Necesitamos más autistas

En una de esas reuniones de colegas y con algún que otro desconocido, una de esas donde (me han dicho y se leen en las memorias de manipuladores jubilados) suelen ir los agentes secretos con un vaso de whisky en la mano a conversar de cultura, un señor de Texas, aficionado a la historia de América Central, me preguntó mi opinión sobre Julian Assange y Edward Snowden. Ellos saben que pocos profesores resisten la tentación de dar respuestas radicales cuando alguien entra en sus áreas de estudio. Tampoco resultaba difícil saber que en los últimos meses yo había comprado varios libros sobre el tema, aparte de mis investigaciones en el National Archive. En pocos minutos, el señor de la corbata morada había llegado al punto previsible:

¿Ha observado usted que todos ellos tienen algún problema psicológico? Assange es un womanizer (mujeriego). El exagente Snowden está bien casado, pero ni siquiera llegó a graduarse de la secundaria, a pesar de su notable inteligencia. El soldado Bradley Manning, luego Chelsea Manning, se reveló como una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Glenn Greenwald se enamoró de un hombre brasileño y se fue a vivir allá… No digo que ser homosexual o transgénero sea algo malo, sólo que es un factor común que comparten todos ellos. ¿Qué significa este patrón psicológico?”.

“No, pero…” Por entonces, me acordé de la persecución de negros, gays y lesbianas que en Estados Unidos había puesto en práctica el senador Arthur McCarty y el infame director del FBI, Edgar Hoover, durante la Guerra Fría, por considerar que los negros y homosexuales eran propensos a traicionar a su país y a su religión al simpatizar con las causas comunistas de justicia e igualdad.

En 2019 y después, el mismo presidente de Brasil, Capitán Jair Bolsonaro, se refirió a Greenwald repetidas veces haciendo referencia a su sexualidad (“Do you burn the donut?”) como forma de descalificación personal e ideológica, a lo que el periodista estadounidense contestó observando la clara fijación anal del presidente. Luego de las revelaciones de Snowden en 2013, Greenwald y su proyecto The Intercept también fueron claves para denunciar la corrupción del sistema político brasileño, desde los corruptos jueces anticorrupción como Sergio Moro, quien logró poner en la cárcel al entonces candidato favorito a la presidencia, Lula, hasta los parlamentarios más corruptos que años antes habían destituido a Dilma Rousseff bajo alegaciones de corrupción.

De las etiquetas más comunes en disidentes incómodos como Julian Assange, Chelsea Manning y Edward Snowden están los de “narcisista” o algo relacionado con alguna discapacidad. Bob Schieffer, el periodista estrella de CBS (irónicamente, en un programa titulado “Face the Nation”), intentó deslegitimar las revelaciones de Snowden, calificándolo de “joven narcisista que se cree más listo que todos nosotros” y comparándolo con los riesgos que corrió Martin Luther King, quien se quedó en el país luego de violar las leyes injustas de su época. Para continuar el tejido de la tradicional telaraña mediática, el poderoso Business Insider tituló: “Bob Schieffer de CBS destruye a Edward Snowden en 90 segundos”. Edward Snowden y Glenn Greenwald (el periodista que publicó los documentos filtrados por Snowden) fueron calificados repetidas veces de “cobardes” y de “traidores”, uno por huir a Hong Kong y el otro por mudarse a Brasil. El veterano periodista de CBS no mencionó que Martin Luther King fue perseguido por el FBI y finalmente asesinado, como la mayoría de los líderes de la época, por “individuos no vinculados al poder”.

¿Qué significa este patrón psicológico para usted, profesor?” insistió el señor del whisky con mucho hielo, a quien nunca había visto antes pero que me había aclarado de entrada que no era un profesor nuevo.

Para mí significa que el mundo necesita más gays, más transexuales y más autistas”, fue lo único que se me ocurrió decir, creo que más bien para deshacerme de aquel señor con una autoestima tan elevada y con una mal fingida ignorancia. Funcionó, por el momento.

Unos años después, una de mis estudiantes más avanzadas que escuchó el diálogo se pasó por mi oficina para discutir detalles del curso que estaba tomando y me mencionó una investigación que había leído sobre ética y autismo. El estudio, publicado en The Journal of Neuroscience en febrero de 2021 por un grupo internacional de nueve expertos (“Right Temporoparietal Junction Underlies Avoidance of Moral Transgression in Autism Spectrum Disorder”), realizó un experimento con dos grupos de personas, uno compuesto por individuos clasificados dentro del “espectro autista” y el otro con gente fuera del mismo, es decir, en lenguaje popular, “gente normal como nosotros”. A ambos grupos se le propuso donar una suma de dinero para asociaciones, una benéfica (para la educación de niños y adolescentes en Brasil) y otra que permite la crueldad animal (eliminación de perros y gatos de las calles) en dos contextos diferentes: unas donaciones hechas con audiencia y otras de forma anónima. En un caso, se ofreció una ganancia económica personal por apoyar la crueldad animal. El modelo computacional reveló que el grupo de personas con autismo no aceptaron esta ventaja personal en detrimento del dolor ajeno, aún cuando seleccionaban la mejor opción de forma anónima.

Podemos inferir que este estudio no sólo desarma la idea de la valoración débil del contexto moral de los autistas que, con frecuencia, los lleva a involucrarse en problemas sociales, sino que revela su contrario: un sentido moral superior al de la “gente normal”. Es decir, esta normalidad no sería otra cosa que la adaptación del entorno a los intereses personales (corrupción) y la manipulación de la opinión ajena que termina valorándolos como “gente exitosa”, a pesar de que deberían estar en un intenso tratamiento psicológico, de no ser por una cultura enferma que los protege, premia y aplaude.

Esa “gente normal” es la que está en el poder económico y político de los países. Cuando David Miranda, esposo de Glenn Greenwald, se encontraba de paso en Inglaterra, los servicios secretos lo detuvieron y acusaron de terrorismo. Terrorista por ser pareja de un terrorista, definido en la acusación de la siguiente forma: “El señor Miranda lleva a sabiendas material cuya divulgación pondría en peligro la vida de las personas. Además, la divulgación, o amenaza de divulgación, está diseñada para influir en un gobierno y se realiza con el fin de promover una causa política o ideológica. Por lo tanto, esto entra dentro de la definición de terrorismo”.

Cuando las agencias secretas deciden ataques secretos, mortales y devastadores en territorio extranjero, ¿no ponen en peligro la vida de ninguna persona? Cuando plantan artículos o hacen circular rumores falsos ¿no generan opinión en medios masivos? ¿No están tratando de influir en ningún gobierno a través de la Opinión Pública? Los gobiernos paralelos nunca son calificados de terroristas, según sus propias y muy elásticas definiciones de terrorismo. Es la manera obvia de pensar. Ellos están en el poder; a sus poderosas ficciones llaman realidad y normalidad, no “problemas mentales”.

JM, agosto 2022

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