El miedo a los de abajo

La LUC y El miedo a los de abajo

La LUC y la militarización de las sociedades

Un día de 1987, mis abuelos fueron a la capital para hacerse análisis médicos y, por razones económicas, me dejaron solo en su granja, donde yo solía pasar las vacaciones. El Tata me dejó su escopeta y me dijo que no la tocase si no tenía necesidad. Sin electricidad, las noches en la granja eran interesantes pero muy oscuras y, a veces, algunos cazadores cruzaban su propiedad sin permiso. 

Dejalos pasar”, me dijo. “Si alguien se acerca a la casa para robar, agarrá la escopeta. Si no tenés más remedio que disparar, apuntale a los pies. Mi granja no vale la vida de nadie ni la carga de conciencia que te quedaría para el resto de la vida si matas a alguien”.

Ahora, cada vez que escuchamos los discursos reclamando más seguridad, cada vez que vemos las acciones de “defensa” de los imperios o leemos las nuevas leyes de los países civilizados, podemos pensar lo contrario: la propiedad privada es más sagrada que la vida ajena.

De las invasiones imperiales en nombre de la “defensa propia” he escrito algo. Ahora quisiera echar una mirada a ese pequeño país, Uruguay, relativamente pacífico y civilizado. 

El nuevo gobierno conservador se reservó un paquete de reformas al Código penal para después de las elecciones presidenciales de 2019 (por lo cual llamarlo “Ley de Urgente Consideración” fue otra ironía rioplatense) y logró aprobarlo unos meses después. Actualmente, 135 artículos de este paquetazo están bajo amenaza de ser derogados por un referéndum popular. Algo semejante al referendum de 1992 que detuvo la ola neoliberal, cuando el padre del actual presidnete era presidnete.

El lenguaje técnico de los nuevos artículos de la LUC no difiere de sus versiones de 2008, pero en cada detalle exuda su ideología, propia de las clases altas en el poder: los problemas de “la gente bien” se resuelven con mano dura, con más represión, con la criminalización más temprana de adolescentes (pobres) y limitando el ejercicio de la democracia en la base de la sociedad. Más allá de la narrativa moderada de cada nuevo artículo, claramente podemos ver una criminalización de un lado de la sociedad para proteger los intereses y los privilegios del otro lado. En la mayoría de los casos son intereses y privilegios fantasmas, es decir, adoptados como promesa de ese ascenso social que nunca llega, excepto en la fantasía de los individuos aferrados a pequeños “éxitos”.

El objetivo de la LUC son, socialmente hablando, los pobres. Ahora, quienes promueven su derogación en el referéndum publican videos sobre la violencia policial como factor reivindicado por la nueva ley, sin darse cuenta que en todo el mundo las clases medias le temen más a los de abajo que a los de arriba. Según esta psicología, los pobres nos roban con los impuestos y nos roban la billetera en el autobús. Los ricos no. Los ricos saben robar sin que te sientas ni inseguro ni estafado. De hecho, les agradecemos por no estar peor, como los pobres. Es la tradicional moral del esclavo: cualquier mínimo privilegio se lo acreditamos a los que mandan; cualquier pérdida es culpa de los insaciables y perezosos esclavos que siempre quieren más.

Uno de esos factores de la nueva Ley es la legalización implícita del “arresto ciudadano”, lo cual se puede rastrear en los linchamientos y las leyes Jim Crow en Estados Unidos para controlar a los negros convertidos en ciudadanos luego de la Guerra Civil. En Uruguay, el racismo ideológico ha sido mínimo (nunca hubo un equivalente al KKK o al partido Nazi), pero nuestro orgullo antirracista debería ser revisado seriamente cuando se trata de racismo cultural y estructural. Esa actitud que nos lleva a sentir “orgullo legítimo” por ser rubios y europeos y, en el mejor de los casos, un “orgullo reivindicativo” por ser pocos indios y negros tan buenitos. Otra consecuencia del colonialismo internacional (imperialismo) y del clasismo nacional (patriotismo).

También la tendencia a la proto militarización de la policía en la LUC es otra importación inadvertida. Es la carta de los conservadores en Occidente para reprimir manifestaciones y rebeliones, producto de las políticas neoliberales y capitalistas bajo la vieja excusa de combatir la delincuencia y el desorden, productos del el mismo sistema. Chile, Colombia y EEUU tienen más experiencia.

El Artículo 45, por ejemplo, mencionando la “Oportunidad para el uso de la fuerza” la justifica “cuando el personal [policial?] advierta la inminencia de un daño [y] deba disolver reuniones o manifestaciones que perturben gravemente el orden público, o que no sean pacíficas”. El artículo 30 de 2008 establecía que “En toda circunstancia, el personal policial debe actuar de forma tal que, racionalmente, evite generar un daño mayor al que pretende impedir [y] está exento de responsabilidad cuando actúa en legítima defensa propia o de terceros”. Por lo cual la sutil y secreta reforma de la LUC consiste en establecer (Artículo 31 bis) la “Presunción de legitimidad de la actuación policial: Salvo prueba en contrario, se presume que la actuación del personal policial en ejercicio de sus funciones, es acorde a las disposiciones constitucionales, legales y reglamentarias vigentes”.

El nuevo artículo 43 establece, bajo el mismo espíritu del control y la represión como prerrogativas del derecho ajeno, que “toda persona tiene el deber de identificarse cuando la Policía lo requiera. […] Cuando una persona se niegue a identificarse […] podrá ser conducida a la correspondiente dependencia policial”. Otra vez, la discreción del caso recae en cada policía, quien podrá detener a cualquier ciudadano sin documentos, no basado en un delito cometido sino en una sospecha.  

Para no hacerlo infinito, un último ejemplo referido a la educación y al miedo a la democracia directa. El Artículo 76 de 2008 establecía que “En todo centro educativo público de Educación Inicial, Primaria, Media Básica y Media Superior y Educación Técnico-Profesional, funcionará un Consejo de Participación integrado por: estudiantes o participantes, educadores o docentes, madres, padres o responsables y representantes de la comunidad. Los respectivos Consejos de Educación reglamentarán su forma de elección y funcionamiento”. Para corregir este descontrol de decisiones en las bases de la sociedad, la LUC corrige la última línea: “Las respectivas Direcciones Generales propondrán al Consejo Directivo Central la reglamentación de su forma de elección y funcionamiento”.

Ni la LUC ni las políticas de los gobiernos de derecha priorizan las causas de la violencia sobre la represión de sus consecuencias. Lo cual no sólo sería de justicia social sino también de interés general. Un botón de muestra que observo en Estados Unidos y es extensible a sociedades (económicamente) más pobres: El cerebro de un individuo no madura ni se estabiliza por lo menos hasta los 25 años. Quienes son ricos o clase media acomodada pueden y saben cómo tratar a sus hijos más problemáticos, muchas veces jóvenes violentos o deprimidos, con los mejores psicólogos y psiquiatras y con la mejor comprensión de un problema que no se resuelve a fuerza de palos. Los hijos de los pobres (negros, en Estados Unidos) terminan en la cárcel y allí hacen posgrados de delincuencia. 

Sólo esta observación debería ilustrar lo que quiere decir “injusticia social”. Pues no. Para nuestros hijos, profesionales. Para los hijos de los de abajo, policía y mano dura, lo que de paso confirma todos los estereotipos de la cadena cultural.

Los países y los estados más armados no son los estados más seguros; los mayores índices de criminalidad coinciden con mayores índices de desigualdad. Pero no nos engañemos: debido a la pandemia, la criminalidad ha descendido en muchos países. Lo mismo las protestas sociales, que reventarán cuando la pandemia y la autorrepresión pasen.

Al día de hoy, las encuestas informan que el referéndum contra la LUC perderá por amplio margen. Al día de hoy, hay esperanzas de que el pueblo uruguayo reaccione. Como siempre, en el último minuto. 

JM, diciembre 2021

Radio La14. Cris Richeri. Diciembre 2021

La blasa

La blasa tenía forma de pez. Era, en realidad, un gran trozo de algún otro aparato metálico. A juzgar por algunos detalles, debió ser parte de alguna nave mayor, de una de aquellas naves futuristas que en el pasado surcaban los cielos y el espacio exterior. El futuro había terminado en 1979. La nave tenía algo del Apollo 13 y de los shuttles espaciales como el Discovery o el Atlantis que vinieron un poco después. 

Tal vez había sido un avión de combate o un submarino en desgracia que había emergido hacia la superficie, como un barco que naufraga al revés. Todavía conservaba parte de los motores inútiles; para lo único que servían tantos fierros allí abajo, era para estabilizar en algo los restos a la deriva y prolongar su agonía en la superficie y, sobre todo, para mantener ocupado al único pasajero, quien había vivido desde siempre obsesionado con el enigma de esos fierros retorcidos.

Pero la nave no se mantenía a flote por sí misma. El pasajero y tripulante se ocupaba todo el día de que la blasa no abandonara la superficie del mar. Para eso, cada día debía sacar el agua que se acumulaba en su barriga. Así había sido desde que tenía memoria. Durante más de treinta semanas se las ingenió para mantener a flote aquella mole de acero. Los días de lluvia acumulaba agua dulce y los días de tormenta retrasaban la tarea de reducir las aguas del fondo, a veces más allá de los límites tolerables según sus cálculos.

No a pesar de su soledad sino por estar solo, eran pocos los días en que el hombre podía descansar. Siempre había algo urgente que hacer en la blasa. Las pocas y casi excepcionales horas de descanso las dedicaba a echarse bajo la lona verde. Inexplicablemente, lo atraían las manchas de la lona que cobraban vida según los diferentes soles y las diferentes lunas que la penetraban. Unas veces parecían monstruos marinos. Otras veces eran como dioses que bajaban austeros del cielo o surgían sensuales desde las aguas. Tenía en mente la imagen de una mujer que no conocía pero le era familiar. De todas, era la que más se repetía en los reflejos de la lona verde, sobre todo cuando lo ganaba el cansancio al atardecer y se quedaba tirado, exhausto, borracho de sudor y satisfacción por haber reducido al mínimo, en un ataque de furia y hastío, las aguas de la bodega. 

Pero no se abandonaba a la simple complacencia. Las horas de descanso eran pocas y estaban estrictamente limitadas por su responsable impaciencia. Sabía que si una emergencia lo encontraba exhausto podría ser el fin de sus días. Su mente debía estar clara y atenta; sus músculos siempre dispuestos a entrar en acción y a resistir largas horas de tensión, subiendo y bajando las escaleras para reducir las aguas, sosteniendo las cuerdas para que el viento no se lleve la vela y el mástil, controlando que ninguna pieza metálica pudiera resbalarse fuera de la nave. En su vida se había arrojado muchas veces al mar para rescatar insignificantes trozos de madera, cajas de plástico, botellas y hasta una silla, pero sabía que una pieza metálica que se caía al agua, sea una herramienta o una simpe tuerca, no paraba de hundirse a la velocidad del rayo hasta encontrar el infinito más oscuro. 

En raras excepciones se daba el lujo de mirar las revistas que había en la blasa. No eran muchas, pero él las cuidaba porque eran sagradas. Aunque estaban escritas en algún idioma incomprensible al que nunca renunció a comprender (sabía que los símbolos son como las nubes y las estrellas; quien sabe leerlos puede conocer el presente y predecir el futuro), de todas formas podía comprender sus imágenes. Una mujer muy hermosa, de pelo color pez y vestida de rojo coral, dominaba la revista principal, desde la tapa hasta las páginas centrales. Estaba casi desnuda y él la adoraba como al sol, razón por la cual sólo se permitía admirarla las noches de luna llena, ya que fue una noche de luna cuando la descubrió y una noche de luna cuando sintió todo su cuerpo conmoviéndose ante su presencia. Cuando vio las fotos en su interior supo que ella, la misma en diferentes poses, con diferentes estados de ánimo. Junto con otras mujeres que la rodeaban, esperaban en algún lugar en forma de nave gigante sobre una cubierta infinita, rodeada de nubes verdes sin mar.

En todas las revistas aparecían mujeres y hombres como él, casi siempre sonriendo, echados en la arena de una playa (ese lugar donde termina el mundo y comienza el Paraíso) o caminando por un pasillo enorme, rodeado de edificios muy altos. Había una que lo impresionaba especialmente porque le recordaba sueños que había tenido mucho antes de descubrir las revistas. Era la imagen de una ciudad con muchos edificios muy altos vistos desde el mar. Siempre se imaginaba que una mañana se despertaría y al mirar hacia el horizonte vería la ciudad surgiendo desde las tranquilas aguas del Oeste.

Los días de sol el hombre levantaba la improvisada vela y dirigía la nave hacia la puesta del sol. No estaba seguro por qué ni cuando había elegido esa orientación. Reflexionó meses sobre esta primera decisión y en algún momento concluyó que era la correcta. Primero, porque esa era la dirección que hacía cada día el sol. Segundo, porque era más conveniente mantener el curso de una nave perdida para evitar un rumbo errante o circular que prolongara peligrosamente el naufragio. Tarde o temprano debía llegar a alguna parte o el mundo era un infinito océano, sin treguas. 

Sin embargo, tardó mucho en aprender a orientarse usando las estrellas. El movimiento de los astros nocturnos era mucho más complejo que el simple movimiento del sol y, por otra parte, había tomado el hábito de dormir por la noche, no durante el día, lo que le impedía alcanzar alguna ciencia sobre el orden cósmico de las cosas que están muy arriba. Por esta razón, sabía que quizás su navegación no había mantenido siempre la misma dirección. Tal vez por las noches se desviaba hacia algún otro punto cardinal. Tal vez desandaba el camino recorrido durante el día. Sólo la mujer que sonreía podría decirlo algún día.

Con el tiempo descartó esta segunda posibilidad. Efectivamente, había navegado hacia alguna parte del universo. Durante el día el sol hacía un camino diferente, más inclinado y más frío, como si hubiese envejecido. Como consecuencia lógica, las aguas se habían enfriado y ya no eran tan trasparentes como al comienzo, según recuerda, aunque con cierta dulce vaguedad, tal vez atribuible a la nostalgia. 

En las dos últimas semanas sobre todo las aguas habían mostrado un cambio inquietante. Se habían vuelto más frías, más sucias, más tristes y a veces más interesantes. Casi a diario divisaba en su horizonte algún objeto de plástico, como si hubiese pertenecido a alguna otra blasa como la suya. No se imaginaba a otro navegante arrojando trozos de su nave, porque sabía lo valioso que eran estos materiales que, como los dientes, no se recuperan y en cada pérdida nos acercan más al destino de los peces que acaban en sus entrañas o en las entrañas de otros peces. Cada día descubría alguna de estas muestras de la muerte de algún semejante, y se lanzaba al agua para rescatarlas. 

Los nuevos desperdicios siempre tenían alguna utilidad. A veces iban a cubrir una necesidad de muchos días, como un trozo de madera que reemplazó un pequeño pilar que sostenía la loneta verde debajo de la cual dormía la siesta y se comunicaba con los dioses. Otras veces iban a descansar en la bodega semi inundada en espera de algún propósito. 

Otro cambio importante que siguió al incremento de desperdicios fueron las aves. Unas aves blancas de pico negro que volaban mucho más alto que los brillantes peces de los primeros días. Aquellos peces eran inofensivos, como los delfines y las aguas trasparentes, pero estas creaturas voladoras parecían casi tan amenazantes como los tiburones que lo seguían día y noche esperando el naufragio final.

Supo que ya no tenía salvación. Si se hundía, los tiburones harían pedazo su cuerpo; si moría sobre la nave, las aves de pico negro harían lo propio bajo la luz del sol antes que la blasa se hundiese. 

Por días lo acosó este pensamiento mientras acomodaba la vela para acelerar su marcha. Increíblemente, la última semana había logrado duplicar la velocidad gracias a la nueva posición que le había dado a la vela.

Una mañana se produjo el milagro. La ciudad estaba allí. Al despertar, como cada mañana, miró hacia el Occidente y la vio, entre el cielo turbio y el brillo del mar. Se alegró. Casi levanta los brazos en signo de triunfo. Pero su corazón comenzó a palpitar de una forma violenta. Ni en las peores tormentas había experimentado esa forma de latido incontrolable. 

Logró controlarse aunque la excitación del descubrimiento perduraba en el parpadeo de los ojos y en los movimientos inútiles de sus manos. Reflexionó un largo rato sobre el descubrimiento hasta que decidió confiar en su instinto de supervivencia. Había comprendido justo a tiempo el terrible error que había cometido y sostenido toda su vida.

Entonces, justo a tiempo, dio vuelta y puso marcha hacia la región más cálida, donde los peces vuelan y el agua es transparente.  Puso dirección hacia donde había nacido, cuarenta semanas atrás, mucho después que la mujer del pelo de pez sonriera para indicarle el verdadero camino que recién ahora encontraba. 

Del libro Algo salió mal (Editorial Baile del Sol, 2014)

http://bailedelsol.org/index.php?option=com_booklibrary&task=view&id=721&Itemid=427&catid=58

Audiobook:

https://www.audible.com/pd/Algo-salio-mal-Something-Went-Wrong-Audiobook/B01AKQO4QE

El terrorismo de la guerra contra el terrorismo

Cuando se habla de drogas, se culpa a los productores, no a los consumidores. Pero cuando se habla de armas, se culpa del mal a los consumidores, no a los productores. La razón estriba, entiendo, en el lugar que ocupa el poder.

«El terrorismo de la guerra contra el terrorismo»

El terrorismo de la guerra contra el terrorismo

El congreso de Estados Unidos acaba de aprobar la construcción de un Memorial de la Guerra contra el Terrorismo a construirse no muy lejos del monumento a Lincoln, “para honrar aquellos que sirvieron en el conflicto más largo de la historia de la Nación”. No será el primero, ya que existe el Global War on Terrorism Memorial en Georgia, para que las nuevas generaciones nunca olviden el sacrificio de El país de las leyes que, como Superman, lucha “por la libertad y la justicia” en el mundo. Narrativa para niños educados en Disney World y para adultos que valoran la fé sobre la razón: el mundo se reduce a la lucha del Bien contra el Mal y nosotros somos los guardianes del Bien, del Destino manifiesto.

Como siempre, los mitos están recargados de olvidos estratégicos. Ni siquiera se trató del conflicto más largo, ya que sólo la guerra de despojo, no de la tribu sino de la Nación Seminole se extendió desde 1816 hasta mediados del siglo XIX. Antes de convertirse en mascota de un equipo de fútbol, los seminoles fueron verdaderos héroes en una verdadera guerra de defensa contra el despojo de su territorio en Florida y contra una abismal diferencia de poder militar. Al igual que otros pueblos despojados y masacrados por el fanatismo anglosajón, fueron considerados salvajes (terroristas) que, según el discurso de la Unión del presidente Andrew “Mata Indios” Jackson de 1832,  “nos atacaron primero sin que nosotros los provocásemos”.

El 31 de agosto de 2021, el presidente Joe Biden anunció el “fin de la guerra contra el terrorismo”. (Naturalmente, como escribimos hace veinte años, el negocio de la guerra se desplazará al Extremo Oriente. Habrá una Segunda Guerra Fría en el ciberespacio, no sin los fuegos de la primera.) Como ningún presidente estadounidense puede hablar de amor sino de guerra, el bueno de Biden, con un estilo muy Obama, ha advertido: “permítanme dejarlo bien claro: si buscas hacerle daño a Estados Unidos… debes saber que nunca te perdonaremos. No lo olvidaremos. Te perseguiremos hasta los confines de la Tierra y pagarás por tu ofensa”. Una copia literal de las advertencias de recordar y castigar las defensas y ofensas ajenas que se leen por miles en los anales de la historia de los últimos doscientos años. 

Sólo la “Guerra contra el terrorismo” oculta las raíces del problema de la misma forma que la “Guerra contra las drogas”, diseñada, según sus autores, para criminalizar a negros y latinos. (También Pekin ha usado ese ideoléxico de “Guerra contra el terrorismo” para justificar la violación de los derechos humanos del pueblo Uighur.) El nombre “Guerra contra el terrorismo” y la obligación de no olvidar ocultan un olvido sistemático, como la destrucción de democracias en Oriente Medio (como la de Irán en 1953), la desestabilización de gobiernos seculares (como el de Afganistán en los años 70), la  creación de milicias descontroladas (como los Muyahidín o los Contras en los 80), las Guerras perdidas y genocidas (como Vietnam en los 60 o Irak en los 2000). Como los más recientes bombardeos indiscriminados en Siria e Irak, filtrados por accidente pero probados como recurso sistematico. (Luego, mejor criminalizar a quienes nos descubrieron matando, como es el caso de Julian Assange.) Como la detención indefinida de sospechosos derivada de la Ley Patriota de 2003, la cual se ha extendido de forma obscena a los inmigrantes pobres. Porque los pobres son siempre sospechosos. Porque este es El país de las leyes, como les gusta repetir a los pobres que logran pasar y hacerse de papeles y papelitos.

No es posible hablar de terrorismo en Medio Oriente sin considerar el rol de los imperios Noroccidentales. No es posible hablar del rol de los imperios sin los intereses corporativos. Mientras éstos existan, existirá el imperialismo y existirán las sangrientas “guerras de defensa”. En 1933, Smedley Butler, el general más condecorado de su generación y héroe de las Guerras bananeras, se puso a pensar y reconoció: “he sido el músculo de Wall Street, un mafioso del capitalismo”. En 1961 otro general, el presidente Eisenhower, antes de ser acusado de comunista advirtió de la injerencia del Complejo Industrial Militar en el gobierno. La última “Guerra contra el terrorismo” costó 8.000.000.000.000 dólares (dos veces la economía de todos los paises de América latina juntos), causó la muerte de más de un millón de personas y el desplazamiento de otros 38 millones. ¿Cuántos grupos terroristas se necesitan para alcanzar alguna de estas cifras?

Pues, entonces, ¿por qué es posible este absurdo universal? La injusta muerte de un ciudadano estadounidense por motivos raciales puede movilizar a millones de indignados, pero cuando se filtra una matanza oculta de cincuenta niños en Medio Oriente, pasa desapercibida. No existe. ¿Acaso no es el imperialismo la mayor expresión de racismo? La vergonzosa cárcel de Guantanamo, el centro de violación de los Derechos Humanos en Cuba, ha sobrevivido dos décadas de vanas promesas porque hasta los psicólogos han hecho fortunas asesorando a torturadores. Al igual que los barcos-prisión de la CIA, Guantánamo no es territorio estadounidense sino territorio ocupado, y, por lo tanto, no se aplican sus leyes humanitarias. Incluso cientos de inocentes torturados por años, muchos liberados como esponjas secas, nunca lograrán indemnización alguna sino estigmatización del resto del mundo. Lo mismo las decenas de cárceles secretas e ilegales que mantiene la CIA alrededor del mundo (black sites) como si fuesen agujeros negros de todos los derechos humanos, esos gobiernos paralelos que Washington mantiene al tiempo que da lecciones de Derechos Humanos.  

Aparte de sus propias raices, la “Guerra contra el terrorismo” ha logrado ocultar los problemas reales del presente. Los países continúan su absurdo incremento del gasto militar, incrementando la pobreza y la violencia de las naciones. La pandemia los ha desnudado en toda su inutilidad pero, por otro lado, ha contenido masivas protestas sociales en los países “civilizados”, peligro creciente que antes había llevado a la militarización de la policía. (Con la previsible excepcion del asalto al Congreso de Estados Unidos del 6 de enero de 2021, donde la policía enfrentó a la turba de banderas confederadas con palitos y palabras de consolación.)

¿De verdad quieres servir a tu país? Pues, déjate de masturbaciones patrióticas y empieza a decir la verdad, sobre todo esa verdad que los pueblos no quieren escuchar. Eso requiere más valor que apretar botones y suprimir decenas de inocentes a distancia, como si se tratase de un videojuego. Eso no es heroísmo. Es un crímen mayor. Pero más condenable que esos soldados adoctrinados por una maquinaria trillonaria es el silencio de los ciudadanos, distraídos en apasionados debates sobre fuegos artificiales. 

Para terminar, Biden agregó: “La obligación fundamental de un presidente es defender y proteger a Estados Unidos, no contra las amenazas de 2001, sino contra las amenazas de 2021… Gracias, que Dios proteja a nuestras tropas”. 

Sr. presidente, la solución es bastante simple y no requiere más gastos sino menos: deje de considerar que Dios tiene un pasaporte y una bandera colgada a la entrada de su casa. Deje de considerar que las invasiones preventivas son actos de defensa y comience a cumplir con las leyes internacionales. Salvará usted no sólo a su país y la vida de sus soldados, sino millones de otras vidas humanas.

Claro que eso no será un buen negocio para los Señores de la Guerra, pero, en fin, alguien siempre tiene que perder algo. 

JM, dic. 2021.

https://www.pagina12.com.ar/394176-el-terrorismo-de-la-guerra-contra-el-terrorismo

The terrorism of the war on terror

When you talk about drugs, you blame the producers, not the consumers. But when you talk about guns, you blame the evil on the consumers, not the producers. The reason lies, I understand, in the place of power.

The U.S. Congress has just approved the construction of a War on Terror Memorial to be built not far from the Lincoln Memorial, «to honor those who served in the longest conflict in the nation’s history.» It will not be the first, since there is the Global War on Terrorism Memorial in Georgia, so that the new generations never forget the sacrifice of The Land of Laws that, like Superman, fights «for freedom and justice» in the world. Narrative for children educated at Disney World and for adults who value faith over reason: the world is reduced to the struggle of Good against Evil and we are the guardians of Good, of manifest Destiny.

Como siempre, los mitos están recargados de olvidos estratégicos. Ni siquiera se trató del conflicto más largo, ya que sólo la guerra de despojo, no de la tribu sino de la Nación Seminole se extendió desde 1816 hasta mediados del siglo XIX. Antes de convertirse en mascota de un equipo de fútbol, los seminoles fueron verdaderos héroes en una verdadera guerra de defensa contra el despojo de su territorio en Florida y contra una abismal diferencia de poder militar. Al igual que otros pueblos despojados y masacrados por el fanatismo anglosajón, fueron considerados salvajes (terroristas) que, según el discurso de la Unión del presidente Andrew “Mata Indios” Jackson de 1832,  “nos atacaron primero sin que nosotros los provocásemos”.

El 31 de agosto de 2021, el presidente Joe Biden anunció el “fin de la guerra contra el terrorismo”. (Naturalmente, como escribimos hace veinte años, el negocio de la guerra se desplazará al Extremo Oriente. Habrá una Segunda Guerra Fría en el ciberespacio, no sin los fuegos de la primera.) Como ningún presidente estadounidense puede hablar de amor sino de guerra, el bueno de Biden, con un estilo muy Obama, ha advertido: “permítanme dejarlo bien claro: si buscas hacerle daño a Estados Unidos… debes saber que nunca te perdonaremos. No lo olvidaremos. Te perseguiremos hasta los confines de la Tierra y pagarás por tu ofensa”. Una copia literal de las advertencias de recordar y castigar las defensas y ofensas ajenas que se leen por miles en los anales de la historia de los últimos doscientos años. 

Sólo la “Guerra contra el terrorismo” oculta las raíces del problema de la misma forma que la “Guerra contra las drogas”, diseñada, según sus autores, para criminalizar a negros y latinos. (También Pekin ha usado ese ideoléxico de “Guerra contra el terrorismo” para justificar la violación de los derechos humanos del pueblo Uighur.) El nombre “Guerra contra el terrorismo” y la obligación de no olvidar ocultan un olvido sistemático, como la destrucción de democracias en Oriente Medio (como la de Irán en 1953), la desestabilización de gobiernos seculares (como el de Afganistán en los años 70), la  creación de milicias descontroladas (como los Muyahidín o los Contras en los 80), las Guerras perdidas y genocidas (como Vietnam en los 60 o Irak en los 2000). Como los más recientes bombardeos indiscriminados en Siria e Irak, filtrados por accidente pero probados como recurso sistemático. (Luego, mejor criminalizar a quienes nos descubrieron matando, como es el caso de Julian Assange.) Como la detención indefinida de sospechosos derivada de la Ley Patriota de 2003, la cual se ha extendido de forma obscena a los inmigrantes pobres. Porque los pobres son siempre sospechosos. Porque este es El país de las leyes, como les gusta repetir a los pobres que logran pasar y hacerse de papeles y papelitos.

No es posible hablar de terrorismo en Medio Oriente sin considerar el rol de los imperios noroccidentales. No es posible hablar del rol de los imperios sin los intereses corporativos. Mientras éstos existan, existirá el imperialismo y existirán las sangrientas “guerras de defensa”. En 1933, Smedley Butler, el general más condecorado de su generación y héroe de las Guerras bananeras, se puso a pensar y reconoció: “he sido el músculo de Wall Street, un mafioso del capitalismo”. En 1961 otro general, el presidente Eisenhower, antes de ser acusado de comunista advirtió de la injerencia del Complejo Industrial Militar en el gobierno. La última “Guerra contra el terrorismo” costó 8.000.000.000.000 dólares (dos veces la economía de todos los países de América latina juntos), causó la muerte de más de un millón de personas y el desplazamiento de otros 38 millones. ¿Cuántos grupos terroristas se necesitan para alcanzar alguna de estas cifras?

Pues, entonces, ¿por qué es posible este absurdo universal? La injusta muerte de un ciudadano estadounidense por motivos raciales puede movilizar a millones de indignados, pero cuando se filtra una matanza oculta de cincuenta niños en Medio Oriente, pasa desapercibida. No existe. ¿Acaso no es el imperialismo la mayor expresión de racismo? La vergonzosa cárcel de Guantánamo, el centro de violación de los Derechos Humanos en Cuba, ha sobrevivido dos décadas de vanas promesas porque hasta los psicólogos han hecho fortunas asesorando a torturadores. Al igual que los barcos-prisión de la CIA, Guantánamo no es territorio estadounidense sino territorio ocupado, y, por lo tanto, no se aplican sus leyes humanitarias. Incluso cientos de inocentes torturados por años, muchos liberados como esponjas secas, nunca lograrán indemnización alguna sino estigmatización del resto del mundo. Lo mismo las decenas de cárceles secretas e ilegales que mantiene la CIA alrededor del mundo (black sites) como si fuesen agujeros negros de todos los derechos humanos, esos gobiernos paralelos que Washington mantiene al tiempo que da lecciones de Derechos Humanos.  

Aparte de sus propias raíces, la “Guerra contra el terrorismo” ha logrado ocultar los problemas reales del presente. Los países continúan su absurdo incremento del gasto militar, incrementando la pobreza y la violencia de las naciones. La pandemia los ha desnudado en toda su inutilidad pero, por otro lado, ha contenido masivas protestas sociales en los países “civilizados”, peligro creciente que antes había llevado a la militarización de la policía. (Con la previsible excepción del asalto al Congreso de Estados Unidos del 6 de enero de 2021, donde la policía enfrentó a la turba de banderas confederadas con palitos y palabras de consolación.)

¿De verdad quieres servir a tu país? Pues, déjate de masturbaciones patrióticas y empieza a decir la verdad, sobre todo esa verdad que los pueblos no quieren escuchar. Eso requiere más valor que apretar botones y suprimir decenas de inocentes a distancia, como si se tratase de un videojuego. Eso no es heroísmo. Es un crimen mayor. Pero más condenable que esos soldados adoctrinados por una maquinaria trillonaria es el silencio de los ciudadanos, distraídos en apasionados debates sobre fuegos artificiales.

Para terminar, Biden agregó: “La obligación fundamental de un presidente es defender y proteger a Estados Unidos, no contra las amenazas de 2001, sino contra las amenazas de 2021… Gracias, que Dios proteja a nuestras tropas”. 

Sr. presidente, la solución es bastante simple y no requiere más gastos sino menos: deje de considerar que Dios tiene un pasaporte y una bandera colgada a la entrada de su casa. Deje de considerar que las invasiones preventivas son actos de defensa y comience a cumplir con las leyes internacionales. Salvará usted no sólo a su país y la vida de sus soldados, sino millones de otras vidas humanas.

Claro que eso no será un buen negocio para los Señores de la Guerra, pero, en fin, alguien siempre tiene que perder algo. 

Jorge Majfud

Jorge Majfud: Uruguayan writer, born in Tacuarembó, in 1969. He studied architecture graduating from the University of the Republic. At present he is entirely dedicated to literature and his articles in different media. He teaches International Studies and Latin American Literature at Jacksonville University.

“Nadie se gradúa de escritor”

Entrevista con Jorge Majfud

Por Yolanda Delgado-Batista

Parte II: escribir o no escribir

Yolanda Delgado-Batista: Además de su profesión de docente en la Universidad de Jacksonville University, usted es escritor de ficción ¿Qué es lo que más aprecia y más detesta de este oficio?

Jorge Majfud: No sé si podría definir la escritura como un oficio. No vivo de escribir ni lo hago por obligación. Para mí, la literatura, tanto al leerla como al escribirla, me provee de dos sentimientos aparentemente contradictorios: refugio y liberación.

YDB: ¿Por cierto, qué materia o materias imparte en la universidad?

JM: International Studies en el área de América Latina y diversos cursos de literatura.

YDB: Estudió arquitectura, ¿cómo fue que un día decidió escribir novelas y relatos?

JM: Aprendí a leer antes de entrar en la escuela primaria en los diarios que cada mañana llegaban a la casa de mi padre. De niño también escribía pequeñas obras de teatro donde mis abuelos, tíos y amigos, con quienes pasaba los veranos, eran los protagonistas. Mis abuelos vivían en el otro extremo del país, en el campo, y disfrutaban leyendo esas historias. Escribía en una máquina que tenía mi padre en el cuarto que yo compartía con mi hermano. Pero en la adolescencia me fascinaban las matemáticas, la física (sobre todo a partir de los 17 años) y el arte plástico. Me apasionaban los programas de televisión europeos, por ejemplo, de las alemanas Transtel, DW, sobre pintores como Picasso, Pollock y escultores como Rodin o Henry Moore por su forma de ver y palpar una escultura. ¿Tal vez me recordaba a mi madre? Tal vez. La teoría de la relatividad fue mi otra gran pasión junto con las novelas de Sartre y Onetti. Por culpa de Einstein y de Sartre tenía pésimas notas en física y en literatura.

Mi madre era escultora y mi padre carpintero, así que la arquitectura estaba entre esas dos profesiones y pensé que ni de la escritura ni del arte iba a poder vivir, así que arquitectura parecía ser una elección natural. Al fin y al cabo, aunque me dediqué al cálculo de estructura luego de recibirme, la arquitectura era una de las Humanidades. Pero pocas cosas en la vida salen como una las planea, y terminé volviendo a la literatura y otras humanidades por razones de sobrevivencia. Con la profunda crisis de 2001 en el Cono Sur, debimos emigrar como la mayoría de nuestros compañeros graduados. Primero trabajé en Costa Rica y luego en un estudio de arquitectos en España, pero a pesar del optimismo local, se veía venir el fin de la bonanza del ladrillo.  Aceptar una invitación y una beca de una universidad extranjera era una opción razonable para alguien que tenía solo cien dólares en el bolsillo y ninguna otra perspectiva de sobrevivencia.

YDB: ¿Cuándo se vio a sí mismo como escritor? ¿Lo recuerda?

JM: No. Creo que ni siquiera hoy me veo como escritor. Siempre me he sentido como un marginal, como un intruso en todo… Ahora le ponen etiqueta psicológica a todo y creo que a eso le llaman “síndrome del intruso”. Antes mis profesores decían que era distraído como todo genio y ahora a nuestros chicos los mandan a terapia para superar su “Trastorno por déficit de atención con hiperactividad”. En Estados Unidos casi la mitad de los estudiantes universitarios está bajo medicación. No digo que no la necesiten, no soy un experto en el área, pero en nuestro tiempo no había nada de eso.

YDB:  Sobrevivimos a muchas cosas…

JM: Sí. Tomábamos agua del río, no teníamos ni calefacción ni aire acondicionado, nos lavábamos la boca con pasta Colgate en tubos de plomo y tomábamos agua de caños fabricados con el mismo metal. Una vez discutí esto en una clase y llegamos a la conclusión de que todos tenemos algún problema psicológico, pero no todos los problemas tienen nombre. En ese momento regresaba una alumna del baño y le pregunté: “Hillary, y tú, ¿tienes algún problema psicológico?”

YDB:  Pobre chica.

JM: Me respondió que no, con convicción y tratando de imaginar qué nueva chifladura se la había ocurrido al profesor. Así que fe la única persona en el salón que había respondido que no. No había tenido tiempo de pensarlo dos veces. Todavía no sé cómo no me han expulsado de mi trabajo en un mundo de sensibilidades políticamente correctas. En las reuniones organizadas por el Centro de Discapacidad he dicho varias veces que yo nunca he tenido ningún problema con algún estudiante con “disability” (discapacidad). Los pocos problemas que he tenido los he tenido siempre con gente “normal”.

YDB:  Pero volvamos a su primera vocación, a aquello de la afición por el arte…

JM: Sí. De adolescente pintaba retratos o hacía esculturas, porque ese era el terreno de mi madre; en la secundaria tenía malas notas en Literatura y Filosofía porque no leía lo que estaba en el programa sino a Sartre, Sábato, Bukowski… Como estudiante de arquitectura dedicaba todos mis fines de semana a escribir ficción o ensayos que nada tenían que ver con la carrera; como arquitecto hacía cálculo de estructura y daba clases de matemáticas al tiempo que escribía una novela y un libro de ensayos; como estudiante de literatura en Estados Unidos me dedicaba a la escritura creativa y a escribir ensayos sobre distintas materias; como profesor de Literatura me dedico a libros que no tienen nada que ver con mis clases; como profesor de Humanidades escribo libros de historia, etc.

YDB:  Es decir que la creatividad está en lo marginal…

JM: En la clandestinidad, en la incorrección. Cada vez que me he graduado oficialmente en un área, me he movido hacia otras disciplinas. Por eso nunca me graduaré con ningún título de escritura creativa ni daré clases, al menos que sea por necesidad. En broma siempre digo que ejerzo la profesión de forma ilegal.

YDB: ¿En qué países publica?

JM: En varios. Uruguay, Argentina, México, España, Estados Unidos… No sé. En Uruguay hace años que no publico. En Argentina todas las editoriales han rechazado La frontera salvaje pese a los esfuerzos de tanta gente valiosa como Víctor Hugo Morales. Aparentemente se trata del exceso de páginas. Quién sabe. Se da la paradoja de que en Estados Unidos se han vendido algunos miles de ejemplares, aunque no tiene agente ni agencia ni agenda. Claro que toda paradoja es una lógica oculta. Generalmente las editoriales quieren a sus escritores cerca para el trabajo de promoción. Si tuviese que quedarme con una sola editorial sin duda elegiría Baile el Sol, en Canarias. Ha sabido combinar la realidad económica con la cultura radical. Ha hecho siempre un trabajo decente, heroico por momentos y siempre admirable por su calidad y por su continuidad a lo largo de décadas.

YDB: Sí, esa es la realidad de las editoriales que no pertenecen a conglomerados de capitales.

JM:  La cultura radical ha sobrevivido gracias a esas editoriales como Baile del Sol que este año próximo cumple treinta años de “supervivencia”. La otra es sólo prostitución del consumismo.

YDB: ¿Cree que para ser escritor es necesario cursar una especialidad determinada?

JM: No, absolutamente no. Cuanto más clandestina es la actividad del escritor, del artista, mejor. Lo mejor que podemos enseñar en una universidad, por ejemplo, es contagiar en el alumno la pasión por la Literatura, pero no producimos escritores, sería una pretensión ridícula. Si salen escritores de un curso de literatura es porque ese escritor ya existía en potencia y esos cursos despertaron en él, en ella una pasión que desconocía.

YDB: Pero si fuera Ministro de Educación, crearía una licenciatura específica para quienes quieren ejercer esta profesión al igual que existe la de Medicina o Artes, por ejemplo.

JM: No, creo que no. Yo nunca he tomado ni he enseñado un curso de Escritura creativa. Hay de todo. En realidad, son talleres, ya que no se puede “enseñar” a ser un escritor o escritora creativa en ningún curso. Se puede enseñar cálculo, pero no a escribir El Túnel o Cien años de soledad

YDB: En Estados Unidos, existen tales facultades, si no me equivoco.  Al menos, escuelas y master de Creative Writing… ¿Es que se puede aprender a ser buen escritor en una universidad?

JM: Tal vez un escritor profesional sí, pero eso no es ser un buen escritor. Es como decir que alguien puede “hacer el amor” en un prostíbulo. Sería una casualidad, pero no el resultado de la profesión. Se puede tener sexo, allá cada uno, pero el amor es otra cosa. En Estados Unidos predomina la cultura utilitaria y, por lo tanto, la mayoría de los cursos de escritura intentan resolver el “cómo”, es decir, cómo lograr escribir un best seller o una película que se venda mucho. Básicamente se trata de dar recetas de cómo cocinar una buena pasta. Hay recetas y luego el cocinero le pone un toque propio. Si no se vende es un fracaso. Una creatividad auténtica no se puede enseñar. Se puede estimular, se puede aportar una discusión por parte de alguien experimentado en este o aquel arte, algo similar ocurre en los talleres de arquitectura: se analizan ejemplos históricos, aciertos y errores, etc. Pero toda creatividad es, en esencia, el ejercicio radical de la libertad y para eso no hay un camino tomado. Por eso la creación de los llamados “creadores” es un milagro muy raro. Tan raro como un descubrimiento científico. Lo que hay, como norma, es repetición con variaciones. En el mejor de los casos, una exploración interior, lo contrario a la exploración científica. Es lo que distingue a la literatura de la psicología, por ejemplo.

YDB: ¿Existe un concepto de escritor en EEUU muy diferente al que se tiene en Hispanoamérica o Europa?

JM: Si hablamos de grandes escritores como Hemingway o Bukowski, se podría decir que los tres continentes hablan el mismo idioma. Si lo vemos desde la perspectiva popular, desde la mayor parte de la sociedad, hay diferencias. En Estados Unidos el escritor es juzgado por lo que vende o por su presencia en los medios o en la academia. En América Latina solemos apreciar mejor al bohemio, al romántico, al existencialista, al artista que no escribe por la fama ni por el dinero. Claro que eso también está cambiando, como todo, porque seguimos siendo colonias culturales y copiamos cualquier cosa por ridícula que sea que irradie el poder hegemónico de Estados Unidos, como si fuésemos originales.

YDB: ¿En Norteamérica un escritor puede abordar todos los temas? Estoy pensando en esa nueva corriente donde únicamente los afroamericanos pueden hablar de asuntos que afectan a su comunidad o la literatura gay sólo puede ser escrita por un autor que lo sea…, una realidad que está afectando a todos los campos de la cultura. Desde Europa esta postura se ve bastante empobrecedora y extremista, pero quizás estemos equivocados en esta percepción.

JM: Es empobrecedora, sí, aparte de arbitraria, porque no es difícil demostrar que alguien con un determinado color de piel y una determinada condición de clase no sabe lo que dice o, peor, solo repite la moral del esclavo, del desclasado, los mitos del amo, del exitoso empresario. Pero, también es una idea extremista pensar que una persona puede hablar con alguna autoridad de cualquier cosa. Podemos hablar de todo, pero nuestra palabra no puede tener un valor especial en todo.

YDB: ¿Cuáles son las actitudes y aptitudes necesarias para dedicarse al oficio de escribir?

JM: Depende de qué tipo de escritor estamos hablando. Si es del escritor, de la escritora que nos importa, diría que, primero, debe ser una oveja negra. Tener una pasión irresistible por esas exploraciones interiores. Alguien que escribe se libera cuando implosiona (cuando explosiona hacia adentro), arrastrando en el proceso todo el mundo que le rodea. Paradójicamente, a eso se llama “expresión”, es decir, una “presión hacia afuera”.   

YDB: ¿Es importante conocer otras lenguas? 

JM: No creo que sea necesario, pero es importante. Yo descubrí con mayor profundidad mi lengua materna, el castellano, a medida que estudiaba inglés. Es como conocer tu propio pueblo a través de los viajes. Quien nunca ha viajado no puede decir que conoce muy bien su propia aldea.

YDB: Ya hemos comentado que compagina la docencia con la escritura de ensayos, artículos de revistas y la creación de novelas y relatos. ¿Puede un escritor de ficción vivir sólo de su obra?

JM: Sí, pero son una pequeña minoría. Dentro de esa pequeña minoría, una micro minoría no escribe para el mercado. Son excepciones y casi siempre alcanzan esa condición como un retiro activo, cuando ya son viejitos. Lo mismo los premios. Suelen llegar cuando uno ya no los necesita ni los quiere, como decía, creo que Vallejo, “como una palada de tierra”. Al final lo único que queda es siempre la fiel y nunca falsa pasión por el arte.

YDB: ¿Cuántas horas diarias dedica a la escritura?

JM: A veces seis horas, a veces ninguna. Todo depende de la realidad, el trabajo, la familia, los diversos estados de ánimo… Escribí casi mil páginas de La frontera salvaje en nueve meses y luego de abandonarla al público he estado un año sin escribir nada más que artículos, ensayos para los medios. Si no llega la locura de la pasión, nada en el arte tiene sentido, sea valioso para los demás o no.

YDB: ¿Planifica el trabajo de una novela antes de ponerse a la tarea?

JM: No, ¡jamás! Una novela que no sea un producto comercial es algo que se va explorando y descubriendo. Mi única guía es que haya una fuerte intuición sobre algo que va a ocurrir y tener algunos personajes que no sigan mis órdenes. Suelo aprender mucho de mis personajes.

YDB: ¿Le resulta complicado compaginar trabajo con vida privada?

JM: Sí, mucho. Pero, total, mi literatura no es tan importante para nadie como para que abandone mis obligaciones…

YDB: ¿Le parece importante estar presente en las redes sociales?

JM: No. De hecho, creo que las redes han desacralizado muchas cosas. Todo lo que cae en esas redes se vulgariza, se banaliza de una forma que creo que las nuevas generaciones nunca alcanzarán a percibirlo, sobre todo aquellos que miden el “éxito” por la banalidad de cada performance. Un producto de la cultura del consumismo. Tengo Twitter para compartir noticias, para leer lo que algunos amigos piensan o sienten. Pero todo es muy superficial y lleva frecuentemente a la frustración y a la agresión, como en una pelea de borrachos.

YDB: ¿Piensa que hoy en día un escritor debe aprender técnicas de publicidad y marketing para darse a conocer o cree que estas actividades son exclusivas del editor?

JM: Es parte del maldito juego. Yo nunca tuve agente literario y lo más que he hecho para promover mis libros ha sido aceptar entrevistas, colaborar de vez en cuando con jóvenes que escriben tesis o que se apasionan con los videos… Esas cosas eventuales. Hace décadas que me resisto a la presentación de mis libros, pero sospecho que la desaparición del editor, del editor selectivo y exigente, más que una liberación para los escritores ha sido una terrible pérdida para la literatura, como también lo ha sido la desaparición del crítico profesional o especializado, tipo Ángel Rama, por ejemplo, personas que tenían la habilidad de darle un sentido inteligible al caos literario del momento. No faltan escritores que escriban “El perfume de tu corazón”, “Las aladas palabras de tu ausencia” o “El secreto del espía cuyo nombre era Libertad” sino editores y lectores en serio. Pero ese es el mismo problema de la música y del cine comercial, y de tantas otras áreas supuestamente creativas, porque, en el fondo, es un problema global.

YDB:  Si le dieran la noticia de que mañana sólo podrá publicar en digital, ¿aceptaría?

JM: …y qué más remedio? Pero la palabra escrita tiene vocación de papel.

YDB: ¿Qué opinión tiene sobre la auto publicación?

JM: Es una opción. El problema es que luego se necesitan cien vidas para descubrir la monedita de oro entre las dunas del desierto.

YDB: En sus inicios, supongo que le costó abrirse camino y hacerse un nombre. ¿Qué consejos le daría a alguien que empieza?

JM: En 1996 me recibí de arquitecto y me olvidé de decírselo a mi padre. Para mí fue un día más, sin ceremonias ni nada pomposo, esas cosas tan comunes en la cultura anglosajona. Estaba pendiente de la respuesta Horacio Verzi, el editor de Graffiti, una editorial de Montevideo que quise mucho. Cuando me dijo que iba a publicar Memorias de un desaparecido sentí una felicidad que sólo se compara con estar enamorado o con el nacimiento de un hijo. Ya nunca más volví a sentir esa alegría. Creo que no era por hacerme ningún nombre sino porque significaba que tantos años de escribir y mal reescribir esa novela en mi solitario cuarto de estudiante en Montevideo no iban a terminar en la basura, que alguien le iba a dar vida. Había vivido tanto en ese mundo que lo quería ver revindicado de alguna manera.

YDB:  En alguna parte dice que usted removió la literatura uruguaya con esa novela…

JM: No es verdad. Alguien lo dijo y así quedó. Creo que fue el escritor Tomás de Mattos quien la presentó en 1996. ¿O fue la crítica Mercedes Ramírez? Bueno, al crítico Hugo Acevedo del diario La República le gustó mucho, según recuerdo. Él siempre escribía bien de mis libros y una vez me llamó por teléfono. Para un joven provinciano de 26 años eso era más que un premio literario. Nunca pude compartir un café con él.

Pero la verdad es que pocos la leyeron. Ni mis familiares la leyeron. Mi querido abuelo, siempre directo en lo que decía, se quejaba de que era muy complicada. Por el gris que dejan los dedos debajo de las páginas, supe que no había pasado de la página veinte. Pero yo los entendí siempre y los quise por su honesta y amable sinceridad, algo muy rioplatense que no cae bien aquí en Estados Unidos, más afectos a la formalidad disfrazada de informalidad. 

YDB: ¿Qué consejo le dieron a usted que agradeció en aquel momento?

JM: “Dedícate a la arquitectura. Eso sí te dará de comer.”

YDB: ¿Recibió apoyo por parte de sus padres?

JM: Sí, de mi padre, ya que mi madre estaba muerta. Pero mi querido padre nunca comentó nada de esa primera novela ni de ningún otro libro que escribí. Yo sé que quería que me fuera bien con esa aventura de bohemio, pero tal vez no quería caer en esa obsesión recomendada por la psicología contemporánea por la cual los padres se sienten obligados a tratar a sus niños como si fuesen Einstein y Picasso juntos para reforzar su autoestima, lo que, supuestamente, los ayudaría a ser exitosos en un mundo despiadado e hipercompetitivo. No fue mi caso sino todo lo contrario, y me temo que tampoco es el caso de mi hijo.  

YDB:  Si volviera a nacer, sería escritor o sería…

JM: Si volviese a nacer me haría hindú. No creo que eso suceda nunca.

Diciembre 2021

La dimensión transnacional de la crítica en la narrativa de Jorge Majfud

Nina Pluta (Prof. Dr. Nina Podleszańska)

Uniwersytet Pedagogiczny, Kraków

En los escritos del uruguayo Jorge Majfud (Tacuarembó, 1969) se establece con firmeza la posición de un sujeto disidente y crítico del sistema político-económico global. Comprometerse con este ámbito externo a la literatura lleva siempre a un escritor a repensar las relaciones entre literatura, política y sociedad, así como a renovar las poéticas, es decir, las maneras específicas de las que se dispone para dar cabida a la intención crítica. Esta se acrecienta, por cierto, en el contexto de crisis supranacionales (Denis 5; López Terra 126-53). Majfud, efectivamente, aborda por un lado una profusión de temas sociopolíticos, y por otro, reflexiona sobre el impacto de la cultura y la literatura. Un rasgo llamativo en su escritura es la intensa circulación de las mismas ideas críticas entre el periodismo, el ensayismo y la ficción—a veces se repiten los mismos párrafos, literalmente. ¿Procedimiento motivado por la falta de esmero? Más bien, una necesidad polémica que se sirve de todos los géneros a mano.

La libertad es una utopía en todos sus formatos conocidos. Esperate un momento. No, no estoy argumentando a favor del régimen de los Castro cuando me muero de risa al escuchar sobre “la libertad del capitalismo” que los verdaderos capitalistas (digo, los que tienen capital para comprar la libertad necesaria, los que pueden hacer lobbies en el congreso, no humildes profesores como nosotros), esos nunca se la creyeron. (Majfud, Crisis 24)

Enunciados como este abundan tanto en la prosa ficcional como en los artículos de Majfud. En consecuencia, el alter ego auctorial de las ficciones y el sujeto empírico que firma las aportaciones no literarias adquieren un mismo poder de convicción.[1] La literatura polémica y deliberadamente saturada de temas sociopolíticos suele despertar sospechas y acusaciones de propagandismo. No obstante, uno se puede preguntar por qué la literatura no serviría también para discutir con oponentes imaginarios o reales. Es más, se puede afirmar, con Terry Eagleton, que “[l]a propaganda no tiene nada de malo siempre que se haga bien […]” y que no necesariamente “todas las obras comprometidas deban ser estridentes y reduccionistas” (99-100). En cuanto a Majfud, es indudable él sí sabe sortear peligros tales como personajes acartonados o arengas ideologizadas. Sus protagonistas adoptan posturas críticas o disidentes no porque escojan sin vacilar la vía de la acción política, sino porque son aves raras cuyo temple existencialista les lleva a la rebeldía contra la violencia, abierta o soterrada. La reflexión sobre la actualidad en la obra de Majfud se inscribe además en un marco más amplio, el de su visión antropológica de la civilización: una serie de etapas de la lucha por la emancipación humana.[2] En este proceso, la literatura comprometida es la que preserva la tradición crítica del humanismo progresista bajo la bandera de la libertad.[3] En suma, en los variados textos de Majfud, viene perfilándose la silueta de un sujeto discursivo a quien la escritura sea ficcional, sea factográfica, le sirve en primer lugar para pensar y opinar, por encima de las fronteras genéricas.

En el siguiente texto se analizará, en concreto, el carácter supranacional de la crítica majfudiana en cuatro novelas: La reina de América, La ciudad de la luna, Crisis, El mar estaba sereno, haciendo referencia puntual a sus artículos. [4] En todas ellas se plantean y discuten unas cuestiones de alcance tanto latinoamericano como global: las transformaciones del sentimiento identitario de los migrantes entre Europa y las Américas, la precariedad de su destino, la violencia política en América Latina y la violencia objetiva (sistémica) del capitalismo global.

Es precisamente la perspectiva global—“más allá de la nación”[5]—la que mejor caracteriza esta escritura. Majfud, nacido en Uruguay, reside actualmente en los Estados Unidos, pero publica también en las editoriales y la prensa españolas. En su obra queda inscrita la mirada del “sujeto atlántico”, es decir, de un “sujeto itinerante entre roles y fronteras, capaz de subvertir incluso los marcos referenciales de la política” (Ortega 115, 111), dotado de “una mirada crítica sobre su entorno y el horizonte trasatlántico” (Aínsa, “Nueva” 122). El (anti)héroe de la literatura hispanoamericana del siglo XXI está deslocalizado, le afecta la transterritorialidad.[6] Tiende, por un lado, a cuestionar, espontánea o reflexivamente, la acepción tradicional del patriotismo, y por otro, a tomar en consideración los condicionamientos supranacionales de la condición humana.

Los tópicos americanos, la erosión del patriotismo y la condición migrante

Para los latinoamericanos del XIX y hasta mediados del XX, “tener identidad equivalía a ser parte de una nación o tener una ‘patria grande’”, es decir continental (García Canclini 39). En las sociedades del capitalismo tardío se observa, no obstante, la “pérdida de los tradicionales referentes telúrico-biológicos de la identidad y el desmoronamiento del metaconcepto que la unificaba alrededor de las nociones de territorio, pueblo, nación, país, comunidad, raíces” (Aínsa, “Nueva” 111). La “geografía espiritual” (Aínsa, Del canon 17-20) hoy puede constituirse con igual suerte en el entorno mediático y virtual, propiciando nuevas formas de asociación identitaria, por ejemplo, las que Appadurai llama “vecindarios virtuales” (203) o “comunidades de sentimiento” (23). Pero al calor de estos procesos, el ideario nacionalista tradicional entra en un flagrante contraste con la percepción de la identidad como híbrida y transfronteriza.

Registrando estos cambios, que son en definitiva también cambios de mentalidad individual y colectiva, Majfud narra los altibajos de la vida de los migrantes transatlánticos e interamericanos. En general, su táctica consiste en señalar, en una misma novela, problemas sociopolíticos parecidos que atañen a grupos humanos en diferentes partes del mundo. Esto le permite ir desplazando o, si se quiere, glocalizando, el tema de la hegemonía capitalista, las guerras, las migraciones con su corolario de sufrimiento, la explotación a escala planetaria.

Uno de los problemas centrales de La reina de América y El mar estaba sereno es el choque entre los rancios mensajes ideológicos y patrióticos arraigados en la tradición latinoamericana y la experiencia propia de los protagonistas, migrantes transatlánticos.

La joven española Mabel emprende un viaje a Uruguay acompañando a su aristocrático padre que huye de la ruina. Ya antes de su partida, la madre de Mabel presiente el fracaso: “Tal vez te has pensado que haréis fortuna en América, y que volveréis hecha una reina […]. Pues te diré que te equivocas, hija de mala leche. En América solo serás desgraciada. Con dolor te acostarás y con dolor deberás levantarte.” (La reina 34).[7] En efecto, la vida de Mabel, desmiente el viejo mito de la prosperidad americana. Durante la travesía en barco, se enamora perdidamente del apuesto escandinavo Jacobsen, quien le jura amor eterno, la deja embarazada y desaparece al llegar el barco a Uruguay. Pero el amor, recuerdo idealizado, permanecerá alimentando el imaginario de ambos. Marginada y sin recursos, Mabel se hace prostituta para sacar adelante su vida y la de su hija Consuelo. No obstante, para su familia española, Mabel se convierte en una “reina” americana, “porque esa era la única imagen que tenían del Río de la Plata, culpa de una postal que mi madre le envió a la abuela. […] Tampoco podían imaginarse que en un país donde todos hacían plata alguien de su familia, bien educada y de buena cepa europea, no tuviera el oro y el moro” (La reina 36).

Jacobsen encarna otra modalidad del fracaso, esta vez determinado por las circunstancias políticas (la exacerbación del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha en el Cono Sur). El amante fugaz de Mabel y padre de Consuelo, Jacobsen se implica en la clandestinidad antiestatal en Argentina y es perseguido, encarcelado y torturado. Cuando los militares lo interrogan en su propia casa, en la escena se entretejen fragmentos de discursos oficiales, patrióticos y xenófobos: “Limpiaremos este país de las ratas, especialmente de aquellas ratas que, como usted, bajaron de las bodegas de los barcos. Y seguiremos cumpliendo con nuestro deber patriótico, mandando al infierno a los que pretenden acabar con la Libertad de nuestra Nación” (La reina 29). Un oficial lo provoca insistiendo en llamar a Kierkegaard “ruso”: “Ha leído con dificultad. No comprende y se fastidia. Tira el libro sobre el escritorio y sentencia: es ruso, soldado, alguna mierda de esas que leen los bolches. Es danés—dice Jacobsen. Es ruso—ordena el coronel—Si yo te digo que es ruso, es ruso, ¿escuchaste, mierda?” (La reina 41). Este chovinismo irracional sirve para someter al enemigo político, ejerciendo sobre él una violencia pulsional. En el período histórico en cuestión, ser “rata” de barco no significa ni siquiera ser inmigrante europeo, sino, más bien, paria y comunista. Asimismo, ser “ruso” no se refiere estrictamente a la nacionalidad sino al hecho de ser enemigo de los poderes hegemónicos en todo el Occidente europeo y americano. En el contexto de la guerra sucia, “ruso” apunta pues a un elemento externo, amenazador para la “civilización” y el repudio del otro revela así su naturaleza en gran parte imaginada, su dimensión fantasmática (Žižek 85). La xenofobia de los militares—la herencia eurocéntrica que sigue marcando la vida colectiva en el Occidente (Balibar 327), América incluida––se activa aquí en nombre de la reproducción de un determinado sistema político.[8]

La violencia que marca e instala caos en las vidas de Mabel, Jacobsen y Consuelo (violada a su vez por un cliente de su madre), aquella que Žižek llama objetiva (sistémica, de la que es víctima la mujer desamparada, violada, marginalizada), así como la subjetiva y concreta, ejercida por los militares, contrasta vivamente con la retórica oficial del gobierno. Los gobiernos militares difunden el modelo del “verdadero” patriota, dócil y subalterno como antes el sujeto colonial. A punto de someterse a un aborto clandestino, Consuelo oye en la radio:

Pero hoy la Patria y el mundo continúan bajo amenaza. El enemigo de la Libertad no ha muerto y trabaja (…baja) en las sombras, tramando (…amando) el terror y la violencia que no desean nuestros pueblos. Y es por eso que hoy, ante un nuevo aniversario de la Jura de la Constitución, renovamos (…vamos) nuestros votos y juramos defenderla con nuestras vidas (…idas), así sea lo último que hagamos para legar a nuestros hijos un mundo de Paz y Libertad, para regocijo de nuestra memoria (…moría emoría). (La reina 116)

Patria, comenta Consuelo, esta “palabrita machista” que sólo sirve de pretexto a “los monstruos que le ponen precio y propiedad a todo” (La reina 130). Su compañero de la secundaria, Abayubá, disecciona irónicamente el mismo estereotipo en su versión uruguaya:

[…] le revienta ese orgullo ciego y estúpido… Oh, pues sí, somos un pueblo culto y nuestra Universidad es la envidia de los demás países; somos la Suiza de América, por lo pequeño que somos y por lo tranquilo de nuestra democracia […] un pueblo muy culto, sí, hecho y derecho en la cultura del machismo y la corrupción, aunque después se diga, con el viejo y ya-me-tiene-las-pelotas-por-el-piso argumento, que la corrupción aquí no es tanta como allá, porque, claro, en Argentina y en Brasil todo es igual pero más grande, así que no estamos tan mal después de todo […] Eso es, un pueblo culto, mezcla de cuanta orgullosa raza europea andaba desconforme por allá, y se vino a un país sin terremotos y sin indios. (La reina 102-05)

En El mar estaba sereno prosigue, ya desde la segunda década del siglo XXI, la misma desmitificación en clave irónica de las imposiciones nacionalistas. Uno de los personajes argumenta que los uruguayos son modestos: porque “la práctica y la necesidad visceral de este rinconcito del mundo […] es apedrear a todo el que ose levantar la cabeza por encima del resto. De ahí que la famosa humildad de los uruguayos tal vez no sea otra cosa que el resentimiento y la exigencia a [sic] la mediocridad general” (El mar 345).

Como en varias otras novelas latinoamericanas de las últimas décadas, donde el motivo de la búsqueda de la identidad propia genera tensión entre lo nacional y lo postnacional, los personajes majfudianos acuden “a la memoria más personal, cercana a la experiencia, para contrarrestar la influencia del adoctrinamiento” (Pérez Daniel 221). Así, Mabel busca en su fisonomía el secreto de su origen:

Me sentaba delante del espejo y estudiaba mi cara. Trataba de adivinar en estos labios, en estos ojos y en esta nariz la cara de mi padre, el país de donde había venido. Volvía al espejo y veía en mis ojos los ojos de una mujer vikinga, mirando el mar frío, esperando a su hombre […] Otras veces me peinaba y pensaba que ese mismo había sido el pelo de una joven polaca. (La reina 30)

Su supuesta sangre nórdica del lado paterno sustenta en Consuelo una fantasía identitaria privada mucho más poderosa que la que logran instalar en su mente las consignas machacadas en la escuela, como, por ejemplo, “Cantad con pasión y decoro […], la mirada al frente, la mano derecha en el corazón que late por sus Símbolos Patrios” (La reina 100). El ideologema de la pureza sanguínea (colectiva) se desactiva aquí frente a la observación del propio cuerpo al que se cree portador de una genealogía híbrida. También Jacobsen, el padre de Mabel, en la antes citada escena del interrogatorio, fantasea sobre su procedencia, involucrando los mitos (y estereotipos) escandinavos:

se pregunta qué tiene él de aquellos vikingos que cruzaron el Atlántico norte hace mil años. Desde niño se los imaginaba como dioses que solo conocían el miedo ajeno. Recorría los caminos húmedos de Fyn, donde vivía el abuelo Sune, rodeado de los campos de los Jørgensen, y no se imaginaba el dolor de la barbarie, el sudor agitado de la guerra, la tristeza del abandono. Ahí estaba delante de él ese hombre uniformado, de pelo negro y de hablar deliberadamente pausado, que en esencia no era otra cosa que uno de aquellos bárbaros que hundían barcos en Nydam Mose. Ese hombre [el coronel] tenía más de vikingo que él, que sólo tenía la sangre. (La reina 39)

Frente a la ofensiva calificación de “ruso” (antes citada), es a los militares uruguayos a quien Jakobsen equipara ahora con los bárbaros “vikingos”, invirtiendo y desactivando la ofensa. En suma, el patriotismo tradicional se ve representado en las novelas majfudianas como un dispositivo que carece ya de fuerza integradora. Apoyándose en un nacionalismo de etiquetas, se fue transformando, en la segunda mitad del siglo XX (tiempo de acción de gran parte de estas narraciones), en básicamente represivo.

En una perspectiva trasatlántica, los destinos de los protagonistas mantienen a veces un paralelo trágico entre sí, como en la novela El mar estaba sereno, en la que se cruzan dos historias de violencia bélica, generadora del trauma. De un lado está la historia de don Jordi Caballero, español asentado en Uruguay, cuyo padre fue asesinado durante la Guerra Civil española, y del otro la historia Santiago Zabala, uruguayo, cuyos padres murieron a manos de los militares y a él lo adoptó después otra familia. La vida de ambos fue marcada por una escena primordialde violencia, situada en la niñez. Otra repetición de un esquema histórico-vital afecta, en la misma novela, al viejo gallego Suárez. Este antiguo republicano español trabaja de camarero en el bar Lugano de Montevideo. Al día siguiente del golpe de Estado de 1973 le dicen que se “vaya buscando otra patria porque esta tampoco (le) iba bien” (El mar 53). Y le aconsejan con sorna mudarse al Congo. Dos veces, en la juventud y en la vejez, y en dos orillas opuestas del Atlántico, las convicciones políticas del gallego Suárez lo convierten en perseguido e indeseable.

La erosión de un patriotismo retórico y superficial (y que de hecho sirve para clasificar y subordinar), queda consignada también en la novela Crisis, que registra los infortunios de los migrantes latinos en Estados Unidos. Uno de ellos se va topando, en muchos lugares de Estados Unidos, con los mismos escenarios, para él supuestamente familares: mesas largas con comida mexicana, “con azulejos típicos que parecerán hechos a mano en Zócalo o Sevilla” (Crisis 17), repitiéndose en todos los mismos olores, motivos y disfraces. En vez de fomentar su orgullo local, esta experiencia deriva en enajenación, relativizando la carga seductora del color local. 

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo […] Todo se moverá y nada cambiará como si te pudieras perder por tu propia casa. Y casi con placer vivirás huyendo de algo, del alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí. Y te sentirás nadie y te sentirás todos. (Crisis 18)

Es lícito conectar la intensidad del tema de la identidad y los migrantes en las novelas de Majfud con la “narrativa de la crisis identitaria de una generación de uruguayos entre los veinticinco y los cuarenta años” (Montoya  46) Cabe observar, sin embargo, que dicha problemática se inserta aquí plenamente en un marco global actual, en el que la migrancia es más norma que excepción.

Crítica universal de la crueldad

De acuerdo con su tendencia a la universalización de los problemas identitarios, Majfud retoma su crítica del chovinismo trasladándola a un territorio fantástico, la ciudad de Catalaid, supuesto “oasis de cristianos blancos”, quienes se refugiaron ahí después de la liberación de Argel en los años cincuenta del siglo XX. En la historia de la ciudad convive lo remoto con lo moderno y lo realista con lo mágico. Majfud inventa incluso, para este espacio heterotópico, una variedad ficticia del castellano con regusto arcaizante.[9] La mentalidad de la sociedad local es la quintaesencia de la cerrazón mental, la crueldad, la estulticia y la pulsión de integración colectiva – con su correspondiente cuota de racismo e intolerancia:

[…] en Calataid odiaban más a los negros que a los americanos en general, ya que estos apenas si eran seres imaginarios. No sólo porque de Europa central había llegado el mito del blanco ario, o blanco a secas, no sólo porque Calataid era un oasis de cristianos blancos en el desierto, definitivamente solos desde la independencia de Argel, sino porque estaban rodeados de mauros salvajes […] A su vez, estos odios secretos no impedían que los habitantes de Calataid se considerasen la reserva moral del mundo, por lo cual cada uno de ellos adolecía de un patriotismo crónico que se expresaba en la idolatría de los símbolos del pueblo. […] un pueblo que sufre de fragmentaciones necesita una bandera que diga Unión, necesita de esa mentira para sobrevivir a su propia disolución, para hacerse monstruosamente fuerte, hasta que finalmente triunfe la uniformización y la decadencia definitiva. (La ciudad 14-15)

Los protagonistas principales, Basílides y su hermana, apodada el “Pájaro”, son repudiados por el entorno por sus rarezas físicas (él con su monstruosa cabeza de Minotauro, ella, lesbiana y sin piernas desde el nacimiento) y sus talentos artísticos. El implacable conservadurismo y la crueldad de los habitantes de Catalaid adquieren tintes fantástico-grotescos: se teme a los moros, se cortan manos como castigo, se hace sufrir a los animales, se queman libros.

Con esta historia de fantasía y terror, Majfud crea una alegoría de la decadencia moral actual que acompaña al impresionante progreso tecnológico de la modernidad. La imagen de una sociedad seudo medieval cerrada sobre sí misma, remite a ciertos fenómenos actuales, como lo es, por ejemplo, la disociación de la conciencia colectiva, incapaz de procesar la información sobre la injusticia global y ajustarla a una toma de posición moral efectiva. La novela caricaturiza esta tendencia al olvido del sufrimiento ajeno (que padecen los “otros”, tanto cercanos como los de otras partes del mundo). Muchos individuos hoy reniegan de una moral solidaria y “estarían dispuestos a entregar una parte de su libertad a cambio de poder olvidar el espectro aterrador de la inseguridad existencial” (Bauman y Donskis 129). La heterotopía “lunar” de Catalaid apunta, en definitiva, a ciertos reflejos colectivos, viejos como la humanidad, que pueden brotar tanto del uno como del otro lado del Atlántico, en los antiguos “centros” y “periferias”: brutalidad anticivilizada, hostilidad hacia los inadaptados, hacia los inmigrantes externos o internos.

Las entrañas del monstruo

Más realista es la denuncia social y política en la novela Crisis, donde el estatus ficcional no le impide al autor realizar un análisis tajante de los mecanismos del capitalismo en la fase actual, que confina a masas de migrantes a una situación de precariedad sin salida. Un patchwork narrativo, Crisis está compuesta de breves relatos sobre los migrantes latinos que llegan al “Imperio” y de reflexiones sobre la explotación insensible de los más frágiles. Mexicanos, salvadoreños, colombianos, uruguayos de la más diversa procedencia y profesiones—mujeres y hombres que recogen fruta o trabajan ilegalmente en empresas productoras, un cantante de narcocorridos, una mujer latina detenida por la “migra”, un padre de familia, un intelectual—ven sus ganas de radicarse en el Norte minadas por el cansancio de vivir en constante inseguridad. El narrador se solidariza con estos “hermanas y hermanos” suyos, los outsiders (Crisis 18) de la “Sociedad Anónima” de los gringos blancos.

La migración revela su lado oscuro; ya no significa aventura y esperanza sino aplanamiento o anulación de la identidad. Los norteamericanos tienden a rebajar a los latinos al estereotipo e identificarlos con los sucedáneos de la cultura tex-mex. A lo largo del texto se suceden varias historias de mujeres, pero a todas se las llama “Guadalupe”, nombre genérico de la latina explotada por los “coyotes”, empresarios e intermediarios. También a los hombres se les designa con el mismo nombre, “Ernesto”. Si bien, en un principio, las vidas de los Ernestos y las Lupitas no siempre parecen “superfluas” en el sentido estricto que le da Bauman (Vidas 21-50)—porque la mano de obra latina sí es necesaria a la economía norteamericana—son, sin embargo, ellos los más expuestos a sufrir las causas de las crisis, siempre a punto de deslizarse en la masa socialmente excluida, “residual” y “desechable”. En sus destinos siguen repercutiendo las consecuencias de una globalización cuyo comienzo se ubica, según las teorías descoloniales, en 1492. Primero se incluyeron violentamente millones de seres en la economía planetaria y después, es decir, en nuestros tiempos, se viene excluyendo a otros tantos al margen de las sociedades de progreso y consumo (sin que la ideología fundamental haya cambiado, ver Dussel 345-86; Bauman, Vidas). En la novela se crea una tensión entre, por un lado, las terribles experiencias de algunos personajes y, por otro, el anonimato de los nombres repetidos, con el que se alude a la miseria multiplicada por los grandes números. Este efecto de “deshumanización” hace que la novela consiga un efecto anti épico (Taiano 52).

Paliando los problemas que les aquejan, los migrantes pueden recurrir a las “sociedades de sentimiento” (término de Appadurai) respectivas, formadas alrededor de símbolos religiosos o culturales. Estas reciben en la novela un tratamiento más bien paródico. Un cantante de narcocorridos explica así su misión desde los Estados Unidos: “la raza siempre mantiene las tradiciones y disfruta de nuestro pasito narcocorrido que llevamos a todos los hermanos latinos para que mantengan la alegría y no se desanimen ante el primer obstáculo y recuerden siempre a la santa muerte que es capaz de terribles castigos a quienes se burlan de ella” (Crisis 45). La exclusión de los inmigrantes a golpe de estereotipo se debe no pues no solo a los prejuicios de los estadounidenses de origen europeo, sino también a los de otros latinos, nacidos ya en el Norte, ansiosos de integrarse a costa de renegar de sus raíces.[10] Un adolescente latino integrado, acepta que le den una paliza a un amigo, hijo de inmigrantes más recientes, por haber abrazado y besado en la despedida de su fiesta a una quinceañera: “No la manoseó, pero así empiezan todos ellos. Ellos, usted sabe a quién me refiero. […] Ellos no saben respetar la distancia personal y luego pierden el control. No, mis padres eran mexicanos pero entraron legales y se graduaron en la universidad de San Diego. No, no, no… Yo soy americano, señor, no confunda” (Crisis 35).

Crisis ilustra así la diversificación social e ideológica de las decenas de millones de latinos viviendo en el Norte.[11] Muchos de ellos son conservadores, incluso chovinistas proamericanos, que tildan de “comunistas” a los opositores al poder (61, 85), que apoyan a los congresistas republicanos y que ven con buenos ojos las intervenciones “en defensa” de la democracia mundial (29-32).[12]

En suma, la sociedad norteamericana a principios del siglo XXI, se parece en Crisis más a una mescolanza de estereotipos que a un melting pot de culturas políticamente correcto. También los latinos contribuyen a ello con sus simplificaciones e ingenuidades.[13] De este modo se agravan las diferencias y crecen las fronteras internas, visibles e invisibles, raciales, sociales y culturales. Los adinerados se distancian de los pobres, los “mejiamericanos” de los otros latinos, y los anglosajones de todos los demás.

Una crítica “situada

En la multitud de los protagonistas de Crisis se distingue la conciencia de un sujeto más privilegiado por su educación, quien sin embargo no dejará de ser “un golpeado, un resentido por la peor suerte de [sus] hermanos y hermanas” (Crisis 18). En semejantes fragmentos la novela manifiesta su intención reivindicatoria—convertir las desdichas de los protagonistas fugaces y anónimos en vida novelable.[14] La voz portadora de este compromiso apunta a un probable alter ego del autor y, a la vez, a uno de los protagonistas masculinos (uno de los “Ernestos”), que es un intelectual uruguayo rebajado a la condición de precario. Presa de múltiples contradicciones, Ernesto se resiente de tener que acomodarse, por razones materiales, a unas condiciones que le parecen humillantes (“fuimos a donde se imprimen los dólares” 94) y de tener que tragarse “todas las mentiras que chorrean edulcoradas desde las esferas de Wall Street” (105). Su mala conciencia sugiere pues otra posible interpretación del título de la novela.

Es de notar, por cierto, que Majfud trata a su posible alter ego con autoironía: “hay que aguantar a Ernesto fastidiando”, comenta un personaje, “[…] ahora parece que también escribe en los Chilis,otra excentricidad de los intelectuales, esas notitas que le publican los pasquines del subcontinente como si fuesen ensayos que van a salvar a la especie humana” (Crisis 68). Ernesto es de la estirpe de los intelectuales ingratos que muerden la mano que le da de comer y suelen aguar las fiestas patrióticas y los banquetes consumistas con comentarios como el siguiente:

Ahora sí, si la lógica del beneficio no es mala ni para un socialista que vive en un mundo capitalista, ¿por qué ocultarla? ‘No importa el valor del regalo sino que este sea hecho con el corazón’. Sic, Best Buy. … Toda nuestra cultura está basada en máscaras, casi todas narrativas. De la misma forma, el mundo secular del capitalismo se enmascara con la narración religiosa que predomina en sociedades como Estados Unidos. (Crisis 67)

Este último fragmento argumentativo apareció primero en el artículo “Consumo, ergo soy”, fechado en 2008, y de ahí pasó, literalmente, a Crisis. Y es que para Majfud, la literatura no sólo vehicula “la múltiple profundidad de las emociones”, sino también “el vértigo de las ideas” (Majfud, “¿Para qué sirve?”). De ahí que no le importe potenciar este tipo de trasvases entre periodismo y ficción, haciendo ostensible su compromiso personal con la crítica de la “mano oculta” del mercado y del capitalismo. Se podría objetarle su excesivo gusto de la polémica, que, efectivamente, suele extenderse en las novelas. Él consigue, no obstante, equilibrar la cuota de los debates novelescos con los aciertos de un estilo dado a la brevedad aforística, con su talento para tramar historias y, finalmente, con la intensidad de un tono que transmite su urgencia personal por defender los valores útiles para las comunidades humanas.

La crítica de Majfud coincide en grandes líneas con la de la filosofía de la liberación y de la teoría descolonial (Quijano, Dussel, Mignolo), la cual rastrea la herencia colonial en el actual proceso de “globalización-exclusión”. Los migrantes en las novelas comentadas se pueden concebir como casos de injusticia sistémica inherente del capitalismo global, difuso e inalienable. Mabel, la joven española devenida prostituta (La reina), Jacobsen, el militante que va a parar en la prisión (La reina), la prostituta cubana, madre de Enrique Sosa (El mar), la bebé Lucía, huérfana encontrada en la calle (El mar) o Hatuey, veterano de Iraq, traumatizado durante su misión en Iraq e incapaz de llevar una vida normal a la vuelta (Crisis, El mar): a todos les amenaza el riesgo de convertirse en parias, “superfluos” al orden capitalista, verdaderos “desperdicios” y “residuos” humanos (Bauman, Vidas 24-28). No obstante, varios entre ellos desarrollan una mentalidad flexible y tolerante, “which measures global progress from the minoritarian perspective,” lo que, según Homi Bhabha caracteriza el “cosmopolitismo local” (vernacular cosmpolitanism, XVI): son así, por ejemplo, Abayubá de El mar estaba sereno o Basílides de La ciudad de la luna. Estos protagonistas plasman, junto con los narradores (muy cercanos a su vez al autor), una “conciencia ética situada”, representando una nueva modalidad de la inteligencia americana, muy ajustada a nuestros tiempos (Dussel, Hacia 445; Filosofías 42).[15]

Obras citadas:

Aínsa, Fernando. Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya. Montevideo: Trilce, 2002.

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Appadurai, Arjun. La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Remedi, Gustavo, trad. Montevideo-Buenos Aires: Trilce-Fondo de Cultura Económica, 2001.

Balibar, Étienne. “¿Existe un racismo europeo?”. Violencias, civilidades, identidad. Padilla, Luis, trad. Barcelona: Gedisa, 2005. 15-46.

Barahona, Karen. “Sobre Crisis (novela de Jorge Majfud)”. América Latina en movimiento (2014) https://www.alainet.org/es/active/71027

Bauman, Zygmunt. Vidas desperdiciadas. Modernidad y sus parias. Hermida Lazcano, Pablo, trad. Buenos Aires-Barcelona-México: Paidós, 2005.

Bauman, Zygmunt y Leonidas Donskis. Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Rodríguez Esteban, Antonio Francisco, trad. Barcelona, Buenos Aires, México: Paidós, 2017.

Bhabha, Homi. “Looking back, moving forth: notes on vernacular cosmopolitanism”. Prefacio a Location of Culture. Nueva York: Routlegde Classic Edition, 2004. IX-XXV.

Denis, Benoît. Littérature et engagement, París: Seuil, 2000.

Dussel, Enrique.Hacia una filosofía política crítica. Mendieta, Eduardo, intr. Bilbao: Desclée de Brouwer, 2001.

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Eagleton, Terry. El acontecimiento de la literatura. García Pérez, Ricardo. trad. Barcelona: Península, 2013.

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—. “¿Desterritorializados o multiterritorializados? La narrativa hispanoamericana en el siglo XXI”. Literatura más allá de la nación. De lo centrípeto y lo centrífugo en la literatura hispanoamericana del siglo XXI. Francisca Noguerol, et al. eds. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2011. 7-14.

García Canclini, Nestor. Los latinoamericanos buscando lugar en este siglo, Buenos Aires: Paidós, 2002.

Hannerz, Ulrich. “Cosmopolitas y locales en la cultura mundial”. Conexiones transnacionales. Cultura, gente, lugares. Gomis, María, trad. Valencia: Cátedra-Universidad de Valencia, 1998.

Noguerol, Francisca. “Narrar sin fronteras”. Entre lo local y lo global. La narrativa latinoamericana del cambio de siglo (1990-2006). Montoya Juárez, Jesús y Ángel Esteban. eds. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2008. 19-33.

Majfud, Jorge. “¿Para qué sirve la literatura? (II)”. Escritos críticos, 2003, https://majfud.org/2011/03/05/nuevo-%C2%BFpara-que-sirve-la-literatura-ii/ (acceso 13.05.2019)

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—.Crítica de la pasión pura, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, [1998] 2007.

—. El mar estaba sereno, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, 2017.

—. La ciudad de la luna, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, 2007.

—. La literatura del compromiso, tesis doctoral. Athens: The University of Georgia, 2008.

—. La reina de América, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, [2002] 2018.

Montoya Juárez, Jesús. “ ‘La Suisse n’existe pas’. Una reescritura poshumana y transnacional de la identidad uruguaya.” Literatura más allá de la nación. De lo centrípeto y lo centrífugo en la literatura hispanoamericana del siglo XXI, Francisca Noguerol, et al. eds. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2011. 45-59.

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Ortega, Julio. “Post-teoría y estudios transatlánticos”, Iberoamericana. América Latina–España–Portugal, 3.9 (2003). 110-17.

Pérez Daniel, Iván. “Memorias del derrumbe: representaciones de la Historia y del nacionalismo mexicano en ‘Materia dispuesta’, de Juan Villoro”, Hispanic Review. 81.2 (2013): 201-23.

Quijano, Aníbal. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Lander, Edgardo. ed. Buenos Aires: CLACSO, 2000: 201-46.

Taiano, Leonor. “Crisis: el compromiso majfudiano y la diáspora latinoamericana”. Cincinnati Romance Review 44 (2018). 48-65.

Žižek, Slavoj. Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Antón Fernández, Antonio J.. Trad. Barcelona: Paidós, 2009.


[1]Además de ser autor de seis novelas y tres volúmenes de relatos, ha escrito un número imponente de artículos sobre la realidad cultural y política latinoamericana y mundial (ver su página majfud.org). Ha colaborado con influyentes periódicos de grandes tiradas (El País o Página/12), revistas de cultura y portales informativos, tanto generales (Huffington Post) como alternativos (rebelion.org). Tiene asimismo en su haber estudios de corte más académico: La narración de lo invisible / Significados ideológicos de América Latina o Cine político latinoamericano. Su primera novela, Hacia qué patrias del silencio: historia de un desaparecido, obtuvo críticas favorables en el ámbito latinoamericano y La reina del América, una mención en el Premio Casa de las Américas.

[2] Véanse los ensayos Crítica de la pasión pura, con su concepción del hombre como criatura metafísica, o El eterno retorno de Quetzalcóatl, con el paradigma universal del héroe mítico, que se sacrifica por el bien común.

[3] “Una bandera nunca clara del todo, de múltiples colores y con frecuencia ambiguos o contradictorios; pero una bandera que reclama permanentemente una mirada crítica, lo que sigue siendo su única guía y fundamento” (Majfud, La literatura del compromiso 5).

[4] Las citas que aparecerán a continuación proceden de las ediciones que aparecen en la bibliografía.

[5] Cita parcial del título de un volumen sobre la transnacionalidad de Francisca Noguerol, et al.

[6] Todo un tópico en los estudios de la literatura latinaomericana en el s. XXI. Ver, entre otros: Fernando Aínsa, Francisca Noguerol, Ángel Esteban y Jesús Montoya Juárez.

[7] Majfud caricaturiza aquía la dicción “aristocrática” española.

[8] El racismo eurocéntrico implantado en América Latina por los colonizadores europeos como “un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista” (Quijano 203 y ss.)

[9] Ellos no podían sentir nada, mas nosotras imaginábamos cosas fasta que nos fervía la sangre e quedábamos prontas para nostros maridos” (La ciudad 12).

[10] La crisis de adaptación de los latinos en los Estados Unidos: así interpreta el título Karen Barahona.

[11] Las identidades transnacionales no son homogéneas. No solo se forjan a base de desplazamientos diversos, sino que abarcan también a grupos socialmente heterogéneos. El profesional cualificado por lo general no formará vínculos con el obrero sin papeles. “Las aperturas de fronteras van de mano de formas nuevas de discriminación”, apunta García Canclini 20-24. Ver también Hannerz 165-80.

[12] El tema vuelve en El mar estaba sereno: un latino integrado le echa en cara a otro que lo malo que tieneEstados Unidos es “toda esa escoria que llega rompiendo la ley y luego se dedica a criticar al país que les mató el hambre” (162).

[13] Manhattan es así, siempre feliz, siempre indiferente. Tanta gente, piensa Lupita, tanta gente y todos solos”(Crisis 58); y Ernesto, el intelectual, comenta: “Sus cementerios son bonitos, parques abiertos, sin muros y sin rejas. … Los anglos sí que saben morir. Pero no saben vivir. No saben comer, no saben perder el tiempo, no saben conversar. De los containers de sus casas pasan a los containers de sus autos” (Crisis 41-42).

[14] La novela parte de un suceso real, la muerte en un viñedo de California, de María Isabel Vásquez Jiménez, joven emigrante mexicana.

[15] Una conciencia, según Dussel, sensible a todos tipos de alteridad posible y capaz de indignarse ante la injusticia que sufre algún Otro.

La tesis central de Yuval Noah Harari 9 años antes

La tesis central de Yuval Noah Harari 9 años antes

El bombardeo de los símbolos (I)

20/05/2008

Parte I: «El fracaso del marxismo»

Recientemente un grupo de investigadores españoles llegó a la concusión que la extinción de los neandertales hace más de veinte mil años —esos gnomos y enanitos narigones que pululan en los cuentos tradicionales de Europa— se debió a una inferioridad fundamental con respecto a los cromagnones. Según José Carrión de la Universidad de Murcia, nuestros antepasados homo sapiens poseían una mayor capacidad simbólica, mientras los neandertales eran más realistas y por lo tanto inferiores como sociedad. Nadie creería hoy en los mitos de aquellos abuelos nuestros, no obstante su utilidad se parece a la del geocentrismo ptolomeico que en su época sirvió para predecir eclipses.

Según una primitiva visión darwiniana —propia de los neoconservadores antidarwinianos—, el mundo sigue siendo una competencia entre neandertales y cromagnones. Sólo sirve ganar, porque «nuestros valores» son superiores, ya que son «los valores de Dios». Otros pensamos lo contrario: este tipo de dinámica no podría llevar al éxito de los cromagnones sino a la extinción de ambos contendientes bajo la lógica arbitraria de Superman, según la cual «los buenos somos nosotros y por eso debemos aniquilar a los malos». Hay una diferencia con nuestros tiempos: no estamos totalmente en aquella prehistoria y, si suscribimos mínimamente un posible progreso de la historia según los valores del humanismo, podemos interpretar que estas leyes darwinianas no se aplican en crudo en la especie humana o la cultura de cooperación y solidaridad es parte de la misma selección natural que ha superado el estado cavernícola.

No obstante todavía quedan en pie algunos principios de aquella época. Por ejemplo, la fortaleza que confiere una creencia sólida, sin importar su veracidad. Así se levantaron todos los imperios como el romano, el islámico y los subsiguientes europeos y americanos. Alguno de ellos tenía que estar teológicamente equivocado, pero todos tuvieron éxito gracias a algún tipo de fanatismo mesiánico. Así también se hundieron.

Si los antiguos mitos totémicos favorecieron a unas tribus sobre las otras, los modernos mitos sociales discriminan de forma más compleja favoreciendo a clases sociales, grupos o sectas financieras, intereses nacionales y a veces raciales, etc.

Veamos un ejemplo contemporáneo. No hace mucho alguien me señalaba con inconmovible obviedad la derrota del marxismo en el mundo.

—¿Por qué piensa usted que el marxismo ha fracasado? —pregunté.

—Basta con ver lo que ocurrió en la Unión Soviética y en los países socialistas y con terroristas como Che Guevara.

Este señor nunca había leído un solo texto de Marx o de sus continuadores, pero había visto mucha televisión y, sobre todo, había recibido algunos cursos sobre «lucha antisubversiva», así que estaba dotado de una docena de lugares comunes sazonados con la elocuencia de la repetición.

—En realidad, sacar a un país analfabeto de la periferia y convertirlo por varias décadas en potencia mundial no parece un gran fracaso —comenté de puro contra, a pesar de mi profundo desprecio por los tiempos de Stalin y sus consecuentes.

—La lucha de clases, por ejemplo, es un acto criminal.

—Del todo de acuerdo. Sobre todo porque existe. Aunque ahora no se trate de princesas de sangre azul y campesinos criminales con cara de sapo.

Claro que ver a la Unión Soviética como el marxismo puesto en práctica es una arbitrariedad de propios y ajenos. De haber vivido Marx por entonces y en aquella tierra, igualmente hubiese sido exiliado a Inglaterra. No porque Inglaterra fuese un imperio bondadoso sino porque era un imperio arrogante, como todo imperio, que nunca se sintió amenazado por los intelectuales. Lo cual era una considerable ventaja para alguien que debía escribir un análisis histórico como El Capital para ser leído y discutido por los siglos por venir, aún cuando la Unión Soviética y el Imperio Británico hubiesen desaparecido.

Pero aún si asumiésemos que el marxismo ha fracasado como organización política eso no quiere decir que el marxismo haya fracasado como corriente de pensamiento y de acción social. Paradójicamente, donde más vivo está hoy en día el marxismo es en las universidades norteamericanas, donde, de una forma o de otra, se lo usa como uno de los más recurrentes instrumentos de análisis de la realidad. De esa realidad que no quieren ver los realistas neandertales. Y no se puede decir que estos centros viven en las nubes porque, aún medido según los valores tradicionales de los «pragmáticos hombres de negocios», son estas universidades a través de sus diferentes rubros los centros económicos que directa e indirectamente dejan al país astronómicas ganancias económicas, sin contar cada uno de los inventos, sistemas e instrumentos contemporáneos que se usan en los rincones más remotos del planeta, para bien y para mal.

Dejando de lado este detalle, bastaría con situarse en el siglo XVIII o en el XIX para darse cuenta que eso que llaman «marxismo» no ha fracasado sino todo lo contrario. (Claro que el marxismo inspiró barbaridades. Pero los bárbaros y genocidas se inspiran de cualquier cosa. Si no pregúntenle a cualquier religión si en su historia no tienen toneladas de perseguidos, torturados y masacrados en nombre de Dios y la Moral). Sin la herencia del marxismo, el pensamiento actual, aún el antimarxista, se encontraría desnudo y perdido en el mundo del siglo XXI. Y no sólo el pensamiento. Una buena parte de los logros y del reconocimiento de las igualdades de los oprimidos —de la humanidad oprimida— fueron acelerados por esta corriente radical, desde las exitosas luchas sociales en el siglo XIX por los derechos de los obreros, por el combate de la esclavitud en América y la de campesinos en las venenosas factorías de la Revolución Industrial en Europa, por los derechos igualitarios de la mujer hasta la rebelión de los pueblos colonizados en el siglo XX. Todas revisiones y reivindicaciones que se continuaron con éxito relativo y siempre precario en el siglo XXI hasta olvidar que en su momento fueron combatidas como propias del Demonio o de subversivos resentidos, no pocas veces condenados por esa «voz del pueblo» hecha por el sermón a medida del interés de una minoría en el poder.

Algunos intelectuales de derecha han publicado que todos esos progresos humanistas se lograron gracias al «buen corazón» de los hombres y mujeres de fe religiosa. No obstante, sus iglesias e instituciones no sólo estuvieron históricamente allí, condenando estas luchas de liberación como «corrupciones inmorales del progreso», justificando represiones y matanzas durante los tiempos de barbarie sino que además sus esferas de acción casi siempre tenían sus centros en el poder mismo, no para criticarlo sino para legitimarlo. Lo cual no es una condición natural de ninguna iglesia en particular, sino una de esas plagas que transmiten los humanos en cualquier otra esfera social, tal como lo revelan los pocos Evangelios que nos quedaron.

Por otro lado, el rechazo epidérmico a la tradición del pensamiento marxista tampoco se debe únicamente a un aparente ateísmo, ya que los Teólogos de la liberación demostraron que se puede creer en Dios, ser cristiano y al mismo tiempo suscribir con coherencia un pensamiento marxista o, al menos, progresista de la historia. De hecho podemos entender el cristianismo primitivo como un humanismo radical, opuesto a las estructuras jerárquicas y políticas del cristianismo posterior, surgido bajo la bendición y a la medida política del emperador Constantino.

Hasta ese momento, el cristianismo nacido de un subversivo condenado a muerte, llevaba tres siglos de derrotas y persecución por parte del Imperio. Pero también tres de sus mejores siglos, antes del espectacular éxito político del año 313.

Jorge Majfud
Lincoln University of Pennsylvania,
Mayo 2008
https://www.alainet.org/es/articulo/127636?language=en

(sigue Parte II)

Le bombardement des symboles

I : L’échec du marxisme

Récemment un groupe de chercheurs espagnols est arrivé à la conclusion que l’extinction des hommes de Neandertal, il y a plus de vingt mille ans – ces gnomes et nains à long nez qui pullulent dans les contes traditionnels de l’Europe – a découlé d’une infériorité fondamentale par rapport aux hommes de Cromagnon. Selon José Carrión de l’Université de Murcia nos prédécesseurs homo sapiens possédaient une plus grande capacité symbolique, tandis que les Neandertals étaient plus réalistes et par conséquent inférieurs comme société. Personne ne croit aujourd’hui aux mythes de nos grands-parents, cependant leur utilité est semblable à celle du géocentrisme ptoléméen qui à son époque a servi à prédire des éclipses.

Selon une vision primitive darwinienne – propre aux néo conservateurs antidarwiniens -, le monde continue d’être une concurrence entre Neandertals et Cromagnons. Seul sert de gagner, parce que «nos valeurs» sont supérieures, puisque ce sont «des valeurs de Dieu». Nous autres nous pensons le contraire : ce type de dynamique pourrait ne pas mener au succès des cromagnons mais à l’extinction des deux rivaux sous la logique arbitraire de Superman, selon laquelle «les bons ce sont nous et c’est pourquoi nous devons anéantir les méchants». Il y a une différence avec notre époque : nous ne sommes pas totalement dans cette préhistoire et, si nous souscrivons a minima à un progrès possible de l’histoire selon les valeurs de l’humanisme, nous pouvons interpréter que ces lois darwiniennes ne s’appliquent pas brutalement à l’espèce humaine ou à la culture de coopération et de solidarité mais fait partie de la même sélection naturelle qui a dépassé l’époque des cavernes.

Cependant quelques principes de cette époque restent encore valables. Par exemple, la force que confère une croyance solide, qu’importe sa véracité. Ainsi se sont levés tous les empires comme l’empire Romain, arabe et les empires Européens et américains qui en ont découlés. Plusieurs d’entre eux devaient théologiquement se tromper, mais tous ont eu du succès grâce à un type de fanatisme messianique. Aussi ont-ils coulé.

Si les mythes ancien totémiques ont favorisé quelques tribus par rapport aux autres, les mythes modernes sociaux discriminent d’une forme plus complexe en favorisant des classes sociales, des groupes ou des sectes financières, des intérêts nationaux et parfois raciaux, etc.

Voyons un exemple contemporain. Il n’y a pas longtemps quelqu’un signalait avec une assurance inébranlable l’échec du marxisme dans le monde.

—Pourquoi pensez-vous que le marxisme a échoué ? Ai-je demandé.

—Il suffit de voir ce qui est arrivé en Union soviétique et dans les pays socialistes et avec des terroristes comme Che Guevara.

Ce monsieur n’avait jamais lu un seul texte de Marx ou de ses disciples, mais il avait beaucoup regardé la télévision et, surtout, il avait reçu quelques cours sur «la lutte antisubversive», de même qu’il était affublé d’une douzaine de lieux communs assaisonnés avec l’éloquence de la répétition.

—En réalité, sortir un pays analphabète de la périphérie et le transformer en quelques décennies en puissance mondiale n’est pas un grand échec – ai-je commenté par esprit de contradiction, malgré mon mépris profond pour l’époque de Staline et ses conséquences.

—Par exemple, la lutte de classes est un acte criminel.

—Tout à fait d’un accord. Surtout parce qu’elle existe. Bien que maintenant il ne s’agisse pas des princesses de sang bleu et de paysans criminels avec un visage de crapaud.

Bien sûr, voir l’Union Soviétique comme le marxisme mis en pratique est un abus dans tous les sens. Si Marx avait vécu à l’époque et sur cette terre, il aurait aussi été un exilé en Angleterre. Non parce que l’Angleterre était un empire bon mais parce que c’était un empire arrogant, comme tout empire, qui ne s’est senti jamais menacé par les intellectuels. Ce qui était un avantage considérable pour quelqu’un qui devait écrire une analyse historique comme Le Capital pour être lu et discuté durant les siècles à venir, même après l’Union Soviétique et l’Empire Britannique aient disparu.

Mais encore si nous assumions que le marxisme a échoué comme organisation politique cela ne veut pas dire que le marxisme ait échoué comme courant de pensée et d’action sociale. Paradoxalement, là où il est plus le vivant aujourd’hui c’est dans les universités étasuniens, où, d’une forme ou dune autre, il utilise comme l’un des instruments d’analyse les plus récurrents de la réalité. De cette réalité que les réalistes neandertals ne veulent pas voir. Et voilà que l’on ne peut pas dire que ces centres vivent dans les nuages parce que, ils sont mesurés selon les valeurs traditionnelles des «pragmatiques hommes d’affaires», ce sont ces universités à travers leurs différentes sections les centres économiques qui directement ou non laissent aux pays des revenus astronomiques, sans compter chacune des inventions, systèmes et instruments contemporains qui s’utilisent dans les coins les plus lointains de la planète, pour le bien et le mal.

En laissant d’un côté ce détail, il suffirait de se situer au XVIIIe siècle ou au XIXe pour se rendre compte que ce qu’ils nomment «le marxisme» n’a pas échoué mais tout le contraire. (Il est clair que le marxisme a inspiré des barbaries. Mais les barbares et les génocides s’inspirent de toute chose. Si non, demandez à n’importe quelle religion si dans son histoire elle n’a pas des tonnes de poursuivis, torturés et massacrés au nom du Dieu et la Morale). Sans l’héritage du marxisme, la pensée actuelle, l’antimarxiste, se trouverait nue et perdue dans le monde du XXIe siècle. Et pas seulement la pensée. Une bonne partie des réussites et de la reconnaissance des égalités des oppressés – de l’humanité oppressée – a été accélérée par ce courant radical, depuis les luttes sociales réussies au XIXe siècle pour les droits des ouvriers, pour le combat de l’esclavage en Amérique et celui des paysans dans les fabriques vénéneuses de la Révolution Industrielle en Europe, pour les droits égalitaires de la femme jusqu’à la rébellion des peuples colonisés au XXe siècle. Toutes les réformes et revendications qui ont été menées avec un succès relatif et toujours précaire au XXIe siècle jusqu’à oublier qu’à un moment elles ont été combattues comme émanant du Démon ou de subversifs ressentis, souvent condamnées comme cette «voix du peuple» faisant partie du sermon au service de l’intérêt d’une minorité au pouvoir.

Quelques intellectuels de droite ont publié que tous ces progrès humanistes ont été obtenus grâce au «bon cœur» d’hommes et de femmes de foi religieuse. Cependant, leurs églises et institutions non seulement ont historiquement été là, condamnant ces luttes de libération comme «une corruption immorale du progrès», justifiant des répressions et des massacres pendant les temps de barbarie mais de plus leurs sphères d’action avaient presque toujours leurs centres dans le pouvoir même, non pour le critiquer mais pour le légitimer. Ce qui n’est pas une condition naturelle d’aucune église en particulier, mais l’un de ces fléaux que les humains transmettent dans toute autre sphère sociale, comme le révèlent, le peu d’Évangiles qui nous sont restés.

D’un autre côté, le rejet épidermique de la tradition de la pensée marxiste ne découle pas non plus uniquement de l’apparent athéisme, puisque les Théologiens de la libération ont démontré que l’on peut croire au Dieu, être chrétien et en même temps souscrire avec cohérence à une pensée marxiste ou, au moins, une pensée progressiste de l’histoire. En fait nous pouvons comprendre le christianisme primitif comme l’humanisme radical, opposé aux structures hiérarchiques et politiques du christianisme postérieur, surgi sous la bénédiction et à la mesure politique de l’empereur Constantino.

Jusqu’à maintenant, le christianisme né d’un condamné subversif mort, portait trois siècles d’échecs et de poursuite de la part de l’Empire. Mais aussi trois de ses meilleurs siècles, avant le succès spectaculaire politique de l’année 313

II: Politique de Dieu

«Es tan fecunda la sagrada Escritura,

que sin demasía, ni proligidad, sobre vna cláusula se puede hazer vn libro, no dos capítulos».

Francisco de Quevedo, Política de Dios, Govierno de Christo (1626).

Cela n’a jamais été facile de reconnaître que Jesus a été condamné à mort pour des raisons politiques. Jésus s’est incarné avec beaucoup de dimensions humaines, mais selon la tradition religieuse rien à voir avec l’une des conditions les plus humaines qui pouvait habiller le fils de Dieu. Cependant, ni Jésus ni l’église officielle de Constantin ont manqué de cette dimension, bien que ce fut deux politiques opposées la plupart de temps. La Rome de Pilates n’avait pas d’intérêt religieux dans l’exécution et s’est occupé de confondre un délit politique avec un délit moral, après avoir exécuté le turbulent avec d’autres inculpés ? détenus communs ou après l’avoir comparé avec l’autre subversif moins dangereux de l’époque, du nom de Barrabás. Il est certain que, selon les peu d’Évangiles qui ont échappé à l’empereur Constantin, l’ ordre religieux juif de l’époque a avalisé et a provoqué cette décision, mais elle ne manquait pas non plus de motivations politiques : encore oppressés comme nation, les administrateurs de la Loi ne voulaient pas perdre les privilèges mesquins de classe que garantissait l’Empire romain, stratégie que tous les empires de l’histoire ont répétée avec rigueur.

Les classes nobles ont toujours été internationales : entre elles, elles ont fait la guerre et l’amour, sans importer la culture, la religion ni la langue. Mais elles ont toujours fait attention à ne pas se mélanger avec leur propre peuple, qui leur fournissait des aliments et de la chair à canon pour la guerre, inévitablement assaisonnée du sentiment émouvant de la propagande patriotique quand ce n’était pas du sacrifice religieux. Excepté dans les contes de fées où nous trouvons quelques exceptions, comme les paysans valeureux qui arrivent à séduire leur princesse dans un conflit entre mâles. Mais dans aucun cas il s’agit de contestataires mais précisément de restaurateurs des privilèges du roi ou de l’aristocratie.

Maintenant, si nous considérons que le christianisme moderne se fonde en l’année 325, avec l’élimination arbitraire de dizaines d’Évangiles barrés d’apocryphes, il n’est pas incongru de penser que tous ces textes qui mentionnaient la rébellion de Jésus et d’autres groupes subversifs contre Rome ont été pudiquement passés sous silence. De même, la responsabilité de l’empire romain sur le magnicide est passé de la faute du peuple juif jusqu’au succès politique, économique et militaire d’Israël au XXe siècle, où le même concept assumé est devenu un tabou politiquement incorrect. (L’antisémitisme, qui était une vertu éthique dans l’Europe de la Renaissance, a toujours été contre les principes de l’humanisme professés par les catholiques et les athées – comme le principe d’égalité et le droit à la différence – mais n’est pas passé d’une manière décisive à la clandestinité si ce n’est à la fin de la Deuxième Guerre.) Finalement cette Église qui a décidé d’une forme mystique la validité de seuls quatre Évangiles ce fut la même qui avait été légitimée et officialisée douze ans avant par le pouvoir de l’empereur. Constantin n’a pas seulement mis son nom sur la capitale du monde, précédemment Byzance, mais a aussi mis sa signature sur la nouvelle religion officielle de l’empire, à laquelle il ne comprenait peu ou pas grand chose, mais il a été capable de choisir la théologie finale de l’Église comme ses intérêts politiques d’unification. L’Empire ne poursuivait déjà plus, ni jetait les chrétiens aux lions et il fallait oublier et accuser quelqu’un d’autre. Surtout oublier le facteur politique du Fils de Dieu qui, paradoxalement, ne fut étranger à rien d’humain.

La tradition théologique et le discours ecclésiastique n’ont jamais vu le facteur politique derrière leurs actions, derrière leur propre histoire. Mais cette dimension peut être perçue à travers de nombreux points de vue dans la révolution provoquée par le Messie, y compris depuis la théologie même. Le dépassement du précédent nationalisme du Père ne cesse d’être un exemple. Mais la cécité politique fut de tous les temps une vision de classe contagieuse. Quand la pensée européenne, spécialement depuis le marxisme, a remarqué cette dimension idéologique du discours hégémonique et de la dynamique de l’histoire, le sermon traditionnel a attribué la capacité d’être politique et idéologique à tout ce qui était pensé et produit en dehors des murs épais des églises. On a prétendu que la politique était incompatible avec la religion ou, tout au moins, qu’on pouvait l’expurger d’un cloître, d’un couvent ou d’un ermitage bien que le clergé s’occupait d’elle.

Le sermon religieux traditionnel continue d’être incapable de voir cette réalité au-delà de l’individu, raison pour laquelle toute référence à l’histoire, à la société comme quelque chose de plus que l’ensemble d’âmes isolées déclanche toutes les alarmes dialectiques. Pour ceux-ci, une société est un tas d’individus, une espèce de Société Anonyme, par moment autist. Le salut est un problème individuel, à tel point qu’un homme ou une femme peut atteindre le Paradis et être heureux bien que sa bienaimée de toute la vie ait été envoyée à l’enfer pour être athée ou diverger avec les canons de la religion.

D’autre part, je comprends qu’aujourd’hui c’est l’Église Catholique l’une des églises qui a le plus changé depuis le Vatican II de 1962. Non grâce au Vatican mais malgré lui. Malgré la réaction conservatrice de Jean Paul II et le rejet théologique persistant du cardinal de l’époque Joseph Ratzinger dans les années 80, l’église ou les églises catholiques chaque jour se sont de plus en plus identifiées aux valeurs des théologiens de la libération. L’histoire se répète : les changements surgissent des vaincus, depuis la clandestinité, depuis les marges du pouvoir politique. Bien qu’avec un langage toujours conservateur, leurs valeurs, surtout en Amérique Latine, continuent de s’éloigner progressivement de cette pratique traditionnelle qui consistait à légitimer et à appuyer les classes oligarchiques quand elles ne bénissaient pas explicitement les dictatures militaires, nées des propres intérêts agricoles des classes dominantes. Le parfum de l’antiquité qu’on respire dans les petites églises catholiques peu à peu passe d’une représentation de l’oppression aux minorités à un refuge politique – spirituel de ces minorités. La raison repose sur le fait que l’intolérance politique- religieuse s’est déposée dans les sectes protestantes qui entourent les centres du pouvoir mondial, aujourd’hui en déclin mais encore avec une force suffisante pour dicter par la force de ses muscles la «morale correcte» et la politique des héros type Rambo. Le narcotique salvateur des télé-évangelistes a certainement pris le rôle politique des sermons catholiques du Moyen Âge et jusqu’à une période bien avancée du XXe siècle, quand on confondait le martyr céleste avec le soldat qui tombait en défendant l’empire au moment où on accusait de politique ou de marxiste celui qui osait controverser cette relation incestueuse.

Jorge Majfud, Lincoln University of Pennsylvania , Mai 2008.

O bombardeio dos símbolos

O fracasso do marxismo (I)

Recentemente, um grupo de pesquisadores espanhóis concluiu que a extinção dos neandertais há mais de vinte mil anos – estes gnomos e anõezinhos narigudos que pululam nos contos tradicionais da Europa – deveu-se a uma inferioridade fundamental em relação aos cromagnons. Segundo José Carrión, da Universidade de Murcia, nossos antepassados homo sapiens possuíam uma maior capacidade simbólica, enquanto que os neandertais eram mais realistas e, portanto, inferiores como sociedade. Hoje ninguém acreditaria nos mitos daqueles nossos avós, não obstante sua utilidade se pareça com a do geocentrismo ptolomaico que, em sua época, serviu para predizer eclipses.

De acordo com uma primitiva visão darwiniana – própria dos neoconservadores antidarwinianos –, o mundo segue sendo uma competição entre neandertais e cromagnons. Somente ganhar vale, porque “nossos valores” são superiores, já que são “os valores de Deus”. Outros pensam o contrário: este tipo de dinâmica não poderia levar ao êxito dos cromagnons, mas, sim, à extinção de ambos contendores, sob a lógica arbitrária de Superman, segundo a qual “os bons somos nós e por isso devemos aniquilar os maus”.

Há uma diferença com nossos tempos: não estamos totalmente naquela pré-história e, se subscrevemos minimamente um possível progresso da história, segundo os valores do humanismo, podemos interpretar que estas leis darwinianas não se aplicam a frio na espécie humana ou a cultura de cooperação e solidariedade é parte da própria seleção natural que superou o estado cavernícola.

Entretanto, ainda restam em pé alguns princípios daquela época. Por exemplo, a fortaleza que confere uma crença sólida, sem importar sua veracidade. Assim foram erguidos todos os impérios como o romano, o islâmico e os que vieram a seguir, europeus e americanos. Entre eles algum teria que estar teologicamente equivocado, mas todos tiveram sucesso graças a algum tipo de fanatismo messiânico. Também assim afundaram.

Se os antigos mitos totêmicos favoreceram algumas tribos sobre as outras, os modernos mitos sociais discriminam de forma mais complexa, favorecendo classes sociais, grupos ou seitas financeiras, interesses nacionais e, às vezes, raciais etc.

Vejamos um exemplo contemporâneo. Não faz muito tempo alguém me apontava com inabalável obviedade a derrota do marxismo no mundo.

– Por que pensa você que o marxismo fracassou? – perguntei.

– Basta ver o que ocorreu na União Soviética e nos países socialistas e com terroristas como Che Guevara.

Este senhor nunca havia lido um só texto de Marx ou de seus seguidores, mas havia visto muita televisão e, sobretudo, recebera alguns cursos sobre “luta anti-subversiva”, estando, portanto, municiado com uma dezena de lugares comuns temperados com a eloqüência da repetição.

– Na realidade, arrancar um país analfabeto da periferia e convertê-lo por várias décadas em potência mundial não parece um grande fracasso – comentei por pura birra, apesar de meu profundo desprezo pelos tempos de Stalin e seus conseqüentes.

– A luta de classes, por exemplo, é um ato criminoso.

– Completamente de acordo. Sobretudo porque existe. Ainda que agora não se trate de princesas de sangue azul e camponeses criminosos com cara de sapo.

Claro que ver a União Soviética como o marxismo posto em prática é uma arbitrariedade com próprios e alheios. Se Marx, então, houvesse vivido lá naquela terra, igualmente teria sido exilado na Inglaterra. Não porque a Inglaterra fosse um império bondoso, senão porque era um império arrogante, como todo império, que nunca se sentiu ameaçado pelos intelectuais. O que era uma considerável vantagem para alguém que devia escrever uma análise histórica como O Capital para ser lido e discutido pelos séculos vindouros, ainda quando a União Soviética ou o Império Britânico houvessem desaparecido.

Mas ainda se assumíssemos que o marxismo fracassou como organização política, isso não quer dizer que o marxismo tenha falido como corrente de pensamento e de ação social. Puro paradoxo, é nas universidades norte-americanas onde o marxismo está mais vivo e, de uma forma ou de outra é usado como um dos mais recorrentes instrumentos de análise da realidade. Esta realidade que os realistas neandertais não querem ver. E não se pode dizer que esses centros vivem nas nuvens porque, mesmo medido de acordo com os valores tradicionais dos “pragmáticos homens de negócios”, são essas universidades, através de seus diferentes títulos, os centros econômicos que direta e indiretamente legam ao país astronômicos ganhos econômicos, sem contar cada um dos inventos, sistemas e instrumentos contemporâneos que são utilizados nos lugares mais remotos do planeta, para o bem e para o mal.

Deixando de lado este detalhe, bastaria situar-se no século XVIII ou no XIX para perceber que isso que chamam “marxismo” não fracassou, muito pelo contrário. (Claro que o marxismo inspirou barbaridades. Mas os bárbaros e genocidas buscam inspiração em qualquer coisa. Senão, perguntem a qualquer religião se em sua história não há toneladas de perseguidos, torturados e massacrados em nome de Deus e da Moral.)

Sem a herança do marxismo, o pensamento atual, inclusive o antimarxista, estaria nu e perdido no mundo do século XXI. E não só o pensamento. Uma boa parte dos sucessos e do reconhecimento das igualdades dos oprimidos – da humanidade oprimida – foram acelerados por esta corrente radical, desde as exitosas lutas sociais no século XIX pelos direitos dos trabalhadores, pelo combate à escravidão na América e a dos camponeses nas venenosas fábricas da Revolução Industrial na Europa, pelos direitos igualitários da mulher até a rebelião dos povos colonizados no século XX. Todas as revisões e reivindicações foram continuadas com relativo alcance e sempre precário no século XXI, até ser esquecido que, em seu momento, foram combatidas como próprias do Demônio ou de subversivos ressentidos, não poucas vezes condenados por essa “voz do povo” criada pelo sermão na medida do interesse de uma minoria no poder.

Alguns intelectuais de direita divulgaram que todos esses progressos humanistas foram alcançados graças ao “bom coração” dos homens e mulheres de fé religiosa. Não obstante, suas igrejas e instituições não só estiveram historicamente ali, condenando essas lutas de libertação como “corrupções imorais do progresso”, justificando repressões e matanças durante os tempos de barbárie, já que suas esferas de ação quase sempre tinham seus centros no próprio poder, não para criticá-lo e, sim, para legitimá-lo. O qual não é uma condição natural de nenhuma igreja em particular, mas uma destas pragas que os humanos transmitem em qualquer outra esfera social, tal como o revelam os poucos Evangelhos que nos restaram.

Por outro lado, o rechaço epidérmico à tradição do pensamento marxista tampouco se deve unicamente a um aparente ateísmo, já que os Teólogos da Libertação demonstraram que se pode crer em Deus, ser cristão e ao mesmo tempo subscrever com coerência um pensamento marxista ou, ao menos, progressista da história. De fato, podemos entender o cristianismo primitivo como um humanismo radical, oposto às estruturas hierárquicas e políticas do cristianismo posterior, surgido sob a bênção e a medida política do imperador Constantino.

Até este momento, o cristianismo nascido de um subversivo condenado à morte, trazia três séculos de derrotas e perseguição por parte do Império. Mas também três de seus melhores séculos, antes do espetacular êxito político do ano 313.

Política de Deus (II)

“É tão fecunda a sagrada Escritura, que, sem demasia, nem prolixidade, sobre uma cláusula se pode fazer um livro, não dois capítulos”.

Francisco de Quevedo. Política de Dios, Govierno de Christo (1626).

Nunca foi fácil reconhecer que Jesus foi condenado à morte por razões políticas. Jesus encarnou muitas dimensões humanas mas, segundo a tradição religiosa, nada teve a ver com uma das condições mais humanas que podia vestir o filho de Deus. Entretanto, nem Jesus nem a igreja oficial de Constantino careceram dessa dimensão, embora fossem duas políticas opostas na maior parte do tempo. A Roma de Pilatos não tinha nenhum interesse religioso na execução, e cuidou de confundir um delito político com um delito moral, ao justiçar o revoltoso junto com outros réus comuns, ou ao equipará-lo com outro subversivo menos perigoso da época, de nome Barrabás.

É certo que, segundo os poucos Evangelhos que se salvaram do imperador Constantino, a classe religiosa judia da época avalizou e promoveu essa decisão, mas isto tampouco carecia de motivações políticas: ainda oprimidos como nação, os administradores da Lei não queriam perder os mesquinhos privilégios de classe que o Império romano garantia, estratégia que todos os impérios da história repetiram com rigor.

As classes nobres sempre foram internacionais: entre elas fizeram a guerra e o amor, sem importar a cultura, a religião nem o idioma. Mas sempre se precaveram de não se misturar com seus próprios povos, que lhes proviam de alimentos e carne de canhão para a guerra, inevitavelmente temperada com o comovedor sentimento da propaganda patriótica, quando não do sacrifício religioso. Exceto nos contos de fadas, onde encontramos algumas exceções, como os valorosos camponeses que chegam a ganhar a princesa em uma contenda entre machos. Mas, em nenhum caso, trata-se de contestadores senão, precisamente, de restauradores dos privilégios do rei ou da aristocracia.

Agora, se consideramos que o cristianismo moderno é fundado no ano 325, com a eliminação arbitrária de dezenas de evangelhos tachados de apócrifos, não é raro pensar que todos aqueles textos que mencionavam a rebelião de Jesus e outros grupos subversivos contra Roma hajam sido pudicamente silenciados. Da mesma forma, da responsabilidade do império romano pelo magnicídio, passou-se à culpa do povo judeu até o êxito político, econômico e militar de Israel, no século XX, onde o próprio, assumido, converteu-se em um tabu politicamente incorreto. (O anti-semitismo, que era uma virtude ética na Europa do Renascimento, sempre esteve contra os princípios do humanismo professado por católicos e ateus – como o princípio da igualdade e o direito à diferença – mas não passou decisivamente à clandestinidade, a não ser até o fim da Segunda Guerra.)

No final, a Igreja, que decidiu de forma mística a validade de só quatro Evangelhos, foi a mesma que havia recebido a legitimação e oficialização do poder 12 anos antes, de parte do imperador. Constantino não só colocou seu nome na capital do mundo, antes Bizâncio, mas apôs também sua assinatura na nova religião oficial do império, da qual entendia pouco ou nada, embora fosse capaz de decidir a teologia final da Igreja conforme seus interesses políticos de unificação. O Império já não perseguia nem jogava cristãos aos leões, e havia que esquecer e culpar algum outro. Sobretudo, esquecer o fator político do Filho de Deus que, paradoxalmente, não foi alheio a nada humano.

A tradição teológica e o discurso eclesiástico nunca viram o fator político atrás de suas ações, atrás de sua própria história. Mas esta dimensão pode ser observada de muitos pontos de vista na revolução provocada pelo Messias, inclusive desde a própria teologia. A superação do nacionalismo anterior do Pai não deixa de ser um exemplo. Porém, a cegueira política representou por muito tempo uma contagiosa visão de classe.

Quando o pensamento europeu, especialmente desde o marxismo, assinalou esta dimensão ideológica do discurso hegemônico e da dinâmica da história, o sermão tradicional atribuiu a capacidade de ser político e ideológico a tudo o que fosse pensado e produzido fora dos espessos muros das igrejas. Pretendeu-se que a política fosse incompatível com a religião ou, ao menos, que era possível expurgá-la de um claustro, de um convento ou de uma ermida enquanto o clero se ocupava dela.

O sermão religioso tradicional continua sendo incapaz de ver esta realidade mais além do indivíduo, razão pela qual qualquer referência à história, à sociedade como algo mais que um conjunto de almas isoladas, faz soar todos os alarmas dialéticos. Para estes, uma sociedade é o acúmulo de indivíduos, uma espécie de Sociedade Anônima, autista, por momentos. A salvação é um problema individual, ao extremo que um homem ou uma mulher possa alcançar o Paraíso e ser feliz ainda que sua amada de toda a vida haja sido lançada ao inferno por atéia ou por discrepar do cânon religioso.

Por outro lado, entendo que, hoje em dia, é a Igreja Católica uma das igrejas que mais mudou, desde o Vaticano II de 1962. Não graças ao Vaticano, senão apesar dele. Apesar da reação conservadora de João Paulo II e do persistente rechaço teológico do então cardeal Joseph Ratzinger, nos anos 80, à igreja ou às igrejas católicas que a cada dia se identificam mais com os valores dos teólogos da libertação.

A história se repete: as mudanças surgem dos derrotados, desde a clandestinidade, das margens do poder político. Embora com uma linguagem sempre conservadora, seus valores, sobretudo na América Latina, continuam distanciando-se progressivamente daquela prática tradicional que consistia em legitimar e apoiar as classes oligárquicas, quando não explicitamente abençoavam as ditaduras militares, nascidas dos próprios interesses agropecuários das classes dominantes.

O odor da antigüidade que se respira nas pequenas igrejas católicas pouco a pouco deixa de representar a opressão às minorias para converter-se em refúgio político-espiritual dessas minorias. A razão apóia que a intolerância político-religiosa tenha se assentado nas seitas protestantes, que rodeiam os centros do poder mundial, hoje em declive, mas ainda com vigor suficiente para ditar, pela força de seus músculos, a “moral correta” e a política dos heróis do tipo Rambo. O narcótico salvador dos televangelistas assumiu definitivamente o papel político que, certa vez, tiveram os sermões católicos da Idade Média, e até bem depois no século XX, quando se confundia o mártir celestial com o soldado que caía defendendo o império, ao mesmo tempo em que se acusava de político ou de marxista a quem se atrevesse a questionar essa relação incestuosa.

Superman, a Mulher Maravilha e as campanhas eleitorais (III)

Não é casualidade que a forma tradicional de ver e construir a realidade através de agrupamento de indivíduos, de bons contra maus, própria do telesermão religioso e dos comics de super-heróis, seja idêntica à promovida pelos tradicionais meios massivos de difusão. Uma câmera de televisão não pode abarcar lógicas abstratas, nem realidades além de indivíduos ou pequenos grupos. Não pode, não interessa e, freqüentemente, não convém.

Embora mil imagens nunca poderão substituir uma só palavra, no discurso social, como na iconoclasta Idade Média, uma só imagem segue valendo por mil palavras. Ainda que o poder siga educando e formando, na tradicional cultura letrada, as sociedades que ainda não deixaram seu histórico papel de massa produtora são educadas, principalmente, na cultura da imagem, do fragmento. As grandes revistas como Times costumam colocar rostos individuais em suas capas, não idéias. Também as grandes redes de televisão e as principais páginas dos jornais diários mais lidos acentuam essa característica de uma forma inequívoca, sobretudo quando algum miserável escândalo sexual serve de alimento semanal para a valorização própria e a condenação alheia. Durante meses, anos, cada análise se desprende a partir de duas fraturas: (1) as palavras e (2) os indivíduos.

Assim, também as eleições nacionais parecem um concurso de Miss Universo, onde o candidato é posto sob uma lupa para revelar suas emoções, seus pequenos vícios, debilidades e até seu estado de saúde. Nos Estados Unidos todos conheciam as críticas do ex-soldado John Kerry à guerra do Vietnã. Mas, em 2004, poucas semanas antes das eleições, ele perdeu a presidência porque um grupo de veteranos combatentes afirmou que o candidato, na realidade, havia sido um mau companheiro. Além de feio, um menino mau. Faltou acusá-lo de não seguir as regras dos escoteiros. De suas idéias ou do debate ideológico daquele momento ninguém lembra. Na campanha de 2008, os candidatos seguem falando na primeira pessoa e buscam desesperadamente demonstrar seus “valores”.

De fato, a ansiedade é não contradizer o discurso social, construído em base a slogans repetidos, ao mesmo tempo que outra tradição é integrada: satisfazer a ansiedade do novo e da mudança sem mudar e sem propor nunca nada novo. Embora a palavra change (mudança) faça parte de cada lema da atual campanha eleitoral, dedica-se mais tempo em deixar claro que o indivíduo que propõe a mudança – o programa do partido não importa – possui valores conservadores e não operará nenhuma variação radical na sociedade.

O método consiste em que cada candidato fale de seus sentimentos religiosos, de seus pequenos pecados já superados – elemento imprescindível de humanização entre tanta perfeição –, de seus hábitos de bons pais ou boas mães, de sua capacidade de se emocionar e chorar de vez em quando, da firmeza de seu temperamento às três da madrugada. Todos homens e mulheres prontos para salvar o país e a humanidade, como Superman ou Wonder Woman – enfim a igualdade de sexos –, pela força do braço justiceiro dele e do “laço da verdade” dela que, como um narcótico ou choque elétrico, impõe ao vilão a virtude da obediência e o vômito da verdade diante da irresistível beleza feminina.

Como na psicanálise primitiva, a verdade revela-se no tropeço semântico. Razão pela qual, todos os dias, espera-se algum lapso deste ou daquele candidato. Apenas produzido, põe-se em marcha a gigantesca maquinaria da análise política e, assim, deixa-se correr uma ou duas semanas mais entre acalorados debates sobre semântica. Essas análises são sempre previsíveis e nunca radicais. E uma análise que não é radical não aporta nenhuma mudança, da mesma forma que um político radical não produz nenhum câmbio. Acima de tudo porque rara vez chega ao poder. Este, talvez, seja o ponto central incompreendido pelos “pastores da libertação” de Barack Obama.

O atual molde analítico dos mass media é o seguinte: o candidato X disse essa palavra, e durante a semana discute-se o que quis dizer, mascarado em uma linguagem paralela sobre “um profundo debate de idéias e valores”. Quando a opinião midiática interpreta algo diferente dos valores dominantes, ou o “politicamente correto”, o candidato X convoca as câmeras de televisão para pedir desculpas públicas – demonstrando seu bom coração –, ou se justifica explicando que a referida palavra fora retirada de contexto, pelo qual onde dizia “claro” na verdade queria dizer “escuro”, que, embora parecesse criticar a Vaca Sagrada, na realidade a defendia, porque sempre esteve comprometido de coração com a tal Vaca. Algum, inclusive, recorre às lágrimas para demonstrar “seu lado humano”. Este recurso amealhou excelentes resultados em favor de Hillary Clinton em ao menos dois estados, mas, depois, teve um efeito contrário, quando se suspeitou que o abuso do truque revelava uma fraqueza demasiado feminina em tempos de guerra.

Ao colocar o indivíduo e cada uma de suas palavras sob uma lupa cósmica, qualquer crítica global ou estrutural desaparece. O que é conseqüente com as duas últimas gerações: uma habituada à publicidade fragmentada da televisão; a outra ao texto hiperfragmentado dos celulares. Esta não é uma observação totalmente pessimista, mas somente um olhar sobre a difícil transição que vive a humanidade rumo a uma liberação que seja mais efetiva do que sua própria narcotização.

Podemos assumir que o indivíduo existe desde o momento em que exerce um mínimo de liberdade, uma liberdade sempre condicionada por um mundo material e por uma cultura. Esta seria a melhor perspectiva do existencialismo, difícil, senão impossível de rebater. Mas o indivíduo define-se pelos outros, por seus contemporâneos e por milhares de anos e milhões de mortos que vivem de alguma forma nele. Negar qualquer tipo de liberdade no indivíduo é próprio do pensamento anti-humanista e de grande parte da tradição religiosa. Afirmar e promover a idéia de que só existem indivíduos independentes, interagindo com um mundo que não está dentro de si, não é uma herança do humanismo, mas outra antiga arbitrariedade que também forma parte do insuspeitado legado que todos interiormente carregamos, como indivíduos e como sociedade. E a cultura em todas suas categorias – desde a telenovela, os comics até a política menor – encarrega-se de promover esta idéia como se fosse uma condição natural do mundo dos seres humanos. Indivíduos, palavras, pouco mais.

Ser nós mesmos: voyeurs, bem-sucedidos e excitados (IV)

Há dez anos, o programa Big Brother* começava a monopolizar os principais horários da televisão na Argentina e Uruguai. O êxito da proposta não só radicava no sonho de ser bem-sucedido por inação, mas na crescente cultura do voyeur castrado que, pouco a pouco, se radicalizou. Desde o confortável turista do primeiro mundo que se interessa em conhecer in situ a miséria alheia a programas de televisão de todo tipo, onde alguém morre de fome de verdade, ou um aventureiro se propõe a morrer de fome de brincadeira durante 30 dias em uma aldeia da Tanzânia, até o rapaz que sai à procura das emoções da guerra, enquanto grava com sua câmera e conta em seu blog a magnífica experiência da morte alheia.

Dos antigos egípcios até nossos dias, a moda foi sempre a estratégia das classes altas para se distinguir da chusma. Como a chusma sempre foi chusma, não tanto por sua pobreza mas por sua ansiedade em parecer com as classes dominantes, tratava-se de copiar o estilo dos nobres e ricos até que estes não tivessem outro remédio que voltar a mudar de estilo. Décadas atrás, cultivou-se uma espécie de voyeurismo de classe: a classe operária olhava e copiava os pequenos vícios – já que não os grandes – das classes bem-sucedidas, da ciranda e da antiga realeza européia. Para repor e esquecer de sua esgotante jornada, os produtores consomem tudo aquilo que os consumidores produzem.

Mas a frivolidade democratizou-se e agora também tornou-se interessante introduzir uma câmera em uma favela do Rio de Janeiro ou nos subúrbios de Medellín. Para aqueles que não suportam emoções tão fortes, há o voyeurismo sobre um grupo de jovens ociosos da classe média, como o Big Brother, ou sobre a vida de um homem pobre que se fez rico vendendo discos ou tomates, o que exemplifica as bondades democráticas do sistema dominante.

O sistema capitalista não requer grandes teóricos; é suficiente, com a simplicidade de um caso exitoso entre um milhão dos que “ainda não chegaram lá”, que conte sua assombrosa história coroada pela demagógica moral de “querer é poder”. As explicações complexas não têm lugar porque são destinadas aos voyeurs do sucesso; aos excitados, não aos bem-sucedidos. Nada melhor que o fracasso para ansiar pelo êxito e confirmar a sabedoria de Niurka Marcos e o Show de Cristina ensinando a seus espectadores desde Miami: “é preciso ser positivos. Eu sou positiva. É por isso que alguns têm tudo o que temos e outros não têm nada”. Fatores extra-anímicos – como, por exemplo, o fato de que os imigrantes cubanos que chegam à América de forma ilegal recebem status legal, enquanto o resto não pode aspirar outra coisa que manter sua condição de eternos fugitivos – são meros detalhes próprios de mentes pessimistas.

Como as imagens não bastam, é necessário que o protagonista de vertiginosas aventuras, como é  a inação perpétua do Big Brother, expresse cada um de seus sentimentos e explique quem é. Os outros sempre são uma boa desculpa para falar de si próprio. Nos confessionários, cada um luta para ser reconhecido como autêntico, embora em nenhum outro lugar finja-se mais que na confissão midiática. “Penso que vou ganhar porque sempre fui eu mesma”. “Ganhei porque fui autêntico todo o tempo, lutei até a morte para ser eu mesmo e mostrar o jeito que sou”.

Recentemente, no concurso Nuestra Belleza Latina realizado pela rede Univisión, em Miami, as candidatas confirmaram a regra. Até o fastio. “Penso que minha maior virtude foi ser eu mesma, nunca mudar e defender sempre o mais autêntico que levo no íntimo”. “Eu vou ganhar o concurso porque sempre fui eu mesma. Este sempre foi meu objetivo e as pessoas reconhecem e gostam”. “Eu me mostro como sou, sempre revelei meu eu mais verdadeiro”. “Minha filha foi reconhecida por ser sempre ela própria. Só peço isso, que siga sendo autêntica” etc.

Ao mesmo tempo que cada bela concorrente luta pela originalidade que a destaque do resto, pela lógica do concurso e da cultura midiática, devem evitar essa rara virtude humana. Basta observá-las caminhando ou em pé, sorrindo e equilibrando-se com a eterna perna direita à frente da esquerda, variação do cânone egípcio imposto pelos faraós mortos.

Se as americanas são ruivas ou são quase americanas, a Belleza Latina deve excluir as Marilyn Monroe, ainda que em Montevidéu ou Buenos Aires essas sejam um tipo tão comum como em Utah ou Nebraska. Entretanto, esta diferença não deve ser tão grande que a distancie do cânone da típica Barbie de pele bronzeada, nem das ruivas do Cone Sul, nem das índias da América Central e dos Andes. Tanto os rostos indígenas como os afro-americanos se julgarão mais belos quanto menos sejam “eles mesmos”, o que se deduz da obsessiva necessidade de eliminar pintas, clarear mechas e afinar lábios e narizes.

Salvo raras exceções, todas as concorrentes parecem com as Marilyn de Andy Warhol ou a série de Barbie dolls, o que leva os jurados a outra originalidade:

Animador: – Não gostaria de estar no lugar do júri…

Jurado: – É sim, a eliminação foi uma decisão muito, muito difícil.

É lógico. À parte de que todas cumprem com o ritual que responde aos nossos desejos estéticos e sexuais – produto hormonal em cumplicidade com nossos preconceitos e fixações infantis –, uma se parece com a outra, ao mesmo tempo que repetem a mesma ansiedade de serem elas próprias, “autênticas”.

Se todos somos produto de cópias, heranças e reciclagens, um concurso de beleza é a exacerbação de uma regra social específica, neste caso o da “beleza latina”, que exclui o desejo pela beleza da mulher caucasiana, travestindo uma em outra. Ninguém pode ganhar fora destes limites éticos e estéticos.

No entanto, em um reality show onde o trabalho é destacar-se sem inventar nada novo, o mérito limita-se à difícil tarefa de ser a gente mesmo, sem perder a originalidade e sem deixar de ser uma cópia ou uma paródia dos demais. Seguramente, a aleivosa fantasia de ser “a gente mesmo” e de morrer pelo que os outros dizem, não nasceu com esta cultura do eu alienado, mas é ali onde se consolidou como paradigma ético.

Aceitarão algum dia que esse “eu autêntico”, esse “ser eu mesmo” não é outra coisa que a somatória de cópias, de retalhos de outros, produto inequívoco de uma cultura que fabrica fraturas ideológicas, psicológicas, éticas, estéticas e econômicas? Ou, por acaso, essa forma de caminhar com os pés trocados, com o direito à esquerda e o esquerdo à direita são invenções originais de cada um? Esse jeito de rir, de pentear-se, de parar, de falar, esse modo de alourar-se com freqüência, de parecer com a Marilyn Monroe ou Ricky Martin, essa maneira de cada um é original ou meras repetições, desesperados transformismos do caráter?

Por outro lado, ainda assumindo que existe uma essência do ego, pura e descontaminada, surgida no momento do parto ou formada na infância, por que essa exaltação ética de “ser eu mesmo sem jamais mudar”? Será que não há nada para melhorar? Será que não faltariam algumas melhorias em semelhante palácio? Podemos aceitar que uma dose de frivolidade é necessária na vida de qualquer um. Mas quando se transforma no único pão de cada dia, é lícito suspeitar.

Dr. Jorge Majfud

Maio/Junho de 2008, Lincoln University of Pennsylvania .

* NdT: Chamado de Gran Hermano nos países citados pelo autor no original.

Chile

No es coincidencia que el teniente Kast Schindele, padre de un Chicago Boy y de José Kast (candidato a la presidencia de Chile) fue miembro del Partido Nazi en Alemania y, como otros nazis escaparon con identidad falsa a las Americas para «continuar luchando contra el comunismo»

Los grandes capitales son una dictadura internacional que pocos gobiernos se atreven a cuestionar. La idea de que dejarán Chile si gana Boric es parte de la amenaza tradicional, pero recordemos que a largo plazo los inversionistas aman más el dinero que sus propias ideas.

jm, dic 2021

Las raíces del odio

No importa cuánto busquemos las raíces del odio colectivo; siempre nos vamos a encontrar con lo mismo: la frustración individual.

Por eso son tan importantes las utopías y los sueños. Esas cosas que no puede comprar el dinero.

Por eso los llamados líderes mundiales se equivocan cuando insisten con el dogma del desarrollo tecnológico y del crecimiento infinito de la economía.

Se olvidan de cosas tan importantes como la poesía, en todas sus formas.

jm, dic 2021

audio:

“El milagro chileno” (II)

Santiago de Chile. 21 de marzo de 1975—El profesor de la Universidad de Chicago y premio Nobel de Economía, Milton Friedman, visita al general Augusto Pinochet en Santiago. Lo acompaña su colega Arnold Harberger, propagador de la idea del análisis objetivo de la economía y del “uso de las herramientas analíticas aplicadas al mundo real”, ilustrado con su famoso y abstracto Triángulo de Harberger. En otros tiempos, como era el dogma de la época, Harberger había asociado el capitalismo con la democracia, pero ahora, debido a las malas experiencias con el mundo real, queda claro que solo uno de ellos importa de verdad.

Chile es un experimento que, sin importar el resultado, será vendido hasta en sus países de origen, Estados Unidos y Gran Bretaña. Las ideas no son novedosas, pero los políticos necesitan ejemplos para citar, frases cortas e imágenes simples. La gran teoría se llama Trickle-down theory (Teoría del goteo) y la imagen se ilustra con una botella de Champagne llenando las copas que están más arriba de la pirámide de copas. El problema de la alegoría es que asume que el cristal de las copas no crece ni se estira de forma ilimitada como la capacidad de los de arriba para acumular lo que nunca chorrea hacia los de abajo. La imagen tampoco considera una figura similar que no existe en inglés y que ningún traductor puede resolver, pero en español se llama “La ley del gallinero”. Lo que gotea no es riqueza, sino mierda de las gallinas de más arriba.

Esta novedosa ideología ya existía a finales del siglo XIX. En medio de la gran recesión de los años 90 y de la extensión del imperialismo estadounidense sobre el mar, el representante por Nebraska y candidato a la presidencia, William Jennings Bryan, en la convención demócrata del 9 de julio de 1896 en Chicago, lo puso en términos por demás claros: “Están aquellos que creen que, si legislamos para hacer que los ricos se vuelvan más ricos, su riqueza goteará hacia los que están abajoNuestra idea de demócratas es que, si legislamos para que las masas sean más prósperas, su prosperidad subirá a todas las clases sociales que se encuentran por encima”. Bryan acusó a los legisladores de ser abogados de los “business-men (hombres de negocios)” y, según el Chicago Tribune del día siguiente, la asistencia aplaudió sus palabras de forma masiva y continua “como nunca antes… durante 25 minutos”. Bryan perdió las elecciones con McKinley en 1896 y en 1900, las primeras dos elecciones donde las donaciones millonarias de las grandes corporaciones decidieron los resultados a pesar de la mayor crisis económica desde la fundación del país.

En 1964, el profesor e ideólogo Milton Friedman había visitado una de las tantas dictaduras latinoamericanas apoyadas por Washington, Brasil, y había propuesto el mismo plan de privatizaciones y desmantelamiento del Estado. En aquella oportunidad, el nuevo dogma ideológico del neoliberalismo todavía no se había consolidado ni en las dictaduras ni en las democracias latinoamericanas y Brasilia decidió no seguir las sugerencias del célebre profesor estadounidense, sino el camino contrario de la industrialización nacional del economista argentino Raúl Prebisch y, de alguna forma también, del peronismo argentino y del indeseado izquierdoso Getúlio Vargas en Brasil. Por entonces, las universidades latinoamericanas no eran marxistas (como eran acusadas por la CIA y por la oligarquía criolla) sino keynesianas, tanto como el mismo Franklin Roosevelt. El keynesianismo era el enemigo número uno de una nueva ola que tenía a Friedman y Hayek como sus dos mesías.

Ahora, a pesar del repentino “Milagro chileno” sostenido con millones de dólares de Washington, el miedo y la inflación alcanzan los tres dígitos y Friedman recomienda otra solución mágica: una política de shock, es decir, despidos, ajuste fiscal, recortes en los servicios sociales y privatizaciones sin mirar a qué, con la natural excepción del ejército y los demás aparatos represivos del maldito Estado. Esta receta se repetirá más tarde en varios países latinoamericanos como experimento y, de paso, como fuente de ganancias históricas para las grandes empresas amigas del gobierno. Augusto Pinochet, alabado por su rectitud, derivará millones de dólares a sus cuentas secretas en bancos extranjeros mientras las empresas del Estado chileno son rematadas por un precio muy inferior al de su valor de mercado. Negocio redondo, para algunos.

Friedman no fue la única estrella académica en manipular al dictador. Friedrich von Hayek también visitó el Chile de Pinochet varias veces y hasta le recomendó el nuevo modelo chileno a Margaret Thatcher. Como Friedman y como Harberger, Hayek decidió abandonar eso de la democracia como principio y lo convirtió en lo que para muchos siempre fue: una excusa y un instrumento. “Prefiero una dictadura liberal a una democracia que no respete el liberalismo”, declarará el 12 de abril de 1981 a un periodista de El Mercurio, el diario de Agustín Edwards, protagonista del boicot contra Allende y preferido de la CIA por décadas para plantar sus editoriales. De regreso a Estados Unidos, Hayek declarará: “no puedo decir que en mi visita a Chile haya encontrado a alguien que dijera que las libertades individuales bajo Pinochet fuesen inferiores que en tiempos de Allende”. Hayek debía imaginar que los alguien estaban todos muertos o no había ninguno de ellos en los elegantes salones a los que fue invitado en Santiago. También la influyente embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Jeane Kirkpatrick, conocida partidaria de la fuerza militar para resolver disputas filosóficas y morales, visitará Chile en agosto de 1981 y lo pondrá como modelo para el resto del mundo. Unos meses después de su partida, Chile se hundirá en otra crisis económica, la que los mayores diarios del norte informarán en letra chica.

Ninguno de los teóricos chilenos, tan bien educados en Chicago, surgió de la nada con el golpe de Estado del 73. Cuando en los años cincuenta se hizo evidente el sostenido crecimiento de la izquierda en Chile, se comenzó el envío de estudiantes de economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile a la Universidad de Chicago. No a cualquier departamento sino a estudiar bajo el directo tutelaje de Milton Friedman y Arnold Harberger, los ideólogos de la reacción contra la corriente iniciada por el cuatro veces presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, por la cual la superpotencia volvió, por unas décadas, a políticas sociales y por lo cual fue acusado de socialista. En 1958 Jorge Alessandri le había ganado a Allende por una mínima diferencia de votos y en 1964 la CIA financió exitosamente la campaña electoral de Frei contra Allende con al menos diez millones de dólares de la época. En 1970 el dinero no fue tan efectivo y Allende terminó ganándole a Jorge Alessandri, por lo cual la mafia en Washington recurrió al tradicional Plan B para otros países pobres: golpe de Estado y dictadura militar para salvar al país de alguna amenaza de moda contra la libertad.

Gracias a esta dictadura y a otras en América Latina, los Chicago Boys, los economistas entrenados en la ideología de Friedman y Hayek, tuvieron carta libre para actuar en Chile y en otros países. Este grupo, sus ideólogos y sus apologistas, centraron sus elogios en la idea de que son ellos quienes han promovido el “libre mercado” y las “libertades individuales”, dos ideas nobles si no fuese porque no hay libre mercado bajo una relación absolutamente desigual entre países sino lo contrario. Mucho menos hay libertades individuales, ya que estas políticas necesitan múltiples dictaduras militares primero y, más tarde, dictaduras bancarias sobre países arruinados y endeudados por las dictaduras anteriores. El libre mercado y las libertades individuales significan, bajo estas políticas, libertad de algunos mercados para imponer sus condiciones e intereses sobre el resto, y libertad de unos pocos individuos para decidir sobre unos muchos.[1]

Pinochet no sólo no fue acosado económicamente por Nixon, como lo fuera Allende, sino que, al igual que tantas otras dictaduras amigas del continente, recibió todos los beneficios posibles (morales, ideológicos, militares y económicos) de la superpotencia. En octubre de 1973, en un sólo mes, Nixon le aprobó a Pinochet 24 millones de dólares sólo para comprar trigo, ocho veces el presupuesto de Allende en los pasados tres años para el mismo rubro. Para 1974, Chile recibió el 48 por ciento de toda la ayuda de alimentación destinada a América latina. No sea cosa que la Gran propaganda del éxito fracase.

Pese a todo, la pobreza y el desempleo no solo continuaron creciendo en el llamado Milagro chileno (mito propagado y diseminado por la poderosa ultraconservadora Heritage Foundation, fundada por Paul Weyrich, Edwin Feulner y Joseph Coors) sino que, además, en los ochenta, el país se sumergió en una dolorosa crisis económica que ocurrió simultáneamente en otras dictaduras menos exitosas del continente. Quienes entregaron al país y sus recursos naturales a las transnacionales a fuerza de una dictadura sangrienta, no se los llamó “vende patrias” sino “patriotas salvadores de la libertad”. A las ideas indoctrinadas como un dogma por una simple decisión estratégica de las agencias de Estados Unidos, tampoco se las llamó “ideas extranjeras”.

Fue una operación perfecta, o casi perfecta. Otro típico caso de ideología reversa. La mafia neoliberal se encargó siempre de acusar a cualquier grupo universitario, de activistas sociales o de intelectuales críticos de practicar las ideas del teórico marxista italiano Antonio Gramsci. Sin embargo, si bien la izquierda tradicional fue gramsciana por su análisis de la realidad y por su natural resistencia crítica al poder, la derecha internacional fue siempre gramsciana en la aplicación del poder a través de las ideas colonizadas.

Milton Friedman volverá a Chile en 1981. Luego de dar varias conferencias triunfales sobre su modelo económico aplicado en ese país, Chile se hundirá en una profunda crisis económica. La crisis social ya había comenzado con la estrangulación financiera del gobierno de Salvador Allende y se había profundizado en los sectores más bajos de la sociedad, incluso durante “El milagro”. Siguiendo los lineamientos de los Chicago Boys, Pinochet privatizará la educación, la salud y las jubilaciones. El PIB se desplomará 13 por ciento y la producción industrial 28 por ciento. El desempleo trepará hasta las nubes. Otra vez, Chile recibirá tsunamis de ayuda económica y financiera del norte. Luego de negárselos al gobierno de Allende, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo ayudarán a la dictadura amiga con 3,1 mil millones de dólares.[2] La economía se recuperará en 1981, pero un año después volverá a caer en otra crisis que se expandirá por otras dictaduras militares de la región. En Uruguay se llamará el “quiebre de la tablita”, cuando el dólar se dispare hasta arruinar a miles de empresarios menores. Como solución, el FMI y los ejércitos de especialistas propondrán más de lo mismo.

En América latina (propiciado por una deuda externa impagable, herencia de los préstamos excesivos a las dictaduras amigas con tasas de interés fluctuantes) sólo entre 1985 y 1992 más de dos mil industrias y empresas públicas serán puestas a remate con un previsible resultado de la prosperidad: el salario mínimo se desplomará y el número de multimillonarios se multiplicará varias veces. En Bolivia, entre 1995 y 1996 su gobierno, alineado con el asalto, vendrá a los buitres sus principales empresas a precio de carroña. Por si perder la soberanía y los ingresos de esas empresas no hubiese sido suficiente, los nuevos y exitosos empresarios privados, que todo lo hacen mejor por el progreso del país, aumentarán las tarifas de insumos básicos, como el agua, hasta un 200 por ciento. En Argentina y en otros países de la región, la historia fue estrictamente la misma y, de igual forma, terminó en la crisis masiva de 2002.

A su regreso del primer viaje del profesor Milton Friedman a Chile, los estudiantes de la Universidad de Chicago miembros del grupo Spartacus, organizan una protesta por su colaboración con la dictadura de Pinochet. Naturalmente, los estudiantes son acusados de inmaduros y de marxistas. El profesor Friedman defiende su amistad con Pinochet con un colorido argumento que provoca una risa que resuena a lo largo del campus de la universidad: “si se hubiese permitido que Allende continuara en el poder, es posible que, además de una terrible crisis económica, miles de disidentes hubiesen sufrido una persecución injusta, la cárcel, la tortura y miles hubiesen sido asesinados”.

Cincuenta años más tarde, en 2019, tsunamis de chilenos llenarán las calles reclamando una nueva constitución que reemplace la constitución neoliberal aprobada por Pinochet en 1980. El muro neoliberal abre sus grietas. Por meses, los chilenos serán reprimidos con impune brutalidad por las mismas fuerzas represoras creadas por Pinochet, una especie de paramilitarismo legalizado llamado Carabineros. Antes de Pinochet, el ejército chileno era constitucionalista. Después de años de limpieza ideológica, de persecución y asesinato de oficiales disidentes, será otra cosa.

En 2020, comandos pinochetistas como Capitalismo Revolucionario o La Vanguardia organizarán acciones violentas contra la marea de manifestantes reformistas. Uno de los líderes de estos grupos de extrema derecha será identificado como Sebastián Izquierdo. Uno de sus socios, Roberto Belmar Vergara, confirmará: “Si gana el apruebo, créeme que cambiaremos los bastones por fusiles”.

Pese a todo, luego de un año de violentas represiones, el pueblo chileno forzará el primer plebiscito desde la dictadura. El 25 de octubre de 2020, el ochenta por ciento de los votos en todo el país demandará una nueva constitución y casi el mismo porcentaje confirmará la necesidad de una Convención constitucional para redactarla. De todo el país, sólo la mayoría de Colchane (poblado de 1.700 habitantes al norte del país), de los barrios Lo Barnechea y Las Condes de Santiago, donde reside la clase-alta-patriota, votantes del  en el anterior plebiscito de 1989 a favor de mantener la dictadura de Pinochet, votarán a favor de mantener la constitución de su héroe y benefactor.

JM. Del libro La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina.


[1] Este discurso, esta efectiva manipulación ideoléxica, es semejante al mito que celebra la independencia de Texas de México aduciendo que fue para gozar de “mayores libertades políticas” sin aclarar que se trataba de mayores libertades de unos a esclavizar a otros, ya que el gobierno mexicano les había regalado tierras a los inmigrantes anglosajones sin haber legalizado la esclavitud, verdadera fuente del “milagro económico” del sur estadounidense y verdadera causa de la independencia de Texas.

[2] 10 mil millones al valor del año 2020.

“El presente está lleno de olvidos mercenarios”

Entrevista con Jorge Majfud

Por Yolanda Delgado-Batista

 «La frontera salvaje es un libro monumental». Frederico Füllgraf

«Simplemente, poderoso». Noam Chosmky

«La frontera salvaje es un libro escrito con coraje y deslumbrante lucidez. De lo mejor que he leído en mi vida«. Víctor Hugo Morales

«A los cincuenta años de la publicación de Para leer al Pato Donald, me alegra leer un libro como La frontera salvaje que explora detalladamente las formas menos sutiles en que Estados Unidos, durante doscientos años, ha buscado influir y torcer el destino de nuestra América Latina«. Ariel Dorfman

“El presente está lleno de olvidos mercenarios”

Parte I. Sobre la frontera salvaje

En marzo de 2021 el escritor Jorge Majfud publicó su último libro de ensayo histórico, La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina. La edición limitada de Rebelde Editores tenía como objetivo su distribución en la academia estadounidense. A días de terminar este año, la mítica editorial española de Tenerife, Baile del Sol, está lanzando una nueva reedición de este libro, el cual, a pesar de sus 700 páginas, ya ha cosechado críticos y adeptos, sobre todo en un contexto de “guerra cultural” entre revisionistas como Majfud y reacciones de figuras políticas como Donald Trump y Jair Bolsonaro, quienes consideran necesario imponer una “educación patriótica” en las escuelas y universidades.

Yolanda Delgado-Batista: Muchas gracias, profesor Majfud por prestarnos su atención, conociendo lo ocupado que está. Me gustaría comenzar esta conversación preguntándole sobre uno de sus últimos trabajos, La frontera salvaje, que intelectuales como Ariel Dorfman, Noam Chomsky y un periodista como Víctor Hugo Morales han comentado de forma elogiosa. Un resumen y selección de este libro se publicó en inglés como Borders of The Wild Frontier: US American mythology on Latin America. Sé que es difícil pedirle que nos haga una síntesis de una obra de más de 650 páginas…   

Jorge Majfud: Hay varias formas de resumir este libro, como cualquier otro. Básicamente, cubre los últimos dos siglos de agresiones, de los mitológicos Daniel Boone, de las intervenciones de Washington (del poder político) y las corporaciones estadounidenses (el poder económico y narrativo) en lo que hoy conocemos imprecisamente como América Latina, incluida una gran parte de Estados Unidos. Desde el principio, tomo los mitos fundadores de Estados Unidos, esas narrativas que nos rodean cada día, y trato de explicar, en una secuencia histórica, que la narrativa y la realidad se oponen de forma diametral…

YDB: ¿Por ejemplo?
JM
: Bueno, por ejemplo, la gran fragmentación nacional (en clases, como los millonarios y los millones de endeudados, todos aupados en la misma iglesia, en razas o etnias de esclavos y de esclavistas, de guetos pobres y de congresistas ricos, en regiones, como el Norte contra el Sur) y, por otro lado, la obsesiva idea de Unión: una sola bandera, un solo Dios, una sola patria “en peligro” perpetuo. Por ejemplo, la obsesión de esclavizar y controlar de la mentalidad anglosajona ocultada tras la máscara de “la lucha por la democracia y la libertad”. La expansión esclavista del minoritario pero poderoso Sur se hizo en nombre de la 

libertad, de la civilización y de la “bendición de la esclavitud”. Todo eso se tradujo luego en la idea de que son los empresarios millonarios quienes crean trabajo y benefician a los peligrosos trabajadores. El amor por las armas y el odio por los sindicatos, que luego de la Guerra Civil eran muy fuertes, son una traducción o un travestismo de la anterior cultura del amo, garante de Dios, del orden y de la libertad contra el demonizado esclavo que quería destruir la prosperidad y la moral. El mito de que “somos el país de las leyes” choca sistemáticamente con la violación de todas las leyes y los tratados que dejaron de ser beneficiosos para los dueños de las armas. La idea de que “llevamos la democracia a América latina” choca con cientos de ejemplos en contra y ninguno a favor. Pero si la realidad no se adecua a nuestro deseo, pero para la realidad. De hecho, Washington ha sido el mayor promotor del comunismo en América latina.

YDB: ¿Estamos hablando del pasado?

JM: Sí. Del pasado y del presente, como todo cuando hablamos de mitos fundadores. Están más vivos que las secuoyas. Preguntale a cualquier estudiante universitario por qué se independizó Texas en 1836 y te dirá que fue para “liberar a los americanos de la tiranía mexicana”. No dicen que fue porque los mexicanos les regalaron tierras y cometieron el pecado de ilegalizar la esclavitud. Y cuando los mexicanos se dieron cuenta del error, ilegalizaron la inmigración del norte y los fanáticos blancos continuaron cruzando la frontera de forma ilegal. Y así podemos seguir con las Repúblicas bananeras, las masacres de negros como deporte allá en los trópicos del mundo, todo para salvar a la “raza superior” que debía sufrir la responsabilidad de salvar la civilización. El mítico poema de Rudyard Kipling “The White Man’s Burden” lo resumió perfectamente y los políticos estadounidense no se cansaron de citarlo. Cuando descubrieron que eran minoría de la Creación, entraron en pánico, típico, y comenzó un remake de la retórica esclavista: había que evitar el “genocidio blanco”, la desaparición de “la raza hermosa”, de la “raza superior”.

YDB: Lo hemos escuchado recientemente…
JM: Sí, nada nuevo. Toda esa tradición ha vuelto, esta vez de forma descarada, sin las máscaras de lo políticamente correcto. Creo que en el siglo XIX la paranoia se agravó cuando los blancos terminaron de colonizar el mundo y descubrieron que no eran la mayoría de la Creación y sus hermosas hijas podían caer en tentación de penes grandes y oscuros o, peor, de una revuelta estilo Haití. Esto está en las cartas de muchos líderes y políticos racistas de la época… No por casualidad se consideraba que las guerras y el imperialismo eran cosa de machos. Y lo siguen siendo. Esa obsesión sexual que hasta no hace mucho emergió cuando los precandidatos Marco Rubio y Donald Trump debatieron en cadena nacional de televisión sobre el tamaño del pene de quien, al final, sería presidente. La gente no vota por candidatos intelectualmente superiores sino por aquellos que los representan de alguna forma, ya sea por el color o por el tamaño del pene. Imaginación pornográfica que llevó a miles de linchamientos solo en Estados Unidos. La ley de linchamientos fue abolida recién el año pasado, no sin resistencias. No la obsesión por las armas, la que tiene el mismo origen y todavía está vigente y lo estará por unos siglos más, ya que es la segunda religión más importante del país.

YDB: Recientemente se han publicado libros sobre América latina con una interpretación opuesta… Se dice que la visión de La frontera salvaje busca quitarles responsabilidad a los latinoamericanos de sus propios problemas…

JM: … y que los latinoamericanos son subdesarrollados porque leían a Eduardo Galeano, ¿no? Pura propaganda inoculada, muy vieja pero muy vigente gracias a las grandes editoriales y conglomerados mediáticos. Claro que los latinoamericanos también tienen responsabilidad de por sus problemas, pero la pregunta radical es: ¿De qué paquete social e ideológico estamos hablando? Los reaccionarios son expertos en armar combos políticos, donde meten a Dios y al Libre Mercado en un mismo menú, como McDonald’s mete hamburguesas, papas fritas y Coca Cola, con diez pseudo variantes toxicas. Quieres comerte una hamburguesa y terminas adicto a las otras dos. Es decir, crees en Dios y terminas defendiendo a los Mercaderes que el mismo Jesús expulsó del templo.

YDB: América latina y su propia responsabilidad vendría a ser uno de esos combos.

JM: Claro, de la misma forma que es otro combo hablar de “Estados Unidos” cuando millones de estadounidenses se opusieron y se oponen a las agresiones y abusos imperialistas, más que millones de latinoamericanos. Por eso en La frontera salvaje uso más “Washington” (como poder político, como recurso de sus corporaciones millonarias, como centro de sus secretos ilegales) en lugar de “Estados Unidos”, que es un país-continente, lleno de contradicciones y de disidentes, gracias a los cuales la historia no es aún más trágica de lo que es.

YDB: Es decir, los latinoamericanos también son responsables de su realidad, pero no todos por igual.

JM. Sin la menor duda. Porque no es la misma responsabilidad la de los torturados, de los desaparecidos, de los millones de masacrados (200.000 solo en Guatemala por una gracia de la CIA), la mayoría indios, negros o blancos pobres, y la responsabilidad de la tradicional oligarquía de los países del sur. Las dictaduras tampoco son la consecuencia de los tan mentados guerrilleros que vinieron después de un siglo de genocidios, de masacres y barbaridades sociales. Pero a la oligarquía y a sus mayordomos les conviene repetir esta estupidez, no pocas veces mencionando una historia muy limitada. Recordemos la lógica universal que mencionaban el peruano González Prada, el ecuatoriano Juan Montalvo en el siglo XIX y el estadounidense Malcolm X el siglo pasado: los indios, los negros de la casa eran los principales defensores de la opresión de sus hermanos del campo.

YDB: La referencia a la oligarquía suena a sesentismo…

JM: Que suene, y que suene fuerte, como el E pur si muove de Galileo. Esos, los oligarcas latinoamericanos  son los primeros responsables de las dictaduras, de las masacres, de las injusticias, de la explotación, de la muerte joven y de la miseria de millones en nuestras sociedades. Que publiquen mil libros y millones de diarios y revistas, que les den cien mil, un millón de subscribers a los nuevos mercenarios en YouTube, ahora etiquetados como “influencers”, pero la historia dura y oscura no la cambia nadie. Para olvidar esta realidad tan obvia, al menos mientras la verdad sea peligrosa, están los mercenarios de la pluma y del selfie, unos asalariados y otros convencidos honorarios. Estos mercenarios, voluntarios e involuntarios, apoyados por los millones de la CIA y de las organizaciones que canalizan “ayudas” como la USAID, la NED y tantos otras fundaciones se han dedicado décadas a victimizar a las víctimas acusándolas de auto victimizarse. Aun hoy se siguen publicando libros promovidos por grandes conglomerados editoriales, pintando a “los latinoamericanos” como irresponsables que culpan a Estados Unidos y a Europa de su subdesarrollo, que el pasado pasado está y no cuenta… No tienen sentido de la decencia.

YDB: ¿Crees que los libros están promovidos por ciertos intereses corporativos? Es decir, ¿crees que la cultura está manipulada por fuerzas externas, políticamente hablando?

JM: Por supuesto. Tenemos una imagen idealizada de la cultura que proviene de las antiguas enciclopedias. El tiempo es el mejor juez, pero a veces se toma uno o dos siglos para juzgar. ¿No es el Mercado un factor algo externo a la cultura? Digamos que el mercado es una parte de la cultura, pero no su director. ¿No son los millones de dólares, canalizados por diferentes fundaciones, cuando no de forma directa y secreta, factores determinantes en la venta y en la circulación de determinadas ideas, de determinadas sensibilidades éticas y estáticas? Hay que ser muy, pero muy ingenuo para creer que la respuesta es no.

YDB: En La frontera salvaje hay varias historias que revelan estas manipulaciones en la cultura y en la prensa.

JM: Sí, de una forma concreta y basada en documentos desclasificados. En el pasado reciente (no hay razones para pensar que ahora es diferente) la CIA, la policía ideológica de Estados Unidos en el extranjero (con eventuales incursiones en territorio nacional, para disgusto del FBI), promovía esos libros y hundida a aquellos otros que incomodaban, sin que sus autores se enterasen. Claro que ni siquiera es necesaria la ayuda de la CIA, porque con el poderoso interés de la oligarquía latinoamericana y noratlántica ya es más que suficiente. Aquí no hay secretos: unos libros son hundidos en el ostracismo y otros son elevados al Olimpo, sin importar ni su calidad literaria ni la relevancia de sus verdades. Lo mismo los premios.

YDB: Según esta tesis, las intervenciones exteriores, imperiales, fueron y son determinantes en la realidad de los países del sur, digamos América Latina, África…

JM. Sin dida. No sólo determinante en los países de Sur, sino también en los países del Norte. La realidad no está hecha de absolutos platónicos; cualquier diferencia relativa es determinante. Quienes lo niegan, para empezar, podrían devolver las miles de toneladas de oro y plata que se llevaron y aun contribuyen con la estabilidad de sus sabias economías. Si el pasado psicológico y cultural de los países no cuenta en el presente (otra hipótesis absurda), ese pasado contante y sonante sigue pesando en las arcas de los ricos. Como sus bonitas ciudades, el oro y la plata siguen trabajando, aunque duerman en las arcas de los grandes bancos. Para no entrar a analizar la tragedia de África. ¿O todo esos metales se evaporaron como el guano en la empobrecidas tierras de Europa?

YDB: Pero los anglosajones han sido siempre más pragmáticos y se han concentrado en el presente.

JM: Porque ejercen la desmemoria como tradición. Tampoco se dice por ningún lado que la práctica de la auto victimización fue consistente del lado anglosajón: cada vez que los colonos, los esclavistas o los gobiernos en Washington querían tomar más tierras y más riquezas de sus vecinos (indios, mexicanos, y todo pueblo que cayera dentro de la Frontera), inventaban falsos ataques para repetir hasta el hastío: “fuimos atacados primero”, “debimos defendernos”, “nunca olvidaremos”, aunque el olvido ha sido una estrategia central. Los mismos que violaron todas las fronteras nacionales (borders) volvían a su país y se armaban contra los inmigrantes pobres, expulsados de aquellos mismos países invadidos y destruidos repitiendo que “éste es el país de las leyes y debemos proteger nuestras fronteras”; “no hay racismo en querer proteger las leyes”. Como si las leyes no fuesen racistas. Tampoco se dice que el imperialismo es un racismo masivo y radical contra el cual no hay marchas indignadas por parte de los hipersensibles muchachitos de la Generación Cristal, protectores del lenguaje correcto. Un presidente puede matar cien negros en nombre de la libertad y de “nuestro derecho a defendernos” (en países ajenos), pero si dice la palabra “negro” pierde su trabajo, como lo han perdido varios profesores por leer en sus clases documentos racistas que incluían esta palabra. Hipocresía en esteroides. Cuando se descubre que en Medio Oriente un drene mató a cincuenta niños, nadie derrama una lágrima, porque esos niños no existen. Hablemos, pues, de racismo y de fanatismo. De hecho, hay una continuidad de las ideas y valores del Sur esclavista con la política y las acciones militares de la Unión supuestamente vencedora. Los confederados fueron los únicos que estuvieron cerca de destruir Estados Unidos, como lo hicieron con México, para continuar expandiendo la esclavitud sobre los pueblos y las razas “inferiores” y hoy sus herederos más radicales se consideran la esencia del patriotismo y la libertad, cuando en realidad fueron la raíz y la inspiración de personajes nefastos como Adolf Hitler. Algo que el mismo Hitler reconoció.

YDB: Mencionas eso en la segunda parte de La frontera salvaje

JM: El libro está compuesto de tres partes: Por tierra, Por mar y Por aire. En eso soy muy pasado de moda: creo que existió y existe el imperialismo. Esta palabra la han convertido, estratégicamente, en un tabú. Pero sería una cobardía no usarla. Esta historia trágica no hubiese sido posible, o hubiese sido muy diferente, sin el miedo, la paranoia y el fanatismo racial y religioso (como el Destino manifiesto) que inspiró cada conquista, cada intervención, cada golpe de Estado, cada masacre en nombre de la libertad y los derechos humanos. Algo que continúa hoy, pero con los previsibles maquillajes de la narrativa social y política. No pretendo que sea un libro perfecto, porque eso no existe y menos cuando lo escribí en nueve meses con frenética intensidad. Luego de eso he estado un año sin escribir ningún libro. El de la Editorial de la Universidad de Valencia, La privatización de la verdad, publicado también este año, ya estaba casi todo escrito mucho antes. En fin, como bien decís, es difícil resumir 650 páginas en una sola respuesta, pero no imposible. El título es, casi siempre, la síntesis más radical de cualquier libro. Lo es en este caso.

YDB: Además de su profesión de docente en la Universidad de Jacksonville University, usted es escritor de ficción ¿Qué es lo que más aprecia y más detesta de este oficio?

JM: No sé si podría definir la escritura como un oficio. No vivo de escribir ni lo hago por obligación. Para mí, la literatura, tanto al leerla como al escribirla, me provee de dos sentimientos aparentemente contradictorios: refugio y liberación.

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Diciembre 2021

“Nadie se gradúa de escritor”

Entrevista con Jorge Majfud

Por Yolanda Delgado-Batista

Segunda parte: escribir o no escribir

II

Yolanda Delgado-Batista: Además de su profesión de docente en la Universidad de Jacksonville University, usted es escritor de ficción ¿Qué es lo que más aprecia y más detesta de este oficio?

Jorge Majfud: No sé si podría definir la escritura como un oficio. No vivo de escribir ni lo hago por obligación. Para mí, la literatura, tanto al leerla como al escribirla, me provee de dos sentimientos aparentemente contradictorios: refugio y liberación.

YDB: ¿Por cierto, qué materia o materias imparte en la universidad?

JM: International Studies en el área de América Latina y diversos cursos de literatura.

YDB: Estudió arquitectura, ¿cómo fue que un día decidió escribir novelas y relatos?

JM: Aprendí a leer antes de entrar en la escuela primaria en los diarios que cada mañana llegaban a la casa de mi padre. De niño también escribía pequeñas obras de teatro donde mis abuelos, tíos y amigos, con quienes pasaba los veranos, eran los protagonistas. Mis abuelos vivían en el otro extremo del país, en el campo, y disfrutaban leyendo esas historias. Escribía en una máquina que tenía mi padre en el cuarto que yo compartía con mi hermano. Pero en la adolescencia me fascinaban las matemáticas, la física (sobre todo a partir de los 17 años) y el arte plástico. Me apasionaban los programas de televisión europeos, por ejemplo, de las alemanas Transtel, DW, sobre pintores como Picasso, Pollock y escultores como Rodin o Henry Moore por su forma de ver y palpar una escultura. ¿Tal vez me recordaba a mi madre? Tal vez. La teoría de la relatividad fue mi otra gran pasión junto con las novelas de Sartre y Onetti. Por culpa de Einstein y de Sartre tenía pésimas notas en física y en literatura.

Mi madre era escultora y mi padre carpintero, así que la arquitectura estaba entre esas dos profesiones y pensé que ni de la escritura ni del arte iba a poder vivir, así que arquitectura parecía ser una elección natural. Al fin y al cabo, aunque me dediqué al cálculo de estructura luego de recibirme, la arquitectura era una de las Humanidades. Pero pocas cosas en la vida salen como una las planea, y terminé volviendo a la literatura y otras humanidades por razones de sobrevivencia. Con la profunda crisis de 2001 en el Cono Sur, debimos emigrar como la mayoría de nuestros compañeros graduados. Primero trabajé en Costa Rica y luego en un estudio de arquitectos en España, pero a pesar del optimismo local, se veía venir el fin de la bonanza del ladrillo.  Aceptar una invitación y una beca de una universidad extranjera era una opción razonable para alguien que tenía solo cien dólares en el bolsillo y ninguna otra perspectiva de sobrevivencia.

YDB: ¿Cuándo se vio a sí mismo como escritor? ¿Lo recuerda?

JM: No. Creo que ni siquiera hoy me veo como escritor. Siempre me he sentido como un marginal, como un intruso en todo… Ahora le ponen etiqueta psicológica a todo y creo que a eso le llaman “síndrome del intruso”. Antes mis profesores decían que era distraído como todo genio y ahora a nuestros chicos los mandan a terapia para superar su “Trastorno por déficit de atención con hiperactividad”. En Estados Unidos casi la mitad de los estudiantes universitarios está bajo medicación. No digo que no la necesiten, no soy un experto en el área, pero en nuestro tiempo no había nada de eso.

YDB:  Sobrevivimos a muchas cosas…

JM: Sí. Tomábamos agua del río, no teníamos ni calefacción ni aire acondicionado, nos lavábamos la boca con pasta Colgate en tubos de plomo y tomábamos agua de caños fabricados con el mismo metal. Una vez discutí esto en una clase y llegamos a la conclusión de que todos tenemos algún problema psicológico, pero no todos los problemas tienen nombre. En ese momento regresaba una alumna del baño y le pregunté: “Hillary, y tú, ¿tienes algún problema psicológico?”

YDB:  Pobre chica.

JM: Me respondió que no, con convicción y tratando de imaginar qué nueva chifladura se la había ocurrido al profesor. Así que fe la única persona en el salón que había respondido que no. No había tenido tiempo de pensarlo dos veces. Todavía no sé cómo no me han expulsado de mi trabajo en un mundo de sensibilidades políticamente correctas. En las reuniones organizadas por el Centro de Discapacidad he dicho varias veces que yo nunca he tenido ningún problema con algún estudiante con “disability” (discapacidad). Los pocos problemas que he tenido los he tenido siempre con gente “normal”.

YDB:  Pero volvamos a su primera vocación, a aquello de la afición por el arte…

JM: Sí. De adolescente pintaba retratos o hacía esculturas, porque ese era el terreno de mi madre; en la secundaria tenía malas notas en Literatura y Filosofía porque no leía lo que estaba en el programa sino a Sartre, Sábato, Bukowski… Como estudiante de arquitectura dedicaba todos mis fines de semana a escribir ficción o ensayos que nada tenían que ver con la carrera; como arquitecto hacía cálculo de estructura y daba clases de matemáticas al tiempo que escribía una novela y un libro de ensayos; como estudiante de literatura en Estados Unidos me dedicaba a la escritura creativa y a escribir ensayos sobre distintas materias; como profesor de Literatura me dedico a libros que no tienen nada que ver con mis clases; como profesor de Humanidades escribo libros de historia, etc.

YDB:  Es decir que la creatividad está en lo marginal…

JM: En la clandestinidad, en la incorrección. Cada vez que me he graduado oficialmente en un área, me he movido hacia otras disciplinas. Por eso nunca me graduaré con ningún título de escritura creativa ni daré clases, al menos que sea por necesidad. En broma siempre digo que ejerzo la profesión de forma ilegal.

YDB: ¿En qué países publica?

JM: En varios. Uruguay, Argentina, México, España, Estados Unidos… No sé. En Uruguay hace años que no publico. En Argentina todas las editoriales han rechazado La frontera salvaje pese a los esfuerzos de tanta gente valiosa como Víctor Hugo Morales. Aparentemente se trata del exceso de páginas. Quién sabe. Se da la paradoja de que en Estados Unidos se han vendido algunos miles de ejemplares, aunque no tiene agente ni agencia ni agenda. Claro que toda paradoja es una lógica oculta. Generalmente las editoriales quieren a sus escritores cerca para el trabajo de promoción. Si tuviese que quedarme con una sola editorial sin duda elegiría Baile el Sol, en Canarias. Ha sabido combinar la realidad económica con la cultura radical. Ha hecho siempre un trabajo decente, heroico por momentos y siempre admirable por su calidad y por su continuidad a lo largo de décadas.

YDB: Sí, esa es la realidad de las editoriales que no pertenecen a conglomerados de capitales.

JM:  La cultura radical ha sobrevivido gracias a esas editoriales como Baile del Sol que este año próximo cumple treinta años de “supervivencia”. La otra es sólo prostitución del consumismo.

YDB: ¿Cree que para ser escritor es necesario cursar una especialidad determinada?

JM: No, absolutamente no. Cuanto más clandestina es la actividad del escritor, del artista, mejor. Lo mejor que podemos enseñar en una universidad, por ejemplo, es contagiar en el alumno la pasión por la Literatura, pero no producimos escritores, sería una pretensión ridícula. Si salen escritores de un curso de literatura es porque ese escritor ya existía en potencia y esos cursos despertaron en él, en ella una pasión que desconocía.

YDB: Pero si fuera Ministro de Educación, crearía una licenciatura específica para quienes quieren ejercer esta profesión al igual que existe la de Medicina o Artes, por ejemplo.

JM: No, creo que no. Yo nunca he tomado ni he enseñado un curso de Escritura creativa. Hay de todo. En realidad, son talleres, ya que no se puede “enseñar” a ser un escritor o escritora creativa en ningún curso. Se puede enseñar cálculo, pero no a escribir El Túnel o Cien años de soledad

YDB: En Estados Unidos, existen tales facultades, si no me equivoco.  Al menos, escuelas y master de Creative Writing… ¿Es que se puede aprender a ser buen escritor en una universidad?

JM: Tal vez un escritor profesional sí, pero eso no es ser un buen escritor. Es como decir que alguien puede “hacer el amor” en un prostíbulo. Sería una casualidad, pero no el resultado de la profesión. Se puede tener sexo, allá cada uno, pero el amor es otra cosa. En Estados Unidos predomina la cultura utilitaria y, por lo tanto, la mayoría de los cursos de escritura intentan resolver el “cómo”, es decir, cómo lograr escribir un best seller o una película que se venda mucho. Básicamente se trata de dar recetas de cómo cocinar una buena pasta. Hay recetas y luego el cocinero le pone un toque propio. Si no se vende es un fracaso. Una creatividad auténtica no se puede enseñar. Se puede estimular, se puede aportar una discusión por parte de alguien experimentado en este o aquel arte, algo similar ocurre en los talleres de arquitectura: se analizan ejemplos históricos, aciertos y errores, etc. Pero toda creatividad es, en esencia, el ejercicio radical de la libertad y para eso no hay un camino tomado. Por eso la creación de los llamados “creadores” es un milagro muy raro. Tan raro como un descubrimiento científico. Lo que hay, como norma, es repetición con variaciones. En el mejor de los casos, una exploración interior, lo contrario a la exploración científica. Es lo que distingue a la literatura de la psicología, por ejemplo.

YDB: ¿Existe un concepto de escritor en EEUU muy diferente al que se tiene en Hispanoamérica o Europa?

JM: Si hablamos de grandes escritores como Hemingway o Bukowski, se podría decir que los tres continentes hablan el mismo idioma. Si lo vemos desde la perspectiva popular, desde la mayor parte de la sociedad, hay diferencias. En Estados Unidos el escritor es juzgado por lo que vende o por su presencia en los medios o en la academia. En América Latina solemos apreciar mejor al bohemio, al romántico, al existencialista, al artista que no escribe por la fama ni por el dinero. Claro que eso también está cambiando, como todo, porque seguimos siendo colonias culturales y copiamos cualquier cosa por ridícula que sea que irradie el poder hegemónico de Estados Unidos, como si fuésemos originales.

YDB: ¿En Norteamérica un escritor puede abordar todos los temas? Estoy pensando en esa nueva corriente donde únicamente los afroamericanos pueden hablar de asuntos que afectan a su comunidad o la literatura gay sólo puede ser escrita por un autor que lo sea…, una realidad que está afectando a todos los campos de la cultura. Desde Europa esta postura se ve bastante empobrecedora y extremista, pero quizás estemos equivocados en esta percepción.

JM: Es empobrecedora, sí, aparte de arbitraria, porque no es difícil demostrar que alguien con un determinado color de piel y una determinada condición de clase no sabe lo que dice o, peor, solo repite la moral del esclavo, del desclasado, los mitos del amo, del exitoso empresario. Pero, también es una idea extremista pensar que una persona puede hablar con alguna autoridad de cualquier cosa. Podemos hablar de todo, pero nuestra palabra no puede tener un valor especial en todo.

YDB: ¿Cuáles son las actitudes y aptitudes necesarias para dedicarse al oficio de escribir?

JM: Depende de qué tipo de escritor estamos hablando. Si es del escritor, de la escritora que nos importa, diría que, primero, debe ser una oveja negra. Tener una pasión irresistible por esas exploraciones interiores. Alguien que escribe se libera cuando implosiona (cuando explosiona hacia adentro), arrastrando en el proceso todo el mundo que le rodea. Paradójicamente, a eso se llama “expresión”, es decir, una “presión hacia afuera”.   

YDB: ¿Es importante conocer otras lenguas? 

JM: No creo que sea necesario, pero es importante. Yo descubrí con mayor profundidad mi lengua materna, el castellano, a medida que estudiaba inglés. Es como conocer tu propio pueblo a través de los viajes. Quien nunca ha viajado no puede decir que conoce muy bien su propia aldea.

YDB: Ya hemos comentado que compagina la docencia con la escritura de ensayos, artículos de revistas y la creación de novelas y relatos. ¿Puede un escritor de ficción vivir sólo de su obra?

JM: Sí, pero son una pequeña minoría. Dentro de esa pequeña minoría, una micro minoría no escribe para el mercado. Son excepciones y casi siempre alcanzan esa condición como un retiro activo, cuando ya son viejitos. Lo mismo los premios. Suelen llegar cuando uno ya no los necesita ni los quiere, como decía, creo que Vallejo, “como una palada de tierra”. Al final lo único que queda es siempre la fiel y nunca falsa pasión por el arte.

YDB: ¿Cuántas horas diarias dedica a la escritura?

JM: A veces seis horas, a veces ninguna. Todo depende de la realidad, el trabajo, la familia, los diversos estados de ánimo… Escribí casi mil páginas de La frontera salvaje en nueve meses y luego de abandonarla al público he estado un año sin escribir nada más que artículos, ensayos para los medios. Si no llega la locura de la pasión, nada en el arte tiene sentido, sea valioso para los demás o no.

YDB: ¿Planifica el trabajo de una novela antes de ponerse a la tarea?

JM: No, ¡jamás! Una novela que no sea un producto comercial es algo que se va explorando y descubriendo. Mi única guía es que haya una fuerte intuición sobre algo que va a ocurrir y tener algunos personajes que no sigan mis órdenes. Suelo aprender mucho de mis personajes.

YDB: ¿Le resulta complicado compaginar trabajo con vida privada?

JM: Sí, mucho. Pero, total, mi literatura no es tan importante para nadie como para que abandone mis obligaciones…

YDB: ¿Le parece importante estar presente en las redes sociales?

JM: No. De hecho, creo que las redes han desacralizado muchas cosas. Todo lo que cae en esas redes se vulgariza, se banaliza de una forma que creo que las nuevas generaciones nunca alcanzarán a percibirlo, sobre todo aquellos que miden el “éxito” por la banalidad de cada performance. Un producto de la cultura del consumismo. Tengo Twitter para compartir noticias, para leer lo que algunos amigos piensan o sienten. Pero todo es muy superficial y lleva frecuentemente a la frustración y a la agresión, como en una pelea de borrachos.

YDB: ¿Piensa que hoy en día un escritor debe aprender técnicas de publicidad y marketing para darse a conocer o cree que estas actividades son exclusivas del editor?

JM: Es parte del maldito juego. Yo nunca tuve agente literario y lo más que he hecho para promover mis libros ha sido aceptar entrevistas, colaborar de vez en cuando con jóvenes que escriben tesis o que se apasionan con los videos… Esas cosas eventuales. Hace décadas que me resisto a la presentación de mis libros, pero sospecho que la desaparición del editor, del editor selectivo y exigente, más que una liberación para los escritores ha sido una terrible pérdida para la literatura, como también lo ha sido la desaparición del crítico profesional o especializado, tipo Ángel Rama, por ejemplo, personas que tenían la habilidad de darle un sentido inteligible al caos literario del momento. No faltan escritores que escriban “El perfume de tu corazón”, “Las aladas palabras de tu ausencia” o “El secreto del espía cuyo nombre era Libertad” sino editores y lectores en serio. Pero ese es el mismo problema de la música y del cine comercial, y de tantas otras áreas supuestamente creativas, porque, en el fondo, es un problema global.

YDB:  Si le dieran la noticia de que mañana sólo podrá publicar en digital, ¿aceptaría?

JM: …y qué más remedio? Pero la palabra escrita tiene vocación de papel.

YDB: ¿Qué opinión tiene sobre la auto publicación?

JM: Es una opción. El problema es que luego se necesitan cien vidas para descubrir la monedita de oro entre las dunas del desierto.

YDB: En sus inicios, supongo que le costó abrirse camino y hacerse un nombre. ¿Qué consejos le daría a alguien que empieza?

JM: En 1996 me recibí de arquitecto y me olvidé de decírselo a mi padre. Para mí fue un día más, sin ceremonias ni nada pomposo, esas cosas tan comunes en la cultura anglosajona. Estaba pendiente de la respuesta Horacio Verzi, el editor de Graffiti, una editorial de Montevideo que quise mucho. Cuando me dijo que iba a publicar Memorias de un desaparecido sentí una felicidad que sólo se compara con estar enamorado o con el nacimiento de un hijo. Ya nunca más volví a sentir esa alegría. Creo que no era por hacerme ningún nombre sino porque significaba que tantos años de escribir y mal reescribir esa novela en mi solitario cuarto de estudiante en Montevideo no iban a terminar en la basura, que alguien le iba a dar vida. Había vivido tanto en ese mundo que lo quería ver revindicado de alguna manera.

YDB:  En alguna parte dice que usted removió la literatura uruguaya con esa novela…

JM: No es verdad. Alguien lo dijo y así quedó. Creo que fue el escritor Tomás de Mattos quien la presentó en 1996. ¿O fue la crítica Mercedes Ramírez? Bueno, al crítico Hugo Acevedo del diario La República le gustó mucho, según recuerdo. Él siempre escribía bien de mis libros y una vez me llamó por teléfono. Para un joven provinciano de 26 años eso era más que un premio literario. Nunca pude compartir un café con él.

Pero la verdad es que pocos la leyeron. Ni mis familiares la leyeron. Mi querido abuelo, siempre directo en lo que decía, se quejaba de que era muy complicada. Por el gris que dejan los dedos debajo de las páginas, supe que no había pasado de la página veinte. Pero yo los entendí siempre y los quise por su honesta y amable sinceridad, algo muy rioplatense que no cae bien aquí en Estados Unidos, más afectos a la formalidad disfrazada de informalidad. 

YDB: ¿Qué consejo le dieron a usted que agradeció en aquel momento?

JM: “Dedícate a la arquitectura. Eso sí te dará de comer.”

YDB: ¿Recibió apoyo por parte de sus padres?

JM: Sí, de mi padre, ya que mi madre estaba muerta. Pero mi querido padre nunca comentó nada de esa primera novela ni de ningún otro libro que escribí. Yo sé que quería que me fuera bien con esa aventura de bohemio, pero tal vez no quería caer en esa obsesión recomendada por la psicología contemporánea por la cual los padres se sienten obligados a tratar a sus niños como si fuesen Einstein y Picasso juntos para reforzar su autoestima, lo que, supuestamente, los ayudaría a ser exitosos en un mundo despiadado e hipercompetitivo. No fue mi caso sino todo lo contrario, y me temo que tampoco es el caso de mi hijo.  

YDB:  Si volviera a nacer, sería escritor o sería…

JM: Si volviese a nacer me haría hindú. No creo que eso suceda nunca.

Diciembre 2021

Dime de quíen recibes premios y te diré quén eres

Felipe VI ha entregado en Barranquilla, Colombia, el prestigiadoso premio Paz y Libertad a la democracia colombiana.

«Todas las instituciones han de estar sometidas a un sistema de controles politicos, sociales…» Todas, menos las monarquías, como la española.

La lógica de los combos políticos

(Los nombres y otros datos han sido cambiados por razones legales)

José vende tacos mexicanos y choripanes argentinos en un carrito de la Ocho Street y la Azúcar Avenue de Miami. Tiene dos empleados. Guadalupe, la cocinera desde las ocho de la mañana a las siete de la tarde, y Ronald, el flaquito de Caracas que reparte cuando a José le cae un pedido en su UberFood. Al principio se llevaba bien con los dos, hasta que se empezó a calentar cada vez que de noche leía en Facebook los post de Guadalupe y de Ronald. Lo único que comparten los tres es que ninguno va a la iglesia los domingos, pero Guadalupe y Ronald le habían salido zurdos, cosa que no parecía cuando estaban buscando trabajo. Una de Monterrey y el otro exiliado del régimen chavista no parecían casos de cuidado. Pero por algún misterio eran “antimperialistas, no antiamericanos”, como decía el estúpido de Ernesto, y nada más jodido que una patada en los testículo o que los amigos sean tan idiotas, políticamente hablando. Hasta alguna vez sintió la tentación de condimentar el choripán de Ernesto con unas gotas de laxante, cosa que, sabía, no lo iba a matar, pero lo iba a joder un rato como premio merecido a su jodida retórica que ya había contaminado hasta a sus empleados.

Ernesto volvía de su puestito en la universidad y pasaba por los comercios del barrio, como para darse un baño de pueblo antes de volver a su apartamento lleno de libros y de exámenes inútiles, sobre todo a esta altura de diciembre.

José no sabía si Ernesto era un cliente o un enemigo. Al menos esa era su disyuntiva cada viernes que lo veía aparecer con sus lentes de miope y, sin decir palabra, lo obligaba a apagar el celular. Ernesto aparecía y se ponía a hablar con Ronald. Aparentemente intercambiaban bromas con el muchacho («che» para aquí, «pana» para allá), pero José sabía que Ernesto estaba allí para molestar. Es el destino de algunos individuos que nadie sabe por qué o para qué nacieron. Él, José, le daba trabajo a la cocinera y al delivery guy, Ronald, y ellos ni siquiera alcanzaban a entender cómo funcionaban las cosas. 

El viernes pasado vino Ernesto con su carterita marrón llena de papelitos, esa mierda de sus estudiantes que tienen padres que les pagan miles de dólares para que se gradúen de algo mientras trabajan medio o un cuarto de tiempo y luego te refriegan su titulito de Bachiller of Science, Master of Arts, Doctor of Philosophy y toda esa mierda inútil que nadie sabe para qué sirve. 

—Yo tampoco entiendo, don José —me dijo la semana pasada, mientras recibía mi comida—, por qué usted defiende tanto a Jeff Bezos. 

—Nada personal —le dije—. Igual defiendo a Elon Musk, a Warren Buffett…

—Los creadores de empleo…

—Yep! ¿Quiénes más, si no, crean empleos?

—Crean empleos y crean la riqueza de este mundo —dijo, con su habitual sarcasmo—. Los Padres del Progreso de la Humanidad. No lo digo con sarcasmo, sino con mayúsculas, tipo titular del New York Times.

—Tú lo has dicho, amigo. Es lo que hacen todos los empresarios. Salvando las distancias, es lo que hago yo mismo. Si no fuese por este humilde negocio, dos trabajadores estarían mendigando en una esquina de esta misma Calle Ocho. 

Y él, muy maldito, me descargó todo eso que debe aprender de sus libros arrugados o que se le ocurre a él mismo con su arrugado cerebro:  

—Por alguna misteriosa razón, pequeños y heroicos empresarios como usted, don José, se consideren miembros del mismo gremio que Jeff Bezos, Elon Musk, y Warren Buffett…

—Pues, será que algo tenemos en común…

—Sí, todo menos cien billones de dólares y el poder de aplastar a otros pequeños empresarios como usted. No sé, pero tal vez algún día usted se dé cuenta de que tiene más en común con Guadalupe y con el chico… (¿cómo se llama? Ronald, sí, Ronald) que con los amorosos de Jeff, Elon y Warren. Se me hace que usted no podría seguir trabajando sin las Guadalupes, sin los Ronalds, pero seguramente podría seguir, y tal vez sin sufrir tanto, si no existieran ni los Jeff, ni los Elon, ni los Warren. Pero mire que no lo culpo de ese error que no es sólo político, sino existencial. ¿Vio que lo político siempre tiene mala fama? Los dueños del mundo siempre han sabido usar los Combos políticos. Por ejemplo, si usted es un tipo religioso, digamos católico, protestante, pentecostal, o alavadió, va a apoyar toda la agenda del partido conservador, es decir, terminará apoyando, con heroico fanatismo, no sólo la prohibición del aborto sino el derecho a portar un rifle M16 en la Ocho (en nombre de la Libertad, obvio), la rebaja de los impuestos a los millonarios y la libertad de los grandes capitales que, según la teología, sería la que garantiza la libertad de los mendicantes. Lo mismo pasa en aquellos países del sur, del extremo sur. Alguien dividió la cancha entre ciudad y campo, entre civilización y barbarie, y cada uno tomó partido. Boca y River, Pañarol y Nacional, Flamengo y Corinthians, Colo Colo y Universidad, Michigan y Alabama… Así, por ejemplo, los peones del campo, aquellos que se levantan a las cinco con un mate y se acuestan a las siete sin un Martini Rossi, tomaron partido en favor de los hacendados, todo para combatir a los malditos habitantes de la ciudad que, dicen, les chupan la sangre. ¡Viva el Partido Patritico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata del la Lora! ¿Pero qué pelotudos, ¿no? Y los poderosos hacendados, los estancieros dueños de miles de hectáreas, los representanes del pueblo, se visten de gauchos en Brasil, en Argentina y en Uruguay, de huazos en Chile, y de indios pongo en Perú o en Bolivia, y les hacen creer a los pobres sin dientes que ellos son parte del mismo partido. ¡Viva el Partido Patriótico! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Pata del la Lora! Hablaban más o menos igual, visten más o menos igual, sobre todo en las fiestas nacionales, y, como en la época de la esclavitud cuando los negros esclavos defendían a sus amos, los esclavos asalariados defienden a sus patrones y se pelean en las fiestas y en las elecciones por la divisa del caudillo, por el color del amo, por la familia y la tradición del gaucho. Otro combo perfecto. ¿No me diga que no se acuerda de aquello de “¡Viva el dotor Whiskygratis!”, el candidato de la CIA?) Nada ha cambiado mucho, ¿no le parece? Quienes están en el poder saben cómo hacerlo. De otra forma no estarían en el poder, ¿no? No digo en la presidencia de este o de otro país, porque eso no es estar realmente en el poder. 

—No sé —le dije, como para terminar—. De todas formas, el cliente siempre tiene razón. Aquí tiene su choripán. Es una especialidad de la casa… O del carrito, como quiera llamarlo. Choriarepa, le llamo. Es choripán argentino cruzado con arepas venezolanas, con unas gotitas de agave mexicano. Todos condimentos disidentes, como le gusta a uested…

Al final, me decidí por el laxante en lugar del ágave. Peor son los otros que, dicen, usan radiaciones cancerígenas o frecuencias que no dejan dormir.

JM, diciembre 2021

https://www.pagina12.com.ar/388562-la-logica-de-los-combos-politicos?amp=1

Último libro, La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina

The logic of political combos | What do Jeff Bezos and José, the choripan vendor on Miami’s 8th Street have in common?

December 11, 2021. Translated by Mary Blea

(Names and other information have been changed for legal reasons)

José sells Mexican tacos and Argentine choripanes from a cart on Miami’s Ocho Street and Azúcar Avenue. It has two employees. Guadalupe, the cook from eight in the morning to seven in the afternoon, and Ronald, the skinny guy from Caracas who delivers when José drops an order on his UberFood. At first he got along well with both of them, until he started to get hot every time he read Guadalupe and Ronald’s posts on Facebook at night. The only thing the three of them share is that neither of them goes to church on Sundays, but Guadalupe and Ronald had left-handedness, which they didn’t seem when they were looking for work. One from Monterrey and the other exiled from the Chavista regime did not seem like caring cases. But for some mystery they were “anti-imperialists, not anti-American”, as stupid Ernesto used to say, and nothing more screwed up than a kick in the testicles or that friends are such idiots, politically speaking. He even once felt the temptation to season Ernesto’s choripán with a few drops of laxative, which, he knew, was not going to kill him, but he was going to fuck him for a while as a well-deserved reward for his fucking rhetoric that had already contaminated even his employees.

Ernesto was coming back from his little post at the university and passing through the neighborhood shops, as if to take a village bath before returning to his apartment full of useless books and exams, especially at this point in December.

José did not know if Ernesto was a client or an enemy. At least that was his dilemma every Friday when he saw him appear with his myopic glasses and, without saying a word, forced him to turn off his cell phone. Ernesto would appear and start talking to Ronald. Apparently they exchanged jokes with the boy (“che” for here, “pana” for there), but José knew that Ernesto was there to annoy. It is the fate of some individuals that no one knows why or what they were born for. He, José, employed the cook and the delivery guy, Ronald, and they couldn’t even understand how things worked.

Last Friday Ernesto came with his brown wallet full of papers, that shit about his students who have parents who pay them thousands of dollars to graduate from something while they work half or a quarter of the time and then they rub you their Bachelor of Bachelor’s degree. Science, Master of Arts, Doctor of Philosophy and all that useless shit that nobody knows what it’s for.

“ I don’t understand either, Don José, ” he said to me last week, as he received my food, “ why you defend Jeff Bezos so much.

“Nothing personal,” I told him. I still defend Elon Musk, Warren Buffett …

«Job creators …»

“ Yep! Who else, if not, create jobs?

“They create jobs and they create the wealth of this world,” he said, with his usual sarcasm. The Parents of the Progress of Humanity. I’m not saying this sarcastically, but in capital letters, like the New York Times headline.

“ You said it, friend. It is what all entrepreneurs do. Saving the distances, it is what I do myself. If it weren’t for this humble business, two workers would be begging on a corner of this same Calle Ocho.

And he, very damned, downloaded to me all that he must learn from his wrinkled books or that he comes up with with his wrinkled brain:

–For some mysterious reason, heroic little entrepreneurs like you, Don José, consider themselves members of the same union as Jeff Bezos, Elon Musk and Warren Buffett …

Well, maybe we have something in common …

Yes, everything but a hundred trillion dollars and the power to crush other small entrepreneurs like you. I don’t know, but maybe one day you will realize that you have more in common with Guadalupe and the boy … (what’s his name? Ronald, yes, Ronald) than with the love affairs of Jeff, Elon and Warren. It seems to me that you could not continue working without the Guadalupes, without the Ronalds, but surely you could continue, and perhaps without suffering so much, if there were neither the Jeffs, nor the Elons, nor the Warrens. But look, I don’t blame you for that mistake, which is not only political, but existential. Did you see that politics always has a bad reputation? The owners of the world have always known how to use Political combos. For example, if you are a religious type, let’s say Catholic, Protestant, Pentecostal or Alavadió, you are going to support the entire agenda of the conservative party, that is, you will end up supporting, with heroic fanaticism, not only the prohibition of abortion but the right to carry an M16 rifle in the Eight (in the name of Freedom, of course), the reduction of taxes for millionaires and the freedom of large capitals that, according to theology, would be the one that guarantees the freedom of the mendicants. The same happens in those countries of the south, of the extreme south. Someone divided the field between city and country, between civilization and barbarism, and each one took sides. Boca and River, Pañarol and Nacional, Flamengo and Corinthians, Colo Colo and Universidad, Michigan and Alabama … Thus, for example, the field pawns, those who get up at five with a mate and go to bed at seven without a Martini Rossi, they took sides in favor of the landowners, all to fight the damned inhabitants of the city who, they say, suck their blood. Long live the Patriotic Party! Long live the Homeland! Long live the Pata de la Lora! But what assholes, right? And the powerful landowners, the ranchers who own thousands of hectares, the representatives of the people, dress as gauchos in Brazil, Argentina and Uruguay, as huazos in Chile, and as Indians pongo in Peru or Bolivia, and they make them believe to the toothless poor that they are part of the same party. Long live the Patriotic Party! Long live the Homeland! Long live the Pata de la Lora! They spoke more or less the same, they dress more or less the same, especially on national holidays, and, as in the days of slavery when black slaves defended their masters, wage slaves defend their bosses and fight at festivals. and in the elections for the caudillo’s currency, for the master’s color, for the gaucho’s family and tradition. Another perfect combo. Don’t tell me that you don’t remember that “¡Long live the dotor Whiskygratis! ”, The CIA candidate?) Nothing has changed much, don’t you think? Those in power know how to do it. Otherwise they wouldn’t be in power, right? I am not saying in the presidency of this or another country, because that is not really being in power.

“I don’t know,” I said, as if to finish. Anyway, the customer is always right. Here’s your choripán. It is a specialty of the house … Or of the cart, whatever you want to call it. Choriarepa, I call it. It is Argentine choripán crossed with Venezuelan arepas, with a few drops of Mexican agave. All dissident condiments, as you like …

In the end, I decided on the laxative instead of the agave. Worse are the others that, they say, use carcinogenic radiation or frequencies that do not let you sleep.

Jorge Majfud is a Uruguayan-American writer. His latest book is The Wild Frontier: 200 Years of Anglo-Saxon Bigotry in Latin America.

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Los mitos son más fuertes

El 24 de marzo de 1983, en la Biblioteca del Congreso, el presidente Ronald Reagan repitió las palabras del historiador Henry Commager: “la creación de los mitos nacionales nunca estuvo libre de conflictos; los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”. 21 años después, en octubre de 2004, luego de haber lanzado la masiva invasión en Irak y antes de que el presidente George W. Bush reconozca su insignificante error, uno de sus asistentes (muy probablemente Karl Rove) insistirá con la misma idea en forma de confesión al periodista del Wall Street Jornal, Ron Suskind: “Somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Mientras otros estudian esa realidad, nosotros actuaremos una vez más, creando otras realidades que luego serán estudiadas. Somos los actores de la historia … y ustedes, todos ustedes, se limitarán a estudiar lo que hacemos nosotros”.

Para una cultura, para un pueblo entrenado para creer a fuerza de repeticiones cada domingo, creer sin pruebas frente al gazette, a la radio o al televisor el resto de la semana resulta tan natural como una guerra lejana o como cortar el pasto los sábados por la tarde. Creer contra todas las evidencias es un mérito que sólo evidencia el tamaño de la fe de un creyente. Si una verdad es desagradable, se cierra los ojos y se reza hasta que la realidad se dobla ante la fuerza del deseo. Claro que no siempre funciona, pero de cualquier forma esa es una de las definiciones de fanatismo. El fanático confunde fe, religión, ciencia, política e ideología, error que el pensador hispano musulmán Averroes ya había advertido hace casi nueve siglos atrás.

De un reconocimiento crítico, las palabras de Commager se convierten en reivindicación política en la boca del nuevo presidente. Si la realidad no se adapta a nuestros deseos, peor para la realidad. Claro que dentro de la palabra realidad caben siglos y pueblos enteros. Los mitos sólo se cruzan con la realidad para modificarla o para aplastarla. Los mitos crean y destruyen, y son más difíciles de cambiar que la realidad material. Es por esta razón que las fake news son tan poderosas, aun contra toda evidencia, porque son votos de fe que confirman y adornan el mito central. Los mitos fundadores nacen en momentos en que el futuro grupo dominante, el tótem, todavía es pequeño y capaz de modelar su visión del mundo de forma unánime, la que será heredada por la multiplicación de las generaciones siguientes, como en la mitosis de las células que reproducen un mismo ADN y así crearan organismos y especies enteras, luego definidas como parte de la naturaleza.

A muy largo plazo, un mito puede ser dominado y desplazado (no aniquilado) por otro mito. También puede ser vencido de forma parcial por el recurso del análisis histórico, de la denuncia persistente y por una resistencia social capaz de romper ciertos límites. Sin embargo, probablemente porque las facultades racionales, analíticas o de conciencia son mucho más recientes en la evolución humana, nunca alcanzarán la fuerza del mito enraizado en el subconsciente individual y colectivo.

Aparte de otros poderosos factores (como las enfermedades, las armas de fuego y los caballos) los mitos fundadores jugaron un rol relevante en la conquista española de la América indígena. Los primos Hernán Cortés y Francisco Pizarro, uno en México y el otro en Perú, conquistaron y sometieron a dos poderosos imperios con la inestimable ayuda de sus creencias propias y de las creencias de sus invadidos. Para los europeos, su dios los impulsaba a matar hombres, niños y mujeres y tomar todas las riquezas que pudieran sin remordimiento alguno. Aunque imperios a su vez y con frecuencia tan violentos como los invasores, los aztecas y los incas carecieron de la nueva tecnología militar y de la certeza fanática de que ocupaban el poder de forma legítima. Por el contrario, sus dioses estaban insatisfechos o estaban detrás de las acciones de conquista del invasor. Para sobrevivir al conquistador y para sobrevivir al conquistado, estos mitos se fueron travistiendo a lo largo de siglos sin perder ciertas características centrales.[1]

El pasado no se puede cambiar, pero lo que entendemos por el pasado sí, dependiendo de si decidimos agregar más maquillaje o desnudar su rostro. La opción de quienes sufrieron y continúan sufriendo de esta visión fanática de la realidad (“los estadounidenses no creían del Oeste lo que era verdad sino lo que para ellos debía ser verdad”) es invertir la fórmula: nosotros, estadounidenses o no, no aceptamos una verdad sustentada por el deseo del poder sino en el revelador rescate de aquella realidad que ha sido enterrada por los vencedores.


[1] Sobre este fenómeno publicamos El eterno retorno de Quetzalcóatl: Una teoría sobre los mitos prehispánicos en América Latina y sus trazas en la literatura del siglo XX (2008).