitamente quién tendría que bajar su nivel de vida para pagar los platos rotos.
Los resultados económicos
El 24 de abril de 1975, después de la última visita conocida de los señores Friedman y Harberger a Chile, el Ministro de Finanzas de la junta, Jorge Cauas, dijo: “El objetivo principal de este programa es detener la inflación en lo que queda de 1975”. (El “grupo de técnicos” es obviamente Friedman y compañía.) A finales de 1975, la tasa anual de inflación de Chile había alcanzado el 341 por ciento, es decir, la tasa de inflación más alta del mundo.
La implementación del modelo de Chicago no ha logrado una reducción significativa de la expansión monetaria. Sin embargo, ha provocado una reducción despiadada de los ingresos de los asalariados y un aumento brutal del desempleo; al mismo tiempo ha aumentado la cantidad de moneda en circulación mediante préstamos y transferencias a grandes empresas otorgando a instituciones financieras privadas el poder de crear dinero. Como dice el estadounidense James Petras, “las mismas clases sociales de las que depende la junta son los principales instrumentos de la inflación”.
La concentración de la riqueza no es el resultado marginal de una situación difícil, sino la base de un proyecto social. Esta situación recuerda la historia de un dictador latinoamericano a principios de este siglo. Cuando sus asesores vinieron a decirle que el país padecía un problema educativo muy grave, ordenó el cierre de todas las escuelas públicas. Ahora, después de más de setenta años de este siglo, todavía quedan discípulos del anecdótico dictador que piensan que la forma de erradicar la pobreza en Chile es matando a los pobres.
Durante 1975, el producto interno bruto real se contrajo casi un 15 por ciento hasta su nivel más bajo desde 1969, mientras que, según el FMI, el ingreso nacional real “cayó hasta un 26 por ciento, dejando el ingreso real per cápita por debajo de su nivel diez años antes”.
En el sector externo de la economía, los resultados han sido igualmente desastrosos. En 1975, el valor de las exportaciones cayó un 28 por ciento y el valor de las importaciones cayó un 18 por ciento aumentando el déficit comercial. Las importaciones de alimentos cayeron (mientras) la producción interna de alimentos disminuyó. Al mismo tiempo, la deuda pública externa pendiente de pago en moneda extranjera aumentó de 3.600 millones de dólares a 4.310 millones en un año. Esto acentuó la dependencia de Chile de fuentes externas de financiamiento, especialmente de Estados Unidos. Las políticas de la junta han cargado a Chile con una de las deudas externas per cápita más altas del mundo.
Pero el resultado más dramático de las políticas económicas ha sido el aumento del desempleo. Antes del golpe, el desempleo en Chile era del 3,1 por ciento, uno de los más bajos del hemisferio occidental. A fines de 1974, la tasa de desempleo había superado el 10 por ciento en el área metropolitana de Santiago y también era más alta en varias otras secciones del país. Las cifras oficiales de la junta y del FMI muestran que a finales de 1975 el desempleo en el área metropolitana de Santiago había alcanzado el 18,7 por ciento. 2,5 millones de chilenos (una cuarta parte de la población) no tienen ingreso alguno; sobreviven gracias a la comida y la ropa distribuidas por la iglesia y otras organizaciones humanitarias. Los intentos de instituciones religiosas y de otro tipo para aliviar la desesperación económica de miles de familias chilenas se han realizado, en la mayoría de los casos, bajo la sospecha y contra las acciones hostiles de la policía secreta.
Las políticas económicas de la junta chilena y sus resultados deben ubicarse en el contexto de un amplio proceso contrarrevolucionario que apunta a devolverle a una pequeña minoría el control económico, social y político que fue perdiendo gradualmente durante los últimos treinta años.
Justificación del poder
Hasta el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe, la sociedad chilena se había caracterizado por la creciente participación de la clase trabajadora y sus partidos políticos en la toma de decisiones económicas y sociales. Desde el año 1900, empleando los mecanismos de la democracia representativa, los trabajadores habían ido ganando constantemente nuevo poder económico, social y político. La elección de Salvador Allende como presidente de Chile fue la culminación de este proceso. Pero como no lograron destruir la conciencia del pueblo chileno, el plan económico tuvo que aplicarse.
A pesar de la fuerte presión financiera y política del exterior y los esfuerzos por manipular las actitudes de la clase media mediante la propaganda, el apoyo popular al gobierno de Allende aumentó significativamente entre 1970 y 1973. En marzo de 1973, sólo cinco meses antes del golpe militar, se celebraron elecciones parlamentarias. Los partidos políticos de la Unidad Popular aumentaron su participación en los votos en más de 7 puntos porcentuales sobre su total en las elecciones presidenciales de 1970. Esta fue la primera vez en la historia de Chile que los partidos políticos que apoyaban al gobierno en el poder ganaron votos durante una elección de mitad de período. La tendencia convenció a la burguesía nacional y a sus partidarios extranjeros de que no iban a poder recuperar sus privilegios a través del proceso democrático. Por eso resolvieron destruir el sistema democrático, las instituciones del Estado y, mediante una alianza con los militares, tomaron el poder por la fuerza.
En tal contexto, la concentración de la riqueza no es un accidente, sino una regla; no es el resultado marginal de una situación difícil, sino la base de un proyecto social; no es un pasivo económico sino un éxito político temporal. Su verdadero fracaso no es su aparente incapacidad para redistribuir la riqueza o generar un camino de desarrollo más equitativo, sino su incapacidad para convencer a la mayoría de los chilenos de que sus políticas son razonables y necesarias. Como no han logrado destruir la conciencia del pueblo chileno, debieron aplicar su plan económico y eso sólo podría lograrse mediante el asesinato de miles de personas, el establecimiento de campos de concentración en todo el país, el encarcelamiento de más de 100.000 personas en tres años, el cierre del comercio, de sindicatos, de organizaciones vecinales, la prohibición de toda actividad política y toda forma de libre expresión.
Por estas razones, no tiene sentido que quienes inspiran, apoyan o financian esa política económica intenten presentar su defensa como restringida a “consideraciones técnicas”, mientras pretenden rechazar el sistema de terror que se requiere para que la nueva política económica tenga éxito.
Existe una noción generalizada, reportada por la prensa estadounidense, de que el gobierno de Allende hizo un “desastre” de la economía chilena. Sin embargo, en 1971, en el primer año del gobierno de Allende, la Renta Nacional Bruta aumentó un 8,9 por ciento; la producción industrial un 11 por ciento; la producción agrícola un 6 por ciento. El desempleo, que al final del gobierno de Frei estaba por encima del 8 por ciento, cayó al 3,8 por ciento. La inflación, que el año anterior había sido cercana al 35 por ciento, se redujo a una tasa anual del 22,1 por ciento.
Durante 1972 comenzaron a sentirse las presiones externas aplicadas sobre el gobierno y la reacción de la oposición interna. Se cortaron las líneas de crédito y la financiación provenientes de instituciones crediticias multinacionales, de los bancos privados y del gobierno de los Estados Unidos (con la excepción de la ayuda al ejército). Por otro lado, el Congreso chileno, controlado por la oposición, aprobó medidas que aumentaron el gasto público sin producir los ingresos necesarios (mediante un aumento de impuestos); Esto añadió impulso al proceso inflacionario. Al mismo tiempo, facciones de la derecha tradicional comenzaron a fomentar la violencia destinada a derrocar al gobierno. A pesar de todo esto y del hecho de que el precio del cobre, que representaba casi el 80 por ciento de los ingresos por exportaciones de Chile, cayó a su nivel más bajo en treinta años, la economía chilena continuó mejorando a lo largo de 1972.
A finales de ese año, la creciente participación de los trabajadores y campesinos en el proceso de toma de decisiones que acompañó el progreso económico de los dos años anteriores, comenzó a amenazar seriamente los privilegios de los grupos gobernantes tradicionales y provocó en ellos una resistencia aún más violenta.
En 1973, Chile estaba experimentando todos los efectos de la conspiración más destructiva y sofisticada de la historia de América Latina. Las fuerzas reaccionarias, apoyadas febrilmente por sus amigos en el extranjero, desarrollaron una amplia y sistemática campaña de sabotaje y terror, que se intensificó cuando la oposición no logró en las elecciones parlamentarias de marzo los dos tercios para destituir al presidente.
Fue esta desestabilización deliberada, y no la Unidad Popular, la que creó el caos durante los últimos días del gobierno de Allende.
Orlando Letleier, The Nation, Washington, agosto 1976.
Hace un par de semanas tuve la mala idea de contestar algunos argumentos de un señor que decía vivir en Estados Unidos porque este es un país libre. Curiosamente, o no, defendía la dictadura de Pinochet como la única forma de salvar a su país del comunismo. Una dictadura que rescató a Chile de la debacle económica en la que lo había hundido Salvador Allende, y que reorganizó el país y su economía para el modelo exitoso del que goza el país hoy en día, a pesar de algunos brotes socialistas que nunca mueren.
Está de más decir que este tipo de argumentos prefabricados ha sido por lo menos exitoso: se atribuye al equipo económico de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) el mérito de una sociedad y de una economía desarrollada en América Latina. La idea de que una dictadura que destruyó un gobierno democrático, persiguió, torturó y asesinó a miles de ciudadanos para proteger a un país de una posible dictadura sería irrisorio sino fuese criminal.
Por otro lado, el supuesto mérito económico de la dictadura (o “dictablanda” como le gustaba definirla el mismo dictador) también es muy cuestionable.
Más abajo he diseñado un gráfico de la evolución del PIB chileno desde 1960 hasta 2010. De estos números se desprenden algunas observaciones:
1) Contrariamente a lo que se suele repetir, el breve gobierno de Salvador Allende no significó ninguna catástrofe económica, pese al complot (económico, diplomático y militar) del gobierno norteamericano de la época, ampliamente documentado. Por el contrario, se observa un incremento del PIB.
2) Durante el período del “milagro económico” y de la estabilidad financiera de la dictadura chilena se observan varios altibajos más o menos dramáticos. Si comparamos el desarrollo del PIB de Cuba en el mismo periodo, lejos de ser considerado un ejemplo de éxito económico, vemos que en ambos países el crecimiento fue muy similar. De hecho en 1973, el PIB de Cuba era 9.9876 mil millones y el de Chile 16.3875 mil millones. En 1990, el de Cuba era de 28.6451mil millones y el de Chile 31.5589 mil millones. Es decir que en el gobierno socialista de Allende, la economía cubana era el 61 % de la chilena, mientras que al finalizar el gobierno de AugustoPinochet, la de Cuba era el 91% de la de Chile. En términos globales, la economía cubana creció más que la chilena durante el “milagro chileno” de los Chicago Boys. Obviamente que los factores son múltiples (ayuda soviética y bloqueo estadounidense a Cuba, etc.) Pero los números chilenos no muestran nada impresionante en ningún caso.
3) El gran despegue de la economía chilena (al menos en términos de Producto Bruto Interno) se observa precisamente en el periodo pos dictatorial hasta el presente. La mayor parte de este periodo de 25 años (1990-2015) estuvo presidido por gobiernos de centroizquierda. En dos oportunidades, por gobiernos socialistas, con todos los matices que tiene ese término a lo largo de la historia, como también es el caso de los diferentes capitalismos que existieron y existen hoy en día. Más allá de una discusión ideoléxica (semántica e ideológica), lo que parece claro es que adjudicarle a la dictadura chilena de los 70s y 80s el mérito del presente chileno es por lo menos cuestionable. Un argumento común es que sin Pinochet Chile se hubiese convertido en otra Cuba. Bueno, también se podría decir que sin Pinochet Chile se podría haber convertido en Suecia o en Singapur y si mi abuelita tuviese cuatro ruedas sería un carrito.
Pero cuando se analiza la historia, antes que estas especulaciones complacientes para determinados grupos hay que analizar lo que de hecho ocurrió: (a) una dictadura que destruyó una democracia estratégicamente acosada y acusada de comunismo por la ingeniería publicitaria, como antes había ocurrido con el gobierno de Guatemala en 1954 gracias a otra conspiración (en aquel caso de la United Fruit Company, gracias a la cual ese país, como tantos otros, pagaron con generaciones de dictaduras y cientos de miles de muertos, pero gracias a Dios se salvaron del horror del socialismo que nunca fue); (b) el desempeño bastante mediocre en economía, tan mediocre como el cubano, aunque bastante mejor que otras dictaduras militares de la época, y (c) el mérito evidente de la generación posterior que, por alguna razón, no se identifica con la rabiosa oligarquía chilena que ante las fotos de los desaparecidos respondían con carteles: “por suerte ya no están”.
Porque para la mentalidad colonial, los países tienen dueños; cuando los disidentes expresan desacuerdo, amablemente son invitados a abandonar el país, en el mejor de los casos. Lo cual ha funcionado desde siempre, sean fascismos de izquierda o de derecha, supuestas democracias o dictaduras tradicionales. No pocas veces he escuchado la recomendación (sobre todo de latinoamericanos que dicen huir de dictaduras latinoamericanas) de que si alguien critica las acciones del gobierno estadounidense debería irse de Estados Unidos. Vienen escapando de dictaduras y traen toda esa mentalidad dictatorial mientras repiten sin pudor palabras como libertad y democracia. Lo cual significa que, si fuese por ellos, al menos sesenta o ciento veinte millones de norteamericanos deberían abandonar su propio país por no ser “americanos auténticos”. No pocas veces he escuchado más de lo mismo desde Cuba, por citar un ejemplo igual y contrario: “este país es nuestro; el que no está de acuerdo, que se vaya a Miami”.
Para terminar la discusión con Augustito (que más bien fue un monólogo de su parte) tuve que darle la razón. Se me hacía tarde. Le recomendé una película muy impactante, Missing(1982) con la actuación insuperable de Jack Lemmon sobre el caso de un periodista de Nueva York, desaparecido en Chile pocos días después de aquel glorioso once de setiembre. Se quedó satisfecho. Dijo que la iba a comprar en Amazon. Probablemente a esta altura ya la haya visto. Seguramente me estará puteando y llamando comunista. No soy comunista, pero considero que esta acusación ya no es mortal como solía serlo en América Latina. Mucho menos aquí, en Estados Unidos, cuyo presidente, como todos saben, es comunista y musulmán.
Hace unos meses el presidente de Uruguay, José Mujica, propuso legalizar la marihuana. La discusión giró principalmente en torno a los efectos en la salud. Esto fue una distracción al centro de la propuesta, ya que no se trata de promover el uso de la marihuana sino de hacerse de su control. Como el consumo de marihuana es legal en Uruguay pero no su comercialización, se da la contradicción de que los consumidores deben recurrir al mercado negro para obtener el producto, mercado que, obviamente, está controlado en gran parte por la mafia internacional.
Sin embargo, el mismo presidente reconoció que si el 60 por ciento de la población estaba en contra, este proyecto sería retirado. Actualmente las encuestas indican que el 66 por ciento de la población está en contra de la legalización. El porcentaje es mucho más alto entre la población que sólo tiene educación primaria (normalmente la población más conservadora en todo el mundo), y mucho más bajo entre aquellos que tienen educación terciaria.
Pero más allá de esta discriminación por educación, que no mide ni considera la alta cultura de muchos individuos que ni siquiera han terminado la educación secundaria, el problema radica en la educación general del pueblo sobre un tema puntual. No ha habido suficiente debate y casi todos han girado en torno a distractores. Muchos de ellos apoyados por psiquiatras en franca contradicción con estudios profundos sobre el tema de diferentes universidades norteamericanas que han dedicado décadas al problema. Podríamos mencionar una lista de estos estudios pero creo que necesitaríamos un espacio mucho mayor.
Creo que un argumento razonable en contra sería la observación de que estos estudios están realizados con participantes mayoritariamente norteamericanos. No obstante, también podemos pensar que el cuerpo humano no varía mucho entre Michigan y Ushuaia (quienes mencionan los efectos negativos de la marihuana también hacen referencia a estudios norteamericanos, sólo que más antiguos o sin mencionar que dichos estudios todavía son materia de debates y han sido cuestionados por muchas otras investigaciones). Por otra parte, las conductas sociales relacionadas a este tema no son muy diferentes desde el momento en que los consumidores en Occidente y en gran parte de Oriente viven según las reglas culturales del consumismo y según las reglas del mercado capitalista. Sí hay algunas diferencias. Paradójicamente se menciona a Holanda como un ejemplo de fracaso en la legalización. Pero aparte que la experiencia holandesa no ha sido un fracaso, ya que ha podido realizar ajustes según su realidad concreta, lo interesante es que la situación de Holanda con respecto a la violencia del narcotráfico está muy lejos de la violencia diaria que deben sufrir los países latinoamericanos.
Como vivo en el área, habitualmente me entero de primera mano de algunas cosas. Uno de los estudios más recientes, por ejemplo, lo hizo la Universidad de Florida. Aquí han estudiado largamente la marihuana y hace pocos días, caminando por este campus universitario, me enteré sobre los detalles de un estudio que establece que el alcohol, no la marihuana, es la puerta de acceso a otras derogas más peligrosas en la juventud. La información y el estudio completo se podrá leer en el número del mes próximo, agosto, del Journal of School Health.
Este es sólo uno de los tantos estudios sobre el tema. Lamentablemente la población mundial continúa juzgando en base a la ignorancia en los temas tabúes (lo cual tampoco es una excepción sino la regla). Y lo digo yo como alguien que aprecia la calidad del buen vino y que no consume marihuana ni le interesa. Por el contrario, me preocupa la falta de estímulo que las sociedades consumistas pretenden sustituir con una abundancia de estimulantes artificiales y excitaciones que sólo dejan beneficios en las arcas de las grandes corporaciones.
Entonces, no me interesa la marihuana. Me interesa la verdad. Como mencioné en algunos artículos anteriores, algunos estudios recientes realizados en universidades norteamericanas demuestran que para el hígado es lo mismo tomar cierta cantidad de alcohol que una aparentemente inofensiva gaseosa, debido al shock de azúcar que significa. El vino, por lo menos, tiene beneficios para la salud; una gaseosa, ninguno. Pero a ningún gobierno se le ocurriría prohibir el consumo de bebidas colas o de tortas de cumpleaños. No porque entones tendríamos lógicamente cola y pastelestraficantes, sino porque basan sus juicios finales en el prejuicio y en la reacción conservadora antes de abrirse a un verdadero debate desinteresado y no uno de esos clásicos, aburridos y anesteciantes debates políticos donde cada uno defiende su posición rodeándose de trincheras de ideas.
El Partido Comunista presentó una querella para esclarecer las exactas causas de la muerte del poeta. Hay sospechas de que podría haber sidoenvenenado
Neruda murió a los 69 años el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe militar que derribó a su amigo Salvador Allende. La razón de su deceso según se comunicó entonces fue un cáncer a la próstata que padecía. Sus amigos y familiares sostuvieron tras su deceso que el estado de Neruda se agravó tras el golpe militar del 11 de setiembre y por la muerte de su amigo.
Pero recientemente surgieron dudas al sostener su chofer, Manuel Araya, que el poeta habría sido asesinado por agentes de la dictadura recién instaurada por el general Augusto Pinochet. Neruda, que recibió el Nobel de Literatura en 1971, se encontraba internado en una clínica privada, la misma donde en 1981 falleció el ex presidente Eduardo Frei, quien habría sido envenenado por los agentes de Pinochet según evidencia en el proceso que se lleva a cabo.
Según Araya, el poeta habría recibido una inyección en el estómago que le causó la muerte. La Fundación Neruda, que administra sus bienes y legado, desmintió la versión y sostuvo que no hay antecedentes que confirmen la aseveración del chofer. Pero el Partido Comunista, al cual pertenecía el poeta, presentó el martes una querella para determinar las exactas razones de su muerte.
«El Partido Comunista de Chile se hace plenamente responsable de este acto. Pensamos que es un debe moral ineludible y porque además está dentro de un cuadro que se ha presentado en el país en el último tiempo en que se han empezado a aclarar muertes que parecían habían sucedido de un modo y sucedieron de otro modo por la acción de terceros», dijo al interponer en la Corte de Apelaciones de Santiago la querella el diputado y presidente del PC, Guillermo Teillier.
Citó como ejemplos que avalan esas sospechas de la muerte de Frei, del dudoso suicidio del ex ministro José Tohá y recientemente de la autopsia que se le practica a los restos exhumados del presidente Salvador Allende. El abogado que representa al Partido Comunista en la acción judicial, Eduardo Contreras, aseveró que la querella es «porque el conjunto de evidencias registrado en los últimos meses señala claramente que hay una duda legítima respecto a esta presunta muerte natural del poeta Pablo Neruda».
Contreras afirmó que además de las declaraciones del chofer Manuel Araya existen otros testimonios, como el del ex embajador de México en Chile Gonzalo Martínez Corbalá, que estuvieron con Neruda en la clínica el día anterior a su muerte y lo encontraron en buenas condiciones. Contreras le dijo a la AP que además de las declaraciones del ex diplomático mexicano existen testimonios de empleados de servicio del poeta. «Hay antecedentes que reafirman las sospechas», expresó.
Agregó que la versión del chofer Araya «es absolutamente verosímil» y que están indagando con toxicólogos la sustancia que le habrían inyectado. Las causas de la muerte de Neruda serán investigadas, al igual que en el caso de Allende, por el magistrado Mario Carroza, a quien la Corte Suprema encomendó esclarecer las muertes de 726 personas no investigadas hasta ahora.
Se basa en datos del Programa Mundial de Alimentos, iniciativa financiada por donaciones voluntarias. Haití, República Dominicana y Boliviaregistran los índices más altos de desnutrición en América Latina
La investigación establece seis categorías para clasificar la desnutrición mundial. Por colores, el celeste representa a las naciones con un 5% -o menos- de población desnutrida. En esta categoría aparecen, entre otros, los países europeos, Rusia, los Estados Unidos, Japón y Canadá; pero también se ubican países latinoamericanos como México, Costa Rica, Chile, Uruguay y Argentina. Con menos del 5% de su población desnutrida, además, se registran algunos países africanos y árabescomo Marruecos Argelia, Libia, Egipto, Siria, Arabia Saudita y el persa Irán. Del África subsahariana sólo aparecen Sudáfrica y Gabón.
El hambre, para las naciones en desarrollo, representa un costo de más 450 mil millones de dólares al año. En este punto es donde entra en acción el PMA: «Durante las emergencias llevamos alimentos a donde más se necesite para salvar las vidas de las víctimas de desastres naturales, de las guerras o conflictos civiles. Una vez que las emergencias han pasado, usamos los alimentos para ayudar a las comunidades a reconstruir sus vidas destrozadas».
Según detalla el PMA en su sitio web, una de cada seis personas en el mundo no tiene alimentos suficientes para estar saludable y llevar una vida activa. «El hambre y la desnutrición son consideradas a nivel mundial el principal riesgo a la salud, más que el SIDA, la malaria y la tuberculosis juntas».
La mayoría de los países latinoamericanos están calificados en las primeras tres categorías de este mapa. El caso más preocupante es el de Haití que registra una desnutrición «muy alta», mayor al 35 por ciento. República Dominicana y Bolivia, tienen una tasa «moderadamente alta», entre un 20 y un 34 por ciento.
Honduras, Nicaragua, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Paraguay entraron en la categoría «moderadamente baja», con niveles de desnutrición de entre el 10 y el 19 por ciento. Y finalmente Brasil, aparece pintada en amarillo con una tasa de entre el 5 y el 9 por ciento.
El PMA detalla que entre las principales causas del hambre están los desastres naturales, los conflictos, la pobreza, la falta de infraestructura agrícola y la sobre-explotación del medioambiente. Recientemente, el número de personas con hambre se incrementó debido a las crisis financieras y económicas.
El programa de Naciones Unidas, además explica que existe otro tipo de hambre, el oculto «producto de la deficiencia de micronutrientes y hace a las personas más susceptibles a las enfermedades infecciosas, perjudica el desarrollo físico y mental, reduce la productividad laboral y aumenta el riesgo de una sufrir una muerte prematura».
Los cinco objetivos estratégicos del PMA son: Salvar vidas y proteger los medios de subsistencia en emergencias. Prevenir el hambre aguda e invertir en medidas de preparación para casos de catástrofe y de mitigación de sus efectos. Reconstruir las comunidades y restablecer los medios de subsistencia después de un conflicto o una catástrofe o en situaciones de transición. Reducir el hambre crónica y la desnutrición. Fortalecer la capacidad de los países para reducir el hambre.
Esta iniciativa se financia con aportes voluntarios. En su sitio online se especifica que con sólo 25 centavos de dólar se garantiza «una taza de alimentos que contengan todos los nutrientes necesarios para un día». El eslogan es «llena la taza», con un dólar aportado, se llenan cuatro.
De Caracas, Lima, Tegucigalpa criticam-me dizendo que falar de classes sociais para analisar o golpe em Honduras é um cliché fora de moda.
Sim, é um cliché fora de moda. E uma realidade actual, também. A pós-modernidade empreendeu uma longa campanha cultural e ideológica no último terço do século XX para revogar conceitos binários e dicotómicos como opressor/oprimido, rico/pobre, branco/negro, homem/mulher, etc. Ao eliminar o primeiro par desaparecia de forma automática qualquer ideia de imperialismo, de colonialismo e de machismo. Assim, toda realidade era uma ilha que pouco tinha a ver com o resto, diferente do que afirmavam os antiquados estruturalistas. O pobre não tinha nada a ver nem a reclamar do rico nem vice-versa; uma colónia não era o resultado da existência do colonizador nem a «mulher feminina» era o resultado do homem masculino. O mesmo quanto aos países, as culturas, as histórias. Ilhas, átomos, universos independentes, sociedades autistas. Livres como um pássaro (que está condenado a voar e a emigrar). Também neste sentido, o pós-modernismo foi anti-humanista.
Mas as classes sociais ainda existem. Existiram desde há alguns milénios e a sua lógica funcionou com muita clareza até nas sociedades de gorilas e chimpanzés. Para os conservadores, esta observação seria um argumento a favor das classes sociais. «Assim é desde que o mundo é mundo», é o lema reaccionário. Para os humanistas progressistas é um argumento contra, já que muito de nós defendem a teoria da Evolução. Como problematizámos em muitos outros ensaios, o progressivo incremento das liberdades individuais desde o fim da Idade Média não foi em detrimento da igualdade e sim a seu favor. E vice-versa.
Na América Latina a classe dominante costumava ser um pequeno grupo de brancos, educados, actores principais na política, no governo e nos negócios. A maioria da população estava resignada a seguir os passos da sua classe social. Se algum mudava de classe, esta excepção era publicitada mas não abolia a regra.
Com sorte, o sistema de classes sociais é muito menos rígido que o de castas na Índia. Hoje em dia é menos forte e nisso consiste o desenvolvimento. Mas existe, sobretudo em países como Honduras onde quase todos os meios importantes de informação e de formação de opinião pertencem a umas poucas famílias, a reduzidos e quase impenetráveis círculos de influência. E esses meios praticaram desde sempre uma campanha a favor de um anacrónico sistema de classes sociais. Seu mais recente papel foi no golpe de Estado. Não porque Zelaya fosse um exemplo de político democrático e sim porque pôs em risco o controle político da sua própria classe. A esse monopólio chamaram, estrategicamente, liberdade de imprensa, liberdade de expressão. Com sorte, um camponês hondurenho é livre para gritar na praça da aldeia para ser ouvido por cem pessoas. Não é suficiente? Então, segundo esta ideologia hegemónica, o inculto é um maldito revoltoso que quer eliminar a liberdade de expressão, romper a ordem democrática e sequestrar as crianças para doutriná-las.
Até bem dentro do século XX os índios na América Latina recebiam terríveis sovas por desobedecerem aos seus patrões. Mas agradeciam. O sistema de «índios pongo» obrigava-os moralmente a trabalhar gratuitamente. Os índios levavam os rebanhos de uma estância à outra sem a tentação de roubar de vez em quando uma ovelha. Razão pela qual em países como a Bolívia e o Peru o desenvolvimento ferroviário foi raquítico, em comparação com outros países da região. Como prémio, o discurso dominante descrevia-os como corruptos, atrasados e imorais. Porque eram pobres e seus prazeres eram tão baratos quanto a aguardente. Quando um exército patriótico e faminto passava pela sua miserável choça, violava impunemente a sua mulher e roubava as suas poucas ovelhas. Quanto menos auto-estima, melhor. Também os escravos africanos açoitavam outros escravos de escala inferior para sustentar o sistema de privilégios. Os açoitados agradeciam porque as sovas, como exorcismo moral, ajudavam-nos a não ser «maus negros» que esqueciam a sua condição natural de animais inferiores.
Quer dizer que a opressão de um grupo por outro (uma classe sobre outra, uma raça sobre outra, um género, um sexo sobre outro, um grupo financeiro sobre outro, etc.) só é possível por essa colonização moral, por essa moral do oprimido. E para isso havia que possuir a maioria dos meios de imprensa «mais prestigiosos e influentes».
A estrutura social de Honduras hoje é quase a mesma de há décadas. Não é difícil identificar a sua classe dominante, com certa educação, a mínima necessária para ser a dos senhores neo-feudais da «república». São reconhecidos pelos seus nomes, pelos seus métodos, por sua propriedades ostentosas, por seus velhos e conhecidos discursos que – como na época de Franco na Espanha, de Pinochet no Chile, de Bush e tantos outros nos Estados Unidos – apelam ao patriotismo, à tradição, à religião e à liberdade para justificar o seu poder político, ideológico e financeiro.
Por outro lado, Honduras, um dos países mais pobres do continente, é composto por uma vasta e maioritária classe de camponeses, operários e pequenos comerciantes que nunca acedeu a uma educação secundária e menos ainda a uma universidade. Não para que sejamos todos doutores e sim para que qualquer operário seja um produtor capacitado, intelectualmente criativo e com gozo de tempo livre para construir-se como ser humano. Se tudo isto não é opressão de classe, chame-se como se quiser. Mas esta realidade continuará a estar aí ainda que seja maquilhada e seja travestida.
Claro, todos devemos tornar-nos responsáveis pelo nosso destino. Em grande medida somo. Não merece o mesmo alguém que se senta à espera de que caia um fruto sobre a sua boca e aquele outro que trabalha todo o dia para que o milagre se produza. Mas ninguém tem uma liberdade absoluta e uns são mais livres (socialmente) que outros. Olhemos em nosso redor e perguntemo-nos se todos somos igualmente livres.
O poder existe. Existe o poder muscular, o poder económico, o poder político, etc. Quando um grupo qualquer impõe seus interesses sobre outros quando pode obter mais benefícios imediatos do que recorrendo à colaboração, a isso chamo ter o poder. Esse poder possui, além de força muscular, uma voz sedutora, quando não intimidatória, fácil de produzir ecos em todos os rincões. As mentiras do poder não são eternas, mas podem sobreviver gerações ou o necessário para confirmar que a justiça que tarda não chega.
Nossa visão humanista entende que a longo prazo a colaboração é mais benéfica para o desenvolvimento e o progresso (perdão pela má palavra) de todos. Mas os conservadores não estão interessados em esperar tanto. Eles vêem tudo como um arquipélago de ilhas rodeadas de muralhas, uma das quais é a eleita de Deus, sob a pax romana, a paz dos cemitérios ou combatendo-se umas às outras ao mesmo tempo que acusam os progressistas de alimentar o ódio de classes. Se não se falar disso, isso não existe. É o antigo recurso de arrancar os olhos a um pássaro enjaulado para que cante mais e melhor.
Julho/2009
[*] Ensaista, uruguaio, professor da Lincoln University.
En la academia todavía tenemos la manía de andar pensando cosas raras sin un propósito definido de antemano. Es una vieja tradición, con algunos casos célebres. Hay gente que se pasa la vida tratando de descubrir por qué las polillas se posan en un ángulo alfa en los meses de setiembre y marzo; o por qué decimos “aquí” en lugar de “acá”, and so on. Muchos fracasan, pero por cada uno que logra responder ese tipo de preguntas bizarras luego resulta que medio pueblo se salva de una catástrofe o termina masacrado por algún hombre práctico que no pierde su tiempo en descubrir “por qué” pero está seguro en “cómo” aplicarlo a la realidad. ¿Qué se imaginaba Einstein que sus especulaciones de 1905 sobre la relatividad del tiempo terminarían en la bomba atómica?
Tiempo atrás estuvimos trabajando en un interesante programa que llamamos IT (Identificador de Texto). La idea se me había ocurrido hace varios años y es muy simple: toda existencia deja trazas. En el caso de la expresión de la escritura, la historia es conocida. La caligrafía tradicional se centra principalmente en el trazo del autor. Cada persona dibuja o da un énfasis particular a cada letra, a cada palabra. De hecho cualquiera puede distinguir, más o menos, el manuscrito de un hombre del de una mujer (y sus variaciones) o el manuscrito de un tímido del de un extrovertido, con sólo echar una mirada a la caligrafía. Algo parecido ocurría también en la era de las maquinas de escribir. Cada máquina tenía un golpe de letra particular, por lo cual no resultaba difícil identificar al autor de un texto anónimo si se localizaba la maquina. Para evitar esta identificación del anónimo, se inventó luego la misiva hecha de letras y palabras recortadas de los diarios.
En el mundo electrónico el anonimato pareció triunfar finalmente. Muchos lectores de diarios aprovechan esta creencia del anonimato inventándose seudónimos y descargando sus frustraciones ocultas en el travestismo de su identidad propia. Obviamente que cada vez que alguien pone un comentario anónimo en cualquier sitio graba su IP, el cual es expuesto al administrador de dicha página digital. Ni que hablar de un correo electrónico.
Pero aún así queda la posibilidad de que el anónimo use una computadora pública o se conecte en el wireless del parque más cercano o de la librería donde toma café. En países como Estados Unidos, resulta bastante difícil no encontrar un servicio gratuito de Internet o una computadora libre en algún restaurante o en alguna universidad. En Asia, África y en América Latina son más comunes los cyber cafes. A los efectos es lo mismo: el receptor muchas veces puede saber de dónde procede un mensaje X o el comentario de un lector registrado o sin registrar en un diario, por ejemplo, pero muchas veces no puede detectar directamente quién es el autor.
En el mundo digital no tenemos la caligrafía del escritor ni el golpe de tecla de la máquina de escribir, pero tenemos un rastro inequívoco, si se lo analiza a gran escala: la sintaxis y la gramática que, desde un punto de vista radical, es como las huellas dactilares de cada persona.
Como el tono de voz y como cualquier expresión humana, la gramática profunda de cada individuo es casi tan particular como su ADN. No hay en el mundo dos personas que escriban exactamente igual. Por supuesto que en el proceso de investigación y prueba, también consideramos y valoramos la autodeformación deliberada: faltas ortográficas realizadas a posteriori o intencionalmente, desplazamientos forzados de adjetivos o de sustantivos, una duplicación pronominal donde no la había, una variación en el dativo, un complemento indirecto redundante, una voz pasiva en lugar de la activa, eliminación de artículos o abuso de gerundios, de leísmos o de tiempos verbales como el pasado perfecto (más propio de España que de Chile, por ejemplo), adopción de estilos de clases sociales que le son ajenas al autor, etc.
No obstante, al igual que aquellos que escribían a mano intentaban deformar su propia letra para crear el anonimato, esta deformación es prácticamente imposible ante los ojos de un experto calígrafo. En el mundo digital no tenemos la ventaja del trazo de la mano en el papel pero, en cambio, poseemos un número de ocurrencias que multiplican varias veces las cartas a mano. Por otro lado, con el uso de una computadora especializada de poder mediano, es posible realizar millones de combinaciones sintácticas y gramaticales. Es aquí que, a partir de un determinado número de textos, la identidad se reconoce con una precisión que no deja dudas. Esta idea puede resultar extraña o compleja, pero es fácil de comprender si recurrimos a una metáfora: si una persona se saca una cantidad X de fotografías y en cada una cubre una parte diferente de su rostro haciendo irreconocible su identidad en cada una de las fotografías, evidentemente basta un numero específico de fotos “enmascaradas” para tener el retrato exacto, desenmascarado, del hombre de las múltiples caras. Un experimento semejante se podría hacer con los diferentes personajes representados por un mismo actor. La combinación no arrojaría ninguno de sus personajes particulares sino el retrato del actor.
Este proyecto lingüístico tenía virtudes y defectos. La contra era que en cierta medida hubiese podido incrementar una práctica de “gran hermano”, de la cual somos todos victimas hasta cierto punto. La ventaja era que ayudaba a desenmascarar desde criminales hasta pequeños insultantes. Hubo un caso, por ejemplo, el de un texto firmado por un seudónimo que luego de testeado arrojó la identidad de un político algo conocido, sin mucha trascendencia.
Finalmente abandonamos el proyecto. Había más dudas que certezas sobre sus posibles aplicaciones. No obstante sabemos que no pasará mucho tiempo antes que alguien más se le ocurra la misma idea y, por supuesto, haga mucho dinero en el proceso. Porque uno de los fenómenos más interesantes de nuestro tiempo es ver cómo alguien o un pequeño grupo, en uso y abuso de su propio ingenio, logra que millones de personas trabajen gratuitamente para ellos. En casos, además, quienes trabajan gratuitamente lo hacen con pasión y alegría, ya que se sienten protagonistas y participes de alguna forma de poder o de liberación prefabricada.
—Hoy capamos a éste —dijo uno—. Mañana te toca a vos.
Al día siguiente Caíto tenía la ingle monstruosamente hinchada. Había pasado toda la noche tratando de esconderse los testículos.
Tecnología de la barbarie
El tío Caíto tenía treinta y pocos años cuando lo agarraron en 1972. Dicen que había colaborado con unos tupamaros que andaban prófugos en el campo donde trabajaba.
De él recuerdo su incipiente calvicie y su gran bigote. Todavía tartamudeaba cuando se ponía nervioso.
Si viviera seguramente andaríamos medio peleados, tal vez por alguna discusión política. ¿Por qué te metiste en eso? ¿Cómo no te diste cuenta que también los rusos tenían su dictadura, sus propios crímenes, sus propias injusticias, su propia mierda?
Claro, qué fácil pensarlo ahora. Qué fácil es solucionar el pasado. Si al menos viésemos por donde caminamos con la misma claridad que podemos ver hacia atrás, donde ya nada podemos hacer. Pero es una condición humana: vamos aprendiendo a medida que dejamos de necesitarlo. Aprendemos a criar a un hijo cuando ese hijo ya ha crecido o comprendemos realmente a un padre cuando ya es un anciano o ya no está entre nosotros.
Al tío Caíto lo agarraron en un campo de Tacuarembó, Uruguay, y lo arrastraron con un caballo como si su cuerpo fuese un arado. Probaron ahogarlo varias veces en un arrollo. No pudo confesar nada porque sabía menos que los militares que querían saber algo, además de divertirse, porque los días eran largos y los sueldos eran magros.
Tal vez Caíto inventó algún nombre o algún lugar o alguna cifra que lo aliviara por un momento.
En la cárcel tuvo que pasar varias. Un día de visita le confesó a su madre que se había vuelto tupamaro allí adentro. Al menos desde entonces la dictadura militar tuvo una razón seria para retenerlo.
La justicia militar habrá tenido otras razones para usar la diversión y el placer por el sufrimiento ajeno, como los respetables espectadores sienten placer con la tortura de un animal en una corrida de toros.
Los militares de entonces eran muy ingeniosos cuando estaban aburridos. Algunas veces he propuesto la creación de un Museo de la Guerra Sucia, como monumento a la condición humana. Pero siempre me han contestado que eso sería algo inconveniente, algo que no ayudaría al entendimiento entre todos los uruguayos. Tal vez por eso hay muchos museos sobre los indios charrúas donde se acumulan vasijas y flechitas de aquellos simpáticos salvajes, pero ninguno sobre el holocausto charrúa realizado por algunos héroes que todavía cabalgan como fantasmas multiplicados en sus caballos de bronce por las calles de varias ciudades. Estoy seguro que el material de dicho museo sería muy diverso, con tantos documentos desclasificados aquí y allá (esas estériles confesiones psicoanalíticas que las democracias hacen cada treinta años para aliviar sus conflictos existenciales), con tantos juguetes sexuales y otras curiosidades tan didácticas para académicos y escolares.
Por ejemplo. Un día los militares castigaron a un preso y simularon que lo habían castrado. Luego pasaron por donde estaba Caíto y le mostraron un riñón, un recipiente usado en cirugías, lleno de sangre.
—Hoy capamos a éste —dijo uno—. Mañana te toca a vos.
Al día siguiente Caíto tenía la ingle monstruosamente hinchada. Había pasado toda la noche tratando de esconderse los testículos.
Supe de esta historia por algunos que habían estado con él. Entonces recordé y comprendí por qué mi abuela Joaquina le decía a alguien, en secreto, que a su hijo no le habían podido encontrar los testículos. De chico yo imaginaba que el tío tenía un defecto congénito y por eso nunca había tenido hijos.
A Marta, su mujer, le dijeron algo parecido:
—Hoy lo capamos a él. Mañana lo fusilamos.
Por supuesto, los soldados de la patria no hicieron ni una cosa ni la otra. No llegaron a semejante extremo porque en Uruguay los desaparecidos no eran tan comunes como en Argentina o en Chile. Los uruguayos siempre fuimos más moderados, más civilizados. Más sutiles. Siempre nos sentimos tan pequeños entre Brasil y Argentina y siempre tan aliviados y tan orgullosos de no llegar a las barbaridades de nuestros hermanastros. Al fin y al cabo, si de eso no se habla, eso no existe, como en La Casa de Bernarda Alba: “silencio, silencio, silencio he dicho…”
Por esos días mi hermano y yo andábamos en la casa de campo. Yo tenía tres años y mi hermano casi el doble. Jugábamos en el patio, al lado de las ruedas de una carreta, cuando sentimos un ruido muy fuerte. Recuerdo el patio, la carreta, el árbol y casi todo lo demás. Salimos corriendo y llegamos primero que todos al cuarto de la tía Marta. La tía estaba boca arriba sobre la cama, con un agujero en el pecho.
Enseguida alguien mayor nos arrastró afuera para evitar lo inevitable.
Se supone que debíamos traumarnos, convertirnos en delincuentes o algo por el estilo.
De lo primero no sé, pero doy fe que lo más fuera de la ley que he hecho en mi vida fue cuando tenía cinco años. Subí a la torre de control de una cárcel y toqué las alarmas. Luego del revuelo de agentes de seguridad que corrían a mis pies, me bajaron colgando de un brazo. También de niño pasé mensajes clandestinos en la cárcel más segura del país, dada mi memoria de entonces que mis amigos de la universidad elogiarían más tarde.
Caíto murió poco después de salir en libertad. Que es una forma de hablar. Estaba preso en la mayor cárcel de presos políticos en un pueblo llamado Libertad. Digamos, para ser más exactos, que murió en medio del campo, poco después de salir de la cárcel, a los 39 años. Tal vez de un ataque al corazón, como dijo el médico, o por un golpe en la cabeza, como le pareció a su madre, o por las dos cosas. O por todas las demás cosas.
Si hoy viviese, nos andaríamos peleando por razones políticas. Yo, echándole en cara sus errores. Él llamándome “pequeño burgués” o algo merecidamente por el estilo. O tal vez me equivoco y segaríamos siendo tan buenos amigos como éramos hasta que se murió.
Porque en el fondo lo que más importan no son las razones políticas. El sadismo que ejercitaron con él no tiene ideología, aunque eventualmente puede servir a las dictaduras de izquierdas o de derecha, a las democracias del Norte o a las del Sur.
Los caítos y las martas del Uruguay no importan demasiado. No fueron desaparecidos y murieron por causas naturales o se suicidaron. Por otro lado, aquellos soldados con sentido del humor que jugaban a castrar presos hoy en día deben ser unos pobres viejitos que cuidan que sus nietos no vean escenas violentas en la televisión, mientras les explican que la violencia y la falta de moral de la sociedad hoy en día se debe a que se han perdido los valores fundamentales de la familia.
Hace unos años, más precisamente seis, escribíamos respondiendo a la muy de moda teoría de Francis Fukuyama, que “podemos vivir algún tiempo en el Fin de la Historia, pero aún no podemos acabar completamente con ella. Por dos razones: es posible que aún quede algo por construir y, sobre todo, es seguro que aún queda mucho por destruir. Y basta con crear o destruir para hacer historia”(1) Ahora, aún después de los trágicos acontecimientos que el mundo conoce, considero que pretender entender la tensión internacional bajo la única lupa del “choque de civilizaciones” (clash of civilizations) es una nueva simplificación, tan conveniente a intereses particulares como la anterior.
Empecemos por observar que pocas cosas hay más inapropiadas que el término “Aldea Global”. De mi experiencia africana creo haber aprendido que una de las características de una “aldea” no es la riqueza ni las comunicaciones a distancia ni el egoísmo tribal, sino todo lo contrario. En una aldea de la sabana, cada mujer es la madre de cada integrante, y el dolor de uno es el dolor de todos. Sin embargo, en lo que paradójicamente se llama “aldea global”, lo que predomina es la lucha de intereses: cada país y sobre todo cada minúsculo grupo financiero lucha a muerte por la imposición de sus intereses, los que casi siempre son económicos. Todo por lo cual sería más apropiado llamar a nuestro mundo (si todavía están interesados en usar metáforas indigenistas) “tribalismo planetario”. “Aldea global” es sólo un triste oximoron.
Como siempre, las diferencias más visibles son las culturales. Y en un mundo construido por la imagen y la propaganda un turbante, un kimono y un smoking tienen más fuerza simbólica que una idea transparente. Ya en otro espacio hemos defendido la diversidad de paradigmas culturales y existenciales. Sin embargo, la historia también nos dice que existieron, desde hace miles de años, culturas y concepciones religiosas y filosóficas tan distintas como se puedan concebir, conviviendo en un mismo imperio y en una misma ciudad, y no necesariamente sus integrantes se relacionaban intercambiando piedras y palos. Las piedras siempre aparecen cuando los intereses entran en conflicto. También el presente nos dice lo mismo: existen lugares geográficos donde la tensión del conflicto es extrema y otros, con la misma o con mayor diversidad cultural, donde la tolerancia predomina.
En el actual contexto mundial, lo único cierto es la existencia de intereses opuestos: las castas financieras contra las castas productivas, los ricos contra los pobres, los poderosos contra los débiles, los dueños del orden contra los rebeldes, los consumidores contra los productores, los honrados contra los honestos, and so on. Quiero decir que más importante aún que el novedoso «choque de civilizaciones» es el antiguo pero siempre oculto «choque de intereses».
Lamentablemente, esa tensión irá en aumento si no hay cambios geopolíticos importantes, porque el llamado “mundo globalizado” es, antes que nada, un “mundo cerrado”, esto es, un planeta que se encoge, con áreas geográficas fijas y con recursos escasos y limitados. Ya no quedan continentes por descubrir ni provincias indígenas por usurpar en nombre de la Justicia, la Libertad y el Progreso. Después de la desarticulación de los países del Este y de su colonización cultural y económica tampoco quedan consumidores blancos. Sólo el entusiasmo de un Kenichi Ohmae pudo haber dicho: “people want Sony not soil” (entendiéndose “soil” también como “tradición” y “cultura”).
Como siempre, los métodos y las apariencias han cambiado: ya no existen “enfrentamientos” en el sentido tradicional: ahora se mata de sorpresa o a la distancia. Ya no existen “héroes” de batalla. Sin embargo, al mismo tiempo que el gran poder se ha ido concentrando en pocas manos, también ha surgido un poder atomizado, desparramado en manos de individuos anónimos y oscuros. Y también ellos disponen de un arma mortal: el conocimiento sin sabiduría.
¿Y cuál es la respuesta de nuestros sabios gobernantes? Bien, ya la conocemos. Pero no olvidemos que dividir el mundo entre Buenos y Malos sólo conduce a un violento diálogo de sordos, ya que todos se consideran a sí mismos buenos, y malos a los demás. El único camino hacia la paz y hacia la justicia sigue siendo el diálogo, la negociación y, sobre todo, una mayor cultura de la reflexión. Necesitamos más de eso que se está eliminando de nuestros programas de enseñanza porque es «improductivo»: pensamiento filosófico.
Es por esta razón (la lucha de intereses) que en el siglo XXI la mayor tensión será provocada por Estados Unidos y China. Según las perspectivas de crecimiento chino, no sería difícil suponer que esta tensión se hará crítica en el año 2015. Los países islámicos aún poseen una de las más importantes fuentes de energía de la economía moderna y los “intereses” de pocos de ellos difieren de aquellos de Occidente: el imperio teológico. Pero China la dormida e imperialista China irá en busca de aquello que Noroccidente posee: el poder económico mundial.
Sólo la destrucción de las Torres Gemelas es el símbolo más poderoso y trágico de la historia de Estados Unidos (no por el número de víctimas; el siglo XX conoció horrores mayores y debemos decir que todos eran seres humanos, aunque fuesen pobres y tuviesen la piel negra o amarilla). Pero la fuerza del símbolo impide ver otras realidades que también amenazan su primacía sobre la Tierra. Estados Unidos no perderá su posición predominante por los ataques terroristas; por el contrario, éstos han servido para consolidar su presencia militar en todo el mundo. Y no hay que dejarse engañar por las estadísticas. Cada vez que un gobernante de cualquier país, sea electo democráticamente o autoimpuesto por otro tipo de fuerza oscura, se ha embarcado en guerra con otro país, su popularidad ha crecido hasta niveles irracionales. Atacar a un país vecino o a otro más lejano es muy ventajoso para el orgullo y la ambición de un solo hombre que no alcanza a resolver los problemas propios de su país o de su lejana infancia (Si los «líderes» fuesen a las guerras que ellos mismos promueven, seguramente tendríamos un mundo en paz, por una razón doble). Es mucho más fácil ser líder en la guerra que en la paz, pero no es este tipo de liderazgo el que es propio de los gobernantes sabios. Claro, se podrá decir que el tiempo es el juez supremo. Pero no olvidemos que cuando la historia habla ya es tarde y, para entonces, los protagonistas se han convertido en piezas óseas de museos o en monumentos recordatorios.
Los años dorados de América no culminarán por las acciones de un hombre a caballo, escondido en una cueva inubicable, sino por el surgimiento de una nueva potencia. Los países árabes están lejos de alzarse con el imperio que alguna vez ostentaron. No sólo porque no están dadas las condiciones políticas y culturales que los aglutine, sino porque al Islam actual no le interesa tanto la conquista militar y económica como la conquista o imposición de una moral que no es tan rentable ni imperialista como lo fue la ética protestante de siglos anteriores.
En el año 1996 escribíamos (2): “Cuando los regímenes comunistas cayeron, no cayeron por sus carencias morales; cayeron por sus defectos económicos. Y eso es, precisamente, lo que se les reprocha como principal argumento. Al parecer, la justicia sólo llega con el fracaso económico. ¿Qué diremos de este anacrónico fin de siglo cuando fracase? ¿Debemos esperar hasta entonces para decir algo? (…) Sobre el próximo siglo se terminará de dibujar un terrible triángulo, en cuyos vértices se opondrán la concentración libre del Capital, los desplazados y la Pobreza, y la Democracia, la que será el objetivo y el instrumento de los otros dos vértices que se oponen” Ahora, a seis años de estas palabras, qué es necesario que ocurra para que los entusiastas ideólogos del Orden Mundial reconozcan que han fracasado, vergonzosa y criminalmente?
En los nuevos conflictos habrá, naturalmente, muertos. Y sin duda ellos serán, como siempre, los mismo inocentes sin rostros y sin nombres para la conciencia mundial: la muerte de cientos de miles de ellos no duele tanto como puede doler la desaparición de Lady Di.
En este nuevo siglo, no sin tragedia como suele ocurrir siempre, el mundo comprenderá que la solidaridad no sólo es justa sino que también es conveniente. Lo que para una especie particularmente egoísta como la nuestra significa “suficiente”. Será recién entonces cuando las obscenas diferencias y privilegios que hoy gobiernan el mundo comiencen a disminuir.
(1) (1) (2) “Crítica de la pasión pura”, Ed. Graffiti 1998.
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