La lógica de los combos políticos

(Los nombres y otros datos han sido cambiados por razones legales)

José vende tacos mexicanos y choripanes argentinos en un carrito de la Ocho Street y la Azúcar Avenue de Miami. Tiene dos empleados. Guadalupe, la cocinera desde las ocho de la mañana a las siete de la tarde, y Ronald, el flaquito de Caracas que reparte cuando a José le cae un pedido en su UberFood. Al principio se llevaba bien con los dos, hasta que se empezó a calentar cada vez que de noche leía en Facebook los post de Guadalupe y de Ronald. Lo único que comparten los tres es que ninguno va a la iglesia los domingos, pero Guadalupe y Ronald le habían salido zurdos, cosa que no parecía cuando estaban buscando trabajo. Una de Monterrey y el otro exiliado del régimen chavista no parecían casos de cuidado. Pero por algún misterio eran “antimperialistas, no antiamericanos”, como decía el estúpido de Ernesto, y nada más jodido que una patada en los testículo o que los amigos sean tan idiotas, políticamente hablando. Hasta alguna vez sintió la tentación de condimentar el choripán de Ernesto con unas gotas de laxante, cosa que, sabía, no lo iba a matar, pero lo iba a joder un rato como premio merecido a su jodida retórica que ya había contaminado hasta a sus empleados.

Ernesto volvía de su puestito en la universidad y pasaba por los comercios del barrio, como para darse un baño de pueblo antes de volver a su apartamento lleno de libros y de exámenes inútiles, sobre todo a esta altura de diciembre.

José no sabía si Ernesto era un cliente o un enemigo. Al menos esa era su disyuntiva cada viernes que lo veía aparecer con sus lentes de miope y, sin decir palabra, lo obligaba a apagar el celular. Ernesto aparecía y se ponía a hablar con Ronald. Aparentemente intercambiaban bromas con el muchacho («che» para aquí, «pana» para allá), pero José sabía que Ernesto estaba allí para molestar. Es el destino de algunos individuos que nadie sabe por qué o para qué nacieron. Él, José, le daba trabajo a la cocinera y al delivery guy, Ronald, y ellos ni siquiera alcanzaban a entender cómo funcionaban las cosas. 

El viernes pasado vino Ernesto con su carterita marrón llena de papelitos, esa mierda de sus estudiantes que tienen padres que les pagan miles de dólares para que se gradúen de algo mientras trabajan medio o un cuarto de tiempo y luego te refriegan su titulito de Bachiller of Science, Master of Arts, Doctor of Philosophy y toda esa mierda inútil que nadie sabe para qué sirve. 

—Yo tampoco entiendo, don José —me dijo la semana pasada, mientras recibía mi comida—, por qué usted defiende tanto a Jeff Bezos. 

—Nada personal —le dije—. Igual defiendo a Elon Musk, a Warren Buffett…

—Los creadores de empleo…

—Yep! ¿Quiénes más, si no, crean empleos?

—Crean empleos y crean la riqueza de este mundo —dijo, con su habitual sarcasmo—. Los Padres del Progreso de la Humanidad. No lo digo con sarcasmo, sino con mayúsculas, tipo titular del New York Times.

—Tú lo has dicho, amigo. Es lo que hacen todos los empresarios. Salvando las distancias, es lo que hago yo mismo. Si no fuese por este humilde negocio, dos trabajadores estarían mendigando en una esquina de esta misma Calle Ocho. 

Y él, muy maldito, me descargó todo eso que debe aprender de sus libros arrugados o que se le ocurre a él mismo con su arrugado cerebro:  

—Por alguna misteriosa razón, pequeños y heroicos empresarios como usted, don José, se consideren miembros del mismo gremio que Jeff Bezos, Elon Musk, y Warren Buffett…

—Pues, será que algo tenemos en común…

—Sí, todo menos cien billones de dólares y el poder de aplastar a otros pequeños empresarios como usted. No sé, pero tal vez algún día usted se dé cuenta de que tiene más en común con Guadalupe y con el chico… (¿cómo se llama? Ronald, sí, Ronald) que con los amorosos de Jeff, Elon y Warren. Se me hace que usted no podría seguir trabajando sin las Guadalupes, sin los Ronalds, pero seguramente podría seguir, y tal vez sin sufrir tanto, si no existieran ni los Jeff, ni los Elon, ni los Warren. Pero mire que no lo culpo de ese error que no es sólo político, sino existencial. ¿Vio que lo político siempre tiene mala fama? Los dueños del mundo siempre han sabido usar los Combos políticos. Por ejemplo, si usted es un tipo religioso, digamos católico, protestante, pentecostal, o alavadió, va a apoyar toda la agenda del partido conservador, es decir, terminará apoyando, con heroico fanatismo, no sólo la prohibición del aborto sino el derecho a portar un rifle M16 en la Ocho (en nombre de la Libertad, obvio), la rebaja de los impuestos a los millonarios y la libertad de los grandes capitales que, según la teología, sería la que garantiza la libertad de los mendicantes. Lo mismo pasa en aquellos países del sur, del extremo sur. Alguien dividió la cancha entre ciudad y campo, entre civilización y barbarie, y cada uno tomó partido. Boca y River, Pañarol y Nacional, Flamengo y Corinthians, Colo Colo y Universidad, Michigan y Alabama… Así, por ejemplo, los peones del campo, aquellos que se levantan a las cinco con un mate y se acuestan a las siete sin un Martini Rossi, tomaron partido en favor de los hacendados, todo para combatir a los malditos habitantes de la ciudad que, dicen, les chupan la sangre. ¡Viva el Partido Patritico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata del la Lora! ¿Pero qué pelotudos, ¿no? Y los poderosos hacendados, los estancieros dueños de miles de hectáreas, los representanes del pueblo, se visten de gauchos en Brasil, en Argentina y en Uruguay, de huazos en Chile, y de indios pongo en Perú o en Bolivia, y les hacen creer a los pobres sin dientes que ellos son parte del mismo partido. ¡Viva el Partido Patriótico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata del la Lora! Hablaban más o menos igual, visten más o menos igual, sobre todo en las fiestas nacionales, y, como en la época de la esclavitud cuando los negros esclavos defendían a sus amos, los esclavos asalariados defienden a sus patrones y se pelean en las fiestas y en las elecciones por la divisa del caudillo, por el color del amo, por la familia y la tradición del gaucho. Otro combo perfecto. ¿No me diga que no se acuerda de aquello de “¡Viva el dotor Whiskygratis!”, el candidato de la CIA?) Nada ha cambiado mucho, ¿no le parece? Quienes están en el poder saben cómo hacerlo. De otra forma no estarían en el poder, ¿no? No digo en la presidencia de este o de otro país, porque eso no es estar realmente en el poder. 

—No sé —le dije, como para terminar—. De todas formas, el cliente siempre tiene razón. Aquí tiene su choripán. Es una especialidad de la casa… O del carrito, como quiera llamarlo. Choriarepa, le llamo. Es choripán argentino cruzado con arepas venezolanas, con unas gotitas de agave mexicano. Todos condimentos disidentes, como le gusta a uested…

Al final, me decidí por el laxante en lugar del ágave. Peor son los otros que, dicen, usan radiaciones cancerígenas o frecuencias que no dejan dormir.

JM, diciembre 2021

https://www.pagina12.com.ar/388562-la-logica-de-los-combos-politicos?amp=1

Último libro, La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina

The logic of political combos | What do Jeff Bezos and José, the choripan vendor on Miami’s 8th Street have in common?

December 11, 2021. Translated by Mary Blea

(Names and other information have been changed for legal reasons)

José sells Mexican tacos and Argentine choripanes from a cart on Miami’s Ocho Street and Azúcar Avenue. It has two employees. Guadalupe, the cook from eight in the morning to seven in the afternoon, and Ronald, the skinny guy from Caracas who delivers when José drops an order on his UberFood. At first he got along well with both of them, until he started to get hot every time he read Guadalupe and Ronald’s posts on Facebook at night. The only thing the three of them share is that neither of them goes to church on Sundays, but Guadalupe and Ronald had left-handedness, which they didn’t seem when they were looking for work. One from Monterrey and the other exiled from the Chavista regime did not seem like caring cases. But for some mystery they were “anti-imperialists, not anti-American”, as stupid Ernesto used to say, and nothing more screwed up than a kick in the testicles or that friends are such idiots, politically speaking. He even once felt the temptation to season Ernesto’s choripán with a few drops of laxative, which, he knew, was not going to kill him, but he was going to fuck him for a while as a well-deserved reward for his fucking rhetoric that had already contaminated even his employees.

Ernesto was coming back from his little post at the university and passing through the neighborhood shops, as if to take a village bath before returning to his apartment full of useless books and exams, especially at this point in December.

José did not know if Ernesto was a client or an enemy. At least that was his dilemma every Friday when he saw him appear with his myopic glasses and, without saying a word, forced him to turn off his cell phone. Ernesto would appear and start talking to Ronald. Apparently they exchanged jokes with the boy (“che” for here, “pana” for there), but José knew that Ernesto was there to annoy. It is the fate of some individuals that no one knows why or what they were born for. He, José, employed the cook and the delivery guy, Ronald, and they couldn’t even understand how things worked.

Last Friday Ernesto came with his brown wallet full of papers, that shit about his students who have parents who pay them thousands of dollars to graduate from something while they work half or a quarter of the time and then they rub you their Bachelor of Bachelor’s degree. Science, Master of Arts, Doctor of Philosophy and all that useless shit that nobody knows what it’s for.

“ I don’t understand either, Don José, ” he said to me last week, as he received my food, “ why you defend Jeff Bezos so much.

“Nothing personal,” I told him. I still defend Elon Musk, Warren Buffett …

«Job creators …»

“ Yep! Who else, if not, create jobs?

“They create jobs and they create the wealth of this world,” he said, with his usual sarcasm. The Parents of the Progress of Humanity. I’m not saying this sarcastically, but in capital letters, like the New York Times headline.

“ You said it, friend. It is what all entrepreneurs do. Saving the distances, it is what I do myself. If it weren’t for this humble business, two workers would be begging on a corner of this same Calle Ocho.

And he, very damned, downloaded to me all that he must learn from his wrinkled books or that he comes up with with his wrinkled brain:

–For some mysterious reason, heroic little entrepreneurs like you, Don José, consider themselves members of the same union as Jeff Bezos, Elon Musk and Warren Buffett …

Well, maybe we have something in common …

Yes, everything but a hundred trillion dollars and the power to crush other small entrepreneurs like you. I don’t know, but maybe one day you will realize that you have more in common with Guadalupe and the boy … (what’s his name? Ronald, yes, Ronald) than with the love affairs of Jeff, Elon and Warren. It seems to me that you could not continue working without the Guadalupes, without the Ronalds, but surely you could continue, and perhaps without suffering so much, if there were neither the Jeffs, nor the Elons, nor the Warrens. But look, I don’t blame you for that mistake, which is not only political, but existential. Did you see that politics always has a bad reputation? The owners of the world have always known how to use Political combos. For example, if you are a religious type, let’s say Catholic, Protestant, Pentecostal or Alavadió, you are going to support the entire agenda of the conservative party, that is, you will end up supporting, with heroic fanaticism, not only the prohibition of abortion but the right to carry an M16 rifle in the Eight (in the name of Freedom, of course), the reduction of taxes for millionaires and the freedom of large capitals that, according to theology, would be the one that guarantees the freedom of the mendicants. The same happens in those countries of the south, of the extreme south. Someone divided the field between city and country, between civilization and barbarism, and each one took sides. Boca and River, Pañarol and Nacional, Flamengo and Corinthians, Colo Colo and Universidad, Michigan and Alabama … Thus, for example, the field pawns, those who get up at five with a mate and go to bed at seven without a Martini Rossi, they took sides in favor of the landowners, all to fight the damned inhabitants of the city who, they say, suck their blood. Long live the Patriotic Party! Long live the Homeland! Long live the Pata de la Lora! But what assholes, right? And the powerful landowners, the ranchers who own thousands of hectares, the representatives of the people, dress as gauchos in Brazil, Argentina and Uruguay, as huazos in Chile, and as Indians pongo in Peru or Bolivia, and they make them believe to the toothless poor that they are part of the same party. Long live the Patriotic Party! Long live the Homeland! Long live the Pata de la Lora! They spoke more or less the same, they dress more or less the same, especially on national holidays, and, as in the days of slavery when black slaves defended their masters, wage slaves defend their bosses and fight at festivals. and in the elections for the caudillo’s currency, for the master’s color, for the gaucho’s family and tradition. Another perfect combo. Don’t tell me that you don’t remember that “¡Long live the dotor Whiskygratis! ”, The CIA candidate?) Nothing has changed much, don’t you think? Those in power know how to do it. Otherwise they wouldn’t be in power, right? I am not saying in the presidency of this or another country, because that is not really being in power.

“I don’t know,” I said, as if to finish. Anyway, the customer is always right. Here’s your choripán. It is a specialty of the house … Or of the cart, whatever you want to call it. Choriarepa, I call it. It is Argentine choripán crossed with Venezuelan arepas, with a few drops of Mexican agave. All dissident condiments, as you like …

In the end, I decided on the laxative instead of the agave. Worse are the others that, they say, use carcinogenic radiation or frequencies that do not let you sleep.

Jorge Majfud is a Uruguayan-American writer. His latest book is The Wild Frontier: 200 Years of Anglo-Saxon Bigotry in Latin America.

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Los mitos son más fuertes

El 24 de marzo de 1983, en la Biblioteca del Congreso, el presidente Ronald Reagan repitió las palabras del historiador Henry Commager: “la creación de los mitos nacionales nunca estuvo libre de conflictos; los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”. 21 años después, en octubre de 2004, luego de haber lanzado la masiva invasión en Irak y antes de que el presidente George W. Bush reconozca su insignificante error, uno de sus asistentes (muy probablemente Karl Rove) insistirá con la misma idea en forma de confesión al periodista del Wall Street Jornal, Ron Suskind: “Somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Mientras otros estudian esa realidad, nosotros actuaremos una vez más, creando otras realidades que luego serán estudiadas. Somos los actores de la historia … y ustedes, todos ustedes, se limitarán a estudiar lo que hacemos nosotros”.

Para una cultura, para un pueblo entrenado para creer a fuerza de repeticiones cada domingo, creer sin pruebas frente al gazette, a la radio o al televisor el resto de la semana resulta tan natural como una guerra lejana o como cortar el pasto los sábados por la tarde. Creer contra todas las evidencias es un mérito que sólo evidencia el tamaño de la fe de un creyente. Si una verdad es desagradable, se cierra los ojos y se reza hasta que la realidad se dobla ante la fuerza del deseo. Claro que no siempre funciona, pero de cualquier forma esa es una de las definiciones de fanatismo. El fanático confunde fe, religión, ciencia, política e ideología, error que el pensador hispano musulmán Averroes ya había advertido hace casi nueve siglos atrás.

De un reconocimiento crítico, las palabras de Commager se convierten en reivindicación política en la boca del nuevo presidente. Si la realidad no se adapta a nuestros deseos, peor para la realidad. Claro que dentro de la palabra realidad caben siglos y pueblos enteros. Los mitos sólo se cruzan con la realidad para modificarla o para aplastarla. Los mitos crean y destruyen, y son más difíciles de cambiar que la realidad material. Es por esta razón que las fake news son tan poderosas, aun contra toda evidencia, porque son votos de fe que confirman y adornan el mito central. Los mitos fundadores nacen en momentos en que el futuro grupo dominante, el tótem, todavía es pequeño y capaz de modelar su visión del mundo de forma unánime, la que será heredada por la multiplicación de las generaciones siguientes, como en la mitosis de las células que reproducen un mismo ADN y así crearan organismos y especies enteras, luego definidas como parte de la naturaleza.

A muy largo plazo, un mito puede ser dominado y desplazado (no aniquilado) por otro mito. También puede ser vencido de forma parcial por el recurso del análisis histórico, de la denuncia persistente y por una resistencia social capaz de romper ciertos límites. Sin embargo, probablemente porque las facultades racionales, analíticas o de conciencia son mucho más recientes en la evolución humana, nunca alcanzarán la fuerza del mito enraizado en el subconsciente individual y colectivo.

Aparte de otros poderosos factores (como las enfermedades, las armas de fuego y los caballos) los mitos fundadores jugaron un rol relevante en la conquista española de la América indígena. Los primos Hernán Cortés y Francisco Pizarro, uno en México y el otro en Perú, conquistaron y sometieron a dos poderosos imperios con la inestimable ayuda de sus creencias propias y de las creencias de sus invadidos. Para los europeos, su dios los impulsaba a matar hombres, niños y mujeres y tomar todas las riquezas que pudieran sin remordimiento alguno. Aunque imperios a su vez y con frecuencia tan violentos como los invasores, los aztecas y los incas carecieron de la nueva tecnología militar y de la certeza fanática de que ocupaban el poder de forma legítima. Por el contrario, sus dioses estaban insatisfechos o estaban detrás de las acciones de conquista del invasor. Para sobrevivir al conquistador y para sobrevivir al conquistado, estos mitos se fueron travistiendo a lo largo de siglos sin perder ciertas características centrales.[1]

El pasado no se puede cambiar, pero lo que entendemos por el pasado sí, dependiendo de si decidimos agregar más maquillaje o desnudar su rostro. La opción de quienes sufrieron y continúan sufriendo de esta visión fanática de la realidad (“los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”) es invertir la fórmula: nosotros, estadounidenses o no, no aceptamos una verdad sustentada por el deseo del poder sino en el revelador rescate de aquella realidad que ha sido enterrada por los vencedores.


[1] Sobre este fenómeno publicamos El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008).