Washington, hablemos de reparaciones

El presidente Joe Biden ha anunciado su intención de excluir a Cuba y Venezuela de la Cumbre de las Américas programada para el 22 de junio. El subsecretario de Estado, Brian Nichols, explicó que no se puede invitar a países no democráticos.

Decidir qué países pueden asistir a una cumbre regional no es considerado autoritario por un país que es el responsable histórico de miles de intervenciones militares sólo en la región, de varias decenas de dictaduras, golpes de Estado, destrucción de democracias y matanzas de todo tipo y color desde el siglo XIX hasta ayer, bajo el ejercicio autoritario de imponer a los demás países sus propias leyes y violar todos los acuerdos con las razas inferiores que dejaron de beneficiarlo.

Washington y las Corporaciones a las que sirve no sólo han sido los promotores de las sangrientas dictaduras capitalistas en la región desde el siglo XIX, sino también los principales promotores del tan mentado comunismo y de la realidad social, política y económica actual de Cuba y Venezuela. Ahora que el gobernador Florida ha firmado una ley para enseñar sobre los males del comunismo en las escuelas, sería estimulante que los maestros no se limitaran al menú de McDonald’s.

Todos esos crímenes y robos a punta de cañón han quedado impunes sin excepción. En 2010, el gobierno de Obama pidió perdón por los experimentos con sífilis en Guatemala, pero nada más que una lágrima. La impunidad, madre de todas las corrupciones, ha sido reforzada por una especie de Síndrome de Hiroshima, por el cual todos los años los japoneses le piden perdón a Washington por las bombas atómicas que le arrojaron sobre ciudades llenas de inocentes.

Gran parte de América latina ha sufrido y sufre el Síndrome de Hiroshima por el cual no sólo no se exigen reparaciones por doscientos años de crímenes de lesa humanidad, sino que la víctima se siente culpable de una corrupción cultural inoculada por esta misma brutalidad. Hace unos días una señora recibía a su hermano en el aeropuerto de Miami envuelta en una bandera estadounidense mientras le gritaba en castellano: “¡Bienvenido a la tierra de la libertad!”. Es la moral del esclavo, por el cual, durante siglos, los oprimidos se esforzaron en ser “buenos negros”, “buenos indios”, “buenos hispanos”, “buenas mujeres”, “buenos pobres”. Es decir, obedientes explotados.

Todo esto se enmarca dentro de los intereses económicos de un imperio (“Dios puso nuestros recursos en otros países”) pero el factor racial fue fundamental en el fanatismo del amo blanco y del esclavo negro, del empresario rico y del trabajador pobre. Actualmente, los movimientos contra el racismo en Estados Unidos han cedido a un divorcio conveniente por el cual el pensamiento y la sensibilidad global, macro política, se anula para dejar lugar a la micropolítica de las reivindicaciones atomizadas. Una de ellas, la heroica y justificada lucha contra el racismo pierde perspectiva cuando se olvida que el imperialismo no sólo es un ejercicio racista, sino que históricamente fue alimentado por esta calamidad moral.

Antes de la aparición de la excusa de “la lucha contra el comunismo” la justificación abierta era “poner orden en las repúblicas de negros”, porque “los negros no saben gobernarse” ni explotar sus propios recursos. Una vez terminada la guerra fría se recurrió al racismo disfrazado de “choque de civilizaciones” (Samuel Huntington) o las intervenciones financieras en regiones con “culturas enfermas”, como América latina, o en tierras con terroristas de otras religiones como en Medio Oriente, donde, sólo en Irak, dejaron más de un millón de muertos, sin nombre y sin una cifra bien definida, como lo establece la tradición.

Esta moral del esclavo fue y es una práctica común. En 2021, por ejemplo, el candidato favorito de los conservadores a la gobernación de California, Larry Elder, afirmó que es razonable que los blancos exijan una reparación por la abolición de la esclavitud, ya que los negros eran de su propiedad. “Guste o no, la esclavitud era legal”, dijo Elder. “La abolición de la esclavitud les arrebató a los amos blancos su propiedad”. Elder es un abogado negro por parte de madre, padre, abuelos y tatarabuelos. Es decir, descendiente de propiedad privada. Por la misma lógica, Haití pagó esta compensación a Francia por más de un siglo.

La propuesta del candidato de California fue una respuesta a los movimientos que reclaman una compensación para los descendientes de esclavos. Un argumento en contra es que no heredamos los sufrimientos de nuestros antepasados y cada uno es responsable de su propio destino. Algo muy de la ética y la visión del mundo protestante: uno se pierde o se salva solo. Al protestante no le importa si su hermano o su hija se van al infierno si él se merece el Paraíso. ¿Quién no es feliz en el Paraíso?

Pero el pasado no solo está vivo en la cultura. Está vivo en nuestras instituciones y en cómo se organizan los privilegios de clase. Bastaría con mencionar el sistema electoral de Estados Unidos, una herencia directa del sistema esclavista, por el cual estados rurales y blancos poseen más representación que estados más diversos y con diez veces su aprobación. Por este sistema, en 2016 Trump se convirtió en presidente con casi tres millones de votos menos que Clinton.

También la segregación post esclavista está viva hoy, con guetos de negros, chinos y latinos hacinados en las grandes urbes como una herencia de la libertad ganada en 1865, pero sin sustento económico. Para no seguir con las políticas de segregación urbana con el trazado de autopistas o la criminalización de ciertas drogas, todo con la declarada intención de mantener a unos grupos étnicos en estado de servidumbre y desmoralización. Por no seguir con las fortunas amasadas en el pasado que se trasmitieron a grupos y familias como en la Edad Media se transmitían los títulos de nobleza.

Creo que los latinoamericanos están, por lo menos, unos siglos atrasados en cuanto a una reparación económica por las democracias destruidas y por las dictaduras impuestas a punta de cañón. Desde el despojo de la mitad del territorio mexicano para reinstalar la esclavitud hasta las dictaduras en los protectorados, las guerras bananeras a principios del siglo XX, las múltiples matanzas de obreros, la destrucción de democracias con el único objetivo de eliminar protestas populares y proteger los intereses de grandes compañías como UFCo., ITT, Standard Oil Co., PepsiCo, o Anaconda Mining Co., todos crímenes reconocidos oficialmente por Washington y la CIA, serían argumentos más que suficientes para exigir una reparación.

Sin embargo, como lo indica la lógica de bancos e inversores, la reparación es siempre exigida a las víctimas. Lo mismo se podría decir de la Europa que, por siglos, se enriqueció con cientos de toneladas de oro y miles de toneladas de plata de América latina, o masacrando decenas de millones de africanos al tiempo que les robaban fortunas astronómicas que prueban “el camino correcto del éxito” según Vargas Llosa.

Washington no está en condiciones de moralizar, ni dentro ni fuera de fronteras. Pero su arrogancia procede de su ignorancia histórica o, más probable, de su fe en la desmemoria popular. Claro que, como estamos aquí para aportar, le recordamos su larga historia de matanzas y sermones. Le recordamos que hay unas cuantas cuentas pendientes.

Claro, puedo entender que las soluciones, aunque posibles y justas, son “demaiado utópicas”. Por eso quisiera sugerirle, como decía mi abuelita en el campo, “señores, calladitos se ven más bonitos”.

JM, 5 de mayo 2022.

Hugo Godoy. Ecuador. Diagnóstico Social – La frontera salvaje 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina. Mayo 3, 2022

Washington, let’s talk about reparations

President Joe Biden has announced his intention to exclude Cuba and Venezuela from the Summit of the Americas scheduled for June 22. Under Secretary of State, Brian Nichols explained that non-democratic countries should not be invited.

Deciding which countries can attend a regional summit is not considered authoritarian by a country that is historically responsible for thousands of military interventions in the region alone, for several dozen dictatorships, coups, destruction of democracies, and massacres of all kinds and colors since the nineteenth century until yesterday, under the authoritarian exercise of imposing its own laws on other countries and violating all agreements with inferior races that ceased to benefit it.

Washington and the big corporations it serves have not only been the promoters of the bloody capitalist dictatorships in the region since the 19th century, but also the main promoters of the much talked about communism and of the current social, political, and economic reality of Cuba, Nicaragua, and Venezuela. Now that Governor Florida has signed a law to teach about the evils of communism in schools, it would be refreshing if teachers aren’t limited to the McDonald’s menu.

All those crimes and robberies at gunpoint have gone unpunished without exception. In 2010, the Obama administration apologized for the syphilis experiments in Guatemala, but nothing more than a tear. Impunity, the mother of all corruption, has been reinforced by a kind of Hiroshima Syndrome, for which every year the Japanese apologize to Washington for the atomic bombs they dropped on their own cities full of innocents.

A large part of Latin America has suffered and is suffering from the Hiroshima Syndrome for which not only are reparations not demanded for two hundred years of crimes against humanity, but the victim feels guilty of a cultural corruption inoculated by this same brutality. A few days ago, a lady received her brother at the Miami airport wrapped in an American flag while she yelled at him in Spanish: “Welcome to the land of freedom!” It is the morality of the slave, by which, for centuries, the oppressed tried to be “good blacks”, “good Indians”, “good Hispanics”, “good women”, “good poor” … That is, obedient exploited.

All this is framed within the economic interests of an empire (“God put our resources in other countries”). Still, the racial factor was essential in the fanaticism of the white enslaver and the black slave, the rich businessman and the poor worker. Currently, anti-racism movements in the United States have yielded to a convenient divorce whereby global thought and sensibility, macro politics, is annulled to make room for the micro-politics of atomized claims. One of them, the heroic and justified fight against racism loses perspective when it is forgotten that imperialism is not only an exercise in racism but that historically it was fueled by this moral calamity.

Before the emergence of the excuse of “the fight against communism,” the open justification was “to put an order in the republics of blacks”, because “blacks do not know how to govern themselves” or exploit their own resources. Once the cold war ended, racism was resorted to disguised as a “clash of civilizations” (Samuel Huntington) or financial interventions in regions with “sick cultures”, such as Latin America, or in lands with terrorists of other religions such as the Middle East, where, in Iraq alone, they left more than a million dead, without a name and without a well-defined figure, as tradition establishes.

This slave morality was and is a common practice. In 2021, for example, the conservative’s favorite California gubernatorial candidate, Larry Elder, argued that it is reasonable for whites to demand compensation for the abolition of slavery since blacks were their property. “Like it or not, slavery was legal,” Elder said. “Their legal property was taken away from them after the Civil War, so you could make an argument that the people that are owed reparations are not only just Black people but also the people whose ‘property’ was taken away after the end of the Civil War.”

Elder is a black lawyer through his mother, father, grandparents, and great-great-grandparents. That is, a descendant of private property. By the same logic, Haiti paid this compensation to France for more than a century.

The California candidate’s proposal responded to movements calling for compensation for descendants of slaves. An argument against it is that we do not inherit the sufferings of our ancestors (something science has begun to question) and each one is responsible for their own destiny. Something very much of the Protestant ethic and world view: one is lost or saved alone. The Protestant doesn’t care if his brother or his daughter goes to hell if he deserves Paradise. Who is not happy in Paradise?

But the past is not only alive in culture. It is alive in our institutions and in how class privileges are organized. It would suffice to mention the electoral system of the United States, a direct legacy of the slave system, by which rural and white states have more representation than more diverse states and with ten times their approval. Through this system, in 2016 Trump became president with almost three million fewer votes than Clinton.

Post-slavery segregation is also alive today, with black, Chinese, and Latino ghettos crowded into large cities as an inheritance of the freedom won in 1865, but without economic support. In order not to continue with the policies of urban segregation with the layout of highways or the criminalization of certain drugs, all with the declared intention of keeping some ethnic groups in a state of perpetual servitude and demoralization. For not continuing with the fortunes amassed in the past that were transmitted to groups and families as in the Middle Ages, titles of nobility were transmitted.

I believe that Latin Americans are, at least, a few centuries behind in terms of economic reparation for destroyed democracies and dictatorships imposed at gunpoint. From the dispossession of half of the Mexican territory to reinstate slavery to the dictatorships in the protectorates, the banana wars at the beginning of the 20th century, the multiple massacres of workers, the destruction of democracies with the sole objective of eliminating popular protests and protecting the interests of large companies such as UFCo., ITT, Standard Oil Co., PepsiCo, or Anaconda Mining Co., all crimes officially recognized by Washington and the CIA, would be more than enough arguments to demand compensation.

However, as the logic of banks and investors indicates, reparation is always required from the victims. The same could be said of Europe that, for centuries, enriched itself with hundreds of tons of gold and thousands of tons of silver from Latin America, or massacred tens of millions of Africans while stealing astronomical fortunes that prove “the way success” according to Vargas Llosa.

Washington is not in a position to moralize, neither inside nor outside its borders. But his arrogance stems from his historical ignorance or, more likely, from his faith in popular forgetfulness. Of course, since we are here to contribute, we remind him of his long history of killings and sermons. We remind you that there are a few pending accounts.

Of course, I can understand that the solutions, although possible and fair, are “too utopian”. That is why I would like to suggest, as my grandmother used to say on her farm in Uruguay: “gentlemen, You look prettier with your mouth shut”.

JM, May 9, 2022.