La frontera salvaje (nuevo libro)

Luego de mil inconvenientes desde 2020, aquí va la primera prueba de La frontera salvaje.

Esta versión, a salir el mes próximo, es sólo para la academia
estadounidense–y para que los legisladores que leen español griten histéricos.

Espero que las editoriales de España y Argentina, en proceso de editar este libro desde hace algún tiempo, se animen
y lo saquen de una vez por todas. En este caso no se trata de razones ideológicas sino económicas, y los entiendo totalmente.

JM. Abril  20121

May be an image of book

Disponible en:

Tapa dura:

https://www.barnesandnoble.com/w/la-frontera-salvaje-jorge-majfud/1139378646?ean=9781737171003

Tapa blanda:

https://www.barnesandnoble.com/w/la-frontera-salvaje-jorge-majfud/1139390465?ean=9781737171010

 

Versión e-Book (no recomendada por el autor):

 

 

1886. Los trabajadores son peligrosos para la libertad

Chicago, Illinois. 1º de mayo de 1886—Los trabajadores que desde febrero se negaban a que les descuenten más de su salario para construir una iglesia, redoblaron la apuesta y exigieron una ley que proteja el derecho a las ocho horas laborales. Como un reguero de pólvora, doscientos mil obreros iniciaron una huelga masiva en reclamo por los tres ochos que hacen un día de 24 horas: ocho horas para dormir, ocho para trabajar y ocho para vivir como seres humanos. 

Tres días después, las protestas pacíficas terminaron con la masacre de Haymarket y, finalmente, en la condena a muerte de los trabajadores que no estaban del lado del más fuerte. Ocho líderes sindicalistas fueron acusados de anarquismo y cinco de ellos lo pagarán con sus vidas. La tragedia fue una de tantas otras y la culminación de años de reivindicaciones laborales y de una persistente demonización por parte de la gran prensa al servicio de los grandes inversores.

Como es costumbre, unas pocas décadas después, un poderoso empresario de los de arriba secuestró las viejas reivindicaciones de los de abajo. Henrry Ford prohibió todos los sindicatos en su micro repúblicas y presumió de haber inventado el beneficio de las ocho horas laborales. El genio racista, admirador y colaborador de Hitler, había calculado que si los asalariados del país no tenían algún tiempo libre para consumir, nadie podía comprar sus productos.

En recuerdo a la masacre y las ejecuciones en Chicago, los primeros de mayo son feriados no laborables en casi todo el mundo, menos en Estados Unidos y, por extensión, en Canadá. Para los fanáticos nacionalistas, creyentes en el derecho divino de los dueños del mundo, las dos palabras (internacional y trabajadores) suenan muy peligrosas. La reciente derrota política de la Confederación en favor de la esclavitud se desquitó con varios triunfos culturales e ideológicos. Todos pasaron inadvertidos. Uno de ellos consistió en idealizar a los amos y demonizar a los esclavos. Por eso, por las muchas generaciones por venir, en Estados Unidos se celebrará el Memorial Day (en memoria de los caídos en las guerras) y el Veterans Day (en honor a los ex combatientes de esas guerras infinitas). Uno, es un título abstracto; el otro, algo concreto por demás. Para los trabajadores no hubo ni hay Día de los Trabajadores y, mucho menos, un primero de mayo. Para olvidar este inconveniente, el presidente Cleveland oficializó el Labor Day (Dia del trabajo) en setiembre, casi en las antípodas de mayo, como si hubiese trabajo sin trabajadores, lo cual significa un oculto triunfo de los esclavistas derrotados en la Guerra Civil: los negros, los pobres, los de abajo, los que trabajan, no sólo son holgazanes, inferiores y, al decir del futuro presidente Theodore Roosevelt, “perfectamente idiotas”, sino también son perfectamente peligrosos. Sobre todo por su número, como, decían, lo eran los negros. Sobre todo por esa costumbre de proponer uniones. 

Los amos (blancos), los de arriba, los sacrificados del champagne, son quienes crean trabajo con sus inversiones. Son quienes, cada tanto, deben ser protegidos por las iglesias y por los militares (en Estados Unidos con el culto al veterano de guerra que “protege nuestra libertad” y en América Latina los militares que corrigen los errores de la democracia con sangrientas dictaduras o con eternas amenazas). Para la vieja tradición esclavista, para los amos de lo que el viento se llevó pero siempre vuelve, los verdaderos responsables del progreso, de la estabilidad, de la paz y de la civilización son los amos de las plantaciones, los empresarios de las industrias. Son la elite del pueblo elegido y representan todo eso que los sucios y mal hablados esclavos (luego blancos asalariados venidos de la pobre Europa; luego mestizos del enfermo y corrupto Sur) siempre quieren destruir.

Por supuesto que no hay poder completo sin poderosos aliados, como la prensa dominante, como las iglesias complacientes. El 17 de mayo de 1886, como tantos otros prestigiosos diarios de diferentes estados, el St. Louis Globe-Democrat de Missouri, en su página cinco y a siete amplias columnas se explayó sobre el conflicto de los trabajadores que no quieren trabajar más de ocho horas por día: 

En esta disputa, la única institución imparcial es la iglesia, sostenida por capitalistas y trabajadores, ya que fue fundada por Cristo, un carpintero y, por lo tanto, tiene todo el derecho de hablar por todos trabajadores; la iglesia es dueña del planeta Tierra, del Sistema solar y del Universo entero, por lo cual también puede hablar por los capitalistas.”

JM, abril 2021

https://750.am/2021/07/22/las-ideas-de-rutherford-hayes-sobre-la-desigualdad-el-editorial-de-victor-hugo-morales/

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Chicago, 1886 : les travailleurs sont dangereux pour la liberté Premier Mai

Chicago, Illinois, 1er mai 1886- Les travailleurs qui, depuis février, refusaient qu’une plus grande partie de leur salaire soit déduite pour la construction d’une église, ont redoublé d’ardeur et exigé une loi protégeant le droit à la journée de huit heures. Comme une traînée de poudre, 200 000 travailleurs ont entamé une grève massive pour réclamer les trois huit qui composent une journée de 24 heures : huit heures pour dormir, huit heures pour travailler et huit heures pour vivre en tant qu’êtres humains.

Trois jours plus tard, les manifestations pacifiques se terminèrent par le massacre de Haymarket et, finalement, par la condamnation à mort des travailleurs qui n’étaient pas du côté des plus forts. Huit dirigeants syndicaux furent accusés d’anarchisme et cinq d’entre eux le payèrent de leur vie. Cette tragédie, parmi tant d’autres, est l’aboutissement d’années de revendications syndicales et de diabolisation persistante par la presse grand public au service des grands investisseurs.

Comme d’habitude, quelques décennies plus tard, un puissant entrepreneur de ceux d’en haut a kidnappé les vieilles revendications de ceux d’en bas. Henry Ford a interdit tout syndicat dans ses micro-républiques et s’est vanté d’avoir inventé la journée de travail de huit heures. Le génie raciste, admirateur et collaborateur d’Hitler, avait calculé que si les salariés du pays n’avaient pas un peu de temps libre pour consommer, personne ne pourrait acheter ses produits.

En souvenir du massacre et des exécutions de Chicago, le 1er mai est un jour férié dans la plupart des pays du monde, sauf aux USA et, par extension, au Canada. Pour les fanatiques nationalistes, qui croient au droit divin des maîtres du monde, les deux mots (international et travailleurs) sentent le soufre. La récente défaite politique de la Confédération en faveur de l’esclavage a été répliquée par plusieurs triomphes culturels et idéologiques. Tous sont passés inaperçus. L’un d’entre eux consistait à idéaliser les maîtres et à diaboliser les esclaves. C’est pourquoi, pour de nombreuses générations à venir, les USA célébreront le Memorial Day (à la mémoire de ceux qui sont tombés au combat) et le Veterans Day (en l’honneur des anciens combattants de ces guerres sans fin). L’un est un titre abstrait ; l’autre, quelque chose de plus concret. Pour les travailleurs, il n’y avait et il n’y a toujours pas de Jour des travailleurs, et encore moins de Premier Mai.

Pour oublier ce désagrément, le président Cleveland officialisa le Labor Day (Fête du travai)l en septembre, presque aux antipodes du mois de mai, comme s’il y avait du travail sans travailleurs, ce qui signifie un triomphe caché des esclavagistes vaincus lors de la guerre de Sécession : les Noirs, les pauvres, ceux qui sont au bas de l’échelle, ceux qui travaillent, sont non seulement paresseux, inférieurs et, selon les mots du futur président Theodore Roosevelt, « parfaitement idiots », mais aussi parfaitement dangereux. Surtout en raison de leur nombre, comme, disaient-ils, l’étaient les Noirs. Surtout en raison de cette habitude de proposer des syndicats.

Les maîtres (blancs), ceux d’en haut, les sacrifiés du champagne, sont ceux qui créent des emplois avec leurs investissements. Ce sont eux qui, de temps en temps, doivent être protégés par les églises et par les militaires (aux USA avec le culte du vétéran de guerre qui « protège notre liberté » et en Amérique latine les militaires qui corrigent les erreurs de la démocratie par des dictatures sanglantes ou par des menaces éternelles). Pour la vieille tradition esclavagiste, pour les maîtres de ce que le vent a emporté mais qui revient toujours, les vrais responsables du progrès, de la stabilité, de la paix et de la civilisation sont les maîtres des plantations, les patrons des industries. Ils sont l’élite du peuple élu et représentent tout ce que les esclaves sales et mal élevés (puis les salariés blancs venus de l’Europe pauvre ; ensuite les métis du Sud malade et corrompu) veulent toujours détruire.

Bien sûr, il n’y a pas de pouvoir complet sans alliés puissants, comme la presse dominante, comme les églises complaisantes. Le 17 mai 1886, comme tant d’autres journaux prestigieux de différents États, le St. Louis Daily Globe-Democrat du Missouri publie le premier d’une série de sermons prononcés par le célèbre prédicateur presbytérien Thomas De Witt Talmage « sur la question du travail ». Citation : « Dans ce conflit, la seule institution impartiale est l’église, soutenue par les capitalistes et les travailleurs, car elle a été fondée par le Christ, un charpentier, et a donc tout à fait le droit de parler au nom de tous les travailleurs ; l’église possède la planète Terre, le système solaire et l’univers entier, elle peut donc aussi parler au nom des capitalistes ».

Chicago, 1886: workers are a threat to freedom
International Workers’ Day

Jorge Majfud
Översatt av  Andy Barton
Chicago, Illinois, 1st May 1886. Since February, workers had refused to have more of their salary deducted to construct a church. Next, they doubled the stakes on the bet and called for a law that protected their right to an eight-hour workday. Just like a fuse had been lit, 200,000 workers began a mass strike demanding their right to the “three eights” that make up a day of 24 hours: eight hours to sleep, eight to work and eight to live as human beings. Three days later, the peaceful protests ended with the Haymarket affair, and eventually, in death sentences for all the workers that were not on the side of the most powerful. Eight union leaders were accused of inciting anarchy, and five of them would pay for this with their lives. The tragedy was one of many, the result of many years of demands made by labour and a persistent demonisation carried out by the establishment media in the service of big investors. As is always the case, a few decades later, a powerful businessman from those above took the old demands from those below hostage. Henry Ford banned all unions in his mini-republics and boasted of having invented the benefit of the eight-hour workday. The racist genius, who admired and collaborated with Adolf Hitler, had worked out that if salaried employees in the U.S. did not have any free time to consume, no one would buy his products.To remember the massacre and the executions in Chicago, the first day of May each year is a public holiday in almost all regions of the world, except for the United States, and by extension, Canada. For the nationalist fanatics, disciples of the divine right of the world’s masters, the two words (“international” and “workers”) sound very threatening. The political defeat of the slavery-preferring Confederacy was avenged by various cultural and ideological victories. All passed by unnoticed. One of them consisted in idealising the masters and demonising the slaves. For that reason, in the many generations that were to follow, the United States would celebrate “Memorial Day” (in memory of those who were killed in the country’s wars) and “Veterans Day” (in honour of the former soldiers in these infinite wars). One is an abstract title, while the other is overly concrete. For the workers, there was not, and there still is not, a “Worker’s Day”; even less likely is a first of May.

To forget this inconvenient detail, President Grover Cleveland formalised “Labor Day” in September, nearly the polar opposite of May, as if there were work without workers; this was, therefore, a hidden victory for the slaveowners defeated in the American Civil War. Not only are Black Americans, the poor, those below, and those that work all idle, inferior, and in the words of future American President Theodore Roosevelt, “perfectly stupid”; they are also the perfect threat, especially on account of their numbers, as they used to say about Black Americans, and especially for their habit of proposing unions.The masters (white USAmericans), those above, those sacrificed at the champagne altar, they are the ones who create employment with their investments. They are the ones who, every so often, must be protected by churches and armies alike (in the U.S., with the cult of the veteran who “protects our liberty”, and in South America, with the soldiers who fix democracies’ mistakes with bloody dictatorships or with endless threats). For the old slave-owning tradition, for the masters of what was gone with the wind yet always returns, those who are really responsible for progress, stability, peace and civilisation are the plantation owners and the industry businessmen. They are the chosen elite of the people, and they represent everything that the dirty and illiterate slaves (and then the salaried white workers from the poorer parts of Europe, followed by the mestizos from the diseased and corrupt South) always wish to destroy.Naturally, power is never complete without powerful allies, such as the establishment press and accommodating churches. On 17th May 1886, the St. Louis Globe-Democrat of Missouri, like many other prestigious newspapers across various states, published the first of a series of sermons pronounced by the famous Presbyterian preacher, Thomas De Witt Talmage, on the “labor question”:

The only impartial institution on this subject is the church, for it is made up of both capitalists and laborers, and was founded by Christ, who was a carpenter, and so has a right to speak for all laborers; and who owns the earth and the solar system and the universe, and so can speak for the capitalists.

Los de arriba tienen de todo, menos ideología

Un reciente proyecto de ley, aprobado por el congreso del estado de Florida, propone que los estudiantes universitarios puedan grabar a sus profesores para denunciar sus perspectivas ideológicas (bias). Claro, las perspectivas ideológicas de los profesores, no la de los estudiantes ni la de sus mentores, pastores, senadores y empresarios donantes. Está de más decir que no se trata de intimidar a aquellos raros especímenes de la academia que enseñan que el mundo fue creado en siete días y que, desde su fundación, Estados Unidos ha promovido por todo el mundo, de forma heroica y altruista, la libertad, la democracia y los derechos humanos. 

Como la mayoría de los estudiantes rara vez logran presentarse a sus clases con dos horas mínimas de estudio sobre el tema en discusión, resulta más fácil denunciar a los profesores por sus posiciones incómodas, cuando las hay, que atreverse a defender un argumento con un mínimo de conocimiento. Las investigaciones de años y décadas son denunciadas como ideológicas, como si el resto de la realidad fuese tan neutral como una piedra pómez. Homero Simpson es un fanático convencido de saber qué es la realidad gracias a la cerveza de la cantina y, sobre todo, gracias al efecto Dunning-Kruger.

 La nueva ley de Florida espera en el escritorio del gobernador para ser firmado. El gobernador Ron deSantis no sólo camina, de rodillas, detrás de los conservadores más radicales del sur, sino que es un convencido defensor de las ideas del ex presidente Trump quien, en su discurso en el National Archives Museum del 14 de setiembre de 2020, aseguró que en las clases debían enseñarse una historia patriótica y prohibir cualquier revisionismo. ¿A quién le importa la verdad cuando se está en una eterna y permanente guerra? Guerra, guerra. También está en línea con representantes de la tradición confederada y con senadores como Lindsey Graham de Carolina del Sur quien, el 24 de abril, ha afirmado en la gran prensa que “Estados Unidos no es un país racista” ni existe algo así como racismo estructural.

Ni patriarcado, ni imperialismo, ni lobbies que escriben las leyes.

Esos muchachos, o sus fanáticos seguidores, son quienes van a grabar y denunciar las tendencias ideológicas de los profesores en las universidades, históricos recintos de retardados mentales. Nada nuevo. El fascismo tiene esa marca de identidad. Para ejemplo más reciente está Vox en España o AfD en Alemania. Todos orgullosos y creciendo como hace exactamente un siglo en Europa y en Estados Unidos. No hace muchos años, el presidente de Brasil, Jair Messias Bolsonaro (el capitán que aseguró que lo iba arreglar todo con una metralleta, hasta que no pudo distinguir el Covid de sus hijos) recomendó a los estudiantes grabar las clases de los profesores para denunciar su falta de neutralidad, sus tendencias izquierdosas de criticar y revisar la historia.

En mi universidad aquí en Florida, por ejemplo, los colegas que apoyan semejante medievalismo son una especie casi extinguida. No lo son los pequeños fascistas de la oprimida América latina donde cada tanto algún servidor honorario del poder escribe a nuestras autoridades para que me despidan de mi cátedra por no pensar como ellos. ¿Y todavía preguntan por qué no vuelvo a sus corruptos feudos que, según ellos, es donde pertenezco?

No se trata sólo de fascismo, un efecto colateral (aunque mortal) de un sistema y de una cultura mayor. Todas las formas del poder conservador, clasista, racista, sexista y capitalista detestan ser minoría en cualquier área. Por eso, detestan la cultura, las artes y las ciencias. Esas cosas horribles están llenas de gente que se opone a sus intereses y a su necesidad bíblica de ser adorados como dioses. Casi no hay fascistas y conservadores en el degenerado arte, en la maldita literatura, en la imperfecta ciencia, por lo que hay que desfinanciarlas como sea. 

Ahora, como contribución, les proponemos que, en lugar de legislar y sermonear en los grandes medios para controlar el pensamiento ajeno, se pregunten alguna vez por qué los intelectuales, los artistas, los filósofos y los científicos, en su abrumadora mayoría y desde hace siglos ya, siempre están contra ellos. No basta con repetir que todos han sido “engañados por el marxismo” o por la secta de Galileo Galilei, ya que suena poco creíble que toda esa gente sea tonta y los fascistas que los odian sean unos verdaderos genios. 

Personalmente, no me importa si los estudiantes graban mis clases por razones ideológicas, ya que estoy abierto a debatir cada detalle de lo que enseñamos en las universidades. De hecho, creo que este país necesita un debate profundo para revisar su edulcorada historia. No lo van a tener porque, precisamente, estas estrategias de intimidación son una forma de sustituir el coraje de confrontar sus ficciones, impuestas por generaciones sin necesidad ni de pruebas documentadas ni de debates serios.

En mis clases no le esquivo a las verdades más traumáticas de Estados Unidos y de América latina, como lo son las múltiples invasiones, intervenciones, dictaduras y golpes de Estados promovidos y apoyados por Washington y, más recientemente, por sus poderosos y multimillonarios servicios secretos, como la NSA y la CIA. Todos crímenes eternamente impunes. Sobre todo aquellas verdades que el gran poder político y corporativo no quiere que se sepa, aquellas verdades que no entran en los clichés de los discursos y las narrativas sociales de los aduladores del poder. Claro, podríamos dedicarnos a defender nuestros mezquinos intereses personales, pero no es algo que nos sale naturalmente. 

Lo que ahora nos preocupa a algunos es la cultura fascista que siempre arremetió de la misma manera a lo largo de la historia: presionando a académicos y disidentes (reales) a autocensurarse para evitar problemas o represalias. Para hacer posible esta nueva amenaza, se pasa por alto otra ley del estado de Florida que prohíbe grabar a otra persona sin su consentimiento. Otra prueba de que las leyes son buenas hasta que dejan de servir a los dueños del poder, como quedó claro desde el despojo de los indios en este país desde hace dos siglos. Así es como funciona el derecho en El país de las leyes y en sus satélites.

En lugar de técnicas de persuasión fascista, ¿por qué no se proponen debatir cada tema que su visión ideologizada considera ideologizado?

La estrategia de igualar partidos politicos, ideologias, izquierda o derecha, como jabones que elegimos en el supermercado, es un error conveniente para unos pocos y trágico para los demás. En cada momento concreto es necesario tomar posición por un partido político concreto, pero la Gran política no se trata de partidos como si fuesen equipos de fútbol. Se trata de la civilización (polis) y, más aún, del destino de la humanidad. En nuestro tiempo, es la luchar por la igual-libertad para todos o es por la libertad fascista de una tribu, de una clase, de un maldito barrio.

Desde hace siglos, los fariseos-nacionalistas-fascistas llevan una ventaja: aunque están del lado equivocado de la historia, saben cómo hacerlo; saben cómo arrastrarte hasta sus cloacas ideológicas para que a tu generación y a la generación de tus hijos termine por luchar por lo mismo que lucharon tus abuelos, mientras todo se presenta como una cosa horizontal y relativa, cosa de izquierdas y derechas, de conservadores y progresistas, de viganos y veganos.

JM, abril 2021

¿Por qué no…?

Si no estás de acuerdo con el gobierno X ¿por qué no te vas a vivir a Y?”

¿Algún otro cliché que los genios con IQ de menos de 100 aman repetir pero nunca aplican a sí mismos?

Porque ellos sí tienen una familia, un trabajo concreto y, en fin, una vida real. Llena de frustraciones personales, pero real.

No una vida abstracta como todos los otros que piensan difente.

JM, abril 2021

Fascism does not tolerate academic freedom

Florida bill would allow students to record professors to show political bias. The bill, which is awaiting the signature of the governor, seems to align with the position of rightwing student activist groups https://www.theguardian.com/…/florida-bill-record…

exactly what president, capitan and fascist Brasilian president recomended in Brazil, a few years ago.

i personally don’t care whether students record my class for ideological reasons since i am open to debate every single detail of what we teach at colleges and in my own class (particularly in my International Studies classes on Latin America). actually, i think this country needs a profound debate to revise its own sugar-coated history. what i worry about is the fascist culture that always begun the same way throughout history: pressing scholars and (real) dissidents to self-censure themselves in order to avoid problems or retaliation. the attack on tenure is part of the same logic. another detail is the Florida law, which prohibits anyone from recording someone else without their consent.

Excerpt from the book La frontera salvaje (The Wild Frontier) to be published soon:

Student: “My Cuban grandfather worked for the CIA and right now he is on the phone following your class.”

Professor (author of this book): “What an honor. In order not to leave it as an illegal act, I am going to give him permission to do what he is doing. If he finds that I have said something that cannot be proven, I will be infinitely grateful if he reports it to the class and his bosses. The history of Latin America repeats itself a lot, so I’m always looking for something new, something that surprises me, something that I never find ”.

Jacksonville University, one fall afternoon in 2019.

Genocidios ajenos

Luego de más de un siglo, Washington reconoce el genocidio armenio por parte del gobierno turco de la época, a riesgo de dañar las relaciones diplomáticas con uno de los miembros de la OTAN.

Felicitaciones al presidente Joe Biden.

Ahora, ¿cuándo se va a reconocer el genocidio indígena en las Américas, en gran medida una exterminación planeada por presidentes como Andrew Jackson? ¿O el genocidio de los africanos y sus descendientes en las Américas? ¿Cuándo se va a reconocer la larga lista de genocidios en África por parte de las potencias europeas? ¿O los crímenes contra la Humanidad perpetrados por Washington y las transnacionales en Filipinas, en Hiroshima y Nagasaki, en Corea, en Vietnam, en Irak? ¿Qué hay de los múltiples golpes de Estado y las dictaduras militares apoyadas por Washington desde el siglo XIX y por agencias secretas como la CIA desde mediados del siglo XX, las que dejaron sólo en países como Guatemala cientos de miles de masacrados?

¿Habrá que esperar otros cien o doscientos años?

JM, abril 2021

Mercenarios antes de las redes sociales

Casi sin querer, me tropiezo con el Manual del perfecto idiota latinoamericano en un rincón de mi biblioteca. Todavía está allí, como un espécimen del género comedia. Un libro escrito por expertos en la materia, en eso de ser idiotas, donde los autores clasifican a su gusto a otros como idiotas. Todo eso décadas antes de la cultura del agravio y la frustración vana de las redes sociales.

Ni todos los millones de las agencias secretas y de las fundaciones para la democracia y la cultura pudieron lograr que este pequeño mamotreto que necesitó de tres autores y del padre de uno de ellos para vender, que es lo que mejor sabían hacer, resistiera la historia. Nunca se convirtió en un clásico como Las venas abiertas de América latina de Eduardo Galeano o Para leer al Pato Donald de Ariel Dorfman.

Al igual que Las raíces torcidas de América latina de Carlos Alberto Montaner, este Manual del Idiota no solo es un libro parasitario de genios como Galeano, sino que en cada página demuestra la extrema pobreza de recursos argumentales, un Alzheimer precoz y la anestesia moral suficiente como para complacer a los de arriba que bien saben que la industria cultural se mueve con mercenarios.

Por décadas, la CIA, diversas agencias y poderosas organizaciones privadas canalizaron millones de dólares para promover unos libros (revistas, discos, películas) y para hundir en el ostracismo a otros. Eso está probado y documentado. Hoy en día, lo único que sabemos es que esas mismas agencias y corporciones poseen varias veces más recursos que antes. Lo demás lo sabremos en algunas décadas más.

Consumismo, otra herencia del sistema esclavista

(Versión castellana de la conferencia para HowTheLightGetsIn, Institute of Art and Ideas, London, 2021)

Consumismo, otra herencia del sistema esclavista (parte I)

Estrategia y dogma

Para decretar la abolición de la esclavitud tradicional en sus posesiones del Caribe, los ingleses previeron un tipo de esclavitud deseada por los nuevos esclavos. El 10 de junio de 1833, un miembro del Parliament, Rigby Watson, lo había resumido en términos muy claros: “Para hacerlos trabajar y crearles el gusto por los lujos y las comodidades, primero se les debe enseñar, poco a poco, a desear aquellos objetos que pueden alcanzarse mediante el trabajo. Existe un progreso que va desde la posesión de lo necesario hasta el deseo de los lujos; una vez alcanzados estos lujos, se volverán necesidades en todas las clases sociales. Este es el tipo de progreso por el que deben pasar los negros, y este es el tipo de educación al que deben estar sujetos”. (1)

En 1885, el senador Henry Dawes de Massachusetts, reconocido como un experto en cuestiones indígenas, informó sobre su última visita a los territorios cheroqui que iban quedando. Según este informe, “no había una familia en toda esa nación que no tuviera un hogar propio. No había pobres ni la nación debía un dólar a nadie. Los cheroquis construyeron su propia capital y sus escuelas y sus hospitales. Sin embargo, el defecto del sistema es evidente. Han llegado tan lejos como pueden, porque son dueños de sus tierras comunales… Entre ellos no hay egoísmo, algo que está en la base de la civilización. Hasta que este pueblo no decida aceptar que sus tierras deben ser divididas entre sus ciudadanos para que cada uno pueda poseer la tierra que cultiva, no harán muchos progresos…” (2)

Naturalmente, la opinión de los administradores del éxito ajeno prevalecerá y las tierras cheroquis serán divididas y generosamente ofrecidas a sus habitantes en forma de propiedad privada. Exactamente la misma receta de privatizaciones continuó el Dictador Porfirio Díaz en México contra el sistema de producción comunal y para copiar el éxito estadounidense, logrando el mérito de dejar sin tierras al ochenta por ciento de la población rural, lo que terminaría muchos años después en la Revolución Mexicana.

En 1929, el periodista más promocionado por la UFCo (y amigo de Henry Ford), Samuel Crowther, informó que en América Central “la gente trabaja sólo cuando se les obligaba. No están acostumbrados, porque la tierra les da lo poco que necesitan… Pero el deseo por las cosas materiales es algo que debe cultivarse… Nuestra publicidad tiene el mismo efecto que en Estados Unidos y está llegando a la gente común, porque cuando aquí se desecha una revista, la gente la recoge y sus páginas publicitarias aparecen como decoración en las paredes de las chozas de paja. He visto los interiores de las cabañas completamente cubiertos de páginas de revistas estadounidenses… Todo esto está teniendo su efecto en despertar el deseo de consumo en la gente” (3). Samuel Crowther consideraba al Caribe como el lago del Imperio americano, el cual protegía y dirigía el destino de sus países para gloria y desarrollo de todos.

La por entonces reciente derrota política de la Confederación proesclavista se desquitó con varios triunfos culturales e ideológicos. Todos pasaron inadvertidos. En tiempo récord se levantaron cientos de monumentos a los héroes derrotados, se hicieron películas idealizando a los defensores de la esclavitud y las teorías sobre la raza superior en peligro de extinción inundaron los escritorios de políticos y generales. 

Una de estas victorias secretas consistió en idealizar a los amos y demonizar a los esclavos. En lenguaje moderno, los patrones y los asalariados. Por eso, por las muchas generaciones por venir, en Estados Unidos se celebrará el Memorial Day (en memoria de los caídos en las guerras) y el Veterans Day (en honor a los ex combatientes de esas guerras imperialistas), todo en nombre de la defensa y la libertad, una copia exacta de la retórica de los esclavistas del sur que se expandieron sobre territorios indios, mexicanos y ultramarinos y crearon el nuevo imperio americano. 

El Memorial Day es un título abstracto; el Veterans Day, algo concreto por demás. Para los trabajadores no habrá Día de los Trabajadores y, mucho menos, será el primero de mayo que recordará en todo el mundo la masacre de trabajadores en Chicago que, como en todo el país, reclamaban el derecho a las ocho horas laborales. Para olvidar este inconveniente, el presidente Grover Cleveland oficializará el Labor Day (Dia del trabajo) en setiembre, casi en las antípodas de mayo, como si hubiese trabajo sin trabajadores, lo cual significó otro oculto triunfo de los esclavistas derrotados en la Guerra Civil dos décadas atrás: los negros, los pobres, los de abajo, los que trabajan, no sólo son holgazanes, inferiores y, al decir del futuro presidente Theodore Roosevelt, perfectamente idiotas, sino que también son muy peligrosos. Sobre todo, por su número. Sobre todo, por esa costumbre de proponer uniones. Los amos (blancos), los de arriba, los sacrificados del champagne, son quienes crean trabajo con sus inversiones. Son quienes, cada tanto, deben ser protegidos por sus protegidos: las iglesias y los militares (en Estados Unidos con el culto al veterano de guerra que “protege nuestra libertad” y en América Latina los militares que corrigen los errores de las democracias con sangrientas dictaduras). Para la vieja tradición esclavista, para los amos de lo que el viento se llevó, pero siempre vuelve, los verdaderos responsables del progreso, de la estabilidad, de la paz y de la civilización son los amos de las plantaciones, los empresarios de las industrias, quienes controlan y se benefician en primer lugar del sistema dominante. Son la élite del pueblo elegido y representan todo eso que los sucios y mal hablados esclavos (ahora blancos asalariados venidos de la pobre Europa) quieren destruir. 

El origen del consumismo como otra expresión del esclavismo fue rápidamente ocultado por derrotas aparentes, como el sufrido en la Guerra civil estadounidense. Luego del trauma nazi en la admirada Alemania de Hitler, las potencias colonialistas de Noroccidente (retaguardias y garantes de transnacionales como UFCo, Standard Oil, Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell, Nestlé, ITT, Ford, Pepsi, etc.) abandonaron la antigua retórica que justificaba sus invasiones e intervenciones por la inferioridad racial de los países negros y mestizos. Mientras las potencias colonialistas se encontraban distraídas con la guerra, una docena de países latinoamericanos, desde Argentina hasta Guatemala, recuperaron sus democracias. 

Hasta que las nuevas ayudas de Washington terminen por imponer una nueva ola de dictaduras y la zanahoria del consumo se imponga sobre cualquier otra dimensión humana como un acto de fe, como un dogma indiscutible. 

JM, abril 2021

Para la conferencia HowTheLightGetsIn del Institute of Art and Ideas de Londres a realizarse en mayo.

Consumismo, otra herencia del sistema esclavista (parte II)

Micropolítica y desmovilización

Durante la Guerra fría, las potencias noroccidentales vencedoras de la Segunda Guerra borraron de sus discursos la palabra negros y la sustituyeron por comunistas. Este enroque lingüístico tenía la ventaja de que podía ser aplicado a cualquiera y a piacere, sin importar su color de piel y, de paso, se evitaba un lenguaje inconveniente para que los imperios que no querían más ser llamados así, pudieran continuar haciendo lo mismo que habían hecho en los últimos siglos. Gracias a la militarización de los países latinoamericanos por parte de Washington, en menos de dos décadas la región frustró todas sus revoluciones democráticas y una decena de dictaduras fueron reinstaladas en esos países para asegurar el “orden en el caos” (pieza lingüística heredada del período en que los indios y negros eran el problema), ahora bajo la doctrina de la Seguridad Nacional y en defensa de la libertad y la democracia. 

La nueva excusa de una lucha contra un comunismo, irrelevante en la región, se complementó con otro sustituto del racismo anterior: las naciones subdesarrolladas tenían “culturas enfermas” y “raíces torcidas”. A todos aquellos que decidieron reivindicar las culturas colonizadas, como mi amigo Eduardo Galeano, se los calificó de “perfecto idiota latinoamericano” y se los responsabilizó por el subdesarrollo de esos países. Incluso, el repetido argumento para la vieja práctica expansionista de Estados Unidos (sobre territorios indios, mexicanos y luego ultramarinos), la repetida auto victimización de “fuimos atacados primeros y tuvimos que defendernos” fue arrojada como otro bombardeo sobre los colonizados, como una enfermedad psicológica de los otros: los subdesarrollados, los pobres están como están porque se victimizan. Del imperialismo y las múltiples intervenciones militares y económicas, de los bloqueos y las explotaciones de las poderosas corporaciones privadas, nada.

En Estados Unidos, la comunidad hispana ni siquiera pudo tener un Malcolm X. Cualquiera que se aproximara de lejos, cualquiera que pensara diferente y se atreviera a publicarlo fue demonizado como “comunista” o “antiamericano”. Los “coloridos híbridos”, fueron adoctrinados con discursos sobre el éxito, la libertad y la democracia, sin importar que la amplia mayoría de ellos nunca alcanzó ni lo uno ni lo otro, sino un rosario de dogmas ideológicos y propagandísticos llenos de odio para sus hermanos que se quedaron en las repúblicas bananeras y más odio a los pobres del sur, “los ilegales que quieren invadir esta gran nación”.

No siempre fue así. Hace un siglo, en Estados Unidos hubo organizaciones como la American Anti-Imperialist League que protestaron contra las intervenciones en Cuba, Filipinas y hasta tomaron posición en favor de Augusto Sandino en Nicaragua. Entre los antiimperialistas estuvieron escritores como Mark Twain, feministas como Jane Addams y hasta un millonario como Andrew Carnegie. Más recientemente, la guerra en Vietnam provocó diversas protestas y movilizaciones, las que tuvieron algún efecto, pero pronto fueron neutralizadas por las reacciones neoconservadoras, a fuerza de millones de dólares y una poderosa logística enraizada en los grandes negocios, en varias iglesias y en el gobierno.

Ahora estos movimientos son prácticamente inexistentes, a pesar de que las movilizaciones por una mayor justicia racial se han incrementado. Un factor ha sido la desmovilización de la conciencia internacional, como la que en su momento resumió el boxeador Mohammed Alí: “¿Por qué me exigen que me ponga un uniforme y vaya a tirar bombas sobre gente morena en Vietnam mientras que los negros en Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos básicos?” Por el contrario, los raperos que ahora venden rebeldía conveniente, rebeldías de cocaína, de obscenidades tóxicas y no paran de presumir en sus canciones que tienen muchos millones de dólares y que los perdedores no tienen nada. Como si todo se tratase de otra campaña multimillonaria de los servicios secretos, de esas que tanto abundan el pasado conocido. Ahora los movimientos antirracistas de Estados Unidos no organizan marchas ni protestas por el racismo internacional de las grandes potencias mundiales que interfieren a gusto en naciones más débiles. Como si todo se hubiese resuelto. Este divorcio es estratégico, como la fragmentación de la sociedad y del pensamiento, distraído en problemas de micropolítica. 

Nada nuevo. Poco antes de la Revolución Americana, los gobernadores lo tenían claro y lo escribieron en sus cartas: para evitar que negros, indios y blancos pobres continuasen peligrosamente conviviendo y trabajando juntos, se inoculó el odio entre las razas. Así, los blancos pobres pudieron ver más claramente el color de piel de sus vecinos y no la opresiva condición social a la que pertenecían ambos. Se liquidaron las rebeliones de los oprimidos sustituyéndolas por el odio racial promovido por los de arriba. 

La otra estrategia, en este caso cuidadosamente planificada, consistió en secuestrar reivindicaciones legítimas: en el siglo XIX Rebecca Latimer Felton, feminista, educadora y senadora por 24 horas en 1922, revindicó el linchamiento en masa de los negros para que no hagan caer en tentación a las doncellas blancas. En el siglo XX el publicista y manipulador de la opinión publica, Edward Bernays, secuestró el movimiento feminista para vender más cigarrillos con sus “antorchas de libertad”. Más recientemente, se reivindicaron y financiaron desde Washington los otrora peligrosos movimientos indígenas, ahora en contra de los gobiernos desobedientes como en Ecuador y Bolivia. En el resto del continente, la CIA secuestró movimientos rebeldes financiando “sindicatos libres”, gremios de estudiantes opositores, libros y medios de centro izquierda, fundaron y financiaron cursos universitarios para “crear líderes responsables”. 

La misma estrategia de fraccionar-y-secuestrar continúa reproduciéndose hoy entre los rebeldes. Para resolver el antiguo conflicto racial se echa al olvido la injusticia internacional que, históricamente, se sustentó en el racismo, pero siempre sirvió a intereses menos coloridos. Una parte de la retórica de la supremacía blanca se sustituyó por el odio nacionalista. Las causas de la micropolítica (derecho a usar este o aquel baño, reivindicación de una matemática negra discriminada en la NASA, derecho de los homosexuales a ser soldados) suelen ser justas y necesarias, pero han perdido conciencia global, la idea del injusto marco general que incluye sus justos reclamos.

El consumismo es otra fragmentación y una reclusión del pensamiento, de las emociones y los deseos en un marco estrecho que no solo impide pensar en otros pueblos que lo sufren, sino que impide cualquier cambio individual en los pueblos que supuestamente se benefician de ese tóxico, ya que se trata de una adicción anestésica. Así también, el racismo y el clasismo internacional se reproducen en catástrofes olvidadas como los derramamientos de petróleo en países pobres de África o de América latina. Se reproduce en el olvido de la opinión pública por la destrucción del medioambiente debido al cambio climático, causado por las potencias mundiales y sufrido, sobre todo, por los países pobres. Se reproduce en el odio por los desplazados de las guerras, de dictaduras amigas, de una economía que descarta a los seres humanos cuando ya no le sirven. Se reproduce en el siempre conveniente odio entre los de abajo que no logran el consumo prometido por el dogma y la publicidad. 

JM, abril 2021

Ideas para la conferencia HowTheLightGetsIn del Institute of Art and Ideas de Londres a realizarse en mayo.

(1) “To make them labour, and give them a taste for luxuries and comforts, they must be gradually taught to desire those objects which could be attained by human labour. There was a regular progress from the possession of necessaries to the desire of luxuries; and what once were luxuries, gradually came, among all classes and conditions of men, to be necessaries. This was the sort of progress the Negroes had to go through, and this was the sort of education to which they ought to be subject in their period of probation”

(2) “The defect of the [reservation] system was apparent. It is [socialist] Henry George’s system and under that there is no enterprise to make your home any better than that of your neighbors. There is no selfishness, which is at the bottom of civilization. Till this people will consent to give up their lands, and divide among their citizens so that each can own the land he cultivates they will not make much more progress.” 

(3) “[…] …I have seen the inside of huts completely covered by American magazines and with the timetable and folders issued by railroads. Our national advertisers would be surprised to discover how their products are known by picture and name.” “Romance and the Rise of the American Tropics.” (1929) Samuel Crowther

‘…and their purchasers are not only Americans. Our advertising is slowly having the same effect as in the United States —and it is reaching the mozos. For when a periodical is discarded, it is grabbed up, and its advertising pages turn up as wall paper in the thatched huts. I have seen the insides of huts completely covered with American magazine pages and with the timetables and folders issued by our railroads. Our national advertisers would be surprised to discover how well their products are known by picture and name—although few would recognize the names of their products if they heard them pronounced! All of this is having its effect in awakening desires.”

“Romance and the Rise of the American Tropics.” (1929) Samuel Crowther. Page 342

https://www.commondreams.org/views/2021/06/10/consumerism-another-inheritance-slavery-system

https://iai.tv/articles/what-consumerism-learnt-from-slavery-auid-1851?_auid=2020

Consumerism, another inheritance from the slavery system

 by Jorge Majfud

HowTheLightGetsIn Conference, Institute of Art and Ideas, London, September 2021

Translated by Andy Barton, Tlaxcala

 I
Strategy and dogma

To declare the abolition of traditional slavery for their possessions in the Caribbean, the British envisioned a new type of enslavement that the new slaves would themselves desire. On 10th June 1833, Rigby Watson, a member of parliament, clearly summarised this idea: “To make them labour, and give them a taste for luxuries and comforts, they must be gradually taught to desire those objects which could be attained by human labour. There was a regular progress from the possession of necessaries to the desire of luxuries; and what once were luxuries, gradually came, among all classes and conditions of men, to be necessaries. This was the sort of progress the Negroes had to go through, and this was the sort of education to which they ought to be subject in their period of probation”.

In 1885, Henry Dawes, a U.S. senator from Massachusetts recognised as an expert in indigenous matters, gave a report on his most recent visit to the Cherokee territories that still remained. According to this report, “there was not a family in that whole nation that had not a home of its own. There was not a pauper in that nation, and the nation did not own a dollar. It built its own capitol, and it built its schools and its hospitals. Yet the defect of the system was apparent. They have got as far as they can go because they own their land in common … There is no selfishness, which is at the bottom of civilisation. Til this people will consent to give up their lands, and divide them among their citizens so that each can own the land he cultivates, they will not make much more progress…”. Naturally,the opinions of people like Dawes would prevail, in other words, those who manage others’ success, and the Cherokee territories would be divided up and generously offered back to their inhabitants as private property. The Mexican dictator Porfirio Díaz would impose the same exact privatisation programme on the communal production system as a way to emulate the success of the United States, achieving the feat of leaving 80% of the rural population without any land of their own, something which would culminate in the Mexican Revolution many years later.

In 1929, Samuel Crowther, the journalist and prized asset of the United Fruit Company (and Henry Ford’s friend), reported that in Central America “people only work when they are forced to. They are not used to it because the land gives them what little they need… However, the desire for material things is something that must be cultivated… Our advertising is slowly having the same effect as in the United States —and it is reaching the mozos. For when a periodical is discarded, it is grabbed up, and its advertising pages turn up as wallpaper in the thatched huts. I have seen the insides of huts completely covered with American magazine pages and with the timetables and folders issued by our railroads… All of this is having its effect in awakening desires”. Samuel Crowther viewed the Caribbean as the lake of the U.S. empire, which protected and guided the destiny of its constituent countries towards glory and universal development.

The political defeat of the pro-slavery Confederacy around this time was avenged by various cultural and ideological victories. All passed by unnoticed. In record timing, hundreds of monuments to the defeated ‘heroes’ were erected, films were made idealising the proponents of slavery and the theories about a superior race in danger of extinction flooded the desks of politicians and army generals.

One of these secret victories consisted in idealising the masters and demonising the slaves. In modern terms: the owners and the salaried workers. For that reason, in the many generations that were to follow, the United States would celebrate “Memorial Day” (in memory of the casualties of war) and “Veterans Day” (in honour of the former soldiers in these imperialist wars), all in the name of defence and of freedom, a carbon copy of the rhetoric of the Southern slaveowners who forayed into indigenous, Mexican and overseas territories and created the new American empire.

“Memorial Day” is an abstract title; “Veterans Day” is overtly literal. For the workers, there would be no “Worker’s Day”. Even less likely was 1st May, the day on which the whole world would remember the massacre of those workers in Chicago, who demanded their right to an eight-hour workday just like the rest of the country. To forget this inconvenient detail, President Grover Cleveland would formalise “Labor Day” in September, nearly the polar opposite of May, as if there were work without workers. This would mean yet another hidden victory for the slaveowners defeated in the American Civil War. Not only are Black Americans, the poor, those below, and those that work all idle, inferior, and in the words of future American President Theodore Roosevelt, “perfectly stupid”; they are also the perfect threat. Especially on account of their numbers. Especially for their habit of proposing unions.

The masters (white Americans), those above, those sacrificed at the champagne altar, they are the ones who create employment with their investments. They are the ones who, every so often, must be protected by who they protect: churches and soldiers (in the U.S., with the cult of the veteran who “protects our liberty”, and in South America, with the soldiers who fix democracies’ mistakes with bloody dictatorships). In the eyes of the old slave-owning tradition, the masters of what was gone with the wind yet always returns, those who are really responsible for progress, stability, peace and civilisation are the plantation owners and the industry businessmen. In short, all those who control and immediately benefit from the hegemonic system. They are the chosen elite of the people, and they represent everything that the dirty and illiterate slaves (and then the salaried white workers from the poorer parts of Europe) want to destroy.

The origins of consumerism as an alternative expression of slavery were rapidly hidden by apparent defeats, such as in the American Civil War. After the trauma of the Nazis in the admired Germany of Adolf Hitler, the colonial powers of the North West (the rear-guard and the guarantors of such transnationals as the United Fruit Company, Standard Oil, Exxon Mobil, Chevron, BP, Shell, Nestlé, ITT, Ford, Pepsi, etc.) abandoned the old rhetoric justifying their invasions and interventions for the racial inferiority of the different Black and mestizo countries. While the colonial powers were distracted by war, a handful of South American countries, from Argentina to Guatemala, restored their democracies.

That was, until the new ‘help’ from Washington would end up imposing a new wave of dictatorships and the carrot of consumerism would impose itself upon every other dimension of human life as an act of faith, an incontrovertible dogma.

II

Micro-politics and demobilisation

During the Cold War, the victorious North Western powers deleted the word “blacks” from their discourse and substituted it for “communists”. The advantage of this linguistic manoeuvre was that it could be applied to anyone, at will, without the colour of their skin being an issue. It simultaneously avoided an inconvenient use of language, and thus the empires, which no longer wished known as such, could continue to do exactly as they had been for the last few centuries. Thanks to the militarisation of South American countries under Washington’s command, in under two decades, the region stifled its democratic revolutions, and a rabble of dictatorships were reinstalled in those countries to guarantee “order amid the chaos” (a linguistic artefact inherited from the time when the indigenous and Black populations were the problem), now as part of the doctrine of national security and in defence of freedom and democracy.

The new excuse of a fight against communism, irrelevant in the region, was paired with another substitute for the old racism: the underdeveloped nations had “diseased cultures” and “twisted roots”. Anyone who decided to stand up for the colonised cultures, such as my friend Eduardo Galeano, was branded the “perfect Latin American idiot” and was made responsible for the underdevelopment of those countries. Even the repeated argument from the old-school expansionist days of the United States, the continued self-victimisation of “they attacked us first; we were forced to defend ourselves” was hurled over the colonised like yet another bombing campaign, as if the colonised had a mental illness: the underdeveloped, the poor, they are like this because they victimise themselves. Not so much as a word on the imperialism, the multiple military and economic interventions, the embargos and the exploitation, however.

In the United States, the Hispanic community was not even allowed their own “Malcom X”. Anyone who came from a distance, anyone who thought differently and dared publish it was demonised as a ‘communist’ or ‘anti-American’. The ‘coloured hybrids’ were indoctrinated by discourses about success, freedom and democracy, without it mattering that the large majority of them never experienced either; instead, they received a handful of dogmatic and propagandistic ideologies brimming with hatred towards their brothers and sisters that stayed in the banana republics, with more hatred for the poor from the South, “the illegal aliens who want to invade this great nation”.

It was not always this way. A century ago, the United States was home to organisations such as the American Anti-Imperialist League, which protested against the invasions of Cuba and the Philippines, even adopting a stance in favour of Augusto Sandino in Nicaragua. Among the ranks of the anti-imperialists were writers such as Mark Twain, feminists like Jane Addams, and even a millionaire like Andrew Carnegie. More recently, the Vietnam War provoked diverse protests and mobilisations that did have a certain degree of impact, but they were quickly neutralised by the reactionary neoconservatives under the force of millions of dollars and a powerful network rooted in big corporations, various churches and the government.

Presently, these movements have all but ceased to exist, despite the fact that the mobilisations demanding greater racial justice have increased. One factor has been the demobilisation of the international consciousness. As the boxer Mohammed Ali summarised in his time: “why should they ask me to put on a uniform and go ten thousand miles from home and drop bombs and bullets on other innocent brown people in Vietnam while so-called Negro people in Louisville are treated like dogs and denied simple human rights?’’ On the contrary, there are rappers who now sell a convenient rebellion, rebellions of cocaine and toxic obscenities, who do nothing but boast in their songs about how they have millions of dollars and how the losers have nothing. It almost has the whiff of another multi-million-dollar campaign by U.S. intelligence services in the oeuvre of those we already know so much about. Now, the anti-racist campaigns in the United States do not organise marches or protests against the international racism of the global powers that interfere at will in weaker nations, as if everything had been resolved. This divorce is strategic, just like the fragmentation of society and of thought, distracted in the problems of micro-politics.

This is not new. Shortly before the American Revolution, the governors were clear in their minds, and they wrote it in their letters: to avoid the dangerous continued coexistence and shared workplaces of the poor Black, indigenous and white people, hatred was bred between the different the races. This way, the poor whites could see the skin colour of their neighbours more clearly than they could the oppressive social conditions to which both were subjected. The rebellions of the oppressed were dissipated, substituting them for racial hatred promoted by those above.

The other strategy, curiously planned out in this case, consisted in hijacking legitimate demands: in the 19th century, Rebecca Latimer Felton, a feminist, educator and senator for 24 hours in 1922, advocated the lynching en masse of Black Americans so that they would not tempt the country’s fair white maidens. In the 20th century, Edward Bernays, the publicist and manipulator of public opinion, hijacked the feminist movement to sell cigarettes with his “torches of freedom”. More recently, Washington advocated for and financed previously dangerous indigenous movements, this time in opposition to ‘disobedient’ governments, such as those in Ecuador and Bolivia. In the rest of the continent, the CIA hijacked rebel movements, financing ‘free unions’, collectives of dissident students, centre-left books and media outlets, and university courses to “produce responsible leaders”.

The same strategy of divide-and-hijack continues to take place today in rebel groups. To resolve the historical racial conflict, global inequality, which was historically sustained by racism, but always served the interests of the lightest skin colours, is discarded without a second thought. One aspect of the rhetoric of white supremacy was substituted for nationalist hate. Micropolitics’ causes (the right to use this or another bathroom, support for a Black mathematician discriminated against in NASA, homosexuals’ right to be in the army) are usually legitimate and necessary, but they have lost all global consciousness and any semblance of a general framework that incorporates their legitimate demands.

Consumerism is another fragmentation and restricting of thoughts, emotions and desires within a narrow framework. Not only does it prevent thinking about the suffering of other nations; it also prevents any kind of individual change within those nations that supposedly benefit from this poison, as it is primarily an addiction that numbs the senses. Similarly, international racism and classism are reproduced in forgotten catastrophes, such as the oil spills in poor countries in Africa or in South America. They are reproduced in the public opinion’s amnesia about the destruction of the environment due to climate change, caused by the global powers and suffered, above all, by poorer countries. They are reproduced in the hatred for those displaced by wars, by cosying up to dictatorships and by an economy that discards human beings when they are no longer profitable. They are reproduced in the perennially convenient hatred among those below, who do not reach the glorious consumption promised by the dogma and the advertising.

JM, May 2021

https://iai.tv/articles/what-consumerism-learnt-from-slavery-auid-1851?_auid=2020

Un laberinto llamado América Latina

En 2018 la editorial británica Routledge, especializada en temas académicos, publicó el libro The Routledge History of Latin American Culture editado por el activista y profesor latinoamericanista de la Universidad Estatal de California Dr. Carlos Salomón. Como forma de reflexiones finales, Salomón conversó con uno de sus autores, Jorge Majfud, acerca de las percepciones y problemáticas de la identidad latinoamericana en las Américas.

CS: Emigrar, aprender otras costumbres y otra lengua, cambia muchas cosas. ¿Ha cambiado su comprensión de América Latina desde su traslado a los Estados Unidos?

JM: Para comenzar habría que considerar una dimensión existencial que normalmente omitimos al responder este tipo de preguntas: yo ya no soy exactamente el mismo, soy doce años más viejo y casi todo se ve distinto desde esta altura de los cuarenta y siete. También eso que imprecisamente llamamos América Latina ha cambiado, casi tanto como el resto del mundo.

Luego sí podemos reflexionar sobre la dinámica cultural. Ver la cultura propia dese la inmersión de otra ajena es siempre revelador. Uno tiene con qué comparar y contrastar la visión interior y la exterior. Lo mismo ocurre con el lenguaje: a medida que aprendemos una segunda lengua nos volvemos más conscientes de la naturaleza de la primera.

América Latina es una región vasta y extremadamente diversa, por lo cual hablar de “nuestra cultura” es producto de otra trampa del lenguaje: probablemente un mexicano de Chihuahua y otro de Arizona o de California tienen más en común que cualquiera de esos dos grupos y un argentino, por ejemplo. Pero a las culturas latinoamericanas nos une el idioma, la conciencia de la existencia del otro y la forma cómo el Gran Hermano del norte nos ha tratado en más de un siglo. Es su mirada y, a veces, es la intimidación de su musculatura lo que ha formado parte de nuestra identidad común. Por ejemplo, la idea del otro, la negación de la hispanidad dentro de las propias fronteras de Estados Unidos y la clasificación étnica, típica de este país, que todavía define odios y elecciones.

Cuando venía en el avión en el año 2003 me dieron un formulario donde, entre otros datos, se debía marcar “raza”. Me pareció algo muy exótico y escribí arriba: “no race”. Nunca me sentí ni latino ni hispano hasta vivir unos años aquí. Esa clasificación, de hecho, es un invento estadounidense, el cual ahora se ha transformado en una bandera de reivindicación, porque nosotros (los otros) hemos entrado en un juego que no inventamos y hemos aprendido a jugar para no sufrir las consecuencias de la derrota absoluta.

CS: Ha sido una historia compleja, marcada por conflictos reales y simbólicos.

JM: Si. Desde un punto de vista académico, es imposible profundizar en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina sin encontrarse con una larga lista de crímenes presentados como salvaciones, de dictaduras en nombre de la libertad y la democracia. Tal vez esas cosas marcan tanto o más que una guerra, porque se trata de una lucha por el rescate de verdad secuestrada, más allá del mero triunfo de la fuerza bruta. Afortunadamente la arrogancia y desdén con la que se ha mirado a América Latina desde el norte (basada en la ignorancia de los crímenes propios como intervenciones, complots, imposición de sangrientas dictaduras a lo largo del subcontinente, etc.) ha sido limitada y mitigada por los mejores estadounidenses, que tampoco han sido pocos, gente con un gran coraje intelectual que no se ha dejado amedrentar por la propaganda ni las reacciones tribales de sus propios pueblos. Por supuesto que nuestros pueblos también tienen muchos pecados que confesar. Nuestros pecados han sido siempre fratricidas, abusos ilimitados de las tradicionales clases gobernantes, de los propietarios de esos países, sobre millones de despojados o marginados, sin tierra, sin capitales, sin educación y sin derechos. Las dictaduras (el terno Plan B de las democracias oligárquicas) violaron, torturaron y asesinaron en masa a sus propios pueblos. Ninguno de esos pecados consistió en invadir con tanques, barcos de guerra, propaganda para destruir gobiernos e imponer otros en Estados Unidos o en algún país europeo, africano, asiático o lo que sea.

CS: ¿Qué ha cambiado de todo eso?

Hoy América latina no es aquella región del realismo mágico poblada de dictadores guardianes del sistema de monocultivos. Pero todavía vive sus propios conflictos, como la vieja tendencia de sus gobernantes a perpetuarse en el poder. La corrupción latinoamericana sirvió a todos, en diferentes proporciones: sirvió a las potencias mundiales para explotar sus recursos con mano de obra barata; sirvió a las oligarquías criollas para enriquecerse con la sangre de la chusma y del indiaje; y sirvió a los más pobres para sobrevivir. Todavía existe mucho de eso, sobre todo en grandes países como Argentina, México y Brasil y unos cuantos pequeños como en América Central.

CS: ¿Es la corrupción un problema típicamente latinoamericano?

JM: En su forma sí. En Estados Unidos la corrupción es diferente. Normalmente es legal, como cuando poderosos lobbies presionan a sus representantes en el congreso (más de la mitad son millonarios y proceden el uno por ciento de la población) para aprobar leyes que los beneficia. Luego esos grupos son los menos interesados en violar sus propias leyes, obviamente.

CS: Es curioso cómo se comenzó a sentir latinoamericano cuando vino a los Estados Unidos. A mí me sucedió lo contrario. Fue cuando viajé y estudié en México e, irónicamente, cuando leí la obra de su amigo y compatriota, Eduardo Galeano. Esto podría tener algo que ver con la forma en que los latinos se asimilan en las escuelas públicas. Para mí, estudiar, vivir y aprender en América Latina fue una revelación. El trabajo de Galeano realmente me dio un sentido de lucha contra el colonialismo en América Latina. 

JM: Ahí es necesaria una precisión. Debemos diferenciar la identidad latinoamericana de la hispana. La primera fue una invención de los franceses en el siglo XIX para incluirse en el proceso de las nuevas republicas; la segunda fue resultado de los gobiernos estadounidense, sobre todo en los años ochenta, lo que terminó por oficializar la clasificación del hispano como “el otro” por parte de la cultura angloamericana que se siente orgullosa de su “melting pot” (that never melts), que más bien es un archipiélago que se agrupa conflictivamente en casilleros étnicos y raciales que, en el mejor de los casos, se tolera. Luego estas fracturas sociales deben ser resueltas con un fuerte discurso patriótico, con la insistente idea de unión. Cuando uno ve que los discursos oficiales y populares insisten en algo es porque la realidad es precisamente la contraria. La primera identidad, la latinoamericana, fue y todavía es básicamente regional y cultural, cuando no regional y política; la segunda, la idea, la percepción y la identidad de ser “hispano” es, como es propio de la historia y la cultura estadounidense, un fenómeno étnico, a pesar de la enorme diversidad étnica del grupo aludido. 

CS: Con diferencias que van desde México hasta Argentina y que incluyen herencias tan dispares como la indígena, la africana y la europea.

JM: Así es. Históricamente el Cono Sur, sobre todo Argentina y Uruguay, se consideraban los “europeos del sur”, aquellos que no descendían de ninguna tribu ni civilización prehispánica sino de los barcos. Fue a mediados del siglo XX que comenzamos a dejar de mirar tanto a Francia con admiración, a Italia con nostalgia y a España con dolor para mirar a nuestros hermanos del continente. Es exactamente lo que le ocurre al joven argentino Ernesto Guevara cuando recorre el continente: descubre la América latina (o, mejor dicho, la América indígena) y se descubre como latinoamericano. Los intelectuales ya lo habían intentado mucho antes, de una forma algo forzada (José Martí, José Rodó, Rubén Darío, José Vasconcelos, etc.), pero será la conciencia política del siglo XX lo que la convertirá en una realidad, es decir, en un sentimiento más que una idea. La Revolución cubana fue un punto de inflexión en ese sentido. Los rioplatenses, los que éramos civilizados porque habíamos matado a todos los salvajes, los que teníamos los mejores sistemas de educación, las mejores economías, el más alto desarrollo del continente, con un alto ingreso per cápita y con avanzados programas sociales que habían equilibrado bastante las clases sociales, nos encontramos de repente con nuestro propio declive y luego con nuestro sentimiento de culpa por no haber pertenecido del todo a América latina. Especialmente escritores como Neruda, Benedetti y Galeano crearon o consolidaron esa conciencia continental por la cual comenzamos a sentiros latinoamericanos.

Sin embargo, sentirse “hispano” o “latino” no es exactamente lo mismo y hay que vivir en Estados Unidos para apreciar la diferencia, porque es una identidad básicamente norteamericana.

CS: ¿De qué forma te sientes conectado con las historias de los aztecas, de los incas y del mestizaje espiritual? ¿Hay algo en ellos que define el espíritu de América Latina?

JM: Intenté responder a esa pregunta en el libro El eterno retorno de Quetzalcóatl y en algún que otro artículo. Por ejemplo: la misma idea del Cono Sur como una región cultural construida por europeos y criollos blancos en la casi ausencia de la herencia indígena sobrevive hoy, al extremo de que el expresidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti escribió que no recibimos nada de los charrúas, ni una palabra. Claro, los robamos y los matamos porque eran tan salvajes que no aceptaban nuestra cultura a cambio de sus tierras y su libertad. Pero a mí siempre me sorprendió descubrir como en el lenguaje castellano sobrevivían expresiones, ideas de pueblos tan lejanos como las guaraníes, los incas e, incluso, los mayas. El lenguaje callejero de mis amigos de la primera adolescencia estaban lleno de indigenismos que nadie advertía como tal. ¿Qué se puede esperar, entonces, de países con una fuerte tradición indígena como Bolivia, Perú, Guatemala o México? No me refiero a lo más visible, como las formas de vestir, de cocinar o de organizar sus fiestas. De ahí surge la pregunta de si es posible borrar completamente una cultura en un proceso de colonización violenta. Mi hipótesis de partida fue simplemente no: la represión de una memoria no significa eliminación sino todo lo contrario: el elemento reprimido se transmuta, se trasviste para sobrevivir en las sombras, igual que en la psicología individual. Entonces hay que rastrearlo, sobre todo en un formato que le fue ajeno: el formato escrito, los documentos del colonizador, los libros de los ilustrados europeístas donde se podría detectar la tradición oral, reprimida por la ley y la vergüenza de lo propio, tan propia del colonizado, etc.

CS: ¿Dónde podríamos sospechas era herencia profunda?

JM: Por ejemplo, en la misma evolución histórica y luego mitológica de un argentino como Ernesto Che Guevara. El Che tiene mucho de un dios mexicano como Quetzalcóatl y mucho de la forma indígena (ya no solo prehispánica) de ver el mundo, como la relación sangre/oro, vida/muerte. Lo mismo las utopías de los intelectuales de izquierda. La utopía en Eduardo Galeano, un uruguayo marcado por la sensibilidad indígena o, al menos, antimaterialista de Noroccidente, no tenían nada de marxista, ni era materialista ni estaban en el futuro (el progreso industrial) sino en el paradigma cósmico/ecologista de la mentalidad indígena, de la vuelta al origen, del pasado perdido como aquello que está hacia delante, más allá del futuro.

(Versión castellana del capítulo publicado en inglés en The Routledge History of Latin American Culture

Jorge Majfud

La colisión de dos mundos

(Versión castellana del capítulo publicado en inglés en The Routledge History of Latin American Culture

Jorge Majfud

El cosmos prehispánico

Poco después de la anexión estadounidense de la mitad del territorio mexicano, no sólo se reinstauró la esclavitud en Texas, sino que el proceso fue vivido como un acto de despojo e impotencia por parte de la población hispana. No fueron pocos los rebeldes, reales y producto de la imaginación popular, que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX en los estados del suroeste que luego serían estilizados en el personaje de El Zorro.[1] El enmascarado de doble vida, en gran parte inspirado en héroes anti gringo, rápidamente se convirtió en otros enmascarados solitarios que se transformarían en los símbolos de la cultura anglosajona:[2] Lone Ranger, Batman, y todos los superhéroes que les siguieron, mitos nihilistas que revelan la dualidad día/noche, discurso/realidad de la nueva cultura estadounidense. Otro símbolo prototipo del “auténtico americano”, el cowboy idealizado en figuras como John Wayne, Gary Cooper y Clint Eastwood, nada o poco tiene de los cuáqueros, de los puritanos, de los peregrinos del Mayflower o de los intelectuales Padres Fundadores. El cowboy es otra mutación del vaquero mexicano que, a su vez, hunde sus raíces en la cultura hispanoárabe. No es casualidad, entonces, que los grupos tradicionalistas que más resisten la “invasión mexicana” sean texanos o de algún otro estado del suroeste y no, precisamente, aquellos más distantes de Nueva Inglaterra.

La historia —al menos la historia popular— es básicamente una construcción de mitos sociales compuestos por máscaras y símbolos herméticos, por recuerdos selectivos y olvidos convenientes. Quizás sus componentes más poderosos sean aquellos que, por buenas razones, han sido reprimidos. Reprimidos, no exterminados.

Un proceso similar, pero de mayor escala y profundidad tuvo lugar durante los siglos de la conquista y colonización de lo que hoy discutiblemente conocemos como América Latina. De la misma forma que la Navidad, una de las celebraciones cristianas más importante del mundo se realiza en una fecha que nada tiene que ver con Jesús sino con el dios Sol de Roma, así también las peregrinaciones a la virgen mexicana de Guadalupe se realizan al mismo lugar donde antes de la llegada de los europeos los mexicas adoraban a su diosa Tonatzin, “nuestra madre”, diosa de la fertilidad entre los aztecas. Según Octavio Paz, el hecho de que la conquista coincida con la derrota de Quetzalcóatl —dios del auto sacrificio creador del mundo en la hoguera de Teotihuacán— y Huitzilopochtli —el joven dios guerrero que se sacrifica— representa la derrota de estos dos dioses en la Conquista y el regreso a las divinidades femeninas.[3] Si bien la Conquista había destrozado el mundo indígena y sobre sus ruinas había levantados el suyo propio, “entre la antigua sociedad y el nuevo orden hispánico se tendió un hilo invisible de continuidad: el hilo de la dominación. Ese hilo no se ha roto: los virreyes españoles y los presidentes mexicanos son los sucesores de los tlatoanis aztecas.”[4]

El proceso de represión y travestismo que tradicionalmente se llama sincretismo —como paralelo espiritual y psicológico de mestizaje—, ha sido vasto e inevitable. Sería arbitrario limitar este fenómeno a unos pocos rituales religiosos. A diferencia de los colonos anglosajones, los españoles no ejercieron la conquista desplazando a los nativos. Por razones prácticas: la mayor parte de esta colonización se realizó en regiones donde los nativos se contaban en varios millones y poseían civilizaciones desarrolladas y sofisticadas. Los españoles abandonaron tierras más deshabitadas como Carolina del Norte, ya que su interés eran las riquezas minerales, la conversión de almas al catolicismo y de los cuerpos en mano de obra barata, cuando no esclava. Para indígenas como Guamán Poma de Ayala, aquellos dioses blancos que “comían de oro y plata [eran] “como un hombre desesperado, tonto, loco, perdidos el juicio con la codicia del oro y la plata.”[5]

Por esta razón, la represión cultural impuesta por la colonización ibérica debió ser más severa y sus logros menos absolutos. Fue una imposición por la fuerza cuando no de una forma más absoluta y devastadora: la represión moral originada en la vergüenza del colonizado por lo que era, por todo lo que no fuera blanco y europeo. Luego de las guerras de independencia, esta tarea estuvo a cargo de los criollos, ahora no tanto en nombre de la Iglesia católica, percibida como el origen del atraso y la ignorancia, sino en nombre del liberalismo y el positivismo científico. Hasta finales del siglo XIX, un educador y luego presidente argentino, Domingo Sarmiento, escribió apasionadamente contra las razas refractarias al progreso, como forma de copiar el exitoso modelo estadounidense.[6]

Una y otra vez estamos ante el divorcio y la represión de una de las partes sobre la otra: la “ciudad letrada”, la clase alta y su cultura ilustrada, sobre la mayoritaria sociedad oral de una cultura popular que no podía estar muerta sino ignorada o despreciada por propios y ajenos. La cultura escrita europea fue la única visible y legítima en los medios de difusión de la época, en los periódicos, en los libros y las universidades. Hasta bien entrado el siglo XX muchos en Bolivia ignoraban o no querían ver que la amplia mayoría de su población era indígena; consideraban a su país un país de blancos porque eran los criollos blancos o blanqueados los que ocupaban las páginas de los periódicos y los puestos en el gobierno y la administración.

Ángel Rama define cuatro apariciones del indio como tema en la literatura latinoamericana: (1) en la literatura misionera de la Conquista; (2) en la literatura crítica de la burguesía mercantil del período revolucionario; (3) en el romanticismo como lamentación por su destrucción; y (4) “en pleno siglo XX, bajo la forma de una demanda que presentaba un nuevo sector social, procedente de los bajos estratos de la clase media, blanca o mestiza. Inútil subrayar que en ninguna de esas oportunidades habló el indio, sino que hablaron en su nombre.”[7]

No será hasta mediado del siglo XX que este signo se revertirá. Las culturas y las razas antes despreciadas se volverán centro de reivindicación, particularmente entre los escritores comprometidos de izquierda y entre los rebeldes y revolucionarios. Pero ya no será una simple pose pintoresca de indigenismo sino la expresión de un pensamiento: la restauración del origen perdido —no del futuro industrial— paradójicamente por aquellos que se definían como marxistas. El sentipensante, definido por Eduardo Galeano, se encarnará en el crítico y en el rebelde latinoamericano. El historiador peruano Manuel Burga, observa en Nacimiento de una utopía (1988) que “todos los pueblos sin escritura recurren a los rituales para recordar a sus ancestros míticos.”[8] Las sociedades de la colonia eran sociedades rituales, “el pasado era más importante que el futuro para ellos. La angustia que les produjo la conquista, y luego la violencia colonial, los lanzaron hacia el pasado.”[9] Huamán Poma de Ayala retrató varios de estos rituales y danzas donde se pueden ver españoles reproduciendo rituales indígenas en una ceremonia católica. Para Burga, son indios disfrazados de españoles representando un ritual disfrazado de símbolos católicos. La memoria maldita sobrevive a pesar de los extirpadores de idolatrías, de una forma aún más profunda que la ceremonia formal. Es memoria reprimida, grabada por el fuego de los extirpadores. Por otra parte, como veremos más adelante, la valoración del pasado como un tiempo superior que está hacia adelante (opuesto al tiempo progresista moderno de algo inferior, atrasado, que se ubica hacia atrás) es inherente en lenguas como el quechua y en las aspiraciones mítico-ideológicas de los pueblos originarios.

Pero la necesidad de reprimir y fusionar según las fuerzas del poder colonizador y de la resistencia del colonizado se dio incluso en un sentido opuesto y con el mismo objetivo. Diferente a los cronistas, en Comentarios Reales el Inca Garcilaso de la Vega (en cierta forma un converso en tierra española) intenta asimilar una mentalidad católica española, pero no puede olvidar su origen. Para resolver este conflicto o aparente contradicción, los integra en un proyecto común: según de la Vega, la cultura inca, su concepción teológica y su destino religioso fueron un estado previo en una evolución natural hacia el cristianismo. Garcilaso resuelve el celo monolátrico del cristianismo identificando a Pachacámac con Yahvé y a Zúpay con Lucifer.[10] Para Garcilaso, los incas tenían un dios único, el Sol; y por el otro, el Espíritu universal de Pachacámac, es decir, el Padre y el Espíritu Santo. El tercer elemento de la Trinidad, el Hijo es, precisamente, Jesu Christo el signo distintivo de la conquista.[11] La naturaleza previa a los Incas se revela falsa por ser adoración de algo inferior: “no había animal tan vil ni tan sucio que no lo tuvieran por dios.”[12]

En cualquiera de sus posibilidades, la idea de continuidad y sobrevivencia del mundo prehispánico ha sido repetida`mente evitada. Desde Ariel (1900) de J. E. Rodó, La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, Siete ensayos de interpretación (1928) de José C. Mariátegui hasta El espejo enterrado (1992) de Carlos Fuentes o Las raíces torcidas de América Latina (2000) de Carlos Alberto Montaner, los escritores del continente apenas sí se han detenido en las raíces precolombinas como traza viva del presente. Leopoldo Zea y otros latinoamericanistas han observado que en ningún otro continente como en América latina la colonización europea sustituyó las culturas originales. El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz —como versión mejorada de la obra de Samuel Ramos y básicamente referida a México—, es un ejemplo contrario. En los demás, la herencia indígena sobrevive cuando coincide con los defectos de España: las sociedades verticales de Mesoamérica fueron reemplazadas por la sociedad vertical de España, razón por la cual América Latina ha encontrado siempre dificultades en madurar una cultura democrática, etcétera.[13] El mismo Mariátegui entendía que lo único que sobrevivía del Tawantinsuyu era el indio como cuerpo biológico, ya que la civilización había perecido.[14] Carlos Fuentes, en El espejo enterrado (1992) entiende que

cuando Moctezuma y su imperio se hundieron en las aguas sangrientas de la laguna, el tiempo original del mundo indígena desapareció para siempre, sus ídolos rotos y sus tesoros olvidados, enterrados todos, al cabo, bajo las iglesias barrocas cristianas y los palacios virreinales.[15]

La sola idea de que estos millones de personas, desde México hasta Tierra del Fuego pudieran tener un pensamiento que no fuese europeos continuó siendo negada, incluso por investigadores contemporáneos.

Sin embargo, a lo largo de todos estos siglos, las masas analfabetas, que habían aprendido a sentir vergüenza de su propia cultura y de sus propios cabellos de cola de caballo, no tuvieron otra opción que continuar hablando sus idiomas vernáculos, practicando sus propias costumbres alejadas de los centros de civilización y sus propias maneras de pensar y de sentir. En países como Perú, en el siglo XIX todavía no tenían el idioma de los vencedores como idioma mayoritario. Laurete Séroujé nos recuerda que tribus como los huicholes, tribu actual del noroeste de México, la religión náhuatl parece sobrevivir en múltiples creencias y ceremonias.”[16] Quizás en un tono más anecdótico, Eduardo Galeano recuerda de su paso por Quito, en 1976, que “los indios todavía visten de negro por el crimen de Atahualpa.[17] El historiador y antropólogo Manuel Burga interpreta las fiestas y bailes y representaciones en Bolivia y Perú como una prueba de la permanencia de una identidad indígena y “una utopía andina.”[18] Más aún, “los estudios sobre esta misma representación en América Central y México son también abundantes; toda las descripciones parecen coincidir en presentarlas como diversas variantes de una danza única.”[19] Durante siglos, las autoridades europeas hicieron una minuciosa tarea de extirpación cultural. La respuesta de la memoria indígena consistió en una adaptación para la sobrevivencia. Los sacerdotes católicos fueron conscientes de este hecho desde el siglo XVI, razón por la cual llegaron a cambiar los calendarios, “aunque esto implicara un cambio en los santos patrones de cada pueblo.”[20]

Ahora, la sobrevivencia del mito, de un cosmos reprimido no es simple narración o reivindicación del pasado sino que está fuertemente asociada con las ideas de presente y futuro. Uno de los libros fundacionales de las utopías moderas fue, precisamente, Utopía (1516), de Thomas More. Lo que hoy es América Latina iba a jugar en esta nueva tradición un rol decisivo: More se inspiró en las cartas que Américo Vespucio escribió a principios de la era del descubrimiento del Nuevo Mundo. Vespucio había reportado que en estas tierras los nativos eran pueblos muy saludables y tenían extraños hábitos: no tenían en gran estima por las riquezas materiales, desconocían la propiedad privada y se bañaban todos los días. El machismo, una institución consolidada en Europa y exportada al nuevo mundo, no era lo suficientemente fuerte como para estimar la virginidad en la mujer o mantenerla alejada de los asuntos públicos.[21]

Más allá del hecho de si las cartas de Vespucio (como las de Hernán Cortés o las de Bartolomé de las Casas) son exageradas o no, lo cierto es que revelan una época: tanto América como Utopía expresaban los sueños y las aspiraciones de una Europa que se abandonaba a la pasión individualista, de la conquista y del dinero; la avaricia, cupiditas, dejaba de ser un pecado para convertirse en una virtud. El cristianismo renacentista desacralizó el mundo y sacralizó la salvación individual: si el mundo ya no era sagrado sino materia, estaba bien explotarlo sin condenar a la humanidad a la perdición. Es decir que la utopía fue, desde muchos puntos de vista un sueño colectivo, la expresión simbólica del deseo de lo que no se es o no se tiene, la culpa por lo que no se ha hecho o se ha hecho mal, un sueño que en muchos casos terminó en pesadilla. El tiempo europeo que, gracias a los primeros humanistas modernos del siglo XIV dejó de ser concebido según las Eras de los metales como un proceso inevitable de degradación y corrupción y en los siglos posteriores pasó a ser una gráfica ascendente, donde todo tiempo pasado fue peor; lo mejor estaba por delante, hacia el futuro: el progreso y la superación de todos los males gracias al conocimiento del hombre y del mundo.

Diferente, el mundo amerindio no separó la sangre del espíritu, los hombres y las mujeres del universo natural ni se regía por la concepción judeocristiana del tiempo lineal. Como en muchas otras culturas, era un tiempo circular. El progreso, la virtud, el sentido de justicia era y vuelve a ser más bien una restauración del origen. Así, la utopía termina en los intelectuales comprometidos, en los revolucionarios tal como comenzó en el siglo XVI: inspirada en Amerindia, en el cuestionamiento a la irracionalidad del consumismo, a la avaricia y al individualismo desde una visión ecologista, que también es una reivindicación indígena e indigenista.

Es común considerar que el pasado está hacia atrás y el futuro hacia adelante. Ésta es una concepción, aunque unánime, del todo arbitraria. Así como el norte no está hacia arriba, el futuro no está hacia adelante. El idioma ha atrapado la idea de nuestro cuerpo que camina hacia adelante y lo ha fijado en nuestra concepción del tiempo. Mucho más en inglés, donde las acciones son más recurrentes que las contemplaciones, donde no se distingue ser de estar pero se distinguen diferentes formas de hacer (to make/to do, sin entrar a considerar el vasto vocabulario coloquial que se refiere al dinero o a los negocios hasta en el acto de comer o simplemente de saludar), donde las distinciones en tiempo pasado son menos sofisticadas que en otras lenguas como el español.

En mentalidades y civilizaciones como la nuestra, la acción predomina sobre la contemplación de la existencia, y por lo tanto el futuro está hacia adelante. En culturas más contemplativas como en la antigua Grecia o en las andinas, el tiempo era un rio que fluía desde nuestra espalda hacia lo que tenemos por delante. Es decir, el pasado estaba hacia adelante y el futuro hacia atrás. Esta concepción, que en principio puede parecernos absurda es aún más lógica que nuestra propia concepción del tiempo: si podemos ver el pasado en formas de recuerdos y no podemos ver el futuro incierto, entonces lo que tenemos delante de nosotros no es lo que vendrá sino lo que ha sido, es decir, la memoria. En el mundo andino, ese tiempo es el ñaupa-q,[22] palabra que, igual que muchas otras, sobrevive hasta en las regiones más euroamericanas como el Cono Sur.

El componente amerindio está por todas partes, casi siempre sobreviviendo de forma subterránea, inadvertida, por lo que cabe preguntarse: ¿hasta dónde se extiende hoy en día la práctica colonial de los pueblos latinoamericanos? ¿Es posible revertir este proceso desde la cultura misma? Según Eduardo Subirats, este proceso colonizador se extendió incluso hasta la propia academia contemporánea: la colonización de la poética latinoamericana consistió en “el secuestro de la intencionalidad intelectual, la domesticación y neutralización del compromiso histórico y político de la teoría”.[23] En contrapartida, Subirats pone el acento en el valor mítico y oral de las poéticas de la resistencia latinoamericana oponiéndose a la neutralización academicista. “A favor de esa piadosa conversión del arte en acción comunicativa se arguye que, al fin y al cabo, todo son representaciones, lo mismo la guerra contra el mal que los videoclips de Madonna”.[24] Subirats entiende que “las culturas y memorias ibéricas y latinoamericanas deben revisarse y redefinirse a partir de sus centros espirituales, no de sus fronteras”.[25] Uno de estos centros debería ser los espacios y símbolos sagrados compartidos por una tradición estratégicamente olvidada: la judía-cristiano-musulmana en España y las antiguas concepciones cosmológicas en América. “Estas tradiciones y conocimientos se extienden desde códices y obras de arte hasta las tradiciones orales y artísticas milenarias sobrevivientes en el día de hoy”.[26] Y más adelante:

Pero el descubrimiento y la colonización de América tampoco pueden comprenderse como proceso civilizatorio sino es a partir de la continuidad que recorre sus mitos teológicos de la culpabilidad originaria de los pueblos americanos y su redención por la conversión bajo la cruz, por una parte, y los discursos y violencias de la salvación político-económica bajo los nombres empírico críticos, positivistas, marxistas-leninistas o neoliberales del progreso.[27]

Quetzalcóatl-Viracocha

El descubrimiento de América exacerbó las fantasías europeas. El mismo día que en España vencía el plazo para que los judíos abandonasen España, Cristóbal Colon sale hacia lo desconocido. Ese mismo año los cristianos habían expulsado a los últimos gobernantes musulmanes y continuarían la Reconquista con la conquista de América. Los primeros aventureros como Hernán Cortes, con la cabeza tan llena de literatura como cien años más tarde lo estaría otro Quijote, Don Alonso de la Mancha, confundieron los tempos mayas y aztecas con mezquitas. Como Don Quijote, Hernán Cortés fue un best seller de su época, aunque los relatos de su propia barbarie estaban lejos del idealismo de don Quijote. Antes que América se convirtiese en el infierno de los conquistadores, comenzó siendo el Edén, como lo expresó Américo Vespucio, cuando encontró pueblos sanos y con costumbres extrañas, como bañarse todos los días o darle poca importancia a la virginidad y demasiada libertad a la mujer.[28] El machismo europeo fue exportado a América pero no a cambio del hábito de bañarse todos los días. Los nativos, que por los siglos por venir llevarían su nombre, con la exótica costumbre de desconocer la propiedad privada y de despreciar la codicia, representaban todo lo opuesto a la Europa renacentista, sedienta de conquista y de riquezas. Esa Europa cristiana, que había separado el mundo espiritual del material, también había dejado de condenar la riqueza; por el contario, del día para la noche pasó a valorar la codicia como motor del progreso material —y como símbolo de pertenecer a los elegidos de Dios.

Las cartas de Américo Vespucio inspiraron al político Tomas More en su famoso Utopía (1516). Vespucio se queja: “me calumnian porque dije que aquellos habitantes no estiman ni el oro ni otras riquezas”.[29] Quizás no se deba tomar sus crónicas como algo rigurosamente verídico; aparentemente no están exentas de exageraciones, pero como una ficción misma revelan su propia época. De hecho, pocas crónicas fueron escritas sin una buena dosis de realismo mágico. Pero las fantasías son más reales que la realidad. El fanatismo de los conquistadores hizo posible que unos pocos españoles sometieran a millones de aztecas e incas; las fantasías de los conquistados, como la idea de que los españoles eran Quetzalcóatl o Viracocha que regresaban a reclamar el trono, hicieron el resto, sino la mayor parte.

Según la ontología amerindia, los humanos son responsables de mantener el Cosmos en movimiento. Lo peor no es la crisis y el derrumbe cíclico, sino la inercia y la inmovilidad. La justicia de los hombres y semidioses es el motor del movimiento, a veces armónico y a veces violento, que lleva a un estado de bienestar. Lo peor no es el infierno sino la caída del espíritu en la materia, la desacralización de la sangre y el espíritu —la explotación y mercantilización de la naturaleza.

Uno de los dioses más paradigmáticos de ese Cosmos es Quetzalcóatl y sus diferentes versiones. Como en cualquier héroe mitológico, su nacimiento está investido de signos trágicos o excepcionales. Quetzalcóatl nace en un mundo de conflictos y, en muchas versiones, de padres enfrentados en la lucha. Con fuertes connotaciones psicoanalíticas, algunas leyendas refieren este nacimiento como producto del erotismo de los opuestos en una lucha. La madre, una guerrera chichimeca descendiente del dios Tezcatlipoca, provoca o desafía al padre, el guerrero Mixcoatl, dejando las armas en el suelo y desnudándose. Mixcoatl igualmente tira sus flechas sobre la guerrera desnuda pero falla todos sus intentos de herirla. Luego el simbolismo se traduce directamente en la acción sexual. Después de una breve fuga por el bosque, el guerrero la posee en una cueva y la embaraza.

El mundo en que nace Quetzalcóatl es un mundo de combates, sacrificios humanos y conflictos permanentes.[30] Quetzalcóatl matará a sus predecesores y revolucionará la sociedad suprimiendo —temporalmente— un elemento recurrente de la cultura mesoamericana: el sacrificio humano. Un período de gran creatividad sigue a esta revolución tolteca —el pueblo de los pensadores, en oposición al más primitivo pero dominante pueblo azteca— donde prosperan las artes y el conocimiento.[31]

El cambio y el florecimiento de la nueva organización debe ser guiada por el hombre-dios, según todas las versiones de la cultura mesoamericana. Quetzalcóatl advierte la amenaza del hundimiento procedente del Este. Pero esta no es sólo la condición psicológica o el destino de un dios con múltiples rostros sino la naturaleza misma del cosmos mesoamericano. Los demás dioses también son conscientes de la inestabilidad en la que se encuentran, por lo que se exigen cada vez más acciones para mantener al sol y la luna en movimiento. Quetzalcóatl es elegido para ejecutar este sacrificio reparador de los dioses. Pero esta acción radical de teocidio no produce el efecto esperado y el Sol no se (con)mueve. Razón por la cual Quetzalcóatl decide auto sacrificarse. Podemos deducir la importancia de este dios-hombre por el efecto de su acción, de su auto sacrificio: el Sol retoma su camino y de esa forma se produce el nacimiento de la Era del Quinto sol. Todos los mitos mesoamericanos indican la idea de que la creación del mundo es siempre incompleta. Existe una permanente “duda divina”. El resultado no es una visión del cosmos regida por el ritmo y el orden prevaleciendo sobre el caos, sino un modelo revolucionario donde una parte se enfrenta ferozmente a la otra. A cada período de orden sucede un período de revolución que mantiene en movimiento el Universo.[32]

Es significativa la idea de que Quetzalcóatl representa al creador de la nueva humanidad. En la leyenda del Quinto sol, la humanidad es creada luego de cuatro intentos fracasados de los dioses, que se negaban a intentarlo por quinta vez. El hombre nuevo es resultado, también imperfecto, de Quetzalcóatl. Según la Leyenda de los soles, la serpiente emplumada restaura la vida humana a través de un viaje del héroe —elemento arquetípico— a las tierras de los muertos. Quetzalcóatl le reclama a Mictlantecuhtli los huesos de los ancestros para hacer una “nueva humanidad”. Para ello, el dios de los muertos le pide una tarea imposible: soplar una caracola sin agujero. Enfrentado al engaño, Quetzalcóatl recurre a seres naturales, a los gusanos y las abejas para que perforen la caracola. El señor del bajo mundo —consecuente con una dialéctica entre hechos y palabras— reconoce el logro de Quetzalcóatl y consciente en entregarle los huesos, pero ordena a sus sirvientes detenerlo. Quetzalcóatl desafía al señor de la muerte verbalmente e intenta escapar del infierno. Los demonios crean un abismo donde cae y muere, rompiendo los huesos. Su doble lo regenera y así puede escapar del abismo. Pero los huesos están rotos y Quetzalcóatl debe dárselos así a su consorte, Cihuacoatl-Quilaztli, quien los pone en su mortero de piedra y los muele. Quetzalcóatl sangra su pene sobre ellos (la idea de que el alma humana descendía del cielo al vientre materno es propia de la cultura tolteca), de donde nace un niño varón y cuatro días después una niña. De ellos desciende la humanidad.

Davíd Carrasco sintetiza las diferentes variaciones en la persistencia de (a) una dualidad en lucha por la cual cada edad es creada por el combate o sacrificio de un par de opuestos; o la creación ocurre por (b) un descenso cósmico, donde el creador baja a un mundo inferior. Esta idea del descenso hace a Quetzalcóatl el más humano de todos los dioses. La creación ha sido imperfecta, el logro no se ha completado. Esta idea de “las cosas resultaron bastante mal” es común en la cultura religiosa mesoamericana. Pero la idea de que la destrucción final debe ser diferida mediante el sacrificio permanente, es revertida por Quetzalcóatl de Tollan (o Tula), quien reemplaza esta ansiedad de la inestabilidad y del caos del cosmos y los sacrificios rituales, por la armonía y la creatividad. Por esta razón, Quetzalcóatl es el símbolo de la autoridad legítima que es capaz de un orden sagrado en un mundo inestable. Ya en la época de Chololan, Quetzalcóatl es reconocido como el dios de las masas, el que es capaz de integrar la gran estructura social. Más tarde, en la Tenotchitlán azteca, es posible que se haya convertido en el dios de la clase alta. El retorno de Quetzalcóatl descubre la atmósfera de inestabilidad cósmica y de inferioridad cultural que marcaron la capital azteca, Tenotchitlán, desde su fundación. Los aztecas sufrieron del ansia de la ilegitimidad de su autoridad.[33]

La repetida idea de un imperio ostentando un poder ilegítimo surge, de forma muy particular, del poder mismo. Para revertirla, los aztecas recurren a la conmoción psicológica. En una ocasión invitan a representantes de pueblos vecinos a presenciar masacres rituales, como forma de sostener su poder mediante el terror de la fuerza[34]. Esta política contuvo pero también potenció las energías de una rebelión que fue aprovechada por los españoles. Moctezuma, consciente de la ilegitimidad histórica de su imperio, ante la inminente llegada de Quetzalcóatl, abandona el gran palacio y ocupa uno menor, en espera de la verdadera autoridad, la subyugada Tula. Con Moctezuma se da un hecho incomprensible para la historia de Occidente pero que nos revela un rasgo interior de la cultura mesoamericana: un gobernante que ostenta el poder absoluto y renuncia a él por una conciencia moral de ilegitimidad, por su propia mala conciencia. Lo que nos da una idea del significado prioritario del terror sagrado que unía al mesoamericano con el cosmos. Una idea semejante de ilegitimidad de la autoridad será retomada por diferentes autores al referirse a la percepción histórica del pueblo latinoamericano hacia el poder y sus gobernantes.

Quetzalcóatl no es el dios creador del Universo, sino un donador de la humanidad, como Prometeo, que da a los hombres y mujeres las artes, el conocimiento y los alimentos. Es decir, un reparador del caos o un servidor ante la necesidad natural del mundo. No es un dios que castiga a su creación, sino un dios limitado y frágil que lucha ante la adversidad en beneficio de una humanidad que ha sido castigada de antemano por fuerzas superiores. Pero es también el ideal de la autoridad legítima, una autoridad máxima capaz de ordenar, regular y dar prosperidad a un pueblo permanentemente amenazado por el cosmos y por la violencia imperial de los dioses guerreros.

Una característica del mundo prehispánico parece ser la conciencia de destrucción, abandono o renuncia. Como en pocas partes del mundo antiguo y moderno, cada nueva cultura o civilización estaba obligada a desarrollarse con el recuerdo cercano de alguna otra gran civilización, creadora de monumentales edificios, ciudades y mitos de tiempos dorados. La visión del pasado debió ser radicalmente diferente a la visión displicente que procede de nuestra orgullosa modernidad. Los mitos cosmogónicos mesoamericanos reinciden en una idea cíclica de creación y destrucción, lo cual es común en civilizaciones más antiguas como las asiáticas, pero son dramatizados, a veces de forma sutil, por una particularidad: la destrucción violenta por medio de terremotos y huracanes, por la furia de la naturaleza o, lo que para el mundo mesoamericano era lo mismo, por la furia de los dioses. Ambos, dioses y naturaleza estaban directamente conectados con el sacrificio, con la sangre humana. Con la violenta penitencia los hombres se comunicaban con los dioses o remediaban la arbitrariedad de la naturaleza humanizándola. El objetivo no era la vida eterna de los cristianos o la liberación de los hindúes sino evitar que el cosmos se detuviera o que se conmoviera hasta la destrucción. No sólo los enigmáticos abandonos de estas grandes ciudades son un rasgo distintivo, sino también la misma monumentalidad de sus obras: desde Tula y Teotihuacán, hasta Machu Pichu pasando por una célebre colección de abandonos. Esta memoria debió ser, al mismo tiempo, la teleología de los ciclos de grandeza y destrucción. Una cultura o una civilización no reemplazaban a otra como en Medio Oriente, en Asia o en Europa. Un espacio era abandonado y los nuevos pueblos errantes se asentaban en algún otro lugar para comenzar de nuevo, con la conciencia de una próxima catástrofe.

 Si el mito o la voluntad de Prometeo es una herencia de la cultura ilustrada de Europa que se opuso o criticó la empresa Europea de conquista y colonización, el mito o la voluntad de Quetzalcóatl-Viracocha es la herencia de las masas populares —que resistieron, se impusieron y dieron forma a la mentalidad de un continente que comparte más que un idioma— y se opusieron al invasor. Según Carlos Fuentes, Quetzalcóatl se convirtió en un héroe moral, como Prometeo; ambos se sacrificaron por la humanidad, les dieron a los mortales las artes y la educación. Ambos representaron la liberación, aun cuando ésta fue pagada con el sacrificio del héroe.[35] Fuentes advierte este equivalente en dos pinturas del muralista mexicano José Clemente Orozco, una en Pomona Collage en Claremont, California y la otra en Baker Library en Dartmouth Collage, en Hanover. En la primera Prometeo simboliza el trágico destino de la humanidad y en la segunda Quetzalcóatl, el inventor de la humanidad que es exiliado al descubrir su rostro y deducir de él su destino humano, es decir, de alegría y dolor. Orozco sintetiza las dos figuras en un solo hombre pereciendo en la hoguera de su propia creación, en el Hospital Cabañas de Guadalajara.

Tanto Prometeo como Quetzalcóatl son dioses derrotados, porque su rasgo humano impone un grado de imperfección y de injusticia por parte de los dioses superiores (Zeus, Mictlantecuhtli, Tezcatlipoca).[1] En ambos, como en Jesús, el simbolismo de la sangre es central, porque es el elemento más humano y más sagrado entre los elementos del universo contra los cuales debe luchar permanentemente para sobrevivir, para ascender (Prometeo) o para evitar el caos, la destrucción final (Quetzalcóatl). Pero si el “humanismo divino” de Prometeo y de Quetzalcóatl tienen elementos en común, también se oponen, reproduciendo la cosmología mesoamericana de los opuestos en lucha que crean y destruyen: Prometeo desafía la máxima autoridad para beneficiar a la humanidad. La historia del humanismo a partir del siglo XIII europeo integra una conciencia histórica de progresión, igualdad y libertad en el individuo-sociedad que se opondrá de forma radical al tradicional paradigma religioso basado en la autoridad. El humanismo de Quetzalcóatl, si bien significa un desafío a los dioses superiores e inferiores en beneficio de la humanidad, está marcado por la fatalidad de los ciclos y por su propia dualidad. Las autoridades destructivas son reemplazadas por otra autoridad, el dios-hombre que periódicamente es derrotado por fuerzas superiores.

Por su parte, el dios Viracocha en Perú también poseía múltiples representaciones y, probablemente, múltiples formas de ser. Pero la dualidad es común y se puede resumir, al igual que en el dios mesoamericano, en (1) un dios superior, creador del Cosmos y (2) un dios humano, ordenador del caos del mundo. Como Quetzalcóatl, Viracocha abandona a su pueblo marchándose hacia el océano, pero no hacia Oriente sino hacia Occidente con la promesa de volver. Viracocha tampoco es un dios único y creador sino “el que señala el lugar adecuado para cada cosa y el momento en que cada uno lo debe ocupar,”[36] es decir, una suerte de gran arquitecto y, al mismo tiempo, el gobernante legítimo.

Viracocha posee la misma dualidad de Quetzalcóatl, siendo al mismo tiempo creador del mundo (salido del lago Titicaca) y “héroe cultural”. Como en la cosmogonía mesoamericana, la creación no es única sino que está pre  cedida de intentos fallidos. Después que Wira-Kocha crea el mundo y “ciertas gentes”, en una segunda aparición convierte a esta gente en piedras. Crea el Sol, la Luna y un arquetipo de seres humanos en diferentes lugares de la tierra. Luego se retira hacia el océano y desaparece. Como en México, el mundo antiguo del Perú.. sur se construía y destruía por la oposición de dos fuerzas en lucha. En la capital del imperio inca los combates rituales consistían en enfrentamientos de jóvenes. Era, “la oposición ritual de dos mitades, hanan y hurin, que conformaban la ciudad de Cuzco. Estos combates formaban parte de la ceremonia de Kamay, vinculada a la agricultura del maíz y la legitimación de las noblezas indígenas.”[37]

Las tragedias de Moctezuma y la de Atahualpa también son paralelas, aunque los separen diez años y miles de quilómetros. Los une una cosmogonía similar, el sentimiento de la ilegitimidad de sus poderes y, como consecuencia, la misma historia de derrota. Al morir Huayna Cápac, el imperio inca quedó dividió en dos hermanos: al norte en Quito, en manos de Atahualpa, y al sur en Cuzco, en las de Huáscar. Pero Atahualpa entra en guerra con su propio hermano y lo derrota.

Como los aztecas en México, los incas formaron un imperio sobre distintos pueblos andinos. Cuando Pizarro llega a Perú, el imperio estaba dividido por luchas fratricidas. Esta misma idea del poder cuestionado por el oprimido pero también por quien lo ejerce, se acentúa con la disputa de Atahualpa sobre su hermano, ante él y ante los habitantes de la gran capital, Cuzco. “Atahualpa, después de tres años de luchas intestinas, se encontraba a punto de celebrar su triunfo y de ir al Cuzco para recibir las insignias reales, pero las noticias de la llegada de los españoles las recibe en Huamachuco y de ahí decide ir a Cajamarca para la entrevista con los recién llegados.

Poco hacía que Atahualpa se había convertido en la autoridad máxima cuando comenzaron a llegar signos inquietantes. Cada uno, como el paso de un cometa, eran anuncios para Atahualpa de una catástrofe. Coincidentemente, los mensajeros del imperio comienzan a llegar con noticias de Viracocha, que regresa por el mar. “Huamán Poma indica, lo que ha podido ser una idea consensual en las creencias campesinas de su época, que a la muerte de Huayna Cápac y durante sus funerales en el Cusco se descifró la profecía que había sido mantenida en secreto durante muchas generaciones: unos hombres vendrían del mar (cocha) a conquistar el imperio.”[38] Según los quipucamayos de Vaca de Castro, “los indígenas consideran que la llegada de los españoles significaba el regreso de los dioses.”[39] Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina (1971) recuerda —y de alguna forma confirma— la profecía popular según la cual los mismos incas que quisieron aprovecharse de la plata de Potosí se encontraron con una advertencia quechua: “no es para ustedes; Dios reserva esas riquezas para los que vienen de más allá.”[40] Los mensajeros del imperio inca “decían que había llegado a su tierra ciertas personas muy diferentes en nuestro hábito y traje, que parecían Viracochas, que es el nombre con el cual nombramos antiguamente al criador de todas las cosas.”[41] Ahora Viracocha realiza la marcha opuesta al sol y a la dirección de la civilización, “es una marcha de castigo.”[42]

El 5 de enero de 1533 un primo de Hernán Cortes, Hernando Pizarro, llega a la “mezquita” de Pachacámac y logra profanar públicamente el santuario para desacralizarlo. El soldado analfabeto, “pensando más en sus obligaciones militares y en el acopio de metales preciosos, no se interesó en los rituales, sino que más bien —como buen soldado del siglo XVI— se dedicó a crear lazos de obediencia con los jefes étnicos de la costa central. Enterado del regreso de Viracocha, Atahualpa espera a los hombres-dioses en Cajamarca y los recibe. Los españoles no encontraron ninguna resistencia militar. “Todo lo contrario, reincidieron en su comportamiento ritual, cantos y danzas para celebrar la llegada de los extraños visitantes.”[43] En un atardecer, en una confusión que no duró más de media hora, Pizarro y sus hombres atacan la plaza central y capturan a Atahualpa. Poco después deciden ejecutarlo en el garrote, el 26 de julio de 1533, con la excusa de castigar al asesino de Huáscar, el legítimo emperador, y prometen devolver el poder a la antigua nobleza. Según Burga, hubo una “abierta satisfacción de las noblezas cuzqueñas por la ejecución de Atahualpa.”[44] Enseguida Pizarro designa sucesor a Tupac Huallpa. Luego a Manco Inca, descendientes de Huayna Cápac.

Los españoles difundieron el rumor de que el cuerpo de Atahualpa había sido incinerado luego de su muerte. De esa manera, procuraban desterrar las esperanzas mesiánicas que parecían despertarse entre los nativos. Curiosamente, estas esperanzas “aparecían como un sentimiento popular, más que como una actitud de las noblezas indígenas.”[45] Según la versión de Huamán Poma de Ayala —quien recoge la tradición oral, no las crónicas que él conoció— a Atahualpa le cortaron la cabeza por orden de Pizarro. “Se completa así un ciclo de deformaciones indígenas sobre la muerte del inca en Cajamarca y se deja abierta la posibilidad al nacimiento de un nuevo ciclo de esperanzas mesiánicas.”[46]

Al mismo tiempo, los dioses andinos “se vuelven falibles y en consecuencia mentirosos.”[47] Atahualpa, en su cautiverio, acusa a Pachacámac de fallar cuando anunció que su padre Huayna Cápac sanaría y sin embargo murió. Los dioses pierden credibilidad y los indígenas recurren a lecturas apocalípticas de los hechos. Huamán Poma de Ayala se declara cristiano pero insiste en marcar la diferencia moral basada en la codicia, como defecto principal, que lleva a la destrucción del mundo. Dirigiéndose a los lectores españoles, escribe: “ves aquí en toda la ley cristiana no he hallado que sean tan codiciosos en oro y en plata los indios, ni he hallado quien deba cien pesos ni mentiroso, ni jugador, ni perezoso, ni puta ni puto […] y vosotros tenéis ídolos en vuestra hacienda, y plata en todo el mundo.”[48]

Tanto incas como aztecas adaptaron su mitología con propósitos políticos. En ambos, la ilegitimidad cósmica de su poder fue una conciencia insuperable que los llevó a la renuncia, a la derrota y al martirio. Para los hombres y mujeres del mundo prehispánico, el poder no era mera cuestión de fuerza sino que poseía una naturaleza moral. Tanto Atahualpa como Moctezuma sufren de la mala conciencia de su poder ilegítimo y por eso son derrotados.

Los españoles, en cambio, no tuvieron esta mala conciencia. Según Américo Castro, la creencia de ser “pueblo elegido” llevó a españoles y portugueses a las empresas ultramarinas en el siglo XVI.[49] y después a la ruina.[50] Sin embargo, esta idea que equipara el oro al favoritismo de Dios será más propia de la ética calvinista, no de la católica España. Pero la motivación de riquezas rápidas en el Nuevo Mundo nunca deja de ser una prioridad en las acciones de los conquistadores. Las repetidas invocaciones a la evangelización aparecen en segundo lugar y pueden leerse como justificaciones morales de objetivos entendidos como pecados capitales por la tradición cristiana. Tanto Cortés como Pizarro, resuelven su mala conciencia —basada en la codicia y la necesidad de fama, ambos rasgos renacentistas de la medieval España— con la adaptación de la religión a sus acciones, no de sus acciones a la religión o a su conciencia, como parece mostrarlo tímidamente Cortés en sus años de madurez. Es decir, aunque motivados por la religión, quizás como atenuante moral, no son creyentes en el grado que lo eran los pueblos amerindios.

Muy pronto los incas y otros pueblos sometidos por los españoles, comenzaron a comprender que los hombres-dioses no podían ser dioses, ya que carecían de las virtudes morales del gobernante legítimo. Su mayor defecto, la ambición de riquezas. Según Inca Garcilaso de la Vega, los indígenas comprendieron que los españoles “no eran dioses, sino simplemente hombres y, más aún, que eran la misma encarnación de zupay, demonio.”[51] El oro se convierte en el símbolo de la muerte, en la antítesis de la sangre. Eduardo Galeano recuerda una anécdota de Humboldt que, en 1802 muestra la persistencia del oro-pecado entre la población indígena. Astorpilco, un descendiente de incas, “mientras caminaba le hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. ‘¿No sentís a veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?’, le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: ‘Tal antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviésemos las ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño.’”[52] Otra historia popular cuenta, según Carlos Fuentes, que José Gabriel Condorcanqui —Tupac Amaru— en 1780 se rebeló contra la autoridad española, capturó al gobernador y “puesto que los españoles habían demostrado semejante sed de oro, Tupac Amaru […] lo ejecutó obligándole a beber oro derretido.”[53] Abusando del mismo simbolismo, en 1781 los españoles diseñaron al rebelde una muerte ejemplar, cortándole la lengua primero —quitándole la palabra—, tratando luego de despedazarlo tirando en vano de sus extremidades por cuatro caballos, hasta que decidieron degollarlo. Luego cortaron manos y pies debajo de una horca inútil. Juan Gelman, en Exilio (1984), entiende que “Europa es la cuna del capitalismo y al niño ese, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia, Millones de indios americanos tuvieron que morir para engordar al niño.”[54] Referencias literarias como estas son infinitas. Todas resumen la idea de que el pecado surge de la desacralización de la sangre y crece, como los dioses españoles llegados del mar, comiendo oro y plata.

En esta cosmología, la muerte del mártir se convierte en victoria moral y, por lo tanto, en memoria y ejemplo contra el poder ilegítimo por la codicia. Incluso un emperador cuestionado como Atahualpa se convertirá en ejemplo de resistencia, como más tarde, una vez derrotado el ambicioso imperio español en el contexto mundial, “lo hispánico” resurgirá como la fuerza contraria al materialismo norteamericano. El oro, otra vez, al ser desacralizado se convierte en agente desacralizador, en el símbolo del mayor pecado. La sangre de América Latina que corre por sus “venas abiertas” se convierte en mercancía y, por lo tanto, en el mayor sacrilegio, en el defecto moral de oprimidos y opresores. Resistir este pecado es un mandato moral y se mide con un sacrificio que a veces llega al ofrecimiento de la sangre propia. Un poeta cuya militancia lo llevó a la muerte, como Francisco Urondo, había revelado este sentimiento en sus versos: “nada / nos hará retroceder: le tenemos más miedo al éxito que al / fracaso.”[55]

Lo que en algunas ruinas mayas se identifica como la cabeza de la serpiente emplumada de Quetzalcóatl coincide increíblemente con las representaciones de los dragones coreanos. Por ejemplo, las cabezas de dragones que salen de las paredes del templo de Naksan en la costa este sudcoreana, cuyos orígenes no son tan antiguos (año 676) pero sugieren una fuerte conexión con las representaciones de Kukulcan (años 600-900), origen maya de la versión azteca más conocida de Quetzalcóatl. La cabeza del dragón coreano, aparte de escamas posee plumas, dientes y fauces de un dragón, todo representado con el mismo estilo que las deidades mexicanas. También es muy probable que los colores originales sean los mismos, ya que en el mundo mesoamericano el verde era un color sagrado.

Esto nos conduce a otros problemas. Recordemos que una de las alegorías centrales de la mitología azteca, que aparece hoy en la bandera mexicana, representa la lucha de una serpiente con un águila. La cultura azteca es mucho más joven que la maya y muchas otras que se diseminaron por el continente. En muchos casos, aparecen diferentes versiones de Quetzalcóatl, ya sea como Kukulcan o como el más distante y nunca asociado Viracocha en Perú.  Quetzalcóatl contiene a ambos: la serpiente o dragón y el quetzal o el ave del paraíso. De este período, probablemente, procede uno de los rituales más particulares del mundo, originado antes del periodo clásico y vivo aún hoy en día en México: los hombres voladores. Originalmente los participantes (4+1, como en el calendario) se vestían con plumas verdes de quetzal.

El mito de Huitzilopochtli parece reforzar este cambio de Eras. Su hermana, Coyolxauhqui (cara pintada de cascabeles), intenta matar a su madre Coatlicue porque ésta se embaraza de una forma deshonrosa con un abola de plumas que cae entre sus senos (o con una pluma que entra en su vientre) mientras barría la Montaña de la Serpiente. No por casualidad Coatlicue en náhuatl significa “falda de serpientes” y no por casualidad fue embarazada por una pluma, que es una poderosa representación simbólica de una traición o adulterio, un cambio de Era, la de la serpiente (tierra/fecundidad/femenino), por otra, la del ave (cielo/abstracción/masculino). Antes que Coatlicue diese a luz a Huitzilopochtli, Coyolxauhqui intenta matar a su madre. Pero el recién nacido Huitzilopochtli, vestido de plumas, mata a su hermana y a sus seguidores, a quienes arroja al cielo para hacerlos estrellas.

Es muy difícil saber cómo era representado este dios tan importante, ya que probablemente existen menos representaciones de él que de dioses menores, aunque en algunos códices aparece siempre con grandes plumas verdes, como las del quetzal. Por otra parte, su nombre alude al colibrí, también ave de plumas verdes. Sabemos que era el dios principal de la guerra y podríamos especular que pertenecía a la esfera celestial, por el origen de su nacimiento (una pluma) y por su oposición a su hermana, representada con serpientes como agente de la tierra.

Tampoco es casualidad que Coatlicue haya dado a luz a Huitzilopochtli de una forma asexuada, fecundada por una pluma, lo que resulta un paralelo claro con el nacimiento de una era celestial y masculina sobre un pasado terrestre y femenino. Huitzilopochtli también era la representación del sol o el sol mismo. Tradicionalmente los dioses celestes han pertenecido a religiones patriarcales. Por otra parte, la importancia de la ausencia de sexo en la madre del dios es un sustituto simbólico de la virginidad; para Coyolxauhqui es un pecado, pero es típicamente una virtud para las culturas patriarcales.

No es casualidad que los habitantes prehispánicos del valle adorasen a Coatlicue en el cerro Tepeyac, el mismo donde surge el culto a la virgen María en la cuarta década del siglo XVI. Por entonces, Coatlicue era conocida como diosa de la falda de serpientes pero también como Tonantzin o Teteoinan, “madre de los dioses”. Si consideramos que Huitzilopochtli fue el único de los hermanos sobreviviente, entonces de hecho Coatlicue era la “madre de dios”, quien lo concibió sin tener relaciones sexuales. La falda o vestido de la actual imagen de la virgen de Guadalupe (Ave María) está ornamentada con figuras innecesarias que sólo se explican por su estética indígena, que bien podrían ser estilizaciones de una falda de serpientes, así como su capa verde es el sustituto de la figura del quetzal (ave del paraíso). El verde fue un color divino y real en el cosmos amerindio y tal vez también representó la libertad, debido a que el quetzal no se reproduce en cautiverio. También verde era el color brillante del colibrí (Huitzilopochtli, el “Colibrí izquierdo”) y del agave (maguey) que florece después de cinco años para morir y reproducirse.

Aunque el ángel que parece sostenerla pueda proceder de la tradición pictórica de Europa, desde la perspectiva de los indígenas esta asociación debió ser imposible. Para ellos, ese ángel no podía ser otro que Huitzilopochtli, el colibrí, el hijo recién nacido que se vistió de plumas para proteger a su madre. Algunas teorías han sugerido que en realidad la palabra de origen árabe “Guadalupe”, que da nombre a la virgen negra de España, en su origen debió ser Coatlalopeuh, que significa “la que domina las serpientes.”[56] Los cuernos negros que vemos a los pies de la virgen en la famosa imagen mexicana (frecuentemente asociados a la luna) serían esta serpiente disimulada. Si bien esta lectura es consistente con una interpretación del génesis judeocristiano, también lo sería según lo que hemos propuesta más arriba: a través de su hijo, Coatlicue vence sobre su hija Coyolxauhqui, representante del mundo de las serpientes que comenzaba a dejar lugar a Huitzilopochtli, el mundo masculino de las aves.

Ahora, si Huitzilopochtli es el triunfo definitivo de la Era del Ave sobre la Era de la Serpiente, otra hipótesis que podríamos considerar es Quetzalcóatl como la representación no de un mundo consolidado sino como el mito y el personaje de un mundo ambiguo y en transición, del mundo reptil, el mundo de la tierra, al mundo de las aves, el mundo de los cielos.

Obviamente que el continente americano se distingue por su población de pájaros. Pero no podemos decir que Asia haya adoptado el dragón por su abundancia de dragones o de reptiles. La razón debe radicar en el momento en que una cultura y una civilización madura o recibe su impronta histórica, la consolida y perpetúa. Podemos ver esto en las culturas derivadas de las improntas del viejo testamento, a partir de Moisés, o de las culturas cristianas a partir de Cristo y de las culturas grecorromanas de los primeros siglos de esta época.

El símbolo de la fundación de Tenochtitlán, México, hecho relativamente reciente y uno de los últimos de las culturas amerindias, representa el fin de la ambigüedad, el conflicto final y el triunfo definitivo del águila sobre la serpiente. Por lo que ya vimos más arriba, no es casualidad que fuera precisamente Huitzilopochtli el dios que diera instrucciones a los mexicas para fundar su ciudad, Tenochtitlán, en el lugar donde un águila sobre un nopal estuviese devorando una serpiente.

El sentimiento de culpa o de ilegitimidad que poseían los últimos emperadores aztecas (y el último emperador inca) por haber desplazado a los legítimos creadores de una cultura anterior, Tula, fue explícito, sobre todo en el momento en que tanto Hernán Cortés y Francisco Pizarro conquistan ambos imperios en las primeras décadas del siglo XVI. Tula había florecido en la cultura Quetzalcóatl, una cultura menos guerrera y más artesana, más culta y creadora. La sensibilidad mexicana adapta y adopta fácilmente a la virgen María, no sólo porque es una forma de reemplazo, de travestismo de Huitzilopochtli (o directamente de un sincretismo entre la cultura europea y la americana), sino que representa una figura femenina que dio a luz a un dios del cielo. Se podría entender la idea de Ave María no sólo por ser Ave el reverso de Eva, como se ha querido explicar de una forma algo forzada, sino porque el cielo es el reino de las aves y son las aves (el quetzal, el águila devorando la serpiente, símbolo de la tierra) los símbolos de la nueva Era.

Sin embargo, la sensibilidad existencial y espiritual del mundo amerindio es, ante todo, visual. Es propio de un mundo vivo donde la tierra y el cuerpo no son parte de un reino maldecido por una abstracción celeste sino parte del cosmos, parte de la unión y comunión entre la tierra y el cielo. Dentro de esta experiencia religiosa, un aspecto destacable son los avistamientos de la virgen. Si bien son conocidas las apariciones de vírgenes en otras partes del mundo, en América Latina la importancia de estas apariciones es mucho mayor y diferente en su naturaleza. El fenómeno no consiste en la aparición de la virgen sino en una imagen física de la virgen y a veces de Jesús. El milagro es siempre material y simbólico, como una huella es a un pie.

De hecho las apariciones de la virgen son prácticamente mínimas y resultan una anécdota que justifica la imagen que se venera. Se venera la representación en nombre de lo representado. Así se produce el milagro: se une el agua con el aceite, se compatibiliza la sensualidad amerindia con la abstracción judeocristiana. Los misterios ópticos son de tal grado de importancia que quienes creen descubrirlas no se preocupan por el mensaje o la interpretación que el milagro puede portar sino por el milagro mismo de la imagen que luego atribuyen poderes chamánicos de sanación. Esto se resuelve con un mismo mensaje repetido y siempre intrascendente, como la alegación de que una aparición significa que tiempos terribles están por venir.

El proceso de conquista y colonización fue, como no podía ser de otra forma, un proceso de transculturización y represión. Debido a razones culturales, pero sobre todo a que el número de la población nativa y las riquezas producidas por las colonias españolas eran superiores a las británicas de Norteamérica, el mestizaje y la represión cultural fueron mayores y más persistentes.[2] Por estas mismas razones, la sobrevivencia de los mitos, las practicas, los rituales, los idiomas y las formas de ver, sentir y pensar el mundo y el tiempo prehispánico sobrevivieron de diversas formas. La negación sistemática de la trascendencia de esta herencia fue solo el complemento académico de toda esta violencia colonizadora.  

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Notas al pie de página

[1] El mismo destino seguirán los llamados libertadores latinoamericanos. Se podría decir que, para la memoria colectiva, si los padres fundadores de Estados Unidos murieron como hombres exitosos, los padres latinoamericanos del sigo XIX murieron como dioses derrotados, como lo hicieron los emperadores y caciques rebeldes de siglos pasados y como lo hará Ernesto Che Guevara en el siglo XX, el “hombre nuevo”.

[2] Un ejemplo paradigmático fue Haití. En el siglo XVIII el 40 por ciento de todo el comercio exterior de Francia, la mayor potencia europea de la época, se producía en Haití. De hecho la isla exportaba más riqueza que toda Norteamérica. Una situación semejante era la de Gran Bretaña con respecto a sus islas tropicales del Caribe.

Notas finales


[1] Johnston McCulley. The Mark of Zorro. New York: Grosset & Dunlap, 1924.Bottom of Form

[2] Felipe Fernández-Armesto. Our America: A Hispanic History of the United States. New York. W. W. Norton & Company, 2014.

[3] Octavio Paz. El laberinto de la soledad. Barcelona: Pinguin, 1993. 108.

[4] Ibid., 282.

[5] Guamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Transcripción, prólogo, Notas y Cronología de Franklin Pease. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1980. 266.

[6] Faustino Domingo Sarmiento. “El sistema colonial” [1844] Conciencia intelectual de América. Antología de Carlos Ripoll. New York: Las Ameritas Publishing Company, 1966. 72.

[7] Ángel Rama. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982. 139.

[8] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 390.

[9] Ibid., 390.

[10] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miró Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976. 63.

[11] Ibid., 67

[12] Ibid 27-28

[13] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 138.

[14] Ángel Rama. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI, 1982. 149.

[15] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 124.

[16] Séroujé, Laurete. Pensamiento y Religión en el México antiguo. México: Fondo de la Cultura Económica, 1957. 168.

[17] Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 107.

[18] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 26.

[19] Ibid., 27.

[20] Ibid., 45.

[21] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987.

[22] William Hurtado, de Mendoza. Pragmática De La Cultura Y La Lengua Quechua. Lima: Universidad Nacional Agraria La Molina, 2001. 77.

[23]  Eduardo Subirats. 2009. Las poéticas colonizadas de América Latina. Guanajuato: Universidad de Guanajuato, Campus Guanajuato, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Filosofía. 25.

[24] Ibid., 35.

[25] Ibid., 51.

[26] Ibid., 53.

[27] Ibid., 57.

[28] Américo Vespucio. El nuevo mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos. Textos en italiano, español e inglés. Estudio preliminar de Roberto Levillier. Buenos Aires: Nova, 1951. 211.

[29] Ibid. 165

[30] Davíd Carrasco. Quetzalcóatl and the Irony of Empire. Myths and Prophecies in the Aztec Tradition. Chicago: The University of Chicago press, 1982. 80. 81.

[31]  Codex Vaticanus A: Il Manoscritto Messicano Vaticano 3738, ditto Il Docice Rios, ed. Franz Ehrle (Rome, 1900).

[32] Davíd Carrasco. Quetzalcóatl and the Irony of Empire. Myths and Prophecies in the Aztec Tradition. Chicago: The University of Chicago press, 1982. 80. 98.

[33] Ibid., 150, 184

[34] Ibid., 186

[35] Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 107.

[36] Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 126

[37] Ibid., 44

[38] Ibid., 58

[39] Ibid., 59

[40] Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 31.

[41]  Manuel Burga. Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Intitulo de apoyo agrario, 1988. 59.

[42] Ibid., 132

[43] Ibid., 71

[44] Ibid., 72

[45] Ibid., 79

[46] Ibid., 81

[47] Ibid., 58

[48] Ibid., 265

[49] Américo Castro. Los españoles: cómo llegaron a serlo. [1959] Madrid: Taurus, 1965. 115.

[50] Ibid., 79, 103 y 105.

[51] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miró Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976. 82.

[52]  Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona, Laia, 1978. 70.

[53]  Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992.223

[54] Osvaldo Bayer, Juan Gelman. Exilio. Buenos Aires: Legasa, 1984. 39.

[55] Francisco Urondo. Obra poética. Prólogo de Susana Cella. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006. 262.

[56] Gloria Anzaldúa. Borderlands: the new mestiza. La frontera. San Francisco: Spinsters/Aunt Lute, 1987. 49.

Jorge Majfud, 2018

Unwanted People: Histories of Race and Displacement in the Americas

Sarah E. Parker and Jorge Majfud

Jacksonville University, 2018.

For more than a century Latin American governments have promoted a model of national development based on land privatization and privileging the interests of foreign investors rather than the rights of workers; policies that in fact promoted economic growth without development. In many cases, this kind of economic growth instead increased inequality and poverty. Democratic or dictatorial governments implemented these policies by hook or by crook, which often forced the people to choose between renouncing their rights or submitting to the brutality of power concretized in armies who served the creole oligarchy in the name of “national security” against foreign invaders. In such armies, often the most deprived individuals were the most zealous and violent guardians of the privileges of others.

This domestic and national economic policy was concretely connected to the interests of international corporations. The social structure in which creole elites of the Postcolonial era served the ruling classes mirrored the relationship between the indigenous nobility who served the Spanish crown. In the twentieth century, such power lodged itself in traditional commodities-export ruling classes and transnational foreign companies, which were often supported by direct interventions from superpower governments. Despite repeated attempts to prove otherwise, Latin American history cannot be understood without taking into account the history of U.S. interventions, from the Monroe Doctrine (1823) to the dozens of U.S. military interventions in Latin America. The latter includes the annexation of more than half of the Mexican territory in mid-19th Century, a long list of military interventions leading to the dramatic establishment of bloody puppet dictators throughout the 20th century, which left hundreds of thousands murdered, and the destruction of democracies such as Guatemala or Chile in the name of freedom and democracy. Large multinational corporations, such as the United Fruit Company in Central America, Pepsi Cola in Chile and Volkswagen in Brazil, motivated or supported many of these coups d’état. The dominant creole classes in turn supported the overthrow of legitimate governments because they stood to gain more from the export business of cheap natural resources than from the internal development of their nations.

The extreme violence that resulted directly from these social inequities generated internal displacements and international migrations, especially to the United States, the world hegemonic economy. Yet many immigrants arrived in a country that denied them the same individual rights that had been withheld from them in their home countries. As Chomsky illustrates in this volume, the United States’ history of racially motivated class stratification and anti-labor policy dovetailed with the shape that the country’s immigration took in the 1960s.

Unwanted People presents a selection of historian Aviva Chomsky’s writings, which explores the roots of these problems from the concrete perspective of groups who have experienced the effects of this violent history. Aviva Chomsky’s work is always incisive and challenging. Each text dismantles modern myths about Latin American immigration, U.S. history, and the labor movement. Specifically she highlights popular superstitions about immigration that are exacerbated by international reporting and the “master narratives” that have been consolidated by a strategic forgetting, both from U.S. and Latin American perspectives. Chomsky brings these challenges to the dominant narratives of colonial history to bear on topics ranging from the United States’ global and colonial economy to an analysis of the colonial history of Africa in the movie Black Panther.

In “The Logic of Displacement” and “A Central American Drama,” Chomsky analyzes two apparently different realities that are nevertheless connected by their subterranean logics. The historical displacement of Afro-Colombians, she argues, has not only been caused by racism but also by the logic of economic convenience. Chomsky questions the historical explanation of La Violencia in Colombia (initiated with the murder of Jorge Eliécer Gaitán in 1948) as a simple dichotomy “liberal versus conservative” and reviews the interests of the white Catholic elite of Antioquia over Afro-Colombian regions, rich in natural resources. Thus, in Colombia there is a case similar to that of others on the continent: the internal displacement of rural, indigenous or afro-descendant communities for economic reasons (gold, platinum, wood), is executed “voluntarily” through the purchase of property accompanied by violence inflicted by paramilitary groups, which functioned as an extralegal arm and ally of the army and the governments of Latin American countries.

Leftist guerilla groups emerged as a counter to the paramilitary groups that represented the typically conservative right interests of the government. These also served largely as an excuse for military and paramilitary violence.[1] Although it could be argued that the guerrilla groups’ amplification of regional violence also played a role in the displacement of people, Chomsky argues that displacement was not one of their objectives, as it was in the case of paramilitaries, who furthered the interest of the big businesses laying claim to the land and its natural resources. Meanwhile, the impunity of those in power contributed dramatically to the scale of this movement’s violence.[2]

Internationally, displacement was not always due to direct military actions, but it was always the result of economic forces. The United States increased control of immigration, especially immigration of the displaced poor, as a solution to the increased migration that resulted from years of interventionist foreign policy. The Mexican-American border, which had been permeable for centuries, became a violent wall in 1965, forcing job seekers to avoid returning to their homes in the south as they used to do. This reality was aggravated by the policies and international treaties of the new neoliberal wave of the 1990s, such as NAFTA, which financially ruined the Mexican peasants who could not compete with the subsidized agriculture of the United States. Meanwhile, U.S. conservatives attacked leftist guerrilla and community groups, such as the Zapatistas in Southern Mexico, who resisted such policies.

Neoliberal economic policies combined with an increasingly militarized southern United States border had an impact on Central American migration and was the direct result of United States foreign policy. In Chomsky’s words:

U.S. policies directly led to today’s crises in Guatemala, El Salvador, and Honduras. Since Washington orchestrated the overthrow of the reformist, democratically elected government of Jacobo Arbenz in Guatemala in 1954, it has consistently cultivated repressive military regimes, savagely repressed peasant and popular movements for social change, and imposed economic policies including so-called free trade ones that favor foreign investors and have proven devastating to the rural and urban poor.

As Chomsky rightly points out in her book They Take Our Jobs! And 20 Other Myths about Immigration (2007), it is no coincidence that, when racial discrimination became politically incorrect in the 1960s, it was replaced in the law and in the political and social discourse by national discrimination. This, coupled with the fact that Mexicans and other Latin American immigrants were no longer returning to their countries because of widespread violence made the new border policies even more dangerous and sometimes deadly for both migrant workers and those fleeing political and social violence, mostly people from the Northern Triangle of Central America.

This sequence of historical events has countless consequences in the present. However, politicians, major media, and U.S. citizens only see the faces of children, men and women speaking a “foreign language” (though, of course, Spanish is older than English in the United States). Political and news discourse represent immigrants as “invading” cities to take advantage of the services and benefits of American democracy, which strips immigration politics of its historicity. It is a false logic that turns workers into idlers, imagines welfare abusers when in fact immigrants sustain the care economy with their labor and their taxes, and the victims of neocolonial trade policies into invading criminals. In a recent interview with Aviva Chomsky about the current myths that dominate the social narrative in the United States today, she explains:

I’d say there are two: one, that immigrants are criminals, and two, that immigrants come here to take advantage of the United States. In a way, these are connected—by turning immigrants into “bad hombres,” Trump helps to erase history and the disasters that US policy has helped to create in the countries that immigrants are currently fleeing, especially in Central America. [3]

This collection of Aviva Chomsky’s writings approaches complex discussions about race, labor, and immigration in the United States from the more nuanced perspective of a historian. Often conversations about immigration center on the subject of labor, and yet, as Chomsky illustrates in the essays collected here, labor in the United States has its own troubled history. With a focus on New England, and especially Boston, Chomsky connects the history of labor struggles dating back to the nineteenth century to modern-day discussions about race and immigration. By uncovering hidden histories that challenge the dominant narratives about the working class, Chomsky reveals the importance of discussing racial justice alongside economic justice. Rather than participating in the shrill and polarizing rhetoric of political and media hype, Chomsky invites us to look to the economic and political history that has led up to this point. As Chomsky points out, “Until we are able to acknowledge and understand the past, we will not be able to act in the present for a better future.”


[1] “In February 1997, only days before the land claims were to be awarded to the Cacarica communities, the paramilitaries killed or “disappeared” some seventy community members. This was the opening salvo of Operation Genesis, carried out by the infamous 17th Brigade of the Colombian army, beginning with an aerial bombardment campaign that displaced some 3,700 people over the course of a few days, along with thousands of others displaced in the following months. It was years before they could return” (Aviva Chomsky).

[2] “As of 2003, only two people had been convicted in the dozens of murders and thousands of displacements that took place in El Chocó.” (Idem)

[3] “Why Myths About Immigrants and Immigration Are Still with Us Today.” Beacon Broadside, April 24, 2018.

https://puv.uv.es/unwanted-people.html

Axioma

(poema inconveniente)

No hay mérito no hay honor 

en la lucha

que defiende al poderoso.

Solo medallas de lata

*

No hay mérito no hay brillo

en las razones

que defienden al poderoso.

Solo intereses prestados

*

No hay mérito en la lucha

en la inversión de bajo riesgo

contra los peligrosos de abajo

con las poderosas armas

con el dinero de los de arriba

*

Todo lo contrario.

Esa herida secreta del secreto

mercenario

debe doler mucho

Nunca se cierra

ni con los restos del botín

*

Ni con los tristes honores

que las torres, los caballeros

los alfiles y los reyes otorgan

a los peones que de rodillas

sonríen con orgullo

*

Por eso, con tanta frecuencia

a esta condición inevitable

de oro, de hierro y de plomo

se le suma la promesa

de un paraíso para los criminales

y de un infierno para las víctimas

*

Porque si hay algo que no tienen

los poderes que gobiernan el mundo

es una pizca de tontos

*

Tontos, son los otros.

*

jm marzo 2021

Axioma (poema inconveniente)

audio

Vendo unos ojos tristes

Vendo unos ojos tristes

La vi por primera vez en unos semáforos de una avenida, allí donde se demoran los autos que quieren entrar a la autopista. Era una mujer que pocos años atrás debió parecerse a Scarlett Johansson cuando hizo Vicky Cristina Barcelona. Doce años después, Scarlett Johansson todavía luce muy joven, más joven que antes, y la Scarlett del Town Center Parkway, con menos años, parece una anciana. 

Su rostro estaba curtido por el sol de Florida, con esa piel que los surfistas y los motoqueros exhiben como un trofeo, como los aristócratas en la Edad Media exhibían cicatrices falsas de batallas en las que nunca habían estado. Más que por el sol, su rostro estaba curtido por el hambre, por alguna adicción, por su profesión y, sobre todo, por esos insondables sufrimientos que estrujan el alma y que nadie se merece.

Trabaja de homeless, de mendiga. Durante horas, cada día sostiene un pedazo de cartón que dice “I’m homeless. I am hungry. God bless you”. Parece más vieja aún porque su frente, sus ojos, todo su rostro se arruga con un dolor que duele a quien la ve. 

Nadie se molesta en bajar el vidrio de sus autos para dejarle un par de dólares. Abrir la ventana significa que el aire acondicionado se escape. Para muchos, no es el aire lo que importa: los pobres se queman el dinero de las limosnas en drogas y alcohol. No darles nada es hacerles un favor. Otros, como yo, tienen excusas menos conservadores: el problema de los pobres no se arregla con limosnas.

A pesar de un argumento tan sólido, no resistí la tentación de dejarle unos miserables dólares para que ese rostro compungido se relaje por un minuto y yo me sienta un poco mejor conmigo mismo. Semejante terapia por tres o cuatro dólares es una verdadera ganga. Además, pensé, si es verdad que la Scarlett del Town Center se toma una copa por la noche, como yo, al menos no morirá de indiferencia…

Esta tarde la vi por segunda vez. Iba a su puesto de trabajo en el cantero central de la avenida, del bulevar o como se llame. En su camino se había cruzado con otra mujer que también llevaba un cartelito de cartón con el anuncio de Homeless en una mano. La otra mujer se parecía más a Brooke Shields, más o menos como la actriz de La laguna azul luce ahora pero, probablemente, con veinte o treinta años menos.

Las dos mujeres se cruzaron. No sé qué se dijeron, pero vi que sonreían y se saludaban como lo hacen mis colegas. Como si fuesen felices. En seguida, la Scarlett del Town Center subió a su cantero y cambió de cara. Como otra gran actriz que se sube al escenario para ser otra persona, volvió a fruncir la frente, los ojos, todo su rostro. 

Por un instante pensé lo que, by default, la gente decente piensa. Aquel rostro dolorido que había visto la semana anterior era sólo una máscara. Recordé al panadero Carlucho, al doctor Domínguez y a un tal Míster Johnson que, cada uno en su momento y en sus diversos países, me explicaron el odio que algunos sienten por esta raza de humanos, a los cuales consideraban perfectos parásitos de una sociedad productiva, fingiendo miseria, victimizandose en lugar de decidirse a lanzarse al éxito como lo hace un clavadista olímpico. 

Esta vez, esta tarde, oculté mi confusión detrás de la luz verde que acababa de cambiar y continué mi camino sin dejarle a la pobre Scarlett, la más triste Scarlett del mundo, la miserable limosna que le había dejado la semana anterior. Mientras aceleraba para entrar al vértigo de la I-295 sin accidentes, la Scarlett del Town Center me seguía a poca distancia. 

¿Por qué esperamos dolor verdadero de los pobres para creerles? ¿Acaso no es eso mismo lo que hacemos todos, fingir sentimientos, enmascararnos para hacer correctamente nuestro trabajo? 

¿No miento yo cada vez que me enfrento a una clase y finjo que todo está bien, cuando en realidad quisiera irme a una isla en medio del Pacífico? 

¿No miente la camarera del LongHorn cuando siempre nos ofrece su mejor sonrisa, siempre y sin excepciones, como si nunca tuviese problemas con sus padres, con su novio, con sus estudios o con el resto de su vida? ¿Acaso no le pagamos, y hasta le dejamos el veinte porciento de propina para que nos traiga unas quesadillas, unas fajitas y una O’Doul’s con una sonrisa más amplia que la de Julia Roberts? 

¿No miente el joven ingeniero que en la entrevista de trabajo finge felicidad, espíritu de equipo y humildad para conseguir ese puesto de Inspector en la prestigiosa Condones Recauchutados Corporation?

¿Por qué, entonces, le exigimos más a una pobre mujer que actúa su propia miseria, que al resto de los mentirosos oficiales, mentirosos legítimos, mentirosos necesarios que actúan sus ambiciones ajenas? ¿Acaso no conoce ella muy bien su oficio y ofrece el producto que mejor se vende, es decir, el dolor ajeno y la bondad propia?

Está bien mentir en cada anuncio de televisión, mostrando jóvenes felices y saludables mientras fuman o comen una McDonald’s grasienta con doce cucharadas de azúcar que algunos llaman Coca-Cola. 

Está bien vender autos mostrando una mujer muy sensual y con una sonrisa universal, como si fuese ella, no el auto, lo que está en venta. 

Está bien ganar elecciones mintiendo descaradamente y sonriendo, abrazando a los pobres que todavía sueñan con cuentos de hadas y nunca paran de vivir la realidad que los despierta cada día. 

Pero no está bien cuando una pobre mujer hace lo mismo por una limosna y, además, lo hace mal, no sabe actuar abajo del escenario como se debe, y sonríe, como si se estuviese burlando de sus futuros donantes. 

Porque los miserables somos nosotros. No aceptamos que nos mientan mal. En nuestra cultura pornográfica, no perdonamos a los malos actores. Mucho menos a las malas actrices. 

Cuando los del medio mienten, sólo están vendiendo honestamente su producto o su trabajo. 

Cuando los de arriba mienten, sólo nos están protegiendo del siempre inminente Apocalipsis de los de abajo. 

El gran sistema de mentiras se sostiene de una verdad fundacional: no es la Ley de la oferta y la demanda; es la Ley del gallinero. Los traductores profesionales me han dicho que en inglés no existe equivalente para este dicho tan popular en español. Se equivocan: es Trickle-Down Theory, o la Teoría del Derrame. Pero, por si esta ley no fuese suficientemente cruel, siempre va acompañada de un inevitable corolario: cuanto más abajo, más difícil resulta mirar hacia arriba.

Por razones obvias.

JM, marzo 2021

Vendo unos ojos tristes

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Compro sonrisa alegre (2006)

For sale: a sad pair of eyes

Jorge Majfud

Translated by Andy Barton

Edited by Fausto Giudice

The first time I saw her was at a set of traffic lights along an avenue, right where the cars wanting to join the motorway sit and wait. I imagined she was a woman who, just a few years prior, must have looked like Scarlett Johansson in her starring role in Vicky Cristina Barcelona. Twelve years later, Scarlett Johansson looks as youthful as ever, perhaps even more than before, while our Scarlett of the Town Center Parkway, despite being younger than the other, looks like an old woman. 

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Her face was tanned by the Floridian sun, with the type of skin that surfers and bikers proudly display like a trophy, just like the aristocrats of the Middle Ages displayed their fake scars from battles they had never attended. More than just the sun, her face was weathered by hunger, by some addiction, by her job, and above all, by an unknowable suffering that distorts the soul and which no one deserves.Her face was tanned by the Floridian sun, with the type of skin that surfers and bikers proudly display like a trophy, just like the aristocrats of the Middle Ages displayed their fake scars from battles they had never attended. More than just the sun, her face was weathered by hunger, by some addiction, by her job, and above all, by an unknowable suffering that distorts the soul and which no one deserves.

She works as a ‘homeless’, a beggar. For hours each day, she holds up a piece of cardboard that says “I’m homeless. I am hungry. God bless you”. She looks even older than she is because her forehead, her eyes, her entire face, is contorted by a kind of pain that hurts whoever sees it.

No one bothered to wind down their car windows to leave her a couple of dollars, as opening the window would mean that the air conditioning escaped. For many, the air is not really what is important here: poor people waste the money given to them on drugs and booze. Not giving them anything is actually doing them a favour. Others, like me, have less conservative excuses: the problem of the poor cannot be fixed with handouts.

Despite such a convincing argument, I could not resist the temptation to leave her a couple of miserable dollars so that her pained faced could relax for a moment and so that I felt a little bit better about myself. At three or four dollars a go, this kind of therapy is an absolute steal. Furthermore, I thought, if it is true that the Scarlett of Town Center enjoys a glass of something in the evening, like me, at least she will not die of indifference.

This afternoon, I saw her for a second time. She was going to work in the central reservation of the avenue, of the boulevard, or however it is supposed to be called. On her way there, she crossed paths with another woman who also carried with her, in one of her hands, a little cardboard sign reading “homeless”. The other woman looked more like Brooke Shields, more or less like the actress of The Blue Lagoon looks now, only with something like another twenty or thirty years of age.

The two women crossed. I do not know what they said to each other, but they smiled and greeted the other just like my colleagues do. As if they were happy. Immediately after, the Scarlett of Town Center made it to the central reservation and changed her face. Just as any other great actress enters the stage and becomes another person, she screwed up her forehead, her eyes and her entire face.

For a moment, I thought what decent people would think by default. The pained face that I had seen the previous week was simply a mask. I remembered the baker Carlucho, Doctor Domínguez and a certain Mr Johnson who, each one in their own space and time, explained to me their hatred of this race of human, those they considered to be the perfect parasites of a productive society, faking their misery, choosing to become victims instead of deciding to throw themselves at success like an Olympic diver.

This time, on that afternoon, I hid my confusion behind the green light that had just changed, and I continued on my way without leaving anything for poor Scarlett, the saddest Scarlett in the world, like the miserable handout that I had given her the week before. As I accelerated to merge with the vertigo on the I-295 without causing an accident, the Scarlett of the Town Center followed closely behind me.

Why must we demand true pain from the poor in order to believe them? Is it not what we all do? To fake emotions, hide ourselves beneath masks in order to carry out our job correctly?

Am I not lying every time I stand before a class and fake that everything is perfectly alright, when in reality, I would rather flee to an island in the middle of the Pacific ocean?

Is the waitress at LongHorn not lying when she offers us her best smile, infallible and without exceptions, as if she had never had any problems with her parents, with her boyfriend, with her studies or with the rest of her life? Are we not paying her, and even leaving a tip of up to 20% so that she brings us some quesadillas, some fajitas and an O’Doul’s with a smile as wide as that of Julia Roberts?

Is the young engineer not lying in the interview when they fake their happiness, a sense of team spirit and humility to get the job of inspector in the prestigious Retreaded Condoms Corp.?

Why, then, do we demand more from a poor woman who acts out her own misery than we do from the rest of the official liars, the legitimate liars, the necessary liars, who act out their foreign ambitions? Does she not know her profession as well as anyone, as well as the product that sells the best, i.e., the pain of others and individual kindness?

It is okay to lie on a television ad, showing happy and healthy young people while they smoke or eat a McDonald’s loaded with saturated fat and accompanied by the twelve tablespoons of sugar that some call “Coca-Cola”.

It is okay to sell cars showing a very sensual woman with a universal smile, as if it were her, and not the car, that was for sale.

It is okay to win elections through telling barefaced lies while smiling at and hugging the poor who still dream of fairy tales and who never manage to escape from the reality that awakens them each day.

Yet it is not okay when a poor woman does the same for a handout, and also when they do it badly, when they do not know to act off-stage as they must, and they smile as if they were laughing at their future donors.

This is because we are the miserable ones. We do not allow people to lie badly to us. In our pornographic culture, we do not forgive bad actors, and much less bad actresses.

When those in the middle lie, they are just honestly selling their product or their work.

When those above lie, they are just protecting us from the always-imminent apocalypse of those below.

The huge lying complex is sustained by a foundational truth: it is not the law of supply and demand; it is the Ley del gallinero (literally: the henhouse law). Professional translators have told me that there is no English equivalent for this eminently popular Spanish expression. They are wrong: it is “trickle-down theory”. Yet should this law not be sufficiently cruel, it is always accompanied by an inevitable corollary: the lower one is, the harder it is for them to look upwards.

For obvious reasons.

http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=31260