¿Quiénes somos los (buenos, malditos) hispanos? 

Este artículo le fue solicitado directa e insistentemente al autor por un medio para celebrar el “Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos”, pero luego rechazado por “razones de adecuación”. El autor resumió las ideas de un encuentro virtual, el que tuvo lugar exactamente un año atrás y fue promocionado por el Instituto Cervantes de Estados Unidos el cual, pese al reclamo del autor, el video de la conversación con otros destacados escritores y académicos nunca se hizo público. Debido a discrepancias con el criterio de la publciación, los colegas de la academia organizaron una jornada de desagravio del autor.

El Mes de la Herencia Hispana fue creado por el presidente Ronald Reagan, como forma de expandir la misma idea del presidente Lyndon Johnson de una semana a un mes.

¿Quiénes somos los (buenos, malditos) hispanos? 

La primera vez que visité Estados Unidos en 1995 debí llenar un formulario antes de aterrizar. En la sección “raza” escribí “sin raza”. Fue la primera vez en mi vida que leía semejante clasificación. Una década después, luego de viajar y vivir en medio centenar de países, volví para sentarme en un salón de clase. Con el tiempo, comprendí que había que jugar el juego: cuantos más “hispanos” marcan “hispano” en lugar de “blanco”, más fuerza política les reconoce el gobierno. La lógica es antigua: los grupos subalternos aceptan ser confinados a una cajita con una etiqueta conferida por el grupo dominante. Por compartir un idioma, una historia y una “otredad”, queriendo y sin querer, a mis cuarenta años me fui convirtiendo (entre otras cosas) en “hispano”.

Como todo grupo social, somos una invención, una construcción simbólica y política. De hecho, las calificaciones hispano y latino son inventos del gobierno de Estados Unidos. Nada raro, considerando la obsesión racial que ha sufrido este país desde antes de su fundación. Como invento, somos una realidad y, como realidad, muchos quieren salir de la cajita, no por rebeldía sino por sumisión. Un “z” que necesita ser aceptado por el grupo A debe ser doscientos por ciento “a” para ser aceptado como un “casi-a”.

En una sociedad civilizada es lícito cambiar, pero nadie necesita olvidar quién fue y quién es para ser integrado o aceptado (dejo de lado el requisito neo esclavista de la asimilación). Es más: “ser aceptado” es otra necesidad inoculada. ¿Qué carajo me importa que los demás no me acepten como soy? Cuando alguien en un supermercado se molesta porque “un-otro” le habla en español a su hijo o a la cajera, dictando sus propias leyes sobre “el idioma que se debe hablar en este país” está violando las mismas leyes que dice defender, ya que todo aquello que no está prohibido por ley está permitido.

Como lo demuestra la historia, ningún progreso hacia los “iguales derechos” procedió de los grupos en el poder sino de la resistencia organizada de los de abajo. En este sentido, los “hispanos” de Estados Unidos tenemos una deuda histórica. Sí, tuvimos un César Chávez, pero hemos sido demasiado complacientes con una lista obscena de injusticias. No hemos tenido un Malcolm X que se atreviera a hablar de frente al poder de una forma radical, no edulcorada. Peor que eso: no pocas veces hemos traicionado la heroica lucha de otras minorías. Por dos razones: una, porque los inmigrantes privilegiados no han resistido la tentación de pasarse por blancos; otra, porque los latinoamericanos también hemos sido corrompidos por siglos de intervenciones y dictaduras promovidas por Washington y las corporaciones que ponían y sacaban títeres como presidentes o dictadores, que exigían leyes y privilegios para sus negocios, que destruyeron democracias dejando millones de masacrados y exiliados, primero bajo la vieja excusa racial de que éramos mestizos corruptos (porque no considerábamos a los negros como una raza inferior) o que no sabíamos gobernarnos porque éramos indios o negros. Luego de la Segunda Guerra Mundial apareció la maravillosa excusa de la lucha contra el comunismo para continuar haciendo lo mismo que se había hecho desde principios del siglo XIX. Los proesclavistas estadounidenses expandieron la esclavitud sobre los territorios indios y la reinstauraron sobre los territorios mexicanos, todo bajo el repetido discurso de “promover la libertad y la democracia”. Esa práctica nunca cambió, aunque se volvió más sofisticada, con las multimillonarias y secretas intervenciones de la CIA y de las ricas elites criollas en nuestro continente. 

También hemos traicionado a nuestros hermanos del sur, al negar esta realidad racista y clasista de la arrogancia imperial de Washington. Por ser una potencia hegemónica, con la capacidad de imprimir trillones de la divisa global y con cientos de bases militares por todo el mundo, Estados Unidos tiene la capacidad de hacer muy buenos negocios torciendo el brazo de aquellos pueblos “desalineados”. A países extremadamente pobres como Haití y Honduras nadie llama capitalistas, aunque sean más capitalistas que Estados Unidos. Así, la mayor expulsión de migrantes (negros, mestizos, pobres) procede de estos países capitalistas que no son bloqueados por Washington sino apoyados con millones de dólares y con la clásica narrativa moral y mediática.  

Ahora los inmigrantes, quienes dependen de su trabajo para sobrevivir, deben seguir la ley de la oferta y la demanda de una forma más dramática que los capitales. Pero los capitales son libres; los trabajadores no. Ni siquiera son libres de decir lo que piensan. Las mismas leyes de inmigración (cualquiera que haya ido a una embajada estadounidense por una visa lo sabe) detestan a los trabajadores.

Entonces, cuando un “z-Hispano” llega a un país con esta fuerza hegemónica, muchas veces huyendo de la violencia, la corrupción y el caos organizado por ese mismo país, se trasviste en un “a-Hispano”. Muchos alegan venir huyendo de países donde no tienen libertad de expresión, pero apenas escuchan una opinión diferente vomitan el viejo mito del grupo A: “si no estás de acuerdo, vete a otro país”. Como si la adulación al poder, como si la confirmación de los mitos nacionales fuese una obligación moral y constitucional. Como si los países tuvieran dueños, como si fuesen sectas, ejércitos, equipos de fútbol, partidos políticos. Como si la crítica y la búsqueda de la verdad fuesen antiestadounidenses…

En 2019 un fanático masacró 23 hispanos en un Walmart de Texas alegando que éstos estaban invadiendo su país. Una copia de la vieja inversión lingüística de Andrew Jackson quien, luego de robar y masacrar a los pueblos nativos, los acusó de agresión sin provocación; o la de James Polk, quien inventó una agresión de México “en suelo estadounidense” para tomar la mitad del territorio del vecino. El viejo recurso de “fuimos atacados primeros y debimos defendernos” (como en El Maine y tantos otros casos de falsa bandera) vive en el ADN de los fanáticos nativistas, algunos de ellos “a-hispanos”, monumentos a la ignorancia.

El profundo racismo de políticos y ultra religiosos simpatizantes del KKK, inspiradores de Hitler (según sus propias palabras) renació como un triunfo ideológico luego de que la Confederación fuera derrotada militarmente. No sin ironía, el actual México y todos los países del Caribe y de América Central no son estados de Estados Unidos porque los mismos invasores descubrieron que esos países estaban llenos de negros. Cuando Lincoln terminó con la larga dictadura estadounidense, los ex esclavistas impusieron las leyes Jim Crow por las cuales los cubanos de Florida (que en sus clubes, industrias y hospitales no discriminaban blancos de negros) debieron separarse a la fuerza y adoptar las costumbres de los exitosos anglosajones. Nuevo México y Arizona no se convirtieron en estados plenos con derecho a voto hasta 1912, cuando Washington pudo verificar que la mayoría hispana había retrocedido desde 1848 hasta convertirse en una minoría. Desde 1836, los hispanos que quedaron de este lado de la frontera se convirtieron en los “bandidos invasores” (romanizados por Hollywood en El Zorro) y los que llegaron debieron luchar en las cortes hasta principios del siglo XX para demostrar que eran blancos. Durante la Depresión de los 30s, medio millón de estadounidenses fueron deportados a México porque tenían caras y acentos mexicanos, por lo cual muchos continuaron luchando por blanquearse. 

Esa psicología del colonizado, del desesperado por ser aceptado a fuerza de travestismos, continúa viva, por lo cual el mayor servicio que cualquiera puede hacerle a este país no es ir a la playa con la bandera de las barras y las estrellas estampada en el short de baño, sino decirle la verdad. Sobre todo, aquellas verdades inconvenientes, aquellas que han sido sepultadas por la fuerza ciega de la barbarie en nombre de la civilización.

Hasta entonces, seguiremos siendo cómplices de mitos imperiales. De la misma forma que para no desentonar mantenemos esos inútiles plantíos de césped frente a nuestras casas (perfectamente geométricos y sin vida humana alrededor; expresión neurótica de control anglosajón), igual procedemos con los mitos. Este país nunca superará el trauma de su Guerra Civil ni hará grandes progresos sociales hasta que no deje de mentirse. Los hispanos podemos contribuir a un cambio valiente o sumarnos a la cobardía de la autocomplacencia y la adulación lacrimógena del poder.

jm, agosto 2021

Les Yankees nous appellent « Hispanics » : c’est quoi ça ?

JorgeMajfud, 14/9/2021
Traduit par Fausto Giudice, Tlaxcala

Le Mois du patrimoine hispanique est célébré chaque année aux USA du 15 septembre au 15 octobre. L’auteur, écrivain et enseignant uruguayen vivant à Jacksonville en Floride, dit tout le mal qu’il en pense.-FG

Cet article a été demandé directement et avec insistance à l’auteur par un média pour célébrer le “mois du patrimoine hispanique aux USA”, mais il a ensuite été rejeté pour des “raisons d’adéquation”. L’auteur y a résumé les idées d’une réunion virtuelle, qui a eu lieu il y a exactement un an, promue par l’Institut Cervantes espagnol aux USA. Malgré les réclamations de l’auteur, la vidéo de la conversation avec d’autres écrivains et universitaires éminents n’a jamais été rendue publique. En raison de désaccords avec les critères de la publication, des collègues universitaires ont organisé une journée de réparation pour l’auteur.

Le Mois du patrimoine hispanique a été créé par le président Ronald Reagan afin d’étendre l’idée du président Lyndon Johnson d’une semaine à un mois et a été commercialisé par les grands médias usaméricains.-JM

Fresque murale intitulée “Histoire et culture mexicano-américaine dans le Houston du 20e  siècle” par les artistes Jesse Sifuentes et Laura López Cano au Sam Houston Park, dévoilée en 2018 à Houston, au Texas.

La première fois que j’ai visité les USA en 1995, j’ai dû remplir un formulaire avant d’atterrir. Dans la section “race”, j’ai écrit “pas de race“. C’était la première fois de ma vie que je lisais un tel classement. Dix ans plus tard, après avoir voyagé et vécu dans une demi-centaine de pays, je suis revenu m’asseoir dans une salle de classe. J’ai fini par comprendre qu’il fallait jouer le jeu : plus les “hispaniques” marquent “hispanique” au lieu de “blanc”, plus le gouvernement leur reconnaît un poids politique. La logique est ancienne : les groupes subalternes acceptent d’être confinés dans une petite boîte avec une étiquette conférée par le groupe dominant. En partageant une langue, une histoire et une “altérité”, volontairement et involontairement, à la quarantaine, je suis devenu (entre autres) “hispanique”.

Comme tout groupe social, nous sommes une invention, une construction symbolique et politique.En fait, les étiquettes “hispanique” et “latino” sont des inventions du gouvernement usaméricain. Rien d’étrange, compte tenu de l’obsession raciale dont souffre ce pays depuis avant sa fondation. En tant qu’invention, nous sommes une réalité et, en tant que réalité, beaucoup veulent sortir de la petite boîte, non pas par rébellion mais par soumission. Un “z” qui a besoin d’être accepté par le groupe A doit être à deux cents pour cent “a” pour être accepté comme un “quasi-a”.

Dans une société civilisée, il est permis de changer, mais personne ne doit oublier qui il était et qui il est pour être intégré ou accepté (je laisse de côté l’exigence néo-esclavagiste d’assimilation). De plus, “être accepté” est un autre besoin inoculé. Qu’est-ce que j’en ai à foutre si les autres ne m’acceptent pas comme je suis ? Quand quelqu’un dans un supermarché s’énerve parce qu'”un autre” parle espagnol à son enfant ou à la caissière, en dictant ses propres lois sur “la langue à parler dans ce pays“, il viole les lois mêmes qu’il prétend défendre, puisque tout ce qui n’est pas interdit par la loi est autorisé.

Comme le montre l’histoire, aucun progrès vers l'”égalité des droits” n’est venu des groupes au pouvoir, mais de la résistance organisée de ceux qui sont au bas de l’échelle. En ce sens, les “Hispaniques” des USA ont une dette historique. Oui, nous avons eu un César Chávez, mais nous avons été trop complaisants avec une liste obscène d’injustices. Nous n’avons pas eu de Malcolm X qui a osé s’élever contre le pouvoir d’une manière radicale et non édulcorée. Pire que cela : il n’est pas rare que nous ayons trahi la lutte héroïque d’autres minorités. Pour deux raisons : d’une part, parce que les immigrants privilégiés n’ont pas résisté à la tentation de se faire passer pour des Blancs ; d’autre part, parce que nous, Latino-Américains, avons également été corrompus par des siècles d’interventions et de dictatures promues par Washington et les entreprises qui ont installé et éliminé des marionnettes comme présidents ou dictateurs, qui ont exigé des lois et des privilèges pour leurs entreprises, qui ont détruit les démocraties en laissant des millions de personnes✎ EditSignmassacrées et exilées✎ EditSign, d’abord sous la vieille excuse raciale que nous étions des métis corrompus (parce que nous ne considérions pas les Noirs comme une race inférieure) ou que nous ne savions pas nous gouverner parce que nous étions Indiens ou Noirs. Après la Seconde Guerre mondiale, la merveilleuse excuse de la lutte contre le communisme semblait permettre de continuer à faire ce qui avait été fait depuis le début du XIXe siècle. Les USAméricains pro-esclavagistes ont étendu l’esclavage aux territoires indiens et l’ont rétabli sur les territoires mexicains, le tout sous le discours répété de “promotion de la liberté et de la démocratie”. Cette pratique n’a jamais changé, même si elle est devenue plus sophistiquée, avec les interventions multimillionnaires et secrètes de la CIA et des riches élites créoles de notre continent.

Nous avons également trahi nos frères du Sud en niant cette réalité raciste et classiste de l’arrogance impériale de Washington. En tant que puissance hégémonique, avec la capacité d’imprimer des billions de dollars en monnaie mondiale et avec des centaines de bases militaires dans le monde, les USA ont la capacité de faire de très bonnes affaires en tordant le bras de ces peuples “mal alignés”. Des pays extrêmement pauvres comme Haïti et le Honduras, personne ne les qualifie de capitalistes, même s’ils sont plus capitalistes que les USA. Ainsi, la plus grande expulsion de migrants (noirs, métis, pauvres) vient de ces pays capitalistes qui ne sont pas bloqués par Washington mais soutenus par des millions de dollars et le récit moral et médiatique classique.

Or les migrants, qui dépendent de leur travail pour survivre, doivent suivre la loi de l’offre et de la demande de manière plus dramatique que le capital. Mais le capital est libre, les travailleurs ne le sont pas. Ils ne sont même pas libres de dire ce qu’ils pensent. Les lois mêmes sur l’immigration (toute personne qui s’est déjà rendue dans une ambassade usaméricaine pour obtenir un visa le sait) expriment une haine pour les travailleurs.

Ainsi, lorsqu’un “Hispanique z” arrive dans un pays doté de cette force hégémonique, fuyant souvent la violence, la corruption et le chaos organisés par ce même pays, il devient un “Hispanique a”. Beaucoup affirment avoir fui des pays où ils n’ont pas de liberté d’expression, mais dès qu’ils entendent une opinion différente, ils débitent le vieux mythe du groupe A : “si tu n’es pas d’accord, va dans un autre pays“. Comme si la flagornerie envers le pouvoir, comme sila confirmation des mythes nationaux était une obligation morale et constitutionnelle. Comme si les pays avaient des propriétaires, comme s’ils étaient des sectes, des armées, des équipes de football, des partis politiques. Comme si la critique et la recherche de la vérité n’étaient pas usaméricaines.

En 2019, un fanatique a massacré 23 Hispaniques dans un Walmart du Texas en affirmant qu’ils envahissaient son pays. Une copie de la vieille inversion linguistique d’Andrew Jackson qui, après avoir volé et massacré les peuples indigènes, les accusait d’agression non provoquée ; ou celle de James Polk, qui inventait l’agression mexicaine “sur le sol américain” pour prendre la moitié du territoire du voisin. Le vieux “nous avons été attaqués les premiers et avons dû nous défendre” (comme avec l’USSMaine etdans tant d’autrescas d’opérations sous faux drapeaux) vit dans l’ADN des zélateurs nativistes, dont certains sont des  “Hhispaniques a“, parangons d’ignorance.

Le racisme profond des politiciens et des sympathisants ultrareligieux du KKK, inspirateurs d’Hitler (selon ses propres termes), renaît sous la forme d’un triomphe idéologique après la défaite militaire de la Confédération. Non sans ironie, le Mexique d’aujourd’hui et tous les pays des Caraïbes et d’Amérique centrale ne sont pas des États des USA parce que les envahisseurs ont eux-mêmes découvert que ces pays étaient remplis de Noirs. Lorsque Lincoln a mis fin à la longue dictature USaméricaine, les anciens esclavagistes ont imposé des lois Jim Crow en vertu desquelles les Cubains de Floride (qui, dans leurs clubs, leurs industries et leurs hôpitaux, ne faisaient pas de discrimination entre les Blancs et les Noirs) ont dû faire sécession par la force et adopter les méthodes des Anglo-Saxons qui avaient réussi. Le Nouveau-Mexique et l’Arizona ne deviennent des États votants à part entière qu’en 1912, lorsque Washington peut vérifier que la majorité hispanique a régressé depuis 1848 pour devenir une minorité. À partir de 1836, les Hispaniques restants de ce côté de la frontière sont devenus les “bandits envahisseurs” (romantisés par Hollywood dans El Zorro) et ceux qui sont arrivés ont dû se battre devant les tribunaux jusqu’au début du XXe siècle pour prouver qu’ils étaient blancs. Pendant la dépression des années 30, un demi-million d’USAméricains ont été déportés au Mexique parce qu’ils avaient le visage et l’accent mexicains, si bien que beaucoup ont continué à lutter pour se blanchir.

Cette psychologie du colonisé, du désespéré qui cherche à se faire accepter en se travestissant, est toujours présente. C’est pourquoi le plus grand service que l’on puisse rendre à   ce pays n’est pas d’aller à la plage avec la bannière étoilée sur son maillot de bain, mais de lui dire la vérité. Surtout les vérités qui dérangent, celles qui ont été enterrées par la force aveugle de la barbarie au nom de la civilisation.

D’ici là, nous resterons complices des mythes impériaux. Nous procédons avec les mythes tout comme nous conservons ces pelouses inutiles devant nos maisons (parfaitement géométriques et sans vie humaine autour d’elles : une expression névrotique du contrôle anglo-saxon). Ce pays ne pourra jamais surmonter le traumatisme de sa guerre civile ni réaliser de grands progrès sociaux tant qu’il ne cessera pas de se mentir à lui-même. Les Hispaniques peuvent soit contribuer à un changement courageux, soit rejoindre la lâcheté de la complaisance et l’adulation larmoyante du pouvoir.